domingo, 3 de julio de 2022

Jesús, el Buen Samaritano

 


(Domingo XV - TO - Ciclo C – 2022)

“¿Quién es mi prójimo?” (Lc 10, 25-37). Para contestar la pregunta acerca de quién es el prójimo, para el cristiano, para el seguidor de Cristo, Jesús narra la parábola del buen samaritano. En esta parábola, un samaritano socorre a un hombre que ha sido golpeado casi hasta morir por unos asaltantes, habiendo sido dejado de lado previamente por un sacerdote primero y por un levita después. Para entender la parábola, tenemos que reemplazar los elementos naturales por elementos sobrenaturales: el hombre que va caminando y es asaltado por unos bandidos y delincuentes, es el ser humano, que en el camino de la vida y de historia humana va como ese hombre, desprotegido, a causa del pecado original; las heridas que recibe, son las heridas del alma, producidas por el pecado habitual; los asaltantes del camino son los demonios, los ángeles caídos, que atacan al hombre de todas las maneras posibles, para hacerle daño y provocar su eterna condenación, de ser posible, aunque también son los hombres malos, los hombres sin Dios en sus corazones, que provocan daño al prójimo, solo por malicia; la posada en la que el hombre herido encuentra protección es la Iglesia Católica, que con sus Sacramentos, sus Preceptos, sus leyes divinas, su Sabiduría divina, nos protege del daño que nos hacen el mundo, el demonio y los hombres malvados unidos al Demonio; las vendas y el aceite con las que el Buen Samaritano cura al hombre herido, son representación de la gracia santificante y de la Sangre que brotan del Corazón traspasado de Jesús y que por medio de los Sacramentos llega a nuestras almas, sanándolas de todo pecado, quitando el rencor, la envidia, el odio, la maledicencia, el apetito carnal desordenado, es decir, quitándonos todo tipo de pecado; los que pasan de largo ante el hombre herido, primero el sacerdote y después el levita, representan a aquellos católicos que, ante la dificultad, necesidad o tribulación en la que se encuentra el prójimo, pasan de largo, es decir, hacen de cuenta que no lo ven y no lo auxilian: son los católicos que no practican su religión, aunque asistan a Misa, se confiesen y comulguen, porque tiene una fe que no se demuestra por obras y la fe se demuestra por obras, por obras de misericordia, corporales y espirituales; son los católicos que se desentienden tanto de las necesidades del prójimo como de las necesidades de la Iglesia; por último, el samaritano, que auxilia a un hombre malherido, que lo lleva a una posada para que sus heridas sean curadas y que paga todos los gastos que esto conlleva, es Jesús, el Buen Samaritano, el Samaritano por excelencia, Aquel que jamás nos abandona y que con su Sangre cura nuestras heridas.

“¿Quién es mi prójimo?”. La respuesta a esta pregunta nos la da Jesucristo, el Buen Samaritano y no solo nos responde quién es –todo ser humano que atraviesa por una tribulación-, sino que nos enseña qué hacer ante este prójimo, y es el obrar la misericordia. Si no somos misericordiosos para con nuestro prójimo, incluido el enemigo, entonces no podemos llamarnos cristianos; sólo si obramos la misericordia, seremos considerados cristianos e hijos adoptivos de Dios Padre.

 

viernes, 1 de julio de 2022

"Sígueme"

 


“Sígueme” (Mt 9, 9-13). Jesús encuentra a Mateo y le dice que lo siga. Inmediatamente, sin pensarlo dos veces, Mateo se levanta de su puesto de trabajo y lo sigue. Luego cuando Jesús va a casa de Mateo a almorzar, los fariseos, al darse cuenta, critican a Jesús -dicho sea de paso, los que critican maliciosamente al prójimo, como los fariseos, es porque no tienen a Dios en sus corazones-: “¿Cómo es que vuestro Maestro come con publicanos y pecadores?”. Jesús les contesta con la sabiduría divina: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Un elemento muy importante a tener en cuenta en este episodio es el oficio de Mateo al momento de ser llamado por Jesús y es el de cobrador de impuestos, lo cual estaba muy mal visto por la sociedad hebrea del momento, ya que significaba una especie de traidor que colaboraba con la potencia ocupante de ese entonces, el Imperio Romano. Con esto se refuerza el llamado de Jesús a Mateo, porque Mateo era doblemente culpable, si podemos decir así: como todo ser humano, era pecador y portador del pecado original y a eso se le sumaba su condición de cobrador de impuestos para el enemigo del pueblo hebreo.

Ahora bien, el llamado de Jesús a Mateo no se limita a Mateo: cada bautizado, en su bautismo, recibe el llamado de seguir a Jesús y cada uno lo hará según su estado de vida y según a qué tipo de seguimiento lo llama Jesús, si al estado de vida laical o al estado de vida consagrada. Por esta razón, todos debemos vernos reflejados en Mateo: todos, como Mateo, somos llamados por Jesús para seguirlo; todos, como Mateo, somos pecadores –de hecho, nos reconocemos públicamente como pecadores al inicio de la Santa Misa-, pero también, como Mateo, somos llamados por Cristo Jesús, no para quedarnos en nuestra condición de pecadores, sino para santificarnos, siguiendo a Jesús por el Camino Real de la Cruz, único camino que conduce al Reino de los cielos. Es verdad, entonces, que no somos perfectos, porque somos pecadores y el pecado es la suma imperfección; pero no somos llamados a quedarnos en la imperfección del pecado, sino que somos llamados para alcanzar la perfección de la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios; estamos llamados a ser perfectos, como nuestro Padre celestial es perfecto, según las palabras de Jesús: “Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto”. Y esta perfección solo la obtenemos en el seguimiento cotidiano de Jesús por el Via Crucis, por el Camino Real de la Cruz.

 

jueves, 30 de junio de 2022

“Anunciad que el Reino de Dios está cerca; anunciad que el Rey de los cielos está en la Eucaristía y que ha de venir a juzgar al mundo”

 


(Domingo XIV - TO - Ciclo C – 2022)

         “Anunciad que el Reino de Dios está cerca” (Lc 10, 1-12. 17-20). ¿Qué es el Reino de Dios? Es, ante todo, la presencia de la gracia santificante en el alma que la recibe por los Sacramentos, la Confesión y la Eucaristía, además de la fe y el amor; es vivir según los Mandamientos de Cristo; es obrar la misericordia, corporal y espiritual; es esperar la Vida eterna en el Reino de los cielos y obrar el sacrificio necesario para ganar dicha vida eterna. Por sus características eminentemente espirituales, el Reino de Dios no es material, no tiene ubicación geográfica y por eso, como dice Jesús, no se puede decir “está aquí” o “está allá”; el Reino de Dios es espiritual y se encuentra en cada alma que está en estado de gracia santificante, por esto el Reino de Dios no se origina en el hombre, sino en Dios, que es la Gracia Increada y el Autor de la gracia creada, cuya presencia en el alma humana trae al alma el Reino de Dios. Y porque el Reino de Dios se origina en Dios, que es la Santidad Increada, este Reino celestial no puede estar en un alma en pecado, porque el pecado es lo opuesto a la santidad de Dios. Ahora bien, el católico debe tener siempre bien presente que debe anunciar el Reino de Dios y que este Reino de la Santidad y la Bondad divinas, tiene un oponente en la tierra y es el Reino de las tinieblas y ambos reinos tienen un mismo objetivo: conquistar el corazón del hombre. Por eso no da lo mismo pertenecer o no pertenecer a Reino de Dios, porque aquí no hay posición neutral: o se está con Dios y su Reino, o se está con el Demonio y su Reino. Puesto que el hombre es libre, el hombre elige a cuál de los dos reinos quiere pertenecer: si al Reino de Dios, cuyas banderas son el manto celeste y blanco de la Inmaculada Concepción y el Manto rojo y amarillo del Sagrado Corazón, o al Reino de las tinieblas, cuyas banderas son los colores invertidos del arco iris y el trapo rojo del comunismo ateo. Las banderas que el hombre elija, esas banderas recibirá.

         “Anunciad que el Reino de Dios está cerca”. Por mandato de Jesús, el católico debe anunciar el Reino de Dios, pero debe hacerlo, no con sermones, sino con el testimonio de vida cristiana, perdonando a sus enemigos, amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo, llevando la cruz de cada día, frecuentando los sacramentos, haciendo oración y obrando la misericordia y esto porque las obras son más elocuentes que las palabras y las palabras, aun si son palabras de fe, si no van acompañadas de obras, son palabras vacías, porque pertenecen a una fe muerta. La vida de la fe se demuestra por las obras de misericordia, corporales y espirituales y por la práctica efectiva, cotidiana, de la fe católica, práctica que nos conduce a desear la perfección de la santidad, porque solo por la gracia santificante estaremos en condiciones de ingresar en el Reino de los cielos. Por último, al mandato de Jesucristo de anunciar el Reino de Dios, debemos agregar que los católicos tenemos también el deber de anunciar que está con nosotros, que está en medio nuestro, el Rey del Reino de Dios, Cristo Jesús en la Eucaristía. Si el Reino de Dios “está cerca”, el Rey del Reino de los cielos está con nosotros, tan cerca como cerca puede estar un sagrario; el Rey de los cielos, Cristo Jesús, Rey de reyes y Señor de señores, está en el sagrario, en la Sagrada Eucaristía y estará allí todos los días, hasta el fin del mundo, como Él lo prometió: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Es esto entonces lo que debemos anunciar los católicos: el Reino de Dios está cerca; el Rey del Reino de Dios está en la Eucaristía para darnos su Amor y este Rey que es Jesucristo ha de venir, como Justo Juez, al fin de los tiempos, para juzgar a vivos y muertos, para dar a los malos, para siempre, el Reino de las tinieblas y a los buenos el Reino de Dios, también para siempre. El mensaje de Jesús para nosotros entonces es el siguiente: "Anunciad que el Reino de Dios está cerca; anunciad que el Rey de los cielos está en la Eucaristía y que ha de venir a juzgar al mundo, para enviar a los malos al Reino de las tinieblas y para llevar a los buenos al Reino de Dios".

miércoles, 22 de junio de 2022

“Al llegar el tiempo en que debía salir de este mundo, Jesús se encaminó decididamente a Jerusalén”


 

(Domingo XIII - TO - Ciclo C – 2022)

         “Al llegar el tiempo en que debía salir de este mundo, Jesús se encaminó decididamente a Jerusalén” (Lc 9, 51-62). Jesús sabe que va a morir en la Cruz, sabe que va a sufrir la Pasión, y porque lo sabe, es que se encamina decididamente a Jerusalén, en donde será crucificado. Si nosotros nos reconocemos cristianos, entonces debemos tomar la misma decisión, la decisión de seguir a Jesús que nos guía a la Jerusalén celestial, por medio del Via Crucis, por medio del Camino Real de la Cruz. Ahora bien, este seguimiento de Cristo implica varios elementos de orden espiritual, según podemos ver en el episodio del Evangelio.

El seguimiento de Cristo implica ante todo la práctica y el ejercicio de la caridad cristiana, que es amor sobrenatural y no humano, hacia el prójimo, incluido el enemigo. Cuando los discípulos de Jesús le preguntan si quiere que ellos “hagan bajar fuego del cielo” para consumir en el fuego a sus enemigos, los samaritanos –esto indica que los discípulos tenían, porque Jesús les había participado, el efectivo poder de hacer bajar fuego del cielo; de otro modo, no se lo hubieran preguntado-, Jesús los reprende, porque no han comprendido que el fuego que deben hacer bajar es el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo. El fuego que debe y puede hacer bajar del cielo el cristiano es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, y lo debe hacer por medio de la oración, del sacrificio, de la penitencia y no solo para los prójimos a los que ama, sino ante todo para con su enemigo, porque ése es el mandato de Jesús: “Amen a sus enemigos” y en este amor sobrenatural al enemigo es que se demuestra que el alma sigue verdaderamente a Cristo y no a su propia voluntad: “En el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán que son mis discípulos” (Jn 13, 35).

El otro elemento espiritual presente en el seguimiento de Jesús es la tribulación de la cruz. Cuando uno en el camino le dice que “lo seguirá dondequiera que vaya”, Jesús le advierte que ese seguimiento no es para nada fácil: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza”. Jesús le advierte que si lo quiere seguir debe cargar la cruz y estar dispuesto a padecer por amor todo lo que implica el cargar la cruz, porque es precisamente en la cruz en donde “el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”, debido a la suma incomodidad que le provoca la corona de espinas, además del dolor punzante que experimenta cuando intenta reclinarse un poco para descansar. El cristiano debe estar dispuesto a vivir no solo la pobreza de la cruz, que es el desprendimiento ante todo interior de los bienes materiales, sino a desear ser crucificado con Cristo y ser coronado con la Corona de espinas de Cristo.

Otro elemento espiritual en el seguimiento de Cristo es el olvido de los asuntos mundanos, para dedicar, según el estado de vida de cada uno –laico o consagrado- la vida entera a Cristo y a su Iglesia, la Iglesia Católica. Esto es lo que quiere decir Jesús cuando, ante uno que le dice que lo seguirá, pero que “primero lo deje ir a enterrar a su padre”, Jesús le contesta: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios”. Es decir, deja que los que están muertos espiritualmente a la vida de la gracia se ocupen de los asuntos mundanos; tú, que has recibido el llamamiento para seguir al Cordero, deja las cosas del mundo y ocúpate en salvar almas, conduciéndolas a la Iglesia y sus sacramentos.

Por último, la vida pasada, vivida en la mundanidad y en el desconocimiento de Cristo y su gracia, debe quedar en el olvido cuando se sigue a Cristo, porque quien permanentemente recuerda su vida de pecado, anterior al llamado de Cristo, “no sirve para el Reino de Dios”. Es esto lo que se desprende del siguiente diálogo de Jesús: Otro le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”. Jesús le contestó: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”. Caridad cristiana, que implica el amor sobrenatural al enemigo; cargar la cruz de cada día, abrazando la pobreza de la cruz y las tribulaciones que la cruz implica; olvido y abandono del mundo y de sus falsos atractivos; olvido de la vida pasada de pecado y propósito de perseverancia en la vida nueva de la gracia, eso es lo que debe hacer todo cristiano que quiera seguir a Cristo por el Camino Real de la Cruz, camino que conduce más allá de esta vida terrena, la Vida Eterna en el Reino de los cielos.



 

miércoles, 15 de junio de 2022

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

 



(Ciclo C – 2022)

         Con la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, solemnidad conocida también como “Corpus Christi”, la Iglesia Católica proclama al mundo que Ella, como Esposa Mística del Cordero, es la poseedora del más grandioso don que la Santísima Trinidad pueda hacer jamás al ser humano, el Cuerpo y la Sangre del Hombre-Dios Jesucristo. No hay misterio sobrenatural más grandioso, más asombroso, más maravilloso y magnífico, que el misterio de la transubstanciación, es decir, la conversión, por el poder del Espíritu Santo que es infundido sobre el pan y el vino del altar por las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Éste es el Cáliz de mi Sangre”-, en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. La transubstanciación, la conversión de la materia del pan en el Cuerpo de Cristo y la del vino en la Sangre de Cristo, es el Milagro de los milagros, que acontece, por la Misericordia Divina, toda vez que se celebra la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio del Calvario, la Santa Misa. La conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, con la consecuente Presencia Personal del Hijo de Dios en las especies eucarísticas, es un milagro que reduce a la nada las maravillas de la Creación del universo visible e invisible, porque por la transubstanciación, se hace Presente, en el Altar Eucarístico, algo infinitamente más grandioso que los mismos cielos y es el Rey del Cielo en Persona, Cristo Jesús.

         En el origen de esta solemnidad, se encuentra uno de los milagros eucarísticos más asombrosos jamás registrados en la historia de la Iglesia Católica, milagro por el cual la Trinidad confirma, de modo visible, la Verdad Absoluta e Invisible que se lleva a cabo en cada Santa Misa, la conversión de la materia del pan en el Cuerpo de Cristo y la del vino en la Sangre de Cristo.

         El milagro que originó la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo ocurrió a mediados del siglo XIII, en el año 1245, cuando un sacerdote, Pedro de Praga, que era un sacerdote piadoso y devoto pero que tenía de vez en cuando dudas de fe acerca de la verdad que enseña la Iglesia Católica, esto es, que el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre, decidió hacer una peregrinación a la tumba de San Pedro en el Vaticano, para pedirle la gracia a San Pedro de que le aumentara la fe en la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía[1]. Luego de regresar de la peregrinación, se dirigió a Bolsena para celebrar la Santa Misa en la cripta de Santa Cristina. En el momento de la consagración, es decir, cuando el sacerdote extiende las manos sobre las ofrendas del pan y del vino y pronuncia las palabras “Esto es mi Cuerpo, Éste es el Cáliz de mi Sangre”, y luego de elevar la Hostia ya consagrada, fue en ese momento en que la Hostia se convirtió en músculo cardíaco vivo, sangrante, siendo tan abundante la sangre que caía de la Hostia, que llenó el cáliz y manchó el corporal. También sucedió que las partes de la Hostia que estaban en contacto con los dedos del sacerdote, permanecieron con apariencia de pan, mientras que el resto de la Hostia se convirtió en lo que luego se comprobó, años después, que era músculo cardíaco. El sacerdote, conmocionado por el milagro, atinó a cubrir el músculo cardíaco con el corporal, para llevarlo a la sacristía, junto al cáliz que contenía la sangre y en ese momento, cayeron algunas gotas de sangre del milagro, que penetraron en el mármol, permaneciendo hasta el día de hoy como reliquias sagradas del asombroso milagro.

La noticia del asombroso milagro llegó a oídos del Papa Urbano IV, quien se encontraba en el vecino pueblo de Orvieto  y pidió que le trajeran el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión y se dice que el Pontífice, al ver el milagro, se arrodilló frente al corporal y luego se lo mostró a la población. Más adelante, el Santo Padre publicó la bula “Transiturus”, con la que ordenó que se celebrara la Solemnidad del “Corpus Christi” en toda la Iglesia el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, además de encomendarle a Santo Tomás de Aquino la preparación de un oficio litúrgico para la fiesta y la composición de himnos, que se entonan hasta el día de hoy como el “Tantum Ergo”.

Como dijimos, la Santísima Trinidad hizo este milagro, por el cual se pudo ver y comprobar visiblemente que la Hostia consagrada es el Cuerpo y la Sangre de Cristo, para que nosotros, al asistir a la Santa Misa, fortalezcamos nuestra fe en la transubstanciación, en la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Ahora bien, no es necesario que en cada Santa Misa se repita el milagro de Bolsena-Orvieto, porque basta con nuestra fe católica en la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, aun cuando no lo veamos visiblemente.

Por último, un detalle que, aunque parece obvio, es necesario recordarlo y tenerlo presente: cuando decimos que la Eucaristía es el “Cuerpo y Sangre” de Cristo, no nos estamos refiriendo a un “Cuerpo y Sangre” por separados, sin relación entre sí: es obvio que el Cuerpo y la Sangre de Cristo no están separados ni aislados entre sí, sino que están integrados en el Alma y en la Divinidad de la Persona Segunda de la Trinidad, Cristo Jesús, de modo que podemos decir que, cuando comulgamos, comulgamos a la Segunda Persona de la Trinidad, que está Presente, verdadera, real y substancialmente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es decir, en la Eucaristía. Es por esto que comulgar, recibir sacramentalmente la Comunión, no es ingerir un trocito de pan bendecido, sino abrir las puertas del corazón, en estado de gracia, para entronizar y adorar en nuestros corazones al Hombre-Dios Jesucristo, con su Cuerpo y Sangre glorioso y resucitado.

 

lunes, 6 de junio de 2022

Solemnidad de la Santísima Trinidad

 



(Ciclo C – 2022)

         La Iglesia Católica celebra la revelación, dada por Jesucristo, acerca de la Verdad Última, Absoluta y sobrenatural acerca de Dios: Dios no es sólo Uno, como bien lo creían los judíos, sino que es Uno y Trino; es Uno en naturaleza y Trino en Personas; es uno en su Acto de Ser Divino Trinitario, del cual participan las Tres Divinas Personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ninguna otra iglesia o religión tiene la Verdad Absoluta de Dios, que es Uno y Trino y esto es una verdad tan grandiosa, que escapa a la razón humana y si no hubiera sido revelado por Nuestro Señor Jesucristo, jamás podría el hombre, ni tampoco el ángel, llegar a deducir la Trinidad de Personas en una sola Naturaleza divina.

         Solo la Iglesia Católica posee la Verdad Absoluta acerca de la constitución íntima de Dios, que es Uno en naturaleza y Trino en Personas; esto es de vital importancia porque de la Verdad Absoluta acerca de la constitución íntima de Dios, se sigue la Verdad Absoluta de la humanidad y del misterio salvífico de Cristo: la verdad de la humanidad es que cada ser humano, a causa del pecado original, está en grave riesgo de eterna condenación en el Infierno; la verdad del misterio salvífico de Cristo es que la humanidad solo puede ser salvada por medio de la Sangre del Hombre-Dios Jesucristo, derramada en el Calvario y que se prolonga su derramamiento en cada Santo Sacrificio del Altar, en cada Santa Misa. Sin Cristo, Dios Hijo encarnado, la humanidad en su totalidad y cada ser humano en particular, está en riesgo directo de condenación eterna en el Abismo infernal; sólo Cristo, por medio de su Sangre derramada en el Calvario, puede salvar a cada hombre particular y a toda la humanidad. Forma parte de esta verdad salvífica de Cristo el hecho de que es toda la Trinidad Santísima la que está empeñada en la salvación eterna de nuestras almas, porque es Dios Padre quien pide a Dios Hijo que se encarne y muera en la Cruz para la salvación de toda la humanidad, derramando con su Sangre el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad, produciéndose la efusión del Espíritu Santo a toda la Iglesia por medio de la efusión de Sangre del Corazón del Hombre-Dios Jesucristo traspasado en la Cruz. Si no fuera por Dios, ni siquiera sabríamos que debemos salvar el alma de la eterna condenación, porque no es cierto que morimos y vamos al Cielo; al Cielo sólo va quien acepta de corazón el plan de salvación de la Trinidad y la salvación consiste en ir al seno del Padre Eterno por medio de la unión con el Corazón Eucarístico del Hijo y esta unión se produce por el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Cualquiera que crea otra cosa acerca de la vida en el más allá y en el modo de salvar el alma, vive engañado por las tinieblas del error, de la herejía, del paganismo y del ocultismo.

         No hay otro camino para salvar el alma eternamente que seguir el camino de la Trinidad, que es el Camino Real de la Cruz: por el Hijo, al Padre, en el Amor del Espíritu Santo.

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo

 



(Ciclo C – 2022)

         La Iglesia celebra, con una solemnidad, la reyecía de Nuestro Señor Jesucristo, proclamándolo públicamente como Rey del universo, tanto del universo visible, que es lo que conocemos genéricamente como “la Creación”, como del universo invisible, los ángeles, seres puramente espirituales. Jesucristo es Rey porque Él es el Hombre-Dios, es Dios Hijo encarnado en la naturaleza humana de Jesús de Nazareth y por lo tanto es Rey por naturaleza, porque Dios es Rey en Sí mismo y es también Rey por conquista, porque Él conquistó la Reyecía universal sobre todo el universo por medio de su sacrificio en cruz. En consecuencia, la Iglesia Católica considera que a Jesucristo y sólo a Jesucristo, se le deben a Él “todo el poder, la gloria y la majestad por los siglos de los siglos”[1], es decir, por toda la eternidad. Esta declaración y reconocimiento público de Nuestro Señor Jesucristo como Rey del universo, por parte de la Iglesia Católica, tiene numerosas e importantísimas implicancias en la vida del ser humano, tanto a nivel personal, como a nivel nacional y mundial. Que Jesucristo sea Rey del universo quiere decir que, a nivel personal, el católico debe considerar a Jesucristo como su propio Rey personal, es decir, el católico debe considerar que su corazón, el centro de su ser y de su alma, es el trono real en donde le rinde honor, alabanza y adoración al Hombre-Dios Jesucristo y esto se debe reflejar en su vida cotidiana, porque sólo a Jesucristo debe el católico adorar; sólo se debe guiar por los mandamientos de Jesucristo; sólo a Jesucristo debe seguir, cargando la cruz de cada día; sólo a Jesucristo debe obedecer y no a entidades paganas o neo-paganas.

         Que Jesucristo sea Rey de la familia, significa que las familias deben entronizar su imagen y Jesucristo –y no el televisor, el celular, la computadora- debe ser el centro y la raíz de la familia; la familia se debe guiar por los principios, normas, consejos y mandatos de Jesucristo y no de entidades anti-cristianas.

         Que Jesucristo sea Rey de la Nación, en este caso, de la Nación Argentina, significa que la Nación Argentina debe tener a los mandamientos de Jesucristo en sus leyes, en su educación, en sus Fuerzas Armadas, en su vivir cotidiano como Nación y no debe, de ninguna manera y bajo ningún concepto, aceptar los lineamientos anti-cristianos y anti-patria de entidades internacionales como la Organización de las Naciones Unidas o la Organización Mundial de la Salud, que atentan contra la integridad territorial y espiritual de la Nación, porque son entidades anti-cristianas.

         Como vemos, la declaración y confesión pública de Jesucristo como Rey del universo no es una mera declaración vacía de contenido; por el contrario, afecta a la vida personal, familiar, nacional y mundial, porque todo el mundo debe reconocer la Reyecía de Jesucristo. De esta confesión y declaración se siguen, además, otras dos consecuencias: una, que es que, quien confiesa a Jesucristo como Rey del universo, confiesa a la Virgen y Madre de Dios como Reina y Señora de todo lo creado, porque es lógico que la Madre del Rey sea Reina, en este caso, la Virgen es Reina por participación a la reyecía de su Hijo.

         El otro elemento que se sigue es que, si alguien niega a Jesucristo como Rey del universo, sea de palabra o de obra –si alguien no sigue los mandamientos de Jesucristo lo está negando en la práctica, aunque lo confiese de palabra-, ese tal, tiene como rey a otro rey, el Rey de las tinieblas, Satanás, el Ángel caído. Y de la misma manera a como quien cumple los mandamientos de su Rey y Señor, Jesucristo, porque lo entronizó en su corazón, así quien niega la reyecía a Jesucristo, entroniza en su corazón al Rey del Infierno y lo tiene al Ángel caído como a su rey y señor y cumple los mandamientos de este perverso rey, el primero de los cuales es: “Haz lo que quieras”, es decir, compórtate no según la Ley de Dios, sino según la Ley de la Iglesia de Satanás, que da satisfacción a todos los placeres pecaminosos del hombre.

         Como católicos proclamamos, entonces, que Jesucristo es el Rey de nuestros corazones, es el Rey de nuestras familias, es el Rey de nuestra Patria Argentina y por este Rey de los corazones, queremos ofrendar nuestras vidas, al pie de la Cruz y al pie del Altar.