(Domingo
XXVIII - TO - Ciclo A – 2026)
“Amigo, tú no tienes el traje de fiesta” (Mt 22, 1-14). Para graficar al Reino de
los cielos, Jesús utiliza la imagen de un rey que organiza un banquete para
celebrar las bodas de su hijo. Como en toda parábola, para poder aprehender el
significado espiritual y sobrenatural, debemos reemplazar a los elementos
naturales de la misma, por realidades sobrenaturales. De esta manera, el rey es
Dios Padre, el hijo que contrae matrimonio es Dios Hijo que, al encarnarse en
una naturaleza humana, lleva a cabo el desposorio místico del Verbo de Dios con
la humanidad; la fiesta o más bien, el salón de fiesta es el Reino de los
cielos; los invitados, que tienen todos un traje de gala, de fiesta, son los
bienaventurados que han conseguido la salvación. Ahora bien, entre los
invitados, se destaca un personaje que no lleva traje de fiesta y por ese
motivo, llama la atención del rey, quien le pregunta la razón por la cual no
lleva traje de fiesta. El sujeto no responde y el rey ordena que sea arrojado
fuera del salón de fiestas, en donde hay “oscuridad” y en donde hay “llanto y
rechinar de dientes”. Este lugar es el infierno y el comensal que no llevaba el
traje de fiesta es el bautizado que, al morir en pecado mortal, no posee el
traje de fiesta que es la gracia santificante de Jesucristo y por eso mismo no
es admitido en el Reino de los cielos; por el contrario, es arrojado al
infierno, en donde hay “oscuridad” y en donde el lamento de los condenados se
escucha como “llanto y rechinar de dientes”.
Si consideráramos a la parábola con la sola razón humana,
terminaríamos tal vez por darle la razón al comensal sin el traje de fiesta y
no al rey, además de considerar que el castigo por no llevar un traje de fiesta
es demasiado exagerado. En efecto, podemos pensar que el hombre no podía
costearse un lujoso traje y por lo tanto el dueño del banquete se comportó de
forma injusta al echar a alguien de pocos recursos sólo porque no pudo
comprarse un traje adecuado para la ocasión. O también se podría decir que,
siendo un rey y teniendo a su disposición sastres y sirvientes, podría haber
tenido la generosidad de hacerle confeccionar un traje al pobre hombre, para
que pudiera participar de la fiesta. Sin embargo, no sucede así, puesto que el
anfitrión no duda ni un instante en arrojar a las tinieblas al hombre sin traje
de fiesta.
Vista humanamente a la parábola, no se entiende la magnitud
de la ofensa del rey por el hecho de que un súbdito no lleve el traje de
fiesta, ya que, siendo rey, dispone de medios para confeccionarle o donarle un
traje adecuado para la ocasión, de manera que el súbdito pudiera permanecer en
la fiesta.
La solución a estas preguntas y cuestionamientos no la
vamos a encontrar nunca si es que las buscamos con la sola razón humana;
debemos ver la parábola a la luz de la fe para comprender su pleno significado.
El Dueño del banquete es Dios Trino; el banquete es la Eucaristía, la Carne
glorificada del Cordero de Dios; los invitados en primer lugar, que son los que
rechazan la invitación, son los integrantes del Pueblo Elegido, que rechazan a
Jesús como Hijo de Dios; el segundo grupo de invitados representa a los
gentiles, aquellos que por el bautismo sacramental y la profesión de la fe
católica pertenecen al Cuerpo Místico de Jesús; el traje de fiesta es la gracia
santificante, que hermosea al alma con la santidad de Dios; la ausencia de traje, es el estado de pecado
mortal, la separación voluntaria del alma, que por el pecado se aparta de Dios.
Visto de esta manera, se comprende que el Dueño del
banquete, es Dios, no actúe injustamente, sino con toda justicia, porque en
realidad le concede al intruso aquello que éste quiere en realidad y es el no
participar del Banquete de bodas del Cordero, la Eucaristía y la vida eterna en
el Reino de los cielos y por eso lo aparta y lo arroja fuera del salón de
fiestas. El rey de la parábola, que es Dios en la realidad, no es injusto al
expulsar al comensal porque el traje de gala, que es la gracia, es un don
gratuito que Dios concede a quien Él desea. Si alguien rechaza el don que Dios
hace, la gracia, es porque lo decide libremente, demostrando así que no quiere
participar del banquete del Reino de los cielos. Y si alguien voluntariamente
rechaza el don de Dios, Dios no puede hacer otra cosa que no admitirlo en su
Presencia, ya que de hacerlo, estaría violentando el libre albedrío de la
persona que lo rechaza.
El rechazo de la gracia supone, por un lado, una gran
ofensa para Dios y por otra parte, también un gran dolor, porque la gracia ha
sido conseguida para nosotros al precio altísimo de la Sangre del Cordero:
Jesús nos ha conseguido la gracia santificante mediante su Pasión y Muerte en
cruz, lo cual significa que quien rechaza la gracia rechaza el sacrificio
redentor del Calvario del Hijo de Dios. A los ángeles, Dios les concedió la
gracia sin sacrificio alguno, en cambio a nosotros nos la concedió al precio de
la vida y muerte en cruz del Verbo de Dios[1].
Quien rechaza la gracia, el traje de fiesta, rechaza la misericordia divina
porque la gracia es el mayor don que puede hacer Dios a su creatura. Y ese don
nos lo dio por medio del sacrificio de su vida en la cruz, que es la forma más
explícita de demostrar su Amor Divino por nosotros. Con el don de la gracia al
precio de su Sangre en la cruz, Jesús nos demuestra la inmensidad del amor de
su Sagrado Corazón, porque quien hace un don con sacrificio –y más si es el
sacrificio de la propia vida-, realiza la muestra de amor más grande que pueda hacerse:
“Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos”. Jesús podría
habernos concedido la gracia como a los ángeles, sin encarnarse y sin padecer
la cruz, pero de esa manera no habría demostrado tanto amor como con el
sacrificio en cruz de su propia vida de Hombre-Dios. El sacrificio en cruz, la
ofrenda de la vida como gesto de amor, es la suprema muestra de amor de parte
de Dios Trino para con nosotros, porque lo que se da con sacrificio, demuestra
más el amor que lo que se da sin ningún tipo de sacrificio. Para darnos la
gracia de la filiación divina, para hacernos ser hijos suyos, se ha encarnado
en la Virgen, asumiendo una naturaleza humana, y luego a esa naturaleza humana
santa, pura e inmaculada, la ha ofrecido, a Dios Padre, en medio de enormes
sufrimientos en la cruz, y todo por pura misericordia, todo por mostrarnos
hasta dónde es capaz de llegar su amor por nosotros. Si su amor por nosotros
hubiera tenido límites, nos hubiera mandado un ángel para redimirnos, para
decirnos que debíamos seguir por las sendas de Dios si queríamos salvarnos; o
podría haber enviado a un hombre santo, para que nos mostrara el camino de la
santidad y así encaminarnos en su dirección, pero con todo esto no habría
mostrado el límite sin límite de su amor misericordioso por nosotros.
Que haya quienes, a pesar de esta muestra de amor del
Corazón misericordioso de Dios Trino, rechazan la gracia de la filiación y de
la conversión, lo manifiesta el Sagrado Corazón, al confesarle a Santa
Margarita María de Alacquoque que el mayor dolor en su Pasión era ver cómo
innumerables almas se condenaban al rechazar el sacrificio que Él hacía por
ellas.
El traje de fiesta
es la filiación divina concedida al precio de la Sangre del Cordero y sólo
cuando el alma esté afuera del banquete, en la oscuridad y en el llanto del
infierno, será capaz de comprender en un momento de lucidez infernal, la
enormidad del don perdido: la gracia, el traje de fiesta, la participación en
la vida íntima de Dios Trinidad.
[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben,
Las maravillas de la gracia divina,
Ediciones Desclée de Brower, Buenos Aires 1951, 351.






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