miércoles, 18 de julio de 2018

“Has revelado estas cosas a los pequeños”




 “Has revelado estas cosas a los pequeños” (cfr. Mt 11, 25-27). ¿Cuál es el sentido de las palabras de Jesús? Nos lo dice San Vicente de Paúl[1], al comentar este Evangelio. Dice el santo que a Dios le agrada la simplicidad –que es lo opuesto a la soberbia- y que por eso mismo, prefiere conversar con los humildes de corazón, haciendo en cierta manera a los hombres familiares suyos: “¡Es tan agradable a Dios la simplicidad! Sabéis que la Escritura dice que su delicia es conversar con los humildes, los sencillos de corazón, que van de buena y simple manera: “Ha hecho a los hombres rectos sus familiares” (Pr 3, 32)”. Dice San Paúl que quien quiera encontrar a Dios, debe ser “sencillo”, porque así es como Dios quiere que sean los hombres: “¿Queréis encontrar a Dios? Él habla con los sencillos. ¡Oh, Salvador mío! ¡Oh hermanos míos que sentís el deseo de ser sencillos, que dicha! ¡qué dicha! Ánimo, puesto que tenéis en vosotros esta promesa: que el deseo de Dios es estar con los hombres sencillos”. La razón reside en lo que dicen los filósofos como Aristóteles: “Lo semejante ama lo semejante”. Si Dios ama a los sencillos, es porque Él, en su Acto de Ser divino trinitario, es sencillo, simple –simplicidad como sinónimo de perfección-, humilde y es por eso que se complace con los hombres en los que encuentra esta semejanza.
Jesús, siendo Dios Hijo, es también sencillo, humilde, simple, y por eso alaba al Padre, porque le revela los secretos de su corazón de Dios a los que son como Él y se alegra por eso. Dice San Vicente de Paúl: “Otra cosa que nos recomienda maravillosamente la sencillez, son estas palabras del Señor: “Te bendigo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios e inteligentes y las has revelado a los sencillos”.
Dios, dice San Vicente de Paúl, revela el sentido espiritual del contenido del Evangelio, a aquellos que no presumen de la ciencia mundana –necesaria en cierto grado, pero limitado- y esconde el sentido espiritual a quienes hacen alarde de esta sabiduría mundana. San Vicente hace decir a Jesús, parafraseando el Evangelio: “Reconozco, Padre, y os lo agradezco, que la doctrina que he aprendido de vuestra divina Majestad y que doy a conocer a los hombres, sólo la conocen los sencillos, y permitís que no la oigan los prudentes según el mundo; les habéis escondido, si no las palabras, sí al menos el espíritu”. Quienes poseen ciencia mundana y hacen alarde de la misma, se privan de un conocimiento mayor e infinitamente más perfecto, el conocimiento que el Padre da por medio de su Espíritu a los sencillos y humildes de corazón.
Por eso, dice San Vicente, si bien la ciencia mundana es necesaria, debemos cuidarnos mucho de no perder el horizonte, es decir, de dejar de lado la ciencia evangélica por la ciencia mundana, despreciando la sabiduría revelada por Jesucristo y ensoberbeciéndonos por los conocimientos de los hombres, puesto que esta última jamás puede darnos la dicha verdadera: “¡Oh Salvador y Dios mío! Esto nos debe asustar. Nosotros corremos tras la ciencia como si toda nuestra dicha dependiera de ella. ¡Desdichados de nosotros si no la tenemos! Es preciso tenerla, pero con mesura; es preciso estudiar, pero sobriamente”. Es necesaria la ciencia mundana, pero solo hasta cierto punto y siempre teniendo como infinitamente más alta a la ciencia del Evangelio.
Hay otros, dice San Vicente, que ni siquiera la poseen, pero hacen alarde como si la poseyeran a esta ciencia mundana; a estos es a quienes Dios mismo les vuelve impenetrables los conocimientos del cielo: “Otros simulan entender en negocios, pasar por gente que conoce los negocios de fuera. Es a estos tales que Dios quita la penetración de las verdades cristianas: a los sabios y entendidos del mundo”.
¿A quién da Dios los conocimientos del Evangelio, los conocimientos de la sabiduría divina, necesarios para la eterna salvación? A los que lo imitan y participan en la humildad, simplicidad y sencillez de su Acto de Ser divino trinitario, a aquellos que siendo ricos en sabiduría divina, aparecen como pobres a los ojos del mundo y estos son quienes viven en la verdadera paz, aun en medio de tribulaciones: “Pues ¿a quién la da? Al pueblo sencillo, a la buena gente... Señores, la verdadera religión se encuentra entre los pobres. Dios los enriquece con una fe viva; creen, tocan, saborean las palabras de vida... Por lo ordinario conservan la paz en medio de las penas y tribulaciones”.
La causa última de que Dios dé su sabiduría a los pequeños según el mundo, es la fe en la revelación de Nuestro Señor Jesucristo: “¿Cuál es la causa de esto? La fe. ¿Por qué? Porque son sencillos Dios hace que en ellos abunden las gracias que rechaza dar a los ricos y sabios según el mundo”. La fe en Nuestro Señor Jesucristo –en su condición divina, en su Presencia real, verdadera y substancial en la Eucaristía, en su condición de ser Hijo de la Madre de Dios- es la que da al alma la paz de Dios, la Sabiduría de Dios y la Alegría de Dios, en medio de las tribulaciones de este mundo presente.


[1] Conversaciones espirituales, conferencia del 21/03/1659.


viernes, 13 de julio de 2018

“Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean astutos como serpientes y mansos como palomas”



“Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean astutos como serpientes y mansos como palomas” (cfr. Mt 10, 16-23). Al enviar a sus discípulos a la misión, Jesús utiliza dos animales como referencia de cómo debe ser su comportamiento en el mundo: las serpientes y las palomas. En otro pasaje, utiliza la figura de la oveja: “Yo los envío como ovejas en medio de lobos”. El cristiano, entonces, debe combinar la sencillez y humildad de las ovejas, con la astucia de las serpientes, para sobrevivir en un medio caracterizado por un fuerte depredador: el lobo, es decir, el hombre sin Dios. Lo que confiere al cristiano las cualidades de los animales descriptos por Jesús, es el acatamiento voluntario a su Ley de la caridad. En efecto, un alma que viva los Mandamientos de la Ley de Dios y se rija por los preceptos de Jesús dados por Él en el Evangelio, será, a los ojos del mundo, como una imitación viviente de Jesús: será humilde y sencillo, como una paloma o una oveja, al tiempo que astuto, como una serpiente, pero no la astucia entendida en el mal sentido, en el sentido de la astucia demoníaca, sino una buena astucia, la astucia que lleva al alma a evitar las trampas que el enemigo tiende para hacerla sucumbir en el pecado. Por otro lado, siempre aparecen en desventaja estos animales –oveja, paloma, serpiente- con respecto al lobo, es decir, al hombre sin Dios, porque el lobo es, en conjunto e individualmente, más fuerte que cualquiera de los tres animales. Pero el lobo –el hombre sin Dios- posee algo que los hombres con Dios sí poseen y es la gracia santificante, la cual suple con creces las deficiencias naturales que pudieran tener. Es la gracia santificante la que hace que el cristiano, débil en apariencia frente al hombre sin Dios –el lobo- salga airoso y triunfante en sus diarios encuentros. De otro modo, Jesús no induciría a sus discípulos a ser como ovejas, palomas  y serpientes, frente a los lobos. En el fondo, los cristianos enviados por Jesús lo que hacen, en definitiva, es imitar la mansedumbre, la sencillez y la bondad de corazón del mismo Jesús. Y es esto lo que da el triunfo al cristiano sobre el lobo, el hombre sin Dios.

jueves, 12 de julio de 2018

“Y Él se asombraba de su falta de fe”



(Domingo XIV - TO - Ciclo A – 2018)

“Y Él se asombraba de su falta de fe” (Mc 6,1-6. Lo que caracteriza a este Evangelio es la incredulidad de los contemporáneos de Jesús: a pesar de las palabras de sabiduría sobrenatural, a pesar de sus milagros que solo Dios puede hacer, siguen sin creer en Jesús como Dios, confundiéndolo con “el hijo del carpintero”, “el hijo de María”; “el hermano de Santiago de José, de Judas y de Simón”: “Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón?”. Se asombran de que hable la sabiduría de Dios, pero siguen sin creer que es Dios, solo porque lo han visto crecer  en el pueblo, junto con sus parientes: “¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”. Jesús es para sus contemporáneos algo incomprensible, “un motivo de tropiezo”, porque ven a Jesús solo con los ojos humanos y no con los ojos de la fe: “Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo”.
         La incapacidad de ver con los ojos de la fe impide a Jesús hacer milagros en medio de su pueblo, entre sus contemporáneos: “Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos”. La falta de fe, que es voluntaria, porque a pesar de las evidencias no quieren creer que sea Dios Hijo encarnado, lleva a Jesús a exclamar, resignado, que un profeta es despreciado solo entre su propia gente: “Por eso les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa”. Tal es la incredulidad culpable, tal es la falta de fe, que Jesús se asombra de esta falta de fe: “Y él se asombraba de su falta de fe”.
         No debemos creer que este episodio se limita a los albores del Nuevo Testamento. También con nosotros sucede lo mismo. ¿O acaso la crisis de la Iglesia, en la actualidad, en la que se produce la apostasía de niños, jóvenes y adultos, no es falta de fe en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía? Si los contemporáneos de Jesús veían en Jesús a un hombre más entre tantos, sin ver en Él al Hijo de Dios encarnado, por rechazo voluntario de la gracia iluminativa, eso no difiere de nuestros días, en los que la gran mayoría de los católicos ven en la Eucaristía a poco más que un pan bendecido, sin ningún otro valor y esto por el rechazo voluntario de la gracia iluminativa recibida en la Catequesis. Si la gran mayoría de los católicos abandona en masa la Iglesia y prefiere un partido de fútbol o cualquier pasatiempo antes que la Misa y la Eucaristía, es porque ven en la Misa un acto religioso sin sentido, aburrido, y en la Eucaristía, un poco de pan bendecido y nada más. No ven, en la Misa, la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz; no ven, en la Misa, a la Presencia real, verdadera y substancial del Cuerpo y la Sangre de Jesús; no ven en la Eucaristía al Hijo de Dios, porque si lo hicieran, vendrían todos a postrarse de rodillas ante el altar, dejando todo lo que están haciendo.
“Y él se asombraba de su falta de fe y a causa de su poca fe, no podía hacer muchos milagros entre ellos”. Parafraseando al Evangelio, podemos decir: “Y Jesús Eucaristía se asombraba de la falta de fe en su Presencia real eucarística, y por eso no puede hacer milagros entre nosotros, porque, en el fondo, nos comportamos como los contemporáneos de Jesús: no creemos ni que Jesús sea Dios Hijo encarnado ni que la Eucaristía sea ese mismo Dios Hijo que prolonga su Encarnación en la Eucaristía.

domingo, 8 de julio de 2018

Jesús se asombraba de su falta de fe


(Domingo XIV - TO - Ciclo B – 2018)

         “¿No es éste el hijo de José el carpintero”; “¿no es el hijo de María y sus hermanos no viven aquí entre nosotros” (Jesús) no pudo hacer muchos milagros (…) se asombraba de su falta de fe” (cfr. Mc 6, 1-6). Jesús se dirige a su propio pueblo, rodeado por sus discípulos y comienza a enseñar, con su sabiduría divina, en la sinagoga. La multitud, formada por sus mismos compatriotas, es decir, por aquellos que eran de su pueblo y que por lo tanto habían compartido con Él el tiempo de la infancia y la juventud, en vez de agradecer por la sabiduría divina de sus palabras, empiezan a cuestionarlo y a desconfiar de Él. No ven en Jesús, ni siquiera escuchando sus palabras divinas, al Hijo de Dios encarnado; no ven en Jesús al Verbo Eterno del Padre que se ha encarnado en el seno virgen de María y que les habla a través de una naturaleza humana. Llevados por la sola razón y rechazando la iluminación que les proporciona la gracia, reconocen que sus palabras contienen sabiduría divina y que también sus milagros provienen de Dios, pero no lo reconocen como a Dios Hijo encarnado. Como lo han visto crecer desde niño, se confían en ese conocimiento de Jesús y lo tratan como a un ser humano y por eso dicen: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos?”. Además, para afirmarse en su incredulidad voluntaria, cuestionan sus orígenes, los que ellos, con su razón, creen que son los verdaderos, porque desconocen que Jesús ha sido engendrado por el Espíritu Santo y que por lo tanto su Padre natural es Dios Padre; desconocen que la Virgen es la Madre de Dios y que es Virgen; desconocen que Jesús es el Unigénito del Pade y que María, por ser la Madre de Dios y Virgen, solo tuvo hijos adoptivos aparte de Jesús y que los que ellos llaman “hermanos” son en realidad “primos”. Es por esto que dicen: “¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”. Ahora bien, esta desconfianza e incredulidad voluntarias -que provienen del rechazo libre y voluntario de la gracia santificante que los sacaría de su error- tienen sus consecuencias: por su incredulidad y falta de fe -que asombra a Jesús- no puede hacer, entre sus compatriotas, unos pocos milagros: “No pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos (…) Y él se asombraba de su falta de fe”.
         La incredulidad y la falta de fe es pecaminosa porque es voluntaria; es un libre rechazo de la voluntad, que lleva al alma a desconfiar de Jesús a pesar de su sabiduría divina y a pesar de sus milagros que demuestran que Él es Dios.
         “Y él se asombraba de su falta de fe”. No debemos creer que estamos exentos de la misma incredulidad voluntaria, porque el mismo Jesús que predicó e hizo milagros en Palestina, es el mismo Jesús que nos habla en el silencio a nuestras almas y obra allí milagros portentosos desde la Eucaristía. Pero si nosotros, de modo análogo a los contemporáneos de Jesús, cuestionamos la Eucaristía y decimos: “¿Pero no es acaso un trozo de pan bendecido? ¿Cómo vamos a adorar un poco de pan bendecido? ¿cómo puede un poco de pan hace milagros? ¿No debemos recibirlo como si fuera un poco de pan y nada más? ¿Qué necesidad hay de adorar un poco de pan? Cuando un alma comete el fatal error de rechazar la gracia que le quitaría estas dudas de fe y decide profundizar sus dudas de fe en la Eucaristía, entonces toda su vida espiritual cristiana cae en unas profundísimas tinieblas que le impiden al mismo Jesús obrar en esa alma. Y para esa alma se repiten las palabras del Evangelio para con los contemporáneos de Jesús: “No pudo hacer allí ningún milagro (…) él se asombraba de su falta de fe”.
         No seamos nosotros esas almas incrédulas y pidamos la gracia a Nuestra Señora de la Eucaristía de aumentar cada vez más nuestra en la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, a fin de que Él pueda hacer muchos y grandes milagros en nuestras vidas y en las de nuestros seres queridos.

         

miércoles, 4 de julio de 2018

Jesús exorciza a los endemoniados gadarenos



Jesús exorciza a los endemoniados gadarenos
(De Predis códex,
Biblioteca real, Turín, Italia, 1476)

“Vayan a la piara de cerdos” (cfr. Mt 8, 28-34). El Evangelio describe un exorcismo realizado por Jesús, aunque también describe el estado de posesión demoníaca y qué es lo que esta hace sobre el hombre: “Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino”. Por un lado, se trata de una verdadera posesión demoníaca porque así lo relata el Evangelio: “fueron a su encuentro dos endemoniados”. Esto es importante destacar porque la crítica racionalista de la Escritura reduce la posesión demoníaca a una patología psiquiátrica como, por ejemplo, la esquizofrenia. Sin embargo, el Evangelio es muy claro en las expresiones, las cuales permiten diferenciar cuándo se trata de una enfermedad y cuándo se trata de una posesión demoníaca. La posesión demoníaca es la antítesis de la inhabitación de la Trinidad por la gracia: puesto que el Demonio es “la mona de Dios”, trata de imitar lo que Dios hace, pero todo lo hace mal: Dios inhabita en un alma en gracia, cuando el alma libremente lo acepta y desea la gracia y por lo tanto, la comunión de vida y amor con Dios que esta implica; en la posesión, si bien es cierto que se da en quienes hacen un pacto con el diablo y permiten que el Ángel caído tome se apodere de ellos, no siempre es así, porque hay casos de posesión en los que la persona no quiere tener nada que ver con el demonio. Por otra parte, la inhabitación trinitaria se da en el alma, mientras que la posesión es solo en el cuerpo, sin que el demonio tenga injerencia en el alma. Solo en el último estadio de la posesión, dicen los demonólogos expertos[1], se da lo que se denomina la “posesión perfecta”, en la que el Demonio toma control de la voluntad del poseso. Creemos que esta posesión es la que se llevó a cabo en Judas Iscariote y en este grado de posesión, ya es imposible volver atrás, pues el poseso se ha entregado libremente a Satanás, rechazando explícitamente a Dios Trino.
Otro detalle a tener en cuenta es que los endemoniados, en este caso, habitan en “los sepulcros”, es decir, en los cementerios. Es una realidad, pero al mismo tiempo, también una metáfora, porque los demonios toman posesión de quienes están muertos a la gracia de Dios –aunque esto tampoco se da en todos los casos porque, con el permiso de Dios, pueden darse casos de posesión en personas en estado de gracia[2]-. Si Jesús pide que lo imitemos a Él, que es “manso y humilde de corazón” y esto se da en grado máximo en los santos, los posesos del Evangelio se muestran “feroces”, y a tal grado, que “nadie podía pasar por allí”, debido a que agredían a quienes se atrevieran a hacerlo. Esto es así porque el que toma posesión de los cuerpos, el Demonio, es un ser que ha fijado para siempre su voluntad en el odio: habiendo sido creado para amar, pervirtió él mismo su propia naturaleza angélica, dirigiendo los actos de su voluntad angélica en el sentido opuesto al del amor y es por eso que el Demonio odia y no puede ni quiere hacer otra cosa que odiar, a Dios y al hombre, que es la creatura que es imagen de Dios. El Demonio es un ser que, además de odiar, vive en un estado de ira permanente, porque se da cuenta de que jamás podrá vencer a Dios y que su locura de pretender igualarse a Dios ha sido castigada para siempre desde la cruz de Jesús y esa es la razón por la cual los endemoniados son feroces, porque el Diablo es feroz en sí mismo, lo opuesto radicalmente a la mansedumbre y dulzura del Corazón de Jesús.
Los demonios que poseen a los hombres reconocen la Presencia de Dios en Jesucristo; de alguna manera, perciben en Jesucristo al Dios que los creó y que los expulsó del cielo para siempre y que habrá de encadenarlos en el infierno eterno al fin de los días, también para siempre. Los demonios reconocen que Jesús no es un hombre más entre tantos, sino que es el “Hijo de Dios”: “Y comenzaron a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?”.
Los demonios saben que Jesús va a expulsarlos y le suplican que los envíe a una piara de cerdos, los cuales terminan ahogándose[3]: esto también tiene un significado metafórico, puesto que los cerdos son animales irracionales y en eso se parecen a los demonios, que en su locura e irracionalidad pretendieron ser iguales a Dios y el hecho de que se ahoguen, indica que las obras del Demonio terminan siempre en lo mismo, en la muerte, ya que él es el autor de la muerte: “Por la envidia del Diablo entró la muerte en el mundo”.
Por último, ¿por qué razón estaban endemoniados? Aunque, como dijimos, pueden ser víctimas inocentes que, con la permisión divina, pueden quedar posesos –para así dar testimonio del mundo preternatural, angélico-, lo más probable es que los endemoniados hayan estado practicando algún culto diabólico. Es lo que sucede en la actualidad con supersticiones que se originan en el mundo de los ángeles caídos, como el Gauchito Gil, la Difunta Correa y San La Muerte: quienes practican estos cultos supersticiosos, están posesos y, en algún momento, antes o después, esa posesión saldrá a la luz. En estos casos, en los que los brujos o hechiceros saben que están pactando con el Diablo al practicar cultos como San La Muerte, pueden darse casos de posesión perfecta, en las que el Demonio toma posesión no solo del cuerpo, sino también del alma. De ahí, al Infierno, hay un solo paso, que es el umbral de la muerte. En estos casos, de no mediar un profundo arrepentimiento, la condena de quienes practican cultos demoníacos como San La Muerte es prácticamente segura, según lo advierte la Escritura: “No entrarán en el Reino de los cielos (…) los hechiceros” (cfr. 1 Cor 6, 9-10; Ef 5, 5; Ap 22, 15).
Por último, la posesión demoníaca es una apología acerca de la condición de la Iglesia Católica como la Verdadera y Única Iglesia de Dios: está constatado, como en el caso de la joven Nicola Aubrey, de dieciséis años, que Satanás se burla de los protestantes[4], porque mientras él –el demonio- cree en la Presencia real del Señor en la Eucaristía, los protestantes la niegan.


[1] Cfr. Malacchi Martin, El rehén del Diablo, Ediciones Diana, México 1977.
[2] Es el caso de la joven alemana posesa, que dio origen a la película El exorcismo de Emily Rose.
[3] “Los demonios suplicaron a Jesús: “Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara”. Él les dijo: “Vayan”. Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron”.

[4] Se trata de un caso famosísimo de posesión, cuyo exorcismo se realizó ante la presencia de católicos y protestantes y se prolongó entre el ocho de noviembre de 155 hasta el ocho de noviembre de 1566. Cfr. http://catolicosalvatualma.blogspot.com/2018/04/satanas-se-burla-de-los-protestantes-en.html

sábado, 30 de junio de 2018

“¡Niña, Yo te lo ordeno, levántate!”



(Domingo XIII - TO - Ciclo B – 2018)

“¡Niña, Yo te lo ordeno, levántate!” (Mc 5, 21-43). Jesús hace dos milagros, el milagro de la curación de la hemorroísa y un milagro llamado de resurrección, un milagro que demuestra que Él es Dios. Nos detendremos en el segundo milagro: ¿por qué se llama de resurrección y en qué consiste? ¿Por qué demuestra que Él es Dios? Cuando Jairo, el jefe de la sinagoga, acude a Jesús arrojándose a sus pies para pedirle por su hija, ésta se encuentra todavía viva, pero gravemente enferma, según se deduce de las palabras de Jairo: “Mi hijita se está muriendo”. No hay lugar a dudas de que aún está viva, pero está en un grave estado, incluso pareciera, por estas palabras, que ya ha entrado en agonía. El Evangelio no dice de qué enfermedad se trata, pero sea cual sea, es obvio que está en una fase terminal, que está grave y que, de no mediar una medicación adecuada, entrará en agonía y morirá, lo cual es lo que efectivamente sucede.
Jesús accede al pedido de Jairo y mientras se dirige a su casa para “imponerle las manos y curarla”, según el pedido de Jairo: “Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva”, sucede en el entretiempo el episodio con la mujer hemorroísa. Una vez finalizado este episodio, en el que Jesús hace un milagro de curación corporal, se acercan amigos y parientes de Jairo para avisarle que la niña ya ha muerto: “Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: “Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?”. Por lo breve del episodio con la hemorroísa, no se puede decir que este episodio haya sido el causante de la demora de Jesús, sino que la enfermedad de la niña era tan grave, que entró en agonía y murió mientras Jesús se dirigía al lugar. Jesús no hace caso de las palabras de los amigos de Jairo, que le aconsejan que ya “no moleste al Maestro” porque la niña ya está muerta. Jesús le dice algo clave a Jairo: “No temas, basta que creas. Es decir, “No temas a la muerte; Yo Soy Dios, basta que creas que Yo Soy Dios Hijo encarnado, para que la niña vuelva a vivir”. Cuando Jesús llega, es evidente que la niña ha muerto, porque sucede todo lo que sucede cuando un ser querido fallece: el resto de los seres humanos, ante la muerte, entra en estado de conmoción y llora: “Sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba”. La gente lloraba y gritaba porque la niña había muerto. Es importante recalcar la muerte de la niña, porque los racionalistas argumentan que en realidad no estaba muerta, sino que había entrado en una especie de estado catatónico, con lo cual se reduce la grandeza del milagro de Jesús. El hecho de que sea Jesús quien diga que “la niña duerme” no es para desmentir su muerte, sino simplemente para calmar la angustia de los presentes: “Al entrar, les dijo: “¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme”. Que la niña esté muerta y no dormida cuando llega Jesús, lo demuestra el hecho de que, cuando lo escuchan decir esto, muchos de los asistentes “se burlan” de Jesús –“ Y se burlaban de Él”-, porque es evidente que cualquier ser humano, con un mínimo de sentido común, distingue entre el estar dormidos y el estar muertos. Es entonces cuando Jesús, acompañado de los padres de la niña y también de Santiago, Pedro y Juan, ingresa en la casa y obra el milagro de la resurrección: “Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo: “Talitá kum”, que significa: “¡Niña, Yo te lo ordeno, levántate!”. En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro”.  
Se trata de un milagro de resurrección y no de simple curación, como en el caso de la hemorroísa, porque el alma de la hija del jefe de la sinagoga, Jairo, ya se había desprendido de su cuerpo, es decir, ya no estaba unida al cuerpo, ya no le comunicaba de su energía vital y es este hecho el que define a la muerte. La niña estaba muerta, irremediablemente muerta. Y Jesús la trae a la vida porque Él es el Dios que creó esa alma, que es vida, porque Él es la Vida Increada. No es que Jesús rogó a Dios para que la niña resucitara: Él, que es Dios Hijo en Persona, con su poder divino, unió el alma de la niña a su cuerpo muerto y la volvió a la vida. Que Jesús sea Dios Hijo encarnado queda entonces patente y de manifiesto no solo por el milagro en sí, sino por las palabras que utiliza al hacer el milagro: “Yo te lo ordeno, levántate”, es decir, “Yo, que Soy el que Soy; Yo, que Soy Dios Hijo encarnado, ordeno a tu alma que vuelva a unirse a tu cuerpo, para que vivas; Yo, que tengo el poder de dar la vida porque soy la Vida Increada, te devuelvo a esta vida terrena, uniendo tu alma a tu cuerpo, para que des testimonio de Mí y de mi divinidad, ante tus padres, ante esta gente y ante toda la humanidad, a lo largo del tiempo. Yo, que Soy tu Dios que te ha creado, que se ha encarnado para redimirte y que enviará al Espíritu Santo para santificarte, Yo te lo ordeno, levántate, vive, camina, da gloria a Dios con tu vida”.
En ambos milagros, en la hemorroísa y en Jairo, es la fe en su condición de Hijo de Dios encarnado, el elemento determinante para la realización de los milagros. Tanto la hemorroísa como Jairo creen que Jesús es Dios y por eso se postran ante Él.
Lo mismo que sucedió entre Jesús y la hemorroísa y Jairo, debe suceder con nosotros y la Eucaristía: debemos tener fe, la fe de la Iglesia Católica, en que la Eucaristía es el mismo y único Jesús, el Hijo de Dios, encarnado por nuestra salvación, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía y postrarnos ante la Eucaristía, como lo hicieron la hemorroísa y Jairo. También con nosotros Jesús obra milagros de sanación y de resurrección espiritual, concediéndonos el perdón en la Confesión sacramental y su vida divina en la Eucaristía; también a nosotros, que estamos muertos por el pecado, nos dice: “Yo te lo ordeno, alma niña, alma pequeña, levántate por mi poder, el poder de Dios Salvador y glorifícame con tu vida, obrando la misericordia, evitando el pecado, viviendo en gracia todos los días de tu vida, y así resucitarás algún día para la vida eterna”.

sábado, 23 de junio de 2018

Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista



"Nacimiento de Juan Bautista"
(Jerónimo Cósida)

(Ciclo B – 2018)

Es San Agustín[1] quien hace la observación de que la Iglesia celebra la fiesta de los santos en el día de su muerte porque, en realidad, el día en que muere un santo a su vida terrena, es también el día del nacimiento a la vida eterna; pero en el caso de san Juan Bautista, dice San Agustín, la Iglesia conmemora el día de su nacimiento porque fue santificado en el vientre de su madre y anunció a Cristo ya antes de nacer y luego con toda su vida y también con su muerte martirial.
La Iglesia celebra entonces la Solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista, Precursor del Señor, debido a que, cuando se produjo la Visitación de la Virgen, con la Virgen llegó Jesús y Jesús sopló sobre el Bautista al Espíritu Santo, por lo cual el Bautista quedó lleno del Espíritu Santo, saltando de gozo en el seno de Santa Isabel al saber que llegaba la Madre de Dios y, con Ella, el Salvador del mundo. Es decir, ya desde el vientre materno Juan el Bautista está ejerciendo su función de anunciar la Primera Venida del Salvador de los hombres, Cristo Jesús. El Bautista salta de gozo porque el Espíritu Santo, enviado por Jesús y el Padre, le anuncia que en el seno virgen de María viene el Redentor de los hombres, Cristo Jesús, que habrá de salvar a los hombres de la oscuridad en la que están inmersos, la triple oscuridad del pecado, del error y de las tinieblas vivientes, los demonios.
El Bautista es llamado el Precursor por este motivo, porque su vida toda es un anuncio de la Llegada del Mesías y este anuncio lo hace desde el seno materno. Luego, con su Nacimiento, profetiza también la Llegada de Cristo, porque anticipa la Natividad de Cristo el Señor; más tarde, a lo largo de su vida, dedicará toda su vida terrena a anunciar a Jesús, predicando en el desierto la conversión para la preparación para la Llegada del Redentor hasta que finalmente entregue su vida por el Mesías.
Toda su vida terrena y también su muerte martirial, fueron un canto al Redentor; todo en el Bautista señalaba a Jesús y como último profeta del Antiguo Testamento tuvo una vida tan pura y santa por la gracia, que el mismo Jesucristo dijo no haber entre los nacidos de mujer nadie tan grande como Juan el Bautista.
No es casualidad que San Lucas dedique todo un largo capítulo, el primero de su obra, al nacimiento milagroso del Precursor, ya que el nacimiento de Juan no es un acontecimiento menor ni circunstancial ni en la vida de Jesús ni en el anuncio del Evangelio: es quien anunciará a los hombres el más grande anuncio que la humanidad jamás haya escuchado: ya viene el Redentor de la humanidad, ya llega el Salvador de los hombres; ya llega el Mesías, que viene a rescatarnos y a liberarnos de las tinieblas vivientes que nos acechan y a iluminar las tinieblas en las que vivimos inmersos sin darnos cuenta.
En el plan salvador de Dios era completamente necesario el Precursor y tanto lo era, que Dios mismo proveyó de ese Precursor a los hombres, y lo proveyó de manera milagrosa. La pregunta entonces es la siguiente: ¿en qué consiste ese “plan salvador” que hacía necesario un precursor? Simplemente porque Dios dispuso que la salvación, si bien es un hecho divino, porque Él mismo es el Salvador, se hiciera con la colaboración del hombre: por esto es que Él decide encarnarse, esto es, sin dejar de ser Dios, asumir una naturaleza humana y por eso es también que el Nacimiento del Hombre-Dios debía ser en el seno de una familia humana por lo que, si bien Él es Eterno, nació en el tiempo de la Virgen Madre. Es decir, todo en el Salvador ocurre por canales humanos y divinos, por lo que era necesario que el Anuncio de que Él ya estaba en la tierra y que había comenzado su plan de salvación fuera hecho por medios divinos –las señales que preceden al nacimiento del Bautista- y por medios humanos –el mismo Bautista, actuando como el Precursor del Salvador, preparando a la humanidad para que reciba al Salvador-.
Como católicos, estamos llamados a imitar a Juan el Bautista; obviamente, no en su nacimiento, pero sí en su tarea de anunciar al Mesías. El Bautista, al ver pasar a Jesús, iluminado por el Espíritu Santo que le enviaba el Padre, decía de Jesús: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Mientras los demás veían en Jesús solo “al hijo del carpintero”, el Bautista veía en Jesús al Hijo de Dios encarnado. De la misma manera, nosotros debemos anunciar al mundo, iluminados por el Espíritu Santo y en la fe de la Iglesia, que la Eucaristía es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Mientras los demás ven en la Eucaristía solo un poco de pan bendecido, nosotros vemos lo que parece pan, pero es el Mesías de Dios, que vino como Niño, que ahora viene a nosotros oculto en apariencia de pan y que vendrá al fin de los tiempos para juzgar a los hombres. Así como el Bautista en el desierto, al ver a Jesús, decía: “Éste es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”, así nosotros, en el desierto de la vida humana, debemos señalar la Eucaristía y anunciar a los hombres: “Éste es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; la Eucaristía es el Dios Mesías que ha de venir a juzgar a vivos y muertos al fin de los tiempos; postrémonos ante su Presencia y adorémoslo por su infinito Amor y Misericordia”.



[1] Cfr. Sermón 292,1

sábado, 16 de junio de 2018

“El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra (…) el Reino de Dios (…) se parece a un grano de mostaza”



(Domingo XI - TO - Ciclo B – 2018)

         “El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra (…) el Reino de Dios (…) se parece a un grano de mostaza” (cfr. Mc 4,26-34). Jesús compara al Reino de Dios con dos semillas: con una semilla de trigo y luego con una semilla de mostaza. Con respecto al primer ejemplo, Jesús describe el proceso que realiza la semilla al ser arrojada en tierra; cómo se hunde en la misma y comienza a crecer hasta germinar, cumpliendo este proceso sin que el hombre se dé cuenta, completando el proceso cuando la semilla germinada da fruto hasta llegar a dar fruto, el “grano abundante en la espiga”: “Sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha”.
         En este primer ejemplo, podemos decir que el Reino de Dios no es el Reino de Dios que está en los cielos, sino el Reino de Dios que “está en el hombre” en estado de viador, es decir, es el Reino de Dios que Jesús dice que “ya está entre ustedes”, lo cual es evidente que no se trata del Reino de Dios en los cielos, sino el Reino de Dios que está incipiente en el alma del justo. Si esto es así, entonces, para entender la parábola, tenemos que considerar que en la misma, cada elemento hace referencia a un elemento espiritual y sobrenatural. Así, la semilla de trigo es la gracia; la tierra es el corazón del hombre, en donde se siembra la gracia; el sembrador es Dios Padre o Jesucristo; el grano abundante en la espiga son los frutos de santidad que da una persona por acción de la gracia santificante y el hecho de que la semilla germine “sin que el hombre sepa cómo”, no se refiere a que el hombre no sepa cómo es el proceso de germinación, sino que la gracia actúa de modo imperceptible a los sentidos, es decir, la gracia obra en el alma del justo, convirtiéndola en imagen y semejanza de Jesucristo, sin que él, el hombre, se dé cuenta, porque no se trata de un proceso natural, como el crecimiento corporal, sino sobrenatural, que es la configuración del alma a Jesucristo.
         En el segundo ejemplo, en el que el Reino de Dios es comparado con un grano de mostaza, Jesús agrega otros elementos, además del elemento común del crecimiento, presente en los dos ejemplos. En efecto, tanto en el ejemplo de la semilla de trigo que germina hasta dar el fruto que es la espiga cargada de granos, como en el de la semilla de mostaza, en el que ésta, siendo “la más pequeña de todas las semillas de la tierra”, crece y “llega a ser la más grande de todas las hortalizas”, al punto de “extender tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra”, hay una evidente idea de crecimiento. En una, el crecimiento consiste en dar fruto; en otra, el tamaño, ya que llega a convertirse en un árbol en el que los pájaros del cielo encuentran cobijo. En éste segundo ejemplo, también para entender la parábola, es necesario hacer una transposición con los elementos que aparecen y tener en cuenta que los elementos naturales –semilla, árbol, pájaros- están representando realidades sobrenaturales. Así, la semilla de mostaza es el alma humana sin la gracia; el árbol crecido al que van a hacer nido los pájaros, es el alma que ha crecido hasta la estatura de Cristo, convirtiéndose en su imagen y semejanza y en esto se parece al primer ejemplo, en donde el fruto es el fruto de santidad y el mejor fruto de santidad es aquel en el que el alma se convierte en imagen y semejanza perfecta de Jesucristo. Pero en la segunda parábola hay un elemento que no está presente en la primera y que agrega un dato misterioso y son “los pájaros del cielo que se cobijan en sus ramas”. ¿Quiénes son estos misteriosos “pájaros del cielo”? Los pájaros del cielo que van a hacer nido son las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad que, por la gracia santificante, hacen nido o más bien morada en el alma del justo, en el alma del que está en estado de gracia. En esta segunda parábola, entonces, se agrega un dato que no está en la primera y es la inhabitación trinitaria de las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad en el alma de los justos.
         Ser como grano de trigo y como grano de mostaza no son meras figuras poéticas ni deben quedarse para el cristiano en meros sentimientos: significa que el Reino de Dios en la tierra implica el crecimiento, por la gracia santificante, del alma hasta ser imagen y semejanza de Cristo y que una vez alcanzada la estatura de Cristo, el alma se convierte en morada de las Tres Divinas Personas. Las dos parábolas nos dicen que debemos empeñarnos al máximo para que, por la gracia, ya no seamos nosotros, sino Cristo quien viva en nosotros y que nuestros corazones deben convertirse en morada de la Santísima Trinidad. En esto consiste vivir, en el tiempo, y en forma anticipada, el Reino de Dios en la tierra, como anticipo del Reino de Dios en los cielos.


jueves, 14 de junio de 2018

“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”




“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 20-26). ¿En qué consiste esta “justicia superior”, necesaria para entrar en el Reino de los cielos? Consiste en que, a partir de Jesús, Dios ya no está solo en las alturas inaccesibles y si bien continúa siendo Dios Todopoderoso, Omnisciente, ahora, por la gracia santificante que nos granjea Jesús por su sacrificio en cruz, inhabita, en su Trinidad de Personas, en el alma del justo, es decir, en el alma del que está en gracia. Esto hace que, a diferencia del Antiguo Testamento, en el que bastaba con un cumplimiento meramente exterior de la ley –por ejemplo, bastaba con “No matar” para cumplir la ley en ese punto-, ahora, en el Nuevo Testamento, ya no basta con simplemente “No matar”: ahora, puesto que Dios está en el interior del corazón y por lo tanto el alma está en su Presencia noche y día, cualquier pensamiento malicioso, por pequeño que sea, dirigido hacia el prójimo, es pronunciado en la mente delante de Dios y ésa es la razón por la cual el cumplimiento de la ley es mucho más exigente con Cristo que antes de Él.
“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”. Como cristianos, debemos tomar conciencia de la inhabitación trinitaria en el alma del que está en gracia, que es como un anticipo de la visión beatífica, ya en esta vida mortal. Si en el cielo, delante de la Trinidad, no cabe pensamiento ni deseo maligno alguno, por pequeño que sea, tampoco lo cabe en esta vida, cuando el alma está en gracia y por lo tanto, está ante la Presencia de Dios Uno y Trino en todo momento. En esto es en lo que consiste la “justicia superior” a la de los escribas y fariseos y sin ella, no podemos ingresar en el Reino de los cielos.

sábado, 9 de junio de 2018

Audio-libro: "¿Qué es la Misa? - Parte V - El sacerdote inciensa el alta...

"El que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre”



(Domingo X - TO - Ciclo B – 2018)

         “Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre” (Mc 3, 20-35). ¿En qué consiste y qué es el pecado contra el Espíritu Santo, tan grave, que es causa de eterna condenación? Nadie mejor para responder esta pregunta que su Santidad San Juan Pablo II[1], quien dice así, citando a Santo Tomás de Aquino: “¿Por qué la blasfemia contra el Espíritu Santo es imperdonable? ¿En qué sentido hay que entender esta blasfemia? Santo Tomás de Aquino responde que se trata de un pecado “irremisible por su misma naturaleza porque excluye los elementos gracias a los cuales se concede la remisión de los pecados”. Es decir, según Santo Tomás de Aquino, el pecado contra el Espíritu Santo es imperdonable –irremisible- porque “excluye los elementos gracias a los cuales se concede la remisión de los pecados” y esos elementos son el arrepentimiento sincero y perfecto, la contrición del corazón y el deseo de la gracia santificante, elementos esenciales  para el perdón de los pecados. Pecar contra el Espíritu Santo quiere decir desear permanecer en el pecado y rechazar de plano la gracia santificante, cerrando el corazón, voluntaria y libremente, a la acción de la gracia y a todo posible arrepentimiento. Es no solo rechazar el Bien Supremo e Infinito que es Dios, sino también es desear el Mal en sí mismo, por el mal mismo. Para que Dios perdone un pecado, necesita que el hombre desee ser perdonado, lo cual implica desear la gracia y aceptar la gracia que nos lleva a desear ser perdonados. Cuando no se quiere recibir la gracia, es porque se desea permanecer en el pecado, libre y voluntariamente, lo cual es un rechazo voluntario y libre de la santidad otorgada por el Santificador, Dios Espíritu Santo, lo cual a su vez constituye un agravio al Espíritu Santo, que es imperdonable.
Continúa el Papa Juan Pablo II, analizando a Santo Tomás: “Según tal exégesis, esta blasfemia no consiste, propiamente, en decir palabras ofensivas contra el Espíritu Santo, sino que consiste en no querer recibir la salvación que Dios ofrece al hombre a través del Espíritu Santo que actúa en virtud del sacrificio de la cruz”. El pecado contra el Espíritu Santo no es decir palabras ofensivas contra el Espíritu Santo, sino no querer que el Espíritu Santo actúe en el propio corazón a través de la gracia, removiendo el pecado y concediendo la justificación, el estado de gracia, merecido para nosotros por Jesucristo, por su sacrificio en cruz.
Dice el Papa: “Si el hombre rechaza la “manifestación del pecado” que viene del Espíritu Santo (Jn 16,8) y que tiene un carácter salvífico, rechaza, al mismo tiempo, la “venida” del Paráclito (Jn 16,7), “venida” que tiene lugar en el misterio de Pascua, en unión con el poder redentor de la Sangre de Cristo, Sangre que “purifica la conciencia de las obras muertas” (Heb 9, 14). Sabemos que el fruto de una tal purificación es la remisión de los pecados. En consecuencia, quien rechaza al Espíritu y la Sangre (cfr. 1 Jn 5, 8) permanece en las “obras muertas”, en el pecado”[2]. Es decir, el Espíritu Santo, con su luz, nos ilumina para que nos demos cuenta del pecado en el que estamos inmersos y a esto se refiere con la “manifestación del pecado” que viene del Espíritu Santo; si se rechaza esta luz del Espíritu Santo que nos hace ver nuestro pecado, se rechaza al mismo tiempo al Espíritu Santo que viene con la Sangre de Cristo, Sangre que “purifica al alma de las obras muertas”, al remitir los pecados. Quien rechaza al Espíritu Santo rechaza la Sangre de Cristo –y también, el que rechaza la Sangre de Cristo rechaza al Espíritu Santo, que viene con la Sangre de Cristo- y por lo tanto, permanece en las obras muertas del pecado, permanece en el pecado.
Puesto que el Espíritu Santo es Dios Santificador, ya que a Él se le atribuye la obra de la santificación de las almas –a Dios Padre se le atribuye la Creación y a Dios Hijo la Redención-, el rechazo del Espíritu Santo constituye una blasfemia contra la Tercera Persona de la Trinidad porque no se lo quiere, ni a Él, ni a su obra, que es la remisión de los pecados y la santificación del alma, según afirma el Papa Juan Pablo II: “Y la blasfemia contra el Espíritu Santo consiste, precisamente, en el rechazo radical de esta remisión de la cual él es el dispensador íntimo, y que presupone la verdadera conversión que él opera en la conciencia”[3]. Si se rechaza al Espíritu Santo, se rechaza su acción santificadora y se impide la verdadera conversión, permaneciendo el alma en el pecado por su propia decisión.
El pecado contra el Espíritu Santo no puede perdonarse, ni en este mundo ni en el otro, porque el alma voluntariamente rechaza a Aquél que es el único que puede convertirla, dándole la gracia del arrepentimiento perfecto del corazón y llenando el alma de la gracia santificante. En otras palabras, el alma peca contra el Espíritu Santo cuando no desea convertirse ni hacer penitencia: “Si Jesús dice que el pecado contra el Espíritu Santo no puede ser perdonado ni en este mundo ni en el otro es porque esta “no-remisión” está ligada, como a su causa, a la “no-penitencia”, es decir, al rechazo radical de convertirse...”[4].
Los que así obran, cierran libremente las puertas de sus corazones a la acción santificadora del Espíritu Santo, para permanecer en el pecado: “El hombre permanece encerrado en el pecado, haciendo, pues, por su parte, imposible la conversión y, por consiguiente, también la remisión de los pecados, la cual él no juzga esencial ni importante para su vida. En este caso, hay una situación de ruina espiritual, porque la blasfemia contra el Espíritu Santo no permite al hombre salir de la cárcel en la cual él mismo se ha encerrado”.
Continúa el Papa Juan Pablo II: “La blasfemia contra el Espíritu Santo es el pecado cometido por el hombre que presume y reivindica el “derecho” a perseverar en el mal –en el pecado, cualquiera que sea su forma- y por ahí mismo rechaza la Redención”. Tomar al pecado como “derecho humano”, es la máxima expresión de la malicia del corazón humano y la máxima ofensa contra el Espíritu Santo: en esta situación se comprenden todos aquellos pecados que el hombre reclama como “derechos”, como por ejemplo, el homomonio o unión marital entre personas del mismo sexo; la eutanasia, considerada como el derecho al suicidio; el aborto, es decir, el asesinato del niño por nacer, considerado como derecho humano, como derecho de la mujer. Enarbolar estos crímenes, estos pecados que claman venganza al cielo, como si fueran “derechos humanos” es propiamente pecar contra el Espíritu Santo, es blasfemar contra la santidad de Dios Trino, porque es elegir al mal y al pecado en lugar de la santidad divina.
El suicidio asistido encubierto bajo la falsa piedad de la eutanasia; la unión de tipo marital entre personas del mismo sexo; el asesinato salvaje del niño por nacer en el vientre de la madre por medio del crimen del aborto son, entre muchos otros, pecados contra el Espíritu Santo. Dios Trino nos libre de llamar “al mal bien y al bien mal”[5], que es en lo que se manifiesta el pecado contra el Espíritu Santo y que por intercesión de María Santísima abramos nuestros corazones, siempre y en todo momento, a la acción santificadora del Santo Espíritu de Dios.




[1] Cfr. Encíclica Dominum et vivificantem, n. 46; Libreria Editrice Vaticana.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. Is 5, 20: “¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!”.

miércoles, 6 de junio de 2018

“Los que resuciten serán como ángeles en el cielo”



“Los que resuciten serán como ángeles en el cielo” (cfr. Mc 12, 18-27). Los saduceos, que niegan la resurrección, tienen un concepto materialista y carnal de la vida eterna, puesto que la conciben como una prolongación de esta vida terrena y este error se manifiesta en la pregunta que hacen a Jesús, acerca de quién sería el esposo en el cielo de una mujer que en vida tuvo siete esposos. Así narra el Evangelio: “Se le acercaron unos saduceos, que son los que niegan la resurrección, y le propusieron este caso: “Maestro, Moisés nos ha ordenado lo siguiente: “Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda”. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda y también murió sin tener hijos; lo mismo ocurrió con el tercero; y así ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos ellos, murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?”.
Jesús les revela no solo la resurrección, que es en lo que los saduceos no creen, sino cómo es la vida de los resucitados: como “ángeles del cielo”: “Jesús les dijo: “¿No será que ustedes están equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios? Cuando resuciten los muertos, ni los hombres ni las mujeres se casarán, sino que serán como ángeles en el cielo”. Los que resuciten serán “como ángeles en el cielo” porque la gloria de Dios glorificará sus almas y sus cuerpos y sus cuerpos serán espirituales, o más bien, de materia espiritualizada y glorificada. Pero hay algo más, que también lo dice Jesús en otra parte: los resucitados serán no solo como “ángeles”, sino que “serán como Dios”, puesto que los ángeles de luz están glorificados, pero no tienen la gracia de la filiación divina como los que recibieron el bautismo en la Iglesia Católica. Los que recibieron el bautismo participan del Acto de Ser divino trinitario al haber recibido la filiación divina del Hijo de Dios y en esto, son infinitamente superiores a los ángeles. En otras palabras, los que resuciten “serán como ángeles”, pero también “serán como Dios”, porque , en cierto sentido, “serán Dios, en Dios”, por la gracia de la  filiación divina recibida en el bautismo sacramental.
Por supuesto, que esto es para aquellos que resuciten para la bienaventuranza, porque para quienes resuciten para la condenación eterna, el alma y el cuerpo serán no glorificados, sino que se parecerán, en la otra vida, al alma y al cuerpo de esta vida terrena.


martes, 5 de junio de 2018

“Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”



“Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” (Mc 12, 13-17). Unos fariseos y herodianos intentan tender una trampa a Jesús, con el fin explícito de hacerlo caer en alguna afirmación que pueda comprometerlo, para así tener una excusa para acusarlo y encarcelarlo. Para tal fin, le presentan una moneda a Jesús, con la efigie del César y le preguntan si “es lícito pagar impuestos o no”. La pregunta encierra en sí misma una trampa: si les dice que sí, entonces lo acusarán ante los judíos de ser colaboracionista con el imperio romano opresor; si dice que no, lo acusarán ante los romanos, afirmando falsamente que instiga a la rebelión y al no pago de los impuestos. Sin embargo, la respuesta de Jesús los deja sin habla, literalmente: luego de observar la moneda, Jesús les pregunta a su vez acerca de la pertenencia de la moneda: “¿De quién es esta figura y esta inscripción?”. Y ellos respondieron: “Del César”. Entonces Jesús les responde, con toda lógica: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”. Es decir, si la moneda es del César, entonces, dénsela al César, esto es, paguen los impuestos; pero al mismo tiempo, no dejen de dar a Dios lo que es de Dios. ¿Qué es “de Dios”? De Dios es el ser, el alma y el cuerpo del hombre; es decir, todo el hombre, en su totalidad, le pertenece a Dios y por lo tanto, todo lo que el hombre es, debe dárselo a Dios. El dinero, representado en la moneda, es del César, es decir, de los poderes mundanos y al él, al César y al mundo, le corresponde el dinero. Dios no quiere que le demos dinero –aunque sí es obligación del cristiano sostener el culto-, porque eso le pertenece al mundo: quiere que le demos lo que a Él le pertenece, nuestro ser, nuestra alma y nuestro cuerpo. Esto es lo que significa: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”.

sábado, 2 de junio de 2018

Solemnidad de Corpus Christi



(Ciclo B – 2018)

         La Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo o Corpus Christi se instituyó en ocasión de uno de los más asombrosos milagros eucarísticos ocurridos en la historia de la Iglesia.  El milagro ocurrió en la Basílica de Santa Cristina de la ciudad de Bolsena, Italia y llegó a involucrar a uno de los más grandes teólogos de todos los tiempos, Santo Tomás de Aquino, y al Papa reinante en ese entonces, Urbano IV, quien se encontraba en la cercana ciudad de Orvieto[1].
         ¿Cómo fue el milagro? Sucedió que un sacerdote, llamado “Pedro de Praga”, tenía dudas de fe acerca de lo que la Iglesia enseña sobre la Eucaristía: la Iglesia Católica enseña que, por las palabras de la consagración que Jesús pronunció en la Última Cena –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, repetidas y pronunciadas en cada misa por el sacerdote ministerial, se produce un milagro que se llama “transubstanciación” y que significa que las ofrendas del pan y del vino del altar se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Es decir, por la transubstanciación, las substancias del pan y del vino se convierten en la substancia glorificada del Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús. La Iglesia enseña que después de pronunciadas estas palabras, sobre el altar eucarístico ya no hay más pan y vino, sino el Cuerpo y la Sangre de Jesús, el Hombre-Dios, porque las substancias materiales y terrenas del pan y del vino ya no están, al haberse convertido, por obra de Jesús Sumo y Eterno Sacerdote, en las substancias glorificadas del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Por este motivo es que los católicos adoramos la Eucaristía y nos arrodillamos ante la Eucaristía, porque el gesto de comunión de rodillas es un signo exterior de la adoración interior que tributamos a nuestro Dios Presente real, verdadera y substancialmente en la Hostia consagrada.
         Esto es lo que la Iglesia enseña acerca de la Santa Misa y la Eucaristía; sin embargo, debido a que tanto antes, durante y después del milagro todo permanece igual exteriormente, hay muchos que dudan o que incluso niegan que esto suceda realmente. En esta situación se encontraba, en el año 1263, el Padre Pedro de Praga, aunque él no negaba, sino que dudaba acerca de lo que la Iglesia enseñaba sobre el misterio de la transubstanciación del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en la Eucaristía. Puesto que no quería continuar con esa duda, sino creer firmemente en lo que la Iglesia enseña, se propuso realizar una peregrinación hacia Roma, hasta la tumba del primer Papa, San Pedro, para pedirle la gracia de no seguir dudando. Por esto podemos decir que el milagro fue por una intercesión de San Pedro.
         Cuando el Padre Pedro de Praga regresaba ya desde Roma hasta Bohemia, se alojó en la casa parroquial y celebró misa sobre el altar de mármol lombardo de la Basílica de Santa Cristina, una santa mártir de los primeros siglos de la cristiandad. En el momento de la consagración, fue cuando sucedió el milagro, precisamente, luego de pronunciar las palabras “Esto es mi Cuerpo”: en ese instante, cuando el sacerdote elevó la Hostia consagrada para su ostentación y posterior adoración, parte de la misma se convirtió en músculo cardíaco que parecía pertenecer a una persona viva, pues sangraba mucho; además, el vino del cáliz se convirtió en sangre. La sangre que manaba del músculo cardíaco era tanta, que manchó el corporal y también el pavimento de mármol, dejando impregnadas unas gotas que hasta el día de hoy se conservan como preciosas reliquias.
         Enterado del hecho, el Papa Urbano IV, que estaba en Orvieto, le encargó a Santo Tomás de Aquino que primero, presidiera una comisión de teólogos de renombre que se encargaran de asegurar la veracidad del hecho y luego le encargó que compusiera un oficio litúrgico con himnos eucarísticos, apropiados para la Eucaristía (es entonces cuando se origina el Adoro te devote de Santo Tomás). Una vez que la comisión presidida por Santo Tomás de Aquino realizó su trabajo confirmando la verdad del milagro, el Papa ordenó a Jaime Maltraga, Obispo de Bolsena, que le llevase a Orvieto, donde tenía su residencia, el sagrado corporal, el purificador y los linos manchados de sangre. Acompañado el Papa de su corte, salió al encuentro de las sagradas reliquias y al estar frente a ellas, se postró de rodillas en acción de gracias por tan asombroso milagro, en el puente de Rivochiero. Luego tomó entre sus manos el sagrado depósito y lo llevó procesionalmente a Orvieto. Es en memoria de tan asombroso milagro que el Papa Urbano IV ordenó en 1264que en toda la Iglesia universal se celebrara la fiesta del Corpus Christi.
Es en conmemoración de este milagro que nosotros, los católicos, celebramos esta fiesta. Sin embargo, no debemos pasar por alto que en realidad el milagro es solo una manifestación externa, visible, que puede ser captada por los sentidos externos humanos, de un hecho interior al sacramento e invisible y que no puede ser captada ni por los sentidos ni por la razón, sino solo por la razón iluminada por la fe. En otras palabras, aunque nosotros no veamos con nuestros ojos corporales ni captemos sensiblemente la presencia de músculo cardíaco y sangre, como le sucedió al Padre Pedro de Praga, tenemos que saber que el mismo milagro de Bolsena sucede, invisiblemente, ante nuestros ojos, en el altar eucarístico, cada vez que el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, porque se produce la transubstanciación, es decir, las substancias del pan y del vino se convierten en las substancias gloriosas del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Es decir, nosotros no tenemos necesidad de que el cielo nos regale con otro milagro como el de Bolsena, para creer en la transubstanciación; nos bastan el mismo milagro y, sobre todo, el Magisterio de la Iglesia, para creer que en ocasión de las palabras de la consagración, se produce el milagro de la transubstanciación, es decir, la conversión del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. El mismo milagro de Bolsena se produce, invisiblemente, en cada Santa Misa y esa es la razón por la cual en Misa debemos postrarnos de rodillas en adoración al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía. Y ése milagro de la transubstanciación, ocurrido invisiblemente en cada Santa Misa, es el motivo de la alegría y la festividad litúrgica del día de hoy.