sábado, 31 de mayo de 2014

Solemnidad de la Ascensión del Señor


(Ciclo A – 2014)
         “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Jesús asciende a los cielos con su Cuerpo glorioso y resucitado. De esta manera, cumple gran parte de su misterio pascual de muerte y resurrección. Al ascender, lleva su humanidad resucitada, que ha pasado ya por la amargura y la tribulación de la muerte de la Pasión y de la muerte de cruz, al cielo, al seno del Padre eterno, y la lleva glorificada, como primicia de todos aquellos que morirán en gracia, que se harán acreedores de los méritos que Él consiguió con su sacrificio en cruz. Jesús Resucitado, Glorioso, que Asciende entre aclamaciones, hosannas y aleluyas de los ángeles del cielo, es la Cabeza de la Nueva Humanidad, la humanidad regenerada por la gracia, la humanidad que ha sido adoptada por Dios, la que sido bañada y regenerada en la Sangre del Cordero, la que ha sido lavada en las aguas purísimas de la gracia santificante, las aguas que brotan de las entrañas del Sagrado Corazón traspasado por la lanza en la cruz. Jesús es la Cabeza de la Nueva Humanidad, gloriosa y resucitada, que asciende entre aclamaciones de triunfo, porque ha vencido para siempre en la cruz a los crueles enemigos de la humanidad, el demonio, la muerte y el pecado, y ahora ingresa en el santuario del cielo, con la Humanidad regenerada por la gracia, glorificada, luminosa, refulgente, llena de la Vida, del Amor y de la Luz de Dios Uno y Trino, y lo hace como anticipo del ingreso del Cuerpo Místico de la Iglesia, los bautizados que morirán en gracia, los fieles que en el momento de la muerte estarán configurados con Cristo porque lo habrán aceptado como a su Dios y Señor, como a su Salvador y Redentor y habrán pedido perdón de sus pecados, habrán dejado que su Sangre les lave sus heridas y les purifique las pústulas y las lesiones del pecado, quedando sus almas purificadas y regeneradas por la gracia santificante y también sus cuerpos, que al pasar a la otra vida, serán glorificados y así, sus almas y cuerpos, es decir, toda su humanidad, glorificada, entrará al cielo, como parte del Cuerpo Místico de Jesús, Cabeza de la Humanidad regenerada por la gracia, que ha entrado primero, como primicia, en el santuario del cielo.
         “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Parece una paradoja, o un contrasentido, la promesa de Jesús, de permanecer en su Iglesia, con sus discípulos, todos los días, hasta el fin de los tiempos, en el mismo momento en el que justamente, desaparece de la vista de ellos, para ascender al cielo, es decir, para no ser visto ya más. Pero Jesús no hace promesas en vano, ni promete cosas que no va a cumplir. Cuando Jesús promete algo, es porque lo que promete, lo cumple y en este caso, la promesa está ya cumplida antes de ser formulada, desde la Última Cena, porque antes de ascender a los cielos, Jesús ha obrado el milagro de la transubstanciación del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en el Cenáculo, obrando el milagro eucarístico, y esa es su forma, admirable y milagrosa, de cumplir su promesa de “permanecer con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo”: en la Eucaristía, en el sagrario, escondido en las especies sacramentales, en algo que parece pan pero que no es más pan, porque es Él en Persona, es la substancia de su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, porque ya no es más la substancia del pan y del vino.
         Entonces, a partir de la Santa Misa, la Iglesia puede contemplar a su Señor que asciende glorioso y resucitado a los cielos, y puede verlo desaparecer, pero no lo extraña, porque si bien no lo ve ya más visible y sensiblemente, sí lo contempla, con los ojos de la fe, invisible, pero real y verdaderamente Presente, en el sacramento de la Eucaristía. Así la Iglesia puede cumplir el mandato misionero del Señor: “Vayan y hagan que todos sean mis discípulos, bautizándolos en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado”, porque cuenta con la Presencia real y substancial de su Señor en la Eucaristía, porque Él en la Eucaristía es el Motor de Amor y de Vida divina que alimenta a su Iglesia con su Presencia Eucarística.

         “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Jesús Asciende a los cielos con su Cuerpo glorificado y por eso ya no lo vemos más sensiblemente, con los ojos del cuerpo, pero al mismo tiempo, permanece con su Cuerpo, glorioso y resucitado, con su Sangre, su Alma y su Divinidad, en la Eucaristía, en donde lo podemos contemplar con los ojos de la fe y alimentarnos de su Vida, de su Luz y de su Amor, para difundir su Evangelio, en el cumplimiento de su mandato misionero, de hacer discípulos suyos a todos los hombres de la tierra, hasta el fin de los tiempos, cuando Él vuelva en el esplendor de su gloria.

miércoles, 28 de mayo de 2014

“Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo”


“Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16, 16-20). En la Última Cena, Jesús les anuncia su despedida, puesto que está a punto de cumplir su misterio pascual, su paso de este mundo al Padre y al mismo tiempo les anticipa que esta partida suya les provocará tristeza, porque será una partida en medio del dolor de la Pasión, por eso les dice: “Dentro de poco no me verán (…) Yo me voy al Padre (…) Ustedes estarán tristes”. La tristeza de los discípulos se deberá a su muerte, a su dolorosa muerte en cruz y eso es lo que Jesús les anticipa, pero también les anticipa que su tristeza “se convertirá en gozo”, porque luego de la tribulación de la cruz y de la muerte, vendrá el gozo de la resurrección y la alegría por el envío del Espíritu Santo.
Esto es posible porque Jesús es el Hombre-Dios y en cuanto tal, “hace nuevas todas las cosas” (cfr. Ap 21, 5) y una de las cosas que hace nuevas es la cruz: si para los hombres la cruz es signo de muerte, para Dios es signo de vida, de perdón divino, de amor y de paz y es signo también de don del Espíritu Santo. Jesús, con su poder divino, cambia el signo de muerte en signo de vida y de vida eterna pero ese cambio viene solo para quien, con un corazón contrito y humillado, se arrodilla ante la cruz y ante Jesús crucificado y se deja bañar por la Sangre que se derrama de sus heridas abiertas, de su Costado traspasado y de su Cabeza coronada de espinas, porque solo así, al contacto con la Sangre de Cristo, que brota de sus heridas abiertas, recibe el alma al Espíritu Santo, que es vehiculizado por la Sangre del Cordero. La Sangre de Cristo es Sangre y Fuego y Fuego de Amor divino, porque contiene al Espíritu Santo, y esa es la razón por la cual el Sagrado Corazón está envuelto en Llamas, porque la Sangre que contiene en su interior contiene al Espíritu de Dios y el Espíritu de Dios es Fuego de Amor divino.  

“Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo”. Toda tribulación y toda cruz provocan tristeza, pero cuando se la unen a la tribulación y a la cruz de Cristo, se cambian en gozo, porque al contacto con la cruz, la Sangre que empapa la cruz comunica el Espíritu de Jesús y el Espíritu Santo es un Espíritu de Vida, de Amor y de Alegría divina, que da paz y alegría en medio de la tribulación y de la prueba. Jesús, desde la cruz y desde la Eucaristía, convierte la tristeza en gozo, soplando suavemente, sobre el alma que a Él se confía, su Espíritu de Amor, de paz y de serena y divina Alegría.

martes, 27 de mayo de 2014

“El Espíritu de la Verdad los introducirá en toda la verdad (…) y me glorificará”


“El Espíritu de la Verdad los introducirá en toda la verdad (…) y me glorificará” (Jn 16, 12-15). Es el Espíritu Santo quien nos dice la verdad acerca de Jesús: es el Espíritu quien nos dice que Jesús no es un hombre más, uno más entre tantos otros; es el Espíritu Santo quien nos dice que Jesús no es un hombre santo, ni siquiera el más santo entre los santos: el Espíritu Santo es el Maestro interior que nos enseña, sin palabras, proporcionándonos un  conocimiento sobrenatural y celestial, que Jesús es Dios Hijo encarnado, el Verbo del Padre eternamente pronunciado, que se ha encarnado en el seno virgen de María para ofrendar su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, en la Cruz y en la Eucaristía, como ofrenda sacrificial para la salvación de la humanidad. Es el Espíritu Santo quien nos dice toda la verdad acerca de Jesús, y es Él quien nos dice que Jesús entregó su Cuerpo en la cruz y derramó su Sangre en el Santo Sacrificio del Calvario y que ese santo sacrificio se prolonga, se actualiza y se renueva de modo incruento, bajo las especies sacramentales, en el Santo Sacrificio del Altar, en la Santa Misa, porque la Misa es el mismo y único Sacrificio de la Cruz. Es el Espíritu Santo el que nos enseña que la Eucaristía no es un poco de pan bendecido en una ceremonia religiosa, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor de Jesús, el mismo Cuerpo, la misma Sangre, la misma Alma, la misma Divinidad y el mismo Amor que entregó en la cruz, en el Calvario, solo que ahora continúa esa entrega de todo sí mismo oculto en el Sacramento de la Eucaristía. Es el Espíritu Santo el que nos enseña que el altar eucarístico no es un elemento material de madera o piedra, sino que en la Santa Misa es el mismo cielo que baja a la tierra, cielo en el que está el Cordero Degollado, al que adoran los ángeles postrándose ante su Presencia; es el Espíritu Santo el que nos dice que la Eucaristía es ese mismo Cordero Degollado (cfr. Ap 5, 6), adorado por los ángeles, oculto bajo la apariencia de pan, pero que ya no es más pan y que por lo tanto también nosotros debemos adorarlo, postrándonos ante su Presencia sacramental eucarística. Es el Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, el que nos enseña toda la verdad acerca de Jesús y lo glorifica.

lunes, 26 de mayo de 2014

“El Paráclito les dirá dónde está el pecado, la justicia y el juicio”


“El Paráclito les dirá dónde está el pecado, la justicia y el juicio” (Jn 16, 5-11). Los discípulos se entristecen al saber que Jesús ha de partir “a la Casa del Padre”, pero Él les dice que “les conviene” que Él parta, porque es la condición necesaria para el envío del Espíritu Santo[1]. Cuando Él envíe el Espíritu Santo junto al Padre –Él es el Hombre-Dios y Él, en cuanto Hombre y en cuanto Dios espira, junto al Padre, el Espíritu Santo-, el Espíritu Santo acusará al mundo de tres puntos: pecado, justicia y juicio. De pecado, porque el Espíritu dará testimonio de que Jesús era el Mesías y así hará ver a los judíos que cometieron un pecado de incredulidad, y es así como luego, en Pentecostés, se convierten tres mil judíos (Hch 2, 37-41); el Espíritu dará testimonio de justicia, porque hará ver que Jesús no era un delincuente, como injustamente lo acusaron, sino que es Dios Hijo encarnado; y por último, en cuanto al juicio, el Espíritu Santo hará ver que, en la batalla entablada entre Cristo y el Príncipe de las tinieblas, ha sido Cristo Jesús el claro vencedor desde la cruz, aun cuando la cruz aparezca, a los ojos humanos y sin fe, como símbolo de derrota, y la prueba de que la cruz es triunfo divino, es la destrucción de la idolatría y la expulsión de los demonios de los poseídos[2] (Hch 8, 7; 16, 18, 19, 12), allí donde se implanta la cruz.
“El Paráclito les dirá dónde está el pecado, la justicia y el juicio”. El Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad; en Él no solo no hay engaño, sino que Él es la Verdad divina y es a Él a quien hay que implorar que nos ilumine, para caminar siempre guiados bajo la luz trinitaria de Dios, porque si no nos ilumina el Espíritu Santo, indefectiblemente, antes o después, somos envueltos por las tinieblas de nuestra razón y por las tinieblas del infierno, y ambas tinieblas nos envuelven en el pecado, en la injusticia, y en el juicio inicuo.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo Tercero, Editorial Herder, Barcelona 1957, 755.
[2] Cfr. ibidem, 756.

domingo, 25 de mayo de 2014

“Cuando venga el Paráclito, el Espíritu que Yo les enviaré desde el Padre, dará testimonio de Mí”


“Cuando venga el Paráclito, el Espíritu que Yo les enviaré desde el Padre, dará testimonio de Mí” (Jn 15 26- 16, 6. 4). Luego de morir en la cruz y resucitar, Jesús ascenderá al cielo y desde allí enviará, junto al Padre, al Paráclito, al Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, que “dará testimonio de Jesús”. Esto será de vital importancia para la Iglesia de Jesucristo, sobre todo hacia el final de los tiempos, cuando surja el Anticristo, porque el Anticristo se presentará con toda clase de engaños y de falsos milagros, que confundirán incluso a los elegidos. El Anticristo engañará de tal forma a los hombres, que todos creerán que es Cristo, y cuando se manifieste, modificará la ley de Cristo y los Mandamientos acomodándolos a las necesidades y conveniencias de los hombres y lo hará de tal manera, que todos estarán convencidos que es el mismo Cristo en Persona quien lo está haciendo. Es por esto que la función del Espíritu Santo, enviado por Cristo y el Padre, el Espíritu de la Verdad, será la de iluminar las conciencias del pequeño rebaño remanente, el cual de esta forma será preservado del engañado y será advertido acerca del Falso Profeta, del Anticristo y de la Bestia, quienes tomarán posesión de la Iglesia de Cristo. Solo quienes estén en gracia, estarán inhabitados por el Espíritu Santo y solo quienes estén inhabitados por el Espíritu Santo, serán capaces de advertir el engaño, pero así mismo, serán, como dice Jesús, “echados de las sinagogas”, es decir, de las Iglesias, e incluso, serán perseguidos a muerte, y los que les den muerte, creerán dar “culto a Dios” con sus muertes, porque pensarán que están dando muerte a apóstatas, cuando en realidad, estarán dando muerte a mártires, a los verdaderos seguidores y adoradores del Cordero de Dios.

“Cuando venga el Paráclito, el Espíritu que Yo les enviaré desde el Padre, dará testimonio de Mí”. El mundo contemporáneo vive en las tinieblas, unas tinieblas que amenazan a la Iglesia y que por alguna grieta ha entrado en la Iglesia, según la denuncia del futuro beato Pablo VI: “A través de una grieta, ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios”. A estas densas y siniestras tinieblas vivientes del Infierno, que impiden la visión de Dios a las almas, solo las pueden vencer la Luz Increada del Espíritu Santo, el Paráclito, enviado por el Padre y el Hijo. 

viernes, 23 de mayo de 2014

“Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos”


(Domingo VI - TP - Ciclo A – 2014)
         “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos” (cfr. Jn 14, 15-21. 23). En este Evangelio, Jesús nos da la clave para la perfección cristiana, para ganar el cielo en la tierra, para ser perfectos, para crecer en gracia en todo momento, para vivir el cielo de modo anticipado. Este Evangelio es la clave, la llave maestra, para ganar la vida eterna; es lo que ha permitido a los santos conquistar las más altas cimas de la santidad y con facilidad, y con una facilidad pasmosa, y Jesús da esta clave en una sola frase: “si alguien me ama, cumplirá mis mandamientos”. Y si alguien cumple los mandamientos, tiene el cielo asegurado. Pero además Jesús, en otra parte, dice: “Sed perfectos, como mi Padre es perfecto”. Es decir, además de cumplir los mandamientos, hay que cumplirlos a la perfección.
¿Cuál es la clave para cumplir los mandamientos con perfección? La clave para cumplir los mandamientos con perfección es el amor.
¿Por qué? Porque Jesús dice: “si alguien me ama…”. Jesús no dice: “si alguien me tiene miedo” porque Jesús, en cuanto Dios, tiene el poder de condenar y castigar eternamente, pero eso sería obrar por miedo al castigo, pero no por amor a Jesús; Jesús no dice: “si alguien quiere una recompensa”, porque Jesús en cuanto Dios, tiene el poder de dar a alguien todo el poder y la riqueza del mundo, si Él lo desea, pero eso sería obrar por amor a las riquezas, y no por amor a Jesús; Jesús no dice: “si alguien desea el cielo” cumplirá mis mandamientos, porque eso sería obrar por amor del cielo, y aunque el cielo sea algo hermoso, no es Jesús, y eso no sería amar a Jesús; Jesús no dice “si alguien teme el infierno” cumplirá mis mandamientos”, porque Él, en cuanto Dios, puede condenar al infierno, porque si bien hay que evitar el pecado mortal para evitar la condenación eterna, obrar de esa manera sería obrar por temor al infierno pero no por amor a Jesús, que es Dios.
En todos estos casos, se cumplen los mandamientos, pero no “con perfección”, porque se obra por otros intereses, que no es el puro amor a Dios. Se cumplen los mandamientos por temor al castigo, por recompensa, por amor a las riquezas, por amor al cielo, por temor al infierno, pero no por puro amor a Dios, por ser Él quien es, Amor en Acto Puro, Amor Purísimo, Amor Substancial, Amor Perfectísimo, celestial, espiritual, trinitario, Amor que se dona sin reservas y por pura gratuidad, para hacer feliz a la creatura, y es por eso que no se alcanzan, de esta manera, las cumbres de la santidad.
Es con el consejo de Jesús, como se alcanzan estas cumbres de santidad; es con el consejo de Jesús, como se llega a ser “perfectos, como el Padre celestial”: cuando se cumplen los mandamientos solo por puro amor a Dios, y no por temor, ni por deseo de recompensas, ni por temor al infierno, ni por deseo del cielo. Solo cuando el alma es capaz de obrar por puro amor a Dios, por ser Él quien es, Dios Uno y Trino, Dios de una sola naturaleza en Tres Personas, iguales en majestad y poder, distintas entre sí, Padre, Hijo y Espíritu Santo; solo cuando las ama a las Tres Divinas Personas en su Ser único trinitario, en su única naturaleza divina y en su distinción de Personas divinas; solo cuando las adora como un solo Dios verdadero, Trino en Personas, y las ama por ser un solo Dios en Tres Personas; solo cuando ama a la Santísima Trinidad, que se ha revelado en Jesucristo, el Hombre-Dios; solo así, el alma alcanza la cima de la perfección; solo así el alma es perfecta, porque no obra por interés, sino por puro y simple amor, y solo así, obtiene, sin imaginarlo, sin pensarlo, sin merecerlo, una recompensa imposible de imaginar: la inhabitación trinitaria en el alma, la conversión del corazón en morada de las Tres Divinas Personas: “Si alguien me ama, cumplirá mis mandamientos, y mi Padre y Yo lo amaremos y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Si alguien ama a Jesús por ser Él quien es, Dios de infinita majestad, Jesús y el Padre lo amarán y convertirán su corazón en su morada, convertirán el corazón de esa alma, de esa persona, en algo más hermoso que el cielo, en un prodigio que asombrará a los ángeles, porque Él y el Padre, harán morada en él, junto con el Espíritu Santo. Si alguien cumple los mandamientos por amor a Dios, las Tres Divinas Personas vendrán a vivir en el corazón de esa persona y esa persona se convertirá en la morada de la Santísima Trinidad y eso es un prodigio que supera todo lo que podemos imaginar, pensar, decir; es algo que enmudece a los mismos ángeles del cielo: “Si alguien me ama, cumplirá mis mandamientos y mi Padre y Yo lo amaremos –lo amaremos con el Amor nuestro, el Espíritu Santo- y haremos morada en Él” (Jn 14, 23), es decir, esa alma, esa persona, se convertirá en habitación y casa de la Santísima Trinidad.
“Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos”. Amar a Dios solo porque Él es Amor y vivir sus mandamientos solo porque Él es Amor, ésa es la esencia de la religión católica y no el temor o el miedo al castigo, aunque Dios sí puede castigar -y para siempre- al impenitente.

“Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos”. Lo que pide Jesús parece algo fácil de cumplir, pero cuando el corazón está árido y seco, la empresa se vuelve no solo difícil, sino imposible, porque un corazón árido y seco, como un leño envejecido, se vuelve incapaz de amar, aun cuando desee hacerlo. No siempre estamos en condiciones de amar, ni a Dios ni a nuestro prójimo, y mucho menos en el grado heroico, hasta la muerte de cruz, como se necesita para ir al cielo. Jesús conoce nuestros corazones, y por eso es que promete el envío del Espíritu Santo, el Fuego del Amor Divino, para Pentecostés: “Yo rogaré al Padre, y Él les dará el Paráclito, para que esté siempre con ustedes”. El Espíritu Santo, enviado por Jesús en Pentecostés, es Fuego de Amor Divino, que convierte en brasa ardiente e incandescente a los corazones que lo reciben con fe y con amor y que así se vuelven capaces de amar a Dios con un Amor Puro y celestial, con el mismo Amor con el cual habrán de amarlo en los cielos, si perseveran en el mismo Amor, por toda la eternidad.

jueves, 22 de mayo de 2014

“Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”


“Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado” (Jn 15, 12-17). En la Última Cena, Jesús da un mandamiento nuevo, verdaderamente nuevo, que no se encontraba en la Ley de Moisés y es el mandamiento de la caridad: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. Algunos sostienen que no es nuevo, porque Jesús manda a amar al prójimo, y este mandamiento ya estaba en la ley mosaica, pero la novedad radica en la segunda parte de la proposición: “como Yo los he amado”. Es decir, es verdad que la Ley mosaica mandaba amar al prójimo, pero este mandato tenía un límite y era que consideraba como “prójimo” solamente al que profesaba la misma religión; el otro límite, era que excluía al enemigo, ya que, en relación al enemigo, lo que imperaba era la ley del Talión –ojo por ojo y diente por diente, una ley que buscaba la justicia pero que degeneraba en venganza-; el otro límite era el humano: el amor con el que se amaba al prójimo en la ley mosaica, era meramente humano.
Ahora, Jesús introduce un elemento radicalmente nuevo, tan nuevo, que lo hace absolutamente distinto: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. La novedad radica, como decíamos, en la segunda parte de la proposición: “como Yo los he amado”. Ahora, a partir de Jesús, el cristiano está obligado, por la ley de la caridad, a amar a su prójimo, incluido su enemigo y, sin hacer acepción de personas, a todo ser humano, practique o no su religión, “como Cristo lo ha amado”, porque en eso radica el mandato de Jesús: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. ¿Y cómo nos ha amado Jesús? Con un amor de cruz, con un amor sobrenatural, celestial, con un amor de una fuerza tan grande, que lleva a subir a la cruz y a morir en la cruz, literalmente hablando, y no de modo figurado o simbólico, por el prójimo, como lo hizo Cristo Jesús por todos y cada uno de nosotros.

“Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. El amor por el prójimo es un amor de cruz y como la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la cruz, el primer lugar en donde comienza la inmolación por amor hacia el prójimo –para los esposos, el primer prójimo es el cónyuge; para los hijos, sus padres, para los hermanos, sus hermanos, etc.-, es el altar eucarístico. No puede nunca el alma asistir de modo pasivo a la Santa Misa, ya que allí se le presenta la oportunidad de unirse sacrificialmente al Santo Sacrificio del Altar, ofreciéndose al Padre, unida al sacrificio de Cristo, por los prójimos que ama. Es la forma más perfecta de dar cumplimiento al mandato nuevo de la caridad de Jesús: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”.

martes, 20 de mayo de 2014

“Yo Soy la Vid y ustedes los sarmientos”


“Yo Soy la Vid y ustedes los sarmientos” (Jn 15, 1-8). Jesús utiliza la imagen de la vid para graficar la vida de la gracia en el cristiano. El Padre es el viñador, es decir, es Él quien corta de la Vid, que es Cristo, a todo aquel sarmiento, a todo aquel cristiano, que no da fruto, a todo aquel cristiano que no persevera en la gracia, que no desea arrepentirse, que no quiere vivir el mandato de la caridad, que prefiere vivir los mandamientos de Satanás. Así como el sarmiento seco está privado de la savia y no da fruto, es apartado de la vid por el viñador en el momento de la vendimia, es cortado para ser tirado y quemado porque no ha dado fruto, así Dios Padre, en el Día del Juicio Final, al cristiano que no dio frutos de arrepentimiento, de conversión, de bondad, de misericordia para con su prójimo, lo apartará para siempre de la Vid verdadera que es Cristo, y su alma quedará seca, es decir, quedará privada para siempre de la vida de la gracia, quedará privada para siempre de la gloria divina y será arrojada al fuego del Infierno. Por el contrario, el cristiano que permanece unido a Cristo, Vid verdadera, y que se alimenta de su gracia, da fruto y fruto abundante, fruto de conversión, de misericordia, de bondad, de paz, de alegría y en el Día del Juicio es introducido en el Reino de los cielos para gozar del Banquete celestial por toda la eternidad.
“Yo Soy la Vid y ustedes los sarmientos, sin Mí nada podéis hacer”. Jesús es la Vid también en la cruz, y la savia es su Sangre y los sarmientos que dan fruto son los cristianos que beben de su Costado traspasado por la lanza. Los que beben la Sangre del Cordero traspasado, son los que dan fruto de bondad, de paciencia, de misericordia, para con sus hermanos; son los sarmientos que fructifican en frutos de verdadera caridad cristiana, son los sarmientos que permanecen unidos a la Vid verdadera, que es Cristo, porque reciben de Él la savia vital que es su Sangre, porque Cristo es la Vid que es molida en la Vendimia de la Pasión. En cambio, los sarmientos que no permanecen unidos a Cristo, son los que no se acercan a beber de su Costado traspasado, son los que desprecian la Santa Misa por compromisos mundanos, son los que consideran a la Misa como un evento religioso prescindible, son los que piensan que la Eucaristía es cosa de gente atrasada y aburrida, que bien puede ser reemplazada por la tecnología y por eventos deportivos; estos cristianos son los sarmientos secos que no dan fruto, porque voluntariamente se han apartado de la Vid verdadera y voluntariamente han dejado de recibir la savia vital que la Vid les aportaba, la Sangre fresca del Cordero, que manaba de sus heridas abiertas como un torrente impetuoso de ardiente Fuego vital, que concedía la vida divina a todo aquel que entraba en contacto con Él. Pero los sarmientos secos, por propia voluntad, se apartaron de la Vid y sin la savia vital, sin la Sangre del Cordero que mana de sus heridas, de su Corazón traspasado, Sangre que sirve generosa Dios Padre en el Banquete Eucarístico en la Santa Misa, nada pueden hacer por sí mismos y se agotan, se secan, y se apartan, mustios y sin frutos, y así, secos y sin frutos de bondad y misericordia, son arrojados al fuego que nunca se apaga, en donde arden en el lugar en donde no hay misericordia ni descanso, para siempre.

“Yo Soy la Vid y ustedes los sarmientos, sin Mí nada podéis hacer”. Jesús en la Eucaristía es la Vid verdadera, quien quiera puede acercarse y beber de balde la gracia santificante que brota sin medida de su Sagrado Corazón Eucarístico, para después dar frutos de vida eterna; Jesús en la Cruz en la Vid verdadera; quien quiera puede acercarse y beber de su Costado traspasado su Sangre, que concede Vida eterna a las almas, y quien beba de la Sangre que se sirve en el cáliz, puede y debe luego dar frutos de vida eterna. Quien se rehúse a hacerlo, por propia voluntad, será luego arrojado como sarmiento seco y sin fruto.

lunes, 19 de mayo de 2014

“Les doy mi paz, pero no como la da el mundo”


“Les doy mi paz, pero no como la da el mundo” (Jn 14, 27-31a). Antes de sufrir la Pasión, en el Sermón de la Última Cena, Jesús entrega a sus discípulos, y por lo tanto, a la Iglesia, numerosos dones, el más importante de todos, la Eucaristía. Entre esos dones, se encuentra la paz, que es su paz, una paz que, como Él mismo lo dice, no es la “paz del mundo”, sino distinta a esta.
La paz del mundo es una mera ausencia de conflicto, es una paz superficial, exterior; es una paz establecida sobre cálculos y sobre pactos humanos, no siempre agradables a Dios y no siempre por motivos buenos y con propósitos buenos. La paz del mundo no siempre persigue fines nobles; aún más, la paz del mundo puede ser establecida para cometer el mal y para impedir el bien, como por ejemplo, en el caso de estados corruptos cuyas élites gobernantes legalicen el libre consumo de narcóticos por parte de la población; existiría un estado de “pacificación”, pero al costo de la rendición completa de dichos estados a los narcotraficantes y al Príncipe de las tinieblas, que es en definitiva quien se encuentra detrás de dichas políticas.
La paz de Cristo es algo muy distinto. La paz de Cristo, la que Él da, es “su paz”, que es la paz de Dios y por lo tanto es una paz interior, profunda, que radica en lo más profundo del ser del hombre. Es una paz que emana del Espíritu Santo, donado por Jesús al alma en gracia y que sobreviene al alma como consecuencia de un estado de justicia y de santidad, al haberle sido quitado, por los méritos de la Pasión de Cristo, aquello que la enemistaba con Dios, el pecado, y al devolverle aquello que la unía a su Creador, Redentor y Santificador, la gracia santificante. La paz que otorga Jesucristo es una consecuencia de la unión profunda del alma con Dios Uno y Trino, unión en la que el alma ve que no solo le es quitado el peso insoportable del pecado, sino que le es concedido aquello que el alma ansía desde que nace: la unión con su Dios, que es la unión con el Amor mismo en Persona y en esa unión descansa y reposa y en ese descanso y reposo consiste la paz y en esa paz encuentra su felicidad y de esa felicidad no quiere salir nunca más.

“Les doy mi paz, pero no como la da el mundo”. En cada comunión eucarística, Jesús nos dona su paz, pero no como la da el mundo. Si estuviéramos atentos a lo que recibimos en la comunión eucaristía, nada del mundo nos quitaría la paz que nos da Cristo en la Eucaristía.

domingo, 18 de mayo de 2014

“El que me ama cumplirá mis mandamientos y mi Padre y Yo haremos morada en él”


“El que me ama cumplirá mis mandamientos y mi Padre y Yo haremos morada en él” (Jn 14, 21-26). En esta frase está la esencia de la vida cristiana. Si los cristianos verdaderamente comprendiéramos lo que esto significa, la civilización entera estaría construida sobre la base del Amor de Cristo y no sobre lo que está construida hoy, el ateísmo, el agnosticismo, el materialismo.
Jesús dice que “si alguien lo ama”, ese tal, “cumplirá sus mandamientos” y “el Padre y Él harán morada” en él, en el que cumpla los mandamientos por amor. El amor es la clave para el cumplimiento de los mandatos de Dios, porque “Dios es Amor”, no es un Dios de temor, ni de ira, ni de venganza -aunque en su Justa Ira puede condenar en el Infierno al impenitente que no se arrepiente de sus pecados-, por lo tanto, quien cumple sus mandamientos por amor, los cumple siguiendo su esencia. Quien cumple un mandato por amor, demuestra que ama a Aquel que dispuso el mandato, y como el Amor es lo más perfecto que existe, el que ama se coloca a sí mismo en la cima de la perfección, imitando a Dios que es perfecto y cumpliendo lo que Jesús pide: “Sed perfectos, como Dios es perfecto”. Por otra parte, quien cumple los mandamientos por amor, y no por temor al castigo, o a la venganza, o por deseos de verse recompensado, demuestra desinterés, porque el que ama no obra por mezquinos intereses, sino solo por amor, por el solo hecho de amar.

“El que me ama cumplirá mis mandamientos y mi Padre y Yo haremos morada en él”. El que cumple los mandamientos por amor, obra desinteresadamente, sin interés alguno por recibir un premio, pero recibe un premio impensado, inimaginable: el Amor que lo llevó a obrar, atrae a sí al Padre y al Hijo a su corazón, y su corazón se convierte en morada de las Tres Divinas Personas y así, paradójicamente, el que obró por amor, desinteresadamente, recibe un premio de valor incalculable, la inhabitación trinitaria por la gracia.

sábado, 17 de mayo de 2014

“Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”


(Domingo V - TP - Ciclo A – 2014)
        (Domingo V - TP - Ciclo A – 2014)
         “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 12, 1-14). Jesús se presenta a sí mismo como el Camino, la Verdad y la Vida.
         “Yo Soy el Camino”. Jesús es el Camino que conduce al Padre; nadie va al Padre si no es por Él, y si alguien va al Padre, conducido por Jesús, es porque el Padre lo ha atraído primero con su Amor. Si alguien llama a Dios “Padre”, es porque Jesús se lo ha enseñado, pero si Jesús se lo ha enseñado, es porque el Padre lo ha querido, es porque el Padre ha amado a esa creatura con tanta intensidad, que ha decidido adoptarla como hija suya muy amada y para eso ha enviado a su Hijo Jesús a la tierra, para que le enseñe que Él no solo es su Creador, sino que quiere ser su Padre muy amado y que quiere darle su Espíritu de Amor desde la cruz y que como prueba de que es tanto el amor que le tiene, está dispuesto a sacrificar a su Hijo en la cruz para que su Hijo, desde la cruz, cuando su Corazón sea traspasado por la lanza, infunda el Espíritu Santo junto con el Agua y la Sangre y el Espíritu Santo, con el Agua y la Sangre, le comunique su Amor y lo convierta en hijo suyo adoptivo. En otras palabras, si alguien llama a Dios “Padre”, como hacemos los cristianos en el “Padrenuestro”, es porque Dios Padre nos ha elegido desde la eternidad, en Cristo Jesús, para que seamos hijos suyos adoptivos muy amados por la gracia del sacramento del bautismo, y esto es un don en el que continuamente debemos meditar, que debe acrecentar nuestro amor hacia Dios Padre. Jesús es el Camino que nos conduce al Padre porque además de concedernos la gracia de la filiación, además de hacernos ser hijos adoptivos de Dios, nos concede su mismo Amor por Dios Padre, que es el Amor del Espíritu Santo, que nos permite amar a Dios como hijos y que nos hace exclamar “Abba”, es decir “Padre mío muy amado”, desde lo más profundo del corazón y así amamos a Dios Padre como Él lo ama desde la eternidad, no con nuestro propio amor, que es muy pobre y muy limitado, sino con el Amor mismo de Jesús. Por esto Jesús es el Camino que conduce al Padre, y nadie conoce y nadie ama al Padre, si Jesús no lo da a conocer y si Jesús no le infunde su Espíritu, el Espíritu Santo y se engaña todo aquel que pretenda conocer y amar a Dios sino es por Jesús, y a Jesús que está en la cruz y en la Eucaristía.        
“Yo Soy la Verdad”. Jesús es la Verdad que todo hombre debe conocer para obtener la eterna salvación, pero no con un conocimiento meramente intelectual, porque Jesús es la Verdad Encarnada, Jesús es la Verdad Divina hecha carne y por lo tanto Jesús es la Verdad Encarnada en el seno virgen de María, inmolada en el ara santa de la cruz, glorificada el Domingo de Resurrección y entregada como Pan de Vida eterna y como Carne del Cordero de Dios en la mesa del Banquete del Reino, la Santa Misa. Entonces, cuando Jesús dice que Él es la Verdad, no se trata de un mero conjunto de verdades abstractas que como miembros de la Iglesia debemos aprender de memoria y recitar mecánicamente para así obtener la salvación; Jesús es la Verdad Encarnada, hecha carne en el seno virgen de María, inmolada en la cruz, glorificada en el sepulcro el Día de la Resurrección y entregada cada vez por la Santa Madre Iglesia en el altar eucarístico como Pan Vivo bajado del cielo, como Maná verdadero que concede la vida eterna, para que todo aquel que coma de este Pan no muera, sino que tenga vida eterna. Es a esto a lo que Jesús se refiere cuando dice: “Yo Soy la Verdad”: Jesús es la Verdad Encarnada que debe ser aprendida en el Libro de la cruz y debe ser consumida en el Pan de la Eucaristía; así podrá el hombre adquirir la Sabiduría divina que lo iluminará interiormente acerca de su eterna salvación; solo Jesús, Verdad Eterna Encarnada, que se aprende leyendo en el Libro de la Cruz y se asimila consumiendo el Pan eucarístico, ilumina al alma con la luz de la gracia y del Amor divino necesarios para su eterna salvación. Cualquier otra “verdad” para la salvación del alma, que no sea Jesús en la Cruz y en la Eucaristía, es solo engaño del Maligno y conduce al Abismo.
         “Yo Soy la Vida”. Jesús es la Vida y la Vida eterna, la vida misma de Dios Uno y Trino, que es la eternidad en sí misma. Jesús es la Vida Increada porque Él es Dios Eterno, cuyo Ser trinitario es la fuente de toda vida creada. Jesús es la Vida, y de Él, Vida Increada y Fuente de Vida eterna, recibimos los hombres la vida natural pero también la vida sobrenatural, la vida de la gracia, la vida que recibimos a través de los sacramentos. Jesús es la Vida divina que se dona a sí mismo en los sacramentos, sobre todo y principalmente en el sacramento de la Eucaristía: allí se dona en su totalidad, sin reservas. Jesús en la Eucaristía hace lo que una madre, un esposo, un hijo, un hermano, no pueden hacer por aquellos que aman, aun deseándolo con toda el alma. Una madre que ama a su hijo, un esposo que ama a su esposa, pueden dar sus vidas por quienes aman, pero solo en un sentido figurado, no real, porque no pueden “traspasar”, literalmente hablando, la vida natural que tienen, a sus seres amados. En cambio Jesús sí lo puede hacer y de hecho lo hace, en la Eucaristía: al comulgar, Jesús nos comunica de su vida divina, celestial, sobrenatural, de modo que el alma vive no solo con su vida natural, sino con la vida divina, sobrenatural, la vida de la gracia, que le comunica Jesús en la comunión. Y esa vida que comunica Jesús, es una vida distinta a la vida humana, porque es la vida de Dios, y es la vida que vivieron los santos y es lo que explica que los santos hayan vivido una vida de santidad, una vida de virtudes heroicas, una vida de amor heroico, de amor a los enemigos, de amor esponsal hasta la cruz, de amor filial hasta la cruz; es lo que explica que los santos hayan practicado las obras de misericordia, corporales y espirituales, en un grado que supera infinitamente las fuerzas y las capacidades del ser humano, como por ejemplo, la Madre Teresa de Calcuta, Don Orione, Don Bosco, y miles de santos más; la vida de la gracia es lo que ha hecho que los santos vivan las mortificaciones diarias, cotidianas, de todos los días, como escalones que los han conducido a las cimas de la santidad. Ésa es la vida que nos da Jesús, la vida de la gracia, que es la vida divina participada y que en la otra vida, se nos dará en plenitud, en la visión beatífica. Jesús en la Eucaristía es la Vida Increada, que nos comunica de su vida divina y nos concede de esa vida, que es la santidad en sí misma, para que seamos santos, para que iniciemos, desde esta vida terrena, en el tiempo que nos queda de vida terrena, una vida de santidad, para vivir luego, en la eternidad, junto con los ángeles y los santos, adorando a Jesús, el Dios Tres veces Santo.
         “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Jesús en la Eucaristía es el Camino, la Verdad y la Vida, y nadie va al Padre, nadie va al cielo, nadie puede alcanzar la santidad, sin la Eucaristía.

jueves, 15 de mayo de 2014

“Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”


“Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 1-6). Jesús en la Cruz y en la Eucaristía es el Camino para ir al Padre: en la Cruz, abre los brazos para abrazar y abarcar a toda la humanidad y así conducirla al seno eterno del Padre; en la Eucaristía, se dona a sí mismo como Pan de Vida eterna, que sacia y colma, con extra-abundancia, el apetito de y la sed de Dios que posee la humanidad, y la Eucaristía es por lo tanto el Maná bajado del cielo con el cual la Iglesia alimenta a la Humanidad, hambrienta y sedienta de Dios, de su Amor, de su paz y de su perdón.
Jesús en la Cruz y en la Eucaristía es la Verdad acerca del Padre: es el Padre quien envía a su Hijo a morir en la cruz, para que desde la cruz, cuando su Corazón sea traspasado, derrame sobre nosotros y sobre el mundo entero su Sangre y su Agua y con su Sangre y su Agua, las entrañas de su Misericordia, para darnos Vida eterna con su Sangre y para justificarnos con su Agua, infundiéndonos su Amor, el Espíritu Santo, junto con la Sangre y el Agua derramados desde su Corazón traspasado; Jesús en la Eucaristía es la Verdad acerca del Padre, porque la Eucaristía es el Verdadero Maná bajado del cielo, no como el que comieron los israelitas en el desierto y murieron, porque la Eucaristía es el Cuerpo glorioso y resucitado de Jesús, lleno de la gloria, de la Vida, de la luz y del Amor de Dios Uno y Trino, y quien se alimenta de este Maná celestial, enviado por Dios Padre para sus hijos que peregrinan por el desierto de la vida y del mundo, no morirá, sino que tendrá la Vida eterna.
Jesús en la Cruz y en la Eucaristía es la Vida que dona el Padre: porque en la cruz Jesús da muerte a la muerte con su Vida eterna, la Vida que el Padre le comunica desde la eternidad, y es la Vida que recibe todo aquel que se acerca a beber de su Costado abierto por la lanza; Jesús en la Eucaristía es la Vida que dona el Padre, porque Jesús dice: “Es mi Padre quien os da el Verdadero Pan bajado del cielo” y la Eucaristía es el Pan Vivo que nutre al alma con la substancia divina y celestial del Ser trinitario que no solo impide la muerte del alma, sino que la nutre con la Vida misma de Dios Uno y Trino.

 “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Jesús en la Cruz y en la Eucaristía es el Camino, la Verdad y la Vida que nos otorga el Padre a nosotros, que en el desierto de la vida y del tiempo, peregrinamos hacia la Morada Santa, el seno eterno de Dios Uno y Trino.

domingo, 11 de mayo de 2014

“Yo Soy el Buen Pastor y doy mi Vida por las ovejas”


“Yo Soy el Buen Pastor y doy mi Vida por las ovejas” (Jn 10, 11-18). Jesús es el Buen Pastor que no solo custodia y pastorea las ovejas, sino que da la Vida por ellas. Jesús obra como un buen pastor, que cuando se da cuenta que una de sus ovejas se ha desorientado y se ha caído por el barranco, y que indefensa y con sus heridas sangrantes atrae al lobo que merodea en busca de carne fresca, sin dudar ni un instante, mientras deja al resto del redil al seguro en el corral, desciende por el barranco en busca de la oveja que yace en el fondo del barranco, herida e indefensa, para salvarla a costa de su propia vida.
Así como obra este buen pastor de la tierra, así obra Jesús, Buen Pastor, Sumo Pastor Eterno, solo que Jesús desciende, no a por la ladera al fondo de un barranco, sino del cielo a la tierra, y su cayado no es el cayado de madera de un pastor humano, sino el leño de madera, la victoriosa Cruz ensangrentada, y se enfrenta, no a un lobo, a un animal mamífero, sino al Lobo infernal, al Demonio, el Ángel caído, el Ángel perverso que perdió la gracia pero no la naturaleza a causa de su soberbia, a causa de su rebelión contra Dios en el cielo, por no querer servir a la majestad de Dios Uno y Trino y ahora busca destrozar con sus afiladas garras a las débiles ovejas, las almas humanas que Dios ha creado a su imagen y semejanza, pero a las que Cristo, Buen Pastor,  las salva a costa de su vida; Jesús es el Buen Pastor que desciende hasta el fondo del barranco para curar a la oveja herida, pero no con vendas y aceite terrenos, sino con la medicina y el aceite curativo de la gracia santificante, que sana las heridas del alma y cierra sus cicatrices sin dejar huella alguna del mal del pecado. Jesús es el Buen Pastor que, una vez encontrada la oveja perdida y herida en el fondo del barranco y una vez curadas sus heridas, la carga sobre sus hombros, y la lleva de nuevo al redil, es decir, una vez que el Verbo de Dios humanado ha bajado del cielo y ha subido a la Cruz, introduce al alma en su Costado abierto y así introducida en su Sagrado Corazón, la lleva consigo al Reino de los cielos, a la Morada Santa, al Seno eterno del Padre, para que habite con la Trinidad para siempre y su alegría y felicidad sean completas y nunca le falten pastos verdes y agua cristalina, es decir, el Amor y la Alegría Divinas por siglos sin fin.

“Yo Soy el Buen Pastor y doy mi Vida por las ovejas”. También en cada Santa Misa, Jesús es el Buen Pastor que baja del cielo y entrega su Vida en la Eucaristía para que nosotros, débiles ovejas del rebaño de Dios, tengamos Vida eterna y la tengamos en abundancia.

sábado, 10 de mayo de 2014

“Yo Soy la Puerta de las ovejas”


(Domingo IV - TP - Ciclo A – 2014)
         “Yo Soy la Puerta de las ovejas” (Jn 10, 1-10). Jesús utiliza una imagen, la del pastor con sus ovejas en un aprisco, en un refugio, para dar su enseñanza: una tapia o empalizada que protege a las ovejas cuando estas regresan de sus pastos para pasar la noche, la puerta abierta a los pastores, pero no a los ladrones que penetran en el aprisco por algún otro lugar, la escena de la mañana cuando el pastor viene de su casa para sacar a las ovejas para pastar, la llamada del pastor que reconocen sus propias ovejas, el hecho de conocerlas el pastor por su nombre, llamándolas a cada una por su nombre, la docilidad con que la grey le responde, al tiempo que está dispuesta a huir de un extraño[1].
         En esta imagen, cada elemento tiene un significado sobrenatural: el pastor, el buen pastor, que entra por la puerta y conoce a sus ovejas, es Cristo; las ovejas, son los bautizados; el corral o aprisco, donde las ovejas están seguras, es la Iglesia Católica; el exterior del corral y la noche, en donde merodean los lobos, representan los peligros para la salvación de las almas: las tentaciones del mundo y los ángeles caídos, los demonios; los ladrones, que no entran por la puerta, sino por otra parte, son los falsos mesías, los anticristos, los fundadores de sectas, o incluso sacerdotes católicos a los que les importa más de sí mismos que de las almas a ellos confiadas.
         La imagen central del aprisco o corral se aplica entonces a la Iglesia, único lugar seguro de salvación, porque así como las ovejas están seguras en el corral, protegidas por una puerta firme y por un buen pastor, resguardadas del peligro de la noche, en donde merodean los lobos y los asaltantes, así también las almas están seguras dentro de la Iglesia Católica, cuyo Buen Pastor es Cristo, quien es también su Puerta firme y segura.
Solo en la Iglesia Católica, fundada por el Hombre-Dios Jesucristo el Viernes Santo, encuentra el hombre la salvación, por eso es que el Catecismo de la Iglesia Católica[2] y el Concilio Vaticano II[3] enseñan que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. La Iglesia nació al ser traspasado el Sagrado Corazón de Jesús por la lanza del soldado romano, y al brotar de su Corazón la Sangre y el Agua, portadores de la gracia santificante que se transmite a través de los sacramentos; de estos sacramentos, el sacramento del bautismo es la puerta[4] por la cual los hombres entran en la Iglesia para recibir la salvación obtenida por Cristo en la cruz.
Con la imagen del corral y del aprisco en el que las ovejas entran y quedan seguras y al resguardo de los lobos y de los ladrones, Jesús nos quiere hacer ver que la Iglesia es necesaria para la salvación y que “no hay salvación fuera de la Iglesia”; quienes no pertenecen a la Iglesia, pueden salvarse, porque Dios, dice también el Concilio Vaticano II, puede llevar a la fe por caminos que sólo Él conoce, aunque esto no exime a la Iglesia de su tarea misionera: “Dios, por caminos conocidos sólo por Él, puede llevar a la fe, ‘sin la que es imposible agradarle’ (Hb 11, 6), a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia; corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado de evangelizar’ (AG 7)”[5]. Distinto es el caso de aquellos que, sabiendo que Jesús fundó la Iglesia Católica y sabiendo que es necesaria para la salvación, no quieren entrar o no quieren perseverar en ella, es decir, los que no quieren recibir el bautismo, o los que, habiéndolo recibido, lo rechazan, apostatando de la fe, tal como existe hoy en la actualidad, un movimiento de apóstatas que llaman a borrar los nombres de los libros del Bautismo[6]. Dicen así el Concilio Vaticano II: “No podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella”[7].
La otra imagen que utiliza Jesús es la de la puerta, y es para aplicársela a sí mismo: “Yo Soy la Puerta de las ovejas”. Una puerta abierta deja pasar, entrar, salir; permite circular libremente; una puerta cerrada, impide el paso, protege[8]. La puerta se identifica también, con la construcción a la que pertenece: ya sea con la ciudad -sobre todo en la antigüedad, las ciudades poseían puertas monumentales, fortificadas, que protegían de los enemigos o daban paso a los amigos- o, en el caso de la figura del aprisco o corral, se identifica con el corral: Jesús es la Puerta de las ovejas, es la puerta del corral: Él es, con su Corazón traspasado en la Cruz, la Puerta abierta al cielo; Él es la Puerta abierta por la que salen las ovejas al amanecer, para alimentarse con los pastos verdes y abundantes y beber el agua fresca y cristalina de la gracia santificante, los sacramentos de la Iglesia; Él es la Puerta cerrada que protege a las ovejas cuando ya ha oscurecido y todas las ovejas han entrado al redil, y no deja entrar al Lobo infernal, que quiere, con sus dientes y garras afiladas, despedazar las almas para siempre en los abismos del Infierno; Jesús es la Puerta cerrada, segura y firme, que protege a las ovejas de las acechanzas del Lobo infernal, y si alguna, por desventura, queda a merced del Lobo, es solo porque no ha querido, por voluntad propia, entrar y quedar segura, al resguardo del aprisco cerrado y protegido por la Puerta maciza que es Cristo Jesús. Jesús es la Puerta cerrada que protege a las ovejas también de los malos pastores, de los asaltantes, de los que quieren entrar en el aprisco por otro lado; son los falsos cristos, los falsos mesías de la Nueva Era, los anticristos, los que se disfrazan de pastores, pero solo para apuñalar a las ovejas, matarlas, y apoderarse de su lana y asar su carne.
“Yo Soy la Puerta de las ovejas”. Solo Jesús en la Cruz y en la Eucaristía es la Puerta por la cual alcanzamos la eterna salvación; no existe ninguna otra puerta por la que podamos entrar en la vida eterna, porque solo Jesús crucificado y Jesús en la Eucaristía nos conduce, por medio del Espíritu Santo, al seno de Dios Padre. Cualquier otro cristo, es un cristo falso, un Anticristo.




[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentario al Nuevo Testamento, Tomo III, 732-733.
[2] Número 846.
[3] Lumen Gentium n. 14.
[4] Cfr. Catecismo, 846.
[5] Catecismo 848. Decreto Ad Gentes sobre la Actividad Misionera.
[6] El movimiento existe y se llama: “Apostasía Colectiva”; su página web es: apostasía.com.ar. Llama a los bautizados en la Iglesia Católica a “darse de baja de la Iglesia Católica”, entendiendo la apostasía como “un derecho” (sic), y el modo de hacerlo consistiría en remitir una carta modelo en la que se solicita a la parroquia que se borren los datos del bautismo de los libros parroquiales.
[7] Lumen Gentium n. 14. Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia: ‘Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna’ (LG 16; cf DS 3866-3872). Catecismo, 847.
[8] Cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Editorial Herder, Barcelona 1993, 750-751.

jueves, 8 de mayo de 2014

“¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?”


“¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?” (Jn 6, 51-59). Cuando Jesús les dice que quien “no coma su carne y no beba su sangre no tendrá la Vida eterna”, los judíos se escandalizan y se preguntan entre sí: “¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?”. Lo que sucede es que están pensando en términos humanos y materiales; interpretan las palabras de Jesús según sus mentes humanas, y la mente humana es demasiado limitada y estrecha en relación a la mente divina y es incapaz, de modo absoluto, de trascender y penetrar los misterios divinos. Cuando Jesús les dice a los judíos que Él es el Pan vivo bajado del cielo les está anticipando el misterio de la Eucaristía y cuando les dice que quien no coma su Carne y beba su Sangre, les está anticipando el misterio de la Santa Misa, misterio por el cual literalmente el hombre come la Carne del Cordero de Dios y bebe su Sangre, obteniendo de esta Carne y de esta Sangre, asadas en el Fuego del Espíritu Santo, la Vida eterna, la Vida misma del Ser trinitario, la Vida misma de Dios Uno y Trino.
Lo que los judíos no pueden entender es que Jesús les dice que Él es el Pan Vivo bajado del cielo, pero que debe ser aún cocido en el Fuego del Espíritu Santo; lo que los judíos no pueden en absoluto trascender ni vislumbrar es que Jesús les dice que deben comer su Carne y su Sangre, que son la Carne y la Sangre del Cordero de Dios, pero no todavía, sino cuando su Carne y su Sangre sean asados en el Fuego del Espíritu Santo, en el ardor de la Pasión; cuando su Carne y su Sangre hayan pasado por la tribulación de la Pasión y la gloria divina que en sí mismos contienen, se manifiesten y queden glorificados; lo que los judíos no entienden es que deben comer la Carne y la Sangre del Cordero de Dios glorificados en la Eucaristía, tal como aparecen, ocultos a los ojos del cuerpo, pero visibles a los ojos de la fe, en la Santa Misa de la Iglesia Católica, y es por eso que se escandalizan y se preguntan unos a otros: “¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?”.
Pero no solo los judíos del tiempo de Jesús se escandalizan del misterio eucarístico; muchos católicos de nuestros días, también se escandalizan y se muestran incrédulos ante el misterio de la Eucaristía y se preguntan: “¿Cómo puede ser que un simple pedazo de pan sean la Carne y la Sangre del Cordero de Dios?”.

Los que vivimos de la fe de la Santa Iglesia Católica, sabemos que la Eucaristía es el Pan Vivo bajado del cielo, que contiene la Carne, la Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor del Cordero de Dios, Cristo Jesús.

martes, 6 de mayo de 2014

“Yo Soy el Pan de Vida”


“Yo Soy el Pan de Vida” (Jn 6, 35-40). Jesús se nombra a sí mismo como “pan” y como “pan” que “da vida”. El pan material, el pan de mesa, compuesto de harina de trigo, también se puede decir que da vida, en un sentido figurado, en cuanto que mantiene al cuerpo con vida, desde el momento en que, por los nutrientes que le aporta, le impide morir de inanición. El pan material da una vida, en sentido figurado, de orden material. Sin embargo, Jesús no se compara con el pan material. Su comparación es con otro pan, desconocido para el hombre, porque Jesús es y posee en sí mismo algo que no posee ni puede poseer jamás el pan material: la substancia y el ser divino, trinitario. Esto es lo que explica que Jesús diga que el que coma de este pan, que es Él, “jamás tendrá hambre, y jamás tendrá sed”, porque Él es un pan que sacia un apetito que no es el meramente corporal, porque el apetito corporal finaliza con la vida corporal, es limitado como es limitada la vida terrena. Jesús, en cuanto Pan de Vida, sacia un hambre y una sed que no son corporales, sino espirituales, porque dice “jamás”, lo cual implica la noción de infinitud, de inmortalidad, de eternidad, y eso un pan material no puede de ninguna manera satisfacer. Jesús sí puede satisfacer el apetito, el hambre y la sed de Dios que toda alma posee, porque Él es ese Dios que toda alma apetece desde que nace; Él es ese Dios-Amor que toda alma desea amar con todas sus fuerzas desde el momento mismo en el que es creada; Jesús es ese Dios por el que toda alma suspira no desde el momento en que nace, sino desde el instante mismo en que es creada, y desea unirse a Él toda su vida, y se goza si lo logra en la visión beatífica, y se lamenta por la eternidad si lo pierde para siempre en la condenación eterna.

“Yo Soy el Pan de Vida”. Jesús es el Pan de Vida eterna, que alimenta al alma con la substancia misma de Dios, substancia que es Vida, Amor, Paz, y Luz divinas, y puesto que es Dios eterno, se dona sin reservas en la Eucaristía, para que el alma, aun existiendo en esta vida mortal, comience ya a experimentar los goces que le esperan en el Reino de los cielos si se mantiene fiel en la vida de la gracia.

lunes, 5 de mayo de 2014

“Yo Soy el Pan de Vida, el que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí, jamás tendrá sed”


“Yo Soy el Pan de Vida, el que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí, jamás tendrá sed” (Jn 6, 30-35). Los judíos pensaban que eran ellos los que habían comido el pan bajado del cielo, en la travesía por el desierto, desde Egipto hacia la Tierra Prometida, cuando guiados por Moisés, habían recibido el maná, el pan milagroso venido del cielo. Pero Jesús les hace ver que no es así, porque ese maná no es el verdadero maná; ese maná era solo una figura, un anticipo del verdadero maná, del verdadero pan bajado del cielo, que es Él. Los ancestros de los judíos comieron del maná del desierto y murieron; en cambio, los que coman de este Pan, que es Él, “jamás tendrán hambre”, y los que “crean en Él, jamás tendrán sed”. Jesús les está revelando el don que Él hará de su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad y su Amor, que será lo que calmará la sed y el hambre de Dios, que es sed de amor y de felicidad que anida en lo más profundo del ser de todo ser humano.
El drama del hombre, desde la caída original, es la pérdida de contacto con su fuente de amor y de felicidad, que es Dios Uno y Trino, y la consecuente búsqueda en sucedáneos –dinero, placer, éxito mundano, avaricia, sensualidad- de esa felicidad perdida, no solo no satisfacen esta sed sino, paradójicamente, provocan en él una sensación de infelicidad y de angustia tanto más grandes, cuanto mayor éxito obtiene el hombre en alcanzar y obtener estos objetivos terrenos.

“Yo Soy el Pan de Vida, el que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí, jamás tendrá sed”. Solo Jesús en la Eucaristía logra extra-saciar por completo, de modo sobre-abundante y sin límites, la sed de felicidad, de amor y de paz que anidan en el corazón de todo hombre, porque Él es Dios en Persona, que se dona en su totalidad, sin reservas, en cada comunión eucarística. Mucho más que saciar la sed y el hambre corporales, la Eucaristía sacia la sed y el hambre de Dios, es decir, la sed y el hambre de Amor, de Paz, de Alegría y de Felicidad que todo ser humano anhela, desde que nace, hasta que muere.

domingo, 4 de mayo de 2014

“Ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse”


“Ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse” (Jn 6, 22-29). La multitud busca a Jesús luego de que Jesús realizara el milagro de la multiplicación de los panes y peces, pero como Jesús se los advierte, la multitud no lo busca por el signo en sí mismo, que preanuncia el Pan de Vida eterna, sino porque han alimentado y satisfecho el hambre corporal: “Ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse”.
No solo en la época de Jesús, sino en toda la historia de la humanidad, desde la caída original de Adán y Eva, hasta nuestros días, y hasta el fin de los tiempos, la tentación del hombre será la de la multitud del Evangelio: seguir aferrados a esta vida, al tiempo y al espacio, a la materia, a las cosas pasajeras, a lo caduco, a lo efímero, y preferir el alimento del cuerpo y la saciedad del hambre y de la sed corporales, antes que saciar la sed y el hambre del espíritu, que es sed y hambre de felicidad, sed y hambre que, en el fondo, es sed y hambre de Dios.
Cuando Jesús multiplica milagrosamente panes y peces, sacia el hambre corporal de la multitud, pero su intención última no es la de simplemente satisfacer el hambre corporal del ser humano; la intención última al hacer el milagro de la multiplicación de panes y peces es el preanunciar un milagro infinitamente más asombroso, que saciará por completo la sed y el hambre de felicidad, de paz, de alegría y de amor de todo hombre y de la humanidad entera, y es el milagro de la Eucaristía, la transubstanciación del pan y del vino en su Cuerpo, Alma, Sangre y Divinidad. Jesús, el Verbo de Dios humanado, no ha venido a esta tierra para dar de comer a los hombres, ha venido para dar de comer su Cuerpo y dar de beber su Sangre, y con su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad, y con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, su Amor, que es el Amor de la Santísima Trinidad. Jesús no ha venido para que los hombres satisfagan su apetito del cuerpo; Él ha venido para satisfacerles el hambre y la sed de Dios, y esto solo lo conseguirán cuando Él se done a sí mismo en la Eucaristía.

Es por eso que encomienda a su Iglesia una tarea eminentemente espiritual: “Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna”. La tarea, la misión de la Iglesia, no es la de dar de comer, la de satisfacer el hambre corporal de la humanidad, sino la de satisfacer el hambre espiritual de la humanidad, dando de comer el Pan de Vida eterna, la Eucaristía. La tarea de la Iglesia es saciar, sí, el hambre de la humanidad, pero no como lo hace la ONU, sino que la Iglesia debe saciar el hambre espiritual de la humanidad, alimentándola con el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía. Ésa es su primera y última misión.

viernes, 2 de mayo de 2014

“Jesús tomó el pan y lo partió (…) se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron”


(Domingo III - TP - Ciclo A – 2014)
         “Jesús tomó el pan y lo partió (…) se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron” (Lc 24, 13-35). Jesús resucitado se aparece a los discípulos de Emaús, pero estos no lo reconocen. Los discípulos de Emaús conocen a Jesús y han recibido directamente de Él sus enseñanzas; conocen también las Escrituras, en donde se decía que el Mesías debía resucitar; han vivido los tristes y amargos días de la Pasión; han recibido las promesas de la Resurrección de parte del mismo Jesús; han sido testigos auriculares de la Resurrección, porque han escuchado de las santas mujeres de Jerusalén que Jesús ha resucitado; todavía más, ahora son testigos oculares de la Resurrección, porque ven con sus propios ojos a Jesús resucitado, y aun así, no creen en Jesús resucitado. Están, dice el Evangelio, “con el semblante triste”, porque hay algo misterioso que impide que reconozcan a Jesús: “algo impedía que sus ojos lo reconocieran”.
         Esta situación no cambia ni siquiera a lo largo de todo el camino; ni siquiera con la larga conversación que tienen con Jesús, o más bien, con el largo monólogo que tiene Jesús con ellos, porque luego de que Jesús les reprocha su dureza de mente –“¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!”-, les comienza a explicar las Escrituras, “en lo referente al Mesías”, es decir, a Él mismo, a cómo se habían cumplido en Él todas las profecías mesiánicas, a cómo se habían cumplido en Él todo lo que los profetas habían profetizado acerca del Mesías Redentor de Israel y de la humanidad.
       Esta ceguera y dureza, que no es tanto mental cuanto espiritual, cambia radicalmente en un momento determinado: cuando Jesús parte el pan. Algunos dicen que se trataba de la Santa Misa, con lo cual se trataría de un gesto sacramental; otros dicen que no; se trate o no de la Santa Misa, lo importante es que, en ese momento Jesús infunde el Espíritu Santo, que es el les concede la gracia santificante, la cual los hace partícipes del modo de conocimiento con el cual Dios Uno y Trino se conoce a sí mismo, y es en ese momento, debido a esa gracia recibida, que los discípulos, participando del modo con el cual el Hijo de Dios se conoce a sí mismo como Dios Hijo, es que los discípulos de Emaús reconocen a Jesús como al Hombre-Dios, como a Dios Hijo encarnado, y no como a un forastero, como a un hombre extraño, tal como lo habían tomado hasta ese entonces. Es el gesto de Jesús, de soplar el Espíritu Santo sobre ellos, lo que les permite a los discípulos de Emaús adquirir un nuevo modo de conocimiento, una nueva capacidad de conocimiento, una capacidad divina, la capacidad misma de Dios, y es por eso que conocen a Jesús como Jesús se conoce a sí mismo, es decir, como Dios Hijo en Persona. Pero al mismo tiempo, lo aman como Jesús se ama a sí mismo, es decir, con el Amor de la Santísima Trinidad, con el Amor del Espíritu Santo, porque el Padre ama al Hijo con la Persona-Amor de la Trinidad, el Espíritu Santo, y los discípulos de Emaús, llenos del Espíritu Santo, conocen y aman a Jesús como Jesús se conoce y se ama a sí mismo, con el conocimiento y el Amor del Espíritu Santo, que es el conocimiento y el Amor del Padre. Por eso es que les arde el corazón, porque el Espíritu Santo habita en sus corazones, haciéndoles arder el corazón en el Amor de Dios: “¿No ardían acaso nuestros corazones cuando nos explicaba las Escrituras?”, se preguntarán después, sorprendidos.
         Como bautizados y miembros de la Iglesia, debemos identificarnos con los discípulos de Emaús: también nosotros conocemos las Escrituras; también nosotros hemos recibido las enseñanzas de Jesús; también nosotros somos testigos de la Resurrección, porque hemos aprendido el Catecismo; también nosotros conocemos a Jesús, porque lo hemos recibido muchas veces en la comunión, pero, al igual que los discípulos de Emaús, en el fondo, andamos “con el semblante triste”, porque en el fondo no reconocemos a Jesús, aun cuando comulguemos, aun cuando confesemos, aun cuando recemos el Credo, aun cuando nos digamos ser cristianos católicos, aun cuando invitemos a Jesús a cenar con nosotros en la Comunión eucarística. Aun así, nos sucede como a los discípulos de Emaús: “algo impide que nuestros ojos lo reconozcan” en la Eucaristía, algo impide que nuestros ojos lo reconozcan a Jesús vivo, glorioso, resucitado, en la Eucaristía, y por ese mismo motivo, eso impide que demos testimonio ante el mundo de la existencia de Jesús resucitado y glorioso y de la existencia de un mundo nuevo de eternidad, el Reino de los cielos, al cual Jesús resucitado nos conduce. El hecho de que en el fondo no creamos en Jesús resucitado, nos incapacita para dar un testimonio creíble de una vida de eternidad y por eso seguimos apegados a las cosas de la tierra y así nos presentamos como una contradicción: nos llamamos cristianos católicos, es decir, somos en teoría futuros ciudadanos del Reino de los cielos, pero vivimos apegados a la materia, al dinero, a los vicios, al pecado, y no solo no vivimos los mandatos del Rey del cielo, Jesucristo, sino que obedecemos ciegamente los mandatos del Príncipe de las tinieblas, el Demonio.
         Es por eso que también a nosotros nos cabe el reproche de Jesús a los discípulos de Emaús: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!”; cómo nos cuesta creer todo lo que aprendimos en el Catecismo, todo lo que recitamos en el Credo, todo lo que leemos de las vidas de los Santos, todo lo que nos enseña la Santa Iglesia acerca del Cielo, el Purgatorio y el Infierno. Pensamos que el Cielo, el Purgatorio y el Infierno, son cuentitos para niños, y que nosotros aquí podemos hacer y vivir como queramos, total eso es eso, precisamente: un cuentito para niños. Es más fácil y cómodo creer en lo que más me gusta y dejar de creer en lo que menos me gusta. No en vano Sor Faustina Kowalska advierte, en su Diario, que el Infierno está ocupado con aquellos que creían que el Infierno no existía.

“Jesús tomó el pan y lo partió (…) se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron”. Los discípulos de Emaús reconocen a Jesús cuando Jesús les infunde el Espíritu al partir el pan. De la misma manera, solo cuando poseamos el Amor de Dios en nuestros corazones, el Amor que es el Espíritu Santo, el Amor que nos permita conocer y amar a Cristo con el Amor y el conocimiento de Dios Uno y Trino, nuestras mentes brillarán con la luz de Dios y nuestros corazones arderán con la caridad, con el Amor mismo de Dios, y entonces, reconociendo a Jesús, vivo y glorioso en la Eucaristía, le diremos: "Quédate con nosotros, Jesús, quédate en nuestros corazones, quédate para siempre, y no te vayas nunca jamás".
Es por eso que también nosotros, como los discípulos de Emaús, necesitamos que Jesús nos infunda el Espíritu Santo, para que lo conozcamos y lo amemos como Él mismo se conoce y se ama, con un conocimiento y con  un Amor sobrenatural, para que seamos capaces de dar testimonio de Él al mundo, un testimonio que llegue hasta la muerte de cruz, para que el mundo vea y crea y creyendo se salve.