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viernes, 2 de abril de 2021

Martes de la Octava de Pascua

 



(Ciclo B – 2021)

         “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto” (Jn 20, 11-18). María Magdalena se encuentra llorando, a la entrada del sepulcro y la razón por la que llora la da ella misma cuando responde a la pregunta de los ángeles por la causa de su llanto: “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. María Magdalena llora porque acude al sepulcro con la dolorosa y amarga tribulación del Viernes Santo; llora porque ha visto a su Señor ser crucificado y luego lo ha visto morir; llora porque ha visto que a su Señor lo han envuelto en una mortaja y luego de un breve cortejo fúnebre, han depositado su Cuerpo muerto, frío, sin vida, en el sepulcro. María Magdalena llora porque ha vivido la Pasión y Muerte del Señor Jesucristo, sí, pero la ha vivido hasta los límites estrechos que le permite su humanidad, su mente, su corazón, su memoria, su dolor humano. María Magdalena llora porque tiene su vista dirigida al pasado, el Viernes Santo, día de la Muerte de Jesús, y al Sábado Santo, día del duelo y del llanto por la Muerte de Jesús y porque tiene su vista dirigida al pasado y porque solo vive con su naturaleza humana, es que María Magdalena llora por Jesús muerto, sin creer ni dar cabida a las palabras de Jesús de que Él habría de resucitar “al tercer día”. María Magdalena llora porque es discípula de Jesús, sí, pero al modo humano, como cuando una persona sigue a un líder por su carisma y por esto es que ella cree en un Jesús puramente humano, sujeto a la muerte como todo ser humano. María llora porque en el fondo, aun cuando ha conocido personalmente a Jesús, aun cuando Jesús ha obrado milagros en ella, expulsando demonios de su cuerpo y liberándola de la esclavitud del demonio y del pecado, aun así, la fe de María Magdalena en Jesús es una fe en un Jesús meramente humano. Su fe en Jesús no es sobrenatural, no cree en la divinidad de Jesús y por lo tanto no cree o se ha olvidado de la promesa de Jesús de resucitar al tercer día. Solo cuando Jesús resucitado le infunde su gracia, en el momento en que la llama por su nombre, solo entonces y por acción de la gracia, que ilumina y eleva el entendimiento de María Magdalena a un nivel divino y sobrenatural, solo entonces, la fe de María Magdalena en Jesús pasa a ser una fe verdaderamente católica, es decir, sólo entonces, por la luz de la gracia, María Magdalena no solo recuerda la promesa de Jesús de resucitar al tercer día, sino que es capaz de ver en Jesús no al “hijo del carpintero”, al “hijo de María”, sino a Dios Hijo encarnado que, en cuanto Dios, es la Vida Increada en Sí misma y por lo tanto, es el Triunfador Invicto sobre la muerte. Solo cuando Jesús le insufla la gracia, solo entonces María Magdalena no solo deja de llorar, sino que se alegra, con una alegría sobrenatural, porque reconoce en Cristo no al “hijo de María”, sino al Hijo de Dios encarnado, que ha vencido a la muerte con su muerte en cruz y ha resucitado, glorioso y victorioso, del sepulcro.

         “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Muchos católicos viven su fe como María Magdalena: buscan a Jesús, pero en el fondo de sus almas no creen que haya resucitado y mucho menos que esté, vivo y glorioso, resucitado, en la Eucaristía y por eso buscan y creen en un Jesús muerto, no resucitado. Para no caer en este error racionalista, pidamos la gracia de ver, con la luz de la fe, a Jesús glorioso y resucitado en la Eucaristía; sólo así, podremos parafrasear a María Magdalena y decir a nuestros prójimos: “Sé dónde está mi Señor resucitado: está vivo y glorioso en la Sagrada Eucaristía”.

viernes, 10 de abril de 2020

Martes de la Octava de Pascua



(Ciclo A – 2020)

“Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20, 11-18). Cuando Jesús resucitado se le aparece a María Magdalena, la discípula se encuentra agobiada por la tristeza, la cual se expresa en el llanto que la invade. La razón de su llanto es que ella piensa que Jesús no solo no ha resucitado, sino que continúa muerto y que el cadáver de Jesús ha sido transportado fuera del sepulcro por algún desconocido. La causa última de la tristeza y el llanto de María Magdalena es su fe, débil y vacilante como una pequeña llama de una candela, en las palabras de Jesús: Él había prometido resucitar al tercer día, cumplió con esta promesa y ahora se encuentra delante de ella, pero ella sigue sin creer en sus palabras. Por esto llora María Magdalena: porque a pesar de amar a Jesús, no termina de creer en las palabras de Jesús, cree que está muerto y que no ha resucitado.
Pero este estado de tristeza y llanto cambian radical y substancialmente luego del encuentro personal de María Magdalena con Jesús resucitado: a pesar de preguntarle la causa de su llanto, Jesús sabe ya la respuesta, sabe que es por la débil fe de su discípula. Por eso, lo que hace Jesús es infundirle el Espíritu Santo, el cual le permitirá a María Magdalena no sólo reconocer a Jesús llamándolo “Rabboní” o “Maestro”, sino que le comunicará de la misma alegría divina, una alegría sobrenatural que brota del Ser divino trinitario de Jesús. La alegría que comunica el Espíritu Santo no es, evidentemente, una alegría de origen mundano, sino divino y sobrenatural, porque hace al alma partícipe del Ser divino trinitario, el cual es la Alegría Increada en sí misma, según las palabras de Santa Teresa de los Andes: “Dios es Alegría infinita”.
El Espíritu Santo, infundido por Jesús en María Magdalena, la ilumina primero en su intelecto, de manera tal que María Magdalena ya no sólo no lo confunde más con el jardinero, como al inicio del encuentro con Jesús, sino que es capaz de reconocer, ahora sobrenaturalmente, a Jesús resucitado. Y luego del conocimiento de Jesús resucitado, viene la alegría, que es, como dijimos, participación en la alegría sobrenatural del Ser divino. Sin esta luz del Espíritu Santo, el alma es incapaz de reconocer a Jesús resucitado: piensa que Jesús está muerto -al igual que María Magdalena al inicio- y por lo tanto se hace incapaz de participar de la alegría divina.
“Mujer, ¿por qué lloras?”. Muchas veces, en la vida cotidiana, al dejarnos arrastrar por las situaciones existenciales, perdemos de vista la resurrección de Jesús y es entonces cuando invade al alma la tristeza e incluso el llanto. Sólo cuando Jesús resucitado, desde la Eucaristía, nos infunde el Espíritu Santo, sólo entonces el alma se desprende de la tristeza de una vida con un horizonte puramente humano, para elevarse y alegrarse con la alegría misma de Dios Trino, alegría que se deriva de saber que Jesús ha resucitado y que Él nos espera en el Cielo para allí comunicarnos, de manera plena y definitiva, su Alegría, la alegría misma de Dios Hijo, encarnado, muerto y resucitado por nuestra salvación.

lunes, 22 de abril de 2019

Martes de la Octava de Pascua



(Ciclo C – 2019)

          “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto” (Jn 20,11-18). Al ver el sepulcro vacío, María Magdalena interpreta en forma errónea lo sucedido: en vez de recordar las palabras de Jesús, de que Él habría de resucitar, piensa que alguien se ha llevado el cuerpo muerto de Jesús. Es decir, en vez de creer en la resurrección, María Magdalena continúa en la cosmovisión de la humanidad después del pecado: sólo conoce la muerte y el dolor y no puede ni siquiera imaginarse en qué consiste la resurrección y esa es la razón por la cual llora junto al sepulcro vacío. Es decir, tiene ante sí una prueba tangible de la resurrección de Jesús, el sepulcro vacío y en vez de alegrarse porque Jesús está vivo y resucitado, llora porque piensa que está muerto y que su cuerpo simplemente ha sido cambiado de lugar.
          “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. María Magdalena da la misma respuesta, tanto a los ángeles, que le preguntan por primera vez por la causa de su llanto, como cuando, por segunda vez, ahora sí Jesús en Persona, le pregunta también por la causa de su llanto. Confundiéndolo con el “cuidador de la huerta” y pensando que es él quien ha cambiado de sepulcro al cuerpo de Jesús, María Magdalena responde a Jesús de la misma manera en que respondió a los ángeles: “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Sólo cuando Jesús infunde en ella el don del conocimiento sobrenatural, María Magdalena, iluminada por la gracia, reconoce a Jesús y lo llama “Rabboní”, es decir, “Maestro” y se postra ante sus pies.
          “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Muchos, dentro de la Iglesia, se comportan, en relación a Jesús y a su misterio pascual de muerte y resurrección, como María Magdalena: no recuerdan o más bien, no creen en las palabras de Jesús y en el Magisterio de la Iglesia, que nos enseña que Jesús ha resucitado y está, vivo y glorioso, en la Eucaristía. No debemos repetir el error de María Magdalena; a diferencia de ella, que “no sabe adónde está el cuerpo del Señor” y piensa que está muerto, nosotros sí sabemos dónde está el Cuerpo de Jesús, vivo, glorioso y resucitado: está en el sagrario, en la Sagrada Eucaristía. Y ésa es la razón de nuestra alegría, en medio de las tribulaciones de esta vida y las persecuciones del mundo.

martes, 3 de abril de 2018

Martes de la Octava de Pascuas



(Ciclo B – 2018)

         “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” (Jn 20, 11-18). María Magdalena acude al sepulcro pero no ingresa en él; se queda afuera, llorando, recordando los tristes acontecimientos del Jueves y Viernes Santo. María Magdalena, que había asistido a la crucifixión, tenía en el recuerdo de su memoria a su Señor crucificado y muerto; piensa que todavía sigue muerto y por eso llora. Cuando se asoma al sepulcro, ve el sepulcro vacío y a dos ángeles, “sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús”. Los ángeles le preguntan la causa de su llanto: “Ellos le dijeron: “Mujer, ¿por qué lloras?”. María respondió: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Luego se da vuelta, ve a Jesús resucitado, pero no lo reconoce. Jesús le hace la misma dobre pregunta que los ángeles: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. María, al igual que cuando responde a los ángeles, también en esta respuesta sigue pensando en un Jesús muerto. Sin embargo, a pesar de verlo con sus propios ojos, todavía no ha recibido la luz del Espíritu Santo, que es donada por Jesús y por lo tanto, no lo reconoce y lo confunde con el jardinero, con el cuidador del huerto: 2Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo”. María piensa en un Jesús cadáver y quiere ir a buscar ese cadáver. En su razonamiento, en el uso de su razón sin la luz del Espíritu Santo, Jesús es solo un cadáver y no hay otra respuesta posible que el cadáver haya sido trasladado de lugar. Será la mentira que utilizarán los judíos para sobornar a los soldados romanos. En este caso, es imposibilidad de María Magdalena de alcanzar, con la sola luz de su razón natural, la verdad de la resurrección. Puesto que se trata de un hecho de un orden sobrenatural, su razón humana, creatural, está fuera del alcance de dicha verdad y es por eso que lo confunde con el jardinero y piensa que el cadáver ha sido trasladado de lugar.
         Solo cuando Jesús infunda en ella el Espíritu Santo y este la ilumine con su luz celestial, María Magdalena será capaz de contemplar la Verdad Absoluta de Dios, Cristo Jesús, que ha resucitado luego de estar tres días en el sepulcro.
         “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Muchos cristianos se comportan como María Magdalena antes de recibir la luz del Espíritu Santo: están en la Iglesia, pero viven como si Jesús estuviera muerto, no hubiera resucitado y, peor aún, no estuviera, resucitado y glorioso, en la Eucaristía y así se comportan como racionalistas, como quienes no han recibido la luz de la sabiduría divina que viene de lo alto. Puesto que la verdad de la Resurrección de Jesucristo es supra-racional, es decir, supera ampliamente la limitada capacidad de nuestra razón, para no caer en el error racionalista –el error de María Magdalena antes de recibir el don de la iluminación de Jesucristo-, es necesario pedir, con insistencia, la luz del Espíritu Santo para que nuestras almas puedan contemplar, con la luz de la fe y de la gracia, a Jesús, que no solo ha resucitado, sino que nos espera, glorioso, en la Eucaristía.

martes, 18 de abril de 2017

Martes de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2017)

“Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20, 11-18). Luego de comprobar que el Cuerpo de Jesús no está en el sepulcro, María Magdalena rompe a llorar, y ante la pregunta de los ángeles acerca del motivo de su llanto, responde que “se han llevado” al Señor y ella “no sabe dónde lo han puesto”: “Mujer, ¿por qué lloras? María respondió: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Inmediatamente después, ve a Jesús resucitado pero no lo reconoce; Jesús le hace la misma pregunta que los ángeles y María Magdalena, confundiéndolo con el jardinero, le suplica que le diga dónde ha puesto el Cuerpo del Señor: “Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo”. Solo después de que Jesús la llama por su nombre, María Magdalena lo reconoce, llamándolo “Rabbí”, es decir, “Maestro”: “Jesús le dijo: “¡María!”. Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: “¡Raboní!”, es decir “¡Maestro!”.
En el episodio del Evangelio, está representada, en cierto sentido, la vida espiritual de las almas que buscan a Jesús, y su ascenso gradual hasta que llegan a su conocimiento pleno. En María Magdalena pueden distinguirse dos tiempos o momentos en el conocimiento de Jesús resucitado: antes de que Él la llame por su nombre, y después; antes, representa al alma que busca a Jesús, pero no lo reconoce, porque lo busca con su sola razón, sin la ayuda de la gracia; en el segundo momento, lo reconoce, porque es Jesús quien le infunde la gracia de conocerlo, no según la razón humana, sino según el conocimiento que Dios mismo tiene de sí. Es decir, mientras el alma busca a Jesús por sí misma, con las solas fuerzas de la razón, no lo reconoce, y lo confunde con aquello que la razón conoce, esto es, el jardinero, el cuidador del huerto. Este conocimiento es equivalente al conocimiento que de Jesús Eucaristía tiene el alma, con su sola razón: piensa que es sólo un poco de pan bendecido y nada más. Esta es una primera etapa en el conocimiento de Jesús: es una etapa oscura, porque la razón, por sí misma, no puede penetrar en el conocimiento de la Santísima Trinidad y, mucho menos puede saber que la Segunda Persona de la Trinidad se ha encarnado en Jesús y que la luz que resplandece ahora, a través del Cuerpo resucitado de Jesús, es la luz divina del Ser trinitario. El otro momento, en el conocimiento de Jesús resucitado, propiamente iluminador, en el sentido más literal de la palabra, por cuanto es Jesús, Luz Eterna que proviene del Padre, quien la ilumina para que alcance el conocimiento suyo, es cuando Jesús la llama por su nombre: “¡María!”. Es en ese momento en que el alma, iluminada por la luz de la gracia que le infunde Jesús en el intelecto, reconoce a Jesús como resucitado. Análogamente, y desde la Resurrección en adelante, es el momento en el que alma reconoce a Jesús resucitado en la Eucaristía, dejando de considerar a esta como un mero pan bendecido, para creer, con la fe de la Iglesia, que es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor, es decir, para creer que es Jesús resucitado, Dios Hijo encarnado, en Persona.

“Mujer, ¿por qué lloras?”. Análogamente, muchas almas se comportan en la Iglesia, como María Magdalena: no encuentran a Jesús resucitado en la Eucaristía, porque lo buscan con las solas fuerzas de su razón, y se lamentan. Y cuando Él lo dispone, Jesús Eucaristía les dice a estas almas, iluminándolas interiormente con la luz de su gracia: “¡Alma! ¿Por qué lloras? Yo Soy en la Eucaristía”. 

martes, 29 de marzo de 2016

Martes de la Octava de Pascua


“Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20, 1-18). María Magdalena va al sepulcro en busca del cuerpo muerto de Jesús; va a hacer una obra de misericordia, que es rezar por vivos y muertos, pues piensa, con su mente sin fe en las palabras de Jesús, que Él no ha resucitado y sigue por lo tanto, tendido sobre la piedra de la tumba. Al llegar al sepulcro, ve que la piedra de la entrada ha sido desplazada de su lugar, se asoma al sepulcro, lo ve vacío y comienza a llorar. Dos ángeles, con  apariencia humana, le preguntan el motivo de su llanto: “Mujer, ¿por qué lloras?”. María Magdalena llora porque piensa que se han robado el cuerpo muerto de Jesús: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Dicho esto, María Magdalena se da vuelta y ve a Jesús, aunque piensa que es el jardinero y ante la pregunta de Jesús –formula la pregunta de modo idéntico a la de los ángeles: “Mujer, ¿por qué lloras?”-, contesta de la misma manera, creyendo todavía que Jesús está muerto y que en este caso es el jardinero quien se lo ha llevado: “Señor, si tú lo has llevado, dímelo dónde lo has puesto y yo lo recogeré”. Jesús la llama por su nombre –“María”- al tiempo que le concede la gracia de poder reconocerlo y es por eso que María Magdalena se arroja a sus pies para adorarlo, diciéndole: “Rabboní”.
A muchos en la Iglesia les sucede lo que a María Magdalena antes de su encuentro con Jesús resucitado: creen en Jesús, pero en un Jesús muerto y no resucitado, desde el momento en que, por un lado, sus mandamientos –los mandamientos específicos de Jesús: amar a los enemigos, cargar la cruz, perdonar las ofensas, ofrecer la otra mejilla, amar al prójimo hasta la muerte de cruz- no significan nada para estos tales, ya que si Jesús está muerto, no vale la pena, de ninguna manera, seguir las órdenes de quien está muerto; por otro lado, aunque se dicen “católicos”, en realidad creen en un Jesús muerto, porque en el fondo no creen que esté vivo, resucitado y glorioso, en la Eucaristía y es por eso que viven la vida terrena sin acudir jamás al sagrario, para hablar con Jesús de Corazón a corazón; es por eso que no acuden jamás al Sacramento de la Penitencia, que les permitiría comulgar y poseer en sus corazones al Hijo de Dios encarnado y resucitado en la Eucaristía; es por eso que no acuden jamás a la Comunión sacramental –en estado de gracia- para recibir a Jesús resucitado, porque efectivamente piensan que está muerto y no resucitado.

“Mujer, ¿por qué lloras?”. El Evangelio nos muestra a dos Marías Magdalenas: la primera, triste, llorando, porque cree en un Jesús muerto; la segunda, una María Magdalena que, exultante de alegría celestial, adora a Jesús resucitado postrándose a sus pies. Entonces, antes del encuentro con Jesús, hay en María Magdalena oscuridad espiritual, tristeza, miedo, duda; luego del encuentro con Jesús resucitado, hay en ella luz celestial infundida por Jesús, además de una inmensa alegría, que es la que la lleva a comunicar a los demás la maravillosa noticia de la Resurrección de Jesús. Quien se encuentra con Jesús vivo, glorioso y resucitado en la Eucaristía, recibe de Jesús lo mismo que María Magdalena: luz celestial, amor divino y alegría, mucha alegría sobrenatural, la Alegría de Dios, venida desde algo que es infinitamente más grande que los cielos eternos, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. 

martes, 7 de abril de 2015

Martes de la Octava de Pascua




(2015)

         “Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20, 11-18). Tanto los dos ángeles que se encuentran en el sepulcro, como Jesús, que se encuentra en el jardín, dirigen a María Magdalena la misma pregunta: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Pero en ninguno de los dos casos, María Magdalena se da cuenta que está hablando, primero con ángeles, y luego con Jesús resucitado. Además, en sus respuestas, María Magdalena da cuenta de las tinieblas en las que se encuentra; según lo que dice a los ángeles, piensa que “se han llevado (el cuerpo) de su Señor”; al responder a Jesús, continúa pensando que se han llevado el cuerpo, y como lo confunde con el jardinero, cree que es él quien lo ha cambiado de sepultura, y es la razón por la cual le responde a Jesús: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde los has puesto y yo iré a buscarlo”. Sólo cuando Jesús le dice “María”, la Magdalena reconoce a Jesús como a su Maestro, le responde “¡Rabboní!” y se postra en adoración ante Él. Las tinieblas que envuelven a María Magdalena, las cuales le impedían reconocer a Jesús resucitado, se disipan definitivamente en el instante mismo en el que Jesús la llama por su nombre; en ese momento, junto con la voz de Jesús, ingresa en María Magdalena la gracia santificante que ilumina su mente con conocimiento sobrenatural, permitiéndole conocer lo que antes no podía conocer, con la sola luz de su razón natural: que Jesús ha resucitado y está vivo, con su Cuerpo radiante, glorioso, lleno de la vida, de la luz y de la gloria de Dios. María Magdalena recibe esta gracia delante de Jesús resucitado, porque Jesús la ilumina con su luz, pero debido a que Jesús es una luz que no es una luz inerte, sino viva, que vive con la vida misma del Ser de Dios Trino, Jesús da vida nueva a todo aquel que ilumina. La luz que emana de Jesús es luz vivificante, que hace participar de su vida, la vida del Hombre-Dios, a aquel a quien se le acerca. Por esta razón, quien se acerca a Jesús crucificado o a Jesús en la Eucaristía -que es el mimo Jesús resucitado y glorioso del Domingo de Resurrección-, y se deja iluminar por Él, recibe la misma gracia de María Magdalena, una gracia que, además de permitir al alma conocer a Jesús como lo conoce Dios –esto es, en cuanto Hombre-Dios y no en cuanto simple hombre-, al mismo tiempo, enciende al corazón en ardientes deseos de amar a Jesús, con el mismo amor con el cual lo ama Dios, es decir, con el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

“Mujer, ¿por qué lloras?”. Muchos, en la Iglesia, se comportan como María Magdalena antes de su encuentro con Jesús resucitado: así como María Magdalena llora porque piensa que Jesús no ha resucitado y que por lo tanto su Cuerpo es un cadáver, que está tendido, inerte, sin vida, en la fría loza sepulcral, así muchos piensan que Jesús en la Eucaristía es un ser inerte que, como no tiene vida, ni ve, ni oye, y es así que, ante las tribulaciones y dificultades, lloran desconsolados. Sin embargo, los cristianos no podemos decir -como la María Magdalena de antes del encuentro con Jesús resucitado-, que “no sabemos dónde está el Cuerpo de Jesús”, porque no solo sabemos que ha resucitado, sino que sabemos que su Cuerpo glorioso, vivo, lleno de la luz, de la gloria y del Amor de Dios, está de pie, vivo para siempre, porque ya no muere más, en el Altar Eucarístico y en el Sagrario, para llamar por su nombre, como hizo con María Magdalena, a todo aquel que se le acerca con un corazón contrito y humillado.