sábado, 17 de octubre de 2026

“Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”

 


(Domingo XXIX - TO - Ciclo A – 2026)

“Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” (Mc 12, 13-17). Los herodianos y fariseos se reúnen y confabulan entre sí para tenderle una trampa a Jesús, de manera de hacerlo caer en ella y así tener motivos para acusarlo. Para llevar a cabo sus planes, le presentan a Jesús una moneda que posee la imagen del César, el emperador romano, al tiempo que le hacen una pregunta que es la que lleva en sí misma la trampa, le preguntan si Él, que se presenta como un maestro religioso, considera “si es lícito pagar o no el impuesto al César”. La pregunta no es formulada con el deseo sincero de conocer la verdad, sino con la intención de tenderle una trampa para tratar de hacerlo caer en alguna contradicción y así usar la respuesta de Jesús en un juicio en su contra. La pregunta presenta una doble dificultad y por lo tanto una doble posibilidad, para Jesús, de caer en la trampa. Si Jesús responde que sí hay que pagar impuestos al César, los fariseos y herodianos lo acusarán de ser cómplice del Imperio Romano, la potencia ocupante en ese entonces; si Jesús contesta que no hay que pagar impuestos, la acusación será de intento de revolución y de sublevación, poniendo al pueblo en contra del gobernante, es decir, el César. Para los fariseos y herodianos se trata de una trampa perfecta; según su malicioso pensamiento y obrar, Jesús no tiene escapatoria y antes de que Jesús responda, se gozan maliciosamente de lo que piensan es un rotundo triunfo. Sin embargo, Jesús es Dios Hijo, es la Segunda Persona de la Trinidad, es la Sabiduría Increada y Eterna de Dios y por lo tanto es imposible que caiga en una trampa dialéctica inventada por los hombres. Además, como Jesús es Dios, se cumple lo que dice la Escritura: “de Dios nadie se burla”.

Ante la pregunta capciosa y maliciosa, Jesús no responde ni afirmativa ni negativamente. En vez de eso, Jesús pide que le enseñen la moneda -un denario- con la que se pagan los impuestos. El denario lleva impresa la imagen del César y por esto Jesús les pregunta de quién es esa imagen. Los fariseos y herodianos responden obviamente que es la imagen del César. Una vez que los fariseos y herodianos afirman que la imagen es del César, Jesús da la respuesta que demuestra que Él es la Sabiduría Divina en Persona, que sobrepasa infinitamente a la razón humana, no solo escapando de la trampa que le habían tendido, sino dejándolos a ellos a su vez entrampados en su misma dialéctica. Usando la respuesta que ellos le dieron, Jesús les hace ver que, si la moneda tiene la imagen del César, entonces la moneda es del César y en consecuencia, se debe dar al César lo que es del César; en otras palabras, hay que pagar impuestos. Pero además de esto, Jesús agrega algo más que supera las expectativas de sus enemigos, algo que está fuera del alcance de la trampa tendida por fariseos y herodianos y es que Jesús dice que si al César hay que darle lo que es del César, también corresponde darle “a Dios, lo que es de Dios”. En otras palabras, el cristiano debe pagar impuestos, siempre y cuando sean justos y esto es lo que significa “darle al César lo que es del César”, pero además, en justicia, debe “darle a Dios lo que es de Dios”. Esto último rompe el esquema de la trampa tendida por fariseos y herodianos y lleva el planteamiento inicial a un nivel totalmente inesperado por sus interlocutores, el nivel divino: ahora, el hombre no solo debe cumplir con el poder temporal, sino que debe, ante todo, cumplir con su Creador, dándole a Dios lo que le corresponde a Dios.

Con su respuesta Jesús nos deja una enseñanza válida para esta vida y para la vida eterna: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”. La moneda, el dinero, al llevar la efigie del César, indica que es del César y por lo tanto hay que dárselo a él, al poder temporal, al mundo, que es adonde pertenece el dinero. Al César, al poder mundano y terrenal, hay que darle lo que le pertenece, el dinero y todo lo que este conlleva: posesiones materiales, éxito mundano, poder, influencias terrenas. Esto es lo que le pertenece al “César”, al poder mundano, al mundo y por eso hay que “dárselo al mundo”, en el sentido de despojarnos de lo mundano. El católico está en el mundo, por eso hay que darle al mundo lo que es del mundo, el dinero, pero también el cristiano no es de este mundo y es esto lo que explica la segunda parte de la respuesta de Jesús: “a Dios, hay que darle lo que es de Dios”. Entonces, si al César hay que darle lo que es del César y eso es justo, también a Dios hay que darle lo que es de Dios y por eso debemos preguntarnos qué es lo que le pertenece a Dios, porque eso es todavía más justo: darle a Dios lo que es de Dios.

Nos preguntamos entonces, ¿qué es lo que tenemos y que es de Dios y por lo tanto debemos darle a Dios? Es de Dios y a Dios le pertenecen nuestro ser, nuestra vida, nuestra alma, nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestro corazón, nuestro cuerpo, porque Él es Nuestro Creador -Dios Padre nos creó y nos dio el ser, sacándonos de la nada-; Él es Nuestro Redentor -Dios Hijo nos redimió al precio de su Sangre en la cruz-; Él es Nuestro Santificador -Dios Espíritu Santo nos santifica con su Presencia en el alma en gracia-.

Entonces, a Dios Uno y Trino hay que darle lo que le pertenece y lo que le pertenece es todo nuestro ser, toda nuestra vida, todo el corazón, toda el alma, todo lo que somos y tenemos, porque Él es Nuestro Dios y Señor. Estaríamos quedándonos con algo que no nos pertenece, si decimos egoísta y erradamente: “Yo soy yo y no le pertenezco a nadie”, o si dijéramos: “Yo dispongo de mi vida como me parece, sin importarme ni Dios ni los planes que Dios tiene para mí”. Eso sería injusto y equivocado, porque a Dios le pertenece nuestro ser, nuestra vida, todo lo que somos y tenemos. Por esta razón, debemos darle a Él todo nuestro ser, para tomando en el tiempo Él lo que es de Él -nuestro ser, nuestra vida, nuestra existencia-, lo siga poseyendo por toda la eternidad. Somos propiedad y pertenencia de Dios, en el tiempo y en la eternidad y esto es lo que significa “dar a Dios lo que es de Dios”. Y debemos dar a Dios lo que le pertenece no de cualquier manera, sino por medio de las manos de la Virgen y su Inmaculado Corazón.

“Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Al César, al poder temporal, le corresponde el dinero y el católico debe pagar impuestos que sean justos para que el César, el poder temporal, guiado por la Ley de Dios y en cumplimiento de su voluntad, lo retorne en obras -hospitales, escuelas, carreteras, etc.- que sirvan para el Bien Común. Pero el católico debe dar a Dios lo que es de Dios: nuestro acto de ser, que es lo más profundo e íntimo de nosotros mismos, la perfección por la cual somos en acto en la realidad y dejamos de ser una mera idea, pero como del acto de ser se derivan la vida, la naturaleza, la existencia, a Dios le pertenecen nuestros pensamientos -de ahí que nuestros pensamientos deban ser purificados por la gracia y la penitencia, para ofrecer a Dios no nuestros pensamientos de pecado, sino los pensamientos santos y puros que tiene Jesús coronado de espinas- y le pertenecen también nuestras palabras, nuestros deseos y nuestras acciones. Ahora bien, puesto que Dios es Tres veces Santo, todo lo que le ofrezcamos debe ser santo, debe estar purificado por la gracia, por la penitencia y por la oración, porque Dios es nuestro santificador y la Santidad Increada en Sí misma y por esta razón, no podemos darle pensamientos, palabras y obras que no sean santos.

“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Demos el dinero al mundo, que es a quien le pertenece y demos a Dios lo que es Dios: todo lo que somos, lo que pensamos, deseamos y obramos, aunque como dijimos, puesto que Dios es Tres veces Santo, lo que le demos a Dios también debe ser santo.

 


“He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía verlo ya ardiendo!”

 


“He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía verlo ya ardiendo!” (Lc 12, 49-53). Jesús afirma que ha “venido a traer fuego”, por esa razón, debemos preguntarnos de qué clase de fuego está hablando Jesús. El fuego que conocemos es un fuego que provoca ardor, dolor, quemazón; por eso debemos preguntarnos si es este fuego o si se trata de otro fuego. También debemos preguntarnos qué es lo que Jesús desea quemar con el fuego que trae y porqué su apuro por verlo arder.

Para saber de qué fuego se trata, debemos tener presente que el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad, se representa con el fuego y de hecho, desciende “como lenguas de fuego” en Pentecostés sobre María Santísima y los Apóstoles reunidos en oración. Con esto en mente, tenemos una primera respuesta: Jesús ha venido a traer un fuego que no es terreno, sino celestial y ese fuego es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, el Fuego que Él expira junto al Padre. De esto se sigue que el Fuego que trae Jesús no tiene nada que ver con el fuego terreno, en el sentido de que es un fuego de origen celestial, divino, sobrenatural y por eso mismo no solo no provoca dolor, quemazón, ardor o destrucción, como el fuego terreno, sino que, por el contrario, es un Fuego que provoca en el alma del hombre alegría, paz, dicha, amor. El Fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra es entonces el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad.

¿Qué es lo que Jesús quiere quemar con este Fuego celestial? Jesús no quiere quemar las cosas del mundo, es decir, las cosas materiales: Jesús quiere encender, en el Fuego del Divino Amor, a las almas de los hombres, a los corazones de los hombres, para que estos ardan de Amor a Dios. Como este Fuego se encuentra en su Sagrado Corazón Eucarístico, debemos pedir la gracia de que nuestros corazones, al momento de comulgar, sean como la madera seca o como el pasto seco, para que al contacto con el Fuego que envuelve al Sagrado Corazón Eucarístico, nuestros corazones ardan y se enciendan en el Amor de Dios.

Una última consideración que debemos hacer es el preguntarnos el porqué del apuro de Jesús por ver arder el fuego que Él ha venido a traer y la razón es el mismo Amor de Dios: aquel que ama, desea ser amado, desea ser correspondido en el amor y Jesús, que es Dios y nos ama con su Amor, que es el Amor de Dios, quiere que lo amemos, pero no con nuestro pobre amor humano, limitado, pequeño, egoísta, contaminado con el pecado original; Jesús quiere que lo amemos con el Fuego del Divino Amor, el Amor que arde en su Sagrado Corazón Eucarístico. Para corresponder al pedido de Jesús, para que Él pueda ver ardiendo en nuestros corazones el Fuego del Divino Amor, el Fuego que Él ha venido a traer y quiere ver ardiendo, recibamos en gracia al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús y Él hará que nuestros corazones se enciendan en el Fuego del Amor Santo, el Fuego del Espíritu del Padre y del Hijo.

 


viernes, 16 de octubre de 2026

“Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”

 


“Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada” (Lc 12, 39-48). Jesús utiliza dos parábolas, la de un dueño de casa que está atento porque  sabe a qué hora viene el ladrón y la de los dos tipos de servidores, los buenos y malos que esperan y no esperan, respectivamente, a su señor; estas parábolas son una advertencia para nosotros, los católicos, acerca de la necesidad de estar atentos, vigilantes y preparados para el encuentro personal con Él, para su Llegada, ya sea en la hora de la muerte personal de cada uno, ya sea para su Llegada en su Segunda Venida en la gloria, cuando venga a juzgar a vivos y muertos en el Día del Juicio Final.

La primera parábola es la de un “dueño de casa” que esperaría al ladrón si supiera a qué hora ha de llegar: el dueño de casa somos nosotros, y el que viene a la hora menos esperada, es Él, Jesucristo.

La segunda parábola trata acerca de dos siervos que se comportan de maneras contrapuestas con relación a sus deberes para con su señor: uno de los siervos está atento y en actitud vigilante, esperando la llegada de su señor; el otro, por el contrario, es indiferente con respecto a su señor y por eso mismo no trabaja, no está atento y vigilante y todavía peor, se dedica a emborracharse y a pelear con los demás, con una actitud perezosa y violenta.

El primer servidor, atento y vigilante a la llegada de su amo, representa al alma que muere en estado de gracia santificante, porque ha recibido y frecuentado los Santos Sacramentos; éste servidor, que en la parábola es recompensado por su señor haciéndolo “administrador de todos los bienes”, es el alma del cristiano que pasa de siervo, es decir, el estado de vida terrena, a bienaventurado en el Reino de los cielos, recibiendo en recompensa por estar en gracia, la vida de la gloria eterna de quienes se salvan en el Reino de Dios.

Muy distinta es la suerte del siervo malo, el siervo indolente al cual la llegada de su señor le tenía sin cuidado: es el alma del bautizado a la que no le interesa vivir y mucho menos morir en estado de gracia santificante y por eso mismo vive en estado de condenación, en pecado mortal: a este siervo, a esta alma, cuando llegue Jesucristo en el momento de la muerte, le espera un “castigo severo”, que es el ser precipitada en el abismo del Infierno.

“Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”. Jesús nos advierte, por su infinita misericordia, acerca de “estar preparados” para su encuentro en el momento de nuestra muerte personal y esto significa no solo evitar el pecado, sino vivir en permanente estado de gracia santificante, para lo cual debemos recurrir con frecuencia a los Sacramentos, tanto de la Penitencia como de la Eucaristía. Solo así estaremos preparados, en gracia, ya sea para el momento de nuestro Juicio Particular, ya sea para el momento del Juicio Final, cuando Él regrese al final de los tiempos.

 


“Estén preparados y con las lámparas encendidas”

 


 

“Estén preparados y con las lámparas encendidas” (Lc 12, 35-38). Jesús quiere enseñarnos cómo debemos prepararnos para nuestra muerte y juicio particular y para ello utiliza la imagen de un hombre que asiste a una fiesta de bodas y que regresa de improviso, siendo esperado por sus siervos fieles, los cuales están “ceñidos y con las lámparas encendidas”.

El hecho de que el siervo fiel espere a su amo “ceñido”, significa que lo espera con ropa de trabajo y esto significa la gracia santificante, el estado de gracia en el momento de la muerte; la espera de su amo significa que el alma cree y espera en la Segunda Venida en la gloria de Nuestro Señor Jesucristo y espera también en el encuentro personal con Jesús en el momento de la muerte; las lámparas encendidas están significando tanto la luz de la fe católica en Cristo Dios, como la misma fe operante, que se traduce en obras y es lo que ilumina la noche del mundo.

El horario incierto de la llegada del dueño de casa, un horario que nadie sabe cuándo será, porque será de forma imprevista -eso es lo que significa “a medianoche o antes del alba”- está significando que nadie, ninguno de nosotros, sabe cuándo llegará el Dueño de las almas, Jesucristo, para pedir en la hora de la muerte la rendición de cuentas de las obras realizadas, buenas o malas y para dar a cada uno el destino merecido, Cielo o Infierno, según sean estas obras.

El servidor a quien su señor encuentre ceñido, trabajando, esperando a su amo, con las lámparas encendidas, y que por lo tanto seré él mismo servido por su señor, indica al alma que en el momento de la muerte se encuentra en estado de gracia santificante porque ha recibido los Santos Sacramentos y con la luz de la fe encendida, activa y operante y que por eso mismo su alma será colmada de la felicidad eterna de la bienaventuranza -eso es lo que significa que será él mismo servido por su mismo señor, porque el Señor Jesús lo hará sentarse en el Banquete del Reino de los cielos. El alma que al encuentro con Jesús en la muerte se encuentre con la túnica ceñida y con la luz de la fe encendida, será recompensada con el Banquete del Reino celestial, la Carne del Cordero de Dios, el Pan de Vida eterna y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre gloriosa de Jesús resucitado, gozando así para siempre del festín eterno de los cielos.

“Estén preparados y con las lámparas encendidas”. Estado de gracia, fe activa en obras de misericordia, firme esperanza del encuentro personal con Cristo resucitado. Estas condiciones, necesarias para el día de la muerte, son las mismas que se necesitan para la comunión eucarística, anticipo de la felicidad eterna en los cielos.

 


“Amarás al Señor (…) amarás a tu prójimo como a ti mismo”

 


(Domingo XXX - TO - Ciclo A - 2026)

“Amarás al Señor (…) amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 34-40). Le pregunta a Jesús, un doctor de la ley cuál es el mandamiento más importante y Jesús le dice: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”. Si analizamos en primera instancia, según lo que Jesús responde, el mandamiento que Él propone no tiene nada de nuevo con respecto al mandamiento que los judíos ya tenían: tanto para Jesús como para los judíos el mandamiento más importante es el amar a Dios y al prójimo. Visto de esta forma, podríamos considerar que Jesús no aporta nada nuevo en lo relativo al mandamiento más importante, porque tanto como Jesús como los judíos consideran que, substancialmente, el primer mandamiento es idéntico.

Sin embargo, el mandamiento de Jesús es, en realidad, substancialmente nuevo, radicalmente distinto al mandamiento de los judíos al punto que, aunque se formulen de modo similar, el mandamiento de Jesús es verdaderamente nuevo. Ahora bien, podemos preguntarnos cuáles son las diferencias que hacen que el mandamiento de Jesús sea radical y substancialmente nuevo, distinto al mandamiento de los judíos.

Una primera diferencia, substancial, es que en la ley judía es cierto que se mandaba amar a Dios y al prójimo, pero este mandamiento se cumplía con un amor puramente humano, ya que así está explicitado: “Amarás al Señor y a tu prójimo con todas tus fuerzas, con todo tu ser”. Es muy explícito en decir “con todas tus fuerzas, con todo tu ser”. Entonces, en la ley judía, se manda efectivamente amar a Dios y al prójimo, pero con un amor únicamente humano, el amor que brota del corazón del hombre. Y esto es importante considerarlo, porque el amor humano, puramente humano, contaminado el corazón de donde brota, con el pecado original, es limitado, superficial y se deja llevar por las apariencias. Otra diferencia es el concepto de “prójimo”, el cual es distinto en el judaísmo y en el catolicismo: para el judaísmo, el “prójimo” es únicamente quien posee la misma raza, la hebrea, y la misma religión, la judía; para el catolicismo en cambio, el prójimo no se limita a quien comparte la misma raza, ni siquiera la misma religión: el prójimo es todo ser humano, sin importar su raza y religión.

Otra diferencia, que hace radicalmente distinto al mandamiento de Jesús, se basa en un pasaje en donde Jesús dice: “Ámense como Yo los he amado” (Jn 13, 34-35) y esto nos lleva a preguntarnos cómo es que nos ha amado Jesús y de la respuesta veremos que Jesús nos ha amado con el Amor de su Sagrado Corazón, que es un Amor que proviene del cielo, porque es el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, el Amor Divino que inhabita en su Sagrado Corazón. Jesús nos ha amado, con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, el cual obviamente no es un amor humano sin divino y por otro lado nos ha amado hasta la muerte de cruz, algo que no se da en el mandamiento de los judíos. Entonces, Jesús nos ama con un Amor celestial, divino, sobrenatural, el cual es un Amor perfectísimo, eterno e infinito, sin las limitaciones del amor humano con el que se mandaba amar en la ley judía.

Otra diferencia con el mandamiento de los judíos es que Jesús nos pide amar a los enemigos: “Amen a sus enemigos” (Mt 5, 443-48) y en este mandato encontramos también la Cruz, algo que no estaba presente en el mandamiento judío; el amor a los enemigos es un amor que se deriva directamente de la Cruz porque es en la Cruz en donde Jesús predica con el ejemplo, amándonos a nosotros, que éramos enemigos de Dios por el pecado y sin embargo recibiemos el perdón y el Amor del Sagrado Corazón de Jesús. Por lo tanto, como católicos que hemos recibido el amor y el perdón de Dios siendo enemigos, no podemos hacer otra cosa que, con el mismo Amor con el que fuimos amados y perdonados desde la cruz, el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, amar también nosotros a nuestros enemigos personales (aquí no se incluyen a los enemigos de Dios y de la Patria). Este concepto de amor al enemigo con un amor celestial, divino y sobrenatural, está ausente en el judaísmo y por eso el mandamiento de Jesús es radicalmente nuevo y distinto al de los judíos.

Una última diferencia es que en el mandamiento de Jesús está incluido el dar la vida por el prójimo, hecho que no se encuentra presente en la ley judía. Esto es así porque Jesús dice: “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13) y esto también lo predica Jesús con el ejemplo, porque Quien da primeramente la vida por sus amigos es Él en la Cruz, ya que Él nos llama “amigos” y no “siervos” en la Última Cena, entregando su Vida de Hombre-Dios por nosotros en el Calvario para salvarnos y conducirnos redimidos al Reino de los cielos, todo lo cual está ausente en la ley judía.

Considerando las cosas de esta manera y teniendo en cuenta las diferencias en el amor con el cual se deben cumplir los mandamientos, tanto en el mandamiento de Jesús como en el mandamiento de la Ley judía, el mandamiento del amor de Jesús quedaría formulado así: “Amen a Dios y al prójimo no con el simple amor humano, sino con el Amor de mi Sagrado Corazón Eucarístico, que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo; ámense unos a otros como Yo los he amado, y Yo los he amado con el Divino Amor, hasta morir en la Cruz, dando la vida por ustedes, que eran mis enemigos por el pecado; amen a todo prójimo, incluido el enemigo, imitándome a Mí, que los amé a ustedes siendo mis enemigos; amen sin límite, hasta dar la vida en la Cruz por sus hermanos, los hombres y solo de esta manera serán verdaderamente hijos de Dios y hermanos entre ustedes en el Hijo”.

Entonces, aunque el Primer Mandamiento puede aparecer superficialmente similar en el catolicismo y en el judaísmo, la realidad celestial del mandamiento de Jesús y su aplicación a todo prójimo sin distinción de raza y religión, hacen que este mandamiento sea substancialmente distinto entre la Iglesia Católica y el judaísmo y por eso el mandamiento de Jesús es substancialmente nuevo: “Os doy un mandamiento nuevo” (Jn 13, 34-35).

Un último aspecto a considerar es que, si queremos llevar a la práctica el mandamiento nuevo del Amor de Jesús, el de amar a Dios y al prójimo como a nosotros mismos, con un Amor celestial y hasta la muerte de Cruz, puesto que nosotros no poseemos por naturaleza ese Amor, ya que es el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, debemos adquirir ese Amor y a este Amor lo adquirimos por medio de la Comunión Eucarística, ya que a través del Santísimo Sacramento del altar Jesús Eucaristía nos comunica, desde su Sagrado Corazón Eucarístico, el Espíritu Santo, el Divino Amor, el Amor celestial con el cual podemos amar a Dios y al prójimo como Dios quiere que lo amemos.

 

 


jueves, 15 de octubre de 2026

“Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”

 


“Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía” (Lc 12, 1-7). Jesús se enfrenta a la casta sacerdotal y laical de su época, calificándolos duramente de “hipócritas”. Jesús no lo hace por suposiciones externas: Él es Dios y en cuanto tal, lee los pensamientos y el corazón de los hombres, de todos y cada uno de los hombres, desde antes incluso de que el hombre exista y los lee hasta el último día de sus vidas; aun antes de que pensemos el próximo pensamiento, Jesús ya lo sabe, porque Él es Dios. Por eso habla con fundamento cuando nos advierte de que nos “cuidemos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”.

La definición de “hipocresía” es: “acto de fingir creencias, opiniones, virtudes, sentimientos o cualidades que en realidad no se tienen o no se siguen”. Sucede cuando “las acciones de una persona no coinciden con lo que dice o exige a los demás”. La Real Academia Española la define como: “Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”. Sinónimos de hipocresía son: “falsedad, fingimiento, doblez, cinismo, fariseísmo, insinceridad, disimulo, simulación, santurronería,  comedia, abulencia”.

¿Por qué Jesús califica a los fariseos de “hipócritas”?

Porque fingen, externamente, ser hombres de religión, piadosos, celosos del cumplimiento de la religión y del cuidado del templo, pero por dentro, interiormente, espiritualmente, tal como los acusa Jesús, “están llenos de rapiña y de maldad”. Fingen por fuera ser buenas personas, religiosas, pero por dentro contradicen a la religión con sus deseos de robo y de malicia.

“Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”. Si Jesús nos advierte y nos dice que nos cuidemos, es porque también nosotros podemos caer en su mismo error, es decir, la hipocresía. Si no vigilamos nuestros pensamientos y nuestros corazones, podemos parecer por fuera hombres de religión, que acuden a misa a diario y rezan todos los días, pero por dentro, estar llenos de rencor, de envidia, de malicia de toda clase. Rechacemos de plano todo pensamiento contrario a la Bondad de Dios y alimentemos nuestras almas con el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús; ése es el mejor remedio contra la hipocresía, la levadura de los fariseos.


miércoles, 14 de octubre de 2026

“Ay de vosotros fariseos y escribas, que descuidáis el amor de Dios”

 


“Ay de vosotros fariseos y escribas, que descuidáis el amor de Dios” (Lc 11, 42-46). Los fariseos y los escribas se dedicaban al Templo y a la observancia de la Ley, es decir, eran los equivalentes a los sacerdotes y laicos en la Iglesia. Jesús les reprocha duramente su hipocresía, porque si bien pasaban por ser hombres de religión, hombres que se ocupaban del Templo, de la Ley y por lo tanto de las cosas de Dios, sin embargo, en realidad, habían vaciado la esencia de la religión, la justicia, la piedad y el amor de Dios, reemplazándola por un remedo de religión. Lo que hacían los fariseos y los escribas era aparentar, por fuera, el cumplimiento estricto de las leyes religiosas, cumpliendo escrupulosamente los ritos, pero eran ritos de tradición puramente humana, no mandados por Dios, sino inventados por ellos mismos y por lo tanto, eran ritos cargados de superstición y de vanidad. Al mismo tiempo que cumplían estos ritos vacíos, descuidaban la esencia de la religión que son la caridad, el amor sobrenatural para con Dios y el prójimo y ése el reproche principal de Jesús para con ellos: “Ay de vosotros fariseos y escribas, que descuidáis el amor de Dios”.

Esta reprensión y reproche de Jesús para con los fariseos y escribas, advertidas en su tiempo, también pueden ser dirigidas a nosotros, toda vez que nos olvidemos del Amor de Dios, del Amor y la adoración debidos a Dios Trinidad y de la compasión para con el prójimo. También nosotros podemos caer en el mismo error de los fariseos, es decir, el cumplimiento meramente externo de los preceptos de Dios y de la Iglesia, aparentando por fuera ser hombres de religión, pero con el corazón vacío del Amor a Dios y al prójimo. Por eso mismo, debemos estar muy atentos y prestar mucha atención, porque no estamos exentos de cometer el mismo error de los escribas y fariseos. Para no caer en este error, el de vaciar a la religión de su esencia, el Amor a Dios y al prójimo, alimentemos nuestras almas con el Pan de Vida eterna, que nos comunica el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo y traduzcamos luego ese amor recibido en obras de misericordia para con el prójimo y de piedad, fervor y amor al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Solo así no escucharemos el amargo reproche de Jesús: “Ay de vosotros fariseos y escribas, que descuidáis el amor de Dios”.