lunes, 30 de abril de 2012

Yo Soy la Puerta de las ovejas


“Yo Soy la Puerta de las ovejas” (Jn 10, 1-10). Para afirmar la revelación de la parábola del Buen Pastor, acerca de la inmensidad del Amor divino por el hombre, Jesús hace una nueva revelación: Él no es solamente el Buen Pastor, que da la vida por las ovejas; es también la Puerta de las ovejas.
En otras palabras, Jesús no se contenta con ser el Buen Pastor: es también la Puerta de las ovejas, y el redil mismo; es decir, Él es el “lugar”  por donde las ovejas pasan para descansar seguras, o salen para pastar cuando quieren alimentarse.
Así como alguien abre una puerta, ya sea para entrar o para salir de un lugar seguro, en el que uno se siente a gusto, así el Sagrado Corazón de Jesús es la Puerta que da acceso al lugar más hermoso que jamás pueda siquiera ser imaginado, el seno de Dios Padre, en donde el Amor trinitario se dona al alma que allí llega con toda su fuerza y con todo su ser.
“Yo Soy la Puerta de las ovejas, el que entra por Mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento”. El Sagrado Corazón de Jesús es la Puerta de acceso al Padre y a su Amor; el que, hambriento, sediento, con frío, y huyendo de los espíritus malignos de los aires, llama a la puerta y golpea, se le abre, y se le hace pasar, y allí encuentra no sólo un hogar cálido y acogedor, sino también una comida exquisita, la Carne del Cordero, el Pan Vivo bajado del cielo, y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna.
Y además, el que golpea a esta Puerta y entra, encuentra que es recibido por tres comensales que comparten gustosos con él la cena: Dios Padre, Dios Hijo, y Dios Espíritu Santo.
“Yo Soy la Puerta de las ovejas”. El alma que golpee a las puertas del Sagrado Corazón –el alma que consume la Eucaristía-, entrará y encontrará en él los pastos verdes y abundantes y el agua fresca de la gracia y el Amor divinos.

domingo, 29 de abril de 2012

Yo Soy el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas



(Domingo IV - TP – Ciclo B – 2012)
“Yo Soy el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas” (cfr. Jn 10, 11-18). Para graficar la inmensidad del Amor divino por el hombre caído en el pecado, Jesús usa una imagen, la del pastor con sus ovejas, figura que es familiar no solo para la gente de su época, los habitantes de Palestina del año 30 d. C., sino también para la totalidad de las culturas de todos los tiempos.
Con la imagen de un pastor de ovejas, que no solo va en busca de la oveja extraviada, sino que arriesga su vida para rescatarla, Jesús quiere darnos a conocer el misterio del Amor divino por el hombre, y sobre todo el hombre caído en el pecado: así como un pastor, al percatarse que una de sus ovejas ha extraviado el camino, deja al redil en lugar seguro y va a buscarla, así Dios, viendo que el hombre se ha desviado del camino que lo conduce a Él, va en su búsqueda.
Y al igual que un pastor, que decide bajar al barranco porque ve que su oveja no solo se ha perdido, sino que se ha desbarrancado y ha caído en lo hondo del precipicio, así Dios decide auxiliar al hombre que ha caído, desde las alturas de la vida de la gracia en que fue creado, al abismo del pecado.
En la imagen que usa Jesús, la oveja perdida y desbarrancada corre peligro de muerte, porque si no es auxiliada terminará por morir, ya sea de hambre y sed, o por las heridas recibidas, o por la voracidad de los animales salvajes como el lobo, que harán presa fácil de ella. Del mismo modo el hombre, que yace a causa del pecado original en el barranco de la ausencia de Dios, es también fácil presa de los lobos del mundo espiritual, los ángeles caídos, que se arrojan sobre el alma sin Dios con más furia que un lobo sobre su presa.
A su vez, la oveja cae en el barranco porque, desatendiendo los silbidos del pastor, que guía al rebaño a un lugar seguro, se aparta para buscar, por sí misma, pastos que le parecen más apetitosos que aquellos de los que se alimenta el resto de las ovejas. De esta manera, se interna en un sendero cada vez más angosto, que no la lleva a ninguna parte, puesto que finaliza en un peligroso escarpado, al tiempo que no le permite retornar, y cuando lo intenta, cae por el barranco, golpeándose con las piedras de la ladera, fracturándose los huesos y desgarrándose la piel. Es así como queda, tendida en el barranco, sin posibilidad alguna de salir de esta situación que la conduce a la muerte.
Esta actitud temeraria de la oveja que se separa del redil, representa a los cristianos católicos, bautizados, que por un motivo u otro, se alejan de la Iglesia y de su Pastor, Jesucristo, representado en Persona en el Santo Padre. Quien se aleja del Magisterio de la Iglesia, rechazando la comunión con la sede de Pedro, se expone al gravísimo peligro de caer en el abismo de la ignorancia, del error y de la herejía.
El otro aspecto que debemos considerar en esta parábola es la actitud del buen pastor, que da la vida por las ovejas, opuesta a la del mal pastor, aquel que obra solo por el salario, sin importarle ninguna otra cosa.
El buen pastor, al ver a su oveja perdida yaciendo en el fondo del barranco, dejando a seguro las demás ovejas, arriesga su vida, porque decide ir en su rescate, sin importarle si es demasiado joven, o vieja, o si está muy herida; baja por la ladera del precipicio apoyándose en su bastón, con mucho cuidado, porque un paso en falso puede hacerlo caer y golpear su cabeza con las piedras y así perder la vida. El mal pastor, por el contrario, prefiere no arriesgar su vida, y dejar a la oveja herida que agonice en el fondo del precipicio, puesto que en su razonamiento, no vale la pena preocuparse por una oveja herida, y la deja abandonada a su suerte, para que sea devorada por los lobos, quienes se sienten atraídos por la sangre fresca que mana de sus heridas.
El Buen Pastor, el Pastor Sumo y Eterno, es Jesucristo, que baja no a la ladera de un barranco, sino a esta tierra, desde el seno del Padre, encarnándose en el seno de la Virgen, y el bastón con el cual desciende a nuestro abismo es la Cruz; y al llegar, cura al alma con el aceite de su gracia y la alimenta con su Cuerpo y su Sangre, y luego la carga sobre sus hombros, para ascender al Cielo, ya resucitado, y dejarla a salvo en los pastos eternos, el seno de Dios Padre en la eternidad.
Con la parábola del Buen Pastor, Jesús nos quiere hacer ver, entre otras cosas, que sólo la Iglesia, bajo la guía del Vicario de Cristo, es el único lugar seguro que alimenta al alma, la oveja del redil divino, con el pasto verde y el agua fresca de la Verdad eterna del Ser trinitario, revelada en Cristo Jesús.

viernes, 27 de abril de 2012

Yo Soy el Pan de Vida, no como el que os dio Moisés


“Yo Soy el Pan de Vida, no como el que os dio Moisés en el desierto” (Jn 6, 44-51). El pan prodigioso que los judíos recibieron de Moisés se podía decir “pan de vida” sólo en sentido relativo, porque lo único que hacía era prolongar temporalmente la vida corporal, al dar sustento material al cuerpo.
El maná de los judíos era “pan de vida” sólo en un sentido figurado, material y exteriormente, necesario para el cumplimiento de un retorno material y exterior del Pueblo Elegido a la Jerusalén terrena, figura del Paraíso celestial.
La Eucaristía, que es el único y verdadero Pan del cielo, lo es en un sentido real y no figurado, porque actúa desde la raíz más profunda del ser del hombre, concediéndole a este la vida eterna, alimentándolo con la substancia misma de Dios Trino, dándole el sustento del alma que le permite atravesar el desierto de la existencia humana en su peregrinar a la Jerusalén celestial, la vida eterna en comunión con las Tres Divinas Personas.
Quien comía el maná del desierto, terminaba finalmente por morir, puesto que no concedía más que una vida corporal y efímera.
Quien se alimenta de la Eucaristía, por el contrario, aunque muera corporalmente, vivirá para siempre, porque la Eucaristía es Pan Vivo que da la vida eterna del Hombre-Dios Jesucristo al que la consume con fe y con amor.

martes, 24 de abril de 2012

Yo Soy el Pan de Vida que les da Dios Padre




“Yo Soy el Pan de Vida que les da Dios Padre”. Los judíos creían que el pan del cielo, el maná, era el que les había dado Moisés en el desierto.
         Era un pan milagroso, porque había venido del cielo, y les había permitido calmar el hambre y no desfallecer en su peregrinar por el desierto hacia la Tierra Prometida, Jerusalén.
         Pero Jesús les revela que el verdadero pan bajado del cielo es Él, Pan de Vida eterna, porque ese Pan es su carne, gloriosa y resucitada por la fuerza del Espíritu Santo, luego de su muerte en Cruz.
         Es verdadero también porque es dado por Dios Padre y no por Moisés, y porque, además de saciar el hambre que de Dios tiene toda alma humana, y saciarla al punto tal que la satisface sobreabundantemente, este Pan que es su Cuerpo, da fuerzas al alma para atravesar el desierto árido de la existencia y de la vida humana en su peregrinar hacia la Jerusalén celestial, la comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas en la eternidad.
         El verdadero Pan Vivo bajado del cielo, que permite al alma atravesar el desierto de la vida, es la Eucaristía.

lunes, 23 de abril de 2012

Trabajad por el Pan que da la vida eterna, la Eucaristía



“Trabajad por el Pan que da la vida eterna” (cfr. Jn 6, 22-29). Luego de la multiplicación de los panes y peces, la multitud busca a Jesús para hacerlo rey. Jesús sabe que lo que los motiva es el hecho de haberles satisfecho el hambre corporal, y no sus enseñanzas sobre la vida eterna. Por eso les dice que trabajen, es decir, que se preocupen, no por el pan material, inerte, que solo da sustento parcial a la vida corporal, sino por el Pan Vivo bajado del cielo, que da la vida eterna al alma, la Eucaristía.
Jesús quiere corregir la desviación racionalista y materialista de la multitud que, dejando de lado los bienes del cielo, da preferencia exclusiva a las cosas de la tierra: no les importa la Palabra de Dios que Jesús les transmite, sino el hecho de que han podido satisfacer el hambre corporal.
         Muchos cristianos de hoy, al igual que la multitud del evangelio, cometen el mismo error materialista: dejan de lado la Eucaristía, el Pan de Vida eterna, por las satisfacciones y placeres del mundo; muchos, la gran mayoría, considera a la Eucaristía como algo sin valor real, como un mero símbolo religioso, vacío de contenido, un simple pan bendecido, y en consecuencia, dedican sus esfuerzos a obtener toda clase de bienes materiales,  de honores mundanos y de satisfacciones terrenas.
Muchos se darán cuenta, al final de sus vidas, en el juicio particular, que deberían haber prestado atención antes a las palabras de Jesús: “Trabajad por el Pan que da la vida eterna”.

viernes, 20 de abril de 2012

Cada Misa es como un Cenáculo en el cual se aparece el Señor resucitado a su Iglesia


            

(Domingo III – TP – Ciclo B – 2012)
            “Los discípulos se llenaron de alegría y admiración”. (cfr. Lc 24, 35-48). Es notoria la diferencia en el estado anímico y espiritual de la totalidad de los discípulos en relación a Jesús, antes y después de su encuentro con Él resucitado: antes, están todos "apesadumbrados y tristes", como los discípulos de Emaús; "llorando", como María Magdalena; "con el rostro sombrío", como en el caso de los discípulos en el Cenáculo. Después del encuentro con Jesús resucitado, el Evangelio describe un estado anímico y espiritual radicalmente distinto:
         ¿A qué se debe este cambio? Podríamos intentar una explicación, desde el punto de vista humano. Entre los hombres, se da esta situación, luego de reencontrar a alguien a quien se amaba mucho, y por algún motivo, se lo daba ya por muerto, como por ejemplo, en una guerra: cuando esto sucede, se llora su ausencia, se hace un período de luto, se resigna a no verlo más, se siente nostalgia y, cuando ya se pensaba que su ausencia sería definitiva, en un determinado momento, inesperadamente, se lo vuelve a ver, lo cual provoca gran alegría entre sus seres queridos.
         Podría ser este el motivo de la alegría que experimentan los discípulos, pero en la Iglesia los hechos de Jesús no se explican por motivos humanos, sino por motivos divinos.
         La razón por la cual los discípulos se alegran y se admiran, es porque ven a su Maestro y Amigo vivo, que ha regresado de la muerte, que se encuentra lleno de la luz y de la gloria divina, cuyo resplandor emana a través de sus heridas.
La sorpresa es grande porque la última vez que habían visto a su amado Señor, había sido el Viernes Santo, crucificado, con su Cabeza coronada de espinas, con su Cuerpo lleno de hematomas, de heridas abiertas de las que manaba abundante sangre, y sin embargo, ahora lo ven con su Cuerpo resplandeciente, con la marca de sus heridas, pero de las cuales ya no brota más sangre, sino luz divina, y por esto se alegran y se admiran.
Pero no es esta la causa última de la alegría de los discípulos; si esta fuera, entonces en poco y en nada se diferenciaría de una situación puramente humana, como la que describimos al principio, es decir, se trataría sólo de la alegría y admiración de quienes creían que un ser querido había muerto, y en vez de eso, descubren que está vivo.
En la alegría y admiración de los discípulos hay algo más, que causa una alegría y una admiración infinitamente más grandes que la de simplemente ver a alguien que se pensaba muerto y está vivo: la alegría y la admiración de los discípulos está causada por el encuentro con el Ser divino que inhabita en Jesucristo, que se manifiesta en todo su esplendor a través de su Cuerpo resucitado. La alegría y la admiración que provoca al hombre descubrir al Ser divino, es tan grande, que no se puede expresar con palabras humanas, al tiempo que provoca en el alma un estupor de tal magnitud, por la contemplación de la majestad divina, que al alma le parece imposible creer que sea verdad. Es esto lo que el evangelista quiere expresar cuando dice: “Era tal la alegría de los discípulos, que se resistían a creer”. En otras palabras, lo que causa la alegría, la admiración, el estupor, el gozo, incontrolables, sin límites, en los discípulos que están en el cenáculo cuando se les aparece Jesús resucitado, es la contemplación del Ser divino trinitario que inhabita en Jesús, puesto que Jesús no es una persona humana, sino la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios Hijo encarnado, que manifiesta toda su gloria, todo su esplendor, toda su infinita majestad divina, a través de su Cuerpo humano resucitado.
Ese es el motivo último de la alegría y de la admiración de los discípulos en el cenáculo: contemplan, fascinados por la atracción del ser divino, a Dios Hijo encarnado, que los envuelve con su luz y con su gloria divinas.
La presencia Personal de Dios puede producir en el alma humana diversos estados, como por ejemplo, el temor –incluso hasta los ángeles más poderosos tiemblan ante la sola idea de la Justicia divina encendida en ira, según revela la Virgen a Sor Faustina Kowalska-, pero también por el amor y la alegría que lo desbordan, y es esto lo que les sucede a los discípulos en el cenáculo, a quienes la Aparición de Jesús, glorioso y resucitado, los llena de temor sagrado, de amor jubiloso y de fascinación maravillada, al punto tal de dejarlos estupefactos, sin poder articular palabra.
Pero no debemos creer que la aparición y manifestación de Jesús resucitado a sus discípulos se produjo por única vez hace dos mil años, en el cenáculo en Jerusalén: en cada Santa Misa, por el misterio de la liturgia eucarística, se aparece el Señor Jesús, resucitado, en Persona, con su Cuerpo glorioso, llena de la luz y de la vida divina, oculto bajo algo que a los ojos del cuerpo parece ser pan, pero que a los ojos del alma, iluminados por la luz de la fe y del Espíritu Santo, es el Hombre-Dios Jesucristo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Cada Santa Misa renueva y actualiza la aparición y manifestación gloriosa de Jesús resucitado, como lo hizo en el cenáculo hace veinte siglos, solo que para nosotros lo hace oculto bajo las especies eucarísticas.
Por lo tanto, cada Santa Misa, debería ser vivida, para los bautizados, con la misma alegría, con el mismo gozo, con la misma admiración y estupor, con los que los discípulos vivieron la experiencia de contemplar a Cristo resucitado, e incluso deberían vivir cada Misa con muchísima más alegría que los discípulos, porque Cristo se les apareció a los discípulos, y comió con ellos, pero no les dio su Cuerpo y su Sangre como alimento del alma, mientras que sí lo hace con los bautizados, al donarse todo Cristo en Persona en cada comunión eucarística.
Si alguien escribiera la historia de cada misa, ¿podría decir que quienes asistimos a ella nos alegramos y nos admiramos, como los discípulos, por la iluminación interior del Espíritu de Cristo, por la aparición de Cristo en medio nuestro como Pan de Vida eterna?
Cada misa es como un cenáculo en el cual se aparece el Señor resucitado a su Iglesia, para comunicarle de su alegría y de su amor por la comunión. Está en el bautizado pedir y aprovechar interiormente ese don del Espíritu, que le permite alegrarse y admirarse en Jesús resucitado en la Eucaristía, además de donarse a sí mismo como víctima, ofreciéndose a Cristo en el sacrificio de la Cruz, en acción de gracias por tanto amor demostrado por Dios, o permanecer indiferente, como si solo hubiera recibido un poco de pan, como si solo hubiera asistido a una rutinaria ceremonia religiosa.

El significado sobrenatural de la multiplicación de panes y peces



“Jesús multiplica panes y peces” (cfr. Mt 14, 13-21). El milagro de la multiplicación de panes y peces demuestra la condición divina de Jesús, puesto que sólo Dios, Creador de todo cuanto existe, y por lo tanto, creador también de la materia, tiene el poder suficiente para crear, de la nada, la materialidad de los panes y de los peces, con los cuales alimenta a más de cinco mil personas.
         Al realizar estos milagros, Jesús proclama, con obras, su condición de Dios Hijo, dando al mismo tiempo un signo irrefutable para creer en Él -en sus afirmaciones de ser Dios Hijo, igual en dignidad y poder a Dios Padre-, de manera tal que ya no se pueda, a partir de estos signos sobrenaturales, dudar de sus palabras. Es lo que Él les dice a los fariseos: “Si no me creéis a Mí, creed al menos en mis obras”.
         Quien se cierra a la evidencia de los milagros, difícilmente podrá acceder al Reino de los cielos.
         Pero Jesús tiene otra intención, además de afirmar que Él es Dios: el milagro de la multiplicación de panes y peces tiene por objeto prefigurar y anticipar otro milagro, infinitamente más grande, el Milagro de los milagros, la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y en su Sangre.
         La multiplicación del pan inerte, sin vida, hecho de trigo y agua, que da sólo sustento a la vida corporal, tiene por objeto prefigurar y anticipar otro Pan, no hecho de trigo y agua, sino de la Carne y la Sangre del Hombre-Dios; un Pan Vivo, bajado del cielo, que contiene en sí la Vida eterna, y que comunica de esa vida eterna a quien lo consume; un Pan que, más que dar sustento a la vida corporal y terrena del hombre, le concede y le hace partícipe de una vida nueva, la vida eterna del Hombre-Dios.
         A su vez, la multiplicación de la carne muerta del pescado, cuya ingestión sólo sirve para sustentar la vida corporal, anticipa y prefigura otro milagro, la conversión del pan en la carne del Cordero de Dios, carne no muerta sino viva, glorificada, llena de la vida divina, de la luz inextinguible, y de la gloria eterna del Hombre-Dios.
         En consecuencia, al leer y meditar el pasaje de la multiplicación de panes y peces, el cristiano no puede guiarse por una mentalidad racionalista, negadora de la realidad sobrenatural y de la condición divina de Jesús de Nazareth y de sus signos, los milagros. En este caso particular, la negación del milagro de la multiplicación de panes y peces, conduce a la negación del Milagro de los milagros, la Eucaristía.

El que es de la tierra, habla de la tierra; el que es del cielo, da testimonio del cielo



“El que es de la tierra habla de la tierra; el que es del cielo, da testimonio del cielo” (Jn 3, 31-36). Jesús no hace solo referencia a que el habla de la persona revela su interioridad: lo que quiere decir es que Él, que viene del cielo, da testimonio de lo que ha visto y oído en el cielo, mientras que los hombres dan testimonio de lo que ven y conocen, que es la tierra y el mundo.
         Jesús es del cielo, porque es el Hijo Unigénito de Dios, engendrado eternamente en el seno del Padre; Él, en cuanto Persona divina, no tiene principio ni fin, es eterno, y conoce al Padre desde la eternidad, y lo ama con amor divino, el Espíritu Santo.
         Es por esto que la prédica y el mensaje de Jesús no son de este mundo, y superan absolutamente todo lo que el hombre o el ángel puedan imaginar o pensar.
         Es por eso también que la Iglesia, la Esposa del Cordero, nacida del costado abierto del Salvador, guiada, inhabitada e iluminada por el Espíritu Santo, habla de aquello que contempla desde su nacimiento de algo más grande que los cielos, el Corazón de Jesucristo; la Iglesia habla y da testimonio de algo que es infinitamente más grande que los cielos eternos, el Corazón traspasado de Jesús, que es de donde Ella nació, entre esplendores sagrados.
         Éste es el motivo por el cual, cuando la Iglesia habla a través del Magisterio auténtico, unido al Santo Padre, no es entendida ni comprendida por los hombres mundanos, que sólo hablan y conocen del mundo.
         Lo más incomprensible es que haya cristianos que, aliándose a los hombres mundanos, pretendan discutir y reformar las enseñanzas de la Iglesia acerca de verdades de origen divino, que no pueden ser discutidas ni reformadas, como por ejemplo, la imposibilidad de la ordenación sacerdotal de mujeres. Quienes pretenden cambiar las leyes eternas de la Iglesia, hablan de la tierra, porque son de la tierra.

miércoles, 18 de abril de 2012

Dios amó tanto al mundo que envió a su Hijo Unigénito



"Dios amó tanto al mundo que envió a su  Hijo Unigénito". La prueba más evidente y segura del Amor divino a los hombres  es Jesucristo, el Hombre-Dios, puesto que a través de Él, Dios se manifiesta a los hombres, y no lo hace con toda la magnificencia y el esplendor de su Ser divino, ni con toda su apabullante omnipotencia, que hace temblar a los ángeles con su sola mención.
Dios se manifiesta en Cristo como embrión unicelular, en la Concepción en el seno virgen de María; como un Niño recién nacido en Belén; como un hombre que, en apariencia, ha fracasado y ha sido abandonado por todos, menos por su Madre, en el Calvario, y continúa manifestándose, en la inocente e inofensiva apariencia de pan, en la Eucaristía.
Precisamente, es esta última manifestación, la prolongación de su Encarnación en la Eucaristía, la prueba más palpable de que el Amor divino por los hombres continúa intacto con el paso del tiempo.
Sin embargo, frente a tanta demostración de Amor divino, que debería ser correspondida por el hombre, principalmente los cristianos, estos responden con ingratitud, indiferencia, y sobre todo con ultrajes, sacrilegios,     y blasfemias, a la más grandiosa muestra de su Amor, la Eucaristía.
Ésta es la raíz de todos los males de la Humanidad: la indiferencia de los cristianos hacia la Eucaristía.

martes, 17 de abril de 2012

Para entrar en el Reino de los cielos hay que nacer de lo alto




"Para entrar en el Reino de los cielos hay que nacer de lo alto" (Jn 3, 1-8), le dice Jesús a Nicodemo, y luego añade que para que los hombres nazcan de lo alto, es decir, tengan vida eterna, Él tendrá que ser crucificado: "Cuando el Hijo del hombre sea levantado en alto, atraerá a todos hacia Él, para que el que crea en Él, tenga la vida eterna".

En otras palabras, el nacimiento de lo alto, del agua y del Espíritu, se lleva a cabo en la contemplación de Cristo crucificado, porque es de Él, de su costado abierto, de su Corazón traspasado por la lanza, de donde brotan el Agua y la Sangre que se derraman sobre el alma por los sacramentos, infundiendo la gracia divina.

Por lo tanto, el que quiera entrar en el Reino de los cielos, el que quiera tener vida eterna, el que quiera vivir según el Espíritu de Dios y no según la carne y el espíritu mundano, debe contemplar a Cristo crucificado y alimentarse del Pan Vivo bajado del cielo, Pan que da la vida eterna, la Eucaristía.

lunes, 16 de abril de 2012

Hay que nacer de lo alto para entrar en el Reino de los cielos



"Hay que nacer de lo alto para entrar en el Reino de Dios" (Jn 3, 1-8). Ante esta afirmación de Jesús, de que se debe nacer "de lo alto", "del agua y del Espíritu", para entrar en el Reino de los cielos, Nicodemo entiende sus palabras en un sentido puramente material, y es así como no puede entender de qué manera sea posible este nacimiento.

Nicodemo interpreta materialmente las palabras de Jesús, así como lo interpretan también materialmente otros judíos cuando Jesús les dice que para entrar en el Reino de los cielos deben "comer su carne" y "beber su sangre".

Sin embargo, Jesús está hablando de un nuevo nacimiento en un sentido puramente espiritual, el que se da por la gracia divina, infundida en el bautismo sacramental, y por eso dice: "Hay que nacer del agua y del Espíritu".

El de Nicodemo no es un error superficial, sino esencial, de base, profundo, que condiciona toda su cosmovisión, llevándolo a interpretar en sentido estrictamente materialista las palabras de Jesús.

Pero no solo Nicodemo, sino millones de cristianos a lo largo de la historia, principalmente en los últimos años, han interpretado el ser cristiano en un sentido pura y exclusivamente materialista: pertenecer a Cristo, ser cristianos, es sólo una cuestión nominal que no afecta la raíz profunda del ser, y es así como piensan que se puede ser cristianos y al mismo tiempo convivir con las pasiones: soberbia, ira, lujuria, avaricia, gula, pereza, envidia.

Para el cristiano materialista, no hay contradicción entre la vida de la materia y la vida del Espíritu, porque sencillamente la vida del Espíritu no existe; solo existe la materia, o sea la carne, entendida esta como ausencia de la gracia.

El problema es que, como dice Jesús, el cristiano materialista no puede entrar en el Reino de los cielos.

sábado, 14 de abril de 2012

Domingo de la Divina Misericordia


El Evangelio nos muestra a Jesús resucitado que se aparece a los discípulos como Hombre-Dios, con su Cuerpo glorioso, lleno de la luz y de la vida de Dios, y les dona su Espíritu de Amor, el Espíritu Santo, descubriéndoles a ellos, a la Iglesia y al mundo entero, los insondables abismos de misericordia de su Sagrado Corazón.

Precisamente, encargará a Sor Faustina Kowalska, siglos después, que "hable al mundo" acerca de su infinita misericordia: “Hija Mía, habla al mundo entero de Mi insondable Misericordia (...) Antes de venir como el Juez Justo, vengo como el Rey de Misericordia”.

¿Dónde encontramos este amor misericordioso de Dios? En el Sagrado Corazón de Jesús. La fuente de la Divina Misericordia es el Corazón de Jesús, de donde salen Sangre y Agua al ser traspasado, como lo dice el mismo Jesús: “De todas Mis llagas, como de arroyos, fluye la misericordia para las almas, pero la herida de Mi Corazón es la fuente de la Misericordia sin límites, de esta fuente brotan todas las gracias para las almas. Me queman las llamas de compasión, deseo derramarlas sobre las almas de los hombres” . De ese corazón Santa Faustina, vio salir dos rayos de luz que iluminan el mundo: Estos dos rayos, le explicó Jesús, representan la sangre y el agua que brotaron de su Corazón traspasado.

Ahora bien, esta Misericordia Divina, representada en los rayos rojos y blanco, que a su vez representan el Agua y la Sangre del Sagrado Corazón de Jesús, se extiende para todos los hombres, en el tiempo y en el espacio, de un modo muy concreto y especial: a través del sacramento de la confesión. En otras palabras, el Amor misericordioso de Dios, efundido una vez y para siempre en el momento en que fue traspasado el Sagrado Corazón en la Cruz, se derrama sobre las almas de los pecadores por medio de este sacramento, de modo tal que el alma deseosa del perdón y del amor divino no debe emprender largos caminos y peregrinaciones, sino acercarse con confianza a un representante de Jesucristo, el sacerdote ministerial.

Es esto lo que Jesús le dice a Sor Faustina: “Escribe, habla de mi Misericordia. Di a las almas dónde deben buscar el consuelo: en el tribunal de la Misericordia, donde se realizan y se repiten incesantemente los más grandes milagros. Para aprovecharse de este milagro no es necesario emprender largas peregrinaciones o llevar a cabo algún difícil rito externo: basta acudir con fe a los pies de mi representante, descubrirle tu miseria y el milagro de la Divina Misericordia se realizará plenamente. Aun cuando un alma fuese semejante a un cadáver en descomposición, de manera que humanamente no hubiera ninguna esperanza de reavivarlo y todo estaría perdido, para Dios no es así. El milagro de la Divina Misericordia resucita a tal alma. ¡Infelices de aquellos que no se aprovecharen de este milagro de la Divina Misericordia! Un día la llamaréis en vano, porque será demasiado tarde” (1448).

Además del sincero arrepentimiento de sus pecados, el pecador debe acercarse al sacramento de la Confesión (como a todos los demás sacramentos) con una Fe grande y una confianza ilimitada en el Amor Misericordioso de Jesús, y que es Jesús, la Persona Divina de Dios Hijo quien, a través de la persona humana del sacerdote ministerial, perdona los pecados: “Hija, cuando vas a la Confesión, a esta fuente de Mi Misericordia, la Sangre y Agua, que brotaron de mi Corazón, se derraman sobre tu alma y la ennoblecen. Cada vez que te vas a confesar, sumérgete totalmente en Mi Misericordia, con gran confianza, para que pueda yo derramar sobre tu alma la abundancia de mi gracia. Cuando te acerques al confesionario debes saber que Yo mismo te estoy esperando. Yo estoy como escondido en el sacerdote, ya que soy Yo mismo quien actúa en tu alma. Ahí la miseria del alma se encuentra con la Misericordia de Dios. Di a las almas que sólo con el recipiente de la confianza pueden obtener gracias de esta fuente de Misericordia. Si su confianza es grande, Mi generosidad no tiene límites. Torrentes de gracias inundan a las almas humildes, mientras que los soberbios permanecen en su pobreza y miseria, porque mi gracia se aparta de ellos para darse a los humildes” (1602).

Acudir a la Confesión es también necesaria para ser merecedor de la gran promesa del perdón total de los pecados y de las penas temporales por ellos merecidos, que se ofrece en la Fiesta de la Divina Misericordia .

Entonces, si bien la Divina Misericordia se manifiesta a lo largo de toda la vida de Jesús, desde su Encarnación, pasando por la Epifanía o manifestación como un débil Niño recién nacido, hasta la muerte Cruz, en donde se nos manifiesta como un hombre que, en apariencia, ha sido vencido, derrotado -aunque Él sea en verdad el Vencedor de los tres grandes enemigos del hombre: el demonio, el mundo y la carne-, en donde se manifiesta con mayor intensidad su infinita misericordia es en los sacramentos, principalmente la Confesión sacramental y la Eucaristía. La confesión sacramental, porque es un Río de Gracias infinito que lo único que necesita para inundar al alma del perdón divino, es la disposición y el deseo del alma de recibir dicho perdón. La Eucaristía, porque en cuanto es el mismo Sagrado Corazón en Persona, es un Océano de Amor -un océano sin fondo y sin playas- que sumerge al alma en Corazón mismo del Hombre-Dios, haciéndolo partícipe de las delicias del Ser divino trinitario.

¿Quiere esto decir, entonces, que si Dios es misericordioso, cada uno puede hacer lo que quiera, y obrar el mal, puesto que el perdón divino está garantizado de antemano por su infinita misericordia? No es así.

Es verdad que Jesús nos ofrece a todos su misericordia y que a nadie la niega, pero también nos dice: “Antes de venir como Juez justo, abro de par en par las puertas de mi Misericordia. Quien no quiera pasar por la puerta de mi Misericordia, deberá pasar por la puerta de mi Justicia”. Esto es así porque Dios es Amor infinito, pero también es Justicia infinita, y precisamente, porque Dios es infinitamente misericordioso e infinitamente justo, es que premia a los buenos y castiga a los malos: para los buenos, el cielo; para los malos, para los que no quisieron aprovechar su misericordia, el infierno.

Aunque, si se mira bien, más que castigar, lo que hace Dios se dar a cada uno lo que cada uno quiere: el cielo, para los buenos -los pecadores que, reconociendo que eran malos, se arrepintieron, se confesaron y obraron el bien- que aprovecharon la Misericordia; para los malos -es decir, para los pecadores que no reconocieron su pecado, no se arrepintieron de obrar el mal y siguieron siendo malos hasta el último segundo de su vida, sin pedir perdón a Dios-, el infierno.

Entonces, que Dios sea infinitamente misericordioso, no quiere decir que perdonará a todos, incluido aquellos que no tienen el propósito o la intención de enmendarse y de obrar el bien. Dios no quiere la muerte del impío, pero tampoco violenta la libertad del hombre, obligándolo a ir contra su voluntad, y si la voluntad del hombre es la de apartarse de Él, Dios respeta el libre albedrío humano.

En otras palabras, Dios sí va a perdonar a todos, pero a todos aquellos que se arrepientan de sus pecados y de sus malas obras, y acudan al Río de gracias que es la confesión sacramental, reciban en sus corazones ese Océano sin fondo y sin playas que es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Pero también hay otra cosa más que deben hacer los pecadores arrepentidos, para demostrar que desean amar a Dios y recibir su misericordia: después de recibir ellos mismos un amor sin medida, y sin mérito alguno, en el sacramento de la confesión y en el sacramento de la Eucaristía, deben comunicar de este amor recibido a sus prójimos, con obras de misericordia, las catorce obras que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, dentro de las cuales, una de las más grandes, es orar y hacer sacrificios por los pecadores, como lo pide también la Virgen en Fátima.

Que haya que obrar la misericordia, y sobre todo la espiritual, rezando por los moribundos con la Coronilla de la Divina Misericordia, es un deseo expreso de Jesús. Nos lo dice así Sor Faustina, al describir una visión del 13 de septiembre de 1935: "Vi un Ángel, ejecutor de la ira de Dios. Estaba por castigar la tierra. Cuando lo vi en esta actitud empecé a implorarle que esperara un poco, para que el mundo hiciera penitencia, pero mis oraciones fueron impotentes frente a la ira de Dios. En ese momento sentí en mi alma el poder de la gracia de Jesús que habita en ella. Me vi transportada ante el trono de Dios pidiendo Misericordia para el mundo con las palabras que oí en mi interior. Cuando oraba de esta manera, vi que el Ángel era impotente para llevar a cabo el justo castigo. Nunca antes recé con tanta fuerza interior como entonces. Las palabras con las que supliqué a Dios, fueron: “Eterno Padre, yo te ofrezco el Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad de tu muy amado Hijo y Señor Nuestro Jesucristo, en expiación de nuestros pecados y de los de todo el mundo”. A la mañana siguiente, al entrar en la capilla, oí interiormente estas palabras: “Esta oración servirá para apaciguar mi ira. Recítala durante nueve días sirviéndote del Rosario de la siguiente manera: primero reza un Padrenuestro, un Ave María y el Credo. Después dirás una vez las siguientes palabras: “Por su dolorosa Pasión, ten Misericordia de nosotros y del mundo entero”. Para concluir (al llegar a las tres últimas cuentas del Rosario, antes de la Cruz) dirás tres veces las siguientes palabras: Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del mundo entero”» (476).

Así es como nació la Coronilla de la Divina Misericordia, la única obra de misericordia espiritual a la cual Jesús unió grandes promesas, como por ejemplo: “Incesantemente reza este pequeño rosario que te he enseñado. Quien lo recite recibirá gran Misericordia a la hora de la muerte. Que los sacerdotes lo recomienden a los pecadores como su última esperanza de salvación. Aún cuando se tratase del pecador más endurecido, si recitare, aunque sea una sola vez, este pequeño rosario, recibirá la gracia de Mi Misericordia infinita. Deseo que todo el mundo conozca Mi infinita Misericordia. Deseo conceder gracias inimaginables a aquellas almas que confían en Mi Misericordia.” (687).

La Misericordia de Jesús es infinita, lo que “no sabe” –por decirlo así– es cómo convencer a los hombres de que deben confiar en ella, cualquiera sea su miseria espiritual. Así Jesús promete una asistencia especial a los moribundos por medios de esta Coronilla: “A la hora de la muerte Yo defenderé como a Mi propia gloria a toda alma que rezare este pequeño rosario y, si otros lo rezaren por un moribundo, el favor será el mismo. Si este rosario se reza al lado de un moribundo la ira de Dios se aplaca y la insondable Misericordia envuelve al alma” (181).

Recordemos entonces siempre y meditemos en las palabras de Jesús Misericordioso a Sor Faustina: “Hija Mía, habla al mundo entero de Mi insondable Misericordia (...) Antes de venir como el Juez Justo, vengo como el Rey de Misericordia”. Acudamos a ese Río de Gracia infinita que es la Confesión sacramental, para recibir el Amor infinito de Jesús misericordioso que se nos dona en cada Eucaristía. Y luego de recibir tanto amor de parte del Hombre-Dios, demos amor a nuestro prójimo, sobre todo a los más necesitados, obrando las obras de misericordia corporales y espirituales con los más necesitados, y rezando sobre todo la Coronilla de la Divina Misericordia y el Santo Rosario. Si obramos así en el tiempo de nuestra vida terrena, como dice el Salmo, "cantaremos eternamente" a la Divina Misericordia, en los cielos.



viernes, 13 de abril de 2012

Viernes de la Octava de Pascua



         "¡Es el Señor!" (Jn 21, 1-14). La exclamación admirativa de Juan, que es el primero en reconocer a Jesús, llama la atención a los demás. Mientras los otros discípulos, incluido Pedro, están dedicados a sus labores, Juan es el primero en reconocerlo, y lo hace inmediatamente después de que Jesús obra el milagro de la pesca abundante.
         En el reconocimiento de Juan a Jesucristo, hay dos hechos a destacar: Juan es el primero en reconocerlo, y esto se debe a que es el que más cerca ha estado de Jesús: ha reclinado su cabeza en el pecho de Jesús, en la Última Cena, para escuchar los latidos de amor y de dolor del Sagrado Corazón; es el que, luego de su fuga inicial por cobardía, en el Huerto de los Olivos, se encuentra al pie de la Cruz, junto a la Virgen, en la agonía de Jesús; es el que llega primero al sepulcro el Domingo de Resurrección.
         Esta primacía de Juan se basa en el amor: es también Juan aquel discípulo a quien Jesús "más amaba", y a su vez Juan está cerca de Jesús porque corresponde a este amor.
         El otro hecho es que Juan lo reconoce luego de que Jesús realice el milagro de la pesca abundante, lo cual también es indicio de la cercanía de Juan al Sagrado Corazón: Juan sabe que el único capaz de hacer este milagro por sí mismo es Jesús, el Hombre-Dios.
         "¡Es el Señor!", debería exclamar también todo fiel cristiano al reconocer a Cristo en la Eucaristía, así como Juan lo reconoce a la orilla del mar.
         Y de la misma manera a como Juan lo reconoce por su cercanía al Sagrado Corazón y por el milagro que hace, así el bautizado debe reconocerlo por su cercanía a Jesús Eucaristía por la adoración eucarística y por la contemplación admirada del Milagro de los milagros, la Eucaristía.

jueves, 12 de abril de 2012

Jueves de la Octava de Pascua



"La paz esté con vosotros" (cfr. Lc 24, 35-48). Jesús resucitado se aparece a sus discípulos, come con ellos para que se convenzan de que es Él, en Persona, con su Cuerpo resucitado, y no un fantasma.

Entre los discípulos, se repiten los estados anímicos de María Magdalena y de los discípulos de Emaús: antes de reconocer a Jesús, se encuentran tristes y temerosos; luego de reconocerlo, su alegría es enorme: "Era tal la alegría que se resistían a creer". Se da en ellos lo que se da espontáneamente en todo aquel que contempla a Cristo resucitado: alegría incontenible.

Finalmente, Jesús les encarga el mandato misionero: deben proclamar a las naciones que Él ha resucitado y que con su resurrección no solo ha vencido a los tres enemigos del hombre, el demonio, el mundo y el pecado, sino que les ha conseguido la vida eterna.

Ésta es la alegre misión de todo cristiano: anunciar que Cristo ha resucitado con su Cuerpo glorioso, que se ha levantado triunfante del sepulcro, que vive para siempre y ya no muere más, que su Cuerpo está lleno de la vida, de la gloria y de la luz del Ser trinitario, que los enemigos de Dios y del hombre han sido vencidos para siempre.

Pero la misión de la Iglesia y de todo cristiano comprende otro anuncio, que comprende un misterio más grande aún que la misma resurrección, y es el anunciar al mundo no solo que Cristo ha resucitado con su Cuerpo glorioso, surgiendo victorioso de la piedra del sepulcro: la Iglesia y el cristiano deben anunciar que Cristo resucitado, dona su Cuerpo glorioso en la Eucaristía, y comunica de su vida divina y eterna, de su gloria y de su luz, a todo aquel que lo recibe con fe y con amor en la Eucaristía.

Este anuncio es la razón de ser de la Iglesia y de los cristianos.

martes, 10 de abril de 2012

Miércoles de la Octava de Pascua



"Conversaban con el semblante triste y cuando se les acercó Jesús no lo reconocieron". Así es como el evangelista describe a los discípulos de Emaús: sin la fe en Jesús los discípulos de Emaús están tristes y desolados, y son incapaces de reconocerlo cuando se les acerca y habla con ellos. Su estado anímico y espiritual es idéntico al de María Magdalena: tristeza y desolación, y la causa es la misma: no creer en las palabras de Jesús, de que Él resucitaría al tercer día.

Pero también, al igual que María Magdalena, luego de ser iluminados por Él acerca de su resurrección, lo reconocen y se alegran, de manera tal que hay dos momentos muy marcados: antes y después de reconocer a Jesús resucitado. Antes, tristes y desesperanzados; después, llenos de alegría y de esperanza.

De los dos estados anímicos y espirituales, es el segundo el único que corresponde al cristianismo, porque el cristianismo es un mensaje esencialmente de alegría y de esperanza, que se fundamentan en el Ser divino, que es Amor en Acto Puro, eterno e infinito, más fuerte que la muerte.

El cristiano se alegra en Cristo porque sus tres grandes enemigos han sido derrotados en la cruz, con su muerte y resurrección: la muerte ha sido vencida por la Vida divina del Hombre-Dios, y es así como la cultura de la muerte, que propicia el aborto, la eutanasia, la eugenesia, la fecundación in vitro, será vencida al final de los tiempos; el pecado ha sido vencida por la gracia divina, y es así como todo lo que el mundo presenta como bueno siendo malo, porque es pecado, será destruido al final de los tiempos; el demonio y su malicia han sido vencidos por la bondad y el Amor infinitos del Ser trinitario, que los ha derramado por el mundo al ser traspasado el Sagrado Corazón de Jesús.

Pero con la resurrección de Cristo no solo han sido derrotados los enemigos principales del hombre, sino que se ha abierto para el hombre un destino nuevo, impensado, inimaginable, el destino de feliz eternidad en los cielos, en la contemplación del Ser trinitario, feliz eternidad que se da en anticipo en la comunión con el Cuerpo resucitado de Cristo en la Eucaristía. Este es el fundamento primero y último de la alegría del cristiano, en medio de las tribulaciones de la vida.



lunes, 9 de abril de 2012

Martes de la Octava de Pascua



"Mujer, ¿por qué lloras?" (Jn 20, 11-18). La pregunta de Jesús resucitado a María Magdalena se debe a que esta se encuentra en un estado espiritual de tristeza y de desconcierto, producto de su falta de fe en las palabras de Jesús, que había prometido que resucitaría al tercer día.

Al fallar su fe, María Magdalena es incapaz de reconocer a Jesús resucitado, confundiéndolo con el jardinero, y preguntándole dónde ha puesto el cadáver de su Maestro. Sin la luz de la fe, María Magdalena busca a un cadáver, a un cuerpo muerto y sin vida. Se ha quedado en el dolor del Calvario, sin tener en cuenta que no hay Calvario sin Domingo de Resurrección , que no se puede separar a la Cruz de la Luz, al dolor del Viernes Santo de la alegría sin fin del Domingo de Pascuas.

María Magdalena llora porque, sin fe, busca a un cadáver, y no a Jesús resucitado, y por esto no lo reconoce en su Cuerpo resucitado.

Lo mismo le sucede a muchos cristianos hoy en día: creen en un Jesús inexistente, en un Jesús muerto, en un Jesús ausente, en un personaje de la historia que ha sido olvidado y reemplazado por los modernos ídolos. Muchos cristianos buscan en la Iglesia lo que María Magdalena en el sepulcro: un cadáver, un ser muerto, sin vida, y de hecho, viven como si Jesús no existiera, como si Él no fuera quien Es, Dios eterno e inmortal, y tres veces Santo. Muchos cristianos viven como si Jesús Eucaristía fuera un cadáver, que no puede auxiliarlos en sus tribulaciones, ni escucharlos en sus pesares, ni consolarlos en sus penas, ni donarles su paz y su alegría. Muchos viven como si la Eucaristía fuera solo un poco de pan bendecido, y no Dios Hijo oculto en la apariencia de pan.

"Mujer, ¿por qué lloras?", le pregunta Jesús a María Magdalena. Pero también la repite a los cristianos de hoy: "Cristiano, ¿por qué lloras? ¿Por qué te angustias por tus problemas, como si Yo no existiera? ¿Por qué no dejas de tratarme como a un cadáver, y vienes a Mí, que estoy en la Eucaristía, para que pueda obrar para ti milagros que ni siquiera puedes imaginar? Ven a Mí, adórame en la Eucaristía, recíbeme en tu corazón, y verás que no estoy muerto, que he resucitado y que tengo para ti un destino de alegría eterna".

Lunes de la Octava de Pascua



"Las santas mujeres"
(Anibale Carracci)
         
           “Alégrense” (Mt 28, 8-15). La primera palabra de Jesús a los discípulos, luego de resucitar, es un mandato imperativo: “Alégrense”. No les dice, “Pueden estar alegres, si quieren; por el contrario, es un mandato, una orden: “Alégrense”, y no es algo extemporáneo, forzado, contrario a la experiencia que están viviendo. Por el contrario, la alegría es una consecuencia natural que se deriva, espontáneamente, de la contemplación de Cristo resucitado. Cuando Jesús manda positiva y explícitamente a los discípulos alegrarse, lo hace no forzando un estado de ánimo artificial, sino explicitar algo que se deriva de la naturaleza misma de las cosas: la visión y contemplación de Cristo resucitado provoca alegría en el alma, porque el Ser divino que se manifiesta visiblemente en el Cuerpo de Cristo resucitado es, en sí mismo, alegría, y “alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes.
         El Evangelio destaca este estado de alegría, que las santas mujeres ya tenían antes del encuentro con Jesús, a causa del diálogo con el ángel, cuando dice: “Ellas corrieron llenas de alegría a dar la noticia”. Por eso resultaría extraño que alguna de ellas -María Magdalena, por ejemplo-, una de las testigos privilegiadas de los primeros momentos de la resurrección, apareciera ante los demás triste, desanimada, depresiva.
         Si consideramos que para el cristiano, la contemplación de la Eucaristía, a la luz de la fe de la Iglesia, equivale a la contemplación de Cristo resucitado -en la Eucaristía el Ser divino se oculta bajo la apariencia de pan, en Cristo resucitado bajo la naturaleza humana-, entonces también al cristiano de hoy le caben las palabras de Jesús: “Alégrense”. Todavía más, el cristiano que comulga tiene un privilegio que no lo tuvieron ni María Magdalena ni ninguno de los discípulos, y podemos decir que ni siquiera María Santísima, la primera a la que se apareció, según la Tradición, y es que el cristiano, además de contemplar el misterio eucarístico, comulga el Cuerpo de Cristo, cosa que no hicieron los discípulos testigos de la resurrección.
         Por eso resulta aún más llamativo y paradójico un cristiano triste, depresivo, melancólico, desanimado ante las tribulaciones y problemas de la vida, porque la alegría que comunica Cristo resucitado en cada Eucaristía, es más que suficiente para superar todas las contrariedades de esta vida, llamada también "valle de lágrimas".

domingo, 8 de abril de 2012

Domingo de Resurrección



Si el Viernes Santo la Iglesia estaba sumida en la tristeza, el dolor, el llanto y la amargura, al contemplar a su rey muerto en la Cruz, con su Cuerpo cubierto de sangre, de heridas abiertas, de tierra, de barro, de golpes, de latigazos, ahora, el Domingo de Resurrección, la Iglesia exulta de alegría porque su rey ha triunfado sobre la muerte, resucitando con la vida y la gloria del Ser divino. La Iglesia canta de alegría al comprobar que la fuerza vital del Ser divino es infinitamente superior a la fuerza de la muerte, la cual queda destruida y reducida a la nada con la resurrección de Jesús. La Iglesia se alegra, el Domingo de Resurrección, por la resurrección de Cristo, que es el triunfo de la Vida divina sobre la muerte. La Iglesia exulta porque al final de los tiempos, no vencerán los que propician el aborto, la eutanasia, la eugenesia, y todo tipo de delitos que atentan contra la vida humana. La iglesia se alegra porque la muerte, producto y consecuencia del pecado original, ha sido vencida para siempre por la gracia divina, que brota del Corazón de Jesús resucitado como de su fuente.

Si el Viernes Santo la Iglesia contemplaba, atónita, sin palabras, el pavoroso espectáculo que significa ver al Hombre-Dios muerto en la Cruz, vencido en apariencia por las fuerzas del infierno aliadas con la malicia de los hombres, el Domingo de Resurrección, en cambio, exulta de gozo, al contemplar a Jesús resucitado, Invicto Vencedor del Demonio y de todo el infierno, y también de la malicia del corazón humano. La Iglesia celebra con gozo interminable el triunfo de la Bondad del Ser divino, que triunfa sobre el mal, producido y creado en el corazón del ángel negro y en el corazón del hombre caído en el pecado original. La Iglesia se alegra, con alegría celestial, al comprobar que la maldad angélica y la maldad humanas, unidas, son igual a nada frente a la poderosísima fuerza de la Bondad divina. La Iglesia se alegra, con alegría incontenible, porque en el Domingo de Resurrección el mal fue vencido para siempre por la fuerza incontenible de Dios Trino, infinitamente bueno y amable. La Iglesia se alegra el Domingo de Resurrección porque al final de los tiempos serán derrotados para siempre todos aquellos que rinden culto al demonio, invocándolo por medio de la música, la hechicería, la brujería.

Si el Viernes Santo la Iglesia contempla, absorta, el Cuerpo muerto de Jesús, crucificado como consecuencia de la visión mundana del hombre, que lo lleva a negar la condición divina de Jesús, visión mundana que no se contenta con rechazarlo, sino que busca y consigue matarlo en la Cruz, el Domingo de Resurrección la Iglesia canta de alegría al comprobar que Cristo ha resucitado y que por lo tanto toda existencia humana está destinada no a esta vida mundana, terrena, caduca, superficial y efímera, sino a la vida eterna, a la feliz eternidad en la contemplación de Dios Uno y Trino. La Iglesia se alegra el Domingo de Resurrección porque el mundo, la vida mundana, que niega toda trascendencia, que condena al hombre a vivir una existencia sin esperanzas, y por lo tanto lo conduce a la desesperación, esa vida mundana, y ese mundo sin futuro, terminarán para siempre, y serán derrotados al fin de los tiempos, para dar inicio a la vida eterna en Dios, gracias a la Resurrección de Jesús.

La Iglesia se alegra en el Domingo de Resurrección porque los tres enemigos del hombre, la muerte, el demonio, y el mundo, han sido vencidos para siempre en la Cruz, y a partir de Jesús y su resurrección, una nueva fuerza, la fuerza del Amor del Ser divino, es la que conducirá a toda la humanidad a un nuevo destino, insospechado antes, el destino de feliz eternidad.

Finalmente, la Iglesia se alegra con alegría angélica el Domingo de Resurrección, porque su rey, Cristo, con el mismo Cuerpo glorioso, lleno de la luz y de la gloria del Ser divino de Dios Trino, con el que resucitó en el sepulcro, reina, majestuoso, en la Eucaristía.

Que nuestros corazones, que son muchas veces duros, fríos y oscuros como el sepulcro de José de Arimatea, en donde reposó el Cuerpo muerto de Jesús, sean como otros tantos sepulcros, esta vez de carne, que alojen al Cuerpo resucitado de Jesús Eucaristía, para inundados con su Luz celestial, con su Vida divina, con su Amor eterno, un Amor más fuerte que la muerte.



viernes, 6 de abril de 2012

Viernes Santo



“Voy a beber la copa que me da mi Padre” (cfr. Jn 18, 1-40. 19, 1-42). Cuando Pedro intenta resistir al arresto de Jesús, Jesús responde con esta frase: “Tengo que beber la copa que me da mi Padre”. ¿De qué copa se trata?

Los judíos, en Pascua, bebían una copa, en recuerdo de las maravillas obradas por Dios en su favor. El padre de familia iniciaba el rito pascual, elevando la copa de bendición, iniciando la conmemoración de los milagros obrados a favor de Israel . Luego de brindar con vino en el cáliz de bendición, comían verduras amargas y carne de cordero asada, para conmemorar la liberación de Egipto. Los judíos sabían de qué copa se trataba: era el cáliz o la copa de bendición, con la cual los judíos celebraban su pascua y conmemoraban los milagros hechos por Yahvéh en su favor.

Por eso a Pedro le resulta familiar el hecho de que Jesús diga que va a beber del cáliz del Padre. Pero en el Huerto de los Olivos, que es donde Jesús pronuncia esa frase, no están en ambiente de celebración, por el contrario, el ambiente es dramático, porque los judíos y los romanos están por arrestar a Jesús para condenarlo a muerte. Los judíos sabían entonces qué era el “cáliz de bendición”, y por eso la frase les resulta familiar. Pero Jesús está hablando de otra copa, de otro cáliz, de otra pascua: una copa, un cáliz y una Pascua nuevos, eternos, definitivos, para siempre.

Ahora Jesús, que inaugura una nueva Pascua, que suprime a la judía, bebe de una copa que le da el Padre, una copa nueva, llena de su propia sangre, la sangre del cordero pascual.

A diferencia de la copa que bebían los judíos en su pascua, que tenía sabor a vino, la copa que le da el Padre es una copa de sabor amargo, muy amargo, porque es la copa en la que se contiene la dolorosa Pasión del Siervo de Yahvéh.

Es llamativo que en los evangelios que preceden inmediatamente a la semana de la Pasión, aparece en varios lugares la intención de los judíos: “matar a Jesús”. Es este el doloroso cáliz, la amarga copa que el Padre da de beber a su Hijo Unigénito: la condena a muerte en juicio injusto, la flagelación inhumana, que mataría a cualquier hombre común, pero no al Hombre-Dios, aunque lo lleva a sobrepasar los límites de la tolerancia humana; la coronación de espinas, signo de la extrema humillación; el abandono de todos, hasta pareciera que del mismo Padre –“Dios mío, porqué me has abandonado”, dice Jesús en la cruz-, abandono que experimentan todos los que son condenados a muerte; la soledad, mitigada por la presencia de María al pie de la cruz; la agonía humillante y dolorosísima de la muerte en cruz a manos de los judíos y de los romanos.

“Voy a beber la copa que me da mi Padre”. Lejos de rechazar el cáliz amargo de la Pasión, el Hombre-Dios bebe hasta las heces del cáliz, bebe hasta el último sorbo, bebe todo el cáliz de la ira divina, para que este no se derrame sobre los hombres.

“Voy a beber la copa que me da mi Padre”. El Hombre-Dios bebe hasta la última gota del amargo cáliz de la Pasión y con el cáliz del dolor, bebe todo el dolor de la humanidad, bebe y lleva consigo todo el dolor de todos los hombres de todos los tiempos, porque el dolor es consecuencia del pecado que aleja de la fuente de la felicidad, que es Dios.

“Voy a beber la copa que me da mi Padre”. Bebiendo del cáliz amargo de la Pasión, que le da el Padre, el Hombre-Dios atrae sobre sí la ira divina, y la ira divina se descarga sobre Él para no descargarse sobre los hombres y al mismo tiempo permite que el Espíritu Santo se derrame sobre los hombres, convirtiéndolos en hijos adoptivos de Dios.

“Voy a beber la copa que me da mi Padre”. Cada cristiano, al estar incorporado a Cristo por el bautismo, en el momento de la comunión, puede beber del mismo cáliz amargo de la Pasión, puede unirse a los dolores y a la amargura de Cristo en el Huerto de los Olivos, en la Vía Dolorosa, en el Monte Calvario, en la cruz, para así, unido a Cristo, convertido en Cristo, sea, junto con Él, redentor de la humanidad.

Jueves Santo



"Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin" (Jn 13, 1-15). El motor del movimiento del Corazón de Jesús no es otro que el Amor infinito de Dios, un Amor sin medidas, un Amor sin límites, un Amor que no se detiene ante el sacrificio de sí para expresarse, y es así como todo lo que Jesús obra en la Última Cena, lo obra por Amor.

"Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin". En la Última Cena Jesús celebra su Pascua, su paso de este mundo al Padre, para señalar a todos el Camino, la Verdad y la Vida que conducen a la feliz eternidad. Así como los israelitas atravesaron el camino del Mar Rojo y del desierto, que los condujo desde Egipto a la Tierra Prometida, y así como creyeron en la verdad de Moisés, que era la verdad de Dios, y así como vivieron una vida nueva, de sacrificios y de penitencia en el desierto, que habría de llevarlos al lugar de la felicidad, Jerusalén, así también los cristianos, unidos a Cristo, que es el Camino, el único que conduce al Padre, transitan en Él y por Él el Via Crucis, el Camino Real de la Cruz, el único que conduce al Cielo; en Cristo, única y absoluta Verdad eterna de Dios, los cristianos conocen los eternos designios divinos de salvación; en Cristo y por Cristo, los cristianos viven la única Vida, la vida de la gracia, que los hace partícipes de la misma Vida divina.

"Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin". El amor sin límites de Jesús lo lleva a obrar un milagro inimaginable, el más grande que Él en cuanto Dios, concurriendo con Dios Padre y Dios Espíritu Santo, pueda hacer: la transubstanciación del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.. Se trata de un milagro tan asombrosamente grande, que si las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, poniendo la máxima potencia de su Ser divino, empeñando la suma e infinita Sabiduría divina, y aplicando el inmenso, eterno e infinito Amor que como Personas divinas tienen, quisieran hacer algo más grande, no lo podrían hacer. Por la Eucaristía, milagro de los milagros, milagro del Amor eterno de Dios Trino, Jesús, a pesar de morir al día siguiente, Viernes Santo, en la Cruz, para luego resucitar y ascender al Cielo, habría de quedarse entre los hombres "todos los días, hasta el fin del tiempo", para consolarlos en sus penas, para fortalecerlos en su camino hacia la Vida eterna, para alegrarles sus días con sus saetas de Amor.

"Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin". Los ama hasta el extremo de donar su vida en la Cruz, pero eso no le basta: su Amor infinito lo lleva a idear algo por medio del cual esa vida donada en la Cruz -su Vida, su Sangre, su Alma, su Divinidad, su Amor- sea efectivamente comunicada a las almas, por medio de la renovación incruenta de su muerte en Cruz: la Santa Misa.

"Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin". Y amó hasta el fin no solo a los discípulos que con Él compartían la Última Cena, la última de su vida terrena, sino a toda la humanidad de todos los tiempos, instituyó el sacerdocio ministerial, mediante el cual haría realidad su Presencia entre los hombres, descendiendo al altar cada vez que el sacerdote pronunciara la fórmula de consagración, renovando el don de su Cuerpo y su Sangre en el Santo Sacrificio del altar.

"Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin". Por medio del sacerdocio ministerial, haría posible también otro don de su Sagrado Corazón, la confesión sacramental, Río de gracia divina que no solo habría de quitar a las almas la mancha del pecado, sino que le concedería la gracia santificante, gracia por la cual Él en Persona iría a inhabitar en las almas.

"Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin". Para que su Amor se multiplicara entre los hombres, les dejó el mandamiento más hermoso de todos, el mandamiento del Amor: "Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado". Nos amó con el Amor con el que Dios Padre lo amó desde la eternidad, el Espíritu Santo, y con el Amor de la Virgen Madre, amor maternal con el que lo amó en su vida terrena, y ese doble amor sagrado es el que nos comunica en el Jueves Santo, en cada Santa Misa, en cada Eucaristía, en cada confesión sacramental, y es el mismo Amor con el cual quiere que nos amemos los unos a los otros, en el tiempo de nuestra vida terrena, como requisito indispensable para entrar en la vida eterna.