lunes, 4 de febrero de 2013

“Tu fe te ha salvado (…) Basta que creas”



“Tu fe te ha salvado (…) Basta que creas” (Mc 5, 21-43). Jesús obra dos milagros que demuestran su condición de Hombre-Dios: cura a la mujer hemorroísa, y resucita a la hija del jefe de la sinagoga, Jairo. Además de tener en cuenta la espectacularidad de la obra, los dos milagros se caracterizan porque previo a su realización, los destinatarios de los milagros, la mujer hemorroísa y Jairo, el padre de la niña, demuestran una fe sólida. La mujer demuestra la fe cuando dice: “Con sólo tocar su manto, quedaré curada”; es decir, la fe de esta mujer es tan grande, que no le importa que Jesús ni la mire, ni le dirija unas palabras, como en otros milagros; para ella lo único necesario es tocar su manto, porque siendo el manto del Hombre-Dios, quedará curada. Su fe es tan fuerte, que no le importa que Jesús ni siquiera la mire; basta con tocar su manto. Con Jairo, el jefe de la sinagoga, sucede lo mismo: su hija agoniza, pero tiene fe en Jesús; todavía más, su hija ya ha muerto, antes de que llegue Jesús, pero sigue creyendo, y todavía más fuerte, porque Jesús le dice: “Basta que creas”. Es decir, Jesús le dice que no importa que haya muerto, basta que siga creyendo como hasta ese entonces. Y al igual que con la mujer hemorroísa, la recompensa a tan grande fe, es la concesión de algo que parecía imposible, y es la resurrección de su hija que ya había fallecido.
“Tu fe te ha salvado (…) Basta que creas”, les dice Jesús a la mujer hemorroísa y a Jairo, respectivamente, incentivándolos a creer, a tener fe. Por supuesto que se trata de la fe en Él como Hombre-Dios, como Cordero de Dios, como Segunda Persona de la Santísima Trinidad, como Dios Hijo encarnado por obra del Espíritu Santo y nacido de María Virgen; no se trata, en absoluto, de la perversión de la fe de las sectas.
En este sentido, es lastimoso constatar cómo muchísimos católicos desperdician el don de la fe recibido en el bautismo para volcarse a los ídolos, en vez de crecer en la fe en Cristo Dios. Estos tales, deberían tomar ejemplo de la mujer hemorroísa y de Jairo, y creer en Jesús como Dios y Hombre perfecto. Pero también nosotros debemos fijarnos en estos personajes del Evangelio porque en la enfermedad de la hemorroísa y en la muerte de la hija de Jairo están representadas también nuestras almas, enfermas o muertas por el pecado, y el único que puede curarnos y volvernos a la vida es Jesús.
Es por esto que debemos preguntarnos: si la mujer hemorroísa se curó con sólo tocar el manto de Jesús; ¿qué debería ocurrir con nosotros, que tomamos contacto no con una tela inerte como el manto, sino con su Sagrado Corazón Eucarístico, lleno de la luz, de la gloria, de la vida y del Amor de Dios?
Si la hija del jefe de la sinagoga volvió a la vida con el solo hecho de que Jesús le dijera: “Talitá kum”, es decir, “Yo te lo ordeno, ¡levántate!”, ¿qué debería suceder con nuestra vida espiritual y nuestra santidad, desde el momento en que Jesús, más que hablarnos, viene a nuestros corazones en Persona, en cada comunión eucarística?
Debemos por lo tanto meditar en el tamaño y en la solidez de nuestra fe en Cristo Dios, recordando las palabras de Jesús: “Si tuvierais fe del tamaño de un grano de mostaza, le diríais a la morera: “Muévete y plántate en el mar”, y la morera se plantaría en el mar” (cfr. Lc 17, 6). Si no sucede así, quiere decir entonces que nuestra fe es muy débil. Pero lo que podemos hacer es unir nuestra débil fe a la fe de la Iglesia, fe por la cual sucede un prodigio inimaginablemente más grande que una morera se desarraigue y se plante en el mar: por la fe de la Iglesia, el Dios de infinita majestad, desciende de los cielos eternos a esa parcela de cielo en la tierra que es el altar eucarístico, obedeciendo a las palabras del sacerdote ministerial, convierte la materia inerte del pan y del vino en su Cuerpo y en su Sangre, y se queda en la Eucaristía para donar todo el Amor de su Sagrado Corazón al alma que lo recibe con fe y con amor.
“Tu fe te ha salvado (…) Basta que creas”. Si unimos nuestra débil fe a la fe de la Iglesia, obtendremos un milagro más grande que la curación de una enfermedad o incluso el volver a vivir la vida terrena: recibiremos la Eucaristía, el Sagrado Corazón de Jesús, vivo y palpitante con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, y junto con Él, recibiremos en esta vida, en anticipo, la vida eterna.

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