jueves, 20 de septiembre de 2012

Mateo, el cobrador de impuestos elegido para ser Apóstol y Evangelista


        
          “Jesús vio a Mateo y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió” (Mt 9, 9-13). San Mateo es el ejemplo más evidente de cómo el Amor de Dios no hace acepción de personas, y en Mateo, Jesús nos da el ejemplo de cómo deben los cristianos amar a a sus prójimos: Mateo es llamado por Jesús, aun cuando era un cobrador de impuestos para el imperio romano, lo cual era visto por muchos como un acto de traición a la nación, puesto que lo recaudado se destinaba en su totalidad a una potencia ocupante, que sojuzgaba y humillaba al pueblo hebreo. Por otra parte, las amistades de Mateo parecen ser de su misma condición, ya que son descriptas por él mismo como “publicanos y pecadores”.
         Al llamar a Mateo para que lo siga, Jesús no parece tener en cuenta estos antecedentes; o más bien, a pesar de estos antecedentes, y por ellos, es que lo elige.
         La decisión de Mateo, de dejar todo y seguirlo de inmediato –“se levantó y lo siguió”, dice el Evangelio-, revela que, a pesar de estar ocupado en algo tan material como el dinero, no tiene el corazón apegado a él; en todo caso, lo desapega inmediatamente al conocer a Cristo, y por eso deja todo y lo sigue sin demora. En la llamada de Jesús, pudo entrever la enseñanza evangélica acerca de qué bienes hay que atesorar: “No acumulen tesoros en la tierra (…) Acumulen tesoros en el cielo…” (Mt 6, 19-21).
         Ahora bien, siguiendo la lógica no humana, sino la de muchos cristianos, Mateo jamás debería haber sido elegido por Jesús; siguiendo la lógica de quienes están llamados a dar la vida por sus prójimos, tanto más si son sus enemigos –un cristiano debe estar dispuesto a dar la vida por su verdugo, como los mártires-, Mateo nunca habría merecido ser discípulo de Jesús, y sería inimaginable, para estos mismos cristianos, que no solo fuera elegido, sino que fuera elegido entre los elegidos, ya que luego fue consagrado Apóstol y Evangelista.
         Pero Jesús no se guía por los criterios racionalistas y humanos de los cristianos tibios; elige a Mateo, para darnos una lección acerca de cómo debe ser el verdadero amor cristiano al prójimo: sin hacer acepción de personas, sin tener en cuenta su condición de pecador público, con la disposición a dar la vida por él en la Cruz. Ése es el verdadero amor del cristiano para con todo prójimo, principalmente para aquel que es un pecador público.

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