sábado, 28 de febrero de 2015

“Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos”


(Domingo II - TC - Ciclo B – 2015)

“Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos” (Mc 9, 2-10). Jesús se transfigura en el Monte Tabor, se reviste de luz, antes de revestirse de Sangre. La Transfiguración es una demostración de la divinidad de Jesús, puesto que  por la Transfiguración, Jesús no recibe una luz que viene de lo alto, sino que la luz, proviniendo de su Ser divino trinitario, se derrama sobre su alma, se revierte luego sobre su cuerpo y, desde este, brilla hacia el exterior. Es decir, la luz que Jesús deja traslucir en el Monte Tabor, no es una luz ajena o extrínseca a Él, como si la recibiera desde lo alto; Él es el Dios cuya naturaleza divina es luz en sí misma, por lo que esta luz no viene de lo alto, sino que surge desde lo más profundo de su Acto de Ser divino, y puesto que es luz divina, no es una luz inerte, muerta, sin vida, sino que es una luz viva, que da la vida misma de Dios, la vida eterna, a todo aquel que es iluminado por ella. 
Además, como la luz en la Sagrada Escritura es sinónimo de gloria, lo que resplandece en el Monte Tabor es la gloria de Dios, que por medio del Mediador, el Hombre-Dios Jesucristo, se vuelve visible y accesible para los hombres. ¿Cuál es la razón por la cual Jesús se transfigura en el Monte Tabor? Dice Santo Tomás que es para darles valor a sus Apóstoles, porque Jesús se transfigura y se reviste de gloria y de luz, para que sus discípulos recuerden que Él es Dios, porque la Pasión será tan cruelmente dura, que Él quedará prácticamente desfigurado y además cubierto de sangre, con lo cual será irreconocible y para que sepan que a la gloria de la luz, se llega por la tribulación de la cruz. El Dios de gloria y majestad, al que los ángeles se postran en adoración y al que aman y adoran con toda la fuerza de sus seres angélicos, por la malicia de los hombres, quedará reducido, en la Pasión, a un guiñapo sanguinolento; por la malicia del corazón de los hombres, el Dios de toda majestad y gloria, en la Pasión, quedará cubierto de sangre debido a sus heridas abiertas y a que la casi totalidad de su piel ha sido arrancada a fuerza de latigazos. 
Ésta es la razón por la cual Jesús se transfigura en el Monte Tabor, es decir, deja traslucir la luz de su gloria divina -manifestándose en el Tabor en una nueva Epifanía, como lo que es, pero que oculta el resto de su vida terrena, para poder sufrir su Pasión: el Dios de infinita majestad-: lo hace para que lo contemplen en su gloria y así lo recuerden, en el momento en el que Él quedará cubierto de su Preciosísima Sangre.  Jesús se transfigura para que sus discípulos sepan que a la gloria de la luz se va por la cruz, y que no hay otro camino, para llegar a la gloria divina, que la cruz de Jesús. 
La contemplación de Jesús en el Monte Tabor, resplandeciendo de gloria y cubierto de luz, debe realizarse, de modo contemporáneo, con la contemplación de Jesús en el Monte Calvario, saturado de oprobios e ignominia y cubierto de su Sangre Preciosísima. La obra del Monte Tabor, por la cual Jesús está revestido de luz, es obra del Padre, porque Dios Padre le comunica de su gloria y de su luz al Hijo desde la eternidad y es esa luz y esa gloria la que se transluce en el Monte Tabor; la obra del Monte Calvario, por el contrario, por la cual Jesús está saturado de insultos y de golpes y está revestido con el manto rojo de su Sangre, es obra de nuestras manos, porque nosotros, con nuestros pecados, nos convertimos en deicidas, al matar a Jesús en la cruz.
Si Jesús se transfigura y manifiesta su gloria en el Tabor para que sus discípulos sepan que a la luz se va por la cruz, lo hace también para nosotros, que somos sus discípulos, para hacernos ver que tenemos que seguir el mismo camino, participar de su Pasión y Muerte en cruz, si queremos alcanzar la gloria del cielo. Si Jesucristo, nuestro Redentor, pasó a la gloria por la cruz, también nosotros debemos pasar por la cruz al cielo, y la forma de hacerlo es participar de la Pasión de Nuestro Señor. Es lo que pide la Iglesia para sus hijos, en la Liturgia de las Horas: “Señor, que tus hijos vean en sus sufrimientos una participación a tu Pasión”[1]. Cada uno de nosotros, si quiere llegar al cielo, debe pasar por la Pasión de Jesús; cada uno de nosotros, si quiere experimentar y vivir para siempre la gloria del cielo, que es la gloria del Monte Tabor, debe pasar, como pasó Jesús, por la tribulación de la cruz.
“Jesús se transfiguró en el Monte Tabor”. El mismo Jesús glorioso que resplandece con su divina luz en el Tabor, es el mismo Jesús glorioso que resplandece con su divina luz en el cielo, y es el mismo Jesús glorioso que resplandece, a los ojos de la fe, con su divina luz, en la Eucaristía, en el Nuevo Monte Tabor, el altar eucarístico. A esa misma gloria estamos destinados: la gloria del Tabor, la gloria del cielo, la gloria del Cordero en la Eucaristía, pero a esa gloria sólo llegaremos si pedimos, con todo el corazón, participar, en cuerpo y alma, de la bendita Pasión del Salvador.




[1] Cfr. Viernes de la Primera Semana de Cuaresma.

viernes, 27 de febrero de 2015

“Si la justicia de ustedes no es superior a la de escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos”


“Si la justicia de ustedes no es superior a la de escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt 5, 20-26). Jesús dice que “la justicia2 del cristiano debe ser “superior a la de fariseos y escribas”, de lo contrario, no entrará en el Reino de los cielos. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que, a diferencia del Antiguo Testamento, en el que los integrantes del Pueblo de Dios debían ser justos –es decir, santos-, porque su Dios era justo, santo, así también los cristianos, que forman el Nuevo Pueblo Elegido. Pero la diferencia radica en que, en el Antiguo Testamento, la presencia de Dios era extrínseca y se limitaba a determinados momentos; ahora, a partir de Jesucristo, que por medio de su sacrificio y muerte en cruz, donará su gracia por medio de los sacramentos, la Presencia de Dios no será extrínseca, sino intrínseca, puesto que por la gracia, Dios Uno y Trino inhabitará en el alma en gracia; y esa Presencia no se limitará a ciertos momentos, sino que durará tanto tiempo cuanto el alma esté en gracia. Es decir, por la gracia, Dios Trino inhabita en el alma del justo, lo cual es lo mismo que decir que el alma en gracia está en presencia de Dios todo el tiempo. Esto explica que la “justicia”, es decir, santidad, del cristiano, deba ser “mayor que la de los fariseos”, puesto que delante de Dios, que es la santidad en sí misma, no puede subsistir no solo la más pequeña maldad, sino que no puede subsistir ni siquiera la más pequeña imperfección. El don de la gracia, que hace que el alma esté delante de Dios, aquí en la tierra, de modo análogo a como lo están los ángeles y los santos en el cielo, es lo que determina que el cristiano no solo no deba cometer pecados veniales, sino que deba ser “perfecto, como el Padre celestial es perfecto”.


jueves, 26 de febrero de 2015

“Pidan y se les dará”


“Pidan y se les dará” (Mt 7, 7-12). En este Evangelio, Jesús no solo nos anima a pedir a Dios, sino que nos garantiza que lo que pidamos, nos será concedido (se entiende, obviamente, que se nos concederá todo lo que esté de acuerdo con la Voluntad de Dios y sirva para nuestra eterna salvación). Teniendo en cuenta las palabras de Jesús, que es Dios, nos preguntamos: ¿qué pedir? Porque la primera tentación es pedir que se nos quite la cruz, o que se haga lo más liviana posible, lo cual sería, de nuestra parte, una muestra de egoísmo y una muestra también de que no hemos comprendido el mensaje de Jesús: “El que quiera venir detrás de Mí, que cargue su cruz de cada día y me siga” (Lc 9, 22-25). ¿Qué pedir, entonces, para no caer en el egoísmo y en la incomprensión del mensaje de Jesús?
Pidamos la gracia de ser una imagen viviente de los Sagrado Corazones de Jesús y de María.
Pidamos el participar de la Pasión de Jesús en cuerpo y alma.
Pidamos recibir su corona de espinas, beber del cáliz de sus amarguras y sentir sus mismas penas.
Pidamos la gracia de morir, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado.
Pidamos la gracia de tener los mismos pensamientos que tiene Jesús, coronado de espinas.
Pidamos a la Virgen sus ojos para ver a su Hijo Jesús como Ella lo ve y su Corazón Inmaculado, para amarlo con el Amor con el que Ella lo ama, el Amor de Dios, el Espíritu Santo.
Pidamos la gracia de participar activa y santamente de la Santa Misa, lo cual no quiere decir movimiento físico, sino unión espiritual del alma con Jesús, que renueva sacramental e incruentamente su sacrificio en la cruz, sobre el altar eucarístico, por la salvación de los hombres.
Pidamos la gracia de que, por cada latido de nuestro corazón, unido a los Corazones de Jesús y de María, se salve un alma, como lo prometió Jesús a los Siervos del Divino Amor: “Si me pedís salvar un alma por cada latido de vuestro corazón, os lo concedo a quien me lo pida”.
Pidamos la gracia de ser tenidos como malditos en favor de nuestros hermanos, como lo dice la Sagrada Escritura: “Yo mismo desearía ser maldito, separado de Cristo, en favor de mis hermanos, los de mi propia raza” (Rom 9, 3), imitando así a Jesús y uniéndonos a Él, que por nosotros se hizo maldito en la cruz: “Maldito el que cuelga del madero” (Dt 21, 23), convirtiendo la maldición en bendición y salvación eterna por su poder divino: “Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros” (Gal 3, 13).
“Pidan y se les dará”. Todo esto podemos pedir, con la certeza de que seremos escuchados.


miércoles, 25 de febrero de 2015

“A esta generación malvada no se le dará otro signo que el de Jonás"


“A esta generación malvada no se le dará otro signo que el de Jonás. Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación” (Lc 11, 29-32). ¿Qué signo representó Jonás para los ninivitas? Ante todo, fue un signo de la Justicia Divina, porque Dios, cansado de los pecados de los ninivitas, envió a Jonás para advertirles que, de no cambiar y convertir sus corazones, habrían de perecer en poco tiempo. Los ninivitas, que eran pecadores, escucharon sin embargo la voz de Dios a través de la voz de Jonás y emprendieron un duro proceso de conversión, que comprendía ayuno, penitencia, oración y cambio de vida (lo cual constituye un ejemplo para todo cristiano que quiera vivir el espíritu cristiano de la Cuaresma).
Sin embargo, Jonás fue también un signo de la Misericordia Divina, porque Dios, al ver que los ninivitas hacían penitencia, “se arrepintió” del castigo que iba a infligirles, debido a su gran misericordia. De esta manera, Jonás se convierte en signo de la Justicia Divina y de la Misericordia Divina para los ninivitas, y éste es el mismo signo que constituye Jesús en la cruz, para los hombres de “esta generación”, es decir, para la humanidad de todos los tiempos.
En la cruz, Jesús es signo de la Justicia Divina, porque es castigado duramente a causa de la Ira de Dios, justamente encendida por los pecados de los hombres, y es castigado porque Él en la cruz, con los pecados de todos los hombres sobre sus espaldas, reemplaza a todos y cada uno de los hombres y se pone en su lugar, para que el castigo que debía caer sobre la humanidad, recayera sobre Él, que de esta manera se ofrecía como Víctima Inocente por la salvación de las almas. Así, Jesús es signo de la Justicia Divina, porque Él recibe el castigo que reclamaba esta Justicia Divina, al haber, todos y cada uno de los hombres, encendida la Santa Ira de Dios con nuestros pecados, con nuestra malicia, con nuestras abominaciones de toda clase, las que llevaron a Dios un día a “arrepentirse de habernos creado” (cfr. Gn 6, 6).
Pero al igual que Jonás, Jesús es también signo de la Divina Misericordia: su mismo sacrificio en cruz, su misma muerte, su misma Sangre derramada en el Calvario, constituyen al mismo tiempo el signo más elocuente del Amor, del Perdón, de la Bondad y de la Misericordia Divina, porque si nosotros le entregamos al Padre a su Hijo muerto en la cruz, por nuestros pecados -la cruz y la muerte de Jesús es obra de nuestras manos, porque somos deicidas-, Dios, de parte suya, no nos castiga ni nos fulmina con un rayo –como lo merecemos, por haber matado al Hijo de Dios, comportándonos como los “viñadores homicidas” del Evangelio (cfr. Mt 21, 34-46)-, sino que nos entrega a este Hijo suyo que cuelga del madero, y en quien inhabita “la plenitud de la divinidad” (cfr. Col 2, 9), como signo de su Amor y de su perdón.

“A esta generación malvada no se le dará otro signo que el de Jonás. Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación”. Jesús, signo de la Justicia y de la Misericordia divinas, se nos ofrece en el signo de la Iglesia, la Eucaristía. Para nosotros, pecadores necesitados de la gracia de la conversión, no hay otro signo que la Eucaristía y nada más que la Eucaristía, y si buscamos “signos” en otros lados (en otras religiones, en sectas, en filosofías anticristianas, etc.), solo encontraremos la nada y la muerte eterna.

martes, 24 de febrero de 2015

El Padre Nuestro se vive en la Santa Misa



         “Ustedes oren de esta manera: Padre Nuestro, que estás en el cielo…” (Mt 6, 7-15). Jesús enseña a rezar la oración específicamente cristiana, el “Padre Nuestro”. La novedad con esta oración es que, por medio de esta oración, los fieles cristianos pedimos a Dios muchas cosas, esenciales para la vida espiritual y material, al mismo tiempo que lo tratamos como a un Padre, lo cual constituye una novedad absoluta con respecto al paganismo. Sin embargo, la Iglesia nos concede la gracia de que lo que pedimos en el Padre Nuestro, podamos vivirlo en la Santa Misa. Y ahora vemos por qué.
         “Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre”: en el Padre Nuestro invocamos a Dios, que está en el cielo; en la Santa Misa, el altar se convierte, por el misterio de la liturgia eucarística, en una parte del cielo, en donde se hará presente el Cordero de Dios, Jesucristo, en la Eucaristía; en el Padre Nuestro, pedimos que el nombre de Dios sea santificado: en la Santa Misa, Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, santifica con su sacrificio en la cruz, por nosotros, al nombre Tres veces Santo de Dios, porque el sacrificio de su Humanidad santísima es llevado a cabo para honrar, alabar, ensalzar, el nombre de Dios.
         “Venga a nosotros tu Reino”: en el Padre Nuestro pedimos que el Reino de Dios venga a nosotros; en la Santa Misa, más que el Reino de Dios, se presente, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, el Rey del Reino de los cielos, Jesucristo, el Hombre-Dios, en la Eucaristía.
         “Hágase tu Voluntad así en la tierra, como en el cielo”: mientras en el Padre Nuestro pedimos que la Voluntad de Dios se cumpla, tanto en el cielo, como en la tierra, en la Santa Misa se cumple la Voluntad de Dios, porque es por Voluntad del Padre que Jesucristo actualiza y renueva, de modo incruento y sacramental, sobre el altar eucarístico, su Santo Sacrificio del Calvario.
         “Danos hoy nuestro pan de cada día”: en el Padre Nuestro pedimos a Dios que nos dé el pan de cada día, es decir, imploramos que la Divina Providencia no nos haga faltar el pan material, con el cual alimentamos el cuerpo; en la Santa Misa, más que el pan material, Dios nos concede algo infinitamente más grande que el pan material pedido en el Padre Nuestro: nos concede el Pan bajado del cielo, el Pan vivo que concede la vida eterna, es decir, el Pan Eucarístico, que alimenta el alma con la Vida y el Amor mismo de Dios Uno y Trino.
         “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”: mientras en el Padre Nuestro pedimos a Dios que nos perdone las ofensas que hayamos realizado a los demás, al tiempo que nos comprometemos a perdonar a quienes nos hayan ofendido, en la Santa Misa, ante el pedido que hacemos en el Padre Nuestro de ser perdonados en nuestras ofensas, Dios nos concede el sello de su perdón divino, el beso de su Amor, su Hijo Jesucristo en la cruz, que renueva cada vez su santo sacrificio de la cruz sobre el altar eucarístico, y a nuestro compromiso de perdonar a quienes nos ofenden –que implica el amor a los enemigos-, Dios en Persona lo hace por nosotros, puesto que demostramos amor y perdón perfectos hacia quienes nos han ofendido y hacia quienes son nuestros enemigos, cuando hacemos por ellos la ofrenda del Cuerpo sacramentado, resucitado y glorioso de Jesucristo en la cruz.
         “No nos dejes caer en la tentación”: en el Padre Nuestro pedimos no caer en la tentación, y lo pedimos a Dios, porque sin su gracia, es imposible no caer en pecado mortal, como enseña Santo Tomás de Aquino; en la Santa Misa, Dios nos concede, más que la gracia para no pecar, a la Gracia Increada, Jesucristo, Dios Hijo encarnado, que renueva su Encarnación por la liturgia eucarística y, mucho más que darnos fuerzas para no pecar, Jesús Eucaristía nos concede su misma santidad, con lo cual somos hechos partícipes de la santidad divina.
         “Y líbranos del mal”: en el Padre Nuestro pedimos a Dios que nos libre del mal, es decir, del demonio, que es el mal personificado; en la Santa Misa, se hace presente, con su sacrificio en cruz, Jesucristo, el Hombre-Dios, que con su sacrificio del Calvario, derrotó para siempre al demonio, el Tentador, autor de nuestra caída y enemigo de nuestras almas.
         “Amén”: en el Padre Nuestro decimos “Amén”, con lo cual pedimos que “así sea”, así se cumplan, los pedidos que hicimos; en la Santa Misa, entonamos el triple Amén al Dios Tres veces Santo, Jesucristo, que se hace Presente en medio de su Iglesia, con su Cuerpo glorioso y resucitado, tal como se encuentra en el cielo, solo que oculto bajo lo que parece ser pan.

         Por todo esto, el Padre Nuestro se vive en la Santa Misa.

lunes, 23 de febrero de 2015

“Lo que hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, Conmigo lo hicisteis”


Jesús -y a su lado, la Virgen- separando a buenos y malos
en el Día del Juicio Final
(El Juicio Final, detalle, Miguel Ángel Buonarotti)

“Lo que hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, Conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 31-46). Con este pasaje evangélico, la Iglesia da el fundamento de porqué el cristiano debe hacer obras de misericordia corporales y espirituales: la Presencia –misteriosa, invisible, pero real- de Jesucristo, el Hombre-Dios, en el prójimo y sobre todo, en el prójimo más necesitado. Debido a esta Presencia real de Jesucristo en el prójimo, el cristiano debe realizar obras de misericordia movido no por un vago sentimiento de filantropía, sino por amor a Jesucristo  Dios y al prójimo, en quien habita Jesucristo. Así, el cristiano se asegura de cumplir el Primer Mandamiento, el mandamiento en el que está concentrada toda la Ley Nueva de la caridad: “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”.
Al auxiliar a su prójimo, movido por el amor cristiano, el fiel ama a Dios –a Jesucristo, que es Dios, que habita en el prójimo- y ama al prójimo, en quien Dios habita, y así cumple a la perfección el mandamiento más importante. Pero también se ama a sí mismo no con un amor egoísta, superficial, mundano, sino con un amor perfecto, porque el hecho de amar a Dios y al prójimo, le abre las puertas del cielo, ya que escuchará de Jesús, en el Día del Juicio Final: “Ven, bendito de mi Padre, porque tuve hambre y sed; estuve enfermo, preso, y me socorriste”, y este amor a sí mismo es perfecto y no egoísta, porque es el amor que busca la salvación de la propia alma.

“Lo que hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, Conmigo lo hicisteis”. En tiempo de Cuaresma –en realidad, durante todo el año, pero especialmente en Cuaresma-, la Iglesia nos insta a obrar la misericordia, no como mero ejercicio ni virtuoso ni piadoso, sino como forma de ganarnos el cielo. Al auxiliar a Jesús, Presente en el prójimo, Él nos devolverá, todas estas obras de misericordia, multiplicadas al infinito, concediéndonos la vida eterna, el día de nuestra muerte y consumándola para siempre en el Día del Juicio Final. Pero ya aquí, en esta vida, a quien obra la misericordia para con su prójimo, viendo a Jesús Presente en el más necesitado, Jesús lo premia con un premio inimaginablemente más valioso que todo el oro del mundo: para quien obra la misericordia, es decir, para quien da de comer al hambriento; para quien viste al desnudo; para quien da de beber al sediento; para quien visita y socorre a los encarcelados y enfermos; para quien da consejos a quien lo necesita; en fin, para quien obra las obras de misericordia, tal como las prescribe la Iglesia y según su estado de vida, Jesús lo premia, alimentándolo con el Pan de Vida eterna, saciando su sed con la Sangre de la Alianza Nueva y Eterna, vistiéndolo con su gracia santificante, alojándolo en su Sagrado Corazón, es decir, donándose a sí mismo en la Eucaristía. Y este motivo, es el motivo más fuerte, para obrar la misericordia.

domingo, 22 de febrero de 2015

“El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás”



"Las tentaciones de Jesús", 
de Nicols Florentino, 
Catedral vieja de Salamanca


(Domingo I - TC - Ciclo B – 2015)

         “El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás” (Mc 1, 12-15). Jesús es llevado por el Espíritu Santo al desierto, para ser tentado por el espíritu del mal, Satanás, del demonio, la Serpiente Antigua. Esto nos lleva a hacernos algunas preguntas: ¿qué es la tentación? Si Jesús, siendo Dios Hijo en Persona, encarnado, y como tal, no podía jamás sucumbir a la tentación de Satanás, ¿por qué Jesús se deja tentar por el demonio?
         Podemos decir que la tentación es una prueba y una prueba específica para el cristiano: en la tentación, lo que es sometido a prueba, es la fe del cristiano[1]. La tentación es “la ocasión que Dios ofrece al hombre para conocer su realidad en profundidad, es decir, para que pueda saber lo que hay en su corazón”[2]. Es decir, Dios permite la tentación para “saber lo que hay en el corazón”: si hay amor a Dios, entonces el corazón resiste a la tentación, porque se da cuenta que, si cede a la tentación, se queda sin Dios –eligió a la tentación en vez de a Dios- y en consecuencia, su amor a Dios, o se enfría –si al ceder a la tentación cometió un pecado venial-, o se apaga –si al ceder a la tentación cometió un pecado mortal-. Y si permite la tentación, es para que no cedamos a ella, sino para que, resistiéndola –con la gracia de Cristo, de otro modo, es imposible-, nuestro amor a Él se vea fortalecido y engrandecido.
Y si la tentación es una “prueba de la fe”, tenemos que preguntarnos en qué fe somos tentados: somos tentados en la fe que profesamos en el Credo, porque allí está contenido todo lo que debemos creer; somos tentados en la fe que profesamos en los Mandamientos, porque ahí está todo lo que debemos hacer. Somos tentados en la fe que profesamos en el Credo -cada artículo del Credo está unido indisolublemente a todos los otros, y si dejamos de creer en uno solo de los artículos del Credo, dejamos de creer, en realidad, en toda la Verdad revelada por Jesucristo-, cuando en vez de creer lo que la Santa Madre Iglesia enseña, queremos creer lo que nuestra razón nos dice, oscureciendo así el misterio insondable de Jesucristo y, lo que es peor, terminamos creyendo en el credo de Satanás. Somos tentados en los Mandamientos, cuando en vez de cumplir los Mandamientos de Dios, promulgados por Dios en el Sinaí y “actualizados” por Cristo Dios desde la cruz, cumplimos los mandamientos de Satanás, que prescriben lo exactamente opuesto a los Mandamientos de Dios.
         En cuanto a la pregunta de por qué Jesús se deja tentar por el demonio, la respuesta la tiene San Agustín. Primero, San Agustín dice que el cristiano, en cuanto miembro de Cristo, clama por Él, pero desde el abatimiento, desde la prueba: “Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién dice esto? Parece que uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde los confines de la tierra con el corazón abatido (…) Quien invoca desde los confines de la tierra es (la herencia) de Cristo, este cuerpo de Cristo, esta Iglesia única de Cristo (…) que invoca al Señor desde los confines de la tierra. ¿Y qué es lo que pide? Lo que hemos dicho antes: Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica; te invoco desde los confines de la tierra, esto es, desde todas partes. ¿Y cuál es el motivo de esta súplica? Porque tiene el corazón abatido. Quien así clama demuestra que está en todas las naciones de todo el mundo no con grande gloria, sino con graves tentaciones”[3].
Luego, San Agustín dice que la tentación es parte de esta vida y es necesaria para nuestro progreso espiritual y aunque sin afirmarlo explícitamente, sostiene que la tentación es sufrida por Jesucristo, para que en Él fuera vencido el demonio y nosotros aprendiéramos cómo vencer la tentación, siguiendo su ejemplo. Dice así San Agustín: “Nuestra vida, en efecto, mientras dura esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones. Aquel que invoca desde los confines de la tierra está abatido, mas no queda abandonado. Pues quiso prefigurarnos a nosotros, su cuerpo, en su propio cuerpo, en el cual ha muerto ya y resucitado, y ha subido al cielo, para que los miembros confíen llegar también adonde los ha precedido su cabeza. Así pues, nos transformó en sí mismo, cuando quiso ser tentado por Satanás. Acabamos de escuchar en el Evangelio cómo el Señor Jesucristo fue tentado por el diablo en el desierto. El Cristo total era tentado por el diablo, ya que en él eras tú tentado. Cristo, en efecto, tenía de ti la condición humana para sí mismo, de sí mismo la salvación para ti; tenía de ti la muerte para sí mismo, de sí mismo la vida para ti; tenía de ti ultrajes para sí mismo, de sí mismo honores para ti; consiguientemente, tenía de ti la tentación para sí mismo, de sí mismo la victoria para ti. Si en él fuimos tentados, en él venceremos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también a ti mismo victorioso en él. Hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo; pero entonces tú, que estás sujeto a la tentación, no hubieras aprendido de él a vencerla”[4]. De un modo magistral, San Agustín nos enseña que Cristo se dejó tentar en el desierto, porque de esa manera, no solo derrotaba al demonio por nosotros, sino que, al vencerlo a través de nuestra humanidad, nos concedía su victoria a nosotros, los hombres, al hacernos partícipe de su victoria sobre el Enemigo de las almas.
“El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás”. Cuando tengamos las tentaciones más fuertes, las que nos llevan a dudar del Credo, es cuando tenemos que rezar, con total convicción, cada artículo del Credo; cuando tengamos la tentación de no querer cumplir los Mandamientos de Cristo Dios, recordemos que la alternativa son los mandamientos de Satanás, y recurramos entonces a la Virgen, para que nos fortalezca y nos dé amor por la Voluntad divina. En toda tentación, por más fuerte que sea, recordemos que Jesucristo las ha vencido a todas y que en Él, y solo en Él, saldremos victoriosos. No hay ninguna tentación que no podamos vencer, si estamos unidos a Jesucristo, el Hombre-Dios, Victorioso para nosotros y por nosotros en la tentación en el desierto. Y por último, el para qué Jesús se deja tentar por nosotros, nos lo dice el Misal Romano[5]: “(Jesús) al abstenerse de alimentos terrenos durante cuarenta días, consagró con su ayuno la práctica cuaresmal, y al rechazar las tentaciones del demonio nos enseñó a superar los ataques del mal, para que, celebrando con sinceridad el misterio pascual, podamos gozar un día de la Pascua eterna”. Jesús se deja tentar el desierto, no para que simplemente seamos más virtuosos, al rechazar las tentaciones como Él, sino para que, rechazándolas en Él y por Él, conservemos e incrementemos la gracia, de manera que podamos celebrar el “misterio pascual” de su Pasión, Muerte y Resurrección, esto es, la Santa Misa, en donde este misterio se actualiza por medio de la liturgia eucarística, y seamos capaces, con un corazón fortalecido luego de la lucha contra la tentación, de alimentarnos del Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, como anticipo terreno del “gozo de la Pascua eterna” que, por su misericordia, esperamos celebrar al finalizar nuestros días en esta vida terrenal.



[1] Cfr. http://www.mercaba.org/Catecismo/ADULTOS/CATEQUIZANDO%202%20055-069.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] De los Comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766).
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. Plegaria Eucarística del Domingo I de Cuaresma, Las tentaciones del Señor.

sábado, 21 de febrero de 2015

Sábado después de Ceniza


Jesús llama a San Mateo
(Caravaggio)

En esta bella pintura del Caravaggio, que se está en la Iglesia San Luis de los franceses en Roma, se expresa la belleza del llamado de Jesús a San Mateo. El Señor entra como un rayo de luz y con su brazo extendido ilumina la vida de los pecadores aferrados a la mesa de recaudación. Algunos están tan absortos y apegados al dinero que ni advierten su presencia, otros miran con indiferencia, alguno duda si responder o no. Mateo se siente llamado en su miseria, y sabemos cómo continúa la historia, lo deja todo para seguir a Jesús. Ojalá que nosotros hoy nos sintamos llamados y respondamos con generosidad porque el Señor ha venido a sanar a los que están enfermos y a buscar a los que estaban perdidos. 
(Monseñor Ariel Torrado Mosconi)

         “Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví (…) y le dijo: “Sígueme”. Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (Lc 5, 27-32). El Evangelio relata la vocación de San Mateo: Jesús “salió”, dice la Escritura, “vio a un publicano llamado Leví y le dijo: Sígueme”. Inmediatamente, “dejándolo todo”, según la misma Escritura, Leví –San Mateo-, “lo dejó todo y lo siguió”. La llamada a San Mateo y su inmediata conversión –puesto que responde de manera instantánea a la vocación de Jesús- recuerda a la de Simón, Andrés, Santiago y Juan (cfr. Mc 1, 14-20): también los Apóstoles “lo dejan todo” ante el llamado de Jesús. En ambos casos, las actividades que realizan, implican toda su vida, toda su existencia, y en ambos casos, la respuesta al llamado de Jesús es inmediata, instantánea. Esto nos lleva a preguntarnos qué es lo que vieron –Simón, Andrés, Santiago y Juan y, en este caso, Leví- en Jesús, para que dejen todo lo que representa no solo el trabajo al que se dedican, sino toda su vida anterior, que está representada en ese trabajo. Simón, Andrés, y los demás Apóstoles, al ser llamados por Jesús, están trabajando como pescadores; Leví, está trabajando como recaudador de impuestos, una ocupación que lo hacía ser particularmente rechazado por el pueblo hebreo, puesto que lo veía doblemente como un enemigo: porque trabajaba para el imperio romano, que en ese momento los oprimía, y eso lo convertía en una especie de traidor, y porque recaudaba sus impuestos, lo que lo convertía en una especie de sanguijuela, que absorbía prácticamente todo el producto de sus esfuerzos.
¿Qué es lo que ven los Apóstoles y Leví, al ser llamados por Jesús? Ven en Jesús lo que vieron los santos de todos los tiempos: no ven a un hombre más entre tantos; no ven al “hijo del carpintero” (Mt 13, 55); no ven “al carpintero, el hijo de José y María” (Mc 6, 3): en la llamada de Jesús, ven al Hombre-Dios, el Mesías, Dios Hijo encarnado, que los llama a unirse a Él en la obra de la redención de la humanidad; ven al Cordero de Dios, que con la Sangre de sus heridas abiertas, impregna la cruz y quita los pecados del mundo; ven al Redentor, al Hombre-Dios, a Aquel que es la santidad en sí misma, y que los llama a dejar la vida de pecado, propia del hombre viejo –por eso Jesús dice que “no ha venido a llamar a justos, sino a pecadores”-, representada en las ocupaciones en las que trabajan, para nacer a la vida nueva, la vida de los hijos de Dios, la vida de los que, muriendo al pecado, viven en la santidad de la que los hace partícipe la gracia. Con su llamado, Jesús irrumpe en sus vidas, iluminando sus vidas -inmersas en el pecado, como toda vida del hombre viejo-, con la luz de su Ser trinitario, sacándolos no solo de sus ocupaciones diarias, sino también de esta vida terrena, vida en la que domina el pecado, para conducirlos a la feliz eternidad, por medio de la participación a su Pasión, Muerte y Resurrección. Esto es lo que explica que tanto los Apóstoles como Leví –San Mateo- dejen “todo” y lo sigan: porque ven en Jesús el llamado a dejar la vida de pecado, para comenzar a vivir la vida nueva de la gracia, no dudan ni un instante en ir en pos de Jesús, que por la cruz los conducirá al cielo.
“Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví (…) y le dijo: “Sígueme”. Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió”. También hoy, a nosotros, desde la Eucaristía, desde el silencio del sagrario, Jesús nos dice, como a Leví: “Sígueme”. Y también hoy, nosotros, pecadores como Leví, vemos en Jesús Eucaristía al mismo Hombre-Dios del Evangelio, que nos llama a dejar la vida de pecado, para nacer a la vida nueva de los hijos de Dios. Pero a diferencia del episodio del Evangelio, en el que Leví organiza y ofrece “un gran banquete en su casa”, al cual invita a Jesús, es Jesús quien organiza un gran banquete, el Banquete escatológico, la Santa Misa, en la Casa del Padre, la Iglesia, y nos invita a degustar un manjar exquisito, que por su delicia celestial es desconocido para los hombres: el Pan Vivo bajado del cielo, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, y la Carne del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo, la Eucaristía. Y es esta Eucaristía, su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad, y todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, los que nos impulsan, como a Leví, a “dejarlo todo y seguirlo”; es la Eucaristía la que nos impulsa a dejar el pecado y la vida de pecado, como requisito sine qua non es imposible consumir la Eucaristía, es decir, unirnos al Hombre-Dios en su Cuerpo sacramentado, para recibir de Él su santidad.



viernes, 20 de febrero de 2015

Viernes después de Ceniza


Cristo Esposo de la Iglesia Esposa

“Los amigos del Esposo ayunarán cuando el Esposo les sea quitado” (Mt 9, 14-15). Le preguntan a Jesús porqué sus discípulos no ayunan, como sí lo hacen los discípulos del Bautista y también los fariseos. Jesús responde con una frase enigmática: “Los amigos del Esposo ayunarán cuando el Esposo les sea quitado”. La frase se entiende cuando se comprende que “el Esposo”, al cual hace referencia Jesús, es Él mismo, llamado “Cristo Esposo de la Iglesia Esposa”: esto quiere decir que sus discípulos, los discípulos del Cristo, los “amigos del Esposo”, no pueden ayunar mientras esté Él, porque gozan de su Presencia: ayunarán, por el contrario, cuando el Esposo les sea quitado, y eso sucederá cuando Él muera en la cruz, por la salvación de los hombres. Cuando eso suceda, sus discípulos, los amigos del Esposo, ayunarán, porque entonces no lo verán, hasta la Resurrección.
Ahora bien, el verdadero ayuno cristiano –el ayuno de los amigos del Esposo- está anticipado por el profeta Isaías, según el cual, el ayuno que agrada a Dios, no es simplemente el hecho de privarse de alimentos, andar con cara compungida, “doblando la cabeza como juncos”, y echándose cenizas en la cabeza: el verdadero ayuno, el que agrada a Dios, es el ayuno del mal, acompañado de la saciedad de las obras buenas. En efecto, por boca del profeta Isaías, Dios en Persona se queja y advierte en contra de los cristianos hipócritas, aquellos que exteriormente cumplen con los preceptos y con el ayuno, pero que al mismo tiempo, tienen voluntariamente su corazón hirviendo por los malos deseos, por la malicia, por la injusticia, y levantan su puño contra su prójimo. Esta clase de ayuno y de oración es aborrecible a los ojos de Dios, puesto que la privación de alimentos y la plegaria de los labios dirigida a Dios, debe estar precedida e informada por el amor, el cual debe demostrarse en obras, las cuales, a su vez, solo pueden ser realizadas cuando en el corazón brilla y se enseñorea la gracia santificante, origen de todo pensamiento, de todo deseo y de toda obra buena, meritoria para el cielo.

“Los amigos del Esposo ayunarán cuando el Esposo les sea quitado”. Nosotros, los cristianos, somos “los amigos del Esposo” y es por eso que debemos ayunar –durante todo el año, pero con más intensidad en el tiempo de Cuaresma-. Paradójicamente, para poder realizar este ayuno –privación de alimentos corporales, privación de obras malas y realización de obras de misericordia-, debemos saciarnos con un banquete celestial, constituido por pan, vino y carne de cordero: el Pan de Vida eterna, el Pan vivo bajado del cielo; el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, y la Carne del Cordero de Dios, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, la Eucaristía.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Jueves después de Ceniza


“Si alguien quiere venir detrás de Mí, que cargue su cruz cada día y me siga” (Lc 9, 22-25). Jesús nos da la fórmula de la felicidad: cargar la cruz de cada día y seguirlo a Él camino del Calvario. Ahora bien, hay algo anterior al “cargar la cruz”, y es algo de lo que depende la felicidad final: “querer” seguir a Jesús y es por eso que Jesús dice: “Si alguien quiere venir detrás de Mí…”. Seguir a Jesús es una cuestión de “querer”, que es, en el fondo, “amar”: nadie sigue a Jesús sin amarlo, sin quererlo, por lo mismo que nadie entrará en el cielo forzado, obligado. Jesús lo dice de modo muy claro: “Si alguien quiere venir detrás de Mí…”, debe cargar la cruz y seguirlo; ahora bien, este seguimiento de Jesús no es automático, ni forzado, ni obligado, porque está basado en el Amor, no en el amor humano, sino en el Amor de Dios, porque desear querer seguir a Jesús, es ya un movimiento de la gracia. Nadie desea cargar la cruz y seguir a Jesús, camino del Calvario, sino es por moción de la gracia. La cuestión no es menor, porque quien sigue a Jesús por Amor, cumplirá sus Mandamientos también por Amor, y así tendrá acceso al Reino de los cielos. Desde la cruz, Jesús, que es Dios, no solo nos da los Diez Mandamientos –incluyendo el “Mandamiento Nuevo” de la Ley Nueva, el mandamiento de la caridad-, y no solo nos el ejemplo perfectísimo de cómo vivir los Mandamientos, hasta la muerte de cruz, sino que nos da la fuerza misma para cumpliros y vivirlos –de otro modo, es imposible, empezando por el mandato de “amar a los enemigos”-.
Por el contrario, quien no sigue a Jesús –o, lo que es lo mismo, quien carga la cruz sin Amor-, no solo no cumple los Mandamientos de Dios, sino que cumple, indefectiblemente, los mandamientos de Satanás, puesto que no hay punto intermedio: o se cumplen los Mandamientos de Dios, dados por Jesús desde la cruz, o se cumplen los mandamientos de Satanás. Seguir o no a Jesús, es cuestión de libre albedrío y de Amor, como hemos visto, y quien así lo hace, cumple los Mandamientos de Dios y así se asegura su felicidad y el acceso a la vida feliz y eterna en el Reino de los cielos. Esto está asegurado por la Escritura, que promete la vida a quien elija la vida: “Delante de ti están la vida y la muerte, lo que elijas, eso se te dará” (cfr. Deut 30, 15-20). No seguir a Jesús –no querer seguirlo, porque no se lo ama y por eso no se carga la cruz-, implica la libre elección del seguimiento y de la obediencia a Satanás, porque quien no quiere cargar la cruz, carga el yugo pesadísimo del demonio.

“Si alguien quiere venir detrás de Mí, que cargue su cruz cada día y me siga”. Amar a Jesús, cargar la cruz y seguirlo camino del Calvario, es una cuestión, literalmente, de vida o de muerte: “Hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha (…) si amas al Señor, tu Dios, y cumples sus mandamientos, vivirás (…) delante de ti (está) la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás” (Deut 30, 15-20). Delante nuestro están Jesús y su cruz, con sus Mandamientos de vida eterna, y Satanás, con sus mandamientos de muerte, que mandan lo diametralmente opuesto a los Mandamientos divinos. Lo que elijamos, eso se nos dará. Que María Santísima guíe nuestros pasos por el Camino Real de la Cruz.

Miércoles de Cenizas


(2015)
         “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”. Al imponer las cenizas en forma de cruz, el sacerdote recuerda al fiel bautizado que él, en cuanto hombre, es “polvo” y que “en polvo se convertirá”. Las cenizas tienen entonces una clara intención, la intención de traer al recuerdo del bautizado, que está de paso en esta vida, porque él es “polvo” y se “convertirá en polvo”, como las cenizas que está recibiendo en la imposición. Sin embargo, hay algo más que recuerdan las cenizas. ¿Qué recuerdan las cenizas? Las cenizas del inicio del tiempo de Cuaresma sirven, por lo tanto, al fiel, para recordar varias cosas: que esta vida presente es sumamente frágil y corta, aun cuando se vivan largos años, y que al final de la vida está la muerte, que con su mortífero poder quita al hombre, a todo hombre, su aliento vital, con lo cual el alma se separa del cuerpo y el cuerpo, en poco tiempo, queda reducido a cenizas, similares a las que se le están imponiendo en la frente: así, las cenizas recuerdan, al hombre, su destino de muerte y que por lo tanto, su paso por esta vida es fugaz y, en consecuencia, no debe aferrarse a nada en esta vida, porque todo en esta vida tiene el mismo destino: la  muerte; pero además de recordar la muerte, inevitablemente, las cenizas recuerdan a aquello que introdujo la muerte, esto es, la desobediencia al Amor de Dios, por parte de Adán y Eva, y la obediencia a la voz de Satán, que los instaba a la rebelión contra el Dios de la Vida, lo cual trajo como consecuencia el origen del Primer Pecado, el Pecado Original, pecado que expulsó la gracia, que les concedía la participación en la vida divina, y les introdujo la muerte, el dolor, la enfermedad, al apartarse voluntariamente del Dios de la Vida y del Amor; las cenizas recuerdan, por lo tanto, la condición de pecador al hombre, porque el pecado de los primeros padres se transmitió a toda la humanidad, y se transmitirá hasta el fin de los tiempos, como una mancha pestilente y contagiosa, a todo ser humano que nazca en la tierra; las cenizas recuerdan entonces que el pecado y su consecuencia más funesta, la muerte y el apartamiento del Dios de la Vida y del Amor, es lo que domina toda la existencia humana, desde que nace hasta que muere; las cenizas recuerdan que el hombre muere y se aparta de Dios por el pecado, y que la condición de pecador es la condición que acompaña a todo ser humano desde su nacimiento, pero que este estado de muerte y pecado del hombre, no es la Voluntad de Dios.
Sin embargo, puesto que las cenizas son impuestas con el signo de la cruz, no solo recuerdan el destino de muerte, sino de vida eterna: la imposición recuerda también que el hombre, por Cristo Jesús, está destinado a la vida eterna, por el sacrificio redentor de Aquél que murió en cruz en el Calvario, dando su vida y hasta la última gota de su Preciosísima Sangre, para no solo derrotar a la muerte -destino inevitable de la humanidad, de todo hombre-, al concederle la vida eterna, su vida misma, infundida con su misma Sangre, sino también para quitar la causa de la muerte, el pecado, porque la Sangre del Cordero de Dios quita los pecados del alma; las cenizas recuerdan también el triunfo del Hombre-Dios, por el sacrificio de la cruz, sobre el demonio, instigador del pecado; las cenizas recuerdan que, si bien el hombre es “polvo” y se “convertirá en polvo”, porque está bajo el dominio del pecado, por la gracia de Jesucristo, obtenida por su sacrificio en cruz, el hombre se convierte en luz y en luz divina, luego de la muerte, si vive y muere en gracia, es decir, si acepta a Jesús como a su Dios y Redentor.

“Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”. Al recibir las cenizas, el bautizado recuerda que es pecador y está destinado a la muerte, pero recuerda también que Cristo Jesús, Dios Salvador y Redentor, dio su Sangre y su Vida divinas en la cruz para rescatarlo de este destino de muerte y corrupción y para concederle la vida eterna, para conducirlo al Reino de los cielos, luego de la muerte; en consecuencia, el bautizado, en Cuaresma, hace penitencia por su condición de pecador; hace ayuno corporal y sobre todo, ayuno del mal, como modo de preparar el cuerpo y el alma para la recepción de la gracia santificante, que es lo que le quita la condición de pecador y le concede el ser hijo adoptivo de Dios; finalmente, el bautizado, en Cuaresma, y con las cenizas impuestas en la frente en forma de cruz, obra la misericordia, sobre todo para con su prójimo más necesitado, como forma de acción de gracias por el Amor derramado con la Sangre del Cordero que, por todos los hombres y por su salvación, se inmoló en la cruz. Es esto lo que recuerdan las cenizas.

“¿Todavía no entienden?”


“¿Todavía no entienden?” (Mc 8, 13-21). Los discípulos, que están en la barca junto a Jesús, discuten entre sí “porque no habían traído pan”. Jesús se da cuenta de la discusión e interviene, diciéndoles: “¿A qué viene esa discusión porque no tienen pan? ¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen”. Luego, trae a colación dos milagros hechos por Él, en donde el hecho central era la multiplicación milagrosa de los panes: “¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?” (…) “Y cuando repartí siete panes entre cuatro mil personas, ¿cuántas canastas llenas de trozos recogieron?”. Al final del diálogo, Jesús vuelve a insistir en su primera pregunta retórica: “¿Todavía no comprenden?”. Es decir, mientras los discípulos se quejan y discuten porque no han traído pan, Jesús les recuerda los milagros que Él hizo, en los que multiplicó el pan, y les pregunta si “todavía no entienden”. Es evidente que no, porque no han comprendido los milagros, y es por eso que, al introducir el factor del milagro, Jesús pretende elevar sus espíritus y sus mentes al plano sobrenatural: lo que Jesús les quiere hacer ver es que estaba bien preocuparse por el pan material antes de Él, pero ahora, con Él y a partir de Él, esta preocupación por el pan material no tiene el mayor sentido, y no porque Él vaya a multiplicar el pan, milagrosamente, cada vez que ellos se olviden, sino porque Él ha venido a dar un pan que saciará, mucho más que el hambre corporal, el hambre de amor, de paz, de alegría y de justicia que toda alma posee desde su creación, y ese pan es Él mismo, porque Él es el “Pan vivo bajado del cielo” y las multiplicaciones milagrosas del pan material, son solo un preanuncio y una figura del Verdadero Pan celestial, Él mismo.

“¿Todavía no entienden?”. Muchos cristianos, en la actualidad, se comportan igual que los discípulos en el Evangelio: “todavía no entienden” que la preocupación primera y última de esta vida no es procurarse el pan material, sino el Pan de Vida eterna, la Eucaristía, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Y entre esos cristianos, la gran mayoría de las veces, también estamos nosotros, que “todavía no entendemos” que si bien el pan material es necesario para el sustento del cuerpo, el alma, vida del cuerpo, no puede vivir si no recibe la Vida eterna del Hombre-Dios Jesucristo, contenida en su plenitud en la Eucaristía.

domingo, 15 de febrero de 2015

“‘Si quieres, puedes curarme’ (…) ‘Lo quiero, quedas curado’ ”.


(Domingo VI – TO – Ciclo B – 2015)

Si quieres, puedes curarme’ (…) ‘Lo quiero, quedas curado’ ”. (cfr. Mc 1, 40-45). Un leproso se acerca a Jesús, le implora la curación y Jesús lo cura inmediatamente. La escena evangélica, además de ser real, tiene un significado simbólico: la lepra, una enfermedad que provoca graves deformaciones en el cuerpo, es una representación del pecado. Lo que la lepra produce en el cuerpo, así el pecado en el alma, solo que en un grado infinitamente peor, ya que lo el pecado destruye no es algo material, como el cuerpo, sino algo espiritual, el alma. La lepra es producida por un microorganismo que produce inflamación y destrucción de los tejidos y eso es lo que explica que la persona quede deformada en su rostro, sus dedos, sus manos, sus pies. Ahora bien, el pecado provoca un daño infinitamente más grave, ya que se introduce en el alma y la destruye desde su raíz: el pecado –cualquier pecado, pero sobre todo, el pecado mortal-, surge como un deseo malo que crece desde el fondo del corazón del alma y termina por inundar toda el alma, infectándola con su malicia y oscuridad y apartándola de la luz de Dios y de su bondad. El daño producido por el pecado en el alma es real, y así como el cuerpo invadido por el bacilo de la lepra ya no es más el mismo de antes al haber perdido su figura y su belleza naturales, así el alma, infectada por el pecado, ya no es más la misma.
Pero el pecado es un misterio que no puede ser considerado si no es a la luz de otro misterio, el misterio de la gracia: así como el pecado invade toda el alma, oscureciéndola e infectándola y alejándola de Dios, así la gracia es como una luz que, viniendo de lo alto, del seno mismo de Dios Trino, ingresa en el corazón del alma quitando el pecado que en ella anidaba, concediéndole una hermosura sobrenatural, iluminándola con la luz misma de Dios Trino, convirtiéndola en una imagen y en una copia viviente de la luz de Dios, Jesucristo.
Dos misterios entonces pueden transformar al alma: el pecado, que como un gusano crece y se reproduce y desde el corazón del alma infecta toda el alma separándola de Dios, y la gracia que, viniendo desde lo alto, la convierte en una imagen luminosa de Jesucristo. De los dos, primero está la gracia, concedida por amor y misericordia por Jesucristo desde su Corazón traspasado en la cruz; el pecado surge en segundo término, como reacción de rechazo a la gracia; es un rechazo voluntario a la misericordia y al amor del Hombre-Dios, que infunde su Amor desde Corazón abierto en la cruz; de ahí que el pecado sea un “misterio de iniquidad”, porque se trata del rechazo de la misericordia de Dios, derramada como sangre y agua por Jesús desde la cruz y ofrecida bajo el velo sacramental en la Eucaristía. A diferencia de la lepra, una enfermedad infecto-contagiosa que se contrae involuntariamente, de nuestra libre voluntad depende –no depende ni de Dios ni del diablo- o el infectarnos y llenarnos de los gusanos del espíritu, los pecados, o bien dejarnos iluminar por la luz que brota del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Mucho más que la compasión, al curar al leproso, el Hombre-Dios le comunica su Amor, que es luz y por eso es que el alma que se acerca a Cristo queda iluminada por Él; de ahí que el alma que de Él se aleja, viva en las tinieblas. Es por esto que Jesús no solo quiere quitarnos la lepra del pecado –Él es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, y quita nuestros pecados con su Sangre derramada en el Santo Sacrificio de la Cruz, sacrificio que se renueva de modo incruento y sacramental en la Santa Misa-, sino que quiere concedernos la luz de su Amor, y para eso se nos dona en Persona en la Eucaristía.

viernes, 13 de febrero de 2015

“Hasta los cachorros comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos”


"También los perrillos comen de las migajas que caen de los amos" 

“Hasta los cachorros comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos” (Mc 7, 24-30). Una mujer pagana, de origen siriofenicio, acude a Jesús para implorarle que expulse a un demonio que había tomado posesión de su hija y para hacerlo, se postra ante Jesús, en señal de adoración. Sin embargo, a pesar de este reconocimiento –la postración es señal de adoración-, Jesús no le concede inmediatamente lo que pide: aún más, Jesús la pone a prueba, en su fe y en su humildad, al compararla con un perro. En efecto, para graficar su negativa a concederle el milagro, Jesús utiliza la figura de un banquete familiar, en el cual los hijos, sentados a la mesa, no se ven privados del pan, para dárselo a los perros. El ejemplo gráfico utilizado por Jesús es muy fuerte, puesto que, en esta figura, los miembros del Pueblo Elegido son los hijos, sentados a la mesa y destinatarios, en primer lugar, del pan, mientras que los paganos, como la mujer, son los perros, que como a animales domésticos que son, no se les puede dar el pan que corresponde a los hijos. Se trata de un argumento de razón natural: los seres humanos no pueden ser privados de la alimentación, en favor de los animales; o, dicho en otras palabras, puestos en igual situación de hambre y de necesidad de alimentación, los seres humanos tienen prioridad sobre los animales.
Lo que Jesús le quiere decir con este ejemplo es que los destinatarios de los milagros, no son los paganos, como ella –al menos en esta fase inicial de la Revelación-, sino los integrantes del Pueblo Elegido: ellos son como los hijos que se sientan a la mesa. Sin embargo, a pesar de esta comparación, la mujer siriofenicia se mantiene en su fe inquebrantable en Jesús y en su poder de expulsar al demonio del cuerpo de su hija y no se amedrenta ni se ofende por la comparación. Por el contrario, y dando muestras, además de fe y de humildad, de gran agudeza sobrenatural, utiliza la misma figura de Jesús, para argumentar a su favor: es cierto que solo los hijos son destinatarios del pan que se sirve a la mesa y que el pan no puede darse a los perros, pero es cierto también que los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos. El argumento resulta irrefutable, aún para el mismo Jesús: si los miembros del Pueblo Elegido, que son los hijos, son los principales destinatarios de los milagros y de los milagros más espectaculares, los paganos, que son los perros, pueden recibir algún milagro “menor”, como lo es la expulsión de un demonio que ha tomado posesión de un cuerpo. Con esta argumentación, Jesús, reconociendo la fe, la humildad y la lucidez sobrenaturales de la mujer, le concede lo que ha pedido, quedando su hija inmediatamente libre de la posesión demoníaca: “A causa de lo que has dicho, puedes irte: el demonio ha salido de tu hija”. El Evangelio confirma el milagro: “Ella regresó a su casa y encontró a la niña acostada en la cama y liberada del demonio”.
La figura de la mujer siriofenicia es sumamente llamativa y es ejemplo de fe: es pagana y siriofenicia, lo cual quiere decir que no pertenece al Pueblo Elegido y que racialmente no es hebrea; sin embargo, muestra una fe en Jesús que supera ampliamente a la fe de muchos de los integrantes del Pueblo Elegido, puesto que no solo acude a Jesús con plena confianza en su poder divino –la mujer sabe, por un lado, que su hija no está enferma sino poseída por un demonio y sabe además que los demonios solo pueden ser expulsados con el poder divino-
Muestra ya un germen de fe, aun siendo pagana, y esta fe es confirmada por Jesús, al concederle el milagro que solicita. Es ejemplo y modelo de fe sobrenatural en Jesús, y esto es debido a su mansedumbre y a su prontitud en responder a la gracia, puesto que la fe es un don que se concede con la gracia santificante. La mujer siriofenicia, siendo pagana, recibe la gracia de la conversión en Jesucristo, con ocasión de una gran tribulación personal, como lo es la posesión demoníaca de su hija, y al recibir esta gracia, deja de lado sus creencias paganas y acepta a Jesucristo como Dios Encarnado Salvador de los hombres, que en cuanto Dios, posee el poder más que suficiente para expulsar al demonio del cuerpo de su hija. Esta fe en Jesucristo, en su condición de Hombre-Dios, la lleva a postrarse delante de Jesús, en señal de adoración y por lo tanto, de reconocimiento de su divinidad. Pero además de ejemplo de fe, la mujer siriofenicia es ejemplo de humildad, porque habiendo sido comparada, por el mismo Jesús en Persona, con un animal como el perro, la mujer siriofenicia no solo no se siente ofendida, sino que acepta con humildad, mansedumbre y amor, la comparación que hace Jesús, y es esta humildad la que conmueve al Sagrado Corazón de Jesús, y lo lleva a concederle el milagro que solicita.

Fe y humildad, amor y adoración a Jesucristo, ése es el legado de santidad de esta mujer siriofenicia que, en el momento en el que reconoce a Jesús y se postra ante Él para adorarlo, sale del paganismo para entrar en el Nuevo Pueblo Elegido, la Iglesia Católica. Al recordar a esta santa anónima, por medio del Evangelio, pidamos la gracia de su misma fe, su misma humildad, su mismo amor y su misma adoración, para postrarnos ante Jesús Eucaristía, el Cordero manso y humilde que quita los pecados del mundo.

lunes, 9 de febrero de 2015

“Con solo tocar los flecos de su manto, los enfermos quedaban curados”

Jesús curando enfermos
(Gustavo Doré)

“Con solo tocar los flecos de su manto, los enfermos quedaban curados” (Mc 6, 53-56). Jesús llega con sus discípulos a Genesaret y comienza a “recorrer la región”; la gente lo reconoce, e inmediatamente van a buscar a sus enfermos, quienes, en gran cantidad, quedan curados “con solo tocar los flecos de su manto”. Jesús cura a muchos enfermos, curando con su omnipotencia divina a los que se encuentran afectados de diversas dolencias corporales. Jesús cura absolutamente todas las enfermedades del cuerpo y lo puede hacer, precisamente, por su poder divino. Ésa es la razón por la cual, dice el Evangelio, “los enfermos se curaban con solo tocar los flecos de su manto”. Ésa es la razón por la cual uno de los nombres de Jesús es el de “Médico Divino”, porque su poder divino es capaz de curar absolutamente todas las enfermedades de la humanidad. Sin embargo, y contrariamente a lo que pudiera parecer por la lectura de este párrafo del Evangelio, Jesús no ha venido a simplemente curar las enfermedades corporales que afectan a la humanidad. La enfermedad corporal –propiamente corporal, o mental-, es una imagen de otra afección del hombre, esta vez espiritual, que daña principalmente el alma del hombre, y esa afección es el pecado, el cual es al alma lo que la enfermedad al cuerpo. El pecado es una mancha oscura que envuelve en tinieblas las potencias del hombre, ante todo su inteligencia y su voluntad, y es así como al hombre, caído en el pecado, le es sumamente arduo descubrir la Verdad y obrar el Bien, con lo cual incluso hasta la imagen de Dios en el hombre, la libertad, queda comprometida. Además, el pecado, al ser tinieblas en sí mismo, no solo oscurece las potencias intelectiva y volitiva del hombre, sino que lo envuelve, a modo de un denso y oscuro manto espiritual, impidiendo que al hombre le lleguen los benéficos rayos de la gracia de parte de Jesucristo Dios, Sol de justicia y, en consecuencia, le cierra las puertas del cielo. Es esta afección espiritual, el pecado, la cual ha venido Jesucristo a erradicar del alma y no solamente la enfermedad corporal, y Jesús erradica el pecado al altísimo precio de su Sangre derramada en la cruz, porque es esta Sangre la que, vertiéndose en el alma por medio del Sacramento de la Penitencia, le quita todo rastro y huella del pecado, dejándola brillante, pura y santificada, con la misma santidad divina.

“Con solo tocar los flecos de su manto, los enfermos quedaban curados”. Análogamente, y parafraseando al Evangelio, se podría decir del Sacramento de la Penitencia: “Con solo decir sus pecados al sacerdote ministerial, sus almas quedaban curadas de todo pecado”. Es para quitar los pecados del alma, y para concedernos su filiación divina, para lo que ha venido principalmente Jesucristo, el Cordero de Dios.