(Domingo V - TC - Ciclo A – 2026)
“Esta
enfermedad es para la gloria de Dios” (Jn
11, 1-45). En esta escena del evangelio, Jesús nos hace ver que cuando el
dolor y el sufrimiento pasan por su cruz, se convierten en gozo y alegría; nos
hace ver que después del dolor de la cruz, cuando el dolor de la cruz se lo
comparte con Él, viene la alegría festiva de la resurrección. Por la cruz de
Cristo viene la alegría de Dios y sin la cruz ninguna alegría tiene sentido;
sin la cruz, ninguna alegría es buena ni sana ni santa. Esto es lo que nos
enseñan en el Evangelio Lázaro y sus hermanas, quienes pasan por la terrible
prueba del dolor, de la enfermedad, de la desolación de la muerte, pero luego
interviene Jesucristo, que es Divina Misericordia encarnada y es Él quien cambia
el dolor, la enfermedad y la muerte por alegría y vida.
“Esta enfermedad es para la gloria de Dios”. Las
palabras de Cristo se oponen radicalmente al pensamiento del mundo sin Dios,
que ha creado la cultura de la muerte[1];
para el mundo ateo y materialista, la enfermedad y el dolor son algo
intolerable, inútil, sin sentido, incomprensible; e incluso como una maldición o
un castigo de Dios. Según esta mentalidad contemporánea, atea, creadora de la
cultura de la muerte, el sufrimiento no tiene sentido y por eso hay que suprimirlo
y si no se puede suprimir el sufrimiento, se debe suprimir al portador del sufrimiento,
que es el hombre y esa es la raíz del pensamiento eutanásico y del pensamiento
abortista. Se puede entender que el mundo rechace la enfermedad y el dolor, porque
rechaza la cruz, y la enfermedad y el dolor, sin la cruz, se vuelven
insoportables. El mundo no comprende y rechaza el sufrimiento, porque en el
fondo no comprende y rechaza el misterio de la cruz. La visión cristiana es
diametralmente opuesta a la del mundo sin Dios: para el cristianismo, cuando la
enfermedad y el dolor se unen a Jesucristo, se ofrecen a Jesucristo en la cruz
por manos de la Virgen, esa misma enfermedad y ese mismo dolor se convierten,
por obra del Espíritu de Dios, en bendición divina y ocasión de la
manifestación de la gloria de Dios. La enfermedad, el dolor, la muerte, todo aquello
que aparece como fracaso humano, son ocasión de manifestación de la gloria de
Dios, pero no por sí mismos, sino porque media la cruz de Cristo, porque están
unidos a la cruz de Cristo, porque en la cruz de Cristo la nada de la humanidad
se glorifica con la gloria Dios. La gloria de Dios se nos manifiesta en la
cruz.
El episodio de Lázaro, en el que se combinan la
tribulación de la enfermedad, el dolor y la muerte, sumado a la tardanza
deliberada del amigo de los hermanos, Jesús -que es el delicado reproche que
Marta le hace a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría
muerto”-, no se entiende ni se comprende por sí mismo; debe ser considerado
partiendo desde la vista de Jesucristo como Dios Hijo encarnado, como el Verbo
de Dios hecho hombre, como el Hombre-Dios, como al Hijo eterno del Padre,
encarnado y muerto en la cruz para hacer de nosotros miembros de su Cuerpo
animados por su Espíritu. Todo el episodio de Lázaro, su enfermedad, su dolor,
su muerte y luego su regreso a la vida, no puede comprenderse si no es visto a
la luz de la Pasión de Jesucristo, que en cuanto Hombre-Dios es el Nuevo y
Definitivo Adán, es la Cabeza de la nueva humanidad, la humanidad de los hijos
de Dios, la humanidad que nace a la luz de la cruz, la humanidad que nace por
la luz de la gracia. Esto es real y no figurado ni simbólico, porque todo lo que
se realizó en la Cabeza, debe realizarse en los miembros del Cuerpo[2]:
así como la Cabeza, que es Cristo, pasó por la cruz, así los miembros del
Cuerpo, los bautizados, nosotros, debemos pasar por la cruz: esta es la razón
por la que Lázaro y sus hermanas pasan por la cruz de la enfermedad, del dolor
y de la muerte, porque participan, anticipadamente, de la cruz de Cristo, para
participar luego de su resurrección. Esto sucede con todos los hombres de todos
los hombres de todos los tiempos; a lo largo de la historia humana, Jesús va
uniendo en su Espíritu a los elegidos del Padre, como Lázaro; pero los
elegidos, como son incorporados a Él y hecho parte suya real de su Cuerpo
Místico, deben experimentar en sí mismos lo que experimentó el Señor[3]
y el Señor resucitó, lleno de gloria, pero antes de la resurrección, llevó la
cruz y padeció la Pasión y el Calvario. Cada cristiano, por ser cristiano, debe
unirse y participar de la Pasión y de la cruz de Jesús, para así luego unirse y
participar de la resurrección de Jesús. El medio que se nos da a nosotros,
católicos del siglo XXI, separados por más de dos mil años del hecho histórico
de la cruz, para participar de su Pasión y de su cruz es la fe, por la cual
ofrecemos como hijos de Dios nuestras tribulaciones a la Gran Tribulación de la
cruz, y la participación activa, espiritual, interior, por la fe, en los misterios
de Jesús, el principal de todos, la Santa Misa, que es la renovación, presencia
y actualización del sacrificio del Calvario. En el signo de los tiempos, Jesús,
que con su Pasión y Resurrección realizó la redención, continúa su acción
redentora, pero quiere que esa acción redentora sean accesibles a aquellos a
quienes Él ha predestinado para la eterna salvación. Para que esto sea posible,
es decir, para que quienes vivimos en la historia, podamos participar de su
Pasión redentora, encierra su obra redentora en los Misterios de la Iglesia,
para actuar en esos misterios –el misterio de la liturgia de la Santa Misa-
hasta el fin del mundo, para que todos sus elegidos puedan unirse libremente a
su cruz y así llegar a la alegría de la resurrección. Esto es lo que San León
Magno quiere decir con la expresión: “Lo que en el Señor fue visible pasó a los
Misterios”: la visibilidad de Jesús, Dios encarnado, la Pasión visible y luego
también su Resurrección visible, pasó a los misterios invisibles de la liturgia
eucarística de la Santa Misa, misterios que hacen Presente a Jesús invisible,
con su Espíritu, en medio de la asamblea[4].
Por la liturgia eucarística Jesús se hace Presente en Persona y nosotros
podemos unirnos a Él: por la fe y por el rito litúrgico entramos nosotros y
participamos en la misma obra redentora del Señor; como miembros suyos que
somos, como miembros de su Cuerpo Místico y así tomamos parte en la acción de
la Cabeza[5],
nos unimos a su cruz redentora. De esta manera se cumple aquello de que “lo que
le pasó a la Cabeza, Cristo -Pasión y Resurrección- debe pasarle al Cuerpo -los
bautizados-“.
“Esta enfermedad es para la gloria de Dios”. La inmensa
mayoría de los cristianos, cuando enferman, cuando sufren dolor y tribulación,
cuanto están cercanos a la muerte, al haber dejado de lado a Cristo y al
misterio de Pasión y Resurrección, ingresan en un estado de desesperación, de
depresión, de abandono, de reniego de Dios, sin tomar en cuanto que, si unieran
su dolor y tribulación a la cruz y al misterio de Cristo, Él les devolvería la
paz del corazón aun en medio del dolor, porque el dolor es un signo de
predilección del amor de Dios Padre que los ha asociado a la cruz de su Hijo;
el dolor significa que Dios Padre les ha concedido el honor de llevar la cruz
de su Hijo Jesús, los ha hecho portadores de su cruz, los ha crucificado junto
a Jesús, y si los ha crucificado, es porque los ha amado como a su Hijo y los
ha considerado dignos de sufrir por su amor.
“Esta enfermedad es para la gloria de Dios; esta
cruz es para la gloria de Dios”. Quien se une a Cristo en la cruz en su
tribulación, dolor, o enfermedad, debe estar alegre pero no porque Cristo le
concederá la curación, sino porque tiene la certeza de estar unido a su gloria,
de ser tocado por su Espíritu, de ser el hijo predilecto del Corazón del Padre
Eterno.
“Esta enfermedad es para la gloria de Dios; esta
cruz es para la gloria de Dios; esta Santa Misa es para la gloria de Dios”, ya
que cada Santa Misa es la renovación incruenta del sacrificio de la cruz. En
cada misa, renovación incruenta del sacrificio de la cruz, el cristiano puedo
asociarse con su dolor, su enfermedad, su tribulación, o la de algún ser
querido-, a Jesús que está en la cruz por todos y cada uno de nosotros; podemos
y debemos unirnos en el espíritu a su sacrificio redentor, donando todo nuestro
ser, con sus alegrías y dolores, con sus enfermedades o con su salud; podemos y
debemos unirnos, como miembros de su Cuerpo Místico, a la ofrenda que Él hace
de su Cuerpo y su Sangre en la cruz del altar, para que así, en la tribulación
de la cruz de Cristo, que será mi cruz, se manifieste la gloria de Dios.
[1] Cfr. Juan Pablo II, Evangelium
vitae, ...
[2] Cfr. Odo Casel, Misterio de la cruz, Ediciones del
Monograma, Madrid 1964, 266.
[3] Cfr. Casel, ibidem, 266.
[4] Cfr. Casel, ibidem, 267.
[5] Cfr. Casel, ibidem, 267.





