viernes, 16 de octubre de 2026

“Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”

 


“Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada” (Lc 12, 39-48). Jesús utiliza dos parábolas, la de un dueño de casa que está atento porque  sabe a qué hora viene el ladrón y la de los dos tipos de servidores, los buenos y malos que esperan y no esperan, respectivamente, a su señor; estas parábolas son una advertencia para nosotros, los católicos, acerca de la necesidad de estar atentos, vigilantes y preparados para el encuentro personal con Él, para su Llegada, ya sea en la hora de la muerte personal de cada uno, ya sea para su Llegada en su Segunda Venida en la gloria, cuando venga a juzgar a vivos y muertos en el Día del Juicio Final.

La primera parábola es la de un “dueño de casa” que esperaría al ladrón si supiera a qué hora ha de llegar: el dueño de casa somos nosotros, y el que viene a la hora menos esperada, es Él, Jesucristo.

La segunda parábola trata acerca de dos siervos que se comportan de maneras contrapuestas con relación a sus deberes para con su señor: uno de los siervos está atento y en actitud vigilante, esperando la llegada de su señor; el otro, por el contrario, es indiferente con respecto a su señor y por eso mismo no trabaja, no está atento y vigilante y todavía peor, se dedica a emborracharse y a pelear con los demás, con una actitud perezosa y violenta.

El primer servidor, atento y vigilante a la llegada de su amo, representa al alma que muere en estado de gracia santificante, porque ha recibido y frecuentado los Santos Sacramentos; éste servidor, que en la parábola es recompensado por su señor haciéndolo “administrador de todos los bienes”, es el alma del cristiano que pasa de siervo, es decir, el estado de vida terrena, a bienaventurado en el Reino de los cielos, recibiendo en recompensa por estar en gracia, la vida de la gloria eterna de quienes se salvan en el Reino de Dios.

Muy distinta es la suerte del siervo malo, el siervo indolente al cual la llegada de su señor le tenía sin cuidado: es el alma del bautizado a la que no le interesa vivir y mucho menos morir en estado de gracia santificante y por eso mismo vive en estado de condenación, en pecado mortal: a este siervo, a esta alma, cuando llegue Jesucristo en el momento de la muerte, le espera un “castigo severo”, que es el ser precipitada en el abismo del Infierno.

“Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”. Jesús nos advierte, por su infinita misericordia, acerca de “estar preparados” para su encuentro en el momento de nuestra muerte personal y esto significa no solo evitar el pecado, sino vivir en permanente estado de gracia santificante, para lo cual debemos recurrir con frecuencia a los Sacramentos, tanto de la Penitencia como de la Eucaristía. Solo así estaremos preparados, en gracia, ya sea para el momento de nuestro Juicio Particular, ya sea para el momento del Juicio Final, cuando Él regrese al final de los tiempos.

 


“Estén preparados y con las lámparas encendidas”

 


 

“Estén preparados y con las lámparas encendidas” (Lc 12, 35-38). Jesús quiere enseñarnos cómo debemos prepararnos para nuestra muerte y juicio particular y para ello utiliza la imagen de un hombre que asiste a una fiesta de bodas y que regresa de improviso, siendo esperado por sus siervos fieles, los cuales están “ceñidos y con las lámparas encendidas”.

El hecho de que el siervo fiel espere a su amo “ceñido”, significa que lo espera con ropa de trabajo y esto significa la gracia santificante, el estado de gracia en el momento de la muerte; la espera de su amo significa que el alma cree y espera en la Segunda Venida en la gloria de Nuestro Señor Jesucristo y espera también en el encuentro personal con Jesús en el momento de la muerte; las lámparas encendidas están significando tanto la luz de la fe católica en Cristo Dios, como la misma fe operante, que se traduce en obras y es lo que ilumina la noche del mundo.

El horario incierto de la llegada del dueño de casa, un horario que nadie sabe cuándo será, porque será de forma imprevista -eso es lo que significa “a medianoche o antes del alba”- está significando que nadie, ninguno de nosotros, sabe cuándo llegará el Dueño de las almas, Jesucristo, para pedir en la hora de la muerte la rendición de cuentas de las obras realizadas, buenas o malas y para dar a cada uno el destino merecido, Cielo o Infierno, según sean estas obras.

El servidor a quien su señor encuentre ceñido, trabajando, esperando a su amo, con las lámparas encendidas, y que por lo tanto seré él mismo servido por su señor, indica al alma que en el momento de la muerte se encuentra en estado de gracia santificante porque ha recibido los Santos Sacramentos y con la luz de la fe encendida, activa y operante y que por eso mismo su alma será colmada de la felicidad eterna de la bienaventuranza -eso es lo que significa que será él mismo servido por su mismo señor, porque el Señor Jesús lo hará sentarse en el Banquete del Reino de los cielos. El alma que al encuentro con Jesús en la muerte se encuentre con la túnica ceñida y con la luz de la fe encendida, será recompensada con el Banquete del Reino celestial, la Carne del Cordero de Dios, el Pan de Vida eterna y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre gloriosa de Jesús resucitado, gozando así para siempre del festín eterno de los cielos.

“Estén preparados y con las lámparas encendidas”. Estado de gracia, fe activa en obras de misericordia, firme esperanza del encuentro personal con Cristo resucitado. Estas condiciones, necesarias para el día de la muerte, son las mismas que se necesitan para la comunión eucarística, anticipo de la felicidad eterna en los cielos.

 


“Amarás al Señor (…) amarás a tu prójimo como a ti mismo”

 


(Domingo XXX - TO - Ciclo A - 2026)

“Amarás al Señor (…) amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 34-40). Le pregunta a Jesús, un doctor de la ley cuál es el mandamiento más importante y Jesús le dice: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”. Si analizamos en primera instancia, según lo que Jesús responde, el mandamiento que Él propone no tiene nada de nuevo con respecto al mandamiento que los judíos ya tenían: tanto para Jesús como para los judíos el mandamiento más importante es el amar a Dios y al prójimo. Visto de esta forma, podríamos considerar que Jesús no aporta nada nuevo en lo relativo al mandamiento más importante, porque tanto como Jesús como los judíos consideran que, substancialmente, el primer mandamiento es idéntico.

Sin embargo, el mandamiento de Jesús es, en realidad, substancialmente nuevo, radicalmente distinto al mandamiento de los judíos al punto que, aunque se formulen de modo similar, el mandamiento de Jesús es verdaderamente nuevo. Ahora bien, podemos preguntarnos cuáles son las diferencias que hacen que el mandamiento de Jesús sea radical y substancialmente nuevo, distinto al mandamiento de los judíos.

Una primera diferencia, substancial, es que en la ley judía es cierto que se mandaba amar a Dios y al prójimo, pero este mandamiento se cumplía con un amor puramente humano, ya que así está explicitado: “Amarás al Señor y a tu prójimo con todas tus fuerzas, con todo tu ser”. Es muy explícito en decir “con todas tus fuerzas, con todo tu ser”. Entonces, en la ley judía, se manda efectivamente amar a Dios y al prójimo, pero con un amor únicamente humano, el amor que brota del corazón del hombre. Y esto es importante considerarlo, porque el amor humano, puramente humano, contaminado el corazón de donde brota, con el pecado original, es limitado, superficial y se deja llevar por las apariencias. Otra diferencia es el concepto de “prójimo”, el cual es distinto en el judaísmo y en el catolicismo: para el judaísmo, el “prójimo” es únicamente quien posee la misma raza, la hebrea, y la misma religión, la judía; para el catolicismo en cambio, el prójimo no se limita a quien comparte la misma raza, ni siquiera la misma religión: el prójimo es todo ser humano, sin importar su raza y religión.

Otra diferencia, que hace radicalmente distinto al mandamiento de Jesús, se basa en un pasaje en donde Jesús dice: “Ámense como Yo los he amado” (Jn 13, 34-35) y esto nos lleva a preguntarnos cómo es que nos ha amado Jesús y de la respuesta veremos que Jesús nos ha amado con el Amor de su Sagrado Corazón, que es un Amor que proviene del cielo, porque es el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, el Amor Divino que inhabita en su Sagrado Corazón. Jesús nos ha amado, con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, el cual obviamente no es un amor humano sin divino y por otro lado nos ha amado hasta la muerte de cruz, algo que no se da en el mandamiento de los judíos. Entonces, Jesús nos ama con un Amor celestial, divino, sobrenatural, el cual es un Amor perfectísimo, eterno e infinito, sin las limitaciones del amor humano con el que se mandaba amar en la ley judía.

Otra diferencia con el mandamiento de los judíos es que Jesús nos pide amar a los enemigos: “Amen a sus enemigos” (Mt 5, 443-48) y en este mandato encontramos también la Cruz, algo que no estaba presente en el mandamiento judío; el amor a los enemigos es un amor que se deriva directamente de la Cruz porque es en la Cruz en donde Jesús predica con el ejemplo, amándonos a nosotros, que éramos enemigos de Dios por el pecado y sin embargo recibiemos el perdón y el Amor del Sagrado Corazón de Jesús. Por lo tanto, como católicos que hemos recibido el amor y el perdón de Dios siendo enemigos, no podemos hacer otra cosa que, con el mismo Amor con el que fuimos amados y perdonados desde la cruz, el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, amar también nosotros a nuestros enemigos personales (aquí no se incluyen a los enemigos de Dios y de la Patria). Este concepto de amor al enemigo con un amor celestial, divino y sobrenatural, está ausente en el judaísmo y por eso el mandamiento de Jesús es radicalmente nuevo y distinto al de los judíos.

Una última diferencia es que en el mandamiento de Jesús está incluido el dar la vida por el prójimo, hecho que no se encuentra presente en la ley judía. Esto es así porque Jesús dice: “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13) y esto también lo predica Jesús con el ejemplo, porque Quien da primeramente la vida por sus amigos es Él en la Cruz, ya que Él nos llama “amigos” y no “siervos” en la Última Cena, entregando su Vida de Hombre-Dios por nosotros en el Calvario para salvarnos y conducirnos redimidos al Reino de los cielos, todo lo cual está ausente en la ley judía.

Considerando las cosas de esta manera y teniendo en cuenta las diferencias en el amor con el cual se deben cumplir los mandamientos, tanto en el mandamiento de Jesús como en el mandamiento de la Ley judía, el mandamiento del amor de Jesús quedaría formulado así: “Amen a Dios y al prójimo no con el simple amor humano, sino con el Amor de mi Sagrado Corazón Eucarístico, que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo; ámense unos a otros como Yo los he amado, y Yo los he amado con el Divino Amor, hasta morir en la Cruz, dando la vida por ustedes, que eran mis enemigos por el pecado; amen a todo prójimo, incluido el enemigo, imitándome a Mí, que los amé a ustedes siendo mis enemigos; amen sin límite, hasta dar la vida en la Cruz por sus hermanos, los hombres y solo de esta manera serán verdaderamente hijos de Dios y hermanos entre ustedes en el Hijo”.

Entonces, aunque el Primer Mandamiento puede aparecer superficialmente similar en el catolicismo y en el judaísmo, la realidad celestial del mandamiento de Jesús y su aplicación a todo prójimo sin distinción de raza y religión, hacen que este mandamiento sea substancialmente distinto entre la Iglesia Católica y el judaísmo y por eso el mandamiento de Jesús es substancialmente nuevo: “Os doy un mandamiento nuevo” (Jn 13, 34-35).

Un último aspecto a considerar es que, si queremos llevar a la práctica el mandamiento nuevo del Amor de Jesús, el de amar a Dios y al prójimo como a nosotros mismos, con un Amor celestial y hasta la muerte de Cruz, puesto que nosotros no poseemos por naturaleza ese Amor, ya que es el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, debemos adquirir ese Amor y a este Amor lo adquirimos por medio de la Comunión Eucarística, ya que a través del Santísimo Sacramento del altar Jesús Eucaristía nos comunica, desde su Sagrado Corazón Eucarístico, el Espíritu Santo, el Divino Amor, el Amor celestial con el cual podemos amar a Dios y al prójimo como Dios quiere que lo amemos.

 

 


jueves, 15 de octubre de 2026

“Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”

 


“Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía” (Lc 12, 1-7). Jesús se enfrenta a la casta sacerdotal y laical de su época, calificándolos duramente de “hipócritas”. Jesús no lo hace por suposiciones externas: Él es Dios y en cuanto tal, lee los pensamientos y el corazón de los hombres, de todos y cada uno de los hombres, desde antes incluso de que el hombre exista y los lee hasta el último día de sus vidas; aun antes de que pensemos el próximo pensamiento, Jesús ya lo sabe, porque Él es Dios. Por eso habla con fundamento cuando nos advierte de que nos “cuidemos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”.

La definición de “hipocresía” es: “acto de fingir creencias, opiniones, virtudes, sentimientos o cualidades que en realidad no se tienen o no se siguen”. Sucede cuando “las acciones de una persona no coinciden con lo que dice o exige a los demás”. La Real Academia Española la define como: “Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”. Sinónimos de hipocresía son: “falsedad, fingimiento, doblez, cinismo, fariseísmo, insinceridad, disimulo, simulación, santurronería,  comedia, abulencia”.

¿Por qué Jesús califica a los fariseos de “hipócritas”?

Porque fingen, externamente, ser hombres de religión, piadosos, celosos del cumplimiento de la religión y del cuidado del templo, pero por dentro, interiormente, espiritualmente, tal como los acusa Jesús, “están llenos de rapiña y de maldad”. Fingen por fuera ser buenas personas, religiosas, pero por dentro contradicen a la religión con sus deseos de robo y de malicia.

“Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”. Si Jesús nos advierte y nos dice que nos cuidemos, es porque también nosotros podemos caer en su mismo error, es decir, la hipocresía. Si no vigilamos nuestros pensamientos y nuestros corazones, podemos parecer por fuera hombres de religión, que acuden a misa a diario y rezan todos los días, pero por dentro, estar llenos de rencor, de envidia, de malicia de toda clase. Rechacemos de plano todo pensamiento contrario a la Bondad de Dios y alimentemos nuestras almas con el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús; ése es el mejor remedio contra la hipocresía, la levadura de los fariseos.


miércoles, 14 de octubre de 2026

“Ay de vosotros fariseos y escribas, que descuidáis el amor de Dios”

 


“Ay de vosotros fariseos y escribas, que descuidáis el amor de Dios” (Lc 11, 42-46). Los fariseos y los escribas se dedicaban al Templo y a la observancia de la Ley, es decir, eran los equivalentes a los sacerdotes y laicos en la Iglesia. Jesús les reprocha duramente su hipocresía, porque si bien pasaban por ser hombres de religión, hombres que se ocupaban del Templo, de la Ley y por lo tanto de las cosas de Dios, sin embargo, en realidad, habían vaciado la esencia de la religión, la justicia, la piedad y el amor de Dios, reemplazándola por un remedo de religión. Lo que hacían los fariseos y los escribas era aparentar, por fuera, el cumplimiento estricto de las leyes religiosas, cumpliendo escrupulosamente los ritos, pero eran ritos de tradición puramente humana, no mandados por Dios, sino inventados por ellos mismos y por lo tanto, eran ritos cargados de superstición y de vanidad. Al mismo tiempo que cumplían estos ritos vacíos, descuidaban la esencia de la religión que son la caridad, el amor sobrenatural para con Dios y el prójimo y ése el reproche principal de Jesús para con ellos: “Ay de vosotros fariseos y escribas, que descuidáis el amor de Dios”.

Esta reprensión y reproche de Jesús para con los fariseos y escribas, advertidas en su tiempo, también pueden ser dirigidas a nosotros, toda vez que nos olvidemos del Amor de Dios, del Amor y la adoración debidos a Dios Trinidad y de la compasión para con el prójimo. También nosotros podemos caer en el mismo error de los fariseos, es decir, el cumplimiento meramente externo de los preceptos de Dios y de la Iglesia, aparentando por fuera ser hombres de religión, pero con el corazón vacío del Amor a Dios y al prójimo. Por eso mismo, debemos estar muy atentos y prestar mucha atención, porque no estamos exentos de cometer el mismo error de los escribas y fariseos. Para no caer en este error, el de vaciar a la religión de su esencia, el Amor a Dios y al prójimo, alimentemos nuestras almas con el Pan de Vida eterna, que nos comunica el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo y traduzcamos luego ese amor recibido en obras de misericordia para con el prójimo y de piedad, fervor y amor al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Solo así no escucharemos el amargo reproche de Jesús: “Ay de vosotros fariseos y escribas, que descuidáis el amor de Dios”.


lunes, 12 de octubre de 2026

“Limpiáis por fuera el plato, pero por dentro estáis llenos de maldad”

 


“Limpiáis por fuera el plato, pero por dentro estáis llenos de maldad” (Lc 11, 37-41). Un fariseo se sorprende por el hecho de que Jesús no se lavara las manos antes de comer. Esto llama la atención del fariseo porque ellos se lavaban las manos antes de comer, pero no por motivos de higiene física o salud, sino principalmente por razones de pureza ritual y tradición religiosa[1]. Esta práctica no se basaba en un mandato explícito de la Torá sino en la tradición de los ancianos (leyes orales transmitidas de generación en generación). La costumbre del lavado de manos y utensillos antes de comer se origina en tres motivos: uno era la imitación del ritual del Templo, porque los fariseos decidieron extender el mandato de Moisés de la purificación de manos y pies de los sacerdotes antes de realizar los sacrificios, a la vida diaria, de modo que cada casa fuera como un templo y cada mesa como un altar. Otra razón por la que adoptaron esta costumbre es que los fariseos consideraban que en la vida de todos los días, una persona podía tocar algo “impuro”, como un objeto tocado por un gentil, un insecto muerto o alguien que estuviera ceremonialmente impuro, por lo que al lavarse las manos de manera ritual[2], se eliminaban así esas impurezas. Por último, la razón del lavado de manos se debía a que así se pensaba que se protegía la comida sagrada, ya que consideraban que si sus manos estaban impuras y tocaban la comida, la impureza se transfería al alimento y, al consumirlo, ellos mismos se contaminaban espiritualmente. Todas estas reglas y costumbres no provenían de Dios, sino de enseñanzas humanas, lo cual equivale a decir, supersticiosas y esa es la razón por la cual colisionan directamente con las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, quien, ante la crítica de los fariseos de que tanto Él como sus discípulos no se lavaran las manos antes de comer, les reprocha indirectamente la inutilidad de sus costumbres -paganas y supersticiosas- y directamente, les reprocha su hipocresía, porque mientras se afanan por cumplir escrúpulos y externamente reglas inventadas por hombres, haciendo creer que eso es religión, descuidan sin embargo la esencia de la religión, que es la bondad, la caridad, la justicia y la piedad. Es por esto que Jesús les responde que “limpian por fuera el plato, pero por dentro están llenos de rapiña y de maldad”, además de decirles que lo que hace impuro al hombre no es lo que está afuera, sino lo que sale de dentro del corazón, es decir, el pecado. Jesús los critica duramente tachándolos de “hipócritas”, porque ponen por encima de los mandamientos de la Ley de Dios a tradiciones humanas, no salidas de Dios.

“Limpiáis por fuera el plato, pero por dentro estáis llenos de maldad”. Los fariseos eran religiosos, pero habían vaciado la religión, cambiando su esencia, la caridad y la justicia para con Dios y el prójimo, por la malicia del corazón y la alabanza egocéntrica de sí mismos. Tengamos cuidado y prestemos atención, porque no estamos exentos de cometer el mismo error de los fariseos; para ello, alimentemos nuestros corazones con el Amor de Dios, el Amor contenido en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

 

 

 


martes, 6 de octubre de 2026

“El Reino de Dios ha llegado a vosotros”

 


“El Reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 11, 14-23). Jesús expulsa demonios y esto es un signo de la llegada del Reino de Dios a los hombres. Pero no es solo el exorcismo realizado con el poder de su voz es signo de la presencia del Reino de los cielos, sino también los otros signos y milagros realizados por Jesús con su poder divino, como la resurrección de muertos, la multiplicación de panes y peces, la conversión del agua en vino. Todos estos son signos prodigiosos que indican que Jesús no es un hombre santo más entre tantos y ni siquiera el más santo: indican que Él es Dios Hijo en Persona, el Rey de los cielos, que ha venido a la tierra y con Él ha llegado su Reino, el Reino de Dios, Reino de luz divina que se opone y se enfrenta al Reino de las tinieblas del Ángel caído, el Príncipe de las tinieblas.

Todos estos signos indican la Presencia del Reino de Dios y del Rey del Reino de Dios, Cristo Jesús, el Mesías, que ha venido a enfrentar y vencer, con el poder divino que brota de Jesús, al Reino de las tinieblas. Jesús no ha venido para hacer de esta tierra un paraíso, un reino terrenal, sino para vencer a los tres grandes enemigos del hombre –el Demonio, el Pecado y la Muerte- por medio de su sacrificio en cruz. Por esta razón la Cruz es el signo por excelencia de la llegada y la presencia del Reino de Dios entre los hombres. Y si lo es la Cruz, también lo es la Santa Misa, que es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz.