(Domingo V - TP - Ciclo A -
2026)
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn
14, 1-12). Jesús dice de Sí mismo que es “Camino, Verdad y Vida”, pero, ¿qué
significa, de modo más concreto, espiritual y sobrenatural, esta expresión? En
el contexto de los días en los que vivimos, en los que la Verdad se presenta
como relativa y no absoluta; en los que cada uno puede creer en lo que quiere y
cuando quiere; en un mundo en el que se sostiene falsamente que “todas las
religiones conducen a Dios”; en un mundo en donde la secta que es la religión
del Anticristo, la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario afirma que
cualquier camino es válido para llegar a Dios, que toda verdad es válida y
ninguna tiene primacía sobre otra, en donde el mundo secular ha creado la
cultura de la muerte, las palabras de Jesús, de que Él es “Camino, Verdad y
Vida”, se oponen a todo el caos religioso y político que el Anticristo está
construyendo en la sociedad humana.
Ante todo, debemos interpretar las palabras de Jesús en
un sentido espiritual y sobrenatural y en un sentido absoluto, afirmando con
nuestra fe católica que Jesús es el Único Salvador del mundo. Con estas
premisas, analizamos brevemente la frase de Jesús “Yo Soy el Camino, la Verdad
y la Vida”.
Que Jesús sea el “Camino” significa, en un sentido
espiritual y sobrenatural, que Jesucristo es el Único Camino que conduce al Cielo;
Él es el Único Camino y no hay otro en el mundo, que conduce a la salvación;
que Jesús sea la “Verdad” significa que Él, en cuanto Verdad Increada, en
cuanto Sabiduría Increada, es Quien revela cómo es Dios en su naturaleza íntima;
Él nos revela a Dios como Uno en naturaleza y Trino en Personas; que Jesucristo
sea la “Vida”, significa que Él es la Vida Increada y Creador de toda vida
participada y creatural, de cuyo sostén en el ser a cada segundo necesitan los
seres creados para vivir. Por otra parte, cuando Jesús dice que Él es el
“Camino, la Verdad y la Vida”, por un lado revela a la Trinidad, porque dice
que Él es Dios Hijo, que conduce a Dios Padre en el Amor de Dios, el Espíritu
Santo, pero por otra parte también nos revela cuál es el sentido primero,
último y único de nuestra vida terrena y es el de ser conducidos a su Reino
celestial al finalizar la misma, ya que esto es lo que significa: “Nadie va al
Padre sino es por Mí”.
Esta verdad trascendental, la de tener como destino
final supraterrenal el seno del Eterno Padre, es una verdad de fe enseñada por
el Catecismo de la Iglesia Católica[1]:
“¡Oh Trinidad, luz bienaventurada y unidad esencia!”. Dios es eterna beatitud,
vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios
quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada” –y la quiere
comunicar a nosotros, sus creaturas, luego de concedernos la gracia de la
filiación-. Continúa el Catecismo: “Tal es el “designio benevolente” (Ef 1, 9) que concibió antes de la
creación del mundo en su Hijo amado, “predestinándonos a la adopción filial en
él” (Ef 1, 4-5), es decir, “a
reproducir la imagen de su Hijo” (Rm
8, 29) gracias al “Espíritu de adopción filial” (Rm 8,15). El Catecismo nos dice que el “designio de Dios” para
todos y cada uno de nosotros, y que determina el sentido de nuestra existencia
terrena y la creación de nuestro ser, es el “predestinarnos a ser hijos suyos,
recibiendo el Espíritu Santo para así reproducir la imagen de su Hijo”. En
otras palabras, el Catecismo nos dice que Dios nos ha creado para donarnos el
Espíritu Santo, que nos convierte en hijos adoptivos suyos y en imágenes
vivientes de Dios Hijo, con lo cual, el sentido de haber sido creados no es
otro que el alcanzar la vida eterna -esto es, “ir al Padre”-, en Cristo Jesús.
Y que el sentido y fin último de nuestra vida en la tierra sea “ir al Padre”
por Jesucristo, en el Espíritu Santo, es algo que también nos lo enseña
explícitamente el Catecismo: “El fin último de toda la economía divina es la
entrada de las criaturas divinas en la unidad perfecta de la Bienaventurada
Trinidad (Jn 17, 21-23)”[2].
Nuestro fin último es la “unidad perfecta” con la Trinidad de Personas en Dios,
lo cual sólo lo conseguimos si, recibiendo el Espíritu Santo y siendo adoptados
como hijos de Dios, somos conducidos al Padre por Cristo, Camino, Verdad y
Vida.
El Catecismo nos enseña también que es verdad que
tenemos por destino trascendental, más allá de la vida terrena, el unirnos, en
comunión de vida y amor, con la Santísima Trinidad en el Reino de los cielos,
pero también es verdad que esa vida podemos vivirla ya en anticipo, en cierta
medida y a través de la gracia santificante que nos otorgan los sacramentos,
gozando de esta manera de un modo anticipado de es comunión de vida y amor con
la Trinidad y esto se da por lo que se llama “inhabitación trinitaria” en el
alma de quien está en gracia. Continúa así el Catecismo: “Pero desde ahora
somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: “Si alguno me ama
-dice el Señor- guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y
haremos morada en él” (Jn 14,23)”[3].
Entonces, nuestro destino final trascendental es el de unirnos a la Trinidad en
el Reino de los cielos, pero mediante la doctrina de la inhabitación trinitaria
en el alma del justo, del que vive en gracia, esa unidad se vive ya como
anticipo y como participación por medio de la gracia, debido a que las Tres
Divinas Personas se hacen Presentes, con su Ser divino trinitario, en el alma
en gracia, anticipando así la contemplación beatífica en el Reino de los
cielos. Esto es lo que Jesús quiere decir cuando dice: “Si alguno me ama -dice
el Señor- guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos
morada en él” (Jn 14,23)”. La Beata
Isabel de la Trinidad, quien en su vida terrena tuvo la gracia de experimentar
esta Presencia trinitaria en su alma, como anticipo de la contemplación en la
bienaventuranza de Dios Uno y Trino, dice así: “¡Oh Dios mío, Trinidad a quien
adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí misma para establecerme en ti,
inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda
turbar mi paz , ni hacerme salir de ti, mi Inmutable, sino que cada minuto me
lleve más lejos en la profundidad de tu misterio! Pacifica mi alma. Haz de ella
tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo
en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en
adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora”. La Beata llama al alma
en gracia, objeto de la inhabitación trinitaria, “morada amada” y “lugar de
reposo” de las Tres Divinas Personas, y esto solo puede ser logrado por
Jesucristo, ya que esto es lo que Él quiere significar cuando dice: “Yo soy el
Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”.
Algo importante que debemos determinar es lo siguiente:
si Jesucristo es el Único Camino que nos conduce al Padre, en el Amor del
Espíritu Santo y si solo por Él es posible que la Trinidad inhabite en el alma
en la vida terrena, como anticipo de la felicidad eterna, como nos enseña el
Catecismo, ¿de cuál Jesucristo se trata? La pregunta es válida porque a lo
largo de la historia han surgido miles de cristos, que han fundado iglesias y
sectas y, valiéndose del Evangelio, han dicho lo mismo que Jesucristo, aplicándose
a sí mismos sus palabras, de manera directa o indirecta. Incluso algunos, como
recientemente una secta centroamericana llamada “Creciendo en gracia”, que
afirmaba ser “el cristo”, y como este, cientos y miles de igual modo. Debemos
preguntarnos como católicos cuál de todos estos cristos es el verdadero y si el
Cristo de la Iglesia Católica es el mismo cristo de cualquier secta. La
respuesta es que el Único Cristo verdadero es el de la Iglesia Católica, Aquel
que está Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía; El
Único y Verdadero Cristo es el que sufrió la Pasión, Murió en la Cruz, Resucitó
y subió a los cielos, y además de estar sentado a la diestra del Padre, está
también, con su mismo Cuerpo glorioso y resucitado, lleno de la vida y de la
luz divina, en el sagrario, en la Eucaristía. El Único Cristo verdadero es el
que alimenta nuestras almas con la substancia de su divinidad, al donarse a sí
mismo como Pan Vivo bajado del cielo, como Pan de Vida eterna, como Maná
verdadero venido del cielo. El Único Cristo verdadero es el que nos dona su
vida divina trinitaria cada vez que comulgamos en gracia, con fe, piedad y
amor; es el que nos ilumina con la Luz de su Gloria, ya que Él es la “Lámpara
de la Jerusalén celestial”. El Único Cristo verdadero es el que prometió que su
Iglesia no habría de perecer frente a las puertas del Infierno, ya que Él mismo
la asiste enviando el Espíritu Santo, que con su luz divina disipa las
tinieblas de los errores, las herejías, los cismas y ahuyenta a las tinieblas
vivientes del Infierno, los ángeles caídos. El Único Cristo verdadero es Aquel
al que la Iglesia Católica lo llama, en su Credo, “Luz de Luz y Dios verdadero
de Dios verdadero”. El Único Cristo verdadero es el que se encarnó por obra del
Espíritu Santo en el seno de María Virgen y, luego de nueve meses en el seno de
María, recibiendo nutrientes y siendo revestido con un Cuerpo humano, fue dado
a luz por María en Belén, Casa de Pan, para que los hombres fueran alimentados
con el Pan Vivo bajado del cielo, el Cuerpo Sacramentado del Cordero de Dios.
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Nadie va al Padre, sino por mí”. El Único Cristo verdadero es el que confiesa
la Iglesia Católica, como único Camino al Padre, porque siendo Dios Hijo,
consubstancial al Padre, de igual honor, majestad y poder, proviene eternamente
del Padre y conduce al Padre a los hijos adoptivos de Dios, los hombres nacidos
a la vida de la gracia por medio del Bautismo sacramental. Éste es el Único
Cristo verdadero, Camino, Verdad y Vida, el de la Iglesia Católica, Presente en
Persona en la Eucaristía, que está en la cruz y que por la cruz nos lleva al
Padre y es el Único que nos conduce al Padre, por la Santa Cruz en el Amor del
Espíritu Santo. Cualquier otro que no sea este Cristo, no pertenece a Dios y es
un anti-cristo.



