sábado, 16 de septiembre de 2017

“Perdona setenta veces siete”


(Domingo XXIV - TO - Ciclo A – 2017)

         “Perdona setenta veces siete” (Mt 18, 21-35). Pedro pregunta a Jesús cuántas veces ha de perdonar a su prójimo, pensando que “siete veces” era suficiente: “Se adelantó Pedro y le dijo: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?””. Pero Jesús le responde multiplicando la cantidad de veces por un número simbólico, que significa “siempre”: “Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Pedro, llevado por la casuística de los fariseos y pensando en la ley del Talión –“ojo por ojo y diente por diente”-, creía que bastaba con perdonar siete veces, y que a la ofensa número ocho, ya estaba libre de perdonar, es decir, ya no debía, en conciencia, perdonar a su prójimo, con lo cual debía dar paso a la venganza, según la vigente ley del Talión.
         Pero Pedro no tiene en cuenta que Jesús es Dios y que Él “hace nuevas todas las cosas”[1], y una de las cosas que hace nuevas es la relación entre los hombres: por su Sangre derramada en la cruz, Jesús perdona todos y cada uno de nuestros pecados personales, saldando la deuda que cada uno teníamos ante la Justicia Divina, aplacando la Ira divina y dándonos a cambio su misericordia y esto hace que, como cristianos, debamos imitarlo en el perdón y en el amor a los enemigos. Por su muerte en cruz, Jesús se coloca entre la Ira de Dios y nuestras almas, recibiendo en sí mismo el castigo que cada uno merecíamos por nuestros pecados, saldando nuestra deuda de bondad ante la Justicia Divina. Es decir, en vez de recibir un castigo, Jesús lo recibe por nosotros, y en vez de recibir lo que merecíamos, puesto que Él ha saldado la deuda ante la Justicia Divina, ofreciendo su Cuerpo martirizado en la Cruz, ya no debemos nada. Pero no finaliza aquí el don de Dios en Cristo, porque además de recibir Él el justo castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados, nos concede, con la Sangre que brota de sus heridas y de su Corazón traspasado, la Misericordia Divina y el Amor Eterno que brotan del Ser divino trinitario, y esto lo hace solo por Misericordia, solo por pura bondad y amor hacia nosotros, porque Él no tenía ninguna obligación de pagar la deuda contraída por la humanidad en general y por los hombres individualmente, a causa del pecado original de Adán y Eva. Jesús nos libra tanto del castigo temporal, como del castigo eterno, al descargarse en Él la Ira de la Justicia Divina: afirmar que Dios no castiga en la vida eterna a quien obró el mal y no se arrepintió y afirmar que no da el cielo eterno a quienes lavan sus almas en la Sangre del Cordero –el Sacramento de la Confesión- y que no da el Infierno a quienes libremente despreciaron esa Sangre y no tuvieron misericordia con su prójimo que los ofendió –el que dio misericordia recibirá misericordia, pero el que no de misericordia no recibirá misericordia, como el hombre de la parábola que, luego de ser perdonado por el rey, no perdona la deuda a su prójimo y lo hace encarcelar, siendo él encarcelado a su vez - es apartarse de la Fe católica y reducir a la nada la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
         En otras palabras, Dios nos perdona en Cristo por amor y hasta la muerte de cruz; entonces, no podemos hacer otra cosa con el prójimo que nos ofende, que perdonar por amor y hasta la muerte de Cruz, imitando a Nuestro Señor Jesucristo. Esto no equivale a no reclamar justicia, según lo requiere la sociedad humana, como por ejemplo, el Papa Juan Pablo II perdonó a quien atentó contra su vida, el turco Alí Agca, pero este debió purgar su culpa en prisión, según las leyes humanas. Es decir, el perdón cristiano no equivale a ser condescendientes con la injusticia, con el mal y el pecado: es imitar a Cristo que nos perdona desde la cruz, es ser misericordiosos con nuestro prójimo así como Jesús fue misericordioso con nosotros y, en los casos que corresponda, dar paso a la actuación de la justicia humana, sin olvidar que de la Justicia Divina nadie escapa. Es decir, además de perdonar a nuestros ofensores, debemos clamar misericordia para ellos si no se arrepienten de sus maldades, porque aunque nosotros perdonemos, deberán responder ante la Justicia de Dios si no se arrepienten, pero el deber nuestro de cristianos es de perdonar en nombre de Cristo, por la Sangre de Cristo derramada por nosotros, y hasta la muerte de Cruz, como Cristo nos perdonó.
         Si no perdonamos de corazón y en nombre y por la Sangre de Cristo a nuestro prójimo, si guardamos rencor y buscamos venganza contra Él, escucharemos estas terribles palabras de parte de Jesucristo, el día de nuestro Juicio Particular: ““¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu prójimo, como yo me compadecí de ti en la cruz? Lo mismo que hiciste a tu hermano, te hará mi Padre celestial, negándote para siempre la entrada en el Reino de los cielos. Vete fuera de Mí, al Infierno eterno, en donde solo hay llanto, rechinar de dientes y dolor sin fin”.




[1] Cfr. Ap 21, 5.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz


         ¡Resplandece el Misterio de la Cruz! Fulgit crucis mysterium!
         Así canta la Iglesia en la Pasión y en el himno de Vísperas de las dos fiestas de la Santa Cruz[1]. Para la Fe de la Iglesia –el misterio solo puede ser contemplado a la luz de la Fe-, la Santa Cruz resplandece, de manera particular, en este día, y esa es la razón de la fiesta litúrgica. La Iglesia celebra –y así lo debemos hacer nosotros, en lo más íntimo de nuestros corazones- a la Cruz como un misterio celestial, sobrenatural, puesto que es del cielo de donde la Cruz obtiene toda su virtud divina. Vista a los ojos humanos, y sin la Fe de la Santa Iglesia Católica, la Cruz se presenta al hombre como un rotundo fracaso, pero no es así como la Iglesia contempla a la Cruz, sino con la luz del Espíritu Santo, y por eso la ve resplandecer y la celebra con la liturgia en fiesta. Así contemplada, a la luz de la Fe iluminada con la luz del Espíritu Santo, la Santa Cruz resplandece con toda la fuerza de su virtus mystica, su fuerza mística, pneumática, divina.
         La Cruz es un misterio porque no es obra humana, ya que su luz brota de lo más profundo del Ser trinitario de Dios: en Ella estuvo, está y estará, hasta el fin de los tiempos, suspendido el Hijo de Dios, por voluntad de Dios Padre, para comunicarnos a Dios Espíritu Santo a través de la Sangre derramada del Cordero. La Cruz es un Misterio celestial porque nos revela, nos hace visible, al Dios Invisible; nos muestra, al alcance de nuestros ojos, al Dios que habita en una luz inaccesible; nos revela, al alcance de nuestra limitada humanidad –bien que elevada por la gracia- al Dios Tres veces Santo que, aunque en el cielo resplandece con un esplendor tal que los ángeles y querubines ocultan sus rostros con sus alas, tal es la majestad infinita del Dios Trinitario, aquí en la Cruz lo que resplandece es el brillo de la Sangre del Cordero, que así trasluce la gloria divina que posee desde la eternidad. En la Cruz se nos revela Dios, en la majestad de su Trinidad, en la infinitud de su Amor, en la eternidad de su Misericordia, porque es en la Cruz en donde la Justa Ira de Dios, encendida por la malicia de nuestros corazones infectados por la mancha del pecado, se ve aplacada en su Justicia Divina, al descargar en el Cordero todo el peso del castigo que nos merecíamos por nuestros pecados, dándonos a cambio su Divina Misericordia, que brota como un torrente inagotable con la Sangre que se derrama de sus heridas y de su Corazón traspasado.
         Para nosotros, los cristianos, la Cruz, Cristo crucificado, es “Sabiduría de Dios”[2], mientras que para los que no tienen la Fe de la Iglesia, los que no tienen la Revelación de Nuestro Señor Jesucristo, los que no tienen la luz del Espíritu Santo y por eso ven la Cruz con solo ojos humanos, es “escándalo” –judíos- y “locura” –griegos-, porque no conciben que Dios no se manifiesta en gloria y esplendor, sino en la Cruz, como si fuera un hombre derrotado y vencido. Pero los pensamientos de Dios están infinitamente por encima de los pensamientos de los hombres –más que el cielo dista de la tierra- y es así que “la locura de Dios es más sabia que los hombres y la flaqueza de Dios, más poderosa que los hombres”[3]. Ésa es la razón por la cual Dios triunfa en la Cruz, porque en la Cruz vence, con su omnipotencia y su Amor infinitos, a la Muerte, al Demonio y al Pecado, pero esto solo lo puede ver quien está iluminado por el Espíritu Santo, porque solo el Espíritu Santo es capaz de conceder al hombre no una ampliación de su capacidad de comprensión natural, sino de concederle participar de su misma Inteligencia, Sabiduría y Amor divinos, volviéndolo así capaz de comprender el Misterio de la Cruz, volviéndolo capaz de contemplar la luz divina que resplandece desde la Cruz y que, por la Sangre del Cordero, limpia nuestros pecados, nos libera del Demonio y de la Muerte, nos concede la Vida divina y nos conduce, por la fuerza del Espíritu Santo y a través del Corazón traspasado del Señor, a algo que es infinitamente más grande que los cielos eternos, el seno de Dios Padre.



[1] Cfr. Odo Cassel, Misterio de la Cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid 1957, 43ss.
[2] Cfr. 1 Cor 1, 22.
[3] Cfr. 1 Cor 1, 22.

lunes, 11 de septiembre de 2017

“Pasó toda la noche orando a Dios”


“Pasó toda la noche orando a Dios” (cfr. Lc 5, 42ss). Si Jesús es el Hombre-Dios, es decir, si Él es la Segunda Persona de la Trinidad, ¿por qué ora? ¿Tiene alguna necesidad de orar, si Él es Dios en Persona? La respuesta a estas preguntas nos la da San Ambrosio[1], quien nos dice que Jesús, en cuanto hombre, ora por nosotros, no por Él; ora para darnos ejemplo de cómo tiene que ser nuestra relación con Dios, y finalmente, que ora para nuestra salvación, lo cual indirectamente nos habla de aquello por lo que estamos en esta vida y es el evitar la eterna condenación en el Infierno. Dice así San Ambrosio: “El  Señor ora, no afín de implorar por él, sino de obtener por mí (…) pues Él es nuestro abogado (…) Cristo nos  forma por su ejemplo en los preceptos de la virtud (…) “Él pasa la noche orando a Dios”. Él os ha dado un ejemplo, una huella, un modelo a imitar”.
“Pasó toda la noche orando a Dios”. Jesús nos da ejemplo acerca de nuestra relación con Dios: así como Él ora por nosotros, por nuestra salvación, así debemos orar, pidiendo por nuestra salvación y la de nuestros seres queridos. Jesús nos enseña que la oración es esencial en esta vida terrena, para evitar la eterna condenación y ganar el cielo, el Reino de Dios.



[1] Cfr. San Ambrosio (c. 340-397), Comentario sobre San Lucas 5,42ss.

viernes, 8 de septiembre de 2017

“Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado"


(Domingo XXIII - TO - Ciclo A – 2017)
“Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado (…) (Mt 18, 15-20).  Jesús nos enseña tres caminos para la santidad: la corrección fraterna –necesita de sabiduría celestial quien la hace, además de caridad, y de humildad extrema quien la recibe, para reconocer sus errores y corregirlos-; la necesidad de la confesión sacramental -todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo-, y el poder de la oración y la realidad de su Presencia en medio de quienes se reúnen en su Nombre a rezar: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.
Con respecto a la corrección fraterna, es una advertencia que el cristiano dirige a su prójimo para ayudarle en el camino de la santidad[1], porque ayuda a conocer los defectos personales –que pasan inadvertidos por las propias limitaciones o son enmascarados por el amor propio-, al tiempo que son una ocasión para enfrentarnos a esos defectos y, con la ayuda de Dios, progresar en la imitación de Cristo. El mismo Jesús corrige a sus discípulos, como cuando reprende a Pedro con firmeza porque su modo de pensar no es el de Dios sino el de los hombres. A partir de la enseñanza y del ejemplo de Jesús, la corrección fraterna ha pasado a ser como una tradición de la familia cristiana vivida desde el inicio de la Iglesia: por ejemplo, San Ambrosio escribe en el siglo IV: “Si descubres algún defecto en el amigo, corrígele en secreto (...) Las correcciones, en efecto, hacen bien y son de más provecho que una amistad muda. Si el amigo se siente ofendido, corrígelo igualmente; insiste sin temor, aunque el sabor amargo de la corrección le disguste. Está escrito en el libro de los Proverbios las heridas de un amigo son más tolerables que los besos de los aduladores (Pr 27, 6)”. Y también San Agustín advierte sobre la grave falta que supondría omitir esa ayuda al prójimo: “Peor eres tú callando que él faltando”[2].
El fundamento natural de la corrección fraterna es la necesidad que tiene toda persona de ser ayudada por los demás para alcanzar su fin, pues nadie se ve bien a sí mismo ni reconoce fácilmente sus faltas. De ahí que esta práctica haya sido recomendada también por los autores clásicos como medio para ayudar a los amigos. Corregir al otro es expresión de amistad y de franqueza, y es lo que distingue al adulador del amigo verdadero[3]. A su vez, quien recibe la corrección fraterna, debe dejarse corregir, para lo cual se necesita mucha humildad, tanto para reconocer los errores, como para aceptar la corrección. Quien acepta la corrección fraterna, da una gran señal de madurez y de fortaleza espiritual, al punto de llegar a agradecer a aquel que lo corrige: “el hombre bueno se alegra de ser corregido; el malvado soporta con impaciencia al consejero”[4]. Quien no tolera una corrección fraterna, solo demuestra que, lejos de humildad, lo que hay en él es una gran soberbia y su camino está errado, como dice la Escritura: “Va por senda de vida el que acepta la corrección; el que no la admite, va por falso camino”[5].
 El que corrige debe estar movido por la caridad, es decir, por el amor sobrenatural con el que amamos a Dios y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. Es un ejercicio de santidad, tanto para quien la hace, como para quien la recibe: a quien la hace, le da la oportunidad de vivir el mandamiento del Señor: “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado”; al que la recibe, le proporciona las luces necesarias para renovar el seguimiento de Cristo en aquel aspecto concreto en que ha sido corregido.
“La práctica de la corrección fraterna –que tiene entraña evangélica– es una prueba de sobrenatural cariño y de confianza. Agradécela cuando la recibas, y no dejes de practicarla con quienes convives”[6]. La corrección fraterna no brota de la irritación ante una ofensa recibida, ni de la soberbia o de la vanidad heridas ante las faltas ajenas; sólo el amor puede ser el genuino motivo de la corrección al prójimo, tal como enseña San Agustín, “debemos, pues, corregir por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda. Si así lo hacemos, cumpliremos muy bien el precepto: “si tu hermano pecare contra ti, repréndelo estando a solas con él”. ¿Por qué lo corriges? ¿Porque te ha molestado ser ofendido por él? No lo quiera Dios. Si lo haces por amor propio, nada haces. Si es el amor lo que te mueve, obras excelentemente”[7].
La corrección fraterna es un deber de justicia y así nos lo enseña el mismo Dios en el Antiguo Testamento, cuando le advierte a Ezequiel: “A ti, hijo de hombre, te he puesto como centinela sobre la casa de Israel: escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte. Si digo al impío: “Impío, vas a morir”, y no hablas para advertir al impío de su camino, este impío morirá por su culpa, pero reclamaré su sangre de tu mano. Pero si tú adviertes al impío para que se aparte de su camino y no se aparta, él morirá por su culpa pero tú habrás salvado tu vida”[8]. San Pablo considera la corrección fraterna como el medio más adecuado para atraer a quien se ha apartado del buen camino: “Si alguno no obedece lo que decimos en esta carta [...] no le miréis como a enemigo, sino corregidle como a un hermano”[9]. Ante las faltas de los hermanos no cabe una actitud pasiva o indiferente. Mucho menos vale la queja o la acusación destemplada: “Aprovecha más la corrección amiga que la acusación violenta; aquella inspira compunción, esta excita la indignación”[10].
Si todos los cristianos necesitan de esa ayuda, existe un deber especial de practicar la corrección fraterna con quienes ocupan determinados puestos de autoridad, de dirección espiritual, de formación, etc. en la Iglesia y en sus instituciones, en las familias y en las comunidades cristianas. Del mismo modo, los que desempeñan tareas de gobierno o formación adquieren una responsabilidad específica de practicarla. En este sentido enseña San Josemaría: “Se esconde una gran comodidad —y a veces una gran falta de responsabilidad— en quienes, constituidos en autoridad, huyen del dolor de corregir, con la excusa de evitar el sufrimiento a otros. Se ahorran quizá disgustos en esta vida..., pero ponen en juego la felicidad eterna —suya y de los otros— por sus omisiones, que son verdaderos pecados”[11].
Por último, ¿cómo hacer y cómo recibir la corrección fraterna?
Las características son: visión sobrenatural, humildad, delicadeza y cariño. Como tiene un fin sobrenatural, que es la santidad de aquel a quien se corrige, conviene que el que corrige discierna en la presencia de Dios la oportunidad de la corrección y la manera más prudente de realizarla (el momento más conveniente, las palabras más adecuadas, etc.) para evitar humillar al corregido. Pedir luces al Espíritu Santo y rezar por la persona que ha de ser corregida favorece el clima sobrenatural necesario para que la corrección sea eficaz[12]. También el que corrige debe antes considerar con humildad en la presencia de Dios su propia indignidad y se examine sobre la falta que es materia de la corrección. San Agustín aconseja hacer ese examen de conciencia, porque es muy frecuente que seamos capaces de advertir hasta los más pequeños defectos de los demás, pero somos muy indulgentes con los nuestros propios defectos: “Cuando tengamos que reprender a otros, pensemos primero si hemos cometido aquella falta; y si no la hemos cometido, pensemos que somos hombres y que hemos podido cometerla. O si la hemos cometido en otro tiempo, aunque ahora no la cometamos. Y entonces tengamos presente la común fragilidad, para que la misericordia, y no el rencor, preceda a aquella corrección”[13]. Es decir, si vamos a corregir, que nos mueva el amor a Dios y al prójimo, y la humildad de saber que nosotros somos tanto o más pecadores que aquel hermano a quien vamos a corregir. Si la corrección fraterna no tiene delicadeza y cariño, pierde todo su sentido cristiano y pasa a convertirse en un amargo, egoísta y soberbio reproche por los defectos o pecados ajenos. Para evitar este error y para asegurarnos de que la advertencia es expresión de la caridad auténtica, es sumamente importante preguntarnos antes: ¿cómo actuaría Jesús en esta circunstancia con esta persona? Jesús lo haría no sólo con prontitud y franqueza, sino también con amabilidad, comprensión y estima. San Josemaría enseña en este sentido: “La corrección fraterna, cuando debas hacerla, ha de estar llena de delicadeza —¡de caridad!— en la forma y en el fondo, pues en aquel momento eres instrumento de Dios”[14].
La virtud de la prudencia exige pedir consejo a una persona sensata (el director espiritual, el sacerdote, el superior, etc.) sobre la oportunidad de hacer la corrección, y hará también que no se corrija con excesiva frecuencia sobre un mismo asunto, pues debe contarse con la gracia de Dios y con el tiempo para la mejora de los demás.
Las materias que son objeto de corrección fraterna abarcan todos los aspectos de la vida del cristiano, pues todos ellos constituyen su ámbito de santificación personal y del apostolado de la Iglesia. Cabe señalar de modo general los siguientes puntos: 1) hábitos contrarios a los mandamiento de la ley de Dios y a los mandamientos de la Iglesia; 2) actitudes o comportamientos que chocan con el testimonio que un cristiano está llamado a dar en la vida familiar, social, laboral, etc.; 3) faltas aisladas cometidas, en el caso de constituir un grave menoscabo para la vida cristiana del interesado o para el bien de la Iglesia. Algunos ejemplos concretos: un cristiano que, sin saberlo, practica yoga y asiste a misa, o consulta a los chamanes, o rinde culto a ídolos demoníacos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, etc. En todos estos casos, es un acto de caridad y de justicia hacer la corrección fraterna, indicándole, con caridad pero con firmeza, que no es posible rendir culto a Dios y al Demonio, representado en sus ídolos.
Al recibir la corrección, la persona corregida debe aceptar la corrección con agradecimiento, sin discutir ni dar explicaciones o excusas, pues ve en el que corrige a un hermano que se preocupa por su santidad. Es un caso similar al del médico que aconseja hábitos saludables de vida: hacer ejercicio físico, evitar el sedentarismo, disminuir el sobrepeso, etc. Sería muy mal paciente quien, ante el médico, se ofendiera al recibir estos consejos que son sumamente valiosos para su salud. Si alguien no tolera la corrección fraterna, es señal de gran soberbia en el alma, como dice San Cirilo: “La reprensión, que hace mejorar a los humildes, suele parecer intolerable a los soberbios”[15].
Son numerosos los beneficios que se siguen de la corrección fraterna, como numerosos los males en caso de no practicarla. Como acción concreta de la caridad cristiana tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia; supone el ejercicio de la caridad, la humildad, la prudencia; mejora la formación humana haciendo a las personas más corteses; facilita el trato mutuo entre las personas, haciéndolo más sobrenatural y, a la vez, más agradable en el aspecto humano; encauza el posible espíritu crítico negativo, que podría llevar a juzgar con sentido poco cristiano el comportamiento de los demás; impide las murmuraciones o las bromas de mal gusto sobre comportamientos o actitudes de nuestro prójimo; fortalece la unidad de la Iglesia y de sus instituciones a todos los niveles, contribuyendo a dar mayor cohesión y eficacia a la misión evangelizadora; garantiza la fidelidad al espíritu de Jesucristo; permite a los cristianos experimentar la firme seguridad de quienes saben que no les faltarán la ayuda de sus hermanos en la fe: “El hermano ayudado por su hermano, es como una ciudad amurallada”[16].
“Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado (…)”. Si de veras amamos a nuestro prójimo por amor a Dios, haremos la corrección fraterna con toda la caridad posible, y si somos nosotros los que recibimos la corrección, debemos pedir la gracia de aceptarla y agradecerla con la mansedumbre y la humildad de los Sagrados Corazones de Jesús y María.



[1] Cfr. http://www.collationes.org/de-vita-christiana/quibusdam-spiritum-operis-dei/item/396-la-correcci%C3%B3n-fraterna-juan-alonso
[2] San Agustín, Sermo 82, 7.
[3] Cfr. Plutarco, Moralia, I.
[4] Séneca, De ira, 3, 36, 4.
[5] Pr 10, 17.
[6] San Josemaría, Forja, n. 566.
[7] San Agustín, Sermo 82, 4.
[8] Ez 33, 7-9.
[9] 2 Ts 3, 4- 5; cfr. Ga 6, 1.
[10] San Ambrosio, Catena Aurea, VI.
[11] San Josemaría, Forja, n. 577.
[12] Cfr. Juan Alonso, passim.
[13] San Agustín, Sobre el Sermón de la Montaña, 2.
[14] San Josemaría, Forja, n. 147.
[15] San Cirilo, Catena Aurea, vol. VI.
[16] Pr 18, 19.

“Sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse”



“Sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse” (Lc 5, 1-11). La escena evangélica de la primera pesca milagrosa nos muestra cuán distinta es la actividad apostólica y misionera de la Iglesia, cuando es Jesús con su Espíritu quien la guía, a cuando somos los hombres los que, confiando solo en nuestras fuerzas, nos dedicamos a un activismo infructuoso.
Este activismo infructuoso está representado en la pesca realizada por Pedro y los demás durante la noche: la barca es la Iglesia y Pedro el Vicario de Cristo; la noche significa ausencia de oración, movilización continua, actividad frenética, planificaciones estériles y agotadoras. Así como la pesca fue infructuosa –no pudieron sacar ni un pez-, así es esta actividad que, sin el Espíritu de Jesús y so pretexto de “aggiornamento”, "modernismo" o “progresismo”, deja de lado la Tradición, el Magisterio y la contemplación y adoración eucarística.
Por el contrario, la pesca milagrosa, realizada en plena luz del día y bajo la guía de Jesús, significan que “lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios” y que es Jesús quien, con su Espíritu, acerca a las almas a la Iglesia, representada en la barca de Pedro.

“Sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse”. Ser fieles a la Santa Fe Católica de hace veinte siglos, ser fieles a la Tradición, al Magisterio y a la Biblia de traducción católica, hacer adoración eucarística, rezar el Santo Rosario y recién, solo recién, el apostolado y la misión. Que serán fructíferos si Jesús, el Dios de la Eucaristía, así lo dispone.

martes, 5 de septiembre de 2017

“Un hombre poseído le dijo: “Ya sé quién eres: el Santo de Dios”


“Un hombre poseído le dijo: “Ya sé quién eres: el Santo de Dios” (cfr. Lc 4, 31-37). Un demonio, que posee el cuerpo de un hombre, proclama que Jesús es “el Santo de Dios”. Ninguna creatura, ni un hombre, ni un ángel –un demonio, como en este caso-, puede saber que Jesús es el Hijo de Dios, si Dios no se lo revela. El demonio y los ángeles caídos, en cuanto ángeles poseen una inteligencia sumamente superior a la inteligencia humana, pero si el demonio que posee al hombre afirma que Jesús es el Hijo de Dios, no lo hace en virtud de su inteligencia, ni tampoco por la gracia, puesto que como demonio, ya no puede recibir más la gracia. Lo que hace el demonio es deducir y sacar conclusiones: “Este hombre, Jesús de Nazareth, se proclama Hijo de Dios, hace milagros que solo Dios puede hacer, y ahora me domina con su sola voz, entonces no hay dudas: es Dios Hijo encarnado; es Dios Hijo oculto en una naturaleza humana”. Esa es la razón por la cual el demonio, que posee el cuerpo de un hombre, reconoce a Jesús. Y este demonio ve confirmada su hipótesis cuando experimenta, en sí mismo, la poderosísima fuerza divina, que con una sola orden de su voz, lo expulsa fuera del cuerpo del hombre y lo hace callar a él, un espíritu rebelde.
“Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. El Evangelio nos revela diversas verdades sobrenaturales: la existencia del demonio y en consecuencia del Infierno, “creado para el Diablo y sus ángeles”; la capacidad de los ángeles caídos de poseer cuerpos humanos –posesos-, con lo que la posesión demoníaca se vuelve una realidad y se diferencia claramente de una enfermedad psicológica; por fin, la realidad de la divinidad de Jesucristo, el Hombre-Dios, que expulsa con su sola voz a un espíritu tan fuerte como es un ángel, en este caso, caído.

“Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Un demonio, haciendo razonamientos con su inteligencia angélica, llega a la misma conclusión que la verdad enseñada por el Catecismo de la Iglesia Católica, esto es, que Cristo es Dios Hijo encarnado,    que prolonga su encarnación en la Eucaristía. Si ese demonio estuviera delante de la Eucaristía, al experimentar en sí la poderosísima fuerza de Dios que, emanando de la Eucaristía, le impide hacer el mal que él querría hacer, diría lo mismo que dijo en el Evangelio: “Tú, en la Eucaristía, eres el Hijo de Dios”. ¿Por qué los demonios reconocen una verdad que es negada por la inmensa mayoría de los católicos?  

sábado, 2 de septiembre de 2017

“Vade retro, Satán! Tus pensamientos no son como los de Dios, sino como los de los hombres”


(Domingo XXII - TO - Ciclo A – 2017)

“Vade retro, Satán! Tus pensamientos no son como los de Dios, sino como los de los hombres” (Mt 16, 23). Luego de que Jesús les revelara proféticamente cómo habría de ser su Pascua –“ debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”-, Pedro “lo lleva aparte” para “reprenderlo, diciendo: “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá”. Jesús, que momentos antes había alabado a Pedro porque era Dios Padre quien lo había iluminado para que Pedro supiera que Jesús era el Hijo de Dios encarnado, ahora, cuando Pedro rechaza la Pasión y la Cruz, Jesús lo reprende durísimamente, llamándolo incluso “Satanás”: “Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres””. Jesús llama a su Vicario, el Papa, Satanás, por dos motivos: porque Satanás es quien le ha inducido a rechazar la Cruz y la Pasión, y porque Satanás está, verdaderamente, al lado de Pedro.
Este Evangelio nos enseña lo que San Ignacio llama “discernimiento de espíritus”, esto es, el aprender a discernir qué espíritu es el que nos habla a través de nuestros pensamientos[1]. Para que no nos suceda lo de Pedro, el Papa, que luego de ser inspirado por el Espíritu Santo para afirmar que Jesús es el Hijo de Dios encarnado, y minutos después se deja llevar por sus pensamientos y los de Satanás, negando la Cruz, debemos considerar el origen de nuestros pensamientos. Según San Ignacio de Loyola, nuestros pensamientos se pueden originar en tres fuentes distintas: nosotros mismos, Dios, o el Diablo. Es decir, no todo pensamiento nos pertenece, ya que algunos provienen de nosotros mismos, otros de Dios y otros del Demonio, y esa es la razón por la cual debemos estar siempre muy atentos y discernir su origen. ¿Cómo saber de dónde vienen? San Ignacio, en sus Ejercicios Espirituales, nos proporciona una "regla de discernimientos de espíritus". Dice San Ignacio que cuando el principio, el medio y el final del pensamiento son buenos, entonces es señal clara que viene de Dios y si lo secundamos, entonces nos apropiamos de estos pensamientos como si fueran nuestros. Según San Ignacio, en los pensamientos que provienen del “mal espíritu” -que podemos ser nosotros, con nuestra inteligencia que con dificultad busca la Verdad y está propensa al error, por la herida del pecado original, y también el Demonio, literalmente-, en algún punto es malo, ya sea en el principio, en el medio o en el fin; por ejemplo, el principio puede ser bueno, pero si el medio y el fin malos, entonces es señal de que esos pensamientos vienen o del Demonio o del Demonio y también de nosotros mismos. Cuando se mezcla aunque sea la más mínima malicia en los pensamientos, es segurísimo que ese pensamiento NO viene de Dios. En el caso de Pedro, cuando iluminado por el Espíritu de Dios Padre reconoce que Jesús es el Hijo de Dios y así lo manifiesta, eso es señal de que la verdad que proclama viene de Dios. Pero cuando niega a la Pasión –con lo cual niega la Redención y la salvación de los hombres-, es señal de que viene del mal espíritu -y de su propia mente humana, ofuscada en su búsqueda de la Verdad por el pecado original-. Es evidente que en la negación de la Pasión, hay una influencia de Satanás en el pensamiento de Pedro, de manera que empieza bien, pero luego, el medio y el final, son malos. En la negación de la cruz por parte de Pedro, se aplica la regla de discernimiento de espíritus de San Ignacio: es decir, Pedro considera que el principio es bueno –Jesús es el Hijo de Dios- pero el medio y el fin son malos, porque Pedro se niega a que Jesús sufra la Pasión –el medio, ya que le dice: "No quiero que sufras la Pasión y la Cruz"-, con lo cual niega la salvación de los hombres –fin malo-.
 “Vade retro, Satán! Tus pensamientos no son como los de Dios, sino como los de los hombres”. La regla de discernimiento de espíritus de San Ignacio de Loyola nos sirve en toda ocasión, para escrutar y discernir el origen de nuestros pensamientos, de manera tal que si detectamos que vienen del Demonio o de nosotros mismos, no debemos seguirlos, y si detectamos que vienen de Dios, los debemos secundar. De esto podemos deducir que cualquier pensamiento que nos lleve a considerar –como le pasó a Pedro, el primer Papa- que esta vida terrena se debe vivir sin la cruz y que el cielo se puede alcanzar sin la Cruz, sin la gracia, sin la fe y sin la Eucaristía, viene del Enemigo de las almas, el Demonio, y no de Dios, y debemos, por lo tanto, rechazarlo de raíz.




[1] a) En las consolaciones con causa San Ignacio recomienda examinar todo el proceso de nuestros pensamientos (EE, 322-323):

–Los que vienen de Dios son buenos en su principio, su medio y su fin.

–Los que vienen del mal espíritu, en algún momento del proceso no son buenos: ya sea en su comienzo, en su medio o en su fin. San Ignacio advierte que es propio del demonio entrar con la “nuestra” para salir con “la suya”, es decir, sacar provecho incluso con cosas aparentemente buenas.

b) En las consolaciones sin causa hay que examinar el “segundo momento” de la consolación. Porque Dios puede tocar el alma y dejarla inflamada, pero en un segundo momento puede también mezclarse la influencia del mal espíritu, ya sea:

–Haciéndonos ver dificultades e inconvenientes en cumplir lo que Dios nos ha mostrado como voluntad suya en la consolación.

–O haciéndonos perder todo el fervor recibido inclinándonos a hablar y a manifestar a los demás, sin pudor espiritual, la gracia recibida.

–O bien poniéndonos respetos humanos de obrar en consonancia con las gracias recibidas durante la consolación (EE, 336).

viernes, 1 de septiembre de 2017

Imitando a las vírgenes prudentes, preparémonos para la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo en la gloria


“¡Llega el Esposo!” (Mt 25, 1-13). Jesús revela la existencia del Reino de los cielos y también, indirectamente, la existencia del Infierno. Es decir, nos revela que no solo hay vida después de esta vida, sino que hay dos destinos eternos a los que podemos ir, según nuestro libre albedrío: Cielo o Infierno. Además, nos revela que esta historia humana, caracterizada por el tiempo y el espacio, finalizará un día, el Día del Juicio Final, día en el que comenzará la eternidad y desaparecerá el tiempo tal como lo conocemos, porque será el Día en el que Él vendrá “a juzgar a vivos y muertos” y a “dar a cada uno su recompensa, según sus obras”. Para esta revelación, la Sabiduría de Dios encarnada, Jesús, utiliza la imagen de un esposo que llega desde lejos, en horas de la noche, y de modo improviso, para su ceremonia esponsal. En esa época, se acostumbraba que el esposo fuera recibido por vírgenes, que acompañaban al esposo en el ingreso hacia el lugar donde tendría lugar la boda.
Para poder apreciar con mayor fruto la enseñanza, debemos considerar que en la parábola, cada elemento tiene un claro y preciso significado sobrenatural. Así, el esposo que llega de improviso, de noche, es Jesucristo, Esposo de la Iglesia Esposa, la cual aparece de manera implícita en la parábola, aun cuando no se la nombre; las altas horas de la noche en la que llega el Esposo y su regreso de modo sorpresivo, significa el fin de la historia humana y la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo: la noche significa que, en momentos de la Parusía de Nuestro Señor, las tinieblas del infierno habrán llegado a dominar toda la humanidad, infiltrándose incluso en la Iglesia, en donde será como de noche, porque el Anticristo logrará difundir y dispersar por todo el Cuerpo Místico de Cristo una gran cantidad de errores, de herejías, de cismas, y este error es oscuridad, en comparación con la Verdad de Dios, que es luz, y esa es la razón por la que la llegada del esposo es a la noche, es decir, la Segunda Venida de Nuestro Señor, será en estas críticas condiciones de oscuridad espiritual; las vírgenes, tanto las necias como las prudentes, representan a la humanidad; las lámparas, representan las almas de cada persona; el aceite, la gracia santificante; la luz, con la cual pueden las vírgenes ver al esposo que llega en medio de la oscuridad de la noche, representa tanto la luz de la fe, como las obras de misericordia; las vírgenes prudentes, representan a los católicos que, con todas sus miserias a cuestas, se esforzaron sin embargo en vivir en estado de gracia, acudiendo a la Confesión sacramental y a la Eucaristía, además de obrar la misericordia: al momento de la Llegada del Esposo, en sus almas resplandece la luz de la Santa Fe Católica y pueden ver al Esposo que llega debido también a la luz que se desprende de sus obras de misericordia; las vírgenes necias, por el contrario, representan a los católicos que, despreocupados de si Jesús habrá de llegar o no al fin del mundo “para juzgar a vivos y muertos”, se dedican a la vida mundana, vida que es también de pecado y que está representada por el sueño de las vírgenes necias, sueño que les impide prepararse adecuadamente para el Día del Juicio Final. Puesto que los méritos son personales, no pueden comunicarse a los demás, y esa es la razón por la que las vírgenes prudentes no pueden comunicar de sus méritos –aceite- a las necias. El ingreso del esposo al lugar de la boda representa el inicio de la vida eterna, en el Reino de los cielos, de los bienaventurados, esto es, las vírgenes prudentes, al tiempo que la prohibición de entrada en el ambiente festivo e iluminado –el Reino de Dios- a las vírgenes necias, y la permanencia de estas en la oscuridad absoluta de la noche, representa el cierre de las puertas del cielo para quienes voluntariamente decidieron vivir y morir en pecado mortal, con el consiguiente inicio de sus penas y dolores corporales y espirituales, para siempre, en el Infierno.

“¡Llega el Esposo!”. “Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora”. La advertencia es para nosotros, católicos del siglo XXI. Imitando a las vírgenes prudentes, preparémonos para la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo en la gloria.

viernes, 25 de agosto de 2017

“Tú eres... el Hijo del Dios vivo”


(Domingo XXI - TO - Ciclo A – 2017)

“Tú eres... el Hijo del Dios vivo” (Mt 16, 13-20). Ante la pregunta de Jesús acerca de quién dice la gente que es Él, sólo Pedro responde de modo correcto: “Tú eres el Hijo de Dios vivo”. Sólo Pedro responde que Jesús es el Hijo de Dios encarnado, esto es, el Hombre-Dios. Pero no es una respuesta que Pedro la haya formulado siguiendo sus propios razonamientos; no es una respuesta dada por una deducción de su inteligencia: es una respuesta dada por el mismo Espíritu Santo, tal como Jesús se lo dice: “Y Jesús le dijo: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo”. Inmediatamente después de aclararle a Pedro que lo que él sabe acerca de Él lo sabe por el Espíritu Santo, es decir, que Jesús es Dios Hijo encarnado y no un simple hombre, Jesús lo nombra su Vicario en la tierra y la “Piedra” sobre la que Él fundará su Iglesia, prometiendo que la Iglesia que Él ha de fundar sobre esta Roca que es Pedro, el Papa, no sucumbirá ante los ataques del Infierno: “Y yo te digo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del Infierno no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo””. La afirmación de Jesús lleva implícitas numerosas verdades sobrenaturales, las cuales son imprescindibles de conocer, puesto que constituyen el fundamento de nuestra Fe católica. Estas verdades son: que la fe de Pedro en Él en cuanto Hombre-Dios, proviene del Espíritu Santo y por lo tanto, las verdades sobrenaturales absolutas acerca de Dios, como el ser Uno y Trino y que la Segunda Persona se encarnó por obra del Espíritu Santo y por Voluntad del Padre, son imposibles de conocer por simple razonamiento y sólo pueden ser conocidas por revelación divina, de lo cual se deduce que todo el contenido dogmático de la Iglesia Católica se origina en Dios Trino y no en la mente humana; otra verdad de fe que se desprende de las afirmaciones de Jesús es que Pedro, el Papa, es Vicario, en cuanto reconoce a Cristo como la Verdad de Dios encarnada, como el Logos del Padre hecho hombre, pero sin dejar de ser Dios como el Padre; otra verdad es que la Iglesia Católica es de institución divina y no humana –a diferencia, por ejemplo, de la Iglesia Protestante, que es de institución humana, pues la fundó Lutero-, porque es Cristo quien la funda sobre la Piedra que es Pedro, al tiempo que el Papado es fundado sobre Cristo; otra verdad sobrenatural es que la Iglesia Católica, que es Una, Santa, Católica y Apostólica, no será derrotada por las fuerzas del Infierno, lo cual anticipa y previene acerca de la dura batalla que se librará, en la tierra y en el tiempo, hasta el fin de los tiempos, entre la Iglesia del Hombre-Dios, Jesucristo, y las fuerzas del Infierno, y si bien esta batalla parecerá ganada por el Infierno –no hay que olvidar que es un sacerdote poseso, un sacerdote endemoniado, Judas Iscariote, nombrado sacerdote por Jesucristo, por quien Jesús fue traicionado, arrestado y sentenciado a muerte, por lo que, desde la fundación misma de la Iglesia, el Infierno busca destruirla, apareciendo el Infierno, ya desde el inicio, como venciendo aparentemente-, Jesús promete su asistencia divina, de manera tal que nunca prevalecerán los enemigos externos e internos, los cuales serán derrotados definitivamente en la Segunda Venida gloriosa de Nuestro Señor.

“Tú eres... el Hijo del Dios vivo”. Así como Jesús le pregunta a Pedro acerca de quién es Él, también Jesús nos pregunta, desde la Eucaristía, quién creemos nosotros que es Él, y nos lo pregunta cada vez que acudimos a recibir la Comunión: “Tú, que te acercas a comulgar, ¿sabes quién Soy Yo en la Eucaristía?”. Nos lo pregunta cada vez que adoramos la Eucaristía: “Tú, que me adoras en la Eucaristía, ¿sabes quién Soy Yo?”. Nos lo pregunta cuando no asistimos a la Santa Misa; nos lo pregunta cuando no asistimos a la Adoración Eucarística; nos lo pregunta cuando abandonamos la Confesión y la Eucaristía por pasatiempos mundanos; nos lo pregunta, cuando hacemos prevalecer los criterios de razonamientos humanos por encima de sus Mandamientos: “Tú, que abandonas mi Iglesia y desprecias mis Mandamientos, ¿sabes quién Soy Yo en la Eucaristía?”. Nos lo pregunta, porque muchos, por el modo de vestir, de hablar en la Iglesia; por el modo de comulgar, por el modo de tratar sin caridad y sin piedad a sus prójimos luego de comulgar, parecen no saber que Jesús en la Eucaristía es el Hijo de Dios encarnado, es el Hombre-Dios, hecho hombre sin dejar de ser Dios, para comunicarnos su Amor substancial, el Espíritu Santo, en cada comunión. Muchos, por el destrato que dan a la Eucaristía, parecerían que creen que la Eucaristía es sólo un trozo de pan consagrado y no el Verbo Eterno de Dios, encarnado en el seno virgen de María y que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Por el trato indigno que muchos dan a la Eucaristía, es que Jesús nos pregunta: “¿Quién crees que Soy Yo, en la Eucaristía?”. Y la única respuesta correcta es la del primer Papa, Simón Pedro, respuesta sobre la que se asienta la Fe de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, hasta el Día del Juicio Final: “Tú eres... el Hijo del Dios vivo”. Pero no basta con confesar que Jesús es el Hijo de Dios encarnado; debemos confesar y proclamar que Jesús es el Hijo de Dios encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía; debemos proclamar, con obras de misericordia más que con palabras: "Jesús es el Dios de la Eucaristía". Entonces, ante la pregunta de Jesús, que desde la Eucaristía nos dirige, a todos y cada uno de nosotros: “¿Y tú, hijo mío, quién dices que soy?”, nosotros, parafraseando a Pedro, el Primer Papa, e iluminados por el Espíritu Santo y en la Fe de la Única Iglesia del Cordero, decimos: “Jesús, Tú eres en la Eucaristía el Hijo de Dios vivo, Tú eres el Dios de la Eucaristía”. 

“Amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo”


“Amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,34-40). Un doctor de la ley le pregunta a Jesús cuál es el mandamiento más importante, y Jesús le responde: “Amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo”. Ahora bien, se podría preguntar uno cuál es la diferencia con el Antiguo Testamento, puesto que los judíos conocían el mismo Mandamiento. Si no hay diferencias, entonces no hay diferencias con el Nuevo Testamento, al menos en algo tan importante como los Mandamientos y, dentro de estos, el más importante de todos, el Primero.
Podemos decir que sí hay diferencias y aunque la formulación sea la misma, la diferencia es tan radical, que con toda razón podemos decir que nos encontramos frente a un mandamiento “verdaderamente nuevo”. ¿Cuál es la diferencia? Que en el Antiguo Testamento se mandaba, sí, amar a Dios y al prójimo como a uno mismo, pero se entendía como “prójimo”, sólo aquel que compartía la religión hebrea, y el amor con el que se mandaba amar –a Dios, al prójimo y a uno mismo-, era el solo amor humano, con todas sus limitaciones e imperfecciones.
A partir de Jesús, el Mandamiento, en su formulación, sigue siendo el mismo, pero en su esencia, cambia radicalmente, puesto que el amor –esencia del Primer Mandamiento- con el que se manda amar a Dios, al prójimo y a uno mismo, ya no es el simple amor humano, contaminado por el pecado original, sino un nuevo amor, formado a su vez por dos amores: es el amor humano purificado del pecado por la gracia y por lo tanto divinizado, y es el mismo Amor Divino que, por la gracia, se une a este amor humano purificado y divinizado, hecho partícipe del Amor Divino y a tal punto, que se puede decir que este amor nuevo humano, hecho posible por la gracia santificante, se hace uno solo con el mismo Amor de Dios. Es con este Amor de Dios, que es la Persona Tercera de la Trinidad, el Espíritu Santo, con el que los cónyuges católicos se hicieron santos; con el que los mártires católicos dieron sus vidas por Cristo y por sus verdugos; con el que los santos de todos los tiempos vivieron las virtudes sobrenaturales en grado heroico. Es este Amor con el cual los santos, pese a que su naturaleza humana caída les decía, con su conciencia, que decidieran por sí mismos, vencieron a la naturaleza humana caída, se vencieron a sí mismos y se convirtieron en santos.
“Amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo”. Si los católicos –especialmente los cónyuges- vivieran en el Amor de Dios que se deriva da la participación, por la gracia, de la Vida misma de Dios, que “es Amor”, no existirían las infidelidades, las separaciones, los divorcios, las nuevas uniones. Sostener lo contrario, que no se puede amar con el Amor de Dios al que da acceso la gracia, es herejía.



sábado, 19 de agosto de 2017

“Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz”


(Domingo XX - TO - Ciclo A – 2017)

“Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz” (Mt 15, 21-28). Una mujer cananea, cuya hija está endemoniada, se acerca a Jesús, implorándole que la libere de la posesión maligna: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". La actitud de Jesús hacia la mujer cananea es, ante todo, llamativa, porque si hay algo que caracteriza su misión, es el realizar milagros de todo tipo, además de exorcismos, como forma de probar que lo que Él dice de sí mismo, que es Dios Hijo, es verdad. Sin embargo, ante la mujer cananea, Jesús no parece ni siquiera conmoverse ante su pedido, porque en un primer momento, “no responde nada”, como si no hubiera escuchado la súplica de la mujer: “Pero él no le respondió nada”. Sólo cuando sus discípulos interceden –y aparentemente, no por caridad, sino porque los molesta con sus gritos, es que Jesús se dirige a la mujer: Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos".
         Pero tampoco aquí parece Jesús querer satisfacer el pedido de la mujer y el argumento es que ella es pagana, es decir, no pertenece al Pueblo Elegido, los hebreos: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel". Esta primera negativa de Jesús no solo no amedrenta a la mujer, sino que le da aún más fuerzas, para dirigirse a Jesús como lo que es, Dios Hijo encarnado, puesto que renueva su pedido pero esta vez, postrándose ante Él, en señal de adoración: “Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: “¡Señor, socórreme!””.
         Tampoco esta actitud parece conmover a Jesús, porque le responde de una manera tal, que la trata, indirectamente, como a un “cachorro”, es decir, como a un perro. Las palabras de Jesús, bien entendidas, son sumamente duras en confrontación con la mujer: “Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros”. Jesús le está diciendo, directamente, que los destinatarios principales de sus milagros son los hebreos, que son los hijos, mientras que los paganos, como ella, son como cachorros de perros, que se alimentan solo de migajas, y después que los hijos han comido bien. Tampoco esta humillación del Hombre-Dios a la mujer cananea la amedrenta; al contrario, la vuelve todavía más humilde. La mujer, lejos de ofenderse por haber sido tratada como un “cachorro de animal”, utiliza la misma figura que utiliza Jesús, para demostrar su fe y su amor a Jesús, puesto que su respuesta se explica solo por la fe y el amor que profesa a Jesús: “Ella respondió: "¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!". Es decir, la mujer cananea no solo no se ofende al haber sido tratada -si bien implícitamente y no directamente- con un cachorro de animal, con un perro, sino que acepta este trato que Jesús le da, para continuar luego con su pedido. Es como si dijera: “Está bien, Señor, reconozco que no soy digna de recibir tus milagros, porque soy pagana y no pertenezco al Pueblo Elegido; reconozco que soy como esos cachorritos de perros, que comen sólo las migajas que les dan sus amos, pero te lo suplico, Tú eres Dios, Tú tienes el poder de liberar a mi hija, te suplico, concédeme esta migaja, este milagro, que es nada en comparación a tu poder, y libera a mi hija de la posesión demoníaca”. Es aquí cuando Jesús, que había hecho todo esto sólo para probarla en su fe, pues estaba desde un inicio dispuesto a concederle lo que le pedía, le concede, por haber superado la prueba, lo que le pedía, que era un exorcismo a su hija, y la libera de la posesión demoníaca: “Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!". Y en ese momento su hija quedó curada”.
         El episodio evangélico nos deja muchísimas enseñanzas y aparte de Jesús, la que nos enseña es la mujer cananea, y veamos por qué. La mujer cananea demuestra poseer sabiduría y discernimiento de espíritus, porque se da cuenta que su hija no está enferma, ni imagina cosas, sino que es un demonio, un ángel caído, quien la atormenta. Muchos racionalistas, negadores de la vida sobrenatural, minimizan o anulan el obrar demoníaco, haciendo pasar por enfermedades psiquiátricas lo que es una verdadera posesión demoníaca. Son signos de posesión demoníaca el hablar con voz gutural, el conocer cosas ocultas, sobre todo pasadas; el hablar idiomas desconocidos; el poseer fuerza sobrehumana; el odiar todo lo que sea sagrado y pertenezca a Dios, como su Nombre, por ejemplo; el odiar, tanto a Dios como al prójimo –de ahí que el odio sea pecado mortal-; el poseer habilidades sobrehumanas, como caminar por las paredes, hacer bajar la temperatura ambiental, etc. La mujer cananea se da cuenta, porque es capaz de hacer un excelente discernimiento de espíritus, que su hija está poseída por un demonio, descartando de raíz que se trate de alguna enfermedad o de sugestión imaginativa.
         Otro ejemplo que nos da la mujer cananea es su fe en Jesucristo, pero la verdadera fe, que es la fe de la Iglesia Católica: cree en Jesús como Dios, como Hombre-Dios, porque lo trata como a Dios, diciéndole Señor, hijo de David, e implorando piedad. Cree en Jesús como Dios Hombre, porque se postra en adoración ante Él, y porque cree que tiene efectivamente el poder divino, que como Dios le corresponde, para exorcizar a su hija endemoniada, y esto con solo quererlo y estando aún a la distancia.
         Confía en la misericordia divina, porque pide auxilio a Jesús en cuanto Dios: “¡Señor, socórreme!”. Este es un primer ejemplo, de verdadera fe en Jesucristo. Dice San Beda el Venerable: “El evangelio nos muestra aquí la fe grande, la paciencia y la humildad de la cananea... Esta mujer tenía una paciencia realmente poco común”[1].
         La mujer cananea nos da ejemplo de humildad, porque no solo no se ofende cuando es tratada como “cachorro de perro” por el hecho de ser ella pagana y no hebrea, sino que acepta humildemente esta acepción de Jesús, y la utiliza para contra-argumentar a su favor, implorando todavía con más fuerzas su pedido de auxilio a Jesús. No le importa que la llamen “cachorro de perra”, y que solo sea digna de recibir migajas: confía tanto en Dios y lo ama tanto, que para ella, esas migajas, esos pequeños milagros, como la expulsión de un demonio, serán para ella el más delicioso de los manjares.
La mujer cananea nos da ejemplo de esperanza, porque cree más allá de toda dificultad, incluso dificultades que son puestas por el mismo Jesús. Estas dificultades, como hemos podido ver, no solo no le hacen disminuir la fe, sino que la fortalecen cada vez más, y por eso es modelo de esperanza en el Amor de Dios.
         La mujer cananea nos da ejemplo de caridad, es decir, de amor sobrenatural, tanto a Dios como al prójimo: demuestra que ama a Dios no con amor humano, sino con amor sobrenatural, porque no se siente ofendida por el trato que le da Dios en Persona; por el contrario, lo ama aún más, y es ejemplo de amor sobrenatural hacia su hija, porque no duda en humillarse ante Dios, para salvarla del poder del demonio.
         La mujer cananea es ejemplo, entonces, de humildad, de fe, de esperanza, de caridad. Cuando como malos cristianos actuemos con soberbia, acordémonos de la humillación de la mujer cananea; cuando como malos cristianos no creamos en la existencia y actuación del demonio y no tengamos en cuenta que el odio, la falta de perdón, la soberbia, son pecados que nos hacen participar del odio y de la soberbia demoníaca, acordémonos de la sabiduría celestial de la mujer cananea, que le permite hacer un excelente discernimiento de espíritus, detectando la presencia del Enemigo de las almas, la Serpiente Antigua, Satanás; cuando como malos cristianos desfallezcamos en la esperanza, a causa de las pruebas y tribulaciones que con la permisión divina se nos pueden presentar, acordémonos de la mujer cananea; cuando como malos cristianos actuemos con un corazón frío, vacío de amor hacia Dios y el prójimo, acordémonos de la caridad de la mujer cananea; cuando como malos cristianos dudemos de la Presencia viva, real, substancial y verdadera de Jesús en la Eucaristía, acordémonos de la mujer cananea, y postrándonos ante Jesús Eucaristía, pidamos perdón por nuestra soberbia, por nuestra falta de esperanza, por nuestra falta de caridad, por nuestra falta de fe, y roguemos a la mujer cananea, que con toda seguridad está en el cielo, para que interceda ante Jesús y nos conceda la gracia de imitarla en alguna de sus numerosas virtudes, pero sobre todo, en su fe y amor hacia Jesús, el Hombre-Dios.





[1] Cfr. San Beda el Venerable (c. 673-735), Homilía sobre los evangelios, I, 22; PL 94, 102-105.