lunes, 9 de diciembre de 2013

“El Padre que está en el cielo no quiere que ni uno solo se pierda”


“El Padre que está en el cielo no quiere que ni uno solo se pierda” (Mt 18, 12-14). El conocimiento del deseo del Padre debería ser la razón de vivir de todo cristiano, de todo hijo de la Iglesia, porque la Iglesia existe sólo para salvar almas. Jesús nos hace saber que el deseo de Dios Padre es que todos los hombres se salven y este deseo del Padre debería ser el motor que mueva los corazones de los bautizados; debería ser el motor de todo el esfuerzo misionero de la Iglesia; debería ser el impulso que lleve a la Iglesia y a los bautizados a todos los confines de sociedad humana, no solo geográficos, sino ante todo existenciales y “periféricos” -las "periferias existenciales"- como dice el Santo Padre Francisco. Pero para que los bautizados se movilicen con ardor misionero en busca de su prójimo, deben tomar antes conciencia de qué significa la frase de Jesús en su plenitud: “El Padre que está en el cielo no quiere que ni uno solo se pierda”, y la clave para entender esta frase está en la palabra final, que expresa la posibilidad cierta de la “perdición”. Si el deseo del “Padre que está en los cielos” es que “ninguno se pierda”, quiere decir que hay una posibilidad certísima y peligrosísima de perdición, tan peligrosa, que hasta Dios Padre está preocupado por la posibilidad de la perdición de las almas y su preocupación llega al extremo de enviar a su Hijo Unigénito a morir en Cruz para dar su vida en rescate por toda la humanidad. ¿De qué perdición se trata? No se trata de un simple extravío moral, ni de una perdición meramente existencial; se trata de la posibilidad del extravío del alma en el Infierno; se trata de la posibilidad de la condenación eterna de las almas en el Reino de las tinieblas, en el Hades, en el Averno; se trata de la posibilidad certísima de que las almas, extraviando el camino de la salvación en esta vida –el Único Camino es Cristo crucificado, muerto y resucitado-, se internen por los oscuros y tenebrosos caminos de la eterna perdición, los caminos que hoy el mundo neo-pagano ofrece como conquistas de la humanidad y como derechos del hombre, es decir, la sustitución de los Mandamientos de Dios por los Mandamientos de Satanás.
Quien no vea esta posibilidad, de que su prójimo –y él mismo- se encuentran en peligro cierto de condenación, no puede apreciar las palabras de Jesús: “El Padre que está en el cielo no quiere que ni uno solo se pierda”, no puede apreciar el deseo de Dios Padre y mucho menos podrá moverse en la dirección del cumplimiento del deseo de Dios Padre, es decir, no será nunca misionero, no será nunca anunciador de la Buena Noticia de Jesucristo. Y ese tal, pondrá así en riesgo su propia salvación.

“El Padre que está en el cielo no quiere que ni uno de estos pequeños se pierda”. Quien ama a Dios Padre y desea cumplir su pedido, comprenderá que la tarea misionera de la Iglesia es urgente, tanto más, cuanto que el neo-paganismo imperante arrastra masas ingentes de hombres, conduciéndolos día a día por el camino de la eterna perdición. 

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