jueves, 30 de julio de 2015

“El Reino de los cielos es como una red llena de peces”


“El Reino de los cielos es como una red llena de peces” (Mt 13, 47-52). Jesús compara al Reino de los cielos con una “red llena de peces”, una red que recién ha sido sacada del mar por los pescadores, y que contiene por lo tanto, peces vivos y muertos. Inmediatamente, Nuestro Señor asocia al Reino de los cielos con el Día del Juicio Final, utilizando la misma imagen, la red llena de peces. En una red recién sacada del mar, hay peces vivos, en buen estado, que son los que sirven para los fines del hombre –comercio, alimentación, etc.-; pero también hay peces muertos, que sólo sirven para ser arrojados de nuevo al mar.
Para comprender la parábola con la que se figuran tanto del Reino como de los cielos como el Día del Juicio Final, es necesario tener en cuenta que los elementos creaturales descriptos en la parábola, hacen referencia a elementos sobrenaturales, tal como el mismo Señor Jesucristo lo hace, al menos con algunos elementos: el mar, es el mundo, desarrollado en la historia y el tiempo humanos; los pescadores, son los ángeles; la barca, es la Barca de Pedro, la Iglesia; la pesca, es el Día del Juicio Final; los peces vivos y sanos, que son separados por los pescadores porque son útiles, representan a las almas en estado de gracia, que por lo mismo, a los ojos de Dios, son almas sanas y dignas de entrar en el Reino de los cielos; los peces muertos, son las almas de los que están en pecado mortal, y que aunque caminen, respiren y hablen, tienen sus almas en estado de putrefacción espiritual, por la ausencia de la gracia santificante, y por lo tanto, son como esos pescados putrefactos que no sirven ni para el comercio, ni para el consumo y, por lo tanto, son arrojados al mar nuevamente, sólo que en este caso, al tratarse del Día del Juicio Final, se trata de almas que son arrojadas al Lago de fuego, el Infierno.

“El Reino de los cielos es como una red llena de peces”. Por último, queda un elemento de la parábola, la red, a la que no se le ha atribuido ninguna significación sobrenatural: ¿qué o quién es la red? La Red es Nuestro Señor Jesucristo, con la cual Dios atrapa a los peces, tanto a los vivos como a los muertos: Jesucristo es comparado con la red porque, al igual que hace una red de pescador, que atrapa peces vivos y muertos para llevarlos a la barca, así Jesucristo, con su gracia, quiere atraer a todos y a todos salvar en el Reino de los cielos, pero como el hombre es libre, hay muchos que escapan de la Red, que es Cristo –son los pescados en descomposición, los pecadores empedernidos, que viven y mueren, por libre decisión, en pecado mortal- y, por lo tanto, son separados para siempre de su Presencia. Los peces sanos y vivos, atrapados por la Red, que es Cristo, representan en cambio a los santos, aquellos que hicieron fructificar “el ciento por uno” a cada talento dado y, por lo tanto, son merecedores del Reino de los cielos.

martes, 28 de julio de 2015

“Explícanos la parábola de la cizaña en el campo”


El Demonio siembra la cizaña, el deseo del mal, en el mundo.

“Explícanos la parábola de la cizaña en el campo” (Mt 13, 36-43). Para interpretar a la parábola, no debemos recurrir a ningún autor humano: en la parábola de la cizaña, es el mismo Señor quien da la interpretación: el que siembra la cizaña, es el Demonio; la cizaña son los que pertenecen al Demonio; el campo es el mundo; el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; los cosechadores son los ángeles; la separación entre buenos y malos, de forma definitiva, es el fin del mundo, cuando Él mismo, en persona, venga a juzgar a buenos y malos.
Una cosa nos queda bien clara en esta parábola, y es el hecho de que el Demonio, como bien lo explica Nuestro Señor, es una entidad maligna, personal, espiritual; es un ser que es persona, puesto que actúa con inteligencia y voluntad -y eso es lo que caracteriza a una persona, sea Divina, angélica o humana-, que actúa deliberadamente para destruir y arruinar -si le fuera posible, para siempre- la Obra de Dios, que es el hombre. Tal como Jesús lo desenmascara en la parábola, el Demonio actúa con inteligencia y voluntad, aunque con ambas potencias angélicas, dominadas y pervertidas por el mal, puesto que su accionar es perverso, desde el momento mismo en que persigue destruir la Obra de Dios en el mundo, sembrando el mal entre los hombres y haciendo lo opuesto a lo que hace Dios: mientras Dios siembra la “buena semilla”, que es su gracia santificante en las almas de los hombres, lo que da como fruto la santidad y el hombre santo, así el Diablo siembra en el corazón humano su semilla, la cizaña, el deseo del mal, lo que se traduce en obras malas, volviendo al hombre malo y convirtiéndolo en su obra, la cizaña.
La siembra de Dios en el alma, su gracia santificante, da como fruto la santidad del alma y es esto lo que sucede con los santos: los santos son santos porque han dejado germinar y fructificar la semilla de Dios, la gracia, por la cual el alma se vuelve santa al inhabitar en ella la Trinidad, y esta santidad se demuestra con las obras: “El hombre bueno –santo-, del buen tesoro de su corazón saca lo que es bueno” (Lc 6, 45ª). Las obras de los santos son buenas y santas porque en ellos inhabita el Hijo del Padre, siendo Él el que obra a través de su Espíritu las obras santas.
El demonio, llamado “la Mona de Dios” -puesto que en todo lo imita a Dios, pero lo hace todo mal- siembra también su “mala semilla” que es la cizaña, la apetencia y la atracción por el mal, y el fruto de esta mala semilla son las obras malas, el pecado, convirtiendo así al hombre en un pecador obstinado, empedernido: “El hombre malo –pecador-, del mal tesoro saca lo que es malo; porque de la abundancia del corazón habla su boca” (Lc 5, 45b). Con el deseo del mal sembrado en el corazón, el Demonio potencia y fija en el mal todo lo malo que “brota del corazón del hombre”[1], haciéndolo partícipe de su rebelión y maldad demoníacas.
Esto nos hace ver, por lo tanto, que erran por completo los teólogos que quieren ver en el Demonio sólo “un mal difuso”, puesto que el Demonio es un ser personal, un ángel caído, que posee su naturaleza angélica, pero que ha perdido la gracia santificante con la que fue creado, por libre determinación y así se ha convertido voluntariamente en un ser espiritual maligno, “pervertido y pervertidor”[2]. Erran también por completo quienes atribuyen a Dios Trino la causa de sus males: Dios, como enseña Santo Tomás, sólo “permite el mal” y nunca lo causa, y si lo permite, es porque con su omnipotencia y sabiduría infinitas, sacará un bien infinito, de ese mal permitido.
Ahora bien, como lo explica Nuestro Señor, esta acción del Demonio, de “sembrar cizaña”, es debido a la permisión divina y la misma durará sólo hasta que el mismo Jesús, en unión con el Padre y el Espíritu, diga: “El tiempo se terminó” y dé inicio al Juicio Final.
Por el momento, es el Demonio quien siembra la cizaña, mientras “los cosechadores duermen”: se refiere al tiempo actual, en el que la actividad del Demonio y sus ángeles caídos es intensa, mientras que los ángeles buenos “duermen”, en el sentido de que no actúan porque todavía no llegó el tiempo. Solo al fin del mundo, cuando el Dueño del campo llegue –Él mismo, el Hombre-Dios, quien llegará como Justo Juez-, “despertará a los cosechadores” –es decir, permitirá que los ángeles buenos detengan el obrar de los ángeles malos- y estos, separando a la cizaña del trigo, quemarán la cizaña y separarán la buena semilla, para conducirla al Reino de los cielos: en el Día del Juicio Final, los ángeles buenos separarán a los hombres malos de los buenos, para que cada uno reciba lo que mereció con sus obras: a los buenos, les dará el cielo, mientras que a los malos, la “eterna condenación”[3], la que buscaron y merecieron con sus obras malas, despreciando y rechazando la salvación, la única salvación, dada “en el Nombre de Jesús” (Hch 4, 12).




[1] Cfr. Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de males: las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino”.
[2] Tal como lo han enseñado los Papas en su magisterio, incluido el actual Papa Francisco.
[3] Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística I, en donde la Iglesia pide a Nuestro Señor, que está por consumar su sacrificio en la cruz, que por el mismo, renovado de modo incruento en el altar eucarístico, nos libre de la “eterna condenación”.

“El Reino es como un grano de mostaza”


En el icono se ilustra la parábola del grano de mostaza, la parábola en la que se preanuncia la gracia santificante, propia del Reino de los cielos: la gracia, como el Reino, al inicio es pequeña, pero cuando crece, es un arbusto tan grande, que “los pájaros del cielo van  a hacer nido en sus ramas”. A la derecha del icono vemos retratado a Jesús, Dador de la gracia y la Gracia Increada en sí misma; en su mano izquierda, lleva la Nueva Alianza, sellada con su Sangre; la aureola es el signo de su divinidad, por cuanto es Dios Hijo encarnado; su mano derecha está alzada en señal de bendición y los dedos están dispuestos de manera que indican la Encarnación (el pulgar unido al anular); en el otro extremo, se encuentran Pedro, Santiago y Juan, testigos de la Transfiguración en el Monte Tabor –la gracia convertida en gloria-; el árbol o arbusto –la semilla de mostaza pequeña al inicio que creció hasta transformarse en árbol-, significa el alma que recibió la gracia: al inicio, era pequeña e insignificante; cuando recibe la gracia, se transforma en un gran árbol o arbusto, en el que “van a hacer su nido los pájaros”. ¿Y qué representan las tres aves que hacen nido en el árbol, es decir, el alma en gracia? Representan a las Tres Divinas Personas, que inhabitan en el alma en gracia, y que por lo mismo, vive ya, en anticipo, en la tierra, el Reino de los cielos.

“El Reino es como un grano de mostaza” (Mt 13, 31-35). En la parábola del grano de mostaza se preanuncia la gracia santificante, propia del Reino de los cielos y que contra-distingue al Reino de los cielos de todo reino terrenal y temporal.
En esta parábola, cada elemento terrenal y creatural –el grano de mostaza, el arbusto grande, las aves del cielo- hacen referencia a un elemento sobrenatural: en el grano de mostaza, pequeño al inicio pero grande después, están prefiguradas tanto la gracia como el alma humana. En el grano de mostaza está prefigurada la gracia, puesto que, como el Reino, al inicio es pequeña, pero cuando crece, es un arbusto tan grande, que “los pájaros del cielo van  a hacer nido en sus ramas”.
El grano de mostaza que deviene en árbol o arbusto –la semilla de mostaza pequeña al inicio que creció hasta transformarse en árbol-, prefigura y significa, además del Reino, al alma humana que recibió la gracia: al inicio, era pequeña e insignificante; cuando recibe la gracia, se transforma en un gran árbol o arbusto, en el que “van a hacer su nido los pájaros”.
Aunque no aparece en la parábola, podemos agregar la figura del jardinero, que es quien planta la semilla de mostaza –para que crezca y se convierta en un gran arbusto, debe ser plantada, y para eso se necesita Alguien que haga ese trabajo-, y ese celestial Jardinero no es otro que Jesús, por cuanto es Dios Hijo encarnado; Él, con su Encarnación, es el Dador de la gracia y la Gracia Increada en sí misma y ha sellado con su Sangre la Nueva Alianza, por medio de la cual recibimos la gracia santificante.

Por último, ¿qué representan las tres aves que hacen nido en el árbol, es decir, el alma en gracia? Representan a las Tres Divinas Personas, que inhabitan en el alma en gracia, y que por lo mismo, vive ya, en anticipo, en la tierra, el Reino de los cielos.

sábado, 25 de julio de 2015

“Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó (…) Lo mismo hizo con los pescados (…) llenaron cinco canastas con los panes que sobraron”


El ícono representa la multiplicación milagrosa de panes y pescados realizada por Jesús. En el extremo izquierdo se encuentra Jesús, el Hombre-Dios, quien sostiene en sus manos los cinco panes y dos pescados, proporcionados por el niño relatado por el Evangelio, retratado en el ícono, en la figura pequeña. La aureola dorada de Jesús, propia de los íconos orientales, indica la divinidad de Jesucristo, puesto que Él es el Hijo de Dios encarnado. Jesús acaba de pronunciar la bendición sobre los panes y pescados y acaba de producir el milagro, y todavía se encuentra en oración, cuando sus discípulos se acercan ya a pedir las raciones para servir a la multitud. Los discípulos, a su vez, aparecen en actitud de servicio, con los panes y pescados ya multiplicados, repartiéndolos a la multitud, la cual aparece ordenadamente sentada de a grupos, tal como lo ha ordenado Jesús, esperando su ración. La sobre-abundancia del alimento –el Evangelio señala que “todos comieron hasta saciarse y con las sobras llenaron doce canastos”- se representa con cestos repletos de panes.  El milagro, prodigioso en sí mismo, no representa sin embargo nada para la omnipotencia del Hombre-Dios; en realidad, es un anticipo de un milagro infinitamente más asombroso y maravilloso: la multiplicación, no de pan y de pescado, sino del Pan de Vida Eterna y de la Carne del Cordero, en la Santa Misa.

(Domingo XVII - TO - Ciclo B – 2015)

         “Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó (…) Lo mismo hizo con los pescados (…) llenaron cinco canastas con los panes que sobraron” (Jn 6, 1-15)”. Jesús multiplica los panes y pescados de modo prodigioso, milagroso, para dar de comer a más de cinco mil personas. No es extraño que Jesús obre un milagro de este tipo, ya que Él puede hacerlo, porque es Dios omnipotente, todopoderoso: el que creó el universo visible e invisible, el que creó al mundo de la nada, el que creó a los ángeles de la nada, no tiene ninguna dificultad en crear los átomos y las moléculas materiales del pan y de los pescados, para alimentar los cuerpos y saciar el hambre de la multitud que ha venido a escuchar su Palabra. Y si bien el Evangelio dice que eran unos “cinco mil hombres”, se supone que, contando con los niños y las mujeres, la cifra se elevaría a unos diez mil, con lo que el milagro se acrecienta, puesto que el relato evangélico dice que “llenaron cinco canastas con los panes que sobraron”, es decir, Jesús multiplicó milagrosamente los panes y los pescados, de forma sobre-abundante.
         Con todo, es sólo un milagro insignificante, comparado con el Milagro de los milagros, que Él mismo obrará, más adelante: la Transubstanciación, por el cual no multiplica la materia inerte de panes y pescados, sino su Presencia sacramental en los altares eucarísticos, por medio de la Santa Misa. Por el milagro de la Transubstanciación, producido en el momento en el que el sacerdote ministerial pronuncia las palabras de la consagración, Jesús multiplica no la materia sin vida de panes, sino la Presencia de su Cuerpo glorificado, la Eucaristía, que es Pan de Vida eterna, que alimenta al alma con la vida misma de Dios Uno y Trino; por el milagro de la Transubstanciación, Jesús multiplica no la carne sin vida de pescados, sino la Presencia de su Carne resucitada y llena de la gloria y de la vida de Dios, el Santo Sacramento del altar, la Eucaristía. En otras palabras, el milagro de la multiplicación de panes y pescados, es nada en comparación con el milagro obrado en la Santa Misa, por el cual Jesús multiplica la Presencia del Pan Vivo bajado del cielo y la Carne del Cordero.
         Ahora bien, Jesús hace este milagro de multiplicar panes y pescados y con él satisface el hambre corporal de la multitud; sin embargo, no es éste el objetivo último de Jesús, de su Encarnación, de su misterio pascual. El milagro es sólo prefiguración del Milagro de los milagros, la Eucaristía. Jesús no ha venido a satisfacer nuestra hambre corporal, no ha venido para saciar el hambre y la sed corporales del hombre: Él ha venido para saciar un hambre y una sed mucho más profundas, y es el hambre y la sed que de Dios tiene toda alma humana y esta hambre y esta sed de Dios que tiene toda alma humana, sólo se satisfacen con el mismo Dios, y ése es el motivo por el cual la Iglesia, continuando la obra de Jesús, no multiplica panes y pescados, para satisfacer el hambre del cuerpo de la humanidad, sino que la misión principal de la Iglesia es multiplicar la Presencia sacramental de Jesucristo, la Eucaristía. Así, la Iglesia obra, por medio del sacerdote ministerial, un milagro infinitamente más grande que el obrado por el mismo Jesús en el Evangelio, la Eucaristía, para satisfacer el hambre y la sed que de Dios tiene toda alma humana.
“Quisieron hacerlo rey, pero Jesús se escondió de ellos”. La multitud se da cuenta del milagro producido por Jesús; tratándose de un prodigio tan grande, el milagro no pasa desapercibido por la gente, quien se da cuenta de que Jesús es quien ha obrado la multiplicación prodigiosa de panes y pescados, permitiéndole así satisfacer el hambre del cuerpo, y por eso es que exclaman: “Éste es el profeta que había de venir, hagámoslo rey”. 
Ahora bien, también nosotros, los cristianos, queremos hacerlo rey, pero no queremos hacerlo rey temporal porque multiplicó panes y pescados para dar de comer y satisfacer el hambre corporal de una multitud, sino porque Jesús obra para nosotros un milagro infinitamente más grande, que es la Eucaristía; nosotros queremos que Él reine en nuestros corazones, porque Él es nuestro Rey, por naturaleza y por conquista, por derecho propio, y porque más que multiplicar panes y pescados, convierte la materia inerte del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, por el milagro de la Transubstanciación, en la Santa Misa.
“Quisieron hacerlo rey, pero Jesús se retiró a la montaña”. Cuando pretenden coronarlo como rey, por haber satisfecho el hambre corporal, Jesús “se retira a la montaña”, es decir, escapa de la vista de la multitud, porque Él no es rey terreno, ni ha venido para satisfacer el hambre del mundo. Jesús no desea los tronos del mundo, porque Él es Dios y ser rey del mundo es contrario a su santidad y a su misión. Por el contrario, para quien desee entronizarlo en su corazón y lo busque, Jesús no se esconde, sino que se da a conocer, y se manifiesta y se le aparece, oculto en la apariencia de pan, el Santo Sacramento del altar. Para quien desee hacer de su cuerpo un “templo del Espíritu” (cfr. 1 Cor 6, 19) y de su corazón un altar en donde sea entronizado el Sagrado Corazón Eucarístico, para ese tal, Jesús no solo no se esconde, sino que se hace el encontradizo, va al encuentro de quien lo busca, baja del cielo al altar eucarístico, para darse a sí mismo en la Eucaristía.

“Quisieron hacerlo rey, pero Jesús se retiró a la montaña”. La multitud quiso hacer rey a Jesús, sólo por el hecho de que Jesús multiplicó para ellos la materia sin vida del pan terreno y el cuerpo sin vida de los pescados. Para con nosotros, Jesús obra un milagro que supera infinitamente el milagro obrado en el Evangelio, puesto que multiplica su Presencia sacramental, para alimentarnos con el Pan de Vida eterna y con la Carne del Cordero, y no se esconde de nosotros, como lo hizo con la multitud del Evangelio, sino que se nos manifiesta en Persona, oculto en la apariencia de pan, en la Eucaristía, para que todo el que esté en gracia y comulgue, lo entronice en su corazón. ¿Qué esperamos para hacerlo Rey de nuestros corazones, a Jesús Eucaristía?

martes, 21 de julio de 2015

“Éstos son mi madre y mis hermanos (…) los que hacen la voluntad del Padre”


“Éstos son mi madre y mis hermanos” (Mt 13, 46-50). Jesús está predicando, rodeado de una multitud. Llegan unos discípulos y le avisan a Jesús que “su madre y sus hermanos están afuera y quieren hablarle”. Jesús, en vez de pedir que hagan lugar para que la Virgen y sus primos puedan llegar hasta Él, o en vez de ir Él hacia ellos, como haría cualquier persona, no solo se queda en el lugar, sin llamar a su Madre y a sus primos, sino que dice algo que pudiera parecer, de buenas a primera, como un desconocimiento de la Virgen como Madre y como un desconocimiento también de su familia biológica: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”, dice Jesús, y luego, “señalando con el dedo a sus discípulos”, continúa: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Es decir, con su actitud de permanecer en el lugar y con sus palabras, Jesús parecería estar desconociendo a su familia biológica, en detrimento de sus discípulos. Sin embargo, contrariamente a lo que podría parecer, Jesús no desestima a su Madre, la Virgen y a sus primos (llamados “hermanos” en el Evangelio), al decir que sus discípulos, que son quienes lo escuchan, son “su madre y sus hermanos”. Lo que hace Jesús es señalar el nacimiento y la existencia, a partir de Él, de una nueva familia, que trasciende los límites de la familia biológica y es la familia de los hijos de Dios, de aquellos que, unidos por la gracia santificante y el Amor al Padre, oyen sus palabras y “hacen su voluntad”. Es decir, Jesús señala el nacimiento de la Familia de los hijos de Dios, la familia de los que, naciendo al pie de la cruz, son adoptados por María Virgen como Madre adoptiva y son engendrados a la vida de la gracia, al recibir la Sangre y el Agua que brotaron del Corazón traspasado de Jesús, por medio del bautismo sacramental y luego, guiados por el Espíritu Santo, “hacen la voluntad del Padre”, porque lo aman en Cristo y por Cristo, con su Amor.

“Éstos son mi madre y mis hermanos (…) los que hacen la voluntad del Padre”. Por el bautismo, somos hijos en el Hijo; tenemos a Dios por Padre, a la Virgen por Madre y a Jesús por Hermano; por lo tanto, debemos “hacer la voluntad del Padre”. ¿Y cuál es esa voluntad? Que salvemos nuestras almas (cfr. 1 Tim 2, 1-8), por el cumplimiento del Primer Mandamiento –“Amarás a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”- y obrando la misericordia con los más necesitados.

sábado, 18 de julio de 2015

“Jesús se compadeció de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor. Y comenzó a enseñarles”


(Domingo XVI - TO - Ciclo B – 2015)

         “Jesús se compadeció de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor. Y comenzó a enseñarles” (Mc 6, 30-34). Jesús ve a la multitud que lo ha seguido, y que está “como ovejas sin pastor”, y esto a pesar de que tienen pastores, los fariseos y los doctores de la ley. Sin embargo, estos son a quienes Jesús califica como “malos pastores”, puesto que dan muerte a las ovejas del rebaño, tanto a las débiles como a las más gordas, desde el momento que se preocupan de aprovecharse de su lana, de su carne y de su leche, sin importarles ninguna otra cosa. Es decir, son pastores que se pastorean a sí mismos y que inventan "doctrinas humanas" al puesto de las divinas, alejando a las almas del Dios Verdadero, tal como se los reprocha Jesús (cfr. Mt 7, 7; Mt 15, 9). En la práctica, tener malos pastores, para el rebaño, es el equivalente a no tener ninguno. Es interesante detenernos un momento en la consideración de la frase: “Estaban como ovejas sin pastor”, para darnos una idea de qué es lo que les sucede a las ovejas, que es lo que despierta, al mismo tiempo, la compasión de Jesús, que por este motivo asume, sin decirlo el Evangelio, el rol de Buen Pastor, de Sumo y Eterno Pastor, porque “comienza a enseñarles”.
¿Qué le sucede a una oveja, o más bien, a todo un redil, cuando no tiene pastor, o cuando tiene un pastor malo, como el caracterizado por Jesús, que en la práctica equivale a no tener pastor? Lo que le sucede a estas ovejas es que se encuentran desorientadas, sin rumbo fijo, sin saber adónde ir; no saben dónde se encuentran los pastos verdes y el agua fresca; no tienen reparo del calor ardiente, cuando el solo está en lo más alto del cielo, ni tienen reparo cuando se desata la tormenta, con vientos huracanados y lluvias torrenciales. Las ovejas sin pastor, por lo tanto, se debilitan, y las que ya son débiles, se debilitan tanto, que terminan por morir; las más fuertes, también se debilitan y, si la situación se prolonga, también terminan por morir. Pero además, las ovejas sin pastor están acechadas por otros peligros: por los asaltantes del camino, los ladrones de ovejas, que al verlas desorientadas y débiles, aprovechan para llevárselas y para dar mal fin con ellas; se encuentran acechadas también por el lobo, que al percatarse de la situación, de que las ovejas están solas, sin pastor, o con un pastor cobarde que no le hará frente, da fácil cuenta de las ovejas, destrozando su tierna carne con sus colmillos largos y afilados. Por último, las ovejas sin pastor enfrentan otro peligro, y es el de desbarrancarse y finalizar en el fondo del barranco, puesto que sin la guía segura de un pastor, terminan internándose en peligrosos desfiladeros que constituyen, para las ovejas, una trampa mortal, desde el momento en que no están capacitadas para transitar por estos lugares peligrosos, y así la oveja, internándose temerariamente en el barranco, termina por resbalar y rodar hasta el fondo del barranco, quedando malherida, con sus huesos fracturados, sangrando, y destinada a una segura muerte, de no mediar la ayuda del buen pastor que acuda a socorrerla.
Esta figura de la oveja o del redil sin pastor, se aplica a las realidades sobrenaturales: las ovejas o el redil, son los bautizados en la Iglesia Católica; la ausencia de pastor, o el hecho de que el pastor sea malo, representa al pastor a quien no le interesa la salvación eterna de las almas, porque él mismo vive una vida mundana, sin preocuparse por el más allá; que las ovejas no encuentren pastos verdes y agua fresca, significa a los bautizados que no se alimentan con la doctrina verdadera de la Iglesia, contenida en el Magisterio, en el Catecismo, en las Escrituras y en la Tradición, para ir a contaminar la pureza de la fe con los pastos secos y el agua turbia de las doctrinas gnósticas, heterodoxas y heréticas de la Nueva Era y de todo viento de novedad que pueda surgir; el hecho de que no encuentren refugio frente a los peligros, las tormentas y el viento, significa que los cristianos, sin la Palabra y la gracia que vienen de Jesús, no pueden hacer frente ni a las tentaciones, ni a las tribulaciones, con lo que sucumben rápidamente, cayendo no solo en el pecado, sino también en la tristeza, en la desesperación y angustia; por último, el lobo que las acecha, no es el lobo animal, sino el Lobo infernal, el demonio, que al ver que las ovejas no están alimentadas con la Verdad ni fortalecidas con la gracia santificante, da fácil cuenta de ellas, arrastrándolas consigo por los malos caminos que conducen a la perdición. La oveja desbarrancada, que queda malherida y destinada a una segura muerte, porque está fracturada y sangrando, incapaz de moverse, representa a las almas que, sin la guía segura de Jesucristo, Buen Pastor, y de sus pastores, los sacerdotes ministeriales fieles a Jesucristo, cae en pecado mortal y, de no mediar un pronto socorro, morirá en ese estado, poniendo en peligro de eterna condenación a su alma.
“Jesús se compadeció de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor”. Las ovejas están “como sin pastor”, porque quienes debían pastorearlas, los fariseos y los doctores de la ley, les presentan una versión adulterada, humanizada, horizontalizada, de la religión: ya no consistirá en el conocimiento y la adoración –acto connatural del hombre hacia Dios por ser su Creador- del Dios Único y Verdadero, ni en el auxilio y socorro del prójimo más necesitado –la ayuda a los padres enfermos se excusa, según los fariseos, si se presenta la ofrenda al altar-: ahora, con los fariseos, la religión consiste en la mera práctica externa de normas y preceptos humanos –como la ablución de las manos y el lavado de los utensillos- que reemplazan la norma de Dios y los mandatos de Dios, que es en donde se encuentra la esencia de la religión, el amor sobrenatural a Dios, demostrado en la piedad y el amor sobrenatural al prójimo, demostrado en el auxilio sobre todo y principalmente a quien más sufre.
“Eran como ovejas sin pastor (…) estuvo enseñándoles un largo rato. Y comenzó a enseñarles”. A diferencia de los fariseos y de los doctores de la ley, Jesús cautiva a sus oyentes, porque “habla como quien tiene autoridad”, porque Él es la “Sabiduría de Dios Encarnada” y sus palabras son “palabras de Vida eterna” (cfr, Jn 6, 68), porque Él viene del cielo, del seno del eterno Padre, y “ve y conoce” todo lo del Padre y nos lo enseña, y en esto radica la autoridad de su enseñanza y la novedad sobrenatural de su sabiduría divina. Sólo Jesús tiene “palabras de vida eterna” y es la razón por la cual, quienes lo escuchan, quedan profundamente conmovidos, porque la Palabra de Dios llega a lo más profundo del ser del hombre: Él su Creador, y por lo tanto, sus palabras tienen un alcance profundo, que llega hasta la raíz metafísica del acto de ser del hombre, conmoviendo todo el ser del hombre: cuando habla Jesús, es Dios Creador, Redentor y Santificador quien habla, y por eso el alma que presta oídos a su Palabra, queda conmocionada, al escuchar la voz de su Dios, que es voz que comunica la vida divina a quien lo escucha. Ésa es la razón por la que Jesús dice: “Yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a Mí”. Al verlos desorientados y “como sin pastor”, Jesús comienza a enseñarles las verdades de la vida eterna, vida a la que todos están llamados a participar, si cargan su cruz de todos los días y van en pos de Él, porque Él es el Camino que conduce al Padre, la Verdad divina revelada acerca de la salvación, y la Vida eterna que recibirá el alma que crea en Él. Cuando Jesús enseña, como Sumo y Eterno Pastor, todos están atentos a sus enseñanzas; hacen silencio y se acercan para escuchar la Voz del Verbo que habla con labios humanos; pero no solo los hombres quieren escuchar al Verbo de Dios Encarnado: también los ángeles de Dios, que bajan del cielo, que se acercan sigilosamente para escuchar las enseñanzas de Jesús, esas enseñanzas que nos dicen que esta vida terrena se termina pronto y que luego comienza la eterna; esa enseñanza que nos dice que Él es Dios y que se ha encarnado para morir en cruz y resucitar, y que por el sacrificio en cruz del Calvario, en donde entregó su Cuerpo y derramó su Sangre, nos perdona los pecados, nos concede la filiación divina y nos abre las puertas del cielo, que son su Corazón traspasado, para que, entrando por esa Puerta abierta que es su Sagrado Corazón perforado por la lanza, seamos llevados, por el Espíritu Santo, al seno de Dios Padre, para gozar de su Presencia por la eternidad.

Jesús es el Buen Pastor que tiene “palabras de vida eterna” y esas palabras las pronuncia, a través del sacerdote ministerial, en cada Santa Misa, en la consagración del pan y del vino, para obrar el milagro de la Transubstanciación, que convierte el pan y el vino en su Presencia glorificada en las apariencias de pan. Jesús es el Buen Pastor que se compadece de nosotros, y nos alimenta con un manjar substancia, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la Eucaristía, en nuestro peregrinar en la tierra, para que al fin de nuestros días, ingresemos en las praderas en donde abundan los pastos verdes y el agua fresca de la gloria de Dios, el Reino de los cielos.

viernes, 17 de julio de 2015

“El Hijo del hombre es dueño del sábado”



“El Hijo del hombre es dueño del sábado” (cfr. Mt 12, 1-8). Jesús y sus discípulos dan un paseo sabático, y cometen dos acciones prohibidas según las leyes farisaicas: arrancar espigas y trillar, considerado esto como el frotarlas entre las manos.
Jesús zanja la cuestión haciéndoles ver que la necesidad excusa de la ley positiva, citando el ejemplo de David, a quien el sacerdote le permitió comer de los doce panes de la Proposición, cuando la ley decía que sólo podían ser comidos los panes por los sacerdotes, por ser sagrados, pero la necesidad de David prevaleció sobre la ley positiva, y la ley fue sancionada por el sumo sacerdote. Jesús les hace ver que una y otra norma pertenecen a los preceptos humanos y, puesto que se trata de leyes humanas, pueden ser quebrantadas, y para ejemplificar cómo una ley humana puede no observarse en caso de necesidad, da el ejemplo de David, que comió los panes de la Proposición en el templo. Además de hacerlos quedar en evidencia en su falta justamente a ellos, que acusaban a sus discípulos falsamente, les revela que hay algo “más grande” que el templo, que es Él en Persona, y por eso dice que Él es dueño del sábado, porque siendo Dios, es creador del sábado, y por eso puede dispensar de las leyes. Se presenta a sí mismo como santuario, en una sustitución ya anticipada en las profecías mesiánicas, mientras que la expresión “Señor del sábado”, no puede explicarse de manera adecuada si no es por la divinidad de Cristo.

Jesús, como Hombre-Dios, es el Nuevo Santuario en donde habita la plenitud de la divinidad; es la Persona del Hijo, encarnada en una naturaleza humana, y como tal, es el Señor de la historia, no sólo dueño del sábado, sino dueño del tiempo y  de la eternidad. Y como Dueño del tiempo y de la eternidad, y como Vida eterna en sí misma, muere el Viernes Santo y resucita el Domingo de Resurrección, para que nos alimentemos con el Nuevo Pan de la proposición, el Pan Vivo bajado del cielo, Él mismo, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, esto es, la Eucaristía, que nos dona la Vida eterna.

martes, 14 de julio de 2015

“¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace rato se habrían convertido”


“¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace rato se habrían convertido” (Mt 11, 20-24). Jesús se lamenta de las ciudades de Corozaín y Betsaida, y también de Cafarnaúm y el motivo del lamento es la ausencia de conversión, a pesar de que en estas ciudades -como el mismo Jesús lo dice-, se han hecho milagros. Cuando el Hombre-Dios hace milagros –resucitar muertos, curar enfermos, multiplicar panes y peces, etc.-, lo hace con un fin específico, y es el de confirmar, con sus obras, la veracidad de sus palabras: Él afirma ser Dios Hijo en Persona, hace milagros que sólo Dios puede hacer, por lo tanto, Jesús es quien dice ser: Dios encarnado. Y a su vez, la auto-revelación de Dios en Jesús de Nazareth, confirmada por medio de los milagros, tiene un único objetivo: derramar sobre las almas, por medio de la Sangre del Corazón de Jesús, la Misericordia y el Amor divinos, sin límites y sin medidas. Esta es la razón por la cual, el hecho de no solo rechazar un milagro, sino de persistir en la dureza de corazón –que es en lo que consiste la no-conversión, la contracara de la conversión-, significa en el fondo el rechazo del Amor de Dios, que no se manifiesta de otra manera que no sea en Cristo Jesús. En otras palabras, quien rechaza los milagros, rechaza el Amor de Dios, que obra los milagros por Amor a su creatura, el hombre, y no por ningún otro motivo, y quien rechaza el Amor de Dios, tiene la condena asegurada, porque “no hay otro nombre en el que se encuentre la salvación de los hombres” (cfr. Hch 4, 12).

“¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace rato se habrían convertido”. Las palabras dichas por Jesús contra estas ciudades, que han endurecido sus corazones, serán repetidas en el Día del Juicio Final, a todos aquellos cristianos que, habiendo tenido la posibilidad de asistir al Milagro de los milagros, la Transubstanciación, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, en el altar eucarístico, hayan preferido sus asuntos mundanos, despreciando así al Amor de Dios que se les donaba, gratuitamente, como Pan Vivo bajado del cielo, como Maná único y verdadero, que les concedía la vida eterna, ya en anticipo, en esta tierra y en esta vida temporal. No seamos de esos cristianos; que Jesús no tenga que reprocharnos la dureza de nuestros corazones, y no perdamos oportunidad de asistir a la Santa Misa, el Milagro del Divino Amor, milagro por el cual todo un Dios se nos entrega en la apariencia de pan y vino.

“Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación”


“Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16, 15-20). Jesús resucitado se aparece a sus discípulos y los envía a la misión: el terreno a misionar es “toda la creación” (todo el mundo) y el objetivo de la misión es “anunciar la Buena Noticia”. ¿Cuál es la Buena Noticia? La Buena Noticia de que Él, el Hijo de Dios encarnado, ha muerto en cruz y ha resucitado, para no solo perdonar los pecados, destruir la muerte y derrotar al demonio, sino ante todo, para conceder la filiación divina a todos y cada uno de los que crean en Él, para convertirlos hijos adoptivos de Dios y en herederos del Reino. La Buena Noticia es también que Él se ha quedado en medio de nosotros, en la Eucaristía, en el sagrario, para acompañarnos “todos los días, hasta el fin del mundo”, para consolarnos en nuestras penas, para fortalecernos en nuestras debilidades, y para donársenos como Pan Vivo bajado del cielo, que concede a quien lo consume con fe y con amor, todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, que es el Amor trinitario de Dios Uno y Trino.

Es esta la Buena Noticia que todo cristiano debe anunciar: que Jesús no solo ha resucitado y ha dejado libre y vacío el sepulcro, sino que, a partir de Domingo de Resurrección, está en cada sagrario, en la Eucaristía, en acto de donación de su Ser divino trinitario y de todo el Amor infinito y eterno de su Sagrado Corazón. El cristiano debe anunciar esta Buena Noticia, que permite que todas las buenas noticias humanas sean verdaderas y buenas y tengan sentido, y sin la cual, ninguna noticia es buena en realidad. Pero a su vez, la Buena Noticia del Evangelio de Jesús, de su muerte y resurrección y de su Presencia gloriosa y resucitada en la Eucaristía, es a la vez el preludio de otra Buena Noticia: esta vida terrena es corta, muy corta, y da lugar a la feliz eternidad en la contemplación cara de las Tres Divinas Personas, en el Reino de los cielos. Por esta Buena Noticia, el cristiano considera a las cosas de este mundo como pasajeras, y por eso no se asusta, si son malas, porque no durarán mucho tiempo, y tampoco se alegra en demasía, sin son buenas, porque lo que la alegría que le espera en el Reino de los cielos es infinitamente superior a toda alegría terrena. Porque la Buena Noticia de Jesucristo, con su promesa de amor infinito, de alegría eterna y de dicha inimaginable, en la comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas, trasciende los límites espacio-temporales de esta vida terrena para proyectarse hacia la eternidad, es que el cristiano considera caducas a todas las cosas de la tierra y repite, junto con Santa Teresa: “Tan alta vida espero, que muero porque no muero”.

viernes, 10 de julio de 2015

“Yo los envío como ovejas en medio de lobos (…) sean mansos como palomas y astutos como serpientes”



“Yo los envío como ovejas en medio de lobos (…) sean mansos como palomas y astutos como serpientes” (Mt 10, 16-23). Es curioso el hecho de que Jesús utilice a cuatro animales para caracterizar, tanto a sus discípulos, como a los enemigos de sus discípulos, aquellos que son partidarios del mundo, los mundanos. Sus discípulos son “como ovejas”, que deben tener la “mansedumbre de una paloma” y la “astucia de una serpiente”, al tiempo que sus adversarios, los hombres mundanizados, son “como lobos”. Es verdad que Jesús utiliza la figura de animales, los cuales están en un plano inferior al de los seres humanos, para graficar la realidad de la batalla espiritual que se libra entre sus discípulos –las ovejas- y los discípulos de Satanás, los mundanos –los lobos-; sin embargo, debido a que se trata de una batalla espiritual, las figuras son solo figuras, ya que en la realidad, lo que actúa, en el caso de los discípulos de Jesús, es la gracia, concediendo la mansedumbre, propia de las ovejas y de las palomas, y la astucia, propia de las serpientes, aunque en este caso, se trate de la mansedumbre del Hijo de Dios y de la astucia o, más bien, de la sabiduría del Hijo de Dios; en el caso de los hombres mundanos, los “lobos”, quien les hace partícipe de lo que es propio del lobo –traducido a las características humanas, esto es, ferocidad, impiedad, dureza de corazón, perversidad, astucia con mala intención, etc.-, es el Demonio, puesto que los hombres que pertenecen al mundo están bajo sus órdenes.
“Yo los envío como ovejas en medio de lobos”. En esta –aparente- desigual batalla entre las ovejas y los lobos –los lobos, con sus colmillos afilados, llevan todas las de ganar, frente a la indefensión de las ovejas-, quien dará la victoria final, será Nuestro Señor Jesucristo, porque Él infundirá, en sus discípulos, en aquellos que sean mansos como ovejas y astutos como serpientes, su Espíritu, el Espíritu Santo, quien “hablará por ellos”, cuando sean perseguidos y encarcelados por causa del Hijo de Dios.

“Yo los envío como ovejas en medio de lobos (…) sean mansos como palomas y astutos como serpientes”. Un filósofo pre-cristiano, Platón, decía que era preferible sufrir una injusticia, antes que cometer una injusticia; los cristianos, al ser mansos como ovejas en medio de lobos, están expuestos a toda clase de injusticias, de persecuciones, de agresiones, e incluso, están expuestos a perder la vida y no puede ser de otra manera, porque eso es lo que le sucedió al Pastor de las ovejas, Jesucristo. Por otra parte, para quien sea como una oveja, manso como una paloma y astuto como una serpiente, le está prometida la asistencia del Espíritu Santo y el triunfo final sobre sus enemigos, los lobos infernales, y le está asegurada, por lo tanto, el ingreso al Reino de los cielos.

miércoles, 8 de julio de 2015

“Proclamen que el Reino de los cielos está cerca”


“Proclamen que el Reino de los cielos está cerca” (Mt 10, 1-7). Jesús envía a sus Apóstoles con la misión de “proclamar que el Reino de los cielos está cerca”; les da instrucciones para el camino, pero además, los dota de poderes sobrenaturales, haciéndolos partícipes de su propio poder de Dios, concediéndoles la facultad de sanar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos y expulsar demonios. Aun siendo señales prodigiosas, todas estas cosas –sanaciones milagrosas, resurrecciones de muertos, expulsiones de demonios-, no son sino meras señales que indican la llegada de algo aún más prodigioso, y es el Reino de los cielos: “Proclamen que el Reino de los cielos está cerca”. Al modo de carteles indicadores al costado de una ruta, que no son el destino final sino que indican el destino final, los milagros, las curaciones milagrosas, las expulsiones de demonios, no constituyen el cristianismo, sino que son meros anunciadores del destino final al que toda la humanidad está llamada y a la que Jesús ha invitado a ingresar, con su muerte en cruz y resurrección: el Reino de los cielos. Muchos piensan que el cristianismo consiste en estas cosas y es así como creen que Jesús es una especie de hacedor de milagros que ha venido para hacer esta vida placentera, librando a la humanidad de aquello que la atormenta: la enfermedad, las tribulaciones, el demonio. Es verdad que Jesús –y por añadidura, la Virgen y los santos de la Iglesia Católica- tiene el poder de hacer esta vida más “fácil”, “tranquila”, o como se quiera decir, porque Él, en cuanto Dios, tiene el poder de sanar cualquier dolencia, tiene el poder de resucitar muertos, tiene el poder de expulsar demonios. Pero no consiste en esto el Reino de los cielos, y Jesús ha venido para llevarnos al Reino de los cielos, el Reino en donde el alma vive con su cuerpo glorificado, en la contemplación feliz de las Tres Divinas Personas, ofreciendo a Dios Uno y Trino todo el honor, el poder, la gloria y el amor, por medio del Cordero, y recibiendo de Dios Trino y el Cordero el Amor que brota del Ser trinitario como de una fuente inagotable, y esto, por la eternidad. En esto consiste el Reino de los cielos; para esto son los milagros; para esto es para lo que el cristiano tiene que prepararse, y para esto es que el cristiano “carga su cruz todos los días” (cfr. Lc 9, 23-24), no para permanecer en esta vida “tranquilo”, sin enfermedades, sin tribulaciones, sin cruces.

martes, 7 de julio de 2015

“La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos”

           

         “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos” (Mt 9, 32-38). Luego de predicar la Buena Noticia, curar enfermos, expulsar demonios, Jesús se compadece de la multitud, cuyos integrantes están “fatigados y abatidos” y están desorientados y asustados, como “ovejas sin pastor” y es por eso que da la recomendación a sus discípulos, de orar a Dios pidiendo por las vocaciones sacerdotales y religiosas: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha”. La cosecha son las almas, que le pertenecen a Dios; los trabajadores son los sacerdotes y los religiosos en general; el dueño de los sembrados es Dios; la oración pidiendo por trabajadores, es el deber de la Iglesia de no solo rezar pidiendo por las vocaciones sacerdotales y religiosas, sino de buscarlas y de cuidarlas allí donde se las encuentra, preservándolas del contagio del espíritu mundano, para que no se aparten de su deber de cuidar las almas para Dios. Es decir, la Iglesia debe rezar por las vocaciones religiosas, pero no basta con rezar, sino que debe cuidarlas del espíritu del mundo y, aún más, debe sacrificarse por ellas, como Madre Buena que es.
“La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos”. Los pastores, los trabajadores de la cosecha, son almas elegidas especialmente por Dios, para que pastoreen a SU rebaño, los seres humanos, y son elegidos para que los protejan de las acechanzas del enemigo de las almas, el demonio y por esto mismo, son como los perros guardianes del pastor, del Gran Pastor, Jesucristo: tienen la función de ladrar, de avisar que viene el Lobo Infernal, para que el Gran Pastor Jesucristo, lo ahuyente con su cayado, la Cruz ensangrentada. Pero si los pastores, los religiosos, se mundanizan, o callan frente al mundo y sus trampas mortales, son como un perro mudo, que ve que el lobo se acerca, pero como es mudo, no ladra y así el lobo da fácilmente cuenta de las ovejas, haciendo estragos en el rebaño. No en vano Dios advierte, en las Escrituras, contra los pastores que duermen y que no alertan al rebaño, porque son como “perros mudos”: “son perros mudos que no pueden ladrar, soñadores acostados, amigos de dormir” (Is 56, 10).

Es por eso que no basta con orar por las vocaciones: la Iglesia debe además cuidar las vocaciones, e incluso debe sacrificarse por las vocaciones, para que estas sean santas y puedan así cumplir su función de pastorear a las almas, las ovejas del rebaño del Gran Pastor Jesucristo, conduciéndolas, bajo su guía, a los verdes pastos y el agua fresca, el Reino de los cielos.

sábado, 4 de julio de 2015

“No pudo hacer allí ningún milagro (…) se asombraba de su falta de fe”


(Domingo XIV - TO - Ciclo B – 2015)

         “No pudo hacer allí ningún milagro (…) se asombraba de su falta de fe” (Mc 6, 1-6). Jesús es el Hombre-Dios; en cuanto tal, es poseedor de la omnipotencia divina, que le permite obrar milagros, es decir, hechos que superan las leyes de la naturaleza y que solo pueden ser obrados por la divinidad, como por ejemplo, la curación instantánea de una enfermedad, la resurrección de un muerto, la multiplicación de panes y peces. Sin embargo, el Evangelio relata un episodio paradójico: Jesús no puede hacer milagros en su propio pueblo, puesto que no creen en Él. Por este motivo, el Evangelio de este Domingo plantea a la incredulidad como fenómeno de la razón que se opone a la verdad de fe revelada y al hecho prodigioso que confirma esa verdad de fe. Jesús hace milagros –curación, multiplicación prodigiosa de panes y peces, resucitar muertos, etc.-, para confirmar la Verdad de sus palabras: Él afirma de sí mismo el ser Dios; por lo tanto, sus obras, que sólo pueden ser hechas por Dios, confirman que lo que dice es verdad, que Él es Dios. Sólo quien es Dios, puede obrar las obras de Dios. Jesús dice de sí mismo que es Dios Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad; para confirmar esta Verdad absoluta divinamente revelada, realiza una obra –el milagro- que confirma, con el hecho prodigioso, la veracidad de lo que se dice. Por el contrario, si alguien dice de sí mismo: “Yo soy Dios”, pero se muestra incapaz de hacer obras propias de Dios –obras hechas con Omnipotencia, Sabiduría y Amor-, ese tal demuestra que no es Dios y que sus pretensiones de ser Dios son falsas y que es sólo un impostor. No es, obviamente, el caso de Jesús, porque Jesús sí realiza milagros, de manera tal que quien no cree en Él, tiene en sus milagros una prueba definitiva de su poder divino.
         Así nos lo enseña la Iglesia, en las Sagradas Escrituras, en sus Doctores y en su Magisterio: los milagros de Cristo confirman la Verdad por Él revelada y prueban su divinidad.
En las Sagradas Escrituras, es el mismo Jesús quien considera sus milagros como prueba de su divinidad: “Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí” (Jn 5, 36-37)
“Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre” (Jn 10, 37-38).
La fama de Jesús entre sus contemporáneos se hizo por los milagros, prodigios y signos: “Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos” (Hch 2, 22-23).
Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, afirma que Cristo hizo milagros para confirmar su doctrina y manifestar su divinidad[1].
En el Catecismo de la Iglesia Católica se afirma que los milagros visibles de Jesús conducen a creer en el misterio invisible de la Redención[2].
Finalmente, el Magisterio de los Papas y los Concilios, también sostiene que los milagros de Jesús confirma la Verdad revelada de que Él es Dios. Para el Papa León XIII, los milagros comprueban que Jesús es Dios y por eso mueven la razón a creer en sus palabras[3].
El Concilio Vaticano I sostiene que los milagros son auxilios externos de la fe[4].
Juan Pablo II afirma que la primera certeza transmitida por los Evangelios es que toda la Iglesia primitiva veía en los milagros el supremo poder de Cristo sobre la naturaleza y sus leyes[5].
Los milagros de Cristo son hechos sobrenaturales, que sobrepasan las fuerzas de la naturaleza, ocurridos en realidad –es decir, no son producto de la fantasía o de la imaginación- y confirmados incluso por sus adversarios[6].
Dice Juan Pablo II: “En el Evangelio de Juan encontramos la descripción detallada de siete acontecimientos que el Evangelista llama “señales” (y no milagros). Con esa expresión él quiere indicar lo que es más esencial en esos hechos: la demostración de la acción de Dios en persona, presente en Cristo, mientras la palabra “milagro” indica más bien el aspecto “extraordinario” que tienen esos acontecimientos a los ojos de quienes los han visto u oyen hablar de ellos. Sin embargo, también Juan, antes de concluir su Evangelio, nos dice que “muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro” (Jn 20, 30). Y da la razón de la elección que ha hecho: “Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 31). A esto se dirigen tanto los Sinópticos como el cuarto Evangelio: mostrar a través de los milagros la verdad del Hijo de Dios y llevar a la fe que es principio de salvación”[7].
         Todo esto nos lleva a considerar que quien cree al milagro realizado por Jesucristo –o por sus santos-, cree que Jesús es quien dice ser, el Hijo de Dios Encarnado, y realiza el acto meritorio de fe, por el cual se acrecienta su unión en el Amor con Dios Trino, quien se revela y manifiesta en Cristo, precisamente, para ser conocido, amado y adorado.
         Por el contrario, quien no quiere creer en los milagros, como sucede en el caso de los habitantes del pueblo de Jesús -relatado en el episodio del Evangelio de hoy-, no cree que Jesucristo sea Dios y comete el pecado de incredulidad, por el cual se enfría su amor hacia Dios y se deteriora su relación de amistad y filiación, en mayor grado, cuanto mayor sea la incredulidad. Es lo que sucede en el Evangelio: Jesús realiza milagros, pero no creen, porque pecan de incredulidad: a pesar de estar viendo con sus propios ojos el milagro, no creen, o mejor dicho, no quieren creer, lo cual hace más grave su pecado de incredulidad, porque se hace voluntario. Pero al no creer en los milagros de Jesús, impiden la acción de la gracia y la manifestación del mismo Hombre-Dios en sus vidas: “No pudo hacer allí ningún milagro (…) se asombraba de su falta de fe”.
         “No pudo hacer allí ningún milagro (…) se asombraba de su falta de fe”. Al igual que sucede con los contemporáneos de Jesús, que voluntariamente se veían privados de los milagros de Jesús por no querer creer en sus palabras y en sus obras, así sucede hoy con muchos cristianos, a quienes Jesús no puede hacer milagros en sus vidas, no porque Él no quiera, sino porque estos cristianos no quieren creer en sus milagros, el principal y el más grande de todos, el que Jesús realiza por intermedio de su Iglesia y del sacerdocio ministerial, la transubstanciación, la conversión del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Quien no cree en el milagro de la Eucaristía, cierra su propia vida a la acción de Jesús en su alma y en su vida, porque Jesús no puede obrar milagros en el incrédulo, en el que no quiere creer, porque éste cierra su alma voluntariamente a toda acción de la gracia. Hay muchos cristianos que son incrédulos con respecto a los milagros de Jesús, aunque se muestran crédulos cuando los vendedores de ilusiones los engañan con sus palabras. En otras palabras, no creen a Dios, que se manifiesta en Cristo y creen en cambio a los hombres, cuya palabra, cuando no está sostenida por la Palabra de Dios, es falsa y vana.
Por eso es que dice San Cirilo de Jerusalén: “Limpia tu recipiente, para que sea capaz de una gracia más abundante, porque el perdón de los pecados se da a todos por igual, pero el don del Espíritu Santo se concede a proporción de la fe de cada uno”[8].
“No pudo hacer allí ningún milagro (…) se asombraba de su falta de fe”. Si muchos cristianos se decidieran a querer creer en las palabras y en los milagros de Jesús, sus vidas serían muy distintas, porque Jesús entonces sí podría obrar todos los milagros que Él tiene pensado para cada uno, y estos son milagros de tal magnitud, que dejan a todos sin palabras.




[1] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 43, a. 1: “Dios concede al hombre el poder de hacer milagros por dos motivos. Primero, y principalmente, para confirmar la verdad que uno enseña. […] Segundo, para mostrar la presencia de Dios en el hombre por la gracia del Espíritu Santo, de modo que, al realizar el hombre las obras de Dios, se crea que el propio Dios habita en él por la gracia. Por esto se dice en Ga 3, 5: El que os otorga el Espíritu y obra milagros entre vosotros. Y ambas cosas debían ser manifestadas a los hombres acerca de Cristo, a saber: Que Dios estaba en Él por la gracia no de adopción sino de unión, y que su doctrina sobrenatural provenía de Dios. Y por estos motivos fue convenientísimo que hiciera milagros”.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 515: “Los evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe (cf. Mc 1, 1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla con otros. Habiendo conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos de su misterio durante toda su vida terrena. Desde los pañales de su natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre de su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el sudario de su Resurrección (cf. Jn 20, 7), todo en la vida de Jesús es signo de su misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que “en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el “sacramento”, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora”.
[3] León XIII, Encíclica Satis Cognitum, n. 13, 29 de junio de 1896: “Jesucristo prueba, por la virtud de sus milagros, su divinidad y su misión divina; habla al pueblo para instruirle en las cosas del cielo y exige absolutamente que se preste entera fe a sus enseñanzas; lo exige bajo la sanción de recompensas o de penas eternas. […] Todo lo que ordena, lo ordena con la misma autoridad; en el asentimiento de espíritu que exige, no exceptúa nada, nada distingue. Aquellos, pues, que escuchaban a Jesús, si querían salvarse, tenían el deber no sólo de aceptar en general toda su doctrina, sino de asentir plenamente a cada una de las cosas que enseñaba. Negarse a creer, aunque sólo fuera en un punto, a Dios cuando habla es contrario a la razón”.
[4] Denzinger-Hünermann 3009. Concilio Vaticano I, sesión III, Constitución Dogmática sobre la Fe, 24 de abril de 1870: “[La fe es conforme a la razón]. Sin embargo, para que el obsequio de nuestra fe fuera conforme a la razón (cf. Rm 12, 1), quiso Dios que a los auxilios internos del Espíritu Santo se juntaran argumentos externos de su revelación, a saber, hechos divinos y, ante todo, los milagros y las profecías que, mostrando de consuno luminosamente la omnipotencia y ciencia infinita de Dios, son signos certísimos y acomodados a la inteligencia de todos, de la revelación divina [Can. 3 y 4]. Por eso, tanto Moisés y los profetas, como sobre todo el mismo Cristo Señor, hicieron y pronunciaron muchos y clarísimos milagros y profecías; y de los Apóstoles leemos: Y ellos marcharon y predicaron por todas partes, cooperando el Señor y confirmando su palabra con los signos que se seguían” (Mc 16, 20).
[5] Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1, 2 de diciembre de 1987: “Por muchas que sean las discusiones que se puedan entablar o, de hecho, se hayan entablado acerca de los milagros (a las que, por otra parte, han dado respuesta los apologistas cristianos), es cierto que no se pueden separar los “milagros, prodigios y señales”, atribuidos a Jesús e incluso a sus Apóstoles y discípulos que obraban “en su nombre”, del contexto auténtico del Evangelio.[…] Cualesquiera que hayan sido en los tiempos sucesivos las contestaciones, de las fuentes genuinas de la vida y enseñanza de Jesús emerge una primera certeza: los Apóstoles, los Evangelistas y toda la Iglesia primitiva veían en cada uno de los milagros el supremo poder de Cristo sobre la naturaleza y sobre las leyes”.
[6] Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 11 de noviembre de 1987: “El análisis no sólo del texto, sino también del contexto, habla a favor de su carácter “histórico”, atestigua que son hechos ocurridos en realidad, y verdaderamente realizados por Cristo. Quien se acerca a ellos con honradez intelectual y pericia científica, no puede desembarazarse de éstos con cualquier palabra, como de puras invenciones posteriores. A este propósito está bien observar que esos hechos no sólo son atestiguados y narrados por los Apóstoles y por los discípulos de Jesús, sino que también son confirmados en muchos casos por sus adversarios. Por ejemplo, es muy significativo que estos últimos no negaran los milagros realizados por Jesús, sino que más bien pretendieran atribuirlos al poder del “demonio”.
[7] Cfr. Juan Pablo II. Audiencia general, n. 6, 11 de noviembre de 1987: “El análisis no sólo del texto, sino también del contexto, habla a favor de su carácter “histórico”, atestigua que son hechos ocurridos en realidad, y verdaderamente realizados por Cristo. Quien se acerca a ellos con honradez intelectual y pericia científica, no puede desembarazarse de éstos con cualquier palabra, como de puras invenciones posteriores. A este propósito está bien observar que esos hechos no sólo son atestiguados y narrados por los Apóstoles y por los discípulos de Jesús, sino que también son confirmados en muchos casos por sus adversarios. Por ejemplo, es muy significativo que estos últimos no negaran los milagros realizados por Jesús, sino que más bien pretendieran atribuirlos al poder del “demonio”.
[8] De las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo; Catequesis 1, 2-3. 5-6: PG 33, 371. 375-378.

miércoles, 1 de julio de 2015

“Jesús exorciza a los endemoniados gadarenos”


En este Evangelio, en el que se relata el exorcismo y liberación de los endemoniados de la región de los gadarenos (Mt 8, 28-34), la figura de Jesús domina el centro de la escena; los ojos del espectador se desvían hacia Él, porque se yergue majestuoso, dueño de la situación. Su Cabeza se encuentra rodeada por una aureola dorada, signo de la “divinidad que inhabita corporalmente en Él en su plenitud” (cfr. Col 2,9). De su brazo derecho levantado en dirección a lo posesos, ha emanado ya su fuerza divina, la cual ha provocado el movimiento que se observa en la segunda mitad a la derecha del espectador: al tiempo que los dos posesos se elevan de sus tumbas, ya liberados de los espíritus malignos (un último espíritu maligno es el que está saliendo de la boca el primer poseso), los otros espíritus caídos, que ocupan el cuadrante inferior derecho del cuadro, se dirigen con toda prisa  a la piara de cerdos para entrar en ellos, en tanto que algunos, que ya han entrado, han comenzado a precipitarse en el lago. Nótese la diferencia de tamaño, desproporcionada, entre Nuestro Señor, los discípulos, los posesos ya liberados, y los demonios y los cerdos: mientras demonios y cerdos aparecen de tamaño diminuto, Nuestro Señor, los discípulos y los liberados, aparecen en tamaño normal, indicando así que por la acción de la gracia santificante, la naturaleza humana recupera su, por Cristo, su antiguo esplendor. También la luminosidad del cuadro ayuda en este sentido: la figura más luminosa es Nuestro Señor, y desde Él la luz parece alcanzar tanto a sus discípulos como a los endemoniados que están siendo liberados, y mientras luminosidad parece abarcar casi todo el cuadro, hay una parte más oscura, el cuadrante inferior derecho –visto desde la perspectiva del espectador- que se encuentra más opaca, y que es la zona en la que se encuentran tanto el lago en el que se precipitan la piara de cerdos, como los ángeles caídos que han ingresado en ellos.

“Jesús exorciza a los endemoniados gadarenos” (cfr. Mt 8,28-34). Cuando Jesús llega a la “región de los gadarenos”, le salen a su encuentro dos endemoniados, que habitaban entre los sepulcros. Inmediatamente, los demonios que poseen los cuerpos de los dos hombres, reconocen a Jesús en cuanto Hombre-Dios y llenos de terror ante su Presencia y su poder divino, le preguntan “qué quiere de ellos”, si ha venido para “atormentarlos antes de tiempo” y le suplican que “si va a expulsarlos”, los envíe a una “piara de cerdos”. Jesús les ordena que salgan de los cuerpos de los posesos y que entren en los cuerpos de los cerdos y los cerdos, precipitándose al mar desde el acantilado, se ahogan.
El Evangelio nos demuestra tanto la terrible realidad de la existencia de los demonios, como la pavorosa realidad de la posesión que los demonios ejercen sobre los cuerpos de los hombres en el tiempo y en la tierra, como anticipo que de la posesión del alma y del cuerpo esperan poseer para siempre, en el infierno. Todo lo que hacen los demonios, en este Evangelio, justifica el nombre de “espíritus inmundos” que les corresponde, y son espíritus inmundos porque se han apartado de Ser divino, que es la Pureza en sí misma. Los endemoniados viven en el cementerio, porque están poseídos por los demonios y por eso mismo habitan en medio de los cuerpos descompuestos de los cadáveres, y habitan en la podredumbre maloliente de los cadáveres; cuando son expulsados, van a ocupar los cuerpos de unos cerdos, símbolos de animales impuros –principalmente en el judaísmo y en el islamismo, pero también es un animal que en sí mismo es anti-higiénico por sus hábitos naturales-; luego, los cerdos en los que son expulsados los demonios, perecen ahogados, y esta muerte de los animales, simboliza la muerte, por toda la eternidad, a la vida de la gracia, que sufren los demonios, como consecuencia de su libre elección de verse privados de la visión beatífica de Dios, por elegirse a ellos mismos y a su soberbia demoníaca.

Jesús libera a los endemoniados de la región de Gerasa, expulsando a los demonios que poseían sus cuerpos, y esto porque Jesús “ha venido para destruir las obras del demonio” (1 Jn 1, 3, 8) y al destruir las obras del demonio libera al hombre y le concede la paz, porque el demonio sólo busca el tormento del hombre, no solo corporal y en el tiempo, sino en el alma y por la eternidad. Es por esto que si la expulsión de los demonios de los cuerpos de los endemoniados es una obra que demuestra su omnipotencia, el don de la gracia santificante, por medio de la cual el hombre no solo se ve libre de la influencia y del poder demoníaco sino que, mucho más, se ve enaltecido a ser la imagen viviente del Hijo de Dios, es demostrativa de la potencia infinita de su Amor misericordioso. El exorcismo, o expulsión del demonio dejando libre al cuerpo del hombre al cual poseía, es una obra grandiosa, es mucho más grandiosa la donación de la gracia santificante, por la cual el cuerpo se ve convertida en “templo del Espíritu Santo” (1 Cor 3, 16), el alma en morada de la Santísima Trinidad y el corazón en altar de Jesús Eucaristía.