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miércoles, 5 de febrero de 2020

Jesús resucita a un muerto y sana a la mujer hemorroísa


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Jesús resucita a un muerto y sana a la mujer hemorroísa (cfr. Mc 5, 21-43). En este Evangelio, Jesús realiza dos grandes milagros que muestran su condición de Hombre-Dios y no de un hombre santo más entre otros santos: resucita a la hija del jefe de la sinagoga, Jairo, y cura a la mujer hemorroísa. La curación de la hemorroísa se produce mientras Jesús se está dirigiendo a la casa de Jairo: a pesar de que la multitud lo apretujaba por todos lados y a pesar de que la mujer hemorroísa no lo toca a Él sino a su manto, Jesús se da cuenta que es la mujer quien ha tocado su manto y por eso pregunta, aunque ya sabe la respuesta, “quién ha tocado su manto”: “Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: “¿Quién tocó mi manto?”. Para los discípulos la pregunta les resulta extraña, porque la multitud rodea a Jesús y lo “apretuja por todos lados”, de modo que saber quién ha tocado el manto es, humanamente, imposible. Pero Jesús lo sabe por dos cosas: porque Él es Cristo Dios encarnado y porque, debido a la fe de la mujer, de su manto “salió una energía” curativa que curó instantáneamente a la mujer. A su vez, la mujer sabe que Jesús sabe que ha sido ella la que ha tocado el manto no de forma indiferente o inercialmente, sino con fe y por eso, al verse descubierta, se postra ante Jesús -adorándolo- y le confiesa que ha sido ella, recibiendo una respuesta llamativa de parte de Jesús: en efecto, Jesús no le dice: “Vete en paz, estás curada”, sino que le dice que por su fe ha sido salvada: la curación viene en un segundo y lejano lugar: “Jesús le dijo: "Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad".” Esto sugiere que Jesús le ha concedido a la mujer más de lo que la mujer quería, porque la mujer sólo quería ser curada de su enfermedad, sus hemorragias, pero Jesús le concede la salvación: “Tu fe te ha salvado”. Sólo después de ser perdonada en sus pecados, le es concedida la curación del cuerpo que solicitaba: “Queda curada de tu enfermedad”. Por un lado, la fe de la mujer en Cristo en cuanto tal es tan grande, que le vale el perdón de los pecados; por otro lado, la misericordia de Cristo es tan grande, que le concede a la mujer un bien infinitamente mayor, no pedido por ella, como lo es el perdón de los pecados. En otras palabras, Jesús cura primero el espíritu, quitando el pecado y recién en segundo término le concede la curación corporal.
En cuanto al segundo milagro, el de la resurrección de la hija de Jairo, es un milagro que también sólo Él, en cuanto Dios hecho hombre, puede hacer: lo que hace Jesús en este caso es ordenar al alma de la niña, que ya se había separado del cuerpo -y por eso estaba muerta- que se reuniera nuevamente con su cuerpo, dándole la vida nuevamente.
Por último, estos dos grandiosos milagros nos delinean una grandiosa figura de Jesús: Jesús no es un profeta más entre tantos, no es un “hombre de Dios”, no es un “santo de Dios”, no es un hombre al que Dios acompaña con milagros su prédica: es Dios Hijo encarnado, quien con su propio poder perdona los pecados, concede la curación corporal y resucita muertos. Este mismo Jesús, Dios encarnado, es el que está en la Eucaristía, esperándonos para que vayamos a pedirle que cure nuestras almas enfermas de indiferencia e indolencia y que nos resucite a la vida de la fe.

domingo, 3 de julio de 2011

Tu fe te ha salvado

La mujer hemorroísa se cura
al tocar, con fe y humildad,
el manto de Jesús.
¿Qué obtendría de Jesús
el fiel que por la comunión recibe
el Cuerpo, la Sangre,
el Alma y la Divinidad
del Hombre-Dios?


“Tu fe te ha salvado” (cfr. Mt 9, 18-26). La mujer hemorroísa que busca a Jesús para ser curada, representa al alma que, en su tribulación, busca a Jesús para recibir de Él el consuelo. Jesús, a su vez, es el Dios en Persona, la Segunda Persona de la Trinidad, que sabiendo que el alma lo busca, se deja encontrar.

Para dejarse encontrar, para que nadie diga que no sabe dónde está Dios, Dios deja de habitar “en una luz inaccesible”, para venir a esta tierra; deja de ser invisible, para comenzar a ser visible, en la humanidad de Jesucristo. Se abaja hasta los hombres, y sin dejar de ser Dios, asume una naturaleza humana, para ser visto por los hombres; les habla con su misma lengua y su misma voz; camina con ellos, habla con ellos, los consuela, está siempre a su lado.

La mujer hemorroísa, el alma atribulada, busca a Dios, y Dios se deja encontrar, y cuando el alma lo encuentra, le concede el alivio a sus penas y dolores, pero va más allá todavía, porque le dice, después de haberla curado: “Tu fe te ha salvado”, y no se refiere al cuerpo, aunque este ha sido recién curado; se refiere a su alma, porque ha encontrado la luz en medio de las tinieblas del mundo. La mujer ha sido salvada por su fe, porque no se ha inclinado a los ídolos del mundo, sino que ha buscado y se ha acercado, con humildad y confianza, al mismo Dios en Persona, y esta búsqueda y este acercamiento, le han granjeado el favor divino, que además de curarle el cuerpo, le ha concedido la salvación.

La mujer acude con humildad, porque no grita, ni quiere hacerse ver, es decir, quiere pasar desapercibida, y con fe, porque es su fe la que hace salir energía divina del manto de Jesús. Su fe es tan grande, que no le hace falta tocar la humanidad de Jesús: le basta con tocar su manto. En su interior dice: “El Hombre-Dios es tan poderoso, y es tan bueno, que cura con su Palabra, con sus manos, pero yo no necesito ni que me hable, ni que me toque; sólo con tocar su manto, quedaré curada. Su poder es tan grande, que la energía divina que impregna su manto, bastará para curarme”.

El cristiano debe reflejarse en la mujer hemorroísa, porque él también está rodeado de tribulaciones, de penas y de dolores, y como ella, debe acudir sólo a Jesucristo, el Hombre-Dios, pero para asegurarse de poder conseguir de Jesús lo que anhela, debe hacerlo con la fe y la humildad del Corazón Inmaculado de María, porque de lo contrario, corre el riesgo de ser rechazado.

“Tu fe te ha salvado”. La mujer hemorroísa, acude a Jesús, y obtiene de Él, con solo tocar su manto, sin que Jesús le dirija la palabra, la curación del alma y del cuerpo.

En la comunión, no es el alma la que toca el manto de Jesús, sino Jesús, con su divinidad, quien toca al alma.

¿Qué no podría obtener el fiel que, más que tocar el manto de Jesús, recibe su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad?