viernes, 2 de enero de 2015

“En el principio existía la Palabra (…) la Palabra era Dios (…) la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (…) nosotros hemos visto su gloria”


(Domingo II - TN - Ciclo B – 2015)
        (Domingo II - TN - Ciclo B – 2015)
         “En el principio existía la Palabra (…) la Palabra era Dios (…) la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (…) nosotros hemos visto su gloria” (Jn 1, 1-18). El Evangelista Juan es representado con un águila, debido a que en su Evangelio describe el misterio de Jesucristo con tanta agudeza y altura, que su teología permite realizar la analogía con este majestuoso animal: así como el águila se eleva a las alturas en dirección al sol y puede, desde lo más alto del cielo, mirar al sol sin ser encandilada por este, así también el Evangelista Juan, llevado por la gracia, se eleva a la más alta contemplación mística del misterio del Hombre-Dios Jesucristo, contemplándolo en su ser eterno junto al Padre y revelando por lo tanto su divinidad, al ser consubstancial al Padre; Juan contempla, como el águila al astro sol, al Sol de justicia, Jesucristo, sin ser encandilado ni enceguecido por la luz de su divinidad: “En el principio existía la Palabra (…) la Palabra era Dios”. “En el principio existía la Palabra”: en el principio, en la eternidad, existía la Palabra; la Palabra era Dios”: la Palabra era consubstancial al Padre, poseía el mismo Ser divino trinitario y la misma Naturaleza divina trinitaria. Así contempla Juan a la Palabra de Dios, en la eternidad, en remontarse en vuelo sobrenatural hasta el Ser trinitario divino, de donde procede la Palabra.
        Pero de la misma manera a como el águila, volando en lo más alto del cielo, puede, debido a la agudeza de su visión, mirar también hacia abajo, para localizar a sus presas con toda precisión y así lanzarse en pos de ellas, así también, la agudeza de la teología de Juan el Evangelista, le permite, luego de contemplar al Verbo Eterno, siendo Dios, junto al Padre, contemplarlo en la tierra, ya encarnado, como embrión en el seno virgen de María, como Niño Dios en el Nacimiento, como Hombre-Dios en la Pasión y en el Santo Sacrificio de la Cruz, y por eso dice: La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y en la contemplación del Verbo, el Evangelista Juan contempla la gloria “como de Hijo Unigénito”, que le pertenece desde la eternidad, por ser Dios Hijo, pero también contempla esa gloria en la Carne del Verbo Encarnado: “Hemos visto su gloria”, y la contempla a esa Carne también, gloriosa, pero sangrante y crucificada, en la Pasión y en la crucifixión.
El Evangelista Juan, representado como el águila, contempla entonces al Verbo de Dios en la eternidad y lo contempla también en la Encarnación, nacido como Niño, y lo contempla en la cruz; tanto en el cielo, en la eternidad, como en la tierra, siempre, el Evangelista Juan contempla la gloria del Verbo: en la eternidad, como Palabra de Dios, como Verbo consubstancial del Padre, como Palabra eternamente pronunciada por el Padre; en la Encarnación, Juan contempla la gloria del Verbo Encarnado: “hemos visto su gloria”, porque esta gloria que dice Juan haber visto, es la gloria del Verbo luego de la Encarnación, luego de que el Verbo se ha hecho Carne, es decir, Juan contempla al Niño Dios y en Él, en la humanidad de este Niño, contempla la gloria eterna del Verbo de Dios Encarnado, y en la cruz, contempla a esa Carne del Verbo, sangrante y crucificada.
        Pero no solo el Evangelista Juan está llamado a contemplar a la Palabra de Dios en su gloria: todo cristiano está llamado a la misma contemplación del Evangelista Juan; todo cristiano está llamado a ser un contemplativo, en medio de la acción, como decía San Josemaría Escrivá de Balaguer. Al igual que Juan el Evangelista, de la misma manera, el cristiano está llamado también a contemplar, por la fe de la Iglesia, al Verbo de Dios, en su eternidad y en su gloria, y también en su Encarnación, y en su Carne, en la que transparenta y transluce esta misma gloria eterna, la gloria que posee como Hijo de Dios desde toda la eternidad. 
         Pero el cristiano está llamado también a contemplar la gloria del Verbo de Dios Encarnado, no solo en su eternidad, como Hijo de Dios Unigénito, y no solo en la Encarnación y Nacimiento -en el seno virgen de María y en el Portal de Belén- y en la cruz, sino también en la Eucaristía, porque en la Eucaristía, el Verbo de Dios Encarnado prolonga su Encarnación, y está tan glorioso como lo está en la Encarnación y como lo está en la eternidad. 
       Y así también lo contempló Juan, en la Última Cena, porque la Última Cena fue la Primera Misa, en donde el Verbo obró el milagro de la Transubstanciación, la conversión de las substancias materiales inertes del pan y del vino, en las substancias gloriosas de su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; en la Última Cena, Juan contempló la Eucaristía, y en la Eucaristía contempló, con la luz de la fe, la gloria del Verbo de Dios Encarnado, que prolongaba su Encarnación el Santo Sacramento del Altar y degustó su Amor, al comulgar el Pan Eucarístico; del mismo modo, así es como el cristiano debe también contemplar esta misma gloria, en el Pan de Vida eterna, la Eucaristía, y degustar el Amor contenido en la Eucaristía, al nutrirse con el Pan Vivo bajado del cielo.
            La Eucaristía es el mismo Verbo de Dios contemplado por Juan en la eternidad, y contemplado luego por él en la Encarnación, y es la misma Palabra Encarnada, crucificada y sangrante, que continúa y prolonga su Encarnación en la Eucaristía, y que renueva de modo incruento su sacrificio en cruz en la Santa Misa; la Eucaristía es el mismo y Único Verbo de Dios, con toda su gloria, gloria “como de Hijo Unigénito”, la Eucaristía es el mismo y Único Verbo de Dios que contempló Juan en la eternidad, en la Encarnación, en el Nacimiento y en la cruz. Esta es la razón por la cual, quien contempla la Eucaristía, con la fe de la Iglesia, no con los ojos materiales del cuerpo, sino con los ojos espirituales y sobrenaturales de la fe de la Iglesia, contempla al Verbo de Dios, eterno y encarnado, que continúa y prolonga su encarnación en el Santo Sacramento del Altar.
         El cristiano, elevado a las alturas insondables del seno de la Trinidad, por la fe de la Iglesia, debe decir, en la Adoración Eucarística, parafrasenado al Evangelista Juan: “En el principio existía la Palabra (…) la Palabra era Dios (…) la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (…) nosotros hemos visto su gloria en la Eucaristía; en la Eucaristía, contemplamos la gloria del Verbo de Dios, la gloria de la Palabra de Dios encarnada, que resplandece con su luz eterna en el Santo Sacramento del Altar”. Y de esta Verdad, Verdad descendida y encarnada desde la misma Trinidad, el cristiano debe dar testimonio, no con sermones, sino con ejemplo de vida santa, vivida la santidad cotidiana hasta el martirio, como San Juan Evangelista. Así, con su testimonio de santidad cotidiano, el cristiano dará testimonio de que la Palabra, que existía desde el principio junto al Padre y es Dios, como el Padre se encarnó y prolonga su Encarnación en la Eucaristía, para nutrir a los hombres con el Amor de Dios en ella contenido. 

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