martes, 5 de abril de 2016

“Como Moisés elevó la serpiente en el desierto así tiene que ser elevado el Hijo del hombre”



       “Como Moisés elevó la serpiente en el desierto así tiene que ser elevado el Hijo del hombre” (Jn 3, 7-15). Jesús compara la acción de elevar la serpiente de bronce en el desierto, por parte de Moisés, con la elevación en la cima del Monte Calvario, de la cual Él mismo será objeto, para que el alma que lo contemple reciba algo mucho más grande que la curación de una herida, para que “todo aquel que crea en Él, tenga vida eterna”. Para poder aprehender el sentido sobrenatural de la frase de Jesús y el porqué de su comparación, hay que traer a colación el episodio bíblico. En el desierto, mientras peregrinaba hacia la Tierra Prometida, el Pueblo Elegido sufrió un ataque por parte de numerosas serpientes venenosas, ante lo cual Dios le ordenó a Moisés que fabricara una serpiente de bronce y la elevara en lo alto, para que el que hubiera sufrido la mordedura de la serpiente, fuera milagrosamente curado ante la vista de la serpiente de bronce, lo cual así sucedió. En este episodio, estamos representados los bautizados, como miembros de la Iglesia Católica: los integrantes del Pueblo Elegido representan a los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica; la Jerusalén terrena representa a la Nueva Jerusalén, la Ciudad Santa que está en el cielo, no en este mundo; las serpientes representan a los demonios; el desierto es esta vida terrena, que se desarrolla en el tiempo y el espacio; las mordeduras de las serpientes y el veneno inoculado representan a los demonios que inoculan en el alma el veneno de la soberbia y de la rebelión contra Dios; la muerte en el desierto representa la muerte eterna; la serpiente de bronce representa a Jesús; los que miran a la serpiente, representan a quienes se arrodillan ante Jesús crucificado y contemplan sus llagas, su corona de espina, su Costado traspasado, sus manos y pies clavados, su Sangre; las curaciones milagrosas que reciben los que ven la serpiente, representan el don de la vida eterna que recibe aquel que contempla a Jesús crucificado con fe y con amor: la vida eterna.
“Como Moisés elevó la serpiente en el desierto así tiene que ser elevado el Hijo del hombre”. De manera análoga, y debido a que la Santa Misa es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, también el que contemple a Jesús elevado en la Eucaristía, recibe el don de la vida eterna, don mediante el cual “nace de nuevo por el Espíritu”, no para este mundo, sino para el Reino de los cielos.

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