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sábado, 7 de febrero de 2026

“Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo”

 


(Domingo V - TO - Ciclo A – 2017)

         “Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5, 13-16). Jesús utiliza dos elementos sumamente útiles de la vida cotidiana, la sal y la luz, para describir a los cristianos. Por un lado la sal, permite dar sabor a todos los alimentos; pero además, evita la descomposición orgánica de la carne y la preservación de alimentos. El otro elemento que utiliza Jesús es la luz, cuya importancia es más que evidente para la vida cotidiana: permite ver y apreciar el mundo, con toda su realidad, con su colorido, con su profundidad: sin la luz, el hombre vive en tinieblas y en la oscuridad más absoluta.

         Los elementos materiales como la luz y el agua son utilizados por Jesús para representar y referirse a una realidad sobrenatural, la gracia santificante, la cual obra en el alma del cristiano así como la sal y la luz en la vida del hombre. La gracia es la que hace que la vida del cristiano tenga un nuevo sabor, el sabor de la eternidad y del Divino Amor; la gracia es la que evita la descomposición del alma por la putrefacción del pecado, así como la sal evita la putrefacción de la carne; la gracia permite que el alma pueda ver las realidades sobrenaturales y eternas de los misterios divinos: por la gracia el alma puede ver que esta vida es pasajera, que esta vida es una prueba para ganar la vida eterna, que la vida eterna se gana cumpliendo los Diez Mandamientos y atravesando los dos Juicios, el Particular y el del Día Final y que luego esperan o el Cielo o el Infierno por la eternidad, que esta vida no es para “disfrutar” o para “pasarla bien”, sino para “conquistar el Cielo” por medio de la Santa Cruz de Jesús con el auxilio de la Virgen, Medianera de todas las gracias ya que “lucha es la vida del hombre en la tierra” según el libro de Job. Nada de esto puede saber el hombre sino es por el auxilio de la luz de la gracia.

         La gracia santificante cambia radicalmente la orientación de la vida del cristiano, dirigiéndola y enderezándola, de una orientación horizontal, sin trascendencia, hacia la feliz eternidad, hacia el encuentro personal y definitivo con el Supremo Juez, Jesús Misericordioso. Pero este destino de eternidad en la otra vida y el hecho de tener la luz de la fe en esta vida terrena, que permite vislumbrar la vida futura en el Reino de los cielos, no depende de nosotros, ni tampoco surge de nuestra naturaleza, sino que es un don absolutamente gratuito, un don inmerecido, recibido en el Bautismo y el cual debe ser custodiado y acrecentado, por la fe, la oración y el amor a Dios y al prójimo manifestado en las obras de misericordia. Este don inmerecido y recibido en el Bautismo es el don de la gracia y es el que nos convierte en “sal de la tierra” y “luz del mundo”.

         Por este don recibido en el Bautismo, los cristianos estamos llamados, en Cristo, a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo” pero Jesús lo advierte bien claro: si la sal no sala y si la luz no alumbra, no sirven, ni la sal, ni la luz: “Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa”. ¿Qué significan la luz que no alumbra y la sal que no sala? Son figuras que representan realidades de este mundo: la sal que no sala y la luz que no alumbra, es el católico que, habiendo recibido la instrucción catequética; habiendo conocido las verdades fundamentales de nuestra fe; habiendo conocido los dogmas de nuestra Santa Religión Católica; habiendo recibido la Comunión y la Confirmación y sabiendo que sin practicar la fe no puede salvarse, vive como un pagano, vive como ciego, sordo y mudo ante los misterios de la Religión Católica, vive como si nunca se hubiera enterado de nada y así pasa por el mundo y por la vida como si fuera un pagano y no un católico; es el católico que no da testimonio de Jesucristo en la vida cotidiana, permaneciendo callado ante los atropellos cotidianos que sufre la Eucaristía, la Virgen, la Iglesia Católica, entre otras cosas, o también, por ejemplo, viviendo su vida ajeno a la vida de la Iglesia Católica. La luz que no alumbra y la sal que no sala es el católico que acude a los chamanes y brujos; es el católico que confía en el horóscopo y en la lectura de cartas y no en el Amor providente de Dios; es el católico que rinde culto a ídolos demoníacos, como San La Muerte; es el católico que se deja dominar por las pasiones, la avaricia, la envidia, la ira, el orgullo, la soberbia, la pereza, sea espiritual que corporal; es el católico que abandona la fe, la oración, la Santa Misa, por la acedia y por las atracciones del mundo o, peor aún, es el católico que, asistiendo a la Iglesia, se comporta como pagano. Una siniestra profundización de la pérdida de la capacidad de salar y de alumbrar es la conversión de numerosos cristianos en fuentes de luz negra y esto sucede cuando un católico participa voluntaria y activamente de sectas satánicas y anticristianas como el comunismo, el socialismo, el liberalismo, la masonería y todas las sectas que a su vez dependen de estas sectas que les dan origen.

         “Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo”. Entonces, nos preguntamos, ¿de qué manera dar sabor de eternidad a la vida, con la sal de la gracia, e iluminar el mundo, con la luz de la gracia? Con la observancia de los Mandamientos y de los preceptos de la Iglesia y con el testimonio de las obras de misericordia, que demuestran la fe, tal como lo dice Jesús: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”.


miércoles, 24 de septiembre de 2025

“Había un rico llamado Epulón (…) cuando murió fue a la región de los muertos, en medio de los tormentos (…) Había un pobre llamado Lázaro (…) cuando murió fue llevado al seno de Abraham”

 


(Domingo XXVI - TO - Ciclo C - 2025)

“Había un rico llamado Epulón (…) cuando murió fue a la región de los muertos, en medio de los tormentos (…) Había un pobre llamado Lázaro (…) cuando murió fue llevado al seno de Abraham” (cfr. Lc 16, 19-31). En esta parábola Jesús nos revela no solo que existe una vida más allá de esta vida terrena, la vida eterna, sino además que esa vida eterna puede ser vivida, según nuestras propias acciones, o en un estado de dolor insoportable por el ardor del fuego que quema el alma y el cuerpo, que es el infierno y es adonde va el rico Epulón, o una vida eterna de felicidad, de dicha de gozo sin fin, que es adonde va el pobre Lázaro.

Esta parábola de Jesús debe ser interpretada fielmente, según el espíritu evangélico de Jesús, según el Magisterio de la Santa Iglesia Católica y según las propias interpretaciones de los Padres de la Iglesia, para no caer en lecturas contrarias a la religión católica, impregnadas de ideologías, más que ateas, anticristianas y satánicas, como el comunismo, el marxismo y el socialismo.

Precisamente, si se hace una interpretación por fuera del Magisterio de la Iglesia, por fuera del espíritu evangélico, se puede pensar que Epulón se condena por sus riquezas, ya que su figura está asociada y se identifica inevitablemente con “magníficos banquetes” y vestidos de “púrpura y lino finísimos”, algo que solo puede permitirse quien posee una gran fortuna; por otra parte, siguiendo con esta interpretación materialista y clasista, antievangélica, se puede pensar que el pobre Lázaro se salva por su pobreza, porque su figura está asociada inevitablemente con la carencia de todo, ya que es un mendigo despreciado y olvidado por todos, a quien los perros de la calle van a “lamer sus heridas”.

Entonces, si nos dejamos llevar por esta interpretación materialista, llegamos a la conclusión de que la causa de la condena del rico Epulón en el infierno son sus riquezas, mientras que la causa de la salvación del pobre Lázaro es su pobreza.

Esta interpretación simplista y materialista es contraria al mensaje evangélico, ya que Epulón no se condena por sus riquezas en sí mismas, sino por el mal uso, por el uso egoísta que hace de ellas, porque debido a su corazón frío y egoísta, en vez de auxiliar a su prójimo, se desentiende de él. Epulón, dice el Evangelio, “banqueteaba” todos los días, mientras Lázaro pasaba hambre, sin recibir siquiera las sobras de parte de Epulón; Epulón vestía con “linos finísimos”, mientras Lázaro estaba “cubierto de heridas”, sin recibir la más mínima atención por parte de Epulón; es decir, todo lo que tenía que hacer Epulón era preocuparse mínimamente por Lázaro, curando sus heridas y calmando su hambre por lo menos con las sobras de sus banquetes, pero era tan egoísta que solo pensaba en sí mismo y esa fue la causa de su perdición: se condenó, no por tener riquezas, sino por hacer uso egoísta de las riquezas.

Por su parte, Lázaro no se salva por su pobreza, porque la pobreza no es causa de salvación -sí la pobreza espiritual, según las palabras de Jesús, “bienaventurados los pobres de espíritu”[1]-; la causa de la salvación de Lázaro es su fortaleza y serenidad de espíritu con las cuales sobrelleva todas las tribulaciones -la enfermedad, la pobreza, la soledad- permitidas por Dios aquí en la tierra, para purificar su alma para que así pueda ingresar a la vida eterna, con los justos, en el Reino de Dios. Lázaro no solo es pobre, es indigente, es miserable desde el punto de vista material, ya que no posee absolutamente nada; padece enfermedades crónicas incurables -son las llagas lamidas por los perros-; padece hambre, sed, frío y calor, y así todos los días de su vida, hasta su muerte, y aun así, jamás reniega de Dios, nunca se queja de Dios, sino que soporta todos los males que Dios permite que le sobrevengan, con un corazón humilde, fiel, sereno, piadoso y todavía más, Lázaro no se queja contra Epulón, no guarda enojo ni rencor contra Epulón, quien pudiendo haber aliviado su situación no lo hizo por egoísta, pero Lázaro no guarda rencor contra Epulón, sino que en su corazón solo hay bondad para con su prójimo, aun cuando su prójimo lo desprecie con dureza de corazón. Esta es la razón de la salvación de Lázaro; ésta es la razón por la cual Lázaro recibe, de parte de Dios, la recompensa de la vida eterna, siendo llevado “al seno de Abraham”, es decir, al lugar de los justos, adonde esperará la resurrección de Cristo, que abrirá las puertas de los cielos para siempre, cuando ascienda glorioso y triunfante del sepulcro.

En la primera interpretación, materialista, falsa, se justifica el odio al prójimo y la lucha de clases, tal como lo promueven el comunismo, el socialismo, el marxismo; en la segunda interpretación, que es la verdadera,  no solo no hay ninguna justificación para la lucha de clases, sino que se promueve el amor al prójimo y el uso generoso de los bienes materiales.

Es muy importante meditar en el Evangelio de hoy porque nosotros, como católicos, podemos reproducir, con mucha facilidad, la dureza de corazón de Epulón y esa dureza de corazón es causa de condenación eterna. No puede ser de otra manera, es decir, no puede ser que no se condene en el Infierno eterno, el ser humano que no demuestre compasión hacia otro ser humano. La frialdad en los simples afectos cotidianos humanos, la dureza en el trato de todos los días, la negación del saludo, el trato frío, duro, con la mirada torva, la voz alta y el insulto al límite, ya es un indicio de que esa persona está bajo el influjo directo de Satanás, del Ángel caído[2], del espíritu del mal, del ángel maldito, de la Serpiente Antigua, que se opone a toda compasión y a todo gesto humano de ternura, bondad, compasión y afecto. Precisamente esto es lo que evidenciaba Epulón con su egoísmo: a pesar de ver a Lázaro enfermo, indefenso, padeciendo hambre, sed, calor, frío, a las puertas de su casa, no tenía compasión ni misericordia, porque en su corazón solo había egoísmo y amor de sí mismo; por eso, después de su muerte, como en su corazón solo había amor de sí mismo, no pudo soportar la Visión y la Presencia de Dios, que es Amor Puro y Substancial, que es Amor Misericordioso, que por definición se dona a Sí mismo, sin reservas, al hombre. Entonces, por esto fue que se condenó Epulón: en su corazón solo había amor de sí mismo, que no es amor, sino egoísmo y al quedar ante la Presencia de Dios, que es Amor Misericordioso, Amor que se dona, al no tener amor para donar, al no tener amor para dar a Dios, su corazón terminó de llenarse de lo que ya tenía, el egoísmo, que en la otra vida se convierte en odio y así, odiando a Dios, se precipitó en el Infierno. Así vemos cómo la dureza de corazón aquí en la tierra puede finalizar con la precipitación en el infierno en la otra vida, de ahí la importancia de obrar la misericordia, corporal y espiritual, siempre y en todas partes, con el prójimo.

Las obras de misericordia corporales y espirituales que la Iglesia prescribe no son simples hábitos morales, no son simples prácticas de buenos ciudadanos: son la condición sine qua non, indispensable, para que la gracia divina, santificante, de los sacramentos, actúe sobre el corazón humano compasivo y misericordioso, de manera que la gracia pueda obrar y transformar a ese corazón humano, y lo transforme, de un corazón humano, en una copia divina del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María. Pero si en un corazón humano no hay rastros de humanidad, de compasión, de bondad, de ternura, de afecto, es imposible que la gracia pueda actuar en ese corazón frío y egoísta y así ese corazón permanecerá en ese estado, encerrado en el amor de sí mismo y si la muerte lo sorprende así, no podrá nunca soportar la Visión ni la Presencia de Dios, que es Puro Amor Misericordioso y, entonces, lleno de odio, se precipitará en el infierno, como le sucedió a Epulón.

Cuando se experimenta el deseo de hacer el bien a alguien, ese deseo proviene de Dios, es una gracia concedida por Dios; por esto mismo, quien rechaza la moción de hacer el bien, está rechazando la gracia de Dios, la negativa a obrar el bien es una negativa al Amor de Dios. Dice así Juan Pablo II: “…la caridad tiene en el Padre su manantial, se revela plenamente en la Pascua del Hijo crucificado y resucitado, y es infundida en nosotros por el Espíritu Santo. En ella, Dios nos hace partícipes de su mismo amor. Si se ama de verdad con el amor de Dios, se amará también al hermano como Él le ama. Aquí está la gran novedad del cristianismo: no se puede amar a Dios, si no se ama a los hermanos, creando con ellos una íntima y perseverante comunión de amor”[2]. Es imposible amar a Dios si no se ama al prójimo, se engaña a sí mismo quien dice amar a Dios, pero endurece su corazón para con su prójimo, esto es lo que quiere decir Juan Pablo II.

A su vez, si se responde a la gracia, a la moción interior de compadecerse del prójimo, luego sobreviene más gracia aún, que termina por convertir al corazón humano en una copia viva del Corazón de Jesús y también del Corazón de la Virgen. Y si alguien muere en ese estado, entra directamente en comunión de vida y de amor con las Tres Personas de la Santísima Trinidad, para siempre, para toda la eternidad y eso es lo que llamamos “cielo”, y de esto se ve la importancia de que la misericordia, la compasión, la caridad y el amor para con el prójimo sean un hábito en acto permanente en el cristiano, porque significan, la garantía de la puerta abierta hacia la feliz eternidad en el Reino de los cielos.

El amor a Dios y el amor al prójimo están estrechamente unidos, porque no se puede amar a Dios, a quien no se ve, si no se ama al prójimo, a quien se ve (cfr. 1 Jn 4, 20-21), porque el prójimo es la imagen viva del Dios Viviente, Jesucristo. Epulón se condenó por no saber ni querer amar, por no querer ser compasivo y misericordioso para con su prójimo Lázaro.

Ayudando a Lázaro, habría ayudado a su propia alma a salvarse; negando la compasión y el amor al prójimo más necesitado, se niega el amor a Jesucristo, que está misteriosamente presente en el prójimo más necesitado.

El amor a Jesucristo, ése que nos abrirá las puertas del cielo, se demuestra en la misericordia y en la caridad para con el más necesitado; quien niega el amor al prójimo, cierra su alma al Amor de Dios, el Espíritu Santo. Dice Juan Pablo II: “Sólo quien se deja involucrar por el prójimo y por sus indigencias, muestra concretamente su amor a Jesús. La cerrazón y la indiferencia hacia los demás, es cerrazón hacia el Espíritu Santo, olvido de Cristo y negación del amor universal del Padre”[3].

No hace falta que venga un muerto a decirnos que el infierno existe, y que para ir al cielo debemos amar a Dios y al prójimo: nos basta el ejemplo de Jesucristo, la Palabra de Dios, que nos deja el mandato del amor fraterno, y nos basta su muerte en cruz, y el don de su Cuerpo y de su Sangre en la Eucaristía, para convencernos de que sin el Amor de Dios no podremos entrar en el cielo.

Según Abraham, los hermanos de Epulón no creerían en el infierno y en la vida eterna ni siquiera si un muerto se les apareciera. A nosotros no se nos aparece un muerto, sino Cristo resucitado en la Eucaristía, y además de decirnos que debemos amar al prójimo, nos sopla el Espíritu del Amor divino en la comunión, y es con ese Espíritu con el cual podemos y debemos amar a nuestro prójimo, para poder ingresar en el Reino de los cielos. Ya en la comunión sacramental tenemos entonces las puertas abiertas del cielo, porque ahí se nos da el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y con el Cuerpo y la Sangre, el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor de Dios, con el cual podemos amar a Dios y al prójimo y así entrar en el Reino de los cielos.

 




 

[2] Catequesis del Papa, 20 de octubre de 2000.

[3] Cfr. ibidem.

 



[1] Mt 5, 3.

[2] Cfr. Malachi Martin, El rehén del diablo, …


sábado, 22 de junio de 2024

“¿Quién es Éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!”

 


(Domingo XII - TO - Ciclo B – 2024)

         “¿Quién es Éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!” (Mc 35-40). En este episodio del Evangelio, suceden varios hechos significativos: mientras Jesús y los discípulos se trasladan en barca “a la otra orilla” -por indicación de Jesús-, se produce un evento climatológico inesperado, de mucha violencia, que pone en riesgo la barca y la vida de los que estaban navegando. Dice así el Evangelio: “Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla”. Como consecuencia de este huracán inesperado, la barca corría un serio peligro de hundirse; pero lo más llamativo del caso es que, en medio de la tormenta, y con las olas llenando la barca, Jesús duerme y a tal punto, que los discípulos tienen que despertarlo: “Él (Jesús) estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”. (Jesús) Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: “¡Silencio! ¡Cállate!”. El viento cesó y vino una gran calma”. Él les dijo: “- ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”. Entonces, hay dos hechos llamativos: el repentino huracán, que pone en peligro a la barca y la vida de los que están en ella y el sueño de Jesús, Quien a pesar de la violencia del viento y de las olas, duerme. Un tercer hecho llamativo es la dura reprimenda de Jesús a sus discípulos, aunque cuando reflexionamos sobre esta reprimenda de Jesús, en la misma se encuentra tal vez la razón por la cual Jesús dormía mientras la barca corría peligro de hundirse: y la razón por la cual Jesús reprende a sus discípulos es porque Él confiaba en la fe de sus discípulos; Él confiaba en que sus discípulos tendrían fe en Él y que, a través de Él, actuando como intercesores, lograrían detener la violencia de la tormenta. La fe -en Cristo Jesús- es creer en lo que no se ve, es creer en Jesús y en su poder divino, la fe es creer en Jesús en cuanto Hombre-Dios, aun cuando no lo vemos, y es por eso que Jesús duerme, porque confiaba en que sus discípulos, ante la tormenta peligrosa, actuarían como intercesores, orando y obteniendo de Él el poder de Él, de Jesús, para detener la tormenta, para calmar el viento y el mar, sin necesidad de ir a despertarlo, por eso les recrimina su falta de fe, de lo contrario, no tendría sentido esta recriminación de parte de Jesús. Y cuando reflexionamos un poco más, nos damos cuenta que así es como obraron los santos a lo largo de la historia de la Iglesia Católica: rezaron a Jesús y obtuvieron de Él innumerables milagros, actuando así como intercesores entre los hombres y el Hombre-Dios Jesucristo.

         Otro paso que debemos hacer para poder apreciar este episodio en su contenido sobrenatural es el hacer una transposición entre los elementos naturales y sensibles y los elementos preternaturales y sobrenaturales, invisibles e insensibles.

         Así, el mar embravecido representa a la historia humana en su dirección anticristiana, en su espíritu anticristiano: es el espíritu del hombre que, unido y subyugado al espíritu demoníaco, busca destruir, mediante diversas ideologías -comunismo, marxismo, ateísmo, liberalismo, nihilismo- y religiones anticristianas y falsas -budismo, hinduismo, islamismo, protestantismo, etc.- a la Iglesia Católica, ya sea mediante revoluciones, guerras civiles, atentados, o persecuciones cruentas o incruentas, etc.; el viento en forma de huracán, el viento destructivo, que embiste con violencia a la Barca de Pedro, la Iglesia Católica, representa más directamente al espíritu luciferino, esta vez por medio de la Nueva Era y sus innumerables sectas y representaciones malignas y sus prácticas paganas y supersticiosas -ángeles de la Nueva Era, ocultismo, Wicca, hechicería, brujería, satanismo, esoterismo, coaching, viajes astrales, árbol de la vida, ojo turco, mano de Fátima, atrapasueños, duendes, hadas, unicornios, etc.-; la Barca de Pedro, en la que van Jesús y los discípulos, es la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, que navega en los turbulentos mares del tiempo y de la historia humana hacia su destino final, la feliz eternidad en el Reino de los cielos; Jesús Dormido y recostado en un almohadón, en la popa de la Barca, es Jesús Eucaristía, Quien parece, a los sentidos del hombre, estar dormido, en el sentido de que no podemos verlo, ni escucharlo, ni sentirlo, aunque también, vistos los acontecimientos en la Iglesia y en el mundo, parecería que está dormido, pero no lo está, Jesús es Dios y está observando atentamente cómo nos comportamos, en la Iglesia y en el mundo y registra cada movimiento, cada pensamiento, cada acto, cada palabra, de manera que todo queda grabado, por así decirlo, para el Día del Juicio Final, por lo que de ninguna manera Jesús está dormido, siendo todo lo contrario, somos nosotros los que, como los discípulos en el Huerto de los Olivos, cuando Jesús les pidió que orasen con Él, en vez de orar, se quedaron dormidos, así somos la mayoría de los cristianos, estamos como dormidos, mientras que los enemigos de Dios y de la Iglesia están muy despiertos, obrando todo el mal que les es permitido obrar.

         “¿Quién es Éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!”. El Hombre-Dios Jesucristo, oculto a nuestros sentidos, está en Persona en la Eucaristía. A Él le obedecen los Tronos, las Dominaciones, las Potestades, las Virtudes, los Ángeles, los Arcángeles; ante Él las miríadas de ángeles se postran en adoración perpetua y entonan cánticos de alabanzas y de alegría celestial; ante Él, el Cordero de Dios, los Mártires, los Doctores de la Iglesia, las Vírgenes, las multitudes de Santos, se postran en adoración y se alegran en su Presencia; ante Él, el universo se vuelve pálido y su majestad queda reducida a la nada; ante Él, el Infierno enmudece de pavor; ante Él, el viento y el agua le obedecen. Solo el hombre que vive en la tierra y más específicamente, el hombre de los últimos tiempos, no le obedece; solo el hombre de los últimos tiempos, el hombre próximo al Fin de fines -cada día que pasa es un día menos para el Día del Juicio Final-, no solo no le obedece, no solo no toma su Cruz y lo sigue por el Camino del Calvario, sino que, arrojando lejos de sí a la Cruz, la pisotea, reniega de la Cruz y sigue por un camino opuesto al Camino Real de la Cruz, un camino que lo aleja cada vez más de la salvación, un camino siniestro, oscuro, un camino en el que las sombras están vivas, porque son demonios y si el hombre no se detiene a tiempo, esas sombras vivientes serán su compañía para siempre, para siempre, y eso lo habrá merecido por la sencilla razón de no haber querido obedecer al Hombre-Dios Jesucristo, Aquel a Quien hasta el viento y el agua obedecen.


martes, 3 de octubre de 2023

“Quien pide, recibe”

 


“Quien pide, recibe” (Mt 7, 7-11). Jesús nos anima a pedir, a buscar y a llamar y la razón es que, “a quien pide, se le da”, “el que busca, encontrará” y “al que llame, se le abrirá”. ¿A quién hay que pedir, en quién tenemos que buscar y a quien tenemos que llamar? Jesús mismo nos lo dice, cuando trae como ejemplo la acción de un padre humano: si un padre, que por el pecado original está inclinado al mal, sin embargo, si su hijo le pide pan, no le dará una piedra, sino pan y si le pide pescado, no le dará una serpiente, sino pescado, mucho más hará Dios por sus hijos adoptivos, ya que Dios es Bondad, Misericordia y Amor infinitos, eternos, increados.

En nuestra época, caracterizada por un materialismo opresivo, producto de ideologías anticristianas como el liberalismo y el comunismo; en nuestra época, caracterizada por el deseo de gozar del presente, sin preocupación alguna por el pasado o por el futuro, puesto que solo importa la diversión, en esta época nuestra, en la que el hombre satisface sus sentidos con placeres sensibles y terrenales, los cuales dejan como secuela dolor, tristeza, amargura y vacío del alma, es en esta época, en la que debemos plantearnos qué es lo que debemos pedir, qué debemos buscar y a quién debemos llamar.

“Quien pide, recibe”. Si esto es así, debemos preguntarnos qué debemos pedir, qué o a quién debemos buscar y adónde debemos llamar, para que se nos abra.

Como cristianos, como hijos de Dios, debemos pedir el alimento del alma, el Pan de Vida eterna, la Sagrada Eucaristía; debemos buscar el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero de Dios, Cristo Jesús; debemos llamar a las Puertas del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para que Jesús nos abra las Puertas de su Corazón y así ingresar en Él y ser bañados en su Sangre y ser purificados y santificados con el Amor que anida en el Corazón de Jesús, el Espíritu Santo. Si hacemos esto, tendremos el germen de la vida eterna aun viviendo en el tiempo y viviremos por anticipado la alegría del Reino de Dios.

viernes, 19 de noviembre de 2021

“Cuando vean que sucedan estas cosas, sepan que el Reino de Dios está cerca”

 


“Cuando vean que sucedan estas cosas, sepan que el Reino de Dios está cerca” (Lc 21, 29-33). Jesús profetiza acerca de dos eventos futuros: la destrucción del templo y de Jerusalén y su Segunda Venida en la gloria. El primer evento será local y los discípulos tendrán tiempo para huir en dirección opuesta al lugar en donde sucederá, para poder ponerse a salvo y ocurrirá en un momento determinado: “antes de que pase esta generación”. Esto ocurrió efectivamente en el año 70 d. C., luego de que las tropas del emperador romano sitiaran y luego arrasaran a Jerusalén y al templo. El segundo evento, su Segunda Venida en la gloria, no tiene un tiempo determinado, puesto que “nadie sabe ni la hora ni el día, excepto el Padre” y será un evento universal, pues comparecerá toda la humanidad ante Cristo, quien vendrá como Justo y Eterno Juez, para conducir a los buenos al Reino de los cielos y para condenar a los malos al Infierno eterno; al ser universal, de este evento nadie podrá “escapar”, por así decir, puesto que será el Juicio Final para toda la humanidad en general y para cada ser humano en particular.

Si bien Jesús no da una fecha para su Segunda Venida, sí da las señales que la precederán: “se oscurecerán el sol y la luna, los astros caerán”, habrá guerras, terremotos, tempestades, pestes, hambrunas, aparecerán falsos mesías, falsos cristos y, finalmente, precederá inmediatamente su Segunda Venida la última persecución sangrienta contra la Iglesia –anunciada en el número 675 del Catecismo- y la “abominación de la desolación”, es decir, la supresión del Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa, con la aparición del Anticristo, su auto-proclamación como Cristo y la entronización de un ídolo demoníaco, todo lo cual “conmoverá el cimiento de la fe” de muchos bautizados, provocando la apostasía de una gran cantidad de fieles. La apostasía hará que los fieles dejen de adorar a Cristo en la Eucaristía y dejen de adorar a la Santísima Trinidad, para adorar al Anticristo y a la tríada satánica: la Bestia –la Masonería-, el Dragón rojo del Apocalipsis –el Comunismo, que se implantará en todo el mundo como un Estado Comunista Universal, que es en eso en lo que consiste el Nuevo Orden Mundial anticristiano- y el Anticristo, cuyo camino al poder y al trono pontificio será allanado por el Falso Profeta.

“Cuando vean que sucedan estas cosas, sepan que el Reino de Dios está cerca”. Sólo la oración –sobre todo el Santo Rosario-, la Adoración Eucarística, la Conversión Eucarística, la frecuencia de la Confesión sacramental, la Comunión en gracia, con fe, devoción, piedad y amor, nos darán la luz divina suficiente para discernir la proximidad del Reino de los cielos y la inminencia del Día de la Ira de Dios.

viernes, 15 de octubre de 2021

“¡Hipócritas! Disciernen el clima pero no el signo de los tiempos”

 


“¡Hipócritas! Disciernen el clima pero no el signo de los tiempos” (cfr. Lc 12, 54-59). ¿Por qué Jesús trata de “hipócritas” a la multitud? Antes de responder, repasemos el significado de la palabra “hipócrita”. Según la Real Academia Española, se dice “hipócrita” es la “[Persona] que actúa con hipocresía o falsedad”[1]. Entonces, lo que caracteriza al hipócrita es la falsedad. Ahora bien, en relación a la multitud, Jesús les dice que son hipócritas o falsos porque saben discernir el cambio de clima –saben si va a llover o si va a hacer calor- por el aspecto de las nubes y por el viento, pero en cambio callan cuando deben discernir “el signo de los tiempos”. Esto quiere decir que el ser humano tiene la inteligencia suficiente, dada por Dios, para poder discernir no sólo el clima, sino “el signo de los tiempos”, es decir, aquello que acontece en el tiempo y en el devenir de la historia. Por ejemplo, un discernimiento del “signo de los tiempos”, sería el de aquellos que, viendo el contenido ideológico ateo y materialista del marxismo, deduciría la crueldad del comunismo en cuanto llegara al poder; otro signo de los tiempos sería también el que, viviendo en la Alemania nazi, se diera cuenta, por la agresividad racista del discurso de los socialistas de Hitler, que el nacionalsocialismo impulsaría una “limpieza étnica”, como de hecho lo hizo. Tanto en la surgimiento del marxismo comunista, como en el surgimiento del nacionalsocialismo alemán, hubo voces críticas que se alzaron en contra de estos movimientos totalitarios, pero, o fueron silenciados a la fuerza, o bien debieron escapar para salvar sus vidas. Esto confirma que el ser humano tiene efectivamente la capacidad de discernir “el signo de los tiempos”, como lo afirma Jesús implícitamente y es por eso que les dice “hipócritas”, porque no disciernen que el Mesías está en medio de ellos, obrando milagros, expulsando demonios y anunciando la llegada del Reino de los cielos. Éstos eran para ellos los signos de los tiempos, pero no los reconocieron y de ahí el reclamo de Jesús.

“¡Hipócritas! Disciernen el clima pero no el signo de los tiempos”. El duro reproche de Jesús no se detiene en los hombres de su tiempo, sino que abarca a toda la humanidad y en primer lugar a los cristianos, que por la luz de la gracia recibida en el Bautismo, podemos ver más allá de lo que puede hacerlo un no bautizado. En otras palabras, también a nosotros Jesús nos dice “hipócritas” y esto lo merecemos toda vez que callamos o fingimos no darnos cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor, para que nadie nos moleste y así podamos seguir cómodamente en nuestras ocupaciones. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿cuáles son los signos de los tiempos, para nuestros tiempos? Sólo basta con una lectura ligeramente atenta a los medios de comunicación masivos, para ver qué dicen y qué omiten, para darnos cuenta de que estamos en tiempos caracterizados por un fuerte espíritu anticristiano: en muchos países del mundo domina el comunismo, ateo y materialista; en los llamados países libres, predominan también el ateísmo y el materialismo, además de la religiosidad luciferina de la Nueva Era o Conspiración de Acuario: esto hace que Halloween, la celebración del demonio, sea visto como algo "normal", alegre, placentero, bueno; tanto en países comunistas como en países libres, se persigue al cristianismo, sea de forma cruenta, sea a través de legislaciones anticristianas -ley del aborto, ley de identidad de género, ley de la ideología LGBT, etc.-, es entonces cuando estas democracias falsas se convierten en dictaduras, porque obligan a inocular a la población general un fármaco experimental, o bien se lo prohíbe directamente, como sucede en países en donde el Islam es gobierno. Cuando discernimos el signo de los tiempos, nos damos cuenta entonces que predomina el espíritu anticristiano, que prepara a la humanidad para la llegada del Anticristo. Esto, a su vez, debe llevarnos a elevar la mirada a Jesús Eucaristía, nuestro Dios y Señor, nuestro Salvador, el Único que puede salvarnos del reino de las tinieblas y conducirnos al Reino de Dios.

 

domingo, 7 de febrero de 2021

“Curaba a la gente y expulsaba demonios (…) predicaba y expulsaba demonios”

 


(Domingo V - TO - Ciclo B  2021)

          “Curaba a la gente y expulsaba demonios (…) predicaba y expulsaba demonios” (cfr. Mc 1, 29-39). De entre todas las actividades de Jesús relatadas por el Evangelio, hay una que se repite con frecuencia y es la de “expulsar demonios”. Esto tiene varios significados: por un lado, forma parte de nuestra fe católica creer en la existencia del demonio y en su accionar en medio de los hombres; por otra parte, revela que Jesús es Dios encarnado, porque sólo Dios tiene el poder necesario para expulsar, con el solo poder de su voz, al demonio de un cuerpo al que ha poseído; por otra parte, revela que, aunque Jesús haya realizado exorcismos y expulsado demonios, la presencia y actividad de los demonios no ha cesado ni disminuido, sino que, por el contrario, se ha ido intensificando cada vez más y lo irá haciendo cada vez más intensa a medida que la humanidad se acerque al reinado del Anticristo, el cual precederá al Día del Juicio Final. Entonces, lejos de disminuir y mucho menos de cesar la actividad demoníaca, ésta irá en aumento con el correr del tiempo, intensificándose cada vez más hasta lograr su objetivo, que es la instauración del reino de Satanás en medio de los hombres. La actividad demoníaca está encaminada a lograr dos objetivos: el provocar la condena eterna en el Infierno de la mayor cantidad posible de almas y el instaurar, en la tierra, el reino de las tinieblas, en contraposición al Reino de Dios.

          Probablemente hoy no se vean posesos por la calle, como sucedía en el Evangelio, pero esto no quiere decir que la actividad demoníaca esté ausente o en disminución: todo lo contrario, podemos decir que en nuestros días, la actividad del demonio es tal vez la más intensa de toda la historia de la humanidad y esto se puede comprobar por la inmensa cantidad de males de todo tipo que se han abatido sobre la humanidad, males que son ante todo de tipo morales y espirituales, además de males físicos como la actual pandemia. Algunos de los males que podemos enumerar y que certifican la intensa actividad demoníaca son: el avance, prácticamente sin freno, de la cultura de la muerte, que promueve el aborto como derecho humano, algo que ha alcanzado ya niveles planetarios; la legislación de la eutanasia, de modo de terminar con la vida del paciente terminal; la proclamación de los pecados contra la naturaleza como “derechos humanos”, a través de la Organización de las Naciones Unidas, por medio de la difusión de la ideología de género y de otras ideologías que atentan contra la naturaleza humana y que están en abierta contradicción con los Mandamientos de Dios y los Preceptos de la Iglesia; la difusión, a través de los medios masivos de comunicación, de una mentalidad atea, materialista, agnóstica, relativista, consumista, hedonista, que busca instaurar la falsa idea de que esta tierra debe convertirse en un paraíso terrenal, con el goce y disfrute de las pasiones, el único paraíso para el hombre; el ocultamiento o silenciamiento de ideologías “intrínsecamente perversas”, como la ideología comunista, que es esencialmente atea y anti-cristiana y que con sus genocidios demuestra su origen satánico y su colaboración directa con el reinado del Anticristo (dicho sea de paso, la actual pandemia se atribuye a un virus de diseño de laboratorio, proveniente de un laboratorio perteneciente al Partido Comunista Chino, con lo que la actual pandemia se debe sumar a la larga lista de crímenes contra la humanidad cometidos por el comunismo a lo largo de la historia); la difusión masiva de las herejías, blasfemias, sacrilegios y errores de todo tipo de la secta planetaria Nueva Era, secta ocultista y luciferina, considerada como la religión del Anticristo, puesto que propicia todo lo que es contrario a Cristo. Todos estos elementos, junto a muchos otros más, nos muestran que la actividad demoníaca es la más intensa, en nuestros días, que en toda la historia de la humanidad, lo cual hace suponer que está cercano el reinado del Anticristo, junto al Falso Profeta y a la Bestia, nombrados y descriptos en el Apocalipsis.

          “Curaba a la gente y expulsaba demonios (…) predicaba y expulsaba demonios”. No se trata de atribuir todo lo malo que sucede al demonio, puesto que el hombre, contaminado por el pecado original, obra el mal, la mayoría de las veces, sin necesidad de la intervención del demonio. Sin embargo, es necesario discernir el “signo de los tiempos”, como nos dice Jesús y lo que comprobamos es esto: que la actividad demoníaca es tan intensa en nuestros días, que pareciera que está pronto a instaurarse el reinado del Anticristo. Ahora bien, si esto es cierto, es cierto también que nada debemos temer si estamos con Cristo, si vivimos en gracia, si recibimos los Sacramentos, si nos aferramos a la Cruz y si nos cubre el manto celeste y blanco de la Inmaculada Concepción. Es la Iglesia la que continúa la tarea del Hombre-Dios de “deshacer las obras del diablo” y, por otro lado, es una promesa del mismo Jesús, que nunca falla, de que “las puertas del Infierno no prevalecerán contra la Iglesia”. Por eso, aunque las tinieblas parezcan invadirlo todo, debemos acudir a la Fuente de la Luz Increada y divina, Jesús Eucaristía y, postrándonos en adoración ante su Presencia sacramental, implorar su asistencia en estos tiempos de tinieblas.

 

martes, 8 de abril de 2014

“Si el Hijo los libera, serán realmente libres”


“Si el Hijo los libera, serán realmente libres” (Jn 8 31, 42). Los judíos piensan que por ser descendientes de Abraham y por no ser esclavos materiales de nadie, son libres. Sin embargo, Jesús les advierte que son esclavos del pecado y del error, porque no lo conocen ni a Él ni al Padre y que sólo conociéndolo a Él y al Padre, serán verdaderamente libres, porque Él es la Verdad y la Sabiduría encarnadas, que hace verdaderamente libres al hombre. Jesús les hace ver que son esclavos espirituales del pecado[1] y que mientras no lo conozcan a Él, que es la Sabiduría encarnada, no serán verdaderamente libres, porque Él es la Sabiduría del Padre, el Único que da la verdadera libertad al hombre.
La tentación de los judíos, de querer ser libres prescindiendo de Cristo y de su Verdad revelada, es la tentación del mundo moderno y también la de muchos en la Iglesia. Muchos en la Iglesia pretenden que lo que libera al hombre no es Cristo, sino sistemas ideológicos y filosóficos materialistas, como el liberalismo o el comunismo, y es así que estos tales ponen en el centro de la salvación al hombre mismo y no a Cristo; como para estos el que salva no es Cristo sino la ideología, el error, el centro de la salvación será  la ideología y por eso el hincapié en la pobreza y así muchos piensan que lo que libera al hombre, lo que lo salva y lo hace libre es la ideología de la pobreza y por este motivo es que para muchos el pobre está en el centro del Evangelio -principalmente, la Teología de la Liberación, lo cual es un grave error-. Sin embargo, la misión central y principal -y exclusiva- de la Iglesia es anunciar a Cristo vivo, resucitado y glorioso en la Eucaristía y que todo hombre debe salvar su alma y evitar la condenación en el infierno. No es misión de la Iglesia terminar con la pobreza en el mundo, ni tampoco es su misión terminar con el hambre en el mundo; estas son obras de caridad y de misericordia, necesarias absolutamente para sus miembros para entrar en el Reino de los cielos, pero no es su misión central.
“Si el Hijo los libera, serán realmente libres”. Solo Cristo, el Verbo de Dios encarnado, el Hijo de Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, Presente en la Eucaristía, salva, no salva la ideología de la pobreza.




[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1953, 728.

domingo, 12 de junio de 2011

El cuerpo humano, templo del Espíritu Santo, es profanado diariamente

El cuerpo humano
es templo del Espíritu Santo;
cuando se lo profana,
se profana
a la Persona del Espíritu Santo,
a quien pertenece.


El comunismo, como ideología materialista “intrínsecamente perversa”, se caracteriza, desde el punto de vista religioso, por la negación radical y absoluta de Dios, lo cual lo lleva a construir una cosmovisión del hombre y del universo inmanentista, es decir, negadora de la trascendencia. Aplicado al hombre, el comunismo lo considera como constituido solo por materia, de quien emana, como una excrecencia, el alma, pero es fundamentalmente materia. Aplicado a Dios, el comunismo niega radicalmente su existencia, y trata de explicar el devenir del cosmos y de la historia por medio de la dialéctica materialista y de la lucha de clases.

Esto es lo que lleva, al comunismo, a suprimir la religión en los países en donde gobierna, pues en su visión totalitaria materialista, no tiene lugar la vida del espíritu, que emana de Dios como Creador. Es así como el comunismo convirtió los templos en fábricas y en establos: al no haber Dios, y al necesitar el hombre el trabajo para hacer avanzar la historia y para triunfar en la lucha de clases, no tiene sentido que “pierda el tiempo” en actividades “mitológicas”, es decir, la misa y la oración, y se dedique al trabajo proletario, verdadero motor de la historia, y para ayudar a conseguir este objetivo, es que le da una ocupación “útil” a los templos, convirtiéndolos en fábricas, graneros, establos. De esta manera, el comunismo profana los templos de Dios, destinándolos a un fin materialista y utilitarista, totalmente ajenos a su fin primario y único.

Sin embargo, la profanación que de la religión y del nombre de Dios hace el comunismo, en los países en donde llega al gobierno, es casi igual a la nada, cuando se considera la profanación que de los cuerpos humanos, templos del Espíritu Santo, promueve el liberalismo materialista.

Según San Pablo, “el cuerpo es templo del Espíritu” (cfr. 1 Cor 6, 19), y en la sociedad liberal y progresista de nuestros países así llamados “occidentales”, el cuerpo es degradado de mil maneras distintas, por medio del hedonismo y de la promoción de la sensualidad como estilo de vida.

Si el comunismo convirtió los templos de Dios hechos de material, y los profanó convirtiéndolos en establos, en fábricas, o en graneros, el liberalismo hedonista, convirtió los templos de Dios, los cuerpos de los hombres, en establos inmundos, en donde la inmundicia no viene por las necesidades fisiológicas de mulos y caballos, sino por las pasiones desenfrenadas, la lascivia y la lujuria; si el comunismo convirtió los templos materiales en graneros, el liberalismo consumista convirtió a los cuerpos humanos, templos de Dios, llamados al ayuno, a la abstinencia de carne ciertos días, en recuerdo de la Pasión del Señor, y a la moderación en el consumo de alimentos –no comer por placer, sino por necesidad-, en templos dedicados a las bacanales, al placer gastronómico y culinario como horizonte de vida y meta a alcanzar; si el comunismo convirtió los templos materiales de Dios en fábricas, el liberalismo materialista convirtió a los hombres y sus cuerpos en engranajes autómatas de fábricas, que dedican sus vidas al trabajo y al salario como horizonte existencial, para acceder y mantenerse en la vida burguesa, como único deseo supremo de la vida.

La profanación que de los cuerpos humanos hace el liberalismo, es infinitamente más grave que la profanación de los templos materiales que hace el comunismo, porque al profanar el cuerpo, templo del Espíritu Santo, se profana a la Persona del Espíritu Santo, enviada en Pentecostés para tomar posesión de las almas y de los cuerpos de los hombres.