viernes, 30 de noviembre de 2012

"Oren incesantemente, así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre"



(Domingo I – TA – Ciclo C – 2012)
         "Oren incesantemente, así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre" (Lc 21, 25-28. 34-36). Si bien Jesús da el consejo de "orar incesantemente" para "comparecer seguros ante el Hijo del hombre", en el contexto de las profecías acerca de su Segunda Venida, el consejo de la "oración incesante" es válido también para la época de Adviento, tiempo litúrgico de espera “Al que viene”, Cristo Jesús, y ante el cual también hemos de comparecer, cuando se nos manifieste como un Niño recién nacido.
        El consejo de la oración es válido para Adviento puesto que este es un tiempo ante todo de purificación del corazón, purificación absolutamente necesaria para poder recibir dignamente al Dios de inmensa majestad y bondad que es Dios Hijo encarnado, que viene a nosotros como Niño, pero sin dejar de ser Dios.
         Debido a que es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (cfr. Mc 7, 14-23), la espera y recepción de un Dios de majestad infinita y de Amor eterno, no puede llevarse a cabo sino es en un lugar digno de Él, y es a esto a lo que conduce el Adviento. La penitencia, el sacrificio, la misericordia, propias del Adviento, tienden a convertir el corazón humano en un lugar digno y propicio para el nacimiento del Hijo de Dios que se verificará, en el misterio de la liturgia, en Navidad.
         No es por casualidad que la Santa Madre Iglesia pide, en Adviento, la oración: si la oración es comunicación y diálogo amoroso con Dios que viene como Niño, diálogo del cual el hombre recibe de  Dios todo lo que le falta y necesita, es decir, amor, luz, paz, alegría, felicidad, serenidad, pureza, santidad, bondad, cuanta más oración haga el hombre, tanto más recibirá de Dios lo que sólo Dios le puede dar. Lo inverso también es cierto: si Dios Niño es Amor infinito, Luz eterna, Alegría sin fin, Santidad y Bondad inagotables, cuanto más el hombre se separe de Dios, tanto más se sumergirá en la ausencia de amor, en la frialdad del corazón que llega al odio; tanto más el hombre vivirá en la oscuridad del error y en las tinieblas del pecado; cuanto menos oración haga, tanto más se internará en la tristeza y en la depresión que sobrevienen cuando no se encuentra sentido a la vida. Entonces, cuando la Iglesia pide oración en Adviento, no es para imponer un deber obligatorio que haga la vida de sus hijos más pesada, aburrida, dura y difícil: la Iglesia pide oración en Adviento para que sus hijos se colmen de la abundancia infinita de toda clase de bienes que hay en Dios, como modo de preparar el corazón a la Llegada de Dios Hijo en Navidad.
         De esto se sigue que, quien desprecia la invitación de la Iglesia, y en vez de oración prefiere disiparse en la multiplicidad de eventos distractivos que ofrece el mundo de hoy, llenará su corazón de ruidos, imágenes y palabras mundanas, y así no podrá recibir al Niño Dios.
En Adviento, la Santa Madre Iglesia pide obrar la misericordia, practicando al menos alguna de las catorce obras de misericordia, corporales y espirituales, y esto no como modo de estimular el altruismo y la generosidad, que por más que sean cosas buenas, tomadas en sí mismas sin referencia a Cristo, sólo provocan daño al alma: las obras de misericordia tienen el sentido de imitar a Cristo, Dios Hijo en Persona, encarnado en el seno de la Virgen María, que por pura gracia y misericordia, asume una naturaleza humana, se manifiesta a los hombres como un Niño, y en la edad adulta se ofrenda como Víctima santa y pura en la Cruz, para la salvación de los hombres.
Obrar la misericordia, entonces, no sólo ayuda a combatir el propio egoísmo, sino que, ante todo –y este es el fin principal por el que las pide la Iglesia-, configura el alma a Cristo, Misericordia Divina encarnada, materializada, hecha visible, audible, palpable, en Jesús de Nazareth, y hecho alimento de eternidad, Pan de ángeles, en el santo sacramento del altar, la Eucaristía. Quien obra la misericordia, se configura a Cristo, y puede recibir al Dios de Misericordia infinita que viene a nosotros como Niño.
En Adviento, la Santa Madre Iglesia pide penitencia y sacrificios, pero no como mero medio de combatir la pereza, tanto corporal como espiritual, lo cual sí se debe hacer, sino ante todo como forma de imitar a Cristo, que en su Encarnación, Nacimiento, Vida oculta y pública, Pasión, Muerte y Resurrección, llevó a cabo la máxima penitencia y realizó el más grande sacrificio que jamás nadie pueda hacer, la obra de la Redención de la humanidad por el sacrificio de la Cruz.
El mundo de hoy aborrece el sacrificio y enaltece el egoísmo, la pereza, la indolencia por el destino del otro, el individualismo, la acumulación de bienes, el disfrute de los sentidos, y por eso el llamado de la Iglesia a la penitencia resulta chocante y fastidioso, y es abandonado antes de ser escuchado, por una inmensa multitud de bautizados.
Pero si la Iglesia pide penitencia y sacrificio, es para que cada cristiano, libremente, imite a Cristo, que por su sacrificio y muerte en Cruz no sólo libra a los hombres de sus mortales enemigos, el demonio, el mundo y la carne, sino que les concede el don del Espíritu Santo, que los convierte en hijos adoptivos de Dios y herederos del cielo. No en vano la Virgen María pide, en las apariciones como las de Fátima, La Salette, Lourdes, con insistencia, penitencia, oración y sacrificio, y no en vano la misma Virgen María les muestra a los pastorcitos de Fátima el infierno, adonde “caen las almas de los pobres pecadores, porque no hay nadie que rece y haga sacrificios por ellos”.
Adviento, entonces, es tiempo para obrar la misericordia, para hacer oración y para hacer penitencias y sacrificios, única forma de preparar al corazón como digno lugar para el Nacimiento del Niño Dios.

jueves, 29 de noviembre de 2012

“Síganme y los haré pescadores de hombres”




“Síganme y los haré pescadores de hombres” (Mt 4, 18-22). Mientras camina a orillas del mar de Galilea, Jesús ve a dos pescadores, Andrés y Simón, y los invita a seguirlo: “Síganme y los haré pescadores de hombres”. El Evangelista Mateo destaca la prontitud de la respuesta de los dos hermanos: “Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron”. Lo mismo sucede más adelante, con la llamada a otros dos hermanos, Santiago y Juan: la respuesta es inmediata. Visto con ojos humanos, la escena no tiene explicación alguna; en efecto, ¿qué podría justificar, humanamente hablando, que dos experimentados pescadores, Andrés y Simón Pedro, y luego también Santiago y Juan, dejaran un oficio de sobras conocido por ellos, y sobre todo vital, ya que de ese oficio dependía el sustento propio y de sus familias, por el llamado de un extraño que los invita a un nuevo oficio, todavía más extraño, ser “pescadores de hombres”?
Lo que no tiene explicación humana, tiene explicación divina: Jesús es Dios, y por eso su llamada no es la de un mero hombre, sino la del Hombre-Dios; al llamar, Jesús infunde su Espíritu, y es este Espíritu quien, en una iluminación celestial, fugaz pero profundísima, porque ilumina la raíz del ser, hace vislumbrar a San Andrés, a Pedro, a Santiago y a Juan, en centésimas de segundos, que parecen cientos de años, la magnitud de la empresa a la que Jesús los llama: ser “pescadores de hombres” quiere decir que ahora pescarán almas en el mar de la historia y de la vida humana, para salvarlas de la perdición, incorporándolas a la Barca que es la Iglesia; ser “pescadores de hombres” quiere decir que aprenderán un nuevo oficio, no el antiguo de pescadores de peces, en el que utilizaban una red de hilo para atrapar peces, sino que ahora pescarán almas humanas, y para ello utilizarán una Red Nueva, Cristo Jesús; ser “pescadores de hombres” quiere decir que los llama a ser sacerdotes de su Iglesia, que transubstanciarán el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre, en la Santa Misa, y perdonarán los pecados con el sacramento de la Penitencia, y santificarán toda la vida humana del Nuevo Pueblo de Dios, por medio de la administración de los sacramentos, manantiales de gracia divina; ser “pescadores de hombres”, significa que los llama a dar testimonio de Él, Hombre-Dios, con la ofrenda de su vida, para que por ese testimonio, muchos hombres se salven y entren en la Iglesia, “fuera de la cual no hay salvación”.
“Síganme y los haré pescadores de hombres (…) Inmediatamente (…) lo siguieron”. También a nosotros, como a Andrés y a los Apóstoles, nos llamó Jesús, no caminando a orillas del mar de Galilea, sino en el momento de nuestro bautismo, y renueva esa llamada en cada comunión eucarística. También nosotros, como Andrés y los Apóstoles, debemos dejar “inmediatamente” nuestro hombre viejo, y seguir a Jesús según nuestro estado de vida, para ayudarlo en su tarea de salvar almas.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

“Cuando sucedan estas cosas, levantad la cabeza, porque está por llegarles la liberación”



“La ira de Dios pesará sobre este pueblo” (Lc 21, 20-28). Jesús profetiza la ruina y destrucción de Jerusalén, como consecuencia de su ceguera, que la conducirá a rechazarlo a Él, el Mesías, Dios Hijo encarnado para la salvación del mundo. Jerusalén será sitiada, sus muros abatidos, sus casas incendiadas, el templo arrasado hasta el suelo. Pero Jesús no está hablando sólo de una consecuencia física y material, sino que se refiere a un castigo ante todo espiritual, cuando dice: “La ira de Dios pesará sobre este pueblo”, y el castigo será permanecer en el rechazo del Mesías.
Ahora bien, como en Jerusalén y en el Pueblo Elegido están representados los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, la profecía acerca de la ira de Dios se refiere también a estos, ante todo y de modo exclusivo, para aquellos que lo rechacen a Él en su condición de Salvador, rechazo demostrado principalmente en el desprecio a su Presencia eucarística y a la celebración de su Día, el Día del Señor, el Domingo.
Así como para la Jerusalén terrestre el haber condenado a muerte al Redentor le valió ser arrasada hasta el suelo por parte de su enemigo, el Imperio Romano, así también, para el bautizado, llamado a ser por la gracia morada del Dios Altísimo, templo del Espíritu Santo y a consagrar su corazón como altar de Jesús Eucaristía, el abandono de la misa dominical, por las diversiones mundanas, la televisión e internet; la conversión del templo que es el cuerpo en una sórdida cueva impregnada en alcohol y en drogas, en cuyas paredes cuelgan las más aberrantes imágenes de depravaciones sexuales, producto del consumo de la pornografía; en donde se escuchan no cantos de alabanza a Dios Trino, sino toda suerte de blasfemias, de bromas de doble sentido, de impudicias, de aberraciones contra-natura; en donde anidan los más abominables demonios, porque de templo del Espíritu Santo ha sido convertido en madriguera de Asmodeo, el demonio de la lujuria; todo esto le significará al bautizado que pervierta su cuerpo y su corazón, una ruina más grande que la de Jerusalén, porque le significará el ser abandonado a su suerte por el mismo Jesucristo, quien a nadie obliga –de hecho, Jesús dice: “El que quiera seguirme, que cargue su Cruz y me siga”-, de modo tal que el alma, sin el auxilio de la gracia divina, a la cual despreció en esta vida, será conducida al abismo infernal, para que continúe haciendo por la eternidad lo que libremente deseó hacer en esta vida: su propia voluntad en vez de la voluntad de Dios.
Para estos bautizados, “la ira de Dios”, tal como la anuncia Jesús, comenzará a hacerse penosa realidad, y continuará por la eternidad, cuando de labios de Jesús oiga: “Haz lo que quieras”.
Pero existe también una luz de esperanza, porque cuando el mundo se haya descristianizado a tal punto de conducir a los elegidos, los bautizados, a semejantes profanaciones, será también la señal de que el mal, el demonio, el error, la ignorancia, el pecado, estarán a punto de ser borrados de la tierra por la Segunda Venida en gloria del Hombre-Dios Jesucristo, lo cual constituirá la liberación definitiva de los poderes del infierno y el inicio de la vida nueva en la paz y en el Amor de Cristo: “Cuando sucedan estas cosas, levantad la cabeza, porque está por llegarles la liberación”.

martes, 27 de noviembre de 2012

“Serán odiados a causa de Mi Nombre, pero por vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas”



“Serán odiados a causa de Mi Nombre, pero por vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas” (Lc 21, 10-19). Antes de la Segunda Venida, el mal será tan abundante en la tierra, que el solo hecho de pertenecer a Cristo y llevar su nombre, el nombre de cristianos, desencadenará el odio del mundo.
El motivo del odio a los cristianos en los últimos tiempos, será causado por la incompatibilidad de las cosmovisiones: para los cristianos, existe un Dios Uno en Tres Personas, la Segunda de las cuales se encarnó en el seno de María Virgen, y es de este Dios Trino de quien derivan la naturaleza y sus leyes, la moral y la ética. Para los cristianos, Dios Trino creó al hombre e imprimió en la naturaleza humana las leyes de su perfecto funcionamiento, de modo que alterar la naturaleza, como por ejemplo, el uso de anticonceptivos, iría en contra de su designio amoroso sobre el hombre; fue Dios quien, además, dispuso que por medio del bautismo, el cuerpo del hombre fuera su templo del Espíritu Santo y santuario de Dios Padre, y que su corazón fuera el sagrario de Dios Hijo encarnado, Jesús Eucaristía, y esto es tan real que, al introducir imágenes impuras en ese  templo que es el cuerpo, se profanan, más que la persona humana administradora del cuerpo, a las Tres Divinas Personas, a quienes el cuerpo, el alma, y el corazón, pertenecen, y con mucha mayor razón se dice de la profanación física del cuerpo; fue Dios quien creó al hombre varón y mujer y santificó esta unión por medio del sacramento del matrimonio, de manera tal que el amor que santifica esta unión es el Amor mismo de Cristo, y es la razón por la cual la infidelidad, el mal trato entre los esposos, el abandono de uno al otro, son profanaciones al Amor santo de Dios Trino; fue Dios Trino quien creó al alma para que se deleitara en la contemplación de la Verdad y no se empecinara en el error, de manera que la obstinación en la herejía, en la apostasía, en la falsedad, injuria gravemente su santidad; fue Dios quien creó a la voluntad humana para que se alegrara en el Bien infinito de su Ser divino, de modo que la idolatría a las creaturas, tal como se ve en la actualidad –política, fútbol, deportes, diversiones-, es un insulto a su majestad infinita.
Al fin de los tiempos, antes de la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo, los seguidores del Anticristo habrán conseguido construir una civilización radicalmente falsa, anti-natural, anti-cristiana, blasfema y sacrílega, hecha a la medida de la humanidad sin Dios; será una humanismo religioso, pero sin Dios, puesto que el Dios del hombre en ese momento será el propio hombre, y esta civilización anti-cristiana contrastará tanto con los designios de Dios, que quienes permanezcan fieles a la Persona del Hijo de Dios, serán odiados y perseguidos, así como fue odiado y perseguido el mismo Hijo de Dios.
“Serán odiados a causa de Mí pero por su perseverancia salvaréis vuestras vidas”. Pero los que sean odiados por el mundo, tendrán un consuelo que superará toda adversidad y todo odio recibido del mundo: recibirán el Amor de Dios Padre, el Espíritu Santo, que hablará a través de ellos.
Cuando aparezcan estos cristianos, que darán testimonio de Cristo desde las cárceles del Anticristo, será la señal de que la Segunda Venida del Hijo del hombre está muy cercana.

lunes, 26 de noviembre de 2012

“Muchos dirán ‘Yo Soy’, pero no se dejen engañar”



“Muchos dirán ‘Yo Soy’, pero no se dejen engañar” (Lc 21, 5-11). Una de las señales antes del Día del Juicio Final será la proliferación de sectas, cuyos fundadores se proclamarán como el Mesías. Es esto lo que Jesús quiere decir cuando advierte que muchos dirán: “Yo Soy”, es decir, pretenderán hacerse pasar por el Mesías en Persona.
Sólo en los últimos años, han surgido multitud de fundadores de sectas, de falsos mesías y falsos profetas, que se han auto-proclamado como los salvadores de la humanidad. Ésta será una de las señales más claras de que están cerca los “cielos nuevos y tierra nueva” profetizados en la Sagrada Escritura.
Algunos de estos fundadores de sectas, falsos iluminados, propagadores de herejías, difusores de mentiras, amantes del dinero, apóstatas, falsos visionarios, son: Jim Jones, fundador de la secta “Templo del Pueblo”, ideólogo de uno de los suicidios colectivos más grandes de la historia; José Luis de Jesús Miranda, colombiano fundador de la secta “Creciendo en gracia” y de la “Iglesia del 666”, quien se auto-proclama como “Jesucristo hombre”; David Koresh, fundador de la secta de los davidianos, también auto-proclamado como Mesías; otros fundadores de sectas son: Sai Baba, Sun Myun Moon, Ellen White, los anti-papas de la secta Palmar de Troya, en España, los fundadores de la secta ocultista “Golden Dawn” o “Amanecer Dorado”, etc., etc.
Los ejemplos son innumerables, y dar una lista exhaustiva sería largo y engorroso. Lo que se puede vislumbrar es que, si bien es cierto que desde que existe la humanidad, se han erigido, a lo largo de la historia, individuos falsamente iluminados, creedores de poseer la Verdad absoluta, la señal distintiva del final de los tiempos será la sobreabundancia de estos fundadores de sectas, correlativos al aumento de sus seguidores, quienes serán individuos que se dejarán embaucar, porque rechazarán la luz de la fe y de la Verdad revelada en Cristo Jesús. Esto será una señal del fin de los  tiempos, porque indicará una actividad inusitada, por el aumento de la frecuencia y de la cantidad de apariciones de falsos líderes, de las fuerzas del infierno. Serán tiempos de mucha confusión, de muchos errores, de muchas medias verdades, que son siempre mentiras completas; serán tiempos en los que cada cual creerá ser el dueño de la verdad, que será la verdad que él mismo se inventará. Este espíritu de confusión, de error, de ignorancia y, en definitiva, de maldad, será un indicativo de la presencia de los agentes del infierno, que redoblarán sus esfuerzos por perder las almas, ante la inminencia de la Llegada de Jesucristo, quien los encadenará para siempre en el Abismo.
“Muchos dirán ‘Yo Soy’, pero no se dejen engañar”. Podemos decir que en nuestros días, las señales de confusión, error, ignorancia, malicia, con respecto al verdadero y Único Mesías, Jesucristo, se multiplican de modo alarmante. De todos modos, nadie sabe “ni el día ni la hora”, por lo que debemos estar “alertas y vigilantes”, como las vírgenes prudentes, o como el “servidor bueno y fiel” que espera el regreso de su amo con la “lámpara encendida” y “haciendo su trabajo”. Por otra parte, si bien no sabemos el día y la hora de su Segunda Venida, y si bien debemos estar atentos a la misma, hay una Venida, intermedia entre la Primera en humildad y la Segunda en Gloria, de la cual sí sabemos el día y la hora, y es su Llegada oculta en el velo sacramental, la Eucaristía: llega el día y la hora en que se celebra cada Santa Misa, y si para la Segunda Venida debemos estar preparados, mucho más lo debemos estar para esta Venida intermedia, sacramental, anticipo del encuentro cara a cara con el Mesías, en la eternidad.

domingo, 25 de noviembre de 2012

“Esta pobre viuda dio de lo que tenía para vivir”



“Esta pobre viuda dio de lo que tenía para vivir” (Lc 21, 1-14). Mientras un grupo de personas adineradas está haciendo grandes donaciones en el templo, se acerca a ellos una viuda pobre que deposita sólo dos monedas de cobre.
         Visto con ojos humanos, la viuda pobre pasa desapercibida, porque frente a la cantidad de dinero depositado por los ricos, su ofrenda es menos que insignificante. Para los hombres, que juzgan siempre por las apariencias, la ofrenda de la viuda no tiene valor, mientras que las ofrendas de los ricos sí son dignas de tener en cuenta.
         Sin embargo, el juicio de los hombres sobre las intenciones del prójimo es siempre erróneo y falso, porque el hombre no tiene la capacidad de escrutar el fondo del alma y la raíz metafísica del ser, como sí la tiene Jesús, puesto que Él es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. A diferencia de los hombres, que siempre se equivocan, el que juzga sin jamás equivocarse, es Jesús, porque en cuanto Dios, Él ve en lo más profundo y recóndito del alma. Cada ser humano está ante su Presencia, y nada del alma, ni siquiera el pensamiento más pequeño, se le escapa, y es esto lo que hace a sus juicios certeros e infalibles.
         Éste es el motivo del elogioso juicio de  Jesús a la viuda pobre: en su indigencia, dio de lo que tenía para vivir, mientras los demás daban de lo que les sobraba. En otras palabras, Jesús basa su juicio sobre la viuda en aquello que ve en el interior del alma de esta mujer, algo que no encuentra en los ricos que hacen las ofrendas. ¿Qué es lo que ve Jesús, que está presente en la viuda y ausente en los ricos? Jesús ve la grandeza de la fe y del amor a Dios que hay en la viuda, fe y amor que la llevan a donar no de lo que le sobra, sino de lo que tiene para vivir. La pobreza material se contrapone con la enorme riqueza espiritual que suponen la presencia de fe y de amor a Dios, que a su vez son los que la conducen a donar a Dios toda su fortuna material, aún cuando esta sea objetiva y económicamente insignificante. De modo inverso sucede con los ricos que depositan grandes sumas de dinero: aunque la ofrenda en sí misma, objetiva y materialmente, es muy valiosa, valen menos que la ofrenda de la viuda, porque no los mueve ni la fe ni el amor a Dios, sino su propio orgullo, ya que lo que pretenden, al hacer las donaciones en el templo, es ser vistos, halagados y ensalzados por los hombres.
“Esta pobre viuda dio de lo que tenía para vivir”. Si el mismo Jesús en Persona halaga a la viuda pobre, entonces todo cristiano está llamado a imitarla, puesto que el halago proviene del mismísimo Dios Hijo en Persona, y es así que el ejemplo de la viuda pobre tiene que ser el parámetro comparativo con el cual medir la propia donación material.
         Pero hay otro ejemplo más en la viuda, además de cómo tiene que ser el don material: en las dos monedas de cobre, insignificantes en sí mismas, está representada nuestra humanidad, alma y cuerpo, que se ofrenda en Cristo ante el altar de Dios, por eso, nuestra oración en la Santa Misa podría ser así: “Señor, acepta la humilde ofrenda de mi don, mis dos monedas de cobre: mi cuerpo y mi alma; dispón de ellos como te parezca, ya que todo lo que soy en la vida, te lo ofrezco a Ti, en señal de amor y adoración”.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo



         La Iglesia proclama y celebra a su Rey, Jesucristo, como culminación del año litúrgico. Para poder apreciar en su verdadera dimensión espiritual y sobrenatural esta celebración, es necesario recordar que si bien Cristo es Rey, se diferencia substancialmente de los reyes de la tierra, de modo que ningún rey terreno puede comparársele, y esto no solo porque su Reino “no es de este mundo”, como Él mismo lo dice, sino porque Él mismo no es un rey más de las innumerables monarquías existentes a lo largo y ancho del mundo, y en toda época de la historia humana.
         Jesús es Rey, pero no es un rey como los demás, y esto por muchos motivos: a diferencia de los reyes de la tierra, que adquieren la reyecía porque son proclamados reyes por otros hombres, Jesús es Rey por derecho propio, puesto que es Dios Hijo en Persona, y como Dios, es Dueño de toda la Creación, de todo el Universo visible, y del ejército invisible de ángeles de luz; es Rey también como Hombre, porque su Naturaleza humana, asumida en el momento de la encarnación en el seno de María Virgen, es perfecto, al no solo no tener ni la más mínima sombra de pecado, sino al divinizar y santificar su humanidad en el momento de la encarnación, con su propia divinidad y santidad.
         A diferencia de los reyes de la tierra, que tienen reinos que son terrenos y, por lo tanto, limitados e imperfectos, y pueden ser localizados en una extensión geográfica particular, el Reino de Jesús “no es de este mundo”, porque es un Reino celestial, que es el cielo mismo, y por eso no tiene localización geográfica, y aunque existe en la tierra, tampoco puede localizarse en un lugar, puesto que Él reina, por medio de la gracia santificante, en los corazones de los que lo aman.
         A diferencia de los reyes de la tierra, cuyas coronas están tapizadas por dentro con telas acolchadas para que el peso de los materiales preciosos de la corona no lastime sus sienes, y están confeccionadas con oro puro, plata, diamantes, Nuestro Rey lleva en sus sienes una corona de gruesas espinas que laceran su cuero cabelludo y hacen salir de su Sagrada Cabeza torrentes de Sangre preciosísima, más preciosa que el oro puro, la plata y los diamantes.
         A diferencia de los reyes de la tierra, que se visten con costosísimos vestidos de seda y de lino, bordados con hilos de oro y plata, Nuestro Rey Jesucristo se viste con un manto rojo, que es su Sangre, que corre a raudales de sus heridas abiertas.
         A diferencia de los reyes de la tierra, que en sus horas de triunfo sobre sus enemigos, son aclamados y vitoreados por las multitudes, que de esa manera les agradecen el haberlos librado de sus enemigos, Jesús, Nuestro Rey, en la Hora de su más resonante triunfo contra los mortales enemigos del hombre, el demonio, el mundo y la carne, la Hora de su agonía y muerte en la Cruz, se ve abandonado por la inmensa mayoría de sus discípulos, de aquellos que habían recibido milagros, dones, portentos, obras prodigiosas, sanaciones milagrosas, aunque recibe el consuelo de la Presencia de su Madre, la Virgen, que llora sin consuelo al pie de la Cruz, y el de los discípulos qeu lo aman, como Juan, quienes muestran su agradecimiento permaneciendo arrodillados ante la Cruz, besando las heridas de sus pies traspasados.
         A diferencia de los reyes de la tierra, que poseen un cetro de madera fina de ébano, como signo de su poder terreno, el cetro de Nuestro Rey es la Cruz, formada de un tosco madero, y con este cetro santo, el leño ensangrentado de la Cruz, gobierna el Universo entero, el visible y el invisible.
         A diferencia de los reyes de la tierra, que cuando salen a batallar y ganan las guerras, traen como cautivos y esclavos a otros hombres, además de riquezas terrenas, como oro, plata, y toda clase de mercancías valiosas, Jesús Rey del Universo, triunfante en el madero de la Cruz en su lucha contra los tres enemigos mortales del hombre, el demonio, el mundo y la carne, trae para los hombres toda clase de bienes celestiales, el perdón de Dios, la filiación divina por la gracia, la amistad con Dios, y todo su Amor y su Misericordia infinitos.
A diferencia de los reyes de la tierra, que reinan desde sus sillones mullidos y tapizados en seda, cómodamente sentados, y cuyas órdenes esclavizan a los hombres, Nuestro Rey Jesucristo reina desde el madero ensangrentado de la Cruz, y desde allí emana sus decretos reales, decretos de perdón, de amor y de paz de parte de Dios Padre para con los hombres.
Porque reina desde la Cruz, la Iglesia le canta, por boca de sus santos:
“El nuevo Rey/
de los siglos nuevos/
CRISTO JESÚS/
Sólo Él/
Llevó sobre sus espaldas/
El poder y la majestad/
De la nueva gloria:/
La CRUZ,/
Como dice el profeta:/
Rey es el Kyrios/
Desde el madero”[1].

Y fuimos nosotros los que subimos a Nuestro Rey a la Cruz, con nuestros pecados, porque si los reyes de la tierra son puestos en sus lugares de poder por los hombres, sin haber hecho ningún mérito por la salvación de la humanidad, Nuestro Rey en cambio fue levantado en alto en el leño de la Cruz, por la maldad de nuestros corazones, y eso a pesar de que obró para con nosotros la obra más grande que jamás pueda concebirse, la obra de la Redención.
A Nuestro Rey, que reina desde el madero ensangrentado de la Cruz, le cantamos como Iglesia: “Ante Ti, Hombre-Dios crucificado, Jesucristo, Rey del Universo, hincamos nuestras rodillas y te adoramos; que Tu Preciosísima Sangre caiga sobre nosotros y sobre el mundo entero, para que por esta Sangre tuya, la Sangre del Cordero, quedemos libres de toda culpa y así, con el corazón encendido en amor santo hacia Ti, continuemos en la eternidad, en los cielos, esta humilde adoración que te brindamos en el tiempo, arrodillados ante tu Cruz”.
Pero además de la Cruz, Jesucristo Rey del Universo reina desde la Eucaristía, y por eso también doblamos nuestras rodillas ante Nuestro Rey Jesús en la Eucaristía, y a Él le ofrecemos el humilde homenaje de nuestra adoración.


[1] Tertuliano, Adv. Marcionem III, 19.

jueves, 22 de noviembre de 2012

“Habéis convertido mi casa de oración en una cueva de ladrones”


  
“Habéis convertido mi casa de oración en una cueva de ladrones” (Lc 19, 45-48). La ira de Jesús se desata cuando comprueba la profanación del templo que supone la presencia de vendedores en él. Como bien dice Jesús, el templo es “casa de oración”, y ellos la han convertido en “cueva de ladrones”. Pero hay algo que llama la atención, y es que Jesús se atribuye la condición de dueño del templo, porque dice: “Habéis convertido mi casa de oración en una cueva de ladrones”.
         No se trata de un exceso de celo de un maestro religioso hebreo, que en un exceso de moralidad, trata de poner orden en el templo del Pueblo Elegido. Mucho más que eso, Jesús es el verdadero, real, y único Dueño del templo, puesto que Él es el Dios al cual el templo está dedicado. Sin Él, ni el templo, ni los sacerdotes, ni los fieles, tienen razón de ser; es por esto que su indignación e ira están más que justificadas, pues el Pueblo Elegido ha pervertido el uso original, único y exclusivo del templo, que es la oración y la adoración al Dios Viviente.
         Pero esta indignación de Jesús no se limita solamente a los vendedores y cambistas de su tiempo, sino a los cristianos que profanan sus cuerpos con modas, música y costumbres escandalosas. El motivo es que la presencia de vendedores de palomas y bueyes, y la presencia de cambistas, presencia extemporánea ya que nada tiene que ver con la realidad del templo, tiene además un sentido figurado de realidades sobrenaturales: son una representación de los ídolos a los cuales los cristianos adoran, desplazando a Cristo de sus corazones y poniéndolos a estos en su lugar.
         Esto es así porque Cristo ha convertido, a cada cristiano, en el día de su bautismo, en un templo consagrado a Dios y a su Espíritu, y por esta misma gracia, ha convertido sus corazones en altares, sagrarios y custodias en donde alojarse Él en su Presencia sacramental. Es por esto que San Pablo dice: “El cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19). Y si el cuerpo es templo del Espíritu Santo, el corazón es altar y sagrario de Jesús Eucaristía. El cristiano no tiene otra misión ni otra razón de ser en esta vida terrena, que ser templo del Espíritu y sagrario de Jesús Eucaristía. Si su cuerpo es profanado, profana a la Persona del Espíritu Santo, a quien su cuerpo había sido consagrado el día del bautismo; si su corazón es profanado, con amores y deseos impuros, carnales, codiciosos, lascivos, vengativos, profana a Jesús, para quien ese corazón había sido consagrado como altar y sagrario suyo.
         Cuando se ven la multitud inmensa de jóvenes que profanan sus cuerpos con modas escandalosas; cuando en sus corazones resuena música indigna e indecente no ya de un cristiano sino de un ser humano, como la música cumbia, la música rock, especialmente el rock “heavy” o pesado, explícitamente satánico; cuando se ve que generaciones enteras son introducidas en el ocultismo y la brujería por sagas de películas esotéricas que pasan por “aptas para todo público”; cuando la gran mayoría de los jóvenes prefiere empapar sus cerebros en alcohol en la llamada “previa”, llenando de alcohol sus cuerpos, que son templos del Espíritu Santo; cuando esos mismos jóvenes saturan sus corazones con imágenes pornográficas, pensamientos lascivos, deseos lascivos, que hacen honor a Asmodeo, el demonio de la lujuria; cuando se piensa que a los adultos les importan más sus intereses y diversiones terrenas antes que Jesús Eucaristía, y así abandonan la misa dominical, dando pésimo ejemplo a sus hijos; cuando se piensa que los cristianos, la gran mayoría, han profanado sus cuerpos, que habían sido consagrados como templos del Espíritu, y en sus corazones, convertidos en altares de Dios para que Jesús Eucaristía sea allí adorado, está ocupado por ídolos de todos los tamaños, nombres y colores, se comprende la ira de Jesús, que no puede tolerar tamaña profanación. A estos cristianos, Jesús también les dice: “Habéis convertido mi casa de oración en una cueva de ladrones”. Guardémonos muy bien de cometer el mismo error, para no ser destinatarios de la justa ira de un Dios, cansado de tanta malicia que sale del corazón humano, y tomemos la decisión de vivir en gracia, de modo que nuestro cuerpo sea verdaderamente templo del Espíritu, y nuestro corazón, altar, sagrario y custodia de Jesús Eucaristía, y que en ese templo se escuche, no la música mundana, sino cantos de alabanza y gloria al Cordero de Dios.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

“Si hubieras comprendido el mensaje de paz”



“Si hubieras comprendido el mensaje de paz” (Lc 19, 41-44). Jesús se lamenta y llora amargamente por el destino de Jerusalén, y profetiza su destrucción, lo cual efectivamente sucederá años después de su muerte, a manos del Imperio Romano. El motivo de la ruina de Jerusalén, que tal como lo profetizó Jesús, fue arrasada hasta el suelo, es que Jerusalén no ha reconocido “el mensaje de paz” que Dios, Yahvéh, le envía en Él, Jesús. Lejos de reconocer el mensaje de paz y, mucho menos, al Mensajero de la paz, Jesucristo, Hijo de Dios Encarnado, Jerusalén se decide por la guerra contra Dios, asesinando a su enviado, el Cristo, en la Cruz, y esto lo ve Jesús con anticipación, puesto que Él es Dios y conoce las cosas futuras como si fueran presentes.
Jerusalén no ha comprendido el mensaje de paz, porque ha negado voluntariamente la condición divina del Hijo de Dios; se ha negado a reconocer sus milagros, que acreditaban sus palabras; se ha negado a reconocer en Cristo el perdón divino concedido por el Padre al Pueblo Elegido y a la humanidad entera. Al mensaje de paz de Cristo, manifestado en sus curaciones milagrosas, en las expulsiones de demonios, en su Palabra que da vida eterna, en los innumerables prodigios de todo tipo, Jerusalén ha respondido con la traición de Judas Iscariote, el juicio inicuo orquestado por los sacerdotes del templo, el insulto, los golpes y las blasfemias del pueblo, y ha coronado su afrenta al Dios de la paz crucificando en un madero al Mensajero de la paz. Jerusalén no comprendió que Dios, en Cristo, le tendía la mano del perdón y de la paz, y alzó a su vez su mano para abofetear a Dios en su rostro, flagelarlo, coronarlo de espinas, y crucificarlo. Al mensaje de paz de Dios, Jerusalén respondió con la violencia criminal y asesina, que terminó quitando la vida al único que podía salvarla de sus enemigos, Jesucristo.
         Jesús llora amargamente porque rechazarlo a Él, el mensajero de la paz de Dios, tiene tremendas consecuencias en todos los órdenes: en el plano humano, los enemigos humanos se vuelven contra Jerusalén, y luego de un largo sitio, le prenden fuego y la arrasan hasta el suelo; en el plano espiritual, la tragedia es aún mayor, porque al rechazar al Dios de la paz, inevitablemente se cae en la esfera de Satanás, príncipe de la guerra, del odio y de la destrucción, quedando el alma a merced del ángel caído y de su odio sin fin.
         “Si hubieras comprendido el mensaje de paz”. El lamento y el llanto amargo de Jesús por Jerusalén tiene también otro destinatario, y son las almas que en el Día del Juicio se condenarán, pues ellas también estaban llamadas a recibir el mensaje de paz del Mesías, y no lo quisieron reconocer, porque libremente se decidieron por el odio y la adoración al demonio y a sus obras.
         “Si hubieras comprendido el mensaje de paz”. Cuando los condenados escuchen estas palabras, será ya muy tarde, porque sólo cuando estén en compañía para siempre del Ángel destructor, comprenderán que debieron haber aceptado la paz de Cristo y, más importante aún, debieron haber transmitido a los demás esa paz, y no lo quisieron hacer.

lunes, 19 de noviembre de 2012

“La salvación ha llegado a esta casa”



“La salvación ha llegado a esta casa” (Lc 19, 1-10). La entrada de Jesús en casa de Zaqueo redunda en algo inesperado desde el punto de vista humano, puesto que Zaqueo, conocido por ser “pecador”, tal como murmuran todos: “Se ha ido a alojar en casa de un pecador”, ni era discípulo de Jesús, ni se preocupaba de los pobres, ni de aquellos a los que eventualmente hubiera podido perjudicar de una manera u otra. En otras palabras Zaqueo, antes de la entrada de Jesús en su casa, no ha convertido su corazón, y sí lo hace después de la entrada de Jesús. 
Esto sucede porque Jesús no deja indiferente a quien se encuentra con Él: por su condición de Hombre-Dios, concede la conversión radical del corazón; Jesús no da consejos meramente morales, ni provoca simples cambios conductuales; el hecho de que   Zaqueo se decida a dar la mitad de sus bienes a los pobres, y a devolver cuatro veces más a quien haya podido perjudicar, no se debe a que, deslumbrado por las enseñanzas religiosas de un rabbí hebreo ha decidido cambiar de conducta y de comportamiento: se debe a que Jesús le ha iluminado con su gracia en lo más profundo de su corazón, en la raíz última de su ser metafísico, en su acto de ser, y le ha concedido el poder ver el sentido último de esta vida, que no es el enriquecimiento, ni el ascenso social, ni el pasarla bien, ni el ser reconocido por los hombres, sino el obrar la misericordia para con los más necesitados, de modo de alcanzar un lugar en la Jerusalén celestial.
Jesús le ha hecho ver, con la gracia de la conversión, que esta vida se termina, indefectiblemente, en pocos o en muchos años, pero que se termina, y que luego de esta vida vienen la muerte, el juicio particular, y el destino eterno, de alegría, amor y felicidad, o de dolor, de odio y de horror, según las obras realizadas, porque Dios, infinitamente Justo, no puede dejar de dar a cada uno lo que cada uno elige con sus obras. La gracia de la conversión de Jesús a Zaqueo le permite darse cuenta que su prójimo no es alguien a quien se puede usar a placer, sino un hermano en Cristo sin el cual nadie podrá salvarse, y es por eso que Zaqueo dona la mitad de sus bienes y decide dar cuatro veces más a quien hay perjudicado.
El hecho que Jesús entre en la casa de Zaqueo significa entonces un cambio radical en su vida, ya que a partir de su encuentro con Jesús, Zaqueo convertirá su corazón y salvará su alma, hecho profetizado por Jesús: “La salvación ha llegado a esta casa”.
Pero no solo Zaqueo es el destinatario de la gracia de la conversión; también a nosotros Jesús nos dice: “Quiero hospedarme en tu casa”, pero como no podemos hacer entrar físicamente a Jesús en nuestros hogares materiales, sí podemos en cambio hacerlo entrar físicamente, en su Presencia corpórea resucitada, y con su Acto de Ser divino, en nuestro corazón, por la comunión eucarística. Por lo tanto, al comulgar, es decir, al hacer entrar a Jesús en nuestra casa que es nuestra alma, le decimos: “Señor, entra en mi casa, en mi alma, y dame la gracia de la conversión, para que pueda comprender que esta vida se acaba pronto, y que lo único que tiene valor ante tus ojos son las obras de misericordia obradas a favor de mi prójimo. Entra en mi casa, en mi corazón, por la Eucaristía, dame la gracia de la conversión, y yo seré salvo”.

domingo, 18 de noviembre de 2012

“Señor, que yo vea otra vez”



“Señor, que yo vea otra vez” (Lc 18, 35-43). Un ciego –no de nacimiento, porque pide ver “otra vez”- pide a Jesús volver a ver. Jesús, en vista de su fe, le concede lo que pide: “Recupera tu vista, tu fe te ha salvado”.
Hasta aquí, no se presenta ningún interrogante: un ciego pide volver a ver, Jesús, en vista de su fe, le concede el milagro. La pregunta surge de la segunda parte de la frase de Jesús: “Recupera tu vista, tu fe te ha salvado”. ¿Por qué dice esto Jesús? En esta respuesta de Jesús se puede vislumbrar algo que va más allá de la simple curación física, porque es evidente que no le está diciendo que se ha salvado de las tinieblas físicas, propias de la ceguera: si le dice: “Tu fe te ha salvado”, es porque se ha salvado de las tinieblas espirituales, aquellas que impiden ver las realidades sobrenaturales, las realidades del cielo, que escapan a la percepción sensible de los sentidos.
La “salvación” de la que habla Jesús es precisamente esta: por su fe, el ciego se ha salvado de vivir en las tinieblas del ateísmo, del naturalismo, del humanismo ateo, del racionalismo, todos vicios del espíritu que negando los milagros del Evangelio, niegan la condición divina del Hombre-Dios, y así se colocan voluntariamente en las más oscuras tinieblas espirituales, que los ponen en estado de condenación y a las puertas del infierno.
Por el contrario, la capacidad de ver sobrenaturalmente los misterios de la fe católica, llevan al alma de claridad en claridad, toda vez que puede ver a Cristo en esos misterios, quien es “luz eterna de luz eterna”. El que posee esta capacidad de ver sobrenaturalmente, con los ojos de la fe, estos misterios, puede ver a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo de Dios humanado, la Palabra encarnada, en la Eucaristía; puede ver en la Misa la renovación incruenta del sacrificio de la Cruz; puede ver la Presencia operante del Espíritu Santo en los sacramentos, concediendo la vida divina a quien los recibe.
“Señor, que yo vea otra vez”. Al igual que el ciego del camino, debemos pedir ver sobrenaturalmente, por eso nuestra oración podría ser así: “Señor, haz que yo vea, con los ojos de la fe, tus misterios insondables: haz que yo te vea en la Eucaristía y en el santo sacrificio del altar, en tu Presencia sacramental, pero haz que te vea también en mi prójimo, sobre todo en el más necesitado. Haz que te vea, para que viéndote te ame, amándote te adore, y adorándote me salve. Amén”.

viernes, 16 de noviembre de 2012

“Cuando vean estas cosas, sepan que el fin está cerca”



(Domingo XXXIII – TO – Ciclo B – 2012)
         “Cuando vean estas cosas, sepan que el fin está cerca” (Mc 13, 24-32). Jesús da las señales del fin de los tiempos, del fin de la historia humana, en los que Él vendrá como Justo Juez a juzgar al mundo. Da señales, pero no dice cuándo será, porque “el día y la hora nadie lo sabe”, ni siquiera el Hijo del hombre –no en cuanto hombre, pero sí en cuanto Dios-, sólo Dios Padre.
         El cristiano, por lo tanto, debe estar atento a las señales de los tiempos, para discernir si estas señales aparecen o no, porque si se las detecta, si empiezan a aparecer, entonces significa que el Día del Juicio Final está cerca.
         Ahora bien, más allá de la indicación precisa del Juicio Final, la advertencia de Jesús, “sepan que el fin está cerca”, alcanza a todo hombre en cualquier época de la historia humana, porque con “el fin cercano”, Jesús se refiere también al fin de la vida humana en la tierra, al fin de toda persona humana que nace en este mundo. La vida humana es limitada, frágil, mortal, y cada segundo que pasa se encamina hacia su fin natural, que es la muerte, pero del mismo modo a como el Fin del mundo, el Día del Juicio Final, es el comienzo, al mismo tiempo, del Día sin ocaso, es decir, del Día de Dios, la eternidad, así también, el fin de la vida humana en la tierra es el inicio de la vida eterna, de la vida que no termina más.
         Es esto lo que el cristiano debe tener en mente, cuando se reflexiona sobre este Evangelio, además de tener en cuenta el fin del mundo: los días en la tierra pasan veloces -“Nuestra vida, Señor, pasa como un soplo”, dice el Salmo-, y al término de ellos asoma el horizonte de la eternidad, eternidad para la cual debemos estar preparados.
         Precisamente, la vida en la tierra no tiene otro sentido que la preparación, por las obras de misericordia, por la fe y por el amor, para ganar la vida eterna, ya que el paso de esta vida a la felicidad eterna en los cielos, en la contemplación de la Trinidad, no es automático, puesto que se requiere obrar la misericordia para acceder a la comunión de vida y amor con las Tres divinas Personas.
         Quien no obre la misericordia, no sólo no accederá a esta comunión, sino que será precipitado en el infierno, en el lugar en donde obtendrá para toda la eternidad lo que libremente eligió con su ausencia de misericordia.
         “Cuando vean estas cosas, sepan que el fin está cerca”. No sabemos si viviremos los tiempos profetizados por Jesús; no sabemos si viviremos los días de la manifestación del Hijo del hombre, pero sí sabemos con certeza que los días de nuestra vida se terminan, que cada día que pasa es un día menos que falta para nuestra propia muerte y encuentro personal con el Hombre-Dios Jesucristo, en donde compareceremos ante Dios Trino para recibir el juicio particular, que decidirá nuestro destino eterno: o el fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo, o el fuego del infierno.
         Todo el tiempo de esta vida terrena, es tiempo de misericordia, que Dios nos otorga para que obremos el bien y salvemos nuestras almas.

jueves, 15 de noviembre de 2012

“Donde esté el cadáver allí se juntarán los buitres”



“Donde esté el cadáver allí se juntarán los buitres” (Lc 17, 26-37). Jesús instruye a sus discípulos acerca del Día del Juicio Final, y da señales de cómo será este día, llamado “Día de la ira de Dios”: será similar a los días de Noé, en los que la gente “comía, bebía y se casaba”, hasta que llegó el Diluvio; será similar a los tiempos de Lot: “se comía y se bebía, se compraba y se vendía, se plantaba y se construía”, hasta que llegó la lluvia de fuego.
Las dos referencias a grandes personajes bíblicos como Noé y Lot, dan cuenta del estado de la humanidad en los tiempos inmediatamente anteriores a la manifestación de Jesús como Justo Jueza de la Humanidad: las actividades de “comer, beber, plantar, construir”, con las que se describen los períodos bíblicos de Noé y de Lot, hacen referencia a un estado de la humanidad en el que todo estará aparentemente en calma, en donde la actividad material del hombre será plena, y en donde el consumismo materialista estará en su auge. Esto indica despreocupación de Dios y ausencia hasta de su idea por parte de los hombres, puesto que las actividades son puramente exteriores, y este olvido de Dios será lo que desencadenará los castigos. Pero hay algo todavía más grave, una consecuencia del olvido de Dios, y es la adoración idolátrica del hombre por el hombre mismo, significado en la mención a Sodoma y Gomorra.
En síntesis, la situación de la humanidad será como en tiempos de Noé y Lot, tiempos caracterizados por el ateísmo teórico y práctico, por el desprecio de Dios y de sus leyes, por la exaltación del consumismo materialista como único objetivo de la vida y, lo más grave de todo, por la elevación a la categoría de derecho humano a las más aberrantes perversiones contra la naturaleza. Y de la misma manera a como la humanidad fue purificada por el agua, en tiempos de Noé, y por el fuego, en tiempos de Lot, así también, en el Día del Hijo del hombre, la humanidad será purificada por el agua y el fuego: la humanidad regenerada por la lluvia de la gracia, que actuará sobre los buenos, y por el fuego abrasador caído del cielo, probablemente detonaciones nucleares provocadas por el mismo hombre, pero también alguna especie de castigo celestial para los impenitentes, que arrasarán corporal y materialmente a quienes no estén preparados.
Por último, la respuesta a la pregunta a la pregunta de los discípulos acerca de “dónde” sucederá esto, es enigmática, pero también significativa: “Donde esté el cadáver, allí se juntarán los buitres”. El cadáver es un cuerpo sin vida, sin alma, y con esto se refiere Jesús al Anticristo, persona humana que, aunque esté vivo naturalmente, está muerto a la vida de Dios, a la vida de la gracia, y por eso despide el hedor de la muerte; los buitres, serán los precursores del anticristo, los falsos profetas, los falsos mesías, entre los primeros, los fundadores de sectas, que de la misma manera a como un buitre, animal carroñero, está cerca del cadáver para alimentarse de sus miasmas, así estarán cerca del Anticristo, para alimentarse de sus doctrinas falsas.
Pero hay otra señal, indicativa del fin, venida esta vez del Cielo: si alrededor del cadáver se juntan los buitres, si alrededor del Anticristo se juntan los falsos profetas y falsos mesías, alrededor del Cuerpo de Cristo se juntan las águilas. Y al igual que los discípulos, preguntamos: “¿Dónde sucederá esto? ¿Dónde se juntarán las águilas?”: las águilas, los adoradores del Hombre-Dios, volarán alrededor del altar eucarístico, alrededor del sagrario, donde está el Cuerpo de Jesús.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

“Como el relámpago brilla en el cielo así vendrá el Hijo del hombre”



“Como el relámpago brilla en el cielo así vendrá el Hijo del hombre” (Lc 17, 20-25). En la imagen del relámpago que surca veloz el cielo, en un día de oscuridad y tormenta, Jesús grafica cómo será el Día del Hijo del hombre, es decir, el Día en que Él venga a juzgar al mundo, llamado en la Biblia “Día de la ira de Dios”.
La imagen da idea de la situación espiritual de la humanidad al momento de la Llegada del Hijo del hombre: el rayo se desencadena en una tormenta, y como es algo luminoso, se contrasta con la oscuridad de la tormenta. Así estará la humanidad entera el día que Jesús llegue a juzgar la tierra: sumergida en la oscuridad del pecado y del mal, e inmersa en las tinieblas de la ignorancia y del error, de tal manera que la luminosidad del rayo contrastará con las tinieblas y la oscuridad, tanto más cuanto que la blancura del rayo simboliza la pureza y la gloria de su Ser divino, que disipará la densa oscuridad del espíritu del mal, que para esos días se habrá abatido sobre la humanidad como nunca antes en la historia.
Pero la figura del rayo también simboliza la prontitud y celeridad de su Llegada, lo cual contrastará con otro signo de los tiempos, y es la aparición de falsos mesías, falsos profetas, falsos maestros, y de innumerables sectas, unas más tenebrosas que otras: si las sectas pueden decir: “Aquí está el Mesías”, o si los falsos profetas –como por ejemplo, Soon Myung Moon, Sai Baba, David Koresh, y tantos otros más- pueden decir: “Yo soy el Mesías”, esto es señal de su radical falsedad, porque precisamente el Mesías vendrá como el rayo, en un abrir y cerrar de ojos, sin dar tiempo, como lo hacen los sectarios y los fundadores de sectas, devenidos en falsos cristos, a montar toda una institución que propague el falso mensaje de salvación. La señal de que alguien es un falso profeta o mesías, es precisamente el tiempo: mientras Jesús vendrá de modo repentino, como el rayo cruza el cielo de oriente a occidente, los sectarios tendrán tiempo de montar sus instituciones y de tejer las telas de arañas de sus falsas doctrinas.
“Como el relámpago brilla en el cielo así vendrá el Hijo del hombre”. El Día del Juicio Final, el Día de la ira de Dios, Jesús vendrá como Justo Juez, como un rayo atraviesa el cielo; ese día, llamado “terrible” por los Padres de la Iglesia, temblarán hasta los ángeles ante la ira de Dios, y ya se habrá terminado la misericordia.
Mientras tanto, nos queda el tiempo de la misericordia, los días ordinarios, los días de todos los días, en los que Jesús viene no como Justo Juez, sino como Dios de la Misericordia y del perdón, de la paz y del Amor, y viene como Rey pacífico, en el silencio del altar eucarístico, obedeciendo a la voz del sacerdote en la consagración. Estos días son días de misericordia, que hay que aprovecharlos al máximo, antes de que sea tarde.

martes, 13 de noviembre de 2012

“¿Ninguno de los que fueron curados volvió a dar gracias a Dios, sino solo este extranjero?”



“¿Ninguno de los que fueron curados volvió a dar gracias a Dios, sino solo este extranjero?” (Lc 17, 11-19). Jesús cura con un milagro a diez leprosos, pero solo uno de ellos, al darse cuenta de que estaba curado, vuelve para dar gracias.
La desatención e ingratitud de los nueve restantes, no pasa desapercibida a Jesús, quien, dándose cuenta de la frialdad y desagradecimiento con los que los nueve recibieron el don de la curación, hace una pregunta retórica: “¿Ninguno de los que fueron curados volvió a dar gracias a Dios, sino solo este extranjero?”. Sin embargo, no debemos pensar que la actitud de desagradecimiento ante los dones divinos es exclusiva de los leprosos del Evangelio: día a día, a lo largo y ancho del mundo, se repite la misma historia. Jesús concede dones, milagros, prodigios, para todos y cada uno de los seres humanos que habitamos en el planeta, y estos dones son declaraciones de Amor de un Dios que ama con locura a su creatura, y que no tiene otro modo ni sabe otra cosa que el Amor, pero los cristianos no nos damos cuenta de su Amor, y por lo mismo no somos agradecidos, con lo cual nos parecemos a los leprosos ingratos del Evangelio.
Un ejemplo de lo que decimos lo tenemos en los diálogos de Jesús con la beata Luisa Piccarretta, la vidente italiana que escribió “Las Horas de la Pasión” y “Fiat. Cuando la Divina Voluntad reina en las almas”. En este último libro, se desarrolla el siguiente diálogo entre Jesús y Luisa. Dice Jesús: “Hija mía, mi amor por la creatura es grande. ¿Ves cómo la luz del sol cubre la tierra? Si tú pudieras hacer de aquella luz tantos átomos, sentirías en aquellos átomos de luz mi voz melodiosa, y te repetirían el uno junto al otro: “Te amo”, “Te amo”, “Te amo”…, de modo que no te darían tiempo de enumerarlos; quedarías ahogada en el amor y de hecho “Te amo”, “Te amo”, te lo digo en la luz que llena tu ojo, “Te amo” en el aire que respiras, “Te amo” en el silbido del viento que hiere tu oído; “Te amo” en el calor y en el frío que siente tu tacto, “Te amo” te dice mi latido en el latido de tu corazón; “Te amo”, te repito en cada pensamiento de tu mente; “Te amo”, en cada acción de tus  manos; “Te amo”, en cada paso de tus pies; “Te amo”, en cada palabra…, porque nada sucede dentro o fuera de ti si no concurre un acto de mi amor hacia ti; así que un “Te amo” no espera al otro. Tus “Te amo”, ¿cuántos son para Mí?”[1].
Luego, Luisa Piccarretta dice: “Yo he quedado confundida. Me sentía ensordecida dentro y fuera por los coros del “Te amo” de mi dulce Jesús… Y mis “Te amo” eran escasos, tan limitados, que he dicho: “Oh mi amante Jesús, ¿quién puede hacerte frente? Por lo que tengo, parece que no tengo nada de lo que Jesús me hacía comprender”.
La beata reconoce que no agradece a Jesús en la medida en que debería hacerlo, y si eso le pasa a una santa de la envergadura de Luisa Piccarretta, mucho más nos pasa a nosotros. Podríamos justificarnos diciendo que lo que sucede es que los dones del amor de Jesús son tantos, y tan variados, y a todo momento, que pasan, en su inmensa mayoría, completamente inadvertidos.
Pero algo podemos hacer para recompensar nuestra indiferencia, nuestra ingratitud y nuestra frialdad, de modo de no parecernos a los nueve desagradecidos, e imitar al que volvió para darle gracias: en agradecimiento por los “Te amo” de Jesús, presentes en cada átomo de luz, en cada segundo de existencia, en lo más alto de los cielos, y en lo más profundo del ser de cada uno, le ofrecemos la Eucaristía, su mismo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, por medio de la cual le decimos, en el tiempo y en la eternidad, con un grito que desde el altar resuena en los cielos infinitos: “Te amo”.



[1] Cfr. Piccarretta, Luisa, Fiat. Cuando la Divina Voluntad reina en las almas, 70.

lunes, 12 de noviembre de 2012

“Somos simples servidores que sólo hemos cumplido nuestro deber”



“Somos simples servidores que sólo hemos cumplido nuestro deber” (cfr. Lc 17, 7-10). La actitud del cristiano que cumple con su deber –es decir, procura vivir en estado de gracia permanente, evitando el pecado y sus ocasiones, y en todo busca de agradar a Dios, viviendo principalmente el mandamiento más importante, amar a Dios y al prójimo, cuando sea llamado a la Presencia de Dios, en el juicio particular, deberá considerarse a sí mismo como el siervo de la parábola: así como el dueño de casa no tiene que agradecer a su siervo por haber cumplido lo que era su deber, tampoco el cristiano que haya cumplido su deber de caridad, tiene que pretender que Dios le esté agradecido. Por el contrario, tiene que considerarse como “simple servidor” que lo único que ha hecho es “cumplir su deber”.
Esto no es una mera exhortación a la humildad por parte de Jesús, sino el reconocimiento de una realidad, también expresada por Jesús: sin la gracia santificante, el hombre nada puede hacer de bueno, en el sentido de que esa obra buena le granjee la salvación eterna: “Sin Mí, nada podéis hacer”.
El hombre necesita de la gracia santificante, que brota del Sagrado Corazón de Jesús como de su fuente inagotable, para poder obrar el bien. Todo buen pensamiento, todo buen deseo, toda buena obra, por más pequeños que sean, son mociones del Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, que quiere que el hombre responda libremente al bien participado, detrás del cual está el Bien infinito, el Acto de Ser de Dios Trino. Si el hombre responde positivamente, se hace merecedor de más y más gracias, que lo harán crecer cada vez en santidad. Lo que el hombre tiene que darse cuenta, por un lado, es que si no existe esta actuación del Espíritu Santo, nada bueno puede hacer el hombre para su salvación; por otro, el saber esto le sirve para reconocer la operación del Espíritu Santo en su alma: si tuvo un buen pensamiento, un buen deseo, o hizo una buena obra, era señal de la Presencia operante del Espíritu en él.
En otras palabras, la gracia santificante otorga la participación en la Bondad infinita de Dios, y le permite al hombre obrar el bien y ganarse, con este bien actuado, méritos para la vida eterna, y esta correspondencia a la gracia se ve en su máxima expresión en los santos. Ahora bien, los santos son santos por esta correspondencia a la gracia, y no por haber merecido ellos la santidad, y si no hubiera actuado la gracia antes, no habrían llegado nunca a ser santos: si no actúa Dios en primer lugar con su gracia, nada puede hacer el hombre para salvarse, y esto es lo que explica la condición del cristiano frente a Dios: la de “simple servidor” que “sólo ha cumplido su deber”. Aceptar este hecho requiere de humildad, y esto es ya Presencia del Espíritu en el alma.