(Domingo XXVI - TO - Ciclo A – 2026)
“¿Cuál
de los dos hijos hizo la voluntad del Padre?” (Mt 21, 28-32). En esta parábola Jesús
nos presenta a un padre y sus dos hijos, a los cuales les pide que vayan a
trabajar en su viña; uno dice que sí, pero luego no va; el otro dice en primer
lugar que no, pero luego va. El que hace la voluntad del padre es el segundo,
el que primero dijo que no, pero luego decidió ir a trabajar. El primero en
cambio, no hizo la voluntad del padre, porque, aunque dijo que sí, no fue a
trabajar.
Para
comprender el significado espiritual de la parábola, debemos reemplazar los
elementos naturales por realidades sobrenaturales. De esta manera, el padre de
la parábola es Dios, los hijos llamados a trabajar somos los bautizados en la
Iglesia Católica, la viña es la Iglesia Católica, el llamado a trabajar en la
viña es el llamado a la conversión, a través de la cual se hace la voluntad de
Dios.
Lo
que le importa a Jesús en la parábola es la respuesta sobre quién cumplió
verdaderamente la voluntad del Padre y el motivo es que esta respuesta a
trabajar en su viña depende del grado de amor que un hijo tiene al padre:
demuestra tener verdadero amor al padre aquel hijo que responde positivamente
al pedido de trabajar en su viña porque es quien cumple su voluntad. La imagen
de la parábola es una representación de lo que sucede en la realidad de la
Iglesia con los bautizados. Los hijos representan a dos bautizados distintos:
los dos reciben el mismo llamado de trabajar en la Viña del Padre porque los
dos han escuchado su Palabra; los dos son hijos adoptivos por el bautismo; los
dos dicen “sí”, pero uno va y el otro no.
El hecho de que los dos respondan de modo
diferente a la Palabra de Dios, que es Jesús, es porque el amor que tienen a
Jesús es diferente; los dos aman de diferente modo a Dios Padre y a su Palabra,
Cristo Jesús.
La razón última de esta diferencia es un
misterio, puesto que se trata de la interacción de dos libertades: por un lado,
la libertad de Dios, quien libremente llama al hombre a ser hijo suyo por la
comunicación de la gracia de filiación divina, y por otro lado la libertad del
hombre, que usando su libre albedrío acepta o no el llamado y la filiación. Se
trata de dos libertades que se encuentran frente a frente: Dios, quien su
libertad elige y llama a quien Él quiere -cada bautizado es un llamado del Amor
de Dios- y la libertad del hombre, quien es libre de responder de modo
afirmativo o negativo al llamado divino. La libertad, o mejor dicho, el acto de
elegir libremente, es el resultado de la interacción de las dos potencias del
alma, la inteligencia y la voluntad: para que se produzca el acto libre, la
potencia que actúa en primer lugar es la razón humana, la cual “ve” el
contenido de bondad y de hermosura que hay en una verdad, y luego es la
voluntad la que decide finalmente si se adhiere o no a la verdad, de la cual
brotan la bondad y la hermosura[1].
Esto es lo que sucede en el plano sobrenatural,
pero ahora con la razón iluminada por la fe: así iluminada, la razón “ve” la
bondad y la hermosura de la Sabiduría de Dios, de la Verdad de Dios, encarnada
en Jesucristo, pero es siempre la voluntad la cual decide, en última instancia,
si se adhiere a esa Verdad Increada, a esa Sabiduría del padre que es Jesús, o
no. Aquí radica la libertad humana, porque es sólo la persona quien decide en
última instancia si acepta o rechaza a la Bondad infinita y a la Verdad Suprema
de Dios encarnadas en Jesucristo. La elección libre, surgida desde lo más profundo
del espíritu humano, sin intervención de nadie, ni siquiera de Dios, es lo que
concede al hombre la más alta de las dignidades entre todas las creaturas, porque
lo diferencia de un ser irracional y es el hecho de ser libres. La capacidad de
elegir libremente es lo que explica la diferente reacción de los hijos: cada
uno responde con su libertad frente al llamado de Dios, ejerciendo plenamente
su soberanía y su pleno auto-dominio. La respuesta libre frente al llamado de
Dios en la vida personal refleja la libertad humana frente al llamado divino y
al mismo tiempo refleja también el amor que la criatura experimenta frente a
Dios, porque la respuesta libre está motivada en última instancia por el amor
que se tiene frente a la Verdad Divina manifestada. Y esa Verdad Divina es
Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios, que es la Verdad Absoluta de Dios encarnada.
Por esto, quien ama la Verdad, ama en realidad a Jesucristo; quien se aparta de
la Verdad y se adhiere al error, al cisma, a la herejía, en realidad se está
apartando de Jesucristo. Es lo que sucede con Judas Iscariote, quien contempla
a la Verdad Encarnada, Cristo Jesús, pero se da vuelta y le da la espalda,
traicionándolo, porque en vez de la Luz Eterna que brota de la Verdad que es
Cristo, abraza la oscuridad del error que surge del Príncipe de las tinieblas,
Satanás. De esto se sigue que quien no contempla y ama a Jesucristo, la Verdad
de Dios, no cumple la voluntad divina, como el hijo de la parábola que dijo
“sí” pero después no fue a trabajar en la viña de su padre.
Cumplir la voluntad de Dios no es un mero
cumplimiento del deber por el deber mismo, sino un círculo virtuoso que
enaltece, ennoblece y libera al hombre: cumplir la voluntad del Padre -el hijo
que finalmente acude a trabajar en la viña- enaltece al hombre porque significa
adherir a la Verdad que es Cristo y Cristo-Verdad nos libera –la Verdad os hará
libres-, porque no solo nos libera de la oscuridad y del error del pecado, de
la herejía y del cisma, sino que al mismo tiempo nos enaltece adhiriéndonos a
Él, que es la Verdad Eterna e Increada y la Luz de la Lámpara de la Jerusalén
celestial. El cumplimiento de la voluntad de Dios se basa en la libre adhesión
a la Verdad de Dios y al Amor de Dios, encarnados en Jesucristo y así es como
Dios quiere que obremos en su viña, que es la Iglesia: por amor a su Hijo
Jesucristo, movidos por el Espíritu Santo, el Divino Amor.
Si alguien obra por obrar, es como si no obrara;
si alguien obra movido por intereses propios pero no por amor a la Verdad que
es Cristo, construye su casa espiritual sobre arena, la cual se derrumba ante
el más leve viento.
El hijo de la parábola que cumplió la voluntad
del padre es aquel que contempló la Verdad encarnada, Jesucristo, y, movido por
amor a Él, se decidió ir a trabajar a la viña del Padre. El hijo de la parábola
que acude a trabajar en la viña del padre, es el bautizado que contempla a
Cristo, Verdad Eterna, Luz Increada y Amor Divino y obra movido por amor a Él,
a Jesucristo. El que obra por amor a Cristo y movido por el Amor de Dios, es
quien cumple la voluntad del Padre. Pero quien escucha la Palabra del Padre y
no se decide a obrar, es porque en el fondo no posee el Espíritu Santo, el
Espíritu del Amor de Dios.
Como el padre de la parábola llama a sus hijos a
trabajar en su viña, así Dios nos llama a trabajar en su viña, en su iglesia, continuamente,
todos los días, comunicándonos su Palabra desde la Eucaristía, para que seamos reflejos
de la imagen de su Hijo. Y Jesús, que es la Palabra encarnada del Padre, que
continúa y prolonga su Encarnación en la Eucaristía, nos habla en secreto, sin
que lo percibamos sensiblemente, en cada comunión eucarística, comunicándonos
su Espíritu de Amor, de caridad y de misericordia, para que cumplamos su
voluntad, que es la voluntad del Padre.
[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben,
Los misterios del cristianismo,
Ediciones Herder, Barcelona 1964, 826ss.




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