jueves, 15 de octubre de 2026

“Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”

 


“Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía” (Lc 12, 1-7). Jesús se enfrenta a la casta sacerdotal y laical de su época, calificándolos duramente de “hipócritas”. Jesús no lo hace por suposiciones externas: Él es Dios y en cuanto tal, lee los pensamientos y el corazón de los hombres, de todos y cada uno de los hombres, desde antes incluso de que el hombre exista y los lee hasta el último día de sus vidas; aun antes de que pensemos el próximo pensamiento, Jesús ya lo sabe, porque Él es Dios. Por eso habla con fundamento cuando nos advierte de que nos “cuidemos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”.

La definición de “hipocresía” es: “acto de fingir creencias, opiniones, virtudes, sentimientos o cualidades que en realidad no se tienen o no se siguen”. Sucede cuando “las acciones de una persona no coinciden con lo que dice o exige a los demás”. La Real Academia Española la define como: “Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”. Sinónimos de hipocresía son: “falsedad, fingimiento, doblez, cinismo, fariseísmo, insinceridad, disimulo, simulación, santurronería,  comedia, abulencia”.

¿Por qué Jesús califica a los fariseos de “hipócritas”?

Porque fingen, externamente, ser hombres de religión, piadosos, celosos del cumplimiento de la religión y del cuidado del templo, pero por dentro, interiormente, espiritualmente, tal como los acusa Jesús, “están llenos de rapiña y de maldad”. Fingen por fuera ser buenas personas, religiosas, pero por dentro contradicen a la religión con sus deseos de robo y de malicia.

“Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”. Si Jesús nos advierte y nos dice que nos cuidemos, es porque también nosotros podemos caer en su mismo error, es decir, la hipocresía. Si no vigilamos nuestros pensamientos y nuestros corazones, podemos parecer por fuera hombres de religión, que acuden a misa a diario y rezan todos los días, pero por dentro, estar llenos de rencor, de envidia, de malicia de toda clase. Rechacemos de plano todo pensamiento contrario a la Bondad de Dios y alimentemos nuestras almas con el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús; ése es el mejor remedio contra la hipocresía, la levadura de los fariseos.


miércoles, 14 de octubre de 2026

“Ay de vosotros fariseos y escribas, que descuidáis el amor de Dios”

 


“Ay de vosotros fariseos y escribas, que descuidáis el amor de Dios” (Lc 11, 42-46). Los fariseos y los escribas se dedicaban al Templo y a la observancia de la Ley, es decir, eran los equivalentes a los sacerdotes y laicos en la Iglesia. Jesús les reprocha duramente su hipocresía, porque si bien pasaban por ser hombres de religión, hombres que se ocupaban del Templo, de la Ley y por lo tanto de las cosas de Dios, sin embargo, en realidad, habían vaciado la esencia de la religión, la justicia, la piedad y el amor de Dios, reemplazándola por un remedo de religión. Lo que hacían los fariseos y los escribas era aparentar, por fuera, el cumplimiento estricto de las leyes religiosas, cumpliendo escrupulosamente los ritos, pero eran ritos de tradición puramente humana, no mandados por Dios, sino inventados por ellos mismos y por lo tanto, eran ritos cargados de superstición y de vanidad. Al mismo tiempo que cumplían estos ritos vacíos, descuidaban la esencia de la religión que son la caridad, el amor sobrenatural para con Dios y el prójimo y ése el reproche principal de Jesús para con ellos: “Ay de vosotros fariseos y escribas, que descuidáis el amor de Dios”.

Esta reprensión y reproche de Jesús para con los fariseos y escribas, advertidas en su tiempo, también pueden ser dirigidas a nosotros, toda vez que nos olvidemos del Amor de Dios, del Amor y la adoración debidos a Dios Trinidad y de la compasión para con el prójimo. También nosotros podemos caer en el mismo error de los fariseos, es decir, el cumplimiento meramente externo de los preceptos de Dios y de la Iglesia, aparentando por fuera ser hombres de religión, pero con el corazón vacío del Amor a Dios y al prójimo. Por eso mismo, debemos estar muy atentos y prestar mucha atención, porque no estamos exentos de cometer el mismo error de los escribas y fariseos. Para no caer en este error, el de vaciar a la religión de su esencia, el Amor a Dios y al prójimo, alimentemos nuestras almas con el Pan de Vida eterna, que nos comunica el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo y traduzcamos luego ese amor recibido en obras de misericordia para con el prójimo y de piedad, fervor y amor al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Solo así no escucharemos el amargo reproche de Jesús: “Ay de vosotros fariseos y escribas, que descuidáis el amor de Dios”.


lunes, 12 de octubre de 2026

“Limpiáis por fuera el plato, pero por dentro estáis llenos de maldad”

 


“Limpiáis por fuera el plato, pero por dentro estáis llenos de maldad” (Lc 11, 37-41). Un fariseo se sorprende por el hecho de que Jesús no se lavara las manos antes de comer. Esto llama la atención del fariseo porque ellos se lavaban las manos antes de comer, pero no por motivos de higiene física o salud, sino principalmente por razones de pureza ritual y tradición religiosa[1]. Esta práctica no se basaba en un mandato explícito de la Torá sino en la tradición de los ancianos (leyes orales transmitidas de generación en generación). La costumbre del lavado de manos y utensillos antes de comer se origina en tres motivos: uno era la imitación del ritual del Templo, porque los fariseos decidieron extender el mandato de Moisés de la purificación de manos y pies de los sacerdotes antes de realizar los sacrificios, a la vida diaria, de modo que cada casa fuera como un templo y cada mesa como un altar. Otra razón por la que adoptaron esta costumbre es que los fariseos consideraban que en la vida de todos los días, una persona podía tocar algo “impuro”, como un objeto tocado por un gentil, un insecto muerto o alguien que estuviera ceremonialmente impuro, por lo que al lavarse las manos de manera ritual[2], se eliminaban así esas impurezas. Por último, la razón del lavado de manos se debía a que así se pensaba que se protegía la comida sagrada, ya que consideraban que si sus manos estaban impuras y tocaban la comida, la impureza se transfería al alimento y, al consumirlo, ellos mismos se contaminaban espiritualmente. Todas estas reglas y costumbres no provenían de Dios, sino de enseñanzas humanas, lo cual equivale a decir, supersticiosas y esa es la razón por la cual colisionan directamente con las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, quien, ante la crítica de los fariseos de que tanto Él como sus discípulos no se lavaran las manos antes de comer, les reprocha indirectamente la inutilidad de sus costumbres -paganas y supersticiosas- y directamente, les reprocha su hipocresía, porque mientras se afanan por cumplir escrúpulos y externamente reglas inventadas por hombres, haciendo creer que eso es religión, descuidan sin embargo la esencia de la religión, que es la bondad, la caridad, la justicia y la piedad. Es por esto que Jesús les responde que “limpian por fuera el plato, pero por dentro están llenos de rapiña y de maldad”, además de decirles que lo que hace impuro al hombre no es lo que está afuera, sino lo que sale de dentro del corazón, es decir, el pecado. Jesús los critica duramente tachándolos de “hipócritas”, porque ponen por encima de los mandamientos de la Ley de Dios a tradiciones humanas, no salidas de Dios.

“Limpiáis por fuera el plato, pero por dentro estáis llenos de maldad”. Los fariseos eran religiosos, pero habían vaciado la religión, cambiando su esencia, la caridad y la justicia para con Dios y el prójimo, por la malicia del corazón y la alabanza egocéntrica de sí mismos. Tengamos cuidado y prestemos atención, porque no estamos exentos de cometer el mismo error de los fariseos; para ello, alimentemos nuestros corazones con el Amor de Dios, el Amor contenido en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

 

 

 


martes, 6 de octubre de 2026

“El Reino de Dios ha llegado a vosotros”

 


“El Reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 11, 14-23). Jesús expulsa demonios y esto es un signo de la llegada del Reino de Dios a los hombres. Pero no es solo el exorcismo realizado con el poder de su voz es signo de la presencia del Reino de los cielos, sino también los otros signos y milagros realizados por Jesús con su poder divino, como la resurrección de muertos, la multiplicación de panes y peces, la conversión del agua en vino. Todos estos son signos prodigiosos que indican que Jesús no es un hombre santo más entre tantos y ni siquiera el más santo: indican que Él es Dios Hijo en Persona, el Rey de los cielos, que ha venido a la tierra y con Él ha llegado su Reino, el Reino de Dios, Reino de luz divina que se opone y se enfrenta al Reino de las tinieblas del Ángel caído, el Príncipe de las tinieblas.

Todos estos signos indican la Presencia del Reino de Dios y del Rey del Reino de Dios, Cristo Jesús, el Mesías, que ha venido a enfrentar y vencer, con el poder divino que brota de Jesús, al Reino de las tinieblas. Jesús no ha venido para hacer de esta tierra un paraíso, un reino terrenal, sino para vencer a los tres grandes enemigos del hombre –el Demonio, el Pecado y la Muerte- por medio de su sacrificio en cruz. Por esta razón la Cruz es el signo por excelencia de la llegada y la presencia del Reino de Dios entre los hombres. Y si lo es la Cruz, también lo es la Santa Misa, que es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz.

 


El Padrenuestro se vive en la Santa Misa

 



          El Padrenuestro es una oración muy particular por dos hechos: por un lado, es una oración enseñada por el mismo Jesús en Persona; por otro lado, es una oración que se vive en la Santa Misa. Veamos por qué, analizando cada una de sus oraciones.

          “Padrenuestro que estás en el cielo”: en el Padrenuestro nos dirigimos a Dios, que está en el cielo; en la Santa Misa, el mismo Dios al cual nos dirigimos en el Padrenuestro, se hace Presente en esa porción del cielo que es el altar eucarístico: Dios Padre envía a su Hijo para que renueve sacramentalmente el don de su Cuerpo y de su Sangre en la Eucaristía, para que Dios Hijo nos done a Dios Espíritu Santo por la Comunión Eucarística;

          “Santificado sea tu Nombre”: esta petición del Padrenuestro se hace realidad en la Santa Misa porque quien santifica el Nombre Tres veces Santo de Dios es Jesucristo, por medio de la oblación de Sí mismo en el Santísimo Sacramento del altar, la Eucaristía;

          “Venga a nosotros tu Reino”: en la Santa Misa esta petición se hace realidad porque el altar se convierte en una parte del Cielo, en donde está el Reino de Dios, pero todavía más, por la Misa se hace Presente algo infinitamente más grande que el Reino de los cielos y es el Rey del Cielo, Jesús Eucaristía;

          “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo”: la voluntad de Dios se cumple en la Santa Misa, porque por el Sacrificio salvífico y redentor del altar, Jesús cumple la voluntad del Padre, que es que todos los hombres se salven;

          “Danos hoy nuestro pan de cada día”: en la Santa Misa esta petición se cumple cabalmente, porque por ella Dios no solo nos provee del pan material, el alimento terreno de todos los días, sino que nos concede ante todo otro Pan, un Pan celestial, que contiene y da la vida eterna, el Pan Vivo bajado del Cielo, la Sagrada Eucaristía;

          “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido”: esta petición se cumple en el Padrenuestro, porque Dios Padre nos perdona por el sacrificio de su Hijo en la cruz, al tiempo que nos concede las fuerzas necesarias, por la Eucaristía, para perdonar a nuestros enemigos con el mismo perdón con el cual Él nos perdona desde la cruz;

          “No nos dejes caer en la tentación”: esta petición se cumple con creces en la Santa Misa, porque por la Eucaristía, Jesús no solo nos concede las gracias necesarias para no caer en la tentación, sino además nos concede las gracias para crecer cada vez más en la santidad, para hacer de nuestros corazones una copia viviente de su Sagrado Corazón;

          “Y líbranos del mal”: esta petición se cumple en la Santa Misa, porque Jesús, por su sacrificio en cruz renovado en la Misa, nos libra de un triple mal: del mal del pecado, ya que lo destruye con su santidad; del mal de la muerte, porque nos dona su vida eterna; finalmente, del mal personificado, el Demonio, porque lo vence para siempre con la Sangre de sus heridas derramada en el cáliz del altar.

          Por todas estas razones, decimos que el Padrenuestro es una oración que se vive en la Santa Misa.


sábado, 3 de octubre de 2026

“Amigo, tú no tienes el traje de fiesta”

 


(Domingo XXVIII - TO - Ciclo A – 2026)

          “Amigo, tú no tienes el traje de fiesta” (Mt 22, 1-14). Para graficar al Reino de los cielos, Jesús utiliza la imagen de un rey que organiza un banquete para celebrar las bodas de su hijo. Como en toda parábola, para poder aprehender el significado espiritual y sobrenatural, debemos reemplazar a los elementos naturales de la misma, por realidades sobrenaturales. De esta manera, el rey es Dios Padre, el hijo que contrae matrimonio es Dios Hijo que, al encarnarse en una naturaleza humana, lleva a cabo el desposorio místico del Verbo de Dios con la humanidad; la fiesta o más bien, el salón de fiesta es el Reino de los cielos; los invitados, que tienen todos un traje de gala, de fiesta, son los bienaventurados que han conseguido la salvación. Ahora bien, entre los invitados, se destaca un personaje que no lleva traje de fiesta y por ese motivo, llama la atención del rey, quien le pregunta la razón por la cual no lleva traje de fiesta. El sujeto no responde y el rey ordena que sea arrojado fuera del salón de fiestas, en donde hay “oscuridad” y en donde hay “llanto y rechinar de dientes”. Este lugar es el infierno y el comensal que no llevaba el traje de fiesta es el bautizado que, al morir en pecado mortal, no posee el traje de fiesta que es la gracia santificante de Jesucristo y por eso mismo no es admitido en el Reino de los cielos; por el contrario, es arrojado al infierno, en donde hay “oscuridad” y en donde el lamento de los condenados se escucha como “llanto y rechinar de dientes”.

          Si consideráramos a la parábola con la sola razón humana, terminaríamos tal vez por darle la razón al comensal sin el traje de fiesta y no al rey, además de considerar que el castigo por no llevar un traje de fiesta es demasiado exagerado. En efecto, podemos pensar que el hombre no podía costearse un lujoso traje y por lo tanto el dueño del banquete se comportó de forma injusta al echar a alguien de pocos recursos sólo porque no pudo comprarse un traje adecuado para la ocasión. O también se podría decir que, siendo un rey y teniendo a su disposición sastres y sirvientes, podría haber tenido la generosidad de hacerle confeccionar un traje al pobre hombre, para que pudiera participar de la fiesta. Sin embargo, no sucede así, puesto que el anfitrión no duda ni un instante en arrojar a las tinieblas al hombre sin traje de fiesta.

          Vista humanamente a la parábola, no se entiende la magnitud de la ofensa del rey por el hecho de que un súbdito no lleve el traje de fiesta, ya que, siendo rey, dispone de medios para confeccionarle o donarle un traje adecuado para la ocasión, de manera que el súbdito pudiera permanecer en la fiesta.

          La solución a estas preguntas y cuestionamientos no la vamos a encontrar nunca si es que las buscamos con la sola razón humana; debemos ver la parábola a la luz de la fe para comprender su pleno significado. El Dueño del banquete es Dios Trino; el banquete es la Eucaristía, la Carne glorificada del Cordero de Dios; los invitados en primer lugar, que son los que rechazan la invitación, son los integrantes del Pueblo Elegido, que rechazan a Jesús como Hijo de Dios; el segundo grupo de invitados representa a los gentiles, aquellos que por el bautismo sacramental y la profesión de la fe católica pertenecen al Cuerpo Místico de Jesús; el traje de fiesta es la gracia santificante, que hermosea al alma con la santidad de Dios; la  ausencia de traje, es el estado de pecado mortal, la separación voluntaria del alma, que por el pecado se aparta de Dios.

          Visto de esta manera, se comprende que el Dueño del banquete, es Dios, no actúe injustamente, sino con toda justicia, porque en realidad le concede al intruso aquello que éste quiere en realidad y es el no participar del Banquete de bodas del Cordero, la Eucaristía y la vida eterna en el Reino de los cielos y por eso lo aparta y lo arroja fuera del salón de fiestas. El rey de la parábola, que es Dios en la realidad, no es injusto al expulsar al comensal porque el traje de gala, que es la gracia, es un don gratuito que Dios concede a quien Él desea. Si alguien rechaza el don que Dios hace, la gracia, es porque lo decide libremente, demostrando así que no quiere participar del banquete del Reino de los cielos. Y si alguien voluntariamente rechaza el don de Dios, Dios no puede hacer otra cosa que no admitirlo en su Presencia, ya que de hacerlo, estaría violentando el libre albedrío de la persona que lo rechaza.

          El rechazo de la gracia supone, por un lado, una gran ofensa para Dios y por otra parte, también un gran dolor, porque la gracia ha sido conseguida para nosotros al precio altísimo de la Sangre del Cordero: Jesús nos ha conseguido la gracia santificante mediante su Pasión y Muerte en cruz, lo cual significa que quien rechaza la gracia rechaza el sacrificio redentor del Calvario del Hijo de Dios. A los ángeles, Dios les concedió la gracia sin sacrificio alguno, en cambio a nosotros nos la concedió al precio de la vida y muerte en cruz del Verbo de Dios[1]. Quien rechaza la gracia, el traje de fiesta, rechaza la misericordia divina porque la gracia es el mayor don que puede hacer Dios a su creatura. Y ese don nos lo dio por medio del sacrificio de su vida en la cruz, que es la forma más explícita de demostrar su Amor Divino por nosotros. Con el don de la gracia al precio de su Sangre en la cruz, Jesús nos demuestra la inmensidad del amor de su Sagrado Corazón, porque quien hace un don con sacrificio –y más si es el sacrificio de la propia vida-, realiza la muestra de amor más grande que pueda hacerse: “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos”. Jesús podría habernos concedido la gracia como a los ángeles, sin encarnarse y sin padecer la cruz, pero de esa manera no habría demostrado tanto amor como con el sacrificio en cruz de su propia vida de Hombre-Dios. El sacrificio en cruz, la ofrenda de la vida como gesto de amor, es la suprema muestra de amor de parte de Dios Trino para con nosotros, porque lo que se da con sacrificio, demuestra más el amor que lo que se da sin ningún tipo de sacrificio. Para darnos la gracia de la filiación divina, para hacernos ser hijos suyos, se ha encarnado en la Virgen, asumiendo una naturaleza humana, y luego a esa naturaleza humana santa, pura e inmaculada, la ha ofrecido, a Dios Padre, en medio de enormes sufrimientos en la cruz, y todo por pura misericordia, todo por mostrarnos hasta dónde es capaz de llegar su amor por nosotros. Si su amor por nosotros hubiera tenido límites, nos hubiera mandado un ángel para redimirnos, para decirnos que debíamos seguir por las sendas de Dios si queríamos salvarnos; o podría haber enviado a un hombre santo, para que nos mostrara el camino de la santidad y así encaminarnos en su dirección, pero con todo esto no habría mostrado el límite sin límite de su amor misericordioso por nosotros.

          Que haya quienes, a pesar de esta muestra de amor del Corazón misericordioso de Dios Trino, rechazan la gracia de la filiación y de la conversión, lo manifiesta el Sagrado Corazón, al confesarle a Santa Margarita María de Alacquoque que el mayor dolor en su Pasión era ver cómo innumerables almas se condenaban al rechazar el sacrificio que Él hacía por ellas.

          El traje de fiesta es la filiación divina concedida al precio de la Sangre del Cordero y sólo cuando el alma esté afuera del banquete, en la oscuridad y en el llanto del infierno, será capaz de comprender en un momento de lucidez infernal, la enormidad del don perdido: la gracia, el traje de fiesta, la participación en la vida íntima de Dios Trinidad.

 



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, Ediciones Desclée de Brower, Buenos Aires 1951, 351.


martes, 29 de septiembre de 2026

“Había un hombre que arrendó su viña”

 


(Domingo XXVII - TO - Ciclo A - 2026)

          “Había un hombre que arrendó su viña” (Mt 21, 33-43). Dirigiéndose a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, Jesús utiliza una parábola en la que el dueño de una viña planta una viña, cava un lagar, construye una torre de vigilancia y la arrenda a unos viñadores y se marcha al extranjero. Al llegar el tiempo de la vendimia, envía a sus servidores para “percibir los frutos”, pero los arrendatarios, actuando con malicia y convirtiéndose en ilegítimos usurpadores, desconocen el título de propiedad del dueño, se niegan a pagar la renta, y golpean a uno de los servidores, a otro lo matan y a otro lo apedrean. El propietario vuelve a enviar a otros servidores, pero reciben el mismo trato violento y homicida que los primeros. Esperando siempre un cambio en el buen sentido, de los viñadores homicidas, el dueño de la vid envía a su hijo, pensando que, al ser su hijo, lo tratarán con respeto: “Respetarán a mi hijo”. Sin embargo, la condición de ser hijo aviva todavía más la soberbia, la avaricia, la codicia y la malicia de los viñadores que ya eran homicidas, ya que es precisamente la condición de ser hijo del dueño y por lo tanto heredero, lo que enciende su malicia y les proporciona la falsa esperanza de que, al matar al heredero, ellos podrán apropiarse ilegítimamente de la viña. Efectivamente, llevan a cabo su plan, se apoderan de él, lo arrojan fuera de la viña y, en el colmo de la malicia, le dan muerte: “Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron”. Como en toda parábola, para poder entender el significado espiritual y sobrenatural de la parábola de los viñadores homicidas, es necesario tener en cuenta que cada elemento natural de la parábola representa una realidad sobrenatural. Teniendo esto en cuenta, el dueño de la viña es Dios Padre; el heredero, el cual es enviado por el padre y al cual los viñadores homicidas terminan por asesinarlo es Dios Hijo, Jesucristo, el Hombre-Dios, la Persona Segunda de la Trinidad que se une hipostáticamente, personalmente, a la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth, que muere en la Cruz a manos de los hombres pecadores; la viña representa, primero, a la Sinagoga, la Iglesia de Dios Uno, en la que se encuentran los miembros del Pueblo Elegido; en un segundo momento, representa a la Iglesia Católica, la Iglesia que se constituye luego de la revelación de Jesucristo de que el Dios Uno de la Sinagoga es Uno y Trino, y en esta Iglesia del Hombre-Dios Jesucristo se encuentran los bautizados en nombre de Cristo, los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los católicos; el dueño envía mensajeros para que cobren la renta a los viñadores, muchos de ellos maltratados y algunos asesinados: estos representan a todos los justos y profetas del Antiguo Testamento, muchos de los cuales fueron maltratados y algunos asesinados en su misión de anunciar la Llegada del Mesías; los viñadores que no son dueños de la vid, sino que la arrendan, representan a aquellos que se apoderaron de la Ley, de la Sinagoga y de la Religión del Dios verdadero, los fariseos, escribas y doctores de la ley: estos se comportan como si fueran los dueños de la vid sin serlo y cuando llega el Hijo del dueño, que es Nuestro Señor Jesucristo, el Mesías, se oponen con todas sus fuerzas a Jesucristo y como dice la parábola, “se apoderaron de Él y lo mataron”, porque eso es lo que hicieron, apresándolo de noche en el Huerto de los Olivos, juzgándolo en un juicio inicuo con testigos falsos y finalmente condenándolo a muerte en cruz solo por decir la verdad, solo por decir que Él es Quien dice Ser, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, cometiendo así el deicidio, la muerte del Hijo de Dios; el hijo del dueño de la vid que muere a manos de los viñadores homicidas es Jesús que muere en la cruz para redimir a los hombres y vencer a los tres grandes enemigos de la humanidad, la muerte, el pecado y el demonio, consiguiendo además para la humanidad el don de la gracia santificante que convierte a los hombres, de simples creaturas, en hijos adoptivos de Dios y en herederos del Reino de los cielos. Los fariseos, escribas y doctores de la ley se sienten directamente aludidos pero, en vez de reaccionar con humildad, se enfurecen contra Jesús y terminan de concretar los planes para matarlo a través de un juicio inicuo.

 

          “Había un hombre que arrendó su viña”. Todos los bautizados en la Iglesia Católica constituyen la Nueva Viña del Señor y quienes en ella son llamados a trabajar, somos los nuevos viñadores y el trabajo consiste en salvar almas mediante la conversión eucarística, la conversión a Jesucristo oculto en apariencia de pan. No seamos como los viñadores homicidas, quienes, haciéndose falsamente dueños de la iglesia, no matan físicamente a sus hermanos, pero sí espiritualmente y esto sucede cuando ocultamos el misterio más grande de la Iglesia Católica, la Presencia real, verdadera y substancial del Hijo de Dios en la Eucaristía. Trabajemos como lo que somos, arrendatarios, trabajadores asalariados y no dueños de la viña que es la Iglesia y procuremos, mediante el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que todos nuestros hermanos lleguen al conocimiento y amor del Hijo de Dueño de la Vid, Jesús Eucaristía, es decir, procuremos la conversión eucarística aquí en la tierra, para que luego tengamos una feliz eternidad en los cielos.

         Hay un elemento más en la parábola y son “los frutos” que el dueño de la vid espera recibir. ¿A qué se refieren estos frutos? Dios se compara a Sí mismo con un viñador que, llegado el tiempo de la vendimia, prueba las uvas de su viña, eligiendo las que parecen más sabrosas, para saber cómo ha sido la temporada; por el sabor de la uva, determina si estas son un buen fruto o no. Esto mismo hace Dios Padre con la Viña que es la Iglesia y con los racimos de uvas, los fieles, que están unidos a la Viña que es Cristo, Vid verdadera: se acerca, toma un grano de uva, que es el corazón del cristiano, y así como el dueño de la viña espera deleitarse con el sabor dulce de la uva, así Dios Padre espera deleitarse, al probar el corazón del cristiano, con el sabor dulce de la santidad del corazón dada por la gracia, manifestada en la caridad, en la misericordia, en el perdón, en la compasión y en toda clase de obras buenas. Y así como el dueño de la viña se alegra cuando los frutos son buenos, así Dios Padre se alegra cuando, probando los corazones de los cristianos, comprueba la dulzura de la gracia de su Hijo Jesús en ellos. Pero como así también el viñador, al comprobar que una uva está agriada, o acuosa, y ha perdido por completo el buen sabor, y enfadado la deshecha, así también Dios Padre, al probar el corazón del hombre que vive un cristianismo relajado en su fe y en su moral, que vive más para el mundo que para Dios, que se postra ante los ídolos del mundo y no ante la Eucaristía, que tiene en su corazón maldad, envidia, avaricia, soberbia, pereza, gula, y toda clase de cosas malas, se disgusta con este corazón y no lo aprecia como bueno.

“(…) el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos”. El Reino de Dios en la tierra, su germen, la Iglesia Católica, nos fue entregado a los bautizados, para que demos buenos frutos, frutos de santidad, de oración, de misericordia, de caridad, de perdón, de justicia, de paz, de amor cristiano y sobrenatural. Estemos vigilantes, porque si nuestros corazones son juzgados faltos de la dulzura de la gracia de Cristo, seremos dejados de lado de parte del Dueño de la Viña, Dios Padre, y nos sucederá lo peor que le puede pasar a una persona en esta vida, y es ser dejado de lado por Dios, abandonado a su propio yo egoísta y pecador.