miércoles, 22 de julio de 2026

“El Reino de los cielos se parece a un hombre (...) a un negociante (...) a una red...”

 


(Domingo XVII - TO - Ciclo A - 2026)

         “El Reino de los cielos se parece a un hombre (...) a un negociante (...) a una red...” (cfr. Mt 13, 44-52). Jesús utiliza tres figuras para darnos una idea de cómo es el Reino de los cielos: un hombre que encuentra un tesoro escondido, un mercader de perlas que encuentra una de gran valor, una red que atrapa numerosos peces. Las tres figuras del reino tienen en común el hecho de que provocan en el hombre un estado de alegría tan grande, que lleva a que el hombre venda todo lo que tiene para conseguirlo –en el caso de las dos primeras figuras-, o en el caso de la tercera figura, la red que atrapa numerosos peces, también significa una gran alegría para, en este caso, el pescador. Una primera característica del Reino de los cielos es entonces la alegría pero, como se trata de un Reino celestial, la alegría que provoca no es una alegría al estilo terrenal, sino una alegría sobrenatural, una alegría que es una participación a la Alegría Increada, que es Dios Uno y Trino.

         Un elemento distintivo en la parábola y en las figuras que Jesús utiliza, es que el Reino de Dios está, pero debe ser buscado por el hombre para poder encontrarlo y es en este momento, en el que es encontrado, cuando el Reino de Dios provoca alegría celestial y sobrenatural, una alegría tan grande, que aquel que encuentra al Reino de Dios no duda en vender todo lo que tiene para adquirirlo. Y este es otro elemento del Reino de los cielos: puede ser “comprado”, alegóricamente, vendiendo todo lo que se tiene, para poder ser “dueño” del Reino, así como alguien en la tierra, cuando compra un campo, es dueño de ese campo. La diferencia con la compra terrena de un campo es que, por grande que sea el campo, no satisface el deseo de felicidad del corazón humano, mientras que la “compra” del Reino de los cielos colma el deseo de felicidad infinita que posee el corazón humano, al punto de no desear ninguna otra cosa, porque su deseo de felicidad se ve extra-colmado con abundancia.

         Al hablar del Reino de Dios, luego de meditar acerca de cómo adquirirlo, debemos preguntarnos qué es exactamente el reino, es decir, si es una metáfora, con la cual Jesús estaría indicando que el cristiano debe cambiar su comportamiento, o si por el contrario, es un lugar real, que tiene un espacio físico, que se encuentra oculto hasta que sea encontrado. Debemos preguntarnos y reflexionar acerca de este Reino celestial que provoca tanta alegría en aquel que lo encuentra. ¿Qué es este Reino que provoca tanta alegría en el hombre y que hace que el hombre venda todo lo que tiene para comprarlo?

         El Santo Padre Juan Pablo II nos da la respuesta y nos dice ante todo que el catolicismo no es una lista de preceptos morales ni un mero listado de hábitos buenos; el Santo Padre Juan Pablo II nos dice que el catolicismo es y consiste en una Persona real, concreta, de origen divino; una Persona Eterna, la Segunda de la Trinidad que al encarnarse en el tiempo asume la naturaleza humana para llevar a la humanidad al seno de la Trinidad y esa Persona Divina es la Persona de Jesucristo[1]. Esto es muy importante tenerlo en cuenta, porque así como el catolicismo no es un conjunto abstracto de preceptos morales que debemos cumplir para que seamos buenas personas, así también el Reino de los cielos no es una metáfora, ni una cosmovisión: es una Persona en concreto, y esa Persona es la Persona divina de Jesucristo. Jesús mismo identifica el reino con Él: dejar todo por el reino (Lc 18, 29), es dejar todo “por su nombre” (Mt 19, 29; cfr. Mc 10, 29)[2]. En otras palabras, el Reino de los cielos es Jesucristo. Y al igual que sucede en la parábola, que aquello que provoca alegría está oculto y debe ser encontrado, así también Jesucristo está oculto y debe ser encontrado, y al encontrarlo, en un encuentro personal, íntimo y secreto, entre el alma y Él, debe ser preferido a todo lo que se posee, y esto se deriva del amor de Jesús, del Amor que Él nos tiene y que debe ser correspondido por nuestro amor: quien de veras encuentra a Jesús, no puede no dejar de amarlo y de amarlo con todas sus fuerzas, como lo hicieron los santos, y quien de veras lo encuentra, no duda en vender todo para poseerlo.

Otra pregunta que debemos hacernos es qué significa el “vender todo” para conseguir el tesoro del Reino o también, para conseguir el tesoro más valioso del Reino, que es la Persona Divina de Jesús: “vender todo” para “comprar el reino” es una expresión es simbólica y se refiere a que el alma no debe simplemente cambiar de conducta para simplemente ser bueno. Si esto fuera así, entonces el catolicismo sería reducido al cumplimiento extrínseco de una lista de mandamientos morales cuyo objetivo sería el convertirnos en buenas personas. Sin embargo, esto no es lo que significa “vender todo” para “conseguir el reino”.

         El significado de “venderlo todo para comprar el Reino” va mucho más allá de la mera adquisición de buenas virtudes -lo cual en sí es algo muy bueno-: significa que no solo debe abandonar el camino del pecado, de todo lo malo, de todo lo que pertenece al hombre viejo, al hombre dominado por el pecado, sino que principalmente debe tomar la decisión libre y personal de desear empezar a vivir no ya como un simple ser humano, sino como un hijo de Dios, es decir, como un hombre-Dios, como una imagen viviente del Hombre-Dios Jesucristo. Es decir, ser “bueno”, lo puede ser cualquier individuo perteneciente a cualquier religión, incluso un ateo, pero no es esto el objetivo del catolicismo: el “venderlo todo para conseguir el Reino” significa decidir vivir según la vida de la gracia, que es la vida de Dios Trino en el alma. Quiere decir que el alma no debe vivir como un simple mortal, sino que debe vivir a cada instante y a cada momento la vida nueva de los hijos de Dios, como alguien que ha sido comprado a un precio altísimo, la Sangre de Jesús derramada en la cruz, y que, por esta misma sangre, ha sido hecho partícipe de la naturaleza divina, y por lo tanto ya no es más, desde el bautismo, desde el contacto físico con Jesús en la Eucaristía, un simple hombre, sino un hombre que vive con la vida participada de la Santísima Trinidad.

Sólo de esta manera, viviendo la vida de la gracia –que implica vivir como el Hombre-Dios y como hombre-Dios, participando de la naturaleza divina-, viviendo la gracia del Bautismo sacramental que lo convirtió en hijo de Dios, el alma puede, aunque parezca algo imposible, mucho más que vivir en el Reino, puede adueñarse del mismo Dios, adueñarse de la Persona de Jesucristo, es decir, poseer el Reino de los cielos, poseer a Jesucristo, como algo propio, que le pertenece.

         El Reino de Dios provoca gran alegría en el corazón humano, puede ser comprado, vendiendo todo lo que se tiene, es decir, se puede ser dueño de ese reino. Y hay algo que debemos también saber y es que no se debe esperar al inicio de la otra vida para empezar a poseer este reino: ya desde esta vida terrena y mortal podemos adueñarnos del Reino: si decimos que el Reino consiste en una Persona concreta, en la Persona divina de Jesucristo, y que se debe vivir la vida de la gracia para poseerlo como una cosa propia: ¿acaso no es esto la Eucaristía? Si la Eucaristía es Jesucristo en Persona, y Jesucristo es el Reino de los cielos, la Eucaristía es el reino de los cielos, ya aquí en la tierra. Y la Eucaristía es el don del Padre para cada uno de nosotros; nos da la Eucaristía, nos da a su Hijo oculto en la apariencia de pan y vino, no solamente para que lo adoremos, que debemos hacerlo, sino para que tomemos posesión de Él, de Cristo Eucaristía, como algo que nos pertenece porque nos ha sido dado como un don celestial por el Padre. Solo así experimentaremos la verdadera alegría, no la alegría que viene por causas mundanas y terrenas, sino la Verdadera Alegría, la alegría celestial, porque Jesús Eucaristía es la Alegría en Sí misma, es la Alegría en Persona, que nos comunica de su alegría cuando lo recibimos en la Sagrada Comunión.

La Eucaristía es el tesoro escondido –Jesús en Persona, glorioso y resucitado-, que llena de alegría sobrenatural a quien lo encuentra, y que debe ser comprado al precio de la conversión del corazón, para poder adueñarse de Él. Así nos lo dice la Santa Iglesia Católica, revelándonos dónde está la verdadera alegría, cuando el sacerdote ministerial hace la ostentación de la Sagrada Hostia luego de la consagración: “Dichosos -es decir, felices, bienaventurados, alegres- los invitados al Banquete celestial”.



[1] Cfr. Juan Pablo II, ...

[2] cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Biblioteca Herder, Barcelona 1980, voz “reino”, 767.


miércoles, 15 de julio de 2026

“El sembrador sembró trigo (…), el enemigo sembró cizaña”


 

(Domingo XVI - TO - Ciclo A - 2026)

            “El sembrador sembró trigo (…), el enemigo sembró cizaña” (cfr. Mt 13, 24-43). En esta parábola, para graficar la acción tanto de Dios como del Diablo, Jesús utiliza nuevamente la figura de un sembrador. En este caso, hay dos sembradores, tanto el uno como el otro realizan una misma acción, que es la de sembrar; sin embargo, aquello que siembran es diametralmente opuesto: mientras Dios siembra trigo en el corazón del hombre, que es algo bueno, puesto que mediante el trigo el hombre puede hacer el pan, que sirve para conservar la vida -sabemos que en la realidad representada aquello que Dios siembra es su Palabra, Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad, que es el Pan de Vida eterna-, el Demonio, en cambio, también siembra, pero lo que siembra el Demonio es algo malo e inútil, porque siembra la semilla de la cizaña, el cual es similar en apariencia al trigo, pero se trata de un pasto inútil y dañino que impide el crecimiento del trigo y que no sirve para nada, solo para ser quemado; en la cizaña está representada la palabra del Demonio, que es el “Padre de mentira” y el “Príncipe de las tinieblas”, por lo que aquello que el Demonio siembra en el corazón humano, representado por la cizaña, es la mentira, el engaño y la oscuridad del ocultismo, de la herejía, del error, de la apostasía y del cisma. Entonces, en esta parábola, tanto Dios como el diablo hablan con sus respectivas palabras al hombre, ambos siembran en el corazón humano, y lo que ambos siembran, al germinar, termina dando frutos que son diametralmente opuestos, es decir, lo que germina de uno y otro sembrador, es algo radicalmente distinto.

La razón por la que los frutos son diametralmente opuestos es porque si el trigo es el Hijo de Dios en Persona, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, es decir, si el trigo es Cristo, entonces la cizaña, que se asemeja al trigo solo en apariencia, pero no es buena para el hombre, es el Anticristo. Entonces, así como Dios siembra en el corazón del hombre, por la Eucaristía, a Cristo, así el Enemigo de las almas y de Dios, el Demonio, siembra en el corazón del hombre la figura y la imagen de un falso cristo, el Anticristo. Ambos darán frutos radicalmente opuestos.

Al sembrar Dios, por la Eucaristía, la Presencia Personal de su Hijo, Jesucristo, el Hombre-Dios, el fruto de esta siembra será la conversión del espíritu humano en una imagen del Hombre-Dios Jesucristo. Cuando la Palabra de Dios, el trigo, la Eucaristía, el Pan de Vida, es sembrada en el corazón humano, el hombre, ayudado por la gracia, se convierte en una imagen viviente de Jesucristo, dando como fruto manifestaciones del Espíritu de Dios: caridad, alegría, amor de Dios, misericordia para con el prójimo. Esta transformación del hombre va más allá de convertirlo en una persona simplemente “buena” y “virtuosa”, puesto que el poder de la Palabra de Dios es tan poderosa que hace del hombre, simple creatura, en algo nuevo, que es el hacerlo ser “hijo de Dios” y “Dios por participación”, tal como sucede con los santos, cualquiera que estos santos sean, porque todos tienen algo en común y es que sus corazones se han convertido en una copia viviente del Corazón de Jesucristo. Sea el santo que sea, la Madre Teresa, el Padre Pío, Santa Teresita, San Ignacio, siempre el fruto es la transformación en una copia de Jesús. La semilla que Dios siembra en el corazón humano transforma al espíritu humano en algo nuevo: lo transforma en hijo de la Luz Eterna, lo transforma en hijo adoptivo de Dios, lo transforma en una imagen de Jesucristo.

         La razón es que al sembrar Dios su Palabra en el corazón humano, eso significa que deposita en lo más profundo del espíritu humano a su mismo Hijo Unigénito en Persona. Y Jesús, desde el fondo del alma, sopla su Espíritu sobre el alma, y su Espíritu es el que obra la conversión del alma en una imagen suya. De ahí que el fruto de la semilla de la Palabra, sea hacer del alma una imagen y una copia de Jesús Misericordioso.

         Ahora bien el Demonio también siembra su palabra, pero esta palabra es la antítesis de la Palabra de Dios: la palabra del Demonio no solo está vacía del amor a Dios, sino que además está llena de odio a Dios y al hombre; es una palabra de mentira, de engaño, de oscuridad y de ocultismo, que también transforma al hombre, pero lo transforma en una imagen suya, en una imagen viva del Demonio. El hombre que escucha la palabra del Demonio, sin dejar de ser hombre, se convierte en esclavo del Demonio y porta en sí el germen del Anticristo, convirtiéndose él mismo en otro anticristo. Si alguien presta oídos al Demonio, termina por convertirse en una imagen suya; se convierte en hijo de las tinieblas y sus obras son obras de las tinieblas: la mentira, el odio a Dios y al prójimo, la corrupción del espíritu en todas sus formas.

         El otro elemento a considerar en esta parábola es el terreno en el que tanto Dios como el Demonio siembran su palabra y es el corazón del hombre: se trata de un terreno particular, porque es un terreno vivo y libre y por eso mismo es el hombre, en última instancia, quien decide cuál de las dos semillas va a dejar germinar: si la buena semilla del trigo, que es la Palabra de Dios tanto escrita como encarnada, que es la Eucaristía y cuyo fruto la transformación del alma en una copia de Jesucristo, o si deja germinar la semilla corrupta del pasto inservible, la cizaña, la siembra del “Padre de la mentira”, cuyo fruto es la transformación del alma en una imagen viviente del Diablo.

Ambos agricultores siembran sin descanso: el Diablo siembra continuamente, en el mundo, por medio de las falsas religiones, por medio de las sectas, como la Nueva Era, buscando de atraer hacia él a través de los placeres del mundo.

         Dios, el Buen Labrador, también siembra continuamente, y lo hace a través de su Iglesia. El Buen Sembrador siembra en el corazón humano con la buena semilla de su Palabra, proclamada en el Evangelio, explicada en el magisterio de los Papas y de los Padres de la Iglesia. Y siembra también no sólo la semilla buena: siembra también el fruto de la semilla, del trigo, el Pan de Vida, el Pan Santo, la Eucaristía.

         La Eucaristía es la semilla de la Palabra que se ha convertido en el Pan de Vida eterna, Jesucristo, y Dios nos lo deposita en el fondo del alma, en cada comunión eucarística, para que de ese Pan de Vida obtengamos la vida nueva de los hijos de Dios, y como hijos de Dios, demos testimonio de Él en el mundo por medio de la caridad y de la misericordia.

 


miércoles, 8 de julio de 2026

“El Sembrador salió a sembrar”

 


(Domingo XV - TO - Ciclo A - 2026)

         “El Sembrador salió a sembrar” (Mt 13, 1-23). Jesús utiliza la parábola del sembrador y Él mismo se encarga de interpretarla y como en toda parábola, cada elemento de la misma hace referencia a una realidad sobrenatural y celestial. Así, el sembrador es Dios y como Él es Dios, Él es el sembrador; pero al mismo tiempo, Jesús es la Palabra eternamente pronunciada por el Padre, de manera que la semilla que siembra el sembrador, es también Él, Jesucristo: así, Jesús es tanto el sembrador como aquello que el sembrador siembra, es decir, la semilla que es la Palabra de Dios.

Estos son los dos primeros elementos de la parábola: Jesús, el Sembrador, siembra entonces la semilla y la semilla es la Palabra de Dios; el tercer elemento de la parábola es el terreno en donde la semilla, es decir, la Palabra de Dios, se siembra y ese terreno es el corazón del hombre. El terreno, es decir, el corazón del hombre, es muy variado y esto hace que en algunos la Palabra de Dios pueda germinar y en otros, no. La parábola de Jesús se relaciona de forma directa con lo que Dios mismo dice por boca del profeta Isaías[1], en el pasaje en el que el Profeta compara la Palabra de Dios con la lluvia y la nieve: así como el agua nutre la tierra para dar semilla y alimento, la Palabra divina cumple siempre su propósito y sus promesas sin falta. Aquello que Dios siembra no es algo material, sino que es su palabra, que es Espíritu de Vida y como es Espíritu, el terreno en donde esta palabra es sembrada debe ser necesariamente algo espiritual y este terreno es el corazón del hombre. Dios siembra su palabra en el corazón del hombre, y como su Palabra es Espíritu, la siembra en un espíritu humano para que de frutos espirituales. Aunque hay matices entre la profecía de Isaías y la parábola de Jesús –en Isaías la Palabra de Dios es como la lluvia que hace germinar la semilla echada en tierra; en Jesús, la Palabra es la misma semilla que germina y crece con propio poder-, la idea es la misma: Dios es quien siembra vida espiritual divina en el espíritu humano, y espera que esta siembra dé frutos y esos frutos deben ser espirituales, acorde a la semilla sembrada. Dios siembra, pero no de cualquier manera: su “siembra” es la vida de la gracia y su propia Presencia Personal en el espíritu humano.

Esto último, la siembra de la Presencia personal en el espíritu del hombre, es clave para entender la parábola del sembrador: en el hecho de que Dios siembre su Palabra en el espíritu del hombre eso significa que el fruto que debe dar el hombre no es solamente de orden moral –los frutos del Espíritu son caridad, benevolencia, longanimidad, magnanimidad, dice San Pablo-, porque cuando Dios dice que siembra su Palabra en el corazón humano, está significando la presencia de su propio Ser Personal, es decir, su propia inhabitación Personal. Dios no siembra solamente los frutos del Espíritu Santo, sino que siembra a la misma Palabra del Padre y esa Palabra eternamente pronunciada es la Segunda Persona de la Trinidad, Cristo Jesús. Ésta es la razón por la que el fruto esperado por Dios por su siembra, no sea un simple cambio de costumbres, sino una verdadera transformación, del hombre, en el Hombre-Dios Jesucristo. Lo que Dios pretende al sembrar su Palabra, es decir, al depositar a su Hijo en Persona en el corazón humano es que el hombre se transforme en una imagen de su Imagen, de su Hijo Unigénito.

El principal fruto que Dios pretende obtener de su siembra es la transformación del alma en la imagen de su Hijo; Dios quiere que el alma sea una imagen viviente del Hombre-Dios Jesucristo. Éste es el deseo de Dios para todos los corazones humanos, pero éste deseo se enfrenta con la realidad de la libertad del hombre, lo cual hace que cada corazón humano sea un terreno particular, ya que es un terreno que tiene vida propia y sobre todo tiene libertad -porque la libertad es la imagen de Dios en el hombre-y precisamente porque tiene libertad, es que el corazón del hombre puede permitir que esa Palabra de Dios, por la gracia, germine  y dé el fruto de la Palabra sembrada que es la transformación en Cristo o también puede hacer que, rechazando la gracia, deje que la semilla se seque y permanecer como lo que es, un terreno árido, seco, sin agua, sin vida divina.

         Es Jesús mismo quien explica qué es lo que hace que la semilla plantada por Dios se seque: las preocupaciones mundanas excesivas, el no amar a Dios en primer lugar, o el apego a las cosas del mundo; todo esto hace que la semilla no germine, sino que el sol termine por secarla. Cuando el alma se deja oprimir por el peso del materialismo y la falta el agua de la gracia, el alma muere de sed.   

         “El Sembrador salió a sembrar”. El Hombre-Dios siembra la gracia y la Palabra de Dios en el corazón de cada hombre y quien continúa con la tarea del Sembrador que es Cristo, es la Santa Iglesia Católica y lo hace por medio del sacerdocio ministerial, mediante el cual proclama la Palabra de Dios y también por la Eucaristía, que es la Palabra de Dios encarnada. Así es como la Iglesia Católica siembra en los corazones de los hombres la semilla del Sembrador: por el sacerdocio ministerial se siembra en los corazones de cada hombre la Palabra de Dios, la vida de la gracia y la Eucaristía.

         “El Sembrador salió a sembrar”. Cada Eucaristía es una semilla que Dios siembra en el corazón de cada hombre y con esta semilla siembra la vida eterna, ya que introduce al mismo ser eterno de Dios en lo más profundo del alma. El Hombre-Dios, oculto en la Eucaristía, ingresa en el alma así como una semilla entra en la tierra fértil y ahí espera para germinar, para darse a conocer. De nosotros depende regar esa semilla con el agua de la vida de la gracia, o dejarla agostar, secar, bajo el ardiente sol del amor al mundo y a las creaturas. Cada Eucaristía es una semilla que Dios planta en el corazón del hombre, esperando que ese terreno, por la gracia, sea un terreno fértil en donde germine y se haga realidad la conversión del alma en una imagen viviente del Hombre-Dios Jesucristo.

 



[1] 55, 10-11


miércoles, 1 de julio de 2026

“Cargad sobre vosotros mi yugo (...) Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”

 


(Domingo XIV - TO - Ciclo A – 2026)

            “Cargad sobre vosotros mi yugo (...) Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 25-30). Jesús nos pide que carguemos su yugo, y su yugo no es otra cosa que la cruz. Nada parece más difícil de llevar, más desagradable, más duro, más pesado que una cruz y sin embargo, Jesús nos pide que llevemos la cruz: “Cargad sobre vosotros mi yugo; mi yugo es suave y mi carga ligera, y en él encontraréis alivio”. Entre el pedido de Jesús de que llevemos nuestra cruz y nuestra percepción, hay una gran distancia: mientras que para nosotros la cruz, por pequeña que sea, es imposible y durísima de llevar, Jesús afirma en cambio otra cosa: que su cruz es ligera y su carga liviana. Y debe ser como lo dice Jesús, porque no cabe ni siquiera la posibilidad del más mínimo engaño por parte de Jesús. Entonces, si Él lo dice, así debe ser, la cruz no solo es suave y ligera, sino que además en ella encontraremos alivio.

Cuando se analiza con la sola razón humana, el pedido de Jesús de llevar la cruz, de llevar su yugo, se vuelve insoportable, porque se piensa que la cruz, el yugo de Jesús, es una carga pesada, intolerable. Pero la realidad es lo opuesto: la cruz de Jesús es suave, liviana y trae alivio, tal como lo dice Jesús. La razón por la que Jesús quiere que tomemos la cruz propia y lo sigamos por el Camino del Calvario es porque esa cruz no es una cruz cualquiera, sino la cruz del Hombre-Dios, y en esa cruz se manifiesta el poder de Dios, que es quien cambia las cosas. Pero hay además otra razón, sobrenatural, supraracional, por la cual Jesús nos pide que llevemos la cruz y es que la cruz es un misterio[1] y un misterio divino, que no puede ser explicado con la luz de la razón natural. La cruz no se entiende si se la analiza con la sola luz de la inteligencia humana. Que la cruz sea un misterio que viene de lo alto, es algo que desde siempre lo ha creído así la Santa Iglesia católica. En el tiempo de la Pasión y en el himno de vísperas de la fiesta de la Santa Cruz así lo canta la Iglesia: “¡Resplandece el Misterio de la Cruz!”[2]. El misterio es algo oculto, algo que por definición está oculto a nuestra inteligencia y eso es la cruz. Es por esto que la Iglesia presenta la Cruz de Cristo como envuelta en un resplandor divino, significando el origen celestial de la cruz, por eso es que dice: “Resplandece”. El resplandor de la cruz es un resplandor de origen celestial, se origina en el Ser divino trinitario de Jesucristo, que es quien yace en la cruz. Si la cruz fuera, como lo es entre los humanos, un material que da muerte a quien la porta, la Iglesia no diría que la cruz “resplandece” con un fulgor divino, puesto que la madera por sí misma es un material opaco que no engendra luz. Pero Jesús no se refiere a esta cruz material y tampoco la Iglesia lo hace, porque por el misterio sobrenatural que conlleva, la cruz de Jesús es luz y esa es la razón por la cual “resplandece”. El resplandor de la cruz brota de las profundidades de la divinidad y lleva a quien está en ella, al seno mismo de esa divinidad[3]: “Yo Soy el Camino al Padre, en la luz y el Amor del Espíritu Santo”, nos dice Jesús. Dios es Luz Eterna e Increada y Jesús, que es “Dios de Dios y Luz de Luz”, se manifiesta en la cruz, y esa es la razón por la cual la cruz resplandece con la luz propia de Dios; la cruz resplandece con luz divina, la luz de Dios Uno y Trino. La cruz no resplandece por ella misma, sino porque en ella está crucificado el Dios que es Luz Eterna e Increada, el Hombre-Dios Jesucristo. Es Él quien le comunica a la cruz de su propia luz, haciéndola brillar y resplandecer. Ésta es la razón por la cual la cruz brilla y resplandece: porque en ella está el Dios de la luz, Jesucristo, quien le comunica de su luz a la cruz y la convierte, de leño de madero que es, en cruz hecha de divina luz. Esta realidad, la Presencia misteriosa de Cristo Dios en la cruz, es en donde radica el mayor de los misterios, porque es imposible para el hombre siquiera imaginar que Dios iba a manifestarse en la cruz[4]. Y Dios, Jesucristo, se revela de la manera más impensada, de la manera más increíble: la mayor revelación de Dios es que alguien que es acusado de ser blasfemo y criminal, que es crucificado por los hombres y despreciado por todos, es Dios en Persona. Dios se manifiesta en Persona a través de lo que humanamente es dolor, muerte, desamparo, indigencia y humillación, es decir, la cruz, la crucifixión de Jesús. El poder infinito de Dios es el que hace que en la cruz Él se revele en toda su plenitud: es en la Cruz en donde Cristo Dios se revela como Amor y como Misericordia y si Jesús quiere que carguemos su yugo, que es la cruz, es para darnos aquello que Él Es y tiene en la cruz: su Amor y su Misericordia y aquí está la respuesta a la pregunta de por qué Jesús insiste en que tomemos nuestra cruz, la carguemos y vayamos en pos de Él.

         “Cargad sobre vosotros mi yugo (...) Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. Ésta es la razón por la cual Jesús quiere que carguemos el leño de madera, su cruz y es porque quiere que compartamos su Pasión, el dolor, la persecución, la amargura, la muerte en cruz por Dios y por los hombres, pero no para que nos quedemos en la muerte y en el dolor, sino para transformar el dolor y la muerte humanos en luz y en vida, pero no en vida humana, sino en Su Vida, que es la vida misma de Dios, la vida eterna de Dios Uno y Trino. Jesús quiere que carguemos nuestra cruz, la cruz de madera, para darnos su Cruz, la Cruz que es Luz, la Cruz que es Luz y que nos ilumina y al iluminarnos, nos concede la Vida Eterna que brota de su Sagrado Corazón que está suspendido en la Cruz del Calvario. Hay un lugar para lograr nuestra unión espiritual y mística con Él en la cruz y este lugar es en el altar, en la Santa Misa, en donde la cruz de madera se vuelve cruz de luz, en donde el vino se convierte en su Sangre, y en donde el pan se vuelve su Sagrado Corazón Eucarístico.

 



[1] Cfr. Odo Casel, Misterio de la cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid 1964, 43.

[2] Cfr. Casel, ibidem.

[3] Cfr. Casel, ibidem.

[4] Cfr. Casel, ibidem, 45.


jueves, 25 de junio de 2026

“El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de Mí”

 


(Domingo XIII - TO - Ciclo A – 2026)

         “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de Mí” (Mt 10, 37 -42). Jesús nos advierte acerca de cuál es la condición indispensable, sine qua non, para ser digno de Él y es el “tomar la cruz y seguirlo”. Esta es la prueba que demuestra que el alma ama a Jesús: si toma la cruz de cada día y lo sigue por el Camino del Calvario. El camino del cristiano es dejarlo todo para seguir a Jesús, quien en realidad nos devolverá todo lo que hayamos dejado por Él, en la otra vida. Este seguimiento de Jesús es muy difícil, de ahí la advertencia de Jesús. Vista humanamente, la cruz se presenta árida, áspera, dura, difícil o incluso hasta imposible de llevar. Pero a la cruz no hay que llevarla con una perspectiva humana, sino divina, sobrenatural y para esto se debe imitar a Jesús, que llevó la cruz de cada uno de nosotros por amor. Es por amor sobrenatural que debe abrazarse la cruz. La frase de Jesús entonces queda así: “El que me ama, más que al mundo, tomará su cruz por amor a Mí, y me seguirá”. Jesús no nos pide algo contrario a nuestra naturaleza, sino algo superior a nuestra naturaleza, nos pide algo sobrenatural, un amor sobrenatural, que es el Amor que proviene de Dios, para llevar la cruz. La única forma de poder llevar la cruz, para el cristiano, es recibiendo un Amor sobrenatural que, brotando del corazón mismo de Dios encienda el suyo en ese mismo Amor, para que así el cristiano pueda dejar de lado su sensibilidad y abrazar la cruz por amor y seguir a Jesús camino al Calvario por amor.

         Jesús entonces quiere que carguemos nuestra cruz por amor y lo sigamos y aquí surge una pregunta ¿no podía haber elegido Jesús otro camino que no sea el de la cruz? Y a esta pregunta solo se puede responder a la luz de la fe, a la luz del misterio pascual de Jesucristo y así vemos que la respuesta es que el camino de la cruz no sólo es el más perfecto, sino el único para volver a Dios. Quien no tome la cruz con amor, no podrá seguir al Hombre-Dios, que al ser elevado Él en la cruz, nos eleva al seno de la Trinidad. Sólo la fe en Cristo Jesús, el Hombre-Dios, crucificado por nosotros por amor, puede hacernos ver este misterio, que es incomprensible para la sola razón humana.

En su misterio pascual de Muerte y Resurrección, Jesús hace un doble movimiento, de descenso y de ascenso: Jesús es el Hombre-Dios que viene del seno del Padre, se encarna en el seno virgen de María, vive como un hombre común hasta su manifestación pública, y luego emprende el camino de regreso al Padre, el ascenso, por medio de la cruz. Y en ese ascenso, quiere llevarnos a todos junto a Él; para eso emprende el camino de regreso en el Calvario. Pero el camino de regreso pasa sólo por la cruz; no hay otro camino que el camino de la cruz[1] para volver al seno del Padre como hijos suyos. Tomar la cruz para morir al hombre viejo y para vivir la vida nueva de los hijos de Dios, ya desde esta vida y luego, en la otra vida, por toda la eternidad.

La cruz no sólo representa la muerte de la humanidad vieja, del hombre viejo, apartado de Dios -en la cruz se lleva a cabo el cumplimiento del pedido de Jesús, de morir a nosotros mismos, porque en la cruz morimos a nuestras pasiones, a nuestros vicios, a nuestros pecados-, sino el nacimiento a la vida del Espíritu de Dios del hombre nuevo, el hijo de Dios. En la cruz muere la humanidad antigua, crucificada con Cristo, y nace la nueva humanidad, la humanidad de los hijos de Dios, de los hijos del Padre del Cielo, los hijos que viven con la vida de la gracia santificante.

Por último, el seguimiento de Jesús con la cruz, por el Camino del Calvario, no finaliza con la muerte del Calvario, sino en la gloria de la Resurrección. Alguien podría pensar que el hecho de abrazar la cruz y seguir a Jesús por el Camino del Calvario tiene como objetivo último el morir al hombre viejo y esto es así, pero la muerte al hombre viejo no es el fin del camino: la muerte en cruz del hombre viejo es solamente una etapa intermedia, previa a la meta final y es el nacer al hombre nuevo, el hombre que vive con la vida de la gracia, el hombre que vive con la luz de Dios, que es Luz Eterna e Increada. Sin cruz no hay luz, sin la muerte de la cruz, no hay la gloria de la resurrección. Y tener la luz de la gloria divina significa tener a Jesús que es la Gloria Increada en el alma, por medio de la Comunión Eucarística. Por esto es que el abrazar la cruz no finaliza en el Calvario, sino que continúa más allá del Calvario, incluso más allá del Domingo de Resurrección, porque continúa y finaliza en la posesión de la Persona Divina de Jesús, la Segunda de la Trinidad, en el alma, por medio de la Comunión Eucarística. Jesús muere no para escapársenos, así como se nos escapan nuestros seres queridos difuntos, que con la muerte ya no están más; Jesús muere en la cruz para vivir con la vida de gloria que era suya desde la eternidad; Jesús muere en la cruz para darnos de comer su Cuerpo y su Sangre, cuerpo y sangre glorificados y llenos de la vida del Espíritu de Dios, en la Eucaristía; Jesús quiere que lo sigamos hasta su cruz para darnos su Amor Divino y la Vida nueva que brota de su Sagrado Corazón Eucarístico.

 



[1] Cfr. Odo Casel, Misterio de la cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid 1964, 238.


miércoles, 17 de junio de 2026

“Lo que os digo al oído, proclamadlo desde lo alto de las casas”

 


(Domingo XII - TO - Ciclo A - 2026)

         “Lo que os digo al oído, proclamadlo desde lo alto de las casas” (Mt 10, 26-33). Según la revelación del Evangelio, Jesús nos habla al oído, a todos y cada uno de los bautizados, en secreto y nos dice “algo”, por eso debemos preguntarnos qué es eso que Jesús nos dice al oído, en secreto, porque luego debemos “proclamarlo desde lo alto de las casas”. Es obvio que no se trata del oído del cuerpo, ya que Jesús está usando una figura corporal para referirse a una realidad espiritual. Jesús nos habla en secreto al oído del alma. Jesús habla al alma, en secreto, en el interior del alma, y desde el interior del alma.

         Lo que Jesús nos dice “al oído”, en secreto, en el alma, debemos luego proclamarlo “desde lo alto de las casas”, es decir, en voz alta, a todo el mundo. Cuando alguien habla al oído algo -como lo hace Jesús- está comunicando un conocimiento al otro, y por lo general, quiere que este otro lo mantenga en secreto. Sin embargo, en este caso, Jesús no quiere que lo conservemos en secreto: quiere que lo que Él nos dice al oído, en secreto, por el contrario, lo proclamemos en voz alta, lo digamos en voz alta a todo el mundo.

         Jesús nos habla al oído, y Él no nos habla como un maestro más de sabiduría, sino como Dios Hijo en Persona, que es la Sabiduría Increada; además, nos habla a los integrantes del Cuerpo Místico pero no nos habla como a seres humanos, sino como a hijos de Dios y es por eso que podemos escuchar su voz y la escuchamos de la misma manera a como una oveja reconoce la voz de su pastor. Jesús nos habla al oído en cuanto Hombre-Dios, de forma sobrenatural y los bautizados, miembros de su Cuerpo Místico, podemos escuchar esta voz divina por el hecho de que Jesús nos ha hecho ser partícipes de la vida divina, de la naturaleza divina, lo que quiere decir que podemos conocer con el mismo conocimiento divino, con el mismo conocimiento de Dios, que es infinitamente superior al conocimiento de nuestra razón[1]. Por esto es que Jesús no nos habla como un simple “maestro de sabiduría”, que da consejos de moral y por esto es que nosotros lo escuchamos no con los oídos del cuerpo sino con los oídos del alma, abiertos a la Voz Divina de Jesús en el momento del Bautismo sacramental. Si lo dice Jesús, es algo que viene del mismo Dios, ya que Él es Dios Hijo encarnado. No lo dice de parte de Dios, como un profeta santo, sino que es Dios mismo quien nos lo dice. Y si Dios lo dice, es algo que sólo Dios conoce, y que el mundo no conoce, no entiende, no sabe, y jamás puede ni podrá llegar a entender, sino un hijo de Dios. Esto es en lo relativo al hecho de que Jesús nos hable, eso significa algo sobrenatural; por otro lado, en relación al contenido de lo que Jesús nos dice, también es sobrenatural, porque viene directamente de la Palabra Increada del Padre, de la Sabiduría Increada del Padre, que es Él, Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios y lo que nos dice no sólo es algo que supera infinitamente nuestra capacidad, sino que es algo contrario a lo que el mundo nos dice.

Es decir, no solo Jesús nos habla, también el mundo nos habla, pero lo que el mundo nos dice es un todo contrario a lo Jesús nos dice; el mundo nos habla del Anticristo y trata de convencernos de que Jesús y su Iglesia, la Santa Iglesia Católica y sus verdades eternas e inmutables, son algo del pasado; el mundo trata de convencernos de que no es la Iglesia la que debe santificar al mundo, sino de que la Iglesia debe mundanizarse, lo cual es falso de toda falsedad. Para el mundo, que vive con el espíritu del Anticristo, tanto la Iglesia como el catolicismo son cosas del pasado que deben ser reemplazados por otras creencias, por otros dioses, incluido el universo, considerado por el mundo como un ídolo impersonal.

         Por esta razón, no solo no debemos escuchar al mundo del Anticristo, sino que debemos preguntarnos: ¿qué es lo que Jesús nos dice en secreto, al oído del alma y que quiere que lo divulguemos desde las terrazas?

         Jesús nos dice lo que el mundo niega: que Dios es nuestro Padre por adopción y que nosotros somos hijos suyos por la gracia de filiación divina que hemos recibido en el Bautismo sacramental y por lo tanto, le pertenecemos a Dios Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo; Jesús nos dice que Él la Palabra de Dios, Él es el Verbo de Dios, el Verbo hecho carne, que se ha encarnado sin dejar de ser Dios en el seno virgen de María para que nosotros nos hagamos Dios como Él y que prolonga esta Encarnación en la Eucaristía para que cuando comulguemos, no comulguemos un poco de pan bendecido, sino a Él mismo, a su Persona Divina, la Segunda de la Trinidad y así seamos una sola cosa en Él, recibiendo su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y recibiendo así la Eucaristía recibamos la luz de la gloria divina de su Ser divino trinitario, para que ya desde este mundo y desde esta vida terrena, comencemos a vivir la vida eterna de la Trinidad.

         Lo que Jesús nos dice es aquello que el mundo sin Dios niega y es que “fuera de la Iglesia Católica no hay salvación, porque solo a través de los sacramentos de la Iglesia nos llega la gracia santificante que no solo nos perdona los pecados, sino que nos diviniza y nos salva.

         Jesús nos dice aquello que el mundo anticristiano intenta borrar de nuestras mentes y corazones y es que la Santa Misa no es un mero recuerdo piadoso de un banquete sucedido hace veinte siglos, sino el mismo Santo Sacrificio del Calvario, el mismo llevado a cabo el Viernes Santo, solo que en la Misa se renueva de forma sacramental e incruenta.

         Jesús nos dice al oído aquello que nos dicen los santos, porque los santos hablan de parte de Jesús y así nos dice San Cipriano de parte de Jesús: “Tenemos prometido un reino, el que Cristo nos ganó con su sangre y su pasión, para que nosotros, que antes servimos al mundo, tengamos después parte en el reino de Cristo, como él nos ha prometido, con aquellas palabras: Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del reino que está preparado para vosotros desde la creación del mundo”[2]. Y a ese Reino de los cielos solo se llega, como nos dice Jesús, “negándonos a nosotros mismos”, negándonos en nuestras pasiones, vicios y pecados y abrazando la cruz de cada día y seguirlo a Él por Camino del Via Crucis, por el Camino del Calvario.

         Jesús nos dice al oído cuál es el Único Camino para llegar al Cielo y es unirnos a Él por la fe, la gracia, el amor.

         Jesús nos dice lo que el mundo niega y es que nuestra salvación eterna es posible solo gracias al misterio salvífico de Jesús: Jesús, que procede eternamente del seno del Padre, se encarna en el seno virgen de María y prolonga esta encarnación en el seno de la Iglesia, en la Eucaristía, para estar en medio nuestro, para estar dentro nuestro, para estar en nosotros, en Persona y así conducirnos, en el Espíritu Santo, al seno del Padre, ya desde esta vida.

Jesús nos dice lo que el mundo niega: que el prójimo merece nuestro respeto y nuestra caridad porque es una imagen suya, y porque Él está, misteriosamente, Presente en Persona en cada prójimo.

         Jesús nos dice al oído, frente al mundo anticristiano de hoy, que cree triunfar sobre Dios y sobre su Iglesia, palabras de aliento y de esperanza: “No temas a los hombres ni a los poderes del infierno. No tengas miedo, Soy Yo, tu Dios, Jesús en la Eucaristía”.

 



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, Editorial Desclée de Brower, Buenos Aires 1954, 57.

[2] Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
(Cap. 13-15: CSEL 3, 275-278).


jueves, 11 de junio de 2026

“Id y anunciad el Evangelio; expulsad demonios, curad enfermos...”

 


(Domingo XI - TO - Ciclo A - 2026 )

         “Id y anunciad el Evangelio; expulsad demonios, curad enfermos...” (Mt 9, 36-10,8). Jesús envía a su Iglesia naciente a misionar, lo cual nos lleva a preguntarnos en qué consiste la misión de la Iglesia. Aunque la consigna de Jesús es muy precisa: “Id y anunciad el evangelio”, pareciera ser que hoy, en la opinión de muchos, sobre todo dentro de la Iglesia, la misión de la Iglesia consistiría en una mera acción social y filantrópica: enseñar a leer, construir escuelas, dar de comer. La misión consistiría en una actividad meramente social, llevada a cabo por un hábito cultural determinado: el ser cristiano. Sin embargo, a pesar de que estas actividades son loables, la misión de la Iglesia no es ni enseñar a leer, ni dar de comer, ni construir civilizaciones, porque todo esto no pasa del plano cultural y humano; aún cuando la Iglesia Católica, desde siempre, enseñó a leer, dio de comer y construyó civilizaciones y culturas. ¿Cuál es entonces la misión de la Iglesia y en qué se fundamenta? La misión de la Iglesia no se entiende sin su origen y fundamento, que es la Santísima Trinidad, porque su misión es una continuación y una prolongación de las misiones y de los procesos que ocurren en el interior de Dios Trinidad. De ahí que sea necesario ver qué es lo que entendemos por “misión” en la Trinidad. En la Trinidad, la misión implica un partir, un proceder, y un llegar, e implica también un objetivo por el cual se parte a la misión[1]. En la Trinidad, la misión de una Persona, es un envío, de una Persona a la otra; así, el Padre envía al Hijo, y el Padre y el Hijo, envían al Espíritu Santo. En un sentido activo, la misión es la entrega con la cual se une el ir, independientemente de lo que se da (ir-entrega); en sentido pasivo, es el venir de un ser, que comprende la entrega de ese ser (venir-entregar/don). Esa misión se produce dentro de la Trinidad, cuando una Persona sale de la otra: el Hijo procede, sale del Padre, es enviado por el Padre, y el Espíritu Santo, procede, sale, es enviado, por el Padre y por el Hijo y las Personas del Hijo y del Espíritu Santo, a su vez, se donan al Padre. El fin de la misión, dentro de la Trinidad, es el don, la entrega, de la Persona divina. Este proceso, la misión, que se verifica dentro de la Trinidad, y que tiene como fruto la entrega de las Personas divinas, quiere Dios continuarlo fuera de la Trinidad, dentro del alma del creyente, y para esto, envía en misión al Hijo. El Hijo es enviado, por el Padre, en misión, al alma de cada ser humano, para continuar, en el alma, la Presencia de la Trinidad.

¿De qué manera cumple Jesús su misión? La misión de Jesús, el Hijo que procede del Padre, es encarnarse en el seno Virgen de María para continuar, fuera de la Trinidad, dentro de la criatura humana, la misión de las Personas divinas, que termina en el don de esas mismas Personas divinas. La misión de Jesús es encarnarse para introducir su Persona, la Persona del Hijo, en la criatura y el estar en la criatura, por la gracia santificante[2]. De esta manera vemos entonces que la misión del Hijo a los hombres, dentro del alma, como continuación de la misión intratrinitaria, es el fundamento de la misión de la Iglesia. La misión de la Iglesia, la misión ad gentes, a los gentiles, la misión encomendada por Cristo a los Apóstoles, se presenta así como una continuación y una prolongación de la misión de la Persona divina del Hijo, para que se verifique dentro del alma, la Presencia de las tres Divinas Personas, mediante la inhabitación de las Tres Divinas Personas en el alma del que está en estado de gracia santificante.

El Hijo es enviado dentro del alma –y el ingreso del Hijo en el alma, se da por la fe, el bautismo, la gracia y la Eucaristía, que es la Fuente Increada de la gracia-, y entrando en Él, trae consigo a las Personas del Padre y del Espíritu Santo. La misión del Hijo en el alma, su ingreso, se realiza por la gracia y por la Eucaristía, y la misión de la Iglesia tiene el objetivo de hacer que el Hijo entre en cada alma, por la fe, por el bautismo y por la Eucaristía, y por la vida de la gracia. Éste es el fundamento trinitario de la misión de la Iglesia, y éste es el fin de la misión de la Iglesia: introducir, por la fe, por el bautismo y por la Eucaristía, la Presencia personal del Hijo, y con Él, la Presencia del Padre y del Espíritu Santo.

La misión de la Iglesia es saciar el hambre espiritual que de Dios tiene toda la humanidad y ese hambre se sacia solamente con el Pan de Vida eterna, Jesús Eucaristía.

 



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, ...

[2] cfr. Scheeben, Los misterios.