viernes, 26 de mayo de 2017

Solemnidad de la Ascensión del Señor


(Ciclo A – 2017)

         “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,16-20). ¿Qué celebramos en la Solemnidad de la Ascensión del Señor? Nos lo explica San León Magno en pocas palabras: “Así como en la solemnidad de Pascua la Resurrección del Señor fue para nosotros causa de alegría, así también ahora su Ascensión al cielo nos es un nuevo motivo de gozo, al recordar y celebrar litúrgicamente el día en que la pequeñez de nuestra naturaleza fue elevada, en Cristo, por encima de todos los ejércitos celestiales, de todas las categorías de ángeles, de toda la sublimidad de las potestades, hasta compartir el trono de Dios Padre”[1]. Es decir, celebramos el hecho de que, en Cristo, nuestra naturaleza humana, infinitamente inferior a la divina y muy inferior a la angélica, ha alcanzado una dignidad incomparablemente mayor a la de los ángeles porque Jesús, Dios Hijo, ha ascendido con su Cuerpo humano glorificado para sentarse a la diestra del trono de Dios. Y Jesús sube para “prepararnos una morada en la Casa del Padre” (cfr. Jn 14, 2), para que “donde Él esté, también estemos nosotros” (cfr. Jn 14, 3). La celebración de la Ascensión gloriosa de Jesús es por lo tanto, no solo el recuerdo litúrgico y la actualización, por el misterio de la liturgia, del último tramo del misterio pascual de Jesús, sino que es también un recordatorio permanente de cuál es nuestro destino final, ya que al haber recibido la adopción filial por el bautismo sacramental, nuestro destino eterno no es ya la muerte eterna, sino la ascensión gloriosa a los cielos.
Ahora bien, esa ascensión gloriosa a la que, por el bautismo, estamos destinados, no la hemos de conseguir de modo automático, sino que debemos esforzarnos por cumplirla, ya que esa es la voluntad de Dios Padre. ¿De qué manera podemos cumplir con esta misión, encomendada por el Padre al bautizarnos? La respuesta es: uniéndonos ya, desde esta vida terrena, por la fe, la gracia y el amor, al Cuerpo de Jesús, para que unidos a su Cuerpo por el Espíritu Santo, lleguemos al seno del eterno Padre. ¿De qué manera conseguimos esta unión con el Cuerpo de Jesús, si el Cuerpo de Jesús está resucitado y glorioso en los cielos? La respuesta se encuentra en la promesa que hace Jesús antes de ascender a los cielos: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. En esta afirmación está la clave para nuestra propia ascensión gloriosa a los cielos. En efecto, aunque parece una contradicción, porque en el mismo momento en que asciende con su Cuerpo al cielo y desaparece de la vista de sus discípulos, en ese mismo momento, promete que, sin embargo, estará “con nosotros hasta el fin del mundo”. Parece una contradicción, pero solamente lo aparenta, porque no es ninguna contradicción, porque en realidad a su promesa de quedarse con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo”, ya la había empezado a cumplir el Jueves Santo, en la Última Cena, cuando instituyó la Eucaristía, porque en la Eucaristía es en donde Jesús está Presente, real, verdadera y substancialmente, con su Cuerpo glorioso y resucitado, tal como está en el cielo. Entonces, la promesa de “quedarse con nosotros hasta el fin del mundo” no se contradice con el hecho de que Él asciende al cielo, porque el mismo Jesús resucitado y glorioso que asciende a los cielos, es el mismo Jesús resucitado y glorioso que está en la Eucaristía. La Eucaristía es el cumplimiento cabal y perfectísimo de su promesa de quedarse en medio de nosotros hasta el último día y es por lo tanto el consuelo más grande que los católicos podemos tener en esta vida llena de tribulaciones, angustias y dificultades, porque nuestro Dios, el mismo Dios que ascendió glorioso al cielo, es el mismo Dios que está oculto, bajo apariencia de pan, en la Eucaristía. Cuando nos unimos por la comunión eucarística al Cuerpo sacramentado de Jesús, Él nos une a su Cuerpo con su Espíritu, nos hace un solo cuerpo y un solo espíritu con Él y nos conduce al seno del Padre, haciéndonos participar de un modo misterioso de su propia Ascensión y anticipando, ya desde esta vida, la ascensión gloriosa a la que estamos destinados por el bautismo sacramental.
         “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. La condición necesaria para su permanencia entre nosotros hasta el último día es que la Iglesia celebre la Santa Misa, cumpliendo el mandato de Jesús en la Última Cena: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19). Mientras la Iglesia celebre el Santo Sacrificio del Altar, Jesús seguirá en medio de los hombres, en la Eucaristía, en el sagrario, dándonos la oportunidad de unirnos a su Cuerpo sacramentado, participando de su Ascensión y anticipando la nuestra propia. Sólo si la Iglesia, sea por la obra de enemigos externos o internos, se viera imposibilitada de celebrar la Misa, entonces esta promesa de Jesús no se podría cumplir. Mientras tanto, la promesa de Jesús realizada antes de su Ascensión gloriosa a los cielos, se cumple, porque Él está en medio de nosotros, y lo estará hasta el fin del mundo, mientras haya un sacerdote que celebre la Misa, por la Eucaristía.
         Con su Ascensión, pero al mismo tiempo, con su permanencia entre nosotros en la Eucaristía, nos sucede lo que a los Apóstoles, como dice San León Magno: “Los apóstoles (...) al no ver el cuerpo del Señor podían comprender con mayor claridad que aquél no había dejado al Padre, al bajar a la tierra, ni había abandonado a sus discípulos, al subir al cielo”[2]. Nosotros tampoco vemos el Cuerpo glorioso del Señor, resucitado y ascendido a los cielos, pero sabemos, por la luz de la fe y del Espíritu Santo, que el mismo Cristo que ascendió a los cielos, no nos abandonó al subir al Padre, sino que se quedó con nosotros en la Eucaristía, no solo para acompañarnos en las tribulaciones, sino para conducirnos, al final de la vida terrena, en su Cuerpo glorioso, por el Espíritu Santo, al seno eterno de Dios Padre.
        




[1] San León Magno, Sermón 2 Sobre la ascensión, 1-4: PL 54, 397-399.
[2] Cfr. ibidem.

martes, 23 de mayo de 2017

“Les conviene que yo me vaya, para que les envíe el Paráclito”


“Les conviene que yo me vaya, para que les envíe el Paráclito” (cfr. Jn 16, 5-11). Jesús les anuncia a los discípulos su partida “a la Casa del Padre”, lo cual provoca en ellos una profunda tristeza y angustia. Sin embargo, la muerte de Jesús en la cruz es la condición necesaria para el envío y el advenimiento del Espíritu Santo[1], pues por la cruz será consumado su sacrificio pascual de muerte y resurrección. Cuando el Espíritu Santo venga, obrará en los discípulos y en el mundo: en los discípulos, les testimoniará la divinidad de Jesucristo, les concederá abundante efusión de gracias, y les concederá un amor espiritual y sobrenatural: al donarse Él mismo, en Persona, les concederá un amor nuevo con el cual amar a Jesús, el Amor con el cual el Padre ama al Hijo desde la eternidad, la Persona Tercera de la Trinidad, Él mismo, el Espíritu Santo.
En cuanto al mundo, el Espíritu Santo le argüirá de agravio en tres puntos: de pecado, de justicia y de juicio[2]. De pecado, porque les hará ver a los judíos que Jesús era el Mesías-Dios y que ellos cometieron el pecado de incredulidad al rechazar los milagros que atestiguaban sus palabras[3]. De justicia, porque el Espíritu Santo atestiguará que Jesús no era un delincuente, como falsa e inicuamente fue juzgado y condenado, sino que era el Cordero Inmaculado, que luego de sufrir la muerte en cruz, expiando nuestros pecados, subió a los cielos y está a la diestra de Dios[4]. Por último, el Espíritu Santo acusará al mundo y lo juzgará por haber hecho un juicio erróneo, por haberse unido al Príncipe de las tinieblas en su lucha contra el Hombre-Dios y por haberlo crucificado injustamente; el Espíritu Santo hará ver claramente que el verdadero juicio es el que condena al Príncipe de este mundo, Satanás, el “Homicida desde el principio” (Jn 8, 44), el “Príncipe de las tinieblas” (cfr. Jn 12, 31), que ha sucumbido frente a Cristo y su cruz, ha sido vencido de una vez y para siempre, y ha sido arrojado fuera del mundo, y una muestra de este triunfo de Cristo en la cruz, es la destrucción de la idolatría de los paganos y la expulsión de los demonios de los poseídos (cfr. Hch 8, 7; 16; 18; 19; 12)[5].
“Les conviene que yo me vaya, para que les envíe el Paráclito”. Así como para los discípulos y la Iglesia naciente era necesario que Cristo subiera a la cruz, para enviar al Espíritu Santo, que habría de donarse a sus corazones para que Jesús fuera amado con el Amor mismo de Dios, así también, para todo cristiano, es necesaria la participación en la Pasión del Señor y la postración ante Jesús crucificado y el Jesús Eucarístico para recibir su Sangre y, con su Sangre, el Espíritu Santo.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1956, 755-756.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

sábado, 20 de mayo de 2017

“El que recibe mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama”


(Domingo VI - TP - Ciclo A – 2017)

         “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama” (Jn 14, 15-21). Si queremos saber si en verdad amamos a Jesús, Él mismo nos da la “regla”, por así decir, para medir nuestro grado de amor hacia Él: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama”; y también, formulado de otra manera: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos”. En otras palabras, si creemos que amamos a Jesús, lo único que debemos hacer es meditar acerca de cuánto cumplimos o no con sus mandamientos. Ahora bien, ¿de qué mandamientos se trata? Es obvio que, siendo Dios, los mandamientos de Jesús son los mandamientos de Dios, los Diez Mandamientos, el Decálogo. Sin embargo, además de estos, están los mandamientos específicos de Jesús, en cuando Hombre-Dios encarnado, mandamientos que Él los va revelando durante el Evangelio, incluida la Última Cena. ¿Cuáles son esos mandamientos? “Perdona setenta veces siete” (Mt 18, 22); “Haz fructificar tus talentos” (cfr. Mt 25, 24-30); “Niégate a ti mismo y sígueme por el camino del Calvario” (cfr. Mc 8, 34); “Carga tu cruz y ven detrás de Mí” (cfr. Mt 16, 24); “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado, hasta la muerte de cruz” (cfr. Jn 13, 34); “Trata a los demás como te gusta que te traten a ti” (cfr. Mt 7, 12); “Saca primero la viga que tienes en el ojo, antes de quitar la paja del ojo ajeno” (Mt 7, 1-6); “Coman mi Carne y beban mi Sangre para tener vida eterna en ustedes” (Jn 6, 54); “Ama a tus enemigos” (Mt 5, 44); “Sean perfectos, como mi Padre es perfecto” (Mt 5, 48); “Sean misericordiosos, así como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 36).
         “Perdona setenta veces siete”, nos dice Jesús, lo cual quiere decir siempre, y sin importar el grado ni la magnitud de la ofensa con la que el prójimo nos ha ofendido y “siempre” quiere decir “siempre”, es decir, si mi prójimo me ofendiera todos los días, todo el día, yo estoy obligado, por el mandamiento de la caridad, a perdonarlo, en nombre de Cristo. Y este perdón excluye el rencor, la frialdad, la indiferencia hacia mi prójimo, de lo contrario, no es verdadero perdón cristiano. Ahora, si mi prójimo me ofende, y resulta que su ofensa no es tan grande e, incluso, me pide perdón, pero yo me niego a perdonarlo, le quito el saludo, lo trato con rencor e indiferencia: ¿cumplo el mandato de Cristo? ¡De ninguna manera! Sólo demuestro que conozco los mandatos de Jesús, pero no los cumplo, con lo cual me hago reo de doble culpa y castigo delante de Dios.
         “Haz fructificar tus talentos”: todos tenemos talentos, y nadie puede decir que no los tiene. ¿Los pongo al servicio de la Iglesia y de la salvación de las almas? Si no lo hago, hasta lo que creo tener me será quitado en el último día.
         “Niégate a ti mismo y sígueme por el camino del Calvario”: negarnos a nosotros mismos significa negarnos en todo lo malo a lo que estamos inclinados: a la venganza, a la calumnia, a la mentira, a la trampa, a los malos pensamientos, a las malas acciones; seguir a Jesús por el camino del Calvario, quiere decir combatir contra mí mismo, contra mis malas inclinaciones, y no contra el vecino.
         “Carga tu cruz y ven detrás de Mí”: Jesús va al Calvario, cargando con la cruz, que se hace pesada por nuestros pecados. Jesús me aliviana la cruz, y me pide que lo siga con esta cruz ya alivianada. Pero yo me quejo ante la menor dificultad, ante la más pequeña enfermedad, o ante una enfermedad grave, y así demuestro que ni cargo la cruz, ni voy detrás de Jesús.
         “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado, hasta la muerte de cruz”: esto es válido para todos: para los esposos entre sí, para los hermanos entre sí, para los padres e hijos, para cualquier prójimo. ¿Soy capaz de amar a mi prójimo hasta la muerte de cruz, lo cual significa ser paciente hasta la heroicidad, ser caritativo hasta la heroicidad, buscando transmitir el Amor de Cristo a mis hermanos? ¿O, por el contrario, en vez de amar a mis hermanos, los trato de manera áspera, rencorosa, vengativa, fría, porque en vez del Amor de Cristo, les transmito mis propios sentimientos malignos?
         “Trata a los demás como te gusta que te traten a ti”: me gusta que me traten con respeto, con afecto, con consideración; ¿trato así a los demás? Me gusta que, si me equivoco, tengan misericordia de mí y me traten benévolamente, pasando por alto mis defectos. ¿Trato así a los demás? No me gusta que me hagan bromas pesadas, pero las hago a los demás; no me gusta que me traten de forma fría e indiferente, pero trato así a los demás. ¿Ésa es la forma de cumplir el mandato de Cristo?
“Saca primero la viga que tienes en el ojo, antes de quitar la paja del ojo ajeno”: ¿busco corregir mis graves defectos, o por el contrario, les saco continuamente en cara a mis prójimos sus defectos, sin fijarme en los míos y sin tratar de corregirme?
         “Coman mi Carne y beban mi Sangre para tener vida eterna en ustedes”. ¿Busco alimentarme de la Eucaristía, esto es, el Cuerpo y la Sangre de Jesús, todas las veces que pueda, para comenzar a vivir ya, en anticipo, en esta vida, la vida eterna? ¿O, por el contrario, busco cualquier excusa –estudios, trabajos, ocupaciones, diversiones-, para dejar de lado el más grande don de Dios Padre, su Hijo Jesús en la Eucaristía?
         “Ama a tus enemigos”: estoy enfrentado con un prójimo, con el cual me separa una diferencia muy grande y grave; ¿cumplo el mandato de Jesús de amarlo, puesto que es mi enemigo? ¿O más bien, llevado por mi naturaleza herida por el pecado, sólo deseo y planifico mi venganza, y en vez de amor, lo que cultivo en mi corazón es destrucción hacia mi enemigo?
         “Sean perfectos, como mi Padre es perfecto”: no se trata de una perfección humana, aunque sí todo trabajo y estudio debe ser hecho a la perfección, para dedicarlo a Dios: se trata de la perfección que da la gracia. ¿Me preocupo por vivir en gracia? Y si estoy en gracia, ¿me preocupo por conservarla y acrecentarla?
“Sean misericordiosos, así como vuestro Padre es misericordioso”: la Iglesia prescribe catorce obras de misericordia, corporales y espirituales, que abarcan todos los campos de la actividad humana, de manera tal que nadie puede excusarse y decir: “No puedo obrar la misericordia” ¿Soy misericordioso?
         “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama”. Jesús nos da, entonces, de un modo muy sencillo pero a la vez profundo, y tan profundo, que va hasta la raíz y la médula de nuestro ser y de nuestra espiritualidad cristiana, la fórmula para saber si lo amamos a Él de corazón, o más bien el nuestro es, hacia Él, un amor meramente declarativo y vacío, puesto que no prevalecen sus Mandatos, sino mi propia voluntad. Al respecto, dice San Agustín: “Lo alabamos ahora, cuando nos reunimos en la iglesia; y, cuando volvemos a casa, parece que cesamos de alabarlo. Pero, si no cesamos en nuestra buena conducta alabaremos continuamente a Dios. Dejas de alabar a Dios cuando te apartas de la justicia y de lo que a él le place. Si nunca te desvías del buen camino, aunque calle tu lengua, habla tu conducta; y los oídos de Dios atienden a tu corazón. Pues, del mismo modo que nuestros oídos escuchan nuestra voz, así los oídos de Dios escuchan nuestros pensamientos”[1].
         “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama”. La recompensa para quien ama a Jesús y lo demuestra cumpliendo sus mandamientos, es un don cuyo valor es imposible siquiera de imaginar y de comprender, ni en esta vida, ni por toda la eternidad en el Reino de los cielos: la inhabitación del Espíritu Santo en el alma: “Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes”. El premio para quien se esfuerza por cumplir los mandatos de Jesús, es un continuo y permanente Pentecostés en el alma.




[1] Comentarios de San Agustín sobre los salmos; Salmo 148, 1-2: CCL 40, 2165-2166.

viernes, 12 de mayo de 2017

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”


(Domingo V - TP - Ciclo A – 2017)

         “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14, 1-12). Jesucristo es el Camino que conduce al cielo; es la Verdad que revela la naturaleza íntima de Dios como Uno en naturaleza y Trino en Personas; es la Vida Increada y Creador de toda vida participada y creatural, de cuyo sostén en el ser a cada segundo necesitan los seres creados para vivir. En esta frase de Jesucristo se revela no solo la Trinidad –Él es Dios Hijo, que conduce al Padre, en el Amor de Dios, el Espíritu Santo-, sino que también se revela el sentido primero, último y único de nuestra existencia en esta vida terrena, esto es, el ser conducidos a su Reino celestial, luego de terminar los días de nuestra existencia en la tierra, ya que eso es lo que significa: “ir al Padre”.
Esto es lo que nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica[1]: “¡Oh Trinidad, luz bienaventurada y unidad esencia!”. Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada” –y la quiere comunicar a nosotros, sus creaturas, luego de concedernos la gracia de la filiación-. Continúa el Catecismo: “Tal es el “designio benevolente” (Ef 1, 9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado, “predestinándonos a la adopción filial en él” (Ef 1, 4-5), es decir, “a reproducir la imagen de su Hijo” (Rm 8, 29) gracias al “Espíritu de adopción filial” (Rm 8,15). El Catecismo nos dice que el “designio de Dios” para todos y cada uno de nosotros, y que determina el sentido de nuestra existencia terrena y la creación de nuestro ser, es el “predestinarnos a ser hijos suyos, recibiendo el Espíritu Santo para así reproducir la imagen de su Hijo”. En otras palabras, el Catecismo nos dice que Dios nos ha creado para donarnos el Espíritu Santo, que nos convierte en hijos adoptivos suyos y en imágenes vivientes de Dios Hijo, con lo cual, el sentido de haber sido creados no es otro que el alcanzar la vida eterna -esto es, “ir al Padre”-, en Cristo Jesús. Y que el sentido y fin último de nuestra vida en la tierra sea “ir al Padre” por Jesucristo, en el Espíritu Santo, es algo que también nos lo enseña explícitamente el Catecismo: “El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas divinas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad (Jn 17, 21-23)”[2]. Nuestro fin último es la “unidad perfecta” con la Trinidad de Personas en Dios, lo cual sólo lo conseguimos si, recibiendo el Espíritu Santo y siendo adoptados como hijos de Dios, somos conducidos al Padre por Cristo, Camino, Verdad y Vida.
Ahora bien, nos enseña también el Catecismo que, si bien nuestro destino es unirnos a la Trinidad en el Reino de los cielos, ya desde esta vida podemos, en cierta medida y por la gracia santificante, gozar de modo de anticipado de la Trinidad, por la inhabitación trinitaria en el alma que está en gracia: “Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: “Si alguno me ama -dice el Señor- guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23)”[3]. Estamos destinados a la unidad con la Trinidad en el Reino de los cielos, pero esa unidad se consigue por la doctrina de la inhabitación trinitaria en el alma del justo, del que vive en gracia, como anticipo, esta Presencia de las Tres Divinas Personas en el alma en gracia, de la contemplación beatífica en el Reino de los cielos. Reflejando esta inhabitación trinitaria en el alma en esta vida, como anticipo de la contemplación en la bienaventuranza de Dios Uno y Trino, dice así la Beata Isabel de la Trinidad: “¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mi misma para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz , ni hacerme salir de ti, mi Inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu misterio! Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora”. El alma, ya desde esta vida, está destinada a ser “morada amada” y “lugar de reposo” de las Tres Divinas Personas, lo cual logra el alma sólo por Jesucristo, ya que esto es lo que Él quiere significar cuando dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”.
Ahora bien, Jesucristo es el Camino que nos conduce al Padre, en el Amor del Espíritu Santo, como nos enseña el Catecismo, en esta vida y en la otra, pero, ¿de cuál Jesucristo se trata? Porque a lo largo de la historia, han surgido miles de cristos, que han fundado iglesias y sectas y, valiéndose del Evangelio, han dicho lo mismo que Jesucristo, aplicándose a sí mismos sus palabras, de manera directa o indirecta. Incluso algunos, como recientemente una secta centroamericana llamada “Creciendo en gracia”, que afirmaba ser “el cristo”, y como este, cientos y miles de igual modo. Entonces, ¿cuál de todos estos cristos es el verdadero? La respuesta es que el Único Cristo verdadero es el de la Iglesia Católica, Aquel que está Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía. El Único y Verdadero Cristo es el que sufrió la Pasión, Murió en la Cruz, Resucitó y subió a los cielos, y además de estar sentado a la diestra del Padre, está también, con su mismo Cuerpo glorioso y resucitado, lleno de la vida y de la luz divina, en el sagrario, en la Eucaristía. El Único Cristo verdadero es el que alimenta nuestras almas con la substancia de su divinidad, al donarse a sí mismo como Pan Vivo bajado del cielo, como Pan de Vida eterna, como Maná verdadero venido del cielo. El Único Cristo verdadero es el que prometió que su Iglesia no habría de perecer frente a las puertas del Infierno, ya que Él mismo la asiste enviando el Espíritu Santo, que con su luz divina disipa las tinieblas de los errores, las herejías, los cismas. El Único Cristo verdadero es Aquel al que la Iglesia Católica lo llama, en su Credo, “Luz de Luz y Dios verdadero de Dios verdadero”. El Único Cristo verdadero es el que se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de María Virgen y, luego de nueve meses en el seno de María, recibiendo nutrientes y siendo revestido con un Cuerpo humano, fue dado a luz por María en Belén, Casa de Pan, para que los hombres fueran alimentados con el Pan Vivo bajado del cielo, el Cuerpo Sacramentado del Cordero de Dios.
         “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. El Único Cristo verdadero es el que confiesa la Iglesia Católica, como único Camino al Padre, porque siendo Dios Hijo, consubstancial al Padre, de igual honor, majestad y poder, proviene eternamente del Padre y conduce al Padre a los hijos adoptivos de Dios, los hombres nacidos a la vida de la gracia por medio del Bautismo sacramental. Éste es el Único Cristo verdadero, Camino, Verdad y Vida, el de la Iglesia Católica, Presente en Persona en la Eucaristía, y es el Único que nos conduce al Padre, en el Amor del Espíritu Santo. Cualquier otro que no sea este Cristo, no pertenece a Dios y es un anti-cristo.





[1] Cfr. § 257-258, 260.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

jueves, 11 de mayo de 2017

“El que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió”


“El que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió” (Jn 13, 16-20). Jesús es Dios Hijo encarnado, enviado por el Padre, en el Espíritu Santo, para rescatar a los hombres que vivían bajo el yugo del pecado, por medio de su sacrificio en cruz. Al ser enviado del Padre, quien recibe a los discípulos de Cristo lo recibe a Él y, en Él, lo recibe al Padre y también al Amor con el que el Padre lo envía, el Espíritu Santo. Ése es el sentido de las palabras de Jesús: “El que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió”. El enviado por Jesús puede ser cualquier prójimo con el cual nos cruzamos, día a día, en nuestras vidas, por lo cual debemos estar siempre atentos al trato que damos a ese prójimo pues, en el fondo, es el trato que estamos dando al mismo Dios.

Ahora bien, si recibir a un prójimo –un discípulo de Cristo- es recibir a Cristo y con Él al Padre y al Espíritu Santo, también sucede al revés: el que rechaza al que Él envía, rechaza al que lo envió, es decir, al Padre, y también al Amor del Padre, el Espíritu Santo. Y para estos, caben las siguientes palabras de Jesús: “En donde os rechacen, sacudid hasta el polvo de vuestros pies” (cfr. Mt 10, 14).

miércoles, 10 de mayo de 2017

“Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas”


“Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas” (Jn 12, 44-50). Jesús es muy claro en sus palabras: Él es la luz y quien no cree en Él, permanece en tinieblas. Ahora bien, a lo largo de la historia, miles de sectarios han tomado estas palabras y, ya sea directa o indirectamente, se las han aplicado a sí mismos, presentándose como otros tantos cristos o bien como “mensajeros” directos de Cristo y esto, incluida la misma Iglesia Católica, de cuyo seno surgieron Lutero y los reformistas, dando origen al más grave cisma de la Iglesia Católica.
La pregunta, entonces, es, ¿cuál es el Cristo, el que es “luz” y sin el cual, el alma queda en tinieblas? La respuesta es que el único Cristo que es “luz eterna”, porque proviene del Padre, que es luz eterna e Increada, y que con su luz ilumina a los ángeles y santos en el cielo, porque es el Cordero que es la Lámpara de la Jerusalén celestial, y en la tierra ilumina con la luz de la Gracia, la Verdad y la Fe, es el Cristo de la Iglesia Católica. La razón es que las palabras de Cristo en cuanto a que Él es la luz y quien no está iluminado por Él está en tinieblas, no son metáfora, sino realidad y pueden ser realidad sólo si Cristo ES verdaderamente, en su Ser y en su Naturaleza divina, Luz Increada, y esto solo lo sostiene la Iglesia Católica, según lo afirma y reza en el Credo: “Dios de Dios, Luz de Luz”.

“Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas”. Sólo el Cristo de la Iglesia Católica, el que está Presente Verdadera, Real y Substancialmente en la Eucaristía, es el Verdadero y Único Cristo. Los demás, son todos anti-cristos.

“Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí"


“Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí (…) El Padre y yo somos una sola cosa” (Jn 10, 22-30). En su enfrentamiento con Jesús, los judíos pecan de incredulidad: le exigen a Jesús que “les diga si es el Mesías”, aun después de que Jesús haya dado testimonio de su divinidad –de su consubstancialidad con el Padre- por medio de sus milagros: “Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí (…) El Padre y yo somos una sola cosa”. Las “obras” que hace Jesús, que dan testimonio de que Él es Dios como el Padre, igual en naturaleza, poder y majestad, son los milagros de todo tipo que Él realiza: resucitar muertos, curaciones de todo tipo, expulsión de demonios con el solo poder de su voz, multiplicación de panes y peces, y muchos otros prodigios más, que sólo pueden ser realizados con el divino poder, y al ser realizados por Jesús, demuestran que Él es el Mesías y es Dios Hijo, igual al Padre. Los judíos, a pesar de estos prodigios, siguen mostrándose incrédulos, y es por eso que le piden a Jesús que les diga si es el Mesías o no. Con su respuesta, en donde tácitamente les reprocha su incredulidad voluntaria, les advierte que no es indistinto creer o no creer –o más bien, en este caso, no querer creer- en sus obras, en sus milagros: quien no quiere creer, como ellos, demuestra que no es de Dios y que no pertenece al redil de Cristo: “Ustedes no creen, porque no son de mis ovejas”.

La misma incredulidad de los judíos respecto a Cristo y su divinidad, la manifiesta el mundo con respecto a la Iglesia, aun después de que la Iglesia da testimonio de ser la Esposa del Cordero, al realizar la obra más grande que sólo Dios puede hacer, y es la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la Eucaristía. Pero el reproche y la advertencia que Jesús dirige a los judíos, no va dirigido al mundo, sino a quienes, dentro de la Iglesia, habiendo recibido el Bautismo, la Comunión y la Confirmación, deciden libremente elegir la incredulidad.

viernes, 5 de mayo de 2017

“¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”



“¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52-59). Los judíos se escandalizan porque interpretan material y racionalistamente las palabras de Jesús; es decir, toman de modo literal lo que Jesús les dice acerca de “comer su cuerpo y beber su sangre” y la razón es que lo hacen con la sola luz de la razón y sin la asistencia del Espíritu Santo. Por este motivo, no pueden entender qué es lo que Jesús les dice, y lo toman de un modo tan material, que incluso les parece que los incita a cometer un acto de canibalismo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”.
Sin embargo, frente al falso escándalo de los judíos, Jesús no solo no se rectifica de sus palabras, sino que las ratifica y de tal manera, que en la respuesta que Él les da, menciona la necesidad de “comer su carne y beber su sangre”, entre los modos directos e indirectos, siete veces: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”. Es decir, lejos de edulcorar sus palabras, para hacerlas más agradables a quienes lo están oyendo y se escandalizan falsamente, y mucho más lejos todavía de retractarse o de negar lo que está diciendo, lo afirma por activa y por pasiva, no menos de siete veces, como para que les quede bien claro: el que no come su cuerpo y bebe su sangre, no tiene la Vida eterna; el que sí lo hace, sí.
Lo que sucede es que el Cuerpo y la Sangre de Jesús, que deben ser comido y bebida respectivamente, no deben ser consumidos en su etapa de vida mortal, antes de pasar por su misterio pascual de muerte y resurrección: solo cuando su Cuerpo y su Sangre sean glorificados en la Resurrección, con la gloria que Él poseía como Unigénito desde la eternidad, solo entonces, deberán ser comidos en el Banquete celestial, el Banquete escatológico, que Dios Padre sirve a sus hijos pródigos adoptivos, la Santa Misa. Es decir, el Cuerpo y la Sangre de Jesús se comen y se beben luego de haber atravesado Jesús el misterio de Pascua, de su Paso de esta vida al Padre, por medio de la Cruz y de la Resurrección gloriosa. La Carne y la Sangre de Jesús que impiden la muerte del alma y le donan la Vida eterna de Dios Trino, son su Cuerpo y su Sangre glorificados, no tal como se encuentran en su vida mortal, antes de la muerte en cruz y glorificación, y este Cuerpo y Sangre glorificados están contenidos en la Eucaristía.
En la Eucaristía está contenido el Verbo de Dios, Vida Increada, que oculto bajo la apariencia de pan, comunica de su Vida divina a quien por la comunión eucarística se une a Él por la fe y el amor.

“¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”. Muchos cristianos piensan lo mismo de la Eucaristía: “¿Cómo puede la Eucaristía darnos la Vida eterna, si es solo un poco de pan bendecido?”. Y la razón de que creen esto y no que sea el Cuerpo y la Sangre de Jesús, es la poca o nula importancia que le conceden a la Eucaristía dominical. Son igualmente incrédulos que los judíos del Evangelio, y esta incredulidad se debe a la falta de la iluminación del Espíritu Santo sobre los misterios absolutos de la fe, y al uso orgulloso y soberbio de la propia razón, que rechaza cualquier explicación que no sea la racionalista, lo cual implica eliminar de raíz el misterio de la Presencia real, verdadera y substancial de Dios Hijo en la Eucaristía.

“Yo Soy la Puerta de las ovejas”



(Domingo IV - TP - Ciclo A – 2017)
         “Yo Soy la Puerta de las ovejas” (Jn 10, 1-10). Jesús utiliza la imagen de un corral de ovejas y de su puerta, y también la de un pastor o guardián de las ovejas –“Yo Soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11ss)-, para graficar su condición de verdadero Dios, al tiempo que de camino que lleva al Reino de los cielos. También utiliza la imagen de un ladrón y asaltante, para representar a aquellos malos pastores a los que no les interesan las ovejas, sino la renta o el dinero que de ellas pueda conseguir.
Para comprender en su totalidad la parábola, hay que tener en cuenta que cada elemento de la misma representa una realidad sobrenatural: el corral o redil, en donde están seguras las ovejas, es la Iglesia Católica y también el Reino de los cielos; la puerta que conduce al corral, por la que se entra al corral, es Él, el Hijo de Dios encarnado que en cuanto tal conduce a la unión con el Padre por el Espíritu Santo; las ovejas, son los fieles bautizados en la Iglesia Católica. Jesús utiliza la imagen de una puerta para aplicarla a sí mismo: “Yo Soy la Puerta de las ovejas”. Así como una puerta, al abrirla, da paso a otro espacio o ambiente, así Jesús, con su Corazón traspasado en la Cruz, es la Puerta abierta que da paso a la otra vida, al Reino de los cielos, al seno del Eterno Padre. El que entre por esta Puerta que es Jesús, encontrará alimento, el Cuerpo de Jesús sacramentado, y recibirá la Vida misma de Dios, la vida divina: “Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento (…)  Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia”.
         Jesús se diferencia claramente de quienes son los falsos mesías, los que no son pastores, sino “ladrones y asaltantes”, a quienes las ovejas no los siguen, porque ellas conocen la voz del Pastor de las almas y la saben distinguir de las voces de los ladrones: “Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz”. Los “ladrones y asaltantes” son todos aquellos que, en nuestros días pero también a lo largo de la historia, se presentan y se han presentado como mesías o como cristos, pero en realidad son fundadores de sectas que sólo buscan aprovecharse de las ovejas, es decir, de los fieles, puesto que no les interesa su eterna salvación, sino el provecho material y económico que de ellos puedan obtener.
         Por último, si bien no está incluido en este párrafo del Evangelio, forma parte de esta parábola y de esta imagen todo aquello que atenta contra las ovejas, además de los falsos pastores, y es la oscuridad de la noche, el estar fuera las ovejas del redil o corral, y la presencia del lobo que acecha a las ovejas para acabar con ellas con sus dentelladas. La oscuridad representa la tiniebla en la que el alma se sumerge, ya sea por el pecado, o por el error y la ignorancia acerca del Buen Pastor, Jesucristo; representa también el alejarse del redil, la separación voluntaria y consciente de la Iglesia, como sucede, por ejemplo, con los movimientos ateos de apostasía, que cuentan con activistas y con páginas en Internet, en donde promueven la apostasía, es decir, el salir de la Iglesia Católica, sin tener en cuenta que fuera del redil, fuera de la Iglesia, sólo hay oscuridad y muerte, según lo que afirman los Padres: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Son los que abandonan la Iglesia para volverse ateos y apóstatas, o bien para integrar sectas. El último elemento que acecha a las ovejas es el lobo, que en este caso, no es el animal creado, que acecha al redil, sino el Lobo infernal, el Demonio, el Ángel caído, que acecha a los fieles que buscan la salvación fuera del redil de Cristo, la Santa Iglesia Católica.
         Así como el lobo da fácil cuenta de las ovejas que han salido del redil y no están protegidas por el pastor, así el Demonio da fácil cuenta de las almas que abandonan la protección de la Iglesia, esto es, la gracia que proporcionan los sacramentos, la oración y la fe.

         “Yo Soy la Puerta de las ovejas”. Jesús es el Buen Pastor y es también la Puerta por donde las ovejas ingresan al seguro redil, es decir, por donde los hombres, por el bautismo, ingresan a la Iglesia Católica en el tiempo y, en la eternidad, al Reino de los cielos. No solo no debemos nunca salir del redil, sino que debemos llamar a otras ovejas, a nuestros hermanos, que están fuera del redil, para que entren pronto al corral, antes de que se haga de noche y la Puerta se cierre para siempre. Y para que siempre reconozcamos la Voz del Buen Pastor, es necesario que pasemos horas en adoración eucarística, ante el sagrario, allí donde se encuentra el Buen Pastor, Jesús Eucaristía.

jueves, 4 de mayo de 2017

“El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”

     

       “El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6, 44-51). Mientras los israelitas pensaban que sus padres habían recibido el pan del cielo, el maná del desierto, Jesús revela que ése no era “el verdadero pan del cielo”, porque ellos comieron el maná en el desierto y murieron; por el contrario, Jesús revela que Él dará ahora un pan nuevo, desconocido para el hombre; un pan que contiene en sí la Vida eterna y que el coma de este pan, no morirá: “Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera”. A diferencia del Pueblo Elegido, que recibió sí un maná bajado del cielo, pero igualmente murieron, porque este era solo figura del que habría de venir, Jesús promete ahora el Verdadero Maná bajado del cielo, que al dar la Vida eterna a quien lo consuma, no sólo impedirá que muera, sino que tendrá “la Vida eterna”, esto es, la vida misma de Dios Trino.
         “El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. ¿Qué es este pan que dará Jesucristo? Es su Carne, una vez que sea glorificada, cuando atraviese y cumpla su misterio pascual de Muerte y Resurrección. Así como su Carne mortal encierra la Vida Increada porque Él es Dios Hijo encarnado, así el Pan que Él dará será un Pan Vivo, que vive con la Vida misma Increada de Dios, porque ese Pan es Él, Cristo Dios, encarnado en el seno virgen de María y que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Él es, en la Eucaristía, con su Cuerpo glorificado y oculto bajo las apariencias de pan, el pan que es carne y que da la vida de Dios al alma: “El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. Jesús, Dios Hijo encarnado, Espíritu Purísimo y Dios consubstancial al Padre, que por esto mismo posee la Vida divina, por cuanto Él es la Vida Increada, se hace carne y se dona a su Iglesia bajo apariencia de pan, y así es el Pan de Vida eterna y el Pan Vivo bajado del cielo, que comunica la vida eterna a quien lo consume con fe y con amor: “Yo soy el pan de Vida. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”.

         La Eucaristía es el Verdadero Maná bajado del cielo, el Pan Vivo que contiene la Carne del Cordero, que nos dona la vida misma de Dios Trino en cada comunión eucarística, alimentando nuestras almas en nuestro peregrinar, por el desierto del mundo y de la historia humana, hacia la Jerusalén celestial.

miércoles, 26 de abril de 2017

“El que cree en Mí no morirá, sino que tendrá la Vida eterna”


“El que cree en Mí no morirá, sino que tendrá la Vida eterna” (Jn 3, 16-21). Jesús afirma que “el que cree en Él no morirá, sino que tendrá la Vida eterna”. Ahora bien, es una realidad más que evidente que, aun teniendo fe en Jesucristo, morimos, pues es una constatación de todos los días; sin embargo, esto no constituye ninguna contradicción con las palabras de Jesús, porque la muerte a la que Él se refiere no es la muerte corporal o “muerte primera”, como suele llamársele, sino a la muerte espiritual o “muerte segunda” o “definitiva”, esto es, la eterna condenación en los abismos del Infierno. Es a esta muerte, la que le sigue a la muerte corporal y que se verifica en el alma que está en pecado mortal, es decir, el alma que está muerta a la vida de Dios porque no está en estado de gracia, que es lo que hace que el alma participe de la vida divina. Cuando Jesús afirma que “el que cree en Él no morirá”, se está refiriendo a esta segunda muerte, la eterna condenación, porque será esta fe en Él la que lo llevará a vivir en estado de gracia, a evitar la muerte espiritual por el pecado mortal y a alimentarse con el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía, que contiene la Vida eterna y la concede al alma como en germen por la comunión.

“El que cree en Mí no morirá, sino que tendrá la Vida eterna”. Parafraseando a Jesús, podemos decir: “El que cree en Jesús como Hombre-Dios, cree en su Presencia Eucarística, comulga la Eucaristía con fe y con amor y recibe de Él, ya en esta vida mortal, la Vida eterna”.

sábado, 22 de abril de 2017

Domingo in Albis o Fiesta de la Divina Misericordia



(Ciclo A – 2017)

         El Primer Domingo después de Pascua, llamado “Domingo in Albis”, se celebra la Fiesta de la Divina Misericordia, debido a un expreso pedido de Jesús a Sor Faustina Kowalska[1]. En efecto, el día 22 de Febrero de 1931, Jesús se le apareció a Sor Faustina y le dijo así: “Yo quiero que esta imagen sea solemnemente bendecida el primer domingo después de Pascua; ese domingo ha de ser la Fiesta de Mi Misericordia”. El Domingo de la Divina Misericordia es un día en el que se derraman sobre las almas la Sangre y el Agua del Corazón de Jesús traspasado en la Cruz, librando a los pecadores de los castigos merecidos por sus culpas y sumergiéndolos en el océano del Amor de Dios: “En aquel día están abiertas las entrañas de Mi Misericordia. Derramaré un mar entero de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de Mi misericordia; el alma que se confiese [dentro de ocho días antes o después] y comulgue [el mismo día] obtendrá la remisión total de culpas y castigos” (…) En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias”. Para recibir ese “mar de gracias” -para obtener las indulgencias plenarias que se conceden en este día-, debemos entonces confesarnos, ocho días antes o después, y comulgar en estado de gracia.
         ¿Cuál es la razón de esta aparición de Jesús Misericordioso? ¿Para qué se aparece Jesús a Santa Faustina? ¿Cuál es el contenido esencial del mensaje de Jesús Misericordioso? Podemos decir que es: salvar nuestras almas, mediante la adoración y la unión a la Divina Misericordia, representada en su imagen como Jesús Misericordioso: “Pinta una imagen de acuerdo a esta visión, con las palabras ‘Jesús, en Vos confío’. Yo deseo que esta imagen sea venerada, primero en tu capilla y luego en el mundo entero. Yo prometo que el alma que venere esta imagen, no perecerá. También prometo la victoria sobre sus enemigos aquí en la tierra, especialmente a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé con mi propia Gloria”. Adorar la Divina Misericordia es unirnos a Él por la gracia del Sacramento de la Confesión, representada en el Agua, y por la Eucaristía, representada en la Sangre de la imagen: “Los dos rayos indican Agua y Sangre. El rayo pálido significa el Agua que hace las almas justas. El rayo rojo significa la Sangre que es la vida de las almas (…) Estos dos rayos salieron de las profundidades de Mi tierna Misericordia, cuando Mi corazón agonizante fue abierto por la lanza en la Cruz”. También adoramos la Divina Misericordia uniéndonos a Él por la fe y el amor a las Tres de la tarde, la Hora de la Misericordia: “Te recuerdo, hija mía, que tan pronto como suene el reloj a las tres de la tarde, te sumerjas completamente en mi Misericordia, adorándola y glorificándola; invoca su omnipotencia para todo el mundo, y particularmente para los pobres pecadores; porque en ese momento la Misericordia se abrió ampliamente para cada alma (…) A la hora de las tres implora Mi misericordia, especialmente por los pecadores; y aunque sea por un brevísimo momento, sumérgete en Mi Pasión, especialmente en Mi desamparo en el momento de mi agonía. Esta es la hora de gran misericordia para el mundo entero. En esta hora, no le rehusare nada al alma que me lo pida por los méritos de Mi Pasión”. Otro elemento del mensaje de Jesús Misericordioso es prepararnos para su Segunda Venida: “Prepararás al mundo para mi Segunda Venida” (Diario 429), y también: “Hija Mía, habla al mundo de Mi misericordia para que toda la humanidad conozca la infinita misericordia Mía. Es una señal de estos tiempos (N. del R.: la señal es la imagen de Jesús Misericordioso), después de ella vendrá el Día de la Justicia. Todavía queda tiempo, que recurran pues, a la Fuente de Mi Misericordia, se beneficien de la Sangre y del Agua que brotó para ellos” (Diario 848); “Habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día de Mi justicia” (Diario 965);Antes del Día de la justicia envío el día de la misericordia” (Diario 1588). También la Virgen le dice lo mismo a Sor Faustina: “Tú debes hablar al mundo de Su gran misericordia y preparar al mundo para Su segunda venida. Él vendrá, no como un Salvador Misericordioso, sino como un Juez Justo. Oh qué terrible es ese día. Establecido está ya el día de la justicia, el Día de la Ira divina. Los ángeles tiemblan ante este día. Habla a las almas de esa gran misericordia, mientras sea aún el tiempo para conceder la misericordia” (Diario 635).
Entonces, tenemos que prepararnos para la Segunda Venida de Jesús y el modo de prepararnos es obrando la Misericordia con los prójimos más necesitados, y en esto consiste el otro elemento de esta devoción. Esto es lo que Él mismo afirmó en el Evangelio, que en el Día del Juicio Final, se salvarían aquellos que hubieran obrado la misericordia: “Venid a Mí, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, beber, vestisteis, etc.”. Pero en el mensaje a la humanidad, dado a Sor Faustina, Jesús también advierte que, quien no quiera pasar por su Misericordia, deberá pasar por su Justicia Divina: “Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia” (Diario 1146). Esto es lo mismo que dice Jesús en el Evangelio: “¡Apartaos de Mí, maldito, al fuego eterno! Porque tuve hambre, y no me disteis de comer, sed y no me disteis de beber, etc.”. No es indistinto obrar o no la misericordia, es decir, prepararnos o no para la Segunda Venida, porque el destino eterno será muy distinto, según como haya sido nuestra preparación para el encuentro con Él: el cielo, para quienes lo hayan imitado en su Misericordia; el Infierno, para quienes no hayan tenido compasión para con sus hermanos.
         Además de estar revelado en el Evangelio y en la Tradición y el Magisterio, Jesús –el mismo Jesús Misericordioso- llevó a Santa Faustina al Infierno y le hizo ver los eternos tormentos, corporales y espirituales, que les esperan a quienes no hayan querido tener compasión y misericordia para con sus hermanos. Santa Faustina dice así: “Hoy, fui llevada por un ángel a los abismos del infierno. ¡Es un lugar de gran tortura, cómo asombrosamente grande y extenso! Los demonios estaban llenos de odio hacia mí, pero tuvieron que obedecerme por orden de Dios”. Los tipos de torturas que vió: la primer tortura del infierno es la pérdida de Dios; la segunda es el remordimiento perpetuo de la conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca cambiará; la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla, un sufrimiento terrible, ya que es un fuego completamente espiritual, encendido por la ira de Dios; la quinta es la continua oscuridad y un terrible olor sofocante, pero a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven unos a otros, su propia alma y la de los demás; la sexta es la compañía constante de satanás; la séptima es la horrible desesperación, el odio a Dios, las palabras viles, maldiciones y blasfemias. Hay torturas especiales destinadas para las almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos. Cada alma padece sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la manera en que ha pecado. Hay cavernas y hoyos de tortura donde una forma de agonía difiere de otra. Me habría muerto con la simple visión de estas torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Que el pecador sepa que va a ser torturado por toda la eternidad, en esos sentidos que fueron usados para pecar”. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma pueda encontrar una excusa diciendo que no hay infierno. O que nadie ha estado allí, y por lo tanto nadie puede decir que no sabe (…) Lo que he escrito no es más que una pálida sombra de las cosas que vi. Pero me di cuenta de una cosa: que la mayoría de las almas que hay no creían que hubiera un infierno. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí!  En consecuencia, pido aún más fervientemente por la conversión de los pecadores”. (Diario, 741).
La Fiesta de la Divina Misericordia consiste en prepararnos para su Segunda Venida, adorando a Jesús Misericordioso, unirnos a Él por la fe, el amor y los sacramentos de la confesión y la Eucaristía –es decir, viviendo en gracia, confesándonos con frecuencia y comulgando en estado de gracia- y obrar la Misericordia: ése es el mensaje central de las apariciones de Jesús Misericordioso a Santa Faustina. Por último, si por la adoración a la Divina Misericordia debemos prepararnos para la Segunda Venida, ¿cuándo será ésta? No lo sabemos ni lo podemos saber, pero tampoco necesitamos saberlo, porque esa Segunda Venida puede ser esta misma noche, para quien muera esta noche, o mañana, para quien muera mañana. No importa saber cuándo será la Segunda Venida; lo que importa, es estar preparados para el encuentro personal con Jesús Misericordioso, y lo único que Jesús aceptará de nosotros, cuando lo veamos cara a cara, será un corazón colmado de amor a Dios y al prójimo y lleno de su gracia santificante, y unas manos colmadas de buenas obras. Esto es lo que Jesús quiere de cada alma, para poder hacerla entrar en el Reino de los cielos: “Hija mía deseo que tu corazón sea formado a semejanza de Mi Corazón Misericordioso. Debes ser impregnada completamente de mi Misericordia” (167). La Fiesta de la Divina Misericordia debe servir, entonces, no para una mera conmemoración devota, sino para que nuestro corazón se convierta en lo que desea Jesús: un corazón impregnado de la Misericordia Divina, un Corazón en el que esté estampada y marcada a fuego la imagen de Jesús Misericordioso”.





[1] En el segundo Domingo de Pascua, que este año se celebra el 23 de abril, se concede la indulgencia plenaria, con las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice) al fiel que participe en actos de piedad realizados en honor de la Misericordia divina.
“O al menos rece, en presencia del Santísimo Sacramento de la Eucaristía, públicamente expuesto o conservado en el Sagrario, el Padrenuestro y el Credo, añadiendo una invocación piadosa al Señor Jesús misericordioso (por ejemplo, ‘Jesús misericordioso, confío en ti’)”, dice el texto del decreto.
Asimismo se concede indulgencia parcial “al fiel que, al menos con corazón contrito, eleve al Señor Jesús misericordioso una de las invocaciones piadosas legítimamente aprobadas”.

Sábado de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2017)

         “(Jesús) les reprochó por su incredulidad” (Mc 16, 9-15.). Jesús se aparece a los Once, a los Apóstoles, pero antes de cualquier otra cosa, lo primero que hace es reprocharles su incredulidad: “En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado”. En efecto, ellos no habían creído en los testimonios de María Magdalena y de los discípulos de Emaús, que les habían afirmado que Jesús se les había aparecido resucitado. No se trata de un testimonio cualquiera: es testimonio de miembros de la Iglesia que han tenido un don extraordinario, que Jesús se les aparezca resucitado, y por lo tanto, no es un testimonio humano, sino un testimonio basado en la iluminación del Espíritu Santo. De ahí que rechazar ese testimonio sea pecado de incredulidad, de obstinación y merezca el reproche de Jesús. Sólo después de que Jesús se les aparece, es que los Apóstoles creen, pero si no se les hubiera aparecido, no habrían creído por los testimonios de sus hermanos, olvidando las palabras de Jesús: “Felices los que creen sin ver”.
         Análogamente, sucede lo mismo con muchos católicos en la Iglesia, que no creen en el testimonio del Magisterio de la Iglesia, que nos enseña, iluminado por el Espíritu Santo, no solo que Jesús ha resucitado, sino que Jesús resucitado está en la Eucaristía. Y también sucede con el mundo, respecto a la Iglesia, porque el mundo no le cree a la Iglesia, así como muchos en la Iglesia no le creen a la misma Iglesia.
         “(Jesús) les reprochó por su incredulidad”. También a nosotros nos puede caber el reproche de Jesús, toda vez que no creemos, y por lo tanto, no amamos, no adoramos, y no conformamos nuestro corazón y nuestra vida a la Presencia real de Jesús resucitado en la Eucaristía. No esperemos a escuchar el reproche de Jesús, para recién ir a adorar a Jesús resucitado en la Eucaristía.

         

viernes, 21 de abril de 2017

Viernes de la Octava de Pascua


         “Es el Señor” (Jn 21, 1-14). Jesús resucitado se aparece a los discípulos que están en la barca, pescando. Es llamativo el hecho de que el primero que lo reconoce no es Pedro, el Vicario, el Papa, sino San Juan Evangelista, “el discípulo amado”, aquel que en la Última Cena, a diferencia de Judas Iscariote, que lo traicionó por treinta monedas de plata, se había recostado en el pecho de Jesús para escuchar los latidos de Amor de su Sagrado Corazón. El que lo reconoce en primer lugar, que es también el que llega primero al sepulcro el Domingo de Resurrección, es aquel discípulo que, en las horas de la crucifixión, había permanecido junto a la Virgen mientras Jesús agonizaba, acompañando a María Santísima y recibiendo, en nombre de toda la humanidad, el maravilloso don de María como Madre de todos los hombres. Sólo después que Juan Evangelista dice: “¡Es el Señor!”, es que Pedro, reconociéndolo recién en ese momento, se arroja al agua para alcanzar la orilla en donde está Jesús resucitado. Pedro tiene el primado jerárquico, pero Juan Evangelista parece tener el primado en el amor, puesto que es de él y no de Pedro de quien dice el Evangelio que era “el discípulo al que Jesús más amaba”. Juan reconoce a Jesús porque, como en los otros casos de sus apariciones, ilumina su mente, para que lo reconozca como Hombre-Dios y como resucitado, pero en Juan se destaca también el otro aspecto de la gracia, que es encender el corazón en el Amor de Jesús, tal como sucede, por ejemplo, con los discípulos de Emaús: “¿No ardían nuestros corazones cuando nos hablaba de las Escrituras?”.

         “Es el Señor”. La misma expresión de admiración, asombro, alegría y amor, que por la gracia santificante brota de Juan al reconocer a Jesús resucitado, es la que debería salir de las mentes y corazones de los que, contemplando la Eucaristía e iluminados por la gracia, reconocen en el Santísimo Sacramento del altar a Jesús resucitado.

jueves, 20 de abril de 2017

Jueves de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2017)

         “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer” (Lc 24, 35-48). Una característica que sobresale entre los discípulos a los que se les aparece Jesús resucitado, es la alegría, tal como lo señala este Evangelio: “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”. Es la alegría que experimenta María Magdalena, y es la alegría que experimentan los discípulos de Emaús. Ahora bien, no se trata de una alegría terrena, mundana, sino de una alegría celestial, sobrenatural, que se desprende del mismo Jesús resucitado por cuanto Él, que es Dios Hijo encarnado, es “Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes; Jesús es la Alegría Increada y por lo tanto, la causa de toda verdadera y buena alegría en la creatura. En este caso, Él en Persona es la causa de la alegría celestial que experimentan los discípulos del Cenáculo.
Ahora bien, no es una alegría desconectada de la Pasión y de la Cruz, tal como Jesús mismo se encarga de recordarles a los discípulos, tanto a los de Emaús, como a los que se les aparece en el Cenáculo: Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día”. La alegría de la Resurrección del Domingo en el sepulcro, está íntimamente unida al dolor de la Pasión del Viernes Santo, en el Calvario y esa es la razón por la cual, para el cristiano, no puede haber alegría verdadera si no se origina en la cruz, y es la razón por la cual la cruz, para el cristiano, no es desesperación, sino serena alegría, porque al dolor de la cruz le sucede la alegría de la Resurrección.
Otra característica que se repite en las apariciones de Jesús resucitado, es la iluminación sobrenatural sobre los discípulos, necesaria para poder aprehender el misterio sobrenatural de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo: “Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras”.

“Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”. Si estuviéramos iluminados por el Espíritu Santo, sea al momento de comulgar o al momento de hacer la Adoración Eucarística, también de nosotros se debería decir lo mismo, al contemplar el misterio de la Presencia de Jesús resucitado en la Eucaristía: “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”.