martes, 8 de enero de 2013

Pensaron que era un fantasma



“Pensaron que era un fantasma” (Mc 6, 45-52). Los discípulos se encuentran en la barca, con viento en contra, “remando penosamente”, por lo que Jesús, que se encuentra en tierra firme, se acerca a ellos caminando sobre el mar. Al verlo, los discípulos “comienzan a gritar pensando que era un fantasma”. Los discípulos se calman cuando Jesús sube a la barca y les dice: “No teman, Soy yo”.
El episodio es revelador de la situación de muchos cristianos en la Iglesia: la barca representa a la Iglesia, que sin Cristo en ella, “rema penosamente” en el mar encrespado, símbolo del mundo y de las tenebrosas fuerzas del infierno, que buscan hundirla; los discípulos en la barca, remando con mucho esfuerzo pero sin avanzar, son los cristianos que creen que en la Iglesia son ellos y no Cristo quien gobierna; representan a aquellos cristianos que creen que con sus solas fuerzas humanas, y por sus trabajos, serán capaces de conquistar el mundo, olvidando las palabras de Jesús: “Sin Mí nada podéis hacer”. Pero lo más sorprendente del episodio es la reacción de los discípulos ante la vista de Jesús que viene hacia ellos caminando sobre las aguas: al verlo, “comienzan a gritar”, porque “pensaron que era un fantasma”. Sorprende esta reacción, porque demuestra, por parte de los discípulos, un desconocimiento acerca de Jesús, lo cual no se justifica, porque formaban del grupo selecto que lo acompañaba todo el día en su misión, y por lo tanto eran testigos de su poder divino, manifestado en sus milagros de todo tipo y en su capacidad de expulsar demonios con el solo mandato de su voz.
Este desconocimiento de Cristo –lo confunden con un fantasma, siendo Él el Hombre-Dios-, se deriva de la presunción, nacida a su vez del orgullo, de pensar que en la Iglesia todo depende del esfuerzo humano, prescindiendo de Cristo y de su gracia. La confianza necia en las propias fuerzas, lleva al activismo –representado en el “remar penosamente”, esto es, sin avanzar-, al tiempo que elabora una imagen distorsionada de Dios, y cuando este se manifiesta con su poder y con su obrar milagroso, se lo desconoce, tal como les sucede a los discípulos, que confunden al Cristo real con un fantasma.
“Pensaron que era un fantasma”. Muchos en la Iglesia, repiten la actitud de los discípulos en la barca, y viven como si Cristo fuera un fantasma, como si su Presencia eucarística fuera un mero recordatorio, y esto se debe a una crisis de fe, la mayoría de las veces, culpable; muchos en la Iglesia creen no en Cristo, Hombre-Dios, Presente en Persona, con su Cuerpo resucitado, en la Eucaristía, sino en un Cristo fantasmagórico, al cual, por ser precisamente un fantasma, no hay que rendirle homenaje, ni cumplir sus mandamientos, y mucho menos perder el tiempo asistiendo a la misa dominical. Para muchos, el Cristo eucarístico es un fantasma, un ser irreal, un personaje de fábula mitológica, cuyo mensaje ha perdido toda vigencia, si alguna vez la tuvo. Pero Cristo no es un fantasma: es Dios Hijo en Persona y está en la Barca de Pedro que es la Iglesia, y está en la Eucaristía, y desde allí nos dice: “Soy Yo, no teman. Crean en Mí. Me he quedado en Prisionero de Amor en el sagrario no solo para calmar las tempestades y tormentas de esta vida, que pasa y termina pronto, sino para llevarlos a la vida eterna, al Reino de los cielos, a la feliz bienaventuranza”.

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