Mostrando entradas con la etiqueta Alegría infinita. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alegría infinita. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de mayo de 2023

“Nadie os quitará vuestra alegría”

 


“Nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16, 20-23ª). La muerte de Jesús en la cruz provocará a los Apóstoles y a los discípulos una gran tristeza, pero luego esa tristeza se convertirá en alegría, cuando vean a Jesús resucitado. El motivo por el cual nadie les quitará la alegría, como les asegura Jesús, es que la alegría que experimentarán los Apóstoles y discípulos no es una alegría que se origine en el ser humano ni en causas humanas o naturales: la alegría será la Alegría que posee el Sagrado Corazón de Jesús, que por ser la Alegría de Dios, es una alegría “infinita” -como dice Santa Teresa de los Andes, Dios es Alegría Infinita-, es una alegría desconocida para el corazón humano, es una alegría profunda, espiritual, sobrenatural, celestial, precisamente, porque brota del Acto de Ser divino trinitario del Corazón de Jesús.

Puede suceder y sucede a menudo, que las penas, dolores, tribulaciones, fatigas, desilusiones, de esta vida terrena, provoquen en nosotros la pérdida de la alegría. Puede suceder también que busquemos recuperar la alegría, pero en cosas humanas o terrenas, que pueden darnos una alegría, pero que por el hecho de ser humana y terrena, será una alegría pasajera. Si queremos vivir la vida terrena en el seguimiento de Jesús por el Camino Real de la Cruz y si queremos vivir con la Alegría de Jesús resucitado, que es la Alegría de Dios, entonces no la busquemos allí donde no la encontraremos, es decir, no busquemos la alegría en el mundo, y mucho menos la alegría maligna del pecado: busquemos la Alegría del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús y para eso, recibamos la gracia del Sacramento de la Penitencia y postrémonos en adoración ante la Presencia Eucarística de Jesús, para luego recibirlo con fe, con piedad, con devoción y con amor, en la Sagrada Comunión. Así, aun en medio de las tribulaciones, dolores y penas de esta vida terrena, tendremos la Alegría de Jesús y nadie nos la quitará.

“Vuestra tristeza se convertirá en alegría”

 


“Vuestra tristeza se convertirá en alegría” (Jn 16, 16-20). Jesús les anticipa a sus discípulos, en la Última Cena, lo que sucederá luego de su muerte en la cruz el Viernes Santo, en el Calvario: ellos se entristecerán -además se acobardarán-, porque la experiencia de ver a Jesús flagelado, coronado de espinas, cargando la cruz en el Via Crucis y finalmente, muerto en la cruz y sepultado, provocará en ellos un gran dolor y una gran tristeza, además de miedo a los judíos y todo esto sucederá porque al ver a Jesús muerto, no darán crédito a lo que Jesús les había dicho, acerca de que Él iba a resucitar al tercer día. A la tristeza de los Apóstoles, de la Iglesia Naciente, se contrapone la alegría del mundo, porque los que crucificaron a Jesús creerán haber hecho bien, creerán haber hecho justicia, cuando en realidad cometieron una gran injusticia y un gran mal, pero el mundo se alegra en la injusticia y en el mal. Esta situación se revertirá cuando Jesús resucitado se aparezca a sus discípulos, lleno de la gloria, de la vida, de la luz y de la alegría de Dios: “Vuestra tristeza se convertirá en alegría”. Y de hecho, la primera reacción de los discípulos, al reconocer a Jesús resucitado por la luz del Espíritu Santo, es la de la alegría; todos los Evangelios coinciden en esta reacción de alegría entre los discípulos, al darse cuenta que su Maestro, que había muerto en la cruz el Viernes Santo, ahora ha resucitado, el Domingo de Resurrección y está vivo y vive para siempre y ya no muere más. Los discípulos se alegran, pero no con la alegría humana, sino con la alegría que les comunica Jesús, porque Jesús, en cuanto Dios, es “Alegría Infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes y es esa Alegría la que Jesús da a sus discípulos.

“Vuestra tristeza se convertirá en alegría”. Las tribulaciones del mundo, de un mundo que se muestra cada vez más antihumano y anticristiano, pueden hacer que perdamos la alegría, por eso es necesario que acudamos ante Jesús Eucaristía, que nos postremos ante Él en el sagrario y le pidamos, no que nos quite la cruz, sino que nos conceda su Alegría, la Alegría de su Sagrado Corazón, la Alegría de Dios y así nuestra tristeza se convertirá en alegría.

lunes, 19 de diciembre de 2022

Solemnidad de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo

 



(Ciclo A - 2022 – 2023)

         “Levántate y resplandece, Sión, porque la gloria del Señor resplandece sobre ti” (Is 60, 1). La visión del profeta Isaías, en la que contempla la luminosa gloria del Dios Único y Viviente, sobre Sión, se aplica, en términos sobrenaturales, a la Nueva Sión, la Iglesia Católica y de modo específico, para el momento en el que se produce el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. La razón del porqué se aplica a la Iglesia Católica esta profecía, es que está dirigida a Ella, la Esposa de Cristo, la Iglesia Católica, es la verdadera y definitiva Sión, la Morada Santa del Redentor y Salvador de los hombres.

         Las palabras del profeta Isaías describen un contraste entre luz y oscuridad: por un lado, hacen referencia a la tenebrosa y siniestra realidad en la que la humanidad está envuelta desde el pecado original: “Las tinieblas cubren la tierra y una densa oscuridad se cierne sobre los pueblos” (60, 2). Se trata de una siniestra y tenebrosa realidad, porque las tinieblas que “cubren la tierra” y la “densa oscuridad que se cierne sobre los pueblos”, no son la descripción de un fenómeno meteorológico o cósmico, sino algo inmensamente más grave y peligroso para la salvación eterna de los hombres: esas tinieblas y esa oscuridad son tinieblas vivientes, son los demonios, los ángeles caídos, que salidos del Infierno, se han esparcido sobre la tierra para acechar a los hombres, para tenderles trampas, para hacerlos caer en la superstición, en el error, en el engaño, en la idolatría, en la magia, en el oscurantismo, en la brujería, en el satanismo, y así condenar sus almas por la eternidad.

Por otro lado, las palabras del profeta Isaías describen la Obra de Dios ante esta situación de sombría tristeza en la que está envuelta la humanidad: Dios Uno y Trino, que ama al hombre de modo incomprensible, inagotable, inabarcable, movido por su infinito Amor, no puede permitir que su creatura se condene en las tinieblas eternas y es por eso que el Padre envía al Hijo, por obra del Espíritu Santo, para que se encarne en el seno virginal de la Virgen y Madre de Dios, para que ofrende su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, como holocausto infinitamente santo, que además de salvar a los hombres, glorificará infinita y eternamente a la Trinidad.

A esta realidad, que es la historia de la salvación, es a la que hacen referencia las palabras del profeta Isaías: sobre Sión resplandece la gloria de la Trinidad y sobre la humanidad envuelta en tinieblas, aparece desde lo alto la Luz Eterna del Verbo Encarnado. ¿Por qué el profeta Isaías habla en términos de luz y oscuridad? Porque la oscuridad es lo propio del Ángel caído y es él, con sus ángeles apóstatas, quienes cubren la tierra y las almas de los hombres, sumergiéndolos en las tinieblas vivientes. La oscuridad del Ángel caído, que es odio preternatural a Dios Trino y a su creatura, el hombre, envuelve a la tierra y al ser de orden angelical, espiritual, no puede ser disipada por ninguna luz creada, solo puede ser disipada, vencida para siempre, por la Luz Eterna, la Luz que brota del Ser divino trinitario. Y es esto último lo que explica la referencia a la luz: la naturaleza divina trinitaria es luminosa, porque es la Gloria Increada en Sí misma y como la gloria es luz, el Verbo que se encarna y nace milagrosamente de la Madre de Dios es Luz, Luz Eterna, que vence para siempre a las tinieblas vivientes, Satanás y los ángeles apóstatas. Pero hay otro aspecto a considerar en las palabras del profeta Isaías y es la alegría: el profeta le dice a Sión -a la Iglesia Católica- que se “alegre”: “Verás esto (la Luz Eterna, el Niño Dios) y te pondrás radiante de alegría, vibrará tu corazón y se henchirá de gozo” y esto porque así como la luz trinitaria es inseparable de la naturaleza divina trinitaria, también lo es la alegría, porque “Dios (Trino) es Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes. El Nacimiento del Niño representa, por lo tanto, no solo el fin de las tinieblas vivientes, sino el inicio de una nueva vida, la vida de la gracia, por la cual el hombre participa de la luz y de la alegría de la Trinidad. Esta es la razón de la alegría y del festejo espiritual, interior, íntimo, de la Esposa del Cordero, la Nueva Sión, la Santa Iglesia Católica.

miércoles, 31 de marzo de 2021

Santa Misa de la Vigilia Pascual

 



(Ciclo B – 2021)

          “Alegraos” (Mt 28, 1-10). La primera palabra pronunciada por Jesús resucitado invita al alma a la alegría: “Alegraos”, les dice a las santas mujeres de Jerusalén. Ellas habían ido acongojadas, apenadas, entristecidas, porque en sus ojos, en su memoria, en sus mentes y en sus corazones estaban todavía vivas y frescas las escenas dolorosas y penosas del Viernes Santo; no solo todavía recordaban el dolor y la tristeza de ver a Jesús flagelado, crucificado y muerto en la cruz, sino que ese dolor y esa tristeza era lo único que ellas podían experimentar. El dolor y el llanto por la muerte de Jesús en el Viernes Santo, más las penas y las lágrimas del luto y del duelo del Sábado Santo, embargaba sus mentes y sus corazones, al punto tal que no podían experimentar otra cosa que tristeza, dolor y amargura.

         Pero cuando Jesús, resucitado y glorioso, se les aparece en las primeras horas del Domingo de Resurrección, les da una orden, que se alegren: “Alegraos”. En un instante, ante la orden de Jesús y ante la contemplación de su figura gloriosa y resucitada, resplandeciente con la luz divina, el dolor y la tristeza, el llanto y la amargura del Viernes Santo y del Sábado Santo desaparecen, para dar paso a una alegría desbordante. Las santas mujeres, sin siquiera saber lo que les sucede, obedecen a Jesús ante su orden: “Alegraos”. Jesús les manda alegrarse y ellas obedecen, pero no se trata de una alegría fingida, ni forzada; no se trata de una alegría que se origine en las realidades de este mundo. Precisamente, porque es una alegría que no se origina en este mundo, es que ellas se alegran. Este mundo solo presentaba para ellas dolor, tristeza y llanto; ahora, ante la vista de Jesús resucitado, experimentan algo desconocido, una alegría desconocida. ¿De qué alegría se trata? Se trata de una alegría celestial, sobrenatural, divina, originada en Dios Uno y Trino, quien es la Alegría Increada en Sí misma y la causa de toda alegría santa, participada por las creaturas, sean hombres o ángeles. Santa Teresa de los Andes dice que “Dios es Alegría infinita” y es así, porque como dijimos, Él es la Alegría Increada. ¿Qué alegría provoca Jesús? Jesús nos concede su misma alegría, la alegría que reina en su Sagrado Corazón, que es la Alegría de Dios, que es Dios, que es Alegría en Sí misma. La alegría que produce al alma ver a Jesús resucitado se debe a diferentes causas: es la alegría de saber que Jesús, al resucitar, venció para siempre a nuestros tres grandes enemigos, los enemigos mortales de la humanidad: el Demonio, el Pecado y la Muerte; es la alegría de saber que esos tres grandes enemigos, al ser vencidos por Jesús, ya no tienen poder sobre nosotros: por la gracia de Jesús, el Demonio huye del alma que está en gracia; por la gracia de Jesús, el alma que está en gracia no cae si es fiel a la gracia; por la gracia de Jesús, la muerte se convierte en un mero umbral que conduce al Reino de los cielos, porque quien muere en gracia pasa, a través de la muerte, a ser glorificado en los cielos. La alegría que produce Jesús es la alegría de saber que aunque somos pecadores y débiles, nos asiste su gracia, para que no caigamos en la tentación y así acrecentemos cada vez más la gracia, que luego se convertirá en gloria. La alegría que produce Jesús es la alegría de saber que, aunque la muerte nos separe de nuestros seres queridos, somos hechos partícipes, por la gracia, de su Resurrección y sí, aunque hayan muerto nuestros seres queridos y aunque nosotros mismos hayamos de morir, nos queda la firme esperanza de que por su gracia y su misericordia nos reencontraremos, para ya nunca más separarnos, en la felicidad eterna del Reino de los cielos. La alegría que produce Jesús es saber que, aunque el Demonio causa terror y espanto en las almas, ya no tiene poder sobre la humanidad que está en gracia y que ante un alma en gracia, huye como un animal aterrorizado. La alegría que produce Jesús es la de saber que esta vida terrena, que es un “valle de lágrimas”, que está llena de tribulaciones, de dolores, de enfermedad y de muerte, dará paso a la gloria eterna del Reino de los cielos, cuyas puertas han sido abiertas para nosotros gracias a la Sangre del Cordero derramada en la Santa Cruz del Calvario el Viernes Santo.

         Por último, la alegría que produce Jesús es la de saber que, aunque aun vivimos en este valle de lágrimas y tribulaciones, tenemos el consuelo de su Presencia Sacramental, en la Sagrada Eucaristía, en donde Jesús está vivo, glorioso y resucitado, esperándonos en el Sagrario para comunicarnos de su misma Alegría, para darnos la alegría de saber que “estos hierros y estos dolores”, como grafica Santa Teresa de Ávila a esta vida y a este cuerpo terrenos, serán sublimados un día en un cuerpo y un alma glorificados, si perseveramos en gracia y si morimos en gracia.

         “Alegraos”, les dice Jesús a las Santas Mujeres de Jerusalén; “Alegraos”, nos dice Jesús desde la Eucaristía a nosotros, el Nuevo Pueblo Elegido, que peregrina por el desierto de la historia y de la vida humana hacia la Jerusalén celestial. Jesús viene a nuestro encuentro en la Eucaristía, vayamos nosotros a buscarlo en el Sagrario, en la Eucaristía, para recibir de Él la Alegría divina, eterna, sobrenatural, celestial, de su Sagrado Corazón Eucarístico, para luego transmitir esta alegría a nuestros hermanos, diciéndoles: “¡Alegrémonos! ¡Jesús ha resucitado, está vivo y glorioso en la Eucaristía, y nos espera en el Sagrario para darnos la Alegría de su Sagrado Corazón Eucarístico!”.

 

martes, 29 de marzo de 2016

Lunes de la Octava de Pascua


“Alegraos” (Mt 28, 8-15). La primera palabra que Jesús resucitado dice a las santas mujeres de Jerusalén contiene, ante todo, un mandamiento: “Alegraos”. Puesto que lo que dice a las santas mujeres lo dice a toda la Iglesia, lo que Jesús nos manda, positivamente, es a alegrarnos: “Alegraos”. Ahora bien, ¿de qué alegría se  trata? ¿Es una alegría que nace de nosotros mismos? ¿Es la alegría del mundo? ¿O se trata, por el contrario, de una alegría desconocida para el hombre? La respuesta se encamina más bien hacia la tercera posibilidad, puesto que la alegría que manda Jesús no es la mera alegría que nace del corazón del hombre; no es una alegría basada en la naturaleza humana; no es una alegría que se pueda impostar; no es una alegría meramente humana, basada en aquello que la mente y la razón humanas pueden descubrir con sus elucubraciones. Es decir, no se trata de una alegría que pueda nacer del corazón humano; no es una alegría que pueda ser producida por las fuerzas de la naturaleza humana. Mucho menos se trata de una alegría mundana, la alegría que surge de las cosas del mundo, tomado este en sentido del espíritu que es opuesto a Dios, es decir, de todo aquello que es malo, como la concupiscencia de la vida o las tentaciones consentidas. Se trata, como afirmábamos anteriormente, de una alegría desconocida para el hombre, porque es la alegría de la Resurrección, y esa alegría viene no solo por el hecho en sí mismo de la Resurrección, sino porque Jesús resucitado comunica al alma, con la gracia, la participación a su vida divina y al hacerlo, le comunica de su misma alegría, una alegría que brota del Ser divino trinitario como de su fuente inagotable, puesto que “Dios es Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes. Entonces, el mandato de Jesús –“Alegraos”- no consiste en una alegría impostada, superficial, originada ni en el alma y sus potencias y ni mucho menos en el mundo, sino que se trata de una alegría que es la alegría misma de Dios; el “Alegraos” de Jesús, es entonces consecuencia de la Presencia de Dios Trino en el alma por la gracia, y puesto que Dios es en sí mismo “Alegría infinita”, eterna, celestial, la alegría que nos comunica Jesús resucitado es al mismo tiempo la alegría que experimentan los ángeles y santos en el cielo.

“Alegraos”, nos dice Jesús resucitado, al tiempo que nos comunica el don de la Alegría de la Resurrección y la Alegría que es Él en sí mismo y esta alegría, que brota de su Ser divino trinitario, la que el alma comienza a experimentar y a vivir, ya en el tiempo, como un anticipo de la Alegría que vivirá en la eternidad, en el Reino de los cielos.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Octava de Navidad 6 2013




         Unos de los personajes que intervienen en la Nochebuena son los ángeles de luz. No podían estar ausentes, porque los ángeles siguen a su Rey adonde Él va, y así como ellos adoran a su Rey en los cielos, lo adoran ahora que ha nacido en el tiempo, en el Portal de Belén. Los ángeles de Dios, que en el cielo exaltan de gozo por la contemplación del Cordero, acompañan al Niño que ha nacido en el Pesebre de Belén y no les importa que la tierra no sea el cielo, porque lo que hace que algo sea más hermoso que el cielo, es la Presencia de su Rey, y el Rey de los ángeles está ahora aquí, en el suelo, como antes estaba en el cielo, y es por eso que los ángeles se alegran ante su Presencia en el Portal de Belén, como antes se alegraban ante su Presencia en los cielos eternos.
Los ángeles anuncian a los pastores el Nacimiento de su Rey, el Rey de los cielos, que ha venido a las tinieblas de la tierra como Niño recién nacido, sin dejar de ser Dios. El mensaje que los ángeles transmiten a los pastores es un mensaje de gran gozo, de gozo indescriptible, de una alegría serena, radiante, inabarcable, desconocida para los hombres, imposible de ser contenida, y como no puede ser contenida en los cielos, la Alegría que es Dios Hijo nacido como Niño, es comunicada por los ángeles como un mensaje desbordante de amor y de paz: “Os anuncio una gran alegría: os ha nacido un salvador”. La alegría que comunican los ángeles a los pastores para Navidad es la alegría de saber que los hombres tienen, a partir de ahora, un Salvador, que ha venido a este mundo como un Niño pequeñísimo, pero es ante todo la Alegría de saber que este Niño, que ha venido a salvar a los hombres, es Él en sí mismo la Alegría divina, una alegría celestial, sobrenatural, que brota del Ser mismo trinitario de ese Niño que es Dios en Persona. Los ángeles comunican entonces una doble alegría a los pastores y a la humanidad entera: la alegría de saber que a los hombres les ha nacido un Salvador, y la alegría de saber que ese Salvador es Dios Hijo en Persona, que es la Alegría misma, porque Dios “es Alegría infinita”, como dicen los santos.
Y como consecuencia del Nacimiento del Hijo de Dios en la tierra, el Nombre Santo de Dios es glorificado ahora en la tierra, de un modo nuevo, porque a partir de la Encarnación y Nacimiento de Dios Hijo, la gloria de Dios, que permanecía oculta para los hombres pero visible para los ángeles porque estaba en el cielo, es ahora visible para los hombres, como lo es en los cielos para los ángeles, porque esa gloria divina se manifiesta a los ojos de quien contempla al Niño de Belén y proporciona paz al alma de quien lo contempla: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.


Es importante reflexionar acerca del anuncio de los ángeles a los pastores en Belén, anuncio en el que a los hombres se les avisa que la gloria de Dios es visible en la naturaleza humana de un Niño recién nacido, porque es el mismo anuncio que hace la Iglesia por medio de la Santa Misa: la gloria de Dios se hace visible, a los ojos de la fe, en la apariencia de pan y vino, la Eucaristía. Y así como la contemplación del Niño de Belén provoca gozo y alegría en el alma, porque se trata de la contemplación del Amor Divino encarnado, así la comunión sacramental eucarística inunda al alma de gozo y alegría, porque el Divino Amor, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, se dona sin reservas al alma que comulga con fe y con amor.
Pero además de los ángeles de luz, también los ángeles de la oscuridad están presentes en el Nacimiento, pero rechinando sus dientes de terror y desesperación, porque su definitiva derrota, la derrota de las Puertas del Infierno, han comenzado con el Nacimiento del Niño de Belén, quien los vencerá de una vez y para siempre en el Santo Sacrificio de la Cruz.
“Os anuncio una gran alegría: os ha nacido un Salvador, y la señal es un Niño recién nacido, envuelto en pañales en el Portal de Belén”, dicen los ángeles a los pastores, y la Iglesia, parafraseando a los ángeles, nos dice: “Os anuncio una gran alegría; el Salvador continúa su Encarnación y Nacimiento por la liturgia de la Iglesia, y la señal es el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía, su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad y su Amor, Presentes en el Nuevo Portal de Belén, el altar eucarístico”.