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domingo, 19 de febrero de 2023

Miércoles de Cenizas

 



(Ciclo A – 2023)

         Con la celebración del ritual de imposición de cenizas el día llamado por eso “Miércoles de cenizas”, la Iglesia Católica inicia el tiempo litúrgico denominado “Cuaresma”, tiempo dedicado a la preparación interior, espiritual, por medio de la penitencia, el ayuno, la oración y las obras de misericordia, para no solo conmemorar, sino ante todo participar, de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

         La imposición de cenizas simboliza penitencia y arrepentimiento: arrepentimiento de nuestros pecados, porque nuestros pecados se traducen en la crucifixión del Señor y son manifestación de la malicia que anida en nuestros corazones, como consecuencia del pecado original, según las palabras de Jesús: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de pecados” y penitencia, como signo de que estamos arrepentidos de los pecados cometidos y que deseamos vivir una vida nueva, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, caracterizada por el horror al pecado, cualquiera que sea este.

         En el momento de la imposición de la ceniza, el sacerdote traza una cruz sobre la frente de los fieles, mientras repite las palabras “Conviértete y cree en el Evangelio” o “Recuerda que polvo eres y en polvo te has de convertir”; en ambas oraciones, la Iglesia nos recuerda, a través del sacerdote, que estamos en esta tierra solo de paso y que nuestra morada definitiva y eterna es el Reino de los cielos[1].

         Cuando el sacerdote dice: “Conviértete y cree en el Evangelio”, nos está repitiendo las mismas palabras de Jesús en el Evangelio: “Conviértanse y crean en el Evangelio”. Si Jesús nos pide que nos convirtamos, es porque no estamos convertidos. ¿En qué consiste la conversión? En dejar de mirar a las cosas bajas de la tierra, para elevar la mirada del alma al Sol de justicia, Jesús Eucaristía, por eso Jesús y la Iglesia nos piden la verdadera conversión, que es la “conversión eucarística”, el giro del alma por el cual deja de interesarse y de mirar las cosas de la tierra, para comenzar a contemplar a Jesús Eucaristía, el Camino, la Verdad y la Vida. También Jesús y la Iglesia nos piden: “Creer en el Evangelio”, que en nuestro caso implica también creer en la Tradición de los Padres de la Iglesia y en el Magisterio, y si necesitamos creer en el Evangelio, es porque creemos en otra cosa que no es el Evangelio: creemos en ideologías políticas, creemos en nuestras propias ideas, creemos en cualquier cosa, pero no creemos en el Evangelio, en la Palabra de Dios, que es la que debe guiar y orientar nuestro obrar cotidiano como cristianos.

         La otra frase que puede decir el sacerdote al imponer las cenizas es: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás” y si la Iglesia nos lo recuerda, es porque lo olvidamos con frecuencia: olvidamos que estamos de paso en esta vida terrena; olvidamos que cada día que pasa, es un día menos que nos falta para nuestra muerte, día en el que será para nosotros el día más importante de nuestras vidas, paradójicamente, porque ese día nos encontraremos cara a cara con el Justo Juez, Cristo Jesús, Quien pronunciará la sentencia definitiva, después de examinar nuestras obras, que determinará nuestra eternidad, o el cielo o el infierno. Debemos recordar que somos polvo, en el sentido de que nuestro cuerpo material es frágil y cuando el alma se desprende de él, provocando el fenómeno que llamamos “muerte”, este cuerpo físico, terreno -que tanto nos preocupa mantenerlo sano, al que tanto cuidamos con dietas y ejercicios, descuidando la salud del alma y la fortaleza y nutrición del alma que nos concede la Sagrada Eucaristía-, comienza inmediatamente un proceso de descomposición orgánica que lo lleva a convertirse en literalmente polvo, es decir, en nada. La Iglesia nos recuerda que somos polvo y al polvo regresaremos, para que no nos preocupe tanto la salud y el bienestar del cuerpo, como la salud y el bienestar del alma; si nutrimos el cuerpo, mucho más debemos nutrir al alma con alimentos espirituales, la oración, la penitencia, el ayuno y sobre todo la gracia santificante que nos conceden el Sacramento de la Penitencia y la Sagrada Eucaristía.

         Por último, en el tiempo de Cuaresma, la Iglesia como Cuerpo Místico del Señor, ingresa junto con Él en el desierto por cuarenta días, para prepararnos, junto con Cristo, a los sagrados misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. En estos cuarenta días de duración de la Cuaresma, la Iglesia participa de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto, haciendo ayuno, oración y penitencia y es eso lo que debemos hacer como integrantes del Cuerpo Místico: ayuno, oración y penitencia, en unión con Nuestro Señor Jesucristo. De esa manera, unidos a Cristo en el desierto y fortalecidos por su gracia, podremos vencer nuestras pasiones depravadas, seremos protegidos de las acechanzas y perversidades del demonio y estaremos en grado de participar del misterio salvífico de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

lunes, 15 de febrero de 2021

“Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”

 


(Domingo I - TC - Ciclo B – 2021)

“Arrepiéntanse y crean en el Evangelio” (Mc 1, 12-15). En solo un renglón y con muy pocas palabras, Jesús nos revela dos cosas: cuál es el sentido de nuestra vida en la tierra y qué debemos hacer para conseguir el objetivo final de nuestras vidas. Es decir, nos dice para qué estamos aquí, y nos dice qué es lo que debemos hacer, pero no para superarnos como personas, sino para alcanzar el sentido y objetivo final de nuestra existencia terrena.

Jesús nos dice para qué estamos en esta vida cuando nos dice: “Arrepiéntanse”. ¿Por qué debemos arrepentirnos? Para saberlo, debemos reflexionar acerca del significado bíblico de la palabra “arrepentimiento”. En sentido bíblico, “arrepentimiento” significa: “Arrepentimiento (heb. nâjam, sentir pesar [disgusto]”, “estar triste”; nôjam, “arrepentirse”, y shûb, “volver[se]”, “retornar”; gr. metanoia, “cambiar de opinión [mente, dirección]”, “sentir remordimiento”, “arrepentirse”, “convertirse”; y metánoia, “cambio de opinión [mente, dirección]”, “arrepentimiento”, “conversión”)”[1]. Según su etimología, debemos entonces "sentir remordimiento", "cambiar de dirección", "cambiar de mente", "regresar", "convertirnos". ¿Por qué? Porque el arrepentimiento implica, por una parte, el reconocimiento del pecado personal y, por otra, el alejamiento que el pecado provoca en relación a Dios y su Amor misericordioso. En el arrepentimiento -que es ya una acción del Espíritu Santo en el alma- se tiene noción de algo que no se tenía antes, y es la noción de haber pecado y en consecuencia de haber tomado distancia de Dios, por causa del pecado. Implica también el deseo de “cambiar de dirección”, en el sentido de que, si por el pecado, el alma estaba dirigida a las cosas bajas de la tierra, ahora tiene deseos de elevarse hacia Dios, despegándose de los atractivos de la vida terrena. Es por esto que al verdadero arrepentimiento le sigue de la contrición del corazón, es decir, el dolor del corazón por haber ofendido a Dios con el pecado y le sigue también la conversión, esto es, el deseo de perseverar en la dirección del alma hacia Dios, volviendo la espalda a las cosas de la tierra. Entonces, el arrepentimiento implica los siguientes pasos: primero, se recibe la gracia del Espíritu Santo, que hace ver lo que antes no se veía, el pecado; luego, sigue el arrepentimiento propiamente dicho, que el deseo de desprenderse de las cosas de la tierra y de elevar el alma a Cristo Dios; luego, sigue la contrición del corazón, que es el dolor perfecto del corazón que sobreviene cuando se es consciente tanto del infinito Amor de Dios, como de la despreciable malicia del pecado; por último, sigue la conversión, que es el propósito de permanecer en la dirección que mira hacia lo alto y no volver al estado anterior del pecado (cfr. Hch 3, 19).

Al decirnos que nos arrepintamos, Jesús nos revela el propósito y el sentido de nuestra existencia terrena: luchar contra el pecado, luchar contra nuestra concupiscencia, no ceder a la tentación, rechazar los vanos atractivos y placeres del mundo terreno, porque no hemos sido creados para esta vida -vida terrena que ha sido definida por Santa Teresa de Ávila como "una mala noche en una mala posada"-, sino para la Vida Eterna y es a esta vida a la que debemos aspirar, por medio del arrepentimiento.

Lo segundo que nos dice Jesús y que completa nuestra tarea en la tierra es cómo conseguir el objetivo de conseguir la Vida Eterna: “creer en el Evangelio”. ¿Qué es “creer en el Evangelio”? Es creer, ante todo, que Cristo es Dios Hijo encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, que nos da su gracia a través de los sacramentos, que nos da el don de esta vida para que vivamos en su gracia y que al final de nuestra vida terrena nos espera una eternidad de alegría y felicidad en el Cielo si es que perseveramos en la fe y en las buenas obras hasta el último día de nuestras vidas. “Creer en el Evangelio” es creer que el Reino de Dios ya está en la tierra y está obrando en las almas por medio de la gracia, como preparación para la gloria definitiva en el Reino de los cielos; es creer que no sólo el Reino de Dios está en la tierra, sino que el Rey de ese Reino, Cristo Jesús, está Presente, vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía y que se nos dona en la Eucaristía como Pan de Vida eterna, para donársenos definitivamente en la Vida Eterna.

Para esto estamos en esta vida terrena: para arrepentirnos y creer en el Evangelio y así alcanzar la Vida Eterna en el Reino de los cielos.

 

sábado, 30 de enero de 2021

“Los discípulos se fueron a predicar el arrepentimiento”

 


“Los discípulos se fueron a predicar el arrepentimiento” (Mc 6, 7-13). Jesús envía a sus discípulos a misionar y como parte de la misión, les concede el poder de expulsar demonios y de curar enfermos. Sin embargo, la expulsión de demonios y la curación de enfermos no es lo más importante en la misión: estos son solo signos de que “el Reino de Dios está entre los hombres”. El núcleo central de la misión de los discípulos es la predicación del arrepentimiento, es decir, la misión busca que el hombre tome conciencia de sus pecados, de su mal obrar, de su alejamiento de Dios, de su deseo y apego desordenado por las cosas de esta vida, porque este arrepentimiento es condición indispensable para que la gracia de Dios pueda actuar en el alma, colmándola de la santidad de Dios. Si no hay arrepentimiento, no hay acción de la gracia, porque la gracia necesita de un corazón “contrito y humillado” para poder actuar. Ahora bien, hay que tener en cuenta que el mismo llamado y el mismo deseo de cambiar de vida, es ya una acción de la gracia; lo que sucede es que, luego de conceder Dios el deseo de la conversión es necesario que el hombre ponga de su parte el acto de libre aceptación de Cristo Dios como su Salvador y de su gracia santificante como medio de santificación de su alma. Es decir, si surge en el alma un deseo sincero de conversión, esto es, de cambiar la vida de pecado por la vida de santidad, esto es ya una obra de la gracia; es ya una acción del Espíritu Santo que está invitando al alma a la conversión, pero para que ésta pueda suceder, es necesario que se responda afirmativamente a la gracia anterior, la gracia del deseo de conversión, que es en lo que consiste el arrepentimiento.

Por último, ¿cómo vamos a arrepentirnos si no sabemos qué es lo que está bien y qué es lo que está mal? Para saberlo, viene en nuestra ayuda la Ley de Dios, los Diez Mandamientos: si se cumplen los Mandamientos, es señal de que la gracia está actuando en el alma; si no se cumplen los Mandamientos, es señal de que es necesario el arrepentimiento y luego la conversión. Y como tanto el arrepentimiento, como la conversión, son dones de Dios, es necesario pedirlos en la oración, cada día, todos los días.

lunes, 27 de enero de 2020

“Al que blasfeme contra el Espíritu Santo no le será perdonado”




“Al que blasfeme contra el Espíritu Santo no le será perdonado” (Mc 3, 22-30). Para comprender la sorprendente afirmación de Jesús, hay que tener en cuenta el contexto precedente y es la afirmación temeraria que hacen los escribas acerca de Jesús: refiriéndose a la potestad de Jesús de expulsar demonios, los escribas le dicen a Jesús que está endemoniado, porque “expulsa los demonios con el poder del jefe de los demonios”. Se trata de una afirmación temeraria, falsa y blasfema, porque atribuyen maldad a una acción buena de Jesús, realizada con el poder del Espíritu Santo. En la posesión diabólica, es la santidad de Dios la que expulsa a los demonios, puesto que la santidad vence a la maldad. Sin embargo, para los escribas, la acción de Jesús no está impulsada por el Espíritu Santo, sino por Belcebú. Esto no es indiferente, porque es atribuir malicia –el poder de Belcebú- a lo que es santo –el poder del Espíritu Santo con el cual Jesús expulsa a los demonios- y eso es una blasfemia, una afirmación temeraria y un pecado contra el Espíritu Santo y por eso no puede ser perdonado. Quien atribuye a Dios maldad, no tiene perdón, porque es algo que va en contra de la razón: si Dios hiciera algo malo, aunque sea ínfimo, dejaría de ser Dios, porque iría contra su esencia, que es la Bondad Increada en sí misma. Además, afirmar que Dios hace algo malo, como lo hacen los escribas al atribuirle a Jesús el poder de los demonios, es contrario a la Verdad y quien esto hace, es porque está rechazando la gracia que ilumina el intelecto para hacerle ver que el que está haciendo el exorcismo es Dios y no el Demonio.
“Al que blasfeme contra el Espíritu Santo no le será perdonado”. Nunca caigamos en el error de cometer la blasfemia de atribuir al Demonio cosas que son de Dios, tal como hacen los escribas al atribuir una obra del Demonio –el exorcismo- lo que es obra de Dios, el Espíritu Santo. En este sentido, cometen un pecado contra el Espíritu Santo los que atribuyen un verdadero milagro de curación, realizado por la bondad de Dios, al Demonio o a sus ídolos, como el Gauchito Gil, la Santa Muerte, la Difunta Correa o cualquier ídolo demoníaco como estos. Quien hace esto, el atribuir al Demonio o a los ídolos demoníacos la curación de una enfermedad que ha sido curada por Dios, está cometiendo un pecado contra el Espíritu Santo y, de no mediar un verdadero arrepentimiento y conversión, este pecado no le será perdonado ni en esta ni en la otra vida.

sábado, 30 de marzo de 2019

“Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido”



(Domingo IV - TC - Ciclo C – 2019)

         “Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido” (Lc 15, 1-3. 11-32). Jesús va a comer con pecadores y en consecuencia los fariseos y los escribas, que eran hombres religiosos y se creían puros, murmuran y critican a Jesús por este hecho, por el acudir a casa de pecadores. Para los judíos, estar cerca de un pecador equivalía a contaminarse con su pecado y es por esto que critican a Jesús porque presentándose Él como un rabbí, como un maestro de religión que enseña en teoría la pureza en relación de Dios, no tiene reparos en comer con pecadores, contaminándose de sus pecados. Como Jesús lee los pensamientos desde el momento en que es Dios, esta murmuración le sirve a Jesús de ocasión para pronunciar la parábola del hijo pródigo, a fin de que la escuchen todos, incluidos los escribas y fariseos que murmuraban contra Él.
Según esta parábola, el menor de dos hijos de un padre muy rico, le pide su herencia, se va de la casa, malgasta todo el dinero y cuando se queda sin dinero, comienza a pasar hambre, por lo cual debe emplearse como cuidador de cerdos, aunque no puede ni siquiera comer las bellotas del suelo para satisfacer su hambre. Es entonces cuando el hijo menor recapacita, se arrepiente de su acción y decide volver a la casa del padre para pedirle perdón por haber salido de la casa paterna y el haber malgastado la herencia. El padre de la parábola, apenas se entera de que su hijo regresa, lejos de regañarlo, se alegra, abre los brazos y sale a su encuentro a recibirlo y lo trata con todo amor y como signo de que lo recibe como hijo y no como criado -tal como había pedido el hijo menor-, le hace poner una túnica nueva, un calzado nuevo y un anillo y además manda a sacrificar al ternero cebado para hacer fiesta, porque el padre de la parábola está contento, porque su hijo “estaba perdido y ha regresado”.
         La parábola es figura del sacramento de la confesión y se entiende cuando se hace una transposición de los elementos naturales de la misma al plano espiritual, puesto que cada elemento tiene un significado sobrenatural: el hijo pródigo, que pide su herencia y sale de la Casa del Padre y se va a lugares de pecado en donde malgasta su dinero, es el hombre que, estando en gracia, pierde la gracia por el pecado; la herencia del hijo pródigo es la gracia santificante y el perderla en lugares pecaminosos, es la pérdida de la gracia, sin importar de qué pecado se trate; la pobreza del hijo pródigo una vez que ha gastado toda su herencia, es el estado de miseria del alma del pecador, que se queda sin la riqueza de la gracia; el hambre que experimenta es la nostalgia de Dios; el trabajar cuidando cerdos es el quedar esclavo de las pasiones, al perder la gracia; el dueño de los cerdos y patrón del hijo pródigo caído en desgracia es el Demonio, y el hijo pródigo que trabaja para el Demonio es el alma que, habiendo perdido la gracia, queda esclava de las pasiones y del Demonio; el sentimiento y pensamiento de culpa es el remordimiento de la conciencia, que le reprocha al alma el haber pecado y perdido la gracia; el deseo de volver a la Casa del Padre es la respuesta del alma a la gracia de la conversión y el arrepentimiento; el abrazo del padre de la parábola cuando el hijo regresa, es la absolución que da el sacerdote cuando el alma, arrepentida, va a confesar sus pecados; el vestir túnica nueva, sandalias nuevas y un anillo, elementos que usan los hijos y no los criados, significan que el alma recupera, por la gracia sacramental de la confesión, su condición de hija de Dios; la fiesta en la que se sacrifica al ternero cebado y en la que hay alegría festiva, es la Santa Misa, en donde el Padre sacrifica al Cordero, Cristo Jesús, en señal de la alegría que le produce el hecho de que un alma se arrepienta, se confiese y así consolide su conversión. A su vez, el hermano mayor que se enoja con el padre y el hermano menor porque no se hace fiesta por él, dicen algunos autores que representa a los judíos, que siempre han pertenecido al Pueblo Elegido, es decir, siempre han estado con Dios, mientras que el hijo pródigo seríamos nosotros, los gentiles, que fuimos adoptados por la gracia.
         La parábola entonces es figura del sacramento de la confesión sacramental y muestra el infinito y eterno amor misericordioso del corazón de Dios Padre, que lejos de reprochar al alma por haber pecado, le concede, por medio de la absolución del sacerdote, la gracia santificante, es decir, lo reviste con la túnica nueva, las sandalias y el anillo que indican que el alma ha recuperado su condición de hijo adoptivo de Dios.
         “Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido”. Cada vez que vamos a confesarnos, se renueva y actualiza la parábola del hijo pródigo, porque nuestras almas reciben el amor misericordioso del Padre que nos absuelve en virtud de la Sangre de su Hijo derramada en la cruz. Cuando pecamos, cada uno de nosotros nos convertimos en el hijo pródigo de la parábola; que el fruto de esta Cuaresma sea entonces acudir al Sacramento de la Confesión para recibir el abrazo misericordioso del Padre para luego asistir al Banquete celestial, la Santa Misa, en donde el Padre, para expresar su alegría porque nos hemos confesado hace fiesta para nosotros y nos sirve un manjar exquisito, la Carne del Cordero de Dios, el Pan Vivo bajado del cielo y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sagrada Eucaristía.