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viernes, 20 de marzo de 2015

“Nadie puso las manos sobre Él, porque no había llegado su hora”


“Nadie puso las manos sobre Él, porque no había llegado su hora” (Jn 7, 1-2.10.25-30). Los fariseos quieren detener y matar a Jesús; no lo hacen porque temen a la gente, puesto que Jesús es muy conocido a causa de la autoridad de su enseñanza y sus milagros, y porque “no ha llegado todavía su hora”. En este hecho podemos ver dos aspectos: primero, que la intención de los judíos de detener y matar a Jesús es absolutamente irracional, puesto que el motivo es “porque se hacía igual a Dios”, es decir, porque Jesús sostenía que Él era el Hijo de Dios, de igual poder y majestad que su Padre Dios, lo cual, para los judíos, sonaba a herejía, porque los fariseos solo creían en un solo Dios y no se daban cuenta de que Jesús no solo les revelaba que en Dios había Tres Personas distintas, sino que Él era una de ellas. Y Jesús había dado suficientes pruebas de que lo que decía era verdad, es decir, de que Él era Dios, porque hacía milagros que sólo Dios puede hacer –resucitar muertos, expulsar demonios, multiplicar panes y peces, dar la vista a los ciegos, etc.-, y sin embargo, los fariseos se obstinaban en no creer en la divinidad y en la revelación de Jesús. Lo que sucede es que, detrás de la terquedad de los fariseos, se encuentra la acción del demonio, el Príncipe de este mundo, que es quien está interesado, en primer lugar, en matar a Jesús, porque el demonio se da cuenta de que Jesús tiene poder sobre Él y de que le arrebata las almas y los corazones que antiguamente él los tenía bajo su poder. El demonio se da cuenta de que Jesús, con su palabra, con su poder, con sus milagros, y con su Amor, principalmente, conquista a las almas para el Reino de Dios y se las arrebata de sus garras, y es por eso que se enfurece contra Jesús y desencadena una feroz persecución contra Él, precedida por toda clase de mentiras y calumnias.
El segundo aspecto a tener en cuenta en este Evangelio, es que, si no detienen a Jesús, es porque “no ha llegado su hora”, es decir, no ha llegado la hora establecida por el Padre, para que Jesús dé el supremo testimonio de Amor por Él y por los hombres, ofrendando su vida en la cruz, para la salvación de los hombres. Paradójicamente, la “hora” de Jesús, es decir, el momento en el que Él ofrendará su Cuerpo y derramará su Sangre en la cruz como supremo testimonio de Amor por Dios y por los hombres, para expiar los pecados de la humanidad y así salvar las almas de la eterna condenación, coincidirá con la “hora de las tinieblas” (Lc 22, 53), como Él mismo define, al espacio temporal asignado por la Divina Providencia a las fuerzas del mal, para que lleven a cabo su plan de apresarlo, juzgarlo inicuamente y condenarlo a muerte.

“Nadie puso las manos sobre Él, porque no había llegado su hora”. La hora de Jesús es la hora de su entrega en la Pasión, en manos de los hombres, para ser crucificado por nuestra salvación; esa hora se renueva y actualiza en el Santo Sacrificio del altar, en la Santa Misa. En la hora de su entrega en la cruz, Jesús nos da su Amor, la totalidad del Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico; hagamos lo mismo nosotros, según dice el refrán: “amor con amor se paga”, y demos a Jesús, que renueva su sacrificio en cruz por nosotros en el altar, para darnos su amor, todo el amor del que sean capaces nuestros pobres corazones.

jueves, 9 de mayo de 2013

“Me voy y estarán tristes, pero volveré y se alegrarán”



“Me voy y estarán tristes, pero volveré y se alegrarán” (Jn 16, 20-23). El anuncio, durante la Última Cena, de su Pasión y Muerte, entristece a los discípulos de Jesús. Jesús se percata de la situación y por eso los tranquiliza diciéndoles que esa tristeza que ahora sienten, se les convertirá en gozo. A la inversa, mientras los discípulos se entristecerán y llorarán por la muerte de Jesús, el mundo y su Príncipe, el rey de las tinieblas, se alegrarán y gozarán, porque habrán logrado su máximo triunfo, dar muerte al Hombre-Dios.
La hora de la alegría del mundo es la “hora de las tinieblas” (cfr. Lc 22, 53), hora en la que los enemigos de Dios y de los hombres pensarán haber triunfado para siempre. Pero este triunfo de las tinieblas es sólo aparente, y no durará mucho tiempo: Jesús dice que durará “un poco tiempo” y luego de pasado ese “poco de tiempo”, los discípulos “lo verán” y “se alegrarán”. Ese “poco de tiempo” representa, para el cristiano, esta vida terrena, porque en esta vida terrena –con raras excepciones- no se ve a Jesús sensiblemente, con los ojos del cuerpo. Esta “ausencia de visión” de Jesús provoca tristeza a los cristianos, a lo que se suma el hecho de que, hasta el triunfo definitivo en el Último Día, el mundo vive en la “hora de las tinieblas”, y por eso el cristiano, al igual que los discípulos en la Última Cena, se entristece por la ausencia de Jesús.
Sin embargo, el cristiano no vive en la tristeza ni está sometido al poder de las tinieblas, aunque esta sea “su hora”. El cristiano “ve” a Jesús con los ojos de la Fe en la Eucaristía, y esta visión de Cristo glorioso y resucitado ilumina sus días y le concede alegría, una alegría que se origina en el Amor de Jesús, Amor que es “más fuerte que la muerte” (Cant 8, 6) y que por ser más fuerte que la muerte, la ha destruido para siempre con la Resurrección. De esta manera el cristiano, que ve por la Fe a Jesús resucitado y glorioso en la Eucaristía, obtiene de la Eucaristía la fuente inagotable de paz, amor y alegría, en medio de las tribulaciones y persecuciones del mundo, paz, amor y alegría que “nadie podrá quitar”.
La adoración eucarística y la comunión sacramental conceden al cristiano el Amor y la alegría de Cristo Jesús, que le permite superar ampliamente las tristezas que ocasionan las tinieblas del mundo presente, al tiempo que le anticipan la felicidad que habrá de durar para siempre, por toda la eternidad, en el Reino de los cielos.

jueves, 28 de marzo de 2013

Viernes Santo



(Ciclo C – 2013)
         El Viernes Santo representa la culminación –con éxito aparente- de los planes trazados por los judíos y los romanos para detener, enjuiciar, condenar a muerte y asesinar a Cristo, porque es apresado y, luego de un juicio inicuo, condenado a muerte y crucificado.
         El Viernes Santo representa el momento del –al menos en apariencia- triunfo del infierno sobre Dios, porque la instigación demoníaca a los hombres alcanza su objetivo final, la crucifixión y muerte del Hombre-Dios Jesucristo.
         El Viernes Santo representa el momento de la máxima debilidad de la Iglesia de Jesús, porque habiendo nacido en la Última Cena con la institución de la Eucaristía y el sacerdocio ministerial, a pocas horas de su fundación, ve con pena y dolor que su Fundador ha muerto crucificado, y la gran mayoría de sus miembros se han dispersado y huido, o bien se encuentran paralizados por el miedo.
         El Viernes Santo representa el momento más trágico, funesto y desgraciado para toda la humanidad, porque ha muerto Jesús de Nazareth, el profeta “poderoso en obras”, que había dicho de sí mismo que era “luz del mundo”, “Camino, Verdad y Vida”, “Puerta de las ovejas”, “Pan de Vida eterna”, y si Él ha muerto, entonces los hombres ven cerrada la puerta al cielo, se quedan sin el Pan de Vida eterna, no pueden transitar por el camino que conduce al cielo, ni conocer la Verdad de Dios, ni recibir la Vida divina, y si Jesús es luz del mundo y Jesús ha muerto, entonces todo el mundo está en tinieblas y no sólo por las tinieblas cósmicas, las que sobrevinieron al mundo por el eclipse solar ocurrido luego de la muerte de Jesús, sino ante todo, el mundo está envuelto en las tinieblas del error, de la ignorancia, de la mentira, del pecado y de la muerte, y las tinieblas del infierno, siniestras tinieblas vivas que parecen haber obtenido su triunfo más resonante.
         El Viernes Santo representa el momento del máximo dolor para la Madre de Dios, la Virgen María, porque Ella ve morir en la Cruz al Hijo de su Amor, y con Él le parece que se le va su misma vida; en el Viernes Santo, el dolor que estruja su Corazón Inmaculado es tanto y tan intenso, que a la Virgen le parece experimentar la muerte, estando aún viva.
Para la Virgen no hay día más negro y triste que éste, el Viernes Santo, ni hay dolor más grande, porque es el Dolor más grande de todos los dolores, es el Dolor de los dolores, el Dolor en el que están contenidos todos los dolores, porque es el dolor de ver a su Hijo muerto en la Cruz.
Para la Iglesia naciente y para la humanidad toda, el Viernes Santo es el día de luto, de duelo, de tristeza, de amargura, de llanto, de pena, de aflicción, de abundantes lágrimas, de dolor, de desconsuelo, porque el Rey pacífico, el Redentor, el Salvador de los hombres, el Mesías, ha muerto en la Cruz, y por eso, para la Iglesia y para la humanidad, se le aplica este pasaje del libro de las Lamentaciones: “Jerusalén, levántate y despójate de tus vestidos de gloria; vístete de luto y de aflicción. Porque en ti ha sido ajusticiado el Salvador de Israel. Derrama torrentes de lágrimas, de día y de noche; que no descansen tus ojos” (2, 18).
Para los sacerdotes ministeriales, para los fieles laicos, y para la Iglesia toda, el Viernes Santo es un día de derrota, porque la muerte de Cristo en la Cruz significa el triunfo de las tinieblas; es el Día de los dolores, es el Día de la máxima tristeza; es el Día del lamento; es el Día de la pena y del llanto, porque el Sumo Sacerdote, el Pastor Eterno, el Pastor de las ovejas, Cristo Jesús, ha muerto crucificado, y debido a que su muerte ha sido causada, de parte de los hombres, por el pecado, y de parte del ángel caído, por su odio angélico, la muerte de Jesús significa el triunfo –al menos aparente- del pecado sobre la gracia y del odio del Príncipe de las tinieblas sobre el Amor de Dios Trino, y así no parece haber ninguna posibilidad de salvación para los hombres.
La Iglesia quiere significar exteriormente, por signos litúrgicos, la inmensidad de la tristeza de este día, y la tragedia que para Ella significa, y lo hace ocultando con velos morados, símbolo de penitencia, las imágenes sagradas, para significar que el pecado, nacido del corazón del hombre, posee una fuerza destructora enorme, capaz de romper la comunión del hombre con Dios; el otro elemento con el cual la Iglesia expresa su dolor y luto, es la suspensión del Santo Sacrificio del altar: el Viernes Santo es el único día en el que no se celebra la Santa Misa, renovación sacramental del Sacrificio de la Cruz, en señal del triunfo de las tinieblas del infierno que han logrado, en complicidad con la malicia del corazón humano, dar muerte al Redentor. La postración que hace el sacerdote ministerial, delante del altar vacío, y el hecho de no celebrar la Santa Misa, son expresiones litúrgicas de la participación real, por el misterio de la liturgia, al Viernes Santo de hace dos mil años, en el que moría Cristo en la Cruz.
El sacerdote ministerial se echa por tierra en señal de luto y dolor por la muerte del Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo, porque Él es el fundamento del sacerdocio ministerial, y si Él ha muerto, entonces el sacerdocio y los sacerdotes han sido derrotados y eso se significa con la postración.
Suspensión de la celebración del Santo Sacrificio del altar, sacerdocio ministerial postrado en tierra, imágenes ocultas, todo expresa el profundo abatimiento causado por el dolor y consternación de la Iglesia por la muerte de Jesús en el Viernes Santo, Día de la muerte del Autor de la vida y Vida Increada misma, Cristo Jesús.
Si para la Iglesia y sus hijos el Viernes Santo es Día de luto y de dolor, para el mundo, por el contrario, es día de jolgorio, de solaz y de risas, porque es el día del aparente triunfo de su príncipe, el Príncipe de las tinieblas, y por eso es que el mundo convierte a la Semana Santa en semana de vacaciones y de turismo.  
Pero en medio de tantos dolores, en medio de tanta desolación, hay un signo de esperanza, que anuncia el triunfo venidero, así como la Estrella de la mañana anuncia el fin de la noche y la llegada del sol y del nuevo día, y ese signo de esperanza es María Santísima al pie de la Cruz.
Cristo, su Hijo, el Redentor, ha muerto, pero Ella, la Co-Redentora, sigue viva, y habrá de ser, según la Tradición, la Primera a la cual se le aparecerá Jesús resucitado; la Virgen será la Primera en ser testigo del triunfo victorioso de su Hijo Jesús sobre la muerte, el infierno y el pecado, y Ella lo sabe, y por eso, en su dolor inmenso, no hay ni la más mínima sombra de desesperación, sino serenidad, fe, confianza, y alegría, alegría que será desbordante el Domingo de Resurrección.
Pero hoy, Viernes Santo, la Virgen de los Dolores llora en silencio, con su Inmaculado Corazón estrujado por el dolor agudísimo, más intenso que siete espadas de doble filo, el dolor causado por la muerte del Hijo de su Amor.

martes, 26 de marzo de 2013

Miércoles Santo



(Ciclo C – 2013)
         “Voy a celebrar la Pascua en tu casa” (Mt 26, 14-25). Los discípulos preguntan a Jesús acerca del lugar en donde celebrarán la Pascua; Jesús responde diciéndoles que “vayan a la ciudad, a la casa de tal persona”, y que le den el siguiente mensaje: “El Señor dice: Se acerca mi hora; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”. La respuesta al pedido es positiva, porque inmediatamente el evangelista da cuenta del éxito de la misión: “Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua”.
         ¿Quién es el enigmático dueño de la casa en donde se llevó a cabo el Cenáculo de la Última Cena? Aunque no existen datos en el Evangelio sobre esta persona, sí se sabe que se trataba de una persona real, de carne y hueso, que era el propietario de la casa del Cenáculo. Además, era un discípulo fiel a Jesús; era alguien que conocía y amaba a Jesús, y acerca del cual Jesús tenía una gran amistad y confianza, porque envía a los discípulos con el recado con total confianza. Jesús sabe que su amigo no se negará a prestarle la casa para celebrar la Pascua, a pesar de los múltiples peligros que supone alojar a Jesús, comenzando por los judíos, que han multiplicado sus amenazas de muerte, tanto a Jesús como a sus discípulos, como por ejemplo, a Lázaro. Los judíos habían amenazado con matar a Jesús y quien estuviera en su compañía, sería también considerado como objetivo de sus planes homicidas, pero Jesús sabe que su amigo no se arredrará ante el peligro, y que el amor que tiene por Él es más grande que el temor a los enemigos. Jesús confía en el dueño de casa, que es también discípulo suyo, porque sabe que basta con que le exprese el deseo de “celebrar la Pascua” en su casa para que esa persona le ceda inmediatamente el lugar para la Última Cena.
         Teniendo en cuenta que en el Evangelio el concepto de “casa” se traslada y aplica al de “alma”, “persona”, “cuerpo”, haciéndolo equivalente –“el cuerpo es templo del Espíritu”; “Estoy a la puerta y llamo, el que me abra cenaré con él y él conmigo”-, podemos decir que Jesús hace este mismo pedido a todo hombre: “Quiero celebrar la Pascua en tu alma, quiero celebrar la Pascua contigo, quiero compartir contigo la Última Cena”.
         Ahora bien, ¿qué quiere decir “celebrar la Pascua” con Jesús?
“Celebrar la Pascua” y la “Última Cena” con Jesús no es una experiencia, al menos humanamente hablando, que pueda decirse “alegre”, al menos no como se entiende entre los hombres, porque no se trata de una cena más entre amigos, en donde todo es risas y despreocupación.
         Jesús recuerda al discípulo, en el momento de pedirle la casa, que “se acerca mi hora”, es decir, la hora en la que se dará cumplimiento a las profecías mesiánicas como las de Isaías, en las que se retrata al “Siervo sufriente de Yahvéh” como “triturado” a causa de las iniquidades de los hombres; como “Varón de dolores”, como alguien que, a causa de la deformación en el rostro que le han provocado los golpes, ante su vista “se da vuelta el rostro”, por la compasión que despierta.
         “Celebrar la Pascua” con Jesús quiere decir ver en Persona al Hijo de Dios en un gesto de humildad jamás vista, que asombra a los ángeles de Dios, porque significa ver al mismo Dios Creador arrodillarse como si fuera un esclavo ante sus discípulos para lavarles los pies, haciendo una tarea propia de esclavos y sirvientes. Con este gesto, Jesús nos enseña la auto-humillación, la mansedumbre y la humildad, como virtudes a practicar para crecer en su imitación.
         “Celebrar la Pascua” con Jesús, es ser tratado por Él como “amigo”, y no como “siervo”, y esto porque nos dona su Espíritu, que nos comunica los admirables y misteriosos secretos acerca de Jesús y su sacrificio redentor, secretos que sólo conoce el Padre y que nos los hace participar, porque ya no nos considera siervos, sino amigos.
         “Celebrar la Pascua” con Jesús significa también recibir de Él el mandato de la caridad: “Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”, mandato y virtud, la de la caridad, el amor sobrenatural a Dios y al prójimo, que deben ser el sello distintivo de quien ama a Jesús.
         Pero “celebrar la Pascua” con Jesús quiere decir participar  también de su “Hora”, la hora de la Pasión, de la amargura, del dolor, de la traición, de la tristeza infinita del Sagrado Corazón, al ver que muchísimas almas se perderán irremediablemente porque no lo aceptarán como Salvador, haciendo vano su sacrificio en Cruz.
         “Celebrar la Pascua” con Jesús quiere decir ser testigos directos de la traición de uno a quien Jesús llama “amigo”, que cena con Él, pero que pacta con sus enemigos en la sombra y lo vende por treinta monedas de plata, Judas Iscariote.
         “Celebrar la Pascua” quiere decir ser testigos de la “hora de las tinieblas”, hora en la cual el Príncipe de las tinieblas y Padre de la mentira, el demonio, se infiltra en el corazón mismo de la Iglesia naciente, el Cenáculo de la Última Cena, logrando conquistar el alma y poseer el cuerpo de uno de sus sacerdotes, Judas Iscariote, para arrastrarlo consigo a lo más profundo del infierno, como medio de venganza contra Jesús.   
“Celebrar la Pascua” quiere decir ser también testigo de la tristeza que experimenta Jesús al ver la condenación de Judas, porque Jesús ama tanto a una persona sola como a toda la humanidad, y así su Sagrado Corazón se ve desgarrado por el dolor, al no ver correspondido su sacrificio en Cruz.
“Celebrar la Pascua” con Jesús quiere decir entonces beber del cáliz de sus amarguras y sentir sus mismas penas, y significa ser también partícipes de la redención del mundo, convirtiéndonos en co-rredentores junto a Jesús y María, porque por las penas y amarguras de la Pasión Jesús salvará a toda la humanidad, a todos aquellos que deseen ser salvados y lo acepten como Salvador.
“Voy a celebrar la Pascua en tu casa”. También a nosotros nos invita Jesús a celebrar la Pascua con Él: “Quiero celebrar la Pascua en tu corazón, quiero que tu corazón sea el Cenáculo de la Última Cena, para hacerte partícipe de mis tristezas y de mis agonías, para que luego participes de mi gloria y de mi alegría. Dame tu corazón y déjame entrar, para celebrar la Pascua contigo”.