(Ciclo A – 2026)
Hay un contraste muy marcado en la
Iglesia la Esposa Mística de Jesús, entre los días en los que guardaba silencio
y hacía duelo y llanto silencioso por la muerte de su Señor y el Domingo de
Resurrección, en donde esa misma Iglesia, abatida por el dolor y el duelo de su
Señor en el Monte Calvario, ahora, el Domingo de Resurrección, prorrumpe en
cantos de alabanzas, de alegría, de gozo y de acción de gracias al Cordero de
Dios, cantos y alabanzas que se elevan hasta el cielo, hasta el escabel del
trono mismo de Dios. Es en el Pregón Pascual en donde la Iglesia expresa este
estado de alegría y de gozo sobrenaturales. Dice así la Iglesia, en el Pregón
Pascual: “Exulten por fin los coros de los ángeles,/exulten las jerarquías del
cielo,/y por la victoria de Rey tan poderoso/que las trompetas anuncien la
salvación”. Si la Iglesia, entonces, Esposa Mística de Cordero, lloraba en
silencio amargas lágrimas de dolor por la muerte de su Esposo Jesucristo en el
Monte Calvario el Viernes Santo, hoy, en el Domingo de Resurrección, que es en
realidad la participación en el Domingo de Resurrección de hace XXI siglos, esa
misma Iglesia, a la que Jesucristo le ha secado las lágrimas de sus ojos, hoy,
en el Domingo de Resurrección, se dirige tanto al Cielo como a la tierra y al Purgatorio
para que todos participen de la alegría sobrenatural que la embarga. Así lo
dice la Iglesia: “Goce también la tierra,/inundada de tanta claridad,/y que,
radiante con el fulgor del Rey eterno,/se sienta libre de las tinieblas/que
cubrían el orbe entero”. La Luz Eterna de Cristo resucitado, que emerge de su
Ser divino trinitario con todo su resplandor desde el Domingo de Resurrección,
se dirige a todos los hombres caídos en el pecado original, es decir, a toda la
humanidad, comenzando por la Iglesia, para que se alegren con la misma alegría
que les es comunicada desde lo más alto, desde la divinidad del Ser divino
trinitario de Jesús, Rey Eterno. Así lo expresa la Iglesia: “Alégrese también
nuestra madre la Iglesia,/revestida de luz tan brillante;/resuene este templo
con las aclamaciones del pueblo”. La Iglesia se ilumina con el resplandor de la
gloria eterna del Cordero, mientras que en templo deben resonar los cánticos de
alabanza, de gloria, de adoración, de parte de la Iglesia y de todos los
hombres que por Ella ingresen por el Bautismo. Continúa la Iglesia, llamando a
todos los hombres a aclamar y a ensalzar a la Santísima Trinidad: “En verdad es
justo y necesario/aclamar con nuestras voces/y con todo el afecto del corazón/a
Dios invisible, el Padre todopoderoso,/y a su único Hijo, nuestro Señor
Jesucristo”. El motivo del agradecimiento de Esposa del Cordero a la Santísima Trinidad
es porque el Hijo Único del Padre, fue enviado por Dios Padre por medio del
Amor Trinitario, el Espíritu Santo, para que ofrezca su Cuerpo, su Sangre, su
Alma y su Divinidad por la salvación de los hombres. También lo dice así la
Iglesia Santa: “Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre/la deuda de
Adán/y, derramando su sangre,/canceló el recibo del antiguo pecado”. El Segundo
y definitivo Adán, Jesús, derramando hasta la última gota de Sangre en la cruz,
ha pagado con el precio altísimo de su Sangre Preciosísima la deuda del Primer
Adán, cancelando el pecado para siempre. “Porque éstas son las fiestas de
Pascua,/en las que se inmola el verdadero Cordero,/cuya sangre consagra las
puertas de los fieles”. Si en el Antiguo Testamento el Pueblo Elegido inmolaba
el cordero pascual y marcaban los dinteles de las puertas de los hebreos con esta
esta sangre del cordero pascual para que el Ángel Exterminador nada les
hiciera, reconociendo en los dinteles de las puertas y ventanas la sangre del
cordero, eso era solo una prefiguración, una sombra y un anticipo de la verdadera
Pascua, en la que los que se marcan no son los dinteles de las puertas y
ventanas de las casas de Pueblos Elegido, sino que lo que se marca son los
labios de los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la
Iglesia Católica, y se marcan con la Preciosísima Sangre del Cordero de Dios;
por esta razón, la Pascua de los judíos era solo una figura de la Verdadera y
Única fiesta de Pascuas, en las que se inmola el Verdadero y Único Cordero
Pascual, Jesucristo, con cuya Sangre Preciosísima se marcan los labios de los
que aman al Cordero. Y así el Ángel Eterminador, viendo la Sangre del Cordero
de Dios en los labios de los fieles, pasan de lado sin hacerles ningún daño.
“Ésta es la noche/en que sacaste de Egipto/a los israelitas, nuestros padres,/y
los hiciste pasar a pie el mar Rojo”. Los israelitas fueron sacados de la
esclavitud de Egipto y por el milagro del mar abierto de par en par,
atravesaron Rojo a pie el Mar y así cumplían su “Pascua”, su “Paso” hacia la
Jerusalén terrestre, pero eso era solo una figura de la verdadera Pascua, en la
que los bautizados en la Iglesia Católica también realizan su “Paso”, su “Pascua”,
pero no de Egipto a la Jerusalén terrestre, sino del pecado a la vida nueva de la
gracia santificante, atravesando no el desierto terreno, sino el desierto de la
historia y de la vida humana, dejando atrás la vida de pecado para vivir la
vida de la gracia, pasando a pie no en el Mar abierto en dos, sino en el
Costado abierto del Redentor, su Corazón traspasado por la lanza. “Ésta es la
noche/en que la columna de fuego/esclareció las tinieblas del pecado”. Durante la
noche, el Pueblo Elegido era guiado durante la noche por una nube de fuego,
pero era solo el anticipo y la prefiguración del Fuego del Espíritu Santo, que
brotando del Corazón traspasado del Salvador ilumina las almas de los hombres
que viven “en sombras y tinieblas de muerte”. “Ésta es la noche/en que, por
toda la tierra,/los que confiesan su fe en Cristo/son arrancados de los vicios
del mundo/y de la oscuridad del pecado,/son restituidos a la gracia/y son
agregados a los santos”. Desde el Santo Sepulcro, a partir de la madrugada, momento
de la Resurrección del Señor, deja brotar una luz resplandeciente,
sobrenatural, no perceptible por los ojos del cuerpo para que todos aquellos que
viven en la oscuridad y las tinieblas de pecado sean iluminados por esta luz
divina que al iluminar los corazones concede la vida de la gracia que surge del
Ser divino trinitario de Jesús el Domingo de Resurrección, quienes así
comienzan ya desde la tierra a vivir la vida de la gracia, siendo sus nombres inscriptos
en el cielo. “Ésta es la noche/en que, rotas las cadenas de la muerte,/Cristo
asciende victorioso del abismo./¿De qué nos serviría haber nacido/si no
hubiéramos sido rescatados?”. La Iglesia, iluminada por el Espíritu, nos advierte
que de nada nos habría valido nacer si el Redentor no nos hubiera rescatado al
precio de su Sangre, porque de no haber sido así, seguiríamos para siempre
esclavos del pecado, de la muerte y del Demonio. “¡Qué asombroso beneficio de
tu amor por nosotros!/¡Qué incomparable ternura y caridad!/¡Para rescatar al
esclavo, entregaste al Hijo!”. La Santa Madre de Iglesia se asombra y alaba,
entre gritos de júbilo, la inmensa misericordia del Padre, que por salvarnos a
nosotros, los esclavos, entregó a la muerte en cruz a su Único Hijo, el Señor
Jesús. “Necesario fue el pecado de Adán,/que ha sido borrado por la muerte de
Cristo./¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”. La Iglesia cita a San
Agustín, para quien el pecado es motivo de alegría, pero no por el pecado en sí
mismo, que por sí mismo es despreciable, sino porque por el pecado la Trinidad,
compadecida por nuestra miseria, nos envió al Redentor, el Hombre-Dios
Jesucristo, el Verbo Eterno del Padre encarnado en el seno de María Virgen.
“¡Qué noche tan dichosa!/Sólo ella conoció el momento/en que Cristo resucitó de
entre los muertos”. La Iglesia exclama exultante que la noche de Pascua es una la
noche de la alegría por excelencia porque es cuando la humanidad, de la mano de
Cristo, realizó la “Pascua”, el “Paso”, de la noche del pecado a la luz de la
gracia, de la noche de la muerte a la
luz de la vida de la gracia santificante, es la Noche alegre por excelencia, en
la que quienes estaban muertos por el pecado e inmersos en las tinieblas vivientes,
ahora viven la vida nueva de los hijos de Dios, gracias a la luz de gloria que
brota de Jesús resucitado y también gracias a esta luz se ven libres de las
tinieblas de los ángeles caídos. “Ésta es la noche/de la que estaba
escrito:/«Será la noche clara como el día,/la noche iluminada por mi gozo»”. La
noche de la Pascua estaba profetizada en la Escritura Sagrada porque era la
Noche del triunfo de Dios, de su Cordero; una noche grandiosa y majestuosa, una
noche que dejaría de ser oscura y tenebrosa por el reinado del pecado, para ser
clara y radiante como el sol del mediodía, una noche que habría de estar
iluminada por el Sol Naciente y sin ocaso, Cristo Jesús, que habría de iluminar
a las almas con su Luz Eterna e Increada, la luz que brota de su Acto de Ser
divino trinitario, una noche que habría de resplandecer con la esplendorosa luz
de la Resurrección gloriosa de Jesús, luz más potente que cientos de miles de
millones de soles juntos. “Y así, esta noche santa/ahuyenta los pecados,/lava
las culpas,/devuelve la inocencia a los caídos,/la alegría a los
tristes,/expulsa el odio,/trae la concordia,/doblega a los poderosos”. La noche
de la Resurrección, la madrugada del Domingo de Resurrección, es una noche que
está iluminada con una luz que no es de este mundo y por eso ilumina a todos los
días Domingos hasta el fin del mundo; es una santa porque la luz de la gloria
de Jesús resucitado hace partícipe de su vida divina trinitaria a las almas a
las que Él ilumina haciendo desaparecer el pecado, todo tipo de pecado y
haciendo florecer a cambio toda clase de dones, virtudes y gracias de las que
participa el alma iluminada por Cristo; en esta noche santa el hombre deja de ser
el hombre viejo del pecado para convertirse en el hombre nuevo nacido a la gracia
de Dios; el hombre por la gracia se vuelve hermano de Cristo, hijo de Dios de
Dios y hermano de su prójimo y por la gracia su corazón se ve libre de todo
mal, de toda concupiscencia y de todo pecado, floreciendo en cambio las
virtudes de los Sagrados Corazones de Jesús y María. “En esta noche de
gracia/acepta, Padre Santo/ este sacrificio vespertino de alabanza/que la santa
iglesia te ofrece/por medio de sus ministros/en la solemne ofrenda de este
cirio,/hecho con cera de abejas”. El Cirio Pascual, hecho con cera pura de
abejas, es símbolo y representación de Jesucristo, el Hombre-Dios: la cera
representa la humanidad del Hombre-Dios y el fuego, encendido con el fuego
bendecido al comienzo de la ceremonia del Lucernario, representa a la Divinidad
de Jesucristo y es esto lo que la Iglesia le pide al Padre que acepte como
ofrenda perfectísima y gloriosa el Cirio Pascual en el que está representado
Jesucristo con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. “Sabernos ya lo que anuncia
esta columna de fuego,/ardiendo en llama viva para gloria de Dios./Y aunque
distribuye su luz,/no mengua al repartirla,/porque se alimenta de esta cera
fundida,/que elaboró la abeja fecunda/para hacer esta lámpara preciosa”. En la
ceremonia del Lucernario, luego de encendido el Cirio Pascual, símbolo de Jesús
resucitado que vence a las tinieblas del pecado, de la muerte y del Infierno,
esta luz de Cristo se comparte con los fieles, simbolizando así que Cristo
concede su luz a los bautizados para que estos se conviertan en “luz del mundo”
y con la luz de Cristo que brota de su Ser divino trinitario iluminen el mundo
en tinieblas y así esta Luz Divina que es Cristo no solo no disminuye sino que
en el Domingo de Resurrección y atravesando su Cuerpo glorificado, ilumina la
Iglesia, las almas y todos los Domingos de la historia, hasta el fin del
tiempo. A partir del Domingo de Resurrección, todos los Domingos de la historia
serán hechos partícipes de la luz divina que brota de la Lámpara de la
Jerusalén celestial, el Cordero de Dios. “¡Qué noche tan dichosa/en que se une
el cielo con la tierra,/lo humano y lo divino!”. El cielo y la tierra se unen en
la admirable Noche de Pascuas porque el Rey de los cielos, Cristo Jesús, la
Segunda Persona de la Trinidad, simbolizado en el Cirio Pascual, une a sí a su
Humanidad y la vivifica y la glorifica con su gloria divina, regresándola de la
muerte y colmándola de la gloria divina y a lo humano y partir de Él, los
hombres, que viven en la tierra y están hechos de barro, serán divinizados y
llenados de la gracia de Dios al recibir su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su
Divinidad en la Eucaristía. “Te rogamos, Señor, que este cirio,/consagrado a tu
nombre,/arda sin apagarse/para destruir la oscuridad de esta noche,/y, como
ofrenda agradable,/se asocie a las lumbreras del cielo./Que el lucero matinal
lo encuentre ardiendo,/ese lucero que no conoce ocaso/y es Cristo, tu Hijo
resucitado,/que, al salir del sepulcro,/brilla sereno para el linaje humano,/y
vive y reina glorioso/por los siglos de los siglos./Amén”. Por último, la
Esposa de Cristo, la Santa Iglesia Católica, suplica a Dios Trino que el Cirio
Pascual, consagrado en honor de la Trinidad, “arda sin apagarse”, para que toda
la Iglesia no solo viva sin oscuridad, poniendo fin para siempre a las
tinieblas del error, del pecado, de la ignorancia, del cisma y de la herejía y
también las tinieblas vivientes, y que desde el Cielo ilumine para siempre a la
Iglesia y a los hombres a Ella incorporados.
Ahora bien, la luz del Cirio Pascual es un símbolo de
la Verdadera y Eterna Luz que ilumina la Iglesia y las almas de los hombres,
Cristo Jesús, la Lámpara de la Jerusalén celestial, el Cordero de Dios sin mancha,
el Sol de justicia, ante cuya claridad se disipan las tinieblas del pecado y de
la muerte y las tinieblas vivientes, los habitantes del Infierno, huyen de su
Presencia y ante cuya Presencia así como el humo se disipa con el viento, así
como las tinieblas de la noche se disipan con la luz del sol, así las tinieblas
vivientes huyen despavoridas. La luz del Cirio Pascual que se enciende en la
noche, pide la Iglesia que continúe así, encendida toda la noche hasta la
llegada del lucero de la mañana, de manera que la estrella matinal, la Estrella
de la Aurora, lo encuentre ardiendo y así se asocie a las estrellas del cielo.
El verdadero lucero matinal, que no conoce ocaso, que no se apaga nunca más y
que es anunciado por la Estrella de la mañana, la Aurora que es la Virgen, no
es otro que el Cordero de Dios, Cristo Jesús, el Hijo Eterno del Padre, luego
de cumplir el misterio de Pasión y Muerte en cruz, y ahora resucitado y con la
luz gloriosa que emana de su Ser divino trinitario y que puede ser contemplado
por la fe de la Iglesia con su Cuerpo glorioso Presente en la Eucaristía,
brilla desde el Altar Eucarístico y desde el Sagrario, iluminando a toda la
Iglesia y reina desde la Eucaristía, al igual que en su trono del cielo, por
los siglos sin fin, por toda la eternidad.






