(Ciclo C - A – 2026)
En La solemnidad de la Santísima
Trinidad la Iglesia resplandece, pero no debido a la mayor cantidad de luces o
cirios encendidos, sino debido a que sobre la Iglesia resplandece una luz más
brillante que miles de millones de soles juntos y esa luz no proviene de
ninguna fuente natural, ni terrenal ni angélica, porque es la luz que se
desprende del Acto de Ser divino trinitario. En esta solemnidad la Santa
Iglesia Católica proclama con la mayor majestad posible, públicamente, a todo el
mundo, sea o no católico, cuál es la Verdad Absoluta, Única, Real, Verdadera y
Sobrenatural acerca de Dios; una Verdad que sólo Ella en cuanto única y
verdadera Iglesia de Dios posee; una Verdad que sólo la Iglesia, en cuanto
Esposa Mística del Cordero, sabe; una Verdad que solo la Iglesia Católica, en
cuanto Mater et Magistra, Madre y Maestra, puede enseñar. La Iglesia Católica
es la única en saber la Verdad última acerca de Dios porque así se lo ha
enseñado el mismo Jesús en Persona. Nadie -ni nada, como la Inteligencia
Artificial- tiene la posesión del conocimiento Verdadero y Absoluto acerca de
Dios, de cómo es Dios en Sí mismo, Uno en naturaleza y Trino en Personas.
La verdad, única y absoluta, acerca de
Dios, que nos revela la Iglesia Católica como Madre y Maestra, es que Dios es
Uno y es Trino: Uno en naturaleza y trino en Personas, la Persona de Dios
Padre, la Persona de Dios Hijo y la Persona de Dios Espíritu Santo. Cada una de
las Personas divinas de la Santísima Trinidad posee aquello que es propia de su
condición de ser Persona divina, esto es, inteligencia y voluntad. Cada Persona
de la Santísima Trinidad conoce y ama al modo divino, es decir, en acto de ser
perfectísimo y puro. Esta doctrina perfecta de la Iglesia acerca de Dios, se
contrapone con las teorías de la religión luciferina del Anticristo, la Nueva
Era, que sostiene que Dios es una energía difusa, cósmica, impersonal, que no
conoce ni ama. Dios es, entonces, según la revelación católica, Uno en
naturaleza y es Trinidad de Personas, y esto significa que como Personas
divinas que son, conocen, aman y obran libremente en el amor. Esto tiene una
consecuencia directa en la vida espiritual del católico porque no se puede establecer
una relación real y verdadera con Dios, si esta relación no es personal, es
decir, de tú a tú, de vos a vos, de ser pensante y con capacidad de amar, a ser
pensante y con capacidad de amar. Muchos católicos piensan, aman y hablan de
Dios como si fueran de otra religión y no la católica; muchos católicos hablan
de Dios como si fuera una “energía impersonal”, como si fuera un “universo
cósmico”, al mejor estilo de los paganos y esto precisamente porque no creen en
la Santísima Trinidad, porque, aunque la nombre, en realidad piensan, aman y
hablan de un Dios Uno pero no de un Dios Uno y Trino, un Dios Uno en el que hay
Tres Personas distintas, con capacidad de pensar y de hablar y de establecer
relaciones interpersonales. Se ha llegado a tal punto en la locura actual, que
muchos interactúan con la Inteligencia Artificial como si fuera una persona, un
dios, y se dirigen a Dios como si fuera una máquina insensible, es decir, como
si fuera una energía cósmica impersonal.
El hecho de que Dios sea Uno y Trino, esto es, Trinidad
de Personas, significa que cada una de las Divinas Personas conoce, ama y obra
libremente en el amor, porque por eso son personas, porque conocen y aman y
luego obran en consecuencia al pensar y amar. En el caso de las Tres Divinas Personas,
su obrar ad extra de la Trinidad es su empeño por salvarnos de la eterna
condenación y por conducirnos, como hijos adoptivos de Dios, al Reino de los
cielos. Para nuestro bien, las Tres Divinas Personas están empeñadas en
salvarnos: Dios Padre pide a Dios Hijo que, sin dejar de ser Dios Eterno, se
encarne en el cuerpo y el alma humanos de Jesús de Nazareth, uniéndolos a su
Persona Divina, para ofrendarlos en la cruz como ofrenda pura y perfecta, para
luego poder donarnos a Dios Espíritu Santo a través de la Sangre vertida de su
Corazón traspasado. Al mismo tiempo, este mismo Dios Uno y Trino, cuya Segunda
Persona es Dios Hijo, Jesús de Nazareth, se encuentra en Persona, glorioso y
resucitado en la Eucaristía, para que durante nuestra vida en la tierra nos
unamos a Él por la fe y por el amor, por la adoración y por la comunión
sacramental, de manera tal de poder luego ingresar en la vida eterna, en donde
adoraremos y amaremos por la eternidad a Dios Uno y Trino, y en esto consistirá
nuestra salvación.
Ésta fe trinitaria es la que profesa la Iglesia
Católica, la Iglesia de Jesucristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica y
es la fe de la que nos gloriamos de profesar, es la fe que proclama el misterio
sobrenatural absoluto de Dios en su constitución íntima, de la cual se derivan
todos los demás misterios de la fe, que son los misterios salvíficos de Nuestro
Señor Jesucristo. Ésta fe trinitaria, en el Dios Verdadero, la que nos libra de
adorar a falsos dioses como la Pachamama o la fama, el dinero, la política, es
la Iglesia celebra exultando de gozo en este día. Esto es lo que significa la
“Solemnidad de la Santísima Trinidad”: Cristo Jesús es el Verbo de Dios, la
Palabra de Dios eternamente pronunciada, es Dios Hijo en Persona, y ha venido a
este mundo a morir en Cruz y donarse en la Eucaristía por pedido de Dios Padre,
para que unidos a Él recibamos a Dios Espíritu Santo, el Amor del Padre y del
Hijo. “Tener fe” en la Iglesia Católica es creer en un Dios que es Trinidad de
Personas. Todavía más, debido a que este Dios Trino está, como decíamos,
empeñado en nuestra salvación, puesto que el Padre envió a la tierra a la
Segunda de esas Personas, a Dios Hijo, a Jesús de Nazaret, para que se
encarnase y nos salve por su muerte en Cruz y, una vez resucitado y ascendido a
los Cielos, nos envíe a Dios Espíritu Santo, la Persona-Amor de la Trinidad;
debido a esto, a la condición de Dios de ser Trinidad de Personas y debido a la
implicación en pleno de la Trinidad en nuestra propia salvación, no puedo nunca
dirigirme a Dios sino es a un Dios que conoce y ama en su Trinidad de Personas.
Por este motivo no podemos hablar de Dios como si fuera
solo uno, como si perteneciéramos a otras religiones monoteístas como el Islam
o el judaísmo o incluso como las religiones protestantes, ni mucho menos como
si fuéramos practicantes de la religión luciferina del Anticristo, la Nueva Era,
quienes creen no en Dios, sino en una especie de cosmos o universo impersonal
que transmite o quita “energías” positivas o negativas. Nada de esto último es
verdad, sino sombría superstición. Por eso debemos preguntarnos: ¿en qué Dios
creo? ¿Creo en el Dios de la Santa Iglesia Católica, en el Dios que es Padre,
que es Hijo, que es Espíritu Santo?”. Esta pregunta es más actual que nunca,
sobre todo en nuestros tiempos, dominados por el relativismo, error filosófico
según el cual no existe la Verdad Absoluta, de manera que cada cual puede
construirse un dios a su medida, según las veleidades de los razonamientos
erróneos de cada un y así cada uno se construye una “verdad” acerca de Dios de
acuerdo a su conveniencia, lo cual explica por qué cada uno tiene un “dios” a
su medida, eligiendo creer lo que les conviene y descartando aquello que no les
conviene. La pregunta es una buena ocasión para reflexionar acerca de la
firmeza en la fe de Dios como Uno y Trino, ya que como vimos, así como se la fe
en Dios, así será la oración y la vida. Si creo en un “impersonal”, en un dios
al estilo Nueva Era, un dios que no es persona, que no conoce y que no ama,
entonces mi fe será así, impersonal, sin caridad, difusa, aguada,
inconsistente, imprecisa. Pero esto tiene graves consecuencias, porque una fe
de estas características no cree en el influjo positivo y divinizante de la
gracia y por lo tanto se desconecta de los sacramentos y al hacerlo, sus
pasiones y las tentaciones del mundo y de la carne más las acechanzas del
Demonio se vuelven irresistibles, convirtiéndose en un esclavo espiritual de
las mismas.
Por repetimos nuevamente la pregunta: ¿en qué Dios
creo? ¿En el Dios del Credo de la Santa Iglesia Católica, el que dice: “Creo en
Dios, Padre Todopoderoso, creo en Jesucristo, su Único Hijo Nuestro Señor, creo
en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida?” Y si creo en este Dios, que es el
Único Dios Verdadero, ¿establezco relaciones personales de comunión, de vida y
amor con todas y cada una de las Tres Divinas Personas, como lo hacían los
grandes santos de la Iglesia? La respuesta a la pregunta nos la da el
Magisterio, porque si el Magisterio de la Iglesia nos dice que Dios es Uno en naturaleza
y Trino en Personas, eso significa que podemos y debemos dirigirnos a Dios
Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, como a personas -como Personas Divinas,
claro está- y esto a su vez significa que debemos entablar relaciones personales
-hablar, preguntar, dialogar, amar- con cada una de las Personas de la Trinidad,
o en conjunto, como Dios Uno, pero también por separado, dirigiéndonos a la
Persona del Padre, o a la del Hijo, o a la del Espíritu Santo. En definitiva, creemos
en Personas, y cuando hablamos con Dios [lo hacemos] con Personas: o hablo con el Padre, o hablo
con el Hijo, o hablo con el Espíritu Santo. Esta es nuestra Santa Fe católica
en Dios Uno y Trino. “Tener fe” es creer en una Persona real, es más, en Tres
Divinas Personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, quienes aun siendo
iguales en majestad, honor y poder, tienen sus características particulares, de
ahí que el diálogo de los grandes santos con una u otra Persona Divina varíe
según qué persona se trata. “Tener fe” para el católico no es, por lo tanto,
nunca jamás tener fe en un dios impersonal, que se encuentra por allá arriba,
en quién sabe qué lugar alejado, que se identifica con el universo y que no es
capaz ni de amar ni de pensar.
Ahora bien, la relación con este Dios Trino nos viene a
través de Jesucristo, Dios Hijo encarnado y revelador del Padre y del Hijo, nuestra
fe en Dios Trino, que nos salva, comienza con el encuentro personal con la
Persona real de Jesús de Nazaret –“Persona real y no difusa bu abstracta, que
está en Persona en la Sagrada Eucaristía”-, puesto que es Él, y solo Él, quien
nos conduce al Padre en el Espíritu Santo: “Nadie va al Padre sino es por Mí”.
A su vez, el encontrarnos con Jesús es un don de Dios, es un divino, porque
este encuentro le da una dirección de trascendencia a nuestra vida, encaminándola
a la vida eterna, abriéndonos por la cruz el horizonte de eternidad que estaba
cerrado para nosotros. Es Jesús quien no solo nos revela el misterio de la Santísima
Trinidad –“Mi Padre y Yo somos una sola cosa[1]” (…) “el
Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi Nombre, él os enseñará todas las
cosas”[2]- sino
que es Él quien nos concede el don de la fe en la Santísima Trinidad -de otra
manera no podríamos creer en Dios como Uno y Trino- y todavía más, es Jesús el
instrumento de la Trinidad para que entremos en comunión con las Tres Divinas
Personas: es Él quien nos conduce al Padre en el amor del Espíritu Santo. En esto
radica la gran importancia de conocer a Jesús -que está para nosotros en la
Eucaristía-, ir hacia Él, responder a su llamado, encontrarlo en la Comunión
Eucarística, amarlo en la Eucaristía. Ésta es la fe propiamente católica y no
protestante, ni budista, ni islamista: es la fe que cree en un Dios que es una
Persona real, una Persona Divina, es verdad, pero Persona al fin y al cabo, que
conoce y ama y obra al modo divino y también humano, porque es el Hombre-Dios. Quien
esto hace, quien se deja atraer por Jesús, en realidad se deja atraer por Dios
Padre, porque Jesús es la Puerta, el Camino, la Vía, que conduce al Padre
Eterno, en el Amor del Espíritu Santo. Esta es nuestra fe católica, la que nos
gloriamos de profesar, ya que es la fe verdadera en el Dios Verdadero, es la fe
que nos dice que Dios en su intimidad es Uno en naturaleza y Trino en Personas
y está empeñado, con toda su Omnipotencia, con toda su Sabiduría, con todo su
Amor, no solo en salvarnos de la eterna condenación, sino ante todo en
conducirnos, luego de ser adoptados como hijos por la gracia, al Reino de los
cielos. Y para cumplir este empeño, Dios no se ha quedado en los cielos
eternos: ha adquirido un rostro en Jesús de Nazaret para venir a nosotros como Niño
recién nacido en Belén, como Hombre-Dios crucificado en el Calvario, como Hombre-Dios
resucitado y glorioso, surgiendo triunfante del sepulcro el Domingo de
Resurrección, y también viene a nuestro encuentro, resucitado y glorioso, en la
Eucaristía, en cada Domingo, el día glorioso de la semana en el tiempo que
participa de la gloria de la resurrección en la eternidad. Por esta razón, no es
indiferente creer en un Dios monoteísta, al estilo protestante, musulmán o
judío, o creer en una energía impersonal que actúa moviendo el universo sin
saber ni conocer, porque así no se recibirá nunca ni el amor ni la misericordia
que solo están en Dios Trino. Por el contrario, la fe en la Santísima Trinidad
y la fe en Jesús como Segunda Persona de la Trinidad encarnada, que prolonga y
continúa su Encarnación en la Eucaristía, sí recibe de Jesús crucificado y de
su Presencia gloriosa en la Eucaristía el perdón, el Amor y la misericordia de
Dios Trino, lo cual constituye la raíz y el fundamento de la felicidad plena
del ser humano, al ser hecho partícipe de la Alegría Increada que brota como de
su fuente de Acto de Ser divino trinitario. Finalmente, quien cree en Dios Uno
y Trino, quien cree en la Santísima Trinidad, aun cuando nuestra limitada mente
humana no sea capaz de comprender ni siquiera mínimamente el misterio
sobrenatural absoluto que significa que Dios sea Uno en naturaleza pero Trino
en Personas, ese tal, aun en medio de grandes tribulaciones, transitará su vida
terrena cargando la cruz con alegría, porque es consciente de que al final del
camino terreno lo esperan Tres Divinas Personas para darle su Amor para toda la
eternidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.




