“Proclamen
que el Reino de los Cielos está cerca” (Mt 10, 1-7). Jesús reúne a sus
discípulos, les da poder de curar enfermos y de expulsar demonios y además les
da una consigna: proclamar que el Reino de Dios está cerca. Es una novedad
absoluta, porque hasta entonces, hasta Jesús, los reinos que los hombres
conocían eran solamente reinos humanos, con reyes humanos, con localización geográfica
y con características puramente humanas. Ahora, Jesús, el Hombre-Dios, envía a
su Iglesia Naciente a una misión, el proclamar no sólo que Dios tiene un Reino,
el Reino de Dios, sino que ese Reino “está cerca”. Es una doble novedad: Dios
tiene un Reino, que es distinto a los reinos humanos porque precisamente es de
Dios y ese Reino “está cerca”. El Reino de Dios que los discípulos deben proclamar
y que se anuncia con prodigios como el curar enfermos y expulsar demonios, es
un reino que solo puede ser conocido por analogía, por comparación, con los
reinos terrestres. Estos últimos sirven solo para conocer -como dijimos, por
comparación- cómo es el Reino de Dios: como los reinos terrestres, tiene un rey
y ese rey es Cristo Jesús, el Hombre-Dios; como los reinos humanos, tiene una
localización, pero no geográfica, sino celestial; como los reinos de la tierra,
tiene un ejército y ese ejército está formado por los hombres justos y santos y
por los ángeles buenos, que están al servicio de Dios; como los reinos de los
hombres, tiene una reina y esa reina es la Virgen Santísima, la Madre de Dios. La
diferencia con los reinos terrenos es que no puede ser visto, porque es
celestial, divino, sobrenatural y, por lo tanto, invisible.
Ahora
bien, otra característica del Reino de Dios es que este reino “está cerca” y,
por eso, podemos preguntarnos cuán cerca está: está tan cerca como lo está un
alma de la gracia, porque el Reino de Dios en la tierra está en un alma en
gracia, ya que en esa alma inhabita el Rey del Reino de Dios, Cristo Jesús.
“Proclamen
que el Reino de los Cielos está cerca”. Cada vez que asistimos a Misa,
proclamamos y damos fe de que el Reino de Dios existe y está cerca, porque
asistimos, por el misterio de la liturgia eucarística, a la Presencia en
Persona, con su sacrificio en cruz renovado incruenta y sacramentalmente sobre
el altar, del Rey del Reino de Dios, Jesús Eucaristía. Por esta razón, aunque no
curemos enfermos, ni expulsemos demonios, cada vez que nos postramos ante la
Eucaristía, reconociendo en el Santísimo Sacramento del altar al Rey de los
cielos, estamos proclamando que el Reino de Dios existe y está cerca.
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