jueves, 29 de diciembre de 2011

Viernes de la infraoctava de Navidad 2011



            Contemplar al Niño de Belén no significa nunca contemplar a un niño más, uno más entre tantos. Quien lo contempla, contempla en Él al Dios invisible que se ha hecho visible, y contempla su gloria: “Lo que hemos visto, os lo anunciamos (…) hemos visto su gloria (…), gloria como de unigénito”. Quien contempla al Niño de Belén, contempla a Dios, según los Padres de la Iglesia: “El que nació de María es Dios” [1].
Esta verdad, repetida por Proclo de Constantinopla y revelada por la Iglesia Santa del Dios Uno y Trino, debería bastar para sumir al alma en un estupor contemplativo que no debería dejar lugar a ninguna otra consideración, que debería dejar sin aliento y sin respuestas a quienes contemplen la Verdad y el Nacimiento. Pero, lejos de acallar nuestras preguntas, despierta más y más preguntas, que surgen del mismo maravillado estupor.
“El que nació de María es Dios”. ¿Cómo puede ser posible? ¿No es acaso María una mujer, un ser humano? Si María es una mujer, ¿no nacen acaso de las mujeres, seres humanos iguales a ellas? ¿Si María es una mujer, no debería engendrar y dar a luz a otro ser humano, como ella? ¿Y si en todo caso ella es una mujer santa, no debería dar a luz a un hombre santo, como ella, pero de ninguna manera al mismo Dios? ¿Cómo es posible que nazca Dios? ¿Acaso Dios no es eterno, es desde la eternidad, sin principio ni fin, y no es acaso María un ser humano, que nació en el tiempo? ¿Cómo puede el Dios Trino, que es la eternidad en persona, nacer en el tiempo? Si es Dios el que nació de María, ¿no tiene acaso apariencia y aspecto de un hijo de hombre? ¿Si Dios es Espíritu puro, invisible, inaccesible, cómo puede ser que se revista de carne, se haga accesible, visible, en este Niño hermoso que llora de frío y de hambre? ¿No llora, como lloran todos los niños al nacer? ¿Ese Niño, tan hermoso, que salió del vientre de María como un rayo de luz atraviesa un cristal, es verdad que es Dios? ¿Y si es Dios hecho Niño, por qué llora? ¿No necesita de cariño, de ropa, de alimentos, como todo otro niño recién nacido? ¿Si es Dios, porqué los ángeles del cielo no vienen a asistirlo, para que no llore y deje de sufrir?
“El que nació de María es Dios”. ¿No es algo imposible? ¿No es algo contradictorio? ¿Cómo puede Dios eterno nacer de una mujer en el tiempo? ¿Si Dios es luz inaccesible, luz resplandeciente, luz eterna, por qué su nacimiento está rodeado de frío y de oscuridad? ¿No debería nacer rodeado de plata, de oro, de alhajas? ¿Dónde están los grandes del mundo, que no vienen a hacer fiesta al Dios de los cielos que nace de una Virgen hermosa en un pobre establo de Belén?
“El que nació de María es Dios”. ¿Quién podría saberlo, si alguien no nos lo revela? ¿No es acaso Dios, un ser absolutamente perfecto, ilimitado en su perfección omnipotente, absolutamente inaccesible por su misteriosa grandeza? ¿Por qué ahora aparece indefenso, necesitado de todo y de todos, siendo Él omnipotente? ¿Por qué extiende sus pequeños brazos, para que lo levanten y lo acurruquen, si en su cielo los ángeles tiemblan ante Su Presencia?
Y Tú, Mujer Hermosa, que has concebido, engendrado y alumbrado virginalmente a la luz de los cielos, ¿no eres acaso Tú misma la luz hermosa? ¿No eres acaso el único lugar en el que el Dios Inaccesible podía venir, de sus cielos eternos, a esta tierra de dolores? ¿No eres acaso, Pequeña y Grande María, el altar inmaculado sobre el que reposa sereno el Cordero del Apocalipsis? ¿No eres acaso la Madre de Dios?
Bendita, amada, glorificada seas Tú, Madre de Dios, y bendita sea en Ti nuestra naturaleza, porque el que nació de Ti ¡es Dios!



[1] Proclo de Constantinopla, Siglos IV-V, Sermón 1. Alabanzas de la Virgen, pronunciado ante el patriarca Nestorio, en el año 428, en una fiesta de la Virgen; cit. La Virgen María. Padres de la Iglesia, Editora Patria Grande, Buenos Aires 1978, 75-77.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Jueves de la infraoctava de Navidad 2011



         El Pesebre, el Calvario, el Altar eucarístico
         La contemplación del Niño Dios no debe nunca hacernos quedar en consideraciones puramente naturales y humanas. Si bien lo que contemplamos con los ojos del cuerpo y con la luz de la razón es un niño recién nacido, los ojos del alma iluminados por la luz de la fe nos dicen que hay en este Niño un misterio invisible, insondable: es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se encarna en un cuerpo humano para hacerse visible.
         Este es el motivo por el cual la Iglesia dice, en el Prefacio de Navidad, que “la luz de la gloria de Dios se ha hecho visible” en un nuevo modo, como un Niño recién nacido.
         A partir del Niño de Belén, nadie puede decir que no ha visto la gloria de Dios, porque esa gloria se nos ha manifestado en el Niño; a partir del Niño de Belén, nadie puede decir que no ha visto a Dios, porque Dios, siendo Espíritu purísimo, y por lo tanto, invisible, ha tomado un cuerpo y un alma humanos precisamente para hacerse visible, para que lo podamos ver, palpar, escuchar. Dios, sin dejar de habitar en su luz inaccesible, se nos hace cercano, viniendo a nuestro mundo, a nuestras vidas, y a nuestras situaciones existenciales, como un Niño, por eso el Niño de Belén es un misterio insondable.
         Pero el misterio del Pesebre de Belén no finaliza ahí, sino que continúa en el Calvario, porque el mismo Dios que abre sus bracitos en el Pesebre, es el mismo Dios que abrirá sus brazos en la Cruz, para abrazar a toda la humanidad, para conducirla, en sus sangrientas manos paternales, al seno de Dios Padre, luego del don del Espíritu por su Sangre. El misterio del Calvario es entonces una continuación y prolongación del misterio de Belén, y el misterio de Belén a su vez no se explica sin el misterio del Calvario. Uno y otro, Belén y Calvario, se entrelazan, se fusionan, se explican, se iluminan mutuamente, y entre ambos tiene que desarrollarse el tiempo de nuestro paso por la tierra, para que nos conduzcan al cielo.
         Y ambos misterios, a su vez, quedan inconclusos e incompletos sino se los contempla a la luz de la Eucaristía, porque el Niño Dios nace de María Virgen, por el poder del Espíritu, surgiendo como el rayo de sol que atraviesa el cristal, en Belén, que significa “Casa de Pan”, para donarse como Pan de Vida eterna, y esa donación se concreta en el Calvario, en la Cruz, en donde el Hombre-Dios entrega su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, que no es otra cosa que la Eucaristía, que se confecciona en el Altar eucarístico, en la Santa Misa.
         Si en Belén nace el Niño Dios para entregarse como Pan de Vida eterna, y si en la Cruz del Calvario concreta el don de su Cuerpo, su Sangre, Alma y Divinidad, es en la Santa Misa en donde se actualiza y se hace vivo, real, Presente, el Pan Vivo bajado del cielo, que es Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo.
         Belén, Calvario, Altar eucarístico.
El misterio del Niño Dios continúa por la eternidad.

Miércoles de la infraoctava de Navidad 2011 Santos Inocentes


            El Niño Dios, luego de ser arropado y alimentado por María Santísima, es colocado por Ella en la cuna del pesebre, y desde allí, abre sus brazos a quien se le acerca, como signo del perdón, del amor y de la misericordia de un Dios que no duda en venir a este mundo como niño, para que nadie tema acercársele. En efecto, ¿quién puede tener temor de un niño recién nacido? ¿Quién puede dudar que un niño recién nacido sólo alberga en sí mismo amor y ternura? Desde una cuna, Dios abre sus brazos de niño, para que el hombre no dude de su amor y de su perdón, para que el hombre no tenga temor en acercársele.
            Y ese mismo Niño, que abre sus brazos en el pesebre, es el mismo que, ya adulto, abrirá sus brazos en la Cruz, para abrazar a todos los hombres, para dar a todos el perdón, la paz, la vida de Dios, cuando su Corazón sea traspasado por la lanza. El mismo Dios que viene como Niño en Belén, para darnos su perdón y su amor, es el mismo Dios que viene como un hombre fracasado y derrotado en el Calvario, para darnos su perdón y su amor. Dios viene a nosotros como un hombre que ha sido vencido, para que nadie dude de su intención de perdonar y de darnos su Amor. En efecto, ¿quién puede tener temor en acercarse a un hombre crucificado y muerto, como está el Hombre-Dios en la Cruz? ¿Quién puede dudar del perdón de Dios, cuando Dios deja que lo crucifiquen? ¿Quién puede dudar del Amor de Dios, cuando Dios deja que traspasen su Corazón, que ya ha dejado de latir en su Cuerpo muerto, y deja que lo traspasen, para que broten las fuentes del perdón, el Agua y la Sangre que son los sacramentos de la Iglesia, por los cuales Dios perdona al hombre, lo regenera, le da nueva vida, su propia vida, y le comunica su amor?
            Dios viene como Niño recién nacido para darnos su perdón y su Amor; Dios viene como un hombre fracasado, vencido y derrotado en la Cruz, para darnos su perdón y su Amor, y sin embargo los hombres responden con saña feroz, con violencia inaudita, con furia inhumana, descargando sobre su Humanidad santísima salivazos, golpes, puñetazos, puntapiés, latigazos, tantos y tan feroces, que asombran a los ángeles del cielo, y no contentos con esto, no contentos con el pasmoso espectáculo del Hombre-Dios flagelado y coronado de espinas, piden su crucifixión.
     El odio deicida de los hombres se manifiesta ya, tempranamente, en la matanza de los Santos Inocentes, quienes son sacrificados por el hecho de poseer la misma edad del Salvador en ese momento.
          La misma matanza se repite hoy, con el genocidio del aborto, es decir, con la eliminación física de niños en el seno materno, pero también se comete genocidio espiritual a través de los medios de comunicación, que difunden una cultura materialista, atea y hedonista, que daña con daño irreparable los corazones inocentes de los niños.
            El asesinato, por parte de Herodes, de los Santos Inocentes; el genocidio físico del aborto y el genocidio espiritual de la moderna cultura atea y materialista por parte de los modernos Herodes, no se deben a meras pasiones humanas: se trata del odio deicida que, originándose en el ángel caído, se propaga como mortífera peste al corazón del hombre.
            Al contemplar la apacible figura del Niño de Belén, no olvidemos que nos encontramos inmersos en la tremenda batalla iniciada en el Cielo, entre el bien y el mal, entre Dios y Lucifer, entre los ángeles de luz, al servicio de Dios, y los ángeles de las tinieblas, al servicio del demonio, y que si bien hemos contribuido con nuestros pecados al deicidio del Hombre-Dios, es nuestro deber oponernos, con nuestro testimonio cristiano, a la matanza de los inocentes de nuestros días, llevada a cabo por el aborto y la permisividad atea.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Martes de la infraoctava de Navidad 2011



El Nacimiento del Niño Dios supone el cumplimiento de las profecías mesiánicas, que anunciaban el advenimiento de una gran luz que iluminaría a la humanidad yaciente en las tinieblas: "Sobre el pueblo que habitaba en tinieblas de sombra y muerte, se levantó una gran luz".

Es el cumplimiento también de lo que narra el evangelista Juan: "La Palabra estaba junto a Dios, era Dios, era la Vida y la luz de los hombres, vino a las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron" (cfr. Jn 1, 5), porque la naturaleza divina es luminosa; Dios, en su Ser divino, es luz, y por esto mismo, es luz lo que irradia el Niño Dios en Belén.

Pero la luz que se irradia desde el Niño Dios no es una luz inerte, como la luz artificial o creada; es una luz que es vida y vida divina; es luz que comunica el Amor y la vida eterna; es una luz que disipa las tinieblas, las tinieblas no de la noche cosmológica, que son tinieblas salidas de la bondad del Creador, sino las tinieblas del mal, originadas en el corazón del ángel caído y en el corazón del hombre, contaminado de su rebelión.

El Niño Dios ilumina la noche de Belén con la luz que brota de su Ser divino, y con su luz disipa y dispersa, como anticipo de la derrota definitiva cuando irradie su luz desde la Cruz, a las tinieblas perversas del infierno, a las sombras malignas del Averno que cubren la tierra y las almas de los hombres.

Las tinieblas del infierno, que habían cubierto la tierra con el hedor de la rebelión contra Dios y de la náusea del odio y de la violencia y de todo mal, se retiran aterrorizadas ante la luz que se irradia del Niño de Belén, porque su luz es la luz de Dios, que es Amor, Vida eterna, paz infinita, descanso del alma, dulzura del corazón, alegría sin medida y sin fin.

La luz del Niño Dios ilumina la noche de Belén disipando las tinieblas, como anticipo de la derrota definitiva de estas al fin de los tiempos, y este triunfo es celebrado por la Iglesia en Navidad: “Hoy sabréis que el Señor vendrá, y nos salvará; y mañana veréis su gloria”. “Mañana será borrada la iniquidad de la tierra; y reinará sobre nosotros el Salvador del mundo” (Misa de la vigilia de Navidad).



domingo, 25 de diciembre de 2011

Lunes de la Infraoctava de Navidad 2011



La escena de la Navidad nos muestra una tierna y dulce imagen familiar: una madre con su niño recién nacido, un padre que mira extasiado la escena. Si meditamos acerca del Niño, al cual lo consideramos nuestro Redentor, y si consideramos ante todo los instantes posteriores al nacimiento, y si comparamos sus sufrimientos en el Portal de Belén con los de niños nacidos en las partes del mundo más desfavorecidas y en los lugares más desprotegidos y peligrosos, podríamos creer que el Niño Dios sufrió, pero no tanto, puesto que, si tenía hambre, la Virgen lo alimentó; si tenía frío, la Virgen lo arropó y San José encendió una fogata; si había oscuridad en la gruta de Belén, el mismo fuego proporcionó la luz. Además, y lo más importante, nació rodeado del amor de su Madre y de su padre adoptivo. Podríamos concluir que el Niño, si bien sufrió en Belén, no sufrió tanto como otros que nacen en lugares peores y en peores condiciones, por no citar a aquellos lamentables casos en los que, o no los dejan nacer, o apenas nacidos los arrojan como un residuo inservible.

Esto es lo que nos puede parecer a los ojos del cuerpo, a los ojos de la razón natural, a los ojos de una religión rebajada al nivel de la razón, pero no es lo que nos dice la fe, ni tampoco lo que nos dicen los santos. La fe nos dice que el Niño Dios, siendo el Redentor, sufrió con un sufrimiento infinito, desde el momento mismo de la Concepción.

Pero para que esas palabras "sufrimiento infinito" no queden en la mera consideración abstracta, sin mayor significado que un conocimiento conceptual, veamos qué nos dicen los santos, como por ejemplo Ana Catalina Emmerich, acerca del sufrimiento del Niño Dios en Belén: “Lo vi recién nacido (al Niño Dios) y vi a otros niños venir al pesebre a maltratarlo. La Madre de Dios no estaba presente y no podía defenderlo. Llegaban con todo género de varas y látigos y le herían en el rostro, del cual brotaba sangre y todavía presentaba el Niño las manitas como para defenderse benignamente; pero los niños más tiernos le daban golpes en ellas con malicia. A algunos de estos niños, sus padres les enderezaban las varas para que siguieran hiriendo con ellas al Niño Jesús. Venían con espinas, ortigas, azotes y varas de distinto género, y cada cosa tenía su significación (…) Vi crecer al Niño y que se consumaban en Él todos los tormentos de la crucifixión. ¡Qué triste y horrible espectáculo! Lo vi golpeado y azotado, coronado de espinas, puesto y clavado en una cruz, herido su costado; vi toda la Pasión de Cristo en el Niño. Causaba horror el verlo. Cuando el Niño estaba clavado en la cruz, me dijo: "Esto he padecido desde que fui concebido hasta el tiempo en que se han consumado exteriormente todos estos padecimientos”.

Es esta última frase de Jesús la que nos revela los padecimientos del Niño: "Esto he padecido desde que fui concebido hasta el tiempo en que se han consumado exteriormente todos estos padecimientos”. Desde el momento mismo en el que fue concebido, desde el momento mismo en que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad comenzó a inhabitar en la naturaleza humana de Jesús, comenzaron sus sufrimientos expiatorios, y así continuó sufriendo durante toda su infancia y su juventud, hasta la edad en la cual fue crucificado, momento en el que los sufrimientos interiores se consumaron exteriormente.

Jesús sufre de modo expiatorio por los pecados de los hombres, por los pecados de todos los hombres, de todos y de cada uno: los malos pensamientos, los malos deseos, las malas intenciones, los homicidios, las venganzas, las traiciones, las mentiras, las violencias. Sufrir de modo expiatorio quiere decir que padece en Él, en su Humanidad santísima, el castigo debido a quien comete el pecado, para librar al alma de ese pecado.

Siendo Dios y por lo tanto, Inocente, sufre el castigo que la Justicia divina tenía reservado para todos y cada uno de los hombres: cada mentira, cada robo, cada violencia, cada enojo, cada maldición, cada venganza, cada pecado de cualquier género, cometido por cada hombre singular nacido en este mundo, es sufrido por Jesús en su castigo, y de esto se deduce la inmensidad infinita de su sufrimiento y de sus padecimientos, desde el momento mismo en que es concebido virginalmente en el seno de María. Jesús sufre además todas las penas y todas las muertes de todos los hombres de todos los tiempos, y ese es el motivo de uno de los títulos que le da la Escritura: "Varón de dolores" (Is 53, 3).

Pero hay otro dolor que le es inmensamente más grande, y es el que le provocan las almas para las cuales su sufrimiento será en vano, porque son todas aquellas almas que, voluntariamente, rechazan su sacrificio expiatorio y deciden condenarse, como modo de asegurarse el odio eterno a Jesucristo.

Cuando contemplemos la imagen del Niño, en el Pesebre, no nos dejemos engañar por nuestros ojos y por nuestra razón, puesto que la realidad es mucho más grande y misteriosa que lo que vemos y comprendemos: el Niño Dios, a pesar de ser arropado, abrigado, alimentado, por su Madre, y a pesar de recibir todo su amor y el amor de su Padre adoptivo, sufre de modo indecible por cada uno de nosotros, para liberarnos del pecado y salvarnos.





sábado, 24 de diciembre de 2011

Navidad mundana y Navidad cristiana



Si quisiéramos saber qué es la Navidad, según lo que puede percibirse al recorrer las calles de una ciudad, o al leer los diarios del mundo, tendríamos la siguiente idea de la misma:

-Navidad es tiempo, más que de fiesta, de jolgorio, porque la fiesta hace referencia a alguna causa, al menos conocida, por la cual se celebra; el jolgorio, en cambio, es un clima de fiesta degradada, en la que lo que importa es la diversión desenfrenada;

-Navidad, según el mundo, es tiempo de regalos materiales, de hacerlos y de recibirlos, y por lo tanto, es tiempo de consumo febril, porque para regalar hay que comprar, para comprar hay que gastar, y para gastar hay que aprovechar las ofertas, y por lo tanto, hay que organizar "noches de shopping", para comprar y gastar, gastar y comprar sin parar. Y el que no pueda comprar ni gastar, envidiar a los que sí lo hacen.

-Navidad es, según el mundo, tiempo de grandes comilonas, por lo que hay que estar al tanto de qué comidas preparar, y qué comidas beber; cuanto más sofisticadas, mejor; cuanto más graduación alcohólica, mejor;

-Navidad es, según el mundo, y especialmente para los jóvenes, tiempo de fiesta mundana, de diversión sin freno, de jolgorio que se detiene sólo porque la noche se hace día y ya no queda más alcohol; es tiempo de escuchar, a todo volumen, música pagana, que induce a todo género de pecado, a todo desenfreno, a todo libertinaje; Navidad es una época especial para los jóvenes, tiempo de dar rienda suelta a sus pasiones.

-Navidad es, según el mundo, tiempo de recordar a un personaje, el cual por este recuerdo se vuelve el centro de la Navidad, un personaje extraño, entrado en años, canoso y de barba blanca, que reparte juguetes y recorre el mundo montado en un trineo tirado por alces; Navidad es el tiempo de este señor imaginario, que se hace presente en los escaparates de las tiendas, en la televisión, en los comerciales, en el cine, y en todos lados.

Navidad es, según el mundo, tiempo de hacer balances humanos, horizontales, como por ejemplo, recordar que vivimos en tiempos de crisis económica y financiera, que la economía ya no es lo que era; es tiempo de sentirse mejores deseando vagamente la paz, la salud, el trabajo y el bienestar económico para todos, pero especialmente para uno.

Lamentablemente, para muchos en la Iglesia, la Navidad se reduce a esto, y esto es nada más que una caricatura de Navidad, una deformación caricaturesca que nada tiene que ver con la verdadera Navidad.

Para la Iglesia, la Navidad es algo muy distinto:

-La Navidad es, sí, tiempo de fiesta, pero fiesta noble y alegre, de la cual se sabe el motivo: Dios, en la Persona del Hijo, ha venido a este mundo, mundo que yace en las tinieblas del error y del pecado, de la ignorancia y del mal, para iluminar con la luz de su Ser divino las almas de los hombres y para vencer a las tinieblas que lo cubren;

-La Navidad es, para la Iglesia, tiempo de regalos, pero ante de regalos espirituales: de parte de Dios Padre, nos regala algo inimaginado e imposible de imaginar y de apreciar, su mismo Hijo, que viene a nuestro mundo como un Niño, sin dejar de ser lo que Es, Dios eterno, y a su vez, Dios Hijo viene a nosotros para donarnos a Dios Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo. De parte del hombre, es tiempo también de hacer regalos, pero el principal regalo que debe hacer es el regalo de la conversión de su corazón a su Dios, en acción de gracias y adoración por su infinito amor y por su infinita majestad, porque se ha dignado venir a este mundo, anonadándose, humillándose, al encarnarse y nacer como Niño, sin dejar de ser Dios.

-La Navidad es, para la Iglesia, tiempo de comer manjares y beber bebidas exquisitas: es tiempo de comer comidas exquisitas: el manjar de los cielos, la Carne del Cordero de Dios, el Cuerpo de Jesús resucitado; el Pan de Vida eterna, el Pan Vivo bajado del cielo, Jesús en la Eucaristía; es tiempo de beber bebidas exquisitas, el Vino de la Alianza Nueva y eterna, la Sangre de Cristo resucitado.

-La Navidad es tiempo de alegría, de fiesta, porque Dios ha venido a este mundo sin dejar de ser Dios; ha venido como Niño, como un Niño recién nacido, para que no dudemos de su intención de donarnos su perdón, su Amor, su vida divina, anticipada en la Eucaristía.

-La Navidad es un tiempo especial para todos, pero especialmente para los jóvenes, porque en el Niño de Belén todo hombre encuentra el sentido de la vida terrena, el ser solo una prueba, un lugar de paso hasta llegar a la Vida eterna en los cielos, Vida que el Niño Dios nos la da en cada comunión eucarística; y al encontrar el sentido de la vida, los jóvenes no necesitan ahogar la desesperación existencial en los falsos atractivos del mundo, que sólo dan hastío y desasosiego al alma.

-La Navidad es, para la Iglesia, el tiempo de recordar el Nacimiento en el tiempo de Dios hecho Niño, en Belén, Nacimiento milagroso de la Virgen María, que llena de alegría, de paz, de luz y de dicha al alma; es tiempo también de recordar que el corazón humano es como un Nuevo Portal de Belén, en donde quiere renacer el Niño Dios por la gracia, para lo cual se necesita de la presencia de la Virgen, que limpie el corazón previamente y lo prepare para recibir la gracia del Nacimiento de su Hijo con el deseo de la conversión.

-La Navidad es, para la Iglesia, tiempo de hacer balances, pero balances que, empezando en la tierra, finalicen en la eternidad; es tiempo de ver cómo nos preparamos para el Nacimiento de Dios Hijo en nuestro corazón, Nacimiento que nos prepara para la Vida eterna, Vida a la que ingresaremos el día de nuestra muerte corporal; es tiempo de ser solidarios, pero la primera solidaridad es para con los que, al igual que los habitantes de Belén, no quieren dar lugar a Dios Niño en sus corazones, y el primer bien a compartir, más que los materiales, es el bien de la Fe en Cristo Dios, de manera que en Navidad nos debemos preguntar qué hemos hecho y qué hemos de hacer para que nuestros prójimos, los hambrientos de Dios, los ateos, sacien su hambre y sed de felicidad recibiendo al Niño de Belén como nosotros, por gracia de Dios, lo recibimos.

Esta es la verdadera Navidad, y la verdadera fiesta de Navidad está en la Santa Misa de Nochebuena.

Celebremos una Navidad cristiana ofreciendo nuestros corazones como un Nuevo Belén, en donde nazca el Niño Dios. No celebremos una navidad pagana. No nos aturdamos en el festejo desenfrenado, en el jolgorio mundano de un mundo que parece celebrar no el Nacimiento de Dios hecho Niño, sino el rechazo de Dios. Reparemos, con la oración y la Santa Misa, por todos aquellos que "festejan" una navidad pagana, vacía, mundana, sin Dios, e imploremos a la Madre de Dios, que trae a su Niño en su seno virginal, que lo haga nacer en los corazones más fríos y oscuros.

lunes, 19 de diciembre de 2011

El Espíritu Santo, el Amor de Dios, en la Encarnación, en la Navidad y en la Santa Misa


Cuando se consideran los misterios de la Encarnación (cfr. Lc 1, 26-38) y del Nacimiento de Jesucristo, se pasan por alto, por lo general, la intencionalidad con la cual actúa Dios Trino. En otras palabras, al considerar la Navidad, se suele dejar de lado el motivo por el cual Dios Uno y Trino obra este prodigio.


Para saber cuál es la intencionalidad de Dios, es necesario considerar, de entre todos los actores que intervienen en la Encarnación y en el Nacimiento, a una Persona, la Persona divina del Espíritu Santo.

Es el Espíritu Santo el que inhabita, como Llama de Amor divino, en la Inmaculada Concepción, haciendo de María Santísima un sagrario viviente, el lecho de gracia y de Amor purísimo en el que habría de ser concebido el Hijo de Dios.

Es el Espíritu Santo el que "cubre con su sombra", es decir, con el poder de su Amor eterno, a María Santísima, en el momento de la Encarnación, creando la naturaleza humana del Hijo de Dios y uniendo esta naturaleza a la Segunda Persona de la Trinidad.

Es el Espíritu Santo el que "cubre con su luz santa", es decir, con la potencia de su amor, a María Santísima en Belén, en la Noche del Nacimiento, haciendo salir milagrosamente, como un rayo que atraviesa un cristal limpidísimo, el Cuerpo de Dios Hijo, que se aparece ante los hombres como Niño, sin dejar de ser Dios, que viene a este mundo para entregarse como Pan de Vida eterna.

Pero debido a que María es Modelo de la Iglesia, todo lo que sucede en Ella sucede luego en la Iglesia, y así es como el prodigioso Nacimiento del Niño Dios, obra del Espíritu Santo, se continúa y prolonga en la Eucaristía, por obra del mismo Espíritu Santo, pues es este mismo Espíritu el que, a través del sacerdote ministerial, que pronuncia las palabras de la consagración, produce la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Niño Dios, que de esta manera viene a nosotros en cada Misa, así como vino en Belén, entregándosenos como Pan de Vida eterna.

Y como el Espíritu Santo es el Amor substancial de Dios, es decir, es Dios, que es Amor, es el Amor de Dios el que obra el prodigio de Navidad, prodigio que se renueva y actualiza para nosotros en cada Santa Misa.

Y ésa es la intención de Dios Trino al obrar tantos prodigios sobrenaturales: donarnos su Amor, el Espíritu Santo.

viernes, 16 de diciembre de 2011

La oscuridad y el frío de la noche de Belén son figura del rechazo de Dios




         El Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo se produjo en horas de la noche, es decir, cuando todo era silencio y oscuridad. Además hacía mucho frío, debido a la época del año y al hecho de que el Nacimiento se produjo en una guarida para animales.
Al nacer, el Dios Omnipotente, no solo nace como un niño débil y desguarnecido, sino que Él, que es “luz” (cfr. 1 Jn 1, 5), nace en la oscuridad, en la noche de la naturaleza, cuando ya se había ocultado el sol; Él, que siendo Espíritu purísimo no era afectado en absoluto por las inclemencias del tiempo, el que Él mismo había creado, ahora, al encarnarse y venir a este mundo como un Niño, padecía el frío de una noche helada. Estas eran las adversas y duras condiciones climáticas en las cuales Dios Hijo, obedeciendo el designio del Padre, en vistas a comunicar el Espíritu Santo a los hombres, debió afrontar en su Nacimiento. Por supuesto que su Madre lo arropó y lo abrigó apenas nació, y su padre adoptivo, San José, iluminó la gruta y calentó el ambiente con una pequeña fogata, pero esto no quita ni disminuye el padecimiento de Jesús desde el mismo momento en el que nació.
Pero estas condiciones climáticas, que hicieron sufrir a nuestro Salvador desde los primeros instantes de su Nacimiento, no fueron la causa más importante de sus sufrimientos. La oscuridad y el frío de la noche cosmológica, productos ambos del ocultamiento del sol que proporciona luz y calor, son sólo una figura y una representación de otra oscuridad y de otro frío, la oscuridad y la noche de los corazones de los hombres, que ante el Nacimiento de su Redentor, cierran las puertas, no solo de los albergues de Belén, que llevan a sus padres a buscar una gruta de animales, sino ante todo cierran el corazón a la gracia salvífica de Dios que se hace carne en el Cuerpo del Niño de Belén, y que es traída amorosamente por la Virgen Madre, Medianera de todas las Gracias.
         Nada quieren saber los hombres de Dios, y este es el motivo del rechazo, de la indiferencia, del menosprecio de su Nacimiento, rechazo, indiferencia y menosprecio que son la traducción en actos de lo que abunda en el corazón humano: oscuridad, porque no lo alumbra la luz de Dios, y frío, porque no lo abriga ni calienta el Amor divino.
         El rechazo de Dios no se da solo en Belén, y no se limita a un tiempo preciso y limitado en la historia y a un lugar geográfico determinado: el rechazo de Dios se extiende a todo el mundo y a toda la humanidad, en todas las épocas, porque toda la humanidad está contaminada por el pecado original. Por otra parte, está revelado que el rechazo de Dios irá creciendo en intensidad y magnitud a medida que pasen los días y a medida, por lo tanto, que la historia humana y todos los hombres se acerquen al Último Día, al Día del Juicio Final. A medida que pasan los días, es cada vez más corto el tiempo que separa a los hombres de la eternidad, la que dará comienzo para la humanidad en el Último Día de la historia, y con el paso del tiempo, con este dirigirse de la historia humana hacia el vértice en el que coinciden el espacio y el tiempo, la maldad y la rebelión, la oscuridad y el rechazo de Dios será cada vez más fuerte, pues más fuertes serán los ataques del demonio y del infierno, sabedores de que les queda cada vez menos tiempo, porque cuando Jesucristo venga con su poder y gloria, el demonio será sepultado para siempre en el Infierno y desaparecerá el mal de la tierra y de los corazones de los hombres.
         Esta es la razón por la cual cada día que pasa el mal parece avanzar más y más, y es así en realidad, y es la razón por la cual crece la apostasía, el ateísmo y el rechazo de Dios. Engañados por el espíritu maligno, los hombres se distraen con las múltiples ofertas de distracción y de diversión que ofrece el mundo actual, las cuales no tienen otro objetivo que hacerles perder de vista el destino de eternidad que les espera, sea en las sombras o en la luz.
         Seducido por el espíritu del mal, el hombre ha caído en la tentación de la serpiente, la misma con la que hiciera caer a Adán y Eva: “Desobedeced a Dios y seréis como dioses” (cfr. Gn 3, 5). El hombre de hoy ha construido una civilización sin Dios, o mejor aún, una civilización en la que el Dios verdadero ha sido reemplazado por un dios falso, que es el propio hombre, y esto se puede comprobar a cada paso, constatando cómo las leyes aprobadas por las legislaciones humanas, productos a su vez del consenso de las sociedades humanas, no tienen más en cuenta al querer de Dios, expresado en la Naturaleza, sino al querer humano, expresado en sus pasiones. Así, el matrimonio heterosexual es reemplazado por uniones entre individuos del mismo sexo; el aborto y la eutanasia son considerados como derechos humanos;
         Todo esto es lo que está representado en la oscuridad y el frío de la noche de Belén, oscuridad y frío que se reproducen en cada corazón humano cuando este se niega a la conversión, prefiriendo seguir con el desorden de sus pasiones, antes que seguir el mandato divino de la caridad, que ordena el amor a Dios y al prójimo como a uno mismo.
         Por tener el corazón oscurecido, nadie recibe a la Madre de la luz de Dios, Jesús: prefieren la oscuridad de la noche a recibir a Dios encarnado.
Por esta razón, la oscuridad de la noche de Belén no es la más oscura: muchos más oscuros son los corazones de los hombres, tanto más de aquellos que, habiendo recibido el conocimiento de Jesucristo, se niegan a la conversión. Esta oscuridad es la que lleva a desconocer a la Virgen y a su Hijo, que viene en su seno; es la oscuridad que lleva a los cristianos a desconocer a su Iglesia y al fruto de sus entrañas, la Eucaristía.
         Hoy pasa lo mismo porque ese mismo Niño Dios que nació de María, está en la Eucaristía: nadie reconoce en la Iglesia a la Virgen que trae escondido en su seno al Niño Dios vestido de Pan.
Hoy también hay muchos corazones que viven en la oscuridad y no reconocen a Jesús en la Eucaristía y no quieren darle lugar en sus corazones, para que pueda nacer ahí, porque así como María no pudo entrar en ningún hospedaje para que naciera allí el Niño Dios, así tampoco lo puede hacer en los corazones que se niegan a la conversión, en los corazones que antes de aceptar la gracia que nos trae la Virgen y abrirles las puertas de sus hospedajes, de sus almas, prefieren seguir con los vanos entretenimientos del mundo, entretenimientos que provocan hastío y dejan al alma vacía de consuelo y de paz.
Seamos entonces como el Portal de Belén, un lugar pobre y oscuro, pero sobre el cual se detiene la Estrella de la mañana, para que así como la Virgen en Belén dio a luz a Dios vestido de Niño, así dentro de nosotros pueda nacer Jesús, Dios Niño vestido de Pan.
Dispongamos nuestros corazones, por medio de la oración, la penitencia, la mortificación y las obras de misericordia, corporales y espirituales, para que sean en esta Navidad como el Portal de Belén, en donde nace el Dios Niño, Jesús Eucaristía.

El más pequeño es el más grande



Parecería o un juego de palabras o un contrasentido, pero en realidad, en el reino de los cielos, el más grande es el que sea más pequeño en esta  tierra. La grandeza en el cielo se obtiene siendo pequeños aquí en la tierra, lo cual es contrario a lo que sucede en la tierra: en la tierra, son más grandes quienes son más grandes, no quienes son más pequeños. Surge entonces la pregunta del porqué de la respuesta de Jesús, y de qué grandeza y de qué pequeñez se trata.
Jesús se refiere a algo que orienta a la vida eterna, por lo que no se trata de pequeñez o de grandeza según los términos y conceptos humanos.
Se trata de una pequeñez que busca imitar la grandeza infinita del ser divino, que se hizo pequeño, se hizo hombre, asumiendo una naturaleza humana, sin dejar de ser lo que es, Dios infinitamente grande y omnipotente; se trata de imitar la grandeza infinita de Dios Hijo, que se hizo Niño en Belén, débil y pequeño, nacido en el tiempo, sin abandonar su ser eterno y grandioso, que dona a los hombres de su propia eternidad y grandiosidad -Santa Teresita del Niño Jesús decía que Dios se había hecho débil y pequeño por amor a ella para darle de su propia fortaleza[1]-; se trata de imitar la grandeza infinita del Hombre-Dios, que sin abandonar su omnipotencia, se hizo pequeño y débil frente a los hombres, permitiendo su crucifixión; se trata de imitar la grandeza infinita del Hombre-Dios resucitado, que sin abandonar su grandeza infinita y su gloria eterna, se aparece ante los suyos, en la asamblea eucarística, sobre el altar, revestido de la pequeñez de la apariencia de pan y vino.


[1] Cfr. www.catholic.net, sección “Santoral”, Teresa de Jesús.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Los pecadores entrarán antes que vosotros al Reino



“Los pecadores entrarán antes que vosotros al Reino” (cfr. Mt 21, 28-32). Con el ejemplo de dos hijos que obran de distinta manera ante el pedido del padre de ir a trabajar –uno, dice que no irá pero termina yendo; el otro, que dice que irá, pero finalmente no va-, Jesús advierte a quienes, pasando por religiosos y practicantes de la religión, cometen el pecado de presunción, creyéndose ser mejores que sus prójimos.
La realidad es diferente, porque entran en el Reino de los cielos quienes escuchan el mensaje de salvación y ponen por obra lo que este implica: oración, mortificación, penitencia, obras de misericordia, es decir, entran en el Reino de los cielos quienes se hacen violencia contra sí mismos, buscando conformar su corazón al Corazón de Cristo, según sus palabras: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”.
Por el contrario, quienes escuchan el mensaje y no lo ponen por obra, es decir, no buscan cambiar el corazón, no buscan la conversión, trabajando por luchar contra sus defectos –pereza, acedia, murmuración, indiferencia para con el prójimo más necesitado-, aun cuando parezca exteriormente que ha respondido afirmativamente, en realidad, con su ausencia de conversión, está diciendo: “No voy a ir a trabajar para el Reino de Dios”.
“Los pecadores entrarán antes que vosotros al Reino”. El cristiano que reza, que va a Misa, no puede nunca caer en el pecado de presunción, creyéndose mejor que aquel que no solo no lo hace, sino que objetivamente se encuentra en un camino de perdición, porque también a él le caben las palabras de Jesús: “¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo?” (Lc 6, 37-42).
Más que mirar los defectos del prójimo, el cristiano debe concentrarse en los suyos propios, no sea que, de tanto criticar las faltas de los demás, se quede en la puerta del Reino de los cielos, viendo cómo entran aquellos a quienes consideraba inferiores.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Dios Hijo viene como Niño no por obligación, sino para darnos su Amor


En Adviento nos preparamos, por medio de la oración, la penitencia, la mortificación y las obras de misericordia, para recibir a Dios, que ha de venir para Navidad, como un Niño.
         Y ante la expectativa por su llegada, nos preguntamos acerca del motivo de esta Venida: ¿viene por obligación? ¿Viene por necesidad? ¿Dios se encarna porque tiene necesidad de sus criaturas, los hombres? Si Dios no viniera como Niño, ¿podríamos los hombres, después de esta vida, evitar el infierno y llegar al cielo? Si Dios no viniera como Niño, ¿podríamos los hombres vivir en paz y en armonía con el resto de los seres humanos?
         A esto hay que responder que Dios no viene por obligación ni por necesidad de ninguna índole, puesto que Dios no necesita absolutamente de nada ni de nadie; Él, en su Triunidad de Personas Divinas, es absolutamente feliz y perfecto, y no necesita de sus criaturas para acrecentar mínimamente su eterna bienaventuranza. La otra cosa que debemos saber es que, si Dios no se hubiera encarnado y venido como Niño, jamás podríamos haber llegado al Cielo, porque las puertas del Cielo, luego del pecado de Adán y Eva, quedaron cerradas herméticamente para toda la humanidad, y en cambio las puertas que sí quedaron abiertas, fueron las puertas del Infierno, lugar al que indefectiblemente estaba condenada toda la humanidad, no por voluntad de Dios, que no creó el infierno para los hombres, sino por voluntad de los mismos hombres, que libremente eligieron separarse de Dios.
         Cuando Dios se encarna, entonces, en la Persona del Hijo, y viene a este mundo como Niño, no lo hace ni por obligación ni por necesidad, y con su Encarnación, Muerte y Resurrección, abre las puertas del Cielo para toda la humanidad.
         Y todo esto lo hace por el más puro y gratuito Amor, para comunicarnos de su mismo Espíritu, que es Amor Purísimo, Perfectísimo, Santo, eterno e infinito.
         Es para esto para lo que Dios se encarna en el seno de María Virgen, y es para esto para lo que nace en un pobre Pesebre de Belén.
Él viene a darnos Amor, gratuita y libremente, un Amor que supera infinitamente todo lo que el hombre pueda desear, un Amor que extra-colma de felicidad el corazón del hombre.
Dios Hijo viene como Niño en Belén para darnos su Amor. ¿Y qué es lo que le dan a cambio los hombres?
De los hombres, el Niño Dios recibe sólo indiferencia y frialdad, aún antes de nacer, tal como lo relata el Evangelio, al describir el peregrinar de la Virgen y de San José por las posadas de Belén, mendigando un lugar para que nazca el Rey de cielos y tierra.
Pero también el Evangelio de Juan nos habla acerca del rechazo de Dios, que es luz, por parte de los corazones de los hombres, envueltos en las tinieblas del pecado y de la ignorancia: “En el principio era el Verbo, el Verbo era Dios, el Verbo era la luz y la vida de los hombres (…) La luz vino a las tinieblas, pero las tinieblas la rechazaron”.
Frente al Amor de Dios que se dona en plenitud; frente al Amor de Dios que se dona sin reservas; frente al deseo de Dios de iluminar las tinieblas de los hombres con la luz de su divinidad, la respuesta de los hombres es el más duro rechazo y la más fría de las indiferencias.
Pero los hombres, frente a Dios que se dona con la totalidad de su Ser divino en el Niño de Belén, los hombres, no contentos con el rechazo y la indiferencia, van más allá, y a ese Niño Dios que viene a donar el Amor divino, levantan sus manos para agredirlo con ferocidad, con la intención de dañarlo y, si es posible, de quitarle la vida subiéndolo a la Cruz.
Esto no es invención, sino la realidad de lo que sufrió Dios Hijo al venir a este mundo. Fueron muchos los santos que vieron al Niño recién nacido y cómo era tratado, siendo Él recién nacido, y este trato lo recibía de parte de los niños principalmente. Uno de estos santos es la Beata Ana Catalina Emmerich[1].
Dice así esta santa: “Lo vi recién nacido (al Niño Dios) y vi a otros niños venir al pesebre a maltratarlo. La Madre de Dios no estaba presente y no podía defenderlo. Llegaban con todo género de varas y látigos y le herían en el rostro, del cual brotaba sangre y todavía presentaba el Niño las manos como para defenderse benignamente; pero los niños más tiernos le daban golpes en ellas con malicia. A algunos sus padres les enderezaban las varas para que siguieran hiriendo con ellas al Niño Jesús. Venían con espinas, ortigas, azotes y varas de distinto género, y cada cosa tenía su significación (…) Vi crecer al Niño y que se consumaban en Él todos los tormentos de la crucifixión. ¡Qué triste y horrible espectáculo! Lo vi golpeado y azotado, coronado de espinas, puesto y clavado en una cruz, herido su costado; vi toda la Pasión de Cristo en el Niño. Causaba horror el verlo. Cuando el Niño estaba clavado en la cruz, me dijo: "Esto he padecido desde que fui concebido hasta el tiempo en que se han consumado exteriormente todos estos padecimientos”.
         Dios Hijo se nos acerca como Niño recién nacido para que no tengamos miedo en acercarnos a Él, y para que no dudemos de sus intenciones, que es la de darnos su Amor. En efecto, ¿quién, en su sano juicio, haría daño a un niño recién nacido? ¿Quién, en su sano juicio, dudaría que un niño recién nacido tenga otro sentimiento que no sea el amor?
         Y sin embargo los hombres, a este Niño recién nacido, lo insultan, lo golpean –en los niños de la visión de Ana Catalina Emmerich estamos representados todos los hombres en nuestra niñez, con todas nuestras acciones malas, nuestros pensamientos malos, nuestros deseos malos- y, no contentos con esto, lo suben a una Cruz, en donde siguen insultándolo, privándolo de todo afecto y amor, hasta lograr su muerte.
         ¡Qué misterio el misterio de iniquidad que anida en el corazón del hombre, que llega al extremo de matar a su Dios en una Cruz!
         Pero si es grande este misterio de iniquidad, es infinitamente más grande el misterio del Amor de Dios que no solo perdona al hombre sus maldades, sino que, en el extremo de la locura de amor, a pesar del rechazo y de la indiferencia de muchos, se dona a sí mismo en su totalidad, con su Ser divino, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, en el sacramento de la Eucaristía.
         Adviento es el tiempo de preparación para recibir a un Dios que es Amor infinito, que se nos dona con todo su Amor en la simplicidad de la Eucaristía.
         No seamos indiferentes y fríos a su Amor, no golpeemos a nuestro Dios que sólo quiere darnos su Amor; démosle, a cambio, la pobreza de nuestro corazón, en acción de gracias por su Nacimiento en Belén.


[1] Cfr. Beata Ana Catalina Emmerich, Nacimiento e infancia de Jesús. Visiones y revelaciones, Editorial Guadalupe, Buenos Aires 2004, 165-166.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Vengan a Mí los que están cansados y agobiados y carguen mi yugo









“Vengan a Mí los que estén cansados y agobiados y carguen mi yugo" (cfr. Mt 11, 28-30). La invitación de Jesús a aquellos que están “cansados y agobiados” parece una contradicción, porque precisamente a ellos, que están cansados y agobiados, les da un nuevo peso, su yugo, con lo cual el cansancio y el agobio aumentan.
Sin embargo, no es una contradicción, porque el yugo de Jesús, que es la Cruz, “es llevadero” y de “carga ligera”, y además, porque Él “los alivia”, tomando sobre sí su cansancio y su agobio y esto en forma literal y no figurada, porque Jesús toma sobre sí el pecado del hombre y expía por él.
Al encarnarse, Dios Hijo asume en su naturaleza humana todo lo que en esta no es pecado, para redimirlo y sublimarlo: la enfermedad, el dolor, la muerte, y esto de modo literal y no simbólico, lo cual quiere decir que, a partir de la Encarnación, porque han sido asumidas por Él, se convierten en fuente de santificación, de salvación, lo cual significa que lo que antes era causa de desesperación y por lo tanto de cansancio y agobio, ahora es causa de felicidad.
Ésta es la razón por la cual la enfermedad, el dolor, la muerte, unidas a Cristo en la Cruz, son salvíficas y redentoras, porque Él las ha santificado, al tiempo que ha destruido el pecado. Así es como Cristo alivia el agobio y el cansancio del hombre: destruyendo el pecado en la Cruz, y convirtiendo en fuente de santificación todo lo que no sea pecado.
Pero además Cristo verdaderamente alivia el cansancio y el agobio porque al tomar sobre sí los pecados de los hombres para expiarlos –los pecados de todos los hombres en general y de cada hombre en particular, por lo tanto, toma sobre sí mis pecados personales-, además de hacerse culpable en modo vicario por los pecados personales de cada uno, en su Pasión sufre todas las penas y todos los dolores que se derivan de los pecados y sufre también la muerte de cada persona particular. En otras palabras, Jesús sufre en su Cuerpo físico, real, y en su Alma espiritual, real, todas las enfermedades, los dolores, las penas, las tristezas y la muerte física de cada persona humana en particular. Jesús sufre en nosotros y por nosotros, desde una simple fiebre hasta un cáncer mortal y, por supuesto, la misma muerte.
Esta es la causa del alivio real de quien está agobiado por el pecado y sus consecuencias, y es la causa al mismo tiempo de su propio agobio, de su sudoración de sangre y de su agonía en Getsemaní.
Jesús nos alivia porque carga Él con nuestras culpas –el pecado, para destruirlo- y con las consecuencias del pecado –el dolor, la enfermedad, la muerte- para redimirlos y convertirlos en fuente de santificación.
Pero el proceso no es automático: el cristiano debe acudir personalmente a Cristo, para pedirle que lo alivie, porque de lo contrario, para quien no lo acepta como Redentor, la Pasión de Jesús es vana.

Levántate y camina









“Levántate y camina” (cfr. Mt 9, 1-8). El episodio del paralítico al que se le perdonan los pecados y al que se le cura su enfermedad, es simbólico de la acción de Jesús sobre la humanidad. El paralítico representa a la humanidad, que se encuentra doblemente enferma, en el espíritu y en el cuerpo. En el espíritu, por el pecado original, en el cuerpo, como consecuencia del pecado original. La doble curación de Jesús al paralítico simbolizan las dos acciones de Jesús sobre los hombres: curación del cuerpo y del alma. Sin embargo, aún cuando se trate de dos milagros asombrosos –uno, produce la curación del cuerpo físico, elimina la enfermedad física; el otro, elimina el pecado como estado del hombre en rebeldía hacia Dios-, ninguno de estos dos milagros constituyen el objetivo final de Jesús. Los milagros –la curación corporal y el perdón de los pecados- son solo etapas en la meta final de Jesús, que es la comunión con la Trinidad por parte de la humanidad.
La clave interpretativa en este sentido –los milagros como medios para comunicar el don de la comunión con la Trinidad-, puede estar en la frase dicha por Jesús luego de realizar ambas curaciones milagrosas: “Levántate y camina”.
En la frase “Levántate y camina” no solo se explicita la doble curación del paralítico, sino que está simbolizada otra realidad; no solo le está diciendo que use de sus piernas, ahora sanas y fuertes, para valerse por sí mismo y para no usar más la camilla. El paralítico ha recibido una nueva vida en todo sentido, puesto que ahora, sin su parálisis corporal, y sin la parálisis del espíritu, que detiene el camino hacia Dios, puede iniciar su nueva vida, que no consiste solo en poder caminar y hacer lo que antes no podía. Tampoco significa que por el perdón de los pecados, ahora puede rezar y antes no.
La frase: “Levántate y camina” está significando algo mucho más grande y profundo de lo que parece a simple vista y es importante considerarlo porque en la acción sobre el paralítico se simboliza la acción de Jesús sobre toda la humanidad.
Lo que le dice al paralítico lo dice a toda la humanidad, y de ahí la importancia de considerarlo, más allá del perdón de los pecados y de la curación física: “Con tus pecados perdonados, con tu nueva vida, la vida divina que te comuniqué, levántate y camina en dirección al Padre”.
Es lo que hace Jesús con nosotros sacramentalmente, al perdonarnos nuestros pecados en la confesión: no solo nos perdona los pecados, sino que nos concede una vida nueva, absolutamente nueva y distinta a la vida nuestra humana; nos concede una participación en la vida completamente divina de Dios Uno y Trino, de modo que en el alma en gracia, quienes vienen a inhabitar en el alma son nada menos que las Tres Personas Divinas de la Trinidad. Y esa Presencia, que es Presencia activa y dinámica porque comunica una nueva dynamis, una nueva energía, es el origen y la fuente de la vida nueva del cristiano.
En cada acción sacramental, por la cual nos dona Su Presencia, Jesús nos dice lo que al paralítico: “Levántate y camina, como hijo de Dios que eres, en el tiempo de tu vida, en dirección al Padre; vive con tu nueva vida de hijo de Dios y dirígete hacia Él con todas tus nuevas fuerzas”.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Preparen el camino al Señor, allanen sus senderos



“Preparen el camino al Señor, allanen sus senderos” (cfr. Mc 1, 1-18). Juan el Bautista anuncia la llegada del Mesías citando al profeta Isaías, el cual une a esta llegada la necesidad de “allanar los caminos”.

Un camino no se debe “allanar” o “aplanar”, es decir, volver plano, si no está antes surcado por montes y valles, que son quienes, con su altura y con sus depresiones, hacen imposible la llanura. Para esperar al Mesías, se deben por lo tanto abatir los montes y rellenar los valles.

¿En qué consiste el “allanar los caminos”?

Es una obra de ingeniería, sí, pero espiritual, puesto que los montes elevados son nuestro orgullo y nuestra soberbia, y los valles profundos, nuestras mezquindades y egoísmos.

“Allanar los caminos”, por lo tanto, significa abatir el orgullo y el egoísmo. Pero la tarea no finaliza aquí, porque esto es solo el primer paso, la condición primaria para la llegada del Señor. La tarea del cristiano no se limita a un mero ejercicio de la virtud, por la cual nos volvemos humildes y generosos. Esta es la condición previa para recibir el don del nacimiento del Señor en el corazón por la gracia.

El “allanar los caminos”, por lo tanto, significa la conversión del corazón predicada por el Bautista, y la conversión del corazón es dejar de mirar a las cosas terrenas y bajas, para mirar al Cielo, la morada donde habita Dios Trinitario, morada a la cual estamos llamados a habitar todos y cada uno por el bautismo recibido.

El llamado a la conversión de Juan el Bautista no se limita a pedir el ejercicio de las virtudes; no se limita a pedir simplemente el ser honestos: eso es la antesala de la llegada del Dios al alma, el cual habrá de conceder al alma dones inimaginados, como el perdón de los pecados y la filiación divina por la gracia.

En Adviento, la Iglesia asume el papel de Juan el Bautista, y desde el desierto del mundo y de la historia humanas, llama a los hombres con el mismo llamado de Isaías y del Bautista: “Preparen el camino del Señor, allanen sus caminos”.

Como ellos, la Iglesia anuncia que el Señor está por venir, está por nacer en Navidad –no en el Pesebre de Belén, porque como hecho histórico es irrepetible y único-, sino en múltiples pesebres de carne, los corazones de los hombres, y para que estén dispuestos, es que llama a la conversión.

Ahora bien, la conversión no consiste en un ejercicio teórico del pensamiento, sino que es una puesta en obra del cristiano, que decide volver su rostro a Dios por medio de la oración, del ayuno y de la penitencia, para recibir de Dios su luz y su Amor, para volver luego a su hermano y comunicarle de esa luz y de ese Amor recibidos, por medio de las obras de misericordia corporales y espirituales mandadas por la Iglesia.

Para esto es el Adviento: para rezar más, para hacer ayuno, ofrecer mortificaciones y penitencias, para ser iluminados por Dios, y para comunicar a los hermanos esa luz y ese Amor recibidos de lo alto.

Así es como “allanaremos el camino”, es decir, abatiremos nuestro orgullo y nuestra mezquindad, y así, con el camino aplanado, podrá la Virgen María, que lleva en su seno virginal a Jesús, que viene acompañada por San José, que a pie guía al burrito sobre el que viaja María, llegar a ese pesebre de carne que es nuestro corazón, y prepararlo para que en él nazca el Niño Jesús.

Y cuando nazca el Niño Jesús, Luz eterna de Dios, huirán para siempre las tinieblas de nuestro corazón.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Adviento tiempo de penitencia y de alegría
















La característica central del Adviento es la oración, la penitencia, la mortificación y el ayuno porque el alma, que está a la espera del Mesías, reconoce que sin Dios está dominada por el pecado y por lo tanto su horizonte es un horizonte vacío que se llena sólo de amargura y pesar.
Pero que sea tiempo penitencial, no significa que sea tiempo de tristeza, como muchos podrían suponer. La tristeza, en todo caso, es de las pasiones y de los vicios, que no se ven correspondidos en sus deseos desordenados, debido precisamente a la mortificación, al ayuno y a la penitencia.
El motivo de la alegría del Adviento radica en aquello que se espera: el nacimiento del Mesías, que no habrá de verificarse en el Pesebre de Belén, porque ese evento ya sucedió en el tiempo y es único e irrepetible, sino que el nacimiento habrá de verificarse en un Nuevo Pesebre de Belén, en un Nuevo Portal de Belén, el corazón del hombre.
Aquí radica la profunda alegría del cristiano en Adviento: saber que, por la gracia, su corazón se convertirá en el lugar en donde habrá de nacer Dios con corazón de Niño; Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios; Dios que se manifiesta no en el fragor de su omnipotencia, en medio de rayos y truenos que demuestran la inmensidad de su poder, sino en la fragilidad de la carne de un Niño, y lo hace para que no tengamos temor en acercarnos a Él. Y efectivamente, es así: ¿quién puede tener temor a un niño recién nacido?
Que la Virgen María, así como fue Ella la que, mientras San José iba a buscar leña para encender una fogata para combatir el frío, limpió la gruta de Belén, que como todo refugio de animales estaba oscuro y frío, así sea también Ella la que disponga nuestro corazón, oscuro y frío, y lo prepare para que sea alumbrado con la luz eterna que surge de su seno virginal, el Niño Dios.

martes, 29 de noviembre de 2011

Dichosos los bautizados porque ven a Jesús en la Eucaristía y se alimentan con su Cuerpo y su Sangre



“Dichosos ustedes por lo que ven y oyen, porque profetas y reyes desearon ver y oír, y no pudieron” (cfr. Lc 10, 21-24). Lo que profetas y reyes desearon ver y oír, y no pudieron, y en cambio sí lo pueden hacer los discípulos, es al mismo Jesús, el Hombre-Dios, el Redentor, el Salvador de los hombres.

Cuando Isaías describe al Siervo sufriente de Yahvéh, es decir, a Cristo en su Pasión, lo ve en una visión; no lo ve en la realidad, con sus propios ojos, ni habla con Él, como sí lo hacen los discípulos. Es a esta felicidad a la que Jesús se refiere, la de verlo con los ojos del cuerpo, y escucharlo y ser testigos de sus milagros y enseñanzas.

Ver a Jesús con los ojos del cuerpo, es decir, ver a Dios encarnado, y además escuchar su Voz, que es la voz de Dios; recibir sus enseñanzas, que conducen a la vida eterna; ser testigos de sus milagros, como la conversión del agua en vino, como en Caná; como la multiplicación de panes y peces, la curación de ciegos y mudos y de toda clase de enfermos, como la resurrección de muertos, es un privilegio de muy pocos, poquísimos, en comparación con toda la humanidad.

Pero si los discípulos eran dichosos por contemplar y escuchar al Hombre-Dios con los sentidos del cuerpo, también los bautizados en la Iglesia Católica pueden considerarse dichosos, y todavía más, porque los bautizados, por la liturgia de la Santa Misa son testigos de algo más grande todavía que ver a Jesús en Palestina, con su Cuerpo aún no glorificado: los bautizados son testigos, en cada Santa Misa, de la Eucaristía, es decir, de Jesús, muerto y resucitado, que se manifiesta a su Iglesia con su Cruz victoriosa y con su Cuerpo glorioso, bajo algo que parece ser pan pero no es pan.

También los bautizados son dichosos porque ven y oyen lo que muchos reyes y sabios de la tierra querrían ver y oír, y no lo pueden hacer, porque no pertenecen a la Iglesia. Los bautizados ven a Jesús en la Eucaristía, y oyen su Palabra, que son palabras de vida eterna, que conducen a la feliz eternidad, en la liturgia de la Palabra, y oyen también su Voz, que va en medio de la voz del sacerdote ministerial, en el momento en que este pronuncia las palabras de la consagración.

Pero hay todavía una causa más por la que a los bautizados se les puede llamar “dichosos”, y es que, además de ver y oír, por la luz de la fe, a Cristo en la Misa, pueden comer su Carne y su Sangre en la Eucaristía.

Y puesto que son testigos de algo inaudito, de algo que asombra a los ángeles en el cielo y que en la tierra es causa de que se los llame “dichosos”, los bautizados deben comunicar a los hombres la causa de su alegría: Jesús está en la Eucaristía.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Adviento es el alegre tiempo en el que preparamos el corazón, por la penitencia, el ayuno y la mortificación, para que en él nazca el Niño Dios


¿A qué podemos comparar el Adviento? A la súplica que hace el profeta Isaías, pidiendo que los cielos se abran para dar paso a Dios: “Si rasgaras los cielos y descendieras” (63, 19).

El Profeta Isaías hace esta súplica, que es un deseo esperanzado, luego de comprobar no sólo el vacío que es el mundo sin Dios, sino ante todo, luego de contemplar, iluminado por el Espíritu de Dios, la inmensa majestad del Ser divino. Isaías es quien contempla, en éxtasis, a Yahvéh, en su trono de gloria, adorado por los ángeles, y es él quien describe la alabanza trinitaria que los ángeles tributan a Dios: “…vi al Señor sentado en un trono excelso y elevado, y sus haldas llenaban el templo. Unos serafines se mantenían erguidos por encima de él; cada uno tenía seis alas: con un par se cubrían la faz, con otro par se cubrían los pies, y con el otro par aleteaban, y se gritaban el uno al otro: ‘Santo, santo, santo, Yahveh Sebaot: llena está toda la tierra de su gloria’. Se conmovieron los quicios y los dinteles a la voz de los que clamaban, y la Casa se llenó de humo (Is 6, 2-4).

En su visión extática de Yahvéh, Isaías anticipa, ya desde el Antiguo Testamento, la revelación que hará Jesucristo: Dios es Uno y Trino; de ahí el triple “Santo” de los serafines.

Luego de contemplar, arrobado en éxtasis, la majestad del Ser divino, Isaías es devuelto a la tierra, y la inevitable comparación que surge entre el ser creado, limitado, finito, participado, y el Ser Increado de Dios, ilimitado, infinito en su perfección, en su hermosura, en su belleza, en su majestad, hace que Isaías prorrumpa en un lamento que es un gemido, en un gemido que es el deseo más profundo de su corazón: “Si rasgaras los cielos y descendieras”.

Toda la hermosura de la creación es igual a la nada, comparada con la hermosura del rostro trinitario de Dios que el Profeta ha contemplado en éxtasis, y por eso exclama: “Si rasgaras los cielos y descendieras, ante Tu faz los montes se derretirían”.

El Profeta Isaías clama a Dios, y le suplica que rasgue los cielos y descienda, pero Dios no rasga los cielos y no baja.

Y esto que para el profeta Isaías no se cumple, sí se hace realidad para la Iglesia al final del tiempo del Adviento, por eso el Adviento es un tiempo de espera gozosa y alegre, porque a su término, Dios desciende de los cielos, y se nos manifiesta como Niño, como Niño Dios, como Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios.

El tiempo de Adviento es el equivalente, para la Iglesia, a la espera del Profeta Isaías: por la liturgia del Adviento, la Iglesia se coloca en la situación de ansiosa y gozosa espera del Salvador, y por eso, Ella también exclama, en Adviento, con el Profeta: “Si rasgaras los cielos y descendieras”.

Adviento es el tiempo en el que, luego de meditar acerca del vacío y de la oscuridad del corazón humano sin Dios, la Iglesia, contemplando el misterio de Dios, clama por su Presencia.

Al igual que Isaías, la Iglesia clama en Adviento: “Si rasgaras los cielos y descendieras”, y Dios, escuchando el clamor de la Iglesia, más que rasgar los cielos, atraviesa, como un rayo de sol atraviesa un cristal, un cielo virginal, muy particular, el seno virgen de María, para llegar a esta tierra envuelto en el cuerpo de un Niño.

Y si tenemos en cuenta las palabras de los santos, que dicen experimentar que sus corazones se “derriten” de amor ante ese horno ardiente de Amor eterno que es el Corazón de Jesús, entonces, para Navidad, la frase del Profeta Isaías quedaría así: “Si rasgaras los cielos y descendieras, ante Tu Faz los corazones se derretirían”.

Adviento entonces es el tiempo de alegre espera, en el cual el corazón, seguro de que Dios ha de venir, se ocupa en prepararse para esta venida, por medio de la penitencia, de la mortificación y del ayuno.

Y la encargada de preparar nuestro corazón es la Virgen, porque así como Ella preparó la gruta de Belén, limpiándola y aseándola, perfumándola con su Presencia de Madre de Dios, porque la gruta era un lugar de refugio de animales, oscuro y lleno de la suciedad de los animales, así a Ella le pedimos que prepare nuestro corazón, y lo ilumine y lo perfume con la gracia divina, dejándolo listo para recibir, en su pobreza y en su miseria, al Dios de los cielos, que atravesando su seno virginal, como un rayo de sol atraviesa un cristal, vendrá a nuestros corazones para Navidad.