(Domingo
XXIII – TO - Ciclo A - 2026)
“Si
tu hermano peca, corrígelo” (Mt 18, 15-20). En este Evangelio,
Jesús nos enseña la forma de comportarnos con algún hermano en religión, cuando
vemos que está objetivamente cometiendo un pecado. Esto es así porque la fe se
debe manifestar en las obras y el cristiano, por definición, debe obrar el bien
y evitar el pecado; de ahí que la moral cristiana, católica, se caracterice por
la distinción clara de lo que es el pecado. Por esta razón es que Jesús
dice: “Si tu hermano peca...”, y da las indicaciones para saber de
qué manera obrar justamente con quien ha pecado. Se trata de un asunto
delicado, porque se refiere a lo que en el cristianismo se llama “corrección
fraterna”, es decir, corrección entre hermanos. Se requiere, por parte de quien
corrige, sabiduría para discernir en qué debe corregir al hermano que peca,
pero al mismo tiempo, quien corrige debe asegurarse él mismo de no solo no
estar cometiendo el mismo pecado del cual hace la corrección, sino de llevar él
mismo una conducta verdaderamente cristiana. Por otra parte, por parte de aquel
que es corregido, se requiere una gran humildad para reconocer el pecado del
cual es corregido, además de una firme decisión de no volver a cometer ese
pecado. Todavía más, quien es corregido, debe tener la grandeza de alma de
agradecer a quien lo corrige, porque lo está ayudando en su vida espiritual. Es
decir, se necesitan varias virtudes: por un lado, por el que corrige,
sabiduría; por el que es corregido, humildad. Pero ante todo, tanto de una como
de otra parte, se necesita la verdadera caridad cristiana, el verdadero amor
cristiano entre los que forman una comunidad cristiana. Muchas veces, entre
cristianos, entre aquellos que comparten el Amor Divino oculto en apariencia de
pan, se destrozan mutuamente entre sí, sin ser capaces de dar la más mínima
apariencia de cristianos. No se dan cuenta de que Dios lee nuestros
pensamientos y sentimientos y si por fuera podemos parecer o creernos virtuosos
ante de los hombres, si nuestro corazón arde en resentimiento y enojo contra
nuestro prójimo, eso no escapa a la Santísima Trinidad, quien se ve
verdaderamente fastidiada por nuestra doblez e hipocresía. Quienes nos decimos
católicos, debemos ser “perfectos, como el Padre del cielo es perfecto”, tal
como nos lo pide Jesús y la primera perfección es la caridad cristiana, que no
es simple afecto sensiblero, sino un amor profundamente espiritual que se
deriva de la comunión del alma con el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Cuando
una persona se reconoce pecadora y además acepta ser corregida por un hermano
de religión, esa persona demuestra humildad y demuestra que su alma está llena
del Espíritu Santo; pero cuando una persona, ante la corrección fraterna, se
molesta, se enoja, no acepta la corrección, se ofende e incluso se retira de la
práctica de la religión, esa persona demuestra que no está en unión con el
Espíritu Santo, sino que su alma está colmada de amor propio, de orgullo y de
soberbia, que es un pecado capital y que, por añadidura, es el pecado capital
del Demonio, demostrando así tal persona que no solo no comulga con el Espíritu
Santo, sino que comulga con el Ángel caído.
La corrección fraterna, pedida por el mismo Jesús en
Persona, es una excelente medida para configurar una correcta moral cristiana,
católica, caracterizada por el rechazo de aquello que es objetivamente malo,
los vicios y los pecados y por la aceptación, promoción y cultivo de todo lo
que es bueno y virtuoso.
Ahora bien, al hablar de “moral cristiana” o “moral
católica”, si bien, como es obvio, la promovemos, debemos al mismo tiempo
cuidarnos mucho de pensar que la religión católica y el misterio del
cristianismo se reducen a la sola moral; en otras palabras, debemos cuidarnos
mucho de no caer en la tentación de reducir la religión católica al solo
listado de preceptos morales que deben ser cumplidos para pertenecer a la Iglesia
Católica.
Si llegáramos a pensar, aunque sea por un momento, que Jesús
ha venido para darnos una lista de preceptos morales, estaríamos cometiendo un
grave error, al reducir y desvirtuar el misterio de Cristo y de su Evangelio. Ser
cristianos, más específicamente católicos, no es simplemente “comportarnos bien”,
lo cual es obvio que debemos hacer como católicos, pero si creyéramos que en eso
solamente consiste nuestra religión de misterios divinos, estaríamos reduciendo
a la nada precisamente la esencia de la religión católica, que son los misterios
sobrenaturales absolutos revelados por Cristo Dios.
Ser “católicos” no es simplemente “ser buenos” o “saber
comportarnos bien” en la sociedad: eso es ser buen ciudadano, pero nosotros
somos más que “buenos ciudadanos” -o al menos estamos llamados a ser más que
eso-; el “ser católico” va mucho más de allá de simplemente luchar contra el
pecado o de tratar de cumplir una serie de preceptos morales.
Para comprender qué es ser católicos, debemos comprender
qué es el catolicismo y quien nos da la respuesta es el Santo Padre Juan Pablo
II: el Santo Padre dice que el catolicismo es “una Persona” y esa Persona no es
una persona humana, sino una de las Tres Divinas Personas de la Trinidad, la
Segunda, el Verbo de Dios, la Palabra de Dios, que se encarna en la Humanidad
Santísima de Jesús de Nazareth. Ser “católicos”, entonces, no es simplemente “portarnos
bien”: es “ser santos”, puesto que nuestra catolicidad se funda en la unión
orgánica y personal con Jesús de Nazareth, Persona Segunda de la Trinidad
encarnada para nuestra salvación. La unión orgánica con la Segunda Persona de
la Trinidad se da por los sacramentos, comenzando con el Bautismo sacramental:
al unirnos a Dios Hijo, comenzamos a participar de su vida divina, de su
eternidad, de su santidad de Hijo de Dios y es esta la razón por la cual, al
ser hijos adoptivos en el Hijo, al ser hijos adoptivos de Dios Tres veces
Santo, es que debemos, mucho más que simplemente ser “buenos”, debemos ser “santos”,
con la misma santidad de Dios Hijo, siendo santificados por el mismo Espíritu
del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo.
Aquí encontramos el fundamento de porqué el católico hace corrección fraterna
con la caridad de Dios y vive la caridad para con Dios y el prójimo: porque la
caridad fraterna, la misericordia, el perdón, se derivan y son una
participación de la bondad y de la perfección infinita del ser divino y de la
naturaleza divina, de los cuales el católico ha sido hecho partícipe a partir
del bautismo.
“Si tu hermano peca, corrígelo... sé misericordioso con él... sé
caritativo...”. Jesús no nos pide simplemente que seamos virtuosos, aun cuando
la virtud en sí misma sea algo bueno: Jesús nos pide que obremos según lo que
hemos recibido en el Bautismo sacramental, según lo que recibimos en cada
Eucaristía y es el Amor de Dios, el Espíritu Santo; Jesús nos pide que obremos
para con nuestro prójimo la misma obra que Él obró para con nosotros desde la Cruz
y es la Misericordia Divina. Mucho más allá de enseñarnos una nueva moral, Jesús nos hace partícipes de su filiación divina y nos comunica su Espíritu desde la Eucaristía.
Jesús no vino para enseñarnos una nueva moral, aunque debamos vivir y morir según la moral católica: por su participación en su filiación divina, Jesús nos da el principio de una nueva vida, su propio ser divino y su Espíritu divino, a través de su Cuerpo y de su Sangre en la Eucaristía. La Fuente Increada de esta nueva vida trinitaria a la cual estamos llamados a participar y vivir, surge del encuentro personal con Jesucristo en la Sagrada Eucaristía; allí es en donde el católico recibe la vida nueva de hijo de Dios, que le permite ser misericordiosos con ese otro cristo que es el prójimo.

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