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miércoles, 15 de mayo de 2024

Solemnidad de Pentecostés


 


(Solemnidad de Pentecostés - Ciclo B – 2024)

         “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” (Jn 20, 19-23). Después de resucitar y ascender al Cielo, Jesús vuelve a aparecerse a sus discípulos, esta vez para hacerles el Don de los dones, el Amor Divino, la Tercera Persona de la Trinidad, la Persona Divina que une al Padre y al Hijo desde la eternidad en el Divino Amor, el Espíritu Santo. Haciendo esto, cumple lo que había prometido antes en su Pasión: “Os conviene que Yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes” (Jn 16, 7). Era necesario y conveniente, porque formaba parte del misterio pascual de muerte y resurrección, que Nuestro Señor muriese en la Cruz, para luego ya resucitado y ascendido, enviar al Divino Amor, el Espíritu Santo. La razón del Don del Espíritu Santo, el Divino Amor, no es otra que el mismo Divino Amor: fue por el Divino Amor que se encarnó en María Santísima y vino a nuestro mundo, a nuestra historia y nuestra tierra; fue por el Divino Amor que sufrió su dolorosísima Pasión y Muerte en Cruz; ahora, movido por ese mismo Divino Amor, ya resucitado, sopla en el seno de la Iglesia al Divino Amor, para que por este Amor, su Iglesia Santa obre en su Memoria y anuncie el Evangelio y propague la Eucaristía por todo el orbe de la tierra, para la salvación de las almas.

         Ahora bien, el Espíritu Santo, el Divino Amor, está representado como paloma, como fuego, como viento divino, pero es una Persona, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad y obrará por lo tanto como Persona, con la Inteligencia y la Voluntad divinas propias de cada Persona de la Trinidad. ¿Qué obras hará el Espíritu Santo en la Iglesia? Hará diversas obras.

         El Amor de Dios unirá a los hijos de Dios en un solo Cuerpo, el Cuerpo Eucarístico de Cristo, para así conducirlos al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, para la eternidad.

         El Espíritu Santo donará al Cuerpo Místico de Cristo un alma y así el Alma de la Iglesia, el Espíritu Santo, será su alma, de ahí que el Amor de Dios es el Único Motor del movimiento de los hijos de Dios. De la misma manera a como el Cuerpo muerto de Jesús fue vivificado y resucitado por el Espíritu Santo, Fuego de Amor Divino, así el Cuerpo Místico de Cristo, formado por los bautizados sacramentalmente, recibirá en Pentecostés al Divino Amor, el cual obrará en los bautizados como “Alma del alma”. Es por esta razón que el Divino Amor es la esencia y el espíritu de la Iglesia y es por esto que quien en la Iglesia no ame como Cristo mandó amar -hasta la muerte de Cruz y con el Amor del Espíritu Santo-, no obra movido por el Espíritu Santo, sino por otro espíritu, sea el espíritu humano o el espíritu del mal, el Ángel caído, Satanás. Ese cristiano puede asistir a misas, procesiones, reuniones, etc., pero si no actúa movido por el Divino Amor, obra por fuera del Espíritu de la Iglesia.

         El Espíritu Santo obrará en los bautizados ejerciendo en ellos una sobrenatural función pedagógica y catequética, iluminando sus inteligencias para que puedan comprender y entender los misterios de Cristo, ya que antes de su Pasión, el Evangelio revela que los discípulos “no entendían” lo que Jesús les decía sobre su divinidad y su misión mesiánica; además, encenderá en sus corazones la Llama del Divino Amor, para que los bautizados, santificados por la gracia, puedan llegar al extremo de dar la vida por amor a Cristo, tal como lo hicieron los santos y mártires a lo largo de toda la historia de la Iglesia Católica.

         El Espíritu Santo les concederá por lo tanto un conocimiento y un amor de Cristo sobrenaturales: “Pero el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él les enseñará y les recordará todo lo que les he dicho” (Jn 14, 26). Esta doble función, pedagógica -enseñar- y mnemónica -recordar- no se limitará al mero aumento de las capacidades naturales de los discípulos de conocer y recordar, sino que dará una nueva capacidad de entendimiento y de memoria, una capacidad divina, derivada de la participación de las virtudes sobrenaturales provenientes de la Trinidad. El Espíritu Santo los instruirá en los misterios del Hombre-Dios Jesucristo, de manera que comprenderán que Quien nació en Belén era el Verbo del Padre, Encarnado en la naturaleza humana de Jesús de Nazareth, el cual prolonga su Encarnación en la Eucaristía y así serán capaces de reconocer al Hombre-Dios oculto en las apariencias de pan y vino. Si en el Evangelio lo confundieron con un “fantasma” cuando lo vieron caminar sobre las aguas, ahora, por la función pedagógica, cognitiva y mnemónica del Espíritu Santo, los bautizados de todos los tiempos de la Iglesia Católica lo reconocerán como al Hijo de Dios encarnado, Presente en Persona en la Sagrada Eucaristía, que camina en el tiempo y en la historia humanos con la Iglesia Militante acompañándola hacia la unión con la Iglesia Triunfante en la eternidad.

Solo de esta manera, mediante la iluminación del Espíritu Santo, la Iglesia de todos los tiempos estará en condiciones de entender la majestad, la grandeza y la sublimidad sobrenaturales de los misterios sobrenaturales absolutos del Hombre-Dios, desde su Encarnación, pasando por los milagros realizados en el Evangelio y a lo largo de la historia, hasta su Resurrección, glorificación y Ascensión.

El Espíritu Santo les recordará que Jesús les había prometido “quedarse con ellos todos los días hasta el fin del mundo” y así la Iglesia entenderá que esta promesa se cumple en la Eucaristía, porque en la Eucaristía está Presente en Persona el Hombre-Dios Jesucristo.

El Espíritu Santo permitirá que los bautizados sean capaces de contemplar la conversión del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, es decir, podrán contemplar el Milagro de los milagros, la transubstanciación, obrada en Persona por el Sumo Sacerdote Jesucristo, Quien es el que con su poder divino obra el milagro por medio de la frágil voz del sacerdote ministerial.

El Espíritu Santo permitirá a los bautizados comprender que el cuerpo del hombre ya no le pertenece a partir del Bautismo sacramental, porque en el Bautismo el cuerpo del hombre es convertido en templo del Espíritu Santo, templo sagrado que no debe ser profanado ya que si se lo profana -a través del alcohol, las substancias prohibidas, las incisiones o tatuajes, o cualquier clase de pecado-, se profana a la Persona del Espíritu Santo que es la dueña de ese cuerpo y se profana también el corazón de ese templo, que por el Espíritu Santo fue convertido en altar sobre el que debe ser adorada solamente el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

El Espíritu Santo permitirá comprender el misterio sobrenatural de los Sacramentos, como por ejemplo en la Confesión, en donde el alma es purificada de sus pecados por la Sangre del Cordero derramada en la Cruz, o el Sacramento de la Confirmación, mediante el cual el confirmando recibe a la Persona Tercera de la Trinidad, precisamente, al Espíritu Santo. También hará comprender el valor inapreciable de la gracia santificante, la cual hace partícipe al alma de la naturaleza y del Acto de Ser divino trinitario, comprensión que alcanzaron los santos y mártires y explica porqué estos santos y mártires preferían “morir antes que pecar”, porque comprendían el valor inestimable de la gracia santificante concedida por los Sacramentos. También hará comprender el inmenso poder de destrucción que posee el pecado, el cual puede matar no el cuerpo sino el alma del hombre, quitándole la vida de la gracia, cuando el pecado es mortal. También hará comprender cómo el pecado del hombre incide en el Cuerpo de Cristo golpeándolo, lastimándolo, abriéndole grandes heridas y haciendo brotar su Preciosísima Sangre, hasta crucificarlo; el Espíritu Santo permitirá al bautizado comprender cómo fueron sus pecados personales los que crucificaron y dieron muerte al Hombre-Dios Jesucristo. El Espíritu Santo permitirá que el bautizado comprenda que sus pecados personales, si bien son insensibles e indoloros para él, sin embargo se traducen en el Cuerpo de Cristo en golpes en su Sagrado Rostro, en hematomas, en flagelaciones, en la coronación de espinas. También el Espíritu Santo concederá a los bautizados el verdadero arrepentimiento, el arrepentimiento perfecto, la contrición del corazón, el arrepentimiento de los pecados que hace que el hombre prefiera la muerte antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado.  

El Espíritu Santo permitirá a los bautizados contemplar a la Santa Misa como lo que es, la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, en la cual el Hombre-Dios Jesucristo, por medio de la transubstanciación, convierte el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre y de esa manera, quien sea iluminado por el Espíritu Santo, dejará de tener la visión puramente humana y falsificada de la Santa Misa, visión según la cual la Misa es una ceremonia religiosa “aburrida” y que por lo tanto se la debe reformar para que sea “divertida”; el Espíritu Santo hará comprender que la Santa Misa es un misterio sobrenatural absoluto, proveniente de la majestad divina de la Santísima Trinidad y no una ceremonia humana creada para que sea divertida y “temática”, visión que además de falsa es blasfema.

El Espíritu Santo también enseñará que comulgar no es hacer una fila para recibir un pan bendecido en una ceremonia religiosa, sino la unión, por el Espíritu Santo, al Cuerpo de Cristo, para ser inmolados en Él y por Él y así ser presentados al Padre como ofrendas sagradas. Por esta razón, quien comulga, nunca debe hacerlo de manera mecánica, sino que debe meditar en este misterio divino y, movido por el Divino Amor, hacer un acto de amor y de adoración al Cristo Eucarístico, tanto antes como después de comulgar.

El Espíritu Santo también instruirá a los bautizados acerca de la Santidad Increada de la Santísima Trinidad y por lo tanto de la Sagrada Eucaristía, santidad que se comunica a la Esposa Mística del Cordero, la Santa Iglesia Católica; santidad que se opone radicalmente al mundo, que está bajo el influjo del maligno, del Ángel caído, Satanás y también del Anticristo y de la Bestia como pantera, la Masonería, en la cual trabajan los hombres malvados aliados del espíritu maligno de Lucifer.

Por último, el Don del Espíritu Santo en Pentecostés, se renueva en cada comunión eucarística, porque en cada comunión eucarística el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús sopla sobre el alma de quien lo recibe en gracia, con fe, con amor, con piedad y devoción, al Espíritu Santo, convirtiendo así cada comunión eucarística en un pequeño Pentecostés personal. El fin último de este don del Espíritu Santo a través de la comunión eucarística no es otro que el aumentar, segundo a segundo, el Amor Divino en el alma hacia Jesús Eucaristía.

Esta es la obra que hace el Espíritu Santo desde Pentecostés, y la seguirá obrando hasta el fin de los tiempos, hasta el Día del Juicio Final.

 

martes, 23 de mayo de 2023

Solemnidad de Pentecostés

 



(Ciclo A - 2023)

         “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” (Jn 20, 19-23). En cumplimiento de sus promesas: “Os conviene que Yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes” (Jn 16, 7), Jesús resucitado se aparece a sus discípulos y les dona el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo donado por Cristo en unión con el Padre, ejercerá diversos efectos en la Iglesia. Algunos de esos efectos, obras del Espíritu serán los siguientes:

El Espíritu Santo obrará sobre la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, como el alma de ese cuerpo, de manera que, así como el alma en el hombre le da vida al cuerpo, así el Espíritu Santo le dará vida a la Iglesia, pero no una vida natural, sino una vida divina, sobrenatural, celestial, porque será la vida misma de la Trinidad. Así, el Espíritu Santo será el “Alma” de la Iglesia, Alma que es Amor Eterno y Verdad Increada

El Espíritu Santo, que es el Divino Amor, que une en el Amor al Padre y al Hijo en la eternidad, unirá a los miembros de Cristo también en el Amor: primero los unirá al Padre, en el Hijo y luego los unirá entre sí, de manera tal que el distintivo de los integrantes de la Iglesia de Cristo será el Amor, pero no el amor humano ni angélico, no será un amor creatural, sino el Divino Amor, el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, de manera tal que los verdaderos discípulos de Cristo se reconocerán por este amor mutuo que los une, el Amor de Dios, el Espíritu Santo: “Mirad cómo se aman”, dirá el mundo. un alma, porque el Amor de Dios será el alma de la Iglesia.

El Espíritu Santo obrará de forma pedagógica y catequética en los bautizados, concediéndoles un conocimiento y amor de Cristo imposibles de alcanzar con las fuerzas de la naturaleza humana o angélica, en cumplimiento de las promesas de Cristo: “Pero el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él les enseñará y les recordará todo lo que les he dicho” (Jn 14, 26).

El Espíritu Santo ejercerá una doble función, de “enseñanza” y de “recuerdo”, esto es, pedagógica y mnemónica, pero no será una mera elevación de las funciones naturales del hombre, puesto que el Espíritu Santo “enseñará” y “hará recordar” mediante la luz divina trinitaria, lo cual quiere decir que hará aprehender los misterios sobrenaturales absolutos tanto de Dios como Uno y Trino, como del Verbo, la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía y esto es lo que distinguirá a quienes posean el Espíritu de Dios: quienes adoren a Cristo Eucaristía. Quien no posea el Espíritu de Dios, no podrá reconocer a Cristo, Dios Hijo encarnado, Presente en Persona en la Eucaristía y se separará de la Iglesia, tal como le sucedió a Lutero.

El Espíritu Santo les recordará que Jesús les había prometido “quedarse con ellos todos los días hasta el fin del mundo” y les hará comprender que ese “quedarse con ellos” es mediante el Sacramento de la Eucaristía, permanencia que se hace posible mediante el sacerdocio ministerial, mediante el cual se perpetúa incruenta y sacramentalmente el Santo Sacrificio del Calvario. Mediante la luz del Espíritu Santo, los bautizados serán capaces de contemplar, con la luz de la fe, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la Sagrada Eucaristía.

El Espíritu Santo iluminará las mentes y los corazones de los bautizados y así estos podrán comprender que por la gracia santificante recibida en el Bautismo, sus cuerpos han sido convertidos en templos del Espíritu Santo y sus corazones en sagrarios de Jesús Eucaristía, por lo cual tendrán gran estima por la pureza del cuerpo y del alma, para no contaminar con impurezas lo que está destinado a albergar al Rey de los cielos y al Divino Amor.

El Espíritu Santo también hará comprender le misterio del Sacramento de la confesión, mediante el cual la Sangre del Cordero de Dios cae sobre el alma quitando los pecados y dejándola resplandeciente con la luz de la gracia divina.

El Espíritu Santo permitirá que los discípulos aprecien el valor inestimable de la gracia santificante, la cual deja al alma con la pureza y la santidad divinas y así comprenderán porqué los santos y los mártires prefirieron “morir antes que pecar”.

El Espíritu Santo permitirá a los bautizados darse cuenta del inmenso poder destructivo del pecado y cómo el pecado, una vez cometido, no se “disuelve” en el aire, sino que impacta directamente sobre la Humanidad Santísima del Señor Jesús, de manera que el bautizado comprenderá que sus pecados personales son los que cubrieron de heridas sangrantes a Nuestro Señor Jesucristo y que, en el misterio de la salvación, este impacto del pecado, sobre todo el pecado mortal, impacta sobre la Humanidad del Señor. El Espíritu Santo hará comprender que el pecado, cualquiera que este sea, aun cuando es indoloro e insensible para quien lo comete, este pecado se traduce en flagelaciones, golpes de puño, patadas, luxaciones, heridas abiertas y sangrantes sobre Jesús; al mismo tiempo, el Espíritu Santo suscitará el arrepentimiento perfecto del corazón, que es la contrición del corazón, arrepentimiento que abre las Puertas del Cielo y cierra las Puertas del Infierno y así convertirá la dureza del corazón del hombre sin Dios, en un corazón que viva con la vida divina y que sirva como trono y sagrario viviente para el Rey de los cielos, Jesús Eucaristía.

El Espíritu Santo iluminará las mentes y corazones para que los bautizados comprendan que la Santa Misa no es una ceremonia litúrgica “aburrida” que para que sea “divertida” se le deben agregar elementos absurdos, ridículos y sacrílegos, como suele suceder, sino que es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio del altar, por lo que el bautizado comprenderá que debe asistir a Misa con la disposición espiritual de la Virgen al pie de la cruz y de San Juan Evangelista también al pie de la cruz, en el momento de la crucifixión.

Por último, el Espíritu Santo enseñará a los discípulos de Cristo a comulgar, puesto que comulgar no es hacer fila para recibir un pan bendecido en una ceremonia religiosa: comulgar es postrarse ante el Hombre-Dios Jesucristo, el Cordero de Dios, que viene a nosotros oculto en apariencia de pan; comulgar es abrir las puertas del corazón, contrito y humillado, purificado por la gracia santificante, para que el Rey de los cielos, Jesús Eucaristía, convierta el corazón del bautizado en su sagrario en la tierra.

“Reciban el Espíritu Santo”. En cada Eucaristía, Jesús, junto al Padre, nos donan, insensiblemente, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad, el Divino Amor y por esto, cada Comunión Eucarística es un pequeño Pentecostés para el alma que, purificada por la gracia, recibe el don del Espíritu Santo, Fuego del Divino Amor, Verdad Increada, Sabiduría Divina, Santificador de los hombres.

 

martes, 18 de mayo de 2021

Solemnidad de Pentecostés


 (Ciclo B – 2021)

          “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,19-23). Jesús resucitado se aparece en medio de sus discípulos y, luego de darles la paz, les dona el Espíritu Santo, soplando el Divino Amor sobre su Iglesia Naciente. De esta manera, Jesús cumple su promesa de que, una vez resucitado, habría de ascender a la Casa del Padre para enviarles el Espíritu Santo: “Les conviene que Yo me vaya, para que les envíe el Paráclito”.

          Ahora bien, ¿qué obras hará el Espíritu Santo en la Iglesia Naciente? El Espíritu Santo realizará diversas obras en el Cuerpo Místico de Jesús.

          “Los guiará a la Verdad plena”: el Espíritu Santo iluminará las mentes de los discípulos, de toda la Iglesia Naciente y esto es importantísimo, porque esta iluminación divina consistirá en hacerlos partícipes de la Sabiduría Divina, con lo que superarán infinitamente los límites de la razón humana. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que, gracias a la iluminación del Espíritu Santo, los discípulos lograrán contemplar “la Verdad plena”, la “Verdad Absoluta” acerca de Dios, esto es, que Dios es Uno y Trino, que la Segunda Persona de la Trinidad se encarnó en la humanidad santísima de Jesús de Nazareth, que Jesús es Dios, que Jesús prolonga su Encarnación en la Eucaristía, que Jesús derrotó en la Cruz a los tres grandes enemigos de la humanidad, el Demonio, la Muerte y el Pecado. Es decir, el hecho de “guiarlos a la Verdad plena” significa que los discípulos serán capaces de contemplar los misterios absolutos de la Santísima Trinidad, misterios que se continúan con los misterios salvíficos de Jesucristo, el Hombre-Dios, y así serán capaces de creer en la Verdadera Fe Católica y no en una fe adulterada. Si el Espíritu Santo no iluminara las mentes de los discípulos, estos serían incapaces de comprender los misterios de Dios y de Jesucristo y así construirían una iglesia y una fe meramente humanas, racionalistas, en donde el misterio sobrenatural y la Verdad Absoluta de la Trinidad no tienen cabida, como sucede con las otras grandes religiones monoteístas, como el protestantismo, el judaísmo y el islamismo.

          “Glorificará a Jesús”: “El Espíritu Santo me glorificará”, dice Jesús y esto es una reparación, por parte de Dios, hacia Jesucristo, por el desprecio, la ignominia y la injusticia con la que Jesús fue tratado en su vida terrena, por la mayor parte de los hombres y también por sus discípulos, quienes lo abandonaron en la prueba de la Cruz. El Espíritu Santo glorificará a Jesús en la Resurrección, cuando insufle la Vida divina en su Cuerpo muerto y como esta Vida divina es también Gloria divina, el Cuerpo de Jesús, en el momento en el que vuelva a la vida, será también glorificado. Pero el Espíritu Santo obrará esta glorificación también en la Santa Misa, cuando por la fórmula de la transubstanciación, el pan y el vino sean convertidos en el Cuerpo y la Sangre glorificados del Señor Jesús. Por último, el Espíritu Santo glorificará a Jesús ante la Iglesia y ante el mundo, pues dará a conocer, a la Iglesia y al mundo, que Aquel que murió en la Cruz el Viernes Santo y resucitó el Domingo de Resurrección, era la Gloria del Padre, el Hijo de Dios, Cristo Jesús.

          “Los hará ser uno en el Padre, por Cristo, en el Amor de Dios”. La unidad en el Padre, por Cristo y el Amor entre unos y otros, por Cristo, será obra del Espíritu Santo, quien hará de todos los hombres de todos los tiempos, de todas las razas, de todas las religiones, un solo Cuerpo Místico, el Cuerpo Místico de Jesús, cuando todos los hombres de todos los tiempos y de todas las religiones se conviertan a la Única Iglesia del Único Dios Verdadero, Dios Uno y Trino. Y todos estos hombres, así unidos, amarán a Dios Trino y se amarán entre sí porque tendrán en ellos al Alma de la Iglesia, el Espíritu Santo. Por este motivo, al fin de los tiempos, todas las iglesias y las religiones del mundo desaparecerán, y quedará solo la Verdadera y Única Esposa Mística del Cordero, la Iglesia Católica y es en esto en lo que consiste el verdadero ecumenismo.

          “Les recordará lo que Jesús hizo y dijo”: por obra de la iluminación del Espíritu Santo en los intelectos de los miembros de la Iglesia, estos comprenderán que lo que hizo Jesús, sus milagros, eran milagros que sólo podían ser hechos por Dios en Persona y así se basarán en los milagros para confirmar y declarar su fe en Cristo Jesús como Dios Hijo encarnado.

          Les hará comprender las palabras de Jesús: “Yo me quedaré con ustedes hasta el fin del mundo”, palabras que se refieren al milagro de la transubstanciación, por medio del cual el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, cumpliendo así su promesa de quedarse en su Iglesia “todos los días, hasta el fin del mundo”, por medio de la Eucaristía.

         Convertirá los cuerpos de los discípulos en templos del Espíritu Santo y los corazones en altares de Jesús Eucaristía Es por esta razón que la Escritura dice: “Vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo” (cfr. 1 Co 6, 19-20). Ésta es la razón por la que los católicos deben cuidar sus cuerpos, en el sentido de procurar mantenerlos saludables, evitando los tatuajes o cualquier incisión o agregado corporal, además de, principalmente, vivir en estado de gracia, pues si el cuerpo es templo del Espíritu Santo, el corazón, como dijimos, es altar de Jesús Eucaristía.

          Les concederá sus siete dones, entre ellos, el don de la Fortaleza, don que les permitirá salir de su escondite y proclamar al mundo la Verdad de la Encarnación del Hijo de Dios en la humanidad santísima de Jesús de Nazareth, encarnación que se prolonga en la Eucaristía. Cuando Jesús se aparece a los discípulos, estos se encuentran escondidos, “llenos de temor” por los judíos, pero será el Espíritu Santo quien no solo les quitará la cobardía y el temor a los judíos, sino que les concederá el don de la fortaleza, por medio de la cual no tendrán más miedo a los judíos ni a nadie en este mundo, siendo imbuidos de una fortaleza sobrehumana, que hará que el Evangelio se propague por todos los rincones del mundo. Hoy estamos también con las puertas de las iglesias cerradas, pero no por miedo a los judíos, sino por un miedo irracional, ilógico, inducido por mentes criminales, a una partícula viral que ni siquiera tiene vida propia, pidamos al Espíritu Santo que nos dé también la fortaleza divina para que sólo tengamos miedo a lo que debemos tener: a la muerte eterna, a la segunda muerte, a la eterna condenación en el Infierno, y no a un virus. Dice San Cirilo de Alejandría “El Espíritu Santo los hace pasar del temor y la pusilanimidad a una decidida y generosa fortaleza de alma. Vemos claramente que así sucedió en los discípulos, los cuales, una vez fortalecidos por el Espíritu, no se dejaron intimidar por sus perseguidores, sino que permanecieron tenazmente adheridos al amor de Cristo”[1].

         El Espíritu Santo hará “brotar torrentes de agua viva”, es decir, de gracia santificante, de los corazones de quienes crean en Cristo Dios, Presente en Persona en la Eucaristía y así esas personas serán como manantiales vivientes del Divino Amor en el árido desierto de la humanidad sin Dios, característica de los últimos tiempos. También San Cirilo de Jerusalén afirma que “el Espíritu transforma y comunica una vida nueva a aquellos en cuyo interior habita”[2].

         “Reciban el Espíritu Santo”. Jesús infunde el Espíritu Santo en Pentecostés, para iluminar las mentes y los corazones de los bautizados y para iniciar su obra, la obra de la Tercera Persona de la Trinidad, en cada bautizado. Pero no solo en Pentecostés Jesús infunde su Espíritu Santo: en cada comunión eucarística, Jesús, junto al Padre, soplan el Espíritu Santo, el Fuego del Divino Amor, en nuestros corazones. Por esta razón, que nuestros corazones, que son negros, fríos y endurecidos como el carbón, se conviertan en brasas incandescentes que ardan con el Fuego del Amor Santo de Dios, el Espíritu Santo.

 

 

 



[1] Libro 10, 16, 6-7: PG 74, 434.

[2] Cfr. ibidem.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 18 de mayo de 2018

Solemnidad de Pentecostés



(Ciclo B – 2018)

         Si ya la Pasión y Resurrección del Señor habían sido una muestra de su amor infinito por nosotros, el envío del Espíritu Santo sobre la Iglesia es una muestra de que ese amor de Jesucristo por el hombre no puede ser catalogado según las categorías humanas, porque no envía a una representación del Espíritu Santo, sino al Espíritu Santo en Persona, es decir, a la Persona-Amor de la Trinidad.
         ¿Qué hará el Espíritu Santo cuanto venga?
         Cuando el Espíritu Santo llegue a la Iglesia, en forma de viento impetuoso y fuego, cumplirá una función de Maestro de la Verdad y, como todo Maestro, les hará recordar lo que Cristo hizo y dijo y les dirá la verdad acerca de Cristo. Dice Jesús que el Espíritu Santo: “Dará testimonio de Cristo”; “Los introducirá en toda la verdad, porque es el Espíritu de la Verdad”; “Glorificará a Cristo y se lo anunciará a los Apóstoles” (cfr. Jn 15, 26-27.16, 12-15).
         El Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo luego de la Ascensión del Señor, es el Espíritu de la Verdad, de la Verdad sobrenatural de Cristo Dios. Por lo tanto, les enseñará que lo que Jesús hizo y dijo revelaba que Él era la Palabra de Dios encarnada y que Él era Dios Hijo encarnado, porque la Sabiduría de su enseñanza y los milagros por Él realizados no podían provenir de otra fuente que no sea de Dios en Persona. Jesús de Nazareth se auto-proclamó Dios Hijo, igual al Padre, Donador del Espíritu Santo –ésa fue la falsa acusación principal de blasfemia por parte de los judíos y por la cual lo condenaron a muerte-, por lo tanto, el Espíritu Santo revelará a la Iglesia la Verdad Única acerca de Cristo: Cristo es Dios, es Dios Hijo encarnado, que se hace hombre sin dejar de ser Dios, para que los hombres, participando de su naturaleza por la gracia, nos hagamos Dios por participación.
         El Espíritu revelará que Jesús, el Logos del Padre, fue concebido en el seno de la Virgen Madre no por obra humana –sus cromosomas humanos pertenecientes al progenitor paterno fueron creados en el momento en el que su naturaleza humana fue creada en el útero de la Virgen-, sino por obra del Amor de Dios, el Espíritu Santo.
         El Espíritu Santo les revelará que Jesús creció como un niño más entre tantos, sometido a la autoridad de sus padres terrenos, José y María. Les dirá que, llegada la plenitud de los tiempos, comenzó su predicación, asombrando a todos por la sabiduría divina que salía de su boca y por los milagros que sólo Dios podía hacer, ambas cosas las cuales confirman que Jesús es Dios, tal como Él mismo lo reveló.
         El Espíritu Santo revelará que los judíos idearon la muerte de Jesús y utilizaron a los romanos como ejecutores materiales del crimen, siendo azuzados los judíos por el Príncipe de la mentira, Satanás, que se había apoderado de la mente y los corazones de casi todos los principales judíos y no solo de Judas Iscariote, al haber llamado la Escritura a la Sinagoga como “Sinagoga de Satanás”.
         El Espíritu Santo les revelará que Jesús, con su sacrificio en cruz, venció a los tres grandes enemigos de la humanidad, de una vez y para siempre: al Demonio, al Pecado y a la Muerte.
         El Espíritu Santo revelará que Jesús, después de muerto, permaneció unido a la divinidad, tanto en su Cuerpo, que quedó en el sepulcro, como en su Alma, que descendió al Limbo de los justos del Antiguo Testamento, para llevarlos al cielo una vez abiertas las puertas del cielo con su sacrificio en cruz.
         El Espíritu Santo revelará a su Iglesia la Verdad católica sobre la Eucaristía: que Jesús, el Verbo de Dios encarnado, prolonga su Encarnación en la Eucaristía y por lo tanto se encuentra en la misma con su Cuerpo glorioso y resucitado, el mismo Cuerpo glorioso y resucitado con el cual resucitó el Domingo de Resurrección y está sentado a la derecha del Padre.
         El Espíritu Santo revelará la Verdad de la Eucaristía, de ser el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y no un pan bendecido y no una presencia simbólica, sino real por el milagro de la Transubstanciación producido por las palabras de la consagración pronunciadas por el sacerdote ministerial en la Santa Misa: “Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”.
         El Espíritu Santo revelará la Verdad de la Santa Misa, de ser no un espectáculo centrado en el hombre, sino la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio del Altar, por lo que se debe estar delante de la Misa, así como si estuviéramos delante del Santo Sacrificio de la Cruz en el Viernes Santo.
          Por último, el Espíritu Santo, siendo el Espíritu de la Verdad, desenmascará a aquellos que, desde dentro de la Iglesia y haciéndose pasar por católicos, siembran la duda, la confusión, la herejía, el cisma y el error, porque será evidente que, quienes así obren, estarán movidos, guiados e inspirados por el espíritu del Príncipe de la mentira, que es el espíritu del Anticristo.
            Solo quien profese la verdadera y auténtica fe católica, la fe del Credo Apostólico y Niceno-Constantinopolitano, demostrará que está y obra en él el Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, enviado por el Hombre-Dios Jesucristo para Pentecostés.
        

viernes, 2 de junio de 2017

Solemnidad de Pentecostés


(Ciclo A – 2017)

         El envío del Espíritu Santo por parte de Jesús en Pentecostés como “viento y fuego” es el cumplimiento de su promesa: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7)” y también: “Cuando venga el Consolador, a quien yo enviaré del Padre, es decir, el Espíritu de verdad que procede del Padre, El dará testimonio de mí” (Jn 15, 26).     Todo el misterio pascual de Jesús –Encarnación, Vida Oculta, Vida Pública, Pasión, Muerte, Resurrección, Ascensión- está motivado por el Amor Divino y para donar el Amor Divino. No hay otra motivación que no sea el Amor de Dios en la historia de la salvación de la humanidad y en la historia de la salvación de cada hombre en particular: “Les conviene que Yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes” (Jn 16, 7): Jesús sufre su Pasión, y a nosotros “nos conviene” que Él muera, para que nos envíe su Espíritu, el Amor de Dios; “Estando los discípulos reunidos, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo’” (Jn 20, 22; cfr. Hch 2, 1-11): una vez muerto y resucitado, se aparece a los discípulos, y sopla sobre ellos el Espíritu Santo, el Amor de Dios. Nada hace Jesús por obligación; todo es por Amor, por su Amor, que es el Amor del Padre y del Hijo. Todo su misterio pascual se origina y no tiene otro fin que el Amor. El don de Jesucristo a la Iglesia para Pentecostés, obtenido al precio altísimo de su Sangre Preciosísima, es el Amor de Dios Uno y Trino. Jesús envía entonces el Espíritu Santo en Pentecostés, y por el hecho de tratarse de un evento de tanta trascendencia, que corona y culmina su misterio pascual,  nos preguntamos: ¿quién es el Espíritu Santo y por qué motivo lo envía Jesús?
         Ante todo, el Espíritu Santo es el Amor de Dios: es la emanación del Amor recíproco del Padre y del Hijo. Podríamos decir, es el amor que Dios Padre y Dios Hijo se tienen mutuamente, desde la eternidad, y es tan inmenso, tan eterno, tan puro, tan perfecto, tan infinito, que se constituye en Persona, en Don, del Uno al Otro, y ése es el Espíritu Santo, el Don recíproco del Padre al Hijo. Y ése Don, del Padre al Hijo, que se espiran mutuamente en la eternidad, y que por ser tan inmensamente grande y perfecto, al punto de constituir una Persona, la Persona-Amor de la Trinidad, es el Don que nos comunica Jesucristo en Pentecostés y es el que nos santifica por la gracia[1].
El Amor de Dios, es un amor Puro, Perfecto, espiritual, infinito, eterno, celestial, que no se deja llevar por las apariencias, que mira lo más profundo del ser del hombre y de las cosas; es un Amor inagotable, pero también incomprensible para el hombre –por eso el hombre no puede entender cómo Dios puede perdonar al pecador más empedernido-. El Espíritu Santo es una Persona divina (recordemos que hay tres tipos de personas: personas humanas, personas angélicas, y personas divinas; el Espíritu Santo es “Persona Divina”); es la Persona Tercera de la Trinidad; es la Persona-Amor de la Trinidad, espirada por el Padre al Hijo y por el Hijo al Padre; es el Amor, que une al Padre en el Hijo y al Hijo en el Padre. Puesto que Dios es “Espíritu Puro”, de las Tres Personas que hay en la Trinidad, le corresponde el nombre de “Espíritu” a la Tercera, porque es la “expresión y el sello de la unidad espiritual entre el Padre y el Hijo”[2]. La operación propia del Espíritu Puro es la de conocer y querer; por lo mismo, en cuanto Dios, el Espíritu Santo conoce y quiere de modo perfectísimo. La Escritura dice que el Espíritu Santo es “el Espíritu del Padre” (Mt 10, 20) y es también “el Espíritu del Hijo” (Gál 4, 6). Es Persona divina, lo cual quiere decir que posee el mismo Ser trinitario divino del Padre y del Hijo y posee asimismo la misma naturaleza divina del Padre y del Hijo; se diferencia del Padre y del Hijo solamente porque es espirado en forma conjunta por el Padre y por el Hijo, desde la eternidad, pero al ser Dios, porque posee el mismo Ser trinitario y la misma naturaleza divina que el Padre y el Hijo, recibe la misma adoración y gloria. Esto último nos lo enseña la Iglesia en el Credo: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria” (Credo Niceno-Constantinopolitano). El Espíritu Santo es Dios verdadero, como el Padre y el Hijo. En Hechos 5, 3-5, se dice que: “mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios”, es decir, se equipara la mentira al Espíritu Santo con la mentira a Dios, porque el Espíritu Santo es Dios.
¿Qué hace el Espíritu Santo en la Iglesia? Nos recuerda la Verdad de Jesucristo; santifica nuestras almas y cuerpos, convirtiendo nuestros cuerpos en templos de su propiedad y  nuestros corazones en altares en donde se adore a Jesús Eucaristía. El Espíritu Santo nos recuerda la Verdad de Jesucristo, que es Dios Hijo encarnado, la Segunda Persona de la Trinidad que asume hipostáticamente una naturaleza humana al encarnarse en el seno virgen de María, y que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, lo cual constituye la esencia de la Fe católica. Sin esta función mnemónica del Espíritu Santo, la Iglesia Católica no es Iglesia Católica; la gracia del Espíritu Santo, donado por Cristo y por el Padre desde el sacramento eucarístico, nos permite conocer a Cristo tal como Cristo es, y no de manera deformada o rebajada según nuestra capacidad de conocimiento.: “El Espíritu Santo les hablará de Mí” (cfr. Jn 16, 12-15); “El Espíritu Santo les recordará todo lo que Yo les he dicho” (Jn 14, 26). A través de la gracia, recibimos un conocimiento sobrenatural y divino, y tenemos así una noción de Dios como la que Dios tiene de sí mismo. Y así como sin la luz del Espíritu Santo rebajamos el misterio de Cristo a aquello que podemos comprender, y con eso vaciamos todo el misterio, así, con la sola capacidad de nuestra mente, pensamos en la Eucaristía solo como un pan bendecido, porque ha sido consagrado en el altar, pero nunca pensamos en la Eucaristía como el misterio de la Presencia sacramental del Cordero de Dios, que se inmola en la cruz del altar, que derrama su Sangre sobre el cáliz, que dona su Cuerpo resucitado y con su Cuerpo resucitado la Vida eterna y con la Vida eterna su Espíritu, que nos une en el amor a las Personas de la Trinidad. Sin el conocimiento del Espíritu Santo, vemos la misa como un rito piadoso, al que asistimos porque creemos que de alguna forma damos culto a Dios, pero no vemos en la Misa ni el sacrificio del Calvario, ni la Resurrección de Cristo, ni la Adoración del Cordero. “El Espíritu Santo les hablará de Mí”. El Espíritu Santo, Don de dones, insuflado por Cristo desde la Eucaristía, es quien nos da el verdadero conocimiento de Cristo, y con el conocimiento, el amor de Cristo Eucaristía.
Otra función esencial que cumple el Espíritu Santo es la santificar nuestras almas y nuestros cuerpos, convirtiéndolos en templos de su propiedad, según lo afirma San Pablo, cuando dice que “el cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19) -y nosotros agregamos que el corazón es altar de la Eucaristía, y lo que hace el Espíritu Santo, Soplo de Amor divino (cfr. Jn 3, 5.7-15), es convertir nuestros corazones, negros, fríos y duros como el carbón, en brasas incandescentes que iluminen e irradien el Fuego del Divino Amor.
Por último, el Espíritu Santo, donado a la Iglesia universal en Pentecostés, se nos dona cada vez por la gracia conferida por los sacramentos, principalmente, la Confesión Sacramental, la Eucaristía y la Confirmación. Con respecto a la Confirmación, la Iglesia nos enseña, desde el Concilio de Florencia[3] que la Confirmación es el Pentecostés de todo cristiano; las palabras del Concilio son: “en la Confirmación el Espíritu Santo se da para fortificar al fiel lo mismo que fue dado a los Apóstoles el día de Pentecostés”[4]. Es la Confirmación, por lo tanto, el verdadero –y único- “bautismo en el Espíritu”, porque se recibe al Espíritu no solo en sus dones, sino en su Persona, como Don exclusivo del confirmando, para que éste lo posea y en el Espíritu Santo se goce en su alma, espiritualmente, y aunque este gozo no pueda ser percibido sensiblemente, es un verdadero gozo espiritual[5].
Jesús envía el Espíritu Santo en Pentecostés, pero el Espíritu Santo nada puede hacer si nosotros no correspondemos  a la gracia del Don de dones; en otras palabras, el hecho de que Jesús envíe el Espíritu Santo santifica a la Iglesia –por eso, la Esposa de Cristo, la Iglesia, es santa-, pero no santifica personalmente, a los bautizados de modo particular, si estos no corresponden, con su libertad, al don del Espíritu Santo, obrando la misericordia. ¿Cómo sabemos si correspondemos al Espíritu Santo? ¿Cómo sabemos si de verdad poseemos el Espíritu o no? No lo podemos saber a ciencia cierta, y solo podemos hacer conjeturas, pero hay un signo que sí nos indica, con toda certeza, que en nuestros corazones NO habita el Espíritu Santo, y es el guardar odio o rencor a nuestros enemigos. Si esto hacemos, el sacrificio de Cristo en la cruz y su Don, el Amor de Dios, no nos habrá servido para nada. Para que el don del Espíritu Santo no sea en vano para nosotros, oremos al Santo Espíritu de Dios con la siguiente oración de Francisca Javiera del Valle[6]: “¡Ven, Santo y Divino Espíritu! ¡Ven como Luz, e ilumínanos a todos! ¡Ven como fuego y abrasa los corazones, para que todos ardan en amor divino! Ven, date a conocer a todos, para que todos conozcan al Dios único verdadero y le amen, pues es la única cosa que existe digna de ser amada. Ven, Santo y Divino Espíritu, ven como Lengua y enséñanos a alabar a Dios incesantemente, ven como Nube y cúbrenos a todos con tu protección y amparo, ven como lluvia copiosa y apaga en todos el incendio de las pasiones, ven como suave rayo y como sol que nos caliente, para que se abran en nosotros aquellas virtudes que Tú mismo plantaste en el día en que fuimos regenerados en las aguas del bautismo. Ven como agua vivificadora y apaga con ella la sed de placeres que tienen todos los corazones; ven como Maestro y enseña a todos tus enseñanzas divinas y no nos dejes hasta no haber salido de nuestra ignorancia y rudeza. Ven y no nos dejes hasta tener en posesión lo que quería darnos tu infinita bondad cuando tanto anhelaba por nuestra existencia. Condúcenos a la posesión de Dios por amor en esta vida y a la que ha de durar por los siglos sin fin. Amén”.




[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 417.
[2] Cfr. Scheeben, Los misterios, 104.
[4] Cfr. Denzinger-Schoenmetzer 697.
[5] Es recibir plenamente al Espíritu santo aunque muchos muy dados a las sensaciones pueden cuestionar que este sacramento no viene con signos externos y milagros, sin embargo este es el Espíritu de Cristo que obra en nosotros silenciosamente y de manera misteriosa, como los otros Sacramentos. “¡Porque me has visto, has creído! Bienaventurados los que no vieron y creyeron!” (Jn. 20:29). Por lo tanto, el Bautismo en el Espíritu es solamente una experiencia mística de los grupos carismáticos, no relevante para alcanzar la santidad. No es un Sacramento. Es una oración de fe, para reavivar lo que el Señor dio en el Sacramento del Bautismo y en la Confirmación. Por ende no se puede decir que esta experiencia mística sea necesaria para todo cristiano ni hace superior a los demás, sencillamente es una expresión de fe que puede ser similar a la vivida en una oración ante el Santísimo sin expresiones corporales externas, nada más que paz y comunión con Jesús.
[6] Cfr. Decenario al Espíritu Santo.

sábado, 14 de mayo de 2016

Solemnidad de Pentecostés


(Ciclo C – 2016)

         En cumplimiento de sus promesas, de que enviaría el Paráclito, Jesús envía al Espíritu Santo sobre su Iglesia reunida en oración –María Santísima y los Apóstoles-, el cual se manifiesta como “lenguas de fuego” (cfr. Hch 2, 1-11). De esta manera, Jesús finaliza su misterio pascual, aunque el Amor de Dios está también en el inicio, lo cual quiere decir que tanto la causa de la Encarnación, como de su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión al cielo, fue el envío del Amor de Dios a los hombres, con lo que su envío completa aquello para lo cual fue enviado por su Padre al mundo.
         Ahora bien, una vez enviado a la Iglesia, ¿qué funciones ejercerá el Espíritu Santo, obtenido para la Iglesia al precio de la Sangre Preciosísima del Cordero?
El Espíritu Santo ejercerá una función pedagógica y de memoria del misterio de Jesús, el cual es imposible de ser comprendido y mucho menos creído, sino es por la iluminación interior del Espíritu de Dios: “Les recordará todo lo que les he dicho” (cfr. Jn 14, 26) “Les hablará de Mí” (Jn 15, 26). El Espíritu Santo ilumina la oscuridad de nuestra razón, para que no reduzcamos el misterio del Hombre-Dios al de un revolucionario social, ni el misterio de la Eucaristía a un panecillo bendecido: “Cuál sea la voluntad del que nos otorga su Don, y cuál la naturaleza de este mismo Don: pues, ya que la debilidad de nuestra razón nos hace incapaces de conocer al Padre y al Hijo y nos dificulta el creer en la encarnación de Dios, el Don que es el Espíritu Santo, con su luz, nos ayuda a penetrar en estas verdades. Al recibirlo, pues, se nos da un conocimiento más profundo. Porque, del mismo modo que nuestro cuerpo natural, cuando se ve privado de los estímulos adecuados, permanece inactivo (por ejemplo, los ojos, privados de luz, los oídos, cuando falta el sonido, y el olfato, cuando no hay ningún olor, no ejercen su función propia, no porque dejen de existir por la falta de estímulo, sino porque necesitan este estímulo para actuar), así también nuestra alma, si no recibe por la fe el Don que es el Espíritu, tendrá ciertamente una naturaleza capaz de entender a Dios, pero le faltará la luz para llegar a ese conocimiento”[1]. Es decir, sin el Espíritu Santo, podemos creer en Dios Uno pero no Trino y no podemos creer ni saber que el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, es la que se ha encarnado en Jesús de Nazarety y es quien prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Y esto, porque el Don del Espíritu Santo nos ilumina nuestras tinieblas con su luz sobrenatural y divina: “(El Espíritu Santo) es la luz de nuestra mente, el resplandor de nuestro espíritu”[2]. El Espíritu Santo, enviado por Jesús en Pentecostés, es la “luz de nuestro espíritu”, la luz de Dios que ilumina nuestras tinieblas y nos comunica la Sabiduría de Dios, que nos permite conocer a Jesús como Quien Es, la Segunda Persona de la Trinidad Encarnada, y la Eucaristía como lo que Es, esa misma Segunda Persona de la Trinidad Encarnada, oculta a los ojos del cuerpo.
El Espíritu Santo ejercerá una función de santificación, principalmente a través del Sacramento de la Penitencia o Reconciliación: “Reciban el Espíritu Santo, a quienes perdonen los pecados, les serán perdonados” (Jn 20, 23). El Espíritu Santo actuará a través del Sacramento de la Penitencia, quitando los pecados del alma y concediendo la gracia santificante.
         El Espíritu Santo convertirá los cuerpos de los cristianos en sus “templos”, con lo que cada cristiano pasará a ser “templo viviente del Espíritu Santo”. Es decir, otra acción que hará el Espíritu Santo, una vez quitada del alma la mancha del pecado, será la de donar la gracia de la filiación divina y convertir al cuerpo del cristiano en su templo: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Él habita en vosotros. Lo habéis recibido de Dios, y por lo tanto no os pertenecéis a vosotros mismos. Habéis sido comprados a precio. En verdad glorificad a Dios con vuestro cuerpo” (1 Co 6, 19-20). Significa, por lo tanto, que profanar el propio cuerpo no será ya una profanación del cuerpo, sino una profanación del Espíritu Santo, que inhabita en ese cuerpo. De ahí la gravedad de todos los atentados contra el cuerpo (intoxicación con substancias alucinógenas, drogadicción de todo tipo, alcoholismo, lujuria, gula, etc.), como así también el incorporar imágenes indecentes o música indecente; de ahí también la importancia de que nuestro cuerpo sea casto y puro, porque es templo del Espíritu Santo.
         El Espíritu Santo, Fuego de Amor divino, tendrá la función de transformar nuestros corazones, duros, fríos y negros como el carbón, en brasas incadescentes, luminosas, que transmitan al mundo el Amor de Dios.
         El Espíritu Santo, inhabitando en el cuerpo del cristiano transformado en su templo, colmará de sus dones al alma, que mediante los frutos de esos dones, hará conocer al mundo el Amor de Dios. Un cristiano que muestre los frutos del Espíritu Santo -caridad, gozo; paz, paciencia, mansedumbre, benignidad, que consiste en tratar a los demás con gusto, cordialmente, con alegría; longanimidad o perseverancia nos ayudan a mantenernos fieles al Señor en su divina voluntad, fe, templanza y castidad, castidad-. La Presencia del Espíritu Santo en una persona se nota no por sus prédicas, sermones u homilías, sino porque obra de una manera nueva, sobrenatural, reflejando los frutos del Amor de Dios, de manera tal que los demás, al verlo, pueden decir: “En este cristiano habita el Amor de Dios”. El cristiano que muestre estos frutos, hará conocer al Espíritu Santo, llamado “ese Gran Desconocido”. Esto quiere decir que si hoy no se conoce al Espíritu Santo, es porque los cristianos, recibiendo sus dones, no hacen conocer sus frutos al mundo, por medio de sus obras.
         El Don de dones de Jesucristo para su Iglesia en Pentecostés, es para toda la Iglesia y para todos y cada uno de sus integrantes, y esa Presencia del Espíritu Santo en una persona –en una comunidad- se hace patente no por palabras, sino por hechos y hechos de misericordia, manifestados en los frutos del Espíritu Santo: una persona que es caritativa, bondadosa, modesta, casta, etc., muestra que en su alma inhabita el Espíritu Santo y que el Amor de Dios es el Alma de su alma. Es para esto, para lo que Jesús envía su Espíritu Santo en Pentecostés: para que convierta nuestros cuerpos en su templo y nuestros corazones en el altar en donde se adore a Jesús Eucaristía, para que amando con el Amor de Dios a nuestros prójimos y amándolo también a Él en el tiempo, continuemos luego amándolo por la eternidad.



[1] San Hilario, Tratado sobre la Santísima Trinidad; Libro 2, 1, 33. 35: PL 10, 50-51. 73-75.

[2] Ibidem.

viernes, 22 de mayo de 2015

Solemnidad de Pentecostés


 (Ciclo B – 2015)

         Jesús envía el Espíritu Santo sobre su Iglesia: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20, 19-23). Jesús envía el Espíritu como soplo y por el Espíritu Santo, viene la alegría: “Los discípulos se llenaron de alegría”; por el Espíritu viene la paz: “La paz esté con ustedes” y el perdón de los pecados: “a los que perdonen los pecados, les quedarán perdonados”. Pero además, el Espíritu Santo que envía Jesús, viene sobre la Iglesia y sobre las almas como “Viento” y como “Fuego”: “(…) estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (cfr. Hch 2, 1-11).
¿Qué hace el Espíritu Santo, luego de Pentecostés, en la Iglesia? ¿Por qué viene como Viento y como Fuego?
Para entender qué hace el Espíritu Santo en la Iglesia, en nuestras almas y en nuestros corazones, tenemos que saber que nuestras almas y nuestros corazones son como un carbón, es decir, podemos representar nuestra humanidad como si fuera un carbón, y sobre ese carbón, actuará el Espíritu Santo, como Fuego y como Viento, soplando sobre nuestros corazones, convirtiéndolos en carbones ardientes que arden con el Fuego del Divino Amor. En Pentecostés, el Espíritu Santo viene como Fuego, y así como el fuego enciende al carbón y lo transforma, de carbón negro y frío en brasa roja, ardiente y encendida y en llama viva similar al fuego, así el Espíritu Santo transforma el corazón en brasa que arde en Fuego de Amor Vivo; el Espíritu Santo viene como Viento en Pentecostés y atiza el corazón encendido, así como el viento atiza la brasa encendida y la vuelve más incandescendente, así el Espíritu Santo, como Viento soplado por Jesús en Pentecostés, sopla sobre el corazón encendido en el Amor de Dios y lo enciende todavía más en el Divino Amor, haciendo que arda más y más por el Divino Amor. El Espíritu Santo viene como Fuego y como Viento y atiza el corazón, que es el carbón encendido; el Fuego enciende el carbón y el Viento lo atiza y lo aviva cada vez más en el Divino Amor.
Pero el Espíritu Santo, enviado por Jesús en Pentecostés, opera también en toda la Iglesia, actuando como Alma de la Iglesia, dándole vida al Cuerpo Místico que es la Iglesia, así como el alma da vida al cuerpo del hombre. Otra función que ejerce el Espíritu Santo es la de ser Maestro, además de ejercer la función mnemónica, de memoria, porque nos enseñará sobre Jesús y nos recordará la Verdad de Jesús: "el Espíritu les enseñará y les recordará todo lo que les he dicho" (Jn 14, 26); el Espíritu Santo nos habla de Jesús: "les hablará de Mí" (Jn 16, 13). La función magistral  mnemónica del Espíritu Santo es la de hacernos saber y recordar lo que es Jesús y todo lo que hizo Jesús, principalmente sus milagros, que demuestran su divinidad: resucitó muertos, expulsó demonios, dio vista a los ciegos, el habla a los mudos, multiplicó panes y peces. El Espíritu de Dios nos hará saber que todos esos milagros los hizo Jesús porque era Dios, porque esos milagros no los podía hacer un hombre común, sino solamente Dios, y que por eso Jesús era Dios y esto es sumamente importante para nuestra fe católica y eucarística, porque si Jesús es Dios, entonces la Eucaristía es el mismo Jesús, Dios Encarnado, que continúa su Encarnación y la prolonga en la Eucaristía y es la razón por la cual debemos adorar a la Eucaristía, que es Jesús, Dios encarnado y glorificado, oculto en apariencia de pan. El Espíritu Santo entonces tiene una función mnemónica, de memoria, de recuerdo de lo que hizo Jesús y de que lo que hizo Jesús, lo hizo porque era Dios, y si Jesús era Dios, entonces la Eucaristía es ese mismo Jesús, que es Dios.
El Espíritu Santo nos recuerda también que Jesús murió el Viernes Santo y resucitó el Domingo, pero además, nos enseña que ese misterio pascual se renueva y actualiza, por el misterio de la liturgia eucarística, en la Santa Misa, porque por la Santa Misa, se renueva el Santo Sacrificio de la Cruz del Viernes Santo y se renueva y actualiza su resurrección, la Resurrección del Domingo de Resurrección, porque lo que comulgamos es su Cuerpo glorioso y resucitado en la Eucaristía, el mismo Cuerpo que resucitó el Domingo de Resurrección.
Otra función que ejerce el Espíritu Santo enviado por Jesús en Pentecostés es la de santificar nuestras almas, borrando el pecado original, concediéndonos la filiación divina, convirtiéndonos así en hijos adoptivos de Dios, lo cual quiere decir, en seres más grandes que los ángeles más grandes, porque recibimos la misma filiación divina, con la cual Jesús es Hijo de Dios desde toda la eternidad; por el Espíritu Santo, somos hechos hijos de Dios, hijos del Dios Altísimo.
Otra función que hace el Espíritu Santo es la de consagrar nuestras almas y nuestros cuerpos, convirtiéndolos en templos suyos, en donde inhabita Él, y si nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, nuestros corazones son altares en donde se adora a Jesús Eucaristía.
Por último, Jesús envía el Espíritu Santo para que los cristianos seamos “uno en el Amor, como Él y el Padre son uno en el Amor”, en el Espíritu Santo: “Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos” (cfr. Jn 17, 20-26). Esta petición la hace Jesús al Padre en la Última Cena, cuando pide por la unión en el Espíritu de Amor no solo por quienes asistían en ese momento a la Última Cena, sino por todas las generaciones de la Iglesia, por todo su Cuerpo Místico, es decir, por ellos y por nosotros, por los quedamos en el mundo, hasta que Él vuelva, hasta el fin de los tiempos. Cuando Jesús ora al Padre, ora pidiendo la unidad: “Que sean uno”, pero la unión que pide es una unión del todo particular, debido a que será “como la que existe entre Él y el Padre”: “como nosotros somos uno”, y Jesús y el Padre son uno en el Espíritu, puesto que “Dios es Espíritu” (Jn 4, 24). Puesto que Dios es “Espíritu Puro”, de las Tres Personas que hay en la Trinidad, le corresponde el nombre de “Espíritu” a la Tercera, a la Persona-Amor, porque es la Persona-Amor, la “expresión y el sello de la unidad espiritual entre el Padre y el Hijo” ; en otras palabras, la unión espiritual en Dios, entre el Padre y el Hijo, es en el Amor, en la Persona-Amor, en el Espíritu Santo, que es el sello de Amor del Padre y del Hijo. La unión que existe entre el Padre y el Hijo es la unión en el Espíritu Santo, en el Amor, porque el Espíritu Santo es la emanación del Amor recíproco del Padre y del Hijo; el Espíritu Santo es el Amor Santo, Puro, Perfecto, en Acto de Ser Puro, que Dios Padre y Dios Hijo se tienen mutuamente, desde la eternidad; es el Amor, el que une al Padre en el Hijo y al Hijo en el Padre, en el Espíritu, y es en ese Espíritu, en el que Jesús quiere que sus discípulos estemos unidos: “Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos”.
“Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos”. Jesús pide que como Iglesia seamos uno, pero esa unión que debe existir entre los miembros de su Iglesia, no puede ser  otra que la misma unión espiritual, en el Espíritu de Amor, la misma que existe entre el Padre y el Hijo desde la eternidad; es la unión que se da en el Espíritu y por el Espíritu Santo entre el Padre y el Hijo, y es para eso que Jesús envía el Espíritu Santo en Pentecostés, para que los cristianos, que formamos su Cuerpo Místico, seamos unidos por su Espíritu en su Cuerpo y formemos una unidad en el Amor.
“Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos”. La unidad que Jesús pide al Padre, se realiza de modo perfecto por medio de la Eucaristía, porque todos los que comulgan la Eucaristía, reciben la efusión del Espíritu por Jesús, y es por eso que cada comunión eucarística es un "mini-Pentecostés", o un "micro-Pentecostés", porque Jesús sopla su Espíritu sobre el alma que comulga –cumpliéndose el pedido de Jesús: “el Amor con que me amaste, el Espíritu Santo, esté en ellos”-, y así son unidos los cristianos en el Amor al Padre, al recibir el Cuerpo Sacramentado de Jesús.
Para esto envía entonces Jesús al Espíritu Santo en Pentecostés, para que, por la Eucaristía, los cristianos vivamos unidos en el Amor de Dios.