lunes, 23 de marzo de 2026

Domingo de Pascuas de Resurrección



(Ciclo A – 2026)

         Hay un contraste muy marcado en la Iglesia la Esposa Mística de Jesús, entre los días en los que guardaba silencio y hacía duelo y llanto silencioso por la muerte de su Señor y el Domingo de Resurrección, en donde esa misma Iglesia, abatida por el dolor y el duelo de su Señor en el Monte Calvario, ahora, el Domingo de Resurrección, prorrumpe en cantos de alabanzas, de alegría, de gozo y de acción de gracias al Cordero de Dios, cantos y alabanzas que se elevan hasta el cielo, hasta el escabel del trono mismo de Dios. Es en el Pregón Pascual en donde la Iglesia expresa este estado de alegría y de gozo sobrenaturales. Dice así la Iglesia, en el Pregón Pascual: “Exulten por fin los coros de los ángeles,/exulten las jerarquías del cielo,/y por la victoria de Rey tan poderoso/que las trompetas anuncien la salvación”. Si la Iglesia, entonces, Esposa Mística de Cordero, lloraba en silencio amargas lágrimas de dolor por la muerte de su Esposo Jesucristo en el Monte Calvario el Viernes Santo, hoy, en el Domingo de Resurrección, que es en realidad la participación en el Domingo de Resurrección de hace XXI siglos, esa misma Iglesia, a la que Jesucristo le ha secado las lágrimas de sus ojos, hoy, en el Domingo de Resurrección, se dirige tanto al Cielo como a la tierra y al Purgatorio para que todos participen de la alegría sobrenatural que la embarga. Así lo dice la Iglesia: “Goce también la tierra,/inundada de tanta claridad,/y que, radiante con el fulgor del Rey eterno,/se sienta libre de las tinieblas/que cubrían el orbe entero”. La Luz Eterna de Cristo resucitado, que emerge de su Ser divino trinitario con todo su resplandor desde el Domingo de Resurrección, se dirige a todos los hombres caídos en el pecado original, es decir, a toda la humanidad, comenzando por la Iglesia, para que se alegren con la misma alegría que les es comunicada desde lo más alto, desde la divinidad del Ser divino trinitario de Jesús, Rey Eterno. Así lo expresa la Iglesia: “Alégrese también nuestra madre la Iglesia,/revestida de luz tan brillante;/resuene este templo con las aclamaciones del pueblo”. La Iglesia se ilumina con el resplandor de la gloria eterna del Cordero, mientras que en templo deben resonar los cánticos de alabanza, de gloria, de adoración, de parte de la Iglesia y de todos los hombres que por Ella ingresen por el Bautismo. Continúa la Iglesia, llamando a todos los hombres a aclamar y a ensalzar a la Santísima Trinidad: “En verdad es justo y necesario/aclamar con nuestras voces/y con todo el afecto del corazón/a Dios invisible, el Padre todopoderoso,/y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo”. El motivo del agradecimiento de Esposa del Cordero a la Santísima Trinidad es porque el Hijo Único del Padre, fue enviado por Dios Padre por medio del Amor Trinitario, el Espíritu Santo, para que ofrezca su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad por la salvación de los hombres. También lo dice así la Iglesia Santa: “Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre/la deuda de Adán/y, derramando su sangre,/canceló el recibo del antiguo pecado”. El Segundo y definitivo Adán, Jesús, derramando hasta la última gota de Sangre en la cruz, ha pagado con el precio altísimo de su Sangre Preciosísima la deuda del Primer Adán, cancelando el pecado para siempre. “Porque éstas son las fiestas de Pascua,/en las que se inmola el verdadero Cordero,/cuya sangre consagra las puertas de los fieles”. Si en el Antiguo Testamento el Pueblo Elegido inmolaba el cordero pascual y marcaban los dinteles de las puertas de los hebreos con esta esta sangre del cordero pascual para que el Ángel Exterminador nada les hiciera, reconociendo en los dinteles de las puertas y ventanas la sangre del cordero, eso era solo una prefiguración, una sombra y un anticipo de la verdadera Pascua, en la que los que se marcan no son los dinteles de las puertas y ventanas de las casas de Pueblos Elegido, sino que lo que se marca son los labios de los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, y se marcan con la Preciosísima Sangre del Cordero de Dios; por esta razón, la Pascua de los judíos era solo una figura de la Verdadera y Única fiesta de Pascuas, en las que se inmola el Verdadero y Único Cordero Pascual, Jesucristo, con cuya Sangre Preciosísima se marcan los labios de los que aman al Cordero. Y así el Ángel Eterminador, viendo la Sangre del Cordero de Dios en los labios de los fieles, pasan de lado sin hacerles ningún daño. “Ésta es la noche/en que sacaste de Egipto/a los israelitas, nuestros padres,/y los hiciste pasar a pie el mar Rojo”. Los israelitas fueron sacados de la esclavitud de Egipto y por el milagro del mar abierto de par en par, atravesaron Rojo a pie el Mar y así cumplían su “Pascua”, su “Paso” hacia la Jerusalén terrestre, pero eso era solo una figura de la verdadera Pascua, en la que los bautizados en la Iglesia Católica también realizan su “Paso”, su “Pascua”, pero no de Egipto a la Jerusalén terrestre, sino del pecado a la vida nueva de la gracia santificante, atravesando no el desierto terreno, sino el desierto de la historia y de la vida humana, dejando atrás la vida de pecado para vivir la vida de la gracia, pasando a pie no en el Mar abierto en dos, sino en el Costado abierto del Redentor, su Corazón traspasado por la lanza. “Ésta es la noche/en que la columna de fuego/esclareció las tinieblas del pecado”. Durante la noche, el Pueblo Elegido era guiado durante la noche por una nube de fuego, pero era solo el anticipo y la prefiguración del Fuego del Espíritu Santo, que brotando del Corazón traspasado del Salvador ilumina las almas de los hombres que viven “en sombras y tinieblas de muerte”. “Ésta es la noche/en que, por toda la tierra,/los que confiesan su fe en Cristo/son arrancados de los vicios del mundo/y de la oscuridad del pecado,/son restituidos a la gracia/y son agregados a los santos”. Desde el Santo Sepulcro, a partir de la madrugada, momento de la Resurrección del Señor, deja brotar una luz resplandeciente, sobrenatural, no perceptible por los ojos del cuerpo para que todos aquellos que viven en la oscuridad y las tinieblas de pecado sean iluminados por esta luz divina que al iluminar los corazones concede la vida de la gracia que surge del Ser divino trinitario de Jesús el Domingo de Resurrección, quienes así comienzan ya desde la tierra a vivir la vida de la gracia, siendo sus nombres inscriptos en el cielo. “Ésta es la noche/en que, rotas las cadenas de la muerte,/Cristo asciende victorioso del abismo./¿De qué nos serviría haber nacido/si no hubiéramos sido rescatados?”. La Iglesia, iluminada por el Espíritu, nos advierte que de nada nos habría valido nacer si el Redentor no nos hubiera rescatado al precio de su Sangre, porque de no haber sido así, seguiríamos para siempre esclavos del pecado, de la muerte y del Demonio. “¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!/¡Qué incomparable ternura y caridad!/¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!”. La Santa Madre de Iglesia se asombra y alaba, entre gritos de júbilo, la inmensa misericordia del Padre, que por salvarnos a nosotros, los esclavos, entregó a la muerte en cruz a su Único Hijo, el Señor Jesús. “Necesario fue el pecado de Adán,/que ha sido borrado por la muerte de Cristo./¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”. La Iglesia cita a San Agustín, para quien el pecado es motivo de alegría, pero no por el pecado en sí mismo, que por sí mismo es despreciable, sino porque por el pecado la Trinidad, compadecida por nuestra miseria, nos envió al Redentor, el Hombre-Dios Jesucristo, el Verbo Eterno del Padre encarnado en el seno de María Virgen. “¡Qué noche tan dichosa!/Sólo ella conoció el momento/en que Cristo resucitó de entre los muertos”. La Iglesia exclama exultante que la noche de Pascua es una la noche de la alegría por excelencia porque es cuando la humanidad, de la mano de Cristo, realizó la “Pascua”, el “Paso”, de la noche del pecado a la luz de la gracia, de la noche de la muerte a  la luz de la vida de la gracia santificante, es la Noche alegre por excelencia, en la que quienes estaban muertos por el pecado e inmersos en las tinieblas vivientes, ahora viven la vida nueva de los hijos de Dios, gracias a la luz de gloria que brota de Jesús resucitado y también gracias a esta luz se ven libres de las tinieblas de los ángeles caídos. “Ésta es la noche/de la que estaba escrito:/«Será la noche clara como el día,/la noche iluminada por mi gozo»”. La noche de la Pascua estaba profetizada en la Escritura Sagrada porque era la Noche del triunfo de Dios, de su Cordero; una noche grandiosa y majestuosa, una noche que dejaría de ser oscura y tenebrosa por el reinado del pecado, para ser clara y radiante como el sol del mediodía, una noche que habría de estar iluminada por el Sol Naciente y sin ocaso, Cristo Jesús, que habría de iluminar a las almas con su Luz Eterna e Increada, la luz que brota de su Acto de Ser divino trinitario, una noche que habría de resplandecer con la esplendorosa luz de la Resurrección gloriosa de Jesús, luz más potente que cientos de miles de millones de soles juntos. “Y así, esta noche santa/ahuyenta los pecados,/lava las culpas,/devuelve la inocencia a los caídos,/la alegría a los tristes,/expulsa el odio,/trae la concordia,/doblega a los poderosos”. La noche de la Resurrección, la madrugada del Domingo de Resurrección, es una noche que está iluminada con una luz que no es de este mundo y por eso ilumina a todos los días Domingos hasta el fin del mundo; es una santa porque la luz de la gloria de Jesús resucitado hace partícipe de su vida divina trinitaria a las almas a las que Él ilumina haciendo desaparecer el pecado, todo tipo de pecado y haciendo florecer a cambio toda clase de dones, virtudes y gracias de las que participa el alma iluminada por Cristo; en esta noche santa el hombre deja de ser el hombre viejo del pecado para convertirse en el hombre nuevo nacido a la gracia de Dios; el hombre por la gracia se vuelve hermano de Cristo, hijo de Dios de Dios y hermano de su prójimo y por la gracia su corazón se ve libre de todo mal, de toda concupiscencia y de todo pecado, floreciendo en cambio las virtudes de los Sagrados Corazones de Jesús y María. “En esta noche de gracia/acepta, Padre Santo/ este sacrificio vespertino de alabanza/que la santa iglesia te ofrece/por medio de sus ministros/en la solemne ofrenda de este cirio,/hecho con cera de abejas”. El Cirio Pascual, hecho con cera pura de abejas, es símbolo y representación de Jesucristo, el Hombre-Dios: la cera representa la humanidad del Hombre-Dios y el fuego, encendido con el fuego bendecido al comienzo de la ceremonia del Lucernario, representa a la Divinidad de Jesucristo y es esto lo que la Iglesia le pide al Padre que acepte como ofrenda perfectísima y gloriosa el Cirio Pascual en el que está representado Jesucristo con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. “Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego,/ardiendo en llama viva para gloria de Dios./Y aunque distribuye su luz,/no mengua al repartirla,/porque se alimenta de esta cera fundida,/que elaboró la abeja fecunda/para hacer esta lámpara preciosa”. En la ceremonia del Lucernario, luego de encendido el Cirio Pascual, símbolo de Jesús resucitado que vence a las tinieblas del pecado, de la muerte y del Infierno, esta luz de Cristo se comparte con los fieles, simbolizando así que Cristo concede su luz a los bautizados para que estos se conviertan en “luz del mundo” y con la luz de Cristo que brota de su Ser divino trinitario iluminen el mundo en tinieblas y así esta Luz Divina que es Cristo no solo no disminuye sino que en el Domingo de Resurrección y atravesando su Cuerpo glorificado, ilumina la Iglesia, las almas y todos los Domingos de la historia, hasta el fin del tiempo. A partir del Domingo de Resurrección, todos los Domingos de la historia serán hechos partícipes de la luz divina que brota de la Lámpara de la Jerusalén celestial, el Cordero de Dios. “¡Qué noche tan dichosa/en que se une el cielo con la tierra,/lo humano y lo divino!”. El cielo y la tierra se unen en la admirable Noche de Pascuas porque el Rey de los cielos, Cristo Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad, simbolizado en el Cirio Pascual, une a sí a su Humanidad y la vivifica y la glorifica con su gloria divina, regresándola de la muerte y colmándola de la gloria divina y a lo humano y partir de Él, los hombres, que viven en la tierra y están hechos de barro, serán divinizados y llenados de la gracia de Dios al recibir su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la Eucaristía. “Te rogamos, Señor, que este cirio,/consagrado a tu nombre,/arda sin apagarse/para destruir la oscuridad de esta noche,/y, como ofrenda agradable,/se asocie a las lumbreras del cielo./Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,/ese lucero que no conoce ocaso/y es Cristo, tu Hijo resucitado,/que, al salir del sepulcro,/brilla sereno para el linaje humano,/y vive y reina glorioso/por los siglos de los siglos./Amén”. Por último, la Esposa de Cristo, la Santa Iglesia Católica, suplica a Dios Trino que el Cirio Pascual, consagrado en honor de la Trinidad, “arda sin apagarse”, para que toda la Iglesia no solo viva sin oscuridad, poniendo fin para siempre a las tinieblas del error, del pecado, de la ignorancia, del cisma y de la herejía y también las tinieblas vivientes, y que desde el Cielo ilumine para siempre a la Iglesia y a los hombres a Ella incorporados.

Ahora bien, la luz del Cirio Pascual es un símbolo de la Verdadera y Eterna Luz que ilumina la Iglesia y las almas de los hombres, Cristo Jesús, la Lámpara de la Jerusalén celestial, el Cordero de Dios sin mancha, el Sol de justicia, ante cuya claridad se disipan las tinieblas del pecado y de la muerte y las tinieblas vivientes, los habitantes del Infierno, huyen de su Presencia y ante cuya Presencia así como el humo se disipa con el viento, así como las tinieblas de la noche se disipan con la luz del sol, así las tinieblas vivientes huyen despavoridas. La luz del Cirio Pascual que se enciende en la noche, pide la Iglesia que continúe así, encendida toda la noche hasta la llegada del lucero de la mañana, de manera que la estrella matinal, la Estrella de la Aurora, lo encuentre ardiendo y así se asocie a las estrellas del cielo. El verdadero lucero matinal, que no conoce ocaso, que no se apaga nunca más y que es anunciado por la Estrella de la mañana, la Aurora que es la Virgen, no es otro que el Cordero de Dios, Cristo Jesús, el Hijo Eterno del Padre, luego de cumplir el misterio de Pasión y Muerte en cruz, y ahora resucitado y con la luz gloriosa que emana de su Ser divino trinitario y que puede ser contemplado por la fe de la Iglesia con su Cuerpo glorioso Presente en la Eucaristía, brilla desde el Altar Eucarístico y desde el Sagrario, iluminando a toda la Iglesia y reina desde la Eucaristía, al igual que en su trono del cielo, por los siglos sin fin, por toda la eternidad.


sábado, 21 de marzo de 2026

Sábado Santo y Vigilia Pascual


 



(Ciclo A - 2026)

“A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé fueron al sepulcro (…) vieron que la piedra había sido corrida (…) Al entrar al sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas, pero él les dijo: “No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí” (cfr. Mc 16, 1-7). El Domingo por la madrugada, las mujeres santas de Jerusalén van al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús con perfumes. El hecho de que vayan el Domingo a la madrugada se explica por lo siguiente: los judíos tenían la costumbre de amortajar y ungir con perfumes a sus difuntos; como Jesús había muerto el Viernes por la tarde y había sido sepultado ya entrada la noche, este trabajo de ungir con perfumes no había podido ser completado debido a que el sábado estaban prohibidas todas las actividades manuales; ésta es la razón por la que las mujeres santas de Israel acuden al Santo Sepulcro para completar la piadosa tarea de ungir el Cuerpo de Jesús con perfumes. Aquí también hay una simbología oculta, y es que el perfume es símbolo de la gracia de Jesús, del “buen olor de Jesús” y ese perfume, esa gracia, se despliega con todo su esplendor no el sábado, sino el Domingo de Resurrección. Cuando llegan al lugar, se dan cuenta que la piedra ha sido desplazada de su lugar; se asoman para ver a quien ellas suponen que está ahí, muerto, Jesús, pero en vez de ver a Jesús, ven al sepulcro vacío y a un ángel que les dice que Jesús de Nazareth, al que ellas buscan, no está en el sepulcro, porque “ha resucitado”.

Las santas mujeres de Jerusalén habían acudido al Santo Sepulcro esperando encontrar a un Jesús muerto, sin vida, con su Cuerpo frío, con la rigidez propia de la muerte; esperaban encontrar un sepulcro oscuro, ocupado con el Cuerpo muerto de Jesús, un sepulcro en el que solo habría dolor, desolación y muerte. Sin embargo, al llegar, la situación es completamente distinta: se encuentran con un sepulcro abierto, con la luz del sol de la madrugada ingresando por el espacio abierto que ha dejado la roca que servía de puerta al haber sido desplazada; pero sobre todo, encuentran al sepulcro vacío, pero no está vacío porque alguien ha cambiado de lugar el Cuerpo de Jesús, como creía María Magdalena, sino porque Jesús, que es el Dios de la Vida, que es la Vida Increada en Sí misma, “ha resucitado”, como les dice el ángel, ha regresado victorioso del lugar de los muertos, ha vencido a la muerte con su Vida divina y no solo a la muerte sino también al pecado y al Infierno. Las santas mujeres de Jerusalén van a buscar el Cuerpo muerto de Jesús para ungirlo con perfumes, pero en cambio se encuentran con la alegre noticia de que el Cuerpo de Jesús no está muerto sino vivo, glorioso, resucitado y que ya no necesita de los perfumes terrenos, porque el perfume de su Gracia, que es el fragante y exquisito perfume de la gloria de Dios, lo abarca y lo inunda todo.

El misterio pascual de Jesús se corona con su resurrección gloriosa, pero no se detiene en Jesús, porque Jesús es el Nuevo Adán, es la Cabeza de la Nueva Humanidad, de la humanidad de los hijos de Dios, nacidos al pie de la cruz por la gracia derramada con la Sangre de su Corazón traspasado. Su Resurrección se extiende a su Iglesia primero y a toda la humanidad después, porque todos los hombres de todos los tiempos están llamados a ser partícipes de la Resurrección de Cristo. Que Jesús haya resucitado significa no solo que Jesús venció a la muerte, porque eso es un hecho primario en la Resurrección, esto es, la Vida divina de Jesús vence a la muerte humana y por eso, en Jesús, todo hombre está llamado a participar de la Vida divina trinitaria, primero por participación por la gracia santificante de los sacramentos y luego en su plenitud en la vida eterna en los cielos. Pero la derrota de la muerte es solo la primera parte del triunfo de la Resurrección; la segunda parte, por así decir, de la Resurrección, implica que la gloria divina, que brota del Acto de Ser divino trinitario de Jesús, invade su Cuerpo sin vida y a medida que lo invade, lo colma de gloria y de luz divina, que en una fracción de segundos se extiende por todo el Cuerpo de Jesús, colmándolo de la gloria, de la luz y de la vida de la Trinidad. En otras palabras, la Resurrección no solo implica que el proceso natural de la muerte, que comienza cuando el alma se separa del cuerpo, se detiene, sino que en este caso, en el caso de Jesús, su Alma, unida a la divinidad, vuelve a unirse a su Cuerpo luego de descender al Limbo de los justos, produciéndose la reunificación del Cuerpo con el Alma y puesto que ambos están unidos a la divinidad y la divinidad es gloria y la gloria es luz, ambos resplandecen con luz divina y por este motivo Jesús resucitado aparece resplandeciente de luz divina. En la Resurrección de Jesús, vuelven a unirse su Alma y su Cuerpo santísimos, por obra de su propio poder divino trinitario, ya que Él mismo lo dice en el Apocalipsis: “Yo soy el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo en mi poder las llaves de la muerte y del abismo[1]. Jesús regresa a la vida cuando su Cuerpo y su Alma vuelven a unirse, pero no a esta vida natural propia de la naturaleza humana, sino a la vida divina de la gloria de Dios. Y debido a que la gloria de Dios es luz, el Cuerpo resucitado de Jesús resplandece con la luz de la gloria divina iluminando con su divino resplandor el Santo Sepulcro y el Domingo de Resurrección, pero también, a partir del Domingo de Resurrección, ilumina sobrenaturalmente, con su luz divina, a todo día Domingo que habrá de sucederse hasta el fin del mundo. Jesús, con su Cuerpo glorioso y resucitado, comunica la vida divina trinitaria a todo aquel a quien a Él se le acerca y esta es la razón del cambio de actitud de todos los discípulos, antes y después de la Resurrección: todos los discípulos, sin excepción, pasan del desánimo, el desaliento, la tristeza y el llanto de la crucifixión del Viernes Santo, a la alegría y el gozo del Domingo de Resurrección; si antes de la Resurrección no lo reconocían y lo confundían con un forastero -discípulos de Emaús- o con el jardinero -María Magdalena-, luego de la Resurrección lo reconocen como a Jesús resucitado; pasan también de vivir una vida puramente natural, a vivir la vida de la gracia. Por este motivo, la Resurrección implica mucho más que la simple detención y regresión de los procesos naturales que se desencadenan con la muerte y va mucho más allá que regresar a una vida puramente natural, como sucedió en la resurrección de Lázaro: implica volver a la vida desde la muerte, pero para comenzar a vivir con una vida nueva, que no es la humana, sino la vida divina, la vida misma de Dios Uno y Trino, la vida que se nos comunica por medio de los sacramentos.

“No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí”. Muchos dentro de la Iglesia viven y se comportan como si Jesús no hubiera resucitado, como si Jesús todavía estuviera muerto, tendido en la fría loza del sepulcro, sin vida, al igual que las santas mujeres antes de llegar al sepulcro, cuando buscaban a un Jesús muerto. Muchos cristianos no creen, en la vida diaria, que Jesús haya resucitado y esto es visible cuando se ve que esos cristianos viven en la vida de todos los días como si fueran paganos, como si Jesús siguiera en el sepulcro, como si Jesús no hubiera resucitado y no estuviera en la Eucaristía, porque no lo buscan en la Eucaristía. Muchos cristianos no viven los Mandamientos de la Ley de Dios, no cumplen los Preceptos de la Iglesia, no asisten a Misa para recibir a Jesús resucitado en la Eucaristía. Sin embargo, el Dios de los cielos, Cristo Jesús, ha resucitado, venciendo para siempre a la muerte, al pecado y al Infierno; ha iluminado al sepulcro, que el Viernes Santo estaba oscuro y frío, con la luz divina de su gloria trinitaria el Domingo de Resurrección y desde el Santo Sepulcro, ha soplado sobre la tierra y sobre los hombres su Espíritu Divino, Espíritu que da la vida nueva de los hijos de Dios. Como cristianos, ésta es la alegre noticia que debemos transmitir al mundo, la misma noticia que las mujeres santas recibieron del ángel y la comunicaron a la Iglesia Naciente: Jesús ha resucitado, está vivo, glorioso, resplandeciente, ha dejado vacío el sepulcro y su Cuerpo glorioso vive con la vida de Dios. Pero nosotros tenemos otra buena noticia para comunicar al mundo, además del mensaje de la Resurrección y es que si el sepulcro de Jesús está vacío porque su Cuerpo ya no está allí, es porque el Sagrario está ocupado con su Cuerpo glorioso, la Sagrada Eucaristía. No podemos, como católicos, solo quedarnos en el anuncio de la Resurrección; debemos anunciar que Jesús dejó el sepulcro vacío porque con su Cuerpo glorificado, con el mismo Cuerpo con el que resucitó el Domingo de Resurrección, ocupa ahora otro lugar y es el sagrario, porque Él está vivo y glorioso en la Eucaristía. Éste es el alegre mensaje, la alegre noticia, que el mundo espera recibir de nosotros, los cristianos: Cristo ha resucitado y con su Cuerpo glorioso está en la Eucaristía.



[1] 1, 18.


Viernes Santo de la Pasión del Señor

 



(Ciclo A - 2026)

         Desde el punto de vista humano, el Viernes Santo representa la finalización exitosa de todo lo que los enemigos de Jesús, los judíos y los romanos, habían tramado: detenerlo, enjuiciarlo, acusarlo falsamente, condenarlo a muerte y asesinar a Jesucristo en la cruz.

         Visto humanamente y desde la apariencia, el Viernes Santo es el culmen del triunfo del Infierno sobre Dios y su Mesías, porque la Serpiente Antigua consiguió el objetivo, mediante la instigación de la mentira y el odio satánico contra Cristo, de lograr que los hombres crucificaran al Cordero de Dios.

         También el Viernes Santo es el momento en el que la Iglesia Militante, la Iglesia que en la tierra lucha contra las tinieblas, se presenta en su máxima debilidad, porque luego de haber nacido con la institución del sacerdocio ministerial y de la Eucaristía en la Última Cena ahora ve, a pocas horas de haber sido fundada, cómo su Fundador, Jesucristo, muere crucificado y derramando su Sangre en la cruz, al tiempo que la casi totalidad de sus miembros -con la excepción de la Virgen de los Dolores- huyen de la cruz, dejando a Jesús solo y abandonado en patíbulo del Monte Calvario.

         También para toda la humanidad el Viernes Santo representa el día más oscuro de toda la historia de la humanidad -el Evangelio dice que las tinieblas cubrieron el cielo cuando Jesús murió- porque con la muerte de Jesús de Nazareth, el profeta “poderoso en obras”, que había dicho de sí mismo que era “luz del mundo”, “Camino, Verdad y Vida”, “Puerta de las ovejas”, “Pan de Vida eterna”, y “Dios con nosotros”, entonces, si Él ha muerto, entonces los hombres ya no tendrán quién les obre signos y prodigios maravillosos; si la luz ha sido apagada, vivirán en tinieblas; no sabrán cuál es el Camino al cielo, ni dónde está la Verdad, ni Quién da la Vida eterna; tampoco tendrán el maravilloso Maná bajado del cielo, que da la Vida eterna a quien lo recibe con fe, con piedad y con amor y lo peor de todo, se quedarán sin Dios, porque Dios ya no estará entre los hombres. Con la muerte de Jesús, Luz Eterna, las tinieblas cubren el mundo, pero no las tinieblas cosmológicas, sino las tinieblas vivientes, las tinieblas que habitan en el Infierno y que ahora ven libre su salida a la tierra, los ángeles caídos, los demonios.

         Para la Virgen, la Madre de Dios, el Viernes Santo representa el momento de máximo dolor, es el momento en el que la Virgen recibe el título de “Madre de los dolores”, porque todo el dolor del mundo, todo el dolor del Corazón de su Hijo, oprime a su Inmaculado Corazón, atravesándolo con el filo de acero de siete espadas, cumpliéndose en este momento la profecía de Simeón: “Y a Ti, una espada de dolor te atravesará el corazón”. Es el día más negro y triste para la Virgen, porque el ver a su Hijo muerto en la cruz, representa el Dolor de los dolores, el Dolor en el que están contenidos todos los dolores.

Para la Iglesia naciente y para la humanidad toda, el Viernes Santo es el día de luto, de duelo, de tristeza, de amargura, de llanto, de pena, de aflicción, de abundantes lágrimas, de dolor, de desconsuelo, porque el Rey pacífico, el Redentor, el Salvador de los hombres, el Mesías, ha muerto en la Cruz, y por eso, para la Iglesia y para la humanidad, se le aplica este pasaje del libro de las Lamentaciones: “Jerusalén, levántate y despójate de tus vestidos de gloria; vístete de luto y de aflicción. Porque en ti ha sido ajusticiado el Salvador de Israel. Derrama torrentes de lágrimas, de día y de noche; que no descansen tus ojos” (2, 18).

La Iglesia quiere significar exteriormente, por signos litúrgicos, la inmensidad de la tristeza de este día, y la tragedia que para Ella significa, y lo hace ocultando con velos morados, símbolo de penitencia, las imágenes sagradas, para significar que el pecado, nacido del corazón del hombre, posee una fuerza destructora enorme, capaz de romper la comunión del hombre con Dios; el otro elemento con el cual la Iglesia expresa su dolor y luto, es la suspensión del Santo Sacrificio del altar: el Viernes Santo es el único día en el que no se celebra la Santa Misa, renovación sacramental del Sacrificio de la Cruz, en señal del triunfo de las tinieblas del infierno que han logrado, en complicidad con la malicia del corazón humano, dar muerte al Redentor. La postración que hace el sacerdote ministerial, delante del altar vacío, y el hecho de no celebrar la Santa Misa, son expresiones litúrgicas de la participación real, por el misterio de la liturgia, al Viernes Santo de hace dos mil años, en el que moría Cristo en la Cruz.

El sacerdote ministerial se echa por tierra en señal de luto y dolor por la muerte del Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo, porque Él es el fundamento del sacerdocio ministerial, y si Él ha muerto, entonces el sacerdocio y los sacerdotes han sido derrotados y eso se significa con la postración.

Si para la Iglesia y sus hijos el Viernes Santo es Día de luto y de dolor, para el mundo, por el contrario, es día de jolgorio, de solaz y de risas, porque es el día del aparente triunfo de su príncipe, el Príncipe de las tinieblas, y por eso es que el mundo convierte a la Semana Santa en semana de vacaciones y de turismo.  

Pero en medio de tantos dolores, en medio de tanta desolación, hay un signo de esperanza, que anuncia el triunfo venidero, así como la Estrella de la mañana anuncia el fin de la noche y la llegada del sol y del nuevo día, y ese signo de esperanza es María Santísima al pie de la Cruz.

Cristo, su Hijo, el Redentor, ha muerto, pero Ella, la Co-Redentora, sigue viva, y habrá de ser, según la Tradición, la Primera a la cual se le aparecerá Jesús resucitado; la Virgen será la Primera en ser testigo del triunfo victorioso de su Hijo Jesús sobre la muerte, el infierno y el pecado, y Ella lo sabe, y por eso, en su dolor inmenso, no hay ni la más mínima sombra de desesperación, sino serenidad, fe, confianza, y alegría, alegría que será desbordante el Domingo de Resurrección.


viernes, 20 de marzo de 2026

Jueves Santo de la Cena del Señor

 


Judas, el traidor

(Ciclo A – 2026)

         “Este es mi Cuerpo (…) Esta es mi Sangre (…) Haced esto en memoria mí” (Jn 13, 1-15). Jesús, en la Última Cena, sabe que está próxima “su hora”, la hora en la que habrá de pasar de este mundo al Padre. Es la Hora de la Pasión y de la muerte en Cruz, y si bien es una hora muy dolorosa, es una hora también de triunfo y de luz, porque por la muerte de Cruz volverá al cielo, regresará a la Casa del Padre, de donde había venido. Él había dicho de Sí mismo “Yo Soy la Puerta” y ahora, en la Cruz, la Puerta que es el Sagrado Corazón de Jesús se abrirá, cuando el soldado dé el lanzazo, en dos sentidos: la Puerta se abrirá para dar paso de la tierra al cielo, porque desde la Cruz de Jesús se llega a la luz; la Puerta se abrirá desde el cielo a la tierra, porque Jesús, al abrir la Puerta del cielo, que es su Sagrado Corazón, hace llegar a los hombres lo que hay en el cielo: el perdón, la Misericordia, el Amor, la luz, la paz, la alegría de Dios.

         En la Última Cena Jesús inicia el camino que lo conducirá a subir a la Cruz para que la Puerta del Cielo, que desde Adán y Eva estaba cerrada para todos los hombres, ahora, por la lanza que atraviesa su Sagrado Corazón, quede abierta para siempre.

         Jesús había dicho: “Yo Soy la Puerta de las ovejas”, y ahora Él, que es el Supremo y Eterno Pastor, sube al cielo para abrir esa puerta, para que las ovejas de su rebaño, los hombres, puedan pasar y llegar al cielo, y esa Puerta abierta al cielo es su Sagrado Corazón traspasado. Cuando el soldado romano atraviese su Corazón con la lanza, quedará abierta.

         Pero ahora, en el Jueves Santo, ¿qué es lo que hace Jesús en la Última Cena? Hace dos cosas que demuestran la inmensidad de su Amor por nosotros; hace dos cosas que demuestran que, desde hace XXI siglos, estaba pensando en cada uno de nosotros, porque lo que hace crear dos sacramentos, por medio de los cuales Él, a pesar de pasar de esta vida a la otra, a pesar de ya no estar más visiblemente entre nosotros, continuará, por medio de estos dos sacramentos, estando presentes en medio nuestro, confirmando así que es el “Emanuel”, el Dios entre nosotros. Instituye dos sacramentos, a través de los cuales Él perpetuará su Presencia Persona, permaneciendo en los sagrarios con su Cuerpo glorioso y resucitado en la Eucaristía, con el mismo Cuerpo glorioso y resucitado con el cual Él reina en el cielo junto al Padre. Estos dos sacramentos que Él instituye en la Última Cena son, por un lado, el sacerdocio ministerial, ordenando sacerdotes y obispos a sus discípulos, incluido Judas Iscariote, el traidor y reservado exclusivamente a los varones y no a las mujeres (de ahí que sea absolutamente innecesaria la presencia de mujeres en el altar). El otro sacramento que Jesús instituye en la Última Cena y que está íntimamente ligado al sacramento del ministerio sacerdotal, es el de la Eucaristía, el Sacramento por excelencia, por el cual permanecerá en nuestros sagrarios con su Cuerpo glorioso y resucitado, oculto bajo las apariencias de pan. En la Última Cena, además, oficia la Primera Misa de la historia en el momento en el que Él, con su poder divino, pronuncia las palabras de la consagración sobre el pan primero y el vino después, diciendo: “Tomen y coman, esto es mi Cuerpo, tomen y beban, esta es mi Sangre”. En ese mismo momento, por el poder divino del Hombre-Dios Jesús, se produce el Milagro de los milagros, el milagro que supera a la Creación del Universo visible e invisible; en es momento, por las palabras de Jesús en la Última Cena, se produce la conversión de la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Jesús y la substancia del vino se convierte en su Sangre. Se convierten en Cuerpo y Sangre, pero no sin vida sino que, por natural concomitancia, tanto el Cuerpo como la Sangre están unidos cada uno al Alma de Jesús y el Alma, a su vez, por la unión hipostática producida en la Encarnación, está unida a la Segunda Persona de la Trinidad. Entonces, en la Última Cena, confecciona por primera vez el Sacramento de la Eucaristía, compuesto por su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y manda a su Iglesia a que repita esta acción suya “hasta que Él vuelva” y para que la Iglesia pueda renovar este sagrado milagro, instituye el ministerio sacerdotal, el sacerdocio ministerial, sin el cual no se puede confeccionar la Eucaristía. Meditemos en estos hechos, porque nos dan cuenta de la inmensidad del Amor de Jesús y, como dijimos, de cómo Jesús estaba pensando en nosotros, cristianos del siglo XXI, y para que nosotros, alejados en el tiempo y en el espacio, seamos capaces de unirnos a Él, por medio de la Sagrada Comunión de Sagrado Corazón Eucarístico. Por la institución del sacerdocio ministerial y de la Eucaristía, la Esposa Mística de Jesús, la Iglesia Católica, realiza substancialmente en cada Santa Misa lo mismo que Jesús hizo en la Última Cena: en cada Santa Misa, se renueva y actualiza lo actuado por Jesús, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús porque quien pronuncia las palabras de la consagración es en realidad Jesús, a través de la voz del sacerdote ministerial; el sacerdote es solo un canal, por así decir, del Supremo y Eterno Sacerdote Jesús; lo único que hace el sacerdote es prestar, es una forma de decir, su voz, para que a través de su débil voz humana, obre el poder divino de Jesús que es el que realmente convierte el pan en el Cuerpo de Jesús y el vino en la Sangre de Jesús.

         Sin embargo, a pesar del Amor infinito demostrado por el Hombre-Dios en la Última Cena, dejando su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía para quedarse “todos los días” entre nosotros “hasta que Él vuelva”, en la Última Cena y representando a la larga serie de sacerdotes, religiosos, clérigos y religiosos consagrados que a lo largo de la historia traicionarán a Jesús entregándose a Satanás, ya en el Última Cena, en el seno mismo de la Iglesia Naciente, hay alguien quien, prefiriendo escuchar el duro y metálico tintinear de las monedas de plata, antes que escuchar los dulces latidos del Sagrado Corazón, traicionando a Jesús, entregándolo a sus enemigos y vendiéndolo por treinta monedas de plata. Es el traidor Judas Iscariote, quien ya había sido ordenado sacerdote y obispo por el mismo Jesucristo en Persona y aun así, lo traiciona. Pero esta traición tiene su precio; quien no quiere comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo para recibir el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, el Espíritu Santo, termina siendo dominado por sus pasiones y comulgando con el Demonio, quien poseyendo su cuerpo y su alma, toma posesión de todo su ser y su voluntad, precipitándolo en el Infierno. El Evangelio describe a la perfección la posesión demoníaca de Judas Iscariote: “Cuando Judas tomó el bocado, Satanás entró en él (Judas) salió (del cenáculo) Afuera reinaban las tinieblas”. Es lo que le sucede a todo aquel a quien no ama a Cristo Eucaristía, no solo termina siendo dominado por sus pasiones, representadas en el bocado que toma Judas, sino que luego es poseído por el demonio, también como Judas y si no cambia, si no se convierte, es introduce para siempre en las tinieblas eternas, el Infierno. Esto es así porque no hay término intermedio: o se está en el seno del Cenáculo, en el interior del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, o se sale de Él, ingresando en las tinieblas vivientes, también como le sucede a Judas Iscariote. En la Última Cena, hay dos Apóstoles, con dos destinos distintos: Judas Iscariote, el traidor, que terminó poseído por el demonio porque prefirió escuchar el duro tintineo metálico de las monedas de plata, y Juan Evangelista, que reina en los cielos por la eternidad con Cristo, porque reposó su cabeza en el pecho de Jesús, para escuchar los dulces latidos del Sagrado Corazón de Jesús. En nosotros está cuál de los dos tipos de Apóstoles queremos ser.

 

 

 


jueves, 19 de marzo de 2026

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

 



(Ciclo A – 2026)

         “Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar” (Mt 26,14-75.27.1-66). En el llamado “Domingo de Ramos”, Jesús, Rey de reyes y Señor de señores, ingresa en Jerusalén montado no en un caballo blanco y rodeado de discípulos guerreros: siendo Él Dios encarnado, Creador y Dueño del Universo, ingresa humildemente montado en un manso burrito. Al paso de Jesús, todos los habitantes de Jerusalén, sin excepción, niños, adultos, ancianos, ricos y pobres, salen al encuentro de Jesús y con mucha algarabía, con gran alegría y mucho gozo, cantando hosannas y aleluyas a Jesús, le tienden mantos a su paso a modo de alfombra, saludándolo con palmas, reconociendo a Jesús como al Mesías enviado por Dios para salvar a la humanidad. Los habitantes de Jerusalén, todos, sin excepción, desde el recién nacido hasta el más anciano, habían recibido innumerables milagros de parte de Jesús y es el Espíritu Santo quien les recuerda estos milagros, es el Espíritu Santo quien con su luz divina les trae a la memoria todo lo que Jesús hizo por ellos y por esta razón los habitantes de Jerusalén lo reconocen como al Mesías, lo saludan con palmas, tienden mantos a sus pies, le cantan alabanzas, le abren las puertas de Jerusalén, dándole gracias por sus innumerables milagros. Los habitantes de Jerusalén, en el Domingo de Ramos, reconocen que Jesús es su Salvador, es su Mesías, que ha obrado para ellos milagros, prodigios, maravillas para todos y por eso la alegría y el regocijo.

         Sin embargo, no pasarán muchos días para que esta misma multitud, estos mismos habitantes de Jerusalén, que el Domingo de Ramos reciben a Jesús con alegría y gozo indescriptibles, pasen al odio y a la blasfemia y a la negación de Jesús como al Mesías. Los mismos habitantes de Jerusalén, expulsando al Espíritu Santo de sus corazones, cubriendo así de oscuridad y de tinieblas sus mentes y corazones, olvidando por completo los milagros que Jesús hizo por ellos y al mismo tiempo convirtiendo en sus corazones, la alegría en odio; el deseo de ver y abrazar a Jesús, en deseos de matarlo crucificado; las canciones de alabanza y los hosannas y aleluyas al Mesías serán reemplazados por insultos, blasfemias, maldiciones; las palmas del Domingo de Ramos, con las que honraban al Mesías, se convertirán el Viernes Santo en puntapiés, en golpes de puños, en trompadas, en bofetadas, que cubrirán sin piedad todo el Cuerpo Santo del Señor Jesús; el reconocimiento, la veneración y la alabanza, serán reemplazados por la impiedad, la blasfemia y la burla sacrílega; el Viernes Santo, las puertas de Jerusalén, que el Domingo se habían abierto de par en par para recibir a Jesús como al Mesías, ahora también se abren, de par en par, pero para expulsar al Cordero Tres veces Santo de Dios de su seno, mancillando así la Ciudad Santa su nombre y cubriéndose la Ciudad de siniestras tinieblas vivientes, porque expulsó a Aquel que es la Luz Eterna de Dios y sin Jesús, Luz Eterna, solo hay tinieblas, pero no las tinieblas cosmológicas, sino las tinieblas vivas, las tinieblas que habitan en el Infierno y que ahora salen del Infierno para habitar en Jerusalén. La que era Ciudad Santa, porque albergaba en su seno al Dios Tres veces Santo, ahora, al haber expulsado a Jesús, es refugio y morada de demonios. Todos los habitantes de Jerusalén muestran en sus rostros el odio feroz que anida en sus corazones: si en el Domingo de Ramos reflejaban alegría y gozo desbordantes, ahora expresan tanto odio que parecen demonios humanos y no seres humanos, tal es la ferocidad y la maldad con la que insultan y golpean al Salvador de los hombres.

         Este contraste tan marcado, entre la alegría y el gozo del Domingo de Ramos y el odio preternatural y satánico del Viernes Santo entre los habitantes de Jerusalén se explica por el llamado “misterio de iniquidad”, que es el misterio del pecado que anida en lo más profundo del corazón del hombre y que sin la gracia santificante de Jesucristo, convierte al hombre en partícipe de la malicia satánica y en cómplice y aliado del hombre con el Ángel caído, Satanás. Ahora bien, estos hechos, sucedidos realmente en la historia, en el Domingo de Ramos y en el Viernes Santo, son prefiguración de lo que sucede en el alma del hombre cuando está en gracia -en el Domingo de Ramos, Jesús entra en Jerusalén, entra en el alma- y cuando está en pecado -en el Viernes Santo, Jesús es expulsado de Jerusalén, significa la expulsión de Jesús del alma por medio del pecado mortal-.

         La prefiguración se entiende de esta manera: Jerusalén, la Ciudad Santa, en el Domingo de Ramos, prefigura al alma humana, creada por Dios a su imagen y semejanza y destinada a ser la morada de la divinidad, que recibe a su Salvador, Jesús, por medio de la gracia santificante que otorgan los sacramentos. El alma humana, en estado de gracia santificante, sin pecado, está representada y prefigurada por la Ciudad Santa, por Jerusalén, que el Domingo de Ramos abre sus puertas con alegría para recibir a su Salvador, a su Redentor, Jesucristo, agradeciéndole, con la luz y la memoria que le brinda el Espíritu Santo, todo lo que Jesús ha hecho por ella, todos los milagros, comenzando por la gracia del Bautismo Sacramental que la convirtió en hija adoptiva de Dios; el alma en estado de gracia abre su corazón para el ingreso de Jesús, así como Jerusalén abrió sus puertas para que ingrese el Domingo de Ramos y lo entroniza en su corazón, adorándolo como a su Rey, su Dios y su Señor.

         La otra prefiguración es la del Viernes Santo, diametralmente opuesta a la del Domingo de Ramos: en el Viernes Santo la misma Ciudad Santa, después de un juicio inicuo y de una injusta condena a muerte, le carga a Jesús una cruz sobre sus espaldas, lo corona de espinas y cubriéndolo de latigazos, golpes, insultos y escupitajos, lo expulsa de sí misma. Es la representación y figura del alma que, por el pecado mortal, ya no reconoce más a Jesús como a su Dios y Señor, lo baja del trono de su corazón y lo expulsa de su corazón y de su alma, quedando inmersa en tinieblas. Le pasa entonces al alma lo que a la Ciudad Santa: al expulsar de su seno al Dios Tres veces Santo, deja de ser Ciudad Santa, para ser Ciudad desolada, sin la santidad de Dios, que es la Santidad Increada en Sí misma y puesto que Jesús es Dios y siendo Dios es Luz, Amor y Paz, el alma sin Jesús queda a oscuras, sin el calor del Divino Amor y sin la paz de Dios, la única paz que puede serenar el alma humana. Pero hay algo más siniestro todavía y es que el alma, expulsando a Jesús de su corazón, no solo queda envuelta en las tinieblas de su propio pecado, sino que se hace refugio de tinieblas vivientes, de demonios, porque no hay términos medios: o el corazón del hombre es trono y sagrario de Dios Trino por la gracia, o su corazón es refugio de la Serpiente Antigua.

“Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar”. Tanto la escena del Domingo de Ramos como la del Viernes Santo fueron hechos reales, sucedidos en el tiempo y en la historia, y son al mismo tiempo representación y prefiguración de dos estados posibles del alma: la vida de la gracia santificante y la vida del pecado. Depende de nosotros, de nuestra libertad, de nuestro libre albedrío, el convertirnos en cualquiera de las dos: en la Ciudad Santa del Domingo de Ramos, que llena de la gracia de Dios abre sus puertas para dejar entrar a Jesucristo y adorarlo en su corazón, reconociéndolo en la Eucaristía como a su Rey y Señor, o en la Jerusalén del Viernes Santo, el alma en pecado, que ha rechazado a su Dios y lo ha expulsado de su corazón, convirtiéndose en refugio de demonios. Que la Madre de Dios interceda para que nuestras almas sean siempre como la Ciudad Santa del Domingo de Ramos, que adora y bendice y reconoce a Cristo como a su Dios y Salvador.

 


miércoles, 18 de marzo de 2026

“Esta enfermedad es para la gloria de Dios”

 



(Domingo V - TC - Ciclo A – 2026)

         “Esta enfermedad es para la gloria de Dios” (Jn 11, 1-45). En esta escena del evangelio, Jesús nos hace ver que cuando el dolor y el sufrimiento pasan por su cruz, se convierten en gozo y alegría; nos hace ver que después del dolor de la cruz, cuando el dolor de la cruz se lo comparte con Él, viene la alegría festiva de la resurrección. Por la cruz de Cristo viene la alegría de Dios y sin la cruz ninguna alegría tiene sentido; sin la cruz, ninguna alegría es buena ni sana ni santa. Esto es lo que nos enseñan en el Evangelio Lázaro y sus hermanas, quienes pasan por la terrible prueba del dolor, de la enfermedad, de la desolación de la muerte, pero luego interviene Jesucristo, que es Divina Misericordia encarnada y es Él quien cambia el dolor, la enfermedad y la muerte por alegría y vida.

 

“Esta enfermedad es para la gloria de Dios”. Las palabras de Cristo se oponen radicalmente al pensamiento del mundo sin Dios, que ha creado la cultura de la muerte[1]; para el mundo ateo y materialista, la enfermedad y el dolor son algo intolerable, inútil, sin sentido, incomprensible; e incluso como una maldición o un castigo de Dios. Según esta mentalidad contemporánea, atea, creadora de la cultura de la muerte, el sufrimiento no tiene sentido y por eso hay que suprimirlo y si no se puede suprimir el sufrimiento, se debe suprimir al portador del sufrimiento, que es el hombre y esa es la raíz del pensamiento eutanásico y del pensamiento abortista. Se puede entender que el mundo rechace la enfermedad y el dolor, porque rechaza la cruz, y la enfermedad y el dolor, sin la cruz, se vuelven insoportables. El mundo no comprende y rechaza el sufrimiento, porque en el fondo no comprende y rechaza el misterio de la cruz. La visión cristiana es diametralmente opuesta a la del mundo sin Dios: para el cristianismo, cuando la enfermedad y el dolor se unen a Jesucristo, se ofrecen a Jesucristo en la cruz por manos de la Virgen, esa misma enfermedad y ese mismo dolor se convierten, por obra del Espíritu de Dios, en bendición divina y ocasión de la manifestación de la gloria de Dios. La enfermedad, el dolor, la muerte, todo aquello que aparece como fracaso humano, son ocasión de manifestación de la gloria de Dios, pero no por sí mismos, sino porque media la cruz de Cristo, porque están unidos a la cruz de Cristo, porque en la cruz de Cristo la nada de la humanidad se glorifica con la gloria Dios. La gloria de Dios se nos manifiesta en la cruz.

El episodio de Lázaro, en el que se combinan la tribulación de la enfermedad, el dolor y la muerte, sumado a la tardanza deliberada del amigo de los hermanos, Jesús -que es el delicado reproche que Marta le hace a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”-, no se entiende ni se comprende por sí mismo; debe ser considerado partiendo desde la vista de Jesucristo como Dios Hijo encarnado, como el Verbo de Dios hecho hombre, como el Hombre-Dios, como al Hijo eterno del Padre, encarnado y muerto en la cruz para hacer de nosotros miembros de su Cuerpo animados por su Espíritu. Todo el episodio de Lázaro, su enfermedad, su dolor, su muerte y luego su regreso a la vida, no puede comprenderse si no es visto a la luz de la Pasión de Jesucristo, que en cuanto Hombre-Dios es el Nuevo y Definitivo Adán, es la Cabeza de la nueva humanidad, la humanidad de los hijos de Dios, la humanidad que nace a la luz de la cruz, la humanidad que nace por la luz de la gracia. Esto es real y no figurado ni simbólico, porque todo lo que se realizó en la Cabeza, debe realizarse en los miembros del Cuerpo[2]: así como la Cabeza, que es Cristo, pasó por la cruz, así los miembros del Cuerpo, los bautizados, nosotros, debemos pasar por la cruz: esta es la razón por la que Lázaro y sus hermanas pasan por la cruz de la enfermedad, del dolor y de la muerte, porque participan, anticipadamente, de la cruz de Cristo, para participar luego de su resurrección. Esto sucede con todos los hombres de todos los hombres de todos los tiempos; a lo largo de la historia humana, Jesús va uniendo en su Espíritu a los elegidos del Padre, como Lázaro; pero los elegidos, como son incorporados a Él y hecho parte suya real de su Cuerpo Místico, deben experimentar en sí mismos lo que experimentó el Señor[3] y el Señor resucitó, lleno de gloria, pero antes de la resurrección, llevó la cruz y padeció la Pasión y el Calvario. Cada cristiano, por ser cristiano, debe unirse y participar de la Pasión y de la cruz de Jesús, para así luego unirse y participar de la resurrección de Jesús. El medio que se nos da a nosotros, católicos del siglo XXI, separados por más de dos mil años del hecho histórico de la cruz, para participar de su Pasión y de su cruz es la fe, por la cual ofrecemos como hijos de Dios nuestras tribulaciones a la Gran Tribulación de la cruz, y la participación activa, espiritual, interior, por la fe, en los misterios de Jesús, el principal de todos, la Santa Misa, que es la renovación, presencia y actualización del sacrificio del Calvario. En el signo de los tiempos, Jesús, que con su Pasión y Resurrección realizó la redención, continúa su acción redentora, pero quiere que esa acción redentora sean accesibles a aquellos a quienes Él ha predestinado para la eterna salvación. Para que esto sea posible, es decir, para que quienes vivimos en la historia, podamos participar de su Pasión redentora, encierra su obra redentora en los Misterios de la Iglesia, para actuar en esos misterios –el misterio de la liturgia de la Santa Misa- hasta el fin del mundo, para que todos sus elegidos puedan unirse libremente a su cruz y así llegar a la alegría de la resurrección. Esto es lo que San León Magno quiere decir con la expresión: “Lo que en el Señor fue visible pasó a los Misterios”: la visibilidad de Jesús, Dios encarnado, la Pasión visible y luego también su Resurrección visible, pasó a los misterios invisibles de la liturgia eucarística de la Santa Misa, misterios que hacen Presente a Jesús invisible, con su Espíritu, en medio de la asamblea[4]. Por la liturgia eucarística Jesús se hace Presente en Persona y nosotros podemos unirnos a Él: por la fe y por el rito litúrgico entramos nosotros y participamos en la misma obra redentora del Señor; como miembros suyos que somos, como miembros de su Cuerpo Místico y así tomamos parte en la acción de la Cabeza[5], nos unimos a su cruz redentora. De esta manera se cumple aquello de que “lo que le pasó a la Cabeza, Cristo -Pasión y Resurrección- debe pasarle al Cuerpo -los bautizados-“.

“Esta enfermedad es para la gloria de Dios”. La inmensa mayoría de los cristianos, cuando enferman, cuando sufren dolor y tribulación, cuanto están cercanos a la muerte, al haber dejado de lado a Cristo y al misterio de Pasión y Resurrección, ingresan en un estado de desesperación, de depresión, de abandono, de reniego de Dios, sin tomar en cuanto que, si unieran su dolor y tribulación a la cruz y al misterio de Cristo, Él les devolvería la paz del corazón aun en medio del dolor, porque el dolor es un signo de predilección del amor de Dios Padre que los ha asociado a la cruz de su Hijo; el dolor significa que Dios Padre les ha concedido el honor de llevar la cruz de su Hijo Jesús, los ha hecho portadores de su cruz, los ha crucificado junto a Jesús, y si los ha crucificado, es porque los ha amado como a su Hijo y los ha considerado dignos de sufrir por su amor.

“Esta enfermedad es para la gloria de Dios; esta cruz es para la gloria de Dios”. Quien se une a Cristo en la cruz en su tribulación, dolor, o enfermedad, debe estar alegre pero no porque Cristo le concederá la curación, sino porque tiene la certeza de estar unido a su gloria, de ser tocado por su Espíritu, de ser el hijo predilecto del Corazón del Padre Eterno.

“Esta enfermedad es para la gloria de Dios; esta cruz es para la gloria de Dios; esta Santa Misa es para la gloria de Dios”, ya que cada Santa Misa es la renovación incruenta del sacrificio de la cruz. En cada misa, renovación incruenta del sacrificio de la cruz, el cristiano puedo asociarse con su dolor, su enfermedad, su tribulación, o la de algún ser querido-, a Jesús que está en la cruz por todos y cada uno de nosotros; podemos y debemos unirnos en el espíritu a su sacrificio redentor, donando todo nuestro ser, con sus alegrías y dolores, con sus enfermedades o con su salud; podemos y debemos unirnos, como miembros de su Cuerpo Místico, a la ofrenda que Él hace de su Cuerpo y su Sangre en la cruz del altar, para que así, en la tribulación de la cruz de Cristo, que será mi cruz, se manifieste la gloria de Dios.

 



[1] Cfr. Juan Pablo II, Evangelium vitae, ...

[2] Cfr. Odo Casel, Misterio de la cruz, Ediciones del Monograma, Madrid 1964, 266.

[3] Cfr. Casel, ibidem, 266.

[4] Cfr. Casel, ibidem, 267.

[5] Cfr. Casel, ibidem, 267.


jueves, 12 de marzo de 2026

“Yo Soy la luz del mundo”

 



(Domingo IV - TC - Ciclo A – 2026)

 

“Yo Soy la luz del mundo” (Jn 9, 1-41). Jesús realiza el milagro de devolver la vista al ciego de nacimiento, pero en este milagro, hay en realidad dos en uno solo, porque por un lado le concede la visión con sus ojos corporales, mediante los cuales puede ver la realidad sensible, material, pero al mismo tiempo[1] le concede una visión de orden espiritual, mediante la cual se vuelve capaz de reconocer en Jesús no ya al “hijo del carpintero”, sino a Dios Hijo encarnado y es esta la razón por la cual el ciego, en señal de adoración ante Jesús, se postra ante Él, luego de reconocerlo como Hombre-Dios. Esto nos hace ver que después del encuentro personal con Jesús, aquel que vivía en la oscuridad corporal y espiritual, ahora no solo es capaz de ver con los ojos del cuerpo sino que además posee la fe sobrenatural en Cristo como Hijo de Dios encarnado. No solo ve con los ojos del cuerpo, sino también con los ojos del alma. Pero también debemos considerar que en el milagro, sucedido realmente en la historia, se debe contemplar un símbolo, el de la situación del alma humana frente al misterio de Jesucristo: la incapacidad de ver del ciego de nacimiento es una representación del alma humana frente al misterio sobrenatural de Jesucristo, la Segunda Persona de la Trinidad encarnada en Jesús de Nazareth: debido a la grandeza intrínseca propia del ser divino trinitario de Jesús, el alma humana está ciega delante del Dios Jesucristo, por la sencilla razón de que la creatura, sea un ángel o el ser humano, sin la ayuda de la gracia, es incapaz de contemplar a las Personas de la Trinidad, en este caso a la Segunda, el Verbo de Dios. Así como el ciego que, teniendo frente a sí a la fuente de luz, es incapaz de ver la luz, de la misma manera el alma humana, al encontrarse frente a Dios encarnado, luz eterna que proviene de la luz eterna que es el Padre, se encuentra como un ciego, siendo incapaz de contemplar la Luz Eterna que es Cristo. La oscuridad es entonces representación de la incapacidad de la creatura, sea angélica o humana, de contemplar por sí misma, sin la mediación de la gracia, el misterio sobrenatural tanto del Acto de Ser divino Trinitario como del Cordero de Dios, Cristo Jesús, el Hijo Eterno del Padre encarnado en una naturaleza humana. El otro componente del milagro, la luz o la capacidad de ver, representa a Jesucristo, Luz Eterna e Increada, que proviene del seno del Padre desde la eternidad y es Luz como el Padre es Luz Eterna e Increada. La oscuridad, la ceguera del ciego de nacimiento, es la incapacidad de la creatura de contemplar, con sus propias fuerzas, el majestuoso resplandor de la divinidad de Jesucristo; la luz, a su vez, representa al mismo Cristo, Luz Eterna que ilumina y hace partícipe de su vida divina trinitaria a todo aquel a quien ilumina.

Pero la oscuridad es también símbolo de algo más: es símbolo del pecado y esto está representado en la liturgia pascual del lucernario: antes de que sea encendido el Cirio Pascual, todo se encuentra sumergido en las tinieblas, y aquí las tinieblas actúan como representantes del mal en general, del mal personificado, Satanás y del mal que nace en lo más profundo del corazón del hombre, el pecado. Esta oscuridad, estas tinieblas, son imposibles de vencer, por parte del hombre o del ángel; de ahí que en la liturgia del lucernario, el encendido del Cirio Pascual con el fuego bendecido, represente a Jesucristo, que en cuanto Dios es Luz Eterna que vence a las tinieblas de toda especie -vence al mal en general, vence al mal personificado, el Ángel caído, Satanás y vence al que brota del corazón humano, el pecado-; además de vencer a las tinieblas, Cristo Dios hace partícipe al hombre de su condición divina mediante el don de la gracia sacramental, lo cual se significa con la luz del Cirio Pascual que se comparte con las velas de los fieles, convirtiendo a la Iglesia en verdadera “luz del mundo” y faro de salvación eterna para las almas.

Regresando al milagro del Evangelio, Jesús realiza dos milagros, puesto que no solo le concede la visión corporal, con la cual puede ver el mundo natural, sino que le concede la visión de la fe, con la cual puede ver el mundo sobrenatural y la Fuente Increada de ese mundo sobrenatural no es otro que el mismo Jesús, que es Dios Hijo. De esto debemos deducir que la fe es un don, el cual debemos agradecer todos los días de nuestra vida, porque de no haberla recibido, estaríamos inmersos en la oscuridad espiritual, adorando ídolos de todo tipo.

“Yo Soy la luz del mundo”, le dice Jesús al ciego luego de devolverle la vista y concederle el don de la fe en Él como Hijo de Dios. Él es la Luz, la Luz Eterna e Increada, la Luz Divina y sobrenatural, que ilumina y da la vida divina a todo aquel a quien ilumina y es esto lo que se significa en el lucernario cuando, después de encendido el Cirio Pascual, la luz del Cirio se comunica a las candelas de los fieles. Jesús enciende en nosotros la luz de la fe, pero no para que ocultemos esta luz bajo la mesa, sino para ser puesta en lo alto de la montaña, para que la luz divina se propague a través nuestro y así las tinieblas del infierno y del pecado sean derrotadas. Sin embargo, en nuestros días, la inmensa mayoría de católicos obra de manera incomprensible: ocultan la luz de la fe recibida en el bautismo, bajo una mesa y así no solo no iluminan a los demás con la luz de Cristo, sino que se convierten ellos mismos en tinieblas, uniéndose y asociándose a las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, que pretenden arrastrar a las tinieblas eternas a todos los hombres. Esta anti-conversión, este renegar de la fe, se llama “apostasía” y ha provocado que la Iglesia, en vez de “luz del mundo”, sea en muchos casos un lugar de tinieblas, como consecuencia de haber entrado en ella “el humo de Satanás”, como decía el Papa Pablo VI.

Si las cosas son así, podemos decir que hay dos clases de ceguera, una involuntaria, la ceguera natural, la que no depende de nosotros, sino de la limitación de nuestra propia naturaleza, y la ceguera voluntaria, que es la ceguera de aquel que, habiendo recibido la luz de la fe en el bautismo, oculta esta luz “debajo del celemín” y se convierte en “ciego, guía de otros ciegos”. Estos últimos son los apóstatas, los que han renegado de la fe católica, los que han abandonado la fe católica, para abrazar el ateísmo, el materialismo, las ideologías anticristianas, o cualquiera de las innumerables sectas de la religión del Anticristo, la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario. Estos últimos son los que van a recibir un juicio y un castigo mucho más severo por parte de Dios en el Día del Juicio Final, de acuerdo a las palabras de Jesús: “Al que mucho se le dio, mucho se le pedirá”. No solo el ateísmo, sino la falsa espiritualidad anticristiana de la Nueva Era conforman las densas nubes del “humo de Satanás” que ha entrado en la Iglesia y que es causa de confusión dentro de la misma Iglesia, con el pretexto de “renovación” o de “progreso”, pero esto es un error, porque cualquier ansia, aun legítima, del misterio divino, sino es guiada, conducida e iluminada por el Espíritu de Dios llevan, por caminos equivocados, a fines erróneos, que no son Dios[2]. Cualquier otro camino que no sea Jesucristo, Camino, Verdad y Vida; cualquier otro camino que no sea el Camino de la Iglesia Católica Apostólica Romana es un camino que no conduce a la Trinidad. Quienes rechazan la guía segura de la Iglesia Católica fundada por Cristo en Pedro, su Vicario, se pierden en las peligrosas tinieblas del panteísmo, del animismo, de la superstición y de la idolatría. Esta guía segura, infalible, que partiendo de buen puerto nos lleva con seguridad a buen término, a la ciudad celestial de la Santísima Trinidad, es la Iglesia Católica[3]. Es la Iglesia Católica, y sólo Ella, quien nos indica cuál es el verdadero templo de los misterios; es Ella quien nos muestra que el lugar de los misterios del Hombre-Dios, es la liturgia, entendida como fuente de luz divina.

La liturgia debe ser vivida como lo que es: una celebración mistérica en donde el espíritu contemple, asombrado y extasiado, la profundidad del amor divino[4]. Muchos buscadores de misterios buscan erróneamente la luz en las tinieblas, en vez de buscarla en donde la Luz Eterna resplandece con todo el esplendor de su luz divina, que es en el misterio de la liturgia eucarística de la Iglesia Católica. La liturgia de la misa actualiza la Presencia personal de Jesucristo en la Eucaristía y por esto el cristiano comete un grave pecado de apostasía si se deja atraer por falsas religiones[5]. Cuando la acción iluminadora del Espíritu Santo permite descubrir el sacrificio eucarístico en la liturgia del altar, todo lo que no sea actualización del único sacrificio de la cruz en el que resplandece Cristo con la luz de su cruz y de su gloria, no es otra cosa que sombra y tinieblas. Cuando pedimos al Espíritu Santo “Infunde tu luz en nuestras almas”, pedimos verdaderamente luz, como el ciego del Evangelio, pero no luz material, sino luz espiritual, para poder contemplar a Jesucristo con la luz de la fe. El Espíritu Santo no se manifiesta con aplausos, llantos, emociones, gritos, saltos, ni con ninguna manifestación de orden sensible; el Espíritu Santo, dice San Agustín, es el “Alma de la Iglesia”[6], es Quien da vida y permea y penetra toda la liturgia[7], es Quien convierte el pan en el Cuerpo de Cristo en el altar –“infunde tu Espíritu sobre estas ofrendas”-, y es quien ilumina al alma para que contemple a Cristo Presente en su misterio pascual. Es esta luz del Espíritu Santo, luz interior, sobrenatural, espiritual, concedida a través de la liturgia, la cual debemos pedir, para que, por la acción iluminadora del Espíritu de Dios, el alma pueda contemplar, en el misterio, la presencia salvífica del Hombre-Dios. De ahí que en la liturgia esté garantizado el encuentro personal con el Jesús histórico, el mismo que curó la ceguera del ciego de nacimiento, que es el mismo Jesús resucitado que vive en su Iglesia por medio de su Espíritu, que es el mismo Logos, el Verbo del Padre[8]. La Presencia real y viva, gloriosa y resucitada, del Jesús histórico, del Jesús que vivió en Palestina hace dos mil años, está garantizada y asegurada y es hecha real y posible por el Espíritu divino, que actualiza su Presencia personal por medio de la liturgia, especialmente en la Santa Misa. Es esto lo que debemos pedir “ver”, no con los ojos del cuerpo, sino con los ojos de la fe; mientras no lo veamos, somos como el ciego del Evangelio, de ahí la necesidad imperiosa de implorar a Jesús que cure nuestra ceguera espiritual. Debemos pedir ver la misteriosa Presencia de Jesucristo en el misterio de la liturgia eucarística, porque el Jesús del Evangelio es el mismo Jesús quien viene a nuestro encuentro en la Eucaristía, para así poder contemplarlo: “...Jesús lo encontró...”, dice el evangelio, después de haber sido curado el ciego. Y como el ciego, el alma, deseosa del encuentro con el Hombre-Dios, pregunta: “¿Quién es el Mesías, para que crea en él?”. Y Jesús le responde: “Soy Yo, el que te está hablando, a Quien ahora ves, con la luz de mi Espíritu, en la Eucaristía”.

 



[1] Existe un milagro del P. Pío, en el cual una no-vidente de nacimiento, recuperó la vista, sin recuperar la anatomía y la fisiología del sistema óptico.

[2] Cfr. Odo Casel, Liturgia come mistero, Ediciones Medusa, Milán 2002, 29.

[3] Cfr. ibidem, 29.

[4] Cfr. Casel, ibidem.

[5] Cfr. Casel, ibidem, 30.

[6] Sermo CCLXVII, n. 4.

[7] Cfr. Francois Charmot, La Messe, source de sainteté, Ediciones Spes, París 1959, 57.

[8] Cfr. Congregación para la Doctrina de la fe, Declaración Dominus Jesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, 9.