viernes, 24 de abril de 2015

“Yo Soy el Buen Pastor”


(Domingo IV - TP - Ciclo B – 2015)
  “Yo Soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11-18). Jesús utiliza la figura de un pastor de ovejas para representar su misterio pascual de muerte y resurrección y puesto que se trata de un oficio ancestral y universal, que no se limita solo a la región de Palestina y que existe mucho antes que Jesús, la parábola puede aplicarse universalmente, en todo tiempo y por todas las culturas.
El misterio pascual del Hombre-Dios se grafica y representa entonces con la figura de un pastor humano, pero no solo de un pastor, sino de un “buen” pastor, ya que Jesús lo dice explícitamente: “Yo Soy el Buen Pastor”. Es decir, Jesús se compara con un pastor dedicado a su rebaño, que se preocupa por sus ovejas, al punto de arriesgar su vida por ellas: “El Buen Pastor da su vida por sus ovejas”. Él es un pastor bueno y por lo tanto verdadero, que se contrapone al pastor falso, que no da la vida por las ovejas porque “no le pertenecen, puesto que es un “pastor asalariado”, ya que el rebaño no es suyo y esa es la razón por la cual trabaja por dinero. El falso pastor, a diferencia del buen pastor, cuida a las ovejas solo por el interés del dinero y no por el bien del rebaño y es por eso que, cuando ve venir al lobo, huye, dejando a las ovejas indefensas, a merced del lobo: “El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas”. Jesús es el Buen Pastor; es un pastor que se diferencia netamente del mal pastor, desde el momento en que este último abandona a las ovejas y no le importa la suerte que estas corran.
Jesús utiliza entonces la figura de un pastor humano bueno, que hace frente al lobo cuando este aparece, a diferencia del pastor malo o falso que, cuando aparece el lobo, abandona a las ovejas, dejándolas a merced de lobo. Jesús no es cualquier pastor, sino un pastor “bueno”: así como entre los hombres un buen pastor da la vida por sus ovejas, al acompañarlas en su pastoreo y al hacer frente a las bestias salvajes que pretenden devorarlas, así Jesús, el Buen Pastor que es Cristo, da la vida por sus ovejas.
Ahora bien, para entender mejor la figura del Buen Pastor, es necesario hacer una traslación de los elementos presentes en la figura y darles su real y verdadero sentido y significado sobrenatural, porque Jesús utiliza la imagen del Buen Pastor para graficar, como dijimos, una realidad sobrenatural, la realidad de su misterio pascual de muerte y resurrección.
El Buen Pastor es Jesús; el rebaño es la humanidad redimida, que ha recibido el bautismo y ha entrado en el redil de las ovejas, la Iglesia Católica; las “otras ovejas”, son los hombres que todavía no han recibido el bautismo, pero que están llamados a recibirlo; el cayado del buen pastor es la cruz; el lobo es el demonio; el aprisco al que baja el buen pastor es esta tierra, porque Jesús baja del cielo a la tierra por la Encarnación; la oveja herida es la humanidad caída por el pecado original; el aceite con el que el buen pastor cura a su oveja, es la gracia santificante.
Jesús es entonces el Buen Pastor, porque obra como el buen pastor que literalmente da la vida por sus ovejas: así como el buen pastor, cuando ve que llega el lobo, no las deja a estas abandonadas, sino que le hace frente al lobo y lo ahuyenta a riesgo de su propia vida, así hace Jesucristo, que desde la cruz, enfrenta y derrota al Lobo Infernal, el demonio, ofrendando su vida al Padre, salvándonos de las acechanzas del Lobo infernal y evitando nuestra eterna condenación.
Jesús da la vida por sus ovejas, no solo salvándolas de las dentelladas del Lobo infernal, sino acudiendo en su auxilio cuando alguna de sus ovejas, extraviada, cae por el barranco. Al igual que un buen pastor humano, que si una oveja, desviándose por el camino, se resbala y cae por la ladera, fracturándose los huesos y quedando malherida en el fondo del barranco, no duda en arriesgar su vida y descender por la ladera del barranco por más empinada que sea, apoyándose en su cayado para acudir en su auxilio y vendarla, aplicándole aceite en sus heridas para luego cargarla sobre sus hombros y llevarla segura al redil, así Jesucristo, Buen Pastor, desciende desde el cielo, hasta el fondo barranco de esta tierra -que eso es la Encarnación-, y desciende con el cayado de la cruz, para curar al hombre, que ha caído del Paraíso, desbarrancándose por el pecado original -quedando herido de muerte-, lo cura con el aceite de su gracia santificante, le da a beber de su Sangre, lo carga sobre sus hombros, y lo conduce seguro, hacia el redil, hacia el Reino de los cielos.
“Yo Soy el Buen Pastor”. Cristo en la Eucaristía es el Buen Pastor que nos alimenta a nosotros, sus ovejas, con el pasto verde de su Cuerpo glorioso y con el agua fresca de su gracia santificante; Él en la Eucaristía es el Buen Pastor que nos da su Vida, su vida de Pastor resucitado, que es la Vida Eterna, la Vida misma de Dios Uno y Trino, y a Él, nuestro Buen Pastor resucitado, le clamamos como Iglesia: “Tú, que eres nuestro Buen Pastor resucitado, ten piedad de nosotros”[1].





[1] Cfr. Misal Romano, Acto penitencial para el Tiempo Pascual.

jueves, 23 de abril de 2015

“Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tendrán Vida en ustedes”


“Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tendrán Vida en ustedes” (Jn 6, 51-59). ¿Qué clase de “vida” es la que tendrán quienes coman la carne del Hijo del hombre y beban su sangre? Porque no se trata, evidentemente, de la vida natural, la vida que todos poseemos por naturaleza; no se trata de la vida que el alma posee por naturaleza y que es con la cual anima al cuerpo, la vida con la cual dota de sensibilidad al cuerpo, la vida sensitiva que tenemos en común con los animales, ni tampoco se trata de la vida espiritual, que se manifiesta mediante la razón y el libre albedrío, que nos asemeja a los ángeles y también a Dios[1]. Jesús no se refiere a esta vida natural, cuando dice que “no tendremos vida” si no “comemos la carne del Hijo del hombre y no bebemos su sangre”. Jesús está hablando de una “vida” muy distinta, absolutamente superior, una vida infundida directamente por Dios, por su soplo, y es la gracia divina, por medio de la cual, el Espíritu Santo entra en nosotros[2]. Por la gracia, el Espíritu Santo entra en relación con el alma, así como el alma entra en relación con el cuerpo: así como el alma anima al cuerpo, dándole vida, calor y luz y convirtiéndose en principio de vida y movimiento, así el Espíritu Santo se convierte, por la gracia, en principio de vida y movimiento para el alma, siendo su fuente de vida, de calor, de luz y de amor divinos. Como el alma permanece en el cuerpo que anima, así permanece Dios y su Espíritu en nuestra alma, por la gracia[3]. Dios da al alma su Espíritu para que desempeñe en ella el mismo papel que representa con relación al cuerpo: lo que hace el alma con el cuerpo, así hace el Espíritu con el alma: la conduce, la guía, la ilumina, y la mantiene en la luz del divino conocimiento y en el ardor del amor divino[4].
“Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tendrán Vida en ustedes”. Quien comulga la Eucaristía, quien come la Carne y bebe la Sangre del Hijo del hombre, tiene nueva vida, la vida de la gracia, la Vida del Espíritu de Dios, la Vida del Espíritu Santo, un anticipo en la tierra de la vida feliz en el Reino de los cielos, en la Casa del Padre.




[1] Cfr. Mathias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, Ediciones Desclée De Brower, Buenos Aires3 1951, 115.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

miércoles, 22 de abril de 2015

“Yo Soy el Pan de Vida”


“Yo Soy el Pan de Vida” (Jn 6, 35-40). Jesús se declara a sí mismo como “Pan de Vida”; es decir, Él, en la Eucaristía, es “Pan de Vida” y de “Vida Eterna”, porque “el que coma de este Pan, tendrá Vida eterna”. Quien consume la Eucaristía recibe, por lo tanto, un principio de vida sobrenatural, celestial, no humano ni angélico, sino divino, proveniente del Ser mismo trinitario, y es esto lo que caracteriza al cristiano y al cristianismo. Es necesario considerar y reflexionar en este punto, sobre el hecho de que la vida cristiana, recibida en la Eucaristía, es santa y divina, no solamente porque es buena o porque se relaciona de una manera general con Dios, sino porque se origina en los más alto de los cielos, en el seno mismo de su Padre celestial[1]. Es importante hacer estas consideraciones, porque hoy se tiende a rebajar la vida cristiana a un mero psicologismo; hoy, se reduce el ser cristiano a un simple descubrimiento del propio yo y de sus fuerzas; se rebaja el misterio del cristianismo al nivel de la razón humana y así la vida cristiana no va más allá de un psicologismo horizontal, que no trasciende la vida terrena.
Jesús es “Pan de Vida” en la Eucaristía porque da “Vida” absolutamente nueva, la vida eterna; no una “vida” humana, como la que ya tenemos por naturaleza; si Jesús se limitara a dar una vida como la que ya tenemos, nada nuevo nos aportaría y no sería verdaderamente “Pan de Vida” y mucho menos, de “vida eterna”. Muchos reducen la “Vida” nueva de Jesús, en el mejor de los casos, a un simple dominio del espíritu sobre los sentidos[2], lo cual es compatible incluso con la filosofía moral de los paganos. Jesús es “Pan de Vida”, porque da una “Vida” completamente nueva, absolutamente distinta a la humana y a la angélica, puesto que se trata de la vida divina, porque es la vida que surge, como de su fuente inagotable, del Ser trinitario divino. Jesús es “Pan de Vida” en la Eucaristía, porque desde allí comunica al alma la vida cristiana, que consiste en que “el espíritu es regenerado en Dios y en el Espíritu Santo, transfigurado de claridad en claridad, de acuerdo a la imagen de la espiritualidad divina, por el Espíritu del Señor[3] y porque comienza a vivir en el Espíritu y en la virtud de la vida divina”[4].
“Yo Soy el Pan de Vida”. Jesús en la Eucaristía es Pan de Vida y de Vida Eterna, y por lo tanto, la vida nueva del cristiano ya no es una vida que se explique por simplones psicologismos de feria: es una vida mística, oculta e incomprensible al hombre natural: “Nuestra vida está oculta con Cristo en Dios” (Col 3, 3). No se debe eliminar el misterio de Jesucristo, Pan de Vida Eterna, con pseudorazonamientos psicologistas, para rebajarlo al nivel de terapia de auto-ayuda.




[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, 436.
[2] Cfr. ibidem.
[3] 1 Cor 3, 18.
[4] Cfr. Scheeben, Las maravillas, 436.

martes, 21 de abril de 2015

“Es mi Padre quien os da el verdadero Pan del cielo”


The Jews gathering the Manna in the desert
(Nicolás Poussin)

“Es mi Padre quien os da el verdadero Pan del cielo” (Jn 6, 30-35). Los judíos le preguntan a Jesús “qué signos hace” para que “crean en Él”. Ponen a Moisés como ejemplo, quien les dio el signo del maná, el pan bajado del cielo en el desierto: era un signo milagroso y por eso los judíos creyeron en Él. Pero Jesús les hace ver que no es Moisés quien les da el “verdadero pan bajado del cielo”, sino “su Padre”, que es Dios, porque será Él quien les dará un Pan super-substancial que hará que todo aquel que coma de ese Pan, no tenga más hambre, y no tenga más sed. A diferencia del pan dado por Moisés, que era un pan terreno, para saciar el hambre corporal y que no concedía la Vida eterna, porque quienes lo comieron luego murieron, este Pan, dado por el Padre de Jesús, será un Pan celestial, un Pan vivo, que bajará del cielo y que saciará no tanto el hambre corporal, sino el hambre espiritual de Amor de Dios que toda alma humana posee desde que es concebida, y dará además la Vida eterna a quien lo consuma, de manera tal que quien coma de este Pan, no volverá a sentir ni “hambre ni sed”, no corporales, sino espirituales, porque será extra-colmado su apetito de Amor de Dios.
Cuando los judíos comprenden el mensaje y entienden que no era el maná de Moisés el verdadero pan bajado del cielo, le piden a Jesús que les dé de este pan: “Señor, danos de este pan”. Y es entonces cuando Jesús se auto-revela como el Pan Vivo bajado del cielo, que concede a quien lo consume, la Vida eterna y el Amor de Dios, que sacia para siempre la sed y el amor de Dios del alma humana: “Yo Soy el Pan de Vida. El que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí jamás tendrá sed”.

Nosotros no peregrinamos por un desierto terreno, como el pueblo judío guiado por Moisés, hacia la Jerusalén terrena; peregrinamos por el desierto de la vida y del tiempo, hacia la Jerusalén celestial, que se encuentra en la eternidad; pero al igual que el pueblo judío, desfallecemos de hambre en el camino y de la misma manera a como el pueblo judío no fue abandonado por el amor de Dios, porque les concedió el maná, el pan bajado del cielo, para que pudieran llegar sanos y salvos a la Tierra Prometida, a nosotros nos concede el Verdadero Maná, el Verdadero Pan bajado del cielo, Jesús en la Eucaristía, que nos dona su Vida Eterna y todo el Amor infinito de su Sagrado Corazón Eucarístico, para que alimentándonos de este manjar celestial, seamos capaces de atravesar el desierto de la vida y llegar a la Patria celestial, la Jerusalén del cielo.

viernes, 17 de abril de 2015

“Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras”


(Domingo III - TP - Ciclo B – 2015)

         “Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras” (Lc 24, 35-48). Jesús resucitado se aparece a sus discípulos, quienes se muestran atemorizados e incrédulos ante la realidad de su Resurrección: “atónitos y atemorizados, creían ver un espíritu”: pero también se muestran desconocedores e incrédulos de las Escrituras que hablaban acerca del sufrimiento que debía soportar el Mesías antes de su Resurrección, tal como les dice Jesús, recordándoselos: “Cuando estaba entre ustedes, les decía: ‘Es necesario que se cumpla lo que está escrito de Mí en los Profetas…’”.
Lo que sucede con los discípulos es que “no comprenden” las Escrituras, “creen ver un fantasma” y “no reconocen a Jesús resucitado”, porque a todo el misterio pascual de Jesús –su Pasión, Muerte y Resurrección-, lo analizan con la débil luz de su razón natural, lo cual les hace imposible alcanzar la más mínima comprensión de tan grandioso y sublime misterio. Para poder darnos una idea, pretender comprender las Escrituras, sobre todo en lo relativo al misterio pascual de Jesucristo, con la sola luz de la razón natural, es como pretender iluminar la luna, en una noche estrellada, con la débil luz de una cerilla. El misterio de Jesucristo es un misterio absoluto, que supera por completo la capacidad de la razón humana, porque se trata de un misterio que se origina en la Santísima Trinidad: la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de la Persona Segunda de la Santísima Trinidad, y si Él no nos lo revela en Persona, es imposible para nosotros conocer este misterio, y esto es lo que les sucede a los discípulos y es por eso que se muestran “atemorizados”, con “dudas”, “incrédulos”, y “desconocedores” de las profecías de las Escrituras.
Frente a esta situación, Jesús realiza un gesto que cambia por completo, más que el ánimo, la inteligencia y la voluntad de los discípulos, porque si antes se mostraban atemorizados e incrédulos y desconocedores de las Escrituras, a partir de ahora estarán firmes en la fe, seguros de la Resurrección y convencidos del misterio Pascual de Jesucristo. ¿Qué es lo que hace Jesús, que les cambia radicalmente sus vidas? Lo dice el Evangelio: Jesús sopla sobre ellos el Espíritu Santo, quien “les abre la inteligencia” al concederles la gracia santificante, que los hace partícipes de la vida divina y por lo tanto, los hace partícipes del modo de conocimiento que tiene Dios mismo de sí mismo: por lo tanto, les concede la capacidad de conocer no de un modo humano, sino de un modo divino, los hace capaces de conocer con la capacidad de conocimiento sobrenatural que tiene Dios mismo.
Así, comprenden las Escrituras no de un modo racional y humano, sino de un modo sobrenatural y divino, porque sus almas están iluminadas por el mismo Espíritu Santo. Solo cuando Jesús sopla sobre ellos el Espíritu Santo, iluminándoles la inteligencia, los discípulos se vuelven capaces no solo de comprender las Sagradas Escrituras, sino de comprender que Jesucristo resucitado, glorioso en medio de ellos, no solo es la realización y el cumplimiento de todo cuanto ha sido anunciado y profetizado en la Palabra de Dios, sino que es la Palabra de Dios en Persona. Es el Espíritu Santo quien les hace comprender el misterio sobrenatural absoluto de Jesucristo, Palabra de Dios Encarnada, que ha cumplido su misterio pascual de Muerte y Resurrección y ahora se encuentra de pie, frente a ellos, glorioso y resucitado, dándoles pruebas de su resurrección y enviándolos a proclamar la Buena Noticia de la Resurrección. Sin la intervención del Espíritu Santo, que concede a los discípulos la participación en la naturaleza divina y por lo tanto laos hace capaces de conocer y amar los misterios de la Trinidad y del Hombre-Dios Jesucristo, los discípulos habrían permanecido tristes, incrédulos, e incapaces de comprender que tenían frente a sí al Hombre-Dios Jesucristo en Persona.
 “Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras”. Lo mismo que les sucede  a los discípulos con respecto al misterio de Jesús resucitado, nos sucede a nosotros con respecto al misterio de Jesús Eucaristía: tanto para uno como para otro misterio, es necesario el don del Espíritu Santo, para que nos abra la inteligencia de un modo sobrenatural, para poder comprender los misterios, porque sobrepasan la capacidad de nuestra razón. Si usamos solo la razón para tratar de comprender o de aprehender el misterio eucarístico, permaneceremos como los discípulos antes del don del Espíritu Santo: atemorizados, incrédulos, ante la sorprendente realidad de la Presencia de Jesús glorioso y resucitado en la Eucaristía. Solo si Jesús nos concede la gracia de abrirnos la inteligencia con el don del Espíritu Santo, podremos apreciar, con los ojos de la fe, su Presencia real, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, en la Eucaristía, y nuestros corazones “arderán” con el fuego de su Amor en la contemplación y en la adoración eucarística.

Y de la misma manera a como Jesús, después de abrirles la inteligencia y darles la capacidad de contemplar su misterio, los envía dar testimonio de lo contemplado: "Ustedes son testigos de todo esto", así, de manera análoga, también nosotros somos enviados a ser testigos del misterio eucarístico. La Buena Noticia que debemos anunciar a nuestros prójimos es que Jesús está Resucitado en la Eucaristía y por la Eucaristía viene a conducirnos a la vida eterna; ésa es la Buena Noticia que debemos anunciar y el testimonio que debemos dar, que debe ser, ante todo, con la caridad y el amor sobrenatural, reflejado en el amor misericordioso hacia los más necesitados.

“Jesús tomó los panes y los distribuyó (…) lo mismo hizo con los pescados (…) todos comieron y quedaron satisfechos”

   
   
       “Jesús tomó los panes y los distribuyó (…) lo mismo hizo con los pescados (…) todos comieron y quedaron satisfechos” (Jn 6, 1-15). Jesús multiplica milagrosamente panes y pescados y da de comer a una multitud de más de cinco mil personas. La multitud se da cuenta de lo sucedido y busca a Jesús para nombrarlo rey, pero Jesús, sabiendo sus intenciones, “se retira solo a la montaña”. ¿Cuál es la intención de Jesús al realizar el milagro? Su primera intención, obviamente, es la de satisfacer el hambre corporal de la multitud: han acudido en gran número a escuchar su palabra y no tienen qué comer. Sin embargo, no se puede decir que su milagro fuera absolutamente necesario, puesto que bastaba con ordenar a la multitud que se dispersara y que acudiera a los poblados vecinos en busca de alimentos, para solucionar el problema. Sin embargo, Jesús decide utilizar su omnipotencia divina y procede a multiplicar los átomos y las moléculas de los panes y los pescados, lo cual, si bien es un milagro sorprendente, para Él, que es Dios creador -y por lo tanto, Autor y Creador del universo visible e invisible-, es un milagro casi insignificante, en comparación con la Creación misma. En otras palabras, multiplicar panes y pescados para alimentar a una multitud de más de cinco mil personas –algunos calculan hasta diez mil- además de ser una nimiedad para un Dios Creador del universo visible e invisible, es, desde el punto de vista lógico, innecesario, porque bastaba con despedir a la multitud, recomendándole que acudiera a los poblados cercanos. 
¿Cuál era entonces la intención de Jesús al realizar el milagro? Además de saciar temporalmente el hambre corporal de una multitud en el tiempo, la intención de Jesús era la de anticipar y prefigurar un milagro infinitamente más grandioso, operado en la Santa Misa: la conversión del pan y del vino en Pan de Vida eterna y en Carne de Cordero asada en el fuego del Espíritu Santo, los alimentos super-substanciales y celestiales, con los cuales habría de saciar, por la eternidad, el hambre espiritual que de Dios posee la humanidad. En la Santa Misa, Jesús no multiplica la materia inerte y sin vida de pan material y de carne de pescado para saciar el hambre corporal de una pequeña muchedumbre: por el milagro de la transubstanciación obrado por el Espíritu Santo e infundido por Él a través del sacerdote ministerial, Jesús multiplica su Presencia sacramental convirtiendo la substancia inerte del pan y del vino en Pan Vivo bajado del cielo y en Carne de Cordero, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, para saciar el hambre del Amor de Dios que toda alma humana posee desde que nace.

“Jesús tomó los panes y los distribuyó (…) lo mismo hizo con los pescados (…) todos comieron y quedaron satisfechos”. En la Santa Misa, Jesús toma el pan y el vino, por intermedio del sacerdote ministerial y los convierte en su Cuerpo y su Sangre, para darnos su Amor en la Eucaristía, para saciarnos con el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, y esto es un milagro que supera infinitamente la multiplicación de panes y pescados del Evangelio. 

jueves, 16 de abril de 2015

“El Hijo a quien Dios envió tiene el Espíritu sin medida”


“El Hijo a quien Dios envió tiene el Espíritu sin medida” (cfr. Jn 3, 31-36). Jesús anticipa la revelación de las Tres Personas de la Santísima Trinidad, por un lado, y también el don del Espíritu Santo, para Pentecostés, por otro, porque será Él, el Enviado del Padre, el Dador del Espíritu Santo, luego de cumplir su misterio pascual de Muerte y Resurrección: “El que Dios envió dice palabras de verdad, porque Dios le da el Espíritu sin medida”. Y a su vez, será el don del Espíritu Santo, insuflado por el Hijo resucitado –en conjunto con el Padre-, quien concederá la Vida eterna a los integrantes de la Iglesia que crean que Jesús es el Hijo del Padre: “El que cree en el Hijo tiene Vida eterna”.

Tanto el don del Hijo, como el don del Espíritu Santo, forman parte del plan de salvación ideado por el Padre y puesto en marcha en la Encarnación y llevado a cabo en la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Todo ha sido puesto en las manos del Hijo, y puesto que las manos del Hijo están clavadas al leño ensangrentado de la cruz, atravesadas por dos gruesos clavos de hierro, quien quiera salvar su alma, no puede hacer otra cosa que ponerse en las manos de Jesús crucificado y dejar ser purificado con su Sangre, la Sangre Preciosísima del Cordero “que quita los pecados del mundo”. Quien se niegue a hacerlo, ineludiblemente se aparta de la Divina Misericordia, para colocarse, de modo voluntario, bajo la Justicia Divina: “El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesará sobre Él”. La razón es que Cristo crucificado es la Misericordia Divina encarnada, que se ofrece sin medidas a los hombres, no solo para perdonarles sus pecados –el primero de todos, el deicidio cometido al dar muerte al Hombre-Dios en la cruz-, sino para concederles la filiación divina por medio del don del Espíritu Santo, infundido con la Sangre brotada a través del Corazón traspasado, y si alguien rechaza este don de perdón y de vida divina, no tiene ninguna otra posibilidad de salvación para su alma. Quien libre y voluntariamente rechaza a la Divina Misericordia, debe enfrentar, por sí mismo, a la Justicia Divina: “El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesará sobre Él”.

miércoles, 15 de abril de 2015

“Dios entregó su Hijo al mundo para que el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”


“Dios entregó su Hijo al mundo para que el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16-21). Para tener el don de la Vida eterna, concedida por el Padre, es necesario hacer un acto de fe en el Hijo Unigénito de Dios Padre, Jesús de Nazareth: “para que el que crea en Él”. Ahora bien, este acto de fe, implica creer en su divinidad, tal como lo proclama el Magisterio de la Iglesia Católica, y no de cualquier manera: Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios Hijo, el Unigénito del Padre, encarnado en una naturaleza humana, al asumir hipostáticamente, en la Persona del Verbo, esta naturaleza humana, de manera que las dos naturalezas, la humana y la divina, están unidas, sin mezcla ni confusión, en la Persona Divina del Verbo de Dios. Esta fe en Jesús en cuanto Dios hecho Hombre, esto es, en cuanto Hombre-Dios, implica la fe en su Presencia real en la Eucaristía, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, por cuanto la Eucaristía es la prolongación de la Encarnación y la actualización de la Pasión por el misterio de la liturgia eucarística. Solo este acto de fe conlleva el don de la promesa de vida eterna: “Dios entregó su Hijo al mundo para que el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”; de otra manera, con otra fe, no se posee la vida eterna. Pero además del acto de fe –o, mejor dicho, dentro del acto de fe-, se encuentran las obras que demuestran la fe, porque “la fe sin obras es una fe muerta” (cfr. St 2, 18-26); es decir, quien cree en Cristo Jesús en cuanto Hombre-Dios, debe obrar de manera tal que sus obras reflejen, extrínsecamente, su fe; de lo contrario, si no realiza obras, demuestra que, o no tiene fe, o su fe está muerta, o tiene una fe en un Cristo que no es el de la Iglesia Católica.

“Dios entregó su Hijo al mundo para que el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. La entrega de su Hijo se renueva en cada Misa, en la Eucaristía; para obtener la Vida eterna, nuestro acto de fe debe completarse con las obras de misericordia, realizadas en favor de Cristo sufriente en el prójimo más necesitado.  

martes, 14 de abril de 2015

“Ustedes tienen que renacer de lo alto”


“Ustedes tienen que renacer de lo alto” (Jn 3, 7-15). En su diálogo con Nicodemo, Jesús le dice que, para entrar en el Reino de los cielos, el hombre tiene que “nacer de nuevo”, “renacer de lo alto”, “nacer del agua y del Espíritu”. En un primer momento, Nicodemo no entiende qué es lo que le dice Jesús; piensa que, para entrar en el Reino de los cielos, un hombre debe volver a ser un embrión, para poder “entrar por segunda vez en el vientre de la madre y así volver a nacer”. Nicodemo no entiende las palabras de Jesús, y es lógico que así suceda, porque Nicodemo está pensando con categorías humanas valiéndose solo con su razón humana para tratar de comprender el mensaje de Jesús, y cuando se hace esto, es imposible comprender el Evangelio, porque el Evangelio, como Jesús, “vienen de lo alto”.
Cuando Jesús dice que para entrar en el Reino de los cielos “hay que nacer de nuevo”, “hay que renacer”, “hay que nacer del agua y del Espíritu”, está hablando de un nuevo modo de nacimiento de los seres humanos, el nacimiento dado por el sacramento del bautismo –por eso dice: “del agua y del Espíritu”-, y es un nacimiento espiritual, no terrenal, en el que el alma es engendrada no como hija natural de padres biológicos humanos, sino como hija adoptiva de Dios Padre, y quien produce esta concepción es el Espíritu Santo, que es quien concede al alma, por el bautismo, la gracia de la filiación divina, haciéndola participar de la misma filiación con la cual Dios Hijo es Hijo Unigénito desde toda la eternidad. Esta clase de generación, de paternidad y de filiación, es absolutamente nueva para la raza humana, y es concedida como un don gratuito a los hombres, gracias al sacrificio de Jesucristo en la cruz. En esto es en lo que consiste el “renacer de lo alto”: en recibir la gracia de la filiación divina, que convierte al alma en hija adoptiva de Dios por el bautismo sacramental, haciéndola heredera del Reino de los cielos. El germen de gracia depositado en el alma en el bautismo, se convertirá en la gloria divina que glorificará al alma y al cuerpo, luego de la muerte, y permitirá que el bautizado ingrese al Reino de los cielos como una imagen viviente de Cristo, muerto y resucitado.

“Ustedes tienen que renacer de lo alto”. Todos los cristianos hemos recibido ya, por la gracia del bautismo sacramental, el “nacimiento de lo alto”; todos tenemos la posibilidad de entrar, por lo tanto, en el Reino de los cielos. De cada uno depende, no solo no perder esa gracia a causa del pecado, sino acrecentarla cada vez más por la fe, la caridad y la comunión sacramental.

viernes, 10 de abril de 2015

Fiesta de la Divina Misericordia



(Domingo II - TP o in Albis o Domingo de la Divina Misericordia - Ciclo B – 2015)

         En sus apariciones como Jesús Misericordioso, Jesús le pide a Sor Faustina Kowalska, por lo menos 14 veces, que se instituya oficialmente una “Fiesta de la Misericordia” el primer domingo después de Pascua, llamado “Domingo in Albis”: “Esta Fiesta surge de Mi piedad más entrañable... Deseo que se celebre con gran solemnidad el primer domingo después de Pascua de Resurrección.... Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y abrigo para todas las almas y especialmente para los pobres pecadores. Las entrañas más profundas de Mi Misericordia se abren ese día. Derramaré un caudaloso océano de gracias sobre aquellas almas que acudan a la fuente de Mi misericordia” [1].
         La esencia de esta de esta Fiesta divina consiste en el perdón de los pecados por medio del Sacramento de la Penitencia[2], perdón que conlleva la remisión total de la culpa y la pena: “El alma que acuda a la Confesión, y que reciba la Sagrada Comunión, obtendrá la remisión total de sus culpas y del castigo... Que el alma no tema en acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como la grana. Toda Comunión recibida con corazón limpio, tiende a restablecer en aquel que la recibe la inocencia inherente al Bautismo, puesto que el Misterio Eucarístico es “fuente de toda gracia”[3].
La remisión total de las penas y de las culpas, es una gracia extraordinaria, y esto se debe a que en este día, se abren desde el cielo las compuertas mismas de la Divina Misericordia, según lo manifestó Nuestro Señor a Santa Faustina. Jesús le dijo a Sor Faustina que en la “Fiesta de la Misericordia” se abrían todas las compuertas a través de las cuales fluían las gracias divinas, las cuales iban a consistir principalmente en “gracias de conversión y perdón de los pecados”. Ahora bien, esas “compuertas abiertas” por las que “fluyen las gracias divinas”, no son otra cosa que su Sagrado Corazón traspasado en la cruz por la lanza del soldado romano el Viernes Santo, porque al abrirse la herida de su Costado, se derramó sobre el mundo el contenido de su Sagrado Corazón, el Agua y la Sangre: el Agua, que justifica las almas y la Sangre, que las santifica; el Agua, símbolo del Sacramento de la Confesión; la Sangre, símbolo del Sacramento de la Eucaristía. De esta manera Dios Padre responde, con el Amor de su Corazón misericordioso, al odio deicida de los hombres, que han matado a su Hijo en la cruz, porque en vez de descargar sobre los hombres todo el peso de la Ira divina, precisamente, porque los hombres han matado a su Hijo, tal como lo reclama la Justicia Divina, derrama sobre ellos la Divina Misericordia, con el Agua y la Sangre que brotan del Corazón traspasado de su Hijo Jesús. El primer domingo de Pascua es la Fiesta de la Divina Misericordia porque, por designio divino y de una manera misteriosa este Domingo conecta, en el tiempo y en el espacio, al Corazón de Jesús, traspasado el Viernes Santo y derramando su Sangre y Agua, con todos los penitentes que se acercan a la Confesión sacramental en ese día, alcanzándolos con la gracia del perdón y sumergiéndolos así en el océano inagotable de la Divina Misericordia.
         Pero para entender con más precisión y claridad por qué necesitamos de la Divina Misericordia y cuál es la urgencia con la que la necesitamos, tanto en cuanto humanidad, como en cuanto seres humanos individuales, debemos remitirnos a una visión anterior de Santa Faustina, en la que un ángel está pronto a ejecutar el mandato de la Justicia Divina, para aplacar la Ira Divina, encendida por la enorme monstruosidad de los pecados de los hombres. Relata así Santa Faustina su visión del ángel: “Por la tarde, estando yo en mi celda, vi al ángel, ejecutor de la ira de Dios. Tenía una túnica clara, el rostro resplandeciente; una nube debajo de sus pies, de la nube salían rayos y relámpagos e iban a las manos y de su mano salían y alcanzaban la tierra. Al ver esta señal de la ira divina que iba a castigar la tierra y especialmente cierto lugar, por justos motivos que no puedo nombrar, empecé a pedir al ángel que se contuviera por algún tiempo y el mundo haría penitencia. Pero mi súplica era nada comparada con la ira de Dios. En aquel momento vi a la Santísima Trinidad. La grandeza de su Majestad me penetró profundamente y no me atreví a repetir la plegaria. En aquel mismo instante sentí en mi alma la fuerza de la gracia de Jesús que mora en mi alma; al darme cuenta de esta gracia, en el mismo momento fui raptada delante del trono de Dios. Oh, qué grande es el Señor y Dios nuestro e inconcebible es su santidad. No trataré de describir esta grandeza porque dentro de poco la veremos todos, tal como es. Me puse a rogar a Dios por el mundo con las palabras que oí dentro de mí”[4]. Luego continúa Santa Faustina: “Cuando así rezaba, vi la impotencia del ángel que no podía cumplir el justo castigo que correspondía por los pecados.  Nunca antes había rogado con tal potencia interior como entonces.  Las palabras con las cuales suplicaba a Dios son las siguientes: ‘Padre Eterno, Te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, por nuestros pecados y los del mundo entero.  Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero[5]”. Lo que podemos notar aquí, es que, por un lado, Santa Faustina resalta, en muy pocas líneas, tres veces, la expresión “ira de Dios”, con lo cual quiere remarcar, evidentemente, que la Ira de Dios, de no mediar Jesucristo, está presta a destruir el mundo, debido a la inmensidad e impenitencia de la malicia del hombre; no olvidemos que la misma Escritura dice que Dios mismo se arrepintió, en un momento dado, de haber creado al hombre, debido a la maldad de su corazón: “Y Dios se arrepintió de haber creado al hombre” (Gn 6, 6); por otro lado, lo que vemos, es que la Ira de Dios se detiene y da paso a la Divina Misericordia, cuando se interpone, entre Dios y nosotros, Jesucristo, y Jesucristo con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, es decir, con su Sacrificio en Cruz, pero también en la Santa Misa y en la Eucaristía, porque la fórmula que utiliza Santa Faustina, para desarmar a la Justicia Divina, es la misma fórmula que se usa para describir la Eucaristía[6]
Ahora bien, para que no nos confundamos y no abusemos de la Misericordia Divina, y no nos queden dudas de que es el pecado que anida en nuestros corazones -el pecado impenitente, el pecado que se eleva hasta el trono de Dios como oleada nauseabunda, que tiene la osadía de erguirse en rebelión contra la majestad y la santidad de la Santísima Trinidad-, el que enciende la ira de un Dios misericordioso, debemos notar que es el mismo Jesucristo en Persona quien le dice a Santa Faustina que el ofrecimiento de su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, en forma de Coronilla de la Divina Misericordia, es para “aplacar su ira”Estas son las palabras de Jesús, dichas a Santa Faustina: “A la mañana siguiente, cuando entré en nuestra capilla, oí esta voz interior: “Cuantas veces entres en la capilla, reza en seguida esta oración que te enseñé ayer”. Cuando recé esta plegaria, oí en el alma estas palabras: “Esta oración es para aplacar Mi ira[7]. Jesús Misericordioso es muy explícito: le enseña la Coronilla y le pide que la rece, para que “aplaque su ira”; es decir, Jesús Misericordioso, es Misericordioso, pero al mismo tiempo, está iracundo, porque es Dios Misericordioso, pero también es Dios Justo y como Dios Justo, no puede no encenderse su Ira Divina, frente a la monstruosidad de los pecados de los hombres, que no quieren arrepentirse de su malicia.En otras palabras, Jesús de la Divina Misericordia, lejos de ser un Jesús melifluo, dulzón, sensiblero, es un Jesús que es un Dios Misericordioso, sí, pero es también un Dios Justo, infinitamente Justo, ofendido por nuestras faltas y que porque es Justo exige, por el bien de nuestras almas, que reparemos y nos arrepintamos de la malicia de nuestros pecados pidiendo perdón y reparando por ellos y la manera más perfecta –es más, la única perfectísima-, es ofrecer su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y si eso no hacemos, entonces, somos pecadores impenitentes que debemos pasar por la Justicia Divina y sufrir todo el peso de la Ira de Dios. 
        “Esta oración es para aplacar Mi ira…”. En nuestros días, los crímenes de los hombres llegan hasta el trono mismo de Dios y claman justicia, porque vivimos tiempos neo-paganos, infinitamente peores a los del paganismo pre-cristiano, porque el mundo ha conocido a Jesucristo, Luz del mundo, y lo ha rechazado, y “ha preferido a las tinieblas” (cfr. Jn 1, 11), a las siniestras tinieblas vivientes del Infierno, y celebra las tinieblas, y vive de las tinieblas y para las tinieblas vivientes, y por eso mismo, es imperioso implorar la Misericordia Divina, para que Dios tenga misericordia de nosotros y del mundo entero. El solo deseo de implorar misericordia, implica ya una acción del Espíritu Santo en el alma; quien lo experimenta, debe hacer el propósito de enmienda, es decir, debe convertir su corazón hacia la bondad y santidad de Dios, para vivir, en el tiempo y en la eternidad, inmerso en la Misericordia Divina, protegido bajo los rayos que brotaron del Corazón traspasado de Jesús.




[1] Cfr. Diario de Santa Faustina.
[2] El que no pueda hacerlo en este día, puede hacerlo hasta siete días más tarde.
[3] Cfr. ibidem.
[4] 474  (...)  viernes 13 de abril de 1935.
[5] 475.
[6] Esto quiere decir que, cuando el sacerdote eleva la Eucaristía, cada uno puede repetir al Padre, en silencio, esta oración, ofreciendo a Jesús Eucaristía y pidiendo misericordia por todos los pecadores.
[7] Luego continúa, enseñándole el resto de la Coronilla: “la rezarás durante nueve días con un rosario común, de modo siguiente: primero rezarás una vez el Padre Nuestro y el Ave María y el Credo, después, en las cuentas correspondientes al Padre Nuestro, dirás las siguientes palabras: Padre Eterno, Te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero; en las cuentas del Ave María, dirás las siguientes palabras: Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero. Para terminar, dirás tres veces estas palabras: Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del mundo entero”. Cfr. n. 476.

Viernes de la Octava de Pascua


(2015)

         “Jesús tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado” (Jn 21, 1-14). Jesús resucitado se aparece por tercera vez a sus discípulos, a orillas del mar de Tiberíades; toda la aparición, real, está cargada de elementos simbólicos sobrenaturales. La aparición sucede a la madrugada, luego de toda una noche infructuosa de pesca y Jesús, de pie, en la orilla del mar, luego de preguntarles si tienen pescados, les ordena que “tiren la red a la derecha de la barca”, que es donde había menos probabilidades de encontrar peces[1]; sin embargo, a pesar de esto, se produce la segunda pesca milagrosa, puesto que las redes se llenan con ciento cincuenta y tres peces. En la pesca milagrosa, hay dos hechos que llaman la atención: el número de peces, que simbólicamente ha sido relacionado con la universalidad de la Iglesia -por doctores de la Iglesia, como San Agustín y San Jerónimo-, y el hecho de que la red no se haya roto, es tomado como un indicativo de la unidad e integridad de la Iglesia[2]. Pero además, el hecho de que la aparición sea de madrugada tiene un significado simbólico: la noche representa esta vida; el trabajo infructuoso, en la barca, de los discípulos, sin Jesús, significa que la Iglesia, sin Jesús, "nada puede hacer", tal como Él lo dice. La aparición en la madrugada, resucitado, significa que Jesús conduce a su Iglesia al Nuevo Día, la Eternidad, con su Resurrección, y la pesca milagrosa, que sus palabras, según las cuales la Iglesia, sin Él "nada puede hacer", son verdad.
En cuanto a los discípulos, en un primer momento, y tal como sucede en las otras apariciones, no se dan cuenta que es Jesús, es decir, no lo reconocen. Y aunque luego lo reconocen, el primero en hacerlo es Juan, el Apóstol “a quien más amaba Jesús” (cfr. Jn 21, 20-25), porque es el Amor el que permite reconocer a Jesús. Al darse cuenta que era Jesús, Juan exclama, lleno de gozo y admiración: “¡Es el Señor!”, se viste la túnica y se lanza al mar, nadando hacia la orilla, en pos de Jesús.
         Luego de la pesca milagrosa, Jesús mismo les da de comer pescado asado y pan: “Jesús tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado”. Toda la aparición representa lo que hace Jesús resucitado en la Iglesia, desde la Eucaristía: así como Jesús está de pie, en la orilla del mar Tiberíades, esperando a sus amigos que están en la barca, así está de pie, en el sagrario, esperando por nosotros, sus amigos, que estamos en la barca, la Iglesia, para que vayamos a visitarlo; así como les dijo que tiraran la red a la madrugada y en un lugar en donde no había esperanzas de pesca, así también a nosotros nos envía al mundo, a buscar almas, a lugares en donde tal vez no hay esperanzas humanas de redención, pero así como Él produjo la pesca milagrosa, así también es Él el que se encarga de pescar las almas por nuestro intermedio; por último, a sus amigos les dio de comer pan y pescado, como signo de su amistad; a nosotros, como signo de su Amor infinito y eterno, nos da su Cuerpo Sacramentado y Sagrado Corazón Eucarístico y con Él, su Espíritu Divino. Y, al igual que Juan, el Discípulo Amado, nosotros, al contemplarlo en la Eucaristía, lo reconocemos con la luz de la fe y exclamamos, llenos de gozo, de asombro y de amor: “¡Es el Señor!”.





[1] Cfr. B. Orchard et. al, Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Barcelona 1957, Editorial Herder, 778.
[2] Cfr. Ibidem.

jueves, 9 de abril de 2015

Jueves de la Octava de Pascua


Jesús resucitado se aparece a sus discípulos 
(Duccio di Buoninsegna)

(2015)
“Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo” (Lc 24, 35-48). Jesús resucitado se aparece a sus discípulos, en medio de ellos; les habla, les dice que lo toquen, que lo vean, les pide algo para comer; en definitiva, se muestra con su Cuerpo glorioso y resucitado. La aparición de Jesús, en medio del Cenáculo, tiene como finalidad probar la realidad de la Resurrección: Jesús resucitó realmente con su Cuerpo real, así como murió realmente con su Cuerpo real; así como su Cuerpo murió realmente en la cruz, porque quedó privado realmente de vida, así realmente quedó pleno de la gloria, de la vida y del Amor divinos en la Resurrección.
Es importante mantener firmes la fe tanto en la realidad de la muerte en cruz, como en la de la resurrección, porque ambas realidades se continúan y prolongan en el misterio eucarístico de la Santa Misa: la Santa Misa es, por un lado, la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la cruz, sacrificio por el cual Jesús entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el Cáliz, y por eso la Misa es una prolongación del Viernes Santo, del Sacrificio en Cruz del Viernes Santo; pero al mismo tiempo, lo que consumimos en la Hostia consagrada, no es el Cuerpo muerto de Jesús en la Cruz el Viernes Santo, sino el Cuerpo vivo y glorificado de Jesús, lleno de la luz, de la gloria, de la vida y del Amor divinos, el mismo Cuerpo resucitado del Domingo de Resurrección, de manera tal que la Santa Misa es también una continuación y prolongación del Domingo de Resurrección.
“Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo”. Jesús resucitado se aparece en medio de los discípulos; a nosotros, se nos aparece también, en medio de la asamblea eucarística, por el poder del Espíritu Santo, que por la transubstanciación, convierte el pan y el vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Al asistir a la Santa Misa, entonces, asistimos a un misterio sobrenatural que sobrepasa con mucho a la aparición de Jesús resucitado a sus discípulos, porque a nosotros no nos pide de comer, como a los discípulos en el cenáculo, sino que nos da de comer su Cuerpo sacramentado; a nosotros no se nos aparece en medio de una habitación, sino en medio de la Santa Misa, en el Altar Eucarístico, por el poder del Espíritu Santo, que convierte las materias inertes del pan y del vino en su Cuerpo resucitado; a nosotros no nos pide que toquemos su Cuerpo, sino que nos da de comer su Cuerpo sacramentado y con su Cuerpo sacramentado, nos da su Amor misericordioso.

Los discípulos, ante su Presencia personal, de resucitado, reaccionan con tanta “alegría y admiración”, que “no lo pueden creer”: “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”. ¿Cómo reaccionamos nosotros a su Presencia Eucarística? ¿Con la misma admiración y alegría? ¿Damos alegre testimonio, aun en medio de las tribulaciones de la vida, de su Presencia Eucarística? ¿O reaccionamos ante esta Presencia, por el contrario, con indiferencia y apatía?

miércoles, 8 de abril de 2015

Miércoles de la Octava de Pascua


(2015)

        “Lo reconocieron al partir el pan” (Lc 24, 13-35). Los discípulos de Emaús se encuentran con Jesús resucitado. Al igual que sucede con otros discípulos, no reconocen a Jesús en un primer momento y, aunque conversan y caminan con Él, lo tratan como a un desconocido, como a un extranjero. Esto último es muy llamativo, puesto que, habiendo sido discípulos de Jesús en su vida terrena, lo ven ahora, resucitado, cara a cara, pero no lo reconocen, tratándolo como “forastero”: “¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!”. Es decir, al igual que María Magdalena y otros discípulos a los que se les aparece Jesús resucitado, los discípulos de Emaús confunden a Jesús, en este caso, con un “forastero”, un extranjero. No se dice qué es, pero “algo” les impide reconocer a Jesús: “algo impedía que sus ojos lo reconocieran”. Ahora bien, sea lo que sea lo que les impedía reconocer a Jesús, es retirado de en medio en el momento en el que Jesús, sentado a la mesa con ellos, “parte el pan”: “Y estando a la mesa tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron”. Paralelamente, el reconocimiento de Jesús, por parte de la inteligencia iluminada por la gracia, va acompañado de un encenderse los corazones en el Amor de Dios, el cual es experimentado como un ardor en sus pechos: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. La fracción del pan, la acción sacramental de Jesús, representa para los discípulos el fin de sus tinieblas espirituales, puesto que, a partir de ese momento, reconocen a Jesús resucitado, y esto se debe a que, en ese momento, en la fracción del pan, Jesús sopla sobre ellos el Espíritu Santo, que es quien les concede la iluminación sobrenatural de sus inteligencias y les incendia sus corazones en el fuego del Divino Amor.
“Lo reconocieron al partir el pan”. Hasta entonces, los discípulos de Emaús no solo no reconocen a Jesús, sino que lo tratan de “forastero” y de “forastero ignorante”, y esto tiene una fuerte connotación: un forastero es, por esencia, ignorante: es ignorante de la costumbre y de la historia del lugar, y por lo tanto, no tiene nada que aportar a los que sí saben, así se lo hacen saber y sentir los discípulos de Emaús: “¿Eres el único forastero que ignora lo sucedido?” Le están diciendo: “forastero” e “ignorante”, y además de eso, imponen su propia versión de la historia, que es una versión en la cual dudan de la resurrección de Jesús y del testimonio de las mujeres que han visto a Jesús resucitado, con lo cual, paradójicamente, presentan una versión ignorante de la Resurrección. Recién hacia el final del episodio, con la luz de la gracia concedida por Jesús, los discípulos podrán salir de sus tinieblas y reconocer a Jesús.
También nosotros nos comportamos, la mayoría de las veces, como los discípulos de Emaús, porque tratamos a Jesús, el Hijo de Dios encarnado, como a un “forastero”, como a un “extranjero”, y por lo tanto, como en el caso de los discípulos, pensamos que Jesús no tiene nada para aportarnos en nuestra vida personal, desde el momento en que sus enseñanzas no nos sirven para aprender a ganar el cielo; lo tratamos como “extranjero”, cuando no cumplimos sus Mandamientos, los Mandamientos de Jesús, que son los Mandamientos de Dios; lo tratamos como un “extranjero” y le decimos “forastero ignorante”, cuando queremos vivir como nos parece, siguiendo nuestra propia voluntad y nuestro propio parecer y nuestro propio camino, olvidándonos a cada momento de Él y de su Pasión, sufrida por nuestro amor y para nuestra salvación, y esto hacemos cuando pensamos que esta vida puede ser vivida tranquilamente sin su Presencia, sin su gracia, sin su Espíritu, y haciendo así, vamos por el mundo “con el semblante triste” y sombrío, como los discípulos de Emaús, porque no hemos entendido que Jesús ha resucitado para hacernos partícipes de su Pascua, su “paso” de “este mundo al Padre”, por medio de su cruz”; olvidándonos de Jesús, como los discípulos de Emaús, perdemos de vista la vida eterna y la eterna bienaventuranza en el Reino de los cielos, viviendo en esta vida como si esta vida fuera para siempre y como si no fuera a terminar en algún momento, como si no fuéramos a “ser juzgados en el Amor, en el atardecer de nuestras vidas”, como si no tuviéramos que rendir cuentas de nuestras acciones, buenas y malas, en el juicio particular primero y en el Día del Juicio Final después.
“Lo reconocieron al partir el pan”. Sin embargo, si nosotros tratamos a Jesús como a un “forastero ignorante”, Jesús, en cambio, nos trata como a amigos, como en la Última Cena: “Ya no os llamo siervos, sino amigos”, y nos da su Amor, como a los discípulos de Emaús, partiéndonos para nosotros el Pan y lo hace en cada Santa Misa, pero a nosotros nos trata con un amor infinitamente más grande que a ellos, porque si a ellos les dio la gracia de reconocerlo, para desaparecer al instante, a nosotros en cambio, en cada Santa Misa, se nos da en el Pan Eucarístico, para comunicarnos desde allí la infinita plenitud del Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, para quedarse con nosotros, en nosotros, en nuestros corazones. Por eso, junto a los discípulos de Emaús le decimos a Jesús Eucaristía: “Quédate en nosotros por la comunión eucarística, Jesús, y no te vayas, porque la noche de esta vida se hace larga y demasiado oscura; quédate en nosotros, porque ya es tarde y el día de esta vida terrena se acaba y comienza la vida eterna; quédate en nosotros, camina con nosotros por el resto del camino de nuestras vidas y condúcenos, por tu Pascua, tu paso, de esta vida, a la vida eterna, al Reino de los cielos, el seno del Eterno Padre”. 

martes, 7 de abril de 2015

Martes de la Octava de Pascua




(2015)

         “Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20, 11-18). Tanto los dos ángeles que se encuentran en el sepulcro, como Jesús, que se encuentra en el jardín, dirigen a María Magdalena la misma pregunta: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Pero en ninguno de los dos casos, María Magdalena se da cuenta que está hablando, primero con ángeles, y luego con Jesús resucitado. Además, en sus respuestas, María Magdalena da cuenta de las tinieblas en las que se encuentra; según lo que dice a los ángeles, piensa que “se han llevado (el cuerpo) de su Señor”; al responder a Jesús, continúa pensando que se han llevado el cuerpo, y como lo confunde con el jardinero, cree que es él quien lo ha cambiado de sepultura, y es la razón por la cual le responde a Jesús: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde los has puesto y yo iré a buscarlo”. Sólo cuando Jesús le dice “María”, la Magdalena reconoce a Jesús como a su Maestro, le responde “¡Rabboní!” y se postra en adoración ante Él. Las tinieblas que envuelven a María Magdalena, las cuales le impedían reconocer a Jesús resucitado, se disipan definitivamente en el instante mismo en el que Jesús la llama por su nombre; en ese momento, junto con la voz de Jesús, ingresa en María Magdalena la gracia santificante que ilumina su mente con conocimiento sobrenatural, permitiéndole conocer lo que antes no podía conocer, con la sola luz de su razón natural: que Jesús ha resucitado y está vivo, con su Cuerpo radiante, glorioso, lleno de la vida, de la luz y de la gloria de Dios. María Magdalena recibe esta gracia delante de Jesús resucitado, porque Jesús la ilumina con su luz, pero debido a que Jesús es una luz que no es una luz inerte, sino viva, que vive con la vida misma del Ser de Dios Trino, Jesús da vida nueva a todo aquel que ilumina. La luz que emana de Jesús es luz vivificante, que hace participar de su vida, la vida del Hombre-Dios, a aquel a quien se le acerca. Por esta razón, quien se acerca a Jesús crucificado o a Jesús en la Eucaristía -que es el mimo Jesús resucitado y glorioso del Domingo de Resurrección-, y se deja iluminar por Él, recibe la misma gracia de María Magdalena, una gracia que, además de permitir al alma conocer a Jesús como lo conoce Dios –esto es, en cuanto Hombre-Dios y no en cuanto simple hombre-, al mismo tiempo, enciende al corazón en ardientes deseos de amar a Jesús, con el mismo amor con el cual lo ama Dios, es decir, con el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

“Mujer, ¿por qué lloras?”. Muchos, en la Iglesia, se comportan como María Magdalena antes de su encuentro con Jesús resucitado: así como María Magdalena llora porque piensa que Jesús no ha resucitado y que por lo tanto su Cuerpo es un cadáver, que está tendido, inerte, sin vida, en la fría loza sepulcral, así muchos piensan que Jesús en la Eucaristía es un ser inerte que, como no tiene vida, ni ve, ni oye, y es así que, ante las tribulaciones y dificultades, lloran desconsolados. Sin embargo, los cristianos no podemos decir -como la María Magdalena de antes del encuentro con Jesús resucitado-, que “no sabemos dónde está el Cuerpo de Jesús”, porque no solo sabemos que ha resucitado, sino que sabemos que su Cuerpo glorioso, vivo, lleno de la luz, de la gloria y del Amor de Dios, está de pie, vivo para siempre, porque ya no muere más, en el Altar Eucarístico y en el Sagrario, para llamar por su nombre, como hizo con María Magdalena, a todo aquel que se le acerca con un corazón contrito y humillado.

Lunes de la Octava de Pascua


(2015)
         “¡Alégrense!” (Mt 28, 8-15). Jesús resucitado sale al encuentro de las piadosas mujeres y lo primero que les dice, a modo de saludo, es: “¡Alégrense!”. Las piadosas mujeres, a su vez, ya corrían, por sí mismas, alegres, a anunciar la noticia de la resurrección de Jesús, luego de recibir el anuncio de la Resurrección por parte del ángel: “después de oír el anuncio del ángel (…) se alejaron de allí llenas de alegría”, con lo que, con el mandato de Jesús de alegrarse, se alegran aún más.
         “¡Alégrense!”. La nota dominante, entonces, en el Domingo de Resurrección, entre los discípulos, es la alegría, el gozo festivo, el asombro, el estupor, en comparación con el dolor, el llanto, la amargura, del Viernes Santo. Sin embargo, no se trata de un mero cambio de sensaciones, ni de una simple mudanza en las experiencias vitales de los discípulos: el mandato de alegrarse, por parte de Jesús, se debe a que la Resurrección implica, para la humanidad toda, un horizonte de eternidad antes impensable y es la comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad. La Resurrección es un don tan grande, que supera infinitamente todo lo que el hombre pueda siquiera imaginar, porque se trata de una participación a la vida divina misma del Ser divino trinitario. Por la Resurrección, la humanidad recibe un principio de vida nuevo, la gracia santificante, principio por el cual comienza a vivir una vida nueva, que no es la vida natural biológica, propia de su humanidad, sino que es la vida misma de la Trinidad, y así se vuelve capaz no solo de entablar relaciones personales con todas y cada una de las Tres Divinas Personas, sino que se vuelve capaz de conocer y amar a todas y cada una de esas Divinas Personas, como ellas mismas se conocen y se aman. Y aquí radica el motivo de la alegría establecida por Jesús casi como un neo-mandamiento post-Resurrección para su Iglesia: el alma, por la gracia santificante, participa de la vida de la Trinidad, lo cual quiere decir participar de la vida misma del Ser divino de Dios Uno y Trino, Ser que es el que actualiza a todas las esencias en su perfección, entre ellas, la alegría, por lo que es la Alegría perfecta y la Alegría personificada en sí misma. En otras palabras, cuando Jesús dice a las piadosas mujeres –y, por su intermedio, a toda la Iglesia universal- “¡Alégrense!”, no está mandando una alegría forzada, superficial, ni meramente emotiva o afectiva: está diciendo que se alegren porque, a partir de Él y de su Resurrección, ahora comenzarán a participar de su vida divina y Él les comunicará de la plenitud infinita de esta su vida, y de entre todos los dones y perfecciones inagotables e inimaginables que tiene su vida divina, se encuentra su Alegría infinita, que es con la cual se alegrarán.

         “¡Alégrense!”. El mismo mandato que da Jesús resucitado a las piadosas mujeres en el jardín de la resurrección, nos lo da a nosotros desde la Eucaristía, en donde se encuentra vivo, glorioso, resucitado, lleno de la vida, de la luz y del amor de Dios Trino. Ahora bien, Jesús nos manda alegrarnos, sabiendo que vivimos en este “valle de lágrimas” y que vivimos en medio de “tribulaciones y persecuciones”, puesto somos hijos de la Iglesia, y por lo tanto, si Él fue perseguido y atribulado (cfr. Mt 5, 11ss), no podemos menos nosotros, como Iglesia, ser también perseguidos y atribulados por el mundo: es decir, nos manda alegrarnos no en situaciones de alegrías mundanas, sino en medio de la persecución y de la tribulación del mundo. Y si Jesús manda alegrarnos, es porque la fuerza de su Alegría divina nos ayudará a llevar nuestra cruz en pos de Él, por el Camino del Calvario, con gozo y alegría, aun con lágrimas en los ojos, lo cual quiere decir que por la tribulación de la cruz, nos conduce a la gloria de su luz y a su eterna bienaventuranza.