sábado, 27 de marzo de 2010

Domingo de Ramos

“¿Eres Tú el Rey de los judíos?” (cfr. Lc 22, 14-23. 56). Jesús ingresa en Jerusalén, lleno de majestad, sentado sobre un asno. Según un ícono bizantino, Jesús, que se presenta como Rey, está vestido con una túnica y un manto, que indican sus dos naturalezas, la humana y la divina[1]. El asno le sirve como de trono, cumpliéndose así la profecía de Zacarías: “Decid a la hija de Sión: “He aquí que tu Rey viene a ti manso y montado en una asna…” (Lc 19, 28). Jesús no ingresa en Jerusalén al modo de los reyes humanos, con gran fasto y pompa, rodeado de su ejército, aclamado por las multitudes que celebran victorias: Jesús ingresa como un Rey pacífico, montado no en un caballo blanco, brioso, lleno de energía, sino en un asno, que avanza lento, con paso cansino; ingresa sin ejército, sin lujo, sin ostentación, en la humildad, y no es aclamado por multitudes enardecidas, que celebran victorias sangrientas; es aclamado por el Pueblo de Israel, el Pueblo Elegido, que celebra la llegada de su Mesías, y que se alegra porque el Dios misericordioso camina entre ellos, curándolos, sanándolos, dándoles de comer, compadeciéndose de ellos.
Jesús ingresa a Jerusalén, por su puerta principal, el Domingo de Ramos, como un Rey, y como Rey será crucificado el Viernes Santo, saliendo de la Ciudad Santa, por la Vía Dolorosa, hasta el Monte Calvario. Como Rey entra en Jerusalén el Domingo, como Rey sale de Jerusalén el Viernes, llevando la cruz por aquellos mismos que habrán de crucificarlo.
En su ingreso a Jerusalén, a ambos lados de Jesús, se dispone la multitud, que el Domingo de Ramos exulta de alegría por su Rey. Pero los mismos que en el Domingo de Ramos lo alaban y le cantan hosannas, son los mismos que el Viernes Santo pedirán a gritos su crucifixión; los que a la entrada de Jerusalén lo alaban y ensalzan, son los que en el Monte Calvario lo insultarán y le gritarán blasfemias; a su ingreso a Jerusalén, se dispone una multitud que tiende palmas a su paso, pero esos de la multitud son los que el Viernes de la Pasión le pegarán bastonazos, cubriéndolo de hematomas, de golpes y de magulladuras. Los que se alegran por su Mesías, recordando sus maravillosos milagros, y sus prodigiosos portentos, son los que el Viernes gritarán su odio deicida, olvidando sus portentos y olvidando que Jesús fue quien los alimentó, los curó, les resucitó sus muertos, les expulsó a los demonios que los atormentaban, les perdonó sus pecados.
Los mismos que el Domingo de Ramos le tienden palmas a su paso, para que sus pies no toquen el polvo del suelo, son los que el Viernes Santo descargarán sobre su cuerpo santo golpes de puño y patadas, haciéndolo tropezar y caer sobre la Vía Dolorosa.
Cuando Jesús sea llevado al Calvario, recordará su entrada triunfal a Jerusalén, y les preguntará, a todos y a cada uno de los que lo golpean: “¿Qué te hice, para que me trates así? Respóndeme, te lo suplico, Pueblo mío, ¿por qué me golpeas con esa furia? ¿Acaso no te demostré mi amor y mi misericordia, curando tus heridas, resucitando tus muertos, expulsando los demonios que te atormentan? ¿Por cuál de estas obras mías me golpeas? ¿Cuál, de entre todos mis milagros, te ofendió, al punto de querer quitarme la vida? ¿Qué te hice, Pueblo mío? ¿Te olvidaste de todo lo que hice por ti? ¿Te olvidaste que el Domingo de Ramos me recibías como a un rey? Hice milagros por ti, Pueblo mío, que solo pueden ser hechos por Dios, y con eso te demostré que Yo Soy Dios; viste mis obras, me escuchaste decir que Yo Soy Dios, ¿y a tu Dios llevas a la cruz? ¿Por qué crucificas a tu Dios?”
Los que el Domingo de Ramos tienden palmas a su paso, son los que tejen la corona de espinas del Viernes Santo; los que lo alaban como al Mesías, son los que lo negarán el Viernes, diciendo que no tienen otro rey que el César; los que entonan cánticos de alabanza, son los que escupirán su rostro.
La multitud que alaba y ensalza a Jesús el Domingo de Ramos, es la misma multitud que luego habrá de crucificarlo el Viernes Santo.
En esa multitud debemos vernos nosotros, porque fueron nuestros pecados los que crucificaron a Cristo, y porque renovamos su crucifixión cada vez que obramos el mal. Cada vez que obramos el mal, somos como la multitud, que primero lo alaba y luego lo crucifica; somos como la multitud cuando lo alabamos con la boca, pero lapidamos al prójimo con la lengua; cuando cometemos injusticias; cuando decimos mentiras, cuando somos violentos, cuando obramos toda clase de mal, mientras aparentamos, por fuera, ser buenos.
Así como Jesús ingresó en Jerusalén el Domingo de Ramos, así Jesús ingresa en el alma por la comunión eucarística. No tenemos palmas para recibirlo, pero que nuestro corazón sea como esa palma tendida a sus pies, y que nuestra boca y nuestras obras lo alaben y lo aclamen. Que seamos siempre, en nuestra vida, como la multitud del Domingo de Ramos, que lo alaba y lo ensalza, y se alegra por su Presencia, y que nunca seamos como la multitud del Viernes Santo, que pide que su sangre caiga sobre sus cabezas (Mt 27, 25).
[1] Cfr. Cfr. Castellano, J., Oración ante los íconos. Los misterios de Cristo en el año litúrgico, Centro de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1993, 102.

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