(Domingo XIX – TO - Ciclo A - 2026)
“Es
un fantasma” (cfr. Mt 14, 22-33).
Jesús camina sobre las olas para alcanzar la barca en la que se encuentran los
discípulos y estos, en vez de alegrarse por el encuentro con Jesús, se llenan
de temor porque lo confunden con un fantasma: “Es un fantasma”, gritan
aterrorizados. Esta actitud de los discípulos en relación a Jesús constituye un
verdadero paradigma y una representación real de lo que otros discípulos,
quienes se encuentran también en una barca, que es la Iglesia Católica,
perciben acerca de Jesús: al igual que los discípulos del Evangelio, que estando
en la barca confunden a Jesús con un fantasma, así también pareciera ser que
hoy, innumerables discípulos de Jesús, lo confunden también con un fantasma, en
el sentido de que tratan a Jesús como si fuera un fantasma y no la Persona
Segunda de la Trinidad encarnada en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth.
Confundir a Jesús con un fantasma significa confundirlo con un ser irreal o, peor
aún, con un ser oscuro, que proviene de lo más profundo del Infierno. Si Jesús
es un fantasma, en el sentido de ser alguien irreal, entonces no tienen
incidencia para mi vida personal, ni su vida, ni sus enseñanzas, ni su prédica;
si es un ser siniestro, que es la otra acepción de “fantasma”, entonces debo
alejarme de Él, como si se tratara de la peste misma. Confundir a Jesús con un
fantasma, en cualquiera de sus dos acepciones, es una grave afrenta a la
dignidad intrínseca de Jesús como Hombre-Dios, como Dios Hijo encarnado que
desde la eternidad viene a morir en cruz para salvarnos y donarnos el Amor de
su Sagrado Corazón.
Pero
no solo en la Iglesia Jesús es percibido como un fantasma: también fuera de la
Iglesia, en el mundo ateo y materialista de nuestros días, Jesús es considerado
como un ser mitológico, como un ser irreal y que por lo tanto no tuvo ni tiene
una incidencia real en la vida de las personas. Para el mundo de hoy Jesús es
una figura tan fantasmagórica que en los países más evolucionados del planeta,
contrariando a la verdad histórica, Jesús y el cristianismo que de Él se deriva
no son incluidos en las constituciones civiles, como es el caso de la
Constitución Europea, que niega explícitamente –porque no lo mencionan- a
Jesucristo y a todo el enorme movimiento religioso y cultural que surgió de Él.
La constitución de Europa es masónica y por esta razón niega a Jesucristo y el
consiguiente aporte cultural y humanitario del cristianismo, lo cual es propio
del laicismo cientificista, es decir, el desconocer la soberanía divina y
endiosar la razón humana.
Otra vertiente de la desacralización que contribuye a ver a Jesús como a un
ser de fantasía es la espiritualidad gnóstica y ocultista de la Conspiración de
Acuario, la secta de la Nueva Era. Esta secta presenta a Jesús como a un
personaje extraño, que, lejos de ser Dios encarnado, es “Maitreya”, algo así
como la encarnación de la energía cósmica; para la Nueva Era, la religión del
Anticristo, Jesús puede ser también un profeta, un santón más entre tantos o un
simple hombre; en cualquier caso, para la Conspiración de Acuario Jesús no es Quien
Es en realidad, Dios Hijo encarnado, que vino a traernos la vida de la
Trinidad, ya que eso no es necesario, porque según esta secta gnóstica todos
somos dioses, todos somos una “chispa” de la divinidad[1].
En cualquiera de los dos extremos –el cientificismo
laicista por un lado y la espiritualidad gnóstica e irracional por otro-, Jesús
es visto como un fantasma, esto es, como alguien carente de peso y de importancia
para la vida de las naciones y de los seres humanos, lo cual está muy lejos de
la realidad, que es el considerar que Jesús es Dios.
La visión mundana y mundanizante del racionalismo
cientificista, del democratismo partidocrático y de la espiritualidad gnóstica
de la Nueva Era, hacen de Jesús un fantasma que no puede comunicar la vida
divina, ya sea porque no la posee, o porque ya somos todos dioses y por lo
tanto no hace falta que nadie nos la comunique.
Frente a esta visión deformada de Jesucristo, es su
Esposa, la Santa Iglesia Católica, la que nos dice quién es Jesucristo y lo
hace a través del Magisterio de los Papas, como por ejemplo el Santo Padre Juan
Pablo II, quien afirma que Jesús es “el centro y el Señor de la historia humana”[2]
desde el momento en que Él, al ser Dios Hijo, es la fuente de vida de la Trinitaria
que por medio de Él se comunica a los hombres que viven en el tiempo.
Jesús
es Dios encarnado, no es un fantasma y se ha encarnado precisamente para
hacernos como Dios, como dice San Agustín: “Dios se ha hecho hombre para que el
hombre se haga Dios”. Si fuera un fantasma, no seríamos capaces de poseer su
Espíritu de vida divina, tal como sucede por medio de los Sacramentos, que son
una extensión de su Humanidad, de su Corporeidad. Por la encarnación del Verbo,
el Espíritu de Dios se convierte en Espíritu del hombre. El Espíritu de vida
divina viene desde el Padre, que es la fuente, pasando por el Hijo, al alma y
al Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, y esto por la unión del alma con el
cuerpo de Dios humanado. Este es el sentido de las palabras de Jesús: “... el
que coma de Mí vivirá de Mí”[3].
Cuando nos alimentamos del Cuerpo de Cristo, de la Carne del Cordero de Dios,
de su Carne que es la Eucaristía, nos unimos a Él del modo más íntimo, y
formamos con Él un solo cuerpo[4]
y recibimos de Él su Espíritu, y formamos un solo Espíritu con Él[5]
y nada de esto sería posible si Jesús fuera un fantasma y no lo que Es, el
Hombre-Dios.
Este Dios encarnado, que se encarna para
comunicarnos la vida divina de la Trinidad desde su misma fuente, y para
convertirnos en transformarnos en un solo cuerpo y en un solo espíritu con Él,
para hacernos Dios como Él, es el Jesucristo de la Iglesia Católica, el Jesús
de la Cruz y de la Eucaristía, un Jesús que dista mucho de ser un fantasma.
Todo lo contrario de un fantasma, Jesucristo es
un Dios que, sin dejar de ser Espíritu puro y perfectísimo, se hace materia, al
asumir la naturaleza humana, al entrar dentro de un cuerpo y de un alma
humanos. “Un fantasma no tiene carne y huesos como tengo Yo”, le dice Jesús a
Tomás el Incrédulo, cuando se le aparece resucitado, y le ordena introducir sus
dedos y sus manos en su costado y en sus heridas, para que compruebe la
materialidad –ahora glorificada- de su cuerpo. Si Jesús fuera un fantasma, no
daría de comer su Cuerpo y de beber su Sangre, como lo hace Jesús en cada
Eucaristía; un fantasma no comunica la vida, como sí lo hace Jesús, al
comunicar la vida de Dios Uno y Trino por medio de su Cuerpo y de su Sangre: su
carne y su sangre son portadores y dispensadores de la vida divina trinitaria[6].
Jesús,
Dios encarnado, prolonga su Encarnación en la Eucaristía, de ahí que la
Eucaristía sea para nosotros el medio sacramental de unión espiritual y mística
con ese Dios encarnado, y que sea por lo tanto la fuente de vida divina.
Es a Jesús Eucaristía, Dios Vivo y Dador del
Espíritu de Vida, a Quien seguimos y en Quien creemos, y no en un fantasma.
[1] Cfr. Conferencia Episcopal Argentina, Comisión Episcopal de Fe y
Cultura, Frente a una Nueva Era...,
Buenos Aires 1993, 4. 3.
[2] Cfr. Juan Pablo
II, ...
[3] Cfr. Matthias
Joseph Scheeben, Il mistero di
Cristo, Edizioni Messaggero Padova, Padua 1984, 102.
[4] Cfr. Scheeben, ibidem.
[5] Cfr. Misal Romano, Plegaria
Eucarística III.
[6] Cfr. Iván
Kologrivoff, Il Verbo di Vita,
Libreria Editrice Fiorentina, Florencia 1956, 139.

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