Mostrando entradas con la etiqueta inhabitación trinitaria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta inhabitación trinitaria. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de junio de 2020

Jesús expulsa a los demonios a la piara de cerdos


Lucas, un evangelio universal (XXII): Jesús domina a los demonios ...

Jesús expulsa a los demonios a la piara de cerdos (Mt 8, 28-34). Al llegar Jesús a la región llamada “de los gadarenos”, le salen al encuentro dos endemoniados. Jesús, con el solo poder de su palabra, los expulsa inmediatamente de los cuerpos a los que habían poseído y los envía a una piara de cerdos, los cuales se precipitan en el mar y se ahogan.
La escena del Evangelio nos muestra, entre otras cosas, dos elementos: por un lado, la existencia de los ángeles caídos y cómo estos ángeles caídos buscan y logran, efectivamente, poseer los cuerpos de los seres humanos. Es decir, el Evangelio nos muestra la realidad de la posesión demoníaca, hecho preternatural por el cual los demonios se apoderan de los cuerpos de los hombres, aunque no de sus almas, las cuales permanecen libres. En la posesión demoníaca, el demonio toma el control -de manera injusta e inclemente- del cuerpo del hombre, como un remedo de la inhabitación trinitaria en el alma del justo. Es decir, así como Dios inhabita en el alma del que está en gracia, así el demonio toma posesión, para controlarlo a su antojo, del cuerpo del hombre. Entonces, mientras Dios Trino inhabita en el alma, el demonio se apodera del cuerpo. La diferencia no es sólo el lugar en el que están Dios y el demonio en relación al hombre -Dios en el alma y el demonio en el cuerpo-, sino en que, cuando Dios Trino inhabita en el alma del justo, lo hace con todo derecho y justicia, puesto que Dios es el Creador, el Redentor y el Santificador del hombre, por lo que su inhabitación es un derecho divino; la diferencia con la posesión demoníaca es que el demonio toma, a la fuerza y sin derecho alguno, el cuerpo del hombre, para imitar la inhabitación trinitaria en el alma. Esto lo hace por que el demonio es “la mona de Dios”, como dicen los santos, y así como el simio imita al hombre sin saber lo que hace, así el demonio imita a Dios Trino poseyendo el cuerpo del hombre, pero no para colmarlo de dicha y felicidad, como en el caso de Dios, sino para someterlo a toda clase de sufrimientos, con el doble objetivo de ser adorado por el hombre poseído y luego llevarlo con él al infierno eterno.
La otra verdad que nos muestra este Evangelio es la condición de Jesús de ser Dios en Persona, porque sólo Dios en Persona, que es el Creador de los ángeles, tiene la fuerza necesaria para expulsar al demonio del cuerpo de un hombre con el solo poder de su voz. En la voz de Jesús de Nazareth, los demonios reconocen la voz del Dios que los ha creado y que ahora los expulsa de los cuerpos que ellos ilegítimamente han poseído.
Entonces, la posesión demoníaca existe y no debe ser confundida con una enfermedad psiquiátrica -quien hace esto desconoce tanto la posesión demoníaca como la ciencia de la psiquiatría médica- y, por otro lado, el Único que puede librar al hombre de la esclavitud del demonio, es Cristo Dios. Y también su Madre, la Virgen, quien por designio divino participa de la omnipotencia divina y, en vez de expulsar a los demonios a una piara de cerdos, les aplasta la cabeza con su talón y es por esto que los demonios y el infierno entero, ante el nombre de María Santísima, se estremecen de terror.

jueves, 14 de junio de 2018

“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”




“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 20-26). ¿En qué consiste esta “justicia superior”, necesaria para entrar en el Reino de los cielos? Consiste en que, a partir de Jesús, Dios ya no está solo en las alturas inaccesibles y si bien continúa siendo Dios Todopoderoso, Omnisciente, ahora, por la gracia santificante que nos granjea Jesús por su sacrificio en cruz, inhabita, en su Trinidad de Personas, en el alma del justo, es decir, en el alma del que está en gracia. Esto hace que, a diferencia del Antiguo Testamento, en el que bastaba con un cumplimiento meramente exterior de la ley –por ejemplo, bastaba con “No matar” para cumplir la ley en ese punto-, ahora, en el Nuevo Testamento, ya no basta con simplemente “No matar”: ahora, puesto que Dios está en el interior del corazón y por lo tanto el alma está en su Presencia noche y día, cualquier pensamiento malicioso, por pequeño que sea, dirigido hacia el prójimo, es pronunciado en la mente delante de Dios y ésa es la razón por la cual el cumplimiento de la ley es mucho más exigente con Cristo que antes de Él.
“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”. Como cristianos, debemos tomar conciencia de la inhabitación trinitaria en el alma del que está en gracia, que es como un anticipo de la visión beatífica, ya en esta vida mortal. Si en el cielo, delante de la Trinidad, no cabe pensamiento ni deseo maligno alguno, por pequeño que sea, tampoco lo cabe en esta vida, cuando el alma está en gracia y por lo tanto, está ante la Presencia de Dios Uno y Trino en todo momento. En esto es en lo que consiste la “justicia superior” a la de los escribas y fariseos y sin ella, no podemos ingresar en el Reino de los cielos.

lunes, 30 de abril de 2018

“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”


"Santísima Trinidad"
(Rublev)

“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 21-26). En una sola frase, Jesús revela dos de los más grandiosos secretos de la religión católica: la composición de Dios como Trinidad de Personas y la inhabitación trinitaria en el alma del justo. En efecto, Jesús dice que “quien lo ame”, demostrará ese amor no con meras declaraciones, sino por el cumplimiento de su palabra. Esto quiere decir, entre otras cosas, que quien lo ame se esforzará, por ejemplo, en perdonar a su enemigo, en llevar la cruz de cada día, en imitarlo a Él en la mansedumbre y la humildad, pero como para todo esto es necesario un amor sobrenatural, quiere decir que quien lo ame y cumpla sus palabras, lo hará con un amor sobrenatural y ese amor sobrenatural en Dios se llama Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo, el Amor de Dios, el que hará que el justo ame a Jesús y cumpla su palabra. Aquí, entonces, está revelado el misterio de la Trinidad, porque Dios Espíritu Santo es la Tercera Persona, mientras que las otras Personas son el Padre y el Hijo. Luego, Jesús revela la doctrina de la inhabitación trinitaria en el alma del justo: aquel que, movido por el Espíritu Santo, lo ame y cumpla su palabra, recibirá la gracia inimaginable de la inhabitación del Padre y del Hijo -junto al Espíritu Santo, que es el que hace posible esta inhabitación- en su corazón: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”. Es decir, es el Amor de Dios, la Tercera Persona de la Trinidad, la que, enviada por el Padre –“mi Padre lo amará”-, la que hace que el justo ame a Jesús y cumpla su palabra y reciba, en consecuencia, la inhabitación del Padre y del Hijo, esto es, la Presencia personal de Dios Padre y de Dios Hijo.

“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”. Amar a Jesús y desear cumplir su palabra más que nada en este mundo, es ya señal de la Presencia y actuación del Espíritu Santo en el alma. Llevar a cabo este deseo, en la fidelidad a los Mandamientos de Jesús, significa para el cristiano una “recompensa”, si así se puede decir, que supera todo lo que nuestra limitada razón -aun auxiliada por la gracia- pueda comprender: la inhabitación, por el Amor de Dios, del Padre y del Hijo.

martes, 15 de noviembre de 2016

“Hoy tengo que alojarme en tu casa”



“Hoy tengo que alojarme en tu casa” (Lc 19, 1-10). Al comentar el pasaje del Evangelio en el que Jesús encuentra a Zaqueo, Santa Isabel de la Trinidad establece una analogía según la cual la casa material de Zaqueo y Zaqueo mismo es ella, de manera que el diálogo que se entabla entre Jesús y Zaqueo es el diálogo entre Jesús y ella[1]. Dice así: “Como a Zaqueo, mi Maestro me ha dicho: “Apresúrate, desciende, que quiero alojarme en tu casa”. Apresúrate a descender, pero ¿dónde? En lo más profundo de mí misma”. Santa Isabel de la Trinidad hace una analogía entre ella y Zaqueo y entre la casa de Zaqueo y su propia alma, mientras que el descenso de Zaqueo del árbol, es el descenso que ella misma hace “hasta lo más profundo de ella misma”, con lo cual, el encuentro que se verifica entre Jesús y Zaqueo, en la casa material de este último, se verifica en el alma de –la casa espiritual- de Santa Isabel de la Trinidad. Ahora bien, puesto que Zaqueo ya ha recibido la gracia de la conversión, parte de la cual es desprenderse de los bienes materiales a los que estaba aferrado antes de conocer a Jesús, esto mismo se verifica también en Santa Isabel, aunque en relación a los bienes espirituales, que comienzan por el apego que el alma tiene a sí misma. Dice así la santa: “(entrar en la casa-alma) después de haberme negado a mí misma (Mt 16, 24), separado de mí misma, despojado de mí misma, en una palabra, sin yo misma”. Es decir, así como Zaqueo demuestra su conversión, fruto del encuentro con Jesús, la santa demuestra esta conversión en el deseo de despojarse de sí misma, para que Jesús sea todo en ella.
         Luego, al analizar la frase de Jesús “Hoy tengo que alojarme en tu casa”, Santa Isabel interpreta el pedido de Jesús –el Hombre-Dios- como el deseo de Dios Uno y Trino de inhabitar, por la gracia y el amor, en el alma de todo ser humano: “Es necesario que me aloje en tu casa”. ¡Es mi Maestro quien me expresa este deseo! Mi Maestro que quiere habitar en mí, con el Padre y el Espíritu de Amor, para que, según la expresión del discípulo amado, yo viva “en sociedad” con ellos, que esté en comunión con ellos (1Jn 1, 3)”. De estas palabras se deduce que hay una profundización en el amor hacia Santa Isabel en relación a Zaqueo, porque si en el caso de Zaqueo entró sólo el Hombre-Dios Jesús y lo hizo sólo en su casa material, ahora, en Santa Isabel, junto con Jesús, Persona Segunda de la Trinidad, vienen a la casa de Santa Isabel, su alma, junto con Jesús, el Padre y el Espíritu Santo. Son las Tres Divinas Personas las que quieren entrar en el alma de Santa Isabel y hacer morada en ella. La santa confirma este pensamiento, citando a San Pablo, en donde el  Apóstol se refiere a los bautizados como “miembros de la casa de Dios”: “Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois miembros de la casa de Dios”, dice san Pablo (Ef 2, 19). He aquí como yo entiendo ser “de la casa de Dios”: viviendo en el seno de la apacible Trinidad, en mi abismo interior, en esta “fortaleza inexpugnable del santo recogimiento” de la que habla san Juan de la Cruz...”. “Ser de la casa de Dios” es, para Santa Isabel, ser el alma en gracia “la casa de Dios Uno y Trino”, de las Tres Divinas Personas.
         El alma en la que inhabite la Santísima Trinidad, será “bella”, con una belleza sobrenatural y descansará en Dios Trino, viviendo no ya en el tiempo y en el espacio humanos, sino en la eternidad de Dios, aun si continúa viviendo en el tiempo terrestre, y en la inhabitación de la Trinidad en lo más profundo de su ser, el alma se transformará en el “resplandor de su gloria”: “¡Oh qué bella es esta criatura  así despojada, liberada de ella misma!... Sube, se levanta por encima de los sentidos, de la naturaleza; se supera a ella misma; sobrepasa tanto todo gozo como todo dolor y pasa a través de las nubes, para no descansar hasta que habrá penetrado «en el interior» de Aquel que ama y que él mismo le dará el descanso... El Maestro le dice: “Apresúrate a descender”. Es así como ella vivirá, a imitación de la Trinidad inmutable, en un eterno presente..., y por una mirada cada vez más simple, más unitiva, llegar a ser “el resplandor de su gloria” (Heb 1,3) o dicho de otra manera, la incesante “alabanza de gloria”» (Ef 1, 6) de sus adorables perfecciones”. Para Santa Isabel, entonces, el episodio evangélico del encuentro entre Jesús y Zaqueo no solo se actualiza en su alma, sino que se profundiza hasta un nivel insospechado, el de la transformación del alma en el “resplandor de la gloria” de Dios Trino.




[1] Último retiro, 42-44.

jueves, 12 de mayo de 2016

“Para que el amor que me tenías esté en ellos, como yo también estoy en ellos”


“Para que el amor que me tenías esté en ellos, como yo también estoy en ellos” (Jn 17, 20-26). Jesús quiere cumplir su misterio pascual, para dar cumplimiento a la voluntad del Padre: que el Amor que une al Padre y al Hijo, el Espíritu Santo, esté en los hombres: “Para que el amor que me tenías esté en ellos, como yo también estoy en ellos”. En una sola frase, Jesús revela el fin de su Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección, la inmensidad del Amor misericordioso de Dios para con los hombres, y la doctrina de la inhabitación trinitaria en el alma en gracia. Jesús ofrendará su Cuerpo y su Sangre en la cruz, para que los hombres reciban el Espíritu, y así los hombres, unidos por un mismo espíritu, serán “uno” en Cristo y esta unidad será la más profunda y sublime que pueda ni siquiera imaginarse para una naturaleza creada y tan limitada, como la naturaleza humana: la unión será en el Espíritu Santo, es decir, en el Amor de Dios. Es decir, Dios Trino ama tanto a la humanidad, a los hombres –a cada hombre-, que desea unir a los hombres en su Amor, el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Es esto lo que Jesús pexpresa cuando dice: “Que sean uno (…) para que el amor que me tenías esté en ellos, como yo también estoy en ellos”. El Amor de Dios, que une al Padre y al Hijo en la eternidad, será el que una a los hombres, en Cristo, con el Padre.
Por el don del Espíritu, el cristiano comienza a vivir una vida nueva, la vida en Cristo Jesús, la vida en el Amor de Dios, y así el cristiano se diferencia radicalmente de todo otro hombre que no haya recibido el don del Espíritu, porque su vida ya no es más la vida creatural, sino una vida absolutamente nueva, la vida que le comunica el Espíritu de Dios, desde el momento en que el Espíritu de Dios, por la gracia, comienza a vivir en él: “ (…) el Espíritu transforma y comunica una vida nueva a aquellos en cuyo interior habita”[1]. El cristiano es transformado porque el Espíritu, que inhabita en su corazón por la gracia santificante, le comunica la vida de Dios; es una vida que es nueva no en un sentido figurado, sino nueva porque Dios, que es Espíritu, inhabitando en él, lo hace partícipe de su propia vida, la vida misma de la Trinidad: “Vemos, pues, la transformación que obra el Espíritu en aquellos en cuyo corazón habita”[2].
“Para que el amor que me tenías esté en ellos, como yo también estoy en ellos”. Aquel en el que habita el Espíritu de Dios, aborrece el mundo y sus atractivos, al tiempo que ama lo que ama Dios, porque ama con el amor de Cristo, el Amor con el que el Padre amaba a Cristo desde la eternidad. Para que el Amor de Dios inhabite en nuestros corazones, es que Jesús sufre su dolorosa Pasión.



[1] San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan, Libro 10, 16, 6-7: PG 74, 434.
[2] Cfr. ibídem.

jueves, 21 de abril de 2016

“El que me recibe, recibe al que me envió”


“El que me recibe, recibe al que me envió” (Jn 14,1-6). Jesús continúa revelando la identidad entre Él y su Padre: verlo a Él, es “ver al Padre” (cfr. Jn 14, 9); nadie va al Padre, “si el Hijo no lo conduce” (cfr. Jn 14, 6); ahora, revela que recibir a Él, es “recibir al que lo envió”, es decir, al Padre. Esto tiene una profunda consecuencia en la doctrina y en la espiritualidad eucarística, porque si Jesús es Dios Hijo encarnado, Él prolonga su Encarnación en la Eucaristía; por lo tanto, estar frente a la Eucaristía y adorar la Eucaristía, es estar frente a Dios Hijo en Persona y adorar a Dios Hijo en Persona, que se encuentra frente a nosotros glorioso y resucitado, tal como está en el cielo, sólo que oculto bajo apariencia de pan. Por otro lado, si ver a Jesús, Dios Hijo, es ver a Dios Padre –porque hay entre ambos identidad de naturaleza y substancia y porque el Hijo es la Sabiduría del Padre-, entonces contemplar el misterio de Jesús en la Eucaristía es contemplar el misterio de Dios Padre, que es Quien envía a su Hijo Dios a encarnarse y a prolongar su encarnación en la Eucaristía; también quiere decir que si nadie va al Padre si no lo conduce al Hijo –y el Hijo conduce al Padre en el Espíritu Santo-, entonces, adorar la Eucaristía, que es adorar al Hijo, es entonces también adorar al Padre y ser conducidos al Padre por el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Finalmente, si recibir a Jesucristo es recibir “al que lo envió”, es decir, al Padre, entonces, recibir la Eucaristía, que es Jesucristo en Persona, es recibir al Padre y es, también, recibir al Amor del Padre y el Hijo, el Espíritu Santo. Jesús revela, así, la doctrina de la inhabitación trinitaria, una maravillosísima realidad sobrenatural para el alma que comulga en gracia, la cual se convierte, así, por la comunión eucarística, en templo de la Santísima Trinidad.

domingo, 26 de octubre de 2014

“A ustedes la casa les quedará desierta”


“A ustedes la casa les quedará desierta” (Lc 13, 31-35). Le advierten a Jesús de que su vida corre peligro, porque Herodes quiere matarlo, pero Jesús, aun sabiendo que correrá la misma suerte de los profetas, que también fueron asesinados a causa de la Palabra de Dios, no por eso dejará de cumplir su misión. Por otra parte, no es que Jesús se anoticie recién en este momento, cuando los fariseos le traen la novedad de que Herodes quiere terminar con su vida: Jesús sabe, desde toda la eternidad, que ha de morir en la cruz para redimir a la humanidad. De esta manera, Él se convierte, al precio de su Sangre derramada en el Calvario, en el primer Bienaventurado, porque en su Persona divina se concentra la persecución diabólica que, utilizando instrumentos humanos, busca exterminar la presencia de Dios y de sus emisarios en la tierra: “Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí” (Mt 5, 12). El hecho de que sea Herodes quien quiera asesinarlo, no significa que se trate de un episodio político o socio-político; en otras palabras, Herodes no busca asesinar a Jesús porque vea en Jesús a un posible rival para su reyecía; ni siquiera la instigación de los fariseos es la causa final del deseo de ver morir a Jesús, porque los fariseos no quieren matar a Jesús por un mero apasionamiento humano: detrás de los deseos homicidas de Herodes y de los fariseos, se encuentra la siniestra persona angélica del Príncipe de las tinieblas, que es quien en realidad, desencadenará el inhumano y crudelísimo ataque sobre Jesús, buscando destruirlo y aplastarlo. El Demonio, que sabía que Jesús era Dios[1], buscaba destruir a Jesús, porque en su odio satánico buscaba lo imposible: destruir a Dios en Jesús; pensaba que si destruía a Jesús, destruía a Dios, y por eso empleó todas sus fuerzas demoníacas y utilizó toda su astucia satánica para tentar a los hombres e inducirlos a cometer toda clase de perversidades, con tal de lograr su imposible objetivo: vencer a Jesús, que era Dios.
“A ustedes la casa les quedará desierta”. Jesús sabe que ha de morir, porque ése es el plan trazado por el Padre desde la eternidad, para la salvación de la humanidad. Dentro de este plan salvífico, está comprendida su muerte en cruz, que será una muerte redentora, porque salvará a muchos, al mismo tiempo que servirá de castigo para los ángeles rebeldes, quienes recibirán su paga por su perfidia diabólica. Asimismo les advierte, a los hombres perversos que se unan a los ángeles caídos, que “la casa les quedará desierta”, es decir, el alma les será privada para siempre de la gracia santificante y por lo tanto de la inhabitación trinitaria. Les está anticipando así, que sufrirán el mismo destino de los ángeles rebeldes, la eterna condenación. “A ustedes la casa les quedará desierta”: la casa es el alma, y el hecho de que quede “desierta”, significa que queda el alma privada de la gracia de Dios y por lo tanto sin la presencia de las Tres Divinas Personas, como pago por su alianza con el Ángel caído, y esto es lo que le sucedió a Judas Iscariote.
“A ustedes la casa les quedará desierta”. Todo cristiano es libre de elegir, entre seguir a Cristo Jesús y sufrir lo que Él sufrió, la persecución por causa del Reino de Dios, o aliarse al Príncipe de las tinieblas y gozar de paz en este mundo, al precio de ver su “casa desierta”, sufriendo el mismo destino de Judas Iscariote. No hay posiciones intermedias, y lo que cada uno elija, eso se le dará (cfr. Eclo 18, 17). Que la Madre de Dios nos conceda elegir siempre el Camino Real de la Cruz, el ser perseguidos por causa de su Hijo Jesús, de manera tal que nunca jamás, ni nosotros, ni nuestros seres queridos, escuchemos de los labios del Justo Juez, la terrible sentencia: “A ustedes la casa les quedará desierta”.



[1] Cfr. J. A. Fortea, Summa Demoniaca: Tratado de Demonología y Manual de Exorcistas, 33.

miércoles, 6 de marzo de 2013

“Si Yo expulso a los demonios quiere decir que ha llegado el Reino de Dios”



“Si Yo expulso a los demonios quiere decir que ha llegado el Reino de Dios” (Lc 11, 14-23). Jesús expulsa a un demonio mudo, llamado también “clausi”, cuya presencia se caracteriza precisamente por no hablar a través del poseso -es decir, durante el trance, se mantiene mudo-, a diferencia de los demonios llamados “aperti”, que se caracterizan porque en el momento del exorcismo son locuaces, con una locuacidad plena de blasfemias, mentiras y burlas hacia el sacerdote exorcista. Un tercer tipo de demonios, según el P. José Antonio Fortea, son los denominados “abditi” o “escondidos”, que se caracterizan por esconderse en el interior del poseso sin manifestarse de ningún modo[1].
Más allá del tipo de demonio que se trate, el Evangelio revela claramente la existencia de los ángeles caídos y su poder sobre los hombres, manifestado en el máximo control físico que el demonio puede ejercer sobre el hombre, la posesión corporal. El demonio, en su locura irreparable, cree que la humanidad le pertenece, y por ese motivo pretende apoderarse de los hombres, y una de las formas es la posesión corporal, la cual se correspondería, como si de una imagen en negativo se tratase, a la inhabitación trinitaria en el alma por la gracia. La posesión demoníaca, corporal, física, del cuerpo del poseso, es el intento simiesco con el que el demonio, llamado “la mona de Dios”, busca imitar la inhabitación trinitaria en el alma humana. Como todo lo que hace el demonio lo hace mal, la posesión demoníaca es una burda y grosera copia de la inhabitación trinitaria: mientras que la posesión es violenta, anti-natural –el demonio es simplemente una creatura, que no tiene por qué poseer a otra creatura, el hombre-, basada en el odio angélico e involuntaria, porque el poseso no quiere ser poseído, aunque hay casos de posesión, llamada “perfecta”, en la que el poseso se entrega en cuerpo y alma al demonio, siendo en este caso voluntaria; la inhabitación trinitaria, por el contrario, es sobrenatural, lo cual quiere decir que no fuerza a la naturaleza, ya que Dios, siendo el Creador del alma, puede poseer por la gracia, naturalmente, a toda alma; se basa en el Amor, porque si Dios inhabita en un alma no es porque tenga ninguna necesidad, sino por puro y simple Amor, y a diferencia de la posesión, que sólo posee el cuerpo pero no el alma (con la excepción de la posesión perfecta, en la que hay dominio hasta de la voluntad del poseso), en la inhabitación trinitaria se da la Presencia por Amor de las Tres divinas Personas en el alma, a la cual la plenifica con su gracia, extendiendo el poder benéfico de la gracia desde el alma al cuerpo, en esta vida, y glorificando al cuerpo, con la plenitud de la gloria de la bienaventuranza, en la otra vida.
“Si Yo expulso a los demonios quiere decir que ha llegado el Reino de Dios”. Sin embargo, hoy en día al demonio no le hace falta esforzarse en poseer los cuerpos de los hombres para tenerlos bajo su dominio: le basta apenas con tender ingenuas trampas por todas partes, para que los hombres, movidos por sus instintos y sus bajas pasiones, acudan en masa a estas trampas: ateísmo, agnosticismo, gnosticismo pagano, ocultismo, brujería, materialismo, hedonismo. El demonio no tiene necesidad de poseer corporalmente a los hombres, porque estos han colaborado, consciente y voluntariamente, en construir el Reino de Satanás, el mundo actual, en abierta oposición al Reino de Dios.
Pero Jesús ha venido para “deshacer las obras del demonio” (1 Jn 3, 7-8); ha venido para destruir al Reino de Satanás e instaurar entre los hombres el Reino de Dios, y una señal de su poder divino es la expulsión de los demonios de los cuerpos poseídos. La expulsión física de los demonios es sólo el preludio de la expulsión definitiva del demonio en el Día del Juicio Final, en el que será encadenado para siempre en el infierno. Hasta entonces,  la tarea de los cristianos es colaborar en la obra de Jesús: deshacer las obras del Reino de las tinieblas e instaurar el Reino de Dios en medio de los hombres.




[1] Cfr. Summa Daemoniaca, Cuestiones 101-102, Editorial Dos Latidos, Zaragoza 2012, pp. 98-99.