(Domingo XXI - TO - Ciclo A – 2026)
“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios” (Mt 16,
13-20). Jesús pregunta a sus discípulos acerca de su identidad: primero les
pregunta qué es lo que la gente dice acerca de Quién es Él y luego les pregunta
qué es lo que ellos dicen acerca de Quién es Él. No es que pretenda hacer una encuesta
porque Él no sabe quién es Él, eso lo sabe desde toda la eternidad: lo hace
como introducción para una revelación sobrenatural, que será el fundamento de
la fe católica y es que Él es Dios Hijo encarnado y este tipo de conocimiento
lo da solo Dios, por medio de la iluminación del Espíritu Santo. El que
responde con certeza y en primer lugar es Pedro y esto no es una casualidad,
puesto que Pedro, en cuanto Vicario de Cristo, está asistido e iluminado por el
Espíritu Santo y por esta razón el conocimiento que tiene acerca de Jesús no es
un conocimiento natural, sino sobrenatural, lo cual quiere decir que conoce a
Jesús como lo conoce el Padre: como al “Hijo de Dios”. El conocimiento de
Cristo por parte de Pedro no viene por razonamientos humanos, sino por revelación
divina, ya que es la única forma de conocer a Cristo como Dios Hijo, como
Segunda Persona de la Trinidad. Este conocimiento de origen sobrenatural es lo
que Jesús quiere significar cuando le dice a Pedro: “Esto no lo sabes ni por la
carne ni por la sangre, sino porque te ha sido revelado por mi Padre”. Este conocimiento
sobrenatural de Jesús, es decir, el saber que Jesús es la Segunda Persona de la
Trinidad y por lo tanto Dios en Persona y no una persona humana, es un
conocimiento proporcionado por el mismo Dios Trino, es un conocimiento dado por
el Espíritu Santo y es el fundamento de la fe católica y a tal punto, que quien
lo niegue, es declarado hereje y queda fuera de la comunión con la Iglesia
Católica.
A este conocimiento sobrenatural de Jesús,
proporcionado por la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, se le
opone el conocimiento natural de Jesús, el conocimiento que se puede alcanzar
con la sola razón humana y es un conocimiento que jamás puede alcanzar la
verdad acerca de la identidad de Jesús como Segunda Persona de la Trinidad, porque
saber que Dios es Uno y Trino y saber que la Segunda Persona de la Trinidad se
encarnó en Jesús de Nazareth, es algo que solo puede ser conocido como
revelación y no por las simples fuerzas de la razón humana.
La declaración de Pedro es tan importante, que no solo
funda el dogma central de la fe católica, es decir, la Encarnación del Verbo en
la humanidad santísima de Jesús de Nazareth, sino que es la razón de la
pertenencia a la Iglesia Católica, ya que quien reconoce que Cristo es Dios,
permanece en la verdadera iglesia, la Iglesia Católica, y quien niega esta
verdad, es considerado “hereje” y se aparta de la Iglesia Católica.
Por esta razón, debemos hacer nuestra la declaración de
Pedro, de tal manera de estar seguros de que pertenecemos y permanecemos en la
verdadera iglesia del verdadero Dios, la Iglesia Católica. Por eso, junto a
Pedro y participando de la fe de Pedro, le decimos a Jesús: “Tú eres el Hijo de
Dios”. Pero a nosotros se nos pide algo más que a Pedro y es que no solo
reconozcamos a Jesús como Dios Hijo encarnado, sino que lo reconozcamos en su
Presencia real, verdadera y substancial, en la Sagrada Eucaristía, porque el
mismo Jesús al cual Pedro reconoce como “Hijo de Dios”, es el mismo Jesús que
está Presente en Persona en la Sagrada Eucaristía. Si Pedro le dijo a Jesús, reconociéndolo
como Dios, “Tú eres el Hijo de Dios”, nosotros debemos decirle a Jesús en la Eucaristía:
“Tú eres el Hijo de Dios”; con la misma fe de Pedro, Vicario de Cristo, debemos
decirle a Jesús: “Tú, en la Eucaristía, eres Dios Hijo encarnado, que prolonga
su encarnación en la Eucaristía”. En otras palabras, no nos basta a nosotros,
católicos fundados en la fe de Pedro, el solo hecho de proclamar a Cristo como
Dios, sino que lo debemos proclamar a Cristo como Dios en la Eucaristía. Si Pedro,
iluminado por el Espíritu Santo, reconoció a Cristo como Dios, teniendo delante
suyo a la Persona Segunda de la Trinidad, encarnada en la Humanidad Santísima
de Jesús, nosotros debemos reconocer a esa misma Persona Segunda de la Trinidad
oculta en la apariencia de pan y vino. De nada nos sirve reconocer a Cristo como
Dios, sino reconocemos a la Eucaristía como el mismo Cristo Dios, oculto en lo
que a los sentidos aparece como pan y vino.
La negación de la condición divina de la Persona de
Jesús, que se deriva ya sea de un conocimiento meramente natural o racional, ya
sea de la negación pertinaz de la verdad revelada, propio de los herejes,
conduce a un error en la fe eucarística: si se niega a Cristo como Dios, se
negará su Presencia real, verdadera y substancial en la Eucaristía, tal como
sucede con el protestantismo.
La fe de Pedro en Cristo como Hombre-Dios es el dogma
central que fundamenta toda la fe de la Iglesia Católica y esto es válido no
solo para los católicos de a pie, sino incluso hasta para el mismo Papa, al
punto que, si hubiera algún Papa que negara que Cristo es Dios, ese Papa se
apartaría de la fe de la Iglesia, cayendo en herejía.
En la historia de la Iglesia hay innumerables santos y
mártires que han dado la vida por la fe proclamada por Pedro, es decir, que
Cristo es Dios. Entre estos santos se encuentra San Andrés Wouter, Mártir
defensor de Jesús Eucaristía y del Primado Petrino[1]
-nacido en 1542 en Heinenoord, en los actuales Países Bajos- un sacerdote que
se reconoció a sí mismo y públicamente como pecador, pues era aficionado a la
bebida e incluso había engendrado hijos, rompiendo el voto del celibato y la
castidad sacerdotal, siendo suspendido en sus funciones sacerdotales, pero cuando
en el año 1572 durante las Guerras de Religión en los Países Bajos los
perseguidores protestantes calvinistas lo insultaban recordándole su pasado y
lo amenazaban con la muerte en la horca si no renegaba de su fe en Cristo,
pronunció una frase que ha quedado grabada para siempre: “Siempre fui
fornicario; jamás hereje”. Santo Andrés Wouters: el mártir que, a pesar de sus
faltas morales, no negó la fe católica en Cristo Jesús. Durante varias semanas
sufrió un cautiverio cruel. Cada día era golpeado, humillado y ridiculizado
puesto que los carceleros no solo lo torturaban físicamente: se burlaban
constantemente de sus escándalos y de su mala fama como sacerdote, convencidos
de que un hombre con semejante pasado terminaría renegando de la fe para salvar
la vida. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario, porque este sacerdote,
que había sido débil frente al pecado, se mostró inquebrantable cuando
quisieron arrancarle la fe.
El 9 de julio de 1572, mientras le colocaban la soga al
cuello, Andrés recibió una última oportunidad para salvar su vida. Solo debía
renunciar a esas verdades de la fe católica. Su respuesta fue inmediata: “Siempre
fui fornicario; jamás hereje”. Segundos después fue ahorcado, junto con otros
18 sacerdotes y religiosos, en un granero de Brielle. Desde entonces son
conocidos como los Mártires de Gorkum. La Iglesia nunca ocultó los pecados de
Andrés Wouters, pero tampoco los justificó. Lo que lo canonizó y lo llevó al
Cielo fue su fidelidad heroica en la hora suprema. Porque la santidad no
consiste en no haber caído nunca, sino en permanecer fiel a Cristo hasta el
final. Fue canonizado por el papa Pío IX el 29 de junio de 1867, junto con los
demás Mártires de Gorkum. La vida de San Andrés Wouters recuerda una gran
esperanza para todos los cristianos: el pasado no tiene la última palabra
cuando la inteligencia y el corazón permanecen abiertos a la luz del Espíritu
Santo y unidos a Cristo. No era un modelo de santidad. Pero cuando llegó el
momento de elegir entre retractarse de la doctrina de la Iglesia y enfrentarse
a la muerte, no dudó. Se negó a negar la presencia real de Cristo en la
Eucaristía y la autoridad del Papa. Y si él puede decir: “Fui un fornicador,
pero nunca un hereje»”, entonces quizás nosotros también podamos decir, con
valentía y humildad: “He fallado, pero sigo creyendo con la fe de Pedro, con la
fe de la Iglesia Católica”. San Andrés Wouters es un ejemplo para que nosotros,
que también nos reconocemos públicamente como pecadores al inicio de la Santa
Misa, nunca neguemos la fe católica en Jesucristo y jamás desesperemos de la
misericordia de Dios.
El episodio del Evangelio es significativo y válido hasta
el fin de los tiempos, y por lo tanto, lo es para nuestros tiempos, tanto más,
cuanto que la confusión y la oscuridad lo han invadido todo.
En la época de Jesús reinaba una completa confusión
acerca de la identidad de Jesús y lo mismo sucede en nuestra época, no solo
fuera de la Iglesia, en las sectas o en las religiones monoteístas, sino ante
todo en la Iglesia Católica porque, como dice Pablo VI, “el humo de Satanás ha
entrado en la Iglesia”, un humo negro, denso, oscuro, que ofusca mentes y
corazones, pervirtiéndolo todo. Pero en el seno de la Iglesia, en el corazón de
la Iglesia, en el Magisterio perenne se encuentra la plenitud de la verdad sobre
Jesucristo, en el Magisterio, en la Sagrada Escritura y en la Tradición.
La luz del Espíritu Santo, que brilla inextinguible en
la Cátedra de Pedro, disipa toda oscuridad y toda siniestra tiniebla. Quien
permanece al lado de Pedro y con la fe de Pedro confiesa que Jesús en la
Eucaristía es Dios Hijo encarnado, muerto y resucitado, no solo no será nunca
envuelto en las tinieblas que se han abatido sobre el mundo, sino que brillará
siempre en él la luz de la Verdad eterna de Dios Trino.



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