jueves, 28 de mayo de 2026

Solemnidad de la Santísima Trinidad

 



(Ciclo C - A – 2026)

         En La solemnidad de la Santísima Trinidad la Iglesia resplandece, pero no debido a la mayor cantidad de luces o cirios encendidos, sino debido a que sobre la Iglesia resplandece una luz más brillante que miles de millones de soles juntos y esa luz no proviene de ninguna fuente natural, ni terrenal ni angélica, porque es la luz que se desprende del Acto de Ser divino trinitario. En esta solemnidad la Santa Iglesia Católica proclama con la mayor majestad posible, públicamente, a todo el mundo, sea o no católico, cuál es la Verdad Absoluta, Única, Real, Verdadera y Sobrenatural acerca de Dios; una Verdad que sólo Ella en cuanto única y verdadera Iglesia de Dios posee; una Verdad que sólo la Iglesia, en cuanto Esposa Mística del Cordero, sabe; una Verdad que solo la Iglesia Católica, en cuanto Mater et Magistra, Madre y Maestra, puede enseñar. La Iglesia Católica es la única en saber la Verdad última acerca de Dios porque así se lo ha enseñado el mismo Jesús en Persona. Nadie -ni nada, como la Inteligencia Artificial- tiene la posesión del conocimiento Verdadero y Absoluto acerca de Dios, de cómo es Dios en Sí mismo, Uno en naturaleza y Trino en Personas.

         La verdad, única y absoluta, acerca de Dios, que nos revela la Iglesia Católica como Madre y Maestra, es que Dios es Uno y es Trino: Uno en naturaleza y trino en Personas, la Persona de Dios Padre, la Persona de Dios Hijo y la Persona de Dios Espíritu Santo. Cada una de las Personas divinas de la Santísima Trinidad posee aquello que es propia de su condición de ser Persona divina, esto es, inteligencia y voluntad. Cada Persona de la Santísima Trinidad conoce y ama al modo divino, es decir, en acto de ser perfectísimo y puro. Esta doctrina perfecta de la Iglesia acerca de Dios, se contrapone con las teorías de la religión luciferina del Anticristo, la Nueva Era, que sostiene que Dios es una energía difusa, cósmica, impersonal, que no conoce ni ama. Dios es, entonces, según la revelación católica, Uno en naturaleza y es Trinidad de Personas, y esto significa que como Personas divinas que son, conocen, aman y obran libremente en el amor. Esto tiene una consecuencia directa en la vida espiritual del católico porque no se puede establecer una relación real y verdadera con Dios, si esta relación no es personal, es decir, de tú a tú, de vos a vos, de ser pensante y con capacidad de amar, a ser pensante y con capacidad de amar. Muchos católicos piensan, aman y hablan de Dios como si fueran de otra religión y no la católica; muchos católicos hablan de Dios como si fuera una “energía impersonal”, como si fuera un “universo cósmico”, al mejor estilo de los paganos y esto precisamente porque no creen en la Santísima Trinidad, porque, aunque la nombre, en realidad piensan, aman y hablan de un Dios Uno pero no de un Dios Uno y Trino, un Dios Uno en el que hay Tres Personas distintas, con capacidad de pensar y de hablar y de establecer relaciones interpersonales. Se ha llegado a tal punto en la locura actual, que muchos interactúan con la Inteligencia Artificial como si fuera una persona, un dios, y se dirigen a Dios como si fuera una máquina insensible, es decir, como si fuera una energía cósmica impersonal.

El hecho de que Dios sea Uno y Trino, esto es, Trinidad de Personas, significa que cada una de las Divinas Personas conoce, ama y obra libremente en el amor, porque por eso son personas, porque conocen y aman y luego obran en consecuencia al pensar y amar. En el caso de las Tres Divinas Personas, su obrar ad extra de la Trinidad es su empeño por salvarnos de la eterna condenación y por conducirnos, como hijos adoptivos de Dios, al Reino de los cielos. Para nuestro bien, las Tres Divinas Personas están empeñadas en salvarnos: Dios Padre pide a Dios Hijo que, sin dejar de ser Dios Eterno, se encarne en el cuerpo y el alma humanos de Jesús de Nazareth, uniéndolos a su Persona Divina, para ofrendarlos en la cruz como ofrenda pura y perfecta, para luego poder donarnos a Dios Espíritu Santo a través de la Sangre vertida de su Corazón traspasado. Al mismo tiempo, este mismo Dios Uno y Trino, cuya Segunda Persona es Dios Hijo, Jesús de Nazareth, se encuentra en Persona, glorioso y resucitado en la Eucaristía, para que durante nuestra vida en la tierra nos unamos a Él por la fe y por el amor, por la adoración y por la comunión sacramental, de manera tal de poder luego ingresar en la vida eterna, en donde adoraremos y amaremos por la eternidad a Dios Uno y Trino, y en esto consistirá nuestra salvación.

Ésta fe trinitaria es la que profesa la Iglesia Católica, la Iglesia de Jesucristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica y es la fe de la que nos gloriamos de profesar, es la fe que proclama el misterio sobrenatural absoluto de Dios en su constitución íntima, de la cual se derivan todos los demás misterios de la fe, que son los misterios salvíficos de Nuestro Señor Jesucristo. Ésta fe trinitaria, en el Dios Verdadero, la que nos libra de adorar a falsos dioses como la Pachamama o la fama, el dinero, la política, es la Iglesia celebra exultando de gozo en este día. Esto es lo que significa la “Solemnidad de la Santísima Trinidad”: Cristo Jesús es el Verbo de Dios, la Palabra de Dios eternamente pronunciada, es Dios Hijo en Persona, y ha venido a este mundo a morir en Cruz y donarse en la Eucaristía por pedido de Dios Padre, para que unidos a Él recibamos a Dios Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo. “Tener fe” en la Iglesia Católica es creer en un Dios que es Trinidad de Personas. Todavía más, debido a que este Dios Trino está, como decíamos, empeñado en nuestra salvación, puesto que el Padre envió a la tierra a la Segunda de esas Personas, a Dios Hijo, a Jesús de Nazaret, para que se encarnase y nos salve por su muerte en Cruz y, una vez resucitado y ascendido a los Cielos, nos envíe a Dios Espíritu Santo, la Persona-Amor de la Trinidad; debido a esto, a la condición de Dios de ser Trinidad de Personas y debido a la implicación en pleno de la Trinidad en nuestra propia salvación, no puedo nunca dirigirme a Dios sino es a un Dios que conoce y ama en su Trinidad de Personas.

Por este motivo no podemos hablar de Dios como si fuera solo uno, como si perteneciéramos a otras religiones monoteístas como el Islam o el judaísmo o incluso como las religiones protestantes, ni mucho menos como si fuéramos practicantes de la religión luciferina del Anticristo, la Nueva Era, quienes creen no en Dios, sino en una especie de cosmos o universo impersonal que transmite o quita “energías” positivas o negativas. Nada de esto último es verdad, sino sombría superstición. Por eso debemos preguntarnos: ¿en qué Dios creo? ¿Creo en el Dios de la Santa Iglesia Católica, en el Dios que es Padre, que es Hijo, que es Espíritu Santo?”. Esta pregunta es más actual que nunca, sobre todo en nuestros tiempos, dominados por el relativismo, error filosófico según el cual no existe la Verdad Absoluta, de manera que cada cual puede construirse un dios a su medida, según las veleidades de los razonamientos erróneos de cada un y así cada uno se construye una “verdad” acerca de Dios de acuerdo a su conveniencia, lo cual explica por qué cada uno tiene un “dios” a su medida, eligiendo creer lo que les conviene y descartando aquello que no les conviene. La pregunta es una buena ocasión para reflexionar acerca de la firmeza en la fe de Dios como Uno y Trino, ya que como vimos, así como se la fe en Dios, así será la oración y la vida. Si creo en un “impersonal”, en un dios al estilo Nueva Era, un dios que no es persona, que no conoce y que no ama, entonces mi fe será así, impersonal, sin caridad, difusa, aguada, inconsistente, imprecisa. Pero esto tiene graves consecuencias, porque una fe de estas características no cree en el influjo positivo y divinizante de la gracia y por lo tanto se desconecta de los sacramentos y al hacerlo, sus pasiones y las tentaciones del mundo y de la carne más las acechanzas del Demonio se vuelven irresistibles, convirtiéndose en un esclavo espiritual de las mismas.

Por repetimos nuevamente la pregunta: ¿en qué Dios creo? ¿En el Dios del Credo de la Santa Iglesia Católica, el que dice: “Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creo en Jesucristo, su Único Hijo Nuestro Señor, creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida?” Y si creo en este Dios, que es el Único Dios Verdadero, ¿establezco relaciones personales de comunión, de vida y amor con todas y cada una de las Tres Divinas Personas, como lo hacían los grandes santos de la Iglesia? La respuesta a la pregunta nos la da el Magisterio, porque si el Magisterio de la Iglesia nos dice que Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas, eso significa que podemos y debemos dirigirnos a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, como a personas -como Personas Divinas, claro está- y esto a su vez significa que debemos entablar relaciones personales -hablar, preguntar, dialogar, amar- con cada una de las Personas de la Trinidad, o en conjunto, como Dios Uno, pero también por separado, dirigiéndonos a la Persona del Padre, o a la del Hijo, o a la del Espíritu Santo. En definitiva, creemos en Personas, y cuando hablamos con Dios [lo hacemos]  con Personas: o hablo con el Padre, o hablo con el Hijo, o hablo con el Espíritu Santo. Esta es nuestra Santa Fe católica en Dios Uno y Trino. “Tener fe” es creer en una Persona real, es más, en Tres Divinas Personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, quienes aun siendo iguales en majestad, honor y poder, tienen sus características particulares, de ahí que el diálogo de los grandes santos con una u otra Persona Divina varíe según qué persona se trata. “Tener fe” para el católico no es, por lo tanto, nunca jamás tener fe en un dios impersonal, que se encuentra por allá arriba, en quién sabe qué lugar alejado, que se identifica con el universo y que no es capaz ni de amar ni de pensar.

Ahora bien, la relación con este Dios Trino nos viene a través de Jesucristo, Dios Hijo encarnado y revelador del Padre y del Hijo, nuestra fe en Dios Trino, que nos salva, comienza con el encuentro personal con la Persona real de Jesús de Nazaret –“Persona real y no difusa bu abstracta, que está en Persona en la Sagrada Eucaristía”-, puesto que es Él, y solo Él, quien nos conduce al Padre en el Espíritu Santo: “Nadie va al Padre sino es por Mí”. A su vez, el encontrarnos con Jesús es un don de Dios, es un divino, porque este encuentro le da una dirección de trascendencia a nuestra vida, encaminándola a la vida eterna, abriéndonos por la cruz el horizonte de eternidad que estaba cerrado para nosotros. Es Jesús quien no solo nos revela el misterio de la Santísima Trinidad –“Mi Padre y Yo somos una sola cosa[1]” (…) “el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi Nombre, él os enseñará todas las cosas”[2]- sino que es Él quien nos concede el don de la fe en la Santísima Trinidad -de otra manera no podríamos creer en Dios como Uno y Trino- y todavía más, es Jesús el instrumento de la Trinidad para que entremos en comunión con las Tres Divinas Personas: es Él quien nos conduce al Padre en el amor del Espíritu Santo. En esto radica la gran importancia de conocer a Jesús -que está para nosotros en la Eucaristía-, ir hacia Él, responder a su llamado, encontrarlo en la Comunión Eucarística, amarlo en la Eucaristía. Ésta es la fe propiamente católica y no protestante, ni budista, ni islamista: es la fe que cree en un Dios que es una Persona real, una Persona Divina, es verdad, pero Persona al fin y al cabo, que conoce y ama y obra al modo divino y también humano, porque es el Hombre-Dios. Quien esto hace, quien se deja atraer por Jesús, en realidad se deja atraer por Dios Padre, porque Jesús es la Puerta, el Camino, la Vía, que conduce al Padre Eterno, en el Amor del Espíritu Santo. Esta es nuestra fe católica, la que nos gloriamos de profesar, ya que es la fe verdadera en el Dios Verdadero, es la fe que nos dice que Dios en su intimidad es Uno en naturaleza y Trino en Personas y está empeñado, con toda su Omnipotencia, con toda su Sabiduría, con todo su Amor, no solo en salvarnos de la eterna condenación, sino ante todo en conducirnos, luego de ser adoptados como hijos por la gracia, al Reino de los cielos. Y para cumplir este empeño, Dios no se ha quedado en los cielos eternos: ha adquirido un rostro en Jesús de Nazaret para venir a nosotros como Niño recién nacido en Belén, como Hombre-Dios crucificado en el Calvario, como Hombre-Dios resucitado y glorioso, surgiendo triunfante del sepulcro el Domingo de Resurrección, y también viene a nuestro encuentro, resucitado y glorioso, en la Eucaristía, en cada Domingo, el día glorioso de la semana en el tiempo que participa de la gloria de la resurrección en la eternidad. Por esta razón, no es indiferente creer en un Dios monoteísta, al estilo protestante, musulmán o judío, o creer en una energía impersonal que actúa moviendo el universo sin saber ni conocer, porque así no se recibirá nunca ni el amor ni la misericordia que solo están en Dios Trino. Por el contrario, la fe en la Santísima Trinidad y la fe en Jesús como Segunda Persona de la Trinidad encarnada, que prolonga y continúa su Encarnación en la Eucaristía, sí recibe de Jesús crucificado y de su Presencia gloriosa en la Eucaristía el perdón, el Amor y la misericordia de Dios Trino, lo cual constituye la raíz y el fundamento de la felicidad plena del ser humano, al ser hecho partícipe de la Alegría Increada que brota como de su fuente de Acto de Ser divino trinitario. Finalmente, quien cree en Dios Uno y Trino, quien cree en la Santísima Trinidad, aun cuando nuestra limitada mente humana no sea capaz de comprender ni siquiera mínimamente el misterio sobrenatural absoluto que significa que Dios sea Uno en naturaleza pero Trino en Personas, ese tal, aun en medio de grandes tribulaciones, transitará su vida terrena cargando la cruz con alegría, porque es consciente de que al final del camino terreno lo esperan Tres Divinas Personas para darle su Amor para toda la eternidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.



[1] Cfr. Jn 10, 30.

[2] Jn 14, 26


Solemnidad de Pentecostés

 



(Ciclo A - 2026)

          “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” (Jn 20, 19-23). Luego de resucitar, Jesús se aparece a sus discípulos y les sopla el Espíritu Santo, cumpliendo así su promesa: “Os conviene que Yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes” (Jn 16, 7). Esto confirma que todo el misterio pascual de Jesús es realizado por amor y solo por amor: es por amor que vino al mundo y se encarnó; es por amor que sufrió la Pasión y ahora les deja, también por Amor, les deja por Amor ese mismo Amor en el que vive desde la eternidad y en el que arde desde su Encarnación; les deja el mismo Fuego de Amor Divino que lo consumió desde la Encarnación durante toda su vida terrena, provocándole la ardentísima sed de almas. Ahora, habiendo ya ascendido a los cielos, sopla junto al Padre al Espíritu Santo sobre su Cuerpo Místico, su Iglesia en la tierra, para que sea el Amor del Padre y del Hijo quien, uniendo en un solo Cuerpo a sus discípulos amados, los conduzca a estos, gloriosos y resucitados, unidos en un solo Cuerpo Místico, la Iglesia Católica, Una, Santa, Católica y Apostólica, al seno del Eterno Padre.

El don del Espíritu Santo a su Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, tendrá como efecto inmediato la vivificación de este Cuerpo Místico, ya que actuará como Alma del Cuerpo Místico que es la Iglesia. En efecto, así como su Cuerpo muerto fue vivificado por el Espíritu Santo el Domingo de Resurrección y vuelto a la vida, así en Pentecostés el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, recibe al mismo Espíritu Santo, el Amor de Dios, para ser vivificado con la Vida Divina, la Vida Trinitaria, Espíritu que insuflará en la Iglesia el Divino Amor, el cual actuará como “Alma del alma” y así el Amor Divino será el Alma de la Iglesia Católica y esta la razón por la cual el Amor de Dios, la Misericordia Divina, el Divino Amor, es la esencia, el fundamento, la raíz, el Motor del movimiento, el espíritu que anima a los integrantes de la Iglesia Católica y quienes no están movidos por el Divino Amor no están movidos por Dios sino por el Enemigo de Dios, el Ángel Caído, Satanás. Quien no obra en la Iglesia movido, impulsado, por el Amor de Dios, no obra movido por Dios y su Amor, entonces ese tal no posee el Espíritu de Dios y ese tal no pertenece a Dios y su Espíritu de Amor sino a la Serpiente Antigua y su espíritu de odio, rencor, veneno, amargura y venganza.

Quien en la Iglesia Católica no ama –o al menos no se esfuerza- por amar tal como Jesucristo lo pidió -amar a Dios y al prójimo, sobre todo si es enemigo, con amor de cruz- se coloca espiritualmente por fuera de la Iglesia, aunque con su cuerpo asista a procesiones, ceremonias litúrgicas, bautismos, misas, etc.

Cuando Jesús y el Padre envíen al Espíritu Santo en Pentecostés una función sobre la Iglesia, Éste ejercerá una función pedagógica y mnemónica, de “enseñanza” y de “recuerdo”, pero estas funciones no consistirán en simplemente ayudar a los discípulos a ejercitar sus capacidades de aprender y memorizar; no consistirá este recuerdo en el simple ejercicio de la mera memoria psicológica; no será un común acto de utilización de la facultad intelectiva del hombre. El Espíritu Santo actuará en los bautizados, ejerciendo en ellos una función catequética y pedagógica, conduciéndolos a un conocimiento y amor de Cristo inalcanzables por las fuerzas creaturales, sean humanas o angélicas, porque les proporcionará una capacidad de conocimiento nueva, sobrenatural, la capacidad de conocimiento del Hombre-Dios Jesucristo: “Pero el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él les enseñará y les recordará todo lo que les he dicho” (Jn 14, 26).

La función del Espíritu Santo es entonces la de “Enseñar” y “Hacer recordar”, pero no al modo humano, sino al modo divino, porque lo hará instruyendo a los discípulos según la Sabiduría Divina, enseñándoles a estos los misterios sobrenaturales absolutos del Hombre-Dios Jesucristo, inalcanzables por sí mismos para el intelecto humano o angélico. Por esta razón, porque no poseían al Espíritu Santo que los iluminara, los apóstoles no habían sido capaces de entender los numerosos signos, milagros, prodigios y las palabras y parábolas de Jesús, como por ejemplo el caminar por las aguas: en ese entones, en vez de comprender que era Dios omnipotente, lo confundieron con un fantasma, en cambio ahora el Espíritu Santo los iluminará, no solo a ellos, sino a la Iglesia toda en todos los tiempos y con su luz divina y eterna les hará saber que Jesús no solo no es un fantasma sino que es el Hombre-Dios, el Cordero de Dios, que en cada Santa Misa baja desde el Cielo para quedarse en la Eucaristía, para luego alojarse en nuestros corazones y así poder donarnos el calor de su Divino Amor.

El Espíritu Santo les hará comprender muchos otros misterios de Jesús, misterios de los cuales ellos participaron, pero que no llegaron a comprender y ahora, por esta iluminación y función pedagógica y mnemónica los discípulos y la Iglesia toda alcanzarán un grado de conocimiento y de amor a Cristo Jesús, imposible de alcanzar con las solas fuerzas humanas. Solo así, por medio de la iluminación del Espíritu Santo enviado por Cristo, estará la Iglesia de todos los tiempos en grado de entender la sublime y majestuosa grandeza de los misterios sobrenaturales absolutos del Hombre-Dios Jesucristo y sobre todo su maravillosa Presencia Personal en el sacramento de la Eucaristía.

Dentro de la función mnemónica, de recuerdo, del Espíritu Santo, se encuentra la relativa a los milagros de Jesús: el Espíritu Santo les hará recordar a los discípulos que Jesús hizo verdaderos milagros y que esos milagros -resucitar muertos, multiplicar panes y peces, expulsar demonios- demuestran que Él es Dios verdadero y no un simple hombre santo, ni siquiera el más santo entre los santos, sino Dios Tres veces santo, encarnado en una naturaleza humana.

El Espíritu Santo hará comprender a los discípulos y a la Iglesia toda que fue Él quien obró la Encarnación, porque fue el Divino Amor quien llevó a Dios Hijo a encarnarse, por voluntad del Padre, para llevar a cabo la Pasión redentora. El Espíritu Santo hará comprender que era Él, Tercera Persona de la Trinidad, quien inhabitaba en el cuerpo y el alma de María Santísima –por eso la Virgen era la Madre de Dios, la Llena de gracia y la Inmaculada Concepción- quien, de esta manera, plena del Amor de Dios, era la única que podía recibir al Hijo de Dios y convertirse en su Madre, porque era la única que amaba a Dios con un Amor Purísimo, incontaminado, el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo les traerá a la memoria las palabras de Jesús según las cuales les había prometido “quedarse con ellos todos los días hasta el fin del mundo” y no solo les recordará estas palabras, sino que les permitirá su plena comprensión, haciéndoles saber que esa promesa la había ya cumplido en la Última Cena con la institución del Sacramento de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial. El Espíritu Santo les hará saber que el significado del nombre de Jesús, “el Emanuel, Dios con nosotros” (Mt 1, 23), se cumple cabalmente a través del sacerdocio ministerial, porque por el sacerdocio ministerial Jesús baja del cielo a la Eucaristía y en la Eucaristía se queda entre nosotros y con nosotros, en todos los sagrarios de la tierra, hasta el fin del mundo.

         Con su luz eterna y divina, el Espíritu Santo resplandecerá y con sus divinos rayos iluminará a la Iglesia para que pueda creer en las palabras de la consagración que obran el milagro de la conversión del pan y del vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús es Él, la Persona Tercera de la Trinidad, quien sobrevuela sobre el altar al ser espirado por el Padre y por el Hijo a través de la débil voz del sacerdote ministerial, así como sobrevoló sobre el mundo al comienzo de los tiempos.

Con el don del Entendimiento, el Espíritu Santo hará comprender que el cuerpo del hombre es su templo, templo del Espíritu Santo, y por lo tanto es templo consagrado a la Trinidad Sacrosanto y por esto mismo no debe ser profanado, porque si se lo profana, se profana a la Persona del Espíritu Santo que es la dueña de ese cuerpo. El mismo Espíritu hará comprender que este templo que es el cuerpo, por el hecho de estar consagrado a Dios desde el bautismo sacramental, debe estar en permanente estado de gracia, con el solo objetivo de poder recibir con amor, con fe y con pureza sobrenaturales a Dios Hijo en la Eucaristía.

También por el don de Entendimiento, el Espíritu Santo  permitirá comprender que porel Sacramento de la Confirmación Él no solo concede sus dones al alma, sino que, todavía más, se dona Él, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, en su totalidad, a quien recibe el sacramento, para que la persona se goce en el Amor de Dios.

El Espíritu Santo hará comprender y valorar la majestuosa grandeza del Sacramento de la confesión, mediante el cual “los pecados quedan perdonados” porque por este sacramento cae sobre el alma la Sangre de las heridas de Jesús, que lavan por completo al alma y le conceden el estado de gracia santificante.

El Espíritu Santo hará comprender el valor inestimable de la gracia santificante y permitirá entender el por qué los santos y los mártires de todos los tiempos prefirieron “morir antes que pecar”; también hará entender el inmenso poder destructor del pecado, para lo cual hará contemplar las llagas de Cristo crucificado, debido que cada herida abierta, cada golpe recibido por Jesús, cada punzada de las espinas de su corona, cada gota de Sangre de sus manos, de sus pies, de su Cabeza, de su costado abierto, de su Cuerpo todo, son las consecuencias de los pecados de los hombres. El Espíritu Santo hará ver que el pecado que el hombre comete, cualquiera que este sea, no es inocuo, porque mientras es insensible e indoloro para el hombre, para Él, para Jesús, se traducen y materializan en golpes, flagelaciones, hematomas, luxaciones, heridas abiertas y sangrantes, y en dolor inenarrable, y así será también el Espíritu Santo quien al mismo tiempo suscite en el hombre la contrición del corazón, el arrepentimiento perfecto, y para eso le convertirá antes su corazón de piedra en corazón de carne, porque un corazón de piedra no se conmueve ante Cristo crucificado y sigue pecando, mientras que el corazón de carne se siente estrujar por el dolor ante la consecuencia del pecado en el Cuerpo de Cristo.

La función catequética del Espíritu Santo se extenderá a la Santa Misa, puesto que la misma se encuentra en estrecha relación con el Calvario, al ser el mismo y único Santo Sacrificio de la Cruz. El Espíritu Santo enseñará que la Santa Misa no es una ceremonia litúrgica “aburrida” que debe ser transformada para convertirla en “divertida” y que tampoco es un espacio cedido a la creatividad del sacerdote y de los laicos inventando “misas temáticas” para que sean “divertidas”; el Espíritu Santo hará comprender que la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, sacrificio en el cual Cristo rescata a la humanidad, derrota a sus tres enemigos mortales, el demonio, el mundo y la carne, y les concede la filiación divina, y que por lo tanto, la Misa no debe ser ni “divertida” ni “corta” ni “temática, sino que debe ser lo que es, el más grande misterio de todos los misterios de la Santísima Trinidad, en donde se lleva a cabo el Milagro de los milagros, la Eucaristía, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

El Espíritu Santo enseñará a comulgar, porque comulgar no es recibir un trocito de pan en una fila, aunque exteriormente parezca eso, aunque exteriormente parezca ser un acto similar al de la alimentación corporal; recibir la Eucaristía es ser unidos al Cuerpo glorioso de Cristo por el Espíritu Santo, ya desde esta vida terrena, para ser llevados por el mismo Espíritu Divino a la comunión con el Padre. El Espíritu Santo, enviado por Cristo en Pentecostés, no solo enseñará a comulgar a los fieles, sino que será quien obrará Él en Persona la comunión porque unirá en el Divino Amor a los fieles y los incorporará al Cuerpo de Cristo por la comunión sacramental y así unidos al Cuerpo glorioso de Cristo en la Eucaristía, los unirá en el Amor con Dios Padre. Es por esta razón que todo aquel que comulga, debe hacer antes un profundo acto interior de amor y de adoración a Jesús en la Eucaristía y acompañar este gesto de adoración interna con un gesto de adoración externa, la genuflexión, al recibir la comunión sacramental.

“Reciban el Espíritu Santo”. Jesús sopla el Espíritu Santo en Pentecostés como Viento impetuoso y como Fuego abrasador sobre la Iglesia toda y este don se renueva en cada comunión eucarística, porque Cristo, en cuanto Hombre y en cuanto Dios, sopla el Espíritu Santo sobre el alma, convirtiendo la comunión eucarística en un pequeño Pentecostés personal. Para el alma que comulga con fe y con amor, cada comunión eucarística es, por lo tanto, una renovación de la Presencia del Espíritu y de su obrar, el recuerdo y la enseñanza sobre el Mesías y Salvador, recuerdo y enseñanza que no tienen otro objetivo que el aumentar, segundo a segundo, el Amor a Cristo Jesús, principalmente en su Presencia personal en la Sagrada Eucaristía.

 


miércoles, 13 de mayo de 2026

Ascensión del Señor



(Mt 18, 16-20 – Ciclo A - 2026)

         Luego de resucitar Jesús asciende a los cielos, con su humanidad gloriosa, dejando en la tierra a sus discípulos y a su Iglesia. Pero este “dejar” de Jesús no es definitivo, puesto que Él mismo deja la promesa de regresar y esta vez para conducir a los integrantes del Cuerpo Místico al cielo, al mismo cielo adonde Él asciende: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones, y Yo voy a prepararos un lugar”. Jesús utiliza una imagen familiar y tierna, la de la casa paterna, en la que hay muchas habitaciones para todos nosotros, para revelar cuál es el fin de su misterio pascual de muerte y resurrección: Jesús muere en la cruz, resucita, y ahora sube al cielo, para llevar a la humanidad al cielo, al seno mismo de Dios Uno y Trino. Esto significa que el fin de su Encarnación y de todo su misterio pascual no es el de simplemente perdonar los pecados, sino el concedernos la gracia de la filiación divina, es el concedernos la vida nueva del Espíritu de Dios Trinidad, y mediante la posesión de la vida del Espíritu, nos concede la posesión de las Divinas Personas de la Trinidad, y esto en el seno mismo de la Trinidad.

Jesús asciende glorioso con su humanidad propia, la que le pertenece a su Persona Divina, la Humanidad en la que se encarnó en el Portal de Belén, la humanidad a la cual Él se unió personalmente en desposorio místico en el seno virgen de María; Jesús asciende con su Humanidad personal, la naturaleza humana con la cual fue crucificado en el Monte Calvario, la misma Humanidad con la cual fue resucitado y glorificado al ser soplado sobre ella el Espíritu Santo, el Espíritu de Vida Divina, la Tercera Persona de la Trinidad. Pero lo que hay que tener en cuenta es que no asciende a los cielos para quedarse solo, sino que sube para terminar de cumplir una tarea, la que Él mismo anuncia a sus elegidos, a su Cuerpo Místico, los bautizados en la Iglesia Católica: “Voy a prepararos una habitación para cada uno de vosotros en la Casa de mi Padre”. Jesús asciende, pero debe regresar, luego de preparar las habitaciones en la Casa del Padre, para llevar a los elegidos al Reino de los cielos. Jesús asciende con su Humanidad personal, con su Cuerpo real y personal, pero también debe ascender con su Cuerpo Místico, los bautizados sacramentalmente en la Iglesia Católica. Y es por esto que nos preguntamos: si Jesús ascendió realmente con su cuerpo real, resucitado y glorioso, con su Humanidad personal, entonces, ¿de qué manera tiene que ascender todavía con su Cuerpo Místico, es decir, con nosotros, los bautizados?

La respuesta a esta pregunta está más allá del alcance de la razón humana o angélica y se vislumbra cuando reflexionamos acerca de la naturaleza de Jesucristo: Jesús no es un hombre más entre tantos, ni siquiera el más santo entre los santos: Él es el Hombre-Dios, es el Dios Tres veces Santo, es la Segunda Persona de la Trinidad, que procede eternamente del Padre. En cuanto tal, en cuanto Dios-Hombre, su Ser divino posee un misterio sobrenatural inaccesible por su naturaleza a la comprensión del ángel o del hombre; su Acto de Ser divino trinitario posee cualidades desconocidas para cualquier creatura y de la misma manera sucede con su Cuerpo, tanto con el real -el Cuerpo en el que se encarnó en Belén-, como con el Cuerpo Místico -que somos nosotros, los bautizados-. Esto quiere decir que Jesús tiene, por así decirlo, dos Cuerpos, su Cuerpo real, que es aquel con el cual Él sube al cielo y además posee otro Cuerpo, espiritual y Místico -no menos real, del cual Él es la Cabeza-, que Él se adquiere y se forma para sí con cada bautizado, infundiéndole su Espíritu e incorporándolo a Él. Esto se comprende mejor con la siguiente figura: como si a un cuerpo humano, por ejemplo, lo fuéramos armando parte por parte, órgano por órgano, tejido por tejido, célula por célula. De esta manera, así como su Cuerpo real se forma por la unión de una célula con otra célula, así su Cuerpo Místico, su cuerpo espiritual, por así decir, se forma por la unión de los bautizados con Él y luego, en Él, entre sí. Es decir, cada bautizado forma parte de su Cuerpo Místico ya que Él, Jesús, lo hace parte de su Cuerpo al incorporarlo a sí mismo por el Espíritu en el bautismo. Dice el beato Isaac: “Así como la cabeza y el cuerpo forman un solo hombre, así también el Hijo de la Virgen y sus miembros elegidos forman un solo hombre y un solo Hijo del hombre. (...) El Cristo íntegro y total lo forman la cabeza y el cuerpo, el cual, junto con la cabeza, constituye un solo Hijo del hombre, un solo Hijo de Dios, por su unión con el Hijo de Dios en persona, el cual, a su vez, es un solo Dios por su unión con la divinidad. Por tanto, todo el cuerpo unido a la cabeza es Hijo del hombre e Hijo de Dios, y aún Dios”[1]. Según el Beato Isaac, todo el Cuerpo Místico, es decir, todos los bautizados, somos Cristo unidos por el Espíritu; y todavía más, dice el Beato Isaac, todos los miembros de la Iglesia, somos Hijo de Dios y aún Dios mismo. Esto quiere decir que la Iglesia Católica -solo la Iglesia Católica, la que es Una, Santa, Católica y Apostólica y ninguna otra más- es el Cuerpo Místico de Jesús, que espera ser ascendido al cielo como ya subió su Cabeza, Cristo.

Entonces, en la Ascensión, Cristo sube al cielo como la Cabeza del Cuerpo Místico, pero sube la cabeza, para luego, en un segundo momento, subir el cuerpo con sus miembros, que es la Iglesia Católica. Pero su Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, subirá del mismo modo a como lo hizo la Cabeza: la Cabeza, Cristo, sube ahora glorificada, pero luego de pasar por la suprema tribulación de la cruz; por lo tanto, así deberá también suceder con su Cuerpo Místico, su Iglesia: ascenderá, pero luego de pasar por la tribulación purificadora de la cruz porque la cruz es el único camino al cielo y el único camino posible para cualquiera que desee glorificar por la eternidad al Cordero de Dios Jesucristo y la razón es que Jesús subió glorificado y resucitado sólo después de la cruz. Jesús sube ahora, en primer lugar, con su Humanidad personal, pero para llevar luego, en un segundo momento, al seno de Dios, a todo aquel que haya sido incorporado por el bautismo a su Cuerpo Místico y esto sucederá una vez que se consuma el tiempo terreno, una vez que la historia de la humanidad finalice con el último día y se dé inicio a la feliz eternidad de la visión de la Santísima Trinidad y del Cordero. En la consumación de los tiempos, toda la humanidad que se haya unido a Cristo será ascendida hacia los cielos.

Ahora bien, antes todavía de la ascensión definitiva, existe aquí en la tierra una forma de ascensión, que anticipa, aún en esta vida mortal, esta última ascensión y por eso nos preguntamos cuál es esa forma y de qué manera se puede ascender al cielo antes del fin del tiempo.

La respuesta a estas preguntas está en las palabras de Jesús antes de su Ascensión y es el mandato de evangelizar, predicando su Evangelio, el único Evangelio posible, el Evangelio de la caridad hasta la muerte de cruz. Dice Jesús a su Cuerpo Místico: “Enseñad a observar las cosas que os he mandado, lo principal de todo, el amor a Dios y al prójimo hasta la muerte de cruz. No os dejaré solos en esta tarea, porque Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”. Es importante meditar en las palabras de Jesús, porque si nos damos cuenta, Él nos envía a nosotros, sus discípulos, antes de ascender, a evangelizar a todo el mundo, pero al mismo tiempo y paradójicamente, nos advierte que no nos deja solos; nos advierte que su Cuerpo Místico, su Iglesia, la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica, no quedará sola, aun cuando Él ascienda a los cielos, porque Él se va a quedar, misteriosamente Presente en su Iglesia hasta el fin del mundo: “Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo”. Y esta forma de quedarse Jesús entre nosotros -cumpliendo así su Nombre de ser el “Emanuel”, el “Dios con nosotros” es por medio de su Presencia Eucarística, que es su Presencia misteriosa, sobrenatural, personal, gloriosa y sacramental, en el Santísimo Sacramento del Altar. Por eso es que Jesús es verdad que Jesús asciende a los cielos, pero es verdad al mismo tiempo que la Eucaristía es el cumplimiento de la promesa de Jesús de quedarse con nosotros hasta el fin del mundo.

         Entonces, luego de cumplido su misterio pascual de Muerte y Resurrección, Jesús Asciende a los cielos para ir a prepararnos un lugar, para que al fin de los tiempos esté lista nuestra habitación en la Casa del Padre, pero en nuestra situación de viadores, ya en esta vida terrena, tenemos una forma de “ascender”, de forma participada y limitada, pero real, mística y sobrenatural, antes del Último Día y es por medio de la Eucaristía y es para eso para lo que Jesús, en cada Santa Misa, baja de ese mismo cielo al que se ascendió, sobre el altar, para permanecer en la Eucaristía y para que recibiéndolo en la Eucaristía seamos conducidos, ya en esta vida mortal, a algo infinitamente más grande y hermoso que el Reino de los cielos y es el seno del eterno Padre, que es adonde el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús conduce a cada alma en cada comunión eucarística realizada con piedad, con fe, con amor y en gracia.

         “¿Qué hacéis, hombres de Galilea, ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que visteis ascender, ha de venir, así como lo visteis subir” (cfr. Hch 1, 11). Los discípulos ven al Señor Jesús ascender al cielo y desaparecer. Imitando a los discípulos, también nosotros miramos al cielo, pero un cielo muy particular y es el Altar Eucarístico, porque en la Santa Misa el Altar se convierte en una parte del cielo en el que, con los ojos de la fe, vemos al Señor que desciende, por el poder del Espíritu Santo, sobre la Eucaristía, para así poder conducirnos de modo anticipado al seno de Dios. Y así en la Misa, desde ese mismo cielo al cual el ascendió, que es el seno de su Padre, Jesús desciende sobre el altar, para luego descender a lo más profundo de nuestras almas por medio de la Comunión Eucarística.

         Por esta razón nosotros, que aquí abajo en la tierra formamos el Cuerpo Místico de Jesús no tenemos nada que envidiar a los discípulos que contemplaban a Jesús ascender al cielo y al contrario, ya que ellos lo vieron ascender y desaparecer y quedaron tristes, mientras que para nosotros Jesús, luego de haber ascendido a los cielos, por la consagración eucarística baja del cielo para quedarse en la Eucaristía, para que recibiéndolo en la Comunión Eucarística y descendiendo a lo más profundo de nuestro ser, nos eleve a un lugar más alto que los cielos mismos, el seno mismo de la Trinidad, uniendo nuestras almas con el Espíritu de Dios. En la Ascensión del Señor se dio la prefiguración, por anticipado, de la elevación mística y sobrenatural de nuestra humanidad, que se da por el contacto y la unión física, real y espiritual del alma de cada bautizado con Jesús Eucaristía y por esto la comunión eucarística anticipa ya aquí en la tierra la ascensión definitiva al cielo y la unión con las Personas de la Trinidad.

         Los discípulos contemplan el ascenso del Hombre-Dios y lo adoran, esperando su glorioso retorno; nosotros contemplamos al Hombre-Dios en la Eucaristía y en la Eucaristía lo adoramos, gozando de Su Presencia sacramental, real y personal, entre nosotros, en nosotros, hasta el fin del mundo.



[1] Beato Isaac, Sermón 42, PL 194, 1831-1832; cfr. Conferencia Episcopal Argentina, Liturgia de las Horas, Tomo II, 864. 


jueves, 7 de mayo de 2026

“El mundo no puede recibir el Espíritu, porque no lo ve ni lo conoce, vosotros sí (...) el mundo no me ve, pero vosotros sí ”

 


(Domingo VI - TP - Ciclo A – 2026)

“El mundo no puede recibir el Espíritu, porque no lo ve ni lo conoce, vosotros sí (...) el mundo no me ve, pero vosotros sí (...) Yo estoy en el Padre, vosotros estáis en Mí y Yo en vosotros” (Jn 14, 15-21). Jesús habla del Espíritu que el mundo no puede ver ni conocer y sin embargo, sus discípulos sí. ¿De qué Espíritu habla Jesús? Si analizamos lo que dice Jesús con la sola luz de la razón, sin la luz de la fe, no vamos a poder entender nunca qué es lo que Jesús nos dice, ya que sin la luz de la fe se nos escapa su significado más real y profundo. Al hablar de “Espíritu”, Jesús no lo hace en sentido figurado, ni en sentido moral: está hablando en sentido personal, ya que se refiere a una persona, a la Persona Tercera de la Trinidad, la Persona del Espíritu Santo el cual se hace Presente con su hipóstasis, con su Persona, en su Iglesia y en el alma de los miembros de la Iglesia. Es por esta razón que las palabras de Jesús son eminentemente trinitarias, desde el momento en el que el “Espíritu” al que hace referencia Jesús no es otro que el Espíritu de la Trinidad, el Espíritu que es la Persona Tercera de la Trinidad, es la Persona del amor trinitario, es la Persona a la que le corresponde la fecundidad del amor divino[1]; la naturaleza de esta Persona del amor es ser vida y movimiento divinos y sobre todo amor divinos, y es su naturaleza el ser espíritu puro, ya que es espíritu de espíritu[2] porque procede del ser divino por la vía del amor: es espíritu que procede del amor del Padre, que es fuente del Espíritu, y es espíritu de espíritu porque procede también del amor del Hijo, que es espíritu como el Padre.

Ahora bien, Jesús dice algo totalmente cierto y es que el mundo no lo conoce y es debido a que se trata de un ser espiritual y por esto mismo es desconocido para el mundo: el mundo no lo puede ver ni conocer debido a que el espíritu del mundo tiene una naturaleza totalmente distinta que es opuesta a la santidad del Espíritu de Dios y es el espíritu de mundanidad. Por su parte, el Espíritu de Dios está tan alto y es tan inalcanzable por su santidad, por su amabilidad y por su bondad perfectísimas, que su Presencia y su acción, en la Iglesia, permanecen desconocidos para el mundo. El mundo no puede ver el Espíritu ni la acción del Espíritu: el Espíritu que procede del Padre y del Hijo, que anima a la Iglesia y a sus miembros, se manifiesta a través de su Iglesia, a través de sus enseñanzas y a través de sus sacramentos. Las enseñanzas de la Iglesia, que se oponen radicalmente a las del mundo, tienen su origen en este Espíritu divino, que es Espíritu de Amor divino y permanecen inalcanzables para el espíritu del mundo.

El mundo no puede conocer ni comprender al Espíritu de Dios que actúa a través de la Iglesia y por lo tanto ve a la Iglesia mundanamente: ve a la Iglesia como a una sociedad humana religiosa que busca imponer arbitrariamente sus puntos de vista. Pero lo que la Iglesia dice, lo dice a través de su Magisterio, de la Tradición, de las Escrituras, y lo dice a través de instrumentos humanos como obispos y papas, pero inspirados por el Espíritu. Y como es un Espíritu que es Amor en sí mismo, ya que procede por espiración del amor mutuo que eternamente se tienen entre sí el Padre y el Hijo, como es un Espíritu que es Amor, las enseñanzas de la Iglesia reflejan este amor divino. De esto se deduce que las enseñanzas de la Iglesia no son medidas arbitrarias impuestas por la fuerza o por un determinado modo de pensar; ni tampoco son el reflejo de una época cultural particular de la humanidad, sino que se derivan del Espíritu Santo quien, actuando como Alma de la Iglesia le comunica su soplo de vida divina y hace partícipe de su vida al mundo. Pero como dice Jesús, el mundo no conoce al Espíritu, y no puede conocer ni recibir este Espíritu, porque el mundo se mueve con su propio espíritu, el espíritu mundano, el espíritu del mundo. Los hijos de la Iglesia reciben al Espíritu Santo y la vida nueva que transmite él les transmite, no sólo para sustraerse al espíritu mundano, no sólo para no vivir mundanamente y del mundo, sino para vivir espiritualmente con, en y del Espíritu de Dios, dejando que ese Espíritu actúe como Alma del alma de cada bautizado. El mundo no puede conocer al Espíritu de Dios, por eso es que Jesús dice que el mundo no lo puede recibir ni conocer: el conocer y recibir el Espíritu de Dios está reservado a los hijos del Espíritu, los hijos de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica.

Pero dice también Jesús que tampoco a Él el mundo lo puede ver ni conocer. Y que Él está en el Padre, así como también Él está en los discípulos. El no tener el Espíritu Santo tiene consecuencias inimaginables para el alma, no solo en la otra vida, sino ya en esta vida terrena,

“El mundo no me ve, vosotros sí”: el mundo no puede ver a Jesús en la Iglesia y en la Eucaristía, no puede percibir ni conocer al Espíritu de Cristo; el mundo, que no puede reconocer la Presencia del Espíritu en la Iglesia, tampoco puede ver a Jesús Presente con su cuerpo espiritualizado glorioso y resucitado en la Eucaristía, que es obra del Espíritu: la Iglesia invoca al Espíritu en la consagración del pan y del vino y el Espíritu baja, con su poder, sobre el altar para obrar el milagro más asombroso de todos: la conversión del pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Jesús; es el Espíritu el que obra la Presencia de Jesús resucitado sobre el altar bajo apariencia de pan. Esto no lo puede ver el mundo, porque es incapaz; pero quien tiene su Espíritu sí lo puede ver, ya que el Espíritu que Él y su Padre comunican al alma da una vida que es la vida de ellos, y hace al alma ser partícipe de la vida de Dios; al ser el hombre copartícipe del Espíritu de Dios es introducido en lo más íntimo de la divinidad y en sus misterios y es hecho capaz de conocer los misterios de Dios[3] –el principal de todos, el misterio de la Eucaristía- así como los conoce el mismo Dios.

Por eso es que quien no recibe el Espíritu del Padre y del Hijo no puede conocer al Hijo, y no lo puede conocer en su Presencia Eucarística: “El mundo no me puede ver, ni a Mí ni a mi Espíritu; vosotros sí, y me podéis ver en mi Presencia sacramental eucarística porque habéis recibido el Espíritu que Yo y mi Padre os hemos enviado. No sólo me podéis ver, sino también recibirme en vuestras almas; y al recibirme, recibís mi Espíritu, mío y de mi Padre, y ese Espíritu os transforma en la caridad en Mí mismo, para haceros ser una copia viva de Mí, para llevaros al seno de mi Padre y Mío, para que estando en el mundo no seáis del mundo, sino del Espíritu, para que seáis ante el mundo testigos del Amor de Dios, para que transforméis el mundo con el Espíritu del Amor de Dios. No hagáis vano el don del Espíritu”.

 



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 84.

[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 104.

[3] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Naturaleza y gracia, 211.


sábado, 2 de mayo de 2026

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida

 


(Domingo V - TP - Ciclo A - 2026)

         “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14, 1-12). Jesús dice de Sí mismo que es “Camino, Verdad y Vida”, pero, ¿qué significa, de modo más concreto, espiritual y sobrenatural, esta expresión? En el contexto de los días en los que vivimos, en los que la Verdad se presenta como relativa y no absoluta; en los que cada uno puede creer en lo que quiere y cuando quiere; en un mundo en el que se sostiene falsamente que “todas las religiones conducen a Dios”; en un mundo en donde la secta que es la religión del Anticristo, la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario afirma que cualquier camino es válido para llegar a Dios, que toda verdad es válida y ninguna tiene primacía sobre otra, en donde el mundo secular ha creado la cultura de la muerte, las palabras de Jesús, de que Él es “Camino, Verdad y Vida”, se oponen a todo el caos religioso y político que el Anticristo está construyendo en la sociedad humana.

Ante todo, debemos interpretar las palabras de Jesús en un sentido espiritual y sobrenatural y en un sentido absoluto, afirmando con nuestra fe católica que Jesús es el Único Salvador del mundo. Con estas premisas, analizamos brevemente la frase de Jesús “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Que Jesús sea el “Camino” significa, en un sentido espiritual y sobrenatural, que Jesucristo es el Único Camino que conduce al Cielo; Él es el Único Camino y no hay otro en el mundo, que conduce a la salvación; que Jesús sea la “Verdad” significa que Él, en cuanto Verdad Increada, en cuanto Sabiduría Increada, es Quien revela cómo es Dios en su naturaleza íntima; Él nos revela a Dios como Uno en naturaleza y Trino en Personas; que Jesucristo sea la “Vida”, significa que Él es la Vida Increada y Creador de toda vida participada y creatural, de cuyo sostén en el ser a cada segundo necesitan los seres creados para vivir. Por otra parte, cuando Jesús dice que Él es el “Camino, la Verdad y la Vida”, por un lado revela a la Trinidad, porque dice que Él es Dios Hijo, que conduce a Dios Padre en el Amor de Dios, el Espíritu Santo, pero por otra parte también nos revela cuál es el sentido primero, último y único de nuestra vida terrena y es el de ser conducidos a su Reino celestial al finalizar la misma, ya que esto es lo que significa: “Nadie va al Padre sino es por Mí”.

Esta verdad trascendental, la de tener como destino final supraterrenal el seno del Eterno Padre, es una verdad de fe enseñada por el Catecismo de la Iglesia Católica[1]: “¡Oh Trinidad, luz bienaventurada y unidad esencia!”. Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada” –y la quiere comunicar a nosotros, sus creaturas, luego de concedernos la gracia de la filiación-. Continúa el Catecismo: “Tal es el “designio benevolente” (Ef 1, 9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado, “predestinándonos a la adopción filial en él” (Ef 1, 4-5), es decir, “a reproducir la imagen de su Hijo” (Rm 8, 29) gracias al “Espíritu de adopción filial” (Rm 8,15). El Catecismo nos dice que el “designio de Dios” para todos y cada uno de nosotros, y que determina el sentido de nuestra existencia terrena y la creación de nuestro ser, es el “predestinarnos a ser hijos suyos, recibiendo el Espíritu Santo para así reproducir la imagen de su Hijo”. En otras palabras, el Catecismo nos dice que Dios nos ha creado para donarnos el Espíritu Santo, que nos convierte en hijos adoptivos suyos y en imágenes vivientes de Dios Hijo, con lo cual, el sentido de haber sido creados no es otro que el alcanzar la vida eterna -esto es, “ir al Padre”-, en Cristo Jesús. Y que el sentido y fin último de nuestra vida en la tierra sea “ir al Padre” por Jesucristo, en el Espíritu Santo, es algo que también nos lo enseña explícitamente el Catecismo: “El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas divinas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad (Jn 17, 21-23)”[2]. Nuestro fin último es la “unidad perfecta” con la Trinidad de Personas en Dios, lo cual sólo lo conseguimos si, recibiendo el Espíritu Santo y siendo adoptados como hijos de Dios, somos conducidos al Padre por Cristo, Camino, Verdad y Vida.

El Catecismo nos enseña también que es verdad que tenemos por destino trascendental, más allá de la vida terrena, el unirnos, en comunión de vida y amor, con la Santísima Trinidad en el Reino de los cielos, pero también es verdad que esa vida podemos vivirla ya en anticipo, en cierta medida y a través de la gracia santificante que nos otorgan los sacramentos, gozando de esta manera de un modo anticipado de es comunión de vida y amor con la Trinidad y esto se da por lo que se llama “inhabitación trinitaria” en el alma de quien está en gracia. Continúa así el Catecismo: “Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: “Si alguno me ama -dice el Señor- guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23)”[3]. Entonces, nuestro destino final trascendental es el de unirnos a la Trinidad en el Reino de los cielos, pero mediante la doctrina de la inhabitación trinitaria en el alma del justo, del que vive en gracia, esa unidad se vive ya como anticipo y como participación por medio de la gracia, debido a que las Tres Divinas Personas se hacen Presentes, con su Ser divino trinitario, en el alma en gracia, anticipando así la contemplación beatífica en el Reino de los cielos. Esto es lo que Jesús quiere decir cuando dice: “Si alguno me ama -dice el Señor- guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23)”. La Beata Isabel de la Trinidad, quien en su vida terrena tuvo la gracia de experimentar esta Presencia trinitaria en su alma, como anticipo de la contemplación en la bienaventuranza de Dios Uno y Trino, dice así: “¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí misma para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz , ni hacerme salir de ti, mi Inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu misterio! Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora”. La Beata llama al alma en gracia, objeto de la inhabitación trinitaria, “morada amada” y “lugar de reposo” de las Tres Divinas Personas, y esto solo puede ser logrado por Jesucristo, ya que esto es lo que Él quiere significar cuando dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”.

Algo importante que debemos determinar es lo siguiente: si Jesucristo es el Único Camino que nos conduce al Padre, en el Amor del Espíritu Santo y si solo por Él es posible que la Trinidad inhabite en el alma en la vida terrena, como anticipo de la felicidad eterna, como nos enseña el Catecismo, ¿de cuál Jesucristo se trata? La pregunta es válida porque a lo largo de la historia han surgido miles de cristos, que han fundado iglesias y sectas y, valiéndose del Evangelio, han dicho lo mismo que Jesucristo, aplicándose a sí mismos sus palabras, de manera directa o indirecta. Incluso algunos, como recientemente una secta centroamericana llamada “Creciendo en gracia”, que afirmaba ser “el cristo”, y como este, cientos y miles de igual modo. Debemos preguntarnos como católicos cuál de todos estos cristos es el verdadero y si el Cristo de la Iglesia Católica es el mismo cristo de cualquier secta. La respuesta es que el Único Cristo verdadero es el de la Iglesia Católica, Aquel que está Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía; El Único y Verdadero Cristo es el que sufrió la Pasión, Murió en la Cruz, Resucitó y subió a los cielos, y además de estar sentado a la diestra del Padre, está también, con su mismo Cuerpo glorioso y resucitado, lleno de la vida y de la luz divina, en el sagrario, en la Eucaristía. El Único Cristo verdadero es el que alimenta nuestras almas con la substancia de su divinidad, al donarse a sí mismo como Pan Vivo bajado del cielo, como Pan de Vida eterna, como Maná verdadero venido del cielo. El Único Cristo verdadero es el que nos dona su vida divina trinitaria cada vez que comulgamos en gracia, con fe, piedad y amor; es el que nos ilumina con la Luz de su Gloria, ya que Él es la “Lámpara de la Jerusalén celestial”. El Único Cristo verdadero es el que prometió que su Iglesia no habría de perecer frente a las puertas del Infierno, ya que Él mismo la asiste enviando el Espíritu Santo, que con su luz divina disipa las tinieblas de los errores, las herejías, los cismas y ahuyenta a las tinieblas vivientes del Infierno, los ángeles caídos. El Único Cristo verdadero es Aquel al que la Iglesia Católica lo llama, en su Credo, “Luz de Luz y Dios verdadero de Dios verdadero”. El Único Cristo verdadero es el que se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de María Virgen y, luego de nueve meses en el seno de María, recibiendo nutrientes y siendo revestido con un Cuerpo humano, fue dado a luz por María en Belén, Casa de Pan, para que los hombres fueran alimentados con el Pan Vivo bajado del cielo, el Cuerpo Sacramentado del Cordero de Dios.

         “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. El Único Cristo verdadero es el que confiesa la Iglesia Católica, como único Camino al Padre, porque siendo Dios Hijo, consubstancial al Padre, de igual honor, majestad y poder, proviene eternamente del Padre y conduce al Padre a los hijos adoptivos de Dios, los hombres nacidos a la vida de la gracia por medio del Bautismo sacramental. Éste es el Único Cristo verdadero, Camino, Verdad y Vida, el de la Iglesia Católica, Presente en Persona en la Eucaristía, que está en la cruz y que por la cruz nos lleva al Padre y es el Único que nos conduce al Padre, por la Santa Cruz en el Amor del Espíritu Santo. Cualquier otro que no sea este Cristo, no pertenece a Dios y es un anti-cristo.

 

 

 



[1] Cfr. § 257-258, 260.

[2] Cfr. ibidem.

[3] Cfr. ibidem.


martes, 28 de abril de 2026

“Yo Soy el Buen Pastor”

 


(Domingo IV - TP - A - 2026)

“Yo Soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11-18). Frente a sus discípulos, Jesús se auto- proclama a Sí mismo como “el Buen Pastor”, pero no en un sentido literal, material, sino en un sentido espiritual, sobrenatural: Él es el “Buen Pastor”, no del rebaño de las ovejas entendidas como animales, sino de las ovejas entendidas en sentido figurado, es decir, las ovejas entendidas como las almas, como aquellas almas que pertenecen a su grey, a su Iglesia. Jesús, como Buen Pastor, se diferencia radicalmente de los “malos pastores”, los cuales son “asalariados” y solo buscan “sacar provecho” de las ovejas, mientras que Jesús, por el contrario -y ésta es la diferencia fundamental- “da literalmente la vida por las ovejas de su rebaño”. Este “dar la vida” de parte de Jesús Buen Pastor por todas y cada una de sus ovejas, aun de las más pequeñas, no es en un sentido metafórico, simbólico o poético, sino real y verdadero. Así como le sucede a un pastor terreno, que cuando se le extravía una oveja del redil, deja a las restantes al seguro en el redil e independientemente de las condiciones atmosféricas y geográficas sale en busca de la oveja perdida, mucho más Jesucristo, Buen Pastor, cuando un alma se pierde, deja a las almas que están seguras en el Cielo, por así decirlo, para venir a buscar a las almas en peligro de condenación eterna en la tierra.

Sin el pastor que la guíe, la oveja prontamente pierde la guía y se desorienta, saliéndose del sendero y caminando por lugares que no conoce; así desorientada, llega un momento determinado en el que tropieza y cae dando tumbos por el barranco hasta que se detiene en el fondo del mismo, quedando herida de muerte, sangrando, con la piel rasgada por los huesos fracturados pero sobre todo, lo más peligroso, a merced del lobo, quien es atraído por el olor de la sangre. Sin la protección del pastor, la oveja es fácil presa del lobo, el cual destrozará sus tiernas carnes con sus duros y filosos dientes y despedazará su cuerpo con sus despiadas garras. Pero así como el buen pastor de la tierra, cuando se da cuenta que se ha perdido su oveja no duda ni un instante en salir a buscarla y cuando la encuentra a la oveja perdida desciende con su cayado por el barranco para curar sus heridas con aceite y luego de cubrirlas con vendas la carga sobre sus hombros para regresarla sana y salva al redil, así, del mismo modo Jesús, Buen Pastor, Pastor Sumo y Eterno, cumpliendo la voluntad del Padre, desciende no a un barranco, sino que desciende desde el seno del Padre al seno de la Virgen Madre; desciende desde el cielo a la tierra, para encarnarse llevado por el Espíritu Santo y así bajar por ese barranco inmaterial que es la Encarnación para venir en nuestra búsqueda, en la búsqueda de la oveja perdida que somos nosotros los hombres, que es toda la humanidad y así Jesús el Buen Pastor baja con su cayado que es la Santa Cruz, para recoger a la humanidad herida y dispersa por el pecado y acechada por el Lobo infernal, el Demonio, ahuyentándolo y curando a la oveja, la humanidad, con el aceite de su gracia, sanando así las heridas que el pecado provoca en el alma. Y después de haber curado al alma con el aceite de la gracia, la carga sobre sus hombros, es decir, la carga sobre el leño de la Cruz y asciende, pero no por la loma de un barranco, sino que Jesús Buen Pastor asciende con el alma, la oveja, cargándola en sus hombros, llevándola hasta el Cielo, hasta el seno del Eterno Padre, llevando consigo a la humanidad que ha sido rescatada y sanada por Sangre y su gracia santificante. Es por esta razón que Jesús es el Buen Pastor, el Pastor Sumo y Eterno de nuestras almas heridas y sanadas por su Sangre Preciosísima derramada en la cruz.


lunes, 13 de abril de 2026

“Lo reconocieron al partir el pan”

 


(Domingo III – TP - Ciclo A - 2026)

          “Lo reconocieron al partir el pan”. El Evangelio relata el encuentro de los discípulos de Emaús con Jesús resucitado. Los discípulos caminan alejándose de Jerusalén, conversando entre ellos acerca de lo sucedido el Viernes Santo. Según el relato evangélico, los discípulos, que aman a Jesús y por eso son cristianos, están “con el semblante triste”, porque han quedado conmocionados luego de la crucifixión de Jesús en el Monte Calvario. Mientras caminan en dirección a Emaús, Jesús resucitado les sale al paso y los saluda; los discípulos responden amablemente al saludo, pero no reconocen a Jesús. Es Jesús quien toma la iniciativa en la conversación que sigue, preguntándoles acerca de qué conversaban. Los discípulos de Emaús se extrañan por el hecho de que Jesús, en apariencia para ellos, no sepa qué es lo que sucedió en Jerusalén el Viernes Santo y le narran a Jesús lo sucedido. En este encuentro con Jesús resucitado, hay algo característico en los discípulos de Emaús, que se repite en la totalidad de los encuentros de Jesús resucitado con los demás discípulos y es el hecho de la falta de fe en la promesa de Jesús de que iba a resucitar “al tercer día”. Como consecuencia de esta falta de fe en la palabra de Jesús, tanto los discípulos de Emaús, como María Magdalena y todos aquellos a quienes Jesús encuentra después de resucitar, se encuentran abatidos, conmocionados por el cruel espectáculo de la crucifixión de Jesús en el Viernes Santo. De manera particular, los discípulos de Emaús son descriptos por el relato evangélico como personas sin ánimo, entristecidas, más específicamente, “con el semblante triste”. Como dijimos, este patrón de comportamiento se repite entre todos los discípulos, ante el primer encuentro con Jesús resucitado. El motivo del “semblante triste” es su falta de fe -algo que Jesús les reprochará diciéndoles “hombres duros de entendimiento” a los cuales “les cuesta creer” todo lo relativo al misterio de Jesús- y esta falta de fe es doble, porque no solo no tienen fe en las palabras de Jesús de que Él iba a resucitar, sino que tampoco creen al testimonio de las mujeres santas de Jerusalén, las cuales ya se habían encontrado con Jesús resucitado y les habían anunciado de que Él estaba vivo y glorioso. La fe de los discípulos de Emaús es una fe sumamente imperfecta, dubitativa, que rechaza lo central en Jesús y es su condición sobrenatural de Hombre-Dios, el cual en cuanto tal, en cuanto Hombre-Dios, no solo obró milagros con su poder divino, sino que con estos milagros demostró tener absoluto poder sobre la vida y la muerte, por ejemplo al resucitar muertos como a Lázaro o al hijo de la viuda de Naín.

Es esta fe imperfecta, incrédula -aunque parezca una contradicción, pero es una fe incrédula-, dubitativa, vacilante, la que condiciona la vida de los discípulos de Emaús, los cuales salen de Jerusalén desanimados y tristes, porque si bien son cristianos porque son seguidores de Cristo, sin embargo son cristianos que creen en un Cristo muerto; son cristianos que creen en un Cristo que  solo ha muerto en la cruz el Viernes Santo, pero no creen en el mismo Cristo, que con su poder divino ha resucitado el Domingo de Resurrección. Son cristianos racionalistas, que dejan de lado el aspecto sobrenatural de los misterios salvíficos de Jesús. Para ellos, Jesús es solo un hombre, un “profeta poderoso en obras”, pero no Dios encarnado, que con esas obras que ellos mismos relatan, ha demostrado ser Quien dice ser, el Hijo de Dios encarnado. El racionalismo cristiano, que descarta de plano todo lo sobrenatural, constituye la esencia del progresismo y del modernismo católico, destruyendo de raíz la fe católica en Jesucristo como Hombre-Dios, como el Verbo del Padre encarnado para nuestra salvación.

 Ahora bien, el estado de los discípulos de Emaús, de incredulidad, de falta de fe, de fe imperfecta y dubitativa; el estado de desconocimiento de Jesús, cambiará de modo radical cuando Jesús les infunda la luz del Espíritu Santo y esto sucederá en un contexto sacramental, en el momento en el que Jesús “parta el pan” y decimos “contexto sacramental”, porque esta efusión del Espíritu Santo, que ilumina las mentes y corazones de los discípulos de Emaús, se da en el ámbito de la celebración de la Santa Misa por parte del Sumo Sacerdote Jesús, según lo afirman muchos teólogos y autores católicos.

Es muy importante tener en cuenta esta situación, el hecho de que Jesús ilumine las almas de los discípulos de Emaús en la fracción del pan, “al partir el pan”. En ese momento, el velo que impedía que lo reconocieran, según el relato del Evangelio, que era su fe cristiana racionalista que los hacía tener fe en un Jesús muerto y no resucitado, desaparece por la luz del Espíritu Santo que les infunde Jesús y es en ese momento en el cual los discípulos de Emaús comienzan a creer según la verdadera fe católica, es decir, en un Jesús muerto y resucitado, glorioso, Presente en la Eucaristía, puesto que lo reconocen en la fracción del Pan Eucarístico, el Pan del Altar.

A pesar de que Jesús desaparece en el mismo momento en el que “parte el pan”, los discípulos de Emaús, que han recibido la iluminación interior por el Espíritu Santo infundido por Jesús, comienzan a creer con fe católica en Jesús resucitado; Jesús ya no es más para ellos ni un “forastero”, ni un “profeta poderoso en obras”, sino el Hombre-Dios, que ha padecido su misterio pascual de Muerte y Resurrección y ahora, luego de padecer la muerte en la cruz, ha resucitado y se encuentra glorioso en los cielos, a la diestra del Padre y en el seno de la Iglesia, la Sagrada Eucaristía.

El hecho de que Jesús se haga invisible en el momento de la fracción del pan no es un impedimento para que los discípulos de Emaús comiencen a creer firmemente en el misterio pascual de Jesús, misterio sobrenatural que va más allá de su muerte en el Viernes Santo, porque continúa el misterio de Cristo en el Domingo de Resurrección y en su Presencia gloriosa en la Sagrada Eucaristía. Por medio de la luz de la fe católica, se da una paradoja, porque mientras lo podían ver sensiblemente e incluso hablar personalmente con Él, no lo reconocían, pero ahora que Jesús está invisible, en la Sagrada Eucaristía, sí pueden verlo, pero con los ojos del alma, iluminados por la luz de la fe verdaderamente católica.

“Lo reconocieon al partir el pan”, dice el Evangelio, relatando el momento crucial que cambia para siempre la vida de los discípulos de Emaús, porque no es que simplemente antes de reconocerlo a Jesús resucitado estaban “tristes” y ahora están “alegres”, porque eso sería reducir la fe católica a un estado anímico; el reconocimiento de Jesús en la Eucaristía les cambia la vida porque ya no creen en un Jesús muerto, sino en un Jesús vivo, glorioso y resucitado, Presente en Persona en la Eucaristía. Muchas veces puede sucedernos a nosotros, católicos del siglo XXI, lo mismo que a los discípulos de Emaús antes de recibir la luz del Espíritu Santo, en el sentido de que creemos en Jesús, pero en un Jesús muerto y no resucitado y glorioso en la Eucaristía, porque no lo buscamos en la Eucaristía y no hacemos de la Eucaristía la Fuente Increada de nuestra felicidad –“Dichosos los invitados a comulgar”, nos dice la Iglesia, revelándonos dónde está la verdadera y única felicidad- porque en el fondo no creemos ni que Jesús haya resucitado, ni que Jesús resucitado y glorioso esté en la Eucaristía.

Si buscamos a un Jesús muerto, entonces nuestra fe es vacilante, frágil, dubitativa, como los discípulos de Emaús antes de la fracción del pan. Esta fe puede y debe cambiar cuando asistimos a la Santa Misa, porque en cada Santa Misa se produce en evento similar a lo sucedido con los discípulos de Emaús cuando Jesús parte el pan y es que al partir el Pan del Altar, la Sagrada Eucaristía, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús concede la luz del Espíritu Santo al alma predispuesta, para que el alma lo reconozca, glorioso y resucitado, en el Santísimo Sacramento del Altar.

No busquemos a un Jesús muerto, sino a Jesús muerto, resucitado y glorioso en la Sagrada Eucaristía y así Jesús Eucaristía encenderá nuestros corazones en el Divino Amor al recibirlo por la Comunión, tal como hizo con los discípulos de Emaús quienes, reconociendo a Jesús resucitado, decían: “¿Acaso no ardían nuestros corazones cuando hablábamos con Jesús?”.