(Domingo
III – TP - Ciclo A - 2026)
“Lo reconocieron al partir el pan”. El
Evangelio relata el encuentro de los discípulos de Emaús con Jesús resucitado. Los
discípulos caminan alejándose de Jerusalén, conversando entre ellos acerca de
lo sucedido el Viernes Santo. Según el relato evangélico, los discípulos, que
aman a Jesús y por eso son cristianos, están “con el semblante triste”, porque
han quedado conmocionados luego de la crucifixión de Jesús en el Monte
Calvario. Mientras caminan en dirección a Emaús, Jesús resucitado les sale al
paso y los saluda; los discípulos responden amablemente al saludo, pero no
reconocen a Jesús. Es Jesús quien toma la iniciativa en la conversación que
sigue, preguntándoles acerca de qué conversaban. Los discípulos de Emaús se
extrañan por el hecho de que Jesús, en apariencia para ellos, no sepa qué es lo
que sucedió en Jerusalén el Viernes Santo y le narran a Jesús lo sucedido. En este
encuentro con Jesús resucitado, hay algo característico en los discípulos de
Emaús, que se repite en la totalidad de los encuentros de Jesús resucitado con
los demás discípulos y es el hecho de la falta de fe en la promesa de Jesús de
que iba a resucitar “al tercer día”. Como consecuencia de esta falta de fe en
la palabra de Jesús, tanto los discípulos de Emaús, como María Magdalena y
todos aquellos a quienes Jesús encuentra después de resucitar, se encuentran
abatidos, conmocionados por el cruel espectáculo de la crucifixión de Jesús en
el Viernes Santo. De manera particular, los discípulos de Emaús son descriptos
por el relato evangélico como personas sin ánimo, entristecidas, más
específicamente, “con el semblante triste”. Como dijimos, este patrón de
comportamiento se repite entre todos los discípulos, ante el primer encuentro
con Jesús resucitado. El motivo del “semblante triste” es su falta de fe -algo
que Jesús les reprochará diciéndoles “hombres duros de entendimiento” a los
cuales “les cuesta creer” todo lo relativo al misterio de Jesús- y esta falta
de fe es doble, porque no solo no tienen fe en las palabras de Jesús de que Él
iba a resucitar, sino que tampoco creen al testimonio de las mujeres santas de
Jerusalén, las cuales ya se habían encontrado con Jesús resucitado y les habían
anunciado de que Él estaba vivo y glorioso. La fe de los discípulos de Emaús es
una fe sumamente imperfecta, dubitativa, que rechaza lo central en Jesús y es
su condición sobrenatural de Hombre-Dios, el cual en cuanto tal, en cuanto
Hombre-Dios, no solo obró milagros con su poder divino, sino que con estos
milagros demostró tener absoluto poder sobre la vida y la muerte, por ejemplo
al resucitar muertos como a Lázaro o al hijo de la viuda de Naín.
Es esta
fe imperfecta, incrédula -aunque parezca una contradicción, pero es una fe
incrédula-, dubitativa, vacilante, la que condiciona la vida de los discípulos
de Emaús, los cuales salen de Jerusalén desanimados y tristes, porque si bien
son cristianos porque son seguidores de Cristo, sin embargo son cristianos que
creen en un Cristo muerto; son cristianos que creen en un Cristo que solo ha muerto en la cruz el Viernes Santo,
pero no creen en el mismo Cristo, que con su poder divino ha resucitado el Domingo
de Resurrección. Son cristianos racionalistas, que dejan de lado el aspecto
sobrenatural de los misterios salvíficos de Jesús. Para ellos, Jesús es solo un
hombre, un “profeta poderoso en obras”, pero no Dios encarnado, que con esas
obras que ellos mismos relatan, ha demostrado ser Quien dice ser, el Hijo de
Dios encarnado. El racionalismo cristiano, que descarta de plano todo lo
sobrenatural, constituye la esencia del progresismo y del modernismo católico,
destruyendo de raíz la fe católica en Jesucristo como Hombre-Dios, como el
Verbo del Padre encarnado para nuestra salvación.
Ahora bien, el estado de los discípulos de
Emaús, de incredulidad, de falta de fe, de fe imperfecta y dubitativa; el
estado de desconocimiento de Jesús, cambiará de modo radical cuando Jesús les
infunda la luz del Espíritu Santo y esto sucederá en un contexto sacramental,
en el momento en el que Jesús “parta el pan” y decimos “contexto sacramental”,
porque esta efusión del Espíritu Santo, que ilumina las mentes y corazones de los
discípulos de Emaús, se da en el ámbito de la celebración de la Santa Misa por
parte del Sumo Sacerdote Jesús, según lo afirman muchos teólogos y autores
católicos.
Es muy
importante tener en cuenta esta situación, el hecho de que Jesús ilumine las
almas de los discípulos de Emaús en la fracción del pan, “al partir el pan”. En
ese momento, el velo que impedía que lo reconocieran, según el relato del
Evangelio, que era su fe cristiana racionalista que los hacía tener fe en un
Jesús muerto y no resucitado, desaparece por la luz del Espíritu Santo que les
infunde Jesús y es en ese momento en el cual los discípulos de Emaús comienzan
a creer según la verdadera fe católica, es decir, en un Jesús muerto y
resucitado, glorioso, Presente en la Eucaristía, puesto que lo reconocen en la
fracción del Pan Eucarístico, el Pan del Altar.
A pesar
de que Jesús desaparece en el mismo momento en el que “parte el pan”, los
discípulos de Emaús, que han recibido la iluminación interior por el Espíritu Santo
infundido por Jesús, comienzan a creer con fe católica en Jesús resucitado; Jesús
ya no es más para ellos ni un “forastero”, ni un “profeta poderoso en obras”,
sino el Hombre-Dios, que ha padecido su misterio pascual de Muerte y
Resurrección y ahora, luego de padecer la muerte en la cruz, ha resucitado y se
encuentra glorioso en los cielos, a la diestra del Padre y en el seno de la
Iglesia, la Sagrada Eucaristía.
El hecho
de que Jesús se haga invisible en el momento de la fracción del pan no es un
impedimento para que los discípulos de Emaús comiencen a creer firmemente en el
misterio pascual de Jesús, misterio sobrenatural que va más allá de su muerte en
el Viernes Santo, porque continúa el misterio de Cristo en el Domingo de
Resurrección y en su Presencia gloriosa en la Sagrada Eucaristía. Por medio de
la luz de la fe católica, se da una paradoja, porque mientras lo podían ver sensiblemente
e incluso hablar personalmente con Él, no lo reconocían, pero ahora que Jesús
está invisible, en la Sagrada Eucaristía, sí pueden verlo, pero con los ojos
del alma, iluminados por la luz de la fe verdaderamente católica.
“Lo
reconocieon al partir el pan”, dice el Evangelio, relatando el momento crucial
que cambia para siempre la vida de los discípulos de Emaús, porque no es que
simplemente antes de reconocerlo a Jesús resucitado estaban “tristes” y ahora
están “alegres”, porque eso sería reducir la fe católica a un estado anímico;
el reconocimiento de Jesús en la Eucaristía les cambia la vida porque ya no
creen en un Jesús muerto, sino en un Jesús vivo, glorioso y resucitado, Presente
en Persona en la Eucaristía. Muchas veces puede sucedernos a nosotros, católicos
del siglo XXI, lo mismo que a los discípulos de Emaús antes de recibir la luz
del Espíritu Santo, en el sentido de que creemos en Jesús, pero en un Jesús
muerto y no resucitado y glorioso en la Eucaristía, porque no lo buscamos en la
Eucaristía y no hacemos de la Eucaristía la Fuente Increada de nuestra
felicidad –“Dichosos los invitados a comulgar”, nos dice la Iglesia, revelándonos
dónde está la verdadera y única felicidad- porque en el fondo no creemos ni que
Jesús haya resucitado, ni que Jesús resucitado y glorioso esté en la
Eucaristía.
Si buscamos
a un Jesús muerto, entonces nuestra fe es vacilante, frágil, dubitativa, como
los discípulos de Emaús antes de la fracción del pan. Esta fe puede y debe
cambiar cuando asistimos a la Santa Misa, porque en cada Santa Misa se produce
en evento similar a lo sucedido con los discípulos de Emaús cuando Jesús parte
el pan y es que al partir el Pan del Altar, la Sagrada Eucaristía, el Sagrado Corazón
Eucarístico de Jesús concede la luz del Espíritu Santo al alma predispuesta,
para que el alma lo reconozca, glorioso y resucitado, en el Santísimo Sacramento
del Altar.
No busquemos
a un Jesús muerto, sino a Jesús muerto, resucitado y glorioso en la Sagrada
Eucaristía y así Jesús Eucaristía encenderá nuestros corazones en el Divino
Amor al recibirlo por la Comunión, tal como hizo con los discípulos de Emaús quienes,
reconociendo a Jesús resucitado, decían: “¿Acaso no ardían nuestros corazones
cuando hablábamos con Jesús?”.




