viernes, 2 de septiembre de 2016

“El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo


(Domingo XXIII - TO - Ciclo C – 2016)

“El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo (…) Cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo (…) Cualquiera que no me ame (…) más que a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 25-33). Jesús enumera las condiciones necesarias para ser discípulo suyo, lo cual nos hace ver que ser cristianos no es solamente haber recibido el bautismo, la Primera Comunión y la Confirmación, y que tampoco alcanza con la asistencia dominical a la Santa Misa: además de todo esto, ser cristianos, es decir, discípulos de Jesús, es “cargar la cruz”, “renunciar a todo lo que se posee”, “amar a Cristo más que a la propia vida”. ¿Cómo podemos entender estas palabras de Jesús?
Se pueden entender en un sentido literal, como es en el caso de los consagrados, que renuncian a los bienes materiales y a la posibilidad de formar una familia, y también en el sentido espiritual, entendiendo por la “renuncia de todo lo que se posee”, a todo aquello que impide la unión con Dios: la concupiscencia, el pecado, los vicios, el mal, etc. Es decir, Jesús nos advierte que para ser su discípulo se debe renunciar, en el caso de los consagrados, a los bienes materiales y al hecho de formar una familia, pero sobre todo, se trate de consagrados o no, la renuncia es a todo lo que nos impide la unión con Dios y pertenece al hombre viejo: el orgullo, la soberbia, la vanidad, el materialismo, etc. No puede ser discípulo de Jesús quien no esté dispuesto a renunciar a los bienes terrenos y a la concupiscencia de la carne y de la vida.
Quien quiera ser discípulo de Jesús, debe estar dispuesto ya sea a renunciar a todo lo material y a la posibilidad de formar una familia, como los consagrados, y también a renunciar a todo lo que es propio de la naturaleza humana sometida bajo el yugo del pecado original. Este es el significado de “cargar la cruz de todos los días, ir detrás de Jesús y dejar la propia vida”: la cruz no es el problema afectivo que puedo tener; no son los problemas económicos; no son los problemas familiares; no son las circunstancias externas: la cruz es el hombre viejo, el hombre carnal, el hombre al que le atraen las concupiscencias de la carne y de la vida; el hombre que se resiste a orar; el hombre que se resiste a la gracia; el hombre que no desea morir a sí mismo, porque eso implica comenzar a cumplir los Mandamientos de Jesucristo y no los de Satanás; cargar la cruz es cargar a ese hombre viejo, cargado de malicia, de tendencia al mal, lleno de vanidad y de orgullo, y es a ese hombre viejo al que hay que crucificar en el Calvario, para que muera y así nazca el hombre nuevo, el hombre regenerado por la gracia santificante, el hombre nacido del Agua y la Sangre que brotan del Corazón traspasado de Jesús, que tiene a la Virgen por Madre, a Dios por Padre, a Jesús por Hermano y al Espíritu Santo como el Amor con el cual amar su nueva vida de hijo de Dios y a su Nueva Familia, la familia que Dios le regala por la gracia. Pero para que esto suceda, es decir, para que el hombre viejo pueda morir, es necesario llevarlo al Calvario, yendo detrás de Jesús, cada día, todos los días, para así terminar de morir a esta vida terrena para comenzar a desear la vida eterna, para dejar de ansiar los bienes de este mundo “cuya figura pasa” (cfr. 1 Cor 7, 31) pronto porque ya llega “el cielo nuevo y la tierra nueva” (cfr. Ap 21, 1) prometidos por Jesús, que “hace nuevas todas las cosas”.
Estas son entonces las condiciones para seguir a Jesús y ser sus discípulos, aunque también hay que agregar que Jesús da las condiciones para el martirio: “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo”. Este “renunciar a la vida”, se entiende en sentido literal, es decir, el que quiera ser discípulo de Jesús, tiene que estar dispuesto, literalmente, a entregar su vida terrena en pos de este seguimiento –de manera tal que deba ser su cuerpo sin vida colocado en un ataúd para luego ser sepultado- , lo cual puede darse en el marco de una persecución sangrienta, y es el caso de los mártires, aunque se refiere también al caso de estar dispuestos a perder la vida, también literalmente, antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado, tal como lo pidió Santo Domingo Savio el día que hizo su Primera Comunión: “Morir antes que pecar”. En el mismo sentido, San Ignacio de Loyola afirma: “Que se pierda el mundo, antes que decir una sola mentira”. Santa Teresa de Ávila: “En esto de hipocresía y vanagloria, gloria a Dios, jamás me acuerdo haberle ofendido que yo entienda; que en viniéndome primer movimiento, me daba tanta pena, que el demonio iba con pérdida y yo quedaba con ganancia, y así en esto muy poco me ha tentado jamás”[1].
Jesús nos advierte que debemos estar dispuestos a morir, literalmente hablando, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado –esto quiere decir dispuestos a morir antes que decir una “mentira leve”, y aquí vemos la magnitud y las exigencias de lo que significa el seguimiento de Jesucristo y sus exigencias-, si es que queremos ser sus discípulos: “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo”. Hasta que no estemos dispuestos a perder la vida, literalmente hablando, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, no podemos ser discípulos de Nuestro Señor Jesucristo.
La renuncia tiene por objeto poseer a Jesús; quien no está dispuesto a renunciar, se queda con sus bienes, pero se pierde de tener a Jesús, lo cual significa una gran pérdida y el caer en manos del enemigo de las almas, como dice Santa Teresa de Ávila: “Acordaos, hijas mías, aquí en la ganancia que trae este amor consigo y de la pérdida por no le tener, que nos pone en manos del tentador, en manos tan crueles, manos tan enemigas de todo bien y tan amigas de todo mal”[2]. Para poseer a Jesús, que está en la Eucaristía, y al Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, es que el cristiano debe “cargar la cruz”, “renunciar a todo lo que posee”, “amar a Jesús más que a la propia vida”.




[1] V 7,1.
[2] C 40, 8. Cfr. CE 70, 3.

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