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martes, 12 de mayo de 2020

“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”




“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo” (Jn 15, 9-11). Jesús nos declara su amor, pero el amor de Jesús no es un amor más entre tantos; no es el amor de un hombre santo, ni siquiera del más santo entre los santos: es el amor del Hombre-Dios, de Dios Hijo encarnado. Y este amor que anida en el Corazón Sagrado del Hombre-Dios, es el Amor que inhabita en el seno del Padre desde toda la eternidad, es decir, es el Espíritu Santo, que es el Amor de Dios y es el Amor con el que nos ama Jesús. Es esto lo que dice Jesús: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”. El Padre ama a Jesús desde la eternidad, con el Amor del Padre, que es el Espíritu Santo y es con este Amor Eterno -infinito, divino, incomprensible, eterno-, con el cual nos ama Jesús también desde la eternidad, aun antes de haber sido creados. Jesús no se reserva nada para Sí: todo el Amor que recibe del Padre, el Amor del Espíritu Santo, es el Amor que, en su totalidad, nos comunica desde su Sagrado Corazón y el momento culminante del don de este Amor es cuando Jesús infunde su Amor en nuestras almas, que es cuando su Sagrado Corazón es traspasado en la Cruz. En la cima del Monte Calvario, cuando su Sagrado Corazón es traspasado por la lanza del soldado romano, es ahí cuando se rompe, por así decirlo, el dique que contenía al Amor Divino -que era el que lo había llevado a cumplir su misterio pascual de Muerte y Resurrección- y es cuando se derrama, como un océano infinito e incontenible, todo el Amor de su Sagrado Corazón, sobre las almas de todos los hombres de todos los tiempos. Es esto lo que Jesús quiere decir cuando dice: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”.
Ahora bien, Jesús nos ama con un Amor que es Eterno, pero como el amor de amistad requiere su contraparte -no puede haber amistad si no hay amor entre los amigos, es decir si el amor es sólo unidireccional-, Jesús quiere que también nosotros correspondamos a su Amor, derramada en la Cruz con su Sangre. Es decir, Jesús también quiere que lo amemos; quiere que correspondamos a su Amor y la forma que tenemos de demostrarle nuestro amor es no por medio de simples declamaciones y palabras, sino que lo demostramos de una forma muy concreta: cumpliendo sus Mandamientos, tal como Él lo dice: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor”. ¿Cuáles son esos Mandamientos? Amar al prójimo -y sobre todo al enemigo- como a uno mismo, amar a Dios, llevar la cruz, perdonar las ofensas, ser misericordioso, obrando las obras de misericordia corporales y espirituales. Si no amamos al prójimo -incluido al enemigo-, si no llevamos la Cruz de cada día, si no amamos a Dios como a nosotros mismos, con el Amor del Espíritu Santo que se nos da en la Cruz, es que no amamos a Cristo. Si queremos amar a Cristo, vivamos sus Mandamientos todos los días de nuestra vida.

lunes, 18 de agosto de 2014

“Difícilmente un rico entrará en el Reino de los cielos (…) pero lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”


“Difícilmente un rico entrará en el Reino de los cielos (…) pero lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” (Mt 19, 23-30). Jesús dice que los ricos –tanto de bienes materiales, como de cargas espirituales, como la soberbia y la autosuficiencia-, “difícilmente” entrarán en el Reino de los cielos, y esto se debe a que estos bienes, en el momento de la muerte, se convierten en pesados lastres que impiden al alma remontar el vuelo que los conduce hacia la Casa del Padre. Aún más, no solo impiden al alma remontar vuelo, sino que la arrastran hacia abajo, hacia el abismo del cual no se regresa, con tanta más velocidad, cuanto mayor sean los bienes acumulados, y esta es la razón por la cual Jesús dice que “difícilmente un rico entrará en el Reino de los cielos”. Y para graficar esta dificultad, Jesús usa la figura de un camello que, cargado de mercaderías, intenta pasar “por el ojo de una aguja”, es decir, por la puerta estrecha de las ovejas, que eran las pequeñas puertas por donde pasaban las ovejas a la ciudad de Jerusalén. La dificultad de la salvación se hace evidente, porque inmediatamente, los discípulos se dan cuenta que entonces, casi nadie puede salvarse, porque Jesús no se está hablando de personas millonarias: cuando Jesús habla de “ricos”, está hablando de personas comunes y corrientes, pero cuyos corazones están apegados a las cosas materiales y a su propia razón y además son soberbios, y por eso son como camellos cargados de mercaderías, altos y anchos por los costados, que no pueden pasar por una puerta que es baja y angosta. El amor al dinero –no necesariamente se debe ser millonario, sino solamente poseer amor al dinero, ya que se puede tener un corazón de avaro aunque no se posea un tesoro-, es el principio de todos los males en el hombre, y así lo advierte la Palabra de Dios: “Raíz de todos los males es el amor al dinero; y algunos, por dejarse llevar de él, han quedado sumergidos en un mar de tormentos”[1]. Y el Qoelet dice: “(Dios) al pecador da el trabajo de amontonar y atesorar para dejárselo a quien él le plazca. También esto es vanidad y atrapar vientos”[2].
Los discípulos se dan cuenta de que Jesús está hablando de personas comunes y corrientes, y no de millonarios con toneladas de oro, cuando habla de los “ricos” que “difícilmente podrán salvarse” y por eso es que preguntan, angustiados: “Entonces, ¿quién podrá salvarse?”. Y Jesús responde: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”. Dios hace posible la salvación de un rico, es decir, de un corazón apegado a los bienes materiales, a su razón y henchido por su soberbia. ¿De qué manera? Así como un camello puede pasar a través de una puerta baja y angosta, si primero se arrodilla y luego se quita su carga, así también el hombre, puede entrar en el Reino de los cielos, si primero se arrodilla ante Jesús crucificado y luego, postrado en adoración ante Jesús, le pide que su Sangre caiga sobre él y purifique su negro corazón, quitándole sus pecados; de esa manera, el pecador no solo se ve libre de la carga opresiva del pecado, sino que su alma se siente impulsada a elevarse, con la fuerza del Espíritu Santo, que viene desde el Sagrado Corazón traspasado de Jesús, y lo conduce hacia el mismo Corazón de Jesús y, desde Él, hacia el Padre. Y así el alma se salva, porque de rico se ha convertido en pobre, de soberbio en humilde, de pecador en santo, porque ha sido santificado por la gracia que emana de la Sangre que brota del Sagrado Corazón de Jesús. Así es como Dios hace posible, lo que es imposible para el hombre.




[1] 1 Tim 6, 10.
[2] 2, 26.

lunes, 18 de noviembre de 2013

“Señor, que yo vea otra vez”


“Señor, que yo vea otra vez” (Lc 18, 35-43). Un ciego, que se encuentra a la vera del camino, escucha que Jesús está pasando y comienza a gritar con todas sus fuerzas para atraer su atención. Luego de insistir, a pesar de que los discípulos de Jesús lo hacían callar, logra su cometido, pues Jesús se entera de su presencia y lo hace traer ante Él. Una vez delante de él Jesús le pregunta “qué es lo que quiere que haga por él” y el ciego le responde que desea ver “otra vez”. Jesús le concede lo que quiere y el ciego comienza a ver nuevamente.
Este episodio posee una sobreabundante riqueza espiritual porque nos muestra a Jesús que, como Hombre-Dios, ejerce su omnipotencia divina en favor de la humanidad, enferma a causa de la herida del pecado original y representado en el ciego del camino. Con sólo quererlo Jesús, el ciego vuelve a ver –no es ciego de nacimiento, evidentemente-, lo cual es una muestra –ínfima, pero muestra al fin-, de la inconmensurable potencia divina del Hombre-Dios. Sin embargo, no radica aquí el valor más preciado de este episodio del Evangelio, puesto que la curación física es una figura de la curación espiritual que Jesús obra en el alma y Jesús obra –y quiere obrar- en el alma portentos mucho más grandiosos que una simple curación corporal.
Precisamente, la ceguera corporal, curada por Jesús, es una figura de la ceguera espiritual, por lo que en ese ciego podemos vernos nosotros, que también estamos ciegos espiritualmente como consecuencia del pecado, pero también estamos ciegos espiritualmente en relación al misterio de Dios Uno y Trino, porque el misterio de la Santísima Trinidad es impenetrable a los ojos de la creatura, sea el hombre o el ángel, y solo la gracia divina, surgida de ese mismo Dios Trino, puede conceder a la creatura racional la luz necesaria para contemplarla.

“Señor, que yo vea otra vez”. También nosotros, como el ciego del camino, debemos pedir a Cristo Jesús que nos cure nuestra ceguera espiritual y para ello debemos hacer lo que hizo el ciego del camino, llamando a Jesús con los gritos del corazón. Pero nosotros, a diferencia del ciego del Evangelio, que esperaba a Jesús a la vera del camino y fue llamado por Él ante su Presencia, somos llamados por la gracia ante su Presencia sacramental, la Eucaristía y allí, en la adoración eucarística, elevamos la súplica ardiente del corazón: “Señor, que yo vea, Señor, que yo vea tu infinito Amor, el Amor que brota de tu Sagrado Corazón traspasado, y que sea capaz de comunicarlo a mis hermanos obrando la misericordia, para así glorificar tu Nombre en el tiempo, como anticipo de la glorificación en la eternidad”.