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viernes, 20 de abril de 2018

“¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”



“¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52-59). Los judíos se escandalizan falsamente frente a la revelación de Jesús de que quien quiera tener vida eterna, debe comer su carne y beber su sangre. Por la expresión que utilizan, se imaginan algo así como una especie de canibalismo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”. La razón del falso escándalo es que interpretan las palabras de Jesús de un modo material y lo hacen porque no tienen la luz de la gracia que les permita comprender el significado sobrenatural último y único que tienen sus palabras. Los judíos se escandalizan porque interpretan a Jesús con la escasa luz de su razón humana, absolutamente insuficiente para poder alcanzar el misterio sobrenatural de la revelación de Jesús. Con la sola luz de la razón natural es completamente imposible captar la profundidad sobrenatural de la revelación de Jesús; es algo equivalente a navegar en la superficie del mar, pero sin introducirse en las profundidades marinas distantes miles de metros de esa superficie. Con la luz de la razón natural no se distingue entre realidad natural y sobrenatural; se ve todo como si fuera una sola cosa y lo que se ve es solo lo que aparece, no lo que es en realidad, en su realidad sobrenatural.
Cuando Jesús dice que quien quiera tener vida eterna debe “comer su carne y beber su sangre”, se está refiriendo sí a su cuerpo y su sangre, literalmente, pero habiendo ya pasado el misterio pascual de muerte y resurrección, es decir, habiendo ya recibido su Cuerpo Santísimo y su Sangre Preciosísima la glorificación de parte de Dios Trino.
“Jesús les respondió: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes”. Al igual que a los judíos, también a los católicos -a la inmensa mayoría de los católicos- les sucede lo mismo: ven las realidades del Catecismo con la sola luz de la razón natural y así no entienden las realidades últimas sobrenaturales que están significadas en las naturales, como por ejemplo, el pan y el vino que han recibido la transubstanciación, significan el Cuerpo y la Sangre del Señor y ya no más pan y vino terrenos. La Eucaristía es el Cuerpo y la Sangre del Señor, real y verdaderamente y a tal punto es así que quien come la Carne y bebe la Sangre de Jesús tiene vida eterna y Él lo resucitará en el último día: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. Si la Eucaristía fuera solo pan y vino, entonces el que comulgara no tendría vida eterna y no sería resucitado por Jesús en el último día, con lo que las palabras de Jesús no serían verdad. Pero sí lo son y por lo tanto la Eucaristía es la verdadera comida y la verdadera bebida: “Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida”.
El problema es que la inmensa mayoría de católicos comete el mismo error de los judíos: cuando reciben la revelación contenida en el Catecismo, lo hacen solo con la luz de la razón natural y por lo tanto, dejan de creer que la Eucaristía es la Carne y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo; escuchan y creen materialmente y en el fondo, no creen que el pan sea la Carne de Jesús y no creen que el vino sea su Sangre. Y esto es lo que conduce a la apostasía generalizada que vive la Iglesia hoy. Si los niños, jóvenes y adultos creyeran con la luz de la fe, entonces comprenderían que la Eucaristía no es pan y vino, sino la Carne y la Sangre del Señor Jesús y acudirían a la Iglesia, sino en masa, al menos en mayor cantidad que la actual, para recibir el don del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

viernes, 15 de enero de 2016

“Hijo, no tienen más vino”


(Domingo II - TO - Ciclo C – 2016)

         “Hijo, no tienen más vino” (Jn 2, 1-11). Jesús y María son invitados a unas bodas en Caná. En un determinado momento, la Virgen se percata de algo que les sucede a los esposos y que empañará la fiesta: se han quedado sin vino. La Virgen le avisa a Jesús, el cual, luego de una resistencia inicial, accede a obrar el primer milagro público, que es la conversión del agua de las tinajas, en vino de excelente calidad. El milagro de las Bodas de Caná es el primer milagro público de Jesús, es decir, es la primera manifestación pública de Jesucristo como Hombre-Dios, pero también es la primera manifestación de la Virgen como Medianera de todas las gracias. En efecto, cuando se medita acerca de cómo Jesús realiza el milagro, lo que podemos observar es que, en primera instancia, Jesús no tiene ninguna intención de hacer el milagro: cuando la Virgen se da cuenta de que los novios se han quedado sin vino y le avisa a Jesús, éste le dice: “¿Y a ti y a mí qué, Mujer?”, en un claro intento por desentenderse del asunto, porque “todavía no había llegado la Hora” establecida por el Padre para dar inicio a la manifestación del Mesías. Sin embargo, a renglón seguido, el Evangelio pone de manifiesto el poder intercesor de María Santísima, no solo ante su Hijo Jesús, sino ante la Trinidad misma, porque Jesús, luego de esta respuesta, y por mediación de su Madre, decide obrar el milagro de convertir el agua en vino. Esta intercesión de María demuestra que su nombre de “Omnipotencia Suplicante” le corresponde absolutamente, porque su Candor, su Pureza y su Plenitud de gracia, logran que Dios Padre adelante la Hora de la manifestación de su Hijo; logran que el Hijo realice un milagro que no estaba dispuesto a hacer, y logra que Dios Espíritu Santo se manifieste públicamente por anticipado, porque todo el milagro de la conversión del agua en vino exquisito, es por el gran Amor que Dios tiene a los esposos y a los invitados.
         Ahora bien, en el milagro de las Bodas de Caná, sucedido realmente, hay también varios significados sobrenaturales: las tinajas vacías simbolizan el corazón del hombre sin Dios, sin su amor, pero también simboliza al corazón que está libre de las afecciones mundanas y listo, por lo tanto, para recibir la gracia santificante; las tinajas llenas con agua, significan el corazón con la gracia de Dios, que llega por intercesión de María Santísima, que prepara al alma para recibir la Sangre de Jesús; las tinajas con vino exquisito, simbolizan al corazón del hombre colmado con la Sangre del Cordero, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna.
Además, en este milagro también está representado y anticipado el milagro que sucede en la Santa Misa: el agua que se convierte en vino en las tinajas, simboliza y anticipa al vino que, por el poder del Espíritu Santo, se convierte en la Sangre del Cordero de Dios en el cáliz del altar eucarístico.
Entonces, estas son las enseñanzas que nos deja el milagro de las Bodas de Caná: primera manifestación pública de Jesucristo como Dios Encarnado; primera manifestación pública de la Virgen como Medianera de todas las gracias y condición de María como Omnipotencia Suplicante, lo cual nos anima sobremanera a confiar en el poder intercesor de María Santísima; la disposición del corazón, que debe estar vacío de afectos mundanos para así recibir la gracia santificante; el corazón en gracia, que se colma con la Sangre de Jesús, derramada en la cruz y vertida en el cáliz eucarístico; el vino de las ofrendas eucarísticas en la Santa Misa, que se convierte en la Sangre de Jesús, derramada en la cruz y vertida, misteriosa y sobrenaturalmente, en el cáliz del altar.

“Hijo, no tienen más vino”. Nuestros corazones son como las tinajas de barro, vacías del amor de Dios, vacías del amor al prójimo. Que por intercesión de María Santísima, nuestros corazones sean como las tinajas de barro de las bodas de Caná: primero, vacías de afectos mundanos; luego, colmadas de la gracia santificante; por último, plenas de la Sangre que brota del costado traspasado del Cordero de Dios, Cristo Jesús.

jueves, 20 de febrero de 2014

“Ama a tus enemigos”





(Domingo VII  - TO - Ciclo A – 2014)
         “Ama a tus enemigos” (Mt 5, 38-48). Este mandamiento es la prueba de que el cristianismo es una religión de origen divino, porque es un mandamiento que es imposible de cumplir con las solas fuerzas humanas. Además, es un mandamiento imposible de mandar por un líder de una religión meramente humana. Por otra parte, este mandamiento es la prueba de que la inmensa mayoría de los cristianos desconocen a Jesucristo, porque no cumplen ni siquiera mínimamente este mandamiento, ya que ante cuando se enfrentan, en la vida real, a la posibilidad real de tener que perdonar a su enemigo –ya sea por una injuria leve o grave-, los cristianos –la inmensa mayoría, aunque hay excepciones- reaccionan de modo natural, es decir, vengándose de sus enemigos, tal como lo dictaba el Antiguo Testamento: “ojo por ojo, diente por diente”. Y si puede ser “dos ojos por un ojo, y dos dientes por un diente”, mejor. Es decir, a la hora de arreglar cuentas con quien le ha hecho algún daño, el cristiano no se acuerda de las palabras de Jesús: “Ama a tu enemigo”; las palabras de Jesús, para el cristiano, no tienen ningún peso en la vida cotidiana, y esto vale tanto para el niño que está aprendiendo el Catecismo de Primera Comunión –y por lo tanto sabe el Mandamiento del Amor-, como para el que ya ha recibido la Primera Comunión, como para el adolescente, el joven, el adulto, el anciano, es decir, esto es válido para todos los católicos de todas las edades, de todas las clases sociales, de todas las razas y de todas las latitudes y de todas las naciones. A la hora de arreglar cuentas con quien lo ha ofendido, el católico deja de lado el mandato de Jesús, el mandato del Nuevo Testamento: “Ama a tus enemigos”, el mandato para el cual incluso Él le ha dado ejemplo entregando su vida en la cruz, para que sepa cómo tiene que hacer, para que no tenga excusas y no diga que “no sabía cómo tenía que obrar”, ya que Jesús entregó su vida por nosotros en la cruz para perdonarnos, siendo nosotros sus enemigos. Y sin embargo, a pesar de haber dado Jesús su vida en la cruz como ejemplo de cómo dar la vida en rescate por la humanidad, los católicos hacemos caso omiso cuando de perdonar a los enemigos se trata, y olvidándonos y no teniendo en cuenta sus palabras, echamos mano al Antiguo Testamento, a la ley maldita del Talión “ojo por ojo y diente por diente”, y hasta que no hemos satisfecho nuestra sed de venganza, no nos quedamos contentos.
“Ama a tus enemigos”. Arrodillados al pie de la cruz, debemos alzar los ojos y contemplar a Cristo crucificado, que agonizando desde la cruz nos dice: “Ama a tus enemigos; si te falta amor para amarlos, ven y tómalo de mi Corazón; ven, acércate y bébelo de mi Costado traspasado; ven, embriágate con la Sangre que brota de  mis entrañas de misericordia, mi Sagrado Corazón; apoya tus labios secos y sedientos en mi Costado abierto, es la Fuente y el Manantial de Amor que te ofrece tu Dios, bebe todo lo que quieras, sáciate de mi Amor, bebe mi Espíritu Santo, bebe el Amor de tu Dios, que te lo ofrece todo, sin reservas; embriágate, emborráchate de Amor Divino, hay de sobra, bebe hasta el fondo del Cáliz, porque no tiene fondo, es Amor Infinito y Eterno, y tu corazón, que es estrecho y pequeño, se saciará con este Amor, que es dulce y exquisito, y tendrás de sobra para amar a tu enemigo, a tus enemigos a todos tus enemigos, para perdonarle su injuria, sus injurias, todas ellas, desde las más pequeñas, hasta las más grandes e infames, porque Yo las ahogué a todas y las hice desaparecer a todas en este Vino, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, que es mi Sangre, la Sangre de mi Corazón traspasado. Ven, bebe de mi Corazón traspasado, bebe del Amor Divino para que puedas amar a tus enemigos con el mismo Amor con el que Yo te amé y te amo desde la cruz y con el que te amaré por toda la eternidad, y no temas. Ama a tus enemigos con el Amor con el que te amo desde la cruz”.

viernes, 31 de mayo de 2013

Solemnidad de Corpus Christi


(Ciclo C - 2013)
“Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente” (Lc 9, 11-17b). Jesús multiplica milagrosamente panes y peces y da de comer a la multitud hambrienta. A pesar de que son más de cinco mil personas y de que comen hasta saciarse, sobran panes y peces en tal cantidad que los restos llenan hasta doce canastas.
         Con todo lo que significa el milagro de la multiplicación de panes y peces -una muestra de la omnipotencia divina y de la condición de Jesús de ser Hijo de Dios en Persona y no un simple hombre-, es sin embargo una ínfima muestra de su poder divino, y en cuanto a su objetivo final, no es el de simplemente dar de comer, satisfaciendo el apetito corporal, a una multitud de personas. La finalidad del milagro es servir de pre-figuración de otro milagro, infinitamente más grande, realizado por la Iglesia en la Santa Misa: la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre. Así como Jesús, por la bendición que pronunció sobre los panes y peces multiplicó sus materias inertes, de la misma manera, por la fórmula de la consagración en la Santa Misa la Iglesia convierte, a través del sacerdocio ministerial, la materia inerte del pan y el vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
         Podemos decir entonces que la escena evangélica del domingo de hoy, en la que Jesús primero alimenta el espíritu a los integrantes de la multitud, para luego alimentarles el cuerpo con los panes y peces, es una pre-figuración de la Santa Misa, en donde el alma se alimenta primero con la Palabra de Dios -por medio de la liturgia de la Palabra- y luego se alimenta con la Eucaristía, el Cuerpo de Cristo. 
          Por este motivo, para apreciar en su dimensión sobrenatural el alcance y significado del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, hay que considerar con un poco más de detenimiento qué es lo que está representado en la escena evangélica: la multitud que escucha a Jesús, compuesta por toda clase de gentes y por todas las edades, representa a la humanidad; el hambre corporal que experimentan, representa el hambre espiritual que de Dios tiene todo ser humano, porque todo ser humano ha sido creado por Dios para Dios. Ahora bien, Dios ha creado al hombre dotándolo de una sed inextinguible de amor y de belleza y por eso todo ser humano tiene necesidad de satisfacer su sed de felicidad -todo hombre desea ser feliz, dice Aristóteles-, pero como Dios lo ha creado al hombre para que sacie su sed de amor y belleza en Él y sólo en Él, mientras no se une a su Creador, el hombre experimenta esa sed de amor y de belleza que le quema las entrañas, pero que no puede ser satisfecha sino es en su contemplación y unión con Él. Si el hombre busca saciar esta sed de felicidad en cualquier otra cosa que no sea Dios, no lo logrará nunca, y esta es la razón por la cual el hombre experimenta dolor, tristeza, frustración y muerte, cuando se aleja de Dios. 
             La multitud hambrienta delante de Jesús es, en este sentido, una representación de la humanidad hambrienta de su Dios, que busca saciar su sed de amor y de satisfacer su hambre de paz, verdad y alegría, aunque de momento no sepa bien cómo hacerlo. Jesús, que está delante de la multitud enseñando las parábolas del Reino y anunciando la Buena Noticia, es ese Dios Creador que ha venido a este mundo para redimir a la humanidad por medio de su sacrificio en Cruz y santificarla con el envío del Espíritu Santo y concederle así la felicidad que tanto busca. Puesto que Cristo Jesús es Dios, solo en Cristo Jesús encuentra el hombre –todo hombre, la humanidad entera- la saciedad completa y absoluta de su sed de amor y de paz, de alegría y de felicidad; puesto que Cristo Jesús es Dios, solo en Él encuentra el hombre el sentido último de su vida; puesto que Cristo Jesús es Dios, sólo en Jesús, y en nadie más que Él, reposa en paz el corazón humano, encontrando en el Sagrado Corazón la satisfacción total de su sed de felicidad.
         Es esto entonces lo que está representado en la escena evangélica: la humanidad, sedienta de amor y hambrienta de felicidad, ante su Dios, Cristo Jesús, el Único -por ser el Hombre-Dios- capaz de extra-colmar, con la abundancia de Amor de su Sagrado Corazón, la felicidad que todo ser humano busca, búsqueda de felicidad que se inicia cuando nace y no se detiene hasta el momento de la muerte, continuando incluso hasta la vida eterna.
         Jesús, porque es Dios en Persona, es entonces el Único en grado de satisfacer el hambre de amor y la sed de felicidad que tiene el hombre, y el milagro de la multiplicación de panes y peces será solo un anticipo y una pre-figuración del modo en el que Él piensa satisfacer esa hambre: en el tiempo de la Iglesia, por el poder del Espíritu Santo, a través del sacerdocio ministerial, por la Santa Misa, Jesús obrará un milagro infinitamente mayor, por medio del cual no multiplicará la carne muerta de peces, ni tampoco la materia inerte del pan: por su Espíritu, convertirá el pan y el vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, y se donará a sí mismo en la Eucaristía como alimento celestial que alimenta con la substancia misma de Dios; por el milagro de la transubstanciación, Jesús se donará a sí mismo para saciar el hambre de amor y la sed de felicidad de toda alma humana, donándose a sí mismo como Pan de Vida eterna y como Carne del Cordero de Dios. El modo por el cual Jesús satisface la sed de felicidad del hombre, es entregando su Cuerpo, el Cuerpo de Cristo, el Corpus Christi, en la Eucaristía, para que sirva de alimento celestial al alma que lo reciba con fe y con amor.
“Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente”. Si en el Evangelio Jesús obra un maravilloso milagro, por el cual multiplica la carne muerta de un pez y la materia inerte del pan, con lo cual da de comer a una multitud satisfaciendo su hambre corporal, en la Santa Misa obra un milagro infinitamente mayor, convirtiendo el pan y el vino en su Carne, su Sangre, su Alma y su Divinidad, obrando el milagro de la Eucaristía, donando su Cuerpo, el Cuerpo de Cristo, el Corpus Christi, como alimento celestial que sacia y extra-colma con abundancia la ardiente sed de amor y la incontenible hambre de felicidad que alberga toda alma. Éste es el sentido final del Corpus Christi: saciar el hambre de Amor divino que toda alma posee.



viernes, 18 de enero de 2013

Hijo, no tienen vino



(Domingo II  - TO - Ciclo C – 2013)
         “Hijo, no tienen vino” (Jn 2, 1-11). Durante el transcurso de unas bodas en Caná de Galilea, en la cual la Virgen y Jesús son invitados, sucede un percance: los novios se han quedado sin vino. El hecho amenaza con entristecer la boda, puesto que el vino –si es de buena cepa, y siempre en su justa medida-, como dice la Escritura, “alegra el corazón del hombre” (Sal 104, 15), desde el momento en que sus características lo hacen digno de acompañar eventos trascendentes -como por ejemplo una boda-, si llega a faltar, le quita al evento trascendente una parte importante de su carácter festivo: no es lo mismo brindar con agua que hacerlo con vino, y de ahí la gravedad del percance, detectado por la Virgen y notificado por Ella a Jesús: “Hijo, no tienen vino”.
El episodio de las Bodas de Caná es conocido por tratarse del primer milagro público de Jesús; es decir, es el primer signo público con el cual Jesús demuestra su condición de Hombre-Dios y su omnipotencia divina, al convertir el agua de las tinajas en vino, y vino del mejor.
         Pero si este episodio es el primero en el que Jesús muestra públicamente su omnipotencia divina, tiene que ser conocido también por ser el primero en el que la Virgen María, la Madre de Dios, demuestra su condición de Omnipotencia Suplicante, puesto que es gracias a Ella y a su pedido maternal, que Jesús accede a realizar un milagro, el cual, según se desprende de sus palabras, no tenía intención de hacerlo. En efecto, cuando la Virgen se da cuenta de que los esposos se han quedado sin vino, le dice a Jesús: “Hijo, no tienen más vino”; la respuesta de Jesús deja entrever, claramente, que no tiene la más mínima intención de obrar a favor de los esposos, y esto se ve por el dejo de ligera impaciencia -aunque no lo sea, porque Jesús era perfecto- ante el pedido de su Madre: “Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros?”. En otras palabras, es como si le dijera a la Virgen: “Si se les terminó el vino, es problema suyo y no el nuestro; nosotros somos simples invitados; que se arreglen como puedan, porque Yo no voy a intervenir”. Incluso aumenta más todavía el tono aparentemente intempestivo y ligeramente impaciente de Jesús, el hecho de que nombre a la Virgen como “Mujer”, y no como “Mamá”, o "Madre", ya que podría haberle dicho de otra manera: “Mamá, ya sé que se les terminó el vino, pero mi Hora no ha llegado, y además somos solamente invitados”; por el contrario, le dice “Mujer”: “Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros?”. Ahora bien, la negativa de Jesús está justificada, desde el momento que el motivo por el cual Jesús se niega a intervenir, demostrando con su respuesta que no tiene la menor intención de hacer nada por los esposos, es que “su Hora” “no ha llegado todavía”. Esto es muy importante, porque hará todavía más grande la intervención de la Virgen, desde el momento en que la “Hora” de Jesús, la Hora de su manifestación pública como Hombre-Dios, como Mesías Salvador de los hombres, “no ha llegado todavía”, y como su obrar depende según el plan estrictamente planificado y pensado por la Santísima Trinidad desde la eternidad, Jesús se excusa sosteniendo que no es cuestión de modificar los planes por un asunto que no es tan importante y que ni siquiera es competencia suya, puesto que Él y la Virgen son meros invitados en las bodas y no los dueños del banquete.
Pero según el relato del Evangelio, la resistencia de Jesús no dura demasiado porque a renglón seguido, habiendo apenas  terminado de pronunciar su reticencia a intervenir, se relata lo siguiente: “Pero su Madre dijo a los sirvientes: ‘Hagan lo que Él les diga’”. Es decir, la resistencia de Jesús ante el pedido de su Madre parece ser sólo simbólica, sólo para salvar las apariencias, porque Jesús nada puede negarle a su Madre. Como si la Virgen le dijera: “Hijo, conozco tus razones, pero no tienen vino, y me apena mucho su situación, te ruego que atiendas al pedido de mi Corazón, y obra a favor de ellos un milagro, que como Dios que eres, no te cuesta nada”. Basta entonces una mirada maternal, basta la ternura del sonido de su voz, para que el Corazón de Jesús se estremezca y ceda a lo que la Madre le pide, y este es el motivo por el que, apenas habiendo terminado de negarse a intervenir, Jesús ya le haya concedido a su Madre lo que Ella le pedía.
Y Jesús hace el milagro a pedido de su Madre, aun cuando pareciera no ser asunto de su incumbencia –“No es asunto nuestro”, le dice claramente Jesús-, y aun cuando la situación parece imposible absolutamente de modificar, porque se trata de una disposición que no depende de Jesús en cuanto Hombre, sino que son disposiciones que vienen de muy arriba, de la Santísima Trinidad. Esto engrandece todavía más la condición de la Virgen como Omnipotencia Suplicante y como Medianera de todas las gracias, porque es por sus maternales ruegos que Jesús otorga la gracia del milagro de la conversión del agua en vino, pero la Virgen no solo tiene acceso al Corazón de su Hijo, sino al Amor de las Tres Divinas Personas, porque su amorosa intercesión logra lo que parecía absolutamente imposible, y es el modificar la Hora de Jesús, la Hora de su intervención pública como Mesías y Salvador de la Humanidad. La Virgen logra que la Santísima Trinidad en pleno modifique sus planes eternos y acceda a autorizar el milagro a Jesús, adelantando la Hora de su manifestación pública, que es la Hora de la Salvación. Este es el motivo por el cual la Virgen se manifiesta en Caná no sólo como la Omnipotencia Suplicante y la Medianera de todas las gracias, sino como la Corredentora de los hombres, puesto que gracias a Ella el Redentor de la humanidad, Cristo Jesús, comienza su Pasión salvadora antes de la Hora prefijada desde la eternidad.
Este Evangelio entonces, debe aumentar en nosotros la fe y el amor hacia María Santísima, por cuanto Ella es, como lo hemos visto, la Omnipotencia Suplicante, lo cual quiere decir que si queremos conseguir una gracia de Jesucristo, lo que tenemos que hacer es pedírselo a la Virgen, porque nada le niega Jesús a su Madre; debe aumentar también nuestra fe en María Virgen como Medianera de todas las gracias, aun aquellas que parecen imposibles, porque todas las gracias de salvación vienen por Ella y solo por Ella; por último, debe aumentar en nosotros el amor y la fe en María como Corredentora, porque Ella está íntimamente asociada a la obra Redentora de su Hijo Jesús, y por lo tanto debemos depositar, con toda confianza, nuestra esperanza de salvación eterna en sus manos y en las manos de Jesús.
El otro elemento significativo en el episodio son las tinajas de piedra, que representan el corazón humano: al igual que las tinajas -hechas de piedra dura y fría-, se encuentran vacías, así el corazón del hombre, duro y frío como la piedra, se encuentra vacío del amor de Dios, y lleno de la nada del mundo materialista y hedonista y sus falsos atractivos; pero así como por intercesión de la Virgen las tinajas se llenan de agua y luego de vino, así también por la intercesión de la Virgen, Medianera de todas las gracias, llega a los corazones humanos el agua pura y cristalina de la gracia santificante, gracia por la cual esa tinaja que es el corazón del hombre, se llena con la Sangre del Cordero, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna.
         Hoy no se ha terminado el vino de una boda, sino la fe en Cristo Jesús, que es a la vida lo que el vino a la fiesta de bodas. Hoy, como en Caná, la humanidad, representada en los esposos, se encuentra vacía y triste, porque las tinajas de piedra que son los corazones humanos, no tienen fe en Jesús Salvador, y al no tener fe, están vacíos de caridad, de amor, de esperanza.
         “Hijo, no tienen vino. Hoy, como ayer en Caná, la Virgen suplica a Jesús y le dice: “Hijo, mira los corazones de los hombres; están vacíos de la verdadera fe; no tienen Fe en Ti, y por eso se han llenado con la nada del mundo; te suplico que llenes sus corazones con el agua cristalina de la gracia santificante, para que por la gracia se vean colmados con tu Sangre, que es el Vino de la Alianza Nueva y Eterna. Te suplico, Hijo, mira a los corazones de los hombres, que como otras tantas tinajas en Caná, no tienen el vino de la fe; haz el milagro de colmarlos con el Vino de la Vid verdadera, tu Sangre, para que sus corazones se alegren en Ti, y así puedan amarte y adorarte, en el tiempo y en la eternidad”.
         Si le pedimos a la Virgen la gracia más grande que puede recibir un alma en esta vida, la gracia de la conversión del corazón –para nosotros, para el mundo entero, para los pecadores más empedernidos, para nuestros seres queridos-, la Virgen a su vez le pedirá a Jesús, y Jesús, como en Caná, no podrá resistirse a sus amorosos ruegos.

sábado, 16 de abril de 2011

Jueves Santo

Sólo Cristo en la Eucaristía es nuestra Pascua


No se puede entender la Pascua cristiana sino se tiene en cuenta aquello que era su sombra y figura, la Pascua Judía. Los judíos celebraban la Pascua Judía, en la cual conmemoraban las maravillas de Yahveh realizadas a favor del Pueblo Elegido. En esa Pascua, se comía un cordero asado, acompañado de hierbas amargas y de pan sin levadura, y se brindaba, con la copa de bendición, con vino.

“Pascua” significa “paso”, y era lo que los judíos conmemoraban: el “paso” de Egipto a la Tierra prometida, y el “paso” a través del Mar Rojo, en donde Yahvéh había abierto el mar en dos, para que los judíos pudieran pasar a través del lecho seco del mar; en el desierto, les había dado el maná, el pan bajado del cielo; les había dado codornices; les había hecho brotar agua de la roca; les había curado de la mordedura mortal de las serpientes con la serpiente de bronce hecha por Moisés. Ya incluso antes de salir de Egipto, Yahvéh había comenzado a obrar maravillas, al enviar al ángel exterminador, que preservó las casas de los hebreos, cuyos dinteles habían sido señalados con la sangre del cordero.

Al comer la carne de cordero, las hierbas amargas y el pan sin levadura, y al bendecir la cena pascual con el cáliz de bendición, los judíos recordaban todos estos maravillosos prodigios hechos por Yahvéh a favor suyo.

Yahvéh los había liberado, los había sacado de la esclavitud de Egipto, y los había liberado de sus enemigos, y los había introducido en la Tierra prometida. La cena pascual tenía este sentido de recuerdo, de memorial, en el sentido de traer a la memoria estos admirables hechos, para dar gracias a Yahvéh, el único Dios verdadero.

Con todo lo admirable que eran -y que continúan siendo- las maravillas de Yahvéh, la Pascua Judía, y los mismos hechos que la originan, eran solo una figura, una sombra, una prefiguración, de la verdadera Pascua, la Pascua de Cristo Jesús: todo lo ocurrido con el Pueblo Elegido, habría de verificarse con el Pueblo Elegido, no ya en sombras y figuras, sino en la realidad.

Si antes de salir de Egipto, las casas de los judíos habían sido señaladas en sus dinteles con la sangre del cordero pascual, ahora, para los cristianos, el Nuevo Pueblo Elegido, serían señaladas no sus casas materiales, sino las espirituales, es decir, sus almas, con la Sangre del Verdadero Cordero Pascual, Cristo Jesús, al mojar el cristiano sus labios con el Vino de la Alianza Nueva y Eterna.

Si al salir de Egipto, los judíos pudieron atravesar el Mar Rojo porque Yahvéh abrió sus aguas, de modo que pusieron atravesar el lecho seco del mar sin temor a ahogarse, para dirigirse a la ciudad de Jerusalén, con Cristo Jesús, Pascua y Paso verdadero, los cristianos pueden atravesar el mundo, para dirigirse hacia la Jerusalén celestial, la patria del cielo.

Si en la Antigüedad Yahvéh había abierto las aguas del Mar Rojo, para que los judíos fueran librados de sus enemigos, al ser estos inundados con las aguas del mar, ahora, Dios Padre, permite que una lanza abra el Corazón de su Hijo, para que el mundo sea inundado por las aguas celestiales, la gracia Divina, la Misericordia de Dios.

Si en la Pascua los judíos celebraban que, al atravesar el desierto, a ellos, fatigados por la travesía y sedientos por el sol del desierto, y hambrientos por el esfuerzo, habían recibido de Yahvéh la nube que los había protegido con su sombra, les había dado codornices, y les había hecho llover maná del cielo, y para su sed les había hecho salir agua de la roca con la vara de Moisés, ahora, en la Nueva Pascua, que es Cristo, Dios Padre da, al Nuevo Pueblo Elegido, la Iglesia Católica, algo más sabroso que carne de codornices, les da la carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo, y les da un maná verdadero, el verdadero Pan del cielo, la Eucaristía, y les da algo que sacia la sed, no del cuerpo, sino del alma, la gracia divina, que sale no de una roca, sino del Corazón abierto del Salvador en la cruz.

Si la Pascua para los judíos consistía en atravesar el lecho seco del mar, para llegar a la Tierra Prometida, para el cristiano, la Pascua consiste en unirse, íntima y espiritualmente, por la fe y por la gracia, a Cristo, muerto y resucitado.

Si la Pascua, el “paso” para los judíos era pasar de la esclavitud de Egipto a la Tierra Prometida, la Jerusalén del Templo, la tierra que “mana leche y miel”, por la abundancia de sus bienes materiales, derivados de la Presencia del Señor en el Templo de Salomón, la Pascua para los cristianos, el “paso”, es pasar de la esclavitud del pecado, a la libertad de los hijos de Dios, libertad dada por la gracia, que destruye el pecado en el corazón del hombre, lo fortalece para luchar contra sus enemigos, el demonio, el mundo y la carne, y le concede una vida nueva, la vida de la gracia, que lo hace vivir con la vida misma de Dios Trino, y entrar en comunión de vida y de amor con las Tres Divinas Personas.

Si la celebración de la Pascua para los judíos consistía en comer carne de cordero, asada en el fuego, acompañada de hierbas amargas, de pan sin levadura, y el cáliz de bendición, para el cristiano, la Pascua consiste en comer sí carne de cordero, pero no la de cualquier cordero, sino la carne del Verdadero Cordero Pascual, asada en el fuego del Espíritu Santo, la Eucaristía, acompañada con las hierbas amargas de la tribulación, que acompaña a todo el que sigue a Cristo camino de la cruz; consiste en comer pan sin levadura, pero en realidad un pan que sólo parece ser pan, pues luego de las palabras de la consagración y de la transubstanciación obrada por el Espíritu de Dios, es el Cuerpo de Cristo resucitado, y por lo mismo es un Pan que da Vida eterna, la vida misma de Dios Uno y Trino; la Pascua cristiana consiste en acompañar la carne, las hierbas y el Pan de Vida eterna, con vino, pero no el que se elabora de la vid terrena, sino el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, que se obtiene en la vendimia de la Pasión, después de haber triturado a la Vid Verdadera, el Cuerpo de Cristo en el sacrificio de la cruz, y es por lo tanto un vino que parece vino, pero es en realidad la Sangre del Cordero de Dios.

Cristo Eucaristía es nuestra Pascua; en Él, en la unión con su cuerpo, tenemos el “paso” de esta vida a la vida eterna; unidos a Él, por el sacramento del altar, somos llevados al seno del Padre; unidos a Él, en la comunión, por el Espíritu Santo, pasamos de esta vida a la eternidad feliz en Dios Padre.

Sólo Cristo Dios en la Eucaristía es nuestra Pascua.