(Domingo
XIV - TO - Ciclo A - 2023)
“Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón, carguen mi yugo, que es
suave y tendrán descanso” (Mt 11, 25-30). De entre toda la inmensa
cantidad de virtudes que puede adquirir un cristiano, la mansedumbre y la
humildad son las dos virtudes pedidas explícitamente por Jesús a sus
discípulos. La razón no es el adquirir las virtudes por las virtudes en sí
mismas, aun cuando por sí mismas sean buenas: la razón es que el que estas
virtudes hacen que el alma se asemeje al mismo Dios Uno y Trino, porque Dios es
un Dios de infinita mansedumbre y de infinita humildad.
Ahora
bien, hay una razón más por la que el cristiano debe esforzarse por adquirir
estas virtudes, si no las tiene -y no las tenemos, desde el momento en que Jesús
nos dice que aprendamos de Él- y es que estas virtudes asemejan al alma a Dios,
la hacen semejante a Dios y así lo imita, pero por la gracia santificante, el
alma no solo imita la mansedumbre y la humildad de Dios, sino que participa de
las virtudes divinas, lo cual es distinto y a la vez mucho más profundo: una
cosa es la imitación y otra muy distinta -porque es infinitamente más profunda-
es la participación, por la gracia, a la mansedumbre y la humildad del mismo
Dios. Si alguien quiere saber cuál es la medida de la mansedumbre y de la
humildad que debe adquirir, lo único que debe hacer es contemplar a Jesús
Crucificado y a Jesús Eucaristía: Jesús es el representante perfectísimo de
ambas virtudes, como así también la Virgen Santísima: en el caso de Jesús, Él
es el Cordero de Dios, se auto-revela a Sí mismo como cordero y la
característica principal del cordero es la mansedumbre; además, la
representación de Jesús como cordero es muestra de humildad extrema, porque
quien se compara con una naturaleza inferior, la naturaleza animal, es nada
menos que el mismo Dios Uno y Trino, cuya naturaleza divina es infinitamente
superior a cualquier naturaleza creada.
Otro elemento a tener en cuenta es que
quien no se esfuerza por adquirir las virtudes de los Sagrados Corazones de
Jesús y María, la mansedumbre y la humildad, terminará indefectiblemente
haciéndose similar y participando del corazón del Ángel caído, quien posee los vicios
opuestos: la violencia irracional y la arrogancia infernal. El ser humano,
entonces, se encuentra en el medio, por así decirlo, entre la oposición que hay
entre el corazón del Cordero, manso y humilde y el corazón del Ángel caído,
feroz y orgulloso. El ser humano está llamado a participar del Corazón de la
Trinidad, pero si no lo hace, entonces participa del corazón del Ángel caído.
“Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón, carguen mi yugo, que es
suave y tendrán descanso”. Aprendamos de Jesús la mansedumbre y la humildad, virtudes
que recibimos en germen por la gracia y carguemos su yugo, que es la cruz de
cada día y así daremos paz a los demás y tendremos paz en el corazón, en esta
vida y sobre todo en la vida eterna.
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