martes, 31 de julio de 2012

El Reino de los cielos es como un tesoro escondido



“El Reino de los cielos es como un tesoro escondido” (Mt 13, 44-45). Jesús compara al Reino de los cielos con un tesoro escondido en un campo, que luego de ser encontrado por un hombre, es adquirido por este después de vender todo lo que poseía.
         En la parábola, el campo es la Iglesia, el tesoro es la gracia de los sacramentos, la venta de los bienes del hombre para poseer el tesoro, esto es, la gracia, es la renuncia del alma al pecado, y a todos los atractivos mundanos que pueden poner en peligro la vida de la gracia. La venta de todos los bienes para conseguir el campo, en donde está escondido el tesoro, significa la disposición del alma a dejar atrás al hombre viejo, con tal de adquirir, conservar y acrecentar la vida de la gracia, obtenida en la Iglesia y en sus sacramentos.
         Lo que se destaca es la actitud del hombre de la parábola, quien vende “todos sus bienes”, sin quedarse con nada, con tal de adquirir el campo: con esto se significa el alma que, percatándose del valor de la gracia, decide no solo dejar atrás el pecado mortal, sino también el venial, e incluso las imperfecciones.
         El otro elemento importante de la parábola es el estado anímico y espiritual del hombre que vende sus bienes para adquirir el campo: lo hace “lleno de alegría”, lo cual es un indicio ya de la Presencia de Dios Uno y Trino en el alma en gracia, puesto que Dios es “alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes.
         La parábola también se puede aplicar a la Santa Misa, puesto que para poder participar de ella con el máximo fruto posible, es necesaria la misma disposición del hombre de la parábola: vender todos los bienes, dejar atrás al hombre viejo, abandonar para siempre la vida de pecado, rechazar con todas las fuerzas al mundo y sus atractivos, para recibir al Dios de la Alegría sin fin, Jesús Eucaristía.

lunes, 30 de julio de 2012

El fin del mundo es como una cosecha



“El fin del mundo es como una cosecha” (Mt 13, 36-43). Con su admirable pedagogía divina, Jesús describe, con una sencilla imagen tomada de la actividad cotidiana del hombre, el fin del mundo y las sorprendentes realidades ultra-terrenas: el fin del mundo es como una cosecha, en donde los cosechadores –los ángeles- separan la cizaña –una planta dañina símil al trigo, pero sin valor nutritivo-, que representa a los hombres que obran el mal y no se arrepienten, volviéndose aliados de Satanás, del trigo, es decir, de aquellos hombres que, reconociéndose pecadores, hacen penitencia y oración, viven en gracia, y se vuelven así dignos de entrar en los cielos.
El fuego que quema a la cizaña, es decir, al pasto dañino e inútil, es figura a su vez del fuego del infierno, destinado a los ángeles apóstatas y a los hombres que, voluntariamente, se decidieron por el mal. El trigo que es almacenado para ser convertido luego en pan, al mezclarlo con el agua y la levadura, es figura de los hombres que, por la gracia, se asemejaron a Cristo, Pan de Vida eterna, y se ofrecieron a sí mismos en Él como víctimas por la salvación del mundo.
El único punto en el que la parábola divina no encuentra parangón con la realidad, es en la libertad del hombre: mientras la cizaña y el trigo no eligen ser lo que son, y por lo tanto su destino a ser consumidos por el fuego, en el caso de la cizaña, o a ser convertidos en pan, en el caso del trigo, no dependen de ellos, en el caso de los hombres, quien en el juicio particular sea encontrado falto de obras buenas y abundante en obras malas, será todo por libre y soberana decisión. Y también, el que se salve a causa de la bondad de sus obras, será porque libremente eligió obrar el bien.

domingo, 29 de julio de 2012

Las aves del cielo en el árbol de mostaza son las Tres Divinas Personas en el alma en gracia



“El Reino de Dios es como un grano de mostaza” (Mt 13, 31-35). Jesús compara al Reino de Dios como un grano de mostaza: así como este es inicialmente muy pequeño, pero luego se convierte en un arbusto de gran tamaño en donde se cobijan las aves del cielo, así el Reino de Dios.
Pero la parábola bien puede aplicarse al alma, ya que sin la gracia divina, es pequeña –como la semilla de mostaza-, mientras que con la gracia de Dios, alcanza un tamaño insospechado, que supera miles de veces su pequeñez original. Esto se ve en los santos, y de entre ellos, a los más grandes de todos, puesto que llegaron a las altas cumbres de la santidad, no por ellos mismos, sino por la gracia divina. Todos los santos que están en el cielo, absolutamente todos, deben su gloria y su grandeza a la gracia divina; dicho de otra manera, sin la gracia divina, ninguno de los santos –el Padre Pío, Santa Margarita, San José, San Antonio, o cualquier santo que se nos ocurra-, jamás habrían podido alcanzar la gloria de la vida eterna y habrían permanecido pequeños e insignificantes, como pequeño e insignificante es un grano de mostaza.
Ahora bien, si el alma es el grano de mostaza que por la gracia alcanza un tamaño miles de veces superior al original, y se vuelve tan grande como un árbol, en el que las aves del cielo van a hacer sus nidos; ¿qué representan estas aves del cielo? Representan a las Tres Personas de la Santísima Trinidad, que inhabitan en el alma en gracia y hacen de ese corazón su morada más preciada.

sábado, 28 de julio de 2012

La multiplicación de panes y peces, anticipo del Pan de Vida eterna y de la Carne del Cordero



(Domingo XVII – TO – Ciclo B – 2012)
         “Jesús multiplicó panes y peces y dio de comer a la multitud” (cfr. Jn 6, 1-15). En una de las predicaciones de Jesús en Palestina, se reúne una multitud de más de diez mil personas, entre niños, jóvenes y adultos, según los cálculos del evangelista. Llegada la hora del almuerzo, y debido a la cantidad de gente que necesita ser alimentada, Jesús reúne a sus discípulos para deliberar acerca de las medidas a tomar para poder alimentar a tanta gente.
         En un primer momento, parecería una situación que en nada se diferencia de otras situaciones humanas, en las que se aglomeran cientos y miles de personas. Para afrontar la situación, Jesús quiere saber cuáles son las reservas alimenticias de los Apóstoles, las cuales consisten en nada más que “cinco cebadas de pan y dos pescados”, lo que resulta, a toda luces, completamente insuficiente. Agrava más la situación el hecho de que no hay tiempo, ni dinero, ni tampoco lugares disponibles en los cuales se pueda conseguir alimento. La situación parece insoluble, tanto más que, a la pregunta de Jesús acerca de dónde comprar pan, la respuesta es negativa. Jesús pregunta no porque no supiera qué hacer, sino porque quería poner a prueba a sus discípulos.
         Como en otras reuniones multitudinarias, la situación parecería ser la misma que se da cuando se congregan grandes multitudes: los organizadores del evento, deben procurar el acceso fácil a la alimentación, para que la gente no desfallezca de hambre.
         Hasta aquí, el episodio no se diferencia en nada a lo que sucede con los eventos multitudinarios en los que la muchedumbre supera las expectativas de los organizadores.
        Pero en donde empieza a diferenciarse de las situaciones humanas, es cuando interviene Jesús, quien obra un milagro que supera absolutamente a cualquier intento de solución por parte de los hombres: Jesús multiplica los panes y la carne de los peces, y de modo tan abundante, que todos comen hasta saciarse, y encima sobran doce canastos.
         La intervención de Jesús no está destinada a solamente satisfacer el hambre de la multitud: con la multiplicación milagrosa de panes y peces, quiere dar una señal, un signo, un anticipo, de otro milagro, infinitamente más grandioso que multiplicar milagrosamente panes y carne de pescado, y es el Milagro de los milagros, en el cual, por el poder omnipotente de Dios Trino, en al altar el pan se convierte en la carne del Cordero de Dios y el vino en su Preciosísima Sangre.
A su vez, el milagro de la multiplicación de panes y pescados, que anticipa y prefigura la multiplicación del Pan de Vida eterna y de la carne del Cordero en el altar eucarístico, está prefigurado en el episodio del Antiguo Testamento, en el que Yahveh alimenta a la multitud que peregrina hambrienta en el desierto, dándoles de comer a los israelitas, carne de codornices y pan, el maná del cielo (cfr. Éx 16, 11-15).
Este hecho milagroso, acaecido en el Antiguo Testamento, es también, al igual que la multiplicación de panes y peces en el Nuevo Testamento, un anticipo y una figura del Milagro de los milagros, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús en la Santa Misa.
      Así como en el desierto, en su peregrinación a la Tierra Prometida, el Pueblo Elegido, Yahvéh obra para ellos el milagro del maná del cielo y de las codornices, además del agua que brota de la roca luego de golpear Moisés su bastón: “(…) Entre las dos tardes comeréis carne  y por la mañana os hartaréis de pan; y conoceréis que Yo soy Yahvéh, vuestro Dios” (cfr. Éx 16, 12), así también Jesús, en la Santa Misa, multiplica el Pan de Vida eterna y la carne del Cordero en el altar eucarístico, para que el alma se colme de esa agua límpida que es la gracia del Sagrado Corazón.
     Al donarles el maná, pan milagroso bajado del cielo, y al donarles también milagrosamente carne de codornices, Dios muestra su amor sin límites hacia el Pueblo Elegido, ya que no los deja perecer de hambre; del mismo modo, el milagro de Jesús, de multiplicar panes y peces, es una muestra sin par del mismo amor misericordioso de Yahvéh, porque así como Yahvéh obró con misericordia, así, por misericordia, obra Jesús, multiplicando el alimento para que los discípulos no  padezcan hambre.
       Pero hay alguien que continúa la obra de amor misericordioso de Yahvéh y de Jesús, y es la Santa Madre Iglesia: así como el Pueblo Elegido recibió el maná del cielo y carne de aves; así como Jesús, Hombre-Dios de amor infinito, obrando en Persona, multiplica los panes y la carne de pescado, así también la Santa Madre Iglesia multiplica, en cada santa misa, la Carne del Cordero de Dios y el Pan Vivo bajado del cielo.
       Este último milagro, anticipado por el episodio del desierto y por la multiplicación de panes y peces, es un milagro infinitamente más grande; es el Milagro de los milagros, que muestra, en sí mismo, la inmensidad infinita del Amor eterno que Dios Trino experimenta por el hombre.
        La conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre obrada por la Iglesia en cada Santa Misa, constituye un milagro incomparablemente mayor que los realizados por Yahvéh en el  Antiguo Testamento y por el mismo Jesús en la multiplicación de panes y peces, puesto que mientras en el episodio del Evangelio Jesús multiplica solamente pan material, hecho de harina y agua, y carne de pescado, y lo hace para satisfacer el hambre corporal de la multitud, alimentándolos con alimentos puramente materiales.
       Por el contrario, en la Santa Misa, Jesús dejará para su Iglesia el don de su  Cuerpo y su Sangre de resucitado, con lo cual demuestra un amor infinitamente más grande que el maná del desierto y que el mismo milagro suyo de los panes y peces, ya que la Eucaristía extra-colma y extra-sacia el apetito del alma con la substancia divina y humana del Hombre-Dios, de Dios Hijo hecho hombre sin dejar de ser Dios.
         Yahvéh en el Antiguo Testamento, Jesús en Palestina, la Iglesia en el mundo y en la historia: los tres obran milagros portentosos, multiplicando, respectivamente, carne de codornices y pan del cielo, carne de pescado y pan de harina y agua, y carne del Cordero de Dios y Pan de Vida Eterna. De estos tres milagros portentosos, es la Iglesia la que obra un milagro infinitamente más portentoso que el de Yahvéh en el Antiguo Testamento y que el de Jesús en el evangelio, porque Yahvéh multiplica carne de codornices y pan, Jesús, panes y peces, mientras que la Iglesia santa multiplica el Pan de Vida Eterna y la Carne del Cordero de Dios.
       En el Nuevo Testamento, los que se dan cuenta de que Jesús ha obrado un milagro, la multiplicación de panes y peces, dicen, asombrados: “Éste es, verdaderamente, el Profeta que debía venir al mundo”. Así mismo, nosotros, que en la iglesia santa asistimos a la multiplicación de la carne del Cordero y del Pan de Vida eterna, el cuerpo resucitado de Jesús de Nazareth, debemos exclamar, llenos de asombro y de admiración agradecida: “La Iglesia Católica es la verdadera Iglesia del único Dios verdadero”.
        Por último, los cristianos debemos considerarnos inmensamente más afortunados que los israelitas peregrinando en el desierto, y que la multitud que recibió el milagro relatado por el Evangelio, porque para ellos, Jesús multiplicó panes y peces, pero no les dió a comer de su Cuerpo y de su Sangre; a nosotros nos alimenta con un manjar de ángeles, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Para recibir dignamente este alimento celestial, es que el alma debe vivir de Dios y de su Amor, rechazando aunque sea la más mínima deliberación en obrar el mal, y perdonar a sus enemigos, y obrar la misercordia para con el prójmo.

jueves, 26 de julio de 2012

El corazón que recibe la Palabra es tierra fértil que produce frutos de bondad



“El corazón que recibe la Palabra es tierra fértil que produce frutos de bondad” (Mt 13, 18-23). Jesús compara al corazón del hombre con distintos tipos de tierra, que reciben de distinta manera la Palabra de Dios, comparada a su vez con una semilla. De igual manera a como la semilla de un árbol necesita de de la tierra fértil para germinar y dar fruto, así también sucede con la Palabra de Dios: necesita de un corazón humano deseoso de recibirla, para poder germinar y dar frutos de bondad.
De acuerdo a la parábola, no es la semilla, es decir, la Palabra, la que no es capaz de fructificar, sino los distintos tipos de tierra, es decir, de corazones humanos, capaces de recibirla. Hay quienes, recibiendo la Palabra de Dios, no permiten que germine, debido a diversos factores: tribulaciones, persecuciones, preocupaciones mundanas, seducción de las riquezas del mundo.
Muchos cristianos, llamados a ser jardines florecidos, no pasan de ser áridos y yermos parajes, en donde en vez de poder recogerse los dulces frutos de la Palabra de Dios –humildad, paciencia, generosidad, sacrificio-, solo se recogen agrios y amargos frutos, que revelan la propia nada y su sequedad espiritual –soberbia, enojo, susceptibilidad, egoísmo, discordia, división-.
Para aquel que desee convertir a su corazón en un terreno fértil, en donde la semilla de la gracia pueda germinar y crecer, para dar frutos de bondad y santidad, lo que tiene que hacer es imitar a la Virgen María, en cuyo Corazón Inmaculado la Palabra de Dios dio el fruto más hermoso que jamás criatura alguna pueda dar, su Hijo, Jesús de Nazareth.

miércoles, 25 de julio de 2012

Felices los invitados al banquete celestial, la Santa Misa



“Felices sus ojos porque ven y sus oídos porque oyen lo que muchos  justos quisieron y no pudieron” (Mt 13, 10-17). Jesús llama “felices” a sus discípulos, porque ven y oyen lo que muchos justos del Antiguo Testamento quisieron ver y oír, y no pudieron, y la causa de la felicidad es Él mismo en Persona, porque Él es Dios encarnado, que ha venido a este mundo para terminar con las obras del demonio, como dice San Juan, para convertir los corazones de piedra de los hombres, en corazones de carne, que puedan recibir la gracia de la filiación divina, y así, convertidos en hijos de Dios, puedan ser llevados al Reino de los cielos.
Jesús llama felices a los discípulos que lo ven a Él, Hombre-Dios, porque Él es el signo que Dios envía a los hombres, para comunicarles su Amor y su perdón.
Pero no son ellos los únicos felices; no son felices solamente los que veían a Jesús como hombre y sabían que era Dios: también la Iglesia llama “felices” a quienes, iluminados por la luz del Espíritu Santo, acuden a la Iglesia, a la Santa Misa, para ser alimentados con el Cuerpo y la Sangre del Cordero de Dios. Esta es la bienaventuranza que proclama la Iglesia en cada Santa Misa: “Felices los invitados al banquete celestial”.
Es por esto que la Santa Madre Iglesia nos dice a los bautizados: “Felices sus ojos porque ven y sus oídos porque oyen lo que muchos buenos paganos quisieran ver y oír, y no pueden hacerlo: ustedes ven a Dios oculto en lo que parece ser pan, y oyen su Palabra en la lectura de la Escritura. Pero son también felices porque ese mismo Dios se les da todo Él, todo lo que Es y lo que tiene, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, en cada comunión. Felices los que adoran la Eucaristía y felices los que se unen a Dios Hijo por la comunión sacramental”.

sábado, 21 de julio de 2012

Vengan al sagrario a rezar; allí los espero para darles mi Espíritu de Amor



“Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco” (Mc 6, 30-34). Jesús invita a sus Apóstoles a que se retiren a “un lugar desierto”, para “descansar un poco”. Acaban de volver de la misión, y según el relato del evangelista, es tanta la gente que los acompaña, que “no tienen tiempo ni para comer”.
El episodio, real, podría darse en cualquier grupo humano que realiza una actividad que, al verse desbordados por la cantidad de gente que ha acudido al evento que realizaban, necesitan retirarse a solas para poder descansar y continuar las tareas. Sin embargo, en el caso de Jesucristo, adquiere un trasfondo sobrenatural: se trata de la invitación, por parte de Jesús, a su Iglesia, a los miembros de su Iglesia, no tanto a “descansar” para reparar las fuerzas físicas, sino ante todo para hacer oración, puesto que el activismo –es decir, el apostolado sin oración- es sinónimo de fracaso seguro.
En otras palabras, en la invitación de Jesús a sus discípulos a retirarse a un lugar desierto para descansar, lejos de la presencia de la muchedumbre, hay una invitación a toda la Iglesia, a cada bautizado, a hacer lo mismo: a buscar una pausa en medio de la agitación cotidiana, para estar a solas con Jesús, en ese “desierto” que es la oración.
¿Por qué decimos que la oración es un “desierto”? Porque comparada con los atractivos sensibles del mundo, que estimulan los sentidos y exaltan las pasiones, la oración se presenta como algo árido, ya que no hay nada que estimule los sentidos o exalte las pasiones. Por el contrario, la mejor oración es aquella en la que los sentidos están recogidos y las pasiones controladas y olvidadas, ya que solo así el alma se sumerge en la calma y en la quietud de Dios.
Por esto mismo, al llamar Jesús a sus Apóstoles –y a la Iglesia toda- a la oración, Jesús está haciendo un gran don a las almas, al sustraerlas de la vorágine de la actividad cotidiana, pero lo que Jesús busca no es tanto el descanso físico, que es necesario, sino ante todo el reposo del alma, que encuentra solaz y es reconfortada en la oración, porque al hacer oración, el alma recibe todo lo que en sí misma no tiene, y que solo de Dios puede recibir: paz, luz, alegría, amor, serenidad, fortaleza. Puede decirse que absolutamente todo lo que el alma necesita, en cada momento y según su estado de vida, lo recibe en la oración.
“Dios es Amor”, dice el evangelista Juan; “Dios es luz”, dice la Escritura, “Dios es paz”, dice Jesús: “Les doy mi paz, no como la da el mundo”; “Dios es Alegría y amor”, dicen los santos, como Santa Teresa de los Andes, y esto es así, porque el Ser divino es la fuente inagotable de todo Amor, de toda Verdad, de toda paz, de toda alegría, y es la razón por la cual, cuanto más se acerca el alma a Dios, más obtiene de Él lo que Él es y da sin medida: Amor, luz, paz, alegría. Y al revés, cuanto más el alma se aleja de Dios –al no hacer oración, al no frecuentar los sacramentos, al no obrar la misericordia para con el prójimo-, menos recibe de Dios todo lo que Dios puede y quiere dar, al mismo tiempo que se sumerge en la oscuridad, en la tristeza, en la falta de amor y de alegría. ¡Cuántos casos de depresión –por no decir el ciento por ciento- se originan no en las situaciones externas, que son causa secundaria, sino en el alejamiento del alma de Dios, por no hacer oración! Si el alma no se acerca a Dios, fuente de amor, de paz, de alegría, de fortaleza, ¿cómo puede luego pretender enfrentar los problemas cotidianos sin caer en la depresión?
“Vengan a un lugar desierto”, les dice Jesús a sus Apóstoles, y por eso nos preguntamos: ¿cuál es ese “lugar desierto” al que también nosotros nos debemos retirar? Ese lugar desierto, es, ante todo, el propio corazón, y es desierto en el sentido de que sin Dios y su gracia, el corazón es un lugar árido, yermo, en donde arde el sol del mediodía de las pasiones sin control, y así como en el desierto, por las noches, la temperatura desciende a bajo cero, así también el corazón humano, sin el fuego del Amor divino, se vuelve frío y despiadado, como si fuera un trozo de hielo. El corazón es un desierto porque, sin Dios, habitan en él los demonios, que son peores que las alimañas del desierto, los escorpiones y las víboras, porque inyectan en el alma el veneno de la lascivia, de la avaricia, del egoísmo, de la pereza, de la ira y de la soberbia.
Pero el desierto al que Jesús nos llama es también el sagrario, porque comparado con los elementos de distracción del mundo moderno, la televisión, la computadora, Internet, el cine, los celulares, la Play Station, y tantas cosas más, el sagrario se presenta verdaderamente como un desierto para los sentidos. ¡Cuánto tiempo pasan los cristianos delante del televisor, y cuán poco es el tiempo que le dedican a Jesucristo en el sagrario! Los cristianos son capaces de pasar horas y horas delante del televisor, de la computadora, de la Play Station, pero son incapaces de hacer cinco minutos de adoración eucarística frente al sagrario. Los cristianos son capaces de atiborrar sus sentidos y sus cerebros con imágenes de todo tipo: violentas, macabras, lascivas, cómicas, pero son incapaces de llenar los ojos del alma con la blanca imagen de la Eucaristía; los cristianos son capaces de hablar horas sin parar de temas banales y de los ídolos del mundo, buscando imitarlos, pero no son capaces de rezar el santo Rosario, por medio del cual la Virgen hace partícipe al alma de la vida de su Hijo, al tiempo que esculpe en los corazones su imagen viva; los cristianos son capaces de defenestrar a su prójimo, lapidándolo con su lengua y mascullando enojo, antipatía, rencor, cuando no venganza, y no son capaces de ir a hablar, de ese mismo prójimo, a Jesús en el sagrario, pidiendo misericordia para el prójimo y para sí mismo.
Por último, el fruto de la oración –santo Rosario, adoración eucarística, Santa Misa, y todas las múltiples formas de oración que existen en la Iglesia- es algo que no lo pueden dar ninguno de los múltiples ídolos del mundo, que en sí mismos solo vacío y malicia esconden; el fruto de la oración es la Presencia de Dios Uno y Trino en el alma, presencia que concede paz, alegría, amor, y hasta salud corporal y mental. ¡Cuántas consultas psiquiátricas se evitarían, cuántos vidas jóvenes, truncadas por la droga y el alcohol, dejarían de perderse, cuántos adultos tendrían paz en el corazón, aún en medio de las tribulaciones, si los bautizados hicieran oración!
Entonces, si alguien no se mueve a rezar por amor a Dios, al menos tendría que rezar para obtener de Él lo que el mundo no puede dar y no dará jamás. Si los cristianos –niños, jóvenes, adultos, ancianos- hicieran oración todos los días, muy distinto sería este mundo, ya que se convertiría en un adelanto del Paraíso. Pero mientras aquellos que han sido llamados a rezar a la Virgen, sobre todo con el Rosario, y a estar a solas con Jesús en el sagrario, prefieran entretenerse hora tras hora con el televisor y la computadora, no solo nada cambiará, sino que todo continuará de mal en peor.
“Vengan a un lugar desierto, para descansar un poco”. Jesús nos invita a la oración, no solo para descansar de las actividades del mundo, sino para ser conocidos por Dios Padre, para que Dios Padre nos ilumine con su gracia, para así transformar el mundo para Cristo: “Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 6). Hagamos el propósito no solo de no dedicar tanto tiempo a la televisión y a internet, sino de hacer oración, para ser conocidos por Dios Padre, y para recibir su recompensa, que es su Hijo Jesús.

jueves, 19 de julio de 2012

El Hijo del hombre es dueño del sábado



“El Hijo del hombre es dueño del sábado” (cfr. Mt 12, 1-8). Jesús y sus discípulos dan un paseo sabático, y cometen dos acciones prohibidas según las leyes farisaicas: arrancar espigas y trillar, considerado esto como el frotarlas entre las manos[1].
Jesús zanja la cuestión haciéndoles ver que la necesidad excusa de la ley positiva, citando el ejemplo de David, a quien el sacerdote le permitió comer de los doce panes de la Proposición, cuando la ley decía que sólo podían ser comidos los panes por los sacerdotes, por ser sagrados, pero la necesidad de David prevaleció sobre la ley positiva, y la ley fue sancionada por el sumo sacerdote.
Los fariseos plantean a nuestro Señor una delicada cuestión litúrgica y legal, por medio de la cual pretenden acusar a sus discípulos de haber quebrantado la ley: los discípulos de Jesús, en día sábado, en el que hay numerosas prohibiciones legales, cometen una doble infracción: quebrantan el ayuno comiendo trigo y lo hacen por medio de una actividad manual –restregarlo entre las manos, equivalente a la trilla-, prohibida.
Pero Jesús les hace ver que una y otra norma pertenecen a los preceptos humanos y, puesto que se trata de leyes humanas, pueden ser quebrantadas, y para ejemplificar cómo una ley humana puede no observarse en caso de necesidad, da el ejemplo de David, que comió los panes de la Proposición en el templo.
Les reprocha por lo mismo que ni siquiera han penetrado en el espíritu de la ley, ya que de haberlo hecho, no habrían permitido que sus escrúpulos legales los privasen de un juicio prudente y caritativo como el del sacerdote Ajimelec para con David (1 Sam 21, 1-6).
Por otra parte, además de hacerlos quedar en evidencia en su falta justamente a ellos, que acusaban a sus discípulos falsamente, les revela que hay algo “más grande” que el templo, que es Él en Persona, y por eso dice que Él es dueño del sábado, porque siendo Dios, es creador del sábado, y por eso puede dispensar de las leyes[2].
No termina aquí la réplica de Jesús a los fariseos; la revelación de Jesús es un abismo insondable de misterios, y cada palabra suya tiene un significado sobrenatural y miserioso: al decir Jesús que “aquí –en Él- hay algo más que el templo”, se presenta a sí mismo como santuario, en una sustitución ya anticipada en las profecías mesiánicas[3], mientras que la expresión “Señor del sábado”, no puede explicarse de manera adecuada si no es por la divinidad de Cristo[4].
Jesús, como Hombre-Dios, es el Nuevo Santuario en donde habita la plenitud de la divinidad; es la Persona del Hijo, encarnada en una naturaleza humana, y como tal, es el Señor de la historia, no sólo dueño del sábado, sino dueño del tiempo y  de la eternidad.
David comió los panes de la Proposición, los discípulos de Jesús comieron las espigas en el día sábado; Jesús, Hombre-Dios, es en la Eucaristía Él mismo el Nuevo Pan de la Proposición, el Pan del Levante, el Pan que brota del Sol Naciente, el Sol de justicia, Dios en Persona; el cuerpo de Jesús, divinizado por el contacto con la divinidad de la Persona del Hijo, es el trigo molido en el molino de la cruz y tostado como Pan Vivo de Vida eterna en el fuego del Espíritu Santo, y como Pan de Vida eterna se nos ofrece no en el sábado, sino en el Domingo, su Día, el Día del Señor resucitado, el día-símbolo de la eternidad, el Día que anticipa el Día sin ocaso, la Vida eterna.


[1] Cfr. B. Orchard et al, Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 391-392.
[2] Cfr. Orchard, ibidem.
[3] Cfr. Orchard, ibidem.
[4] Cfr. Orchard, ibidem.

miércoles, 18 de julio de 2012

Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados y Yo os aliviaré



“Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados y Yo os aliviaré” (cfr. Mt 11, 28-30). Cuando Jesús dice estas palabras alentadoras, provocan alivio en el alma que está pasando por una tribulación, porque Jesús realmente alivia el peso de la cruz de quien se acerca a su Sagrado Corazón. Jesús alivia verdaderamente a quien se acerca a Él.
Pero podríamos preguntarnos de qué manera lo hace, porque en la Pasión lleva una cruz muy pesada, tan pesada, que lo hace caer varias veces; podríamos preguntarnos de qué manera puede Jesús cumplir su promesa, si Él mismo tuvo que ser ayudado por el Cireneo para llevar su propia cruz.
Y es que en realidad, la promesa de Jesús de aliviar el peso de nuestra cruz, ya está cumplida en su propia Pasión –aún cuando dé la impresión de que Jesús a duras penas puede llevar su propia cruz-, porque en su cruz y en sus espaldas, lleva el peso de todos nuestros pecados, de todas nuestras aflicciones, de todos nuestros agobios, de todas nuestras cruces. Y si el Cireneo lo ayuda, es Él quien le da de sus fuerzas al Cireneo para que lo ayude a llevar la cruz, y no al revés.
“Venid a Mí los afligidos y agobiados y Yo os aliviaré”. Al contemplar a Jesús camino al Calvario, llevando sobre sus hombros heridos la pesada cruz de madera, contemplamos cómo el Hombre-Dios lleva sobre sus hombos nuestra propia cruz; contemplamos cómo el Sagrado Corazón toma sobre sí todas las aflicciones y amarguras de los hombres, incluidas las nuestras, y las quema en el fuego del Amor de Dios.
En el altar de la cruz, y en la cruz del altar, adonde Jesús lleva nuestras aflicciones y nuestros pecados para consumirlos en el fuego del Espíritu, es donde Jesús cumple su promesa: “Venid a Mí los afligidos y agobiados y Yo os aliviaré”.

martes, 17 de julio de 2012

Te alabo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y las has revelado a los pequeños




“Te alabo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y las has revelado a los pequeños”. Lo que Dios Padre oculta a los sabios del mundo, es decir, a aquellos que afirman no tener necesidad de Dios y de sus Mandamientos, son los misterios del Reino, los cuales aparecen, a los ojos de los auto-suficientes y soberbios, invisibles a los ojos del cuerpo e inalcanzables para la capacidad de la razón natural.
Así, para los sabios del mundo, la Santa Misa se presenta como una ceremonia religiosa rutinaria, vacía de sentido, o con un sentido puramente moral, mientras queda oculto a sus ojos su condición de sacrificio del altar, que renueva de modo incruento el sacrificio del Calvario; para los grandes del mundo, el camino desde el hogar hasta la Misa, que es el camino para ir al Cielo, aparece como algo fatigoso, duro de andar, a la par que el camino para la televisión, el fútbol, el partido político, y cuanta diversión aparezca, se hace fácil y agradable de andar, aunque después termine de improviso en un abismo que no tiene fin; para los grandes del mundo, las virtudes de Cristo, la caridad, la humildad, la paciencia, la pobreza evangélica, se muestran como necedades propias de mentes atrasadas, al tiempo que los vicios y pecados, como la soberbia, la vanagloria, la codicia, la lascivia, la ira, la gula y la pereza, disfrazados de vivos colores y de sabores agradables, se ofrecen tentadores al alma que, enceguecida, corre tras ellos para beber su amargo veneno.
Finalmente, para los sabios del mundo, la Sabiduría de Dios, que se manifiesta en todo su esplendor en la Cruz de Cristo y en Cristo Eucaristía, aparece como locura y necedad, porque no entienden cómo se puede adorar a un hombre fracasado, que muere solo y abandonado de todos, menos de su madre, y no entienden cómo se puede creer que ese mismo Hombre, resucitado, sea Dios y esté vivo en algo que parece pan.
Lo que Dios Padre oculta a los sabios del mundo, los misterios de su Hijo Jesucristo, lo revela a los pequeños, a los que no cuentan nada para los hombres, por medio de su Espíritu Santo.

lunes, 16 de julio de 2012

¡Ay de ti, cristiano tibio, porque no supiste aprovechar el don de mi Amor!



“¡Ay de ti Corozaim! ¡Ay de ti, Betsaida! ¡Si en Tiro y Sidón se hubieran hecho los milagros que en se hicieron en ustedes, hace rato se habrían convertido!” (Mt 11, 20-24). Jesús se lamenta por la frialdad, indiferencia y dureza de corazón de las ciudades hebreas de Corozaím y de Betsaida, ciudades pertenecientes al Pueblo Elegido, y las compara con las ciudades paganas de Tiro y Sidón: si se hubieran hecho los milagros que se hicieron en ellas, las ciudades paganas se habrían convertido ya hace tiempo, al contrario de las ciudades en donde Jesús obró milagros. En el Día del Juicio, esas ciudades, paganas, serán juzgadas con menos rigurosidad que aquellas en las que se obraron milagros.
Sin embargo, no son solo las ciudades hebreas las que, a pesar de ser testigos y beneficiarios de los milagros de Cristo –resurrección de muertos, curación de enfermos, expulsión de demonios-, no se convierten: lo mismo se puede decir de un gran número de cristianos, en quienes Dios Trino ha obrado milagros de una grandeza infinitamente mayor, y aún así no se convierten, prefiriendo la vida pagana antes que la vida de la gracia.
Millones de cristianos han recibido milagros asombrosos, inimaginables para el hombre y para el ángel, como por ejemplo el bautismo, en donde al alma no solo se le borra el pecado original y se lo sustrae del poder del demonio, sino que se le concede la filiación divina, algo que no han recibido ni los más poderosos ángeles del cielo, y aún así prefieren ser llamados hijos de las tinieblas, por sus malas obras.
Muchísimos cristianos han recibido el perdón divino en cada confesión, al precio de la Sangre del Hombre-Dios, algo que no han recibido ni recibirán nunca los ángeles apóstatas, y sin embargo, en vez de perdonar a su vez a su prójimo, planean noche y día planes de venganza, o bien continúan impenitentes, sin propósito firme de enmienda.
Muchísimos cristianos reciben día a día la mayor muestra de amor que puede dar Dios a la criatura, y es el don de sí mismo en la Eucaristía, y sin embargo la gran mayoría continúa con su corazón apegado a los placeres del mundo.
Con toda seguridad, si en los paganos se hicieran estos milagros, sus corazones se encenderían inmediatamente en el fuego del Amor divino, que es lo contrario a lo que sucede con los católicos tibios.
Por eso Jesús puede decir a estos cristianos: "¡Ay de ti, cristiano tibio, porque no supiste aprovechar el don de mi Amor! ¡Si a los paganos hubiera adoptado como hijos de Dios, les hubiera perdonado sus pecados al precio de mi Sangre, y les hubiera alimentado con mi Cuerpo resucitado, hace rato arderían de amor por Mí! ¡Tú, en cambio, en vez de convertir tu corazón, pisoteas mis dones y te vuelcas a las creaturas! ¡Arrepiéntete antes de que sea demasiado tarde!".

sábado, 14 de julio de 2012

El cristiano debe anunciar que el Rey de los cielos ya ha llegado y está en la Eucaristía



(Domingo XV - TO - Ciclo B - 2012)
“Los mandó a predicar, exhortando a la conversión” (Mc 6, 7-13). Jesús envía a sus discípulos a predicar la Buena Noticia, y junto con este envío, les da poderes sobrenaturales, originados en su Persona divina, que exceden toda capacidad humana y angélica: les da poder de expulsar demonios, de curar enfermos, de resucitar muertos.
Pero todos estos milagros y poderes extraordinarios son solo signos que testifican que el anuncio es verdad; no son el anuncio final, sino el medio para llegar al anuncio, a la Buena Noticia: “el Reino de los cielos está cerca, convertíos y creed en el Evangelio”. La Buena Noticia no consiste en la posesión de poderes divinos dados a los hombres, mediante los cuales se curarán milagrosamente los enfermos, se resucitarán los muertos, se expulsarán los demonios: estos son solo prodigios que tienen el propósito de preparar el corazón para la conversión, porque solo un corazón convertido puede recibir la Buena Noticia, que es Cristo Jesús.
         Ahora bien, la Iglesia proclama el mismo mensaje de los Apóstoles, pero obrando milagros todavía más portentosos que los que ellos obraron, y lo hace por medio de los sacramentos: si los Apóstoles expulsaban demonios, la Iglesia exorciza y expulsa demonios en cada bautismo, realizando decenas de miles por todo el mundo, todos los días; si los Apóstoles resucitaban muertos, es decir, si volvían a la vida a cuerpos inertes, haciendo regresar al alma a la unión con el cuerpo, la Iglesia obra un milagro de resurrección infinitamente más grande, al devolver la vida de la gracia al alma que estaba muerta por el pecado mortal. Y, al igual que los Apóstoles, todos estos signos son solo señales o signos que tienen un objetivo preciso: la conversión del corazón.
         Por eso es que nos preguntamos: ¿qué significa “conversión”?
“Conversión” significa tener un corazón contrito y humillado, que se duele y avergüenza de los pecados, no tanto por la humillación que estos significan para el alma, sino porque por los pecados, que son malicia en sí mismos, se ofende y agravia a un Dios infinitamente bueno, que para que nos demos cuenta de su infinita bondad, viene a nosotros como un Niño recién nacido en Belén, como un hombre fracasado, que agoniza y muere en la Cruz, abandonado de todos menos de su Madre, y como si fuera un poco de pan en la Eucaristía. ¿Quién puede temer a un niño recién nacido, a un hombre que muere en la Cruz, a algo que parece ser pan? Dios viene a nosotros así, para darnos su Amor infinito, y sin embargo, nuestros corazones, endurecidos por la maldad, por el pecado, por la indiferencia, por la ausencia de amor, vuelven a crucificarlo una y otra vez, cada vez que se peca, pero también cada vez que se recibe indignamente un sacramento. La conversión no es un estado de ánimo o de sentimientos, sino una actitud de vida, que refleja la decisión vital de vivir alimentados y fortalecidos por la gracia, de cara a Dios y no de cara a las criaturas.
“Conversión” entonces significa vivir con el corazón vuelto a Dios y no a las criaturas, rechazando lo que se opone a la dignidad de hijos de Dios, tal como se pide en el Misal en la Santa Misa de este día. ¿Dónde se verifica la conversión, el corazón vuelto verdaderamente a Dios? Este corazón vuelto a Dios se ve ante todo en la recepción de los sacramentos, y es por esto que de acuerdo a cómo sea la práctica de los sacramentos, así será la conversión del corazón.
"Conversión" para el que comulga quiere decir considerar al Corazón como un lugar "sórdido" y oscuro, como lo dice la liturgia oriental; un lugar indigno de recibir al Rey de reyes, Jesucristo; significa comulgar con la conciencia de saber que la Eucaristía no es un pan bendecido, sino Cristo Dios en Persona.
“Conversión” significa para el penitente que se confiesa, no confesarse sacrílegamente, sino con la disposición, arraigada en lo más profundo del corazón, de no volver a cometer más el pecado del cual uno se acusa, y esta disposición está cuando se está dispuesto a morir antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado, que es lo que se pide cuando uno se confiesa: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”. Significa tomar conciencia que la confesión sacramental no es un buen consejo dado por un psicólogo, para tranquilizar la conciencia por unos días y luego seguir como si nada hubiera pasado, como si nada se hubiera recibido.
“Conversión” para los novios significa prepararse y recibir el sacramento del matrimonio dignamente: prepararse por medio de un noviazgo casto y puro, evitando las relaciones pre-matrimoniales, que son el equivalente a algo peor que empujar, a quien supuestamente se ama, a un abismo para que muera, porque es hacerle cometer un pecado mortal, por medio del cual se abren para el alma las puertas del infierno y se le asegura un lugar allí para siempre. Las relaciones pre-matrimoniales son algo peor que si cada uno de los novios disparara al otro en la cabeza, simultáneamente, porque el castigo del pecado mortal es la condenación eterna, y los dolores del infierno son infinitamente más dolorosos que cualquier género de muerte física que pueda el hombre sufrir en esta tierra. “Convertirse” siendo novios, como lo pide Jesús en el Evangelio, quiere decir estar dispuesto a morir antes que cometer un pecado mortal, o hacer cometer al otro un pecado mortal; quiere decir estar dispuestos a vivir un noviazgo casto y puro, que conduzca al amor esponsal, y no una mera pasión egoísta.
“Convertirse”, para los esposos, quiere decir vivir heroicamente la paciencia, el afecto, la caridad, el respeto, la fidelidad, la generosidad, ante todo y principalmente con ese prójimo tan especial que es el cónyuge, el destinatario principal y primero de la caridad cristiana que el cónyuge tiene que dar al prójimo.
“Convertirse”, para los hermanos, quiere decir vivir al extremo de la heroicidad la paciencia, la generosidad, la caridad fraterna, con el hermano, y no dejarse llevar por el enojo, la impaciencia, el egoísmo, y tantas formas de faltas a la caridad que se da entre los hermanos. Los hermanos son puestos por Dios en la vida para que el hombre aprenda a amar, a dar, a perdonar, y no para descargar el propio enojo.
“Convertirse”, para los jóvenes, quiere decir dar ejemplo de vida cristiana, cumpliendo a la perfección el deber de estado, que incluye la sana diversión, y sabiendo discernir cuándo la diversión se convierte en perversión, ya que no es diversión para un cristiano empapar su cerebro de alcohol, aturdir sus oídos con música indecente e inmoral –cumbia, rock-, y atiborrar el corazón de imágenes y deseos impuros.
“Los mandó a predicar, exhortando a la conversión”. Jesús envía a sus discípulos a predicar la conversión, porque el Reino de los cielos está cerca, y para atestiguar la verdad de lo que dicen, les poder de obrar signos y milagros.
La Iglesia también obras signos y milagros, los sacramentos, y por estos signos, por estos milagros, la Iglesia quiere que, con el corazón convertido, contrito y humillado, anunciemos al mundo, obrando la misericordia, dando ejemplo de vida cristiano, rechazando los falsos atractivos del mundo, el mismo anuncio de los Apóstoles, que el Reino de Dios está cerca. Pero a nosotros, como cristianos del siglo XXI, se nos agrega un nuevo anuncio, mucho más grande todavía que la llegada del Reino de los cielos: los cristianos tenemos que anunciar que el Rey de los cielos, Jesucristo, ya está entre nosotros, ya ha venido desde su cielo eterno hasta el altar eucarístico, para quedarse en la Eucaristía y luego establecer su reinado en los corazones de quienes lo reciban con fe y con amor.
El anuncio que debe hacer el cristiano entonces, es que no solo ha llegado el Reino de Dios, sino que ha llegado y está entre nosotros, en el altar eucarístico, en la Hostia consagrada, en el sagrario, el mismísimo Rey de los cielos, Jesús Eucaristía.
“Los mandó a predicar, exhortando a la conversión, anunciando que el Reino de los cielos está cerca”. El cristiano, enviado por la Iglesia, debe predicar al mundo no solo que el Reino de los cielos está cerca, sino que antes que el Reino, ya ha venido el Rey de los cielos, y está en la Eucaristía, y es para esto para lo que debemos convertir el corazón.

miércoles, 11 de julio de 2012

Proclamen que el Reino de los cielos está cerca



“Proclamen que el Reino de los cielos está cerca” (Mt 10, 7-15). Jesús envía a sus discípulos a proclamar que “el Reino de los cielos está cerca”, y como señal de que lo que proclaman es cierto, les da poder para curar enfermos, resucitar a los muertos y expulsar a los demonios.
Estas señales que acompañan a los discípulos –curar enfermos, resucitar muertos y expulsar demonios-, son solo eso: señales, que actúan únicamente como señales, y no son de ninguna manera el contenido último del mensaje, que es la proximidad del Reino de los cielos. Es lo mismo que sucede con las señales viales colocadas al costado del camino: estos son carteles indicadores que anuncian cuánto falta para llegar a destino, pero no son el destino mismo.
Aunque parezca una verdad de perogrullo, muchos cristianos de hoy, al igual que muchos paganos de ayer, no han comprendido el mensaje, y han invertido los términos, tomando a las señales por destino final, y al destino final como medio para las señales. En otras palabras, muchos cristianos creen que la Buena Noticia consiste en ser curados de sus enfermedades, en escapar de la muerte física y en ser librados de la molesta presencia del demonio, solo para continuar aferrados a esta vida, como si fuera la única y como si Cristo no hubiera anunciado la inminencia de la vida eterna.
“Anuncien que el Reino de los cielos está cerca”. Las curaciones de enfermos, los muertos resucitados, los demonios expulsados, son solo señales que indican que esta vida es pasajera y fugaz y que el Reino de los cielos, es decir, la vida eterna, está cerca, muy cerca. ¿Cuán cerca? Tan cerca como lo está el día de la muerte de cada uno, puesto que ese día, en el que acaba la vida terrena, es el día en el que comienza la vida eterna, el día en que daremos cuenta a Dios en el juicio particular, acerca de cuánto bien obramos y cuánto amor a Dios y al prójimo tenemos en el corazón.
Para que nos preparemos para esa vida eterna, obrando el bien y evitando el mal, es que Jesús obra milagros: curar enfermos, resucitar muertos, expulsar demonios.

lunes, 9 de julio de 2012

Rogad al dueño de la mies que envíe trabajadores para la cosecha



“Rogad al dueño de la mies que envíe trabajadores para la cosecha” (Mt 9, 32-38). La analogía es clara: la mies es la Iglesia, el dueño es Dios Padre, los trabajadores son los sacerdotes, que deben cosechar los frutos para llevárselos al dueño, es decir, deben adoctrinar a las almas y administrarles los sacramentos, para que salven sus almas y eviten la condenación.
La oración pidiendo trabajadores es necesaria, porque la cosecha es abundante, mientras que los trabajadores, es decir, los sacerdotes, son pocos, aunque también se refiere a laicos practicantes. La consecuencia directa de esta desproporción de relación entre el trabajo a realizar y la cantidad de obreros, es nefasta para la viña y sus frutos: sin suficientes trabajadores, los frutos se vuelven agrios y terminan arruinándose y cayendo en tierra, para ser comidos por las aves del cielo; además, sin trabajadores, la viña comienza a deteriorarse cada vez más, y a ser invadida por toda clase de animales salvajes, que terminan por destruirla.
También en este caso la analogía es clara: sin sacerdotes, y sin laicos practicantes que cooperen con los sacerdotes, no hay sacramentos, ni catequesis, ni formación doctrinal, ni retiros espirituales, y así las almas se alejan del Dios verdadero, fuente de Amor, de paz, de luz y de alegría, para internarse en las sombrías doctrinas de sectas y de falsas religiones; sin sacerdotes, las almas son presas fáciles del ocultismo, de la magia, del esoterismo, y también de la avaricia, del materialismo, de la lujuria, del egoísmo y del hedonismo, tal como se ve en nuestros días.
Esta es la razón por la cual Jesucristo pide la oración por los trabajadores para su viña, es decir, sacerdotes y laicos, y esta la razón de la súplica de la Iglesia por las vocaciones sacerdotales.
        

sábado, 7 de julio de 2012

Jesús no puede hacer milagros en quienes no tienen fe



(Domingo XIV – TO – Ciclo B – 2012)
         “No pudo hacer ningún milagro (…) por su falta de fe” (Mc 6, 1-6). El evangelista destaca la frustración de Jesús al no poder obrar milagros, debido a la falta de fe de los habitantes del lugar, que son, paradójicamente, sus comprovincianos.
         La causa es que ven a Jesús como a un hombre más: “¿No es acaso el hijo del carpintero?”. Rechazan el testimonio de Juan el Bautista, que lo señala como al Cordero de Dios, y rechazan también el testimonio de los mismos milagros obrados por Jesús, como las curaciones físicas de todo tipo, las resurrecciones, las multiplicaciones de pan y de pescado, y rechazan también la omnipotencia de Jesús demostrada en la expulsión de los demonios y el dominio absoluto de las fuerzas de la naturaleza al solo imperio de su voz.

         Hoy se repite la misma historia, porque muchos cristianos creen que Jesús es un hombre, un fantasma, un personaje de la historia que murió y fundó una religión, un hombre bueno y santo, pero de ninguna manera, piensan que es Dios Tres veces Santo.
         El problema es que, además de falsifica la historia, quien ve a Jesús de esta manera, es decir, con ojos humanos, ve también a la Eucaristía con ojos humanos, y así le parece la Eucaristía un pancito bendecido en una ceremonia religiosa, que tiene valor simbólico, porque congrega en la unidad a quienes creen en ella y además porque para recibirla hay que ser “buenos”, pero de ninguna manera ven a la Eucaristía como a Cristo Dios en Persona oculto en algo que parece ser pan pero que luego de la consagración ya no es más pan.
         Si se piensa entonces que la Eucaristía es nada más que un pancito bendecido, y no Dios Hijo en Persona que viene a nuestro encuentro desde sus cielos eternos, para morar en nuestros corazones, entonces también pierde todo sentido la vida de la gracia y el camino de la santidad, el camino de la Cruz, el único que conduce al cielo.
         Si la Eucaristía es un poco de pan de valor simbólico, entonces también los Mandamientos de la Ley de Dios pierden todo su valor, y es así como se ve que muchísimos cristianos, adaptándose al pensamiento mundano, que es radicalmente anti-cristiano, dejan de lado los Mandamiento de Dios para vivir según los mandatos y dictados del mundo y de la moda. Así, se ven a jóvenes cristianos embriagarse los fines de semana y deleitarse con música indecente e inmoral, indigna de un hijo de Dios, como la cumbia y el rock, y hacerlo de un modo tan despreocupado, como si sus cuerpos no fueran templos del Espíritu Santo; se ven a adolescentes cristianas vestir de modo sensual, incluso cuando asisten al colegio, como si no fueran responsables de hacer caer a otros en el pecado de la lujuria; así, se ven a adultos dejarse arrastrar por la avaricia y por el deseo desmedido de bienes terrenos y de placeres mundanos de todo tipo. Esto es así porque debido a que el hombre es un ser esencialmente religioso, ya que fue creado por Dios y para Dios, al tener en la esencia de su alma el impulso religioso, no puede dejar de creer en algo, y así, si el católico no cree en Cristo Dios y hace sus obras -que son las obras de misericordia, de caridad, de compasión, de perdón, de humildad-, termina por creer en el demonio y por hacer sus obras, que son las obras de las tinieblas y del mal: avaricia, gula, pereza, ira, soberbia, lujuria, etc. Es decir, no hay término medio: o se cree en Cristo y en su Iglesia, o se cree en Satanás y en el mundo.
Lamentablemente, lo que sucede en la sociedad y en el mundo en el que vivimos, es que la mayoría de los cristianos han abandonado la fe en Cristo Dios, han dejado de lado el escarpado camino de la Cruz y, dando las espaldas a Cristo, han comenzado a caminar los anchos y espaciosos caminos que conducen al infierno.
Con otras palabras, pero en el mismo sentido, esto lo decía ya hace años, exactamente en el año 1958, el actual Santo Padre Benedicto XVI: “La Iglesia se ha convertido en una comunidad de paganos. Decía así Joseph Ratzinger: “Según las estadísticas, la vieja Europa sigue siendo un continente casi en su totalidad cristiano. Pero la estadística es engañosa. La nominalmente cristiana Europa asiste, desde hace 400 años, al nacimiento de un nuevo paganismo, que crece incluso en el corazón de la Iglesia y que amenaza con socavarla desde dentro. El rostro de la Iglesia en los tiempos modernos está conformado por el surgimiento de una forma completamente nueva de Iglesia de los paganos, y todavía lo será más en el futuro: no como antes, una Iglesia de paganos convertidos en cristianos, sino una Iglesia de paganos que todavía se llaman a sí mismos cristianos. El paganismo está presente hoy en la Iglesia misma, y éste es el signo tanto de la Iglesia de nuestros días, como del nuevo paganismo. El hombre de hoy, por tanto, puede presuponer como algo normal la incredulidad del vecino”[1].
         Esta “iglesia de paganos”, formada por "cristianos-paganos" en que se ha convertido la Iglesia, según el Papa Ratzinger, es consecuencia de no creer que Cristo es Dios.
        Y si Jesús no es Dios Hijo, sino solo un hombre más, y si la Eucaristía no es Jesús resucitado, entonces toda la fe sobrenatural se viene abajo, para ser reemplazada por una cosmovisión materialista, hedonista, atea, que considera a esta vida como la única para ser vivida, sin necesidad de temer a un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos, sin un cielo para ganar y sin un infierno para evitar y, lo más importante, sin un Hombre-Dios al cual imitar y del cual recibir su gracia para caminar en el camino de la santidad.
         Y sin fe en Jesús como Dios y en la Eucaristía como Jesús en Persona, vivo y resucitado, se repite la historia del Evangelio: Jesús Eucaristía no puede hacer milagros en los corazones porque no tienen fe, y para su pesar, debe retirarse con todos los dones y gracias que tenía pensado comunicar en la comunión eucarística.
         “No pudo hacer ningún milagro (…) por su falta de fe”. Difícilmente podrá Jesús Eucaristía hacer milagros en los corazones de quienes, en vez de hacer oración, en vez de rezar el Rosario, en vez de hacer adoración eucarística, en vez de leer y meditar la Biblia, pasan horas delante de la televisión, de Internet, o se dedican a sus asuntos, sin importarles su relación con Cristo Dios.


[1] http://forosdelavirgen.org/47072/la-iglesia-se-ha-convertido-en-una-comunidad-de-paganos-decia-joseph-ratzinger-en-1958-2012-07-07/

jueves, 5 de julio de 2012

Tus pecados te son perdonados



“Tus pecados te son perdonados” (Mt 9, 1-8). Quien quiera conocer a Dios, en su ser más íntimo, no tiene otra cosa que hacer que meditar en las palabras de Jesús al paralítico, a través de las cuales perdona sus pecados, pues en ellas se manifiesta la infinita misericordia divina para con el hombre pecador.
Hay quienes acusan a Dios de ser un Dios severo, castigador, que se complace en castigar hasta la más mínima falta del hombre, pero quienes así piensan, olvidan precisamente el episodio del paralítico, en el que está representado el perdón de Dios al hombre. Lejos de castigarlo como su pecado de rebelión en el Paraíso lo merecía, Dios da paso al Amor infinito que brota de su Ser divino como de un manantial inagotable, para derramarlo sobre los hombres, sin tenerles en cuenta la ofensa cometida.
A pesar de esto, el perdón de los pecados no es, con todo lo que supone, la muestra última del Amor divino: es solo el paso previo para otra muestra de amor divino, insondable, incomprensible, inabarcable, y es el don de la filiación divina, por el cual el Hijo de Dios nos hace ser hijos de Dios con la misma filiación con la cual Él es Hijo de Dios desde la eternidad.
Este don del Amor misericordioso de Dios, manifestado en el perdón de los pecados y en el don de la filiación divina, es el fundamento por el cual el cristiano debe perdonar al prójimo “setenta veces siete” y también “amar al enemigo”, como lo pide Jesús. Quien obra de esta manera, es como el que “construye sobre roca firme”, puesto que se convierte, más que en imitador del mismo Hombre-Dios, en un reflejo y destello de su bondad y de su misericordia, contribuyendo de esa manera a que este mundo sea menos sombrío y más luminoso.
Por el contrario, quien se niega a perdonar a su prójimo, y quien se niega a amar a su enemigo, se convierte a sí mismo en una tenebrosa sombra viviente, cómplice y aliada en el mal de los ángeles caídos.