lunes, 19 de agosto de 2019

“Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”



“Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo” (Mt 22, 34-40). Preguntan a Jesús cuál es el Mandamiento más importante y Jesús responde que es un mandamiento en el que se manda un triple amor: a Dios y al prójimo como a sí mismo. Es decir, el cumplimiento de la ley está en amar con un amor que se dirige en tres direcciones: Dios, el prójimo y uno mismo. Podríamos preguntarnos entonces cuál es la diferencia con la religión judía, puesto que pareciera que Jesús, en su nueva religión, tiene su mandamiento más importante exactamente igual que el de la religión judía. Judaísmo y cristianismo tendrían el mismo mandamiento con lo cual, en esencia, serían lo mismo. Sin embargo, a pesar de que la formulación es la misma, podemos decir que entre el cristianismo y el judaísmo hay una diferencia substancial en el primer mandamiento y es lo siguiente: la cualidad del amor con el que hay que amar a Dios, al prójimo y a sí mismos. En efecto, en otro pasaje, Jesús dice: “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado” y en este mandamiento está incluido obviamente el amor a Dios. Entonces, lo que hace la diferencia es el amor con el que Jesús nos ha amado a nosotros y la forma en la que nos ha amado. ¿En qué radica la novedad del mandamiento de Jesús? Por un lado, en que Él nos ha amado “hasta la muerte de cruz”; por otro lado, que nos ha amado con el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Ambas cosas no existían en el mandamiento de la Antigua Ley, por eso es aquí en donde radica la novedad substancial de Jesús: en amar hasta la cruz –incluidos a los enemigos- y en amar con el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Si no sabemos cómo llevar a cabo este mandamiento, lo que debemos hacer es postrarnos de rodillas ante Jesús crucificado y ante Jesús Eucaristía y pedir la gracia de poder amar a Dios, al prójimo y a uno mismo, como Él nos ha amado, hasta la muerte de cruz y con el Amor con el que nos ha amado, el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

domingo, 18 de agosto de 2019

“He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! (…) No he venido a traer la paz, sino la división”



(Domingo XX - TO - Ciclo C – 2019)

“He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! (…) No he venido a traer la paz, sino la división” (cfr. Lc 12, 49-53): lo que Jesús dice parece un poco contradictorio con su doctrina y sus enseñanzas: por un lado, dice que ha venido a traer “fuego” y que ya quiere verlo encendido, con lo cual uno podría pensar que toda la tierra debería estar ardiendo o que los cristianos deberían dedicarse a quemar cosas; por otro lado, dice que ha venido a traer no la paz, sino la división, lo cual parece en contradicción con otra afirmación suya, en la que dice: “Os dejo la paz, os doy mi paz”. Aquí, dice que no viene a traer la paz, sino la división. ¿De qué se trata esto que dice Jesús? Por un lado, hay que entender que es obvio que el fuego que Él ha venido a traer no es el fuego material, el fuego terreno que todos conocemos y que usamos diariamente: Jesús ha venido a traer el fuego del Espíritu Santo, el fuego del Amor de Dios, que quema pero no consume, que arde pero no provoca dolor, sino paz y alegría en el alma. Por otra parte, no ha venido a traer paz mundana, sino la paz de Dios, pero la paz de Dios implica división porque se implementa por medio de la espada de la Palabra de Dios: quien acepta la Palabra de Dios, obtiene paz para su corazón; quien no la acepta, no obtiene paz y no da paz a los demás y es así como se produce la división que dice Jesús que ha venido a traer. La división se da entre quienes creen en el Cristo de la Iglesia Católica y quienes no lo hacen.
         “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! (…) No he venido a traer la paz, sino la división”. Jesús viene entonces a traer fuego y espada: el fuego del Espíritu Santo y la espada de la Palabra de Dios. Y no viene a traer paz mundana, sino la división, porque a causa del fuego del Espíritu y de la espada de la Palabra de Dios, unos quedarán de un lado y otros quedarán de otro, ambos enfrentados. Los que se dejen incendiar por el fuego del Espíritu Santo y los que adquieran la espada de la Palabra de Dios, se enfrentarán a quienes no lo hagan, a quienes voluntaria y libremente rechacen a Dios, a su Espíritu y a su Palabra y por eso habrá división. La división se hace patente entre quienes creen y practican los Mandamientos de la Ley de Dios y quiénes no; entre quienes creen firmemente las verdades del Credo y quienes no; entre quienes creen en la Presencia real, verdadera y substancial de Cristo en la Eucaristía y quienes no; entre quienes creen en la gracia que concede la Confesión Sacramental y quienes no; entre quienes creen que Cristo es Dios y  quienes no; entre quienes creen que Cristo, que está vivo y glorioso en la Eucaristía, habrá de venir al fin de los tiempos y quienes no. Unos forman el talón y la descendencia de la Virgen y otros forman el cuerpo de la serpiente: hay división y la habrá hasta el fin, entre unos y otros, porque no puede haber unión entre la luz y las tinieblas. La división que trae Jesús es la enemistad que hay entre los hijos de la luz, los hijos de Dios y los hijos de las tinieblas, los hijos de Satanás.
         Sólo quienes dejen inflamar sus corazones con el fuego del Espíritu Santo y sólo quienes empuñen la espada de la Palabra de Dios tendrán la paz de Dios en sus almas y podrán ser dadores de paz y unión en Cristo para quienes no tienen paz porque viven alejados de Dios.

miércoles, 14 de agosto de 2019

“No separe el hombre lo que Dios ha unido”



“No separe el hombre lo que Dios ha unido” (Mt 19, 3-12). Unos fariseos le preguntan a Jesús si para Él es lícito a un hombre repudiar a su mujer, es decir, si es lícito el divorcio. Esto lo dicen porque Moisés había permitido el divorcio en caso de adulterio. Pero Jesús responde citando las Escrituras, en el pasaje en donde se dice que el hombre y la mujer se unirán y serán “una sola carne”. Luego, ante la citación del acta de divorcio permitida por Moisés, Jesús declara implícitamente que, en el nuevo orden de cosas que Él ha venido a traer, este divorcio queda anulado: “si un hombre se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio”. La razón es doble: por un lado, Dios creo así el matrimonio natural “desde el principio”, uno con una para toda la vida; por otra parte, Él es el Legislador divino que no solo restituye el matrimonio a su diseño original, sino que ahora lo eleva al rango de sacramento, con lo cual los cónyuges quedan unidos por un doble lazo indisoluble, el natural y el sobrenatural. Estas son las razones por las cuales la Iglesia nunca aceptará el divorcio y por las que los divorciados vueltos a casar no pueden comulgar, porque están unidos por un doble lazo indisoluble, el natural y el sacramental o sobrenatural, además de ser el esposo terreno una prolongación de Cristo Esposo y la esposa, de la Iglesia Esposa.
“No separe el hombre lo que Dios ha unido”. Por la naturaleza del matrimonio, uno –varón- con una –mujer- y para siempre, y por ser el matrimonio una prolongación, a través del sacramento, de la unión esponsal de Cristo Esposo con la Iglesia Esposa, el matrimonio, a partir de Cristo, es indisoluble, y lo será hasta el fin de los tiempos, sin que la legislación humana ni eclesiástica lo pueda cambiar de ninguna forma.


lunes, 12 de agosto de 2019

“Si no volvéis a haceros como niños, no entraréis en el Reino de los cielos”.




“Si no volvéis a haceros como niños, no entraréis en el Reino de los cielos”. Jesús pone, como condición esencial para entrar en el Reino de los cielos, que los discípulos “se hagan como niños”, es decir, que sean como niños. Es obvio que no se refiere a una regresión cronológica, como el regresar literalmente a la primera infancia; sin embargo, tampoco se trata de una niñez entendida en un mero sentido moral, como el adquirir las cualidades –inocencia, humildad, pequeñez- que caracterizan a la niñez. Se trata de algo más profundo: se trata de verdaderamente ser “como niños”, pero en un sentido real, verdadero, espiritual, sobrenatural y no meramente moral. Entonces, la pregunta que se impone es la siguiente: ¿de qué manera, quien ya no es niño, puede “hacerse como niño” para así poder entrar en el Reino de los cielos? Existe una sola manera y es por la gracia, ya que la gracia comunica la vida divina, la cual contiene en sí, en toda su pureza, las cualidades de la niñez, ante todo la inocencia, la pureza y la humildad y esto porque Dios Es, en sí mismo, Inocente, Puro y Humilde.
“Si no volvéis a haceros como niños, no entraréis en el Reino de los cielos”. Ni la humanidad pura, en su sola naturaleza, ni mucho menos contaminada con el pecado original, podrá entrar en el Reino de los cielos. La única manera es por medio de la gracia, que le concede al alma la pureza, la inocencia y la humildad divinas, haciéndola capaz así de entrar en el Reino de los cielos.

domingo, 11 de agosto de 2019

“Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”




(Domingo XIX - TO - Ciclo C – 2019)

“Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre” (Lc 12,32-48). Jesús anuncia veladamente su Segunda Venida en la gloria, cuando vendrá a juzgar a toda la humanidad, a vivos y muertos, para dar a unos el cielo y a otros el infierno. Anuncia su Segunda Venida por medio de la parábola de los dos sirvientes: el fiel y el infiel. El fiel es el que, al momento de la muerte y también al momento de la Segunda Venida, está con su alma en estado de gracia; el infiel es el que está en estado de pecado mortal. Para comprender la parábola, hay que reemplazar a los elementos naturales con los sobrenaturales. Así, el dueño que regresa tarde a su casa es el mismo Jesús que, en cuanto Dios, regresa al final de los tiempos para juzgar a la humanidad; la noche es esta vida porque, comparada con la vida eterna del Reino de los cielos, que es luz divina, esta vida es como si fuera de noche, aunque estemos de día; el juicio que hace el dueño de casa, castigando al empleado infiel y recompensando al fiel, es el juicio que hace Dios en el Juicio Final, dando el infierno a los malos y el cielo a los buenos; el empleado fiel es el alma en gracia en el momento en el que Dios la llama a su Presencia, sea al fin de los tiempos o en el momento de su muerte; la ropa de trabajo –la túnica ceñida- con la que está el empleado fiel significa la realización de las obras de misericordia; la lámpara es la fe; la luz encendida es la gracia; la disposición de esperar a su amo para servirlo cuando llegue es la actitud del alma que, en la Iglesia, ora y trabaja por la salvación de las almas, es decir, reza, obra y tiene fe en la acción de Dios y lo espera como a su Salvador.
En cuanto al servidor infiel, que se embriaga y en vez de realizar las tareas encargadas por su amo y esperar su llegada, se pone a discutir y a pelear con los demás sirvientes, es el alma que, sin fe, ni espera la llegada de su Señor, ni tampoco le importa su llegada y por eso mismo no reza, no cumple los Mandamientos de la ley de Dios, no se preocupa por hacer obras de misericordia y solo se ocupa en embriagarse y satisfacer sus bajos instintos.
“Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”. Ninguno de los dos servidores, ni el fiel ni el infiel, saben a qué hora llegará su amo; sin embargo, el servidor fiel lo espera, preparado, con la túnica ceñida y con la lámpara encendida y llena de aceite, es decir, es el alma que, con fe y con amor en el alma, espera la Segunda Venida de Jesús: éste servidor recibirá como premio el Reino de los cielos. El servidor infiel, que se dedica a embriagarse y no le importa la Venida de su Señor, es el alma que, aun siendo bautizada, se comporta como un ateo o un agnóstico, puesto que no se preocupar por estar en gracia ni obrar la misericordia, al tiempo que busca sólo satisfacer sus bajas pasiones: éste servidor, que es el alma en pecado mortal, recibirá en castigo el infierno, porque es lo que le corresponde en justicia y es lo que él deseó con su comportamiento.
“Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”. Aprendamos del servidor fiel y prudente; estemos con la túnica ceñida y la lámpara encendida, es decir, trabajemos por la salvación de las almas con la luz de la fe y de la gracia y esperemos con ansias la Segunda Venida del Salvador, para que cuando llegue el Redentor, encuentre en nuestras manos y en nuestros corazones obras de misericordia, de compasión, de piedad y así nos conceda el anhelado premio eterno, una mansión en el Reino de los cielos.


lunes, 5 de agosto de 2019

“Vade retro, Satán”



“Vade retro, Satán” (Mt 16,13-23). Sorprende que Jesús diga “Ve detrás de Mí, Satanás”, nada más que a Pedro, su Vicario, a quien acababa de nombrar como al Primer Papa, entregándole las llaves del Reino de los cielos. Es decir, Jesús no le dice al Demonio: “Ve detrás de Mí”, sino que se lo dice a San Pedro, el primer Papa. Para poder comprender esta reacción de Jesús, hay que tener en cuenta lo que San Ignacio llama “discernimiento de espíritus”, es decir, de dónde vienen los orígenes de nuestros pensamientos y esto sobre todo en Pedro. En efecto, sobre Pedro actúan tres espíritus, originando tres pensamientos distintos: el Espíritu de Dios, cuando responde que Jesús es el Mesías; el espíritu humano y el espíritu diabólico, cuando ante el anuncio de la Pasión, reprende a Jesús y rechaza la Pasión. Es decir, cuando Pedro confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías, Jesús lo felicita, porque le dice explícitamente que eso no se lo ha dicho “ni la carne ni la sangre”, es decir, no ha provenido la respuesta de sus razonamientos humanos, sino que ha sido “el Espíritu de su Padre”, el Espíritu Santo, quien le ha dictado la respuesta. Pero cuando ante el anuncio de la Pasión Pedro se rebela, Jesús le dice que se aparte de Él, porque “piensa como los hombres, no como Dios” y así sus pensamientos humanos “lo hacen tropezar”, pero lo llamativo es que no le dice: “Apártate de Mí, Pedro”, sino “Apártate de Mí, Satanás”, porque la negación de la Pasión, es decir, el rechazo de la Cruz, viene tanto del hombre sin Dios como del Demonio. Aplicando el discernimiento de espíritus de San Ignacio, se comprende cómo Pedro sea influenciado por tres espíritus distintos: el Espíritu de Dios, cuando declara que Jesús es el Mesías; su propio espíritu humano unido al de Satanás, cuando niega la Pasión y la Cruz.
“Vade retro, Satán”. De forma análoga, podemos decir que la misma consideración y las mismas palabras de Jesús valen para nosotros, cuando nos preguntan sobre la esencia de la Eucaristía: si contestamos que la Eucaristía no es pan, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo, entonces podemos decir que esa respuesta nos la dictó el Espíritu Santo; si respondemos que la Eucaristía es sólo pan, entonces oiremos lo mismo que Jesús le dijo a Pedro cuando rechazó la Pasión: “Vade retro, Satán”.


“También los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”


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“También los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos” (Mt 15,21-28). El episodio con la mujer cananea revela, además del poder divino de Jesús, una gran cantidad de cualidades en la mujer cananea. Por un lado, no va a pedir a Jesús que cure a su hija de una enfermedad, sino que la libere de una posesión maligna, lo cual quiere decir que la mujer sabe diferenciar bien entre lo que es enfermedad y lo que es posesión demoníaca. Por otro lado, acude a Jesús porque tiene fe y confianza en Él, en su poder divino: con toda seguridad, o ha oído hablar de Jesús, o bien a asistido en persona a algunos de los numerosos exorcismos que Jesús practicó a lo largo del Evangelio y por esta razón sabe que Jesús, con el solo poder de su voz, puede expulsar los demonios y así liberar a su hija. Otra virtud que demuestra, además de esta fe en la divinidad de Jesús, es la extrema humildad. En efecto, Jesús prueba al extremo la humildad de la mujer cananea, antes de concederle lo que le pide. Por ejemplo, primero no le responde a la petición, como cuando una persona escucha a otra, pero se queda callada. Tanto es así, que los mismos discípulos se sienten perplejos y son ellos los que interceden por la mujer, ante el silencio de Jesús: “Atiéndela, que viene detrás gritando”. Cuando se decide a responder, es para negar, implícitamente, su pedido, porque le dice que ha venido sólo “para las ovejas descarriadas de Israel” y puesto que ella es cananea y no israelita, Él no puede atender su petición; es decir, le niega por segunda vez su petición. Sin embargo, la mujer cananea muestra otra virtud más, y es la constancia y perseverancia en la oración, ya que ante esta respuesta negativa, se postra ante Jesús y le suplica: “Señor, socórreme”. Ante esta muestra de fe, de humildad, de constancia en la oración, uno podría suponer que Jesús se habría de conmover, pero tampoco es así, ya que le vuelve a responder negativamente, a lo que se le agrega otro elemento: la humillación pública a la mujer cananea, ya que la trata, indirectamente, de “perra” –sin sentido peyorativo, pero la trata de animal, en comparación con los hijos, humanos, que son los israelitas-: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Jesús le vuelve a decir que no, y esta vez humillándola, porque le dice que no puede hacer un milagro que está reservado a los hijos de Dios, que son los israelitas. Ante esta respuesta, la mujer cananea, movida por el amor a su hija y también por el amor a Jesús, no solo no se retira ofendida, sino que se humilla aún más, aceptando la comparación de Jesús, pero respondiendo al mismo tiempo con humildad y sabiduría: es verdad que no se debe dar la comida de los hijos a los perros, pero los perros se alimentan de las migajas que caen de la mesa de los hijos. Es decir, la mujer cananea le dice que acepta que los milagros más grandes son para los israelitas, pero los no israelitas pueden beneficiarse de la sobreabundancia de los milagros de los israelitas. Esta respuesta, que expresa la extrema humildad –además de fe y constancia en la oración- de la mujer cananea, es que lo que sorprende a Jesús y hace que le conceda lo que pide, la liberación de su hija de la posesión demoníaca: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”. Cuando pidamos algo a Jesús, recordemos el ejemplo de la mujer cananea y aprendamos de ella.