viernes, 30 de diciembre de 2016

Fiesta de la Sagrada Familia: Jesús, María y José


         Con la Llegada de Jesús, el matrimonio meramente legal de María y José –nunca jamás tuvieron trato marital, tal como se da entre los esposos de la tierra, puesto que San José era sólo el padre adoptivo de Jesús y entre José y María sólo había un trato de hermanos-, se convierte en “familia”, la Sagrada Familia de Nazareth.
         Esta Familia, que el Evangelio describe como amenazada y perseguida primero y por eso debe huir a Egipto, y que luego de “morir los que querían matar al Niño”, tal como le dice el ángel a José en sueños, regresa a Nazareth, ante la vista de los demás, parecía una familia más entre tantas y, sin embargo, es una Familia única en la historia de la humanidad, por la santidad de sus miembros y porque el fruto de esta Familia, Jesús, es el Salvador de la humanidad.
         La Familia de Nazareth se convierte así en modelo de santidad para toda familia cristiana, y se convierte en refugio de salvación para toda familia cuyos integrantes deseen salvarse alcanzando el Reino de los cielos.
         La Sagrada Familia de Nazareth es modelo de santidad, porque todos sus integrantes son santos: es santa la Madre y Esposa de esta Familia, porque es la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Esposa meramente legal de San José, y así la Virgen se convierte en modelo de santidad para toda madre y esposa terrena que desee alcanzar el cielo santificándose en sus deberes maternos y esponsales.
         El esposo de esta Familia de Nazareth, José, es santo, porque es el Padre meramente adoptivo de Jesús, que dedicó su vida a custodiar a su Esposa, la Virgen y a su Hijo, Jesús, además de velar por ambos, trabajando duramente todos los días, para que a su Esposa y a su Hijo no le faltara nada en lo material, aunque también su vida de santidad se caracterizó por la veneración a quien era su Esposa legal, la Virgen, y por la adoración de su Hijo que era, al mismo tiempo que Hijo adoptivo suyo, el Unigénito de Dios encarnado. San José se convierte en modelo de santidad para todo esposo y padre terreno que desee amar en el amor casto y puro a su esposa y educar en el temor de Dios a sus hijos y así alcanzar el Reino celestial.
El Hijo de esta Familia es santo, pero no porque adquiera la santidad desde afuera, sino porque Jesús es Dios Hijo y, en cuanto tal, es la Santidad Increada en sí misma; Jesús, el Hijo de María y José, es el Dios Tres veces Santo y la Fuente Increada e Inagotable de santidad para toda la humanidad, comenzando por sus propios padres terrenos, María y José. Jesús se convierte así en modelo de santidad para todo hijo que, en el cumplimiento perfecto de los Mandamientos de Dios, especialmente el Primero y el Cuarto, desee vivir esta vida terrena con un solo objetivo: alcanzar el cielo junto a sus padres, viviendo en el amor a Dios y a los progenitores.

Todo en la Familia de Nazareth es santo, y todos sus integrantes son santos, porque todo en la Sagrada Familia de Nazareth gira en torno a Jesús, el Hijo de Dios Tres veces Santo y Fuente de toda santidad, y es por eso que la Familia Santa de Nazareth es el modelo para toda familia cristiana que, viviendo en esta vida en la santidad y en el Amor de Dios, desee continuar viviendo, todos sus integrantes juntos, en la santidad y en el Amor de Dios, en el Reino de los cielos.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Infraoctava de Navidad 3 2016


         Después de la Virgen y San José, los primeros seres humanos en recibir la noticia del Nacimiento del Redentor en Belén fueron un grupo de pastores, y los encargados de darles la Buena Nueva fueron los ángeles: “Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz: y se llenaron de temor. El ángel les dijo: ‘No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David. Esto tendréis por señal: encontraréis al Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre’. Al instante se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, alabando a Dios, diciendo: ‘Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad’. Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: “Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado”. Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho” (Lc 2, 8-20).
         Para poder vivir un verdadero espíritu navideño, es necesario meditar en la aparición de los ángeles y en la actitud y respuesta de los pastores, para tomar ejemplo de ellos. Cuando los pastores reciben la Buena Noticia, algunos “dormían” por turnos, vigilando sus rebaños, es decir, los pastores estaban cumpliendo con su deber de estado, una condición necesaria e indispensable para recibir al Mesías, según la parábola del siervo prudente. Por otra parte, el hecho de ser pastores, además del oficio en sí mismo, indica la predilección de Dios por los pobres y humildes, pero no una pobreza meramente material, sino ante espiritual, al igual que la humildad: esto es necesario en el alma, para ser del agrado de Dios, que “enaltece  los humildes y humilla a los soberbios. Cuando aparecen los ángeles, los pastores son envueltos en la “gloria del Señor”, y esto es lo que les permite recibir y comprender el mensaje angélico, que es celestial y sobrenatural, y no rebajarlo al nivel de la pobre razón humana la cual, sin la ayuda de la gracia de Dios, es incapaz de comprender el misterio del Nacimiento de Dios Hijo y desvía la Buena Noticia, confundiéndola con ideologías humanas. Recibida la noticia, los pastores, dando crédito a los ángeles, acuden al Pesebre, en donde adoran al Hijo de Dios encarnado, Cristo Jesús, que está “envuelto en pañales” y en brazos de María Virgen; luego “dan a conocer” lo que han visto, al tiempo que “glorifican y alaban a Dios por todo lo que habían visto y oído”.
Como dijimos, los pastores son nuestros modelos para vivir una verdadera y auténtica Navidad, pero también, para vivir la Santa Misa en su verdadera y auténtica esencia, porque tanto la disposición de siervos prudentes, el estado de gracia de los pastores, y la apertura del espíritu –pobre y humilde- a la gloria de Dios que se manifiesta en el Niño de Belén, constituyen las mismas disposiciones espirituales que debemos tener nosotros, no solo ante el Pesebre, sino ante la Misa, en donde, “guiados por el Espíritu Santo”, como el anciano Simeón (cfr. Lc 2, 27), encontramos al mismo Niño Dios de Belén que los pastores encontraron, pero no envuelto en pañales, sino oculto en apariencia de pan, en la Eucaristía.


miércoles, 28 de diciembre de 2016

Infraoctava de Navidad 2 2016


         En Navidad, una joven madre, primeriza, abraza a su Niño recién nacido para darle su calor materno; lo envuelve en pañales, le da de amamantar, lo acuna y le canta hermosas canciones con las cuales busca calmar el llanto del Niño, que llora de hambre y de frío, aunque llora también porque, como todo recién nacido que acaba de salir del vientre de su madre, experimenta el brusco pasaje de serenidad, seguridad y calidez del seno materno, al frío y la incertidumbre del mundo exterior. Vista con los solos ojos humanos, la escena no se diferencia en mucho de las centenares de miles que se registran a diario en todas las partes del mundo, con la sola excepción del lugar en el que se produjo el Nacimiento, un Pesebre, es decir, un refugio para animales.
         Esta joven madre, que amorosa y premurosamente atiende, con dulzura y suavidad materna, las necesidades más básicas del Niño, de alimentación, abrigo y calor –la única fuente de calor la constituyen, en la fría noche, la fogata encendida por San José y el calor aportado por los humildes animales que acompañaron el nacimiento, el burro y el buey-, aunque vista con los ojos humanos parece ser una madre más de las tantas madres dedicadas de Palestina, no es, sin embargo, una madre más entre tantas: es la Madre de Dios, la Siempre Virgen, Perfecta y Purísima Virgen María, Madre del Único Dios por el que se vive; Madre del Creador de todas las cosas, del Universo visible e invisible. Es Madre de Dios porque engendró, en el tiempo, virginal y milagrosamente, a la Persona Segunda de la Santísima Trinidad, el Unigénito del Padre que, procediendo eternamente del Padre, se encarnó en el seno de María por obra del Espíritu Santo –en su concepción no hubo intervención alguna de hombre-, fue revestido de carne y alimentado con los nutrientes maternos en el seno virgen de María, y nació milagrosamente en Belén, Casa de Pan, para donarse al mundo como Pan de Vida eterna, como Pan bajado del cielo, como el Verdadero Maná del Padre, que alimenta a las almas con la substancia, la vida y el Amor divinos.
         La madre del Niño de Belén no es una madre más entre tantas, es la Madre de Dios.


martes, 27 de diciembre de 2016

Infraoctava de Navidad 1 2016


         En la escena de Navidad, destaca la Madre del Niño: aunque su apariencia es humilde, no es una madre más entre tantas: es la Inmaculada Concepción, la Llena de gracia, la Purísima, la Reina de los ángeles, la Reina de cielos y la tierra. Es María, la Madre de Dios. Es madre primeriza, pero es Virgen y Madre al mismo tiempo, porque el Niño que ha salido de sus entrañas, no fue concebido por hombre alguno, sino por el Espíritu Santo, el Amor de Dios, y ese Niño fruto de sus entrañas, no es un niño más entre tantos, sino el Niño Dios, es decir, Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, para que los hombres, hechos como niños por la pureza e inocencia que concede la gracia, seamos Dios por participación.
         La Madre de este Niño ha dado a luz, pero permanece Virgen, porque el Niño salió de sus entrañas sin comprometer su pureza virginal: estando la Virgen arrodillada y con las manos unidas a la altura del pecho, en posición de profunda oración, al momento de dar a luz, de su abdomen superior salió una luz celestial, que iluminó con su resplandor eterno al pobre Pesebre de Belén y se materializó en el Niño Dios. Así fue el Nacimiento del Salvador, el Mesías, puro, límpido, cristalino, precisamente como lo describen los Padres de la Iglesia, “como un rayo de sol atraviesa el cristal”. Y así como el rayo de sol deja intacto al cristal, antes, durante y después de atravesarlo, así sucedió con el Hijo de Dios en su Nacimiento, dejando intacta la virginidad de su Madre antes, durante y después del parto.
         Gracias a esta Madre, el Niño de Belén, que es Dios Invisible, se volvió visible, al tejerle esta Madre y Virgen un cuerpo humano, en su seno materno, para que así este Niño Dios pudiera ser visto por todos los hombres y así ninguno pueda decir, en adelante, que “no ha visto a Dios”, porque quien ve a este Niño, ve a Dios. También gracias a esta Madre y Virgen, el Niño que crecía en su seno virginal, que era el Dios Creador de todas las cosas, recibió nutrientes de la substancia materna durante los nueve meses de gestación, y así el Dios que da alimento a hombres y animales, recibió alimento de su Madre, para crecer en su seno virginal como un Niño robusto y bien alimentado.
         Gracias a esta Madre, que le tejió un cuerpo y lo alimentó con la substancia de sus entrañas, el Dios Tres veces Santo, Espíritu Puro, adquirió un Cuerpo para ser ofrendado en la Cruz y ser donado a los hombres, en cada Misa, como Pan de Vida eterna.
         La Madre del Niño de Belén parece una madre más, pero no lo es, porque es la Madre de Dios, la siempre Virgen, Perfecta y Purísima María Santísima.

         

domingo, 25 de diciembre de 2016

Solemnidad de la Natividad del Señor


         “Les anuncio una gran alegría, les ha nacido un Salvador (…) un niño recostado en un pesebre” (cfr. Lc 2, 1-14). Para Navidad, la Iglesia nos presenta, para nuestra contemplación, a un Niño recién nacido, envuelto en pañales, acompañado de su Madre y de su padre; toda la escena se desarrolla en un refugio para animales, en una cueva oscura y fría, iluminada solo por la débil luz de una fogata. Si se ve solo con los ojos humanos y con la sola luz de la razón natural, la escena de Navidad no se diferencia en nada a la de cualquier otra familia humana, en donde ha nacido el primogénito: se ve una mujer, que ha dado a luz por primera vez; se ve a quien parece ser su esposo; se ve a un niño, que llora a causa del frío y el hambre y que busca el abrazo materno.
         Vista con los ojos humanos, la escena de Navidad no se diferencia de otro nacimiento de cualquier otra familia humana. Sin embargo, visto con los ojos de la fe, la escena del Pesebre de Belén representa el acontecimiento más importante para toda la humanidad, porque el destino de la humanidad entera depende de ese Niño que acaba de nacer, porque ese Niño no es un niño más: ese Niño es Dios hecho niño, sin dejar de ser Dios, y ha venido a nuestro mundo, a nuestra existencia y vida personal, para librarnos de nuestros enemigos mortales –el Demonio, el Pecado y la Muerte-, para concedernos la filiación divina y para conducirnos al Reino de los cielos, una vez finalizado nuestro paso por la tierra.
         No se puede contemplar el Pesebre de Belén con la sola luz de la razón natural, porque esta es absolutamente insuficiente para poder vislumbrar el misterio del Niño de Belén; sólo con la luz de la fe, que permite al hombre contemplar, en ese Niño, a la Palabra de Dios encarnada, al Unigénito del Padre, consubstancial al Padre y de su misma naturaleza divina, es posible desentrañar el misterio que encierra la escena del Pesebre de Belén. La Iglesia exulta de alegría precisamente porque ve, en ese Niño, a Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, que viene a iluminarnos a nosotros, que vivimos “en tinieblas y en sombras de muerte”, con la luz de su gloria divina, que emana de su Divino Rostro de Niño, y como la luz que emite ese Niño es luz viva, porque es la luz de Dios, que “es Luz”, todo aquel que es iluminado por este Niño, Luz de Dios, recibe la Vida divina, la vida que brota de  su Ser divino trinitario. La Iglesia exulta de gozo porque ese Niño que ha nacido en Belén es Dios Hijo en Persona y por eso lo alaba, lo exalta, lo aclama, lo adora y lo ama como a Dios, y se postra en adoración ante Él, porque es el Hijo de Dios encarnado.

         El Niño que nace en Belén –que significa “Casa de Pan”-, ha venido para unirse a nosotros en íntima comunión de amor y vida y para unirse a nosotros, es que se ofrece como Pan de Vida eterna en la Eucaristía: el mismo Niño que nació en Belén, es el mismo Dios que se encuentra Presente real, verdadera y substancialmente, en la Eucaristía. Es por esto que la Navidad se consuma en la Eucaristía, porque en la Eucaristía se cumple el deseo de Dios Hijo al venir a este mundo, y es el de unirse al hombre por el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Comulgar en estado de gracia, esto es, unirse al Niño Dios que se encuentra en la Eucaristía, es la esencia de la Navidad, porque así se cumple el deseo del Niño Dios al venir a este mundo, y es el de unirse a nuestras almas en el Amor de Dios.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Santa Misa de Nochebuena


“Les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2, 1-14). Luego de que María diera a luz, el Ángel del Señor anuncia a los pastores “una gran alegría”: ha nacido, para los hombres, “un Salvador, el Mesías, el Señor”. El suceso anunciado por el Ángel a los pastores, es el evento más extraordinario que jamás la humanidad entera haya podido siquiera imaginar; su importancia, su trascendencia, en el tiempo y en la eternidad, escapa a la comprensión de la creatura. ¿Qué es lo que ha sucedido, que es tan importante? Lo dicen las palabras del Ángel: “ha nacido para los hombres un Salvador, el Mesías, el Señor”. El Niño nacido de una Mujer Virgen, María Santísima, en un oscuro y pobre portal de Belén –no había lugar para su Nacimiento en las ricas posadas-, es el Salvador de los hombres, pero no es un Niño más entre tantos: es “el Señor”, es decir, es Dios: ese Niño, envuelto en pañales, tiritando de frío, llorando de hambre y buscando con sus bracitos el abrazo materno de su Madre, como lo hace todo recién nacido, es el Verbo Eterno de Dios, la Palabra substancial del Padre, el Hijo Unigénito de Dios que se hace Niño sin dejar de ser Dios, para que los hombres, hechos niños por la inocencia que concede la gracia, nos hagamos Dios por participación. Ese Niño que nace milagrosamente del seno virgen de la Madre de Dios, es Dios Hijo, el Dios de majestad infinita, el Dios que habita en una luz inaccesible, el Dios tres veces Santo, el Dios invisible y Espíritu Purísimo, que se ha recubierto de carne en el seno virgen de María, para volverse visible, sensible, accesible, a los hombres, y así los hombres, sin temor alguno, pudieran acercarse a Dios. Ese Niño que nace en Belén es el Dios de infinita majestad, que viene a los hombres como un Niño recién nacido, para que ningún hombre pueda decir que teme a Dios, porque, ¿quién puede tener temor o miedo de un Niño recién nacido? ¿Puede alguien, en su sano juicio, decir que es capaz de temblar de pies a cabeza frente a un Niño que acaba de nacer? Pues, entonces, para que nadie pueda decir que no se acerca a Dios porque le teme, entonces es que Nuestro Dios y Señor viene a nosotros indefenso, llorando de hambre, temblando de frío, buscando y mendigando nuestro mísero amor, y extiende sus bracitos, para que nosotros abracemos a Nuestro Dios y le demos todo el amor del que seamos capaces.
Esta es la alegría que anuncia el Ángel a los pastores; ésta es la más alegre noticia que jamás la humanidad haya podido siquiera imaginar: Dios en Persona, el Unigénito del Padre, por el Amor del Espíritu Santo, ha venido a nuestra tierra, buscando nuestro amor, y ha venido como un Niño recién nacido, para que nadie pueda excusarse y decir: “No me acerco a Dios, porque tengo miedo de Dios”, porque nadie teme a un Niño que acaba de nacer, sino que le da todo el amor del que se es capaz.
Este Niño es nuestro Salvador porque ha venido para salvarnos de los tres grandes enemigos de los hombres: el Demonio, el Pecado y la Muerte, y a los tres habrá de vencerlos definitivamente cuando, ya adulto, suba a la Cruz y entregue su Cuerpo Sacratísimo y derrame su Sangre Preciosísima en rescate por nuestras almas.  

“Les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor”. Esta misma noticia anuncia la Iglesia a los hombres de hoy: en el altar eucarístico, el Nuevo Belén, prolonga su encarnación y renueva su nacimiento el mismo Niño Dios que nació en Belén, el mismo Mesías, el mismo Señor, Cristo Jesús, la Palabra substancial del Padre, que se nos ofrece como Pan de Vida eterna con su Cuerpo glorioso, oculto a los ojos materiales, pero visible a los ojos del alma iluminados por la luz de la fe, en la Eucaristía. Entonces, en Navidad, celebramos el Nacimiento de Nuestro Señor, que ha venido como un Niño en Belén para salvarnos y para unirse a nosotros, donándose como Pan de Vida eterna en la Eucaristía, y esta es la razón por la cual la Navidad se cumple en la Santa Misa de Nochebuena, porque allí se consuma aquello para lo que ha venido Dios Hijo a este mundo: para que, salvados y justificados por su gracia santificante, nos unamos a Él, en su Cuerpo, para ser conducidos al seno del Padre, por el Espíritu Santo, el Amor de Dios. Y esto se cumple cabalmente en la Comunión Eucarística, y es por este motivo que la verdadera fiesta de Navidad es la Santa Misa de Nochebuena: el mismo Dios que vino para unirse a nosotros en Belén, Casa de Pan, es el mismo Dios Hijo que, con su Cuerpo glorioso, se nos ofrece como Pan Vivo bajado del cielo, para que nos unamos a Él por el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Pero al igual que hace veinte siglos, cuando sólo unos pocos pastores tuvieron el privilegio de recibir la Buena Nueva y alegrarse por ella, y sólo fueron ellos quienes adoraron al Niño Dios, así también hoy, aturdidos la inmensa mayoría de los hombres por la vorágine atea y agnóstica que los envuelve por doquier, también hoy son escasos los hombres que, como los pastores, se alegran por la más asombrosa Noticia que jamás los hombres hayan escuchado: la Presencia del Niño Dios en la Eucaristía.

viernes, 23 de diciembre de 2016

“¿Qué llegará a ser este niño?”



“¿Qué llegará a ser este niño?” (Lc 1,57-66). Los eventos extraordinarios alrededor del nacimiento de Juan el Bautista llevan a sus contemporáneos a preguntarse “¿Qué llegará a ser este niño?”, porque para todos, era evidente que “la mano del Señor estaba con Él”. Y, ¿qué fue este niño, Juan el Bautista? Fue aquél profeta, en el límite del Antiguo y Nuevo Testamento, que anunció la Llegada del Mesías; fue aquel que anunció en el desierto la Llegada de Dios hecho hombre y que predicó en el desierto la necesidad de la conversión del corazón para recibir al Mesías; fue aquel que, iluminado por el Espíritu Santo, señaló a Jesucristo y lo llamó: “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”; fue aquel que dio la vida en testimonio de Jesús, el Mesías Dios, Aquel que existía “antes que él”.

“¿Qué llegará a ser este niño?”. De todo cristiano, de todo católico, el mundo se formula la misma pregunta, porque sobre todo católico “está la mano de Dios”, desde el momento en que todo católico es hijo de Dios y por lo tanto, de todo católico se esperan “grandes cosas”. ¿Y cuáles son estas “grandes cosas” que se esperan de todo católico? Que continúe y prolongue la misión de Juan el Bautista, es decir, que anuncie, en el desierto de este mundo sin Dios, que el Mesías Dios ha venido a este mundo como Niño sin dejar de ser Dios, para que los hombres, siendo como niños, nos hagamos Dios por la gracia; que anuncie al mundo que ese mismo Niño Dios que nació milagrosamente de una Madre Virgen en Belén, es el mismo Dios que se encuentra vivo, glorioso, resucitado, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía. Y que esté dispuesto a dar su vida por el testimonio del Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús, si fuera necesario, así como el Bautista dio su vida por el Cordero de Dios.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

La Visitación de María Santísima y la alegría de Isabel y el Bautista


         María Santísima, que está encinta por obra del Espíritu Santo, visita a su prima Santa Isabel (Lc 1, 39-45). Esta, al verla llegar, no la saluda con el saludo habitual que se da entre familiares que hace tiempo que no se ven, sino que le dice: “la Madre de mi Señor”. Además, tanto ella, como Juan el Bautista, todavía no nato, exultan de alegría, y esta alegría tampoco se debe a la alegría natural que se experimenta cuando se ve a un familiar a quien se ama y hace tiempo que no se veía. Tanto el título que le da Isabel a María –“Madre de mi Señor”-, como la alegría que ella y su hijo Bautista experimentan, se debe no a factores naturales, sino a la presencia del Espíritu Santo en Santa Isabel. En efecto, el Evangelio dice: “Isabel, llena del Espíritu Santo”. Es la Presencia del Espíritu Santo en Isabel la que hace que llame a María no como “prima”, sino como “Madre de mi Señor”; es el Espíritu Santo es el que hace que Santa Isabel llame a su sobrino “mi Señor”, un título que equivale a decir “mi Dios”; es la Presencia del Espíritu Santo la que hace que ella esté “llena de alegría” y que su hijo Bautista “salte de alegría” en su seno, porque el Bautista se alegra no porque llegó su primo, sino porque llegó el Salvador.
         Es el Espíritu Santo, Quien ilumina con su luz celestial y eterna, el que permite ver en María no a una mujer más de Palestina, sino a la Madre de Dios; es el Espíritu Santo el que permite ver, en el fruto virginal de María, no a un niño más, sino “al Señor”, a Dios Hijo encarnado; es el Espíritu Santo el que concede la alegría por la Visitación de María y, con María, Jesús, el Hijo de Dios.

         De manera análoga, es el Espíritu Santo el que, con su luz, permite apreciar a María que visita, para Navidad, nuestros pobres corazones; es el Espíritu Santo el que permite ver y saber que el Niño que nace de María no es un niño más, sino el Niño Dios; es el Espíritu Santo el que nos permite alegrarnos, no por fiestas mundanas y paganas, sino por el Nacimiento de Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, en Belén. Y es el Espíritu Santo el que nos hace comprender que la verdadera fiesta y la verdadera alegría de Navidad está en la Santa Misa de Nochebuena, porque el mismo Niño que se encarnó en el seno de María Virgen, es el mismo Niño que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Que el Espíritu Santo nos conceda la verdadera alegría de Navidad, que no son ni los regalos, ni las fiestas mundanas, ni los banquetes, sino el Nacimiento del Niño Dios en los corazones que, pobres y oscuros como el Portal de Belén, hagan lugar para que nazca en ellos el Niño Dios.

martes, 20 de diciembre de 2016

Respuesta a un hereje: el Ángel anuncia que el Niño que nacerá de la Virgen será Dios


“El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 26-38). En el Anuncio del Ángel a María se revela, con toda claridad, que el Hijo será Dios, que la Virgen será Virgen y Madre al mismo, y que la concepción será virginal, no por obra humana, sino por obra de Dios. Sin embargo, estas verdades de fe, que constituyen el centro de nuestra fe católica y que se relaciona directamente con la Eucaristía –el Niño concebido por el Espíritu Santo es Dios y está en la Eucaristía-, es negado por herejes, como el sacerdote jesuita Juan Masiá, quien descaradamente y contrariando la fe de dos mil años de la Iglesia Católica, ha publicado un artículo en el que niega expresamente la doctrina católica sobre la virginidad de María, Madre de Dios[1], negando públicamente esta verdad de fe y dogma de la Iglesia Católica. El descarado hereje asegura que “los antiguos catecismos decían inapropiadamente “virgen antes del parto, en el parto y después del parto” y además afirma que “una posible unión sexual de José y María no es incompatible con la virginidad de la Virgen”. En un artículo publicado en Religión Digital, niega la historicidad de “la anunciación a María y la anunciación a José”, asegurando que “no son ni una clase de biología, ni una sesión de sexología, ni una crónica histórica de un matrimonio excepcional, ni siquiera de un nacimiento sobrenatural. Estas narraciones son poesía y teología, mejor dicho, simbólicas y de fe”. Igualmente opina que “los antiguos catecismos decían inapropiadamente ‘virgen antes del parto, en el parto y después del parto’. Pensaban que, antes del parto, la penetración sexual rompe la virginidad; pensaban también que la criatura que nace, al romper y herir esa puerta, mancha a la madre, que tendría que purificarse; pensaban también que si María y José engendraban otros hijos e hijas, hermanos y hermanas de Jesús, María dejaba de ser virgen. Pero hay que decir que ni la unión por amor mancha, ni la sangre contamina, ni el dar a luz produce impureza’. Y por último, tras despreciar burlonamente la doctrina católica asegura que “hoy no podemos pensar así. Quien insista en seguir usando imágenes medievales, podrá decir que hay que cuidar esa puerta del castillo. Bien, pero... según quien vaya a entrar y salir, se abrirá o se cerrará”, niega expresamente el dogma sobre la virginidad de María”[2]. Las afirmaciones de este hereje contradicen con el Evangelio y la fe de dos mil años de la Iglesia.
Para contestarle, y para afianzar la fe bimilenaria de la Iglesia, analicemos solamente el Evangelio de la Anunciación. En él se dice así: “El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María”. Claramente, se afirma que “María era Virgen”, antes de la Anunciación y por supuesto, antes del parto.
Continúa el Evangelio: “El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. La expresión “llena de gracia” no es metafórica, ni simbólica, ni poética: es la descripción de la realidad del alma de la Virgen, que es la “Llena de gracia” porque es concebida “sin pecado original”; es decir, aquí se afirma otra realidad de la Virgen, aunque implícitamente, y es que es su Inmaculada Concepción. Ya con esta verdad, la Virgen está exenta de la concupiscencia carnal, lo cual es un dato más a favor de su virginidad. Además, se dice que “estaba comprometida con José”, y el estar comprometida implica que estaban casados, pero que no convivían juntos, con lo cual no hay contacto marital entre ambos, quedando descartado por completo la intervención del hombre en la concepción del fruto de María Virgen. Entonces, hasta ahora, del solo análisis del Evangelio, tenemos estas verdades reveladas: María es Virgen antes de la Anunciación; es la “Llena de gracia”; no está conviviendo con José, con lo que la intervención paternal humana queda descartada de plano.
Continúa así el Evangelio: “Pero el Ángel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”.  
Continúa el Evangelio con la pregunta de María: “María dijo al Ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?”. La Virgen pregunta “cómo será posible”, pero no porque dudara -como sí lo hizo Zacarías y por eso perdió el habla por un tiempo-, sino solamente porque, confiando absolutamente en la Palabra de Dios que le anunciaba el Ángel, quería simplemente saber cómo habría el Señor de llevar a cabo tan maravillosa obra en Ella, la de permanecer Ella Virgen y al mismo tiempo, ser Madre de Dios: “Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo”.
El Ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios”. El Arcángel Gabriel le revela de qué manera cumplirá Dios su proyecto en Ella, de dar a luz a su Hijo Unigénito, convirtiéndose así en Madre de Dios, pero al mismo tiempo, permaneciendo Virgen, con lo cual se afirman tres verdades: el fruto de la concepción de María es virginal y de origen celestial, porque es obra de la Persona Tercera de la Trinidad, el Espíritu Santo: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”; con lo cual San José es sólo Padre adoptivo de Jesús, pero no biológico-; se afirma la condición de la Virgen de ser Virgen antes, durante y después del parto; por último, se afirma que el Hijo de María es “Hijo de Dios”.
Luego el Ángel le anuncia la concepción milagrosa de su prima Santa Isabel: “También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios”.
Finalmente, la Virgen, enamorada de la Palabra de Dios, da su glorioso “Sí” a la Divina Voluntad: “María dijo entonces: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”. Y el Ángel se alejó”.
Aunque uno, cien, o mil herejes nieguen esta verdad, el Niño que nace en Belén es Dios y su Madre es la siempre Virgen María, Perfecta y Purísima Madre de Dios.



[1] http://infocatolica.com/?t=noticia&cod=28082
[2] http://infocatolica.com/?t=noticia&cod=28082

viernes, 16 de diciembre de 2016

“José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María como esposa tuya”


(Domingo IV - TA - Ciclo C - 2016 – 2017)

         “José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María como esposa tuya” (Mt 1, 18-24). El Ángel anuncia a José, en sueños, no solo que el Mesías ha de nacer, dando así cumplimiento a las profecías mesiánicas tanto tiempo esperadas por el Pueblo Elegido, sino que además revela otras verdades sobrenaturales absolutas acerca de la naturaleza del Mesías y despeja, en San José, toda duda acerca de la virginidad de María. Por un lado, el Mesías que ha de nacer no es concebido por obra de hombre alguno, sino del Espíritu de Dios, con lo cual confirma, por un lado, la virginidad de María y, por otro, que el Mesías viene del cielo: “Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo””. María es Virgen, porque está encinta pero su concepción no es por obra del hombre, sino por obra del Amor de Dios, el Espíritu Santo. Ya el Evangelista lo había dicho al inicio: “María (…) estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo”. El Evangelista anuncia que el Mesías es Dios encarnado y esta condición del Mesías está revelada por su nombre, Emanuel, “Dios con nosotros”: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros””.
         Luego el Ángel le anuncia que “dará a luz un hijo”, con lo cual revela la naturaleza también humana del Mesías, al cual se le dará el nombre de Jesús, que significa “Salvador”, porque salvará a los hombres al quitarles el pecado: “”. Así, con esta revelación en sueños a José, se revelan las verdades absolutas del Mesías, imposibles de ser conocidas humanamente, sino es por la Divina Revelación: el que concibe en María es el Espíritu Santo y no el hombre: “lo que ha sido engendrado en Ella viene del Espíritu Santo”; el Padre del Mesías es Dios Padre y no José, porque es una concepción virginal, no humana; se confirma así que José es Padre adoptivo y humano del Hijo de Dios; el Mesías es Dios, es el Hijo de Dios, porque es “Hijo del Altísimo”; el Mesías es también hombre, porque su nombre significa “Dios con nosotros”; el parto del Mesías será también milagroso, porque la concepción milagrosa del Dios Mesías requiere un nacimiento también milagroso: “Ella dará a luz un hijo”, y así se afirma también la virginidad de María, que es Virgen antes, durante y después del parto; se revela también el doble privilegio de María, que siendo Virgen –porque lo concebido en Ella es obra del Espíritu Santo-, es al mismo tiempo Madre de Dios, porque lo que es concebido en su seno virginal es Dios Hijo, engendrado en la eternidad en el seno del Padre y concebido y nacido en el tiempo, en su naturaleza humana, en el seno virginal de María.
         El anuncio del Ángel entonces revela que el Mesías es Dios Hijo encarnado en el seno virgen de María por obra de nosotros y esto es lo que la Iglesia Católica afirma cuando llama a este Niño “Emanuel”, es decir, “Dios con nosotros”: el Niño concebido en María y nacido en Belén, es Dios Hijo con nosotros. El anuncio del Ángel revela que el Mesías se ha hecho Niño, para que los hombres, “haciéndonos como niños”, seamos como Dios por participación y así entremos en el Reino de los cielos. Lo que celebramos en Navidad no es, como sostienen algunos, que Dios se hizo hombre y dejó de ser Dios, y tampoco es verdad que el hombre es Dios en sí mismo; lo que celebramos en Navidad es esta asombrosa Verdad: sin dejar de ser Dios, Dios se hizo hombre para que los hombres nos hiciéramos Dios por participación.
         El anuncio también disipa las dudas de José que “lleva a María a su casa”: “Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa”. La revelación del Ángel acerca de la verdad del Niño engendrado en María, que habrá de nacer para Navidad, se encuentra indisolublemente ligada a la verdad de la Eucaristía, porque la Eucaristía es el mismo Niño Dios, encarnado en María, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía; por lo tanto, así como José llevó a María –ya encinta del Hijo de Dios- a su casa y luego la Virgen dio a luz a Jesús, así también nosotros debemos llevar a María en nuestros corazones, para que en nuestros corazones la Virgen dé a luz a su Hijo: el Hijo de Dios viene para nacer en nosotros, no como un Niño humano, como en Belén, sino como Niño Dios oculto en apariencia de pan. Para ello, debemos preparar nuestros corazones, por la gracia, la fe y el amor, para que allí sea depositado el Mesías, que viene a nuestros corazones como “Pan Vivo bajado del cielo”, como Eucaristía.

        



“Mi testimonio son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo”


“Mi testimonio son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo” (Jn 5, 33-36). Mientras el Bautista predica la conversión del corazón en el desierto, como medio indispensable para recibir al Mesías, y su testimonio es su vida de asceta y penitente –viste con piel de camello y se alimenta de langostas y miel-, Jesús revela que, siendo Él el Mesías anunciado por el Bautista, Él da testimonio de sí mismo, pero no solo mediante la austeridad de vida, como el Bautista, sino con “las obras que el Padre le encargó llevar a cabo”. ¿Cuáles son estas obras? Los innumerables signos, prodigios, milagros, de todo tipo, realizados por Él en Persona y que atestiguan que Él es quien dice ser: Dios Hijo encarnado, proveniente del Padre desde la eternidad, Dios como su Padre, de su misma naturaleza y substancia, igual en poder, honor y majestad, Dador del Espíritu junto al Padre. ¿Y cuáles son estas “obras” que el Padre le ha encomendado hacer? Resucitar muertos, multiplicar panes y peces, dar la vista a los ciegos, el habla a los mudos, la audición a los sordos, las pescas milagrosas, las expulsiones de demonios, además de innumerables curaciones interiores. Todas estas obras atestiguan que Él es el Mesías que Juan anunciaba, pero atestiguan además que Él es Dios, es decir, es un Mesías que es Dios al mismo tiempo, lo cual es una novedad, porque significa que el mismo Dios en Persona está empeñado en la obra de la salvación de los hombres. Aun así, muchos de los elegidos para ser testigos de sus obras, no lo aceptaron, y además de rechazarlo, le dieron muerte: “los escribas y fariseos frustraron los designios de Dios sobre ellos”. Y quien frustra el designio de Dios sobre su alma, que es la salvación eterna, se condena irremediablemente.

Parafraseando a Jesús, la Iglesia nos dice: “Mi testimonio son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo”, porque la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo que continúa, en el signo de los tiempos, la acción redentora y salvífica de su Cabeza. ¿Y cuáles son las obras que el Padre le encargó llevar a cabo? Los Sacramentos, por medio de los cuales nos llega la gracia santificante, y de modo especial, la Confesión sacramental y la Eucaristía, por ser los de más frecuente acceso. A través de la Iglesia y los sacramentos, Dios continúa ofreciendo, en el signo de los tiempos, la salvación a todos los hombres. Sin embargo, al igual que en tiempos de Jesús, también hoy, como los fariseos y doctores de la Ley, los hombres –su inmensa mayoría- “frustran los designios (salvíficos) de Dios sobre ellos “, porque rechazan los sacramentos. Y así, la salvación es poco menos que imposible.

jueves, 15 de diciembre de 2016

“Los fariseos y los doctores de la Ley (...) frustraron el designio de Dios para con ellos”

       

       “Los fariseos y los doctores de la Ley (...) frustraron el designio de Dios para con ellos” (Lc 7, 24-30). Dios manda a un profeta, Juan el Bautista, para que anuncie la conversión del corazón, porque Dios ha enviado al Mesías, que habrá de salvar a todos aquellos que quieran salvarse. El “designio de Dios” sobre los fariseos y doctores de la Ley y sobre toda la humanidad, es que todos los hombres se salven, pero la condición indispensable –puesto que somos seres libres y pensantes- es que cada uno acepte, personalmente, a Jesús como su Salvador, y una muestra de que se lo acepta como el Mesías Salvador, es el cambio de corazón, es decir, la conversión: de la conversión al mundo y el pecado, a la conversión eucarística, porque en la Eucaristía está el Salvador del mundo, Cristo Jesús. Si no existe este propósito libre de conversión eucarística, conversión por la cual el alma ama a la Eucaristía más que a la propia vida, entonces no hay posibilidad alguna de salvación, y así el alma, al igual que los fariseos y doctores de la Ley, frustra los designios de Dios sobre ella. El tiempo de Adviento es entonces el tiempo para convertirnos, desde el mundo y la creatura, a la Eucaristía, el Sol que nace de lo alto, Cristo Jesús. No frustremos los designios de salvación de Dios sobre nosotros, dejemos de convertirnos al mundo y a las creaturas, para iniciar, con la ayuda de la Virgen, la conversión eucarística del corazón.

viernes, 9 de diciembre de 2016

“¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”



(Domingo III - TA - Ciclo A – 2016)

         “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (Mt 11, 2-11). Juan el Bautista, que se encuentra en la cárcel por orden de Herodes, escucha “hablar de las obras de Cristo”, es decir, los milagros que realiza y la sabiduría con la que habla, por lo que envía “a dos de sus discípulos para preguntarle” si Él es “el Mesías que ha de venir o si deben esperar otro”: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”. Jesús les responde: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres”.
         Es decir, el Bautista manda a preguntar a Jesús si “es el Mesías que ha de venir”, aunque es una pregunta retórica, porque el Bautista sabe que Jesús sí es el Mesías que ha de venir por Primera Vez al mundo –es el Espíritu Santo en Persona quien ilumina al Bautista para que sea capaz de ver, en Jesús de Nazareth, al “Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”-, y el hecho que demuestra que el Bautista sabe que Jesús es "el Mesías que ha de venir", es que, para que los hombres lo reciban, es que predica la conversión del corazón en el desierto, vestido con piel de camello y alimentándose de langostas y miel. A su vez, la respuesta de Jesús es una respuesta afirmativa, pero tácita, porque no responde directamente: “Sí, Yo Soy el Mesías que ha de venir”, sino que responde enumerando las obras que Él hace, obras que sólo el Mesías-Dios puede hacer, y esas obras no se limitan solo a la sanación corporal, sino ante todo, comprenden el Anuncio de la Buena Nueva, la Buena Noticia de la salvación de los hombres: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres”. Las pruebas que Jesús da para afirmar que Él es el Mesías que había de venir, son los milagros –que solo pueden ser hechos por Dios- y el Anuncio de la Buena Noticia de la salvación. En otras palabras, Jesús responde no sólo que Él es el Mesías del que hablaron los profetas y al que el Pueblo Elegido esperaba, sino que es el Mesías-Dios, porque sólo Dios puede hacer esos milagros, como por ejemplo, resucitar muertos, aunque la prueba definitiva de que Él es el Mesías, es el “Anuncio de la Buena Noticia a los pobres”.
Puesto que el mismo Jesús que se reveló como Mesías al Bautista, es el mismo Jesús que está en la Eucaristía, nosotros, parafraseando a los discípulos de Juan el Bautista, le decimos a Jesús en el sagrario: “Jesús Eucaristía, Tú eres el Dios que vino por Primera Vez; eres el Dios del sagrario que habrá de venir por Segunda Vez; eres el Dios de la Eucaristía, que viene a nosotros, cada vez, en la Comunión Eucarística”.

Y de la misma manera a como Juan el Bautista anunció en el desierto al “Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”, así también nosotros debemos, en el desierto de este mundo sin Dios, anunciar que Jesús en la Eucaristía es el “Cordero de Dios que quita los pecados del mundo” que ha de venir por Segunda Vez a juzgar a los hombres, y del mismo modo a como era necesaria la purificación del corazón para recibirlo en su Primera Venida, así también, y aún más, es necesario e imprescindible, para comparecer ante nuestro Dios en su Segunda Venida en la gloria, la purificación del corazón, de la mente, de los sentidos, del alma y del cuerpo, porque nada impuro puede comparecer ante el Cordero de Dios, Tres veces Santo. El Adviento es el tiempo propicio para hacer penitencia por los pecados cometidos y para obrar la misericordia, como muestra del cambio y la conversión eucarística del corazón, como modo más excelente de esperar a Jesús, el Dios de la Eucaristía, el Dios Mesías que vino en un Pesebre, que viene en cada Eucaristía y que vendrá en la gloria, al fin de los tiempos, para juzgar al mundo.

viernes, 2 de diciembre de 2016

“Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”


(Domingo II - TA - Ciclo A - 2016-2017)

         “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mt 3, 1-12). Juan el Bautista predica en el desierto la necesidad de la conversión del corazón, porque “el Reino de los cielos está cerca” (…) aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”. Juan el Bautista predica la necesidad de la conversión, pero, ¿qué es la conversión? ¿En qué consiste? Para poder entender un poco mejor qué es la conversión pedida por la Escritura, podemos comparar al corazón con el girasol y a la conversión con el movimiento nocturno y diurno del girasol. Durante la noche, el girasol tiene sus hojas dobladas y cerradas sobre su corola la cual, a su vez, está inclinada hacia la tierra: podemos decir que es el corazón del hombre sin la conversión, cerrado en sí mismo, en su propio yo, en su propio ego; está a oscuras, porque no tiene la luz de Dios, y está inclinado hacia las cosas bajas de la tierra, porque no piensa en un destino trascendente, en algo que vaya más allá de esta vida, como la vida eterna; para este hombre no convertido, la oscuridad, el egoísmo, los placeres de la tierra, constituyen todo lo que tiene y todo lo que quiere; la noche, a su vez, es símbolo de la oscuridad que reina en su alma, como consecuencia de no conocer a Dios, que es Luz inextinguible. Esto es lo que sucede con el girasol en la noche, pero a medida que avanza la noche, cuando más oscura esta se pone, más cerca está el amanecer del nuevo día, y es así que, en el cielo, se observa una estrella resplandeciente, la más grande de todas las estrellas, la Estrella de la mañana o la Aurora, que anuncia el fin de la noche y la llegada del nuevo día; la Estrella de la mañana anticipa y precede al sol y su presencia es sinónimo de la inminente llegada del sol, que disipa las tinieblas con su luz. Esta Estrella de la mañana es la Virgen María, la Mediadora de todas las gracias, cuya llegada al alma, a la vida de una persona, anuncia la inminente llegada, a esa misma alma, de un nuevo día en su vida, el día sin ocaso, iluminado por el Sol eterno de justicia, Cristo Jesús. Cuando la Virgen llega a un alma, su llegada anticipa la llegada del Sol de justicia, Cristo Jesús, que ilumina con los rayos de su gracia las tinieblas del pecado, del error, de la ignorancia, y vence las tinieblas de la muerte y a las tinieblas vivientes, los demonios, e ilumina el alma con su propia luz, inaugurando así en el alma una nueva vida, no ya caracterizada por la noche y las cosas terrenas, sino por el nuevo día, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, la vida de los hijos de la luz. Y así como el girasol, cuando aparece la Estrella de la mañana, que anuncia el nuevo día, comienza a despegarse de la tierra y a abrir sus pétalos, para orientar su corola hacia el sol y, cuando aparece el sol, lo sigue en su recorrido por el cielo, así también el alma, que recibe la Visita de la Virgen, Estrella de la mañana, recibe la gracia de la conversión, con lo cual el alma eleva su mirada hacia Jesucristo, el Hombre-Dios, Rey de cielos y tierra. Así, el alma que se convierte, deja de estar a oscuras y fija su vista en las cosas de la tierra, para elevar la mirada del alma a Jesucristo, Rey de reyes, y a desear las cosas del cielo. Con esta figura es como podemos graficar el proceso de conversión que pide la Escritura. La conversión es despegar el corazón de las cosas de la tierra y elevar la mirada del alma al Cordero de Dios, Jesucristo, que viene a nosotros por la Eucaristía y habrá de venir, al fin del tiempo, para juzgar a la humanidad.
         ¿Es necesaria la conversión? Absolutamente, porque el mismo Jesús lo dice: “Conviértanse, porque si no, todos ustedes perecerán”. Y el “perecer”, se refiere, no a la muerte primera, terrena, sino a la muerte segunda, la “eterna condenación”, de la cual pedimos ser librados en la Plegaria Eucarística I del Misal Romano. Es decir, no es indiferente convertirse o no convertirse, porque el Hombre-Dios dará la recompensa a quien lo haga, y castigará a quien no lo haga: “Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible”. No caben interpretaciones acomodaticias: “recogerá el trigo en el granero” quiere decir que dará el cielo eterno a quienes se esforzaron para vivir en gracia y observar con fe y con amor los Mandamientos de la Ley de Dios; “fuego inextinguible” a su vez se refiere al Infierno, adonde irán las almas de los réprobos, los que libremente decidieron vivir y morir en el mal, recibiendo en el Infierno lo opuesto a lo que reciben los bienaventurados en el cielo: si los santos en el cielo ven glorificados sus cuerpos y sus almas, en el Infierno, tanto el cuerpo como el alma, reciben un castigo que consiste en una doble pena: la pena de daño, que es el sufrimiento del alma al saber que nunca más verá a Dios, y la pena de sentido, que es el dolor del cuerpo resucitado pero no glorificado del condenado, que sufre dolores inimaginables a causa, precisamente del fuego, que quema no sólo el cuerpo, sino también el alma[1].
         “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. En la voz del Bautista, la Santa Madre Iglesia nos concede, en Adviento, el tiempo y las gracias necesarias para que decidamos querer querer la conversión, como requisito para recibir en el corazón a Aquel que “bautiza en el fuego del Espíritu Santo”, Jesús Eucaristía.
        




[1] Así lo dice el Magisterio de la Iglesia pues la existencia del Infierno es un dogma y los dogmas pertenecen al depósito de la fe de una manera irreversible. Negar algún dogma significa negar la misma fe, pues supone negar la autoridad de Dios, que lo ha revelado. El dogma del Infierno: Primera proposición dogmática: “Existe el infierno, al que van inmediatamente las almas de los que mueren en pecado mortal” (De fe divina expresamente definida). Segunda proposición dogmática: “La pena de daño del infierno consiste en la privación eterna de la visión beatifíca y de todos los bienes que de ella se siguen” (De fe divina). Tercera proposición dogmática: “A la pena de daño del infierno se añade la pena de sentido, que atormenta desde ahora las almas de los condenados y atormentará sus mismos cuerpos después de la resurrección universal” (De fe divina). Cuarta proposición dogmática: “La pena de sentido consiste principalmente en el tormento del fuego” (De fe divina). Quinta proposición dogmática: “El fuego del infierno atormenta no sólo a los cuerpos, sino también a las almas de los condenados” (De fe divina). Sexta proposición dogmática: “Las penas del infierno son desiguales según el número y gravedad de los pecados cometidos” (De fe divina). Séptima proposición dogmática: “Las penas del infierno son eternas” (De fe divina). La existencia del infierno y de que es eterno, fue definido dogma de fe en el IV Concilio de Letrán. El Concilio IV de Letrán (1215) declaró: “Aquellos [los réprobos] recibirán con el diablo suplicio eterno” Dz 429; cfr. Dz 40, 835, 840. ¿En qué consisten las penas del infierno? El sufrimiento del alma por no poder ver a Dios, llamado pena de daño. El sufrimiento del cuerpo o pena de sentido.

“¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?”


“¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?” (Mt 9, 27-31). Jesús se retira de un lugar y dos ciegos le comienzan a gritar, diciendo: “Ten piedad de nosotros, Hijo de David”. Los ciegos se le acercan y Jesús les pregunta: “¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?”. Ellos le responden: “Sí, Señor”. Entonces “Jesús les tocó los ojos, diciendo: “Que suceda como ustedes han creído””. E inmediatamente, según el relato del Evangelio, “Se les abrieron sus ojos”. En este episodio evangélico debemos considerar, por un lado, la fe de los ciegos y, por otro, el poder de Jesús. En cuanto a la fe de los ciegos, creen en Jesús en cuanto Mesías prometido, porque le dan un título mesiánico, que es “Hijo de David”, y cuando Jesús les pregunta si por esta fe en Él –en cuanto Dios Hijo encarnado- puede hacer lo que ellos le están pidiendo –volver a ver-, le contestan que sí, y reciben el milagro. Que la fe en Jesús sea la fe en un Jesús que es Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, queda demostrado en el hecho de que creen en su poder divino, hecho por Él en Primera Persona, porque Jesús les dice: “¿Creen que Yo, que Soy Dios hecho hombre, puedo devolverles la vista?”, y ellos le contestan que sí, y esto demuestra que la fe que los ciegos tienen en Jesús no es una fe cualquiera, ni es una fe en Jesús en cuanto hombre, sino que es una fe en la Persona divina de Jesús: creen en Jesús en cuanto Persona divina, en cuanto Dios Hijo hecho hombre, que tiene el poder de Dios, necesario para devolverles a ellos la vista. De parte de Jesús, lo que hay que considerar es, precisamente, esto: en que Él es Dios Hijo encarnado, la Segunda Persona de la Trinidad, Dios, que es Luz Eterna que proviene de la Luz Eterna que es el Padre, y que en cuanto Dios que Es, tiene efectivamente el poder divino, que brota de Él como de su Fuente, para devolverles la vista. Son estos dos elementos los que se unen para que Jesús obre el milagro: Él, que es la Luz Increada, les devuelva la vista a quienes viven en la más completa oscuridad.
 “¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?”. La misma pregunta que Jesús les hace a los ciegos, nos las hace a nosotros, desde la Eucaristía. Entre Jesús Eucaristía y nosotros, se da la misma situación que entre Jesús y los ciegos, porque corporalmente, aunque veamos, somos ciegos, en el sentido de que no lo vemos, en la Eucaristía, con los ojos del cuerpo. Es decir, desde la Eucaristía, Jesús nos pregunta: “¿Creen que Yo Soy Dios, y que puedo hacer lo que me piden?”. Porque la inmensa mayoría de los católicos de hoy –incluidos muchos sacerdotes-, parecieran no creer que Jesús Eucaristía es Dios Hijo Encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía; la inmensa mayoría de los católicos, a juzgar por su inasistencia injustificada al precepto dominical, a juzgar por el hecho de que acuden a servidores del Demonio, como brujos, hechiceros, chamanes, mano-santas, no creen que Jesús en la Eucaristía sea Dios Hijo, porque si creyeran que la Eucaristía es Dios Hijo en Persona, oculto a los ojos del cuerpo, pero visible a los ojos de la fe, no caerían en la desesperación frente a las tribulaciones, no se dejarían llevar por sus pasiones, no dejarían de asistir a la Misa dominical, no dejarían de adorar a Jesús en la Eucaristía, no acudirían a los servidores del diablo, los brujos y magos, sino que se postrarían delante de Jesús Eucaristía y lo adorarían día y noche, sin desesperarse frente a las tribulaciones de la vida, por fuertes que estas sean, y no se comportarían como protestantes, es decir, como quien no cree que la Eucaristía sea Dios Hijo en Persona.
“¿Creen que Yo Soy Dios, y que puedo hacer lo que me piden?”, nos pregunta Jesús desde la Eucaristía. Y nosotros, ¿tenemos fe católica en la Eucaristía, o tenemos fe protestante?


viernes, 25 de noviembre de 2016

El Adviento, tiempo de espera del Mesías que vino, que viene y que vendrá



(Domingo I - TA - Ciclo A - 2016-2017)

         ¿Qué es el Adviento? Ante todo, digamos qué es lo que NO ES el Adviento: no es un tiempo de preparación psicológica y secularizada para las fiestas de Navidad, que están totalmente secularizadas; no es una simple “memoria litúrgica” vacía de contenido; no es mera “repetición cíclica y automática de los ciclos litúrgicos de la Iglesia”, es decir, como un solo comenzar y repetir lo mismo cada año, en la misma fecha.
         Para poder aprehender el significado del Adviento, tenemos que recordar qué significa etimológicamente: “Adviento” es la traducción latina del griego “epifanía” y significa “llegada”. Dicho esto, podemos decir que el Adviento es el período litúrgico con el que la Iglesia, a la vez que inicia un nuevo ciclo litúrgico, se prepara espiritualmente para la Navidad, que es a su vez memoria litúrgica de la Primera Venida del Señor Jesús.
         Entonces, sí es verdad que Adviento comprende las cuatro semanas que preceden a la Navidad y que por lo tanto, constituye este período previo para la Navidad, pero significa algo mucho más que esto: es, ante todo, un estado habitual del cristiano, un modo de vivir del cristiano, que impregna todo el día, todos los días de su vida, hasta su muerte. Y es por esto que decimos que Adviento es mucho más que un “tiempo de preparación religiosa-psicológica para celebrar Navidad”. Veamos porqué decimos que el Adviento es un “estado habitual” para el cristiano o, también, que toda la vida del cristiano es un “Adviento” continuo.
Como dijimos, Adviento significa “venida”, o “llegada”, que en el vocabulario de la Iglesia se entiende por la venida del Mesías, el Salvador, el Redentor del mundo, el Hombre-Dios Jesucristo, por lo que “Adviento” está relacionado con la Venida de Jesucristo.
Ahora bien, Jesús, el Hijo de Dios, vino por primera vez, en la humildad de nuestra carne, asumiendo una naturaleza humana sin dejar de ser Dios, y vendrá al fin de los tiempos, glorioso y resucitado, para juzgar al mundo. Si Adviento está relacionado con la Venida de Jesús, ¿con cuál de las Dos Venidas de Jesucristo se relaciona? Hay que decir que el Adviento, como tiempo litúrgico, hace referencia a ambas Venidas, e incluso todavía a una venida intermedia, entre la Primera y la Segunda, como veremos. Hace referencia a la Primera Venida porque es el tiempo de preparación especial inmediata para la Navidad, es decir, es un tiempo en el que, como Iglesia, nos preparamos para celebrar litúrgicamente –litúrgicamente quiere decir en el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios- su Primera Venida, y la disposición espiritual en este sentido, es como si no hubiera venido, aunque sabemos, obviamente, que ya vino por primera vez, y es así que en este Adviento, nos disponemos como Iglesia con la misma disposición espiritual que tenían los justos del Antiguo Testamento, que esperaban la Venida del Mesías; por otro lado, Adviento hace referencia también a la Segunda Venida en la gloria, por lo que es un tiempo para que, también como Iglesia, recordemos en el misterio de la liturgia, que habrá de venir a juzgar al mundo, al fin de los tiempos, como Justo Juez, y que por lo tanto, debemos estar “atentos y vigilantes”, como el siervo de la parábola, esperando su Segunda Venida como Supremo Juez y Rey del universo, que habrá de juzgar a toda la humanidad. Hay una tercera Venida, intermedia, y es la Venida del Señor Jesús, por el misterio de la liturgia eucarística, al alma, por la Comunión Eucarística, y esta Venida acaece o sucede en el tiempo presente.
Así vemos entonces cómo el Adviento se relaciona con las tres dimensiones temporales en las que vivimos, conectándolas a todas con el misterio pascual de Jesucristo: con el pasado, porque el tiempo de Adviento es un período litúrgico que nos invita a arrepentirnos de nuestros pecados y convertirnos, tal como instaba Juan el Bautista en el desierto a quienes esperaban al Mesías; nos anima a vivir el presente con la gracia que ya nos trajo Jesús con su Primera Venida y la renueva en cada comunión eucarística y, por último, con el futuro, porque al recordar que habrá de venir, nos hace prepararnos espiritualmente para su encuentro en la Segunda Venida y esto significa esta en estado de gracia permanente.
Podemos decir por lo tanto que la finalidad espiritual del Adviento es triple, teniendo siempre presente que no se trata de meras disposiciones de orden psicológico o moral, ni siquiera espiritual, sino de una verdadera participación, por el misterio de la liturgia, al misterio salvífico del Hombre-Dios Jesucristo, Dios Hijo Encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Esta triple finalidad es la siguiente:
La primera finalidad, es recordar y celebrar litúrgicamente el pasado, es decir, su Primera Venida y es la razón por la cual contemplamos y participamos, por la liturgia eucarística de la Santa Misa, del Nacimiento de Jesús en Belén. Como Iglesia, el tiempo previo a la Navidad no es hacer una simple memoria psicológica de lo que sucedió en Belén hace veinte siglos, sino que consiste en una verdadera participación, a través del misterio litúrgico, de la Primera Venida del Mesías, en la sencillez y humildad del Niño Dios. Un primer fin del Adviento es la conmemoración participativa de su Primera Venida y esa es la razón por la cual, en Adviento, nos ubicamos como Iglesia en los tiempos previos a su Primera Venida y nos colocamos en la disposición espiritual de quienes, en el Antiguo Testamento, esperaban la Llegada del Mesías.
La segunda finalidad es vivir el tiempo presente –nuestro aquí y ahora- en el misterio de su Presencia real, verdadera y substancial entre nosotros, que es la Eucaristía: es decir, Jesús ya vino en su Primera Venida, pero al mismo tiempo, se quedó presente entre nosotros en la Eucaristía, para cumplir su promesa de estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo” y por la Eucaristía “viene”, “llega”, “adviene” a nuestra alma, toda vez que comulgamos en gracia, con fe y con amor. Se trata de vivir esta realidad de la Presencia misteriosa del Señor Jesús que viene a nosotros en el misterio de la Eucaristía y que nos comunica de su vida divina trinitaria en la comunión. En el presente, vivimos entonces en la vida de Jesús y de la vida de Jesús, que es la vida de la gracia del Hombre-Dios, que ya vino por Primera Vez, que ha de venir por Segunda Vez en la gloria y que adviene, llega, viene, a nuestras almas, en cada Comunión Eucarística, y esta es la “Venida intermedia” a la que hacíamos referencia, es decir, su Venida al alma, cada vez, por la comunión eucarística.
Por último, la tercera finalidad del Adviento consiste en preparamos para el futuro encuentro –personal y con toda la humanidad- que se llevará a cabo con su Segunda Venida en la gloria, sea al fin de los tiempos –o también, al finalizar nuestra vida en la tierra, porque el día de nuestra propia muerte será, para nosotros, el Día de nuestro Juicio Particular, que será un pequeño “Juicio Final en miniatura”-: en otras palabras, significa que en el Adviento nos preparamos espiritualmente para la Parusía o Segunda Venida de Jesucristo en la “majestad de su gloria”, cuando Nuestro Señor Jesucristo venga como Señor y como Juez de todas las naciones para premiar con el Cielo a los buenos o para castigar con el Infierno a los malos, según hayan sido nuestras obras libremente realizadas.
Por esta triple finalidad, la Iglesia nos invita en el Adviento a vivir espiritualmente este tiempo litúrgico por medio del examen de conciencia, la penitencia y las buenas obras.

Con esto ya podemos responder a la pregunta inicial acerca de qué es el Adviento: no se limita a las cuatro semanas previas a Navidad, sino que es un estilo de vida o un hábito del cristiano que, como el siervo que espera a su amo con la lámpara encendida, espera al Señor Jesús, que vino por Primera Vez, que viene en cada Eucaristía y que habrá de venir por Segunda Vez, al fin de los tiempos, y el modo de vivir el Adviento –que, volvemos a repetir-, comprende toda la vida del cristiano- es por medio de la penitencia, la oración y las obras de misericordia. El Adviento es tiempo de espera del Mesías que vino, que viene y que vendrá.

“El Reino de Dios está cerca”



“El Reino de Dios está cerca” (Lc 21, 29-33). Hablando acerca de su Segunda Venida en la gloria, Jesús profetiza acerca de lo que sucederá antes de que Él vuelva: guerra, rumores de guerra, terremotos, señales en el cielo. Cuando veamos que suceden estas cosas, dice Jesús, sepamos que “el Reino de Dios está cerca”. Jesús está hablando del Día del Juicio Final y nos advierte acerca de los acontecimientos que precederán a su Venida en la gloria, para que estemos preparados, aun cuando no sabemos si viviremos en esta vida terrena cuando suceda.

         Pero la advertencia de Jesús “el Reino de Dios está cerca”, no es sólo válida para su Segunda Venida, al fin de los tiempos, sino también para todos y cada uno de nosotros, independientemente o no si habremos de vivir o no en esta vida mortal cuando suceda: su advertencia de que el Reino de Dios está cerca, es para todo aquel que, viviendo en esta vida, pase al otro mundo a través de la muerte. Es decir, el Reino de Dios está cerca, y está tan cerca, como cerca está el día ya prefijado por Dios, para la muerte de cada uno, con la consiguiente comparecencia, ante el Rey de los hombres, Cristo Jesús, Supremo y Eterno Juez.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo




(Ciclo C – 2016)

         “Pusieron una inscripción encima de su cabeza: ‘Éste es el rey de los judíos’” (Lc 23, 35-43). Al finalizar el ciclo litúrgico, la Iglesia celebra a Cristo Rey. ¿Dónde reina este Rey? Cristo reina en los cielos eternos, porque Él es el Cordero de Dios, ante quien se postran en adoración los ángeles y santos (cfr. Ap 5, 6); Cristo reina en la Eucaristía, porque la Eucaristía es ese mismo Cordero de Dios, adorado por ángeles y santos, que es adorado en la tierra y en el tiempo por quienes, reconociéndose pecadores, sin embargo lo aman y se postran en adoración ante su Presencia Eucarística; Cristo reina en la Cruz, y así reza el letrero puesto por Pilato: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos” (Lc 23, 35-43), y así lo canta y proclama, con orgullo, la Santa Iglesia Militante: “Reina el Kyrios en el madero”. Pero Cristo Rey quiere reinar en los corazones de los hombres, de todos los hombres del mundo, de todos los tiempos, y es por eso que quiere ser entronizado en sus corazones. Él es el Rey del Universo visible e invisible, y todo está en sus manos, pero lo que más desea es el corazón y el amor de los hombres, tal como se lo dijo a Santa Gertrudis: “Nada me da tanta delicia como el corazón del hombre, del cual muchas veces soy privado. Yo tengo todas las cosas en abundancia, sin embargo, ¡cuánto se me priva del amor del corazón del hombre!”[1]. Cristo Dios se deleita, no con los planetas ni las estrellas, y ni siquiera con los ángeles, sino con el amor de nuestros corazones, pero se ve privado de ese deleite cuando su trono, que es nuestro corazón, está ocupado por alguien o algo que no es Él. Jesús quiere ser entronizado como Rey en nuestros corazones, pero antes debe el hombre humillarse ante Jesús y reconocerlo como a su Dios, su Rey y Salvador, como único modo de poder desterrar de su corazón a los ídolos mundanos, el materialismo, el hedonismo, el relativismo, y el propio yo, que ocupan el lugar que en el corazón humano le corresponde solamente a Cristo Rey.
         Nuestro Rey, Cristo Jesús, el Hombre-Dios, el Cordero de Dios, reina en los cielos, reina en la Cruz, reina en la Eucaristía, y quiere reinar en nuestros corazones, pero para que Él pueda reinar en nuestros corazones, debemos ante todo destronar a los falsos ídolos entronizados por nosotros mismos y que ocupan el lugar que le corresponde a Jesucristo, y de todos estos falsos ídolos, el más difícil de destronar es nuestro propio “yo”. Este falso ídolo, que somos nosotros mismos, ocupa en nuestros corazones el puesto que sólo le corresponde a Cristo Rey y nos damos cuenta de que reina este tirano que es nuestro yo, cuando a los mandamientos de Cristo –perdona setenta veces siete, es decir, siempre; ama a tus enemigos; sé misericordioso; carga tu cruz de cada día; vive las bienaventuranzas; sé manso y humilde de corazón-, le anteponemos siempre nuestro parecer, y es así que ni perdonamos ni pedimos perdón; no amamos a nuestros enemigos; no cargamos nuestra cruz de todos los días, no somos misericordiosos, no vivimos las bienaventuranzas, somos soberbios y fáciles a la ira y el rencor. De esa manera, demostramos que quien reina y manda en nuestros corazones somos nosotros mismos, y no Cristo Rey, que por naturaleza, por derecho y por conquista, es nuestro Rey.
         Al conmemorar a Cristo Rey del Universo, por medio de la Solemnidad litúrgica, para asegurarnos de que verdaderamente nuestros labios concuerdan con nuestro corazón, destronemos a los falsos ídolos que hemos colocado en nuestros corazones, el más grande de todos, nuestro propio “yo” y luego sí postrémonos delante de Cristo Rey en la Cruz y en la Eucaristía, adorándolo, dándole gracias y amándole con todo el amor del que seamos capaces. Sólo así daremos a Nuestro Rey, Jesús Eucaristía, el honor, la majestad, la alabanza, la adoración y el amor que sólo Él se merece.





[1] http://www.corazones.org/santos/gertrudis_grande.htm