Agnus Dei
Adorado seas, Jesús, Cordero de Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios oculto en el Santísimo Sacramento del altar. Adorado seas en la eternidad, en el seno de Dios Padre; adorado seas en el tiempo, en el seno de la Virgen Madre; adorado seas, en el tiempo de la Iglesia, en su seno, el altar Eucarístico. Adorado seas, Jesús, en el tiempo y en la eternidad.
lunes, 5 de enero de 2026
sábado, 20 de diciembre de 2025
Santa Misa de Navidad
(Ciclo A - 2025 – 2026)
La Iglesia se congrega para Navidad alrededor del
Pesebre de Belén y lo hace en un clima de indecible gozo y alegría sobrenatural
por el Nacimiento del Niño de Belén. La alegría de la Iglesia es sobrenatural,
es decir, no se origina ni se explica con la razón humana; es verdad que la
escena del Pesebre, la escena inmediatamente posterior a la Nochebuena, es la
escena que, a primera vista, es similar a cualquier otra familia humana: en el
Pesebre hay una madre primeriza, un niño recién nacido, un hombre que es su
padre, y toda la escena se desarrolla en una gruta, la gruta de Belén, que en
realidad es un refugio de dos animales, un buey y un burro, que con sus cuerpos
dan calor al niño en medio del frío de la noche.
Esto es lo que ven los ojos y la razón humana; sin embargo,
la Iglesia contempla esta escena no con ojos humanos, sino a la luz de la fe; la
Iglesia contempla la escena del Pesebre con los ojos del alma iluminados con la
luz del Espíritu Santo y como dice el libro de los Números, abre sus ojos
espirituales y contempla en el Niño de Belén, con la luz del Espíritu Santo, a
Dios omnipotente: “Habla el hombre al que se le abrieron los ojos. Así habla el
que oye las palabras de Dios, el que ve el rostro del Omnipotente, y le es
quitado el velo de sus ojos…” (24, 3ss).
De esta manera la Iglesia contempla en el Pesebre la santidad,
la belleza, la majestuosidad y la gloria de Dios Hijo encarnado que se
manifiesta en la fragilidad de un niño recién nacido que, como todo niño recién
nacido, tiene necesidad de todo. Por medio de la realidad material, iluminada
por el Espíritu Santo, la Iglesia ve la realidad sobrenatural, invisible a los
ojos del cuerpo, pero visible a los ojos del alma iluminados por la luz de la
fe, ve la realidad del espíritu, la realidad celestial que se le revela a sus
ojos espirituales: la Iglesia ve al Emmanuel, al Dios con nosotros, en el Niño
de Belén; la Iglesia ve al Hijo Eterno del Padre, al Cristo, al Mesías, que se
le aparece como Niño, pero que es al mismo tiempo Dios omnipotente, que se
manifiesta como Niño, pero sin dejar de ser Dios.
Por la acción iluminadora interior del Espíritu de
Dios, en Navidad, la Iglesia no ve simplemente a un niño que acaba de nacer en
un refugio de animales, acompañado de su madre y de un pobre leñador; la
Iglesia ve en este Niño a la Gloria Increada de Dios, encarnada y manifestada
como un Niño de pocas horas de vida; para la Iglesia, este Niño es el Kyrios, el Señor de la gloria, el
Creador del universo, la Luz eterna que procede de la Luz eterna que es el
Padre y es por eso que es para Ella el versículo del profeta Isaías: “La gloria
del Señor brilla sobre ti” (60, 1ss).
Es en esto en lo que consiste precisamente la fiesta de
la Navidad, en contemplar, con la luz de la fe, iluminados por el Espíritu
Santo, el misterio sobrenatural que significa que Dios Eterno nazca como Niño
en el tiempo en el Portal de Belén; la Navidad es contemplar el Nacimiento del
Niño de Belén, no como un niño humano más, sino como Dios-Niño, como Niño Dios,
como Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, como Dios vestido de majestad y
gloria infinitas que, para donarnos su Amor, no duda en venir a nuestro mundo
como Niño recién nacido, para que nadie tenga temor en acercársele y en
abrazarlo, así como nadie tiene temor a un niño de pocas horas de nacido.
En nuestros días, la inmensa mayoría de los cristianos
cometen el pecado de apostasía, que consiste en secularizar y mundanizar la
Navidad, quitándole todo el misterio sobrenatural, viviendo la Nochebuena y
Navidad como si fuera un evento mundano y neopagano, profanando así el
Nacimiento del Niño Dios y provocándose a sí mismos un enorme daño espiritual,
porque al convertir a la Navidad en una fiesta pagana y secular, le quitan su
esencia, su verdadera alegría y su luz divina, transformándola en una fiesta
sombría y siniestras, aun cuando abunden las luces, los banquetes y la música
estridente. La alegría de la Navidad se deriva del encuentro personal con el
Niño Dios nacido en el Portal de Belén, que prolonga y actualiza su Nacimiento
en la Santa Misa, el Nuevo Portal de Belén. Esta es la única alegría posible en
Navidad, la Alegría que nos comunica el Niño Dios.
jueves, 18 de diciembre de 2025
Santa Misa de Nochebuena
(Ciclo A – 2025 - 2026)
En la Noche
de Navidad, en la Noche Santa, la Nochebuena, se nos presenta a los ojos del
espíritu una familia que a primera vista es similar en todo a cualquier otra
familia humana: una madre que sostiene en su regazo a su hijo recién nacido; un
hombre, que parece ser su esposo, contemplando a la madre y al hijo y el niño
recostado en el pesebre. Sin embargo, para el catolicismo, esta Familia, que se
ubica en Palestina, en el Portal de Belén, esta familia no es una familia más:
esta Familia es el centro espiritual alrededor del cual gira toda su fe, toda
su creencia, todos sus dogmas, toda su vida espiritual y aún más, toda su vida
y todo su ser, de ahí la importancia de meditar y reflexionar acerca esta
escena familiar de Nochebuena. Debido a la naturaleza sobrenatural de esta
Familia de Nazareth, es imposible contemplar a esta Familia y, dentro de esta
Familia, al Niño recién nacido, sin la luz de la fe de la Iglesia Católica,
porque de lo contrario, nos perdemos en el horizonte de la intrascendencia de
lo humano y de lo meramente temporal; sin la fe católica, el Niño que nace en
Nochebuena es un niño más entre todos los niños humanos y la religión católica
es una religión humana más sin ninguna pretensión de trascendencia salvífica.
Sin la fe católica, convertimos a la Navidad en una fiesta neo-pagana, cuando
la fe nos dice que la verdadera fiesta de Navidad es la Santa Misa de
Nochebuena, porque en la Santa Misa Dios Padre nos convida con un manjar
delicioso, exquisito, el Pan Vivo bajado del cielo, el Vino de la Alianza Nueva
y Eterna y la Carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo.
También tenemos regalos, y el más grande y el mejor de todos, el Niño Dios, que
nace en Belén, Casa de Pan, para donársenos como Pan de Vida eterna, la Sagrada
Eucaristía.
Es la santa
fe católica la que nos revela que este Niño, nacido en Nochebuena, es Dios Hijo
encarnado y aunque a nuestros ojos aparece como un débil Niño recién nacido, es
el Hijo eterno del Padre, que procede eternamente del Padre y que viene a este
mundo encarnándose en el seno de la Virgen Madre. Es por la fe que vemos en
este Niño recién nacido al Rey de la gloria, a la luz de la divina sabiduría,
al poder de Dios que vence al mundo[1],
al infierno, al pecado y a la muerte, al tiempo que nos dona su vida divina
trinitaria.
Es la santa
fe católica la que nos hace creer que el Niño de Belén es lo que Él dice de Sí
mismo y lo que los demás dicen de Sí. Así, más adelante, cuando sea adulto,
este Niño dirá de Sí mismo: “Quien Me ve, ve al Padre” (cfr. Jn 14, 9), afirmando con esto que Él es
la Imagen de la gloria del Padre y por esto mismo quien ve desde ahora, en el
Pesebre, al Niño de Belén ve, en el misterio, a la gloria del Eterno Padre;
quien ve al Hijo ve, en el misterio, al Padre en el Hijo.
También
revelará este Niño su origen divino trinitario: “El Padre y Yo somos una sola
cosa” y revelará también que la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu
Santo, procede de Él y del Padre, indicando la unidad de naturaleza y de acción
de las Tres Divinas Personas: “El Espíritu procede del Padre y de Mí”. De esta
manera, el Niño de Belén es Dios Hijo, Dador del Espíritu Santo junto al Padre
y esto lo puede hacer porque es Dios, como el Padre y como el Espíritu Santo,
aunque lo nieguen los herejes y cismáticos. Por eso, este Niño no es un niño
como cualquier otro. Y es esto lo que la Santa Iglesia proclama al mundo en el
Credo Niceno-Constantinopolitano, como una verdad de fe divinamente revelada: “Creo
en el Espíritu Santo (…) que procede del Padre y del Hijo”.
Juan el
Bautista le dará al Niño de Belén un Nombre Nuevo, un nombre jamás dado a nadie
en el mundo: “Éste es el Cordero de Dios” y la razón es porque el Niño que nace
en Nochebuena en el Portal de Belén es el Cordero de Dios Padre, que será
inmolado en el ara de la cruz, en el Calvario, cruentamente y luego será
inmolado incruentamente, sacramentalmente, por la salvación del mundo, cada
vez, en el ara del altar eucarístico, donándose como Pan Vivo bajado del cielo.
La Santa
Madre Iglesia también dirá de este Niño, por medio del sacerdote ministerial,
luego, cuando el Niño done su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad
revestido como Pan de Vida eterna: “Éste es el Cordero de Dios”, usando la
misma expresión profética y celestial de Juan el Bautista.
Este Niño nacido
en Belén en la Nochebuena dirá de Sí mismo más adelante: “Yo Soy la luz del
mundo”, porque Él es la luz de Dios; aún más, porque Él es Dios y en cuanto
Dios, Él es Luz porque la Luz es Gloria y Dios es su Gloria Increada; el Niño
de Belén es Luz eterna que proviene de la Luz eterna que es Dios Padre -eso es
lo que queremos significar cuando en el Credo decimos “Dios de Dios, Luz de
Luz”-; es Luz divina, celestial, sobrenatural, que viene a este mundo en
tinieblas envuelto en una naturaleza humana, como un niño, para iluminar las
tinieblas del mundo y del hombre, para vencer para siempre a las tinieblas del
infierno, para hacer partícipe al hombre de su luz divina por la gracia y para
así conducir al hombre a la luz eterna de Dios Trino.
Como
católicos que somos, si celebramos la Nochebuena y la Navidad, no podemos
quedarnos en una mera contemplación humana, horizontal, del Pesebre; no podemos
quedarnos en simplemente considerar la simpatía de la escena, sino que debemos
contemplar, por la fe, la maravillosa y asombrosa manifestación de Dios Hijo en
este Niño de Belén[2],
Quien desde la eternidad, desde el seno eterno del Padre, viene a nuestro
tiempo, a nuestra historia, a través del seno virgen de la Madre de Dios, para
conducirnos a su Reino por el misterio de la Santa Cruz, por el Misterio
Pascual de Muerte y Resurrección.
Sólo
entonces, sólo por medio de la luz de la santa fe católica, se nos revelará el
misterio sagrado de la Noche Santa de Nochebuena, sólo entonces comprenderemos
porqué esta Noche es “Buena” con la Bondad de Dios y por eso es Noche Santa;
sólo entonces comprenderemos la Nochebuena en su divino y sagrado esplendor, en
su sentido y significado suprahistórico, que trasciende todo tiempo y espacio,
porque es eterno; sólo entonces se nos revelará el rostro de Dios Padre en el
rostro de Dios Hijo nacido como Niño.
Sólo la luz
de la santa fe católica puede hacer contemplar la realidad del Niño de Belén,
inicio y fundamento de la Redención de la humanidad. El Pesebre no es la escena
de un nacimiento más entre tantos: divide la historia humana en dos, en un
antes y un después; por la Nochebuena, por medio de la Virgen Madre, viene a
nuestro mundo, desde la eternidad, el Niño Dios, el Redentor, el Emmanuel, el
Dios con nosotros; en la Nochebuena, el Dios que estaba en los cielos comienza
a estar en medio de nosotros y por eso es el Emmanuel, el Dios con nosotros.
Por esta razón la Nochebuena y la Navidad no pueden nunca reducirse al recuerdo
de la memoria ni a la sola piedad, porque por el misterio de la liturgia, la
Nochebuena, que aconteció hace veinte siglos, se actualiza y se nos hace
realidad y se actualiza para nosotros, haciéndonos partícipes activos de su
realidad mística, celestial y sobrenatural, realidad a la cual estamos llamados
a participar por la gracia y por la fe; estamos llamados, como católicos, como
hijos de Dios, a ser parte activa del misterio de Dios que viene a este mundo
como Niño Dios.
Ese mismo
Niño, que nació en Belén hace dos mil años, que padeció en la cruz, que murió,
fue sepultado y resucitó, que ascendió a los cielos glorioso, es el mismo que
viene a nuestro encuentro en la Eucaristía, para convertir al alma en un Nuevo Portal
de Belén.
Así es como
para nosotros, los católicos, la Nochebuena se convierte en lo que es, en un
acontecimiento celestial, misterioso, trascendente, sobrenatural, porque no
sólo recordamos con la memoria el Nacimiento del Niño Dios en Palestina; no
sólo participamos, por la gracia y por la fe, del Nacimiento, sino que
recibimos, en Persona, al Emmanuel, al Niño Dios, Jesús de Nazareth, en la
Eucaristía, quien convierte, con su Presencia sacramental, al alma del
cristiano en un Nuevo Portal de Belén.
A este Niño
Dios, que viene para nosotros, adorémoslo en el espíritu, adorémoslo en
Nochebuena, adorémoslo en la Noche Santa y así como la Virgen Madre lo recostó
en el Pesebre, así le pidamos a la Virgen que recueste al Niño Dios en nuestros
corazones, convertidos por la gracia en otros tantos portales de Belén, cuando
ingrese en ellos por la Sagrada Comunión.
El Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo no fue una obra humana, sino divina, trinitaria
(Domingo IV - TA - Ciclo A – 2025 - 2026)
El Evangelio relata el nacimiento de Jesús. Dice
textualmente: “El nacimiento de Jesús fue así: …”. Según lo que narran los
Evangelios, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia Católica, el Nacimiento
de Nuestro Señor Jesucristo no fue una obra humana, sino divina, trinitaria,
originada en la Santísima Trinidad, una obra de Dios Uno y Trino: Dios Padre
envía a Dios Hijo, por medio de Dios Espíritu Santo, a encarnarse en el seno
virgen de María Santísima.
Ésta es la causa primera y última del festejo navideño de
los cristianos, esta obra suprema de la Santísima Trinidad, el don que Dios
Trino nos hace del Nacimiento de Dios Hijo encarnado en un Portal de Belén.
Ésta es la única, principal y verdadera causa del festejo de Navidad para los
cristianos.
Sin embargo, visto como están las cosas, debemos
preguntarnos si realmente es ésta la causa del festejo de Navidad, o si
nosotros, los cristianos, hemos convertido a las fiestas navideñas en una
fiesta vacía de contenido espiritual sobrenatural trinitario; debemos
preguntarnos seriamente, porque según lo que se ve, los mismos cristianos hemos
convertido a la Navidad en una ocasión de fiesta mundana sin Cristo. No se
festeja el Nacimiento de Dios Hijo encarnado en el seno virgen de María; se ha
reemplazado al Nacimiento del Hijo de Dios por un festejar por festejar, por un
festejar vacío, en el que solo importan las reuniones familiares, las reuniones
con los amigos, los balances de fin de año, las compras navideñas. Se ha
reemplazado al Niño Dios por el festejo de sí mismo y por la fiebre del
consumo. Cada año que pasa la descristianización es peor: casi no se escuchan
villancicos navideños, no hay representaciones del Portal de Belén, no hay
familias cristianas esperando la Llegada del Niño Dios: solo filas y filas en
supermercados y tiendas de todo tipo, para saciar la sed de consumo
materialista. Quienes sí piensan en el Pesebre, son los musulmanes y los
sionistas, pero para pedir que se los quite de en medio, como sucede en los
países en donde predominan el Islam y el sionismo. Pero en los países
nominalmente cristianos católicos como el nuestro, la frialdad de los corazones
hacia la Llegada del Niño Dios en Belén provoca escalofríos.
Por esta razón, es imperativo que los católicos nos
preguntemos: ¿en qué hemos convertido los cristianos el Nacimiento de Jesús?
¿Creemos que es una obra de la Trinidad, en la que Dios
Padre envía a Dios Hijo, por obra de Dios Espíritu Santo, a nacer en el Portal
de Belén, Casa de Pan, para entregarse como Pan de Vida eterna? ¿O acaso hemos
convertido a la Navidad en una fiesta neo-pagana, en la que lo único que
importa es festejar y celebrar por el sólo hecho de festejar y de celebrar, sin
que haya ningún motivo sobrenatural salvífico para festejar y celebrar?
Como cristianos, ¿consideramos que la Navidad, el nacimiento
de Jesús, es la entrada del Dios eterno en el tiempo, revestido de Niño, para
conducir a la humanidad a la felicidad eterna del Reino de los cielos por el
camino de la cruz?
¿O tal vez, con nuestra actitud indiferente, fría, y hasta
hostil, pensamos que el Nacimiento de Jesús es sólo una leyenda, un cuento
fantástico, una fantasía elaborada a través de los siglos por un pueblo semita,
que se transmitió por generaciones hasta llegar hasta nuestros días, pero que no
es más que eso, una leyenda?
Para Navidad, Dios no viene a nuestro mundo revestido de
majestad y de gloria, de esplendor y de poder, sino que viene en pobreza extrema,
ocultando su gloria divina bajo la naturaleza humana; viene como un niño débil,
recién nacido, necesitado de todo, como todo recién nacido y lo hace para
donarnos su Amor[1],
el Espíritu Santo. Es ésta la realidad de la Natividad del Señor Jesús. Pero
debemos preguntarnos seriamente si es esto en lo que creemos como católicos, o
si pensamos que es una leyenda para hombres y mujeres piadosos, pero no la
realidad. Dios viene a nuestro mundo como recién nacido en Navidad, en el
Portal de Belén. ¿Creemos esto verdaderamente los católicos? ¿Es esto lo que
celebramos los cristianos?
Debemos reflexionar y meditar sobre esta verdad, porque es
una triste realidad que los mismos católicos, no los enemigos de la Iglesia,
sino los mismos católicos, nos hemos encargado de deformar y destruir a la
Navidad a tal punto, que ya es imposible de reconocerla como una fiesta
trinitaria, porque en vez de ser este rememorar y participar, por el misterio
de la liturgia, del Nacimiento de Dios como un Niño, la hemos convertido en una
ocasión para solamente comprar y gastar cuanto se pueda, de modo frenético,
para luego consumir y así tener que seguir comprando y gastando, y si no
podemos comprar y gastar, quejarnos porque no podemos comprar y gastar.
¿Qué celebramos los católicos de hoy en Navidad? ¿Celebramos
verdaderamente que Dios Hijo vino a nuestro mundo como Niño en el Portal de
Belén, para cumplir su Misterio Pascual de Muerte y Resurrección, perdonarnos
nuestros pecados por su Sangre en la cruz y luego llevarnos al cielo como hijos
adoptivos? ¿Celebramos esto? ¿O celebramos un sucedáneo de la Navidad, una
fiesta neopagana, en la que el Niño Dios, si está, es una figurita decorativa y
en la que en esta fiesta solo importa comer, beber y recibir y dar regalos?
La verdadera fiesta del Nacimiento de Jesús es
El verdadero banquete de Nochebuena es la Santa Misa, el
Banquete Celestial preparado y servido por Dios Padre, en el que se sirve Carne
de Cordero, la Carne del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo;
en este Banquete se sirve el mejor vino, el Vino de la Alianza Nueva y
definitiva, la Sangre de Jesús, derramada en la Cruz y recogida en el Cáliz del
Altar Eucarístico; en este Banquete Celestial se sirve un Pan cocido en el
Fuego del Divino Amor, el Pan Vivo bajado del cielo, la Sagrada Eucaristía y
este Sagrado Banquete se sirve con toda majestad, reverencia, esplendor, piedad
y amor en la Casa de Dios, la Santa Iglesia Católica.
Si la Navidad se celebra sin esta celebración eucarística, o
si se festeja la Navidad fuera del contexto del Sagrado Convite que es la Santa
Misa, eso es celebrar y festejar una Navidad pagana, es celebrar en el vacío;
es celebrar y festejar por celebrar y festejar, sin motivo, es celebrar y
festejar sin razón y sin espíritu de Navidad, con espíritu mundano.
Los ángeles de Dios anunciaron a los pastores el nacimiento
virginal de Dios Niño y así glorificaron a Dios en los cielos al mismo tiempo
que desearon la paz a los hombres de buena voluntad en la tierra: “Gloria a
Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”; de esta
manera, nos mostraron cuál es el sentido de
Es éste el espíritu de la Navidad: glorificar a Dios por
habernos revelado su rostro en el rostro del Niño de Belén; el espíritu de
“El nacimiento de Jesús fue así: el ángel de Dios anunció a
José que el Espíritu Santo había concebido al Hijo de Dios en el seno virginal
de María”. Dios nace como Niño en Belén, sin dejar de ser Dios y su Nacimiento
en Belén, Casa de Pan, se prolonga en cada Santa Misa, en cada altar
eucarístico, que así se convierte en un Nuevo Portal de Belén y ese mismo Dios
Niño que nació en Belén para donarse como Pan de Vida eterna se nos dona a Sí
mismo como Pan de Vida eterna en la Comunión para ingresar en nuestros
corazones y convertir nuestros corazones en otros tantos portales de Belén. Así
como la Estrella de Belén ilumina el Portal adonde nace Dios hecho Niño, el
Dios que se dona en el altar como Pan de Vida, así para Navidad la luz de la
gracia debe iluminar al alma del cristiano para que sea como un Nuevo Portal de
Belén, en donde nazca el Pan de Vida, Dios Niño.
[1] Cfr. O. Casel, Presenza del
mistero di Cristo. Scelta di testi per l’anno liturgico, Ediciones
Queriniana, Brescia 1995, 62.
jueves, 11 de diciembre de 2025
En las últimas dos semanas del tiempo de Adviento, esperamos al Mesías en su Primera Venida
(Domingo III – TA – Ciclo A –
2025-2026)
En las últimas dos semanas del tiempo de Adviento,
esperamos al Mesías en su Primera Venida. Espiritualmente, tanto de modo
personal, así como Cuerpo Místico de Cristo, como Iglesia, nos ubicamos en el
mismo estado espiritual en el que se encontraban los justos del Antiguo Testamento
que, conociendo las profecías, sabían que estas estaban a punto de cumplirse y
que el Mesías habría de llegar de un momento a otro. Es verdad que Jesús ya
cumplió su misterio pascual de muerte y resurrección, pero nosotros, en este
último tramo del Adviento, espiritualmente lo esperamos como si todavía no hubiera
nacido y lo esperamos con la alegría con la que lo esperaban los justos del
Antiguo Testamento. En las dos últimas semanas del tiempo de Adviento, nos
preparamos para el Nacimiento del Señor Jesús, para su Natividad en el Portal
de Belén, de la misma manera a como los profetas y los justos antes de Jesús
esperaban la Venida del Mesías.
Si esto es así, debemos preguntarnos entonces cómo era
el mundo antes de la Venida de Jesús.
La respuesta es que el mundo, desde la caída de Adán y
Eva, hasta la Venida de Jesús, estaba espiritualmente envuelto en tinieblas
también espirituales; estaba envuelto en la oscuridad, una oscuridad no
material, ya que sí había luz solar y luz artificial, pero faltaba la luz que
viene de Dios. Esta oscuridad tiene un doble origen: el corazón del hombre sin
Dios, envuelto en el pecado original, que es tinieblas, y la presencia en el
mundo de los ángeles caídos, los demonios, quienes provenientes del Infierno,
infectan la tierra y con su oscuridad demoníaca oscurecen todo a su alrededor. Dice
así el Apocalipsis: “¡Ay de los habitantes de la tierra, porque el demonio ha
caído en la tierra!” (cfr. Ap 12, 12).
Los demonios, oscuros por la malicia de sus corazones angélicos sin Dios y sin
luz divina, solo agregan más oscuridad, tinieblas y maldad a la oscuridad,
tinieblas y maldad que reina en los corazones de los hombres sin Dios. Es decir,
antes de la Venida de Jesús, el mundo estaba lleno de demonios y de oscuridad
demoníaca. Por esta razón, aquellos que sabían que el Mesías habría de nacer,
sabían que el Mesías, con su santidad, los iluminaría y disiparía la oscuridad
de sus almas y del mundo, como dice el Profeta Isaías: “El Señor llega e
iluminará los ojos de sus siervos” (19, 24). Los justos sabían que Jesús, Dios
de Dios y Luz de Luz, iluminaría el mundo con la luz de Dios e iba a expulsar a
los demonios y, lo más importante de todo, nos iba a conceder la filiación
divina.
De entre todos aquellos justos que esperaban la Venida
del Mesías, se destacan los Reyes Magos, quienes deseaban ver a Jesús con mucha
esperanza y alegría en el corazón. Para eso, miraban ansiosos al cielo,
esperando la aparición de la señal que les indicaría que el Mesías ya había
nacido y dónde estaba y esa señal era la estrella de Belén, la estrella que
indicaba que la Virgen había concebido por el Espíritu y había dado a luz al
Mesías. Al ver a la estrella, se dijeron a sí mismos: “¡Ha nacido el Mesías,
vamos a adorarlo!” y se pusieron en marcha.
Los Reyes Magos son así un ejemplo para nosotros, los
bautizados, de cómo esperar al Mesías que viene para Navidad: tener muchos
deseos de ver a Jesús en el Portal de Belén, estar alegres por su Venida,
alegrarnos esperando la Navidad, la Natividad, el Día del Nacimiento de Jesús. Y
esto es lo que significa el tiempo de Adviento: de la misma manera a como la
aurora, la estrella de la mañana, anuncia la salida del sol, así el Adviento anuncia
la Navidad, la llegada del Sol de justicia, Dios encarnado, Jesucristo.
Los Reyes Magos llevaron oro, incienso y mirra al Niño
Dios, porque sabían que era Dios en Persona, revestido de Niño. Pero llevaban
un regalo mucho más importante que estos regalos materiales y era el regalo de
sus corazones: “…se llenaron de alegría y lo adoraron”, dice el Evangelio[1],
y adorar quiere decir regalarle a Dios el corazón.
Nosotros no podemos ir a Belén –que quiere decir “Casa
de Pan”-, pero sí podemos suponer que cada misa es como un Nuevo Portal de Belén,
porque así como en Belén, por el Espíritu Santo, nació Jesús, Pan de Vida, así también
en el altar, por el Espíritu Santo, nace Jesús Eucaristía, que es Pan de Vida. Imitando
a los Reyes Magos, que esperaron al Mesías y se alegraron cuando llegó Jesús en
Belén y le hicieron el regalo de sus corazones, así nosotros, en la misa,
esperamos al Mesías que Viene en la consagración y nos alegramos por Jesús
Eucaristía y le hacemos el regalo de nuestros corazones cuando comulgamos.
Ahora bien, esta comunión, tratándose específicamente
del Tercer Domingo de Adviento, tiene características especiales, porque es el
Domingo en el cual la Iglesia interrumpe, precisamente en vistas de la Venida
del Mesías, lo que es propio del Adviento, la penitencia, para dar lugar a la alegría
y por esta razón este Domingo Tercero de Adviento se llama “Gaudete” o “Alegría”.
En vistas de la Venida del Mesías, el Profeta Isaías llama
a los justos a la alegría: “Contemplarán la gloria del Señor (…) alegría sin
límite en sus rostros; los dominan el gozo y la alegría” y el Apóstol llama a “tomar
como ejemplo a los profetas que hablaron en nombre del Señor”, es decir, ambos
llaman a la alegría por el Mesías que Viene. La razón de esta alegría no es de
origen humano o terrenal, sino celestial y divina, porque se origina en el mismo
Mesías, en Jesucristo, que es Dios y, en cuanto Dios, es la “Alegría Increada”,
es “Alegría Infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes. Jesucristo Dios es Causa
de alegría para la Iglesia en Navidad, porque nace como Niño en Belén, Casa de
Pan, para entregarse en la Última Cena como Pan de Vida eterna, para donar su
Cuerpo y su Sangre de forma cruenta en la cruz y para luego continuar la
donación de Sí mismo, de todo su Ser divino trinitario, en cada comunión
eucarística.
La alegría que invade a la Iglesia en Navidad y que
se expresa en el Domingo Tercero, en el “Gaudete”, se deriva del Ser trinitario
del Niño Dios, del cual brota la Alegría como de su Fuente Increada y por eso
la alegría de la Iglesia es una alegría que no solo no es mundana, humana,
terrenal, sino que se trata de una alegría sobrenatural, celestial, divina,
porque la alegría con la que se alegra la Iglesia es la alegría que le comunica
el Niño de Belén, que es la Alegría Increada en sí misma.
Además de la alegría, a la Iglesia en Navidad le
sucede algo más, proveniente del Mesías y es el ser iluminada con el resplandor
de la luz divina que procede del Ser divino trinitario del Niño Jesús. Debido a
que el Niño que nace en Belén es Dios, es también Luz Increada, Luz Eterna,
Divina e Indeficiente y es por esto que la Iglesia no solo se alegra con
alegría celestial para Navidad, sino que es resplandece con fulgor divino
porque es iluminada con un resplandor de luz eterna y divina que proviene del
Niño de Belén. Para Navidad, amanece para la Iglesia el glorioso y luminoso resplandor
de la Alegría divina del Niño Dios, como lo dice el Profeta Isaías: “¡Levántate
y resplandece, que tu luz ha llegado! La gloria del Señor brilla sobre ti! Mira,
las tinieblas cubren la tierra, y una densa oscuridad se cierne sobre los
pueblos. Pero la aurora del Señor brillará sobre ti” (cfr. Is 60, 1-2). La Iglesia es iluminada con divino resplandor porque
sobre Ella resplandece con divino fulgor la luz de la gloria divina trinitaria,
porque el Niño que nace en Belén es la Gloria Increada de Dios Trino y esa
gloria es luz y luz eterna, que hace resplandecer a la Iglesia con el esplendor
de la Trinidad.
Nosotros, que somos hijos de la Iglesia, podemos
parafrasear al Profeta Isaías y decir, mientras contemplamos el Nacimiento del
Niño Dios: “¡Levántate, resplandece, Esposa del Cordero, Iglesia de Dios,
Iglesia Santa y Católica! ¡Revístete de la luz y de la gloria divina de la
Trinidad, porque ha nacido Aquel que es la Majestad Increada, el Esplendor de
la gloria del Padre, Dios Hijo revestido de Niño, sin dejar de ser Dios!
¡Levántate, Nueva Jerusalén, Iglesia Católica y alégrate, porque el Mesías te
librará de todos tus enemigos y te colmará de su paz y de su alegría y te
iluminará con la gloria de su Ser divino trinitario!”. Podemos decir, con toda
razón, que en Tercer Domingo de Adviento, el Domingo de la Alegría, la Iglesia
Católica vive, con anticipación, la alegría celestial que desde la gruta de
Belén la inundará para Navidad.
Para Navidad, la Santa Iglesia Católica se alegra
con alegría sobrenatural, celestial, divina, con el Nacimiento del Niño Dios en
el Portal de Belén, porque este Niño es Dios y en cuanto Dios es la Alegría
Increada; también para Navidad la Iglesia resplandece, pero no por las luces
artificiales navideñas, sino porque sobre Ella resplandece la Luz Eterna e Increada
que brota del seno virgen de la Madre de Dios en el Portal de Belén.
El Niño de Belén es Dios y en cuanto Dios es
Alegría, Luz y Vida Divina Increadas y comunica la Alegría, la Luz y la Vida Divina
a todo aquel a quien se acerque a adorarlo, en el Portal de Belén y en el Altar
Eucarístico, Nuevo Portal de Belén. La Presencia real, verdadera y substancial
del Niño Dios en la Eucaristía, que ilumina, alegra y da vida divina trinitaria
a quien lo adora en la Eucaristía, es la razón de nuestra alegría como
católicos en Navidad: porque ha nacido en Belén el Hijo de Dios encarnado, que
es la Luz Eterna y la Alegría Increada en sí misma y que nos comunica de su Luz,
de su Alegría y de su Vida divina en cada Comunión Eucarística.
miércoles, 3 de diciembre de 2025
“Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos, rellenad los valles, aplanad las montañas”
(Domingo II - TA - Ciclo C - 2025 – 2026)
“Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos, rellenad los valles, aplanad las montañas” (cfr. Mt 3, 1-12; Lc 3, 1-6). Juan el Bautista cita al Profeta Isaías para indicar la llegada de la plenitud de los tiempos mesiánicos, es decir, para indicar que la Llegada del Mesías es inminente. En la profecía de Isaías se toma una figura del mundo material, en la que se dice que se deben “aplanar montañas, rellenar valles y enderezar caminos”, pero se aplica y se traslada al mundo espiritual.
Esta imagen citada por el profeta
Isaías y que es citada por Juan el Bautista –una montaña, un camino tortuoso,
un valle profundo-, indica ante todo dificultad para ver o alcanzar el
horizonte. Por ejemplo, cuando una montaña es muy alta, impide ver el
horizonte; cuando un sendero da muchas vueltas, al dar tantas vueltas, hace
perder de vista el horizonte, ya que algunas veces permite verlo y otras no; cuando
un valle es profundo, tampoco deja ver el horizonte, porque por su forma
cóncava, el caminante debe introducirse dentro de él y sólo cuando ha salido
del valle, puede contemplar el horizonte. La altura, la sinuosidad, la concavidad,
de los elementos geográficos, son todos elementos que impiden ver el horizonte.
Entonces, el Profeta Isaías,
en su profecía, profecía citada a su vez por Juan el Bautista, pide quitar estos
elementos para poder ver el horizonte, siempre desde el punto de vista
espiritual. Si esto es así, tenemos que preguntarnos entonces, ¿qué representan
estas formaciones –montañas, valles, senderos- que dificultan la mirada hacia
el horizonte? ¿qué es lo que hay que ver en el horizonte? ¿qué o quién está en
el horizonte y es tan importante como para tener que remover todos estos
elementos?
Podemos decir que, desde el
punto de vista espiritual, las montañas, los valles y los senderos, representan
al propio yo, que por las pasiones y el pecado, es incapaz de mirar al Mesías
que llega; pero, por otro lado, estas figuras representan también al Mesías,
porque el Mesías es de origen divino y su Venida es tan misteriosa y tan lejos
del alcance de la vista humana, que los accidentes geográficos describen la
inmensidad del misterio sobrenatural que es imposible de ser conocido y
comprendido por la razón humana si no es revelado y explicado por la Santísima
Trinidad: el Mesías es el Hombre-Dios, es el Verbo de Dios Encarnado, que muere
en la cruz para luego resucitar y dejar su Cuerpo y su Sangre en el Pan Vivo
del Altar, la Sagrada Eucaristía.
¿Qué es lo que se debe
contemplar en el horizonte? En el horizonte espiritual del alma y de la
humanidad, una vez removidos los obstáculos espirituales, lo que se debe
contemplar en el horizonte es al Mesías que llega, ya que según algunos
autores, la palabra “Adviento” significa “aparición luminosa de la divinidad”[1] y esto se
corresponde con el Mesías católico, Jesús de Nazareth, por que siendo Dios Hijo
en Persona, es la Luz Increada, según Él lo dice de Él mismo en el Evangelio: “Yo
Soy la Luz del mundo”-.
Aquí encontramos la principal y única razón por la cual las
montañas deben ser aplanadas, los valles rellenados, los caminos enderezados:
para que tanto el alma como la humanidad puedan ver -mediante la ayuda de la
gracia santificante- en el horizonte de la eternidad, la luminosa aparición del
Mesías que llega al alma. Y esta aparición del Mesías es luminosa porque “Dios
es luz” (Mt 24, 36), como dice el evangelista Juan y el Mesías, Cristo,
es Dios Hijo, “Luz de Luz”, como rezamos en el Credo. La aparición del Mesías
es una aparición interior, espiritual, personal, a cada alma en particular y al
Cuerpo Místico de la Iglesia en general y se trata de una aparición luminosa,
porque Él mismo es luz y luz de vida eterna, porque es Luz Increada, Luz Divina
y gloriosa trinitaria, que brota del Acto de Ser divino trinitario. Es para ver
esta aparición del Mesías, que procediendo eternamente del Padre se encarna en
María, es que se deben aplanar las montañas y enderezar los senderos.
La remoción de los obstáculos que impiden ver al Mesías -
las montañas deben ser aplanadas, los valles rellenados, los caminos
enderezados-, es una tarea que debe ser realizada de modo personal por cada
bautizado; es de orden espiritual y se llama “conversión” y es una tarea que es
imposible de realizar sin el auxilio de la gracia santificante y esto porque
mirar al Mesías quiere decir mirar a Dios Hijo encarnado que viene de lo alto,
para dejar de lado las criaturas y se manifiesta exteriormente por la
misericordia y la caridad.
La conversión significa que el alma deja de contemplar a
las creaturas para contemplar interior y espiritualmente al Mesías que llega a
su alma en el esplendor de su divinidad de Dios Hijo; esta conversión se significa
en la tarea de aplanar las montañas, se expresa exteriormente por la penitencia
y las obras de caridad, y debido a que es una tarea imposible de realizar con
las solas fuerzas humanas, es necesaria la actuación de la gracia santificante.
Sólo el Espíritu Santo puede obrar en el alma lo que el Bautista y el Profeta
Isaías anuncian. Sólo el Espíritu Santo, obrando en el interior del espíritu
humano, puede preparar, en el Adviento, al alma, para que reciba al Mesías que
viene, traído por el mismo Espíritu Santo.
Entonces, en la cita del Profeta Isaías por parte de Juan
el Bautista, se encuentra la esencia del tiempo del Adviento, la Espera del
Mesías que Viene, que Llega, como Niño en Belén, como Pan de Vida Eterna en la
Eucaristía y como Justo Juez en el Día del Juicio. Así, el Mesías, Dios Hijo,
procede eternamente del Padre, se encarna en María y nace como Dios Niño en
Belén; el Espíritu prolonga este milagro por medio de
martes, 25 de noviembre de 2025
“¡Ven, Señor Jesús!”
(Domingo
I - TA - Ciclo A - 20254 - 2026)
En las semanas previas a la Navidad, la
Iglesia ingresa en un nuevo año litúrgico llamado “Adviento”, palabra proveniente
del latín “ad-ventus” y que significa “venir”, “llegar”, “venida”- y se refiere
a la llegada o venida de Nuestro Señor Jesucristo. El nombre de este tiempo
litúrgico no es casual, sino que se corresponde con la gracia especial que Dios
concede en este tiempo litúrgico y esta gracia es la de la preparación
espiritual de cada alma en particular y de la Iglesia en general para el
encuentro con el Señor Jesús que “viene”, que “llega”, de ahí el nombre de
“Adviento”: “Adviento” es tiempo de preparación para el encuentro con Cristo
que viene y ése es el significado tanto de la palabra “Adviento” como del
tiempo litúrgico que lleva este nombre.
Ahora
bien, tratándose de un encuentro con Cristo y un encuentro personal -además del
encuentro de la Iglesia con su Cabeza que es Cristo-, es necesario tener en
cuenta bajo qué aspecto se da este encuentro en el Adviento, para así estar
preparados para salir al encuentro de Cristo que viene. En el tiempo litúrgico
del Adviento, la Iglesia nos pide que nos preparemos para un doble tipo de
encuentro con Cristo: nos pide que nos preparemos espiritualmente para la
Segunda Venida en la gloria, esto es, como si supiéramos que es inminente el
Día del Juicio Final y nos pide que nos preparemos espiritualmente para
esperarlo en su Primera Venida en Belén, es decir, como si todavía no hubiera
venido. Esto es lo que explica el tenor de las lecturas de las semanas previas
a la Navidad: de las cuatro semanas previas a la Navidad, no todas las semanas
del Adviento se dedican a la Navidad: las dos primeras semanas se dedican a
meditar sobre la Venida Final del Señor al fin de los tiempos, es decir, se
dedican a meditar en su Segunda Venida en la gloria[1], mientras que las dos últimas
semanas, estas sí están dedicadas a meditar sobre la Navidad, es decir, están
dedicadas a meditar sobre la Encarnación del Verbo de Dios por obra del
Espíritu Santo en el seno de María Santísima y su Nacimiento virginal en Belén,
Nacimiento virginal por el cual inicia su misterio pascual de redención de toda
la humanidad.
El
Adviento entonces es un tiempo litúrgico para participar de una manera
particular y especial del misterio de Cristo: en este tiempo, el alma se
concentra en meditar cómo habría sido su encuentro personal con Cristo en el
momento de su Primera Venida en Belén y cómo será su encuentro personal con
Cristo en su Segunda Venida en el Día del Juicio Final. Por esta razón la
preparación espiritual del Adviento se realiza bajo un doble aspecto o bajo una
doble mirada espiritual: una primera preparación es para conmemorar la Primera
Venida del Mesías en la humildad del Portal de Belén y para esto el alma puede meditar
cómo estarían deseosos los justos del Antiguo Testamento ante la Llegada del
Mesías, o cómo sería la alegría de los pastores a los cuales el Ángel anuncia
el Nacimiento del Niño Dios en el Portal de Belén; en la segunda preparación
del Adviento, la preparación para la Segunda Venida del Señor Jesús en la
gloria, el alma debe meditar en cómo sería su Juicio Particular si fuera a
tener lugar en estos días; qué es lo que le diría a Jesús, Justo Juez; qué uso
hizo de los talentos que Jesús le dio, por ejemplo. El hecho de que el Adviento
esté dedicado, en su primera etapa, a la preparación de la Segunda Venida del
Señor Jesús en la gloria, es lo que explica que el Evangelio elegido por la
Iglesia para este Primer Domingo de Adviento -Lucas (21,25-28.34-36)- se
refiera a la Segunda Venida del Señor Jesús y no al Nacimiento del Señor:
“Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de
las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los
hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo,
pues las potencias del cielo serán sacudidas. Entonces verán al Hijo del hombre
venir en una nube, con gran poder y gloria”.
Algo
a tener en cuenta, no solo en el Adviento, sino en todo tiempo litúrgico, es
que el tiempo litúrgico no es una mera conmemoración; es decir, no se trata de
una simple recreación de la memoria; no es solo un “recuerdo piadoso” de lo que
sucedió hace dos mil años en el tiempo y en la historia, sino que, por el
misterio de la liturgia eucarística, el tiempo litúrgico implica, tanto para la
Iglesia en su conjunto como Cuerpo Místico, como para cada bautizado en
particular, un evento que supera la capacidad de comprensión humana y este
evento es la “participación” en el misterio de Cristo, que en el caso del
Adviento será, de su Segunda Venida, en las dos primeras semanas, y de su
Nacimiento virginal, en las dos últimas semanas. Este hecho es de fundamental
importancia y es tan importante, que si no tenemos esto en cuenta, en nada nos
diferenciamos de la iglesia protestante o de cualquier secta que conmemore o
festeje la navidad. Es de fundamental importancia saber que “participamos” del
misterio de Cristo y no simplemente “recordamos” o “conmemoramos”, porque la
“participación” está dirigida por el Espíritu Santo, mientras que la
“conmemoración” es una mera función de la memoria. La acción del Espíritu Santo
nos introduce de lleno en el misterio de Cristo, nos hace partícipes de él, de
manera tal que podemos decir que, cuando celebramos la Navidad, participamos de
su Nacimiento, mientras que cuando meditamos en su Segunda Venida, en cierta
medida estamos participando, ya en forma anticipada, del Día del Juicio Final.
Aunque parezca algo imposible, esta participación en el misterio de Cristo es
una realidad, tanto para la Iglesia en su conjunto, como para cada bautizado en
particular, porque es el Espíritu Santo quien hace que la Iglesia sea partícipe
de este misterio pascual de Cristo.
Otro
elemento a tener en cuenta y que ayuda a vivir en su plenitud el Adviento es
que, si bien en el Adviento se conmemora y participa de la Primera y Segunda
Venida del Señor, la Primera que ocurrió en el pasado y la Segunda que ocurrirá
en el futuro, hay además otra Venida, Intermedia, no menos importante que la
Primera y la Segunda, y es la Venida, la Llegada o el Arribo o la Llegada de
Jesús por medio de la Santa Misa, del Sacramento de la Eucaristía al alma, Llegada
o Venida que ocurre en el aquí y ahora, en el hoy, en el presente, en cada
Santa Misa. Es por esto que podemos decir con toda precisión que el Adviento no
solo es preparación para la Primera y Segunda Venida, sino que es también
tiempo de preparación espiritual para esta Venida o Llegada Intermedia, el
Arribo de Jesús al alma a través del misterio de la Eucaristía que se
desarrolla en el tiempo presente, en nuestro aquí y ahora, en cada Santa Misa. Entonces,
por el tiempo litúrgico del Adviento, rememoramos y participamos del encuentro
en el pasado con Cristo en Belén, vivimos en el presente el encuentro con
Cristo en la Eucaristía y nos preparamos para el encuentro futuro con Cristo en
el Día del Juicio Final.
En
resumen, para el tiempo litúrgico del Adviento, que en latín significa
“llegada” o “venida”, Dios nos concede un tiempo de gracia especial para que
nos preparemos espiritualmente para el encuentro, tanto personal como Iglesia,
como Cuerpo Místico, con Nuestro Señor Jesucristo principalmente en sus dos
Llegadas o Venidas: la Primera Venida, ocurrida en el tiempo pasado en el
Portal de Belén y la Segunda Venida en la gloria, que ocurrirá en el tiempo futuro,
en el Día del Juicio Final. Y a la preparación para estas dos Llegadas, debemos
agregarle una Tercera, que es la que ocurre en el tiempo presente y a la que podríamos
llamar “Llegada Eucarística” o “Llegada Intermedia”, la cual generalmente pasa
desapercibida, pero que sucede realmente en cada Santa Misa, de manera que cada
Santa Misa es un misterioso “Adviento”, una “Llegada” misteriosa de Nuestro
Señor Jesucristo que desde los cielos “llega” o “viene” hasta el pan y el vino del
altar para convertirlos en su Cuerpo y en su Sangre y es para este maravilloso
“Adviento Eucarístico”, para el cual también debemos prepararnos
espiritualmente y con mucha mayor razón, porque si el Primero, el de Belén ya
sucedió hace dos mil años y el Segundo, el del Día del Juicio Final, sucederá
en algún momento, conocido sólo por Dios Padre, éste “Adviento Eucarístico”,
sucede en cada Santa Misa, en un tiempo conocido por nosotros, por lo que no
podemos decir que, o no estábamos presentes, como en Belén, o no sabemos si
estaremos en esta vida mortal, como en el Día del Juicio Final, puesto que en
la Santa Misa, que es donde sucede este “Adviento Eucarístico”, estamos
presentes, en cuerpo y alma y asistimos y somos espectadores y partícipes
privilegiados, por la gracia, del más grande y maravilloso milagro jamás
realizado por la Santísima Trinidad, el “Adviento Eucarístico”.
Finalmente,
sabemos que debemos prepararnos espiritualmente para el Adviento; por lo tanto,
debemos preguntarnos cómo debemos hacerlo, es decir, cómo debemos vivir
espiritualmente el Adviento. La respuesta la encontramos en el Evangelio, en la
parábola del siervo diligente y bueno y el siervo perezoso y malo: el Señor que
llega es Cristo, el siervo que espera o no espera a su Señor somos los
bautizados. En esta parábola debemos observar que el siervo diligente y bueno
espera a su señor con ropa de trabajo -símbolo de las obras de misericordia-,
con su lámpara encendida -símbolo de una fe viva y operante- y en paz con los
demás -símbolo de humildad y de paz en el corazón, lo cual se obtiene con la
gracia santificante, con la oración como el Rosario y con la Santa Misa-; el
siervo perezoso y malo, por el contrario, no espera a su señor -símbolo de que
no ama a Jesucristo-, se emborracha -ama los placeres carnales-, golpea a los
demás -la violencia y la discordia son señales claras de la presencia del
espíritu demoníaco, de Satanás- y su lámpara está apagada -porque no tiene fe,
no cree, ni espera, ni adora, ni ama a Nuestro Señor Jesucristo en la
Eucaristía-.
En
nuestro libre albedrío está el vivir el Adviento como el siervo perezoso y malo
o como el siervo diligente y bueno, quien en lo más profundo de su corazón
espera con ansias y con amor la Llegada de su Señor y en cada latido de su
corazón dice: “¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22, 20).
[1] https://www.aciprensa.com/noticias/53270/que-es-el-adviento-y-cuando-empieza






