(Domingo
I - TC - Ciclo A - 2020)
Con el Miércoles de Cenizas, la Iglesia inicia un nuevo
tiempo de Cuaresma. Este tiempo de Cuaresma es un tiempo de gracia y su
objetivo es lograr la conversión del alma. ¿Qué significa conversión? Para
darnos una idea, traigamos a la memoria el ciclo del girasol: cuando es de
noche, el girasol se encuentra doblado hacia el suelo y con su corola cerrada;
a medida que se acerca el amanecer, cuando la estrella de la mañana indica que
está por finalizar la noche y por comenzar el día, el girasol inicia un
movimiento en el cual se yergue y, cuando el sol aparece en el cielo, su corola
se abre y se orienta hacia el sol y a medida que el sol se desplaza por el
cielo, el girasol, con su corola completamente desplegada, sigue el desplazamiento
del sol por el cielo. Para comprender la alegoría, debemos reemplazar los
elementos del ciclo del girasol por elementos espirituales y sobrenaturales.
Así, el girasol es el alma; la noche es el tiempo que vive el alma alejada de
Dios, en el pecado, lo cual es opuesto a la conversión y a la vida de la
gracia; el girasol orientado en la noche hacia el suelo, significa el alma sin
gracia y sin conversión, que está toda inclinada hacia las cosas de la tierra,
dominada por las bajas pasiones; la estrella de la mañana, que indica el fin de
la noche y el comienzo del día, representa a la Virgen, Lucero de la mañana,
que indica el fin de la oscuridad para el alma y el comienzo de una nueva vida,
la vida de la gracia en Cristo Jesús; el sol que aparece en el cielo, en el
amanecer, indicando el inicio de un nuevo día, representa a Cristo Dios,
llamado también “Sol de justicia”, que ilumina al alma con su luz y le concede
la vida de la gracia; por último, el girasol, con su corola desplegada y
mirando al sol y siguiéndolo en su recorrido por el cielo, significa el alma en
gracia, que “sigue a Cristo dondequiera que vaya” y que ya tiene puesto su
corazón en el cielo y ya no en la tierra.
La Cuaresma es entonces este tiempo de conversión, en la
que el alma, si no está convertida, debe buscar la conversión, esto es, mirar
con los ojos del alma a Cristo Dios y tener su corazón en el Reino de los
cielos y no en esta tierra. Para lograr este objetivo, es que la Iglesia
dispone este tiempo de gracia que es la Cuaresma, para que el alma, por medio
de la oración, el ayuno, la penitencia y las buenas obras, sea como el girasol
en pleno día: que siga a Cristo Dios “dondequiera que vaya” y desee habitar en
el cielo y ya no más en la tierra.