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jueves, 4 de julio de 2013

“Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’”


“Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’” (Mt 9, 1-8). El episodio del paralítico que es llevado en camilla ante la presencia de Jesús demuestra, entre otras cosas, cuál es el poder de la fe en Cristo Jesús: es tan fuerte, que obtiene para el hombre paralítico algo infinitamente más grande que lo que venía a buscar, y es el perdón de los pecados. En efecto, el hombre paralítico, llevado por otros –probablemente, familiares y amigos- ante la presencia de Jesús, busca principalmente la curación de su dolencia física, y se encuentra con que el Amor misericordioso de Dios le concede, además, la curación de su alma, al perdonarle los pecados.
Tanto el paralítico como los que lo transportan en camilla, no dudan de que Jesús tiene el poder suficiente para curar la dolencia que le impide caminar, y es esta fe, que expresa confianza total y absoluta, lo que los lleva a superar los obstáculos que se les presentan, como la muchedumbre que les impide el paso y que los obliga a tener que subir al techo y abrir un orificio para poder llegar a Jesús. Como se ve por el relato evangélico, el resultado es la doble curación del paralítico, que se ve libre de su dolencia física y también de su dolencia espiritual, el pecado.
El episodio demuestra entonces que la fe en Jesús, cuando es fuerte, simple, confiada, consigue lo que pide y muchísimo más, porque la fe es alcanzar el Corazón de Jesús, abrir sus puertas y sacar todos los tesoros que contiene, que son inagotables.

“Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’”. Al igual que los hombres del Evangelio, que gracias a su fe inquebrantable en la omnipotencia divina de Jesús y en su Amor infinito, logró mucho más de lo que pretendían, así también nuestra fe debe ser igualmente inquebrantable y confiada en el Amor divino, de modo que por medio de la fe, podamos acceder a los tesoros del Sagrado Corazón y saquearlos, como un ladrón que roba un tesoro más valioso que el oro.

martes, 1 de noviembre de 2011

Conmemoración de todos los fieles difuntos



Jesús nos va a preparar un lugar, y el camino para seguirlo a ese lugar, que es el Reino del Padre, es Él mismo: Él en la cruz, Él en la Eucaristía, es el Camino para llegar al cielo (cfr. Jn 14, 1-6).

Esta verdad, que nosotros repetimos “casi de memoria”, es algo que es realidad para los fieles difuntos: ellos ya pasaron por el trance de la muerte, cerraron sus ojos, los ojos del cuerpo, a esta vida, y abrieron los ojos del espíritu, a la vida eterna. Para ellos la vida eterna es una realidad palpable y tangible, y no un “algo” futuro que apenas alcanzamos a intuir, pero que no sabemos bien de qué se trata.

Los difuntos, a quienes conmemoramos hoy, han atravesado ya el umbral de la muerte, han abierto sus ojos en la otra vida, y han encontrado a Cristo, cara a cara. Para ellos ya no hay dudas de fe, como tampoco las habrá para nosotros, desde el momento mismo de nuestra muerte. Para los fieles difuntos, toda la vida eterna se presenta como un cristal diáfano y transparente, en el cual ya no pueden dudar de nada: ni de Dios Uno y Trino, ni de Jesucristo como Hombre-Dios, ni de la Virgen, ni de la cruz como camino para alcanzar la vida eterna.

Por este motivo, la conmemoración de los seres queridos difuntos no se debe detener en una visión parcializada, que es el recuerdo cargado de afecto y de nostalgia, pues eso de poco y nada nos sirve para nuestro paso a la vida eterna.

Al recordarlos, debemos tener presente que ellos ya atravesaron un umbral, el de la muerte, que es el umbral que nosotros atravesaremos en algún momento, algunos antes y otros después, pero todos habremos de atravesarlo, es decir, todos hemos de morir. También nosotros pasaremos por lo que ellos ya pasaron, y para eso debemos prepararnos.

Recordar a los seres queridos difuntos no debe entonces quedarse en la nostalgia, sino en pensar en nuestra propia muerte, y cómo nos preparamos para la misma, porque lo único seguro que tenemos en esta vida, es que vamos a morir.

El mensaje que nos dejan nuestros seres queridos al morir es este: “No creas que esta vida es para siempre, ya que se termina en poco tiempo. Prepárate para bien morir, para que puedas entrar a la feliz eternidad”.

Y el bien morir, es morir caminando por el único Camino que conduce al Padre, Cristo en la cruz y en la Eucaristía.

viernes, 4 de marzo de 2011

No todo el que dice "Señor, Señor", entrará en el Reino de los cielos


“No todo el que dice “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos” (cfr. Mt 7, 21-27). Jesús se refiere al Día del Juicio Final: “en aquel día”, y previene contra la hipocresía del fariseísmo, que piensa que por ser religiosos, ya está asegurada la entrada en el cielo.

El evangelio de hoy se dirige a aquellos que son religiosos, es decir, a aquellos que practican su religión –laicos, sacerdotes, que rezan, que asisten a misa, que celebran la misa, en el caso de los sacerdotes-, ya que Jesús pone como ejemplo a quienes le dirán: “En tu nombre predicamos, en tu nombre profetizamos, en tu nombre echamos demonios, en tu nombre hicimos muchos milagros”. A esos, Jesús les dirá: “No os conozco, apartaos de Mí, malvados”.

¿Por qué será así? ¿Por qué la aparente dureza de corazón de Jesús, que rechazará a quienes en su nombre hicieron milagros, expulsaron demonios?

Jesús no es duro de corazón, y el motivo por el cual los echará será el hecho de “no conocerlos”: “No os conozco”.

¿Por qué no los conoce Jesús? ¿No debería conocerlos Jesús, ya que ellos obraron milagros y expulsaron demonios en su Nombre? Jesús no los conoce porque estos tales no fueron a conocerlo a Jesús donde Jesús se encontraba: en el desvalido, en el huérfano, en el necesitado, en el hambriento, en el encarcelado, en el enfermo, en el hambriento, en el sediento, en el despojado de todo. Jesús está en todos y en cada uno de nuestros prójimos más necesitados, y es por eso que quien no los asiste, no conoce a Jesús, y Jesús no los conoce a ellos.

Este será el motivo por el cual Jesús les dirá: “No los conozco”, y los expulsará de su Presencia. Pero hay otro elemento a tener en cuenta, muy importante, y tan importante, que es decisivo para la condenación de quienes no conocen a Jesús, y es la ausencia de amor fraterno y de caridad en los corazones de los que se dicen ser religiosos. Por eso Jesús les dice: “Apartaos de Mí, malvados”. El “malvado” es aquel en cuyo corazón están ausentes el Bien, la Verdad y el Amor que provienen de Dios, y en cambio, están presentes el mal, el error y el odio.

El hipócrita fariseo es el que disfraza y encubre la maldad de su corazón con una pátina superficial de religión; cree que por rezar, por asistir a misa, por confesarse y comulgar, entrará en el Reino de los cielos, pero al mismo tiempo, descuida la caridad, la compasión, el amor y la misericordia para con el prójimo, olvidándose que todo lo que se hace al prójimo, se lo hace en realidad a Cristo Dios que inhabita en el prójimo.

El prójimo es un cuasi-sacramento de la Presencia de Cristo, y es por eso que si olvidamos al prójimo, imagen de Cristo, olvidamos a Cristo en la realidad.

Seremos condenados por mucho menos que no atender a los moribundos indigentes, como hacía la Madre Teresa; para ser rechazados por Jesús en el Último Día –y antes, en el Juicio Particular-, bastará con negar el respeto, el honor, y el saludo, a un progenitor, en el caso de un hijo; bastará con ser agresivos e injustos para con los hijos, en el caso de un padre; bastará con negarse a la reconciliación, al perdón mutuo, a la comprensión, en el caso de los esposos, o de los hermanos, y así con todas las situaciones de las relaciones humanas.

Muchos hijos, con total desaprensión, y con total tranquilidad de conciencia, desatienden a sus padres, dejándolos morir en la soledad, sin preocuparse por sus necesidades; muchos padres, con total desaprensión, se olvidan de que son padres, y desatienden a sus hijos, abandonándolos en la vida, sin importarles de los lobos rapaces que los acechan; muchos esposos, tranquilamente, deciden separarse e iniciar “una nueva etapa”, desuniendo sacrílegamente lo que Dios ha unido, y uniendo aún más sacrílegamente, lo que Dios no ha unido. Aún así, pretenden entrar en el Reino de los cielos, y es para advertirles que no entrarán si persisten así, en la dureza de corazón, que Jesús nos habla a través del Evangelio.

No en vano Jesús advierte que, en el Último Día, lo que granjeará la entrada al Reino de los cielos será la misericordia obrada, en el amor de Dios, para con el más necesitado, en donde está Él en Persona: “Venid a Mí, benditos, porque tuve hambre, y me disteis de comer; sed, y me disteis de beber; estuve enfermo y me consolasteis; estuve preso y me visitasteis…”.

En cambio, a los que se condenen, les dirá: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; estuve enfermo y no me consolasteis; estuve preso y no me visitasteis” (cfr. Mt 25. 31-46). De esto vemos que la entrada al Paraíso depende del amor que tengamos a nuestro prójimo, y al prójimo más necesitado, por eso difícilmente entrará quien reniegue de sus padres, o quien niegue asistencia a sus hijos, o el cónyuge que se niegue a la reconciliación, o aquel que se niegue a perdonar las ofensas recibidas del prójimo.

“No todo el que dice “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de Dios”.

¿Y cuál es la voluntad de Dios? Que seamos santos.

¿Y cómo se llega a la santidad?

Por la oración, la penitencia, la mortificación de los sentidos, el ayuno, la frecuencia de los sacramentos. Se llega a la santidad no sólo evitando lo malo –el egoísmo, la soberbia, la avaricia, la ira, la codicia, la lujuria, la pereza, la gula, el rencor del corazón-, sino buscando de ser cada vez más buenos, en la imitación del Sagrado Corazón de Jesús: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (cfr. Mt 11, 29).

El Corazón de Jesús es manso, humilde, paciente, bueno, puro, casto, amable, bondadoso con todos, caritativo. Solo en la imitación del Corazón de Jesús seremos santos, y sólo así entraremos en el Reino de los cielos, porque sólo así cumpliremos el mandamiento más importante de todos, el amor: “Amar a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a uno mismo” (cfr. Mt 22, 34-40).

Estamos llamados a amar a Dios por sobre todas las cosas, con todo el ser, con toda el alma, con todo el corazón, con toda la mente, y al prójimo como a uno mismo, todos los días, pero este mandamiento no se cumple sólo proclamándolo, sino actuándolo, es decir, por medios de obras, más que por discursos y sermones.

El amor a Dios debe ser demostrado por medio de actos, de obras, diariamente, todos los días. No se puede decir que se ama a Dios, y al mismo tiempo se vive sin rezar y sin cumplir los mandamientos. Son las obras las que demuestran qué es lo que hay en el corazón, si luz u oscuridad. Si hay luz en el corazón, entonces la persona amará a su prójimo –la esposa al esposo, los hijos a los padres, los hermanos entre sí-, pero si hay oscuridad en el corazón, entonces la persona no ama a su prójimo –el esposo no ama a su esposa, los hijos no aman a sus padres, los hermanos no se aman entre sí, y los hombres en general no se aman tampoco-.

“No todo el que dice “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre”, y la voluntad de Dios Padre es que amemos a Cristo que está en el prójimo, y al prójimo que está en Cristo: “lo que hagáis al más pequeño de estos, a Mí me lo habéis hecho” (cfr. Lc 10, 17).

Es Cristo quien nos habla por boca de San Juan Crisóstomo[1]: “Pasé hambre por ti, y ahora la padezco otra vez. Tuve sed por ti en la Cruz y ahora me abrasa en los labios de mis pobres, para que, por aquella o por esta sed, traerte a mí y por tu bien hacerte caritativo. Por los mil beneficios de que te he colmado, ¡dame algo!...No te digo: arréglame mi vida y sácame de la miseria, entrégame tus bienes, aun cuando yo me vea pobre por tu amor. Sólo te imploro pan y vestido y un poco de alivio para mi hambre. Estoy preso. No te ruego que me libres. Sólo quiero que, por tu propio bien, me hagas una visita. Con eso me bastará y por eso te regalaré el cielo. Yo te libré a ti de una prisión mil veces más dura. Pero me contento con que me vengas a ver de cuando en cuando. Pudiera, es verdad, darte tu corona sin nada de esto, pero quiero estarte agradecido y que vengas después de recibir tu premio confiadamente. Por eso, yo, que puedo alimentarme por mí mismo, prefiero dar vueltas a tu alrededor, pidiendo, y extender mi mano a tu puerta. Mi amor llegó a tanto que quiero que tú me alimentes. Por eso prefiero, como amigo, tu mesa; de eso me glorío y te muestro ante todo el mundo como mi bienhechor”.

Imitemos la bondad, la mansedumbre, la caridad, el amor y la compasión del Sagrado Corazón de Jesús, y estaremos seguros de entrar en el Reino de los cielos.


[1] Homilía 15 sobre la Epístola a los Romanos.

martes, 8 de febrero de 2011

Del Corazón de la Iglesia, la Eucaristía, brota el manantial de agua viva, la gracia divina


“Lo que sale del corazón es lo que hace impuro al hombre” (cfr. Mc 7, 14-23). Los fariseos enseñaban la purificación legal de las manos, para evitar la contaminación, mientras que, en otros casos, prohibían la ingesta de ciertos alimentos, como por ejemplo, la carne de cerdo.

Con sus enseñanzas, Jesús echa por tierra estas creencias y prescripciones declarando, por un lado, que todos los alimentos son buenos, en tanto y en cuanto provienen de Dios Creador, y por otro lado, enseñando qué es lo que realmente hace impuro al hombre, y es su propio corazón.

No son los alimentos los que vuelven impuro al hombre, sino el propio corazón: de este nacen las fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez”.

De esto se ve que de nada sirve la prohibición de alimentos, porque nada tienen que ver con la real impureza humana, y al mismo tiempo se cae en la cuenta de que nada, absolutamente nada, puede hacer el hombre, para remediar la situación. Debido a que el corazón está contaminado y oscurecido desde el nacimiento por la mancha del pecado original, el cual es de origen espiritual, ninguna fuerza humana o angélica, y mucho menos los animales, aún cuando sean sacrificados con esa intención, puede quitar el pecado del corazón humano.

Sólo la sangre de un Cordero, que viene de los cielos, enviado por el Padre, y sacrificado en el ara de la cruz, está en grado de quitar la mancha del pecado original, fuente no solo de la corrupción espiritual del hombre, sino fuente también de su enfermedad corporal y responsable de su destino de muerte.

Pero la Sangre del Cordero no se limita a quitar el pecado: además de quitar el pecado del corazón, la Sangre del Cordero, cayendo sobre el corazón humano desde la cruz, lo purifica y lo santifica, donándole la gracia divina, que lo convierte en hijo adoptivo de Dios y en imagen del Hombre-Dios.

“Lo que sale del corazón es lo que hace impuro al hombre”. Si del fondo del corazón humano salen las impurezas, porque está contaminado, del fondo y de las entrañas del Corazón del Hombre-Dios, colgado en la cruz, sale la Sangre, y con la sangre, la Gracia divina, que cayendo como un torrente impetuoso arrasa con las impurezas del corazón humano y lo santifica, transformándolo en una copia viva del Corazón de Jesús.

Si de las entrañas del hombre sale el pecado, de las entrañas del Hombre-Dios brota la gracia santificante, que sanea y limpia el corazón humano convirtiéndolo en un “río de agua viva” (cfr. Jn 7, 37) que brota hasta la vida eterna. Pero también de las entrañas de la Madre Iglesia brota un manantial de vida que purifica al hombre, porque es de su seno, el altar eucarístico, de donde surge la Fuente del agua viva, la Gracia Increada, Cristo Eucaristía.

Del Corazón de la Iglesia, la Eucaristía, brota el manantial de agua viva, la gracia divina.