miércoles, 30 de abril de 2014

“El que cree en el Hijo tiene Vida eterna”


“El que cree en el Hijo tiene Vida eterna” (Jn 3, 31-36). Jesús contrapone, en este Evangelio, a Él, que viene “de arriba”, es decir, del cielo, con quienes están “abajo”, es decir, en la tierra. Él, que viene del cielo, “está por encima de todos”, porque lo celestial “está sobre todo”, mientras que lo terreno tiene las limitaciones de la tierra. Él es testigo de las cosas de Dios; ha visto y oído, desde la eternidad, lo que su Padre Dios le ha comunicado, su Ser divino, porque es Dios como Él, y ése es el fundamento de su autoridad. Las palabras de Jesús son, por lo tanto, las palabras del mismo Dios; recibir las palabras de Jesús es recibir las palabras del mismo Dios, y como Dios es Vida y Vida eterna en sí mismo, quien recibe la Palabra de Dios recibe la Vida de Dios que es Vida eterna. Es decir, quien recibe a Jesús y a su Evangelio, recibe la Vida eterna de Dios y se salva; por el contrario, quien rechaza a Jesús, Palabra eterna de Dios, rechaza la única fuente de Vida eterna y se auto-condena a sí mismo a la muerte eterna, porque no hay otra fuente de vida posible.
Ahora bien, puesto que esta Palabra de Dios, se ha encarnado en Jesús de Nazareth y Jesús de Nazareth, cumpliendo el designio divino ha realizado su misterio pascual de muerte y resurrección y prolonga su encarnación en la Eucaristía, quien rechaza la fe de la Iglesia en la Eucaristía, rechaza la única fuente de Vida eterna que Dios Uno y Trino ofrece a la humanidad para su salvación. Es a esto a lo que Jesús se refiere cuando dice: “El que se niega a creer en el Hijo en la Eucaristía no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesará sobre él”. Por el contrario, “el que cree en el Hijo en la Eucaristía, tiene Vida eterna”.

         

martes, 29 de abril de 2014

“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”


“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16-21). Algunos autores[1] sostienen que “este versículo encierra la revelación más importante de toda la Biblia” y que por lo tanto, debería ser lo primero que se diera a conocer a los niños y catecúmenos (…) Más y mejor que cualquier noción abstracta, contiene en esencia y síntesis tanto el misterio de la Trinidad cuanto el misterio de la Redención”.
Contiene el misterio de la Trinidad, porque revela a Dios Uno y Trino: Dios Padre envía a Dios Hijo, para que donara todo su Amor, que es el Espíritu Santo; contiene el misterio de la Redención, porque el envío del Hijo por parte del Padre, es para la salvación de todo aquel que crea en el Nombre del Hijo. De hecho, la terrible consecuencia, es la sanción eterna que recibirán aquellos que rechacen al Hijo del Padre: serán abandonados en su ceguera (Mc 4, 12) para que crean al Príncipe de la mentira y se pierdan; esto es lo que San Pablo advierte que ocurrirá cuando aparezca el Anticristo (2 Tes 2, 9-12).
“Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Lo que el hombre tiene que entender, en su relación con Dios, es que lo que mueve a Dios en su relación con él, es el Amor y solo el Amor y nada más que el Amor; no hay, en Dios, otro motor ni otro interés hacia el hombre, que no sea el Amor. Es solo por Amor, que Dios Padre envía a su Hijo a este mundo en tinieblas, a sabiendas que nosotros, los hombres, que “habitábamos en tinieblas y en sombras de muerte” y que estábamos bajo el dominio y la guía del Príncipe de las tinieblas, habríamos de devolverle al Hijo de su Amor, crucificado y muerto en una cruz, y sin embargo, Dios Padre nos lo envía de todas formas, porque su omnipotencia cambia el significado de muerte y odio deicida que nosotros le adjudicamos a la cruz, por el Amor y la Misericordia.
“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Quien libremente no quiera aceptar esta sublime Verdad, contenida en estos dos renglones, indefectiblemente deberá pasar una eternidad de tinieblas; quien la acepte, vivirá una eternidad de Luz, de Amor, de Paz y de Alegría inimaginables.



[1] Por ejemplo, Mons. Keppler.

domingo, 27 de abril de 2014

“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”


“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Luego de resucitar y de dejar el mandato misionero, Jesús ascenderá al cielo, y sus discípulos ya no lo verán más sensiblemente, pero el hecho de que ya no lo vean más sensiblemente, no significa, de ninguna manera, que los dejará sin su Presencia y sin su protección. Jesús les promete que permanecerá con ellos todos los días, hasta el fin de los tiempos: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos”. La ausencia sensible de Jesús se verá compensada por un modo de Presencia nueva y desconocida hasta entonces por el hombre, la Presencia sacramental, porque la promesa de quedarse en medio de los suyos ya ha empezado a cumplirla antes de formularla, desde la Última Cena, desde la consagración de la Eucaristía por primera vez en el Cenáculo en Jerusalén, con la institución de la Eucaristía y lo continúa haciendo toda vez que se celebra la Santa Misa y se consagra la Eucaristía, y lo continuará haciendo hasta el fin de los tiempos, mientras haya un sacerdote ministerial varón, válidamente ordenado que, en comunión con Roma y con la intención de hacer lo que la Iglesia quiere hacer, celebre la Santa Misa.

“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. La promesa de Jesús de permanecer con sus discípulos, en medio de su Iglesia, todos los días, hasta el fin del mundo, se cumple toda vez que un sacerdote ministerial, varón, celebra la Santa Misa y consagra la Eucaristía, pronunciando las palabras de la consagración: “Esto es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre…”.

viernes, 25 de abril de 2014

Domingo in Albis o de la Divina Misericordia


(Domingo II - TP - Ciclo A - 2014)
         “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 19-31). Jesús resucitado se aparece en medio de sus discípulos, que se encuentran en oración, y les infunde el Espíritu Santo. El don del Espíritu Santo es el culmen de su misterio pascual de muerte y resurrección. El Amor de Dios es la respuesta de Dios al deicidio de los hombres. Los hombres habían crucificado a su Hijo, y Dios Padre responde no con ira y con su Justicia divina, sino con Amor y con Misericordia, insuflando el Espíritu Santo, el Amor Divino. Jesús insufla el Amor de Dios, el Espíritu Santo, en el cenáculo, y con esto infunde sobre la Iglesia el Amor y la Misericordia Divina, pero ya en la cruz, cuando estaba ya muerto, ya había infundido sobre la humanidad su Divina Misericordia, cuando el soldado romano traspasó su Corazón y de su Corazón traspasado brotó Sangre y Agua, porque la Sangre y el Agua, que brotaron de las profundidades del Corazón de Jesús, fueron el vehículo para portar al Espíritu Santo, el Amor de Dios.
         El Agua y la Sangre que brotaron del Corazón traspasado de Jesús llevan en sí mismos al Amor de Dios, el Espíritu Santo, y por eso mismo son la Misericordia de Dios para las almas, y es eso lo que Jesús le dice a Sor Faustina Kowalska en sus apariciones como Jesús Misericordioso, hablando de los rayos que brotan de su imagen: “Los dos rayos indican Agua y Sangre. El rayo pálido significa el Agua que hace las almas justas. El rayo rojo significa la Sangre que es la vida de las almas. Estos dos rayos salieron de las profundidades de Mi tierna Misericordia, cuando Mi corazón agonizado fue abierto por la lanza en la Cruz”.
         Esta Misericordia Divina, que se derramó sobre el mundo y la Iglesia desde el Corazón traspasado de Jesús en la Cruz, se comunica en el tiempo y en el espacio a las almas a través de la Iglesia de muchas maneras, principalmente a través de los sacramentos y también a través de las obras de misericordia corporales y espirituales, pero también por el amor fraterno entre los miembros de la Iglesia.
         Pero hay un modo especialísimo por el cual se comunica la Misericordia Divina en estos últimos tiempos que vive la humanidad y es practicando la devoción a Jesús Misericordioso, tal como se le apareció Jesús a Sor Faustina Kowalska, una religiosa polaca en el año 1938. Jesús se le apareció en la celda de su convento a Sor Faustina diciéndole: “Pinta una imagen de acuerdo a esta visión con la frase “Jesús, en Vos confío” y quiso que la imagen fuera honrada especialmente el primer Domingo después de Pascua: “Yo quiero que esta imagen sea solemnemente bendecida el primer Domingo después de Pascua; ese Domingo ha de ser la Fiesta de Mi Misericordia” (…) Yo deseo que esta imagen sea venerada, primero en tu capilla y luego en el mundo entero. Yo prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo victoria sobre sus enemigos aquí en la tierra, especialmente a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé con mi propia gloria”.
         Pero no solo el segundo Domingo después de Pascua se derrama la Misericordia sobre la humanidad, sino todos los días, a las Tres de la tarde, la hora en que murió Jesús en la Cruz, se derrama un torrente inagotable de Misericordia Divina sobre los hombres. Solo basta que nos sumerjamos, por medio de la oración, en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, y el Amor infinito que brota del Corazón traspasado de Jesús se derramará sobre nosotros, sobre nuestros seres queridos, y sobre todos los hombres. Así se lo dice Jesús a Sor Faustina: “Te recuerdo, hija mía, que tan pronto como suene el reloj a las tres de la tarde, que te sumerjas completamente en Mi Misericordia adorándola y glorificándola; invoca su omnipotencia para todo el mundo, y particularmente para los pobres pecadores; porque en ese momento la Misericordia se abrió ampliamente para cada alma” (...) “A la hora de las tres, implora Mi Misericordia, especialmente por los pecadores; y aunque sea por un brevísimo momento, sumérgete en mi Pasión, especialmente en mi desamparo, en el momento de mi agonía. Esta es la hora de gran misericordia para el mundo entero. Te permitiré entrar dentro de mi tristeza mortal. En esta hora, no rehusaré nada al alma que me lo pida por los méritos de mi Pasión”.
Todavía más, incluso fuera del día de la Divina Misericordia, y fuera de las Tres de la tarde, con solo contemplar la imagen de la Divina Misericordia, la Misericordia Divina nos alcanza, con solo contemplar la imagen con fe y con amor. Así dice Santa Faustina al contemplar la imagen de Jesús Misericordioso: “Hoy he visto la gloria de Dios que fluye de esta imagen. Muchas almas reciben gracias aunque no lo digan abiertamente”.
Además, quien recite la Coronilla de la Divina Misericordia -enseñada por Jesús en Persona a Sor Faustina- en la hora de la muerte, recibirá la gracia de la conversión y de la salvación eterna: “Alienta a las personas a recitar la Coronilla que te he dado... Quien la recite, recibirá gran misericordia a la hora de su muerte. Los sacerdotes la recomendarán a los pecadores como su último refugio de salvación. Aún si el pecador más empedernido recita esta Coronilla, al menos una vez, recibirá la gracia de mi infinita misericordia. Deseo conceder gracias inimaginables a aquellos que confían en Mí Misericordia”.
Y si la Coronilla se reza por un moribundo, Jesús en Persona se hace Presente y se interpone entre el moribundo y Dios Padre, intercediendo como Salvador misericordioso y concediendo al moribundo la gracia de la contrición perfecta del corazón y la salvación eterna: “Escribe que cuando reciten esta coronilla en presencia del moribundo, Yo me pondré entre mi Padre y él, no como Juez Justo, sino como Salvador misericordioso”.
La imagen de Jesús Misericordioso es la “última devoción para el hombre de los últimos tiempos”; es la “señal de los últimos tiempos”, es “la última tabla de salvación”[1], a la cual el hombre debe acudir para beneficiarse del “Agua y de la Sangre” que brotaron del Corazón traspasado de Jesús: “(Esta imagen) Es una señal de los últimos tiempos, después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo, que recurran, pues, a la Fuente de Mi misericordia, (y) se beneficien dela Sangre y del Agua que brotó para ellos”[2].
La devoción a la Divina Misericordia  es la última oportunidad para el hombre de los últimos tiempos. Si la humanidad no acude a la Misericordia Divina, morirá sin remedio en el abismo eterno. Dice Jesús: “Di a la Humanidad que esta imagen es la última tabla de salvación para el hombre de los Últimos Tiempos”[3]. (…) “Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi misericordia[4]”.
Ya no habrán más devociones, hasta el fin de los tiempos, ni habrá tampoco más misericordia, una vez finalizados los días terrenos, antes del Día del Juicio Final. Dios tiene toda la eternidad para castigar, pero mientras hay tiempo, hay misericordia. Cada día que transcurre en esta tierra, es un don de la Misericordia Divina, que nos lo concede para retornemos a Dios Trino, para que nos arrepintamos de las maldades de nuestros corazones, para que dejemos de obrar el mal, e iniciemos el camino que conduce a la feliz eternidad, el camino de la cruz. El tiempo, los segundos que pasan, los minutos, las horas, los días, los años, son dones de la Misericordia Divina, que espera con paciencia nuestro regreso al Padre, por medio del arrepentimiento, la contrición, el dolor de los pecados, y el amor a Dios y al prójimo.
Mientras hay tiempo, hay misericordia, y por eso, cada día que Dios nos concede, es un regalo de la Misericordia Divina, que busca nuestro arrepentimiento y nuestro amor a Dios y al prójimo. Pero resulta que el tiempo se está terminando, y que el Día de la ira divina, en donde ya no habrá más misericordia, se está terminando, ya que está cercano el retorno de Jesús, según sus mismas palabras: “Si no adoran Mi misericordia, morirán para siempre. Secretaria de Mi misericordia, escribe, habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia”[5] (…) “Deseo que Mi misericordia sea venerada en el mundo entero; le doy a la humanidad la última tabla de salvación, es decir, el refugio en Mi misericordia”[6] (...) “Antes del día de la justicia envío el día de la misericordia[7]. Estoy prolongándoles el tiempo de la misericordia, pero ¡ay de ellos si no reconocen este tiempo de Mi visita![8].
La Devoción a la Divina Misericordia es la última devoción concedida a la Humanidad, antes del Día del Juicio Final, y prepara a los corazones para la Segunda Venida de Jesucristo, que está próxima: “Prepararás al mundo para Mi última venida”[9].
La imagen de Jesús misericordioso es una señal de los últimos tiempos, que avisa a los hombres que está cercano el Día de la justicia: “Habla al mundo de mi Misericordia… Es señal de los últimos tiempos, después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo para que recurran, pues, a la Fuente de Mi Misericordia”[10].
No hay opciones intermedias: o el alma se refugia en la Misericordia de Dios, o se somete a su justicia y a su ira divina: “Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia”[11].
Jesús nos advierte, con mucha insistencia, que acudamos a beber a la Fuente Inagotable de la Misericordia Divina, que es esta imagen suya, que es su Corazón traspasado, de donde brotan Sangre y Agua, porque es cierto que Jesús es Misericordia infinita, pero también es cierto que Él es también Justicia infinita, porque de lo contrario, no sería Dios Justo, sino que sería un Dios In-Justo, es decir, no sería Dios. Dios es Misericordia y Justicia, y nos ofrece su Misericordia y nosotros debemos aceptar libremente su Misericordia, pero si no queremos pasar por su Misericordia, indefectiblemente deberemos pasar por su Justicia, y para quien no quiera pasar por su Misericordia en esta vida, la Sabiduría Divina preparó el Infierno para que la Justicia Divina pudiera ejercer allí los justos castigos preparados para los que libremente eligieron morir en pecado mortal.
El mismo Jesús Misericordioso fue quien, en un determinado momento, envió a un ángel para que llevara a Sor Faustina al infierno y le hiciera contemplar las terribles torturas a las que son sometidos, para siempre, aquellos que no quisieron aprovechar las innumerables oportunidades de conversión que la Divina Sabiduría les ofrecía. El Catecismo de la Iglesia Católica, en su Compendio, en el Número 212 dice: “El infierno consiste en la condenación eterna de quienes, por libre elección, mueren en pecado mortal”. Quien piensa que Dios es solo Misericordia pura, pero no Justicia, y cree que puede vivir en el pecado y que se arrepentirá a último momento, está equivocado. Precisamente, Jesús llevó a Sor Faustina al infierno, para que diera testimonio de que el infierno existe y de que no está vacío; por el contrario, está ocupado con todos aquellos que pensaron que podían burlar a la Justicia Divina.
         Jesús es Misericordia infinita, pero también es Justicia infinita y por eso llevó a sor Faustina al infierno, para que diera testimonio de su existencia. Dice así el tremendo testimonio de Sor Faustina, y tengamos en cuenta fue Dios quien la llevó y quien le ordenó que diera testimonio de su experiencia:
“Hoy, fui llevada por un ángel a los abismos del infierno. ¡Es un lugar de gran tortura, cómo asombrosamente grande y extenso!
Los tipos de torturas que vi:
-la primer tortura del infierno es la pérdida de Dios;
-la segunda es el remordimiento perpetuo de la conciencia;
-la tercera es que la condición de uno nunca cambiará;
-la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla, un sufrimiento terrible, ya que es un fuego completamente espiritual, encendido por la ira de Dios;
-la quinta es la continua oscuridad y un terrible olor sofocante, pero a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven unos a otros, su propia alma y la de los demás;
-la sexta es la compañía constante de satanás;
-la séptima es la horrible desesperación, el odio a Dios, las palabras viles, maldiciones y blasfemias.
Las mencionadas antes son las torturas sufridas por todos los condenados juntos, pero que no es el fin de los sufrimientos. Hay torturas especiales destinadas para las almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos.
Cada alma padece sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la manera en que ha pecado. Hay cavernas y hoyos de tortura donde una forma de agonía difiere de otra.
Me habría muerto con la simple visión de estas torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Que el pecador sepa que va a ser torturado por toda la eternidad, en esos sentidos que fueron usados para pecar. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma pueda encontrar una excusa diciendo que no hay infierno, o que nadie ha estado allí, y por lo tanto nadie puede decir que no sabe.  Lo que he escrito no es más que una pálida sombra de las cosas que vi. Pero me di cuenta de una cosa: que la mayoría de las almas que hay no creen que haya un infierno. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí!  En consecuencia, pido aún más fervientemente por la conversión de los pecadores”[12].
Es la misma Virgen quien nos advierte de que la Segunda Venida de Jesucristo está cercana, y de que su imagen es una señal de esta venida. Pero tenemos que saber que la imagen no es una carta blanca para pecar y que con Dios y su Misericordia no se juega: la Virgen dice que quien abuse de la Misericordia Divina pasará por la ira de Dios y la ira de Dios será tan terrible, que hasta los ángeles temblarán en ese día. Así le dice la Virgen a Sor Faustina: ‘Yo he dado al mundo el Salvador; tú has de hablar de su Gran Misericordia y prepararlo para su Segunda Venida. Él vendrá, no como Salvador Misericordioso, sino como Justo Juez. Aquel día terrible será día de Justicia, día de la ira de Dios: en aquel día los mismos ángeles temblarán… Habla a los hombres de la Gran Misericordia de Jesús, mientras sea aún el tiempo para conceder la misericordia. Si ahora tú callas, en aquel día tremendo deberás dar cuentas de un gran número de almas… No temas nada; sé fiel hasta el fin’[13]”.
Finalmente, como hemos visto, Jesús asocia numerosísimas gracias asociadas a esta imagen: “Ofrezco a los hombres la vasija con la que han de seguir viniendo a la fuente de la Misericordia para recoger las gracias. Esa vasija es esta imagen con la inscripción: “Jesús, en Vos confío”. Jesús promete que quien venere esta imagen, no perecerá jamás.
Veneremos entonces, la imagen de Jesús Misericordioso, colocándola en el mejor lugar de nuestros hogares, pero sobre todo, la veneremos y la entronicemos en nuestro corazón, y la honremos obrando la misericordia para con el más necesitado, y le pidamos a la Virgen, Madre de Misericordia, que sea Ella quien la grabe en nuestros corazones con el fuego del Espíritu Santo, para que quede allí grabada, en el tiempo y por toda la eternidad[14].




[1] Diario, 998.
[2] Diario, 848.
[3] Diario, 299.
[4] Diario, 288ª.
[5] Diario, 965.
[6] Diario, 998.
[7] Diario, 965.
[8] Diario, 965.
[9] Diario, 429.
[10] Diario, 848.
[11] Diario 1146.
[12] Diario de Santa Faustina, 741.
[13] Diario 635.
[14] Cfr. http://adoremosalcordero.blogspot.com.ar/2011/04/esta-imagen-es-una-senal-de-los-ultimos.html

jueves, 24 de abril de 2014

Viernes de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2014)
         “¡Es el Señor!” (Jn 21, 1-14). Jesús resucitado se aparece a sus discípulos y se encuentra de pie, en la playa. Los discípulos están ocupados en la tarea de pescar; el primero en reconocerlo es Juan, “el discípulo a quien Jesús más amaba”, dice el Evangelio, de ahí su exclamación admirativa y el hecho de ser el primero en reconocerlo, mientras los demás están ocupados en el trabajo.
No es al azar que el mismo Juan sea el que destaque el hecho de que Jesús lo amaba “más que a los demás”, porque quiere decir que Juan es depositario del Espíritu Santo con una mayor intensidad que el resto de los discípulos, y es esto lo que contribuye a que Juan sea el primero en descubrir a Jesús resucitado que está en la orilla, mientras los demás tienen sus mentes y corazones ocupados en las cosas del mundo. El Amor de Dios, el Espíritu Santo, es el que eleva al alma haciéndola participar de la naturaleza divina, comunicándole de la naturaleza divina, capacitándola para conocer y amara a Dios Uno y Trino como Dios Uno y Trino se conoce y se ama a sí mismo, y esto es lo que le sucede a Juan. En otras palabras, cuando Juan dice: “Es el Señor”, no significa que está rememorando con su memoria psicológica humana y trayendo a la memoria recuerdos de cuando salía a predicar con Jesús; no significa que recordaba el amor de amistad preferencial de Jesús en cuanto Maestro o rabbí religioso; significa que Jesús y el Padre le han comunicado el Espíritu Santo y el Espíritu Santo le ha dado la gracia de conocer y amar a Jesús en cuanto Hombre-Dios, en cuanto Dios hecho Hombre sin dejar de ser Dios, en cuanto Verbo Divino humanado que muriendo en la cruz ha derramado su Sangre voluntariamente y ha dado su Vida divina para resucitar y rescatar de la muerte a quienes crean en Él y lo amen con un corazón sincero; significa que al mismo tiempo que exclama admirativamente: “¡Es el Señor!”, arde en su corazón el ardor inconfundible del Fuego del Amor del Espíritu Santo.

“¡Es el Señor!”. La misma exclamación admirativa y el mismo ardor del Fuego del Espíritu Santo que experimentó el Apóstol Juan en la barca al divisar a la distancia a Jesús resucitado esa mañana en el lago Tiberíades, debería expresarla el discípulo de Jesús que divise la Eucaristía, al ser elevada en la ostentación eucarística, en la Santa Misa, y debería también, si Dios así se lo concede, sentir arder en su pecho, el ardor del Fuego del Amor del Espíritu Santo. 

miércoles, 23 de abril de 2014

Jueves de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2014)
         “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer” (Lc 24, 35-48). El Evangelista destaca dos reacciones en los discípulos ante la aparición de Jesús resucitado: “admiración” y “alegría”. Se trata de dos aspectos completamente descuidados por los cristianos y que son los responsables del ateísmo y de la secularización en la que ha caído el mundo moderno. La “admiración” es la capacidad de contemplar la realidad y descubrir en ella el misterio que la envuelve. Según Aristóteles, la admiración es el principio del filosofar; sin admiración, el hombre solo mira la superficie de la realidad, sin adentrarse en lo profundo, como el que navega por el mar, pero no se sumerge en él para bucear en la profundidad. Si la admiración es necesaria en la vida natural, en lo sobrenatural se da de modo espontáneo, puesto que la contemplación del Ser trinitario provoca admiración en la creatura, dada la extraordinaria majestad y hermosura que posee en sí mismo el Ser trinitario. Con respecto a la alegría, es un aspecto que también ha sido descuidado por el cristianismo, puesto que por lo general, el cristianismo ha sido presentado con un rostro demasiado duro, sin alegría, o, en el extremo opuesto, con una alegría sosa, rayana en la bobería y en la superficialidad, siendo los dos anti-testimonios del verdadero cristianismo. En el caso de la escena evangélica, se dan el verdadero asombro y la verdadera alegría, que son el asombro y la alegría sobrenaturales: los discípulos contemplan a Jesús, resucitado y glorioso, y no caben en sí de la alegría y el asombro; están tan maravillados, que no pueden creer lo que contemplan y esto es lo que les sucede a los ángeles y a los santos en el cielo, en la visión beatífica en el cielo: la contemplación del Ser trinitario, de su hermosura, causa tanta admiración y gozo, que literalmente la creatura, sea angélica o humana, sería aniquilada por el gozo y la alegría, si no fuera auxiliada por la gracia. En otras palabras, para contemplar la hermosura de la Santísima Trinidad, es necesario el auxilio de la gracia santificante, para no morir de gozo y de alegría, y esto para el ángel y para el santo, no solo para el simple mortal. De igual modo, los discípulos en el cenáculo, deben ser auxiliados por la gracia, para no morir de la alegría.

         “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”. Si alguien escribiera la reacción, al menos interior, de los cristianos que adoran la Eucaristía -y de los que asisten a la Santa Misa, porque el que asiste a Misa, debe adorar la Eucaristía-, debería describir la misma reacción experimentada por los discípulos ante Jesús resucitado. Y los que se encuentran cotidianamente con los que adoran la Eucaristía -y asisten a Misa-, deberían experimentar la misma alegría y el mismo asombro, como si se encontraran con Jesucristo en Persona, porque la contemplación y adoración de Cristo tiene esa finalidad: la transformación de la persona en Cristo: “Ya no soy yo, sino Cristo, quien vive en mí” (Gal 2, 20). Esto es lo que sucedía en los santos, en quienes se daba el triunfo completo de Cristo, porque para eso ha venido Cristo: para que muera el hombre viejo y para que nazca el hombre nuevo, el hombre regenerado por la gracia. En otras palabras, el que se encuentra con un adorador -y con el que comulga la Eucaristía-, debería experimentar el gozo y la alegría de encontrar al mismo Cristo.

martes, 22 de abril de 2014

Miércoles de la Octava de Pascua



(Ciclo A - 2014)
“Estando a la mesa bendijo el pan (entonces) los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron” (Lc 24, 35-48). Los discípulos de Emaús reconocen a Jesús solo después de la fracción del pan. Hasta ese momento, habían estado conversando con Jesús, pero lo habían confundido con un extranjero. Muchos autores piensan que la cena que comparten con Jesús y en la cual lo reconocen al partir el pan, es en realidad la celebración de la Misa, con lo cual la fracción del pan sería un acto sacramental, aunque otros lo niegan. De todos modos, se trate o no de la celebración de una Misa, es indudable que en ese momento, en la fracción del pan, Jesús infunde el Espíritu Santo sobre los discípulos, con lo cual estos adquieren la capacidad sobrenatural de reconocerlo. Esta capacidad sobrenatural de reconocer a Jesús se acompaña de un ardor que experimentan en sus corazones, fruto de la caridad o amor celestial que los inunda por la Presencia de Jesús entre ellos.

A pesar de que los discípulos de Emaús caminan al lado de Jesús y hablan con Él, no lo reconocen, porque hay en ellos un misterioso impedimento que no les permite reconocerlo: “algo impedía que sus ojos lo reconocieran”. Este impedimento desaparece con la efusión del Espíritu por parte de Jesús en el momento de la fracción del pan. También a nosotros nos pasa como a los discípulos de Emaús: somos discípulos de Jesús; lo conocemos, hablamos con Él en la oración, caminamos con Él día a día, lo invitamos a nuestros aposentos, a que cene con nosotros, es decir, lo recibimos en nuestros corazones, en la comunión eucarística, pero en el fondo, no dejamos de tratarlo como a un forastero, como a un extranjero, como a un desconocido, como a uno a quien vemos por primera vez en la vida, como a uno a quien no conocemos. Es necesario, por lo tanto, que Jesús nos infunda su Espíritu Santo, para que abra nuestros ojos del alma, para que lo podamos ver y verdaderamente conocer no como a un forastero, sino como a nuestro Dios, como a nuestro Salvador, como a nuestro Redentor, como al Hombre-Dios, que entregó su vida por nosotros en la cruz. Y entonces sí arderá nuestro corazón con el fuego del Amor del Espíritu Santo y le diremos: “Quédate con nosotros, Jesús, porque es tarde y el día se acaba; quédate con nosotros, y no te vayas nunca”.

lunes, 21 de abril de 2014

Martes de la Octava de Pascua


(Ciclo A - 2014)
“Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20, 11-18). María Magdalena va al sepulcro a llorar la muerte de Jesús. Se asoma al sepulcro pero en lugar del cuerpo de Jesús, ve a dos ángeles que le preguntan: “Mujer, ¿por qué lloras?”; luego, ve a Jesús, de pie, vivo, glorioso y resucitado, pero no lo reconoce, y Jesús le hace la misma pregunta: “Mujer, ¿por qué lloras?”. María, que ha ido en busca de un cadáver, no reconoce a Jesús vivo y glorioso, lleno de vida y de luz; sus ojos están nublados por las lágrimas y el dolor del Viernes Santo; su mente y su alma se han quedado en la tribulación de la Pasión del Via Crucis; su alma no ha podido trascender el dolorosísimo impacto que ha significado para todos los discípulos el ver a Jesús hecho un guiñapo sanguinolento, colgado de la cruz y muerto en la cruz; no solo sus ojos y su retina, sino su mente, su memoria, su imaginación, todos sus sentidos, han quedado impactados por el dolor del Viernes Santo y por el silencio atronador del Sábado Santo, y han ocultado las palabras de Jesús de que Él iba a resucitar al tercer día, y es por eso que María Magdalena, a pesar de que ama a Jesús más que a su propia vida, va al sepulcro a buscar a un cadáver y no a Jesús resucitado. Su fe no trasciende la tribulación, la prueba, la cruz del Viernes Santo, del Sábado Santo, y no es capaz de llegar al Domingo de Resurrección. No son las lágrimas de sus ojos las que le impiden reconocer a Jesús: es su fe puesta a prueba en la tribulación, que no ha superado la prueba. María Magdalena busca un cadáver, a un Jesús muerto, y no a un Jesús vivo, y por eso llora.

“Mujer, ¿por qué lloras?”. Muchos cristianos, en la Iglesia, se comportan como María Magdalena: en el momento de la prueba, en el momento de la tribulación, en el momento del Viernes Santo, se comportan como si Jesús estuviera muerto, como si Jesús fuera un cadáver, como si Jesús estuviera sepultado, sin vida, en el sepulcro, como si jamás hubiera resucitado. También a esos cristianos, Jesús les dice, desde el sagrario: “Tú, cristiano, ¿por qué lloras? ¿Por qué actúas sin fe? ¿Acaso no estoy Yo vivo, glorioso y resucitado en la Eucaristía?”.

domingo, 20 de abril de 2014

Lunes de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2014)
“Alégrense” (Mt 28, 8-15). Jesús resucitado encuentra a las mujeres de Jerusalén y la primera orden que les da, en cuanto Jefe máximo de la Iglesia Católica, es: “Alégrense”. La alegría es la nota distintiva de la Resurrección, pero no se trata de una alegría que pueda compararse, en modo alguno, a la alegría conocida por el hombre en la tierra. No es una alegría humana, que surge de experiencias humanas, ni por motivos humanos. La orden de Jesús dada a las mujeres de Jerusalén: “Alégrense”, no se basa en motivos terrenos, y ellas no pueden cumplir esa orden por ellas mismas, porque la razón última de esa alegría no reside en la tierra, no se origina en la tierra, ni tiene por causa nada que sea conocido por el hombre.
La causa de la alegría es de origen celestial, y es la Resurrección de Jesucristo, por lo tanto, cuando Jesucristo les impera, les manda alegrarse, les comunica al mismo tiempo la gracia de la alegría, lo cual implica comunicarles antes la gracia del conocimiento de Él en cuanto Hombre-Dios resucitado, venido del Abismo de la muerte, Vencedor victorioso del pecado, de la muerte y del infierno. La alegría del cristiano no es por lo tanto una alegría bobalicona, mundana, superficial, antojadiza, terrena, sino celestial, profunda, divina, cimentada en la gracia, y que no solo puede sino que debe estar presente incluso en las más duras tribulaciones, y ejemplo de esto son los mártires, que caminaban hacia el martirio y enfrentaban a sus verdugos con una sonrisa en sus labios y entonaban cantos de triunfo a Cristo Rey mientras se dirigían a la muerte.

“Alégrense”. También a nosotros, cristianos del siglo XXI, que vivimos en medio de las tribulaciones de la vida cotidiana, nos repite lo mismo, desde la Eucaristía, como se lo dijo Jesús resucitado, a las mujeres de Jerusalén. Pero nosotros contamos con una ventaja, que no tuvieron las santas mujeres de Jerusalén: a ellas les dijo que se alegraran, pero no les dio de comer su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. A nosotros, desde la Eucaristía, nos dice: “Alégrense”, y se nos dona con su Cuerpo, su Sangre, su Alma su Divinidad y su Amor, para que nuestra alegría sea completa.

viernes, 18 de abril de 2014

Domingo de Pascuas de Resurrección


(Ciclo A – 2014)
         “El primer día de la semana (…) llegó Pedro (…) luego el otro discípulo (…) todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 1-9). Durante la tarde y la noche del Viernes Santo y durante todo el Sábado Santo, el Cuerpo Santísimo de Nuestro Señor Jesucristo, que yace envuelto en el Santo Sudario y tendido en la oscura y fría losa sepulcral. Desde que la piedra selló la entrada, solo el silencio y la oscuridad reinaron en el sepulcro nuevo, nunca usado por nadie antes, cedido por José de Arimatea a la Madre de Jesús, María Santísima. El hecho de que el sepulcro fuera nuevo, anticipaba ya el hecho maravilloso de la Resurrección del Domingo: la muerte jamás habría de tomar contacto con el Cuerpo Santísimo del Señor Jesús y el hedor de la muerte nunca habría de ser percibido en el sepulcro, porque la muerte habría de ser derrotada para siempre por Aquel que era la Vida en sí misma, porque el que yacía en el sepulcro no era un hombre más, sino el Hombre-Dios, Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, que se había encarnado en el seno purísimo y virginal de la Madre de Dios precisamente para derrotar de una vez y para siempre a los tres grandes enemigos de la humanidad: la muerte, el pecado y el demonio.
         La derrota de los tres grandes enemigos del hombre se produjo en la cruz, pero su manifestación visible tuvo lugar en el Santo Sepulcro, y sucedió de la siguiente manera. En la madrugada del tercer día, el día Domingo, la oscuridad del sepulcro se disipó repentinamente y para siempre con la aparición de una luz brillantísima, poderosísima, emitida por una fuente de energía lumínica de origen divino, desconocida para la creatura humana y angélica. Ubicada a la altura del Corazón de Jesús, esta fuente de luz, de una potencia y cualidad infinitamente superior a todo artefacto conocido o por conocer por el hombre, en una millonésima de millonésima de segundo, surgiendo desde lo más profundo del Corazón de Jesús, y expandiéndose desde su Corazón a todo el Cuerpo, iluminó todo el Cuerpo de Jesús, y debido a que era una luz “viva”, es decir, era una luz que tenía en sí misma vida, porque esa luz era una luz divina, porque esa luz era la Vida en sí misma, porque era Dios en sí mismo, al mismo tiempo que iluminaba el Cuerpo de Jesús, le daba vida, y como era la vida de Dios, lo glorificaba, de modo que el Cuerpo de Jesús quedó iluminado y glorificado gracias a esa luz gloriosa que surgía de su propio Sagrado Corazón; es decir, era Él mismo, quien se daba así mismo la Vida, porque Él lo había dicho: “Nadie me quita la vida; Yo la doy voluntariamente; tengo autoridad para darla y tengo autoridad para tomarla” (Jn 10, 18). Esta energía lumínica fue tan grande y tan rápida que fue capaz de imprimir el Cuerpo de Jesús en el lienzo[1], al tiempo que fue capaz de convertir la materia del Cuerpo de Jesús en materia glorificada, es decir, fue capaz de convertirlo en un Cuerpo glorioso y por lo tanto hacerlo capaz de traspasar la materia, además de hacerlo luminoso, radiante, espiritual, inmortal y lleno de la gloria de Dios[2].
         Fue con este Cuerpo glorioso, luminoso, radiante, lleno de la gloria y de la vida divina, que Jesús se apareció, según la Tradición, primero a María Santísima, como premio a su Amor de Madre y al haber estado la Virgen junto a la cruz durante su agonía y hasta que murió y durante todo el Viernes y el Sábado Santo, hasta el Domingo, esperando la Resurrección, y luego, según las Escrituras, se apareció a sus discípulos, a las Santas Mujeres y a los Apóstoles, incluido a Tomás el Incrédulo, el que luego de ver sus llagas y meter la mano en su Costado abierto, creyó. Fue con su Cuerpo glorioso, lleno de luz y de gloria divina, que provocó “asombro”, “estupor”, alegría”, “gozo”, entre sus discípulos y amigos, dejándolos mudos de la alegría, ya que era tanta la alegría que tenían de verlo, que no podían articular palabra.
Pero lo más asombroso de todo es que el Día Domingo –todo día Domingo, todos los días Domingos- es partícipe de ese resplandor divino, por eso el Domingo se llama “Dies Domini” o “Día del Señor”, y ésa es la razón por la cual la Iglesia prescribe, bajo pena de pecado mortal, la asistencia a la Misa Dominical: asistir a Misa el Domingo es asistir al Calvario porque la Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, pero es también asistir al Santo Sepulcro vacío, porque Jesús ya no está tendido con su Cuerpo muerto en la losa del sepulcro, sino que está con su Cuerpo glorioso, vivo y resucitado, en el altar eucarístico, en la Eucaristía.
Y esto último es lo más asombroso de todo: que la Eucaristía es ese mismo Señor Jesús, que estuvo muerto en la cruz y que resucitó en el sepulcro el Domingo de Pascua, el Domingo de Resurrección y viene a nuestros corazones en la comunión eucarística, que a menudo son oscuros y fríos, como la losa del sepulcro, para convertirlos en luminosos y radiantes sagrarios vivientes.





[1] De la energía lumínica de origen divino que infundió la Vida, la luz y la gloria divina en el Cuerpo muerto de Jesús, es testigo la Sábana Santa de Turín o Síndone, que está expuesta en la ciudad de Turín, en Italia. Para más detalle: http://santosudariodejesus.blogspot.com.ar/
[2] http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p122a5p2_sp.html

jueves, 17 de abril de 2014

Sermón de la Soledad de la Virgen de los Dolores


         Es Viernes Santo. Jesús ha muerto en la cruz; su Cuerpo Santísimo ha sido ya sepultado. La piedra del sepulcro ha sido ya sellada sobre la entrada, dejando el Cuerpo muerto del Hijo de la Virgen tendido en la fría y oscura losa sepulcral. Todos se han retirado.
Solo la Virgen de los Dolores, con sus vestidos todos cubiertos con la Sangre Preciosísima del Redentor, ha quedado de pie, al lado de la puerta sellada del sepulcro, en silencio y sollozando, con el dolor que oprime y atenaza su Inmaculado Corazón. El dolor la invade por oleadas incontenibles, sube hasta su garganta, quisiera estallar en gritos, pero se deshace en silencios que sólo Dios Padre conoce. El dolor que tritura al Inmaculado Corazón de María se convierte en lágrimas que a torrentes brotan de los ojos de la Purísima Concepción, que han perdido la Luz y la Alegría que iluminaba sus días, su Hijo, Cristo Jesús.
Llora la Virgen de los Dolores, llora amargamente la pérdida del Hijo de su Amor, su Hijo Jesús. Llora este Sábado Santo, y no quiere que nadie la consuele, porque es la Raquel de la que habla la Escritura; llora porque su Hijo ya no está para consolarla con su Presencia; llora porque no hay dolor más grande que el suyo; llora porque con la muerte de su Hijo ha muerto la vida suya, porque su Hijo era su vida, y al no vivir su Hijo, la Virgen siente que aunque Ella esté viva, se siente como si estuviera muerta, y es así que hubiera deseado mil veces morir Ella y que viviera su Hijo; pero al mismo tiempo sabe que era necesario que su Hijo muriera en la cruz para que los hombres, muertos por el pecado, pudieran nacer a la vida nueva de los hijos de Dios. Llora la Virgen Madre, llora lágrimas de sangre, porque su Hijo era lo que más amaba, y todo lo que amaba lo amaba en su Hijo, por su Hijo y para su Hijo, y sin su Hijo, le parece a la Virgen que nada tiene vida y le parece que Ella misma está sin vida y por eso a cada instante se siente desfallecer.
Llora la Virgen de los Dolores, llora lágrimas de sangre, por la terrible crueldad del corazón de los hombres, que no tuvieron piedad con el Hijo de su Amor y le dieron terrible muerte de cruz; llora la Virgen por la crueldad de los hombres, que le mataron a su Hijo, cuyo único delito fue amarlos con locura y darles su Vida por amor, y ahora su Hijo Jesús está muerto en el sepulcro, después de haberles dado hasta la última gota de su Preciosísima Sangre en la cruz.

Llora la Virgen, desde el Viernes Santo, llora un día, y el Sábado también, llora dos días, y también tres, pero en su Corazón Purísimo, en lo más íntimo, resuenan alegres las palabras de su Hijo Jesús: “Al tercer día resucitaré”. Llora la Virgen de los Dolores y entre lágrima y lágrima, una sonrisa suelta, esperando, alegre y confiando, a su Hijo que ya vuelve de la muerte, triunfante, victorioso y glorioso, para ya no morir más, lleno de luz y de gloria, el Domingo de Resurrección.

miércoles, 16 de abril de 2014

Viernes Santo - Adoración de la Santa Cruz


(Ciclo A – 2014)
         ¿Por qué los cristianos adoramos la cruz? Vista con ojos humanos, la cruz es signo de tortura, de barbarie, de locura, de humillación. No hay lugar más humillante que la cruz; no hay lugar más doloroso que la cruz; no hay lugar más triste que la cruz; no hay lugar más penoso que la cruz. Y sin embargo, los cristianos, todos los años, todos los Viernes Santos, adoramos la cruz. ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo?
Fueron los romanos los que establecieron la muerte en cruz como escarmiento público reservado para los peores criminales, para que los que los vieran, supieran cuán terribles eran los tormentos que les esperaban si a alguien se le ocurría infringir la ley o desafiar al imperio. La cruz era sinónimo, en la Antigüedad, de delito, de castigo, de condena, y también de maldición, como lo dice la misma Escritura: “maldito el que cuelga del madero” (Dt 21, 23Gal 3, 13). Para la Sagrada Escritura, la cruz era sinónimo de maldición, porque significaba que el que colgaba de la cruz, era porque ese se había apartado de los caminos de Dios y había terminado su vida de esa manera, alejado de la bendición divina. Entonces nosotros nos volvemos a preguntar la pregunta del inicio: si la cruz es sinónimo de tortura, de locura, de barbarie: ¿por qué los cristianos adoramos la cruz?
         Ante todo, tenemos que saber que los cristianos no adoramos al madero de la cruz, sino que adoramos a Cristo crucificado en la cruz y a la Sangre de Cristo que ha embebido y ha penetrado el leño de la cruz. Adoramos la cruz que está empapada con la Sangre de Cristo; adoramos la Sangre de Cristo que está en la cruz y es la Sangre de Cristo en la cruz la que nos salva y es eso lo que adoramos y no un simple madero. No adoramos al madero en sí, sino al Rey Jesús que está clavado en la cruz[1] y que empapa al leño de la cruz con su Sangre Preciosísima y que con sus brazos extendidos se ha hecho cruz; adoramos al Sumo Pontífice Jesús, al Sumo y Eterno Sacerdote Jesús, que con sus brazos extendidos se ha hecho cruz y que con su Sangre que brota de sus heridas abiertas ha empapado la cruz y ha impregnado el madero.
         Adoramos a Jesús que triunfó en la cruz y que transformó el signo de humillación, de dolor, de ignominia y de muerte en símbolo y misterio de vida eterna y de gloria divina. A partir de Jesús, la cruz ya no es más sinónimo de castigo, muerte y humillación, sino de vida y de gloria, pero no de vida y de gloria humanos, sino de vida y de gloria divinas, porque el que está en la cruz es el Hombre-Dios y es Dios el que, con su poder divino, transforma y cambia todo, invierte todo, dándole un nuevo significado. ¿De qué modo le da Dios un “nuevo significado” a la cruz? Para saberlo, tenemos que saber cuál es el significado que nosotros, los hombres, le damos  a la cruz con nuestros pecados.
Nosotros, los hombres, le damos a la cruz el significado que le daban los antiguos romanos: un significado de tortura, de humillación, de muerte. Jesús cargó con nuestros pecados, con todos, absolutamente todos, los de todos los hombres de todos los tiempos, y recibió el castigo que la Justicia Divina tenía reservados para todos los pecados, desde el más leve, hasta el más grave. Eso es lo que dice el profeta Isaías: “Él fue castigado por nuestras rebeldías, molido por nuestras iniquidades. El castigo por nuestra paz cayó sobre Él y por sus heridas hemos sido sanados” (53, 5ss). La Sagrada Escritura, el profeta Isaías, es decir, el Espíritu Santo, que habla a través del profeta Isaías, es muy explícito: “fue castigado por nuestro pecados; sus heridas nos han sanado”. Nosotros, los hombres, le matamos a Dios a su Hijo en la cruz, con nuestros pecados, cometiendo el pecado de deicidio. Éste es el significado que nosotros, los hombres, le damos a la cruz; humillación, tortura, dolor, muerte. Jesús es la Vid Verdadera que ha sido triturada en la Vendimia de la Pasión y que ha dado el Vino exquisito, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, su Sangre derramada a través de sus heridas abiertas y sus heridas han sido abiertas por causa nuestra, por nuestros pecados, que Él tomó sobre sus espaldas.



Il trasporto di Cristo al sepolcro,
Antonio Ciseri

Pero nuestro Padre, Dios, que es Amor infinito, pero que es también infinita Justicia, hizo prevalecer su Misericordia por encima de su Justicia, y no nos pagó con nuestra misma moneda y tuvo compasión de nosotros y nos perdonó, nos tuvo misericordia y Amor infinitos; Dios nos perdonó en Cristo; Dios nos tuvo misericordia en Cristo, y en vez de castigarnos por haber matado a su Hijo, nos dio Amor y Misericordia; en vez de condenarnos, nos abrió las Puertas de su Divina Misericordia, el Corazón traspasado de su Hijo Jesús, el Sagrado Corazón, de donde fluyen la Sangre y el Agua, el Agua que justifica las almas y la Sangre que da vida a las almas[2]. Nosotros, todos los hombres, matamos a su Hijo en la cruz, y Dios Padre, en vez de descargar su Justicia, como lo merecíamos, derramó sobre el mundo su insondable Misericordia Divina, cuando el soldado romano, siguiendo los designios divinos, traspasó el costado de Jesús y abrió una brecha en el Sagrado Corazón de Jesús, dejando así escapar Sangre y Agua, la Sangre, la Sangre, que da vida a las almas, y el Agua, que las justifica, y que a lo largo del tiempo, se transmite a los hombres por medio de los sacramentos de la Iglesia. Esta es la razón por la cual nosotros, los cristianos, adoramos la Santa Cruz: porque en ella Dios Padre nos redimió, nos perdonó y nos salvó, porque en vez de juzgarnos y condenarnos con su Justicia, nos abrió los abismos insondables de su Divina Misericordia, las entrañas del Corazón de su Hijo Jesús traspasado en la cruz. Nosotros descargamos sobre Jesús en la cruz, golpes de martillo y flagelos e insultos; Jesús derramó desde la cruz, sobre nosotros, Sangre y Agua desde su Corazón traspasado, y con su Sangre y Agua, todo el Amor y la Misericordia Divina, porque con la Sangre y el Agua, iba el Espíritu Santo, que es la Persona-Amor de la Santísima Trinidad.
Por último, hay un motivo más por el cual adoramos la Santa Cruz, sobre todo en el oficio litúrgico del Viernes Santo, y es que por el misterio de la liturgia, nos hacemos misteriosamente partícipes de los acontecimientos sucedidos hace veinte siglos en Tierra Santa; es decir, nos unimos, por la liturgia, y por la gracia bautismal, ya que somos miembros del Cuerpo Místico, al Hombre-Dios Jesucristo, que por su Pasión, nos redime. Por la liturgia, no hacemos una mera conmemoración simbólica, ni ejercitamos simplemente la memoria psicológica de nuestras mentes humanas; como miembros vivos de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo e injertados por el Bautismo en Cristo, Hombre-Dios, participamos, misteriosamente, de su Pasión redentora, de manera tal que, de un modo que no entendemos, pero que es real, participamos en cierta forma de su Pasión llevada a cabo hace más de veinte siglos. Adoramos la cruz porque en cierto sentido, estamos ante Cristo que muere por nosotros, en el Calvario, siendo nosotros, por el misterio de la liturgia, co-presentes a ese momento histórico y por eso adoramos a Cristo, Hombre-Dios, que por nosotros muere en la cruz.








[1] Cfr. Odo CaselMisterio de la Cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid 19642, 244.
[2] Cfr. Sor Faustina Kowalska, Diario, 300.

martes, 15 de abril de 2014

Jueves Santo


(Ciclo A – 2014)
         “Habiendo amado a los suyos (…) los amó hasta el fin” (Jn 13, 1-15). No es la obligación, porque Jesús no está obligado por nada ni por nadie, ni tampoco la necesidad, porque Jesús no necesita de nada ni de nadie, lo que mueve a Jesús a dar inicio a su Pasión. Lo que mueve a Jesús a cumplir la Pasión es el Amor: “Habiendo amado a los suyos (…) los amó hasta el fin”. Es por Amor, que Jesús, siendo Dios omnipotente, se humilla hasta el extremo de lavar los pies a sus discípulos, haciendo una tarea propia de esclavos, para que sus discípulos no solo eviten la soberbia, primer escalón en el camino de la eterna perdición, sino que comiencen el camino que los conducirá al cielo, imitándolo a Él en la humildad; es por Amor, que Jesús, en la Última Cena, antes de subir a la cruz y entregar su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad, en el Sacrificio del Calvario, deja su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad, en el Pan de Vida eterna, en la Hostia consagrada, instituyendo así la Eucaristía, la Santa Misa, convirtiendo la Última Cena en la Primera Misa y cumpliendo de esa manera la promesa de que no habría de abandonarnos y de que habría de permanecer con nosotros “hasta el fin de los tiempos”, “hasta el último día”; es por Amor que Jesús, en la Última Cena, instituye el sacerdocio ministerial, transmitiendo a los hombres, y solo a los varones, no a las mujeres, el poder de consagrar su Cuerpo y su Sangre, transubstanciando, por el poder del Espíritu Santo, que pasa a través de ellos cuando pronuncian la fórmula de la consagración en la Santa Misa, el pan y el vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de manera tal que los hombres de todos los tiempos, hasta el fin de los tiempos, puedan ser alimentados con el Verdadero Maná, el Pan caído del cielo, el Pan súper-substancial, la Eucaristía, en su peregrinar hacia la Patria celestial; es por Amor que Jesús, en la Última Cena, instituye el Sacerdocio ministerial, de manera tal que los hombres puedan recibir los sacramentos, verdaderos manantiales de gracia divina, que son la prolongación del Agua y la Sangre que brotaron de su Corazón traspasado en la cruz; es por Amor que Jesús deja el Mandamiento Nuevo, verdaderamente nuevo, el mandamiento de la caridad: “Os doy un mandamiento nuevo: ‘Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado’”, porque si bien los judíos conocían el mandato del amor al prójimo, la novedad del mandato de Jesús radica en que los cristianos deben amarse como Cristo los ha amado, es decir, con el Amor de la Cruz, y el Amor de la Cruz es un amor no natural, sino sobrenatural, porque es el Amor del Hombre-Dios, es el Amor del Espíritu Santo, es el Amor del Padre y del Hijo, es el Amor que es la Persona Tercera de la Trinidad, la Persona-Amor de la Trinidad. Amar como Cristo nos ha amado significa amar con amor de cruz, es decir, amar con Amor sobrenatural, no humano, sino celestial, y esto quiere decir un amor divino, desconocido para el hombre y que por lo mismo debe ser solicitado insistentemente, permanentemente, en la oración, porque el hombre no lo tiene y no lo conoce. Para amar “como Cristo nos ha amado”, es decir, para cumplir el mandamiento nuevo que Cristo nos ha dejado, es necesario acudir a la intercesión y mediación del Inmaculado Corazón de María, puesto que se trata del Amor del Espíritu Santo, un Amor que está contenido en el Inmaculado Corazón de María Santísima. Por lo tanto, quien no hace oración a los pies de Cristo crucificado y de María Santísima, que está de pie junto a la cruz; quien no hace oración de rodillas ante el sagrario y ante la Virgen Custodia del Sagrario, no puede recibir este Amor que nos dejó como legado Jesús en la Última Cena y que es el único mandamiento que necesitamos cumplir para entrar en el cielo, porque en este mandamiento está resumida toda la Ley Nueva: quien ama al prójimo “como Cristo nos amó”, es decir, con el Amor del Espíritu Santo, ama con amor perfecto, y quien ama con amor perfecto a su prójimo, ama a Dios con amor perfecto, y quien ama a Dios y al prójimo con amor perfecto, tiene abiertas las Puertas del cielo, es decir, el Sagrado Corazón de Jesús.



         “Habiendo amado a los suyos (…) los amó hasta el fin”. En la Última Cena, en la Pasión, todo lo hace Jesús movido por el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Pero no solo en la Última Cena, que fue la Primera Misa. En cada Santa Misa, sigue actuando Jesús movido por el Amor del Espíritu Santo, porque es por Amor que Jesús nos invita a que nos alimentemos de su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. No tiene Él necesidad de nosotros, sino que somos nosotros, los que tenemos necesidad de recibir su Amor, el Amor Eterno que arde en su Sagrado Corazón Eucarístico.