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miércoles, 26 de abril de 2023

“Yo Soy el Pan de Vida”

 


“Yo Soy el Pan de Vida” (Jn 6, 44-51). Una interpretación no católica diría que Jesús hace esta afirmación en un sentido metafórico y no ontológico; sería algo así como que sus enseñanzas son como si fueran un pan que da vida a quien está hambriento, por ejemplo.

Sin embargo, esa no es una interpretación católica, puesto que Jesús no está hablando en sentido metafórico, sino real y ontológico. Esto quiere decir que cuando Jesús afirma que es “Pan de Vida”, lo es realmente y no metafórica o simbólicamente, lo cual se puede corroborar en lo que sucede en la Santa Misa. Es decir, cuando el sacerdote ministerial, que obra con el poder sacerdotal participado del Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo, pronuncia las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, convierte el pan material de la hostia hasta entonces sin consagrar, en el Cuerpo de Jesús, Cuerpo glorificado que queda oculto bajo la apariencia de pan, bajo las especies sacramentales. Entonces, luego de la consagración, es Jesús quien está en Persona en la Eucaristía, bajo apariencia de pan.

Por otra parte, estando así Jesús oculto en apariencia de pan, da vida, pero no una vida natural, en el sentido de que no se trata de una mera restauración de la vida natural, sino que da la vida eterna, la vida misma de la Trinidad, por cuanto Él es Dios, es el Verbo Eterno del Padre, la Persona Segunda de la Trinidad. Es por esta razón que quien comulga -en estado de gracia, con fe, con piedad y con amor- el Cuerpo de Cristo, que está real y substancialmente bajo la apariencia de pan en la Eucaristía, recibe de Él su Vida Divina, que es la Vida de la Trinidad, la Vida Divina del Ser divino trinitario.

Cuando comulguemos, entonces, debemos agradecer a Jesús porque en el Pan de Vida, la Eucaristía, nos da una vida verdaderamente nueva, una vida que antes de la Comunión no la teníamos, una vida que es la Vida Divina, la Vida Increada de Dios Uno y Trino. Es en este sentido, real y ontológico, en el que Jesús es “Pan de Vida Eterna”.

viernes, 16 de abril de 2021

“Yo soy el pan de vida”

 


“Yo soy el pan de vida” (Jn 6, 35-40). Si alguien escucha a Jesús con fe racionalista y no sobrenatural, puede estar pensando que Jesús habla de Sí mismo como “Pan de Vida” haciendo una metáfora, como si Él fuera un “pan” en el sentido de la mansedumbre que evoca el pan y como si la “vida” que Él da con sus enseñanzas, fueran el alimento para una vida nueva, en el sentido moral, puesto que Él predica una nueva religión, una nueva espiritualidad y por lo tanto una nueva moral. Sin embargo, escuchar las afirmaciones de Jesús respecto de Sí mismo como “Pan de Vida” con una fe racionalista, que quite todo elemento sobrenatural, es limitar el alcance de sus palabras al estrechísimo campo de lo que la razón humana puede entender.

Cuando Jesús dice de Sí mismo “Yo Soy el Pan de Vida”, está diciendo, por un lado, que es Dios, puesto que se adjudica el nombre propio de Dios, “Yo Soy”, nombre con el que los judíos conocían a Dios y por lo tanto, declara ser Él en Persona el Dios en el que los judíos creían y al cual adoraban. Por otra parte, cuando dice que es el “Pan de Vida”, con “Pan”, se está refiriendo a su Cuerpo y a su Sangre, como lo dejará establecido en la Última Cena y con “Vida”, hace referencia a la Vida eterna, a la vida absolutamente divina del Ser divino trinitario, porque también dice que quien coma de este Pan, “no morirá jamás”, “jamás tendrá hambre”, “jamás tendrá sed” y esto no puede referirse de modo alguno al pan material el cual, luego de ser ingerido y al cabo de poco tiempo, deja de saciar al cuerpo y el cuerpo vuelve a sentir hambre y sed.

“Yo soy el pan de vida”. Quien come pan terreno, material, el pan de mesa cotidiano, solo alimenta su cuerpo y al tiempo, vuelve a tener hambre y, pasados sus días en la tierra, muere indefectiblemente; quien se alimenta del Pan de Vida eterna, el Cuerpo y la Sangre de Jesús en la Eucaristía, alimenta su espíritu con la substancia divina del Ser divino trinitario y jamás vuelve a sentir hambre ni sed de Dios, porque estas quedan extracolmadas con el Cuerpo y la Sangre del Cordero; además, el que se alimenta de la Eucaristía, no morirá jamás, porque aunque muera a la vida terrena y temporal, al recibir en esta vida el germen de vida eterna en el Pan Eucarístico, será resucitado para la gloria por Jesús en el momento de pasar de esta vida a la otra.

 

jueves, 15 de abril de 2021

“Yo soy el pan de vida”


 

“Yo soy el pan de vida” (cfr. Jn 6, 30-35). Los judíos le preguntan a Jesús cuáles son las obras que Él hace, para que crean en Él y ponen, como ejemplo de obrar divino, el maná milagroso del desierto que les dio Moisés. Jesús les replica que no fue Moisés quien les dio el maná del desierto, sino su Padre del cielo; pero además les revela algo que no podrían ni siquiera imaginar: el Verdadero Pan del cielo, el Verdadero Maná bajado del cielo, no es el que les dio Moisés en el desierto, sino que es Él en Persona: “Yo Soy el Pan de vida”. Además de revelarles que Él es el Verdadero Maná bajado del cielo, enviado por el Padre, Jesús les revela qué es lo que contiene este Pan y qué es lo que da este Pan: la Vida eterna. Y para resaltar esta idea, les recuerda que quienes comieron el maná en tiempos de Moisés, murieron, pero a diferencia de ellos, quienes coman de este Pan de Vida eterna, que es Él en Persona, con su Ser divino trinitario y su substancia divina, tendrá aquello que tiene Él, que es la Vida divina, la Vida eterna de la Santísima Trinidad y por esto, quien coma de este Pan Eucarístico, “no tendrá hambre” de Dios, porque su hambre de Dios será extracolmada por este Pan celestial; quien coma de este Pan divino no tendrá más sed de Dios, porque su sed de Dios será apagada al beber la Sangre del Cordero, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sagrada Eucaristía.

“Yo soy el pan de vida”. Hasta tanto no recibimos el Pan de Vida eterna, la Sagrada Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Jesús, no tenemos vida eterna en nosotros. Sólo cuando recibimos, en estado de gracia, el Verdadero Maná del cielo, la Hostia consagrada, solo entonces tenemos vida eterna en nosotros y se sacian la sed de Dios y su Amor que nuestras almas poseen.

 

 


domingo, 20 de diciembre de 2020

Octava de Navidad 5

 



(Ciclo B – 2020)

         La escena del Pesebre de Belén es la escena de un nacimiento: se ve a una joven madre, primeriza; se ve al padre del niño; se ve al Niño recién nacido, acostado en una pobre cuna de madera. Podría decirse que se trata de la escena de un típico nacimiento de hace dos mil años, en un pueblito perdido de Palestina. Esto es a los ojos de la razón y a los ojos del cuerpo, pero la Fe Católica nos dice algo más profundo y misterioso. La Fe nos dice que es un Nacimiento, sí, pero un nacimiento del todo especial, porque es una nueva forma de nacer, desconocida en absoluto por los hombres. El Niño de Belén nace de la Virgen Madre, pero no nace como nacen todos los niños del mundo y no lo puede hacer, porque su Madre es Madre y Virgen y porque Él no es el hijo humano de un padre humano, sino que Él es el Hijo de Dios encarnado; es decir, es Dios Hijo, que nace y aparece como un niño humano, pero es Dios. Y puesto que es Dios, nace como Dios: los Padres de la Iglesia y los santos nos dicen que el Niño Dios nació así como un rayo de sol atraviesa el cristal: de la misma manera a como el rayo de sol deja intacto al cristal, antes, durante y después de atravesarlo, así el Hijo de Dios encarnado, Sol de justicia, al atravesar las paredes del abdomen superior de su Madre, que estaba de rodillas, dejó intacta su virginidad y por eso la Virgen es Virgen antes, durante y después del Nacimiento y seguirá siendo Virgen por toda la eternidad. El Nacimiento del Niño Dios, por lo tanto, fue milagroso y virginal y no podía ser de otra manera, porque Él es Dios Hijo y como tal, no podía nacer sino milagrosa y virginalmente y su Madre, al mismo tiempo, era Virgen y no podía dejar de ser Virgen, además de ser la Madre de Dios.

         Pero hay otro elemento en el Nacimiento que debemos considerar y es que este Nacimiento prodigioso, llevado a cabo en Belén hace dos mil años, se renueva y prolonga, misteriosamente, en cada Santa Misa: el mismo Espíritu Santo que lo condujo al seno virgen de María en Belén, Casa de Pan, para que se encarnara y naciera como Dios Hijo y así entregarse como Pan de Vida eterna en la Eucaristía, es el mismo Espíritu Santo que convierte, por las palabras de la consagración, al pan y al vino en el Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios, Presente en Persona en la Eucaristía, que así se entrega a Sí mismo como Pan de Vida eterna. Por esta razón, tanto la Encarnación como el Nacimiento se actualiza y prolongan, misteriosamente, en cada Santa Misa.

 

domingo, 26 de abril de 2020

“El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”




“El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo” (Jn 6, 44-51). Cuando Jesús afirma que Él dará “un pan que es su carne para la vida del mundo”, muchos de los que lo escuchan se escandalizan porque piensan que Jesús los está induciendo a una especie de canibalismo. Esto es porque interpretan a las palabras de Jesús de un modo racionalista y sin sentido sobrenatural; piensan que literalmente Jesús les está invitando a comer su cuerpo, su carne, para que las almas tengan vida. En realidad, las palabras de Jesús son verdaderas, en cuanto que el pan que Él da es “su carne” para la vida del mundo es verdaderamente así, solo que hay que interpretar estas palabras en su sentido sobrenatural, como habiendo ya pasado por su misterio salvífica de muerte y resurrección. Sólo así, interpretadas en este sentido, como habiendo Jesús pasado por su Pasión, Muerte y Resurrección, es que las palabras de Jesús adquieren su verdadero y sobrenatural sentido: “El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”. Sólo en este sentido, en el sentido sobrenatural de haber atravesado ya Jesús por su Pasión y Resurrección, es que cobran absoluto sentido sus palabras: el Pan que Él da, la Eucaristía, es su Carne, su Cuerpo glorioso y resucitado, en la Eucaristía, para que el alma que la consuma, reciba la vida eterna, la vida absolutamente sobrenatural de Dios Uno y Trino. Alimentémonos entonces de este Pan celestial, el manjar de los ángeles, un Pan que es Pan y que es al mismo tiempo la Carne del Cordero de Dios, Jesús Eucaristía, que concede la vida eterna a quien lo recibe con fe, con piedad, con devoción y con amor.

viernes, 24 de abril de 2020

“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”




“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás” (Jn 6, 35-40). Jesús afirma ser el “Pan de vida”, pero también afirma algo más, que parece contradictorio, o que al menos no parece cumplirse: quien acuda a Él, Pan de vida, “no tendrá hambre” y el que “cree en Él, no tendrá sed jamás”. Sin embargo, vemos en la realidad que al menos la segunda parte de lo que Jesús afirma, no se cumple, puesto que la enorme mayoría de fieles que son verdaderamente devotos de la Eucaristía, comulgan todos los días, creen en Jesús, acuden a Él, pero aun así, continúan experimentando hambre y continúa experimentando sed. En otras palabras, no se cumplirían las promesas de Jesús de que quien acuda y crea en Él, no experimentarán más ni hambre ni sed. Es verdad que hay santos o beatos -como Santa Catalina de Siena, Marta Robin, Alejandrina da Costa- que sólo se alimentaron de la Eucaristía, sin ingerir ni alimentos ni líquidos durante toda su vida y en quienes sí se cumplirían las palabras de Jesús, pero estos son escasísimos en relación a la totalidad de los fieles, quienes, aunque comulguen con fe, devoción, piedad y amor, vuelven a experimentar hambre y sed corporales.
“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”. Para entender en su verdadero sentido las palabras de Jesús, hay que considerar, por un lado, que Él las pronuncia en un contexto sobrenatural y puesto que se está refiriendo a la Eucaristía, que es el Pan de vida, la ausencia de hambre y de sed para quien reciba la Eucaristía se da en dos sentidos: en esta vida, no volverán a experimentar ni hambre ni sed de Dios Trino, porque la Eucaristía, que es el mismo Dios Hijo en Persona, los colmará de tal manera que no tendrán ya más ni hambre ni sed de Dios y esto se refiere a esta vida terrena; por otra parte, Jesús está hablando de la vida eterna en el Reino de los cielos, porque será allí en donde el hambre y la sed corporales desaparecerán como funciones fisiológicas del cuerpo humano, cuando la persona contemple a Dios por la eternidad. Entonces, en esta vida terrena, si bien continúan el hambre y la sed corporales, a pesar de comulgar la Eucaristía, se sacian el hambre y la sed de Dios que toda alma experimenta; a su vez, en la otra vida, cesarán el hambre y la sed corporales, pero el hambre y la sed espirituales serán colmados, por toda la eternidad, cuando el alma contemple a Dios Trino en la bienaventuranza. A esto se refiere Jesús cuando dice: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

miércoles, 18 de abril de 2018

“Yo Soy el Pan de Vida”




“Yo Soy el Pan de Vida” (cfr. Jn 6, 35-40). Jesús es Pan de Vida eterna porque a quien lo recibe en la Eucaristía, le concede la participación en la vida divina del Ser trinitario. A diferencia del pan terreno, el pan hecho con harina de trigo y agua, que da vida solo en un sentido figurado por cuanto evita la muerte por inanición y es para una vida puramente material, el Pan de Vida eterna que es Jesús en la Eucaristía, parece pan material pero no es pan material, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y alimenta, más que el cuerpo, el alma, con la substancia humana glorificada unida hipostáticamente a la divinidad del Verbo, más la substancia divina del Cordero de Dios. Es la razón por la cual quien se alimenta de este Pan ya no tiene más hambre y sed de Dios, porque el hambre y sed de Dios quedan sobreabundantemente saciadas.

“Yo Soy el Pan de Vida, el que viene a Mí jamás tendrá hambre”



“Yo Soy el Pan de Vida, el que viene a Mí jamás tendrá hambre” (Jn 6, 30-35). Le preguntan a Jesús qué signos hace para que crean en Él y le dan como ejemplo el pan del cielo, el maná, dado por Moisés al pueblo en el desierto. El maná es el signo de Moisés; ahora ellos quieren un signo de Jesús.
Pero Jesús sorprende con la afirmación de que no fue Moisés quien les dio “el verdadero pan de vida”, sino que es su Padre Dios quien da el verdadero pan y de vida porque es un pan venido del cielo y porque da Vida divina a quien lo consume. El pan que dio Moisés venía del cielo, sí, pero no era el verdadero, sino una figura del verdadero y único Pan de Vida dado por Dios Padre y es un Pan que, a diferencia del maná, concede la Vida eterna para el sustento del alma y no solamente del cuerpo, como lo era el maná recibido por los israelitas en el desierto. Entonces le piden: “Señor, danos siempre de ese pan”. Jesús les responde afirmando que Él, a quien están viendo, es el Verdadero Pan de Vida, el Verdadero Maná, el Pan bajado del cielo y que quien se alimente de este Pan, que su Cuerpo y su Sangre, “jamás tendrá hambre ni sed”: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”.
Jesús en la Eucaristía, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad, y todo el Amor de Dios contenido en su Sagrado Corazón Eucarístico, es el Verdadero y Único Pan de Vida, que concede la Vida divina del Ser divino trinitario a quien lo consume, saciando el hambre y la sed que de Dios tiene el alma desde el instante mismo en el que es creada. Sólo el Verdadero Pan de Vida, la Eucaristía, puede saciar la sed y hambre de Paz, Amor, Justicia, Misericordia, Alegría, que posee toda alma desde su creación.

miércoles, 13 de abril de 2016

“El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”


“El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed” (Jn 6, 35-40). Jesús se auto-revela como “Pan de Vida”, pero no en un sentido terrenal, ni tampoco en un sentido figurado: no es “Pan de Vida” en sentido terrenal, porque el pan terreno, material, da vida, sí, pero solo en el sentido de que, al nutrir el cuerpo, impide la muerte terrena y prolonga la vida, también terrena. Por el contrario, Jesús, en cuanto “Pan de Vida”, alimenta el alma con la substancia misma de Dios Trino y puesto que Dios es “su misma eternidad”, al nutrir al alma con la substancia divina, la hace partícipe de la eternidad divina y es por eso que Jesús en la Eucaristía es “Pan de Vida eterna”, que concede la vida eterna, la vida divina misma de Dios Uno y Trino. Jesús en la Eucaristía concede y hace partícipe al alma de la vida misma de Dios, lo cual significa que el Pan Eucarístico -Jesús en la Eucaristía- concede una vida nueva, una vida que no es la vida natural, humana, sino la vida celestial y divina de la misma Trinidad. Por esto, es que Jesús es “Pan de Vida” no en un sentido figurado, sino real, verdadero, porque comunica de la substancia divina de un modo real, no metafórico o simbólico: esto es lo que explica su afirmación: “El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”: “jamás tendrá hambre”, no porque luego de consumir la Eucaristía ya no experimente más el hambre corporal, sino porque el Pan Eucarístico, al nutrir realmente al alma con la substancia divina del Divino Amor, calma y satisface sobreabundantemente el hambre de Dios que tiene toda alma desde el momento en que es concebida; “jamás tendrá sed”, a su vez, no significa que el que comulga la Eucaristía no experimentará más la sed corporal, sino que el alma, al unirse al Sagrado Corazón Eucarístico por la comunión, bebe el contenido último del Corazón de Jesús, la Sangre gloriosa y resucitada del Cordero de Dios, y así su alma queda sobreabundantemente satisfecha en su sed de Amor Divino.

“El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”. Jesús Eucaristía no está en el sagrario para calmar el hambre y la sed corporales –aunque sí lo puede hacer, desde el momento en que han existido santos místicos que, durante años, se alimentaron solamente de la Eucaristía, como Marta Robin, Padre Pío, Luisa Piccarretta, Teresa Newman, María Julia Jahenny, sólo por citar unos ejemplos-, sino para satisfacer nuestra hambre de Dios y nuestra sed del Divino Amor.

viernes, 14 de agosto de 2015

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”



(Domingo XX - TO - Ciclo B – 2015)

                “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 51-59). Jesús se auto-revela como “verdadera comida y verdadera bebida”, comida y bebida que, a diferencia del alimento natural, da “vida eterna”: quien “coma de esta comida y beba de esta bebida, tendrá vida eterna”. La auto-revelación se completa manifestando que “esta comida y bebida” es “su Cuerpo que es Pan y Pan que da la vida al mundo”. Es decir, Jesús se revela como “Pan que da Vida eterna” y ese Pan es su Cuerpo y su Sangre: Él, con su “carne”, es decir, con su Cuerpo, es la “vida del mundo”, de las almas.
Sin embargo, los judíos no entienden las palabras de Jesús, porque no comprenden de qué manera Jesús pueda darles a comer su carne: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”. Lo han visto crecer, saben quiénes son sus padres, piensan de Jesús como uno más del pueblo, y ésa es la razón del escándalo de sus palabras: “¿Cómo puede éste, que ha nacido y vive entre nosotros, darnos a comer su carne y beber su sangre? ¿Cómo puede ser éste, que ha crecido entre nosotros, “Pan de Vida eterna”?”. La razón por la que los judíos se escandalizan, es porque piensan de un modo carnal y material: no pueden entender que Jesús está hablando de su Carne y de su Sangre glorificados, que ya han pasado el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección, y por eso mismo, están impregnados o embebidos, si se puede decir así, de la gloria de Dios. Cuando Jesús dice que “su carne es verdadera comida” y su sangre es “verdadera bebida”, está hablando sí, de su Cuerpo, pero una vez glorificado, luego de la Pasión, Muerte y Resurrección. Y puesto que Él con su Cuerpo glorificado se hace Presente por medio del misterio de la liturgia eucarística, en la Santa Misa, Jesús está hablando, en realidad, de la Santa Misa y de la Eucaristía, porque es la Santa Misa en donde los cristianos comemos su Carne, la Carne del Cordero, asada en el Fuego del Espíritu Santo, en la Eucaristía, y bebemos su Sangre, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, que es el Cáliz de la salvación, el Cáliz del altar eucarístico.
“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Cuando Jesús hace esta revelación, los judíos no entienden de qué habla Jesús y se escandalizan, porque piensan que deben comer su carne y beber su sangre así como lo ven, antes de la Resurrección y glorificación de su Cuerpo. Piensan que Jesús les dará de comer su Cuerpo y de beber su Sangre, sin haber pasado por el misterio pascual de Muerte y Resurrección y, por lo tanto, glorificación de su Humanidad Santísima y ésa es la razón por la cual se escandalizan de sus palabras. Los judíos se escandalizan, pero no hay lugar para el escándalo, porque Jesús está hablando de la Santa Misa, de la Eucaristía, el Banquete celestial que Dios Padre nos sirve a nosotros, los comensales encontrados “a la vera de los caminos” (cfr. Mt 22, 1-14) e invitados a la Mesa celestial, porque es en la Santa Misa en donde verdaderamente comemos la Carne del Cordero de Dios y bebemos su Sangre, porque su Carne y su Sangre glorificados, están en la Eucaristía, en donde Él se encuentra en Persona, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
“El Pan que Yo daré es Mi Carne para la salvación del mundo (…) el que coma de este Pan, tiene Vida eterna”. Por supuesto que Jesús habla de quien está en gracia, pero precisamente, quien consume la Eucaristía en estado de gracia, tiene en sí la salvación de Dios y tiene en sí la vida de Dios: “Este Pan es mi Carne para la salvación del mundo (…) el que coma de este Pan, tiene vida eterna”. Quien se alimenta de la Eucaristía recibe un doble beneficio de parte de Dios: salvación y vida. Ahora bien, la salvación de la que habla Jesús, no es temporal, terrena, histórica o material, sino celestial y sobrenatural: no se trata de una salvación temporal -aunque puede hacerlo–porque Jesús no ha venido a salvarnos de la crisis económica, ni de la angustia existencial, ni de nuestras enfermedades, sino de los tres enemigos mortales del alma: el demonio, el mundo y el pecado. En cuanto a la “vida” que recibe quien se alimenta de la Eucaristía, no es una vida tal como la conocemos, la vida nuestra creatural, limitada, finita, que finaliza en el tiempo y cuyo fin biológico natural es la muerte: la “vida” de la que habla Jesús, que es la que reciben quienes se alimentan de “su Cuerpo y su Sangre” glorificados, la Eucaristía, es una vida desconocida para el hombre, porque es la vida misma de Dios Uno y Trino, la Vida eterna, la vida divina que fluye del Acto de Ser trinitario divino.
Quien se alimenta espiritualmente de la Eucaristía y sólo de la Eucaristía –sin contaminar su fe con elementos extraños a la Fe de la Iglesia-, adquiere y posee entonces en sí mismo la salvación de Dios, al tiempo que su alma se alimenta con la substancia misma de Dios, quedando plena su alma de la gracia divina, gracia que brota del Sagrado Corazón Eucarístico como de una fuente inagotable. Esto es lo que Jesús quiere decir cuando afirma: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.
Ahora bien, si esto es cierto, como lo es, lo contrario también es cierto: quien rehúsa alimentarse de la Eucaristía, ni tiene la salvación ni el alimento que proporciona la Eucaristía, por lo que se ve librado a su suerte –por propia decisión- frente a los tres grandes enemigos del alma: el demonio, el pecado y el mundo y además muere de hambre espiritual. 
Es decir, quien rehúsa el alimento eucarístico, no está a salvo de lo que salva la Eucaristía y tampoco tiene la vida eterna que concede la Eucaristía. Al carecer del alimento divino, su alma languidece hasta morir de hambre espiritual, porque nada que no sea la Eucaristía, Pan de Vida eterna y Carne del Cordero de Dios, puede satisfacer el hambre espiritual de Dios, que Es en sí mismo luz, paz, amor y alegría, y que sólo la Eucaristía puede conceder. Quien se priva de la Eucaristía, se priva de la vida de Dios y su alma agoniza hasta literalmente morir, del mismo modo a como el cuerpo languidece y agoniza hasta morir, cuando se ve privado del alimento y del agua.
“Mi carne es verdadera comida y sangre es verdadera bebida”. El Cuerpo y la Sangre de Jesús, su Alma y su Divinidad, en la Eucaristía, sacian al alma con el alimento celestial, alimento que contiene la substancia de Dios y con la substancia de Dios, el alma recibe su Amor, su Luz, su Paz, su Alegría, su Fortaleza, su Sabiduría. Ésta es la razón por la cual la Iglesia llama “dichosos”[1] a quienes encuentran este alimento celestial y se nutren sólo de Él –en estado de gracia-, y esto lo dice la Iglesia, cuando desde el altar eucarístico, luego de la consagración y de la Transubstanciación, que convierte al pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, proclama la Nueva Bienaventuranza: “Dichosos los invitados a la Cena del Señor, dichosos los que se alimentan de la Carne del Cordero, embebida en el Amor de Dios, dichosos los que satisfacen su hambre espiritual con el Pan de Vida eterna, impregnado en el Fuego del Amor Divino, el Espíritu Santo, dichosos los que comen la Carne resucitada y beben la Sangre glorificada del Cordero, dichosos los que se alimentan de la Eucaristía”.




[1] Cfr. Misal Romano.

sábado, 8 de agosto de 2015

“Yo Soy el Pan de Vida (…) Yo Soy el Pan vivo bajado del cielo”



(Domingo XIX - TO - Ciclo B – 2015)

“Yo Soy el Pan de Vida (…) Yo Soy el Pan vivo bajado del cielo” (Jn 6, 35-51). Jesús se auto-revela nombrándose a sí mismo como “pan”, como “pan vivo” y que “da vida”. Sin embargo, los judíos no pueden entender de qué manera pueda Jesús ser “pan” y mucho menos “vivo y que dé vida”, y eso porque ven a Jesús con los ojos del cuerpo; no pueden "ver" espiritualmente el misterio pascual de Jesús, y por eso no entienden de qué manera pueda Jesús ser Pan Vivo y mucho menos bajado del cielo.
Para poder apreciar mejor las palabras de Jesús, es necesario tener en cuenta que Él habla de sí mismo como ya habiendo pasado por su misterio pascual de muerte y resurrección, porque es así como Jesús es Pan de Vida eterna y Pan Vivo bajado del cielo: con su Cuerpo glorificado en la Eucaristía.
El otro aspecto a tener en cuenta, es comparar al pan de la tierra, material, hecho de trigo y agua, con el Pan que es Jesús en la Eucaristía, y así nos daremos cuenta de qué manera Él da vida eterna.
Del pan de mesa, compuesto de harina de trigo, también se puede decir que da vida, pero solo en un sentido figurado, en cuanto que mantiene al cuerpo con vida debido a los nutrientes que le aporta, impidiéndole morir de inanición. Pero Jesús no es un pan material, sino celestial, sobrenatural, divino, “bajado del cielo”. A diferencia del pan terreno, que es inerte, sin vida, Jesús es un Pan Vivo porque está vivo con la vida eterna del Ser trinitario divino y es esta vida suya la que nos comunica en el Pan Eucarístico.
Quien coma de este Pan, dice Jesús, aunque muera vivirá, porque morirá a la vida terrena, pero vivirá en la eternidad, en el Reino de los cielos, con la vida eterna de Dios, porque el que come de este Pan tiene ya incoada la vida eterna. Quien coma de este Pan tiene ya en germen la vida eterna, vida que se manifestará en su plenitud en el Reino de los cielos.
Quien coma de este Pan, dice también Jesús, no tendrá más hambre ni sed, pero no tanto del cuerpo -aunque sí lo puede hacer, en el sentido de satisfacer el hambre y la sed corporales, desde el momento en que existieron santos y místicos que durante año sólo se alimentaron de la Eucaristía-, sino del alma, porque este Pan Vivo alimenta con la substancia misma de Dios, que contiene en sí toda delicia y todo lo que el alma necesita para su vida, y es por eso que este Pan, que es la Eucaristía, sacia el hambre y sed que de Dios tiene toda alma humana. 
En la Eucaristía Jesús sacia un apetito no corporal sino espiritual, porque comunica la Vida, el Amor, la Paz, la Alegría de Dios Uno y Trino y así el alma que se alimenta de la Eucaristía, no desea otra cosa que la Eucaristía, porque es el mismo Dios quien se brinda a su alma con todo su Ser divino y puesto que Dios es el Único que puede saciar la sed de amor y felicidad que tiene el alma, sólo quien coma de este Pan, que es la Eucaristía, queda saciado en el deseo de amor y felicidad que hay en su alma.
“Yo Soy el Pan de Vida (…) Yo Soy el Pan vivo bajado del cielo”. Jesús, en cuanto Pan de Vida, sacia un hambre y una sed que no son corporales, sino espirituales, porque Él es el Dios-Amor que toda alma desea amar desde el momento mismo en que es creada; Jesús en la Eucaristía es el Pan Vivo que concede la vida de Dios, vida que es luz, alegría, paz, amor, sabiduría; Jesús en la Eucaristía es Pan de Vida divina, que extra-colma al alma con la substancia divina, substancia para la cual ha sido creada el alma y sin la cual el alma muere, literalmente, de hambre y de sed. Esto es lo que explica el hecho de que el alma no quiere después alimentarse espiritualmente con ninguna otra cosa que no sea este Pan celestial: habiendo probado la substancia de Dios, plena de Amor, de Luz, de Paz y de Alegría divinas, cualquier otro alimento espiritual, que no sea la Eucaristía, le sabe al alma como probar cenizas, luego de haberse deleitado con un exquisito manjar.
“Yo Soy el Pan de Vida (…) Yo Soy el Pan vivo bajado del cielo”. Jesús se revela como el Pan Eucarístico, pero sus contemporáneos, sus compatriotas, aquellos que lo habían visto crecer en su pueblo, se muestran absolutamente incrédulos: "¿No es éste el hijo de carpinero, el hijo de María? ¿No conocemos acaso a sus hermanos? Si lo hemos visto crecer y sabemos quién es, ¿cómo puede decir que Él sea Pan de Vida eterna?". Jesús se les manifiesta como Quien Es, el Verdadero Maná bajado del cielo, pero sus compatriotas, que dicen conocerlo, no creen a sus palabras, y no creen a sus palabras porque, en el fondo, creen conocer a Jesús, pero no lo conocen como Quien Es: Dios Hijo encarnado. Ven a Jesús en su condición de hombre, pero no lo ven en su condición de Dios y por eso, aunque creen conocerlo, no lo conocen en realidad.
Es necesario tener esto presente, porque la misma incomprensión que muestran los judíos hacia Jesús -cuando Él les revela que es el Pan Vivo, bajado del cielo, que da la Vida eterna a quien lo consuma-, esa misma incomprensión la demuestran muchos cristianos, cuando la Iglesia les enseña, por el Catecismo, que Jesús en la Eucaristía es ese mismo Pan de Vida eterna, el mismo Pan Vivo bajado del cielo, que sacia con el Amor y la Vida divina del Ser trinitario de Dios a quien lo consume, y la prueba de esta incomprensión, es que muchos cristianos prefieren los manjares terrenos, antes que saciarse con el Pan del cielo, la Eucaristía. Muchos cristianos ven la apariencia de pan que es la Eucaristía, pero no ven en su interior, que es Jesús Dios.

“Yo Soy el Pan de Vida (…) Yo Soy el Pan vivo bajado del cielo”. Sin la luz del Espíritu Santo nos volvemos incrédulos y Jesús en la Eucaristía pasa desapercibido para nosotros y así nos quedamos sin la vida divina que se nos comunica en la comunión eucarística. Sólo con la luz del Espíritu Santo nos volvemos capaces de creer firmemente en la fe de la Iglesia, que nos enseña que la Eucaristía no es un poco de pan bendecido en una ceremonia religiosa, sino Jesús, el Pan de Vida eterna, el Pan Vivo bajado del cielo, que nos alimenta en esta vida terrena con la Vida, el Amor, la Luz y la Paz divinos, como anticipo de la eterna bienaventuranza. 

sábado, 1 de agosto de 2015

“Yo Soy el Pan de vida. El que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí jamás tendrá sed”


(Domingo XVIII - TO - Ciclo B – 2015)

         “Yo Soy el Pan de vida. El que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí jamás tendrá sed” (Jn 6, 24-35). Luego de la multiplicación de los panes y pescados, la multitud busca a Jesús para hacerlo rey, pero Jesús no se los permite. Jesús sabe que lo buscan para hacerlo rey, pero sabe también que la multitud, aunque está agradecida con Él, lo busca, no por el signo –la multiplicación de panes y pescados- y lo que el signo significa –que Él es Dios Hijo encarnado-, sino porque han saciado su hambre corporal: “Me buscan, no porque vieron signos, sino porque comieron pan hasta saciarse”. La multitud busca a Jesús para hacerlo rey, porque les ha satisfecho el hambre corporal; quieren hacerlo rey de la tierra porque con Él tienen asegurado el pan terreno, material; buscan a Jesús pero no pueden trascender sus pensamientos humanos; no pueden trascender la horizontalidad de sus razonamientos; no pueden elevar sus mentes y sus corazones para ver qué es lo que hay detrás de la multiplicación de panes y pescados, para entender que el signo no es el punto final, sino el punto de partida del mensaje de Jesús: Él hace el milagro de panes y pescados sólo como anticipo y prefiguración de otro milagro, infinitamente más grandioso, el Pan de Vida eterna y la Carne del Cordero. La multitud no puede trascender la horizontalidad de sus pensamientos y de su corporeidad, para ver en el milagro el anticipo de otro milagro que deja asombrados a los ángeles del cielo, y es el don de Jesús como Pan de Vida eterna, que sacia con la vida divina trinitaria a quien lo consume con fe y con amor.
         En el diálogo que se entabla entre Jesús y la multitud, Jesús les revela cuál es el verdadero Pan por el que la multitud debe trabajar y procurarse: no el pan terreno, que alimenta para una vida terrena y horizontal, sino el Pan de Vida eterna, el Verdadero Maná bajado del cielo, el que les da el Padre, no el que les dio Moisés en el desierto y perecieron, sino el que baja del cielo porque es enviado por el Padre y es Él en Persona, en el don eucarístico: “Trabajen –procúrense- no por el pan perecedero, sino por el Pan que permanece hasta la Vida eterna (…) Yo Soy ése Pan, Yo Soy el Maná bajado del cielo, enviado por el Padre; Yo Soy el Pan de Vida. El que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí jamás tendrá sed”.
Ante la pretensión de la multitud de nombrarlo rey terreno porque les ha satisfecho el hambre corporal, Jesús no solo se niega a este nombramiento, porque Él no es rey terreno, sino Rey de los cielos, sino que luego se auto-revela como el “verdadero Pan”, el que “da la Vida eterna”, el Pan que sacia y extra-colma, no el hambre del cuerpo, sino el deseo y el amor que de Dios tiene toda alma, porque alimenta al alma con la substancia misma de Dios, con la Vida misma de Dios, con el Amor mismo de Dios, porque es un Pan que contiene en sí todo lo que el alma desea, calmándola en su hambre y sed de Dios. El Pan que da Jesús, satisface no el hambre corporal sino, mucho más importante, el hambre y la sed que de Dios posee toda alma humana, desde el momento mismo en que es creada, y lo satisface de tal manera, que luego ya no desea otra cosa más, sino ese Pan, y ese Pan es la Eucaristía: “Yo Soy el Pan de Vida. El que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí jamás tendrá sed”.
         Si la multitud del Evangelio buscó a Jesús y quiso hacerlo rey porque satisfizo su hambre corporal haciendo un milagro pequeño, multiplicando panes y pescados; ¿cómo no hemos de hacerlo Rey de nuestros corazones, si para nosotros obra el Milagro de los milagros, la Transubstanciación, por el cual nos alimenta con el Pan Vivo bajado del cielo y con la Carne del Cordero, la Eucaristía?


miércoles, 22 de abril de 2015

“Yo Soy el Pan de Vida”


“Yo Soy el Pan de Vida” (Jn 6, 35-40). Jesús se declara a sí mismo como “Pan de Vida”; es decir, Él, en la Eucaristía, es “Pan de Vida” y de “Vida Eterna”, porque “el que coma de este Pan, tendrá Vida eterna”. Quien consume la Eucaristía recibe, por lo tanto, un principio de vida sobrenatural, celestial, no humano ni angélico, sino divino, proveniente del Ser mismo trinitario, y es esto lo que caracteriza al cristiano y al cristianismo. Es necesario considerar y reflexionar en este punto, sobre el hecho de que la vida cristiana, recibida en la Eucaristía, es santa y divina, no solamente porque es buena o porque se relaciona de una manera general con Dios, sino porque se origina en los más alto de los cielos, en el seno mismo de su Padre celestial[1]. Es importante hacer estas consideraciones, porque hoy se tiende a rebajar la vida cristiana a un mero psicologismo; hoy, se reduce el ser cristiano a un simple descubrimiento del propio yo y de sus fuerzas; se rebaja el misterio del cristianismo al nivel de la razón humana y así la vida cristiana no va más allá de un psicologismo horizontal, que no trasciende la vida terrena.
Jesús es “Pan de Vida” en la Eucaristía porque da “Vida” absolutamente nueva, la vida eterna; no una “vida” humana, como la que ya tenemos por naturaleza; si Jesús se limitara a dar una vida como la que ya tenemos, nada nuevo nos aportaría y no sería verdaderamente “Pan de Vida” y mucho menos, de “vida eterna”. Muchos reducen la “Vida” nueva de Jesús, en el mejor de los casos, a un simple dominio del espíritu sobre los sentidos[2], lo cual es compatible incluso con la filosofía moral de los paganos. Jesús es “Pan de Vida”, porque da una “Vida” completamente nueva, absolutamente distinta a la humana y a la angélica, puesto que se trata de la vida divina, porque es la vida que surge, como de su fuente inagotable, del Ser trinitario divino. Jesús es “Pan de Vida” en la Eucaristía, porque desde allí comunica al alma la vida cristiana, que consiste en que “el espíritu es regenerado en Dios y en el Espíritu Santo, transfigurado de claridad en claridad, de acuerdo a la imagen de la espiritualidad divina, por el Espíritu del Señor[3] y porque comienza a vivir en el Espíritu y en la virtud de la vida divina”[4].
“Yo Soy el Pan de Vida”. Jesús en la Eucaristía es Pan de Vida y de Vida Eterna, y por lo tanto, la vida nueva del cristiano ya no es una vida que se explique por simplones psicologismos de feria: es una vida mística, oculta e incomprensible al hombre natural: “Nuestra vida está oculta con Cristo en Dios” (Col 3, 3). No se debe eliminar el misterio de Jesucristo, Pan de Vida Eterna, con pseudorazonamientos psicologistas, para rebajarlo al nivel de terapia de auto-ayuda.




[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, 436.
[2] Cfr. ibidem.
[3] 1 Cor 3, 18.
[4] Cfr. Scheeben, Las maravillas, 436.

martes, 6 de mayo de 2014

“Yo Soy el Pan de Vida”


“Yo Soy el Pan de Vida” (Jn 6, 35-40). Jesús se nombra a sí mismo como “pan” y como “pan” que “da vida”. El pan material, el pan de mesa, compuesto de harina de trigo, también se puede decir que da vida, en un sentido figurado, en cuanto que mantiene al cuerpo con vida, desde el momento en que, por los nutrientes que le aporta, le impide morir de inanición. El pan material da una vida, en sentido figurado, de orden material. Sin embargo, Jesús no se compara con el pan material. Su comparación es con otro pan, desconocido para el hombre, porque Jesús es y posee en sí mismo algo que no posee ni puede poseer jamás el pan material: la substancia y el ser divino, trinitario. Esto es lo que explica que Jesús diga que el que coma de este pan, que es Él, “jamás tendrá hambre, y jamás tendrá sed”, porque Él es un pan que sacia un apetito que no es el meramente corporal, porque el apetito corporal finaliza con la vida corporal, es limitado como es limitada la vida terrena. Jesús, en cuanto Pan de Vida, sacia un hambre y una sed que no son corporales, sino espirituales, porque dice “jamás”, lo cual implica la noción de infinitud, de inmortalidad, de eternidad, y eso un pan material no puede de ninguna manera satisfacer. Jesús sí puede satisfacer el apetito, el hambre y la sed de Dios que toda alma posee, porque Él es ese Dios que toda alma apetece desde que nace; Él es ese Dios-Amor que toda alma desea amar con todas sus fuerzas desde el momento mismo en el que es creada; Jesús es ese Dios por el que toda alma suspira no desde el momento en que nace, sino desde el instante mismo en que es creada, y desea unirse a Él toda su vida, y se goza si lo logra en la visión beatífica, y se lamenta por la eternidad si lo pierde para siempre en la condenación eterna.

“Yo Soy el Pan de Vida”. Jesús es el Pan de Vida eterna, que alimenta al alma con la substancia misma de Dios, substancia que es Vida, Amor, Paz, y Luz divinas, y puesto que es Dios eterno, se dona sin reservas en la Eucaristía, para que el alma, aun existiendo en esta vida mortal, comience ya a experimentar los goces que le esperan en el Reino de los cielos si se mantiene fiel en la vida de la gracia.

lunes, 5 de mayo de 2014

“Yo Soy el Pan de Vida, el que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí, jamás tendrá sed”


“Yo Soy el Pan de Vida, el que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí, jamás tendrá sed” (Jn 6, 30-35). Los judíos pensaban que eran ellos los que habían comido el pan bajado del cielo, en la travesía por el desierto, desde Egipto hacia la Tierra Prometida, cuando guiados por Moisés, habían recibido el maná, el pan milagroso venido del cielo. Pero Jesús les hace ver que no es así, porque ese maná no es el verdadero maná; ese maná era solo una figura, un anticipo del verdadero maná, del verdadero pan bajado del cielo, que es Él. Los ancestros de los judíos comieron del maná del desierto y murieron; en cambio, los que coman de este Pan, que es Él, “jamás tendrán hambre”, y los que “crean en Él, jamás tendrán sed”. Jesús les está revelando el don que Él hará de su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad y su Amor, que será lo que calmará la sed y el hambre de Dios, que es sed de amor y de felicidad que anida en lo más profundo del ser de todo ser humano.
El drama del hombre, desde la caída original, es la pérdida de contacto con su fuente de amor y de felicidad, que es Dios Uno y Trino, y la consecuente búsqueda en sucedáneos –dinero, placer, éxito mundano, avaricia, sensualidad- de esa felicidad perdida, no solo no satisfacen esta sed sino, paradójicamente, provocan en él una sensación de infelicidad y de angustia tanto más grandes, cuanto mayor éxito obtiene el hombre en alcanzar y obtener estos objetivos terrenos.

“Yo Soy el Pan de Vida, el que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí, jamás tendrá sed”. Solo Jesús en la Eucaristía logra extra-saciar por completo, de modo sobre-abundante y sin límites, la sed de felicidad, de amor y de paz que anidan en el corazón de todo hombre, porque Él es Dios en Persona, que se dona en su totalidad, sin reservas, en cada comunión eucarística. Mucho más que saciar la sed y el hambre corporales, la Eucaristía sacia la sed y el hambre de Dios, es decir, la sed y el hambre de Amor, de Paz, de Alegría y de Felicidad que todo ser humano anhela, desde que nace, hasta que muere.

martes, 16 de abril de 2013

“Yo Soy el Pan de Vida; el que viene a Mí no tendrá hambre ni sed”

“Yo Soy el Pan de Vida; el que viene a Mí no tendrá hambre ni sed” (Jn 6, 35-40). Jesús utiliza para sí la figura de un alimento que no solo es común a todas las culturas y a todas las civilizaciones, sino que se trata probablemente del primer alimento conocido por la humanidad desde la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. En tiempos de Jesús, los hebreos consumían un pan sin levadura, llamado por esto “pan ácimo”, y lo hacían para conmemorar la intempestiva salida de Egipto hacia el desierto, la cual no les dio tiempo para preparar otro pan más elaborado.



El pan ácimo, aun en su sencillez, representa un alimento de vital importancia para el hombre, porque aunque este se encuentre en situaciones de graves carestías alimentarias, mientras tenga pan, no morirá de hambre. El pan representa un soporte vital para el cuerpo del hombre, puesto al ser ingerido, sus elementos constitutivos se disgregan por acción de los jugos gástricos para luego ser absorbidos en el intestino y así pasar al torrente sanguíneo, desde donde serán distribuidos a los diversos órganos. Puede decirse, por lo tanto, que el pan concede vida, en el sentido de que impide la muerte del cuerpo.



Jesús utiliza la figura del pan, y sobre todo del pan ácimo, sin levadura, para aplicársela a sí mismo, llamándose Él mismo “Pan de Vida eterna” y “Pan Vivo bajado del cielo”, y utiliza este alimento para graficar su acción en el hombre. Jesús utiliza la figura del pan y se la aplica a sí mismo, pero la analogía con el pan material es solo en el nombre, porque su obrar en el hombre trasciende infinitamente el obrar del pan material.



Ante todo, es Pan, pero no es un pan compuesto de harina y trigo, sino que este Pan es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad; alimenta, al igual que el pan ácimo, pero más que el cuerpo, alimenta el alma del hombre, con la substancia misma de la divinidad; se cuece al fuego, como el pan ácimo, pero no el fuego creado, material, terreno, sino el Fuego que es el Espíritu Santo, Espíritu que es Fuego Increado, espiritual, celestial; al igual que el pan ácimo, es ingerido y consumido, pero en vez de ser digerido y asimilado por el hombre, es Él quien con su poder divino convierte al hombre en sí mismo y lo asimila a sí, convirtiendo a quien lo consume en una imagen viviente suya; al igual que el pan ácimo, concede vida, pero no el simple sustento de la vida corporal, porque no alimenta con la substancia del pan, que ha desaparecido y no está más, sino que alimenta con la substancia divina, que es eterna, y que por lo tanto concede la Vida eterna, y así es la Vida eterna del Hombre-Dios el alimento substancial con el cual el alma es alimentada; por último, mientras el pan ácimo alimenta y calma el hambre corporal pero no la sed, porque no es líquido ni agua, el Pan de Vida eterna que es la Eucaristía, calma el hambre de Dios que de Dios tiene toda alma humana, y calma también la sed del Amor divino que tiene toda alma humana, porque este Pan contiene el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor de Dios, y este Amor que es como agua fresca para el alma sedienta, se derrama como torrentes inagotables en el corazón humano, extra-saciando la sed de Amor divino que toda alma humana tiene. Esta es la razón por la cual Jesús dice que todo aquel que “coma de este Pan”, la Eucaristía, “no tendrá más hambre y jamás volverá a tener sed”, porque al comer de este Pan Vivo comerá la Carne del Cordero y beberá del Amor de Dios, que es eterno.

sábado, 4 de agosto de 2012

Yo Soy el Pan de Vida. El que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí jamás tendrá sed



(Domingo XVIII – TO – Ciclo B – 2012)
         “Yo Soy el Pan de Vida. El que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí jamás tendrá sed” (Jn 6, 24-35). Jesús se revela como el Pan de Vida, y dice que quien coma de ese pan, que es su Cuerpo, jamás tendrá hambre, y quien crea en Él, jamás tendrá sed. Pareciera entonces que quien recibe la comunión sacramental, no debería volver a experimentar ni hambre ni sed, pero es de experiencia de todos los días que, aun cuando comulgamos, debemos alimentarnos e hidratarnos, puesto que, de otro modo, moriríamos de hambre y de sed en poco tiempo.
         ¿Por qué entonces Jesús dice que, siendo Él el Pan de Vida, es decir, siendo Él la Eucaristía, quien coma de ese Pan no tendrá hambre ni sed?
         Porque es verdad que quien se alimenta de la Eucaristía, ya no necesita más alimento material, ni tampoco necesita beber líquidos para mantenerse vivo, porque est tanta y tan grande la gracia recibida de la Eucaristía, que esta sola basta para alimentar el alma con la substancia divina, y como el alma se extra-sacia de tan exquisito alimento, le comunica de su abundancia al cuerpo, y éste, así colmado con la substancia de Dios, no experimenta necesidad de alimento material alguno. Es esto lo que sucede en los casos documentados en la Iglesia, de santos y místicos que se alimentaron durante años solamente de la Eucaristía: Marta Robin, Teresa Newman, Alejandrina María da Costa, Santa Catalina de Siena, y muchos otros más.
Pero no es el caso común y corriente nuestro, y la razón está en nosotros mismos, ya que al comulgar, y al hacerlo tan distraídamente, no damos lugar a que la gracia divina actúe y deposite en nuestras almas todos los dones celestiales que cada comunión sacramental trae consigo. Es así que, aún cuando comulguemos todos los días, y hasta dos veces al día, nosotros mismos nos hacemos refractarios a los dones divinos.
Es esta saciedad corporal es la que habla Jesús cuando dice que el que se alimente de su Cuerpo y de su Sangre, no tendrá hambre ni sed: la saciedad que experimentaron los místicos que durante años se alimentaron de la Eucaristía, y no tuvieron necesidad alguna de ningún alimento natural.
Pero hay además otra saciedad a la cual hace referencia Jesús, y es la saciedad del espíritu: el espíritu humano, creado por Dios a su imagen y semejanza, y por lo tanto con capacidad de conocer la Verdad y de amar, pero apartado de Él por el pecado original, tiene una sed insaciable, que no puede ser apagada con ningún alimento material, ni con ningún bien creado, de Amor y de Verdad, y esta sed insaciable sólo la da Dios, y como Dios se ha encarnado en la Eucaristía para donarse como alimento celestial, como Pan de Vida eterna, sólo en la Eucaristía encuentra el hombre la satisfacción de su hambre y sed de Amor y de Verdad.
A esta otra saciedad hace referencia Jesús, y es por eso que les hace ver a los israelitas que el maná del desierto, el que les dio Moisés, no es el verdadero pan bajado del cielo, porque ese maná, si bien era milagroso, no dejaba de ser material, y quien lo comía, moría irremediablemente. Es Jesús el verdadero Pan bajado del cielo, que alimenta no con harina de trigo y agua, para el sostén del cuerpo y la saciedad del hambre corporal, sino que es el Pan del Cielo que alimenta con la substancia divina del Hombre-Dios, con la substancia misma del Ser divino, para el sostén del alma y la saciedad del hambre espiritual que de Dios tiene todo ser humano.
Así como los israelitas fueron alimentados en su paso por el desierto, hasta llegar a la Tierra Prometida, con el maná, el pan milagroso dado por Yahvéh, así también el Nuevo Pueblo de Dios, que peregrina por el desierto de la historia y de la vida humana hacia la Jerusalén Celestial, es alimentado por Dios Padre con el Verdadero Maná, la Eucaristía, el Verdadero Pan bajado del cielo, que alimenta al alma con la substancia misma de Dios, extra-colmándola de luz, de paz, de gracia, de Amor y de verdad divina.
Y al igual que sucede con el cuerpo, que al recibir el pan material recibe también el sustento que le permite conservar la vida, así también el alma, al recibir la Eucaristía, recibe el sustento que le da una nueva vida, la vida de la gracia. Se cumple así lo que dice la Escritura: “Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad, vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdadera”.
Este es el resultado, en el alma, de aquel que se alimenta del Pan de Vida eterna, la Eucaristía: la transformación en una nueva criatura, en una criatura que vive en la santidad, en la verdad, en la justicia y en el amor de Dios.
De esto se ve también el grave error de quienes, despreciando la Eucaristía por los manjares de la tierra, y por los bienes materiales, privan a sus almas de lo único que puede proporcionarles la paz, la alegría, el amor: el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad, de Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios.

viernes, 27 de abril de 2012

Yo Soy el Pan de Vida, no como el que os dio Moisés


“Yo Soy el Pan de Vida, no como el que os dio Moisés en el desierto” (Jn 6, 44-51). El pan prodigioso que los judíos recibieron de Moisés se podía decir “pan de vida” sólo en sentido relativo, porque lo único que hacía era prolongar temporalmente la vida corporal, al dar sustento material al cuerpo.
El maná de los judíos era “pan de vida” sólo en un sentido figurado, material y exteriormente, necesario para el cumplimiento de un retorno material y exterior del Pueblo Elegido a la Jerusalén terrena, figura del Paraíso celestial.
La Eucaristía, que es el único y verdadero Pan del cielo, lo es en un sentido real y no figurado, porque actúa desde la raíz más profunda del ser del hombre, concediéndole a este la vida eterna, alimentándolo con la substancia misma de Dios Trino, dándole el sustento del alma que le permite atravesar el desierto de la existencia humana en su peregrinar a la Jerusalén celestial, la vida eterna en comunión con las Tres Divinas Personas.
Quien comía el maná del desierto, terminaba finalmente por morir, puesto que no concedía más que una vida corporal y efímera.
Quien se alimenta de la Eucaristía, por el contrario, aunque muera corporalmente, vivirá para siempre, porque la Eucaristía es Pan Vivo que da la vida eterna del Hombre-Dios Jesucristo al que la consume con fe y con amor.

viernes, 24 de junio de 2011

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

La carne del Cordero,
contenida en la Eucaristía,
está empapada del Espíritu Santo
y da la Vida eterna
a quien la consume
con amor y fe.

“Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 51-58). En el capítulo 6 del Evangelio de San Juan, Jesús anuncia que hará presente el sacrificio cruento de su Pasión de modo sacramental, bajo las apariencias del pan y del vino, para que sus amigos puedan participar de Él no sólo por el amor, sino también por la manducación, del mismo modo a como los judíos se unían, por la manducación, a los sacrificios que ellos ofrecían a Dios[i].

El discurso del pan de vida se vuelve inteligible a la luz de la institución de la Eucaristía en la Última Cena, sobre todo en tres pasajes: en el versículo 35, haciendo referencia a la Encarnación, dice: “Yo Soy el Pan de Vida. Quien viene a Mí, jamás tendrá hambre; quien cree en Mí, jamás tendrá sed”. En el versículo 51, predice el misterio de la Redención: “El pan que Yo daré, es mi carne para la vida del mundo”. En los versículos 53 y siguientes, Jesús establece la manera por la cual Él desea que participemos de su sacrificio cruento, la Eucaristía: “En verdad, en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”.

En este evangelio, Jesús entonces anuncia que hará presente sacramentalmente su sacrificio en cruz, y que su Cuerpo y su Sangre, entregados en la cruz, serán ofrecidos en el banquete eucarístico, ocultos bajo las especies sacramentales. El pan no será más pan, sino su Carne, y el vino no será más vino, sino su Sangre, y quienes coman y beban de este manjar eucarístico, tendrán vida eterna, porque Él habitará en ellos, y Él, que es Dios eterno, les comunicará de su vida eterna, al morar en ellos. El banquete eucarístico, por medio del cual ellos comerán la carne del Cordero, los hará participar de su sacrificio redentor, y les comunicará la vida eterna que brota de su Ser divino como de una fuente inagotable. Al sentarse a la mesa eucarística, comerán un pan que no es pan, sino su Carne, y beberán un vino que no es un vino, sino su Sangre, y así tendrán la vida eterna, cuando Él more en ellos y ellos en Él.

Pero los judíos no entienden qué es lo que Jesús les está diciendo: piensan que deben comer su carne, y beber su sangre, al modo como se come y se bebe terrenalmente, y se escandalizan: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52); “Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?»” (Jn 6, 60). Tal es el escándalo que provocan sus palabras, que muchos se retiran: “Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él” (Jn 6, 66).

Los judíos no entienden el lenguaje de Jesús, porque interpretan sus palabras de un modo material, y no tienen en cuenta que la carne que habrán de comer, y la sangre que habrán de beber, son sí las de Cristo, pero luego de haber pasado por la suprema tribulación de la cruz, es decir, después de haber sido sublimadas por el fuego del Espíritu Santo.

La carne que Cristo ofrece no es una carne muerta y sangrienta, tal como es la carne que se pone en el asador, para un banquete terreno; la carne que Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, ofrenda en el altar de la cruz, es su Carne no muerta sino viva, sin defectos, purísima, hecha de materia espiritualizada, porque ha sido espiritualizada, sublimada, consumida en holocausto, al ser penetrada por el fuego purísimo del Espíritu Santo.

Las palabras de Cristo, de que su Carne es verdadera comida, y su Sangre verdadera bebida, no se entienden sin relacionarlas con los sacrificios del Antiguo Testamento, que eran figuras de la realidad del Nuevo Sacrificio, su sacrificio de la cruz.

Así como en el Antiguo Testamento, la carne de los corderos, asada al fuego, se convierte en humo que asciende al cielo, significando con esto que la ofrenda, se ha convertido, por la acción del fuego, de material en espiritual, y que ha pasado a ser propiedad de Dios, y así, como víctima de holocausto sube, como precioso aroma, hasta el trono de la majestad divina, así también, en el sacrificio del Nuevo Testamento, la carne del Cordero de Dios, inmolada en el altar de la cruz, es penetrada por el fuego del Espíritu Santo, y es así sublimada y glorificada, y su materialidad corpórea, pasa a ser corporeidad espiritualizada, glorificada por el fuego sagrado del Ser divino, y como tal, como Víctima purísima, espiritual y santa, asciende a los cielos, como suave aroma y fragancia exquisita, hasta el trono de la majestad de Dios, y permanece en su Presencia, como glorificación infinita y eterna de Dios y como expiación de los pecados de la humanidad.

La carne de la Víctima que ofrece Jesús Sacerdote, no es una carne muerta y sangrienta, que es despedazada al ser consumida, sino que es una carne viva, empapada del Espíritu de Dios[2], así como la esponja se empapa del agua cuando es sumergida en esta.

La carne de la Víctima que ofrece Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, no es una carne muerta, porque posee en sí misma la fuerza espiritual vivificante del Espíritu Santo que inhabita en esta carne.

Quien consume la carne de esta Víctima ofrecida por Jesús Sacerdote, no consume la carne al modo como se come la carne natural[3], porque es la carne resucitada del Cordero, en quien opera la fuerza divina vivificante del Verbo y del Espíritu Santo.

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, ofrece la Víctima Santa y Pura, su carne resucitada, que es la carne del Cordero de Dios, empapada del Espíritu Santo, la Eucaristía.

Es así como deben ser interpretadas las palabras de Jesús: “El que coma mi Cuerpo y beba mi Sangre”, y no en un sentido materialista y racionalista, como lo interpretaban los judíos.

Podemos caer en este materialismo y racionalismo, cuando no creemos en las palabras de Jesús, o cuando creemos que la Eucaristía no pueden ser Carne y Sangre de Cordero.

El Espíritu Santo, que inhabita en la carne de la Víctima ofrecida por el Sacerdote Eterno lleva, en la Santa Misa, por las palabras de consagración pronunciadas por el sacerdote ministerial, a esa carne al altar, para unirla con la carne de los creyentes, para que los creyentes, consumiendo esa carne espiritualizada y embebida en el Espíritu Santo, reciban ellos también al Espíritu de Dios, que les da la vida eterna en germen.

Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, se inmola en el altar de la cruz, y en la cruz del altar, en el altar eucarístico, como Víctima, en su carne resucitada y llena del Espíritu Santo, la Eucaristía, para que quien consuma esta carne de Cordero, asada en el fuego del Espíritu Santo, viva no ya con vida natural, creatural, sino con la vida eterna de la Trinidad.


[i] Cfr. Journet, C., Le mystère de l’Eucharistie, Editions Téqui, París6 1980, 8. [2] Cfr. Scheeben, M. J., Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 548.

[3] Cfr. Scheeben, ibidem.

[4] Cfr. August., Tract. 27 in Jo, cit. Scheeben, Los misterios.