sábado, 21 de marzo de 2026

Viernes Santo de la Pasión del Señor

 



(Ciclo A - 2026)

         Desde el punto de vista humano, el Viernes Santo representa la finalización exitosa de todo lo que los enemigos de Jesús, los judíos y los romanos, habían tramado: detenerlo, enjuiciarlo, acusarlo falsamente, condenarlo a muerte y asesinar a Jesucristo en la cruz.

         Visto humanamente y desde la apariencia, el Viernes Santo es el culmen del triunfo del Infierno sobre Dios y su Mesías, porque la Serpiente Antigua consiguió el objetivo, mediante la instigación de la mentira y el odio satánico contra Cristo, de lograr que los hombres crucificaran al Cordero de Dios.

         También el Viernes Santo es el momento en el que la Iglesia Militante, la Iglesia que en la tierra lucha contra las tinieblas, se presenta en su máxima debilidad, porque luego de haber nacido con la institución del sacerdocio ministerial y de la Eucaristía en la Última Cena ahora ve, a pocas horas de haber sido fundada, cómo su Fundador, Jesucristo, muere crucificado y derramando su Sangre en la cruz, al tiempo que la casi totalidad de sus miembros -con la excepción de la Virgen de los Dolores- huyen de la cruz, dejando a Jesús solo y abandonado en patíbulo del Monte Calvario.

         También para toda la humanidad el Viernes Santo representa el día más oscuro de toda la historia de la humanidad -el Evangelio dice que las tinieblas cubrieron el cielo cuando Jesús murió- porque con la muerte de Jesús de Nazareth, el profeta “poderoso en obras”, que había dicho de sí mismo que era “luz del mundo”, “Camino, Verdad y Vida”, “Puerta de las ovejas”, “Pan de Vida eterna”, y “Dios con nosotros”, entonces, si Él ha muerto, entonces los hombres ya no tendrán quién les obre signos y prodigios maravillosos; si la luz ha sido apagada, vivirán en tinieblas; no sabrán cuál es el Camino al cielo, ni dónde está la Verdad, ni Quién da la Vida eterna; tampoco tendrán el maravilloso Maná bajado del cielo, que da la Vida eterna a quien lo recibe con fe, con piedad y con amor y lo peor de todo, se quedarán sin Dios, porque Dios ya no estará entre los hombres. Con la muerte de Jesús, Luz Eterna, las tinieblas cubren el mundo, pero no las tinieblas cosmológicas, sino las tinieblas vivientes, las tinieblas que habitan en el Infierno y que ahora ven libre su salida a la tierra, los ángeles caídos, los demonios.

         Para la Virgen, la Madre de Dios, el Viernes Santo representa el momento de máximo dolor, es el momento en el que la Virgen recibe el título de “Madre de los dolores”, porque todo el dolor del mundo, todo el dolor del Corazón de su Hijo, oprime a su Inmaculado Corazón, atravesándolo con el filo de acero de siete espadas, cumpliéndose en este momento la profecía de Simeón: “Y a Ti, una espada de dolor te atravesará el corazón”. Es el día más negro y triste para la Virgen, porque el ver a su Hijo muerto en la cruz, representa el Dolor de los dolores, el Dolor en el que están contenidos todos los dolores.

Para la Iglesia naciente y para la humanidad toda, el Viernes Santo es el día de luto, de duelo, de tristeza, de amargura, de llanto, de pena, de aflicción, de abundantes lágrimas, de dolor, de desconsuelo, porque el Rey pacífico, el Redentor, el Salvador de los hombres, el Mesías, ha muerto en la Cruz, y por eso, para la Iglesia y para la humanidad, se le aplica este pasaje del libro de las Lamentaciones: “Jerusalén, levántate y despójate de tus vestidos de gloria; vístete de luto y de aflicción. Porque en ti ha sido ajusticiado el Salvador de Israel. Derrama torrentes de lágrimas, de día y de noche; que no descansen tus ojos” (2, 18).

La Iglesia quiere significar exteriormente, por signos litúrgicos, la inmensidad de la tristeza de este día, y la tragedia que para Ella significa, y lo hace ocultando con velos morados, símbolo de penitencia, las imágenes sagradas, para significar que el pecado, nacido del corazón del hombre, posee una fuerza destructora enorme, capaz de romper la comunión del hombre con Dios; el otro elemento con el cual la Iglesia expresa su dolor y luto, es la suspensión del Santo Sacrificio del altar: el Viernes Santo es el único día en el que no se celebra la Santa Misa, renovación sacramental del Sacrificio de la Cruz, en señal del triunfo de las tinieblas del infierno que han logrado, en complicidad con la malicia del corazón humano, dar muerte al Redentor. La postración que hace el sacerdote ministerial, delante del altar vacío, y el hecho de no celebrar la Santa Misa, son expresiones litúrgicas de la participación real, por el misterio de la liturgia, al Viernes Santo de hace dos mil años, en el que moría Cristo en la Cruz.

El sacerdote ministerial se echa por tierra en señal de luto y dolor por la muerte del Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo, porque Él es el fundamento del sacerdocio ministerial, y si Él ha muerto, entonces el sacerdocio y los sacerdotes han sido derrotados y eso se significa con la postración.

Si para la Iglesia y sus hijos el Viernes Santo es Día de luto y de dolor, para el mundo, por el contrario, es día de jolgorio, de solaz y de risas, porque es el día del aparente triunfo de su príncipe, el Príncipe de las tinieblas, y por eso es que el mundo convierte a la Semana Santa en semana de vacaciones y de turismo.  

Pero en medio de tantos dolores, en medio de tanta desolación, hay un signo de esperanza, que anuncia el triunfo venidero, así como la Estrella de la mañana anuncia el fin de la noche y la llegada del sol y del nuevo día, y ese signo de esperanza es María Santísima al pie de la Cruz.

Cristo, su Hijo, el Redentor, ha muerto, pero Ella, la Co-Redentora, sigue viva, y habrá de ser, según la Tradición, la Primera a la cual se le aparecerá Jesús resucitado; la Virgen será la Primera en ser testigo del triunfo victorioso de su Hijo Jesús sobre la muerte, el infierno y el pecado, y Ella lo sabe, y por eso, en su dolor inmenso, no hay ni la más mínima sombra de desesperación, sino serenidad, fe, confianza, y alegría, alegría que será desbordante el Domingo de Resurrección.


viernes, 20 de marzo de 2026

Jueves Santo de la Cena del Señor

 


Judas, el traidor

(Ciclo A – 2026)

         “Este es mi Cuerpo (…) Esta es mi Sangre (…) Haced esto en memoria mí” (Jn 13, 1-15). Jesús, en la Última Cena, sabe que está próxima “su hora”, la hora en la que habrá de pasar de este mundo al Padre. Es la Hora de la Pasión y de la muerte en Cruz, y si bien es una hora muy dolorosa, es una hora también de triunfo y de luz, porque por la muerte de Cruz volverá al cielo, regresará a la Casa del Padre, de donde había venido. Él había dicho de Sí mismo “Yo Soy la Puerta” y ahora, en la Cruz, la Puerta que es el Sagrado Corazón de Jesús se abrirá, cuando el soldado dé el lanzazo, en dos sentidos: la Puerta se abrirá para dar paso de la tierra al cielo, porque desde la Cruz de Jesús se llega a la luz; la Puerta se abrirá desde el cielo a la tierra, porque Jesús, al abrir la Puerta del cielo, que es su Sagrado Corazón, hace llegar a los hombres lo que hay en el cielo: el perdón, la Misericordia, el Amor, la luz, la paz, la alegría de Dios.

         En la Última Cena Jesús inicia el camino que lo conducirá a subir a la Cruz para que la Puerta del Cielo, que desde Adán y Eva estaba cerrada para todos los hombres, ahora, por la lanza que atraviesa su Sagrado Corazón, quede abierta para siempre.

         Jesús había dicho: “Yo Soy la Puerta de las ovejas”, y ahora Él, que es el Supremo y Eterno Pastor, sube al cielo para abrir esa puerta, para que las ovejas de su rebaño, los hombres, puedan pasar y llegar al cielo, y esa Puerta abierta al cielo es su Sagrado Corazón traspasado. Cuando el soldado romano atraviese su Corazón con la lanza, quedará abierta.

         Pero ahora, en el Jueves Santo, ¿qué es lo que hace Jesús en la Última Cena? Hace dos cosas que demuestran la inmensidad de su Amor por nosotros; hace dos cosas que demuestran que, desde hace XXI siglos, estaba pensando en cada uno de nosotros, porque lo que hace crear dos sacramentos, por medio de los cuales Él, a pesar de pasar de esta vida a la otra, a pesar de ya no estar más visiblemente entre nosotros, continuará, por medio de estos dos sacramentos, estando presentes en medio nuestro, confirmando así que es el “Emanuel”, el Dios entre nosotros. Instituye dos sacramentos, a través de los cuales Él perpetuará su Presencia Persona, permaneciendo en los sagrarios con su Cuerpo glorioso y resucitado en la Eucaristía, con el mismo Cuerpo glorioso y resucitado con el cual Él reina en el cielo junto al Padre. Estos dos sacramentos que Él instituye en la Última Cena son, por un lado, el sacerdocio ministerial, ordenando sacerdotes y obispos a sus discípulos, incluido Judas Iscariote, el traidor y reservado exclusivamente a los varones y no a las mujeres (de ahí que sea absolutamente innecesaria la presencia de mujeres en el altar). El otro sacramento que Jesús instituye en la Última Cena y que está íntimamente ligado al sacramento del ministerio sacerdotal, es el de la Eucaristía, el Sacramento por excelencia, por el cual permanecerá en nuestros sagrarios con su Cuerpo glorioso y resucitado, oculto bajo las apariencias de pan. En la Última Cena, además, oficia la Primera Misa de la historia en el momento en el que Él, con su poder divino, pronuncia las palabras de la consagración sobre el pan primero y el vino después, diciendo: “Tomen y coman, esto es mi Cuerpo, tomen y beban, esta es mi Sangre”. En ese mismo momento, por el poder divino del Hombre-Dios Jesús, se produce el Milagro de los milagros, el milagro que supera a la Creación del Universo visible e invisible; en es momento, por las palabras de Jesús en la Última Cena, se produce la conversión de la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Jesús y la substancia del vino se convierte en su Sangre. Se convierten en Cuerpo y Sangre, pero no sin vida sino que, por natural concomitancia, tanto el Cuerpo como la Sangre están unidos cada uno al Alma de Jesús y el Alma, a su vez, por la unión hipostática producida en la Encarnación, está unida a la Segunda Persona de la Trinidad. Entonces, en la Última Cena, confecciona por primera vez el Sacramento de la Eucaristía, compuesto por su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y manda a su Iglesia a que repita esta acción suya “hasta que Él vuelva” y para que la Iglesia pueda renovar este sagrado milagro, instituye el ministerio sacerdotal, el sacerdocio ministerial, sin el cual no se puede confeccionar la Eucaristía. Meditemos en estos hechos, porque nos dan cuenta de la inmensidad del Amor de Jesús y, como dijimos, de cómo Jesús estaba pensando en nosotros, cristianos del siglo XXI, y para que nosotros, alejados en el tiempo y en el espacio, seamos capaces de unirnos a Él, por medio de la Sagrada Comunión de Sagrado Corazón Eucarístico. Por la institución del sacerdocio ministerial y de la Eucaristía, la Esposa Mística de Jesús, la Iglesia Católica, realiza substancialmente en cada Santa Misa lo mismo que Jesús hizo en la Última Cena: en cada Santa Misa, se renueva y actualiza lo actuado por Jesús, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús porque quien pronuncia las palabras de la consagración es en realidad Jesús, a través de la voz del sacerdote ministerial; el sacerdote es solo un canal, por así decir, del Supremo y Eterno Sacerdote Jesús; lo único que hace el sacerdote es prestar, es una forma de decir, su voz, para que a través de su débil voz humana, obre el poder divino de Jesús que es el que realmente convierte el pan en el Cuerpo de Jesús y el vino en la Sangre de Jesús.

         Sin embargo, a pesar del Amor infinito demostrado por el Hombre-Dios en la Última Cena, dejando su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía para quedarse “todos los días” entre nosotros “hasta que Él vuelva”, en la Última Cena y representando a la larga serie de sacerdotes, religiosos, clérigos y religiosos consagrados que a lo largo de la historia traicionarán a Jesús entregándose a Satanás, ya en el Última Cena, en el seno mismo de la Iglesia Naciente, hay alguien quien, prefiriendo escuchar el duro y metálico tintinear de las monedas de plata, antes que escuchar los dulces latidos del Sagrado Corazón, traicionando a Jesús, entregándolo a sus enemigos y vendiéndolo por treinta monedas de plata. Es el traidor Judas Iscariote, quien ya había sido ordenado sacerdote y obispo por el mismo Jesucristo en Persona y aun así, lo traiciona. Pero esta traición tiene su precio; quien no quiere comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo para recibir el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, el Espíritu Santo, termina siendo dominado por sus pasiones y comulgando con el Demonio, quien poseyendo su cuerpo y su alma, toma posesión de todo su ser y su voluntad, precipitándolo en el Infierno. El Evangelio describe a la perfección la posesión demoníaca de Judas Iscariote: “Cuando Judas tomó el bocado, Satanás entró en él (Judas) salió (del cenáculo) Afuera reinaban las tinieblas”. Es lo que le sucede a todo aquel a quien no ama a Cristo Eucaristía, no solo termina siendo dominado por sus pasiones, representadas en el bocado que toma Judas, sino que luego es poseído por el demonio, también como Judas y si no cambia, si no se convierte, es introduce para siempre en las tinieblas eternas, el Infierno. Esto es así porque no hay término intermedio: o se está en el seno del Cenáculo, en el interior del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, o se sale de Él, ingresando en las tinieblas vivientes, también como le sucede a Judas Iscariote. En la Última Cena, hay dos Apóstoles, con dos destinos distintos: Judas Iscariote, el traidor, que terminó poseído por el demonio porque prefirió escuchar el duro tintineo metálico de las monedas de plata, y Juan Evangelista, que reina en los cielos por la eternidad con Cristo, porque reposó su cabeza en el pecho de Jesús, para escuchar los dulces latidos del Sagrado Corazón de Jesús. En nosotros está cuál de los dos tipos de Apóstoles queremos ser.

 

 

 


jueves, 19 de marzo de 2026

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

 



(Ciclo A – 2026)

         “Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar” (Mt 26,14-75.27.1-66). En el llamado “Domingo de Ramos”, Jesús, Rey de reyes y Señor de señores, ingresa en Jerusalén montado no en un caballo blanco y rodeado de discípulos guerreros: siendo Él Dios encarnado, Creador y Dueño del Universo, ingresa humildemente montado en un manso burrito. Al paso de Jesús, todos los habitantes de Jerusalén, sin excepción, niños, adultos, ancianos, ricos y pobres, salen al encuentro de Jesús y con mucha algarabía, con gran alegría y mucho gozo, cantando hosannas y aleluyas a Jesús, le tienden mantos a su paso a modo de alfombra, saludándolo con palmas, reconociendo a Jesús como al Mesías enviado por Dios para salvar a la humanidad. Los habitantes de Jerusalén, todos, sin excepción, desde el recién nacido hasta el más anciano, habían recibido innumerables milagros de parte de Jesús y es el Espíritu Santo quien les recuerda estos milagros, es el Espíritu Santo quien con su luz divina les trae a la memoria todo lo que Jesús hizo por ellos y por esta razón los habitantes de Jerusalén lo reconocen como al Mesías, lo saludan con palmas, tienden mantos a sus pies, le cantan alabanzas, le abren las puertas de Jerusalén, dándole gracias por sus innumerables milagros. Los habitantes de Jerusalén, en el Domingo de Ramos, reconocen que Jesús es su Salvador, es su Mesías, que ha obrado para ellos milagros, prodigios, maravillas para todos y por eso la alegría y el regocijo.

         Sin embargo, no pasarán muchos días para que esta misma multitud, estos mismos habitantes de Jerusalén, que el Domingo de Ramos reciben a Jesús con alegría y gozo indescriptibles, pasen al odio y a la blasfemia y a la negación de Jesús como al Mesías. Los mismos habitantes de Jerusalén, expulsando al Espíritu Santo de sus corazones, cubriendo así de oscuridad y de tinieblas sus mentes y corazones, olvidando por completo los milagros que Jesús hizo por ellos y al mismo tiempo convirtiendo en sus corazones, la alegría en odio; el deseo de ver y abrazar a Jesús, en deseos de matarlo crucificado; las canciones de alabanza y los hosannas y aleluyas al Mesías serán reemplazados por insultos, blasfemias, maldiciones; las palmas del Domingo de Ramos, con las que honraban al Mesías, se convertirán el Viernes Santo en puntapiés, en golpes de puños, en trompadas, en bofetadas, que cubrirán sin piedad todo el Cuerpo Santo del Señor Jesús; el reconocimiento, la veneración y la alabanza, serán reemplazados por la impiedad, la blasfemia y la burla sacrílega; el Viernes Santo, las puertas de Jerusalén, que el Domingo se habían abierto de par en par para recibir a Jesús como al Mesías, ahora también se abren, de par en par, pero para expulsar al Cordero Tres veces Santo de Dios de su seno, mancillando así la Ciudad Santa su nombre y cubriéndose la Ciudad de siniestras tinieblas vivientes, porque expulsó a Aquel que es la Luz Eterna de Dios y sin Jesús, Luz Eterna, solo hay tinieblas, pero no las tinieblas cosmológicas, sino las tinieblas vivas, las tinieblas que habitan en el Infierno y que ahora salen del Infierno para habitar en Jerusalén. La que era Ciudad Santa, porque albergaba en su seno al Dios Tres veces Santo, ahora, al haber expulsado a Jesús, es refugio y morada de demonios. Todos los habitantes de Jerusalén muestran en sus rostros el odio feroz que anida en sus corazones: si en el Domingo de Ramos reflejaban alegría y gozo desbordantes, ahora expresan tanto odio que parecen demonios humanos y no seres humanos, tal es la ferocidad y la maldad con la que insultan y golpean al Salvador de los hombres.

         Este contraste tan marcado, entre la alegría y el gozo del Domingo de Ramos y el odio preternatural y satánico del Viernes Santo entre los habitantes de Jerusalén se explica por el llamado “misterio de iniquidad”, que es el misterio del pecado que anida en lo más profundo del corazón del hombre y que sin la gracia santificante de Jesucristo, convierte al hombre en partícipe de la malicia satánica y en cómplice y aliado del hombre con el Ángel caído, Satanás. Ahora bien, estos hechos, sucedidos realmente en la historia, en el Domingo de Ramos y en el Viernes Santo, son prefiguración de lo que sucede en el alma del hombre cuando está en gracia -en el Domingo de Ramos, Jesús entra en Jerusalén, entra en el alma- y cuando está en pecado -en el Viernes Santo, Jesús es expulsado de Jerusalén, significa la expulsión de Jesús del alma por medio del pecado mortal-.

         La prefiguración se entiende de esta manera: Jerusalén, la Ciudad Santa, en el Domingo de Ramos, prefigura al alma humana, creada por Dios a su imagen y semejanza y destinada a ser la morada de la divinidad, que recibe a su Salvador, Jesús, por medio de la gracia santificante que otorgan los sacramentos. El alma humana, en estado de gracia santificante, sin pecado, está representada y prefigurada por la Ciudad Santa, por Jerusalén, que el Domingo de Ramos abre sus puertas con alegría para recibir a su Salvador, a su Redentor, Jesucristo, agradeciéndole, con la luz y la memoria que le brinda el Espíritu Santo, todo lo que Jesús ha hecho por ella, todos los milagros, comenzando por la gracia del Bautismo Sacramental que la convirtió en hija adoptiva de Dios; el alma en estado de gracia abre su corazón para el ingreso de Jesús, así como Jerusalén abrió sus puertas para que ingrese el Domingo de Ramos y lo entroniza en su corazón, adorándolo como a su Rey, su Dios y su Señor.

         La otra prefiguración es la del Viernes Santo, diametralmente opuesta a la del Domingo de Ramos: en el Viernes Santo la misma Ciudad Santa, después de un juicio inicuo y de una injusta condena a muerte, le carga a Jesús una cruz sobre sus espaldas, lo corona de espinas y cubriéndolo de latigazos, golpes, insultos y escupitajos, lo expulsa de sí misma. Es la representación y figura del alma que, por el pecado mortal, ya no reconoce más a Jesús como a su Dios y Señor, lo baja del trono de su corazón y lo expulsa de su corazón y de su alma, quedando inmersa en tinieblas. Le pasa entonces al alma lo que a la Ciudad Santa: al expulsar de su seno al Dios Tres veces Santo, deja de ser Ciudad Santa, para ser Ciudad desolada, sin la santidad de Dios, que es la Santidad Increada en Sí misma y puesto que Jesús es Dios y siendo Dios es Luz, Amor y Paz, el alma sin Jesús queda a oscuras, sin el calor del Divino Amor y sin la paz de Dios, la única paz que puede serenar el alma humana. Pero hay algo más siniestro todavía y es que el alma, expulsando a Jesús de su corazón, no solo queda envuelta en las tinieblas de su propio pecado, sino que se hace refugio de tinieblas vivientes, de demonios, porque no hay términos medios: o el corazón del hombre es trono y sagrario de Dios Trino por la gracia, o su corazón es refugio de la Serpiente Antigua.

“Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar”. Tanto la escena del Domingo de Ramos como la del Viernes Santo fueron hechos reales, sucedidos en el tiempo y en la historia, y son al mismo tiempo representación y prefiguración de dos estados posibles del alma: la vida de la gracia santificante y la vida del pecado. Depende de nosotros, de nuestra libertad, de nuestro libre albedrío, el convertirnos en cualquiera de las dos: en la Ciudad Santa del Domingo de Ramos, que llena de la gracia de Dios abre sus puertas para dejar entrar a Jesucristo y adorarlo en su corazón, reconociéndolo en la Eucaristía como a su Rey y Señor, o en la Jerusalén del Viernes Santo, el alma en pecado, que ha rechazado a su Dios y lo ha expulsado de su corazón, convirtiéndose en refugio de demonios. Que la Madre de Dios interceda para que nuestras almas sean siempre como la Ciudad Santa del Domingo de Ramos, que adora y bendice y reconoce a Cristo como a su Dios y Salvador.

 


miércoles, 18 de marzo de 2026

“Esta enfermedad es para la gloria de Dios”

 



(Domingo V - TC - Ciclo A – 2026)

         “Esta enfermedad es para la gloria de Dios” (Jn 11, 1-45). En esta escena del evangelio, Jesús nos hace ver que cuando el dolor y el sufrimiento pasan por su cruz, se convierten en gozo y alegría; nos hace ver que después del dolor de la cruz, cuando el dolor de la cruz se lo comparte con Él, viene la alegría festiva de la resurrección. Por la cruz de Cristo viene la alegría de Dios y sin la cruz ninguna alegría tiene sentido; sin la cruz, ninguna alegría es buena ni sana ni santa. Esto es lo que nos enseñan en el Evangelio Lázaro y sus hermanas, quienes pasan por la terrible prueba del dolor, de la enfermedad, de la desolación de la muerte, pero luego interviene Jesucristo, que es Divina Misericordia encarnada y es Él quien cambia el dolor, la enfermedad y la muerte por alegría y vida.

 

“Esta enfermedad es para la gloria de Dios”. Las palabras de Cristo se oponen radicalmente al pensamiento del mundo sin Dios, que ha creado la cultura de la muerte[1]; para el mundo ateo y materialista, la enfermedad y el dolor son algo intolerable, inútil, sin sentido, incomprensible; e incluso como una maldición o un castigo de Dios. Según esta mentalidad contemporánea, atea, creadora de la cultura de la muerte, el sufrimiento no tiene sentido y por eso hay que suprimirlo y si no se puede suprimir el sufrimiento, se debe suprimir al portador del sufrimiento, que es el hombre y esa es la raíz del pensamiento eutanásico y del pensamiento abortista. Se puede entender que el mundo rechace la enfermedad y el dolor, porque rechaza la cruz, y la enfermedad y el dolor, sin la cruz, se vuelven insoportables. El mundo no comprende y rechaza el sufrimiento, porque en el fondo no comprende y rechaza el misterio de la cruz. La visión cristiana es diametralmente opuesta a la del mundo sin Dios: para el cristianismo, cuando la enfermedad y el dolor se unen a Jesucristo, se ofrecen a Jesucristo en la cruz por manos de la Virgen, esa misma enfermedad y ese mismo dolor se convierten, por obra del Espíritu de Dios, en bendición divina y ocasión de la manifestación de la gloria de Dios. La enfermedad, el dolor, la muerte, todo aquello que aparece como fracaso humano, son ocasión de manifestación de la gloria de Dios, pero no por sí mismos, sino porque media la cruz de Cristo, porque están unidos a la cruz de Cristo, porque en la cruz de Cristo la nada de la humanidad se glorifica con la gloria Dios. La gloria de Dios se nos manifiesta en la cruz.

El episodio de Lázaro, en el que se combinan la tribulación de la enfermedad, el dolor y la muerte, sumado a la tardanza deliberada del amigo de los hermanos, Jesús -que es el delicado reproche que Marta le hace a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”-, no se entiende ni se comprende por sí mismo; debe ser considerado partiendo desde la vista de Jesucristo como Dios Hijo encarnado, como el Verbo de Dios hecho hombre, como el Hombre-Dios, como al Hijo eterno del Padre, encarnado y muerto en la cruz para hacer de nosotros miembros de su Cuerpo animados por su Espíritu. Todo el episodio de Lázaro, su enfermedad, su dolor, su muerte y luego su regreso a la vida, no puede comprenderse si no es visto a la luz de la Pasión de Jesucristo, que en cuanto Hombre-Dios es el Nuevo y Definitivo Adán, es la Cabeza de la nueva humanidad, la humanidad de los hijos de Dios, la humanidad que nace a la luz de la cruz, la humanidad que nace por la luz de la gracia. Esto es real y no figurado ni simbólico, porque todo lo que se realizó en la Cabeza, debe realizarse en los miembros del Cuerpo[2]: así como la Cabeza, que es Cristo, pasó por la cruz, así los miembros del Cuerpo, los bautizados, nosotros, debemos pasar por la cruz: esta es la razón por la que Lázaro y sus hermanas pasan por la cruz de la enfermedad, del dolor y de la muerte, porque participan, anticipadamente, de la cruz de Cristo, para participar luego de su resurrección. Esto sucede con todos los hombres de todos los hombres de todos los tiempos; a lo largo de la historia humana, Jesús va uniendo en su Espíritu a los elegidos del Padre, como Lázaro; pero los elegidos, como son incorporados a Él y hecho parte suya real de su Cuerpo Místico, deben experimentar en sí mismos lo que experimentó el Señor[3] y el Señor resucitó, lleno de gloria, pero antes de la resurrección, llevó la cruz y padeció la Pasión y el Calvario. Cada cristiano, por ser cristiano, debe unirse y participar de la Pasión y de la cruz de Jesús, para así luego unirse y participar de la resurrección de Jesús. El medio que se nos da a nosotros, católicos del siglo XXI, separados por más de dos mil años del hecho histórico de la cruz, para participar de su Pasión y de su cruz es la fe, por la cual ofrecemos como hijos de Dios nuestras tribulaciones a la Gran Tribulación de la cruz, y la participación activa, espiritual, interior, por la fe, en los misterios de Jesús, el principal de todos, la Santa Misa, que es la renovación, presencia y actualización del sacrificio del Calvario. En el signo de los tiempos, Jesús, que con su Pasión y Resurrección realizó la redención, continúa su acción redentora, pero quiere que esa acción redentora sean accesibles a aquellos a quienes Él ha predestinado para la eterna salvación. Para que esto sea posible, es decir, para que quienes vivimos en la historia, podamos participar de su Pasión redentora, encierra su obra redentora en los Misterios de la Iglesia, para actuar en esos misterios –el misterio de la liturgia de la Santa Misa- hasta el fin del mundo, para que todos sus elegidos puedan unirse libremente a su cruz y así llegar a la alegría de la resurrección. Esto es lo que San León Magno quiere decir con la expresión: “Lo que en el Señor fue visible pasó a los Misterios”: la visibilidad de Jesús, Dios encarnado, la Pasión visible y luego también su Resurrección visible, pasó a los misterios invisibles de la liturgia eucarística de la Santa Misa, misterios que hacen Presente a Jesús invisible, con su Espíritu, en medio de la asamblea[4]. Por la liturgia eucarística Jesús se hace Presente en Persona y nosotros podemos unirnos a Él: por la fe y por el rito litúrgico entramos nosotros y participamos en la misma obra redentora del Señor; como miembros suyos que somos, como miembros de su Cuerpo Místico y así tomamos parte en la acción de la Cabeza[5], nos unimos a su cruz redentora. De esta manera se cumple aquello de que “lo que le pasó a la Cabeza, Cristo -Pasión y Resurrección- debe pasarle al Cuerpo -los bautizados-“.

“Esta enfermedad es para la gloria de Dios”. La inmensa mayoría de los cristianos, cuando enferman, cuando sufren dolor y tribulación, cuanto están cercanos a la muerte, al haber dejado de lado a Cristo y al misterio de Pasión y Resurrección, ingresan en un estado de desesperación, de depresión, de abandono, de reniego de Dios, sin tomar en cuanto que, si unieran su dolor y tribulación a la cruz y al misterio de Cristo, Él les devolvería la paz del corazón aun en medio del dolor, porque el dolor es un signo de predilección del amor de Dios Padre que los ha asociado a la cruz de su Hijo; el dolor significa que Dios Padre les ha concedido el honor de llevar la cruz de su Hijo Jesús, los ha hecho portadores de su cruz, los ha crucificado junto a Jesús, y si los ha crucificado, es porque los ha amado como a su Hijo y los ha considerado dignos de sufrir por su amor.

“Esta enfermedad es para la gloria de Dios; esta cruz es para la gloria de Dios”. Quien se une a Cristo en la cruz en su tribulación, dolor, o enfermedad, debe estar alegre pero no porque Cristo le concederá la curación, sino porque tiene la certeza de estar unido a su gloria, de ser tocado por su Espíritu, de ser el hijo predilecto del Corazón del Padre Eterno.

“Esta enfermedad es para la gloria de Dios; esta cruz es para la gloria de Dios; esta Santa Misa es para la gloria de Dios”, ya que cada Santa Misa es la renovación incruenta del sacrificio de la cruz. En cada misa, renovación incruenta del sacrificio de la cruz, el cristiano puedo asociarse con su dolor, su enfermedad, su tribulación, o la de algún ser querido-, a Jesús que está en la cruz por todos y cada uno de nosotros; podemos y debemos unirnos en el espíritu a su sacrificio redentor, donando todo nuestro ser, con sus alegrías y dolores, con sus enfermedades o con su salud; podemos y debemos unirnos, como miembros de su Cuerpo Místico, a la ofrenda que Él hace de su Cuerpo y su Sangre en la cruz del altar, para que así, en la tribulación de la cruz de Cristo, que será mi cruz, se manifieste la gloria de Dios.

 



[1] Cfr. Juan Pablo II, Evangelium vitae, ...

[2] Cfr. Odo Casel, Misterio de la cruz, Ediciones del Monograma, Madrid 1964, 266.

[3] Cfr. Casel, ibidem, 266.

[4] Cfr. Casel, ibidem, 267.

[5] Cfr. Casel, ibidem, 267.


jueves, 12 de marzo de 2026

“Yo Soy la luz del mundo”

 



(Domingo IV - TC - Ciclo A – 2026)

 

“Yo Soy la luz del mundo” (Jn 9, 1-41). Jesús realiza el milagro de devolver la vista al ciego de nacimiento, pero en este milagro, hay en realidad dos en uno solo, porque por un lado le concede la visión con sus ojos corporales, mediante los cuales puede ver la realidad sensible, material, pero al mismo tiempo[1] le concede una visión de orden espiritual, mediante la cual se vuelve capaz de reconocer en Jesús no ya al “hijo del carpintero”, sino a Dios Hijo encarnado y es esta la razón por la cual el ciego, en señal de adoración ante Jesús, se postra ante Él, luego de reconocerlo como Hombre-Dios. Esto nos hace ver que después del encuentro personal con Jesús, aquel que vivía en la oscuridad corporal y espiritual, ahora no solo es capaz de ver con los ojos del cuerpo sino que además posee la fe sobrenatural en Cristo como Hijo de Dios encarnado. No solo ve con los ojos del cuerpo, sino también con los ojos del alma. Pero también debemos considerar que en el milagro, sucedido realmente en la historia, se debe contemplar un símbolo, el de la situación del alma humana frente al misterio de Jesucristo: la incapacidad de ver del ciego de nacimiento es una representación del alma humana frente al misterio sobrenatural de Jesucristo, la Segunda Persona de la Trinidad encarnada en Jesús de Nazareth: debido a la grandeza intrínseca propia del ser divino trinitario de Jesús, el alma humana está ciega delante del Dios Jesucristo, por la sencilla razón de que la creatura, sea un ángel o el ser humano, sin la ayuda de la gracia, es incapaz de contemplar a las Personas de la Trinidad, en este caso a la Segunda, el Verbo de Dios. Así como el ciego que, teniendo frente a sí a la fuente de luz, es incapaz de ver la luz, de la misma manera el alma humana, al encontrarse frente a Dios encarnado, luz eterna que proviene de la luz eterna que es el Padre, se encuentra como un ciego, siendo incapaz de contemplar la Luz Eterna que es Cristo. La oscuridad es entonces representación de la incapacidad de la creatura, sea angélica o humana, de contemplar por sí misma, sin la mediación de la gracia, el misterio sobrenatural tanto del Acto de Ser divino Trinitario como del Cordero de Dios, Cristo Jesús, el Hijo Eterno del Padre encarnado en una naturaleza humana. El otro componente del milagro, la luz o la capacidad de ver, representa a Jesucristo, Luz Eterna e Increada, que proviene del seno del Padre desde la eternidad y es Luz como el Padre es Luz Eterna e Increada. La oscuridad, la ceguera del ciego de nacimiento, es la incapacidad de la creatura de contemplar, con sus propias fuerzas, el majestuoso resplandor de la divinidad de Jesucristo; la luz, a su vez, representa al mismo Cristo, Luz Eterna que ilumina y hace partícipe de su vida divina trinitaria a todo aquel a quien ilumina.

Pero la oscuridad es también símbolo de algo más: es símbolo del pecado y esto está representado en la liturgia pascual del lucernario: antes de que sea encendido el Cirio Pascual, todo se encuentra sumergido en las tinieblas, y aquí las tinieblas actúan como representantes del mal en general, del mal personificado, Satanás y del mal que nace en lo más profundo del corazón del hombre, el pecado. Esta oscuridad, estas tinieblas, son imposibles de vencer, por parte del hombre o del ángel; de ahí que en la liturgia del lucernario, el encendido del Cirio Pascual con el fuego bendecido, represente a Jesucristo, que en cuanto Dios es Luz Eterna que vence a las tinieblas de toda especie -vence al mal en general, vence al mal personificado, el Ángel caído, Satanás y vence al que brota del corazón humano, el pecado-; además de vencer a las tinieblas, Cristo Dios hace partícipe al hombre de su condición divina mediante el don de la gracia sacramental, lo cual se significa con la luz del Cirio Pascual que se comparte con las velas de los fieles, convirtiendo a la Iglesia en verdadera “luz del mundo” y faro de salvación eterna para las almas.

Regresando al milagro del Evangelio, Jesús realiza dos milagros, puesto que no solo le concede la visión corporal, con la cual puede ver el mundo natural, sino que le concede la visión de la fe, con la cual puede ver el mundo sobrenatural y la Fuente Increada de ese mundo sobrenatural no es otro que el mismo Jesús, que es Dios Hijo. De esto debemos deducir que la fe es un don, el cual debemos agradecer todos los días de nuestra vida, porque de no haberla recibido, estaríamos inmersos en la oscuridad espiritual, adorando ídolos de todo tipo.

“Yo Soy la luz del mundo”, le dice Jesús al ciego luego de devolverle la vista y concederle el don de la fe en Él como Hijo de Dios. Él es la Luz, la Luz Eterna e Increada, la Luz Divina y sobrenatural, que ilumina y da la vida divina a todo aquel a quien ilumina y es esto lo que se significa en el lucernario cuando, después de encendido el Cirio Pascual, la luz del Cirio se comunica a las candelas de los fieles. Jesús enciende en nosotros la luz de la fe, pero no para que ocultemos esta luz bajo la mesa, sino para ser puesta en lo alto de la montaña, para que la luz divina se propague a través nuestro y así las tinieblas del infierno y del pecado sean derrotadas. Sin embargo, en nuestros días, la inmensa mayoría de católicos obra de manera incomprensible: ocultan la luz de la fe recibida en el bautismo, bajo una mesa y así no solo no iluminan a los demás con la luz de Cristo, sino que se convierten ellos mismos en tinieblas, uniéndose y asociándose a las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, que pretenden arrastrar a las tinieblas eternas a todos los hombres. Esta anti-conversión, este renegar de la fe, se llama “apostasía” y ha provocado que la Iglesia, en vez de “luz del mundo”, sea en muchos casos un lugar de tinieblas, como consecuencia de haber entrado en ella “el humo de Satanás”, como decía el Papa Pablo VI.

Si las cosas son así, podemos decir que hay dos clases de ceguera, una involuntaria, la ceguera natural, la que no depende de nosotros, sino de la limitación de nuestra propia naturaleza, y la ceguera voluntaria, que es la ceguera de aquel que, habiendo recibido la luz de la fe en el bautismo, oculta esta luz “debajo del celemín” y se convierte en “ciego, guía de otros ciegos”. Estos últimos son los apóstatas, los que han renegado de la fe católica, los que han abandonado la fe católica, para abrazar el ateísmo, el materialismo, las ideologías anticristianas, o cualquiera de las innumerables sectas de la religión del Anticristo, la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario. Estos últimos son los que van a recibir un juicio y un castigo mucho más severo por parte de Dios en el Día del Juicio Final, de acuerdo a las palabras de Jesús: “Al que mucho se le dio, mucho se le pedirá”. No solo el ateísmo, sino la falsa espiritualidad anticristiana de la Nueva Era conforman las densas nubes del “humo de Satanás” que ha entrado en la Iglesia y que es causa de confusión dentro de la misma Iglesia, con el pretexto de “renovación” o de “progreso”, pero esto es un error, porque cualquier ansia, aun legítima, del misterio divino, sino es guiada, conducida e iluminada por el Espíritu de Dios llevan, por caminos equivocados, a fines erróneos, que no son Dios[2]. Cualquier otro camino que no sea Jesucristo, Camino, Verdad y Vida; cualquier otro camino que no sea el Camino de la Iglesia Católica Apostólica Romana es un camino que no conduce a la Trinidad. Quienes rechazan la guía segura de la Iglesia Católica fundada por Cristo en Pedro, su Vicario, se pierden en las peligrosas tinieblas del panteísmo, del animismo, de la superstición y de la idolatría. Esta guía segura, infalible, que partiendo de buen puerto nos lleva con seguridad a buen término, a la ciudad celestial de la Santísima Trinidad, es la Iglesia Católica[3]. Es la Iglesia Católica, y sólo Ella, quien nos indica cuál es el verdadero templo de los misterios; es Ella quien nos muestra que el lugar de los misterios del Hombre-Dios, es la liturgia, entendida como fuente de luz divina.

La liturgia debe ser vivida como lo que es: una celebración mistérica en donde el espíritu contemple, asombrado y extasiado, la profundidad del amor divino[4]. Muchos buscadores de misterios buscan erróneamente la luz en las tinieblas, en vez de buscarla en donde la Luz Eterna resplandece con todo el esplendor de su luz divina, que es en el misterio de la liturgia eucarística de la Iglesia Católica. La liturgia de la misa actualiza la Presencia personal de Jesucristo en la Eucaristía y por esto el cristiano comete un grave pecado de apostasía si se deja atraer por falsas religiones[5]. Cuando la acción iluminadora del Espíritu Santo permite descubrir el sacrificio eucarístico en la liturgia del altar, todo lo que no sea actualización del único sacrificio de la cruz en el que resplandece Cristo con la luz de su cruz y de su gloria, no es otra cosa que sombra y tinieblas. Cuando pedimos al Espíritu Santo “Infunde tu luz en nuestras almas”, pedimos verdaderamente luz, como el ciego del Evangelio, pero no luz material, sino luz espiritual, para poder contemplar a Jesucristo con la luz de la fe. El Espíritu Santo no se manifiesta con aplausos, llantos, emociones, gritos, saltos, ni con ninguna manifestación de orden sensible; el Espíritu Santo, dice San Agustín, es el “Alma de la Iglesia”[6], es Quien da vida y permea y penetra toda la liturgia[7], es Quien convierte el pan en el Cuerpo de Cristo en el altar –“infunde tu Espíritu sobre estas ofrendas”-, y es quien ilumina al alma para que contemple a Cristo Presente en su misterio pascual. Es esta luz del Espíritu Santo, luz interior, sobrenatural, espiritual, concedida a través de la liturgia, la cual debemos pedir, para que, por la acción iluminadora del Espíritu de Dios, el alma pueda contemplar, en el misterio, la presencia salvífica del Hombre-Dios. De ahí que en la liturgia esté garantizado el encuentro personal con el Jesús histórico, el mismo que curó la ceguera del ciego de nacimiento, que es el mismo Jesús resucitado que vive en su Iglesia por medio de su Espíritu, que es el mismo Logos, el Verbo del Padre[8]. La Presencia real y viva, gloriosa y resucitada, del Jesús histórico, del Jesús que vivió en Palestina hace dos mil años, está garantizada y asegurada y es hecha real y posible por el Espíritu divino, que actualiza su Presencia personal por medio de la liturgia, especialmente en la Santa Misa. Es esto lo que debemos pedir “ver”, no con los ojos del cuerpo, sino con los ojos de la fe; mientras no lo veamos, somos como el ciego del Evangelio, de ahí la necesidad imperiosa de implorar a Jesús que cure nuestra ceguera espiritual. Debemos pedir ver la misteriosa Presencia de Jesucristo en el misterio de la liturgia eucarística, porque el Jesús del Evangelio es el mismo Jesús quien viene a nuestro encuentro en la Eucaristía, para así poder contemplarlo: “...Jesús lo encontró...”, dice el evangelio, después de haber sido curado el ciego. Y como el ciego, el alma, deseosa del encuentro con el Hombre-Dios, pregunta: “¿Quién es el Mesías, para que crea en él?”. Y Jesús le responde: “Soy Yo, el que te está hablando, a Quien ahora ves, con la luz de mi Espíritu, en la Eucaristía”.

 



[1] Existe un milagro del P. Pío, en el cual una no-vidente de nacimiento, recuperó la vista, sin recuperar la anatomía y la fisiología del sistema óptico.

[2] Cfr. Odo Casel, Liturgia come mistero, Ediciones Medusa, Milán 2002, 29.

[3] Cfr. ibidem, 29.

[4] Cfr. Casel, ibidem.

[5] Cfr. Casel, ibidem, 30.

[6] Sermo CCLXVII, n. 4.

[7] Cfr. Francois Charmot, La Messe, source de sainteté, Ediciones Spes, París 1959, 57.

[8] Cfr. Congregación para la Doctrina de la fe, Declaración Dominus Jesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, 9.


martes, 10 de marzo de 2026

“Llega la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”

 



(Domingo III - TC - Ciclo A)

“Llega la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4, 5-42). La samaritana tenía un concepto demasiado material en relación a la adoración: pensaba que solo se podía hacer adoración en un lugar físico, la montaña o Jerusalén, pero Jesús corrige este concepto erróneo de la samaritana de que para adorar a Dios era necesario acudir a un lugar físico: ahora, a partir de Jesús, la adoración al Dios verdadero no será ni en la montaña ni en Jerusalén, sino en el interior del alma: “en espíritu y en verdad”.

Jesús plantea el acto de la adoración, el cual es una acción interior, espiritual, que brota de lo más profundo del espíritu del hombre y consiste en el surgimiento del asombro, el estupor, la admiración, en lo más profundo de la creatura luego de contemplar la santidad, la majestad y la grandeza infinita de Dios. El Ser divino es tan infinitamente grandioso y majestuoso, que la irradiación de su inmensa hermosura y santidad deja a la creatura como aniquilada frente a tanta grandeza. En la adoración se combinan el estupor y la admiración frente a la inmensidad de la majestad del ser divino, unidos a la percepción de la propia nada delante de semejante grandeza.

Para darnos una ligera idea de lo que es la admiración y el asombro que el alma experimenta ante la majestad infinita de Dios Trino, podemos hacer una comparación de lo que cualquiera de nosotros experimentamos ante la majestuosa belleza de la naturaleza, como por ejemplo, las estrellas, las montañas, el mar, o la naturaleza humana en sí misma: si la hermosura de la naturaleza en general provoca asombro y estupor en quien es capaz de asombro y estupor -Aristóteles decía que el asombro es el comienzo de la filosofía y podemos decir que la capacidad de asombro ante la belleza es lo que distingue al ser inteligente del ser bruto o no pensante-, es decir, si el atractivo o hermosura de la naturaleza, que a su vez es una palidísima sombra de la hermosura del Ser divino trinitario, deja al alma asombrada, cuánto infinitamente más debe el alma quedar asombrada, anonada e impactada ante la sublime e indescriptible hermosura del Acto de Ser divino Trinitario en la contemplación experiencial de la sublime majestad y grandiosidad de Dios, cuando Dios, en un acto de su infinita misericordia, permite ser contemplado visiblemente, como por ejemplo en el Monte Tabor. Es lo que les sucede por ejemplo en la Epifanía, en Belén; a Ezequiel (Ez 1, 28), o a Saulo ante la aparición de Cristo resucitado (He 9, 4), a Pedro, Santiago y Juan, en el Monte Tabor: quedan como aniquilados y extasiados, ante la presencia abrumadora majestuosidad de la divina hermosura de la Trinidad Sacrosanta[1].

Ante esta Presencia Santísima de la Trinidad Divina se produce en el alma un movimiento facilitado por la gracia santificante que es el da la adoración, el cual es un movimiento interior, espiritual, consistente en un movimiento de postración y anonadamiento interior primero, acompañado inmediatamente de una postura exterior, corporal, como la genuflexión o la postración, debido a que somos seres humanos, compuestos por espíritu y cuerpo material, lo cual quiere decir que la adoración, para ser genuina, debe tener dos movimientos, primero, la postración interior, la del corazón, por así decirlo, y luego la del cuerpo, que puede ser la genuflexión o la postración; en caso de faltar la primera, en cuya caso solo Dios puede detectarlo, la adoración es falsa, inauténtica y carente de todo valor. Para que la adoración ante la Santísima Trinidad y ante el Cordero de Dios, Cristo Jesús, sea verdadera ante los ojos de Dios, debe tener los dos componentes, el interior o del corazón y el exterior o corporal.

Tanto en la Sagrada Escritura, como en las incontables apariciones de la Virgen, de santos y de ángeles a lo largo de la historia de la Iglesia, los santos testigos de estas apariciones se han postrado en adoración delante de Nuestro Señor Jesucristo, delante de Jesús Eucaristía y los testimonios son incontables; Santa Bernardita Soubirous, en las apariciones de la Inmaculada Concepción; los Beatos Pastorcitos de Fátima, postrándose de rodillas y con la frente en tierra ante la Sagrada Eucaristía traída por el Ángel de Portugal. Y en todos los casos, estos movimientos exteriores de postración corporal, de genuflexión y de postración con la frente en tierra, estuvieron siempre precedidos y acompañados por la iluminación de la gracia interior del Espíritu Santo, que ilumina y sumerge al alma en la divinidad y la conduce hacia la posición de adoración para que el ser humano sea digno de la contemplación del Ser divino trinitario que se le manifiesta en su divina majestad.

El asombro y el estupor, movimientos interiores y espirituales, movilizados interiormente y desde lo alto por la gracia son los que caracterizan, en esencia, a la adoración y son los que le conceden a esta su esencia, que es el ser un acto de las potencias del alma iluminados por la gracia, es decir, un acto de conocimiento y de amor sobrenaturales del Acto de Ser Divino trinitario en su grandeza, en su majestuosidad, en su infinita bondad, en su infinita perfección de perfecciones y en el conocimiento del Ser de Dios Trino no solo en su omnipotencia -en lo que puede hacer y dar-, sino en lo que Es en Sí mismo en la infinita perfección de su Ser divino trinitario. Ahora bien, este conocimiento y este amor de Dios Trino, de origen sobrenatural, solo lo puede conceder el mismo Dios, lo cual quiere decir que no se origina en el ser humano; este conocimiento sobrenatural de la majestad de la Trinidad y del Cordero de Dios, es decir, de Jesús en cuanto Hijo de Dios encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, sólo puede ser concedido por el Santo Espíritu de Dios, por la Persona Tercera de la Trinidad; solo Dios Espíritu Santo, con su Luz Eterna puede iluminar al alma con la luz de la sabiduría divina hasta las entrañas mismas, para hacerla comprender, con el verdadero conocimiento y el verdadero amor de Dios que la Trinidad es el Verdadero y Único Dios y que Jesucristo es Dios Hijo Encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía por medio del misterio de la liturgia eucarística de la Santa Misa. Solo de esta manera puede el alma, iluminada con la luz eterna de Dios, volverse capaz de reconocer y amar a Dios Trino “en espíritu y en verdad”, tal como lo dice Jesús.

Es esta adoración, “en espíritu y en verdad” es la adoración a la cual hace referencia Jesús, ya que no se trata ni de solamente acudir a un lugar físico -la montaña o Jerusalén-, como creía la samaritana, ni de una mera postura externa -solo una genuflexión-, sino de un movimiento ante todo espiritual que comienza con el don de lo alto, el don de la gracia, que ilumina el intelecto y el corazón, para que el alma sea capaz de comprender que se encuentra ante la Presencia del Dios verdadero, estando aún en la tierra.

Es Dios mismo quien, por medio del don de la gracia santificante, quien hace posible la verdadera adoración revelada por Jesús a la samaritana, la adoración “en espíritu y en verdad”, la adoración interior, espiritual, sobrenatural, en la que el espíritu del hombre se postra interiormente ante la majestad de la Trinidad divina y luego esa postración interior se acompaña de una postración o genuflexión corporal; es Dios quien hace posible la adoración “en espíritu y en verdad”, porque por su Espíritu Santo une las almas de los bautizados y los hace ser un mismo espíritu y un mismo cuerpo: un mismo espíritu con Dios y un mismo cuerpo en Cristo[2]. La adoración surge entonces en el alma luego de contemplar la majestad de Dios; la adoración surge en el Pueblo Elegido aun cuando Dios no se había revelado en todo su esplendor; cuanto más entonces, los que formamos el Nuevo Pueblo de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica, a quienes Dios se nos revela en la infinita majestad de su esplendor de su gloria eucarística en Cristo Jesús, debemos adorar interiormente, “en espíritu y en verdad”, en el altar eucarístico, al Dios encarnado, que prolonga su encarnación en la Eucaristía, al Verbo de Dios, Jesús Eucaristía. Los integrantes del Nuevo Pueblo de Dios deberían hacer de sus vidas un himno en honor de Dios, desde el momento en que ese Dios de majestad infinita nos comunica su vida, su gloria, su majestad y su Espíritu y por la Encarnación, su Cuerpo y su Sangre, para que, por así decir, dejemos de ser creaturas y seamos Dios como Él.

“Es la hora de los adoradores de Dios, en espíritu y en verdad”, le dice Jesús a la samaritana. Y en verdad debería ser la hora de los verdaderos adoradores de Dios, y sin embargo, parecería ser que a cambio de tanto amor demostrado por Jesús hacia los hombres, estos le demuestran frialdad, ingratitud, desamor y hasta odio, de modo que a la hora de la adoración a Dios la convierten en la hora de los adoradores de la Nueva Era, la hora de los neo-paganos, que es la hora de los que adoran a los demonios y a los poderes ocultos del infierno por medio del Tarot, del juego de la copa, de la lectura de las cartas; hoy se ha convertido la hora de la adoración eucarística en la hora de la adoración del dios poder, de la democracia liberal y del racionalismo político; hoy es la hora de los adoradores de Satán, la hora de los masones y de los ocultistas. Pocas veces en la historia el hombre se ha desviado tanto del culto al verdadero, rindiendo adoración y homenaje a falsos dioses. Hoy más que nunca se da una falsa adoración: la adoración idolátrica del neo-paganismo de la Nueva Era, que coloca al hombre o al demonio en el lugar de Dios, provocando la abominación de la desolación.

“...vosotros decís que hay que adorar en Jerusalén...”. La samaritana pensaba que se debía acudir a un lugar físico para adorar al Dios verdadero, pero Jesús le revela que no hace falta ir a Jerusalén para adorar a Dios. Ahora hay otro templo en donde el Verdadero Dios debe ser adorado y ese templo en donde habita Dios con su Espíritu y en donde Dios merece ser adorado por su inmensa grandeza, es el cuerpo resucitado de Jesucristo (Jn 2, 19-22), y el cuerpo resucitado de Jesucristo está en la Eucaristía y la Eucaristía está en el Sagrario. Quienes han nacido del Espíritu, cuando comulgan sacramentalmente la Eucaristía, se asocian en Cristo a la verdadera y única adoración que Él en Persona hace, en Espíritu y en verdad al Padre y en la que el Padre halla su agrado y complacencia. Esta es la razón por la cual, cuando recibimos la comunión eucarística, no basta cumplir una acción exterior[3], privada del movimiento interior de adoración. Cuando comulgamos, en ese momento se produce el encuentro personal con el Dios de majestad, Jesucristo, con el Dios que provoca el asombro y el estupor y la alegría por su inmensa grandeza y con Él y en Él adoramos al Padre “en espíritu y en verdad”. En la comunión debemos buscar de entender cómo nos adentramos en el misterio de Cristo, cómo, misteriosamente, el Espíritu de Dios hace que, más que comulgar nosotros a Cristo, sea Él quien nos introduzca en su misterio[4]. Y de allí debe surgir la adoración “en Espíritu y en verdad”. La Comunión nunca debe ser un mero acto exterior, debe ir siempre precedida por un acto de adoración interior a Jesucristo.

La adoración eucarística, es la verdadera adoración de Jesús, Dios verdadero, que se ha encarnado y prolonga su encarnación en la Eucaristía para ser adorado por nosotros. La adoración en espíritu y en verdad se da, por medios del Espíritu de Dios, en el encuentro personal del alma con el Hombre-Dios Jesucristo en la Comunión eucarística. Si le preguntáramos a Jesús, como la samaritana, quién es y dónde está el Mesías Dios al que hay que adorar, Él nos diría: “Soy Yo, en la Eucaristía, el que habla contigo”.



[1] Cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Biblioteca Herder, 1980, voz “adoración”, 49.

[2] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Naturaleza y gracia, Editorial Herder, Barcelona 1959, 275.

[3] Cfr. Thomas Merton, Il Pane vivo, Ediciones Garzanti, Florencia 1958, 123.

[4] Cfr. Merton, ibidem,. 123.