sábado, 31 de octubre de 2026

Conmemoración de Todos los Fieles difuntos


 

(Ciclo A – 2026)

         En la Conmemoración de Todos los Fieles la Iglesia recuerda piadosamente a los seres queridos difuntos, pero no es un mero recuerdo, sino que es un recuerdo en oración, porque además de pedir por su eterno descanso, como fieles católicos debemos adorar y dar gracias a la Divina Misericordia, porque es por esta Divina Misericordia por la cual esperamos que nuestros seres queridos difuntos estén junto a Dios en el Cielo -o en el Purgatorio, antesala del Cielo- y además, es por esta Divina Misericordia por la cual esperamos algún día reencontrarnos con ellos en el Cielo, para nunca más separarnos.

         Recordar a los fieles difuntos no tendría sentido sin la Misericordia Divina porque en este caso la vida terrena solo sería la antesala de la eterna condenación: sin la Misericordia Divina no tendríamos ninguna esperanza de salvarnos del Infierno y en consecuencia, tampoco tendríamos esperanza del reencuentro con nuestros seres queridos difuntos. Pero gracias a Dios, existe Dios y su Divina Misericordia y por esta razón la Conmemoración de los Fieles Difuntos es una conmemoración plena de esperanza e incluso de alegría para el cristiano, precisamente porque por la Divina Misericordia no solo creemos firmemente en la vida eterna, sino que además somos conscientes de que cada día que pasa es un día menos para alcanzar la eternidad y el Reino de los cielos, si vivimos y morimos en gracia. La Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos no debe ser una causa de tristeza por los seres queridos que ya no están, sino de esperanza y alegría porque quienes creemos en Dios, creemos en su Misericordia Divina y que por esta Misericordia les ha concedido, por intercesión de la Virgen, Mediadora de todas las gracias, el don del arrepentimiento perfecto o contrición del corazón en el momento de la muerte y por esta razón es que esperamos que ellos, independientemente de la vida que puedan haber llevado aquí en la tierra, más allá de su condición de viadores y pecadores como lo somos todos, estén ya gozando de la visión beatífica de Dios Uno y Trino y adorando al Cordero de Dios, Cristo Jesús. Esta fe en Cristo Jesús es lo que da fundamento a nuestra esperanza y a nuestra alegría en un día en el que es natural la tristeza por la partida de un ser querido y por su recuerdo, pero aunque la tristeza sea natural, es sobrenatural -y por lo tanto superior- la alegría que nos da el saber que Dios es infinita Misericordia y que por esta Misericordia Divina nuestra perspectiva sombría se convierte en esperanza y alegría al tener la certeza de que nuestros seres queridos están con Dios.

         Jesús Misericordioso es el fundamento de nuestra alegría y de nuestra esperanza: de nuestra alegría, porque por su Divina Misericordia, sabemos que se hizo presente en el momento de la muerte de nuestros seres queridos, para darles la gracia de la contrición o arrepentimiento perfecto; es el fundamento de nuestra alegría porque también, por su Divina Misericordia, esperamos con confianza y serena alegría el reencontrarnos con ellos el día de nuestra muerte porque esperamos que Dios se apiade de nosotros y también nos conceda la gracia del arrepentimiento perfecto de nuestros pecados, para así poder ingresar al Cielo y reencontrarnos con nuestros seres queridos para nunca más separarnos.

Entonces, en la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, permanecemos serenos, esperanzados y con alegría, porque creemos que Cristo es Dios y que por su sacrificio en cruz ha vencido para siempre al demonio, a la muerte y al pecado; también creemos que, en su infinita Misericordia por nosotros, en la hora de la muerte de nuestros seres queridos ha hecho prevalecer la Misericordia Divina por encima de la Justicia Divina; por último creemos que por esa misma Misericordia habremos de reencontrarnos un día con nuestros seres queridos en el Reino de Dios, y por esta razón este día es un día no para recordar con tristeza a nuestros queridos difuntos, sino para alegrarnos en la adoración, alabanza y amor de la Divina Misericordia.

 


“Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte"

 


“Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión” (Lc 15, 1-10). Para saber la razón por la que los ángeles se alegran en el Cielo más por un pecador que se convierte, que por cien justos que no necesitan conversión, debemos tener en cuenta cuál es la fuente de la alegría de los ángeles en el Cielo y esa Fuente Inagotable de Alegría celestial es la Santísima Trinidad y así lo dicen los santos, como Santa Teresa de los Andes, quien afirma que Dios es “Alegría infinita”[1]. La alegría de los ángeles se debe a que, al contemplar a la Alegría Increada, la Santísima Trinidad, los ángeles participan del Ser Divino trinitario, fuente de la Alegría celestial y se alegran más los ángeles cuando un pecador se convierte porque ese pecador convertido ha iniciado la conversión, es decir, el camino que ha de llevarlo al Cielo, pero además los ángeles se alegran porque al convertirse el pecador, Dios Trino deja de ser ignorado, olvidado, despreciado, porque este hombre que se convierte comienza a amarlo y adorarlo; los ángeles se alegran porque la conversión del pecador no solo significa el inicio de la salvación para esa alma, sino también el fin de las ofensas a la Trinidad que cometen todos aquellos que no quieren convertirse. Por esta razón es que “hay más alegría entre los ángeles por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión” y es porque se les agrega a los ángeles, a la alegría que ya experimentaban por la contemplación de Dios Trino, una alegría que antes no tenían, una alegría nueva, la alegría del pecador convertido.

Otro elemento a considerar es que si “Dios es Alegría”, como dicen los santos, entonces, lo opuesto a Dios y su santidad, el pecado, es tristeza y si hay tristeza espiritual en un corazón, es porque ahí no está Dios con su gracia. Para dar remedio a la tristeza del pecado, Dios en la Persona del Hijo, Jesucristo, viene para darnos la Alegría Divina que inhabita en su Sagrado Corazón Eucarístico: “Así también vosotros estáis ahora tristes, pero yo os veré otra vez y vuestro corazón se alegrará, y nadie os quitará ya vuestra alegría” (Jn 16, 22). El alma está triste espiritualmente cuando Cristo no está con ella, pero cuando llega Jesucristo al alma, Él le dona la Alegría de Dios, su Alegría, que es infinita, y esta Alegría llega porque Jesús no sólo quita nuestros pecados con la Sangre de su Cruz, sino que nos hace partícipes de la filiación divina, haciéndonos partícipes por lo mismo de la naturaleza divina y por lo tanto de la Alegría divina: “Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté dentro de  vosotros, y vuestra alegría sea completa” (Jn 15,11). Jesús nos da su Alegría, que es la Alegría de Dios, Alegría que es celestial, sobrenatural, infinita, incomprensible e inabarcable, como el Ser divino trinitario. La Alegría de Jesucristo no es un mero contagio superficial de una alegría terrenal y pasajera, sino que es la participación real, por la gracia, de la Alegría del Ser Divino trinitario. La gracia de Jesucristo es entonces para nosotros, que somos pecadores, la fuente de la alegría.

“Habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión”. En nuestro estado actual de viadores, somos pecadores necesitados de la conversión, lo cual es una tarea de todos los días. Si combatimos el buen combate de la conversión del corazón seremos entonces causa de alegría para nuestros ángeles custodios, al mismo tiempo que participaremos de la alegría angélica, originada en la contemplación gozosa de la Trinidad.

 



[1] Carta 101; cfr. http://www.teresadelosandes.org/espagnol/e_saintete.htm


Santos Lucian y Marcian, de hechiceros a mártires

 



         La vida de estos santos mártires del siglo III d. C. está caracterizada por una radical conversión a Jesucristo, ya que pasaron de ser brujos y hechiceros que lanzaban maldiciones oscuras, invocaban demonios y creaban pociones mortales, a dar la vida en testimonio de Jesucristo.

Lucian y Marcian, habitantes de Nicomedia, antes de su conversión, eran conocidos por ser hombres educados, extremadamente ricos y peligrosamente poderosos y toda esta fama se debía a la práctica de la magia negra.

Dominaban a la perfección las artes oscuras, siendo experimentados hechiceros que practicaban con solvencia los hechizos practicados por muy pocos magos negros, conocidos como “ojo de tritón” y “dedo de rana”. Lucian y Marcian se dedicaban de lleno a invocar a espíritus paganos demoníacos y acumulaban textos ocultistas invaluables, en los que aprendían sus hechizos más poderosos. Su biblioteca secreta de rituales era la más codiciada de la región. Estaban entregados por completo a la demonología y a la demonolatría y a la adoración de entidades malignas. La práctica de la magia negra y de la hechicería les había proporcionado una vida de grandes lujos materiales, obtenidos por la venta de amarres de amor, maleficios y maldiciones feroces a clientes desesperados. Eran considerados intocables y poderosos, porque quien se cruzaba con ellos terminaba sufriendo las consecuencias de su brujería.

         Sin embargo, el poder oscuro de estos hechiceros se enfrentó contra una fuerza infinitamente más fuerte que la fuerza oscura que ellos manipulaban. El cambio se inició cuando un cliente los contrató para lanzar un ataque mágico devastador contra una joven virgen cristiana. Lucian y Marcian decidieron invocar a sus espíritus demoníacos más feroces y lanzaron un asalto espiritual feroz para corromperla y destruirla.

         Sin embargo, a pesar de sus invocaciones, la magia negra fracasó por completo y el motivo del rotundo fracaso de sus brujerías fue que la joven cristiana, sin el más mínimo temor a los brujos, se defendió trazando la Señal de la Cruz.

         Marcian y Lucian pudieron constatar con sus propios ojos cómo los demonios, ante la Señal de la Santa Cruz, retrocedían aterrorizados y caían derrotados ante un gesto tan simple, y así los magos quedaron completamente impotentes. Comprendieron, en ese mismo momento, que los supuestos espíritus poderosos no eran más que miserables subordinados del Dios de los cristianos y en ese mismo momento su mundo de ocultismo y magia negra se vino abajo, recibiendo los hasta entonces magos, la gracia de la conversión completa y total a Nuestro Señor Jesucristo, abandonando para siempre la nefasta práctica del ocultismo y la hechicería.

         Para hacer ver que realmente cambiaban de vida, tomaron decisiones drásticas que asombraron a quienes los conocían. Comenzaron por llevar su costosa biblioteca de libros ocultistas al centro de Nicomedia y la quemaron frente a todos; además, pusieron en venta sus grandes y costosas propiedades, regalando toda su riqueza a los pobres y luego decidieron bautizarse. Luego del bautismo, Lucian y Marcian decidieron retirarse al desierto, para vivir una vida de penitencia y oración, alimentándose únicamente de pan y agua. Pero luego de un tiempo de silencio y penitencia, recibieron la moción del Espíritu Santo de salir a predicar a un mundo que vivía envuelto en las tinieblas del error, de la muerte y de las tinieblas vivientes y fue así que se convirtieron en grandes y fervientes predicadores al aire libre, logrando rescatar a un gran número que se encontraban en el error de la magia y el ocultismo. Fue esta prédica pública la que los llevó a la cárcel y luego al martirio, porque en el año 250 d. C. el emperador Decio desató una persecución sistemática y sangrienta contra los cristianos, siendo capturados y llevados ante el gobernador de Bitinia, Sabinus. Cuando el juez les preguntó con qué autoridad se atrevían a predicar, Lucian con su respuesta dejó al descubierto la amarga hipocresía del Estado Romano, afirmando que cuando ellos hombres perversos que destruían vidas con la magia negra, las leyes de Roma los dejaban vivir en paz y libertad; pero ahora que eran ciudadanos pacíficos y compasivos por ser seguidores de Cristo, los cazaban y torturaban como si fueran los peores criminales. El gobernador Sabinus, furioso ante la verdad, ordenó que los colgaran en el potro de tortura, sentenciándolos al mismo tiempo a muerte, condenándolos a ser quemados vivos. A pesar del dolor desgarrador, Lucian y Marcian se mantuvieron serenos y firmes y se negaron rotundamente a renunciar a su fe.

Los testigos del martirio registraron algo que desafiaba la lógica humana: en lugar de gritar de agonía, los antiguos brujos murieron cantando con alegría himnos de alabanza en medio de las llamas, hasta exhalar su último aliento, convirtiéndose así en mártires de Cristo.

Años más tarde, tanto la Iglesia Católica como la Ortodoxa los reconocieron oficialmente como santos mártires, siendo su valiente testimonio de fe ante las llamas y a la profunda fuerza de la gracia santificante lo que los llevó a los altares. La Tradición los honra cada veintiséis de octubre, invocándolos como santos patronos de quienes buscan escapar de la opresión espiritual y del ocultismo. Así, los antiguos servidores del ocultismo terminaron ofrendando sus vidas por la Luz Eterna, Jesucristo.

 


“Llega el Esposo, salid a recibirlo”

 


(Domingo XXXII - TO - Ciclo A - 2026)

         “Llega el Esposo, salid a recibirlo” (cfr. Mt 25, 1-13). Para graficar al Reino de los cielos, Jesús utiliza la parábola de las vírgenes necias y las vírgenes prudentes, todas las cuales esperan al esposo. Para comprender el significado espiritual y sobrenatural de la parábola con una definida simbología esponsal, es necesario sustituir las realidades naturales, como el esposo, la esposa, las vírgenes necias y las prudentes, por sus contrapartes sobrenaturales. Así, nos preguntamos quién es el Esposo, quién es la Esposa del Esposo, qué representan las vírgenes, tanto las necias como las prudentes.

         Al responder estas preguntas, nos encontramos con que el Esposo que viene de unas bodas, es Dios Hijo encarnado, Nuestro Señor Jesucristo; la Esposa, con quien el Esposo se ha unido en esponsorios no terrenales sino sobrenaturales y celestiales, es la Santa Iglesia Católica, aunque también es la Humanidad[1]; las vírgenes prudentes representan a las almas que por la vida de la gracia se preparan en la Iglesia para recibir al Esposo, Dios Hijo encarnado; las vírgenes necias representan a su vez a los bautizados que aun habiendo recibido el don de pertenecer a la Iglesia, no muestran interés en recibir al Esposo. El desposorio o matrimonio sobrenatural al cual asiste el Esposo, es la unión hipostática de Dios Hijo con la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth; el regreso de improviso, a la madrugada, representa tanto a la hora de la muerte de cada uno en persona, hora que significará el encuentro personal con Jesucristo, aunque también significa el Segundo Regreso en la gloria de Jesucristo, en el Día del Juicio Final.

         En esta parábola se describe por lo tanto al encuentro del Verbo de Dios encarnado con su Esposa, la Iglesia y también la Humanidad, que acude a su encuentro como el esposo que acude a las bodas para unirse a su esposa. Jesús utiliza el amor humano más puro, después del amor maternal y es el amor esponsal, para graficar la unión entre Dios Uno y Trino con la humanidad. En la parábola de Jesús el amor esponsal, espiritual y puro, que une a los esposos como si fueran uno solo, es utilizado como símbolo y figuración del amor celestial que las Tres Divinas Personas poseen para con la humanidad y es también utilizado como símbolo de la unión espiritual que Dios Hijo quiere establecer con cada alma.

La Persona del Hijo de Dios, enviado del Padre para donar su Espíritu de Amor a la humanidad, es quien declara su amor esponsal a la humanidad por medio de la Encarnación.

Esta simbología esponsal no es propia solo de esta parábola puesto que el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento utilizan el misterio nupcial, el misterio del amor esponsal, para representar el amor de Dios por la humanidad. Así, por ejemplo, en el libro del Cantar de los cantares el Esposo es Dios y la Esposa el alma; en el Nuevo Testamento, el Esposo es el Hijo de Dios encarnado, y la Esposa es la humanidad; en el Apocalipsis se relata el encuentro de Dios con su Iglesia, la cual está adornada “como una Esposa para el día de sus bodas”, y aquí el Esposo es el Cordero de Dios. También los Padres de la Iglesia describen la unión entre Dios encarnado y la humanidad como una unión esponsal, aunque en este caso es mística, espiritual, celestial, sobrenatural.

 

El misterio nupcial humano es utilizado por la Sabiduría divina para describir el misterio nupcial humano-divino, la unión de Dios en la Persona del Hijo con la Humanidad. Ahora, si estas imágenes remiten a la bondad y al inefable amor esponsal de todo un Dios que para demostrar su amor por los hombres no duda en encarnarse para ir al encuentro de la humanidad y esto debe alegrar al alma al sentirse amada con el Amor Eterno e Infinito de Dios, cuánto más debe extra-colmar de alegría no ya las figuras, sino la realidad de ver a ese Amor Divino materializado y encarnado en el Divino Esposo, el Cordero de Dios, Cristo Jesús, quien derrama su Sangre y entrega su Vida divina en la cruz como don supremo de amor sobrenatural por su Esposa Mística, la Iglesia.

Lo que debemos entender, para comprender mejor la parábola, es que si la Iglesia es la Esposa del Cordero, también lo es cada alma bautizada[2], porque son los bautizados quienes por el Espíritu forman parte de la Iglesia, de manera que el encuentro nupcial y el amor esponsal de Jesús Esposo, se dirige a la Iglesia, la cual se presenta en el tiempo y en la historia como una Persona místicamente operante, y también se dirige a cada alma individual que ha recibido el Bautismo sacramental. Entonces, no solo la Iglesia en su conjunto, sino también cada alma de modo particular, son los destinatarios del misterio nupcial de Dios, que viene a nuestro encuentro, así como un Esposo va al encuentro de su Esposa en el día de sus bodas.

Y el Esposo no viene al encuentro de su Esposa, la Iglesia, con las manos vacías, sino con un don, con una dote esponsal de valor infinito y eterno y es su sacrificio en cruz, su sangre derramada, su cuerpo entregado, su alma donada, su vida ofrecida para la salvación de su Esposa, la humanidad. Todos estos dones los entrega a su Iglesia por medio de otro don: el Divino Amor, el Espíritu Santo. Precisamente, para entregar su Amor, su Espíritu Santo, a su Esposa, infundido desde su Sagrado Corazón, es que el Divino Esposo se ofrenda a sí mismo en la cruz, porque el Espíritu Santo, su Amor Esponsal, será derramado sobre las almas con la Sangre Preciosísima que brota de sus heridas y de su costado abierto, como de una Fuente Inagotable. La auto-comunicación de sí y el don del Espíritu de Amor es el único motivo que lleva al Divino Esposo Jesús a inmolarse por su Esposa Mística, la Iglesia, y también por cada alma.

El encuentro nupcial entre el Esposo y su Esposa, iniciado en la Encarnación y llevado a su plenitud en la cruz, llevado a cabo en la historia se renueva en el misterio de los tiempos y en el misterio de la liturgia eucarística, en la Santa Misa, porque allí el Divino Esposo Jesús renueva y actualiza su don supremo para su Esposa, su sacrificio en cruz, convirtiendo el Altar Eucarístico en un Nuevo Calvario, en un Calvario Místico; por la Santa Misa también renueva el don de su Espíritu, el cual es infundido desde su Sagrado Corazón Eucarístico en lo más profundo del alma en la Comunión Eucarística. El cuerpo del Cordero entregado en el altar eucarístico, y su Sangre Preciosísima derramada en el cáliz del altar constituyen la Alianza Nueva y Eterna por la cual Dios Trino no solo declara sino que hace real y efectivo su amor eterno por la humanidad y por cada alma en particular.

Y aquí entra el otro elemento de la parábola, la de las vírgenes, que representan al alma: las vírgenes prudentes son las almas que, agradecidas a Dios por este don esponsal del Amor de su Sagrado Corazón, esperan su encuentro con Él con las lámparas llenas de aceite y encendidas, es decir, con el aceite de la gracia y con la luz de la fe. Por su parte, las vírgenes necias son las almas tibias, que conociendo el Amor de Dios por ellas, no corresponden a este amor, viviendo sin fe y sin la gracia de Dios y por lo tanto, quedan excluidas del Banquete eterno que el Esposo ofrece a las almas fieles que lo aman.

El Divino Esposo, Jesús, el Cordero de Dios, renueva su Alianza esponsal, la Alianza Nueva y Eterna, inmolándose cada vez en al Altar de la cruz y en la cruz del Altar, para concedernos el don de su Sagrado Corazón, el Espíritu Santo y esto lo hace por nosotros, su Iglesia. Por esto mismo, como miembros de su Iglesia y como destinatarios del Ser divino trinitario, que es el regalo de bodas que se ofrece como don celestial en cada Eucaristía, debemos, como las vírgenes prudentes, esperar al Esposo con el alma plena del aceite de la gracia y con la luz de la fe encendida, operante mediante obras de misericordia, para adorarlo en su Presencia real eucarística y así ingresar a la Cámara Nupcial, su Sagrado Corazón Eucarístico, dándole gracias por su infinita y divina misericordia.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 571.

[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 185.


domingo, 25 de octubre de 2026

Jesús cura a un enfermo de hidropesía

 


Jesús cura a un enfermo de hidropesía con su sola voz y su solo querer, demostrando así su poder de Hombre-Dios. Esta curación milagrosa es real, llevada a cabo por la omnipotencia divina de Jesús, quien así, con este milagro, demuestra que Es quien dice Ser, Dios Hijo encarnado y no un simple profeta, o un hombre santo, ni siquiera el más santo de todos, sino Dios Tres veces Santo en Persona.

Ahora bien, en esta curación corporal, la curación de una invalidez corporal, no tiene como fin el solo curar la enfermedad del cuerpo: su fin es prefigurar otra curación, realizada también por la omnipotencia divina de Jesús y es la curación del alma. El alma humana ha quedado inválida, incapacitada en su capacidad de Dios, aunque no totalmente, pero sí en la misma proporción que hay entre un cuerpo apto físicamente y uno incapacitado en su movilidad.

Las curaciones corporales de Jesús, como en este caso, la curación de una hidropesía, son prefiguraciones de la curación más importante, la del alma. Por medio de su gracia santificante, Jesús sana al alma herida e incapacitada por el pecado original, pero además agrega algo más: así como el cuerpo sanado de su enfermedad, se puede decir que vive una nueva vida, la vida como sano, así también el alma, curada por la gracia, no solo se hace “capax Dei”, capaz de Dios, con sus fuerzas naturales, sino que por la gracia le es concedida una nueva vida, la vida de los hijos de Dios, la vida nueva de la gracia santificante concedida por los Sacramentos.

Todo hombre nace con una herida espiritual, provocada por el pecado original y esta herida incapacita al hombre para volver a Dios; la gracia santificante, prefigurada en la curación milagrosa del hidrocefálico, no solo hace capaz plenamente al hombre de Dios, sino que le concede una nueva capacidad, por la cual es introducido en la vida y en los misterios del Hombre-Dios Jesucristo.

Al curar milagrosamente al enfermo de hidropesía, Jesús no solo realiza un milagro doble, la curación del cuerpo y del alma, sino que además concede al ser humano una nueva vida, la vida de la gracia, la vida nueva de los hijos de Dios, nacidos de la Luz Eterna que es Cristo. Esa misma Vida Eterna, la participación a la Vida Eterna, es la que recibimos cada vez que comulgamos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.


“Vuestra casa se quedará vacía”

 


“Vuestra casa se quedará vacía” (Lc 13, 31-35). Jesús revela a los fariseos, escribas y doctores de la ley, una escalofriante profecía: la casa de ellos, el Templo, quedará vacío. La razón es que ellos, que representan al estamento religioso de su tiempo, rechazan su condición divina, su condición de Mesías Redentor y Salvador y en consecuencia su misterio pascual de muerte y resurrección. Pero quienes se decían religiosos no solo rechazan a Jesús, sino que planean abiertamente la muerte de Jesús por medio de la crucifixión. Esta profecía está dirigida también al Pueblo Elegido en general, porque será este mismo Pueblo quien, dirigidos en el error por sus dirigentes, se alegrará y gozará por la crucifixión y muerte de Jesús.

El castigo para el pecado de deicidio cometido por fariseos, escribas y doctores de la ley, con la aprobación de una gran mayoría del Pueblo Elegido, es quedar con la “casa vacía”, lo cual se refiere a la destrucción del Templo y al fin de los ritos cultuales, castigo que se mantiene hasta la actualidad.

“Vuestra casa se quedará vacía”. La tremenda profecía de Jesús no se limita a los fariseos y al Pueblo Elegido: se extiende y se dirige también a los cristianos, a los católicos de todos los tiempos porque por “casa” y “templo”, se entiende también el alma. El católico que cae en el pecado de apostasía, es decir, el abandono de Jesús y de la práctica de la fe luego de haber recibido la Comunión y la Confirmación, también verá su casa-templo, es decir, su alma, vacía de la Presencia del Hombre-Dios Jesucristo, pero esto no porque Jesucristo se vaya del alma, sino porque el alma lo rechaza voluntariamente, abandonándolo por seguir detrás de falsos dioses e ídolos paganos. Para estos católicos apóstatas, también está dirigida la profecía: “Vuestra casa se quedará vacía”, siendo la casa vacía el alma sin la gracia de Dios y por lo tanto vacía de la Presencia del Hombre-Dios Jesucristo.

“Vuestra casa se quedará vacía”. La mayor desgracia que pueda ocurrirle a un alma en esta vida es el quedarse con la “casa vacía”, es decir, con el alma sin la gracia santificante y vacía de la Presencia de Dios Uno y Trino y de su Mesías, Cristo Dios. No caigamos en el error de la apostasía, que lleva a quedarnos con la “casa vacía”, con el alma sin la Presencia de Jesús. Por el contrario, hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para que nuestra casa nunca esté vacía, sino llena de la Presencia del Hombre-Dios Jesucristo.


"El Reino de Dios es como un grano de mostaza”

 


 

"El Reino de Dios es como un grano de mostaza” (Mt 13, 31-35). Para graficar al Reino de Dios, Jesús utiliza la imagen de un grano de mostaza: de la misma manera a como el grano de mostaza es inicialmente pequeño, pero luego se convierte en un gran arbusto, morada para los pájaros del cielo, así también es el Reino de los cielos, pequeño en su inicio, enorme en su desarrollo final.

Ahora bien, esta parábola puede aplicarse también al alma, porque Jesús dice: “El Reino de Dios está entre ustedes” y esta aplicación puede ser de la siguiente manera: el alma, en su estado natural, sin poseer la gracia santificante es, como la semilla de mostaza, pequeña, pero a medida que adquiere la gracia divina crece hasta alcanzar un tamaño insospechado, superando inimaginablemente el tamaño original. Esto es lo que sucede con los santos, sobre todo a los que llegaron a las altas cumbres de la santidad y esto debido a la gracia divina. Todos los santos en el Cielo, sin excepción, deben su grandeza a la gracia que recibieron en vida por los Sacramentos; sin esta gracia santificante, jamás habrían alcanzado tan grande santidad. Sin la gracia, habrían permanecido pequeños e insignificantes, tal como lo es un grano de mostaza.

En la parábola entonces, el alma es el grano de mostaza que, por la gracia, alcanza un tamaño que supera en miles de veces el tamaño original, convirtiéndose en un árbol en donde van a hacer nido las aves del cielo. ¿Qué es lo que representan estas aves del cielo que anidan en el alma que ha crecido por la gracia?

Estas aves del cielo, que son tres, representan a las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, las cuales “hacen nido en el alma”, es decir, van a morar, a inhabitar en el alma del justo, en el alma del que está en estado de gracia santificante. En la parábola del grano de mostaza y de las aves del cielo, está representada entonces una verdad de nuestra fe católica y es la inhabitación trinitaria, la inhabitación de las Tres Divinas Personas en el alma en gracia.