sábado, 20 de diciembre de 2025

Santa Misa de Navidad

 



(Ciclo A - 2025 – 2026)

La Iglesia se congrega para Navidad alrededor del Pesebre de Belén y lo hace en un clima de indecible gozo y alegría sobrenatural por el Nacimiento del Niño de Belén. La alegría de la Iglesia es sobrenatural, es decir, no se origina ni se explica con la razón humana; es verdad que la escena del Pesebre, la escena inmediatamente posterior a la Nochebuena, es la escena que, a primera vista, es similar a cualquier otra familia humana: en el Pesebre hay una madre primeriza, un niño recién nacido, un hombre que es su padre, y toda la escena se desarrolla en una gruta, la gruta de Belén, que en realidad es un refugio de dos animales, un buey y un burro, que con sus cuerpos dan calor al niño en medio del frío de la noche.

Esto es lo que ven los ojos y la razón humana; sin embargo, la Iglesia contempla esta escena no con ojos humanos, sino a la luz de la fe; la Iglesia contempla la escena del Pesebre con los ojos del alma iluminados con la luz del Espíritu Santo y como dice el libro de los Números, abre sus ojos espirituales y contempla en el Niño de Belén, con la luz del Espíritu Santo, a Dios omnipotente: “Habla el hombre al que se le abrieron los ojos. Así habla el que oye las palabras de Dios, el que ve el rostro del Omnipotente, y le es quitado el velo de sus ojos…” (24, 3ss).

De esta manera la Iglesia contempla en el Pesebre la santidad, la belleza, la majestuosidad y la gloria de Dios Hijo encarnado que se manifiesta en la fragilidad de un niño recién nacido que, como todo niño recién nacido, tiene necesidad de todo. Por medio de la realidad material, iluminada por el Espíritu Santo, la Iglesia ve la realidad sobrenatural, invisible a los ojos del cuerpo, pero visible a los ojos del alma iluminados por la luz de la fe, ve la realidad del espíritu, la realidad celestial que se le revela a sus ojos espirituales: la Iglesia ve al Emmanuel, al Dios con nosotros, en el Niño de Belén; la Iglesia ve al Hijo Eterno del Padre, al Cristo, al Mesías, que se le aparece como Niño, pero que es al mismo tiempo Dios omnipotente, que se manifiesta como Niño, pero sin dejar de ser Dios.

Por la acción iluminadora interior del Espíritu de Dios, en Navidad, la Iglesia no ve simplemente a un niño que acaba de nacer en un refugio de animales, acompañado de su madre y de un pobre leñador; la Iglesia ve en este Niño a la Gloria Increada de Dios, encarnada y manifestada como un Niño de pocas horas de vida; para la Iglesia, este Niño es el Kyrios, el Señor de la gloria, el Creador del universo, la Luz eterna que procede de la Luz eterna que es el Padre y es por eso que es para Ella el versículo del profeta Isaías: “La gloria del Señor brilla sobre ti” (60, 1ss).

Es en esto en lo que consiste precisamente la fiesta de la Navidad, en contemplar, con la luz de la fe, iluminados por el Espíritu Santo, el misterio sobrenatural que significa que Dios Eterno nazca como Niño en el tiempo en el Portal de Belén; la Navidad es contemplar el Nacimiento del Niño de Belén, no como un niño humano más, sino como Dios-Niño, como Niño Dios, como Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, como Dios vestido de majestad y gloria infinitas que, para donarnos su Amor, no duda en venir a nuestro mundo como Niño recién nacido, para que nadie tenga temor en acercársele y en abrazarlo, así como nadie tiene temor a un niño de pocas horas de nacido.

En nuestros días, la inmensa mayoría de los cristianos cometen el pecado de apostasía, que consiste en secularizar y mundanizar la Navidad, quitándole todo el misterio sobrenatural, viviendo la Nochebuena y Navidad como si fuera un evento mundano y neopagano, profanando así el Nacimiento del Niño Dios y provocándose a sí mismos un enorme daño espiritual, porque al convertir a la Navidad en una fiesta pagana y secular, le quitan su esencia, su verdadera alegría y su luz divina, transformándola en una fiesta sombría y siniestras, aun cuando abunden las luces, los banquetes y la música estridente. La alegría de la Navidad se deriva del encuentro personal con el Niño Dios nacido en el Portal de Belén, que prolonga y actualiza su Nacimiento en la Santa Misa, el Nuevo Portal de Belén. Esta es la única alegría posible en Navidad, la Alegría que nos comunica el Niño Dios.

 


jueves, 18 de diciembre de 2025

Santa Misa de Nochebuena

 


(Ciclo A – 2025 - 2026)

         En la Noche de Navidad, en la Noche Santa, la Nochebuena, se nos presenta a los ojos del espíritu una familia que a primera vista es similar en todo a cualquier otra familia humana: una madre que sostiene en su regazo a su hijo recién nacido; un hombre, que parece ser su esposo, contemplando a la madre y al hijo y el niño recostado en el pesebre. Sin embargo, para el catolicismo, esta Familia, que se ubica en Palestina, en el Portal de Belén, esta familia no es una familia más: esta Familia es el centro espiritual alrededor del cual gira toda su fe, toda su creencia, todos sus dogmas, toda su vida espiritual y aún más, toda su vida y todo su ser, de ahí la importancia de meditar y reflexionar acerca esta escena familiar de Nochebuena. Debido a la naturaleza sobrenatural de esta Familia de Nazareth, es imposible contemplar a esta Familia y, dentro de esta Familia, al Niño recién nacido, sin la luz de la fe de la Iglesia Católica, porque de lo contrario, nos perdemos en el horizonte de la intrascendencia de lo humano y de lo meramente temporal; sin la fe católica, el Niño que nace en Nochebuena es un niño más entre todos los niños humanos y la religión católica es una religión humana más sin ninguna pretensión de trascendencia salvífica. Sin la fe católica, convertimos a la Navidad en una fiesta neo-pagana, cuando la fe nos dice que la verdadera fiesta de Navidad es la Santa Misa de Nochebuena, porque en la Santa Misa Dios Padre nos convida con un manjar delicioso, exquisito, el Pan Vivo bajado del cielo, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna y la Carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo. También tenemos regalos, y el más grande y el mejor de todos, el Niño Dios, que nace en Belén, Casa de Pan, para donársenos como Pan de Vida eterna, la Sagrada Eucaristía.

         Es la santa fe católica la que nos revela que este Niño, nacido en Nochebuena, es Dios Hijo encarnado y aunque a nuestros ojos aparece como un débil Niño recién nacido, es el Hijo eterno del Padre, que procede eternamente del Padre y que viene a este mundo encarnándose en el seno de la Virgen Madre. Es por la fe que vemos en este Niño recién nacido al Rey de la gloria, a la luz de la divina sabiduría, al poder de Dios que vence al mundo[1], al infierno, al pecado y a la muerte, al tiempo que nos dona su vida divina trinitaria.

         Es la santa fe católica la que nos hace creer que el Niño de Belén es lo que Él dice de Sí mismo y lo que los demás dicen de Sí. Así, más adelante, cuando sea adulto, este Niño dirá de Sí mismo: “Quien Me ve, ve al Padre” (cfr. Jn 14, 9), afirmando con esto que Él es la Imagen de la gloria del Padre y por esto mismo quien ve desde ahora, en el Pesebre, al Niño de Belén ve, en el misterio, a la gloria del Eterno Padre; quien ve al Hijo ve, en el misterio, al Padre en el Hijo.

         También revelará este Niño su origen divino trinitario: “El Padre y Yo somos una sola cosa” y revelará también que la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, procede de Él y del Padre, indicando la unidad de naturaleza y de acción de las Tres Divinas Personas: “El Espíritu procede del Padre y de Mí”. De esta manera, el Niño de Belén es Dios Hijo, Dador del Espíritu Santo junto al Padre y esto lo puede hacer porque es Dios, como el Padre y como el Espíritu Santo, aunque lo nieguen los herejes y cismáticos. Por eso, este Niño no es un niño como cualquier otro. Y es esto lo que la Santa Iglesia proclama al mundo en el Credo Niceno-Constantinopolitano, como una verdad de fe divinamente revelada: “Creo en el Espíritu Santo (…) que procede del Padre y del Hijo”.

         Juan el Bautista le dará al Niño de Belén un Nombre Nuevo, un nombre jamás dado a nadie en el mundo: “Éste es el Cordero de Dios” y la razón es porque el Niño que nace en Nochebuena en el Portal de Belén es el Cordero de Dios Padre, que será inmolado en el ara de la cruz, en el Calvario, cruentamente y luego será inmolado incruentamente, sacramentalmente, por la salvación del mundo, cada vez, en el ara del altar eucarístico, donándose como Pan Vivo bajado del cielo.

         La Santa Madre Iglesia también dirá de este Niño, por medio del sacerdote ministerial, luego, cuando el Niño done su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad revestido como Pan de Vida eterna: “Éste es el Cordero de Dios”, usando la misma expresión profética y celestial de Juan el Bautista.

         Este Niño nacido en Belén en la Nochebuena dirá de Sí mismo más adelante: “Yo Soy la luz del mundo”, porque Él es la luz de Dios; aún más, porque Él es Dios y en cuanto Dios, Él es Luz porque la Luz es Gloria y Dios es su Gloria Increada; el Niño de Belén es Luz eterna que proviene de la Luz eterna que es Dios Padre -eso es lo que queremos significar cuando en el Credo decimos “Dios de Dios, Luz de Luz”-; es Luz divina, celestial, sobrenatural, que viene a este mundo en tinieblas envuelto en una naturaleza humana, como un niño, para iluminar las tinieblas del mundo y del hombre, para vencer para siempre a las tinieblas del infierno, para hacer partícipe al hombre de su luz divina por la gracia y para así conducir al hombre a la luz eterna de Dios Trino.

         Como católicos que somos, si celebramos la Nochebuena y la Navidad, no podemos quedarnos en una mera contemplación humana, horizontal, del Pesebre; no podemos quedarnos en simplemente considerar la simpatía de la escena, sino que debemos contemplar, por la fe, la maravillosa y asombrosa manifestación de Dios Hijo en este Niño de Belén[2], Quien desde la eternidad, desde el seno eterno del Padre, viene a nuestro tiempo, a nuestra historia, a través del seno virgen de la Madre de Dios, para conducirnos a su Reino por el misterio de la Santa Cruz, por el Misterio Pascual de Muerte y Resurrección.

         Sólo entonces, sólo por medio de la luz de la santa fe católica, se nos revelará el misterio sagrado de la Noche Santa de Nochebuena, sólo entonces comprenderemos porqué esta Noche es “Buena” con la Bondad de Dios y por eso es Noche Santa; sólo entonces comprenderemos la Nochebuena en su divino y sagrado esplendor, en su sentido y significado suprahistórico, que trasciende todo tiempo y espacio, porque es eterno; sólo entonces se nos revelará el rostro de Dios Padre en el rostro de Dios Hijo nacido como Niño.

         Sólo la luz de la santa fe católica puede hacer contemplar la realidad del Niño de Belén, inicio y fundamento de la Redención de la humanidad. El Pesebre no es la escena de un nacimiento más entre tantos: divide la historia humana en dos, en un antes y un después; por la Nochebuena, por medio de la Virgen Madre, viene a nuestro mundo, desde la eternidad, el Niño Dios, el Redentor, el Emmanuel, el Dios con nosotros; en la Nochebuena, el Dios que estaba en los cielos comienza a estar en medio de nosotros y por eso es el Emmanuel, el Dios con nosotros. Por esta razón la Nochebuena y la Navidad no pueden nunca reducirse al recuerdo de la memoria ni a la sola piedad, porque por el misterio de la liturgia, la Nochebuena, que aconteció hace veinte siglos, se actualiza y se nos hace realidad y se actualiza para nosotros, haciéndonos partícipes activos de su realidad mística, celestial y sobrenatural, realidad a la cual estamos llamados a participar por la gracia y por la fe; estamos llamados, como católicos, como hijos de Dios, a ser parte activa del misterio de Dios que viene a este mundo como Niño Dios.

         Ese mismo Niño, que nació en Belén hace dos mil años, que padeció en la cruz, que murió, fue sepultado y resucitó, que ascendió a los cielos glorioso, es el mismo que viene a nuestro encuentro en la Eucaristía, para convertir al alma en un Nuevo Portal de Belén.

         Así es como para nosotros, los católicos, la Nochebuena se convierte en lo que es, en un acontecimiento celestial, misterioso, trascendente, sobrenatural, porque no sólo recordamos con la memoria el Nacimiento del Niño Dios en Palestina; no sólo participamos, por la gracia y por la fe, del Nacimiento, sino que recibimos, en Persona, al Emmanuel, al Niño Dios, Jesús de Nazareth, en la Eucaristía, quien convierte, con su Presencia sacramental, al alma del cristiano en un Nuevo Portal de Belén.

         A este Niño Dios, que viene para nosotros, adorémoslo en el espíritu, adorémoslo en Nochebuena, adorémoslo en la Noche Santa y así como la Virgen Madre lo recostó en el Pesebre, así le pidamos a la Virgen que recueste al Niño Dios en nuestros corazones, convertidos por la gracia en otros tantos portales de Belén, cuando ingrese en ellos por la Sagrada Comunión.



[1] Cfr. Odo Casel, Presenza del mistero di Cristo, Editrice Queriniana, Brescia 1995, 64.

[2] Cfr. ibidem, 64.

El Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo no fue una obra humana, sino divina, trinitaria

 


(Domingo IV - TA - Ciclo A – 2025 - 2026)

         El Evangelio relata el nacimiento de Jesús. Dice textualmente: “El nacimiento de Jesús fue así: …”. Según lo que narran los Evangelios, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia Católica, el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo no fue una obra humana, sino divina, trinitaria, originada en la Santísima Trinidad, una obra de Dios Uno y Trino: Dios Padre envía a Dios Hijo, por medio de Dios Espíritu Santo, a encarnarse en el seno virgen de María Santísima.

         Ésta es la causa primera y última del festejo navideño de los cristianos, esta obra suprema de la Santísima Trinidad, el don que Dios Trino nos hace del Nacimiento de Dios Hijo encarnado en un Portal de Belén. Ésta es la única, principal y verdadera causa del festejo de Navidad para los cristianos.

         Sin embargo, visto como están las cosas, debemos preguntarnos si realmente es ésta la causa del festejo de Navidad, o si nosotros, los cristianos, hemos convertido a las fiestas navideñas en una fiesta vacía de contenido espiritual sobrenatural trinitario; debemos preguntarnos seriamente, porque según lo que se ve, los mismos cristianos hemos convertido a la Navidad en una ocasión de fiesta mundana sin Cristo. No se festeja el Nacimiento de Dios Hijo encarnado en el seno virgen de María; se ha reemplazado al Nacimiento del Hijo de Dios por un festejar por festejar, por un festejar vacío, en el que solo importan las reuniones familiares, las reuniones con los amigos, los balances de fin de año, las compras navideñas. Se ha reemplazado al Niño Dios por el festejo de sí mismo y por la fiebre del consumo. Cada año que pasa la descristianización es peor: casi no se escuchan villancicos navideños, no hay representaciones del Portal de Belén, no hay familias cristianas esperando la Llegada del Niño Dios: solo filas y filas en supermercados y tiendas de todo tipo, para saciar la sed de consumo materialista. Quienes sí piensan en el Pesebre, son los musulmanes y los sionistas, pero para pedir que se los quite de en medio, como sucede en los países en donde predominan el Islam y el sionismo. Pero en los países nominalmente cristianos católicos como el nuestro, la frialdad de los corazones hacia la Llegada del Niño Dios en Belén provoca escalofríos.

         Por esta razón, es imperativo que los católicos nos preguntemos: ¿en qué hemos convertido los cristianos el Nacimiento de Jesús?

         ¿Creemos que es una obra de la Trinidad, en la que Dios Padre envía a Dios Hijo, por obra de Dios Espíritu Santo, a nacer en el Portal de Belén, Casa de Pan, para entregarse como Pan de Vida eterna? ¿O acaso hemos convertido a la Navidad en una fiesta neo-pagana, en la que lo único que importa es festejar y celebrar por el sólo hecho de festejar y de celebrar, sin que haya ningún motivo sobrenatural salvífico para festejar y celebrar?

         Como cristianos, ¿consideramos que la Navidad, el nacimiento de Jesús, es la entrada del Dios eterno en el tiempo, revestido de Niño, para conducir a la humanidad a la felicidad eterna del Reino de los cielos por el camino de la cruz?

         ¿O tal vez, con nuestra actitud indiferente, fría, y hasta hostil, pensamos que el Nacimiento de Jesús es sólo una leyenda, un cuento fantástico, una fantasía elaborada a través de los siglos por un pueblo semita, que se transmitió por generaciones hasta llegar hasta nuestros días, pero que no es más que eso, una leyenda?

         Para Navidad, Dios no viene a nuestro mundo revestido de majestad y de gloria, de esplendor y de poder, sino que viene en pobreza extrema, ocultando su gloria divina bajo la naturaleza humana; viene como un niño débil, recién nacido, necesitado de todo, como todo recién nacido y lo hace para donarnos su Amor[1], el Espíritu Santo. Es ésta la realidad de la Natividad del Señor Jesús. Pero debemos preguntarnos seriamente si es esto en lo que creemos como católicos, o si pensamos que es una leyenda para hombres y mujeres piadosos, pero no la realidad. Dios viene a nuestro mundo como recién nacido en Navidad, en el Portal de Belén. ¿Creemos esto verdaderamente los católicos? ¿Es esto lo que celebramos los cristianos?

         Debemos reflexionar y meditar sobre esta verdad, porque es una triste realidad que los mismos católicos, no los enemigos de la Iglesia, sino los mismos católicos, nos hemos encargado de deformar y destruir a la Navidad a tal punto, que ya es imposible de reconocerla como una fiesta trinitaria, porque en vez de ser este rememorar y participar, por el misterio de la liturgia, del Nacimiento de Dios como un Niño, la hemos convertido en una ocasión para solamente comprar y gastar cuanto se pueda, de modo frenético, para luego consumir y así tener que seguir comprando y gastando, y si no podemos comprar y gastar, quejarnos porque no podemos comprar y gastar.

         ¿Qué celebramos los católicos de hoy en Navidad? ¿Celebramos verdaderamente que Dios Hijo vino a nuestro mundo como Niño en el Portal de Belén, para cumplir su Misterio Pascual de Muerte y Resurrección, perdonarnos nuestros pecados por su Sangre en la cruz y luego llevarnos al cielo como hijos adoptivos? ¿Celebramos esto? ¿O celebramos un sucedáneo de la Navidad, una fiesta neopagana, en la que el Niño Dios, si está, es una figurita decorativa y en la que en esta fiesta solo importa comer, beber y recibir y dar regalos?

         La verdadera fiesta del Nacimiento de Jesús es la Santa Misa de Nochebuena, y la verdadera fraternidad se la vive en Dios y con Dios, Presente en Persona en la Eucaristía.

         El verdadero banquete de Nochebuena es la Santa Misa, el Banquete Celestial preparado y servido por Dios Padre, en el que se sirve Carne de Cordero, la Carne del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo; en este Banquete se sirve el mejor vino, el Vino de la Alianza Nueva y definitiva, la Sangre de Jesús, derramada en la Cruz y recogida en el Cáliz del Altar Eucarístico; en este Banquete Celestial se sirve un Pan cocido en el Fuego del Divino Amor, el Pan Vivo bajado del cielo, la Sagrada Eucaristía y este Sagrado Banquete se sirve con toda majestad, reverencia, esplendor, piedad y amor en la Casa de Dios, la Santa Iglesia Católica.

         Si la Navidad se celebra sin esta celebración eucarística, o si se festeja la Navidad fuera del contexto del Sagrado Convite que es la Santa Misa, eso es celebrar y festejar una Navidad pagana, es celebrar en el vacío; es celebrar y festejar por celebrar y festejar, sin motivo, es celebrar y festejar sin razón y sin espíritu de Navidad, con espíritu mundano.

         Los ángeles de Dios anunciaron a los pastores el nacimiento virginal de Dios Niño y así glorificaron a Dios en los cielos al mismo tiempo que desearon la paz a los hombres de buena voluntad en la tierra: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”; de esta manera, nos mostraron cuál es el sentido de la Navidad: la gloria de Dios manifestada en el Niño de Belén y la paz entre los hombres que adoran al Niño Dios.

         Es éste el espíritu de la Navidad: glorificar a Dios por habernos revelado su rostro en el rostro del Niño de Belén; el espíritu de la Navidad es glorificar a Dios porque nos dona su Amor infinito, su Amor de Dios, un Amor desinteresado y sin límites, que es para lo que se ha encarnado; el espíritu de la Navidad es reconciliarse con Dios y con el prójimo por medio del sacramento de la confesión, para luego recibir a ese mismo Dios que se nos dona como Pan de Vida eterna en la Eucaristía y de esta manera sí se glorifica a Dios en los cielos y se tiene paz en la tierra.

         “El nacimiento de Jesús fue así: el ángel de Dios anunció a José que el Espíritu Santo había concebido al Hijo de Dios en el seno virginal de María”. Dios nace como Niño en Belén, sin dejar de ser Dios y su Nacimiento en Belén, Casa de Pan, se prolonga en cada Santa Misa, en cada altar eucarístico, que así se convierte en un Nuevo Portal de Belén y ese mismo Dios Niño que nació en Belén para donarse como Pan de Vida eterna se nos dona a Sí mismo como Pan de Vida eterna en la Comunión para ingresar en nuestros corazones y convertir nuestros corazones en otros tantos portales de Belén. Así como la Estrella de Belén ilumina el Portal adonde nace Dios hecho Niño, el Dios que se dona en el altar como Pan de Vida, así para Navidad la luz de la gracia debe iluminar al alma del cristiano para que sea como un Nuevo Portal de Belén, en donde nazca el Pan de Vida, Dios Niño.

        

 



[1] Cfr. O. Casel, Presenza del mistero di Cristo. Scelta di testi per l’anno liturgico, Ediciones Queriniana, Brescia 1995, 62.


jueves, 11 de diciembre de 2025

En las últimas dos semanas del tiempo de Adviento, esperamos al Mesías en su Primera Venida

 


(Domingo III – TA – Ciclo A – 2025-2026)

En las últimas dos semanas del tiempo de Adviento, esperamos al Mesías en su Primera Venida. Espiritualmente, tanto de modo personal, así como Cuerpo Místico de Cristo, como Iglesia, nos ubicamos en el mismo estado espiritual en el que se encontraban los justos del Antiguo Testamento que, conociendo las profecías, sabían que estas estaban a punto de cumplirse y que el Mesías habría de llegar de un momento a otro. Es verdad que Jesús ya cumplió su misterio pascual de muerte y resurrección, pero nosotros, en este último tramo del Adviento, espiritualmente lo esperamos como si todavía no hubiera nacido y lo esperamos con la alegría con la que lo esperaban los justos del Antiguo Testamento. En las dos últimas semanas del tiempo de Adviento, nos preparamos para el Nacimiento del Señor Jesús, para su Natividad en el Portal de Belén, de la misma manera a como los profetas y los justos antes de Jesús esperaban la Venida del Mesías.

Si esto es así, debemos preguntarnos entonces cómo era el mundo antes de la Venida de Jesús.

La respuesta es que el mundo, desde la caída de Adán y Eva, hasta la Venida de Jesús, estaba espiritualmente envuelto en tinieblas también espirituales; estaba envuelto en la oscuridad, una oscuridad no material, ya que sí había luz solar y luz artificial, pero faltaba la luz que viene de Dios. Esta oscuridad tiene un doble origen: el corazón del hombre sin Dios, envuelto en el pecado original, que es tinieblas, y la presencia en el mundo de los ángeles caídos, los demonios, quienes provenientes del Infierno, infectan la tierra y con su oscuridad demoníaca oscurecen todo a su alrededor. Dice así el Apocalipsis: “¡Ay de los habitantes de la tierra, porque el demonio ha caído en la tierra!” (cfr. Ap 12, 12). Los demonios, oscuros por la malicia de sus corazones angélicos sin Dios y sin luz divina, solo agregan más oscuridad, tinieblas y maldad a la oscuridad, tinieblas y maldad que reina en los corazones de los hombres sin Dios. Es decir, antes de la Venida de Jesús, el mundo estaba lleno de demonios y de oscuridad demoníaca. Por esta razón, aquellos que sabían que el Mesías habría de nacer, sabían que el Mesías, con su santidad, los iluminaría y disiparía la oscuridad de sus almas y del mundo, como dice el Profeta Isaías: “El Señor llega e iluminará los ojos de sus siervos” (19, 24). Los justos sabían que Jesús, Dios de Dios y Luz de Luz, iluminaría el mundo con la luz de Dios e iba a expulsar a los demonios y, lo más importante de todo, nos iba a conceder la filiación divina.

De entre todos aquellos justos que esperaban la Venida del Mesías, se destacan los Reyes Magos, quienes deseaban ver a Jesús con mucha esperanza y alegría en el corazón. Para eso, miraban ansiosos al cielo, esperando la aparición de la señal que les indicaría que el Mesías ya había nacido y dónde estaba y esa señal era la estrella de Belén, la estrella que indicaba que la Virgen había concebido por el Espíritu y había dado a luz al Mesías. Al ver a la estrella, se dijeron a sí mismos: “¡Ha nacido el Mesías, vamos a adorarlo!” y se pusieron en marcha.

Los Reyes Magos son así un ejemplo para nosotros, los bautizados, de cómo esperar al Mesías que viene para Navidad: tener muchos deseos de ver a Jesús en el Portal de Belén, estar alegres por su Venida, alegrarnos esperando la Navidad, la Natividad, el Día del Nacimiento de Jesús. Y esto es lo que significa el tiempo de Adviento: de la misma manera a como la aurora, la estrella de la mañana, anuncia la salida del sol, así el Adviento anuncia la Navidad, la llegada del Sol de justicia, Dios encarnado, Jesucristo.

Los Reyes Magos llevaron oro, incienso y mirra al Niño Dios, porque sabían que era Dios en Persona, revestido de Niño. Pero llevaban un regalo mucho más importante que estos regalos materiales y era el regalo de sus corazones: “…se llenaron de alegría y lo adoraron”, dice el Evangelio[1], y adorar quiere decir regalarle a Dios el corazón.

Nosotros no podemos ir a Belén –que quiere decir “Casa de Pan”-, pero sí podemos suponer que cada misa es como un Nuevo Portal de Belén, porque así como en Belén, por el Espíritu Santo, nació Jesús, Pan de Vida, así también en el altar, por el Espíritu Santo, nace Jesús Eucaristía, que es Pan de Vida. Imitando a los Reyes Magos, que esperaron al Mesías y se alegraron cuando llegó Jesús en Belén y le hicieron el regalo de sus corazones, así nosotros, en la misa, esperamos al Mesías que Viene en la consagración y nos alegramos por Jesús Eucaristía y le hacemos el regalo de nuestros corazones cuando comulgamos.

Ahora bien, esta comunión, tratándose específicamente del Tercer Domingo de Adviento, tiene características especiales, porque es el Domingo en el cual la Iglesia interrumpe, precisamente en vistas de la Venida del Mesías, lo que es propio del Adviento, la penitencia, para dar lugar a la alegría y por esta razón este Domingo Tercero de Adviento se llama “Gaudete” o “Alegría”.

En vistas de la Venida del Mesías, el Profeta Isaías llama a los justos a la alegría: “Contemplarán la gloria del Señor (…) alegría sin límite en sus rostros; los dominan el gozo y la alegría” y el Apóstol llama a “tomar como ejemplo a los profetas que hablaron en nombre del Señor”, es decir, ambos llaman a la alegría por el Mesías que Viene. La razón de esta alegría no es de origen humano o terrenal, sino celestial y divina, porque se origina en el mismo Mesías, en Jesucristo, que es Dios y, en cuanto Dios, es la “Alegría Increada”, es “Alegría Infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes. Jesucristo Dios es Causa de alegría para la Iglesia en Navidad, porque nace como Niño en Belén, Casa de Pan, para entregarse en la Última Cena como Pan de Vida eterna, para donar su Cuerpo y su Sangre de forma cruenta en la cruz y para luego continuar la donación de Sí mismo, de todo su Ser divino trinitario, en cada comunión eucarística.

La alegría que invade a la Iglesia en Navidad y que se expresa en el Domingo Tercero, en el “Gaudete”, se deriva del Ser trinitario del Niño Dios, del cual brota la Alegría como de su Fuente Increada y por eso la alegría de la Iglesia es una alegría que no solo no es mundana, humana, terrenal, sino que se trata de una alegría sobrenatural, celestial, divina, porque la alegría con la que se alegra la Iglesia es la alegría que le comunica el Niño de Belén, que es la Alegría Increada en sí misma.

Además de la alegría, a la Iglesia en Navidad le sucede algo más, proveniente del Mesías y es el ser iluminada con el resplandor de la luz divina que procede del Ser divino trinitario del Niño Jesús. Debido a que el Niño que nace en Belén es Dios, es también Luz Increada, Luz Eterna, Divina e Indeficiente y es por esto que la Iglesia no solo se alegra con alegría celestial para Navidad, sino que es resplandece con fulgor divino porque es iluminada con un resplandor de luz eterna y divina que proviene del Niño de Belén. Para Navidad, amanece para la Iglesia el glorioso y luminoso resplandor de la Alegría divina del Niño Dios, como lo dice el Profeta Isaías: “¡Levántate y resplandece, que tu luz ha llegado! La gloria del Señor brilla sobre ti! Mira, las tinieblas cubren la tierra, y una densa oscuridad se cierne sobre los pueblos. Pero la aurora del Señor brillará sobre ti” (cfr. Is 60, 1-2). La Iglesia es iluminada con divino resplandor porque sobre Ella resplandece con divino fulgor la luz de la gloria divina trinitaria, porque el Niño que nace en Belén es la Gloria Increada de Dios Trino y esa gloria es luz y luz eterna, que hace resplandecer a la Iglesia con el esplendor de la Trinidad.

Nosotros, que somos hijos de la Iglesia, podemos parafrasear al Profeta Isaías y decir, mientras contemplamos el Nacimiento del Niño Dios: “¡Levántate, resplandece, Esposa del Cordero, Iglesia de Dios, Iglesia Santa y Católica! ¡Revístete de la luz y de la gloria divina de la Trinidad, porque ha nacido Aquel que es la Majestad Increada, el Esplendor de la gloria del Padre, Dios Hijo revestido de Niño, sin dejar de ser Dios! ¡Levántate, Nueva Jerusalén, Iglesia Católica y alégrate, porque el Mesías te librará de todos tus enemigos y te colmará de su paz y de su alegría y te iluminará con la gloria de su Ser divino trinitario!”. Podemos decir, con toda razón, que en Tercer Domingo de Adviento, el Domingo de la Alegría, la Iglesia Católica vive, con anticipación, la alegría celestial que desde la gruta de Belén la inundará para Navidad.

Para Navidad, la Santa Iglesia Católica se alegra con alegría sobrenatural, celestial, divina, con el Nacimiento del Niño Dios en el Portal de Belén, porque este Niño es Dios y en cuanto Dios es la Alegría Increada; también para Navidad la Iglesia resplandece, pero no por las luces artificiales navideñas, sino porque sobre Ella resplandece la Luz Eterna e Increada que brota del seno virgen de la Madre de Dios en el Portal de Belén.

El Niño de Belén es Dios y en cuanto Dios es Alegría, Luz y Vida Divina Increadas y comunica la Alegría, la Luz y la Vida Divina a todo aquel a quien se acerque a adorarlo, en el Portal de Belén y en el Altar Eucarístico, Nuevo Portal de Belén. La Presencia real, verdadera y substancial del Niño Dios en la Eucaristía, que ilumina, alegra y da vida divina trinitaria a quien lo adora en la Eucaristía, es la razón de nuestra alegría como católicos en Navidad: porque ha nacido en Belén el Hijo de Dios encarnado, que es la Luz Eterna y la Alegría Increada en sí misma y que nos comunica de su Luz, de su Alegría y de su Vida divina en cada Comunión Eucarística.

 



[1] Cfr. …


miércoles, 3 de diciembre de 2025

“Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos, rellenad los valles, aplanad las montañas”



(Domingo II - TA - Ciclo C - 2025 – 2026)

         “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos, rellenad los valles, aplanad las montañas (cfr. Mt 3, 1-12; Lc 3, 1-6). Juan el Bautista cita al Profeta Isaías para indicar la llegada de la plenitud de los tiempos mesiánicos, es decir, para indicar que la Llegada del Mesías es inminente. En la profecía de Isaías se toma una figura del mundo material, en la que se dice que se deben “aplanar montañas, rellenar valles y enderezar caminos”, pero se aplica y se traslada al mundo espiritual.

         Esta imagen citada por el profeta Isaías y que es citada por Juan el Bautista –una montaña, un camino tortuoso, un valle profundo-, indica ante todo dificultad para ver o alcanzar el horizonte. Por ejemplo, cuando una montaña es muy alta, impide ver el horizonte; cuando un sendero da muchas vueltas, al dar tantas vueltas, hace perder de vista el horizonte, ya que algunas veces permite verlo y otras no; cuando un valle es profundo, tampoco deja ver el horizonte, porque por su forma cóncava, el caminante debe introducirse dentro de él y sólo cuando ha salido del valle, puede contemplar el horizonte. La altura, la sinuosidad, la concavidad, de los elementos geográficos, son todos elementos que impiden ver el horizonte.

         Entonces, el Profeta Isaías, en su profecía, profecía citada a su vez por Juan el Bautista, pide quitar estos elementos para poder ver el horizonte, siempre desde el punto de vista espiritual. Si esto es así, tenemos que preguntarnos entonces, ¿qué representan estas formaciones –montañas, valles, senderos- que dificultan la mirada hacia el horizonte? ¿qué es lo que hay que ver en el horizonte? ¿qué o quién está en el horizonte y es tan importante como para tener que remover todos estos elementos?

         Podemos decir que, desde el punto de vista espiritual, las montañas, los valles y los senderos, representan al propio yo, que por las pasiones y el pecado, es incapaz de mirar al Mesías que llega; pero, por otro lado, estas figuras representan también al Mesías, porque el Mesías es de origen divino y su Venida es tan misteriosa y tan lejos del alcance de la vista humana, que los accidentes geográficos describen la inmensidad del misterio sobrenatural que es imposible de ser conocido y comprendido por la razón humana si no es revelado y explicado por la Santísima Trinidad: el Mesías es el Hombre-Dios, es el Verbo de Dios Encarnado, que muere en la cruz para luego resucitar y dejar su Cuerpo y su Sangre en el Pan Vivo del Altar, la Sagrada Eucaristía.

         ¿Qué es lo que se debe contemplar en el horizonte? En el horizonte espiritual del alma y de la humanidad, una vez removidos los obstáculos espirituales, lo que se debe contemplar en el horizonte es al Mesías que llega, ya que según algunos autores, la palabra “Adviento” significa “aparición luminosa de la divinidad”[1] y esto se corresponde con el Mesías católico, Jesús de Nazareth, por que siendo Dios Hijo en Persona, es la Luz Increada, según Él lo dice de Él mismo en el Evangelio: “Yo Soy la Luz del mundo”-.

Aquí encontramos la principal y única razón por la cual las montañas deben ser aplanadas, los valles rellenados, los caminos enderezados: para que tanto el alma como la humanidad puedan ver -mediante la ayuda de la gracia santificante- en el horizonte de la eternidad, la luminosa aparición del Mesías que llega al alma. Y esta aparición del Mesías es luminosa porque “Dios es luz” (Mt 24, 36), como dice el evangelista Juan y el Mesías, Cristo, es Dios Hijo, “Luz de Luz”, como rezamos en el Credo. La aparición del Mesías es una aparición interior, espiritual, personal, a cada alma en particular y al Cuerpo Místico de la Iglesia en general y se trata de una aparición luminosa, porque Él mismo es luz y luz de vida eterna, porque es Luz Increada, Luz Divina y gloriosa trinitaria, que brota del Acto de Ser divino trinitario. Es para ver esta aparición del Mesías, que procediendo eternamente del Padre se encarna en María, es que se deben aplanar las montañas y enderezar los senderos.

La remoción de los obstáculos que impiden ver al Mesías - las montañas deben ser aplanadas, los valles rellenados, los caminos enderezados-, es una tarea que debe ser realizada de modo personal por cada bautizado; es de orden espiritual y se llama “conversión” y es una tarea que es imposible de realizar sin el auxilio de la gracia santificante y esto porque mirar al Mesías quiere decir mirar a Dios Hijo encarnado que viene de lo alto, para dejar de lado las criaturas y se manifiesta exteriormente por la misericordia y la caridad.

La conversión significa que el alma deja de contemplar a las creaturas para contemplar interior y espiritualmente al Mesías que llega a su alma en el esplendor de su divinidad de Dios Hijo; esta conversión se significa en la tarea de aplanar las montañas, se expresa exteriormente por la penitencia y las obras de caridad, y debido a que es una tarea imposible de realizar con las solas fuerzas humanas, es necesaria la actuación de la gracia santificante. Sólo el Espíritu Santo puede obrar en el alma lo que el Bautista y el Profeta Isaías anuncian. Sólo el Espíritu Santo, obrando en el interior del espíritu humano, puede preparar, en el Adviento, al alma, para que reciba al Mesías que viene, traído por el mismo Espíritu Santo.

Entonces, en la cita del Profeta Isaías por parte de Juan el Bautista, se encuentra la esencia del tiempo del Adviento, la Espera del Mesías que Viene, que Llega, como Niño en Belén, como Pan de Vida Eterna en la Eucaristía y como Justo Juez en el Día del Juicio. Así, el Mesías, Dios Hijo, procede eternamente del Padre, se encarna en María y nace como Dios Niño en Belén; el Espíritu prolonga este milagro por medio de la Iglesia, en el altar, continuando la encarnación y el Nacimiento de Belén en la consagración sacramental. Y al final de los tiempos, este mismo Mesías, vendrá para juzgar a la humanidad y dar inicio a su Reino Eterno. Para este Encuentro con el Mesías es necesaria la conversión, la remoción de los obstáculos -montañas, senderos, valles- que impiden ver al Mesías, ayudados por el Espíritu Santo. Por eso es que, para poder ver al Mesías, que nació en Belén, que prolonga su nacimiento en el altar, sea necesaria la acción del Espíritu de Dios. Para ver al Mesías que viene como Niño, que viene como Hostia, que viene como luz divina al alma, el Espíritu nos allana el camino, nos dispone a la conversión y nos sugiere obrar la caridad y la misericordia. Tanto la cita como la figura citados por el Bautista son un símbolo de lo que debe ser el Adviento: preparar el camino espiritual para la llegada del Mesías dentro nuestro. Las obras de misericordia, corporales y espirituales, y la penitencia, no son solo modificaciones exteriores del obrar, sino expresiones de transformación interior por la gracia, de quien ha sido transformado ya por el Espíritu del Mesías.

 



[1] Cfr. Odo Casel, Presenza del mistero di Cristo, Ediciones Queriniana, Brescia 195, 39.


martes, 25 de noviembre de 2025

“¡Ven, Señor Jesús!”

 


(Domingo I - TA - Ciclo A - 20254 - 2026)

         En las semanas previas a la Navidad, la Iglesia ingresa en un nuevo año litúrgico llamado “Adviento”, palabra proveniente del latín “ad-ventus” y que significa “venir”, “llegar”, “venida”- y se refiere a la llegada o venida de Nuestro Señor Jesucristo. El nombre de este tiempo litúrgico no es casual, sino que se corresponde con la gracia especial que Dios concede en este tiempo litúrgico y esta gracia es la de la preparación espiritual de cada alma en particular y de la Iglesia en general para el encuentro con el Señor Jesús que “viene”, que “llega”, de ahí el nombre de “Adviento”: “Adviento” es tiempo de preparación para el encuentro con Cristo que viene y ése es el significado tanto de la palabra “Adviento” como del tiempo litúrgico que lleva este nombre.

Ahora bien, tratándose de un encuentro con Cristo y un encuentro personal -además del encuentro de la Iglesia con su Cabeza que es Cristo-, es necesario tener en cuenta bajo qué aspecto se da este encuentro en el Adviento, para así estar preparados para salir al encuentro de Cristo que viene. En el tiempo litúrgico del Adviento, la Iglesia nos pide que nos preparemos para un doble tipo de encuentro con Cristo: nos pide que nos preparemos espiritualmente para la Segunda Venida en la gloria, esto es, como si supiéramos que es inminente el Día del Juicio Final y nos pide que nos preparemos espiritualmente para esperarlo en su Primera Venida en Belén, es decir, como si todavía no hubiera venido. Esto es lo que explica el tenor de las lecturas de las semanas previas a la Navidad: de las cuatro semanas previas a la Navidad, no todas las semanas del Adviento se dedican a la Navidad: las dos primeras semanas se dedican a meditar sobre la Venida Final del Señor al fin de los tiempos, es decir, se dedican a meditar en su Segunda Venida en la gloria[1], mientras que las dos últimas semanas, estas sí están dedicadas a meditar sobre la Navidad, es decir, están dedicadas a meditar sobre la Encarnación del Verbo de Dios por obra del Espíritu Santo en el seno de María Santísima y su Nacimiento virginal en Belén, Nacimiento virginal por el cual inicia su misterio pascual de redención de toda la humanidad.

El Adviento entonces es un tiempo litúrgico para participar de una manera particular y especial del misterio de Cristo: en este tiempo, el alma se concentra en meditar cómo habría sido su encuentro personal con Cristo en el momento de su Primera Venida en Belén y cómo será su encuentro personal con Cristo en su Segunda Venida en el Día del Juicio Final. Por esta razón la preparación espiritual del Adviento se realiza bajo un doble aspecto o bajo una doble mirada espiritual: una primera preparación es para conmemorar la Primera Venida del Mesías en la humildad del Portal de Belén y para esto el alma puede meditar cómo estarían deseosos los justos del Antiguo Testamento ante la Llegada del Mesías, o cómo sería la alegría de los pastores a los cuales el Ángel anuncia el Nacimiento del Niño Dios en el Portal de Belén; en la segunda preparación del Adviento, la preparación para la Segunda Venida del Señor Jesús en la gloria, el alma debe meditar en cómo sería su Juicio Particular si fuera a tener lugar en estos días; qué es lo que le diría a Jesús, Justo Juez; qué uso hizo de los talentos que Jesús le dio, por ejemplo. El hecho de que el Adviento esté dedicado, en su primera etapa, a la preparación de la Segunda Venida del Señor Jesús en la gloria, es lo que explica que el Evangelio elegido por la Iglesia para este Primer Domingo de Adviento -Lucas (21,25-28.34-36)- se refiera a la Segunda Venida del Señor Jesús y no al Nacimiento del Señor: “Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria”.

Algo a tener en cuenta, no solo en el Adviento, sino en todo tiempo litúrgico, es que el tiempo litúrgico no es una mera conmemoración; es decir, no se trata de una simple recreación de la memoria; no es solo un “recuerdo piadoso” de lo que sucedió hace dos mil años en el tiempo y en la historia, sino que, por el misterio de la liturgia eucarística, el tiempo litúrgico implica, tanto para la Iglesia en su conjunto como Cuerpo Místico, como para cada bautizado en particular, un evento que supera la capacidad de comprensión humana y este evento es la “participación” en el misterio de Cristo, que en el caso del Adviento será, de su Segunda Venida, en las dos primeras semanas, y de su Nacimiento virginal, en las dos últimas semanas. Este hecho es de fundamental importancia y es tan importante, que si no tenemos esto en cuenta, en nada nos diferenciamos de la iglesia protestante o de cualquier secta que conmemore o festeje la navidad. Es de fundamental importancia saber que “participamos” del misterio de Cristo y no simplemente “recordamos” o “conmemoramos”, porque la “participación” está dirigida por el Espíritu Santo, mientras que la “conmemoración” es una mera función de la memoria. La acción del Espíritu Santo nos introduce de lleno en el misterio de Cristo, nos hace partícipes de él, de manera tal que podemos decir que, cuando celebramos la Navidad, participamos de su Nacimiento, mientras que cuando meditamos en su Segunda Venida, en cierta medida estamos participando, ya en forma anticipada, del Día del Juicio Final. Aunque parezca algo imposible, esta participación en el misterio de Cristo es una realidad, tanto para la Iglesia en su conjunto, como para cada bautizado en particular, porque es el Espíritu Santo quien hace que la Iglesia sea partícipe de este misterio pascual de Cristo.

Otro elemento a tener en cuenta y que ayuda a vivir en su plenitud el Adviento es que, si bien en el Adviento se conmemora y participa de la Primera y Segunda Venida del Señor, la Primera que ocurrió en el pasado y la Segunda que ocurrirá en el futuro, hay además otra Venida, Intermedia, no menos importante que la Primera y la Segunda, y es la Venida, la Llegada o el Arribo o la Llegada de Jesús por medio de la Santa Misa, del Sacramento de la Eucaristía al alma, Llegada o Venida que ocurre en el aquí y ahora, en el hoy, en el presente, en cada Santa Misa. Es por esto que podemos decir con toda precisión que el Adviento no solo es preparación para la Primera y Segunda Venida, sino que es también tiempo de preparación espiritual para esta Venida o Llegada Intermedia, el Arribo de Jesús al alma a través del misterio de la Eucaristía que se desarrolla en el tiempo presente, en nuestro aquí y ahora, en cada Santa Misa. Entonces, por el tiempo litúrgico del Adviento, rememoramos y participamos del encuentro en el pasado con Cristo en Belén, vivimos en el presente el encuentro con Cristo en la Eucaristía y nos preparamos para el encuentro futuro con Cristo en el Día del Juicio Final.

En resumen, para el tiempo litúrgico del Adviento, que en latín significa “llegada” o “venida”, Dios nos concede un tiempo de gracia especial para que nos preparemos espiritualmente para el encuentro, tanto personal como Iglesia, como Cuerpo Místico, con Nuestro Señor Jesucristo principalmente en sus dos Llegadas o Venidas: la Primera Venida, ocurrida en el tiempo pasado en el Portal de Belén y la Segunda Venida en la gloria, que ocurrirá en el tiempo futuro, en el Día del Juicio Final. Y a la preparación para estas dos Llegadas, debemos agregarle una Tercera, que es la que ocurre en el tiempo presente y a la que podríamos llamar “Llegada Eucarística” o “Llegada Intermedia”, la cual generalmente pasa desapercibida, pero que sucede realmente en cada Santa Misa, de manera que cada Santa Misa es un misterioso “Adviento”, una “Llegada” misteriosa de Nuestro Señor Jesucristo que desde los cielos “llega” o “viene” hasta el pan y el vino del altar para convertirlos en su Cuerpo y en su Sangre y es para este maravilloso “Adviento Eucarístico”, para el cual también debemos prepararnos espiritualmente y con mucha mayor razón, porque si el Primero, el de Belén ya sucedió hace dos mil años y el Segundo, el del Día del Juicio Final, sucederá en algún momento, conocido sólo por Dios Padre, éste “Adviento Eucarístico”, sucede en cada Santa Misa, en un tiempo conocido por nosotros, por lo que no podemos decir que, o no estábamos presentes, como en Belén, o no sabemos si estaremos en esta vida mortal, como en el Día del Juicio Final, puesto que en la Santa Misa, que es donde sucede este “Adviento Eucarístico”, estamos presentes, en cuerpo y alma y asistimos y somos espectadores y partícipes privilegiados, por la gracia, del más grande y maravilloso milagro jamás realizado por la Santísima Trinidad, el “Adviento Eucarístico”.

Finalmente, sabemos que debemos prepararnos espiritualmente para el Adviento; por lo tanto, debemos preguntarnos cómo debemos hacerlo, es decir, cómo debemos vivir espiritualmente el Adviento. La respuesta la encontramos en el Evangelio, en la parábola del siervo diligente y bueno y el siervo perezoso y malo: el Señor que llega es Cristo, el siervo que espera o no espera a su Señor somos los bautizados. En esta parábola debemos observar que el siervo diligente y bueno espera a su señor con ropa de trabajo -símbolo de las obras de misericordia-, con su lámpara encendida -símbolo de una fe viva y operante- y en paz con los demás -símbolo de humildad y de paz en el corazón, lo cual se obtiene con la gracia santificante, con la oración como el Rosario y con la Santa Misa-; el siervo perezoso y malo, por el contrario, no espera a su señor -símbolo de que no ama a Jesucristo-, se emborracha -ama los placeres carnales-, golpea a los demás -la violencia y la discordia son señales claras de la presencia del espíritu demoníaco, de Satanás- y su lámpara está apagada -porque no tiene fe, no cree, ni espera, ni adora, ni ama a Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía-.

En nuestro libre albedrío está el vivir el Adviento como el siervo perezoso y malo o como el siervo diligente y bueno, quien en lo más profundo de su corazón espera con ansias y con amor la Llegada de su Señor y en cada latido de su corazón dice: “¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22, 20).

 

 




[1] https://www.aciprensa.com/noticias/53270/que-es-el-adviento-y-cuando-empieza

 


jueves, 20 de noviembre de 2025

Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

 



(Ciclo C – 2025)

         “Sobre su cabeza había una inscripción: ‘Este es el Rey de los judíos’” (cfr. Lc 23, 35-43). En el final del año litúrgico, en la ceremonia litúrgica más importante, la Santa Misa, la Iglesia Católica reconoce pública, solemne y oficialmente a todo el mundo que su Rey, su Único Rey, es Jesucristo. Lo que llama la atención en esta proclamación es el pasaje del Evangelio que utiliza la Iglesia para proclamar la reyecía universal de Jesucristo, ya que el pasaje elegido es el de la Crucifixión del Viernes Santo en el Monte Calvario.

         Es decir, la Iglesia nos dice que nuestro Rey es Cristo y la imagen que utiliza es la de Cristo crucificado. Podríamos preguntarnos la razón de esta imagen, ya que parece un contrasentido el proclamar como rey a un hombre que, a simple vista, parece derrotado y vencido, suspendido en una cruz, con sus manos y pies clavados al leño de la cruz por gruesos clavos de hierro. Además, si los reyes tienen coronas de oro y plata y engarzadas de diamantes y todo tipo de piedras preciosas, ¿por qué el Rey de la Iglesia Católica ostenta en cambio una gruesa y dura corona de filosas espinas, que perforan su cuero cabelludo, llegando hasta los huesos del cráneo, haciendo brotar abundante sangre de su cabeza?

         Todos estamos de acuerdo en proclamar a Jesús como Nuestro Gran Rey, pero, precisamente, porque es el Rey del Universo, de todo lo visible e invisible, ¿no sería más apropiado, en la proclamación de su condición de rey, elegir una lectura del Evangelio en donde se lo muestre triunfante y victorioso en la Resurrección? ¿No sería más adecuado, con su condición de Rey Victorioso, proclamarlo con una lectura en la que aparece ante su Iglesia luminoso y glorioso, triunfante en la Resurrección frente al Demonio, la Muerte y el Pecado? En lugar de aparecer crucificado, cubierto de heridas, coronado de espinas, aparentemente derrotado, ¿no debería aparecer ante nuestros ojos con la luz gloriosa de la Resurrección, con la corona radiante de la gloria divina y no con la corona de filosas e hirientes espinas?

         Podríamos preguntarnos también si no sería más apropiado presentar a Jesús Rey del Universo como al Cordero del Apocalipsis, que triunfa de la muerte y es adorado por ángeles y santos en el cielo: “Y se postraron los veinticuatro ancianos, y los cuatro vivientes, y adoraron al Dios sentado en el trono”[1].

Otra figura que sería representativa de Jesús en cuanto Rey del Universo, es la del Apocalipsis, en la que se lo muestra como el Cordero de Dios que es “Señor de señores y Rey de reyes, el Vencedor de la Bestia, como lo dice el Apocalipsis: “El Cordero vencerá (a los reyes de la bestia); porque es Señor de señores y Rey de reyes”[2]?

Mucho mejor aun sería utilizar, para la solemnidad de Cristo Rey, un pasaje del Apocalipsis en el que Jesucristo es descripto es descripto como Rey Victorioso: “Y vi el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco, y el que montaba es el que se llama Fiel y Veraz (…). Viste un manto empapado de sangre, y su Nombre es: el Verbo de Dios. (…) En su manto y sobre su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores”?[3].

Sin embargo, a pesar de todas estas imágenes y lecturas en las que Jesús aparece como lo que Es, Rey Victorioso y Glorioso, revestido de majestad divina, la Iglesia elige para esta solemnidad la lectura del Evangelio en el que Jesús aparece crucificado, dándonos la imagen de un Rey, sí, porque es “Rey de los judíos”, como dice el letrero que cuelgan los romanos en la cruz, pero un Rey derrotado, vencido por sus enemigos, tanto sus enemigos humanos, los judíos y los romanos, como sus enemigos preternaturales, los ángeles caídos, con Satanás a la cabeza, es decir, el Infierno todo. La Iglesia elige un pasaje del Evangelio en el que Nuestro Rey Jesucristo aparece derrotado y humillado y ante el cual todos se burlan y se ríen y lo insultan: “Los jefes (del pueblo) se burlaban de Él (…) los soldados se burlaban de Él (…) uno de los malhechores crucificados lo insultaba”[4].

Es por esto que surge la pregunta: ¿por qué la Iglesia no utiliza las imágenes y los pasajes de la resurrección o las del Apocalipsis, en las que Jesucristo aparece como Rey glorioso y triunfante y en cambio utiliza las imágenes y pasajes de la crucifixión, en donde aparece como un Rey derrotado, humillado y vencido por sus enemigos humanos y angélicos?

La respuesta es que la Iglesia proclama a su Rey con la lectura y con la imagen de la crucifixión porque un rey ostenta gloria y Jesús resucitado ostenta gloria, pero de un modo particular: ostenta gloria divina en la humillación y en el anonadamiento de la Pasión y manifiesta y ostenta esta gloria divina de una manera tal que supera a la gloria de la resurrección[5], porque por la cruz, eleva a la naturaleza humana a la participación de la vida divina trinitaria. ¿Por qué? Porque no es la resurrección en donde Jesús hace partícipe a la humanidad de su vida y de su gloria divina, sino mucho antes, en la Pasión, porque es en la cruz en donde Jesús se hace partícipe de la derrota de la humanidad por el pecado original, y no en la resurrección; es en la cruz en donde Jesús, el Hombre-Dios, al morir, destruye a la muerte con su Vida divina y al mismo tiempo hace partícipe al hombre de su Vida divina trinitaria. En la resurrección, Jesús ya ha triunfado y aparece victorioso, triunfante, glorioso, y esta no es la condición de la humanidad derrotada por el pecado; en cambio, en la cruz, en donde aparentemente Jesús aparece como derrotado, sí se asemeja a la humanidad derrotada por el pecado y es allí, en la cruz, en donde más se asemeja al hombre vencido por el pecado, en donde Jesús, aparentemente vencido pero en realidad triunfante, porque es Dios y Rey Todopoderoso, vence a la muerte, al pecado y al Demonio, al mismo tiempo que hace partícipe al hombre de su Vida divina y por esa razón es que la Iglesia elige la lectura de la Pasión y Muerte en cruz de Jesús para proclamarlo como Rey, como su Único Rey, como Rey Universal de todo lo creado. Apareciendo como vencido y humillado en el Calvario, suspendido por los clavos de hierro en la cruz, Nuestro Rey Jesús manifiesta, paradójicamente, el esplendor de la gloria divina y la majestad de su reyecía divina al primero compartir el sufrimiento y la caída de la naturaleza humana y luego al elevar a esta misma naturaleza que sufre, al no solo vencer a sus tres enemigos, el Demonio, la Muerte y el Pecado, sino al hacerla partícipe de la naturaleza divina trinitaria por la gracia santificante y ése es el motivo por el cual la Iglesia proclama a su Rey con una lectura de la crucifixión.

Jesús, Rey Eterno, reina desde la cruz con majestad y gloria divina; Jesús, Rey de gloria infinita y eterna, no se reserva para sí su reyecía, sino que quiere hacer partícipes de la gloria de la cruz en el cielo y por la eternidad a todos los hombres que a Él se asocien en el tiempo por medio de la de la derrota y de la humillación de la cruz, por medio de la enfermedad, el dolor, la soledad, la tribulación, reflejos y anticipos de la gloria de Cristo en el cielo para quien lleva la cruz con humildad y amor.

A Jesús, Nuestro Rey Eterno, el Cordero que reina en los cielos y que quiere donarnos su gloria y su reyecía; a Jesús, Nuestro Rey Eterno, que como Pan de Vida Divina reina en su Iglesia desde el sagrario; a Jesús, Rey Eterno que como Cordero del sacrificio reina de la cruz, a Él, y sólo a Él, le sean dados todo el honor, la alabanza, la gloria y la adoración, en el tiempo y por toda la eternidad.

 



[1] Cfr. Ap 19, 4.

[2] Cfr. Ap 12, 14.

[3] Cfr. Ap 19, 11. 13. 16.

[4] Cfr. Lc 23, 35-43.

[5] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 451.