(Mt 18, 16-20 – Ciclo A - 2026)
Luego
de resucitar Jesús asciende a los cielos, con su humanidad gloriosa, dejando en
la tierra a sus discípulos y a su Iglesia. Pero este “dejar” de Jesús no es
definitivo, puesto que Él mismo deja la promesa de regresar y esta vez para
conducir a los integrantes del Cuerpo Místico al cielo, al mismo cielo adonde
Él asciende: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones, y Yo voy a
prepararos un lugar”. Jesús utiliza una imagen familiar y tierna, la de la casa
paterna, en la que hay muchas habitaciones para todos nosotros, para revelar
cuál es el fin de su misterio pascual de muerte y resurrección: Jesús muere en
la cruz, resucita, y ahora sube al cielo, para llevar a la humanidad al cielo,
al seno mismo de Dios Uno y Trino. Esto significa que el fin de su Encarnación
y de todo su misterio pascual no es el de simplemente perdonar los pecados,
sino el concedernos la gracia de la filiación divina, es el concedernos la vida
nueva del Espíritu de Dios Trinidad, y mediante la posesión de la vida del
Espíritu, nos concede la posesión de las Divinas Personas de la Trinidad, y esto
en el seno mismo de la Trinidad.
Jesús asciende glorioso con su humanidad propia,
la que le pertenece a su Persona Divina, la Humanidad en la que se encarnó en
el Portal de Belén, la humanidad a la cual Él se unió personalmente en
desposorio místico en el seno virgen de María; Jesús asciende con su Humanidad
personal, la naturaleza humana con la cual fue crucificado en el Monte
Calvario, la misma Humanidad con la cual fue resucitado y glorificado al ser
soplado sobre ella el Espíritu Santo, el Espíritu de Vida Divina, la Tercera
Persona de la Trinidad. Pero lo que hay que tener en cuenta es que no asciende
a los cielos para quedarse solo, sino que sube para terminar de cumplir una
tarea, la que Él mismo anuncia a sus elegidos, a su Cuerpo Místico, los
bautizados en la Iglesia Católica: “Voy a prepararos una habitación para cada
uno de vosotros en la Casa de mi Padre”. Jesús asciende, pero debe regresar,
luego de preparar las habitaciones en la Casa del Padre, para llevar a los
elegidos al Reino de los cielos. Jesús asciende con su Humanidad personal, con
su Cuerpo real y personal, pero también debe ascender con su Cuerpo Místico,
los bautizados sacramentalmente en la Iglesia Católica. Y es por esto que nos
preguntamos: si Jesús ascendió realmente con su cuerpo real, resucitado y
glorioso, con su Humanidad personal, entonces, ¿de qué manera tiene que
ascender todavía con su Cuerpo Místico, es decir, con nosotros, los bautizados?
La respuesta a esta pregunta está más allá del
alcance de la razón humana o angélica y se vislumbra cuando reflexionamos
acerca de la naturaleza de Jesucristo: Jesús no es un hombre más entre tantos,
ni siquiera el más santo entre los santos: Él es el Hombre-Dios, es el Dios
Tres veces Santo, es la Segunda Persona de la Trinidad, que procede eternamente
del Padre. En cuanto tal, en cuanto Dios-Hombre, su Ser divino posee un
misterio sobrenatural inaccesible por su naturaleza a la comprensión del ángel
o del hombre; su Acto de Ser divino trinitario posee cualidades desconocidas
para cualquier creatura y de la misma manera sucede con su Cuerpo, tanto con el
real -el Cuerpo en el que se encarnó en Belén-, como con el Cuerpo Místico -que
somos nosotros, los bautizados-. Esto quiere decir que Jesús tiene, por así
decirlo, dos Cuerpos, su Cuerpo real, que es aquel con el cual Él sube al cielo
y además posee otro Cuerpo, espiritual y Místico -no menos real, del cual Él es
la Cabeza-, que Él se adquiere y se forma para sí con cada bautizado,
infundiéndole su Espíritu e incorporándolo a Él. Esto se comprende mejor con la
siguiente figura: como si a un cuerpo humano, por ejemplo, lo fuéramos armando
parte por parte, órgano por órgano, tejido por tejido, célula por célula. De
esta manera, así como su Cuerpo real se forma por la unión de una célula con
otra célula, así su Cuerpo Místico, su cuerpo espiritual, por así decir, se
forma por la unión de los bautizados con Él y luego, en Él, entre sí. Es decir,
cada bautizado forma parte de su Cuerpo Místico ya que Él, Jesús, lo hace parte
de su Cuerpo al incorporarlo a sí mismo por el Espíritu en el bautismo. Dice el
beato Isaac: “Así como la cabeza y el cuerpo forman un solo hombre, así también
el Hijo de la Virgen y sus miembros elegidos forman un solo hombre y un solo
Hijo del hombre. (...) El Cristo íntegro y total lo forman la cabeza y el
cuerpo, el cual, junto con la cabeza, constituye un solo Hijo del hombre, un
solo Hijo de Dios, por su unión con el Hijo de Dios en persona, el cual, a su
vez, es un solo Dios por su unión con la divinidad. Por tanto, todo el cuerpo
unido a la cabeza es Hijo del hombre e Hijo de Dios, y aún Dios”[1].
Según el Beato Isaac, todo el Cuerpo Místico, es decir, todos los bautizados, somos Cristo unidos por el Espíritu; y
todavía más, dice el Beato Isaac, todos los miembros de la Iglesia, somos Hijo de Dios y aún Dios mismo. Esto
quiere decir que la Iglesia Católica -solo la Iglesia Católica, la que es Una,
Santa, Católica y Apostólica y ninguna otra más- es el Cuerpo Místico de Jesús,
que espera ser ascendido al cielo como ya subió su Cabeza, Cristo.
Entonces, en la Ascensión, Cristo sube al cielo
como la Cabeza del Cuerpo Místico, pero sube la cabeza, para luego, en un
segundo momento, subir el cuerpo con sus miembros, que es la Iglesia Católica. Pero
su Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, subirá del mismo modo a como lo hizo
la Cabeza: la Cabeza, Cristo, sube ahora glorificada, pero luego de pasar por
la suprema tribulación de la cruz; por lo tanto, así deberá también suceder con
su Cuerpo Místico, su Iglesia: ascenderá, pero luego de pasar por la
tribulación purificadora de la cruz porque la cruz es el único camino al cielo
y el único camino posible para cualquiera que desee glorificar por la eternidad
al Cordero de Dios Jesucristo y la razón es que Jesús subió glorificado y
resucitado sólo después de la cruz. Jesús sube ahora, en primer lugar, con su Humanidad
personal, pero para llevar luego, en un segundo momento, al seno de Dios, a todo
aquel que haya sido incorporado por el bautismo a su Cuerpo Místico y esto
sucederá una vez que se consuma el tiempo terreno, una vez que la historia de
la humanidad finalice con el último día y se dé inicio a la feliz eternidad de
la visión de la Santísima Trinidad y del Cordero. En la consumación de los
tiempos, toda la humanidad que se haya unido a Cristo será ascendida hacia los
cielos.
Ahora bien, antes todavía de la ascensión
definitiva, existe aquí en la tierra una forma de ascensión, que anticipa, aún
en esta vida mortal, esta última ascensión y por eso nos preguntamos cuál es
esa forma y de qué manera se puede ascender al cielo antes del fin del tiempo.
La respuesta a estas preguntas está en las
palabras de Jesús antes de su Ascensión y es el mandato de evangelizar, predicando
su Evangelio, el único Evangelio posible, el Evangelio de la caridad hasta la
muerte de cruz. Dice Jesús a su Cuerpo Místico: “Enseñad a observar las cosas
que os he mandado, lo principal de todo, el amor a Dios y al prójimo hasta la
muerte de cruz. No os dejaré solos en esta tarea, porque Yo estaré con vosotros
hasta el fin del mundo”. Es importante meditar en las palabras de Jesús, porque
si nos damos cuenta, Él nos envía a nosotros, sus discípulos, antes de
ascender, a evangelizar a todo el mundo, pero al mismo tiempo y paradójicamente,
nos advierte que no nos deja solos; nos advierte que su Cuerpo Místico, su
Iglesia, la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica, no quedará sola,
aun cuando Él ascienda a los cielos, porque Él se va a quedar, misteriosamente
Presente en su Iglesia hasta el fin del mundo: “Yo estaré siempre con vosotros
hasta el fin del mundo”. Y esta forma de quedarse Jesús entre nosotros
-cumpliendo así su Nombre de ser el “Emanuel”, el “Dios con nosotros” es por
medio de su Presencia Eucarística, que es su Presencia misteriosa,
sobrenatural, personal, gloriosa y sacramental, en el Santísimo Sacramento del
Altar. Por eso es que Jesús es verdad que Jesús asciende a los cielos, pero es
verdad al mismo tiempo que la Eucaristía es el cumplimiento de la promesa de
Jesús de quedarse con nosotros hasta el fin del mundo.
Entonces,
luego de cumplido su misterio pascual de Muerte y Resurrección, Jesús Asciende
a los cielos para ir a prepararnos un lugar, para que al fin de los tiempos
esté lista nuestra habitación en la Casa del Padre, pero en nuestra situación
de viadores, ya en esta vida terrena, tenemos una forma de “ascender”, de forma
participada y limitada, pero real, mística y sobrenatural, antes del Último Día
y es por medio de la Eucaristía y es para eso para lo que Jesús, en cada Santa
Misa, baja de ese mismo cielo al que se ascendió, sobre el altar, para
permanecer en la Eucaristía y para que recibiéndolo en la Eucaristía seamos
conducidos, ya en esta vida mortal, a algo infinitamente más grande y hermoso
que el Reino de los cielos y es el seno del eterno Padre, que es adonde el
Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús conduce a cada alma en cada comunión
eucarística realizada con piedad, con fe, con amor y en gracia.
“¿Qué
hacéis, hombres de Galilea, ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que
visteis ascender, ha de venir, así como lo visteis subir” (cfr. Hch 1, 11). Los discípulos ven al Señor
Jesús ascender al cielo y desaparecer. Imitando a los discípulos, también
nosotros miramos al cielo, pero un cielo muy particular y es el Altar
Eucarístico, porque en la Santa Misa el Altar se convierte en una parte del
cielo en el que, con los ojos de la fe, vemos al Señor que desciende, por el poder
del Espíritu Santo, sobre la Eucaristía, para así poder conducirnos de modo
anticipado al seno de Dios. Y así en la Misa, desde ese mismo cielo al cual el
ascendió, que es el seno de su Padre, Jesús desciende sobre el altar, para
luego descender a lo más profundo de nuestras almas por medio de la Comunión Eucarística.
Por
esta razón nosotros, que aquí abajo en la tierra formamos el Cuerpo Místico de
Jesús no tenemos nada que envidiar a los discípulos que contemplaban a Jesús
ascender al cielo y al contrario, ya que ellos lo vieron ascender y desaparecer
y quedaron tristes, mientras que para nosotros Jesús, luego de haber ascendido
a los cielos, por la consagración eucarística baja del cielo para quedarse en
la Eucaristía, para que recibiéndolo en la Comunión Eucarística y descendiendo
a lo más profundo de nuestro ser, nos eleve a un lugar más alto que los cielos
mismos, el seno mismo de la Trinidad, uniendo nuestras almas con el Espíritu de
Dios. En la Ascensión del Señor se dio la prefiguración, por anticipado, de la
elevación mística y sobrenatural de nuestra humanidad, que se da por el
contacto y la unión física, real y espiritual del alma de cada bautizado con
Jesús Eucaristía y por esto la comunión eucarística anticipa ya aquí en la
tierra la ascensión definitiva al cielo y la unión con las Personas de la
Trinidad.
Los
discípulos contemplan el ascenso del Hombre-Dios y lo adoran, esperando su
glorioso retorno; nosotros contemplamos al Hombre-Dios en la Eucaristía y en la
Eucaristía lo adoramos, gozando de Su Presencia sacramental, real y personal,
entre nosotros, en nosotros, hasta el
fin del mundo.
[1] Beato Isaac,
Sermón 42, PL 194, 1831-1832; cfr. Conferencia Episcopal Argentina, Liturgia de las Horas, Tomo II, 864.



