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viernes, 9 de diciembre de 2022

La Santa Madre Iglesia exulta de alegría por el Nacimiento de Dios hecho Niño, sin dejar de ser Dios

 


(Domingo III - TA - Ciclo A - 2022 – 2023)

         Este Domingo de Adviento, el tercero, es ya tiempo dedicado para la preparación espiritual para conmemorar la Primera Venida de Nuestro Señor Jesucristo en una humilde gruta de Belén.

         La Primera Venida se produce por obra de la Trinidad: Dios Padre pide a Dios Hijo que se encarne, por obra de Dios Espíritu Santo, en el seno de una Virgen, llamada María. La Encarnación del Verbo es entonces el acontecimiento más grandioso de la historia de la humanidad y también de la Creación, porque supera en grandeza, en magnificencia, en gloria, a la Creación del universo visible e invisible, incluida la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios.

         El Verbo de Dios se encarna en el seno de la Inmaculada Concepción por pedido de Dios Padre y por obra del Espíritu Santo, lo que demuestra que Jesús de Nazareth es Dios Hijo encarnado, por un lado y por otro, que San José no es, de ninguna manera, el padre biológico de Jesús, sino solamente su padre adoptivo, que por encargo de Dios Padre, hace de padre terreno a Quien en el Cielo es su Dios y Creador.

         Otro elemento a considerar en la Encarnación del Verbo y en su posterior nacimiento milagroso, es la razón por la cual se encarna: por un lado, por su infinita misericordia, porque Dios no tenía ninguna necesidad de justicia de encarnarse para redimir al hombre: en otras palabras, podría no haberse encarnado, dejando al hombre librado a su propio libre albedrío, el mismo libre albedrío que, en Adán y Eva, lo había conducido a despojarse voluntariamente de la gracia divina y a arrojarse en los brazos del Demonio. Dios no tenía ninguna obligación de quitar el obstáculo que el hombre mismo, por propia voluntad, había puesto en su relación con Dios. Pero es precisamente su infinita misericordia, su infinito amor por su creatura, el hombre, lo que lleva a la Trinidad a idear el plan de salvación, que iniciaba con la Encarnación del Verbo por obra del Espíritu Santo y por pedido de Dios Padre. El primer motivo de la Encarnación es entonces la Divina Misericordia, el Divino Amor de Dios para con los hombres.

         El segundo motivo nos lo dice la Escritura: “Cristo vino para deshacer las obras del Diablo”. El Verbo de Dios se encarna en el seno de María Virgen y nace como Dios hecho niño sin dejar de ser Dios, para que el hombre se haga Dios por participación, al unirse a Él por la gracia y para lograrlo, se inmola en el Santo Sacrificio del Calvario, entregando su Cuerpo y su Sangre como ofrenda agradable a Dios Trino por la salvación de los hombres, destruyendo así a las obras del Demonio y venciendo para siempre a los tres grandes enemigos de la humanidad: el Demonio, la Muerte y el Pecado, pero además, abriendo las puertas del Cielo a los hombres, al derramar sobre la humanidad entera el Agua y la Sangre que brotaron de su Corazón traspasado en la Cruz. El Niño Dios que nace en Belén y que abre sus bracitos en cruz para abrazar a quien se le acerque con piedad, con fe y con amor, es el mismo Hombre Dios que en el Calvario abrirá sus brazos para extenderlos en la Cruz, para así abrazar a toda la humanidad, para perdonarla y llevarla consigo, ya vencidos sus enemigos para siempre, al Reino de los cielos, al seno del Padre Eterno, en el Amor del Espíritu Santo. Estos son los motivos por los cuales la Santa Iglesia se alegra y, en medio de la penitencia característica del Adviento, concede a los hombres una pausa en la penitencia, para meditar en la “Alegría que viene de lo alto”, el Hijo de Dios encarnado en el seno de una Madre Virgen, para rescatarlo de su pecado, para librarlo de la eterna perdición y para conducirlo al Reino de los cielos. El Niño que nace en Belén es nuestro Redentor, que viene a este mundo para conducirnos al Reino de su Padre, reino de bondad, de amor, de paz, de alegría, de justicia, en el que el llanto y las lágrimas de este mundo desaparecerán para siempre, para dar lugar a la Alegría sin fin. Como anticipo de esta Alegría Eterna que nos trae el Niño de Belén, la Iglesia se alegra, con gozo espiritual, por Nacimiento de Dios hecho Niño, sin dejar de ser Dios, en una humilde gruta de Belén. Es por esta razón que el tercer Domingo de Adviento es llamado "Gaudete" o de "Alegría", porque nos ha nacido un Redentor y si no hubiéramos sido redimidos, de nada nos valdría haber nacido.

viernes, 17 de diciembre de 2021

“¿Qué va a ser de este niño?”

 


“¿Qué va a ser de este niño?” (cfr. Lc 1, 57-66). El nacimiento de Juan el Bautista estuvo precedido y acompañado por eventos sobrenaturales, como por ejemplo, la aparición del ángel a Zacarías, el padre del Bautista. Esta aparición y otros hechos sobrenaturales, hacen que los habitantes de la región montañosa de Judea se pregunten “qué será de este niño” en el futuro, en vistas a cómo era evidente que Dios lo acompañaba y estaba con él desde su nacimiento. Con el paso del tiempo, las expectativas que se habían generado con el nacimiento del Bautista, se vieron más que colmadas, puesto que el Bautista fue elogiado por el mismo Jesús como “el más grande de los nacidos de mujer”. En efecto, Juan el Bautista fue el profeta más importante de todos, porque fue el que anunció, incluso con el testimonio de su vida, la Primera Venida del Mesías, el Hijo de Dios, Jesús de Nazareth. La grandeza de Juan el Bautista no radica en su prédica que instaba a la conversión moral, sino en el anuncio que él hizo de la llegada del Mesías; el Bautista hizo el anuncio más importante que pudiera recibir en la historia la especie humana, la llegada del Salvador, del Redentor, del Cordero de Dios, Jesús de Nazareth. El anuncio del Bautista acerca de la llegada del Mesías al mundo, es análogo al anuncio que el ángel le hiciera a la Virgen, cuando le comunicó que había sido elegida para ser la Madre de Dios. La misión del Bautista es la misión más importante de todos los profetas y por eso es que “no hay nadie más grande que el Bautista”, según las palabras del mismo Jesús.

“¿Qué va a ser de este niño?”. Si bien nuestros nacimientos no estuvieron precedidos ni acompañados por signos celestiales, angelicales y sobrenaturales, como en el caso del Bautista, pero de cada bautizado se debería hacer la misma pregunta: “¿Qué va a ser de este niño?” y esto porque cada bautizado está llamado a ser un nuevo Juan Bautista, que predique, en el desierto del mundo sin Dios, la Segunda Venida en la gloria del Hombre-Dios Jesucristo. Y, al igual que el Bautista, cada bautizado debe estar dispuesto a dar la vida en el cumplimiento de la misión encargada por la Trinidad.

 

domingo, 21 de noviembre de 2021

Adviento, tiempo de preparación para el encuentro con el Señor Jesús y para participar, por el misterio de la liturgia, de su Primera Venida

 


(Domingo I - TA - Ciclo C - 2021 – 2022)

         La Iglesia inicia un nuevo ciclo litúrgico con el comienzo del tiempo del Adviento. El color propio de ese tiempo es el morado, símbolo de penitencia y es el equivalente al año nuevo civil; es, por así decir, el “año nuevo” eclesiástico. Pero esto no es lo más importante del Adviento: lo más importantes es que se trata de un tiempo de gracia especial, que nos prepara espiritualmente para dos eventos: por un lado, para participar, por medio del misterio de la liturgia eucarística, de la Primera Venida del Redentor y por otro lado, para prepararnos, espiritualmente, para su Segunda Venida en la gloria de Nuestro Señor Jesucristo. El Adviento es, en esencia, un tiempo especial de gracia para que nos preparemos, como Iglesia y como bautizados, para estas dos Venidas de Jesús.

         El Adviento es entonces, esencialmente un tiempo de preparación para el encuentro personal con Jesús en la Segunda Venida, su venida en gloria, que sucederá en el Día del Juicio Final –y también en el día de nuestro Juicio Particular- y es tiempo de preparación para participar de la Primera Venida, su Venida en carne, en una gruta de Belén. Las dos primeras semanas del Adviento están dedicadas para meditar y reflexionar acerca de la Segunda Venida de Jesucristo, y es por eso que debemos detenernos brevemente en su consideración: por un lado, en su realidad y verdad: los cristianos católicos creemos que el Mesías ya vino por Primera Vez en Belén y creemos que ha de venir, por Segunda Vez, en la gloria. Es decir, a diferencia de los judíos, que todavía están esperando la venida del Mesías –en realidad ya vino, pero ellos lo negaron y lo crucificaron-, nosotros creemos que ya vino, murió en la cruz, resucitó y está en el Cielo y en la Eucaristía y ha de volver al fin del tiempo, en el Día del Juicio Final. El otro aspecto que debemos considerar acerca de la Segunda Venida es en qué es lo que sucederá cuando Él venga glorificado: no vendrá como el Jesús Misericordioso, dulce y paciente, que nos espera con amor que nos decidamos a convertirnos: vendrá como Justo Juez y todos habremos de comparecer ante Él y a cada uno de nosotros, Nuestro Señor nos pedirá cuentas acerca de si hicimos fructificar o no los talentos que Él nos dio. En ese Día, Jesús nos pedirá cuentas sobre los dones -naturales y sobrenaturales-, talentos y gracias que Él nos concedió, como por ejemplo, el ser, en la concepción y luego la vida y la existencia; nos pedirá cuentas de los dones sobrenaturales que nos concedió, empezando por el Bautismo, que nos convirtió en hijos adoptivos de Dios; nos pedirá cuentas de cada Eucaristía recibida; nos pedirá cuentas de la Confirmación, que nos convirtió en templos del Espíritu Santo; nos pedirá cuentas de las confesiones sacramentales recibidas. En el Día del Juicio Final, Nuestro Señor Jesucristo nos pedirá cuentas sobre cómo usamos estos bienes, si los hicimos fructificar en frutos de santidad, o si los enterramos, sin dar frutos de santidad, como el servidor malo y perezoso de la parábola de los talentos. En relación a los dones sobrenaturales recibidos, un ejemplo puede ser la Comunión Eucarística y así Jesús nos dirá: “En cada Comunión, Yo te di mi Corazón; en cada Comunión, Yo te di mi Amor, el Espíritu Santo. ¿Fuiste capaz de devolver ese amor en obras de misericordia?”. Y así, con cada talento, con cada don, con cada sacramento recbido. Por esto mismo, es que debemos, en estas dos primeras semanas de Adviento, reflexionar acerca de la realidad y la verdad de la Segunda  Venida y también reflexionar en cuáles son los dones y talentos que Jesús nos concedió y luego, decidirnos a ponerlos en práctica, si aún no lo hicimos, para así empezar a dar frutos de santidad, con lo cual podremos comparecer con el corazón en paz y el alma en gracia ante el Justo Juez.

         Ahora bien, dijimos que el Adviento es tiempo de prepararnos para participar, por medio del misterio de la liturgia eucarística, de la Primera Venida de Jesús, en el Pesebre de Belén, en la Noche de Navidad, que es algo más profundo y misterioso que simplemente decir que “nos preparamos para Navidad”. Las dos últimas semanas de Adviento, están dedicadas a esta preparación y la forma de hacerlo es meditar en la Encarnación del Verbo por obra del Espíritu Santo y en su Nacimiento virginal en Belén, pero también meditar en el hecho de que por el misterio de la liturgia eucarística, somos hechos partícipes, de modo misterioso y sobrenatural, de este evento, el de la Encarnación del Verbo y su Nacimiento milagroso y virginal en el Portal de Belén. En otras palabras, no solo debemos meditar en la Primera Venida, sino que debemos tener presente que, por la Eucaristía, participamos del evento de la Encarnación y Nacimiento virginal del Verbo de Dios y es para esto para lo cual debemos prepararnos, pidiendo la gracia y la asistencia del Espíritu Santo, porque sólo con su luz divina podemos al menos contemplar estos sagrados misterios. Aprovechemos entonces el tiempo litúrgico del Adviento, para preparar nuestros corazones para el encuentro definitivo con Jesús en el Juicio Final y para participar, por el misterio de la liturgia, de su Primera Venida en Belén.

 


jueves, 17 de junio de 2021

Solemnidad del Nacimiento de Juan el Bautista

 


         “Tendrá el Espíritu del Señor y preparará un pueblo para recibirlo” (Lc 1, 5-17). El ángel le anuncia a Zacarías, sacerdote del templo, que nacerá un hijo suyo, Juan el Bautista y le anuncia también cuál es la misión que tendrá el Bautista: “prepararle al Señor un pueblo dispuesto a recibirlo”. Es decir, el tiempo en el que el ángel le anuncia a Zacarías el nacimiento del Bautista, es el inicio de lo que se conoce como “plenitud de los tiempos”, o sea, el tiempo exacto de la historia humana en el que el Mesías debía venir al mundo en su Primera Venida, para cumplir su misterio pascual de muerte y resurrección.

         Es importante tener en cuenta cuál es la misión del Bautista, porque una misión análoga es la que tiene todo bautizado en la Iglesia Católica: de la misma manera que se dice del Bautista, que “tendrá el Espíritu del Señor”, para así “preparar al pueblo para recibirlo”, así se debería decir de todo católico, de todo bautizado en la Iglesia Católica, porque el bautizado debe anunciar al mundo no solo que Jesús vino en carne por primera vez, sino que vendrá por segunda vez, pero ahora en la gloria y vendrá, no como Dios misericordioso, como en su Primera Venida, sino que en esta Segunda Venida vendrá como Justo Juez, para juzgar a toda la humanidad y para dar a cada uno según sus obras. En este sentido, todo católico debe imitar al Bautista, al menos en dos características del Bautista: el Bautista estaba “lleno del Espíritu Santo” y tenía como tarea “preparar al pueblo” para la Primera Venida del Salvador: el bautizado católico debe estar en estado de gracia santificante –por medio de la Confesión Sacramental y de la Sagrada Eucaristía- para así poseer al Espíritu Santo en él, puesto que el Espíritu de Dios mora en el que está en gracia; en el segundo aspecto en el que debe imitar al Bautista, es en su misión de anunciar al Mesías, pero no para su Primera Venida, que ya ocurrió en Belén, sino que el católico debe preparar al mundo anunciando que el Mesías ha de venir en su Segunda Venida, en la gloria de Dios, para juzgar al mundo.

 

viernes, 26 de febrero de 2021

“Un propietario plantó un viñedo”


 

“Un propietario plantó un viñedo” (Mt 21, 33-43. 45-46). Con la parábola de los viñadores homicidas, Jesús revela y profetiza su misterio pascual de Muerte y Resurrección. En efecto, lo que se debe hacer para interpretarla dentro del misterio de salvación, es reemplazar los elementos naturales por los sobrenaturales. Así, el propietario de la viña, que planta un viñedo, la alquila a unos viñadores y luego se va, es Dios Padre, quien crea el mundo, elige para sí un Pueblo, el Pueblo Elegido y luego se va, metafóricamente, en el sentido de que establece un período de tiempo hasta que llegue la plenitud de los tiempos, con la Encarnación del Verbo; los criados que el dueño envía, cada vez en mayor número y que son apedreados y hasta asesinados por los viñadores, son los santos, profetas y justos del Antiguo Testamento que, en diversos tiempos de la historia, anunciaron la Primera Venida del Mesías, pero no fueron escuchados; el hijo del propietario, a quien éste envía pensando que por ser su hijo le harán caso y le devolverán la viña, es la Segunda Persona de la Trinidad en su Encarnación: es el Verbo de Dios Encarnado; es la Persona de Dios Hijo, encarnada en la naturaleza humana de Jesús de Nazareth; los viñadores, usurpadores y asesinos, son los escribas y fariseos y la parte del Pueblo Elegido que rechaza, primero a Dios y sus profetas y luego al Hijo de Dios encarnado, Jesús de Nazareth; la muerte del hijo del propietario a mano de los viñadores homicidas es la Muerte en Cruz del Hijo de Dios, Jesús de Nazareth, a manos de los romanos y por instigación de los judíos; la viña que es plantada por el propietario es la Sinagoga primero y la Iglesia Católica después; por último, la muerte de los viñadores y el arrendamiento de la viña a otros viñadores que sí darán fruto, es el castigo sufrido por el Pueblo Elegido, que se quedó sin sacrifico desde Jesucristo, por un lado y por otro, es el surgimiento de la Iglesia Católica que da el Fruto de la Redención al ofrecer el Santo Sacrificio del altar, la renovación sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz en el Calvario.

Nosotros, los bautizados en la Iglesia Católica, somos el Nuevo Pueblo Elegido, los Nuevos Arrendatarios, que deben dar frutos de misericordia, de justicia, de amor a Dios y al prójimo. De lo contrario, si no damos frutos de santidad, correremos la misma suerte que los viñadores homicidas.

 

martes, 1 de diciembre de 2020

Adviento es tiempo de preparación para el encuentro con el Señor Jesucristo

 


(Domingo II - TA - Ciclo B - 2020 – 2021)

         Adviento es tiempo de preparación para el encuentro con el Señor Jesucristo, tanto en su Segunda Venida gloriosa en los cielos, como en su Primera Venida en la humildad en Belén. Para estas dos Venidas del Señor es que hemos de prepararnos en Adviento y para saber cómo hemos de prepararnos, debemos saber cómo son las Dos Venidas de Nuestro Señor, por eso, vamos a hacer una breve comparación entre ambas Venidas. 

       En la Primera Venida, en Belén, Jesús vino en la humildad de la carne, una carne que debía aparecer como glorificada, pero cuya gloria Él ocultó para poder padecer la Pasión y así apareció ante los ojos de los hombres, en su Primera Venida, como un Niño más entre tantos, y luego como un Hombre más entre tantos, siendo como era el Niño Dios y el Hombre-Dios; en la Segunda Venida, vendrá con su Humanidad resucitada y glorificada, porque el esplendor de la gloria del Padre, que poseía desde la eternidad, será manifiesto a los ojos de todos los hombres y así todos reconocerán, en Jesús resucitado y glorificado, al Rey de la humanidad y al Juez Supremo y Eterno.

En la Primera Venida, Jesús vino indefenso, como un Niño recién nacido, que buscó refugio en los brazos de su Madre Santísima, la Virgen María y padeció todas las necesidades por las que atraviesa un niño humano, en todas las etapas de su crecimiento, hasta la madurez; en la Segunda Venida, Jesús vendrá en la plenitud perfecta de la edad, glorificado, no ya indefenso, sino al mando de miríadas y miríadas de ángeles de luz, con San Miguel a la cabeza del Ejército celestial, para dar combate y vencer al Príncipe de las tinieblas, a los ángeles caídos y a los hombres malvados que al Ángel caído se asociaron.

En la Primera Venida, Jesús, que a la vista de todos parecía un hombre más como tantos, nació en la humildad de un Pesebre y sólo se enteraron de su Nacimiento milagroso su Madre, su Padre adoptivo, San José, los Pastores y los Ángeles, sin que el resto del mundo tuviera noticia de que había salvado el Redentor de los hombres; ya de adulto y luego de cumplir su Predicación Pública de la Buena Noticia, fue traicionado cobardemente, fue apresado vilmente, fue abandonado por sus amigos y Apóstoles, fue acusado falsamente, fue condenado a muerte injustamente, fue expulsado de la Ciudad Santa con la Cruz a cuestas y murió crucificado en el Calvario; en la Segunda Venida, no vendrá como un hombre más entre tantos, sino como el Hombre-Dios, resucitado y glorificado, al mando del Ejército celestial, que derrotará para siempre al Pecado, al Demonio y a la Muerte, arrojándolos al lago de azufre que arde por la eternidad, junto a los ángeles caídos y a los hombres impenitentes; será visto por todos los hombres de todos los tiempos, ya que toda la humanidad comparecerá ante Él, desde Adán y Eva hasta el último hombre que haya nacido en el Último Día; si antes fue juzgado y condenado injustamente, ahora será Él quien se presentará, no como el Dulce Jesús Misericordioso, sino como el Justo Juez, implacable, que dará a cada uno lo que cada uno se mereció libremente con sus obras: a los buenos el Reino de los cielos, a los malos el Infierno eterno.

Si en la Primera Venida el Rey Eterno ingresó en el tiempo humano para dar comienzo a la plenitud de los tiempos, los tiempos en que se habría de anunciar la Salvación y Redención a los hombres por su Sacrificio en Cruz, en la Segunda Venida ingresará en el tiempo y en la historia de los hombres, desde la eternidad, para dar fin al tiempo y a la historia humanas, dando por finalizado este tiempo, esta tierra y estos cielos materiales y terrenos, que están bajo el poder del Príncipe de las tinieblas, para inaugurar “los nuevos cielos y la nueva tierra” y la eternidad divina, dando por finalizado el tiempo de la Redención e iniciando el tiempo del Amor eterno para los bienaventurados que vivieron en gracia y cumplieron sus Mandamientos e iniciando también el tiempo sin fin del castigo eterno para los ángeles rebeldes y los hombres impenitentes.

Si en la Primera Venida los Ángeles de Dios cantaron, alegres, por el Nacimiento del Salvador: “Paz en la tierra a los hombres de Buena Voluntad”, porque el Nacimiento del Redentor inició una era de paz en las almas humanas, paz concedida por la gracia divina de su Sagrado Corazón, en la Segunda Venida los Ángeles temblarán ante la Ira de Dios, pues será llamado “Día de la Ira Divina”, ya que Dios vendrá para poner fin a las iniquidades y maldades de los hombres que no aceptaron su paz y su gracia y colmaron la tierra de maldades y perversidades.

Si en la Primera Venida aconsejó con dulces palabras que obráramos la Misericordia, corporal y espiritual, para con nuestros prójimos más necesitados, para que así obtengamos misericordia, sin juzgarnos si lo hacíamos o no, en la Segunda Venida pedirá cuenta de cada talento concedido, dando a los que obraron la Misericordia el Reino de su Padre y enviando al Infierno eterno a los que enterraron sus talentos, negándose a obrar el Bien, obrando el Mal y siendo inmisericordiosos para con sus prójimos, cumpliendo así sus palabras: “El que dio misericordia, recibirá misericordia; el que negó la misericordia, no recibirá misericordia”.

Preparémonos entonces para la Segunda Venida del Señor, para la Parusía, obrando la misericordia corporal y espiritual para con nuestros prójimos, para que seamos dignos de recibir misericordia el Día de la Ira de Dios y así seamos conducidos al Reino de los cielos, en donde comenzaremos a vivir una Nueva Vida, la vida de los hijos de Dios en la eternidad.

viernes, 1 de diciembre de 2017

"Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento"


(Domingo I - TA - Ciclo B - 2017 – 2018)

¿Qué es el Adviento? ¿Qué celebra la Iglesia Católica en Adviento? La palabra “Adviento” significa “venida” o “llegada”. Era utilizada entre los antiguos paganos para significar la venida o llegada de la divinidad. En el caso de la Iglesia Católica, el Adviento –el verdadero y único Adviento, que supera las sombras del paganismo- es esperar la “llegada” o “venida” de Jesús y aunque se coloca en el tiempo previo a la Navidad, implica no solo la preparación del alma y de la Iglesia para la conmemoración de la Primera Llegada del Redentor en Belén, sino que implica también la preparación del alma y de la Iglesia para la Segunda Venida en la gloria del Redentor.
         Es decir, el tiempo de Adviento es un doble tiempo de espera: de la Primera llegada o venida de Jesús, en el recuerdo y en la memoria litúrgica de la Iglesia, y de espera de la Segunda Venida en la gloria.
         Esto explica el tenor de las lecturas que se utilizan en este tiempo y explica también el sentido penitencial del tiempo de Adviento. En cuanto a las lecturas, la Iglesia se coloca en la posición de los justos del Antiguo Testamento, es decir, el ambiente espiritual es “como si” Jesús no hubiera venido todavía, porque se habla de las profecías mesiánicas, que anunciaban que el Redentor habría de nacer de una Virgen, como por ejemplo, en Isaías. Pero las lecturas también hablan de las profecías de Jesús acerca del final de los tiempos y por lo tanto de su Segunda Venida en la gloria (cfr. Mc 13, 33-37), porque el otro objetivo del Adviento es, precisamente, este, el de prepararnos para la Parusía, para la Segunda Venida de Jesús. A diferencia de la Primera Venida, que fue en lo oculto y sin que casi nadie se enterase –con excepción de su Madre, la Virgen, su Padre adoptivo y los pastores a los que los ángeles se lo comunicaron-, en la Segunda Venida, Jesús vendrá en el esplendor de su gloria y será visto por toda la humanidad de todos los tiempos.
Ahora bien, podemos decir que hay un tercer significado de Adviento y es el “Adviento” particular que se produce en cada Santa Misa, puesto que en ella, el Señor viene –en la realidad de su Ser divino trinitario y en la Segunda Persona de la Trinidad- oculto en cada Eucaristía, para habitar en nuestros corazones.
         Por este motivo, podemos decir que el Adviento tiene un triple significado[1]: recordar, litúrgicamente, el pasado, es decir, la Primera Venida, y esto implica celebrar y contemplar el nacimiento de Jesús en Belén. El Señor ya vino y nació en Belén. Esta fue su venida en la carne, lleno de humildad y pobreza. Vino como uno de nosotros, hombre entre los hombres. Esta fue su Primera Venida. Aunque debemos decir que, por la liturgia eucarística, el “recuerdo” no es un mero recuerdo psicológico, sino que es un recuerdo que actualiza el misterio que se recuerda.
Un ejemplo nos ayudará a entender: cuando recordamos con la memoria a un ser querido ausente, este recuerdo no lo trae “en persona” a este ser querido, por grande que sea el amor que le tengamos. En cambio la Iglesia, por el memorial de la Santa Misa, hace recuerdo de la Primera Venida –eso es “memorial”- y, de un modo misterioso pero no menos real, “trae” a nuestro hoy –o también, nos lleva a nosotros al “hoy” de hace veinte siglos- al misterio de la Primera Venida del Señor en el Pesebre de Belén. Por eso podemos decir que, por la Santa Misa, en Navidad, nos encontramos misteriosa pero realmente, de frente al Señor nacido milagrosamente de la Virgen hace veintiún siglos.
El segundo significado del Adviento es el de prepararnos, como Iglesia y como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, para el futuro, es decir, prepararnos para la Parusía o Segunda Venida de Jesucristo en la “majestad de su gloria”. Como nos enseña el Catecismo, en ese entonces no vendrá como Dios misericordioso, sino como Rey de reyes y Señor de señores y como Juez de todas las naciones; toda la humanidad comparecerá ante su Presencia majestuosa, para recibir, los buenos –los que lucharon contra el pecado, procuraron vivir en gracia, obraron la misericordia, creyeron en su Nombre y trataron de vivir en la caridad de Cristo y todo a pesar de sus miserias personales-, el premio del Cielo, mientras que a los malos –los que no vivieron según los Mandamientos de la Ley de Dios, los que no fueron misericordiosos para con sus hermanos, los que no quisieron vivir con Dios en el cielo, los que no creyeron en la existencia del Infierno y dedicaron sus vidas a obrar el mal-, a esos, puesto que murieron impenitentes, les dará lo que quisieron, libre y voluntariamente, con su impenitencia, que es el Infierno. En este sentido, Adviento es la oportunidad para la preparación espiritual de quienes vivimos en este mundo, pero deseamos vivir en la eternidad, ante la Presencia del Cordero, y es en esa fe gozosa en la que esperamos su Segunda Venida gloriosa, Segunda Venida que nos traerá la salvación y la vida eterna sin sufrimientos.
El tercer significado es vivir el “Adviento presente” que significa la Venida o Llegada de Jesús en cada Eucaristía. En cada Eucaristía y traído por el Espíritu Santo, Jesús viene desde el cielo para llegar a nuestros corazones por la Comunión Sacramental, por eso podemos decir que cada Santa Misa o cada comunión, es un “adviento” personal, en el que el Señor Jesús viene al alma en gracia y que lo recibe con amor, para vivir en ella. Por la Eucaristía, el alma recibe a Jesús, el Niño Dios, que vino por Primera Vez, que es el mismo Jesús que vendrá por Segunda Vez. En este Adviento –el tercero, la Venida intermedia-, la Iglesia celebra el triunfo de la Cruz de Cristo, por la liturgia eucarística, en el tiempo de la humanidad, lo cual hace que el alma mire con amor y agradecimiento hacia el Primer Adviento, por el cual vino por primera vez para morir y triunfar en la Cruz, y que mire con esperanza y confianza al Segundo y definitivo Adviento, la Parusía, porque quien se abraza a la Cruz, nada ha de temer en el Día del Juicio Final.
Por último, el Adviento explica el color morado, que significa penitencia: así como los justos del Antiguo Testamento hacían penitencia para preparar sus almas para la Venida del Redentor, de la misma manera la Iglesia, que en cuanto preparación para la Navidad, vive “como si” el Señor no hubiera venido –aunque, obviamente, ya vino- y para ello, se purifica de las cosas mundanas y procura estar en gracia, de modo de recibir al Salvador con un espíritu humilde y contrito. La penitencia también es para la Segunda Venida, porque el cristiano que espera a Jesús, lo hace no como el siervo indolente, perezoso, que no espera la llegada de su señor y que por eso se emborracha y comienza a golpear a los demás, como en la parábola, sino que, como ama a su Señor que viene en la gloria, está “vigilante y atento, con la faja ceñida, con la lámpara encendida”, porque “no sabe ni el día ni la hora” en la que llegará su Señor, aunque sabe con toda seguridad que sí llegará, y es para recibirlo de la mejor manera, que lo espera así, haciendo penitencia, es decir, alejado del mundo y sus falsos espejismos y viviendo en la caridad cristiana. La penitencia, que es lo que simboliza el color morado del Adviento, es también para esa “Venida intermedia” que es la llegada de Jesús, desde el cielo, hasta la Eucaristía, para luego entrar en el alma: un alma impenitente, que no se arrepiente del mal hecho, que no pide perdón de sus faltas, que no manifiesta su deseo de vivir en gracia, cumpliendo los Mandamientos de Dios y frecuentando sus sacramentos, es un alma indigna de recibirlo en la Eucaristía.
El Adviento, entonces, es tiempo de preparación para la triple llegada del Señor; es tiempo además de esperanza, porque quien llega es el Salvador y el Redentor de la humanidad –viene para salvarnos del pecado, de la muerte y del demonio-; es tiempo de arrepentimiento de nuestros pecados –estamos bajo la ley de las consecuencias del pecado, la concupiscencia, la inclinación al mal, y lo único que nos libera de eso es la gracia santificante- y de deseo de vivir verdaderamente como hijos adoptivos de Dios. Como hemos dicho, el Adviento es tiempo de espera para la llegada del Señor, que es en realidad una triple llegada: el memorial que hace Presente su Primera llegada; el sacrificio de la Misa, que hace Presente, en Persona, al Dios que “ha de venir, que viene y que vendrá”; y la Segunda Venida en la gloria, para juzgar al mundo. En el Adviento, como Iglesia, nos preparamos para la Navidad y la Segunda Venida de Cristo al mundo, cuando volverá como Rey de todo el Universo, al tiempo que revisamos cómo es la preparación espiritual, interior, porque el cual recibimos a Cristo en su “Venida intermedia” en la Eucaristía. Es un tiempo de penitencia, oración y caridad, en el cual debemos revisar cómo es nuestra vida espiritual en relación a este triple Adviento del Señor en nuestras vidas, de manera de hacer el propósito de convertir el corazón al Dios que vino en Belén, que viene en cada Eucaristía, y que ha de venir al fin de los tiempos. Si no vivimos el Adviento de esta manera, con toda seguridad, viviremos una Navidad pagana y mundana, la misma Navidad de los sin Dios, que no esperan la Llegada de Cristo en su Gloria, no recuerdan con gozo su Primera Venida y no preparan sus almas por la gracia y el amor para la Venida intermedia, su Llegada Eucarística al corazón que lo ama. Adviento es tiempo de despertar del sueño de la concupiscencia y de estar vigiles y preparados, con las lámparas encendidas, para recibir al Señor que “vino, que viene y que vendrá”, como lo dice la iglesia ambrosiana: “Nuestros años y nuestros días van declinando hacia su fin.: Porque todavía es tiempo, corrijámonos para alabanza de Cristo. Estén encendidas nuestras lámparas, porque el Juez excelso viene a juzgar a las naciones. Aleluya, aleluya”[2].






[1] Cfr. http://es.catholic.net/op/articulos/18239/el-adviento-preparacin-para-la-navidad.html
[2] Miss. Ambros, Último Domingo antes del Adviento, Transitorium. Cit. O. Casel, Misterio de la Cruz, 189.

viernes, 25 de noviembre de 2016

El Adviento, tiempo de espera del Mesías que vino, que viene y que vendrá



(Domingo I - TA - Ciclo A - 2016-2017)

         ¿Qué es el Adviento? Ante todo, digamos qué es lo que NO ES el Adviento: no es un tiempo de preparación psicológica y secularizada para las fiestas de Navidad, que están totalmente secularizadas; no es una simple “memoria litúrgica” vacía de contenido; no es mera “repetición cíclica y automática de los ciclos litúrgicos de la Iglesia”, es decir, como un solo comenzar y repetir lo mismo cada año, en la misma fecha.
         Para poder aprehender el significado del Adviento, tenemos que recordar qué significa etimológicamente: “Adviento” es la traducción latina del griego “epifanía” y significa “llegada”. Dicho esto, podemos decir que el Adviento es el período litúrgico con el que la Iglesia, a la vez que inicia un nuevo ciclo litúrgico, se prepara espiritualmente para la Navidad, que es a su vez memoria litúrgica de la Primera Venida del Señor Jesús.
         Entonces, sí es verdad que Adviento comprende las cuatro semanas que preceden a la Navidad y que por lo tanto, constituye este período previo para la Navidad, pero significa algo mucho más que esto: es, ante todo, un estado habitual del cristiano, un modo de vivir del cristiano, que impregna todo el día, todos los días de su vida, hasta su muerte. Y es por esto que decimos que Adviento es mucho más que un “tiempo de preparación religiosa-psicológica para celebrar Navidad”. Veamos porqué decimos que el Adviento es un “estado habitual” para el cristiano o, también, que toda la vida del cristiano es un “Adviento” continuo.
Como dijimos, Adviento significa “venida”, o “llegada”, que en el vocabulario de la Iglesia se entiende por la venida del Mesías, el Salvador, el Redentor del mundo, el Hombre-Dios Jesucristo, por lo que “Adviento” está relacionado con la Venida de Jesucristo.
Ahora bien, Jesús, el Hijo de Dios, vino por primera vez, en la humildad de nuestra carne, asumiendo una naturaleza humana sin dejar de ser Dios, y vendrá al fin de los tiempos, glorioso y resucitado, para juzgar al mundo. Si Adviento está relacionado con la Venida de Jesús, ¿con cuál de las Dos Venidas de Jesucristo se relaciona? Hay que decir que el Adviento, como tiempo litúrgico, hace referencia a ambas Venidas, e incluso todavía a una venida intermedia, entre la Primera y la Segunda, como veremos. Hace referencia a la Primera Venida porque es el tiempo de preparación especial inmediata para la Navidad, es decir, es un tiempo en el que, como Iglesia, nos preparamos para celebrar litúrgicamente –litúrgicamente quiere decir en el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios- su Primera Venida, y la disposición espiritual en este sentido, es como si no hubiera venido, aunque sabemos, obviamente, que ya vino por primera vez, y es así que en este Adviento, nos disponemos como Iglesia con la misma disposición espiritual que tenían los justos del Antiguo Testamento, que esperaban la Venida del Mesías; por otro lado, Adviento hace referencia también a la Segunda Venida en la gloria, por lo que es un tiempo para que, también como Iglesia, recordemos en el misterio de la liturgia, que habrá de venir a juzgar al mundo, al fin de los tiempos, como Justo Juez, y que por lo tanto, debemos estar “atentos y vigilantes”, como el siervo de la parábola, esperando su Segunda Venida como Supremo Juez y Rey del universo, que habrá de juzgar a toda la humanidad. Hay una tercera Venida, intermedia, y es la Venida del Señor Jesús, por el misterio de la liturgia eucarística, al alma, por la Comunión Eucarística, y esta Venida acaece o sucede en el tiempo presente.
Así vemos entonces cómo el Adviento se relaciona con las tres dimensiones temporales en las que vivimos, conectándolas a todas con el misterio pascual de Jesucristo: con el pasado, porque el tiempo de Adviento es un período litúrgico que nos invita a arrepentirnos de nuestros pecados y convertirnos, tal como instaba Juan el Bautista en el desierto a quienes esperaban al Mesías; nos anima a vivir el presente con la gracia que ya nos trajo Jesús con su Primera Venida y la renueva en cada comunión eucarística y, por último, con el futuro, porque al recordar que habrá de venir, nos hace prepararnos espiritualmente para su encuentro en la Segunda Venida y esto significa esta en estado de gracia permanente.
Podemos decir por lo tanto que la finalidad espiritual del Adviento es triple, teniendo siempre presente que no se trata de meras disposiciones de orden psicológico o moral, ni siquiera espiritual, sino de una verdadera participación, por el misterio de la liturgia, al misterio salvífico del Hombre-Dios Jesucristo, Dios Hijo Encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Esta triple finalidad es la siguiente:
La primera finalidad, es recordar y celebrar litúrgicamente el pasado, es decir, su Primera Venida y es la razón por la cual contemplamos y participamos, por la liturgia eucarística de la Santa Misa, del Nacimiento de Jesús en Belén. Como Iglesia, el tiempo previo a la Navidad no es hacer una simple memoria psicológica de lo que sucedió en Belén hace veinte siglos, sino que consiste en una verdadera participación, a través del misterio litúrgico, de la Primera Venida del Mesías, en la sencillez y humildad del Niño Dios. Un primer fin del Adviento es la conmemoración participativa de su Primera Venida y esa es la razón por la cual, en Adviento, nos ubicamos como Iglesia en los tiempos previos a su Primera Venida y nos colocamos en la disposición espiritual de quienes, en el Antiguo Testamento, esperaban la Llegada del Mesías.
La segunda finalidad es vivir el tiempo presente –nuestro aquí y ahora- en el misterio de su Presencia real, verdadera y substancial entre nosotros, que es la Eucaristía: es decir, Jesús ya vino en su Primera Venida, pero al mismo tiempo, se quedó presente entre nosotros en la Eucaristía, para cumplir su promesa de estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo” y por la Eucaristía “viene”, “llega”, “adviene” a nuestra alma, toda vez que comulgamos en gracia, con fe y con amor. Se trata de vivir esta realidad de la Presencia misteriosa del Señor Jesús que viene a nosotros en el misterio de la Eucaristía y que nos comunica de su vida divina trinitaria en la comunión. En el presente, vivimos entonces en la vida de Jesús y de la vida de Jesús, que es la vida de la gracia del Hombre-Dios, que ya vino por Primera Vez, que ha de venir por Segunda Vez en la gloria y que adviene, llega, viene, a nuestras almas, en cada Comunión Eucarística, y esta es la “Venida intermedia” a la que hacíamos referencia, es decir, su Venida al alma, cada vez, por la comunión eucarística.
Por último, la tercera finalidad del Adviento consiste en preparamos para el futuro encuentro –personal y con toda la humanidad- que se llevará a cabo con su Segunda Venida en la gloria, sea al fin de los tiempos –o también, al finalizar nuestra vida en la tierra, porque el día de nuestra propia muerte será, para nosotros, el Día de nuestro Juicio Particular, que será un pequeño “Juicio Final en miniatura”-: en otras palabras, significa que en el Adviento nos preparamos espiritualmente para la Parusía o Segunda Venida de Jesucristo en la “majestad de su gloria”, cuando Nuestro Señor Jesucristo venga como Señor y como Juez de todas las naciones para premiar con el Cielo a los buenos o para castigar con el Infierno a los malos, según hayan sido nuestras obras libremente realizadas.
Por esta triple finalidad, la Iglesia nos invita en el Adviento a vivir espiritualmente este tiempo litúrgico por medio del examen de conciencia, la penitencia y las buenas obras.

Con esto ya podemos responder a la pregunta inicial acerca de qué es el Adviento: no se limita a las cuatro semanas previas a Navidad, sino que es un estilo de vida o un hábito del cristiano que, como el siervo que espera a su amo con la lámpara encendida, espera al Señor Jesús, que vino por Primera Vez, que viene en cada Eucaristía y que habrá de venir por Segunda Vez, al fin de los tiempos, y el modo de vivir el Adviento –que, volvemos a repetir-, comprende toda la vida del cristiano- es por medio de la penitencia, la oración y las obras de misericordia. El Adviento es tiempo de espera del Mesías que vino, que viene y que vendrá.

sábado, 5 de diciembre de 2015

“Preparen el camino del Señor. Los valles serán rellenados, las colinas y las montañas aplanadas”


(Domingo II - TA - Ciclo C - 2015 – 16)

         “Preparen el camino del Señor. Los valles serán rellenados, las colinas y las montañas aplanadas” (Lc 3, 1-6). El Adviento, que significa “venida”, “llegada”, es tiempo de preparación y de espera -y de doble espera- al Señor Jesús, que es Quien Viene: el Adviento es tiempo preparación y espera de la Segunda Venida del Señor, que sucederá al fin de los tiempos, pero también, y aunque ya vino por Primera Vez, es preparación y participación, por el misterio de la liturgia eucarística, en la espera de la Primera Venida del Señor, porque a pesar de haber ya venido por Primera Vez, prolonga sin embargo su Encarnación en la Eucaristía.  
Para esta doble espera de Jesús que viene –para Navidad y al fin de los tiempos-, es que el Evangelio de hoy nos advierte, por medio del Profeta Isaías: “Preparen el camino del Señor (…) rellenen los valles, aplanen las colinas y las montañas”. Es decir, Dios viene y pareciera que para la Venida del Señor es la tierra la que tiene ser modificada; sin embargo, no es la tierra, sino son nuestras almas y nuestros corazones los que deben modificarse para recibir al Señor Jesús que viene para Adviento. Con la imagen de senderos sinuosos que deben ser rectificados, valles que deben ser rellenados y montañas que deben ser aplanadas, Dios nos advierte, a través del Profeta Isaías, acerca de las realidades espirituales, puesto que estas figuras tienen su equivalente en las disposiciones del alma, y lo que Dios nos está advirtiendo es que, para recibirlo a Él, que “viene” y “llega” para Adviento, es que debemos prepararnos.
En la primera parte del Adviento, en cuanto tiempo litúrgico, nos disponemos como Iglesia para prepararnos para la Segunda Venida del Señor, tal como lo anuncia Él mismo en el Apocalipsis: “Pronto regresaré trayendo  mi recompensa, para dar a cada uno según sus obras” (cfr. Ap 22, 12). En esta parte del Adviento, entonces, la Iglesia nos prepara espiritualmente para la Segunda Venida, advirtiéndonos a través de elementos geográficos, que debemos cambiar profundamente, para recibir adecuadamente al Señor Jesús, que es “el que era, el que Es y el que vendrá”. ¿Qué es lo que representan estas figuras geográficas? Representan todos los defectos, vicios y pecados que se encuentran en nuestras almas y corazones, cuya presencia es incompatible con la Venida del Señor y por lo tanto, deben ser cambiados: los caminos que tienen que ser enderezados, representan a las almas sinuosas, no veraces, no verdaderamente transparentes; representan a las almas que hablan con engaños, con medias verdades, que son siempre mentiras completas; son las dobles intenciones, la doblez de corazón, la hipocresía, el cinismo, el decir las cosas de modo tortuoso para engañar al prójimo, el no ser rectos, sinceros, el calumniar, el difamar, el decir mentiras; nada de esto puede estar en presencia de Dios que viene, porque la oscuridad del alma no da lugar a la santidad divina y por eso el alma que es así, debe desistir y finalizar con el proceder de doble corazón. A su vez, los valles que deben ser rellenados, son las faltas de amor a Dios y al prójimo, además de la pereza en el divino servicio; representan al corazón humano vacío de fe y de amor, a Dios y al prójimo y, por lo tanto, vacío también de obras de misericordia; las montañas y colinas que deben ser aplanadas, son la soberbia y el orgullo del corazón, la concupiscencia de la carne, de la vida y de los ojos, que se levantan entre Dios y el hombre como un muro infranqueable, porque Dios, que es la Humildad en sí misma, no puede entrar en un corazón altanero, soberbio, lleno de sí mismo y vacío de Dios.
Es por eso que el Adviento –su primera parte- es tiempo de meditación en la muerte, porque no sabemos cuándo vendrá el Señor por Segunda Vez, pero si alguien muere esta tarde, por ejemplo, esta tarde será, para esa persona, el cumplimiento del Adviento, de la Venida o Llegada del Señor Jesús, porque su alma será presentada ante Jesucristo, Sumo y Eterno Juez. Para el que muere antes del fin de los tiempos, su muerte es el Adviento, la Llegada o Venida del Señor, porque es conducida a su Presencia, para recibir, en el juicio particular, la justa retribución de sus obras: para los buenos, el cielo; para los malos, la condenación.
“Preparen el camino del Señor. Los valles serán rellenados, las colinas y las montañas aplanados”. El Señor Jesús llega para Navidad y cada día que pasa es también un día menos que nos separa de la Segunda Venida. Por lo tanto, Adviento es el tiempo para meditar sobre estas preguntas:  ¿es nuestro corazón como un humilde Portal de Belén, que aunque miserable y oscuro, y a veces dominado por la pasiones, representados en el buey y el asno, tiene lugar sin embargo, para que la Virgen dé a luz en él al Salvador?
¿Cómo estamos preparados para el encuentro cara a cara con Dios que viene en la gloria al fin de los tiempos? ¿Preparamos el camino del Señor? ¿Abajamos nuestro orgullo, es decir, las montañas? ¿Enderezamos los senderos, es decir, evitamos con todo esfuerzo la doblez de corazón? ¿Rellenamos los valles, es decir, llenamos el vacío de amor a Dios y al prójimo obrando obras de misericordia para con los más necesitados? ¿Y si viniera hoy? ¿Estoy preparado para encontrarme con Él, cara a cara?
Adviento es tiempo de preparación para la Segunda Venida y de participación, por el misterio de la liturgia, de la Primera Venida. Tanto para la Primera Venida, como para la Segunda, Jesús, Dios Encarnado, mirará en nuestros corazones y revisará nuestras manos: escudriñará los corazones, buscando Amor, porque siendo Él el “Dios Amor”, no puede entrar en un corazón que no tenga Amor de Dios; revisará nuestras manos, buscando obras de misericordia, porque siendo Él Dios misericordioso, no puede subsistir ante su Presencia quien no sea misericordioso. Sea que nos preparemos para la Primera o para la Segunda Venida, Adviento es tiempo de alistar con Amor la morada del Señor, nuestros corazones, y de preparar los presentes que le ofrendaremos, las obras de misericordia.


sábado, 28 de noviembre de 2015

Adviento: celebración de la Primera Venida y preparación para la Segunda Venida del Señor



(Domingo I - TA - Ciclo C – 2015 – 2016)

         El término “Adviento” viene del latín adventus, que significa venida, llegada; por lo tanto, en el Adviento, todo hace referencia a la venida o llegada del Mesías, una venida que es doble: la Primera, oculta, y la Segunda, en la gloria. Es decir, el Adviento es el tiempo litúrgico en el que la Iglesia, por un lado, celebra la Primera Venida de Nuestro Señor, en Belén, mientras que, por otro lado, se prepara espiritualmente para esperar la Segunda Venida del Señor, en la gloria. El sentido del Adviento es entonces doble: celebrar en la fe la Primera Venida del Mesías "en carne", es decir, en una naturaleza humana, y avivar en los bautizados la espera de la Segunda Venida del Señor, que es “el Alfa y la Omega, el que era, que es y que vendrá” (cfr. Ap 1, 8).
Es por esto que el Adviento se divide en una Primera Parte –comprende desde el primer domingo al día 16 de diciembre-, que mira ante a la Venida de Jesús al final de los tiempos y por eso mismo posee un marcado carácter escatológico, apocalíptico; la Segunda Parte –que comprende desde el 17 de diciembre al 24 de diciembre-, se orienta más explícitamente a celebrar la Primera Venida de Jesucristo en la historia, y es la Navidad.
En Adviento, la Iglesia contempla y celebra la Primera Venida de Jesús “en la humildad de nuestra carne”, es decir, en el Nacimiento en Belén y para ello se coloca en un clima espiritual similar al de los justos del Antiguo Testamento, que esperaban con ansias el cumplimiento de las profecías mesiánicas y el arribo del Mesías. Debido a este carácter de espera, de expectación, que implica el Adviento, se toman las lecturas bíblicas del profeta Isaías y los pasajes del Antiguo Testamento que señalan la llegada del Mesías. Isaías, Juan Bautista y María de Nazaret son los modelos de creyentes que la Iglesias ofrece a los fieles para preparar la venida del Señor Jesús. El mejor modo de participar del Adviento es “introducirnos” espiritualmente en las escenas evangélicas, junto a Isaías, Juan Bautista y la Virgen para unirnos a ellos en la fe en la espera del Señor.
Al mismo tiempo, Adviento es el tiempo en el que la Iglesia se prepara para la Segunda Venida de Jesús, al final de los tiempos, “en la majestad de su gloria”, como Señor y como Juez de las naciones. Es decir, Adviento es el tiempo espiritual para prepararnos, como Iglesia, para la Segunda Venida del Señor, lo que significa prepararnos para ser juzgados “en el Amor” por Jesucristo, Sumo y Eterno Juez: “En el atardecer de nuestras vidas, seremos juzgados en el Amor”, como dice San Juan de la Cruz. Que el Adviento tenga este significado de preparación para la Segunda Venida de Jesús, es lo que explica el hecho de que la Iglesia nos presente para la meditación y reflexión el Evangelio de Mateo en el que Jesús habla acerca no de su Primera sino de su Segunda Venida: “Habrá señales en el cielo (...) verán al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria…”. En la Segunda Venida, la situación será como en tiempos de Noé, quien era el único justo en medio de la perversión generalizada de la humanidad, perversión que fue la que llevó a Dios a enviar el Castigo por medio del Diluvio Universal. De la misma manera, antes de la Segunda Venida de Nuestro Señor, también la humanidad habrá caído en aberrantes perversiones –con la difusión universal de leyes contrarias a la naturaleza, no hay lugar en la tierra, en la actualidad, en donde no se practiquen tanto el ateísmo como el libertinaje moral y el neo-paganismo, lo cual nos hace ver que nos encontramos en tiempos peores a los inmediatamente anteriores tanto al Diluvio Universal como a la lluvia de fuego que arrasó con las ciudades de Sodoma y Gomorra-, y sólo un pequeño número se mantendrá fiel a su Amor, expresado en los Mandamientos y en las Bienaventuranzas; y de la misma manera a como en tiempos de Noé se salvó un pequeño número de hombres gracias al Arca, así también, al final de los tiempos, sólo se salvará un pequeño número de creyentes, que se hayan refugiado en el Arca de los Últimos Tiempos, el Inmaculado Corazón de María (es por esto que la Consagración a la Virgen, según el método de San Luis María Grignon de Montfort, es un modo óptimo de participar litúrgicamente del Adviento). Es para esta Segunda Venida para la cual nos prepara la Iglesia en la primera parte del Adviento.
En las oraciones de la Liturgia de las Horas, se puede ver también cómo el Adviento sea un tiempo litúrgico en el que el alma debe prepararse para el encuentro cara a cara con Jesús, en la eternidad: “Señor, despierta en tus fieles el deseo de prepararse a la venida de Cristo por la práctica de las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino celestial”[1]. Es decir, dentro de la gracia propia del Adviento está el desear prepararnos para la Venida de Cristo, para su Segunda Venida, así como también la gracia propia del Adviento es la de celebrar, en la fe, la Primera Venida del Señor, como un Niño humano.
Sin embargo, podemos decir que en Adviento hay una tercera venida o llegada, una venida o llegada intermedia, podríamos decir así, entre la Primera y la Segunda, y es la Venida o Llegada Eucarística del Mesías, acaecida en la Santa Misa. Es decir, al mismo tiempo que la Iglesia celebra la Primera Venida y se prepara para la Segunda Venida, mientras tanto, la Iglesia adora a su Señor en su Venida Eucarística, en la que se combinan aspectos de ambas Venidas, la Primera y la Segunda: en la Eucaristía está contenida la alegría de la Primera Venida, porque Jesús Eucaristía es el mismo Jesús que vino en la Historia, en Belén, y que ya atravesó su misterio pascual de muerte y resurrección y prolonga su Encarnación en la Eucaristía; en la Eucaristía está también contenida la espera de la Segunda Venida, porque Jesús Eucaristía es el mismo Jesús que ha de venir, revestido de poder y de gloria, en una nube al fin de los tiempos” (cfr. Lc 21, 27), para juzgar a vivos y muertos. Cada Eucaristía es, por lo tanto, un Adviento maravilloso, en el que se entrelazan el Primer Adviento, porque se prolonga la Encarnación, la Venida en la humildad de la naturaleza humana y el Segundo, porque se contiene su Presencia glorificada y resucitada, propio de su Venida en la gloria divina.
         Por último, la Iglesia se caracteriza en Adviento por sus obras de misericordia –corporales y espirituales- y esto como muestra de la fe que la Iglesia profesa en su Señor, que ya vino en Belén y al que espera glorioso al fin de los tiempos, mientras lo recibe, en la humildad de la apariencia de pan, oculto a los ojos del cuerpo pero Presente a los ojos de la fe, con su Cuerpo glorioso y resucitado en la Eucaristía. Es decir, las obras de misericordia, las obras de amor, propias del Adviento y realizadas por la Iglesia, expresan de modo visible y tangible aquello que la Iglesia recibió en la Primera Venida, y que es lo que recibe en la Venida Eucarística, y que es también lo que recibirá en la Segunda Venida: el Amor de Dios.




[1] Cfr. Liturgia de las Horas, I Vísperas del Domingo I del Tiempo de Adviento.

domingo, 30 de noviembre de 2014

"Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa"

(Domingo I - TA - Ciclo B - 2014 - 2015)

         La Iglesia inicia el Adviento, adventus, que significa "venida" o "llegada"; es el tiempo en el cual la Iglesia espera prepara espiritualmente a sus hijos para la Navidad, es decir, la Iglesia vive el Adviento como tiempo espiritual de preparación para la Primera Venida del Señor en la humildad de la Encarnación, en la pobreza del Pesebre de Belén, en la oscuridad de la Nochebuena, iluminada por la Luz eterna de su Presencia entre los hombres. En Adviento, por lo tanto, la Iglesia toda se coloca en un clima espiritual que consiste en esperar la Primera Venida del Mesías, el Verbo Eterno del Padre, como si no hubiera venido -aunque, obviamente, tiene la fe plena y absoluta de que sí ha venido ya por primera vez-; para ello, la Iglesia toma lecturas y salmos del Antiguo Testamento relativos a la Venida del Mesías, haciendo hincapié en las promesas de que nacería de una Virgen. De este Primer Adviento, del cual sí sabemos cuándo ocurrió, en el día y la hora en que aconteció, y que fue el día y la hora en el que el Infierno comenzó a sentir su definitiva derrota, mientras la gloria de Dios se manifestaba  en la Epifanía de un Niño humano, en un humilde Portal de Belén, la Iglesia clama, con la memoria actualizada por el misterio litúrgico: "Ven, Señor Jesús".
          Pero Adviento es espera del Mesías que habrá de venir -adventus, "venida", "llegada"-, por Segunda Vez, en la gloria, ya no en la humildad y en lo escondido de una gruta recóndita de Palestina, sino sobre las nubes del cielo, revestido de gloria, para juzgar al mundo: "Verán al Hijo del hombre venir en las nubes con gran poder y gloria" (Mc 13, 26), al final de los tiempos. En este Segundo Adviento, en esta Segunda Venida gloriosa, en la cual el Infierno será sepultado para siempre, pero de la cual no sabemos "ni el día ni la hora", la gloria de Dios se manifestará universalmente, y por eso la Iglesia clama, con el corazón encendido por la esperanza del cumplimiento de las profecías mesiánicas y encendido también por la actualización del misterio de la prolongación de la Encarnación del Verbo en su seno, el altar eucarístico: "Ven, Señor Jesús".
          Adviento es, entonces, una doble espera, por el misterio litúrgico eucarístico: espera actualizada por el misterio litúrgico de una Primera Venida ya acaecida en la plenitud de los tiempos, y espera también actualizada por el misterio litúrgico de la Segunda Venida, todavía no acontecida en el tiempo humano terrestre, pero puesto que el Cristo glorioso que la Iglesia espera en su Segunda Venida es el mismo Cristo glorioso que la Iglesia hace Presente por el misterio de la Transubstanciación, que para manifestarse en la plenitud de la gloria que ya posee en la Eucaristía, solo debe esperar a que se cumpla el tiempo establecido para el Día de la Segunda Venida.
          Pero la vida del cristiano también es Adviento -adventus, "venida", "llegada"-, un Adviento continuo, sin interrupción, porque si Adviento, tanto para la Primera como para la Segunda Venida, es "espera de la venida de Cristo, el Hombre-Dios", entonces la vida del cristiano es un continuo Adviento, porque desde que se bautiza, el cristiano está esperando la "venida" o "llegada" de Cristo a su vida, y este Adviento o espera de la "venida" o "llegada" de Cristo al alma, se cumple cabalmente en la comunión eucarística, porque ese Cristo Eucarístico es el Cristo que ya vino en la Primera Venida y el mismo Cristo que vendrá, en la gloria.

          Misteriosamente, el Adviento se actualiza en la liturgia eucarística.

jueves, 5 de diciembre de 2013

“…preparen los caminos, allanen los senderos”


(Domingo II - TA - Ciclo C – 2013-14)
         “…preparen los caminos, allanen los senderos” (Mt 3, 1-12). Juan el Bautista, el profeta que señala el fin del Antiguo Testamento y el comienzo del Nuevo, anuncia la próxima llegada del Mesías, que vendrá después de él y bautizará “en el Espíritu Santo y en el fuego” y como requisito previo a la llegada del Mesías, utiliza la imagen de “caminos preparados” y de “senderos allanados”. Esta es propiamente la tarea que como cristianos debemos hacer en Adviento, pero para entender qué es lo que quiere decir Juan el Bautista cuando dice que debemos “preparar los caminos y allanar los senderos”, tenemos que saber primero qué entendemos por “Adviento”.
Ante todo, “Adviento” –que significa “venida”, pero es también la traducción del griego “parusía”- tiene una primera acepción en sentido lato, en el sentido de que no está circunscripto a un tiempo litúrgico determinado, sino que se extiende a toda la vida del cristiano: en este sentido, Adviento es la espera de la Segunda Venida de Jesús, al final de los tiempos: en ese momento, hará juicio a las naciones apóstatas, derrotará al Anticristo y encadenará al demonio, hará desaparecer este mundo, dará comienzo a los “cielos nuevo y tierra nueva”, reinará por mil años, luego de lo cual vendrá el Juicio Final. Tomado en esta acepción todo tiempo del año es, para el cristiano, Adviento, porque habiendo sucedido ya su Primera Venida en la humildad de nuestra carne, esperamos su Segunda Venida en la gloria de la resurrección.
         Otra acepción de “Adviento” es en sentido estricto y aquí sí es un período determinado de tiempo, aunque no es un mero suceder lineal de los días, tal como sucede en el tiempo terreno. “Adviento”, en cuanto tiempo litúrgico, es el tiempo por el cual la Iglesia nos introduce en el misterio pascual de Cristo en la particularidad de su Encarnación y Nacimiento, su Primera Venida. Por la liturgia, la Iglesia me “conecta” con el misterio pascual de Cristo y me permite que yo alcance los frutos, que son la redención y la salvación; en Adviento, la Iglesia me une con Cristo y su misterio de salvación en la particularidad de su Primera Venida. El Adviento antes de Navidad es el tiempo litúrgico por el cual, mediante la liturgia, la Iglesia me une a Cristo en el misterio de su Primera Venida, para que yo alcance de Él los frutos de la salvación. La liturgia, en este sentido, es fuente de vida en sentido literal, porque si no hubiera liturgia de la Iglesia Católica, las almas no alcanzarían el fruto de la Redención de Cristo, la gracia divina obtenida al precio de su sacrificio en Cruz. Este es el Adviento que vivimos como tiempo litúrgico antes de la Navidad.
         Pero hay aun otra acepción de Adviento, hay otro Adviento, intermedio, y es el que se vive en cada Santa Misa: al inicio, esperamos que llegue, y llega en la consagración y viene a nosotros en la comunión eucarística. En la Santa Misa también vivimos un tiempo de Adviento, porque esperamos a “Cristo que viene” en la Eucaristía.
         Para estos tres Advientos –la participación por el misterio de la liturgia de su Primera Venida por el tiempo de Adviento; la espera de su Venida Intermedia en la Eucaristía por medio de la liturgia eucarística; la espera gozosa de la Parusía, es decir, de la Segunda Venida al final de los tiempos- es que debemos “preparar los caminos y allanar los senderos”, tal como lo dice Juan el Bautista.
Habiendo visto qué es lo que entendemos por Adviento, podemos entonces tratar de dilucidar la tarea propia del Adviento –tarea válida para los tres Advientos-, según San Juan Bautista, esto es, el “preparar los caminos y allanar los senderos”.
¿De qué se trata? Obviamente, no significa la tarea entendida literalmente, puesto que se trata de una figura que representa a los obstáculos que se interponen entre nosotros y el Mesías que viene.
De lo que se trata es de abatir las montañas de nuestra soberbia de vida, nuestra concupiscencia de la carne, porque todo esto nos separa de Cristo y nos impide recibirlo en su Llegada. La soberbia, pecado del cual nacen absolutamente todos los demás pecados –recordemos que la soberbia fue el pecado capital del diablo en el cielo, y la soberbia fue el pecado capital de Adán y Eva en el Paraíso, porque quisieron “ser como Dios” sin serlo-, y levanta entre el alma y Dios que viene como Niño, un muro infranqueable, una enorme y gigantesca montaña que dificulta hasta hacer imposible la unión entre Dios y el hombre.

         “…preparen los caminos, allanen los senderos”. Para Adviento, el tiempo litúrgico que nos acerca a Navidad, San Juan Bautista nos llama a la conversión del corazón, a dejar de mirar las cosas de la tierra, para mirar al Portal de Belén, en donde nacerá, para Navidad, Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios.