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miércoles, 31 de enero de 2024

“Sé quién eres, el Santo de Dios”



 (Domingo IV - TO - Ciclo B – 2024)

          “Sé quién eres, el Santo de Dios” (Mc 1, 21-28). Mientras Jesús está enseñando el día sábado en la sinagoga de la ciudad de Cafarnaúm, un hombre, que estaba poseído por un demonio, interrumpe la enseñanza de Jesús y comienza a gritar, gritando: “¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús, con toda calma y con su autoridad divina, lo increpa y le da autoritativamente al demonio dos órdenes: que se calle y que salga del cuerpo del hombre endemoniado. En otras palabras, Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, hace un exorcismo, mientras hace una pausa en su enseñanza divina.

          El Evangelio nos deja muchas enseñanzas. Por un lado, el carácter divino, sobrenatural, celestial, del Hombre-Dios Jesucristo, puesto que solo siendo Dios puede expulsar a un demonio que ha tomado posesión del cuerpo de un ser humano. En otras palabras, si Jesús fuera solo un hombre, como sostienen los evangelistas, los musulmanes, los judíos y todas las sectas, no sería capaz de expulsar demonios, porque no tendría fuerza suficiente, ya que la naturaleza angélica, aunque sea demoníaca, sin la gracia santificante, es inmensamente superior a la naturaleza humana.

          Otra enseñanza que nos deja el Evangelio es el carácter sobrenatural de las palabras de Jesús, es decir, su doctrina, que proviene del Intelecto del Padre, puesto que Él es la Sabiduría del Padre, Él es el Verbo del Padre, en Él el Padre se auto-expresa y se auto-revela; toda la sabiduría infinita, celestial, divina y eterna que posee el Padre, es expresada y revelada por Jesucristo y esto es percibido por los asistentes a la sinagoga, quienes quedan perplejos ante el esplendor y la majestad de la revelación celestial del Hombre-Dios Jesucristo, revelación que se distingue netamente de la retórica a menudo vacía y sin autoridad de los rabinos hebreos, tal como los mismos hebreos lo dicen en la sinagoga.

          Otra enseñanza que nos deja, es la realidad de la existencia de los demonios, de los ángeles caídos y por lo tanto del Infierno, el cual es un lugar creado por Dios para Satanás y los ángeles rebeldes y también para los hombres impenitentes; el Infierno es real, existe y dura para siempre, no está vacío, es inmensamente grande y hay lugar, si se diera la oportunidad, para toda la humanidad y para todos los ángeles creados y por crear.

          La existencia del Infierno es un dogma de fe, revelado por Nuestro Señor Jesucristo y quien lo pone en duda, ofende a Nuestro Señor, tachándolo de embustero o fabulador, además de atentar contra el Magisterio de la Iglesia. Solo por dar un ejemplo, citamos una visión del Infierno de una santa de la Iglesia Católica: ““La entrada me parecía un callejón largo y estrecho, como un horno muy bajo, oscuro y angosto; el suelo, un lodo de suciedad y de un olor a alcantarilla en la que había una gran cantidad de reptiles repugnantes. En la pared del fondo había una cavidad como de un armario pequeño encastrado en el muro, donde me sentí encerrar en un espacio muy estrecho. Pero todo esto era un espectáculo agradable en comparación con lo que tuve que sufrir” […].

“Lo que estoy a punto de decir, sin embargo, me parece que no se pueda ni siquiera describirlo ni entenderlo: sentía en el alma un fuego de tal violencia que no se como poderlo referir; el cuerpo estaba atormentado por intolerables dolores que, incluso habiendo sufrido en esta vida algunos graves […] todo es incomparable con lo que sufrí allí entonces, sobre todo al pensar que estos tormentos no terminarían nunca y no darían tregua”.
[…].

“Estaba en un lugar pestilente, sin esperanza alguna de consuelo, sin la posibilidad de sentarme y extender los miembros, encerrada como estaba en esa especie de hueco en el muro. Las misas paredes, horribles a la vista, se me venían encima como sofocándome. No había luz, sino unas tinieblas densísimas” […].

“Pero a continuación tuve una visión de cosas espantosas, entre ellas el castigo de algunos vicios. Al verlos, me parecían mucho más terribles […]. Oír hablar del infierno no es nada, como tampoco el hecho de que haya meditado algunas veces sobre los distintos tormentos que procura (aunque pocas veces, pues la vía del temor no está hecha para mi alma) y con las que los demonios torturan a los condenados y sobre otros que he leído en los libros; no es nada, repito, frente a esta pena, es una cosa bien distinta. Es la misma diferencia que hay entre un retrato y la realidad; quemarse en nuestro fuego es bien poca cosa frente al tormento del fuego infernal. Me quedé espantada y lo sigo estando ahora mientras escribo, a pesar de que hayan pasado casi seis años, hasta el punto de sentirme helar de terror aquí mismo, donde estoy” […].

“Esta visión me procuró también una grandísima pena ante el pensamiento de las muchas almas que se condenan (especialmente las de los luteranos que por el bautismo eran ya miembros de la Iglesia) y un vivo impulso de serles útil, estando, creo, fuera de dudas de que, por liberar a una sola de aquellos tremendos tormentos, estaría dispuesta a afrontar mil muertes de buen grado” […]”.

          Una última enseñanza que nos deja el Evangelio es el reconocimiento que el demonio hace de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, ya que le dice: “Sé quién eres: el Santo de Dios”. Si bien los demonios están cegados a la divinidad y no pueden contemplar a Dios por haber perdido la gracia, no pueden contemplar a la Persona Segunda de la Trinidad en Cristo Jesús, pero como son muy inteligentes, deducen, con toda claridad, que Cristo es Dios y no puede no ser Dios, porque solo Dios puede hacer los milagros que Cristo hace: los demonios ven a Cristo hacer milagros que solo la omnipotencia divina puede hacer: resucitar muertos, curar enfermedades incurables, multiplicar panes y peces, leer los corazones, perdonar los pecados. Los demonios deducen, con toda claridad, que Jesús es Dios y por eso, a su pesar, confiesan que Él es Dios. Y esto es una enseñanza para los católicos, para la inmensa mayoría de los católicos que, habiendo tomado una postura contraria al Magisterio, a las Escrituras y a la Tradición, niegan la condición divina de Nuestro Señor Jesucristo, con lo cual niegan también la condición divina de la Sagrada Eucaristía, es decir, si niegan que Cristo es Dios, niegan que la Eucaristía sea el mismo Cristo Dios oculto en las apariencias de pan y vino.

          Si bien los demonios mienten por esencia, en este caso, dicen la verdad: Cristo es Dios, por esto mismo, el Demonio exorcizado por Cristo nos deja esta enseñanza y es lo que debemos repetir y decir a Jesús en la Eucaristía: “Jesús Eucaristía, ya sé quién eres: el Santo Dios”.

miércoles, 16 de agosto de 2023

“Mujer, qué grande es tu fe”

 


(Domingo XX - TO - Ciclo A – 2023)

         “Mujer, qué grande es tu fe” (Mt 15, 21-28). En este episodio del Evangelio, acaparan la atención dos protagonistas principales: Nuestro Señor Jesucristo y la mujer cananea o sirofenicia. La actitud de Jesús sorprende en un primer momento, porque se muestra reticente ante el pedido de la mujer; se muestra como si sus sentimientos fueran, como se suele decir, “fríos”, ante el pedido de socorro de la mujer, porque no responde de buenas a primera; pero además sorprende el trato que da a la mujer, a quien, si bien indirectamente, la trata como “cachorro de animal”, como “cachorro de perro”. Por supuesto que Nuestro Señor está lejos de ser frío de corazón y duro de sentimientos, lo único que quiere hacer es -aunque Él ya lo sabe-, poner de manifiesto la fe de la mujer que, siendo pagana, muestra una fe en Él como Dios, que no la muestran ni siquiera sus discípulos más cercanos; lo que quiere Jesús, aparentando frialdad y distancia, es en realidad poner de ejemplo a la fe de la mujer cananea o sirofenicia y así darles una lección a sus propios discípulos.

         El tema central del episodio es el pedido de auxilio de la mujer a Jesús. Este pedido de auxilio es muy particular y nos enseña muchas cosas: por un lado, trata a Jesús como “Señor, Hijo de David”, título reservado al Mesías, con lo cual ya desde un primer momento, la mujer demuestra que está iluminada por el Espíritu Santo, porque no acude a Jesús como a un taumaturgo, a un santón, a un hombre que dice profecías, sino como al mismo Mesías.

         Otra característica del pedido de la mujer es que ella sabe diferenciar entre la enfermedad epiléptica y la posesión demoníaca y esto es muy importante, porque las interpretaciones progresistas católicas o evangélicas luteranas, niegan las posesiones demoníacas, calificándolas como enfermedades, generalmente del tipo epiléptico, por el movimiento que hacen los posesos. La mujer sabe distinguir bien entre la enfermedad y la posesión, ya que la posesión se caracteriza por elementos muy distintos a la enfermedad, como por ejemplo, el poseso posee una fuerza extrema, habla con voz gutural, entra en trance, lo cual significa que la personalidad de la persona del poseso desaparece para dar lugar a la personalidad del demonio o ángel caído que posee el cuerpo del poseso. Todo esto es muy bien distinguido por la mujer, ya que no le dice a Jesús que su hija está “enferma” -como por ejemplo, el hijo del centurión-, sino que le dice clara y específicamente que su hija está “poseída”: “Mi hija tiene un demonio muy malo”.

         Otro elemento es que la mujer cree en Jesús como Dios, porque sabe que Él, Jesús, siendo Dios, es el Único que tiene poder de expulsar demonios. Si la mujer no hubiera estado iluminada por el Espíritu Santo, nunca habría tenido fe en Jesús como Dios y por lo tanto con su poder omnipotente, con capacidad infinita para expulsar demonios.

         La mujer da también ejemplo de extrema humildad, porque Jesús no le contesta nada en un primer momento, a pesar de que la mujer grita pidiendo auxilio, es decir, pareciera que Jesús la ignora a propósito, pero la mujer, a pesar de eso, continúa recurriendo a Jesús. Y luego, cuando Jesús le dirige la palabra, le deja en claro que Él ha sido enviado para recoger “a las ovejas descarriadas de Israel”, con lo cual ella queda, de manera obvia, automáticamente excluida de cualquier ayuda que pudiera prestarle Jesús, ya que ella no es hebrea, sino sirofenicia. Pero esto tampoco la desanima a la mujer, todavía más, le da más fuerzas para insistir en su pedido a Jesús y si en un primer momento había reconocido a Jesús como al Mesías y como Dios con la palabra, ahora reconoce igualmente a Jesús como al Mesías y como a Dios, pero con el cuerpo, ya que se postra ante Él, siendo la postración un claro signo de adoración a Dios y así lo dice el Evangelio: “Ella (…) se postró ante Él y le pidió de rodillas”. La postración y la genuflexión son gestos corpóreos externos que indican adoración y solo se deben al verdadero Dios, Cristo Jesús y es esto lo que hace la mujer.

Pero, aun así, Jesús parece no tener intención alguna de cumplir con la petición que le hace la mujer, ya que ahora, aunque le responde, al hacerlo, la compara indirecta e implícitamente con un animal, con un perro o con un cachorro de perro: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Con esta respuesta, Jesús deja bien en claro que los hijos son los judíos, los miembros del Pueblo Elegido, los israelitas, a los que compara con los hijos que se sientan a la mesa a comer la comida principal y que los paganos, como ella, se comparan a perros y así como no está bien que un padre dé el alimento, en este caso, el pan, que le corresponde a los hijos, a un perro, así tampoco corresponde que Él, el Mesías, que ha venido en primer lugar para recoger a los hijos, los israelitas, no puede hacer milagros para quienes no pertenecen al Pueblo Elegido.

Ni siquiera esto último, la equiparación de la mujer cananea a un perro, la detiene y aquí la mujer cananea nos da un ejemplo extremo de fe y de humildad, porque si hubiera sido soberbia, se habría retirado al instante, pero no lo hace; por el contrario, da una respuesta llena de humildad y de fe que sorprende al mismo Jesús: “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Con esto, la mujer cananea le quiere decir a Jesús que sí, es verdad que Él, como Mesías, debe hacer milagros -como los hace a lo largo de todo el Evangelio- en primer lugar para los hijos, es decir, el Pueblo Elegido, pero de la misma manera a como los perros se alimentan de las migajas que caen de la mesa de los hijos, así los que no pertenecen al Pueblo Elegido, como ella, pueden recibir una “migaja” de su poder divino, que sería en este caso, el exorcismo de su hija poseída por un demonio.

Una vez llegados a este punto, Jesús, que demuestra sorpresa y admiración por la fe de la mujer –“Mujer, qué grande es tu fe”- y considerando que ha dado ya ejemplos suficientes a sus discípulos de fe, de mansedumbre, de humildad, de amor a su hija y a Él, decide entonces expulsar, con su poder divino, al demonio que atormentaba a la hija de la mujer cananea, tal como lo atestigua el Evangelio: “Mujer, qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas”. En aquel momento quedó liberada su hija”.

“Mujer, qué grande es tu fe”. La mujer cananea es un modelo y ejemplo de fe en Jesús como Dios, como Salvador; es un ejemplo de mansedumbre, de humildad, de amor y de perseverancia en la fe. Por esto mismo, debe servirnos a los cristianos, que muchas veces tratamos a Jesús como si Él fuera un sirviente que tiene la obligación de darnos lo que le pedimos y si no nos lo da, nos ofendemos y nos retiramos de su Iglesia. Esto, que es un comportamiento temerario e irrespetuoso ante Cristo Dios, se contrasta con la fe, la humildad, la mansedumbre, la perseverancia y el amor de la mujer cananea, de la cual tenemos mucho, pero mucho por aprender.

miércoles, 28 de julio de 2021

“Mujer, ¡qué grande es tu fe!”

 


“Mujer, ¡qué grande es tu fe!”. (Mt 15, 21-28). Una mujer cananea se postra ante Jesús para implorar la liberación de su hija, la cual está poseída por un demonio. Luego de un breve diálogo con Jesús, la mujer cananea obtiene lo que pedía y además es alabada por Nuestro Señor en persona: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!”. El hecho de que haya sido alabada por Jesús en persona, nos lleva a desviar nuestra mirada espiritual hacia la mujer cananea, para aprender de ella. En efecto, la mujer cananea nos deja varias enseñanzas: por un lado, sabe diferenciar entre una enfermedad y una posesión demoníaca, porque acude a Jesús para que la libere de un demonio que la “atormenta terriblemente” y este diagnóstico de la mujer cananea queda confirmado implícitamente cuando Jesús –obrando a la distancia con su omnipotencia- realiza el exorcismo y expulsa al demonio que efectivamente había poseído a la hija de la mujer cananea; otra enseñanza es que la mujer cananea tiene fe en Cristo en cuanto Dios y no en cuanto un simple hombre santo y la prueba de que lo reconoce como al Hombre-Dios es que lo nombra llamándolo “Señor”, un título sólo reservado a Dios y, por otro lado, se postra ante Él, lo cual es un signo de adoración externa también reservada solamente a Dios; otra enseñanza que nos deja la mujer cananea es que no tiene respetos humanos: ella es cananea y no hebrea, por lo tanto, no pertenece al Pueblo Elegido, es decir, era pagana y como tal, podría haber experimentado algún escrúpulo en dirigirse a un Dios –Jesús- que no pertenecía al panteón de los dioses paganos de su religión y sin embargo, venciendo los respetos humanos, se dirige a Jesús con mucha fe; otra enseñanza es la gran humildad de la mujer cananea, porque no solo no se ofende cuando Jesús la trata indirectamente de “perra” –obviamente, no como insulto, sino como refiriéndose al animal “perro”-, al dar el ejemplo de los cachorros que no comen de la mesa de los hijos, sino que utiliza la misma imagen de Jesús –la de un perro- para contestar a Jesús con toda humildad, implorando un milagro y utilizando para el pedido la imagen de un perro, de un cachorro de perro: “Los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Esta respuesta es admirable, tanto por su humildad, como por su sabiduría, porque la mujer cananea razona así: si los hebreos son los destinatarios de los milagros principales –ellos son los hijos que comen en la mesa en la imagen de Jesús-, ella, que no es hebrea, también puede beneficiarse de un milagro menor, como es el exorcismo de su hija, de la misma manera a como los cachorros de perritos, sin ser hijos, se alimentan de las migajas que caen de la mesa de sus amos.

Fe en Cristo Dios; adoración a Jesús, Dios Hijo encarnado; fe en la omnipotencia de Cristo; sabiduría para distinguir entre enfermedad y posesión demoníaca; ausencia de respetos humanos, con lo cual demuestra que le importa agradar a Dios y no a los hombres; humildad para no sentirse ofendida por ser comparada con un animal –un perro-; astucia para utilizar la misma figura del animal, para pedir un milagro para su hija. Estas son algunas de las enseñanzas que nos deja la mujer cananea, tan admirables, que provocaron incluso el asombro del mismo Hijo de Dios en persona: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!”.

sábado, 3 de julio de 2021

“Curad enfermos expulsad demonios y anunciad que el Reino de los cielos está cerca”

 


“Curad enfermos expulsad demonios y anunciad que el Reino de los cielos está cerca” (Mt 10, 7-15). Jesús envía a sus discípulos, a su Iglesia Naciente, a evangelizar, a anunciar la Buena Noticia, que es la Llegada del Reino de los cielos. Les concede poder, participado de su propio poder divino, de curar enfermos y expulsar demonios, como signos o señales de que lo que están anunciando viene de Dios. Es decir, les da el poder de hacer obras milagrosas propias de Dios, como las curaciones de enfermos y las expulsiones de demonios, como hechos que confirman el anuncio esencial del cristianismo: el Reino de los cielos está cerca. Es importante hacer estas consideraciones porque muchos, dentro y fuera de la Iglesia Católica, han invertido las señales y han confundido las cosas: para estos, el Reino de los cielos es la curación de los enfermos y la expulsión de demonios; es decir, en esto consiste, para estos cristianos, la llegada del Reino de los cielos. Por ejemplo, en la inmensa mayoría de las sectas evangélicas, los encuentros se basan en una supuesta curación milagrosa de enfermos, o en el exorcismo demoníaco practicado masivamente; algo similar sucede en algunos movimientos católicos, en donde las misas son de “sanación”, para curar enfermedades del orden que sea y también se realizan con el fin de exorcizar demonios. Para estos movimientos, evangélicos y católicos, el Reino de los cielos es curación de enfermedades y expulsión de demonios, pero esto es invertir los términos, es confundir las señales al lado del camino con el camino mismo y con el fin del camino: la curación de enfermedades y la expulsión de demonios son sólo signos o señales que indican que el Reino de los cielos está cerca; en otras palabras, el Reino de los cielos no consiste en que todos estemos curados de enfermedades corporales y libres de la influencia del Demonio: estas cosas son señales o signos que indican que ha llegado a los hombres el Reino de Dios, pero no son ni consisten en el Reino de Dios. El Reino de Dios comienza aquí en la tierra con la posesión en el alma de la gracia santificante, posesión que hace que las Tres Divinas Personas de la Trinidad inhabiten en el alma, todo lo cual es un anticipo, ya en la tierra, de aquello que sucederá luego de nuestra muerte terrena, si es que morimos en gracia: la gracia se convertirá en gloria y las Tres Divinas Personas de la Trinidad, que inhabitan en el alma en la oscuridad de la fe, podrán ser vistas cara a cara, por el alma glorificada, para toda la eternidad. Es en esto en lo consiste el Reino de Dios, y no en la curación de enfermedades y en la expulsión de demonios.

jueves, 1 de julio de 2021

“Nunca se ha visto en Israel una cosa igual”

 


“Nunca se ha visto en Israel una cosa igual” (Mt 9, 32-28). Jesús realiza un exorcismo, expulsando un demonio mudo –al respecto, hay que destacar que existen demonios mudos, como el del Evangelio, los cuales se caracterizan por poseer el cuerpo del ser humano, pero no se manifiestan por medio del habla, mientras que hay otros demonios “hablantes”, por así decirlo, que se manifiestan mediante las cuerdas vocales del poseso-. Esta acción de Jesús, la de expulsar al demonio con el solo poder de su voz, nos muestra su divinidad, porque el demonio, que es un ángel caído, creado por Dios y caído por su propia voluntad, reconoce en la voz humana de Jesús de Nazareth la omnipotente voz del Dios que lo creó y que luego lo envió, junto a todos los ángeles apóstatas, del Cielo a lo más profundo del Infierno.

Además del poder exorcista de Jesús, hay otros dos elementos a destacar: por un lado, la sorpresa y admiración de los contemporáneos de Jesús, quienes se dan cuenta de que en Jesús hay algo más que un simple hombre santo, o un profeta y aunque no lleguen a expresarlo abiertamente, comienza a tomar forma la idea de que Jesús es algo extraordinario, en el sentido de que supera absolutamente todo lo conocido hasta el momento y es por eso que exclaman: “Nunca se ha visto en Israel una cosa igual”.

El otro elemento a destacar es la mala fe, originada en la envidia y en la incredulidad voluntaria de escribas y fariseos, quienes en vez de reconocer en Jesucristo a Dios Hijo encarnado, que con el poder de su voz expulsa a los demonios, lo califican a Jesús mismo de endemoniado, o de brujo, que expulsa a los demonios no con el poder de Dios, como es en la realidad, sino con el poder de Belcebú, uno de los demonios más poderosos del Infierno: “Éste echa a los demonios con el poder del jefe de los demonios”.

“Nunca se ha visto en Israel una cosa igual”. La misma expresión de asombro de los contemporáneos de Jesús, al comprobar el poder divino de su voz, que expulsa a los demonios, debemos expresarla nosotros, en relación a la Iglesia, puesto que la Iglesia demuestra un poder infinitamente más grande que el de expulsar un demonio, cuando por la débil voz humana del sacerdote habla Jesús de Nazareth en la consagración, produciendo el milagro de la transubstanciación, esto es, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

jueves, 4 de marzo de 2021

“Si yo arrojo a los demonios con el dedo de Dios, es porque ha llegado a ustedes el Reino de Dios”


 

“Si yo arrojo a los demonios con el dedo de Dios, es porque ha llegado a ustedes el Reino de Dios” (Lc 11, 14-23). Las palabras de Jesús nos dejan muchas enseñanzas: por un lado, nos enseña que Él, en cuanto Hombre-Dios, es el Sumo y Eterno Sacerdote, quien con su omnipotencia divina expulsa a los demonios con el solo poder de su voz. En efecto, en la voz humana de Jesús de Nazareth, los demonios reconocen la voz del Dios Uno y Trino que los creó, que los puso a prueba luego de su creación y que los condenó en el Infierno luego de que éstos se rebelaran contra su voluntad. Por otra parte, nos enseña que el exorcismo, esto es, la expulsión de un demonio que ha tomado posesión de un cuerpo humano, es una señal de que el Reino de Dios está presente entre los hombres y esto nos conduce directamente a la Iglesia Católica, porque quien continúa con el trabajo de exorcismo, es la Iglesia Católica, por medio de sus sacerdotes ministeriales. Esto significa que la Iglesia Católica es, en sí misma, un signo no solo de la existencia, sino de la presencia del Reino de Dios ya en la tierra, en la historia humana. Este Reino de Dios irá creciendo a medida que se acerque el fin de los tiempos, puesto que en el Día del Juicio Final, desaparecerá esta tierra y terminarán el tiempo y la historia humana, para dar inicio a la eternidad de Dios y su Reino.

Por último, otra enseñanza que nos deja este Evangelio es la existencia de dos tipos de demonios, los demonios “hablantes” y los demonios “mudos”: los “hablantes” son demonios que se expresan con gritos, aullidos, blasfemias, voces guturales, utilizando los órganos del cuerpo del poseso y así se dan a conocer; los “mudos”, como el del Evangelio, son demonios que no se manifiestan sensiblemente y que por eso mismo parecería que no están en el poseso, pero sí lo están. Como sea, el poder de Nuestro Señor Jesucristo, que es la fuerza omnipotente de Dios Trinidad, expulsa a cualquier clase de demonio, sea “hablante” o “mudo”.

“Si yo arrojo a los demonios con el dedo de Dios, es porque ha llegado a ustedes el Reino de Dios”. Si los exorcismos de Jesús en su tiempo, son indicativos de la presencia del Reino de Dios entre nosotros, la acción exorcista de la Iglesia Católica es también señal de que el Reino de Dios ha llegado a nosotros. Pertenecer a la Iglesia Católica es, por lo tanto, pertenecer al Reino de Dios.

domingo, 4 de octubre de 2020

“Éste expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios”

 


“Éste expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios” (Lc 11, 15-26). En el colmo de su malicia y mala intención, algunos -el Evangelio no especifica quién, pero es de suponer que sean los fariseos- acusan a Jesús de “expulsar demonios con el poder del príncipe de los demonios”. Es decir, saben qué es un poseso, saben qué es un demonio, saben qué es el exorcismo, y aun así, acusan a Jesús, con toda malicia, de expulsar demonios con el poder del Demonio. Para sacarlos de su malicia, es que Jesús utiliza el ejemplo de un reino que, si comienza con luchas internas, termina sucumbiendo por sí mismo. Con esto les quiere hacer ver que si Él tuviera el poder del Demonio, no expulsaría demonios, porque de esa forma lo único que estaría haciendo es debilitar al reino de las tinieblas; la conclusión es que, si Él expulsa demonios, es porque utiliza una fuerza que no es la del Demonio y que combate por un reino, el Reino de los cielos, que es distinto al reino de las tinieblas y si Él no utiliza el poder del Demonio para los exorcismos, entonces la única conclusión posible es que Él utiliza, a nombre propio, el poder divino que Él en cuanto Dios tiene, que por otra parte, es el único poder capaz de expulsar demonios del cuerpo de un poseso.

“Éste expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios”. El poder de expulsar demonios que ejerce Jesús a lo largo de todo el Evangelio, es una muestra más de su condición de Hijo de Dios encarnado, porque Jesús de Nazareth, si fuera un simple hombre, no podría jamás realizar un exorcismo, con las solas fuerzas humanas. La meditación de este Evangelio nos debe llevar a reflexionar acerca de la presencia y acción del reino de las tinieblas en medio de los hombres, pero también acerca del poder, infinitamente superior, que tiene Jesús en cuanto Dios, en relación al Demonio y al Infierno entero.

domingo, 30 de agosto de 2020

“Cállate y sal de ese hombre”

 


“Cállate y sal de ese hombre” (Lc 4, 31-37). Estando en la sinagoga, Jesús realiza un exorcismo, utilizando el solo poder de su voz, liberando así a un hombre que estaba poseído por un espíritu inmundo. Según el P. Fortea, hay dos clases de demonios: los que podríamos denominar “hablantes”, que es el de este caso, y los demonios “mudos”, que están presentes en el cuerpo de la persona pero no se dan a conocer. En el caso de este demonio, como lo dijimos, se trata de un demonio hablante, es decir, un demonio que toma posesión del cuerpo y de las funciones sensoriales del poseso, para expresarse a través de estas funciones. Siendo un demonio hablante, es importante escuchar lo que dice, puesto que lo que dice confirma nuestra fe. El demonio, al ver a Jesús, habla por intermedio de las cuerdas vocales del poseso y dice: “¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé que tú eres el Santo de Dios”. Además de llamar a Jesús “nazareno”, por su lugar de origen, le dice: “Santo de Dios” y esto porque el demonio sabe que Jesús no es un simple hombre, sino el Hijo de Dios encarnado; el demonio reconoce, en la voz de Jesús de Nazareth, la voz del Dios que lo creó y que, luego de la prueba, lo condenó al Infierno eterno. Ahora bien, no solo reconoce la voz, sino que ante esta voz de Jesús, el demonio sale del poseso, obedeciendo a la voz de su Creador y temblando de espanto y de terror: “Entonces el demonio tiró al hombre por tierra, en medio de la gente, y salió de él sin hacerle daño”.

“Cállate y sal de ese hombre”. No solo el demonio reconoce en la voz de Jesús de Nazareth a la voz de Dios: también los presentes en la sinagoga se dan cuenta de que hay algo sobre-creatural, un poder divino, en la voz de Jesús, que hace que los demonios huyan espantados ante sola presencia: “¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen”.

“Cállate y sal de ese hombre”. También a nosotros nos habla Jesús, no a través de la voz de un poseso, sino a través de la voz del sacerdote ministerial, invitándonos a recibirlo en nuestras almas, cada vez que dice: “Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”. Reconozcamos la voz de Jesús que, por las palabras de la consagración, nos invita a recibirlo sacramentalmente en la Eucaristía y acudamos a comulgar, para que habite en nosotros el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo.

martes, 14 de enero de 2020

Jesús expulsa a un demonio y libera a un poseso


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“Jesús increpó al espíritu inmundo y le dijo: “Cállate y sal de él” (cfr. Mc 1, 21-28). Estando Jesús en la sinagoga, en Cafarnaúm, se presenta un poseso, un hombre que estaba poseído por un espíritu inmundo y comienza a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús lo increpa y le ordena inmediatamente salir del poseso: “Cállate y sal de él”. Obedeciendo a las palabras de Dios encarnado, el ángel caído sale inmediatamente del poseso, dejándolo libre.
El episodio del Evangelio nos revela varios elementos: por un lado, la existencia, presencia y actuación sobre los hombres, de los ángeles caídos, de aquellos que ángeles que siguiendo a Lucifer en su rebelión contra Dios, lucharon contra los ángeles de Dios y fueron expulsados del cielo; otro elemento que nos revelan es que los ángeles caídos circulan por nuestro mundo y que su objetivo no es otro que tomar posesión, para atormentar, a los hombres, porque el Demonio odia al hombre en cuanto éste es imagen y semejanza de Dios: puesto que a Dios nada puede hacerle, descarga toda su furia tomando posesión de los hombres. Otro aspecto que nos revela el Evangelio es el poder absoluto que tiene Jesucristo sobre estos espíritus inmundos, porque ante la sola orden suya, el espíritu inmundo deja inmediatamente al hombre, quedando éste liberado por la orden de Jesús. Es decir, Jesús exorciza a los demonios con el solo poder de su voz, porque estos espíritus angélicos caídos reconocen, en la voz de Jesús, a la potente voz del Creador y huyen inmediatamente. De aquí se deriva otro aspecto que nos revela el Evangelio y es cómo los demonios demuestran tener más fe en Jesús en cuanto Hombre-Dios y no en cuanto simple profeta u hombre santo, porque le obedecen inmediatamente, a diferencia de muchas cristianos que no creen en Jesús ni tienen fe en su Palabra y en sus milagros.
“Cállate y sal de él”. El espíritu impuro reconoce, en la voz humana de Jesús,  a la potente voz de Dios; de manera análoga, los cristianos deberían reconocer, en la débil voz del sacerdote, la potente voz de Dios que, en la Santa Misa, convierte el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre y deberían, colmados de gozo y alegría, postrarse ante la Presencia de Jesús Eucaristía.


miércoles, 4 de julio de 2018

Jesús exorciza a los endemoniados gadarenos



Jesús exorciza a los endemoniados gadarenos
(De Predis códex,
Biblioteca real, Turín, Italia, 1476)

“Vayan a la piara de cerdos” (cfr. Mt 8, 28-34). El Evangelio describe un exorcismo realizado por Jesús, aunque también describe el estado de posesión demoníaca y qué es lo que esta hace sobre el hombre: “Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino”. Por un lado, se trata de una verdadera posesión demoníaca porque así lo relata el Evangelio: “fueron a su encuentro dos endemoniados”. Esto es importante destacar porque la crítica racionalista de la Escritura reduce la posesión demoníaca a una patología psiquiátrica como, por ejemplo, la esquizofrenia. Sin embargo, el Evangelio es muy claro en las expresiones, las cuales permiten diferenciar cuándo se trata de una enfermedad y cuándo se trata de una posesión demoníaca. La posesión demoníaca es la antítesis de la inhabitación de la Trinidad por la gracia: puesto que el Demonio es “la mona de Dios”, trata de imitar lo que Dios hace, pero todo lo hace mal: Dios inhabita en un alma en gracia, cuando el alma libremente lo acepta y desea la gracia y por lo tanto, la comunión de vida y amor con Dios que esta implica; en la posesión, si bien es cierto que se da en quienes hacen un pacto con el diablo y permiten que el Ángel caído tome se apodere de ellos, no siempre es así, porque hay casos de posesión en los que la persona no quiere tener nada que ver con el demonio. Por otra parte, la inhabitación trinitaria se da en el alma, mientras que la posesión es solo en el cuerpo, sin que el demonio tenga injerencia en el alma. Solo en el último estadio de la posesión, dicen los demonólogos expertos[1], se da lo que se denomina la “posesión perfecta”, en la que el Demonio toma control de la voluntad del poseso. Creemos que esta posesión es la que se llevó a cabo en Judas Iscariote y en este grado de posesión, ya es imposible volver atrás, pues el poseso se ha entregado libremente a Satanás, rechazando explícitamente a Dios Trino.
Otro detalle a tener en cuenta es que los endemoniados, en este caso, habitan en “los sepulcros”, es decir, en los cementerios. Es una realidad, pero al mismo tiempo, también una metáfora, porque los demonios toman posesión de quienes están muertos a la gracia de Dios –aunque esto tampoco se da en todos los casos porque, con el permiso de Dios, pueden darse casos de posesión en personas en estado de gracia[2]-. Si Jesús pide que lo imitemos a Él, que es “manso y humilde de corazón” y esto se da en grado máximo en los santos, los posesos del Evangelio se muestran “feroces”, y a tal grado, que “nadie podía pasar por allí”, debido a que agredían a quienes se atrevieran a hacerlo. Esto es así porque el que toma posesión de los cuerpos, el Demonio, es un ser que ha fijado para siempre su voluntad en el odio: habiendo sido creado para amar, pervirtió él mismo su propia naturaleza angélica, dirigiendo los actos de su voluntad angélica en el sentido opuesto al del amor y es por eso que el Demonio odia y no puede ni quiere hacer otra cosa que odiar, a Dios y al hombre, que es la creatura que es imagen de Dios. El Demonio es un ser que, además de odiar, vive en un estado de ira permanente, porque se da cuenta de que jamás podrá vencer a Dios y que su locura de pretender igualarse a Dios ha sido castigada para siempre desde la cruz de Jesús y esa es la razón por la cual los endemoniados son feroces, porque el Diablo es feroz en sí mismo, lo opuesto radicalmente a la mansedumbre y dulzura del Corazón de Jesús.
Los demonios que poseen a los hombres reconocen la Presencia de Dios en Jesucristo; de alguna manera, perciben en Jesucristo al Dios que los creó y que los expulsó del cielo para siempre y que habrá de encadenarlos en el infierno eterno al fin de los días, también para siempre. Los demonios reconocen que Jesús no es un hombre más entre tantos, sino que es el “Hijo de Dios”: “Y comenzaron a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?”.
Los demonios saben que Jesús va a expulsarlos y le suplican que los envíe a una piara de cerdos, los cuales terminan ahogándose[3]: esto también tiene un significado metafórico, puesto que los cerdos son animales irracionales y en eso se parecen a los demonios, que en su locura e irracionalidad pretendieron ser iguales a Dios y el hecho de que se ahoguen, indica que las obras del Demonio terminan siempre en lo mismo, en la muerte, ya que él es el autor de la muerte: “Por la envidia del Diablo entró la muerte en el mundo”.
Por último, ¿por qué razón estaban endemoniados? Aunque, como dijimos, pueden ser víctimas inocentes que, con la permisión divina, pueden quedar posesos –para así dar testimonio del mundo preternatural, angélico-, lo más probable es que los endemoniados hayan estado practicando algún culto diabólico. Es lo que sucede en la actualidad con supersticiones que se originan en el mundo de los ángeles caídos, como el Gauchito Gil, la Difunta Correa y San La Muerte: quienes practican estos cultos supersticiosos, están posesos y, en algún momento, antes o después, esa posesión saldrá a la luz. En estos casos, en los que los brujos o hechiceros saben que están pactando con el Diablo al practicar cultos como San La Muerte, pueden darse casos de posesión perfecta, en las que el Demonio toma posesión no solo del cuerpo, sino también del alma. De ahí, al Infierno, hay un solo paso, que es el umbral de la muerte. En estos casos, de no mediar un profundo arrepentimiento, la condena de quienes practican cultos demoníacos como San La Muerte es prácticamente segura, según lo advierte la Escritura: “No entrarán en el Reino de los cielos (…) los hechiceros” (cfr. 1 Cor 6, 9-10; Ef 5, 5; Ap 22, 15).
Por último, la posesión demoníaca es una apología acerca de la condición de la Iglesia Católica como la Verdadera y Única Iglesia de Dios: está constatado, como en el caso de la joven Nicola Aubrey, de dieciséis años, que Satanás se burla de los protestantes[4], porque mientras él –el demonio- cree en la Presencia real del Señor en la Eucaristía, los protestantes la niegan.


[1] Cfr. Malacchi Martin, El rehén del Diablo, Ediciones Diana, México 1977.
[2] Es el caso de la joven alemana posesa, que dio origen a la película El exorcismo de Emily Rose.
[3] “Los demonios suplicaron a Jesús: “Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara”. Él les dijo: “Vayan”. Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron”.

[4] Se trata de un caso famosísimo de posesión, cuyo exorcismo se realizó ante la presencia de católicos y protestantes y se prolongó entre el ocho de noviembre de 155 hasta el ocho de noviembre de 1566. Cfr. http://catolicosalvatualma.blogspot.com/2018/04/satanas-se-burla-de-los-protestantes-en.html

miércoles, 1 de julio de 2015

“Jesús exorciza a los endemoniados gadarenos”


En este Evangelio, en el que se relata el exorcismo y liberación de los endemoniados de la región de los gadarenos (Mt 8, 28-34), la figura de Jesús domina el centro de la escena; los ojos del espectador se desvían hacia Él, porque se yergue majestuoso, dueño de la situación. Su Cabeza se encuentra rodeada por una aureola dorada, signo de la “divinidad que inhabita corporalmente en Él en su plenitud” (cfr. Col 2,9). De su brazo derecho levantado en dirección a lo posesos, ha emanado ya su fuerza divina, la cual ha provocado el movimiento que se observa en la segunda mitad a la derecha del espectador: al tiempo que los dos posesos se elevan de sus tumbas, ya liberados de los espíritus malignos (un último espíritu maligno es el que está saliendo de la boca el primer poseso), los otros espíritus caídos, que ocupan el cuadrante inferior derecho del cuadro, se dirigen con toda prisa  a la piara de cerdos para entrar en ellos, en tanto que algunos, que ya han entrado, han comenzado a precipitarse en el lago. Nótese la diferencia de tamaño, desproporcionada, entre Nuestro Señor, los discípulos, los posesos ya liberados, y los demonios y los cerdos: mientras demonios y cerdos aparecen de tamaño diminuto, Nuestro Señor, los discípulos y los liberados, aparecen en tamaño normal, indicando así que por la acción de la gracia santificante, la naturaleza humana recupera su, por Cristo, su antiguo esplendor. También la luminosidad del cuadro ayuda en este sentido: la figura más luminosa es Nuestro Señor, y desde Él la luz parece alcanzar tanto a sus discípulos como a los endemoniados que están siendo liberados, y mientras luminosidad parece abarcar casi todo el cuadro, hay una parte más oscura, el cuadrante inferior derecho –visto desde la perspectiva del espectador- que se encuentra más opaca, y que es la zona en la que se encuentran tanto el lago en el que se precipitan la piara de cerdos, como los ángeles caídos que han ingresado en ellos.

“Jesús exorciza a los endemoniados gadarenos” (cfr. Mt 8,28-34). Cuando Jesús llega a la “región de los gadarenos”, le salen a su encuentro dos endemoniados, que habitaban entre los sepulcros. Inmediatamente, los demonios que poseen los cuerpos de los dos hombres, reconocen a Jesús en cuanto Hombre-Dios y llenos de terror ante su Presencia y su poder divino, le preguntan “qué quiere de ellos”, si ha venido para “atormentarlos antes de tiempo” y le suplican que “si va a expulsarlos”, los envíe a una “piara de cerdos”. Jesús les ordena que salgan de los cuerpos de los posesos y que entren en los cuerpos de los cerdos y los cerdos, precipitándose al mar desde el acantilado, se ahogan.
El Evangelio nos demuestra tanto la terrible realidad de la existencia de los demonios, como la pavorosa realidad de la posesión que los demonios ejercen sobre los cuerpos de los hombres en el tiempo y en la tierra, como anticipo que de la posesión del alma y del cuerpo esperan poseer para siempre, en el infierno. Todo lo que hacen los demonios, en este Evangelio, justifica el nombre de “espíritus inmundos” que les corresponde, y son espíritus inmundos porque se han apartado de Ser divino, que es la Pureza en sí misma. Los endemoniados viven en el cementerio, porque están poseídos por los demonios y por eso mismo habitan en medio de los cuerpos descompuestos de los cadáveres, y habitan en la podredumbre maloliente de los cadáveres; cuando son expulsados, van a ocupar los cuerpos de unos cerdos, símbolos de animales impuros –principalmente en el judaísmo y en el islamismo, pero también es un animal que en sí mismo es anti-higiénico por sus hábitos naturales-; luego, los cerdos en los que son expulsados los demonios, perecen ahogados, y esta muerte de los animales, simboliza la muerte, por toda la eternidad, a la vida de la gracia, que sufren los demonios, como consecuencia de su libre elección de verse privados de la visión beatífica de Dios, por elegirse a ellos mismos y a su soberbia demoníaca.

Jesús libera a los endemoniados de la región de Gerasa, expulsando a los demonios que poseían sus cuerpos, y esto porque Jesús “ha venido para destruir las obras del demonio” (1 Jn 1, 3, 8) y al destruir las obras del demonio libera al hombre y le concede la paz, porque el demonio sólo busca el tormento del hombre, no solo corporal y en el tiempo, sino en el alma y por la eternidad. Es por esto que si la expulsión de los demonios de los cuerpos de los endemoniados es una obra que demuestra su omnipotencia, el don de la gracia santificante, por medio de la cual el hombre no solo se ve libre de la influencia y del poder demoníaco sino que, mucho más, se ve enaltecido a ser la imagen viviente del Hijo de Dios, es demostrativa de la potencia infinita de su Amor misericordioso. El exorcismo, o expulsión del demonio dejando libre al cuerpo del hombre al cual poseía, es una obra grandiosa, es mucho más grandiosa la donación de la gracia santificante, por la cual el cuerpo se ve convertida en “templo del Espíritu Santo” (1 Cor 3, 16), el alma en morada de la Santísima Trinidad y el corazón en altar de Jesús Eucaristía.

lunes, 12 de enero de 2015

“Jesús lo increpó diciendo: ‘¡Cállate, sal de este hombre!”


“Jesús lo increpó diciendo: ‘¡Cállate, sal de este hombre!” (Mc 1,25). Jesús realiza un exorcismo, expulsando a un demonio que se había apoderado del cuerpo de un hombre. El episodio nos muestra, por un lado, que Jesús es Dios, pues con una sola orden suya, el demonio sale inmediatamente del cuerpo del poseso, dejándolo libre y esto no podría suceder si Jesús fuera un simple hombre; al ser Dios, Jesús es el Creador de los ángeles, incluidos los rebeldes, quienes fueron creados buenos, pero se volvieron perversos y malignos por propia voluntad, apartándose libre y voluntariamente del Amor de Dios, de Dios, que es Amor, y el hecho de que Jesús sea Dios Creador, explica el poder que ejerce sobre los ángeles, en este caso, un ángel caído, y explica que, con una sola orden de su voz, salga inmediatamente del cuerpo del poseso; por otro lado, el Evangelio revela que los demonios, precisamente, existen, y que no son seres de fantasía, sino temibles entidades malignas, llenas de odio hacia Dios y hacia el hombre, que odian a Dios y desean destruirlo y, puesto que no lo pueden hacer, buscan la destrucción de la raza humana y de todo hombre, por cuanto el hombre es imagen de Dios. Jesús, el Hombre-Dios, es el Único en grado de librarnos del poder destructivo de los ángeles caídos y sin su ayuda, estamos definitivamente perdidos y destinados a sucumbir bajo el poder de los demonios, desde el momento en que la naturaleza angélica, aun sin la gracia divina, es muy superior a la naturaleza humana. La posesión demoníaca, lejos de ser una mera designación primitiva de una enfermedad neurológica, tal como lo pretenden las interpretaciones racionalistas del Evangelio, es una pavorosa muestra, tanto del estado de indefensión de la especie humana frente a los demonios, como del odio extremo que estos ángeles caídos expresan hacia la humanidad, odio que se traduce en el deseo de provocar daño, dolor, sufrimiento y muerte, tanto temporal como eterna, y todo por ser el hombre imagen de Dios, puesto que, al no poder dañar a Dios, el demonio se arroja, enfurecido, sobre su imagen, el hombre, y esto es lo que explica la posesión diabólica y el intenso sufrimiento que los demonios provocan a quienes poseen. Pero precisamente, como dice el Evangelio, Jesús ha venido para “destruir las obras del demonio” (1 Jn 1, 38) y una de sus obras más perversas es la de la posesión diabólica, posesión a la que Jesús pone fin con una sola orden emanada de su voz.

“Jesús lo increpó diciendo: ‘¡Cállate, sal de este hombre!”. Jesús expulsa al demonio que poseía el cuerpo de un hombre, pero mientras no se dice nada acerca del reconocimiento del hombre hacia Jesús en cuanto Hijo de Dios, sí se dice del demonio: el demonio siente que una poderosísima fuerza, una fuerza que él, en cuanto creatura angélica, reconoce, con su inteligencia angélica, como proveniente de Dios, y reconoce que esa fuerza proviene de Jesús, de la voz de Jesús, y es por eso que, sorprendido, al verse expulsado por tan poderosa fuerza, cuando creía que ya tenía su presa asegurada, dice: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Es decir, si bien el demonio no tiene visión intuitiva –y por eso no sabe a ciencia cierta si Jesús es Dios Hijo o no-, sin embargo, al experimentar la fuerza divina que de Él se emana como de su fuente, y que es la que lo ha expulsado con tanta fuerza y autoridad, no puede sino conjeturar, con mucha probabilidad, que Jesús es Dios: “Ya sé quien eres: el Santo de Dios”. En definitiva, el demonio reconoce –si bien conjeturalmente, pero lo reconoce- a Jesús como a Dios; del hombre liberado de la posesión, no se dice, ni que lo haya reconocido, ni que le haya dado las gracias. Lamentablemente, el hombre liberado de la posesión representa a muchos católicos en su relación con Jesús en la Eucaristía: Jesús ha venido a salvarlos, renueva su sacrificio en cruz, de modo incruento, en la Santa Misa, se queda en el Santo Sacramento del Altar, en el sagrario, para dar todo su Amor a quien se le acerque, pero la gran mayoría de los católicos de hoy, parecen como el poseso liberado del Evangelio: ni reconocen a Jesús en la Eucaristía, ni se acercan al sagrario para darle gracias.

martes, 1 de julio de 2014

“Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio”


“Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio” (cfr. Mt 8, 28-34). En el episodio de los endemoniados gadarenos, Jesús realiza un exorcismo en el cual los demonios, una vez expulsados de los seres humanos a los cuales atormentaban, van a poseer los cuerpos de unos cerdos, que terminan por precipitarse en un acantilado, muriendo todos ahogados. Sin embargo, lo que llama la atención en el episodio, es la reacción de los pobladores de la ciudad al enterarse del hecho: en vez de agradecerle la liberación, le piden a Jesús que se vaya del lugar.
Es decir, Jesús acaba de liberar a dos de sus conciudadanos del poder de los demonios y los pobladores, en vez de agradecérselo, le piden que se vaya de su ciudad. Es una reacción del todo incomprensible, a no ser que los pobladores, en su mayoría, pertenezcan ellos mismos también a las tinieblas y sean servidores del demonio y, por lo tanto, la presencia de Jesús les sea insoportable. Pareciera que los gadarenos prefieren la compañía de los demonios, a la compañía y Presencia de Jesús y esa es la razón por la cual le piden que se vaya.[1]
La reacción de estos lugareños se parece a la de muchos bautizados de hoy: Jesús solo los ha beneficiado de múltiples formas, concediéndoles la gracia del bautismo, de la Eucaristía, de la Confirmación, del Sacramento de la Penitencia y, sin embargo, estos bautizados, convertidos en neo-paganos, le piden que se retire de sus vidas, de sus existencias, porque su Presencia les resulta insoportable; muchos cristianos le piden a Jesús que salga de sus vidas, porque prefieren las tinieblas a la luz, y lo manifiestan de muchas maneras, una de las más extremas, es la de apostatar no solo formalmente, sino “materialmente”, borrando incluso sus nombres de los libros de bautismos parroquiales, sin darse cuenta que, haciendo así, borran sus nombres del Libro de la Vida que está en el cielo. Al igual que los gadarenos del Evangelio, muchos cristianos, en el siglo XXI, convertidos en neo-paganos, parecen preferir la compañía del demonio a la de Jesús en la Eucaristía.



[1] Cfr., por ejemplo, http://www.drgen.com.ar/2009/03/apostasia-colectiva-argentina/

lunes, 13 de enero de 2014

“Jesús increpó al espíritu impuro diciéndole: ‘Cállate y sal de este hombre’”


“Jesús increpó al espíritu impuro diciéndole: ‘Cállate y sal de este hombre’” (Mc 1, 21-28). El episodio del Evangelio nos hace comprobar la realidad de la posesión demoníaca por parte de los ángeles caídos: el hombre de la sinagoga está poseído por un ángel caído, es decir, por un ente real, maligno, que ha tomado posesión física de su cuerpo al punto tal de comandar las operaciones que realiza a través de él. Este dominio que ejerce el ángel caído sobre el hombre de la sinagoga se ve en el hecho de que el espíritu maligno se desplaza de un lugar a otro a través suyo, usando el cuerpo del hombre como si de un medio de transporte se tratara, además de utilizar sus cuerdas vocales para dirigirse de modo insolente contra Jesús: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros?”. Según expertos demonólogos, como el P. Fortea, los demonios desean poseer cuerpos en los que puedan habitar sin ser molestados, es decir, cuerpos en los que la impureza y el estar entregados a los placeres es lo habitual[1], pero también es cierto lo opuesto, esto es, que detestan habitar en cuerpos en gracia, en donde la pureza les recuerda a Cristo y por eso su estadía en estos cuerpos se les torna insoportable, aunque puedan ser obligados por Dios a permanecer en ellos, en contra de su voluntad. De hecho, ha habido casos en la historia de la Iglesia en donde Dios ha permitido la posesión de santos, es decir, de personas en estado de gracia actual, para que ofrecieran el sufrimiento que les producía la posesión como víctimas expiatorias.
Pero además de la posesión corporal, hay otra posesión, esta vez a nivel espiritual, y es la dominación que el espíritu del mal ejerce sobre el hombre por medio del pecado. Esta dominación, de tipo espiritual e interior, es mucho más sutil, y difícil de detectar, por ser menos espectacular, que la posesión corporal, y es también mucho más difícil de erradicar, por cuanto arraiga no en el cuerpo, sino en las potencias espirituales del hombre, el intelecto o la voluntad, o también en las potencias sensitivas. También la curación es diferente, porque mientras que para la posesión corporal la curación se efectúa por medio del exorcismo llamado “mayor”, para la dominación espiritual que el demonio ejerce sobre el hombre por el pecado, es necesaria la confesión sacramental, cuyo poder es mayor que el exorcismo.
“Jesús increpó al espíritu impuro diciéndole: ‘Cállate y sal de este hombre’”. La temible realidad de la posesión corporal debe hacernos meditar acerca de esa otra todavía más temible posesión, y es la posesión y dominación espiritual que el espíritu del mal ejerce sobre el hombre por medio del pecado, para que estemos prevenidos de manera tal de estar dispuestos a perder la vida terrena antes que perder la vida de la gracia, tal como lo decimos en el acto de contrición: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”.



[1] Cfr. Fortea, J. A., Exorcística. Complemento del Tratado Summa Daemoniaca, Atlas Representaciones, Asunción 2007, 22.

jueves, 15 de marzo de 2012

El exorcismo es signo de la presencia del Reino de Dios entre los hombres



Jesús expulsa un demonio mudo y los judíos lo acusan de estar Él poseído por Beelzebul (cfr. Lc 11, 14-23). Jesús les hace ver lo errado de su afirmación, debido que el exorcismo significa la realidad opuesta a la deducida por ellos: la expulsión de demonios es claro indicio de la llegada del Reino de los cielos. No puede el demonio luchar contra sí mismo, so pena de debilitarse así mismo.
Ahora bien, si el exorcismo es una señal de que ha llegado a los hombres el Reino de los cielos, por intermedio de Jesucristo y de su Iglesia, lo inverso también es verdad: la posesión demoníaca, y todas las obras de las tinieblas que combaten al Hombre-Dios y a su Iglesia, son obras del demonio y son indicio de la presencia activa de las fuerzas del infierno entre los hombres.
Así, los múltiples productos satánicos de la cultura moderna, como por ejemplo la cultura de la muerte, que propicia el aborto y la eutanasia como “derechos humanos”; la música perversa e inmoral, en la que se exalta el vicio y se considera a la inmoralidad como algo bueno y “normal”; el cine de inspiración ocultista, como la saga de Harry Potter y tantos otros; la difusión de la mentalidad agnóstica, atea, materialista y hedonista, y sobre todo la implementación de la cultura del entretenimiento y la diversión para todos los días de la semana, no solo ya del fin de semana, como instrumento de dominio y de manipulación ideológica de las masas, pero ante todo como medio para impedir y dificultar de todas las maneras posibles la asistencia a misa dominical por miles de cristianos, son señales ciertas de la presencia activa de las fuerzas del infierno entre los hombres.
“El que no recoge conmigo, desparrama”, el que no hace las obras de Dios, hace las del demonio. El que no busca vivir según la ley de la caridad, demostrando con obras el mandato del amor a Dios y al prójimo, frecuentando los sacramentos –principalmente la confesión y la Eucaristía dominical-, se hace cómplice de las fuerzas enemigas de Dios y de los hombres, los demonios.

domingo, 29 de enero de 2012

¿Cuál es tu nombre, espíritu impuro? Mi nombre es Legión



“Sal de este hombre, espíritu impuro. Después le preguntó: “Cuál es tu nombre?”. “Mi nombre es Legión, porque somos muchos” (Mc 5, 1-20). Jesús realiza un exorcismo y expulsa a una legión de demonios que atormentaban a un hombre, poseyendo su cuerpo. La posesión diabólica, por el grado de sufrimiento que provoca al poseído, da una idea de lo que será el infierno para las almas condenadas: sin hacerse visible, el demonio “aparece”, por así decirlo, a través del rostro y las facciones del poseído, y a través de sus actos.
El rostro de los posesos cambia totalmente, quedando desfigurado por las muecas y contorsiones de los músculos de la cara; sus ojos se desorbitan y adquieren una mirada de hielo, que refleja el odio del ángel caído; su cabello queda todo revuelto y despeinado; su voz se vuelve gutural, tétrica, como emergiendo de lugares oscuros y subterráneos; profiere obscenidades y blasfemias; adquiere fuerza descomunal y se vuelve agresivo y violento, buscando atacar a los que los rodean, al tiempo que los insulta; no come, o come insectos repugnantes; habita en lugares como cementerios, en donde todo es putrefacción y muerte.
El poseído es un aviso del cielo para que los hombres tomen conciencia de que existe un más allá tenebroso, un mundo de horror extremo, incomprensible e inimaginable, porque aún así, lo que se ve a través de los poseídos es casi nada en comparación con la realidad misma del infierno y con su condición de ser un lugar de tormento eterno, en el que el terror, el espanto, el horror, el dolor, la pena, la angustia, no terminan nunca. Con toda su terrible realidad, el poseso no refleja aún todos los oscuros secretos del infierno, secretos que serán revelados a quienes se condenen. Uno de esos secretos, que no se ven en la posesión, es el fuego del infierno: es un fuego real, no simbólico, de naturaleza especial, que no se apagan nunca, que quema y provoca dolor, pero que no consume a la víctima, que arde, pero no da luz, que provoca quemaduras terribles, que provocan dolores insoportables y continuos, pero que no provoca la muerte[1]. Este fuego, aunque no es experimentado por los posesos, arde continuamente en los demonios, y es inseparable de ellos, como también es inseparable de las almas condenadas.
Al ver la terrible realidad del poseído, aviso o señal del horroroso mundo de las tinieblas, en donde habita Satanás, resalta más la grandiosa obra de la salvación de Nuestro Señor Jesucristo, que nos liberó de la tiranía del demonio, a la que estábamos condenados indefectiblemente de no haberse Él encarnado y muerto en Cruz para salvarnos.
Es por esto que, si el endemoniado refleja el oscuro mundo del infierno, en donde habitan los espíritus malignos, la liberación de los endemoniados por medio del exorcismo pone de relieve a su vez la divinidad de Jesucristo, porque Él los expulsa en nombre propio, y como solo Dios tiene el poder de expulsar al demonio, Él es Dios; pone de manifiesto el triunfo de la Virgen María sobre los demonios, porque a Ella le ha sido dado el poder de Dios, con el cual aplasta la cabeza de la serpiente; pone de manifiesto el poder de la Iglesia, a la que se le ha prometido que “las puertas del infierno no prevalecerán” contra ella, y esa promesa se cumple en parte con el poder dado al sacerdote ministerial para realizar exorcismos; pone de relieve el mérito de los santos, porque todos ellos vencieron al demonio en nombre de Cristo.
La realidad del demonio y del infierno no debe llevar, por lo tanto, a los cristianos, a temer, porque Satanás, con todas sus legiones de ángeles apóstatas, han sido vencidos en la Cruz, y esa victoria se renueva en cada Santa Misa, renovación incruenta del sacrificio de la Cruz.
           Frente a la espantosa realidad del demonio y del infierno, el cristiano no está desamparado, porque le basta invocar los sacratísimos nombres de Jesús y de María, para que los demonios tiemblen y huyan[2].


[1] Cfr. Paolo Calliari, Trattato di demonologia, Centro Editoriale Carroccio, 72.
[2] Cfr. Calliari, ibidem, 90.