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jueves, 10 de abril de 2025

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

 


(Domingo de Ramos en la Pasión del Señor - Ciclo - C – 2025)

         El Domingo de Ramos, días antes de su Pasión y Muerte en Cruz, Jesús, lleno de majestad y aclamado por todos los habitantes de la Ciudad Santa, ingresa en Jerusalén, montado sobre un asno. Un ícono bizantino representa a Jesús como Rey, vestido con una túnica y un manto: estas dos prendas distintas indican sus dos distintas naturalezas, la humana y la divina[1], unidas hipostáticamente, personalmente, a la Persona Divina de Dios Hijo y esto debido a que ese Jesús que ingresa humildemente montado en un asno, ese Cristo es Dios. El asno sobre el que monta Jesús le sirve como de trono, cumpliéndose así la profecía de Zacarías: “Decid a la hija de Sión: “He aquí que tu Rey viene a ti manso y montado en una asna…” (Lc 19, 28). A pesar de ser Rey del universo, Rey de ángeles y hombres, a pesar de ser Él el Hombre-Dios, ante Quien “toda rodilla se dobla, en el cielo y en la tierra”, sin embargo el ingreso de Jesús a Jerusalén no es al modo de los príncipes y reyes victoriosos de la tierra, los cuales ingresan rodeados de sus ejércitos, acompañados de gran fasto y pompa y aclamado por multitudes que vitorean sus triunfos terrenos: Jesús no ingresa montado en un brioso caballo blanco, lleno de energía, que pisotea a sus enemigos; ingresa como un Rey pacífico, montado en un asno, que avanza lento, con paso cansino; su ingreso a Jerusalén no está precedido por el desfile marcial y victorioso de un ejército; su ingreso no es a todo lujo; no hay ostentación sino que lo que predomina es la humildad y en esta humildad es aclamado por el Pueblo Elegido, que se alegra por la Llegada de su Mesías y que se alegra porque el Dios misericordioso camina entre ellos, curándolos, sanándolos, dándoles de comer, compadeciéndose de ellos.

         El Domingo de Ramos Jesús ingresa a la Ciudad Santa como un rey y también como un Rey será crucificado el Viernes Santo, luego de salir de Jerusalén, para dirigirse al Monte Calvario. Ingresa el Domingo de Ramos como Rey, como Rey sale de Jerusalén el Viernes Santo, portando sobre Sí la cruz por aquellos mismos que habrán de darle muerte en cruz.

El Domingo de Ramos la multitud recibe exultante de alegría a su Rey, cantando hosannas, entonando aleluyas y alfombrando su paso con hojas de palma. Pero la misma multitud que lo aclama el Domingo de Ramos, es la misma multitud que pedirá desaforadamente a gritos su crucifixión; los mismos habitantes de Jerusalén que el Domingo de Ramos lo aclaman, son los que lo crucificarán y blasfemarán en el Monte Calvario, el Viernes Santo; los mismos que le tienden palmas a su paso, son los que lo colmarán de trompadas, puñetazos, bofetadas, patadas, empujones, salivazos. Si el Domingo se alegran por su Mesías y se acuerdan de las maravillas que obró por ellos, el Viernes habrán olvidado todo bien y la benedicencia será reemplazada por la maledicencia y el recuerdo de los milagros será olvidado por completo, como si todos sufrieran una repentina amnesia colectiva.

En su camino al Calvario, en medio de la lluvia de golpes, puñetazos, trompadas y salivazos, Jesús recordará su entrada triunfal en Jerusalén y en ese momento, deteniendo el tiempo, dirá a cada uno, a uno por uno: “¿Por qué me golpeas con tanto furor? ¿Qué te hice de malo? Pueblo Mío, respóndeme, ¿qué te hice para merecer tu furia? ¿Acaso no te demostré mi Amor y mi Misericordia curando tus heridas, resucitando tus muertos, expulsando los demonios que desde el Infierno te atormentan? ¿Por cuál de estas obras me golpeas? ¿Por qué crucificas a tu Dios?”

Entonces, los mismos que el Domingo de Ramos tienden palmas a su paso, son los mismos que piden una corona de espinas para su Mesías; los mismos que lo alaban como Mesías, son lo que el Viernes Santo dirán que no tienen otro rey que el César; los mismos que cantan hosannas y aleluyas, son los que lo maldecirán y lo salivarán en su Sagrado Rostro.

La misma multitud que se alegra por su ingreso en Jerusalén el Domingo de Ramos, es la misma multitud que el Viernes Santo lo habrá de crucificar.

Ahora bien, en esta multitud debemos vernos identificados nosotros, porque son nuestros pecados los que crucifican a Cristo. Renovamos y actualizamos místicamente su crucifixión, cada vez que obramos el mal, cada vez que somos violentos, injustos, necios, mentirosos, vanidosos, faltos de caridad.

Puesto que la Ciudad Santa de Jerusalén es imagen del alma del cristiano, el ingreso de Jesús a Jerusalén el Domingo de Ramos se actualiza toda vez que Jesús ingresa en nuestras almas en gracia por la Eucaristía; esa es la razón por la cual, así como Jesús ingresó en Jerusalén el Domingo de Ramos, así Jesús ingresa en el alma por la comunión eucarística. De la misma manera, cada vez que el alma comete un pecado mortal, expulsa de sí misma a su Rey y Mesías, tal como lo hizo la Ciudad Santa, para crucificarlo en el Monte Calvario el Viernes Santo. Hagamos el propósito de que nuestros corazones sean como las palmas tendidas a sus pies y que nuestras bocas y nuestras obras lo alaben y aclamen. Que siempre seamos, en esta vida, como la multitud del Domingo de Ramos, que se alegra por su Presencia y por su ingreso en nuestras almas por la Eucaristía y que nunca seamos como la multitud del Viernes Santo, que por el pecado arroja de sí misma a Jesús y pide que “su sangre caiga sobre sus cabezas” (Mt 27, 25).



[1] Cfr. Castellano, J., Oración ante los íconos. Los misterios de Cristo en el año litúrgico, Centro de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1993, 102.


domingo, 31 de marzo de 2024

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

 



(Ciclo B – 2024)

         El Domingo de Ramos la Santa Iglesia Católica conmemora el ingreso triunfal de Nuestro Señor Jesucristo en Jerusalén, días antes de su Pasión y Muerte en Cruz. En efecto, Nuestro Señor, montado en una cría de asno, ingresa a la Ciudad Santa de Jerusalén. Su ingreso tiene la particularidad de que se realiza en forma triunfal, porque todos los habitantes de Jerusalén, sin exceptuar ninguno, desde el más pequeño hasta el más grande, todos, movidos por el Espíritu Santo, todos se recuerdan de los milagros hechos por Jesús para todos y cada uno de los habitantes de Jerusalén. Por la acción del Espíritu Santo, todos se acuerdan de lo que Jesús obró en cada uno de ellos, el Espíritu Santo les hace recordar de los milagros recibidos, de las gracias concedidas, de los dones espirituales y materiales concedidos por Jesús y todos, con el corazón exultante de alegría, salen a recibir a Jesús, agitando palmas de olivo y tendiendo ramas a su paso, a modo de alfombra, dándole a Jesús el recibimiento digno no ya de un rey, sino de alguien mucho más importante, el recibimiento del Mesías. Y es así como todos saludan a Jesús, como al Mesías, como al Redentor, enviado por Dios para salvar a la humanidad: “¡Hossanna al Hijo de David! Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel. ¡Hossanna en las alturas!”. Saludado con hossanas y con cánticos de alegría y de júbilo, Jesús, Rey manso y pacífico, ingresa en la Ciudad Santa de Jerusalén el Domingo de Ramos y es esto lo que la Iglesia conmemora en este día.

         Sin embargo, algo siniestro sucederá durante la Semana Santa que se inicia con el Domingo de Ramos, porque si el Domingo de Ramos Jesús es recibido triunfalmente por los habitantes de Jerusalén, el Viernes Santo, luego de ser traicionado, encarcelado, juzgado y condenado injustamente a muerte, el mismo Señor Jesús que fue recibido como Rey, será echado fuera de la Ciudad Santa, en medio de gritos, empujones, golpes de puño, patadas, insultos, como si fuera un criminal y es expulsado de Jerusalén para ser conducido al Monte Calvario, para ser ejecutado como un bandido, al acusarlo falsamente de blasfemia.

         Entonces, si el Domingo de Ramos Jesús es recibido triunfalmente como el Mesías, el Viernes Santo es expulsado de la Ciudad Santa como si fuera un bandido, para ser ejecutado en la Cruz en el Monte Calvario.

         Podemos entonces preguntarnos qué es lo que pasó en el medio de la Semana, para que se produjera un cambio tan radical de actitud en los habitantes de Jerusalén, para que se produjera el paso del amor al odio hacia Jesús. La respuesta es que los habitantes de Jerusalén se olvidaron de todo lo que Jesús había hecho por ellos y antes de expulsar a Jesús, expulsaron al Espíritu Santo de sus corazones, quedando así a oscuras en sus almas y corazones; dejaron de reconocer a Jesús como al Mesías y rindiéndose al Príncipe de las tinieblas, lo entronizaron al Ángel caído como rey de sus almas y fue así como expulsaron al Verdadero y Único Dios, Cristo Jesús.

         Pero este hecho histórico, tiene un significado sobrenatural: la Ciudad Santa de Jerusalén representa a todos y cada uno de los bautizados en la Iglesia Católica, convertidos en templos del Espíritu Santo por el bautismo sacramental; los habitantes de Jerusalén somos los católicos; el ingreso de Jerusalén de Jesús es el ingreso de Jesús en el alma por medio de la gracia santificante; la expulsión de Jesús el Viernes Santo es la expulsión de Jesús del alma por medio del pecado, sobre todo el pecado mortal.

         Cada uno de nosotros puede elegir qué habitante de Jerusalén quiere ser en su vida: si aquel que el Domingo de Ramos lo recibe con alegría y con ramos de olivos, significando esto el vivir en estado de gracia rechazando al pecado y al Ángel caído, o si ser el habitante del Viernes Santo, que elige al pecado y a Satanás como dueños y señores de sus almas, negando a Jesucristo y perpetuando su crucifixión. En nuestros días se está produciendo un alarmante estado de fascinación por el Ángel caído, puesto que son cada vez más quienes, a sabiendas o no, eligen al Príncipe de las tinieblas como a su amo y señor. No cometamos jamás ese error y hagamos el propósito de nunca expulsar de nuestros corazones al Único Dios Verdadero, Cristo Jesús, aclamándolo con cánticos de alegría como a Nuestro Rey y Señor, principalmente viviendo en gracia, cumpliendo sus Mandamientos y siendo misericordiosos para con nuestros prójimos.

miércoles, 29 de marzo de 2023

Domingo de Ramos, ingreso triunfal de Jesús en Jerusalén

 


(Domingo de Ramos - Ciclo A – 2023)

         En el Evangelio del Domingo de Ramos se relata el ingreso triunfal de Jesús en la Ciudad Santa de Jerusalén. Podemos considerar el hecho histórico en sí mismo, como así también su significado espiritual y sobrenatural, además de la relación que se establece entre nosotros y el hecho histórico, por medio de la liturgia eucarística.

         En cuanto al hecho histórico, los habitantes de Jerusalén, al enterarse de la llegada de Jesús, salen todos, absolutamente todos, desde el más pequeño hasta el más anciano, a recibir a Jesús con cantos de alegría, tendiendo ramos a su paso y aclamándolo como al Rey y Mesías. La razón es que el Espíritu Santo les ha hecho recordar todo lo que Jesús ha hecho por ellos, por todos y cada uno de ellos, puesto que no ha habido ni un solo habitante de Jerusalén que no haya recibido al menos un milagro, una gracia, un don, de parte de Jesús. Todos se acuerdan de lo que Jesús hizo por ellos y, llenos de alegría, salen a aclamarlo como a su Rey y Señor.

         Sin embargo, estos mismos habitantes que lo reciben el Domingo de Ramos con cánticos de alegría, son los mismos que lo expulsarán el Viernes Santo, en medio de insultos, gritos, blasfemias, escupitajos, trompadas, patadas, latigazos. Es como si hubieran olvidado, repentinamente, todo lo que Jesús hizo por ellos y ahora, todos, desde el más pequeño hasta el más anciano, expulsan a Jesús en medio de insultos y horribles blasfemias.

         Para explicarnos el cambio radical de actitud de la población de Jerusalén, es necesario considerar y reflexionar acerca del significado espiritual y sobrenatural del ingreso en Jerusalén y es el siguiente: la Ciudad Santa de Jerusalén representa a cada bautizado, que ha sido convertido en morada santa por la gracia santificante recibida en el Bautismo sacramental; la recepción triunfal del Domingo de Ramos es cuando el alma recibe a Cristo por medio de la gracia santificante que se comunica por los sacramentos, sobre todo la Confesión y la Eucaristía; los habitantes de Jerusalén somos nosotros, los bautizados, porque todos hemos recibido dones infinitos de Jesús, empezando por el don de la Redención y la gracia santificante del Bautismo sacramental, de tal manera que ninguno de nosotros puede decir que no ha recibido nada de Jesús; la Ciudad Santa de Jerusalén del Viernes Santo, que expulsa a Jesús, quedándose sin Él, para darle muerte en el Calvario, representa al alma que, por el pecado mortal, expulsa a Jesús de sí misma, quedándose sin la Presencia de Jesús, sin su gracia santificante y por lo tanto sin la vida divina trinitaria, es el alma que está en pecado mortal.

         En cuanto a la relación que hay entre el hecho histórico y nosotros, podemos decir, con toda certeza y de acuerdo a las enseñanzas de los Padres de la Iglesia, de los Doctores y Santos de la Iglesia y por su Magisterio, que la liturgia eucarística de la Santa Misa es la renovación, incruenta y sacramental, del Santo Sacrificio del Calvario y como en la cruz del Calvario el que entrega su vida es Jesús, Dios Eterno, nuestro tiempo queda, por así decirlo, “impregnado” de eternidad, por lo que participamos, misteriosamente, de los misterios salvíficos de Jesucristo, de su Pasión, Muerte y Resurrección y también del hecho histórico del Domingo de Ramos.

         ¿Cuál de los dos tipos de habitantes de Jerusalén queremos ser? ¿Los que reciben a Jesús con cantos de alegría, porque viven en estado de gracia, cumplen sus mandamientos y reciben sus sacramentos, reconociéndolo como al Rey y Señor de la humanidad? ¿O queremos ser como los habitantes del Viernes Santo, que expulsan a Jesús por el pecado mortal, quedándose sin la Presencia de Jesús, viviendo la vida sin cumplir los Mandamientos, prefiriendo el pecado y la muerte del alma, a la vida de la gracia? Por supuesto que queremos ser los habitantes del Domingo de Ramos, por lo tanto, hagamos el propósito de vivir en gracia, de recuperarla por la Confesión sacramental si la hemos perdido y abramos las puertas de nuestros corazones, purificados por la gracia, al ingreso triunfal de Jesús Eucaristía en nuestras almas.

jueves, 31 de marzo de 2022

Solemnidad del Domingo de Ramos

 


(Domingo de Ramos - Ciclo C – 2022)

         El Domingo de Ramos la Iglesia conmemora el día en el que Jesús ingresa en la Ciudad Santa, Jerusalén, montado en un borrico o cría de asno. En este episodio se destacan, por un lado, el ingreso de Jerusalén y, por otro, el entusiasmo y la alegría de todos los habitantes de Jerusalén. En lo que respecta a Jesús, ingresa pacíficamente, montado en una cría de asno. Ingresa luego de proclamarse Él mismo como Hijo de Dios, igual al Padre y como Único Camino que conduce al Padre; ingresa luego de haber realizado innumerables milagros, signos y prodigios en toda Palestina; ingresa luego de haber profetizado su Pasión, Muerte y Resurrección, es decir, su misterio pascual, por medio del cual habría de salvar a toda la humanidad. A pesar de que Él es Rey de reyes y Señor de señores; a pesar de que Él es Dios Omnipotente y que tiene a su mando legiones innumerables de ángeles, a pesar de eso, Jesús no ingresa en la Ciudad Santa al modo como lo hacen los gobernantes de la tierra, con todo el esplendor, la pompa y el honor con el que se auto-homenajean: Jesús, de acuerdo con su Ser divino trinitario, en el que residen la Bondad, el Amor y la Mansedumbre, ingresa en Jerusalén de modo manso, pacífico y humilde, sin hacer ninguna ostentación, sin otra presentación que las palabras de sabiduría divina que ha pronunciado en los pueblos y calles de Palestina y los milagros de toda clase que ha realizado con todos los habitantes de Judea y Palestina. Esto es un primer elemento que se destaca en el Evangelio de hoy.

         Por otro lado, se destaca el comportamiento de los habitantes de Jerusalén ante el ingreso de Jesús: están todos los habitantes, sin faltar ninguno, porque a todos a concedido Jesús algún milagro, alguna curación, algún don; todos los habitantes de Jerusalén, desde el más pequeño hasta el más anciano, están alegres, exultantes, gozosos, porque todos recuerdan lo que Jesús hizo por todos y cada uno de ellos y este recuerdo de los milagros y dones de Jesús, son la causa de la aclamación de Jesús como Mesías: todos proclaman públicamente a Jesús como al Mesías de Dios, como al Enviado por Dios para la salvación: “Hosanna al Mesías”. Y en señal de reconocimiento y alegría, extienden palmas a su paso.

         Ahora bien, este ingreso triunfal de Jesús en Jerusalén, no debe contemplarse sin hacer referencia a lo que sucederá días después, el Viernes Santo: los mismos habitantes de la Ciudad Santa, que el Domingo de Ramos lo reciben con gozo y alegría, cantando hosannas y agitando palmas en su honor, serán los mismos que, el Viernes Santo, lo expulsarán de la Ciudad Santa, luego de condenarlo injustamente a muerte; los mismos que recibieron solo bienes y milagros de parte de Jesús, serán los que lo conducirán al Calvario, le cargarán la cruz sobre sus hombros y a lo largo de todo el Via Crucis, lo seguirán con insultos, blasfemias, gritos de odio, además de salivarlo, golpearlo con puños y puntapiés, dándole trompadas y empujones.

         ¿Por qué este cambio radical en los habitantes de Jerusalén? El Domingo de Ramos lo reciben con alegría, pero el Viernes Santo lo expulsan con odio. Una explicación a este cambio radical es lo que la Escritura llama: “misterio de iniquidad”, es decir, el misterio de maldad que anida en lo más profundo del corazón del hombre como consecuencia del pecado original.

         Ahora bien, otro aspecto que hay que tener en cuenta es que el suceso del Domingo de Ramos y también el Viernes Santo, hacen referencia a todos y cada uno de nosotros. En efecto, en la Ciudad Santa está representada el alma de cada bautizado; el ingreso de Jesús es cuando Jesús entra en el alma por la Eucaristía; el reconocimiento como Mesías es el reconocimiento del alma hacia Jesús como Mesías y Salvador; la alegría de los habitantes de Jerusalén es la alegría del alma por la recepción de la gracia. El Domingo de Ramos representa al alma en gracia, la Ciudad Santa, que recibe a su Mesías, Jesús, con gozo y alegría.

         El Viernes Santo, por su parte, representa a esa misma alma que, habiendo recibido la gracia santificante, expulsa a Jesús de su corazón por medio del pecado mortal: de la misma manera a como los habitantes de Jerusalén expulsaron a Jesús el Viernes Santo para crucificarlo, así por el pecado mortal el alma expulsa a Jesús de su corazón y lo vuelve a crucificar. Entonces, si los habitantes de Jerusalén actúan en forma tan contradictoria con Jesús, en ellos debemos vernos reflejados nosotros mismos, porque nosotros, con nuestros pecados, expulsamos a Jesús de nuestros corazones. Teniendo en cuenta esto, debemos hacer el propósito de que nuestros corazones sean como la Ciudad Santa, Jerusalén, el día del Domingo de Ramos, es decir, que reconozcamos a Jesús como a nuestro Salvador y le agradezcamos su Amor infinito por nosotros, que vivamos en la alegría que concede la gracia y que nunca expulsemos de nuestros corazones, por causa del pecado, a nuestro Redentor, el Hombre-Dios Jesucristo.

        

jueves, 18 de marzo de 2021

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor


 

(Domingo de Ramos en la Pasión del Señor - Ciclo B – 2021)

         Jesús ingresa a Jerusalén “montado en un borrico”, tal como lo habían anticipado los profetas y en su ingreso, es aclamado por todos los habitantes de Jerusalén, quienes entonan cánticos de alegría a su paso, le tienden mantos y lo saludan con palmas. En esa multitud se encuentran todos los habitantes de Jerusalén, sin exceptuar ninguno, porque todos quieren aclamar y alabar a Quien les ha concedido algún milagro: a algunos una curación, a otros la resurrección, a otros los ha exorcizado, expulsando a los espíritus malignos. Todos los habitantes de Jerusalén, sin excepción, han recibido dones, gracias y milagros de parte de Jesús y es por eso que todos, sin excepción –niños, jóvenes, adultos, ancianos-, han acudido a las puertas de Jerusalén, para celebrar la llegada de Aquel a quien ahora, el Domingo de Ramos, reconocen como al Mesías, como al Enviado de Dios para el Pueblo Elegido.

         Sin embargo, este clima de alegría desbordante y generalizada cambiará en pocos días cuando, el Viernes Santo, después de haber sido apresado y enjuiciado y condenado a muerte por medio de calumnias y mentiras, Jesús sea expulsado de la Ciudad Santa, por los mismos que el Domingo lo recibieron con alegría. Es decir, mientras el Domingo de Ramos lo reciben con palmas y cánticos de alabanza y lo reconocen como al Mesías, el Viernes Santo lo expulsan de Jerusalén, sentenciado a muerte de cruz, acusándolo de blasfemo y de mentiroso, por intentar suplantar a Dios, haciéndose pasar por Dios. Todos los habitantes de Jerusalén, todos los que habían recibido de Jesús un milagro, una gracia, un don, están ahí, el Viernes Santo, para expulsar a Jesús de la Ciudad Santa y para acompañarlo a lo largo del Via Crucis, del Camino del Calvario, no para ayudarlo a llevar la cruz, sino para insultarlo, apedrearlo y golpearlo con puños, trompadas y puntapiés.

         ¿Cómo se explica tan inmenso cambio en la actitud de los habitantes de Jerusalén? No se explica sólo por la ingratitud humana: la explicación última es de orden espiritual y está en lo que la Escritura llama el “misterio de iniquidad”, es decir, el misterio de maldad y falsedad en el que está inmersa la humanidad desde la caída de Adán y Eva al cometer el pecado original. Esto es lo que debemos ver entonces, en la actitud de los habitantes de Jerusalén: la presencia y actividad del misterio de iniquidad, esto es, del pecado, en el corazón del hombre.

         Pero hay otro elemento que podemos ver y es el siguiente: tanto el Domingo de Ramos como el Viernes Santo, prefiguran los diversos estados espirituales del alma. En efecto, el Domingo de Ramos, en el que los habitantes de Jerusalén están felices por la llegada de Jesucristo, se representa al alma que posee la dicha y la alegría que le concede la gracia de Dios; en el ingreso de Jesucristo a Jerusalén, se representa el ingreso de Cristo al alma por medio de la gracia sacramental y también por la fe; la Ciudad Santa, la ciudad de Jerusalén, representa el alma humana, destinada a la santidad, para ser morada de Dios Uno y Trino; los habitantes de Jerusalén, que han recibido multitud de dones y gracias por parte de Jesús, representan a las almas que han recibido, a lo largo de la historia, innumerables dones y gracias de parte de Cristo, por medio de su Iglesia.

         ¿Qué representa el Viernes Santo? El Viernes Santo, día en el que Cristo es expulsado de la Ciudad Santa, día en el que la Ciudad Santa, por libre decisión, se queda sin Cristo, representa al alma que, por el pecado –sobre todo el pecado mortal- rechaza a Cristo y su cruz y lo expulsa, libre y voluntariamente, de sí misma, puesto que esto es lo que significa el pecado, la expulsión de Cristo del alma; el Viernes Santo es día también de oscuridad espiritual –simbolizada en el eclipse total de sol luego de la muerte de Jesús en la cruz-, porque si Cristo, que es Luz Eterna, es expulsado del alma, entonces el alma no solo se queda sin la luz de Cristo, sino que es envuelta en tinieblas, pero no en las tinieblas cosmológicas, como las de un eclipse, sino en las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, los demonios y es esto lo que sucede cuando el alma comete un pecado mortal.

         Por último, debemos reflexionar cuál de las dos ciudades santas queremos ser: si la del Domingo de Ramos, en la que reina la alegría porque Jesús ingresa al alma y es reconocido como Dios, como Mesías y como Rey y es cuando el alma está en gracia santificante, o la del Viernes Santo, en la que Cristo es expulsado por el pecado, quedando el alma inmersa en las tinieblas vivientes, los demonios. Lo que elijamos ser, eso se nos dará, según lo dice el mismo Dios en las Escrituras: “Pongo ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida –Cristo Dios en la Eucaristía- para que vivas tú y tu descendencia” (cfr. Deut 30, 19).

 

domingo, 5 de abril de 2020

Domingo de Ramos

Qué pasó el Domingo de ramos? Acá te lo explicamos

(Ciclo A – 2020)

          El Domingo de Ramos, toda la ciudad de Jerusalén, sin excluir ninguno de sus habitantes, se enteran de la llegada de Jesús y salen todos recibirlo con palmas, con cantos de alabanza, de alegría y de aleluyas. Sucede que todos han recibido, en mayor o menor medida, dones, milagros y gracias de Jesús; todos recuerdan lo que Jesús ha hecho por ellos y es por esto que salen, agradecidos, a aclamar a Cristo como Rey Y Mesías. Jesús no viene montado en un corcel blanco, como hacen los grandes reyes y emperadores, sino que viene montado en un humilde borrico; aún así, los habitantes de la ciudad de Jerusalén abren las puertas de la Ciudad Santa y aclaman y reconoce a Jesucristo como a su Mesías, como a su Rey y como a su Señor. A su paso, agitan palmas, en reconocimiento y además tienden sus túnicas al paso de su rey. El clima es festivo, alegre, y todos cantan y danzan de alegría en honor a su Rey y Señor. Todos, sin excepción, recuerdan los innumerables dones y gracias que han recibido de Jesús, lo han visto hacer milagros que sólo Dios puede hacer y es por eso que están todos contentos y alegres de reconocerlo y abrirle las puertas de la Ciudad Santa para que ingrese su Mesías y Rey.
          Sin embargo, sólo una semana después, la situación cambiará radical y substancialmente: la multitud que lo hosanaba, la multitud que lo aclamaba, la multitud que le abría las puertas de la Ciudad Santa y que lo reconocía como a su Rey y Señor, ahora, el Viernes Santo, menos de una semana después, no solo ya no lo aclama como a su Rey, sino que, llenándolo de insultos y de oprobios, lo condena a la muerte más humillante y dolorosa que jamás ha existido, la muerte en cruz. Súbitamente -desde niños hasta ancianos-, todos parecen haber olvidado los beneficios que Jesús les ha concedido y han sido invadidos por un espíritu de odio que los conduce a sentenciarlo a muerte y a expulsarlo de la Ciudad Santa, cargando con una cruz.
          ¿Qué es lo que explica este cambio de actitud de la multitud? ¿Por qué el Domingo de Ramos lo aclama como a su Rey y Señor y el Viernes Santo lo expulsa, cargado de insultos y con la cruz a cuestas, a la muerte más oprobiosa?
          La respuesta la encontramos si reemplazamos a la escena del Domingo de Ramos, elementos naturales, por elementos sobrenaturales. Así, la multitud que integra la Ciudad de Jerusalén, el Pueblo Elegido, son los bautizados en la Iglesia Católica, el Nuevo Pueblo Elegido; los milagros y dones recibidos por los habitantes de Jerusalén son el Bautismo sacramental, la Eucaristía, la Confirmación, la Confesión de los pecados y todas las gracias y dones que de Cristo Jesús recibe cada alma de un católico; los habitantes de Jerusalén que hosannan a Jesús y le abren las puertas de la Ciudad Santa, son los católicos en gracia, que abren las puertas de sus corazones y lo entronizan como a su Rey y Señor en sus corazones; los habitantes de Jerusalén que el Viernes Santo condenan a muerte a Jesús y lo expulsan de la Ciudad Santa, son los católicos que por el pecado, han despreciado la gracia y por lo tanto a Jesús como Rey de sus vidas y han elegido en cambio el reinado del pecado en sus corazones. La expulsión de Jesús de la Ciudad Santa el Viernes Santo, es la expulsión de Jesús del alma en pecado, que por el pecado lo destrona de su corazón y en su reemplazo, coloca al pecado.
          Al conmemorar el Domingo de Ramos, en cierta medida también participamos del mismo; hagamos el propósito de que nuestras almas y corazones sean como la Ciudad Santa el Domingo de Ramos, que por la gracia aclama a Jesús como a su Rey y Señor y no permitamos que por el pecado sea expulsado de nuestras almas.

sábado, 13 de abril de 2019

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor


Imagen relacionada
(Domingo de Ramos - Ciclo C – 2019)

          En el Domingo de Ramos, Jesús ingresa en Jerusalén montado en una cría de asno; a su ingreso, es aclamado por los habitantes de la Ciudad Santa como a su rey. Todos aclaman a su paso: “Hosanna al Hijo de David”; todos agitan palmas y tienden mantas a su paso, expresando así el reconocimiento que de Jesús hacen como a su rey. En el ingreso de Jesús, toda la Ciudad ha salido a su encuentro: están allí niños, jóvenes, adultos, ancianos. La razón es que todos, sin excepción alguna, han recibido dones, milagros, favores celestiales de parte de Jesucristo y ahora, impulsados por el Espíritu Santo, reconocen lo que Jesús ha hecho por ellos y, transportados de alegría y reconocimiento, salen a saludar a Jesús pero no con un saludo cualquiera, sino como se saluda a un rey. Jerusalén reconoce a Jesús como a su rey, como a su Mesías, porque se acuerda de todos los dones que ha recibido de Él.
          Sin embargo, solo unos pocos días después, la misma Ciudad y los mismos habitantes que lo hosanaron y lo recibieron como un rey, lo acusarán de blasfemo, lo condenarán a muerte y, en medio de insultos y golpes, lo expulsarán de las puertas de la Ciudad, para llevarlo al Monte Calvario y allí crucificarlo. Los mismos habitantes, exactamente los mismos, que el Domingo de Ramos lo aclamaron como rey, son los que el Viernes Santo lo insultarán y lo crucificarán, coronándolo sí como rey, pero como rey de burla, porque le pondrán una corona de espinas.
          Y a diferencia del Domingo de Ramos, que era el Espíritu Santo el que los impulsaba a reconocer y agradecer a Jesús por sus dones, ahora es el espíritu maligno, el Ángel caído, el que los empuja para que entre todos crucifiquen a Jesús.
          Las dos escenas, reales, representan a su vez realidades espirituales, sobrenaturales. La Ciudad de Jerusalén representa al alma, a toda alma; el ingreso de Jesús el Domingo de Ramos y el ser aclamado como rey, es el alma que, por el impulso de la gracia, recibe a Cristo y reconoce en Cristo al Dios Mesías y lo proclama como rey de su corazón, dando gracias por los innumerables dones de Cristo recibidos. Los habitantes de Jerusalén son los cristianos que, efectivamente, han recibido de Cristo innumerables dones, milagros y gracias, comenzando por el Bautismo sacramental, continuando luego con la Confirmación y la Eucaristía, además de todos los dones personales que Jesús da a cada alma; son los cristianos que, agradecidos, hacen entrar a Cristo en sus corazones por la Eucaristía.
A su vez, la Jerusalén del Viernes Santo, es el alma que a pesar de haber recibido innumerables dones y milagros de parte de Cristo, rechaza la gracia y con la gracia rechaza a Cristo, expulsándolo de su alma. La Jerusalén con las puertas abiertas para expulsar a Cristo con la cruz a cuestas representa al alma que, por el pecado, expulsa a Cristo de su corazón no reconociendo ya más a Cristo como a su rey y señor, sino al demonio. La razón es que no hay lugar para situaciones intermedias, porque en el corazón humano hay lugar para uno solo y no para Dios: o están Cristo y su gracia o están el demonio y el pecado; o en el corazón se entroniza a Cristo como rey por la gracia, o por el pecado, se entroniza al Demonio en el alma, dejando fuera a Jesucristo. Los habitantes de Jerusalén enojados con Cristo son los cristianos que, por el motivo que sea, han elegido al pecado, en vez de elegir a Cristo y su gracia.
Cada uno de nosotros elige si recibe a Cristo, como la Ciudad de Jerusalén lo recibe el Domingo de Ramos, como a su rey y mesías, o si lo rechaza, como esa misma ciudad, el Viernes Santo, entronizando al Demonio como a su rey.
Que nuestras almas reciban siempre a Cristo como a su rey, por la gracia, como el Domingo de Ramos, y que nunca lo expulsen de sí, como Jerusalén el Viernes Santo.


sábado, 24 de marzo de 2018

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor



"Entrada de Jesús en Jerusalén"

(Pedro de Orrente)

(Ciclo B – 2018)

Jesús ingresa en Jerusalén, tal como estaba profetizado en el Antiguo Testamento, montado en una cría de asno: “Tu rey viene a ti, oh Jerusalén, montado en una cría de asno” (cfr. Zac 9, 9). Le salen al encuentro todos los habitantes de Jerusalén, sin exceptuar ninguno. Todos están jubilosos, alegres, y le cantan hosannas y aleluyas, porque todos han recibido milagros y favores de Jesucristo y todos los recuerdan y todos se lo agradecen. A las puertas de Jerusalén, con palmos en las manos, están los que han sido vueltos a la vida; los que han sido curados de toda clase de enfermedades; los que han sido liberados de los demonios que los atormentaban; los que han sido alimentados con los milagros de los panes y los peces multiplicados por la  omnipotencia divina de Jesucristo. El Domingo de Ramos todos está exultantes, alegres, y entonan cánticos en honor de Jesucristo. Todos reconocen en Jesucristo al Mesías de Dios.
         Pero solo unos días más tarde, el Viernes Santo, esa misma multitud exultante, cambiará radicalmente: sus semblantes alegres se volverán furiosos; sus cánticos de alabanza, se convertirán en blasfemias; sus hosannas y aleluyas, se convertirán en improperios y amenazas de muerte. Si el Domingo de Ramos todos amaban a Jesús y lo reconocían como al Mesías, ahora todos rechazan a Jesucristo como Mesías, lo tratan de impostor y desean su muerte.         ¿Por qué se produce entre los habitantes de Jerusalén un cambio tan radical? ¿Por qué el Domingo de Ramos están exultantes y el Viernes Santo, llenos de odio hacia Jesús? La razón del abrupto cambio de ánimo de los habitantes de Jerusalén entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo se encuentra en el hecho de que ambas escenas son representaciones de realidades sobrenaturales relacionadas con el misterio de la salvación. En otras palabras, cada elemento de las dos distintas escenas representa una realidad sobrenatural en relación directa con el misterio salvífico de Jesucristo. Así, Jesús es Dios Salvador; la Ciudad Santa de Jerusalén es figura del alma; los habitantes que aclaman a Jesús entre cánticos de alegría, es el alma en estado de gracia; los mismos habitantes de Jerusalén que el Viernes Santo cubren de insultos, escupitajos y puñetazos a Jesús, son la misma alma, pero en estado de pecado mortal, sin la gracia santificante. Esto es entonces lo que representan, simbólicamente, las dos escenas: Jesús entrando en Jerusalén el Domingo de Ramos, siendo reconocido como el Mesías y siendo recibido con cánticos de alegría, es el alma que recibe a Jesús Eucaristía en estado de gracia: Jerusalén es figura del alma y el canto y la alegría es figura de la gracia. Cuando el alma está en gracia, reconoce a Jesús como a su Salvador y lo recibe como tal.
Por el contrario, Jesús siendo expulsado de la Ciudad Santa el Viernes Santo, es la representación del alma que, por el pecado mortal, expulsa a Jesús de su corazón, de su alma, de su vida, y lo crucifica con sus pecados. No debemos creer que nuestra vida espiritual –en gracia o en pecado- es indiferente al Hombre-Dios Jesucristo: cuando estamos en gracia, somos como la Jerusalén del Domingo de Ramos, que recibe a su Rey Mesías con cánticos de alegría y demostraciones de amor; cuando el alma está en pecado mortal, es esa misma Jerusalén que condena a muerte a su Redentor, le carga una cruz y lo expulsa de sí misma, para matarlo. El pecado no es sino el deseo de que Dios muera en el propio corazón, de manera tal de poder hacer la propia voluntad y no la voluntad de Dios, que está expresada en los Diez Mandamientos.
El pecado, que nace de lo profundo del corazón humano sin Dios, es causado por el libre albedrío humano, instigado al mal por el Tentador del hombre, Satanás. El pecado no es ni será jamás una metáfora utilizada como un símbolo para indicar a los hijos de Dios el camino a evitar. El pecado es una realidad espiritual, es la ausencia de la gracia en el alma; es la muerte ontológica del espíritu humano que sin la gracia no sobrevive y muere a la vida de Dios. El pecado separa al hombre de Dios y de sus hermanos; lo aparta, lo aísla, y lo convierte en presa fácil del Demonio. Dios perdona el pecado, pero hay un pecado que no perdona, y es el pecado del cual el hombre no se arrepiente. Dios es Misericordia Infinita y perdona toda clase de pecados, pero hay un pecado que no puede perdonar y es el pecado del cual el hombre no se arrepiente, porque para que Dios nos perdone, es necesario que libremente pidamos su Misericordia y libremente hagamos el propósito de no volver a cometer ese pecado. Dios perdona al pecador que se arrepiente sinceramente, que toma conciencia de su pecado, que se duele de haber cometido el mal y que hace el propósito de no volver a cometerlo. La expulsión de Jesús de Jerusalén el Viernes Santo es la expresión gráfica de que no puede coexistir en el alma el pecado –la Jerusalén que expulsa a Jesús- y la Santidad Increada, Cristo Jesús. O en el alma está la gracia de Dios y con ella Cristo Jesús –Jerusalén en el Domingo de Ramos- o en el alma no está la gracia de Dios y el Hombre-Dios es expulsado de ella –Jerusalén el Viernes Santo-. No hay convivencia posible entre la santidad de Jesucristo y el pecado y lo que era pecado para Adán y Eva, al inicio de los tiempos, seguirá siendo pecado hasta el fin de los tiempos, hasta el Último Día de la historia humana, hasta el Día del Juicio Final. No hay autoridad humana –eclesiástica o no eclesiástica- ni angélica que pueda cambiar la realidad ontológica del pecado de ser ausencia de bien, ausencia de gracia y por ende, presencia del mal. El pecado es y seguirá siendo pecado hasta el fin del tiempo.
El pecado jamás puede ser visto como algo “natural” que en algún momento deberá ser aceptado. Es verdad que Dios ama al pecador, pero esto no cambia la realidad de malicia y ausencia de gracia que es el pecado y si Dios nos ha dado los Diez Mandamientos, es porque por esos Mandamientos evitamos el pecado y a partir de Jesucristo, podemos vivir en su Presencia porque la gracia de Jesucristo es la que nos concede la fuerza divina necesaria para no caer en ningún pecado. Hagamos el propósito, en esta Semana Santa, de que nuestras almas sean siempre como la Jerusalén del Domingo de Ramos, el alma en gracia, que reconoce a Jesús como a su Mesías, Rey y Señor y lo ama y lo adora con todas sus fuerzas y se alegra y perfuma con la alegría y el perfume de la gracia. Que en nuestros corazones siempre sea reconocido Jesucristo, el Dios de la Eucaristía, como nuestro Único Rey y Señor.


viernes, 18 de marzo de 2016

Domingo de Ramos


(Domingo de Ramos - Ciclo C – 2016)

         Días antes de su Pasión, Jesús es recibido triunfalmente en Jerusalén: montado en una cría de asno, Jesús es aclamado por los habitantes de Jerusalén, quienes exultan de gozo y de alegría ante su Presencia, dándole títulos mesiánicos como “Hijo de David”, extendiendo mantos a modo de alfombra, agitando palmas y entonando cánticos de triunfo, de gozo, de alegría (cfr. Lc 22, 7. 14-23. 56). Todos, sin excepción, han recibido algún milagro de Jesús, y es por eso que, jubilosos, lo reconocen como al Mesías. Sin embargo, esta misma multitud, que lo recibe a su ingreso a Jerusalén de modo triunfal, es la misma multitud que, días después, lo acusará injustamente de proclamarse Dios, lo condenará a muerte, pidiendo que “su Sangre caiga” sobre ellos (cfr. Mt 27, 25), lo coronará de espinas, lo flagelará, y finalmente, lo crucificará, luego de hacerle pasar una dolorosísima y cruenta agonía. El Viernes Santo, la multitud parecerá haber sufrido una profunda amnesia, que les hace olvidar todos los beneficios de Jesús, al tiempo que la alegría por su Presencia, es reemplazada por un odio deicida que no se explica por meras pasiones humanas. La misma multitud que el Domingo lo hosanna, es la misma multitud que el Viernes Santo lo maldice y lo crucifica. Es decir, mientras el Domingo de Ramos la multitud lo recibe jubilosa en su ingreso a Jerusalén, el Viernes Santo, por el contrario, expulsará a Jesús de la Ciudad Santa, para conducirlo al Monte Calvario y darle muerte por medio de la muerte más dolorosa, cruenta y humillante jamás inventada por la malicia del hombre, la crucifixión.
         ¿A qué se debe este cambio radical en el ánimo de los habitantes de Jerusalén?
         Para responder a esta pregunta, debemos considerar que en las escenas evangélicas están representadas realidades espirituales. Así, la Ciudad Santa de Jerusalén, representa al alma, santificada por la gracia de Jesús: sus habitantes, que reciben jubilosos a Jesús abriéndole de par en par las puertas de la ciudad, que lo aclaman como al Mesías, que recuerdan los prodigios y milagros que para ellos realizó, es el alma que, por la gracia, reconoce en Jesús al Salvador de los hombres y que le abre las puertas de su corazón, entronizándolo como a su Rey.
         Por el contrario, la multitud que desconoce a Jesús el Viernes Santo, que pide su muerte, que pide su sangre, que lo corona de espinas, lo flagela, lo insulta y lo crucifica, es esa misma alma que, enceguecida por el pecado, expulsa a Jesús de su corazón y lo crucifica con la malicia del pecado. La Ciudad Santa que expulsa a Jesús el Viernes Santo, es el alma en pecado, sobre todo en pecado mortal, que quita a Jesús el lugar merecido que en ella tenía, y no lo reconoce más como a su Rey y Salvador.
         Los integrantes de la multitud, por lo tanto, somos nosotros, los cristianos, que hemos recibido todos, sin excepción alguna, dones inimaginables, comenzando por el bautismo, siguiendo luego por la Comunión Eucarística y la Confirmación, sin contar con todos los otros beneficios de todo tipo, materiales y espirituales, naturales y sobrenaturales, cuya sola enumeración llevaría horas y horas. Esos habitantes de Jerusalén que expulsan a Jesús somos los cristianos cuando nos dejamos seducir por las tentaciones del mundo y caemos en el pecado, expulsando así a Jesús de nuestros corazones y crucificándolo, toda vez que cometemos un pecado, sobre todo, el pecado mortal.

         Al hacer memoria litúrgica del Domingo de Ramos los cristianos debemos ser conscientes de que las hosannas, los cantos de alabanza y el reconocimiento de Jesús como nuestro Rey, Mesías y Salvador, es obra de la gracia, y que el desconocimiento de Jesús, su condena y su crucifixión, son obra de nuestra libertad, de nuestro corazón y de nuestras manos, toda vez que consentimos a la tentación y caemos en el pecado. Tengamos siempre presente estas dos escenas evangélicas, la del ingreso triunfal en Jerusalén el Domingo de Ramos, y la expulsión para darle muerte cruel el Viernes Santo, para que seamos capaces de preferir la muerte terrena antes que expulsar de nuestros corazones, por causa del pecado, a Nuestro Rey, Jesucristo, el Hombre-Dios.

viernes, 27 de marzo de 2015

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor


(Ciclo B – 2015)
         “Jesús entra en Jerusalén montado en un borrico. La multitud lo hosannaba gritando: ‘Bendito el que viene en nombre del Señor’” (cfr. Mc 11, 1-10). Jesús ingresa en la ciudad de Jerusalén, montado en un borrico. A su paso, salen a su encuentro todos los habitantes de Jerusalén: niños, jóvenes, adultos, ancianos, absolutamente todos, aclamándolo y hosanándolo, cantándole aleluyas y gritando vivas al hijo de David, agitando palmas a su paso, en reconocimiento de su realeza, y extendiendo mantos a modo de alfombras, de manera tal que ni siquiera las patas del burro en el que viene Jesús montado se ensucien con tierra. Al ingreso de Jesús en Jerusalén, la alegría embarga a sus habitantes, y de tal manera, que todos a una exclaman, extasiados y fuera de sí por el gozo, vivas y aleluyas por Jesús, recordando los milagros, los innumerables milagros, prodigios, dones, curaciones, expulsiones de demonios, multiplicaciones de panes y peces, y señales maravillosas de todo tipo, que Jesús ha hecho a favor suyo.
Los habitantes de Jerusalén se muestran agradecidos con Jesús, quien les ha curado sus cuerpos, les ha devuelto a la vida a sus muertos, les ha hablado de la vida eterna, les ha devuelto la vista a los ciegos, el habla a los mudos, la audición a los sordos, ha expulsado a los demonios que los atormentaba, y por esa razón, lo reconocen como a su rey, como al Mesías que habían anunciado los profetas, y por eso lo hosannan, lo alaban, lo glorifican, lo saludan con palmas, le cantan salmos de alabanza, le tienden alfombras a su paso y le abren de par en par las puertas de la ciudad santa de Jerusalén.
Sin embargo, misteriosamente, esa misma gente, esa misma multitud, que ahora, el Domingo de Ramos, lo aclama, lo exalta, lo felicita, lo alaba, le canta salmos de alabanza, que le abre las puertas de Jerusalén y lo introduce en la ciudad Santa, esa misma multitud, por el misterio de iniquidad que anida en el corazón del hombre, días más tarde, el Viernes Santo, lo expulsará de la ciudad Santa, cargado con una cruz, luego de condenarlo a muerte, y lo cubrirá de oprobios de insultos, de golpes, de injurias, de latigazos, y si antes lo alababa, lo exaltaba y lo glorificaba, ahora lo ultraja, lo insulta y lo denigra a un grado que avergüenza a los mismos ángeles del cielo. Si antes, el Domingo de Ramos, le había abierto las puertas de Jerusalén, ahora, le cierra las puertas de la ciudad Santa, y lo expulsa, para crucificarlo, porque ya no lo quiere ver más, porque ya no quiere tenerlo más consigo, no soporta más su Presencia y quiere hacerlo desaparecer, literalmente, de la ciudad santa, y de la faz de la tierra. La misma multitud, exactamente la misma multitud, que el Domingo de Ramos lo hosannaba, es ahora la misma multitud que, el Viernes Santo, lo ultraja, lo golpea, lo corona de espinas, lo insulta, lo escupe, lo abofetea, lo condena a muerte, le carga una cruz, lo crucifica, lo deja agonizar por tres horas en el Calvario, y se goza con su muerte en la cruz.        
El hecho, real, es simbólico de lo que sucede en el hombre, porque la Ciudad Santa, Jerusalén, es símbolo del corazón del hombre: la ciudad de Jerusalén, que reconoce a Jesús como Rey el Domingo de Ramos, y lo hosanna y aclama, lo bendice y lo exalta, proclamándolo como a su Rey, representa al corazón en gracia, el corazón humilde, que reconoce a Jesús como al Hombre-Dios, que por la gracia, es entronizado en el corazón del hombre y reconocido como su Rey y Señor, y aclamado y alabado como tal.
Pero Jesús expulsado de Jerusalén el Viernes Santo para ser crucificado, representa al hombre en pecado mortal que expulsa por el pecado a su Dios de su corazón, y en su lugar, coloca al Príncipe de las tinieblas, sucediéndole de esa manera lo mismo que le sucedió a los habitantes de Jerusalén, que luego de haber expulsado a Jesús de la Ciudad Santa para crucificarlo en el Monte Calvario, comenzó a reinar entre ellos el Príncipe de las tinieblas, y así sucede en el corazón del hombre que expulsa a Jesucristo, la Gracia Increada, por el pecado mortal, porque el demonio se apodera de su corazón.
“Jesús entra en Jerusalén montado en un borrico. La multitud lo hosannaba gritando: ‘Bendito el que viene en nombre del Señor’”. Que nuestros corazones sean como la ciudad santa de Jerusalén el Domingo de Ramos, en el que siempre Jesús sea reconocido, alabado, ensalzado y exaltado como nuestro Rey y Señor, y que nunca jamás sea expulsado de nuestros corazones por el pecado, como les sucedió a los habitantes de Jerusalén el Viernes Santo. Antes de pecar mortalmente o antes de cometer un pecado venial deliberado, es decir, antes de expulsar a nuestro Rey Jesús de nuestros corazones, como los habitantes de Jerusalén el Viernes Santo, que nos sobrevenga la muerte, como pedía Santo Domingo Savio el día de su Primera Comunión, a los nueve años –“Antes morir que pecar”-, o como pedimos en la fórmula de la confesión sacramental: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”. Que nuestros corazones sean siempre como la Ciudad Santa el Domingo de Ramos, que en nuestros corazones resuenen siempre cantos de alabanza a Jesús, nuestro Rey, nuestro Dios y Señor, y que nunca jamás lo expulsemos por el pecado, como hicieron los habitantes de Jerusalén, el Viernes Santo.

viernes, 11 de abril de 2014

Domingo de Ramos


Entrada de Jesús en Jerusalén,
Giotto
  
(Ciclo A - 2014)
          Jesús ingresa en la ciudad de Jerusalén montado en un borrico el Domingo de Ramos. Todos los habitantes de Jerusalén, enterados de su ingreso, salen a recibirlo. Allí se encuentran niños, jóvenes, adultos, ancianos, hombres, mujeres, ricos y pobres; no hay distinción de clases sociales ni de razas. No se trata de un movimiento social ni político; no se trata de una movilización al estilo humano, como cuando un líder de un movimiento político convoca a sus seguidores para una proclama pública. Es el Espíritu Santo quien los convoca; es el Espíritu Santo quien mueve los corazones de los habitantes de Jerusalén y quien les ilumina el intelecto y les trae a la memoria el recuerdo de tantos milagros y portentos prodigiosos obrados por Jesús. Eso explica que estén allí los que han recuperado milagrosamente la vista, el oído, el habla; los que han sido sanados de numerosas enfermedades; los que han sido alimentados prodigiosamente en las multiplicaciones de panes y peces, en las pescas milagrosas; los que han bebido del vino milagroso de las Bodas de Caná; los que han sido vueltos a la vida; los que han sido liberados de las posesiones demoníacas; allí están los que han recibido milagros que no figuran en los Evangelios por el simple hecho de que son tantos, que no hay espacio suficiente en todo el mundo para colocar tantos libros.
          La entrada de Jesús en Jerusalén no es una entrada simple; es una entrada triunfal; es la entrada de un rey; los habitantes de Jerusalén lo aclaman, lo hosannan, le cantan aleluyas y le dicen que es su rey y esto lo hacen movidos por el Espíritu Santo. Ahora bien, este ingreso de Jesús en Jerusalén, es real, pero es también simbólico y significativo de algo espiritual: de su ingreso, por la gracia, al corazón humano, porque Jerusalén es símbolo del corazón del hombre, entonces Jesús, entrando como Rey en un humilde borrico, es símbolo de Jesús Rey que entra, por la gracia, al corazón del hombre, que así ve entronizar a Jesús como a su Rey y Señor. Pero luego vemos que, días más tarde, esta misma multitud, exactamente la misma, la que aclamaba y hosannaba a Cristo y lo reconocía como a su Rey, el Viernes Santo, ahora lo reconoce sí, como su Rey, pero en vez de corona de palmas, le coloca una corona de espinas, y en vez de hacerlo ingresar a la ciudad y aclamarlo y cantarle aleluyas, lo expulsa de la ciudad, lo insulta y lo condena a muerte.



Entrada de Jesús en Jerusalén,
Pietro Lorenzetti

          ¿Qué ha pasado en esta multitud? ¿Qué ha sucedido para que se opere un cambio tan radical entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo? Si el Domingo de Ramos era el Espíritu Santo el que aleteaba en sus corazones, ¿quién los agitaba ahora en contra de Cristo Jesús? ¿Cómo explicar este cambio?
          Lo que sucedió a los habitantes de Jerusalén se explica por lo que San Pablo llama el "misterio de iniquidad" (2 Tes 2, 7), y es cuando el hombre reemplaza en su corazón, que está hecho para Dios, al Dios Verdadero, por Satanás, el Príncipe de las tinieblas. Cuando eso sucede, el hombre no reconoce más a Cristo Jesús, su Mesías venido en carne, y lo rechaza, y lo reemplaza por sustitutos falsos, por anticristos, como le sucedió a los habitantes de Jerusalén el Viernes Santo, que eligieron a Barrabás, un ladrón, en vez de a Jesús. El corazón el hombre, hecho para Dios, se oscurece por el pecado cuando expulsa a Dios, que es luz, y se entenebrece, porque se apodera de él el Príncipe de las tinieblas y el Ángel caído hace del corazón del hombre un trono, aferrándose con sus garras, lastimándolo y oscureciéndolo aun más, llenándolo de tinieblas, de malos pensamientos, de malos deseos, de malos propósitos, de deseos de venganza, de lascivia, de codicia, de rapiña, de avaricia, de materialismo, de ateísmo y de toda clase de vanidad y de cosas bajas y malas. Cuando esto sucede, el "misterio de iniquidad" se ha apoderado del corazón del hombre, Jesús ha sido expulsado de la ciudad santa, del corazón humano, el hombre ha caído en pecado, Cristo Jesús ha sido negado y expulsado del corazón y del alma y una vez más ha sido crucificado y las tinieblas han prevalecido.
          Éste es el significado místico del Domingo de Ramos, de la entrada triunfal en Jerusalén, entrada que debe  contemplarse a la luz del Viernes Santo, cuando Jesús, luego de ser condenado a muerte, después del juicio inicuo, es expulsado de la Ciudad Santa: si el ingreso triunfal a Jerusalén en un borrico el Domingo de Ramos significa el ingreso el Hombre-Dios por la gracia al corazón, su expulsión luego de la condena a muerte el Viernes Santo significa el triunfo del "misterio de iniquidad", por el cual el hombre expulsa de su corazón a Dios y elige al Príncipe de las tinieblas, a pesar de haber sido hecho su corazón para Dios y no para el Príncipe de las tinieblas. El "misterio de iniquidad" entenebrece de tal manera al corazón humano que se vuelve incapaz de alojar al Espíritu Santo, el cual a su vez le daría la luz sobrenatural necesaria para reconocer al Mesías venido en carne, Cristo Jesús.
          La meditación acerca del ingreso triunfal de Jesús el Domingo de Ramos, debe por lo tanto conducirnos a meditar en el "misterio de iniquidad", el misterio del pecado, por el cual expulsamos a Dios de nuestro corazón, pero ante todo debe conducirnos a meditar en el misterio de Amor de un Dios que no duda en anonadarse hasta el extremo de encarnarse, permaneciendo inmutable en su divinidad y en su ser trinitario, sufriendo una humillante muerte de cruz, para redimir al hombre al precio de su Sangre, para luego hacerlo hijo adoptivo suyo y heredero del Reino de los cielos.

          Jesús ingresa el Domingo de Ramos, triunfante, en nuestros corazones, y nosotros lo aclamamos como a nuestro Rey. Que el Viernes Santo, que vendrá indefectiblemente, nos encuentre junto a la Virgen de los Dolores, arrodillados al pie de la cruz, besando los pies de Nuestro Rey, Cristo Jesús.

sábado, 23 de marzo de 2013

Domingo de Ramos



(Domingo de Ramos - Ciclo C – 2013)
         Jesús entra triunfante en Jerusalén, montado en una cría de asno. La multitud lo aclama, exultante de alegría, y le canta hosannas, vivas y aleluyas. A su paso, los niños y los jóvenes le tienden palmas y agitan ramos de olivos, en señal de que en Jesús reconocen al Rey y Mesías, y en señal de paz. Toda la ciudad de Jerusalén –mujeres, niños, adultos, ancianos- participa de la alegría y del recibimiento festivo a Jesús. Toda la ciudad está alborotada y alegre porque llega Jesús; todos están contentos y felices, y lo expresan con cánticos de alabanza y con gritos de alegría, y eso es lo único que se escucha en el aire: “¡Hosanna! ¡Aleluya! ¡Viva el Mesías y Rey!”. Están allí todos los que han recibido algún milagro de sanación corporal, los que han vuelto a ver, a oír, a hablar, a caminar; están los que han sido liberados, por los exorcismos de Jesús, de la dolorosa y penosa presencia del demonio; están los que han sido vueltos a la vida; lo que se han alimentado con panes y peces en la multiplicación prodigiosa; los que se han alimentado con los frutos de la pesca milagrosa; están los que han bebido el vino milagroso y exquisito de las Bodas de Caná; están los que no han recibido milagros de curación física, pero sí han recibido el don de la conversión del corazón, de la iluminación interior por la luz de la gracia, al ver alguno de los portentosos milagros de Jesús.
         El Domingo de Ramos están todos los habitantes de Jerusalén, sin faltar ninguno; todos están alegres; todos recuerdan los milagros hechos a su favor; todos reconocen en Jesús al Mesías, Rey y Salvador.
         Sin embargo, lo más sorprendente de todo, es que esa misma multitud –niños, jóvenes, adultos, ancianos-, que el Domingo de Ramos alaba, ensalza, glorifica a Jesús, es la misma multitud que el Viernes Santo lo insulta, lo desprecia, lo rechaza, prefiriendo a un malhechor, Barrabás, en lugar suyo, y termina por crucificarlo.
         ¿Por qué se produce este cambio tan radical, entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo? ¿Qué es lo que hace que una multitud exultante y agradecida por la Presencia de Jesús, sólo unos pocos días después, lo insulte, decida su crucifixión y lo lleve hasta el Calvario para darle muerte?
         La respuesta está en la libertad del hombre, y en el misterio de iniquidad o injusticia que es el pecado, porque las dos multitudes, la del Domingo de Ramos y la del Viernes Santo, representan dos estados del alma, y esos estados dependen de la libertad humana que libremente elige el bien o el mal.
         La multitud que cambia radicalmente entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo, en donde elige a un malhechor, Barrabás, en vez de a Cristo Jesús, representa al alma cuando peca, cuando elige libremente el mal al bien, cuando elige el pecado a la gracia, cuando elige cumplir los mandamientos de Satanás y no los Mandamientos de Dios.
         La multitud del Domingo de Ramos, por el contrario, representa al alma en gracia, al alma que ha recibido innumerables dones, prodigios, gracias, signos, mociones del Espíritu Santo y milagros de todo tipo comenzando, solo por mencionar algunos, por la filiación divina en el Bautismo sacramental, siguiendo por el perdón divino recibido en cada Confesión sacramental, continuando por el Don de dones y el Milagro de los milagros que es la Eucaristía, y finalizando por la incontable cantidad de dones materiales y espirituales de todo tipo, recibidos a cada momento del día, que sólo nuestra ceguera y nuestra desidia en reconocerlos impide darnos cuenta de ellos.
         La multitud del Domingo de Ramos representa al alma que elige a Cristo en vez del Demonio, el mundo y la carne; que recuerda sus portentos y milagros y le agradece, y que lo reconoce, agradecida, como a su Dios y Creador, Redentor y Santificador.
         El alma en gracia canta hosannas y aleluyas a Cristo que viene como Mesías, humilde, en una cría de asno, para entrar y tomar posesión, como Rey, Mesías y Profeta, de la ciudad santa de Jerusalén, representación del alma en gracia.
         A su vez, el ingreso de Jesús en la ciudad de Jerusalén representa también el momento de la comunión eucarística, realizada esta con amor, con fe, con devoción, con intensa alegría, porque el alma que es consciente de estar recibiendo al Rey de reyes y Señor de señores no puede más que alegrarse en un estupor sagrado que desea que no finalice nunca.
         Pero esa misma alma, si peca, trastoca sus alabanzas, las del Domingo de Ramos, en griterío e insultos, los del Viernes Santo; trastoca sus agradecimientos en desprecios; su amor en odio, su alegría en tristeza. Cuando el alma elige pecar, cuando cede a la tentación, cualquiera que esta sea, cuando no opone resistencia, cuando se deja arrastrar por las pasiones, se convierte en la multitud que desconoce a Cristo como su Salvador, y grita con todas sus fuerzas: “¡No eres mi Rey! ¡Guárdate tus mandamientos! ¡Mi rey es el mundo y el demonio! ¡Muérete, y que tu sangre caiga sobre mi cabeza!”. El alma que peca es como la multitud enardecida y enceguecida por el odio a Cristo Dios en el Viernes Santo, que clama por su muerte, porque quiere seguir pecando, que desconoce a Cristo como Rey y Mesías, para ungir al demonio como su siniestro señor, y que pide que la Sangre de Jesús caiga sobre ellos, como signo que confirma la decisión de pecar, asesinando al Cordero de Dios.
         Así, el alma arroja a su Rey, Cristo, de su corazón, tal como la multitud lo arrojó de Jerusalén, y lo crucifica nuevamente con sus pecados, al mismo tiempo que su mente y su corazón se oscurecen, tal como ocurrió el Viernes Santo, cuando luego de la muerte de Cristo, Jerusalén y el mundo se vieron envueltas por densas tinieblas cósmicas, símbolo de las tinieblas espirituales que se abaten sobre el pecador, como consecuencia de haber dado muerte con el pecado al Sol de justicia, Cristo Jesús, el Hijo de Dios encarnado.
         ¿Cómo se encuentra nuestra alma? ¿En estado de gracia, simbolizada en la multitud que canta agradecida a Cristo que entra triunfante en Jerusalén? ¿O se encuentra en tinieblas, como la multitud que el Viernes Santo da muerte al Hijo de Dios, el Mesías y Salvador?
Que seamos la Jerusalén que recibe con amor y agradecimiento a Jesús Eucaristía, o que lo repudiemos, como la multitud del Viernes Santo, depende de nuestra libre elección. La Semana Santa, tiempo de gracia dado por Dios para que participemos del misterio pascual de Jesús, debe conducirnos a la resolución de elegir siempre la vida de la gracia, para que nuestro paso en la tierra sea como un continuo Domingo de Ramos, que aclame a Cristo Jesús con las obras de misericordia hechas en el Amor a Dios. Pero también el fruto de la Semana Santa debe ser que elijamos la muerte antes que pecar, antes que formar parte de la multitud del Viernes Santo.