sábado, 31 de octubre de 2026

“Llega el Esposo, salid a recibirlo”

 


(Domingo XXXII - TO - Ciclo A - 2026)

         “Llega el Esposo, salid a recibirlo” (cfr. Mt 25, 1-13). Para graficar al Reino de los cielos, Jesús utiliza la parábola de las vírgenes necias y las vírgenes prudentes, todas las cuales esperan al esposo. Para comprender el significado espiritual y sobrenatural de la parábola con una definida simbología esponsal, es necesario sustituir las realidades naturales, como el esposo, la esposa, las vírgenes necias y las prudentes, por sus contrapartes sobrenaturales. Así, nos preguntamos quién es el Esposo, quién es la Esposa del Esposo, qué representan las vírgenes, tanto las necias como las prudentes.

         Al responder estas preguntas, nos encontramos con que el Esposo que viene de unas bodas, es Dios Hijo encarnado, Nuestro Señor Jesucristo; la Esposa, con quien el Esposo se ha unido en esponsorios no terrenales sino sobrenaturales y celestiales, es la Santa Iglesia Católica, aunque también es la Humanidad[1]; las vírgenes prudentes representan a las almas que por la vida de la gracia se preparan en la Iglesia para recibir al Esposo, Dios Hijo encarnado; las vírgenes necias representan a su vez a los bautizados que aun habiendo recibido el don de pertenecer a la Iglesia, no muestran interés en recibir al Esposo. El desposorio o matrimonio sobrenatural al cual asiste el Esposo, es la unión hipostática de Dios Hijo con la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth; el regreso de improviso, a la madrugada, representa tanto a la hora de la muerte de cada uno en persona, hora que significará el encuentro personal con Jesucristo, aunque también significa el Segundo Regreso en la gloria de Jesucristo, en el Día del Juicio Final.

         En esta parábola se describe por lo tanto al encuentro del Verbo de Dios encarnado con su Esposa, la Iglesia y también la Humanidad, que acude a su encuentro como el esposo que acude a las bodas para unirse a su esposa. Jesús utiliza el amor humano más puro, después del amor maternal y es el amor esponsal, para graficar la unión entre Dios Uno y Trino con la humanidad. En la parábola de Jesús el amor esponsal, espiritual y puro, que une a los esposos como si fueran uno solo, es utilizado como símbolo y figuración del amor celestial que las Tres Divinas Personas poseen para con la humanidad y es también utilizado como símbolo de la unión espiritual que Dios Hijo quiere establecer con cada alma.

La Persona del Hijo de Dios, enviado del Padre para donar su Espíritu de Amor a la humanidad, es quien declara su amor esponsal a la humanidad por medio de la Encarnación.

Esta simbología esponsal no es propia solo de esta parábola puesto que el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento utilizan el misterio nupcial, el misterio del amor esponsal, para representar el amor de Dios por la humanidad. Así, por ejemplo, en el libro del Cantar de los cantares el Esposo es Dios y la Esposa el alma; en el Nuevo Testamento, el Esposo es el Hijo de Dios encarnado, y la Esposa es la humanidad; en el Apocalipsis se relata el encuentro de Dios con su Iglesia, la cual está adornada “como una Esposa para el día de sus bodas”, y aquí el Esposo es el Cordero de Dios. También los Padres de la Iglesia describen la unión entre Dios encarnado y la humanidad como una unión esponsal, aunque en este caso es mística, espiritual, celestial, sobrenatural.

 

El misterio nupcial humano es utilizado por la Sabiduría divina para describir el misterio nupcial humano-divino, la unión de Dios en la Persona del Hijo con la Humanidad. Ahora, si estas imágenes remiten a la bondad y al inefable amor esponsal de todo un Dios que para demostrar su amor por los hombres no duda en encarnarse para ir al encuentro de la humanidad y esto debe alegrar al alma al sentirse amada con el Amor Eterno e Infinito de Dios, cuánto más debe extra-colmar de alegría no ya las figuras, sino la realidad de ver a ese Amor Divino materializado y encarnado en el Divino Esposo, el Cordero de Dios, Cristo Jesús, quien derrama su Sangre y entrega su Vida divina en la cruz como don supremo de amor sobrenatural por su Esposa Mística, la Iglesia.

Lo que debemos entender, para comprender mejor la parábola, es que si la Iglesia es la Esposa del Cordero, también lo es cada alma bautizada[2], porque son los bautizados quienes por el Espíritu forman parte de la Iglesia, de manera que el encuentro nupcial y el amor esponsal de Jesús Esposo, se dirige a la Iglesia, la cual se presenta en el tiempo y en la historia como una Persona místicamente operante, y también se dirige a cada alma individual que ha recibido el Bautismo sacramental. Entonces, no solo la Iglesia en su conjunto, sino también cada alma de modo particular, son los destinatarios del misterio nupcial de Dios, que viene a nuestro encuentro, así como un Esposo va al encuentro de su Esposa en el día de sus bodas.

Y el Esposo no viene al encuentro de su Esposa, la Iglesia, con las manos vacías, sino con un don, con una dote esponsal de valor infinito y eterno y es su sacrificio en cruz, su sangre derramada, su cuerpo entregado, su alma donada, su vida ofrecida para la salvación de su Esposa, la humanidad. Todos estos dones los entrega a su Iglesia por medio de otro don: el Divino Amor, el Espíritu Santo. Precisamente, para entregar su Amor, su Espíritu Santo, a su Esposa, infundido desde su Sagrado Corazón, es que el Divino Esposo se ofrenda a sí mismo en la cruz, porque el Espíritu Santo, su Amor Esponsal, será derramado sobre las almas con la Sangre Preciosísima que brota de sus heridas y de su costado abierto, como de una Fuente Inagotable. La auto-comunicación de sí y el don del Espíritu de Amor es el único motivo que lleva al Divino Esposo Jesús a inmolarse por su Esposa Mística, la Iglesia, y también por cada alma.

El encuentro nupcial entre el Esposo y su Esposa, iniciado en la Encarnación y llevado a su plenitud en la cruz, llevado a cabo en la historia se renueva en el misterio de los tiempos y en el misterio de la liturgia eucarística, en la Santa Misa, porque allí el Divino Esposo Jesús renueva y actualiza su don supremo para su Esposa, su sacrificio en cruz, convirtiendo el Altar Eucarístico en un Nuevo Calvario, en un Calvario Místico; por la Santa Misa también renueva el don de su Espíritu, el cual es infundido desde su Sagrado Corazón Eucarístico en lo más profundo del alma en la Comunión Eucarística. El cuerpo del Cordero entregado en el altar eucarístico, y su Sangre Preciosísima derramada en el cáliz del altar constituyen la Alianza Nueva y Eterna por la cual Dios Trino no solo declara sino que hace real y efectivo su amor eterno por la humanidad y por cada alma en particular.

Y aquí entra el otro elemento de la parábola, la de las vírgenes, que representan al alma: las vírgenes prudentes son las almas que, agradecidas a Dios por este don esponsal del Amor de su Sagrado Corazón, esperan su encuentro con Él con las lámparas llenas de aceite y encendidas, es decir, con el aceite de la gracia y con la luz de la fe. Por su parte, las vírgenes necias son las almas tibias, que conociendo el Amor de Dios por ellas, no corresponden a este amor, viviendo sin fe y sin la gracia de Dios y por lo tanto, quedan excluidas del Banquete eterno que el Esposo ofrece a las almas fieles que lo aman.

El Divino Esposo, Jesús, el Cordero de Dios, renueva su Alianza esponsal, la Alianza Nueva y Eterna, inmolándose cada vez en al Altar de la cruz y en la cruz del Altar, para concedernos el don de su Sagrado Corazón, el Espíritu Santo y esto lo hace por nosotros, su Iglesia. Por esto mismo, como miembros de su Iglesia y como destinatarios del Ser divino trinitario, que es el regalo de bodas que se ofrece como don celestial en cada Eucaristía, debemos, como las vírgenes prudentes, esperar al Esposo con el alma plena del aceite de la gracia y con la luz de la fe encendida, operante mediante obras de misericordia, para adorarlo en su Presencia real eucarística y así ingresar a la Cámara Nupcial, su Sagrado Corazón Eucarístico, dándole gracias por su infinita y divina misericordia.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 571.

[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 185.


domingo, 25 de octubre de 2026

Jesús cura a un enfermo de hidropesía

 


Jesús cura a un enfermo de hidropesía con su sola voz y su solo querer, demostrando así su poder de Hombre-Dios. Esta curación milagrosa es real, llevada a cabo por la omnipotencia divina de Jesús, quien así, con este milagro, demuestra que Es quien dice Ser, Dios Hijo encarnado y no un simple profeta, o un hombre santo, ni siquiera el más santo de todos, sino Dios Tres veces Santo en Persona.

Ahora bien, en esta curación corporal, la curación de una invalidez corporal, no tiene como fin el solo curar la enfermedad del cuerpo: su fin es prefigurar otra curación, realizada también por la omnipotencia divina de Jesús y es la curación del alma. El alma humana ha quedado inválida, incapacitada en su capacidad de Dios, aunque no totalmente, pero sí en la misma proporción que hay entre un cuerpo apto físicamente y uno incapacitado en su movilidad.

Las curaciones corporales de Jesús, como en este caso, la curación de una hidropesía, son prefiguraciones de la curación más importante, la del alma. Por medio de su gracia santificante, Jesús sana al alma herida e incapacitada por el pecado original, pero además agrega algo más: así como el cuerpo sanado de su enfermedad, se puede decir que vive una nueva vida, la vida como sano, así también el alma, curada por la gracia, no solo se hace “capax Dei”, capaz de Dios, con sus fuerzas naturales, sino que por la gracia le es concedida una nueva vida, la vida de los hijos de Dios, la vida nueva de la gracia santificante concedida por los Sacramentos.

Todo hombre nace con una herida espiritual, provocada por el pecado original y esta herida incapacita al hombre para volver a Dios; la gracia santificante, prefigurada en la curación milagrosa del hidrocefálico, no solo hace capaz plenamente al hombre de Dios, sino que le concede una nueva capacidad, por la cual es introducido en la vida y en los misterios del Hombre-Dios Jesucristo.

Al curar milagrosamente al enfermo de hidropesía, Jesús no solo realiza un milagro doble, la curación del cuerpo y del alma, sino que además concede al ser humano una nueva vida, la vida de la gracia, la vida nueva de los hijos de Dios, nacidos de la Luz Eterna que es Cristo. Esa misma Vida Eterna, la participación a la Vida Eterna, es la que recibimos cada vez que comulgamos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.


“Vuestra casa se quedará vacía”

 


“Vuestra casa se quedará vacía” (Lc 13, 31-35). Jesús revela a los fariseos, escribas y doctores de la ley, una escalofriante profecía: la casa de ellos, el Templo, quedará vacío. La razón es que ellos, que representan al estamento religioso de su tiempo, rechazan su condición divina, su condición de Mesías Redentor y Salvador y en consecuencia su misterio pascual de muerte y resurrección. Pero quienes se decían religiosos no solo rechazan a Jesús, sino que planean abiertamente la muerte de Jesús por medio de la crucifixión. Esta profecía está dirigida también al Pueblo Elegido en general, porque será este mismo Pueblo quien, dirigidos en el error por sus dirigentes, se alegrará y gozará por la crucifixión y muerte de Jesús.

El castigo para el pecado de deicidio cometido por fariseos, escribas y doctores de la ley, con la aprobación de una gran mayoría del Pueblo Elegido, es quedar con la “casa vacía”, lo cual se refiere a la destrucción del Templo y al fin de los ritos cultuales, castigo que se mantiene hasta la actualidad.

“Vuestra casa se quedará vacía”. La tremenda profecía de Jesús no se limita a los fariseos y al Pueblo Elegido: se extiende y se dirige también a los cristianos, a los católicos de todos los tiempos porque por “casa” y “templo”, se entiende también el alma. El católico que cae en el pecado de apostasía, es decir, el abandono de Jesús y de la práctica de la fe luego de haber recibido la Comunión y la Confirmación, también verá su casa-templo, es decir, su alma, vacía de la Presencia del Hombre-Dios Jesucristo, pero esto no porque Jesucristo se vaya del alma, sino porque el alma lo rechaza voluntariamente, abandonándolo por seguir detrás de falsos dioses e ídolos paganos. Para estos católicos apóstatas, también está dirigida la profecía: “Vuestra casa se quedará vacía”, siendo la casa vacía el alma sin la gracia de Dios y por lo tanto vacía de la Presencia del Hombre-Dios Jesucristo.

“Vuestra casa se quedará vacía”. La mayor desgracia que pueda ocurrirle a un alma en esta vida es el quedarse con la “casa vacía”, es decir, con el alma sin la gracia santificante y vacía de la Presencia de Dios Uno y Trino y de su Mesías, Cristo Dios. No caigamos en el error de la apostasía, que lleva a quedarnos con la “casa vacía”, con el alma sin la Presencia de Jesús. Por el contrario, hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para que nuestra casa nunca esté vacía, sino llena de la Presencia del Hombre-Dios Jesucristo.


"El Reino de Dios es como un grano de mostaza”

 


 

"El Reino de Dios es como un grano de mostaza” (Mt 13, 31-35). Para graficar al Reino de Dios, Jesús utiliza la imagen de un grano de mostaza: de la misma manera a como el grano de mostaza es inicialmente pequeño, pero luego se convierte en un gran arbusto, morada para los pájaros del cielo, así también es el Reino de los cielos, pequeño en su inicio, enorme en su desarrollo final.

Ahora bien, esta parábola puede aplicarse también al alma, porque Jesús dice: “El Reino de Dios está entre ustedes” y esta aplicación puede ser de la siguiente manera: el alma, en su estado natural, sin poseer la gracia santificante es, como la semilla de mostaza, pequeña, pero a medida que adquiere la gracia divina crece hasta alcanzar un tamaño insospechado, superando inimaginablemente el tamaño original. Esto es lo que sucede con los santos, sobre todo a los que llegaron a las altas cumbres de la santidad y esto debido a la gracia divina. Todos los santos en el Cielo, sin excepción, deben su grandeza a la gracia que recibieron en vida por los Sacramentos; sin esta gracia santificante, jamás habrían alcanzado tan grande santidad. Sin la gracia, habrían permanecido pequeños e insignificantes, tal como lo es un grano de mostaza.

En la parábola entonces, el alma es el grano de mostaza que, por la gracia, alcanza un tamaño que supera en miles de veces el tamaño original, convirtiéndose en un árbol en donde van a hacer nido las aves del cielo. ¿Qué es lo que representan estas aves del cielo que anidan en el alma que ha crecido por la gracia?

Estas aves del cielo, que son tres, representan a las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, las cuales “hacen nido en el alma”, es decir, van a morar, a inhabitar en el alma del justo, en el alma del que está en estado de gracia santificante. En la parábola del grano de mostaza y de las aves del cielo, está representada entonces una verdad de nuestra fe católica y es la inhabitación trinitaria, la inhabitación de las Tres Divinas Personas en el alma en gracia.


miércoles, 21 de octubre de 2026

Solemnidad de Todos los Santos

 


(Domingo XXXI - TO - Ciclo A - 2026)

          La Iglesia Militante, la Iglesia que peregrina en la tierra se alegra y celebra, en la Solemnidad de todos los Santos, a todos los que, luego de su peregrinar por la tierra y unidos al Sacrificio Redentor de Cristo, por los méritos de su Pasión y Cruz, lograron alcanzar el Reino de los Cielos, es decir, a aquellos que componen la Iglesia Triunfante, los Santos.

          La Iglesia Militante se alegra por la Iglesia Triunfante, por los Santos, que son quienes contemplan a la Trinidad por toda la eternidad y esa alegría es una participación de la alegría que experimentan los Bienaventurados en el Cielo; es una alegría celestial y divina porque se origina en la contemplación cara a cara de las Tres Divinas Personas y del Cordero.

          La diferencia entre los Santos que habitan en el Cielo y nosotros, que habitamos en la tierra, es que nosotros somos pecadores. El pecador se opone al santo porque el pecador no tiene en sí la santidad divina, mientras que el santo, viviendo en gracia en su vida terrena, ahora es glorificado por la eternidad en los Cielos. Los que no somos santos, sino pecadores, debemos contemplar a los santos, sus vidas y sus mensajes de santidad, para aspirar algún día a ser santos como ellos. Mientras estamos en esta condición de viadores, de peregrinos hacia la Jerusalén Celestial, no somos santos, sino pecadores. Esperamos algún día dejar la condición de viadores y pecadores y por esto mismo es que, contemplando las vidas de los Santos, esperamos algún día ser como ellos, esperamos algún día ser glorificados con la gloria de Cristo, como ellos. En ese momento comenzaremos a ser santos y para que lleguemos a ser santos es que la Iglesia nos propone a los Santos como modelos de virtud y de santidad y sobre todo, como modelos de amor a Jesucristo, Rey de los Santos. Como pecadores, estamos en esta vida llenos de defectos, vicios y miserias humanas, pero la Iglesia quiere que seamos perfectos, llenos de virtudes y de santidad divina, como los santos.

          La Iglesia nos propone imitar a los Santos porque ellos, en vida terrena, fueron hombres y mujeres comunes y corrientes y hasta grandes pecadores, pero fueron transformados por la gracia santificante de Jesucristo en esta vida y ahora son glorificados por la eternidad en el Reino de los Cielos. Todos los Santos fueron pecadores que luego se convirtieron por la gracia santificante y así lo demuestra la historia de la Iglesia. Algunos ejemplos de estos santos que antes de convertirse fueron pecadores son: Moisés, quien según el libro del Éxodo (2, 11-15) cometió un homicidio, pero luego se arrepintió y ahora es santo; otro ejemplo es San Pablo, el cual antes de recibir la gracia de la conversión a Jesucristo, cayéndose del caballo, asistió y aprobó un homicidio, el martirio de San Esteban (cfr. Hech 6, 8); otro ejemplo de pecador convertido es el del Beato Bartolo Longo, el cual antes de ser ferviente devoto y difusor del Santo Rosario y de la advocación de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, fue espiritista, médium y sacerdote de Satanás, además de ser un gran enemigo de la Iglesia, al dejarse contaminar por el pensamiento de filósofos anti-cristianos como Hegel y Renán; otro ejemplo de santo que fue pecador antes de su conversión es San Agustín, Doctor de la Iglesia, quien frecuentó todo tipo de sectas además de tener un hijo, Adeodato, por fuera del matrimonio; otro ejemplo clamoroso de conversión es el de Santa Teresa de Ávila, a quien Jesús la llevó al infierno y la hizo entrar en la cueva con paredes de fuego que  le estaba destinada por toda la eternidad, si es que continuaba con su vida de pecadora y no se convertía y eso que Santa Teresa, al momento de tener esta experiencia mística, ya era hermana Carmelita. Con ejemplos como estos, podríamos continuar sin detenernos, ya que la vida de la Iglesia está signada por la vida de pecadores que se convirtieron en grandes santos. El gran ejemplo que nos dejan los santos es que ellos, si bien eran pecadores antes de la gracia de la conversión, una vez recibida esta gracia, tomaron conciencia de la miseria que es el pecado y del valor inestimable de la gracia, al punto que desearon morir antes que pecar, siquiera con pecados veniales, e hicieron el propósito de vivir en gracia y de perder la vida terrena, si fuera necesario, antes que perder el estado de gracia. El mérito de los santos radica en haberse enamorado de Jesucristo y su gracia, prefiriendo la muerte antes que perder la gracia y por eso ahora son recompensados con la gloria divina por la eternidad en los Cielos.

          El ejemplo de vida que nos dejan los Santos es el aprecio y el amor a la gracia santificante de Jesucristo y el hacernos ver que, sin la gracia de Jesucristo, ellos no solo no habrían sido jamás santos, sino que, por el camino de pecado que llevaban, su condena en el Infierno era segura. En esto consiste el apreciar la santidad, en que saber que la diferencia entre habitar en el Infierno para siempre y el vivir en la gloria de los Cielos por la eternidad, comienza aquí en la tierra, con el amor a Jesucristo y a la gracia que nos confieren los Sacramentos. Quien comprendió esto con lucidez celestial fue Santo Domingo Savio, quien a los nueve años le dijo a San Juan Bosco: “Prefiero morir antes que pecar”. Lo que carácterizó a los Santos es el haber amado más la vida eterna que la vida terrena; el haber despreciado los bienes terrenos con tal de adquirir el Bien Eterno de la vida de la gracia; el haber amado a Jesús por encima de todo, incluso hasta por encima de la propia vida.

          Nuestra esperanza de santidad en esta vida y de feliz eternidad en la otra vida, es la vida de los santos, porque ellos, siendo pecadores como lo somos nosotros, no se quedaron en el pecado, sino que abrazaron la vida de la gracia e hicieron todo lo que estaba a su alcance para perseverar en la gracia y también para acrecentarla. Por esta razón es que la Santa Iglesia Católica nos propone a los Santos y sus vidas y mensajes de santidad y es para que, aprendiendo de ellos y de sus vidas y sobre todo participando de su gran amor a Jesucristo y la gracia de los Sacramentos, lleguemos algún día a ser santos como ellos y participemos de su gloria y de su bienaventuranza, adorando a la Trinidad y al Cordero por siglos sin fin.


lunes, 19 de octubre de 2026

“Hipócritas, sabéis reconocer el tiempo climatológico pero no el signo de los tiempos”

 


“Hipócritas, sabéis reconocer el tiempo climatológico pero no el signo de los tiempos” (cfr. Lc 12, 49-56). Jesús dirige un duro reproche, llamándolos “hipócritas” a quienes saben descifrar el tiempo climatológico -saben si va a llover o no, si va a soplar viento zonda o no- y pueden predecir el cambio de estaciones, pero sin embargo no saben -o no quieren saber- reconocer el tiempo de Dios, es decir, los signos que indican los tiempos de Dios.

Jesús acusa de “hipócritas” a quienes son capaces de reconocer el tiempo el tiempo meteorológico y cronológico, que es el “chronos” o medida del ser, pero no son capaces -o no quieren- reconocer otro tiempo, mucho más importante, el “tiempo de Dios”, en griego “Kairós”, que es el tiempo histórico-salvífico en el que Dios interviene en la Persona del Hijo, para la salvación de los hombres y es lo que Jesús llama “signo de los tiempos”.

 El “signo de los tiempos”, el tiempo que transcurre no por la simple sucesión de las horas y los días, sino hacia el vértice tiempo-eternidad, en la consumación de los tiempos y el inicio de la eternidad, se da en su plenitud en la Encarnación del Hijo de Dios en el seno virgen de María; es un tiempo histórico, porque fue un hecho puntual acaecido en la historia humana y es a la vez salvífico, porque con el ingreso del Ser Eterno de Dios Hijo y su encarnación en una naturaleza humana, toda la historia humana en general y todo tiempo de cada persona humana adquiere un nuevo sentido, una nueva dirección, una dirección vertical, porque se orienta al Cielo y este tiempo nuevo salvífico, desarrollado en la historia humana, alcanza su fin con el Fin de los tiempos, con el Último Día, el Día del Juicio Final, que es al mismo tiempo el inicio de la eternidad.

Lo que hay que considerar es que, antes de que llegue el Día del Juicio Final, Día en el que finalizará para siempre el tiempo cronológico para dar inicio a la eternidad del Ser Divino trinitario, este tiempo al que medimos en días, meses y años, desde la Encarnación del Verbo de Dios está, por así decirlo, “impregnado y atravesado por la eternidad divina. Esto quiere decir que cada segundo, cada minuto, cada día que el hombre vive en esta tierra, es un segundo, un minuto, un día por los cuales el hombre participa de la eternidad del Ser Divino trinitario. Por esta razón, lo que el hombre elige en el tiempo tiene destino de eternidad y queda “fijado” en la eternidad, tanto para el bien como para el mal. Por estar impregnado por la eternidad del Verbo de Dios por su Encarnación, todo tiempo humano es, a partir de Jesús, “tiempo de Dios”, porque todo el tiempo humano, desde la Encarnación gira en torno y se dirige a la Eternidad Divina. Es esto lo que, como cristianos, estamos llamados y obligados a reconocerlo y si no lo hacemos o no lo queremos hacer, corremos el riesgo de ser calificados como “hipócritas” por parte de Jesús. Desde la Encarnación, el tiempo humano ha dejado de ser meramente “chronos” o cronológico, para ser “Kairós” o salvífico y esto significa que el ser humano debe pensar, querer, actuar no según su propia voluntad de Dios, sino según la voluntad de Dios, que es una voluntad salvífica. En otras palabras, debemos considerar a esta vida terrena no como un simple transcurrir horizontal del tiempo, sino como una elevación vertical del tiempo que, unido a la Eternidad Divina, transcurre cada día en la dirección de su consumación final en el Día del Juicio Final. Y según esta cosmovisión, el tiempo terreno es una antesala de la eternidad, la cual puede ser de dolor o de gozo, según los libres actos realizados en el tiempo que Dios nos da para la salvación eterna.

Si el hombre obra reconociendo que su tiempo en la tierra es un tiempo salvífico, un tiempo histórico-salvífico, obrará la misericordia, de modo que su tiempo cumpla su cometido, que es la eterna salvación. Pero cuando el hombre, capaz de reconocer el tiempo cronológico y el tiempo meteorológico, cierra sus ojos al reconocimiento del tiempo salvífico o “Kairós”, comportándose de forma “hipócrita” como lo dice Jesús, entonces comienza a vivir un tiempo no-salvífico y es el caso de la moderna civilización humana, en el que Dios y su Mesías, Cristo Jesús, han sido dejados de lado porque el hombre ha construido una moderna Babel, una civilización puramente humana, sin Dios.

Estemos atentos y sepamos discernir el “tiempo de Dios”. el “Kairós”, el tiempo histórico-salvífico, para encaminar nuestros pasos en el tiempo hacia la feliz Eternidad Divina.

 


sábado, 17 de octubre de 2026

“Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”

 


(Domingo XXIX - TO - Ciclo A – 2026)

“Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” (Mc 12, 13-17). Los herodianos y fariseos se reúnen y confabulan entre sí para tenderle una trampa a Jesús, de manera de hacerlo caer en ella y así tener motivos para acusarlo. Para llevar a cabo sus planes, le presentan a Jesús una moneda que posee la imagen del César, el emperador romano, al tiempo que le hacen una pregunta que es la que lleva en sí misma la trampa, le preguntan si Él, que se presenta como un maestro religioso, considera “si es lícito pagar o no el impuesto al César”. La pregunta no es formulada con el deseo sincero de conocer la verdad, sino con la intención de tenderle una trampa para tratar de hacerlo caer en alguna contradicción y así usar la respuesta de Jesús en un juicio en su contra. La pregunta presenta una doble dificultad y por lo tanto una doble posibilidad, para Jesús, de caer en la trampa. Si Jesús responde que sí hay que pagar impuestos al César, los fariseos y herodianos lo acusarán de ser cómplice del Imperio Romano, la potencia ocupante en ese entonces; si Jesús contesta que no hay que pagar impuestos, la acusación será de intento de revolución y de sublevación, poniendo al pueblo en contra del gobernante, es decir, el César. Para los fariseos y herodianos se trata de una trampa perfecta; según su malicioso pensamiento y obrar, Jesús no tiene escapatoria y antes de que Jesús responda, se gozan maliciosamente de lo que piensan es un rotundo triunfo. Sin embargo, Jesús es Dios Hijo, es la Segunda Persona de la Trinidad, es la Sabiduría Increada y Eterna de Dios y por lo tanto es imposible que caiga en una trampa dialéctica inventada por los hombres. Además, como Jesús es Dios, se cumple lo que dice la Escritura: “de Dios nadie se burla”.

Ante la pregunta capciosa y maliciosa, Jesús no responde ni afirmativa ni negativamente. En vez de eso, Jesús pide que le enseñen la moneda -un denario- con la que se pagan los impuestos. El denario lleva impresa la imagen del César y por esto Jesús les pregunta de quién es esa imagen. Los fariseos y herodianos responden obviamente que es la imagen del César. Una vez que los fariseos y herodianos afirman que la imagen es del César, Jesús da la respuesta que demuestra que Él es la Sabiduría Divina en Persona, que sobrepasa infinitamente a la razón humana, no solo escapando de la trampa que le habían tendido, sino dejándolos a ellos a su vez entrampados en su misma dialéctica. Usando la respuesta que ellos le dieron, Jesús les hace ver que, si la moneda tiene la imagen del César, entonces la moneda es del César y en consecuencia, se debe dar al César lo que es del César; en otras palabras, hay que pagar impuestos. Pero además de esto, Jesús agrega algo más que supera las expectativas de sus enemigos, algo que está fuera del alcance de la trampa tendida por fariseos y herodianos y es que Jesús dice que si al César hay que darle lo que es del César, también corresponde darle “a Dios, lo que es de Dios”. En otras palabras, el cristiano debe pagar impuestos, siempre y cuando sean justos y esto es lo que significa “darle al César lo que es del César”, pero además, en justicia, debe “darle a Dios lo que es de Dios”. Esto último rompe el esquema de la trampa tendida por fariseos y herodianos y lleva el planteamiento inicial a un nivel totalmente inesperado por sus interlocutores, el nivel divino: ahora, el hombre no solo debe cumplir con el poder temporal, sino que debe, ante todo, cumplir con su Creador, dándole a Dios lo que le corresponde a Dios.

Con su respuesta Jesús nos deja una enseñanza válida para esta vida y para la vida eterna: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”. La moneda, el dinero, al llevar la efigie del César, indica que es del César y por lo tanto hay que dárselo a él, al poder temporal, al mundo, que es adonde pertenece el dinero. Al César, al poder mundano y terrenal, hay que darle lo que le pertenece, el dinero y todo lo que este conlleva: posesiones materiales, éxito mundano, poder, influencias terrenas. Esto es lo que le pertenece al “César”, al poder mundano, al mundo y por eso hay que “dárselo al mundo”, en el sentido de despojarnos de lo mundano. El católico está en el mundo, por eso hay que darle al mundo lo que es del mundo, el dinero, pero también el cristiano no es de este mundo y es esto lo que explica la segunda parte de la respuesta de Jesús: “a Dios, hay que darle lo que es de Dios”. Entonces, si al César hay que darle lo que es del César y eso es justo, también a Dios hay que darle lo que es de Dios y por eso debemos preguntarnos qué es lo que le pertenece a Dios, porque eso es todavía más justo: darle a Dios lo que es de Dios.

Nos preguntamos entonces, ¿qué es lo que tenemos y que es de Dios y por lo tanto debemos darle a Dios? Es de Dios y a Dios le pertenecen nuestro ser, nuestra vida, nuestra alma, nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestro corazón, nuestro cuerpo, porque Él es Nuestro Creador -Dios Padre nos creó y nos dio el ser, sacándonos de la nada-; Él es Nuestro Redentor -Dios Hijo nos redimió al precio de su Sangre en la cruz-; Él es Nuestro Santificador -Dios Espíritu Santo nos santifica con su Presencia en el alma en gracia-.

Entonces, a Dios Uno y Trino hay que darle lo que le pertenece y lo que le pertenece es todo nuestro ser, toda nuestra vida, todo el corazón, toda el alma, todo lo que somos y tenemos, porque Él es Nuestro Dios y Señor. Estaríamos quedándonos con algo que no nos pertenece, si decimos egoísta y erradamente: “Yo soy yo y no le pertenezco a nadie”, o si dijéramos: “Yo dispongo de mi vida como me parece, sin importarme ni Dios ni los planes que Dios tiene para mí”. Eso sería injusto y equivocado, porque a Dios le pertenece nuestro ser, nuestra vida, todo lo que somos y tenemos. Por esta razón, debemos darle a Él todo nuestro ser, para tomando en el tiempo Él lo que es de Él -nuestro ser, nuestra vida, nuestra existencia-, lo siga poseyendo por toda la eternidad. Somos propiedad y pertenencia de Dios, en el tiempo y en la eternidad y esto es lo que significa “dar a Dios lo que es de Dios”. Y debemos dar a Dios lo que le pertenece no de cualquier manera, sino por medio de las manos de la Virgen y su Inmaculado Corazón.

“Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Al César, al poder temporal, le corresponde el dinero y el católico debe pagar impuestos que sean justos para que el César, el poder temporal, guiado por la Ley de Dios y en cumplimiento de su voluntad, lo retorne en obras -hospitales, escuelas, carreteras, etc.- que sirvan para el Bien Común. Pero el católico debe dar a Dios lo que es de Dios: nuestro acto de ser, que es lo más profundo e íntimo de nosotros mismos, la perfección por la cual somos en acto en la realidad y dejamos de ser una mera idea, pero como del acto de ser se derivan la vida, la naturaleza, la existencia, a Dios le pertenecen nuestros pensamientos -de ahí que nuestros pensamientos deban ser purificados por la gracia y la penitencia, para ofrecer a Dios no nuestros pensamientos de pecado, sino los pensamientos santos y puros que tiene Jesús coronado de espinas- y le pertenecen también nuestras palabras, nuestros deseos y nuestras acciones. Ahora bien, puesto que Dios es Tres veces Santo, todo lo que le ofrezcamos debe ser santo, debe estar purificado por la gracia, por la penitencia y por la oración, porque Dios es nuestro santificador y la Santidad Increada en Sí misma y por esta razón, no podemos darle pensamientos, palabras y obras que no sean santos.

“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Demos el dinero al mundo, que es a quien le pertenece y demos a Dios lo que es Dios: todo lo que somos, lo que pensamos, deseamos y obramos, aunque como dijimos, puesto que Dios es Tres veces Santo, lo que le demos a Dios también debe ser santo.