(Ciclo
A – 2020)
En la Última Cena y sabiendo Jesús que “había llegado la Hora
de partir de este mundo al Padre” (Jn 13, 1), movido por su amor
misericordioso, deja para la Iglesia dos dones, dos instituciones, el
sacerdocio ministerial y la Sagrada Eucaristía. La Sagrada Eucaristía, para que
sirva de alimento exquisito y super-substancial, que alimente con la vida
eterna de Dios Trino, a todas las generaciones de fieles discípulos suyos, que
lo seguirán hasta el fin del mundo; el sacerdocio ministerial, para que la
Iglesia pueda confeccionar la Sagrada Eucaristía y “hacerlo en memoria suya” hasta
que Él vuelva. Tanto uno como otro sacramento, entonces, son de institución
divina, es decir, no son invención del hombre: la Eucaristía no puede ser
confeccionada sin el sacerdocio ministerial, y el sacerdocio ministerial no tiene
sentido sin la Eucaristía.
Eucaristía y Sacerdocio ministerial son, entonces, dones
del Sagrado Corazón de Jesús, del amor de infinito de su divina misericordia,
que prevé con anticipación que los hombres necesitarán el alimento eucarístico,
el Pan del cielo, que concede la vida eterna a quien lo consume y, por otro
lado, necesitarán del sacerdocio y de sacerdotes, que estén en grado de perpetuar
el Santo Sacrificio del altar.
En la Última Cena, Jesús lleva a cabo lo que podemos decir que
es la Primera Santa Misa, porque convierte el pan y el vino en su Cuerpo y en
su Sangre, aunque sea todavía necesario que se consume el Santo Sacrificio de
la Cruz. A partir de entonces, cada Santa Misa celebrada por un sacerdote
ministerial, renovará, de forma incruenta y sacramental, al Santo Sacrificio
del Calvario, constituyendo la Santa Misa -y por lo tanto la Eucaristía- una
sola unidad y un solo sacrificio, el de la Santa Cruz. Quien asiste a la Santa
Misa, asiste por lo tanto al Santo Sacrificio del Viernes Santo, llevado a cabo
en la Cruz. Allí Jesús entrega su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad, por
nuestra redención, por nuestra salvación; en la Santa Misa, de modo invisible,
insensible, incruento y sacramental, Jesús realizará sobre el altar eucarístico
-a través de la persona del sacerdote ministerial- el mismo y único Santo
Sacrificio de la Cruz. De ahí que quien asista a la Santa Misa debe asistir
como si asistiera al Sacrificio del Gólgota, realizado hace veintiún siglos.
Al conmemorar el Jueves Santo de la Pasión del Señor,
recordemos los dones del amor misericordioso del Sagrado Corazón de Jesús, la
Eucaristía y el Sacerdocio ministerial; agradezcamos con toda el alma por ello
y asistamos a la Santa Misa como si Jesús estuviera en el altar, en lugar del
sacerdote ministerial y como si la Santa Misa fuera el Santo Sacrificio del
Viernes Santo.
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