domingo, 25 de octubre de 2026

Jesús cura a un enfermo de hidropesía

 


Jesús cura a un enfermo de hidropesía con su sola voz y su solo querer, demostrando así su poder de Hombre-Dios. Esta curación milagrosa es real, llevada a cabo por la omnipotencia divina de Jesús, quien así, con este milagro, demuestra que Es quien dice Ser, Dios Hijo encarnado y no un simple profeta, o un hombre santo, ni siquiera el más santo de todos, sino Dios Tres veces Santo en Persona.

Ahora bien, en esta curación corporal, la curación de una invalidez corporal, no tiene como fin el solo curar la enfermedad del cuerpo: su fin es prefigurar otra curación, realizada también por la omnipotencia divina de Jesús y es la curación del alma. El alma humana ha quedado inválida, incapacitada en su capacidad de Dios, aunque no totalmente, pero sí en la misma proporción que hay entre un cuerpo apto físicamente y uno incapacitado en su movilidad.

Las curaciones corporales de Jesús, como en este caso, la curación de una hidropesía, son prefiguraciones de la curación más importante, la del alma. Por medio de su gracia santificante, Jesús sana al alma herida e incapacitada por el pecado original, pero además agrega algo más: así como el cuerpo sanado de su enfermedad, se puede decir que vive una nueva vida, la vida como sano, así también el alma, curada por la gracia, no solo se hace “capax Dei”, capaz de Dios, con sus fuerzas naturales, sino que por la gracia le es concedida una nueva vida, la vida de los hijos de Dios, la vida nueva de la gracia santificante concedida por los Sacramentos.

Todo hombre nace con una herida espiritual, provocada por el pecado original y esta herida incapacita al hombre para volver a Dios; la gracia santificante, prefigurada en la curación milagrosa del hidrocefálico, no solo hace capaz plenamente al hombre de Dios, sino que le concede una nueva capacidad, por la cual es introducido en la vida y en los misterios del Hombre-Dios Jesucristo.

Al curar milagrosamente al enfermo de hidropesía, Jesús no solo realiza un milagro doble, la curación del cuerpo y del alma, sino que además concede al ser humano una nueva vida, la vida de la gracia, la vida nueva de los hijos de Dios, nacidos de la Luz Eterna que es Cristo. Esa misma Vida Eterna, la participación a la Vida Eterna, es la que recibimos cada vez que comulgamos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.


“Vuestra casa se quedará vacía”

 


“Vuestra casa se quedará vacía” (Lc 13, 31-35). Jesús revela a los fariseos, escribas y doctores de la ley, una escalofriante profecía: la casa de ellos, el Templo, quedará vacío. La razón es que ellos, que representan al estamento religioso de su tiempo, rechazan su condición divina, su condición de Mesías Redentor y Salvador y en consecuencia su misterio pascual de muerte y resurrección. Pero quienes se decían religiosos no solo rechazan a Jesús, sino que planean abiertamente la muerte de Jesús por medio de la crucifixión. Esta profecía está dirigida también al Pueblo Elegido en general, porque será este mismo Pueblo quien, dirigidos en el error por sus dirigentes, se alegrará y gozará por la crucifixión y muerte de Jesús.

El castigo para el pecado de deicidio cometido por fariseos, escribas y doctores de la ley, con la aprobación de una gran mayoría del Pueblo Elegido, es quedar con la “casa vacía”, lo cual se refiere a la destrucción del Templo y al fin de los ritos cultuales, castigo que se mantiene hasta la actualidad.

“Vuestra casa se quedará vacía”. La tremenda profecía de Jesús no se limita a los fariseos y al Pueblo Elegido: se extiende y se dirige también a los cristianos, a los católicos de todos los tiempos porque por “casa” y “templo”, se entiende también el alma. El católico que cae en el pecado de apostasía, es decir, el abandono de Jesús y de la práctica de la fe luego de haber recibido la Comunión y la Confirmación, también verá su casa-templo, es decir, su alma, vacía de la Presencia del Hombre-Dios Jesucristo, pero esto no porque Jesucristo se vaya del alma, sino porque el alma lo rechaza voluntariamente, abandonándolo por seguir detrás de falsos dioses e ídolos paganos. Para estos católicos apóstatas, también está dirigida la profecía: “Vuestra casa se quedará vacía”, siendo la casa vacía el alma sin la gracia de Dios y por lo tanto vacía de la Presencia del Hombre-Dios Jesucristo.

“Vuestra casa se quedará vacía”. La mayor desgracia que pueda ocurrirle a un alma en esta vida es el quedarse con la “casa vacía”, es decir, con el alma sin la gracia santificante y vacía de la Presencia de Dios Uno y Trino y de su Mesías, Cristo Dios. No caigamos en el error de la apostasía, que lleva a quedarnos con la “casa vacía”, con el alma sin la Presencia de Jesús. Por el contrario, hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para que nuestra casa nunca esté vacía, sino llena de la Presencia del Hombre-Dios Jesucristo.


"El Reino de Dios es como un grano de mostaza”

 


 

"El Reino de Dios es como un grano de mostaza” (Mt 13, 31-35). Para graficar al Reino de Dios, Jesús utiliza la imagen de un grano de mostaza: de la misma manera a como el grano de mostaza es inicialmente pequeño, pero luego se convierte en un gran arbusto, morada para los pájaros del cielo, así también es el Reino de los cielos, pequeño en su inicio, enorme en su desarrollo final.

Ahora bien, esta parábola puede aplicarse también al alma, porque Jesús dice: “El Reino de Dios está entre ustedes” y esta aplicación puede ser de la siguiente manera: el alma, en su estado natural, sin poseer la gracia santificante es, como la semilla de mostaza, pequeña, pero a medida que adquiere la gracia divina crece hasta alcanzar un tamaño insospechado, superando inimaginablemente el tamaño original. Esto es lo que sucede con los santos, sobre todo a los que llegaron a las altas cumbres de la santidad y esto debido a la gracia divina. Todos los santos en el Cielo, sin excepción, deben su grandeza a la gracia que recibieron en vida por los Sacramentos; sin esta gracia santificante, jamás habrían alcanzado tan grande santidad. Sin la gracia, habrían permanecido pequeños e insignificantes, tal como lo es un grano de mostaza.

En la parábola entonces, el alma es el grano de mostaza que, por la gracia, alcanza un tamaño que supera en miles de veces el tamaño original, convirtiéndose en un árbol en donde van a hacer nido las aves del cielo. ¿Qué es lo que representan estas aves del cielo que anidan en el alma que ha crecido por la gracia?

Estas aves del cielo, que son tres, representan a las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, las cuales “hacen nido en el alma”, es decir, van a morar, a inhabitar en el alma del justo, en el alma del que está en estado de gracia santificante. En la parábola del grano de mostaza y de las aves del cielo, está representada entonces una verdad de nuestra fe católica y es la inhabitación trinitaria, la inhabitación de las Tres Divinas Personas en el alma en gracia.


miércoles, 21 de octubre de 2026

Solemnidad de Todos los Santos

 


(Domingo XXXI - TO - Ciclo A - 2026)

          La Iglesia Militante, la Iglesia que peregrina en la tierra se alegra y celebra, en la Solemnidad de todos los Santos, a todos los que, luego de su peregrinar por la tierra y unidos al Sacrificio Redentor de Cristo, por los méritos de su Pasión y Cruz, lograron alcanzar el Reino de los Cielos, es decir, a aquellos que componen la Iglesia Triunfante, los Santos.

          La Iglesia Militante se alegra por la Iglesia Triunfante, por los Santos, que son quienes contemplan a la Trinidad por toda la eternidad y esa alegría es una participación de la alegría que experimentan los Bienaventurados en el Cielo; es una alegría celestial y divina porque se origina en la contemplación cara a cara de las Tres Divinas Personas y del Cordero.

          La diferencia entre los Santos que habitan en el Cielo y nosotros, que habitamos en la tierra, es que nosotros somos pecadores. El pecador se opone al santo porque el pecador no tiene en sí la santidad divina, mientras que el santo, viviendo en gracia en su vida terrena, ahora es glorificado por la eternidad en los Cielos. Los que no somos santos, sino pecadores, debemos contemplar a los santos, sus vidas y sus mensajes de santidad, para aspirar algún día a ser santos como ellos. Mientras estamos en esta condición de viadores, de peregrinos hacia la Jerusalén Celestial, no somos santos, sino pecadores. Esperamos algún día dejar la condición de viadores y pecadores y por esto mismo es que, contemplando las vidas de los Santos, esperamos algún día ser como ellos, esperamos algún día ser glorificados con la gloria de Cristo, como ellos. En ese momento comenzaremos a ser santos y para que lleguemos a ser santos es que la Iglesia nos propone a los Santos como modelos de virtud y de santidad y sobre todo, como modelos de amor a Jesucristo, Rey de los Santos. Como pecadores, estamos en esta vida llenos de defectos, vicios y miserias humanas, pero la Iglesia quiere que seamos perfectos, llenos de virtudes y de santidad divina, como los santos.

          La Iglesia nos propone imitar a los Santos porque ellos, en vida terrena, fueron hombres y mujeres comunes y corrientes y hasta grandes pecadores, pero fueron transformados por la gracia santificante de Jesucristo en esta vida y ahora son glorificados por la eternidad en el Reino de los Cielos. Todos los Santos fueron pecadores que luego se convirtieron por la gracia santificante y así lo demuestra la historia de la Iglesia. Algunos ejemplos de estos santos que antes de convertirse fueron pecadores son: Moisés, quien según el libro del Éxodo (2, 11-15) cometió un homicidio, pero luego se arrepintió y ahora es santo; otro ejemplo es San Pablo, el cual antes de recibir la gracia de la conversión a Jesucristo, cayéndose del caballo, asistió y aprobó un homicidio, el martirio de San Esteban (cfr. Hech 6, 8); otro ejemplo de pecador convertido es el del Beato Bartolo Longo, el cual antes de ser ferviente devoto y difusor del Santo Rosario y de la advocación de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, fue espiritista, médium y sacerdote de Satanás, además de ser un gran enemigo de la Iglesia, al dejarse contaminar por el pensamiento de filósofos anti-cristianos como Hegel y Renán; otro ejemplo de santo que fue pecador antes de su conversión es San Agustín, Doctor de la Iglesia, quien frecuentó todo tipo de sectas además de tener un hijo, Adeodato, por fuera del matrimonio; otro ejemplo clamoroso de conversión es el de Santa Teresa de Ávila, a quien Jesús la llevó al infierno y la hizo entrar en la cueva con paredes de fuego que  le estaba destinada por toda la eternidad, si es que continuaba con su vida de pecadora y no se convertía y eso que Santa Teresa, al momento de tener esta experiencia mística, ya era hermana Carmelita. Con ejemplos como estos, podríamos continuar sin detenernos, ya que la vida de la Iglesia está signada por la vida de pecadores que se convirtieron en grandes santos. El gran ejemplo que nos dejan los santos es que ellos, si bien eran pecadores antes de la gracia de la conversión, una vez recibida esta gracia, tomaron conciencia de la miseria que es el pecado y del valor inestimable de la gracia, al punto que desearon morir antes que pecar, siquiera con pecados veniales, e hicieron el propósito de vivir en gracia y de perder la vida terrena, si fuera necesario, antes que perder el estado de gracia. El mérito de los santos radica en haberse enamorado de Jesucristo y su gracia, prefiriendo la muerte antes que perder la gracia y por eso ahora son recompensados con la gloria divina por la eternidad en los Cielos.

          El ejemplo de vida que nos dejan los Santos es el aprecio y el amor a la gracia santificante de Jesucristo y el hacernos ver que, sin la gracia de Jesucristo, ellos no solo no habrían sido jamás santos, sino que, por el camino de pecado que llevaban, su condena en el Infierno era segura. En esto consiste el apreciar la santidad, en que saber que la diferencia entre habitar en el Infierno para siempre y el vivir en la gloria de los Cielos por la eternidad, comienza aquí en la tierra, con el amor a Jesucristo y a la gracia que nos confieren los Sacramentos. Quien comprendió esto con lucidez celestial fue Santo Domingo Savio, quien a los nueve años le dijo a San Juan Bosco: “Prefiero morir antes que pecar”. Lo que carácterizó a los Santos es el haber amado más la vida eterna que la vida terrena; el haber despreciado los bienes terrenos con tal de adquirir el Bien Eterno de la vida de la gracia; el haber amado a Jesús por encima de todo, incluso hasta por encima de la propia vida.

          Nuestra esperanza de santidad en esta vida y de feliz eternidad en la otra vida, es la vida de los santos, porque ellos, siendo pecadores como lo somos nosotros, no se quedaron en el pecado, sino que abrazaron la vida de la gracia e hicieron todo lo que estaba a su alcance para perseverar en la gracia y también para acrecentarla. Por esta razón es que la Santa Iglesia Católica nos propone a los Santos y sus vidas y mensajes de santidad y es para que, aprendiendo de ellos y de sus vidas y sobre todo participando de su gran amor a Jesucristo y la gracia de los Sacramentos, lleguemos algún día a ser santos como ellos y participemos de su gloria y de su bienaventuranza, adorando a la Trinidad y al Cordero por siglos sin fin.


lunes, 19 de octubre de 2026

“Hipócritas, sabéis reconocer el tiempo climatológico pero no el signo de los tiempos”

 


“Hipócritas, sabéis reconocer el tiempo climatológico pero no el signo de los tiempos” (cfr. Lc 12, 49-56). Jesús dirige un duro reproche, llamándolos “hipócritas” a quienes saben descifrar el tiempo climatológico -saben si va a llover o no, si va a soplar viento zonda o no- y pueden predecir el cambio de estaciones, pero sin embargo no saben -o no quieren saber- reconocer el tiempo de Dios, es decir, los signos que indican los tiempos de Dios.

Jesús acusa de “hipócritas” a quienes son capaces de reconocer el tiempo el tiempo meteorológico y cronológico, que es el “chronos” o medida del ser, pero no son capaces -o no quieren- reconocer otro tiempo, mucho más importante, el “tiempo de Dios”, en griego “Kairós”, que es el tiempo histórico-salvífico en el que Dios interviene en la Persona del Hijo, para la salvación de los hombres y es lo que Jesús llama “signo de los tiempos”.

 El “signo de los tiempos”, el tiempo que transcurre no por la simple sucesión de las horas y los días, sino hacia el vértice tiempo-eternidad, en la consumación de los tiempos y el inicio de la eternidad, se da en su plenitud en la Encarnación del Hijo de Dios en el seno virgen de María; es un tiempo histórico, porque fue un hecho puntual acaecido en la historia humana y es a la vez salvífico, porque con el ingreso del Ser Eterno de Dios Hijo y su encarnación en una naturaleza humana, toda la historia humana en general y todo tiempo de cada persona humana adquiere un nuevo sentido, una nueva dirección, una dirección vertical, porque se orienta al Cielo y este tiempo nuevo salvífico, desarrollado en la historia humana, alcanza su fin con el Fin de los tiempos, con el Último Día, el Día del Juicio Final, que es al mismo tiempo el inicio de la eternidad.

Lo que hay que considerar es que, antes de que llegue el Día del Juicio Final, Día en el que finalizará para siempre el tiempo cronológico para dar inicio a la eternidad del Ser Divino trinitario, este tiempo al que medimos en días, meses y años, desde la Encarnación del Verbo de Dios está, por así decirlo, “impregnado y atravesado por la eternidad divina. Esto quiere decir que cada segundo, cada minuto, cada día que el hombre vive en esta tierra, es un segundo, un minuto, un día por los cuales el hombre participa de la eternidad del Ser Divino trinitario. Por esta razón, lo que el hombre elige en el tiempo tiene destino de eternidad y queda “fijado” en la eternidad, tanto para el bien como para el mal. Por estar impregnado por la eternidad del Verbo de Dios por su Encarnación, todo tiempo humano es, a partir de Jesús, “tiempo de Dios”, porque todo el tiempo humano, desde la Encarnación gira en torno y se dirige a la Eternidad Divina. Es esto lo que, como cristianos, estamos llamados y obligados a reconocerlo y si no lo hacemos o no lo queremos hacer, corremos el riesgo de ser calificados como “hipócritas” por parte de Jesús. Desde la Encarnación, el tiempo humano ha dejado de ser meramente “chronos” o cronológico, para ser “Kairós” o salvífico y esto significa que el ser humano debe pensar, querer, actuar no según su propia voluntad de Dios, sino según la voluntad de Dios, que es una voluntad salvífica. En otras palabras, debemos considerar a esta vida terrena no como un simple transcurrir horizontal del tiempo, sino como una elevación vertical del tiempo que, unido a la Eternidad Divina, transcurre cada día en la dirección de su consumación final en el Día del Juicio Final. Y según esta cosmovisión, el tiempo terreno es una antesala de la eternidad, la cual puede ser de dolor o de gozo, según los libres actos realizados en el tiempo que Dios nos da para la salvación eterna.

Si el hombre obra reconociendo que su tiempo en la tierra es un tiempo salvífico, un tiempo histórico-salvífico, obrará la misericordia, de modo que su tiempo cumpla su cometido, que es la eterna salvación. Pero cuando el hombre, capaz de reconocer el tiempo cronológico y el tiempo meteorológico, cierra sus ojos al reconocimiento del tiempo salvífico o “Kairós”, comportándose de forma “hipócrita” como lo dice Jesús, entonces comienza a vivir un tiempo no-salvífico y es el caso de la moderna civilización humana, en el que Dios y su Mesías, Cristo Jesús, han sido dejados de lado porque el hombre ha construido una moderna Babel, una civilización puramente humana, sin Dios.

Estemos atentos y sepamos discernir el “tiempo de Dios”. el “Kairós”, el tiempo histórico-salvífico, para encaminar nuestros pasos en el tiempo hacia la feliz Eternidad Divina.

 


sábado, 17 de octubre de 2026

“Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”

 


(Domingo XXIX - TO - Ciclo A – 2026)

“Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” (Mc 12, 13-17). Los herodianos y fariseos se reúnen y confabulan entre sí para tenderle una trampa a Jesús, de manera de hacerlo caer en ella y así tener motivos para acusarlo. Para llevar a cabo sus planes, le presentan a Jesús una moneda que posee la imagen del César, el emperador romano, al tiempo que le hacen una pregunta que es la que lleva en sí misma la trampa, le preguntan si Él, que se presenta como un maestro religioso, considera “si es lícito pagar o no el impuesto al César”. La pregunta no es formulada con el deseo sincero de conocer la verdad, sino con la intención de tenderle una trampa para tratar de hacerlo caer en alguna contradicción y así usar la respuesta de Jesús en un juicio en su contra. La pregunta presenta una doble dificultad y por lo tanto una doble posibilidad, para Jesús, de caer en la trampa. Si Jesús responde que sí hay que pagar impuestos al César, los fariseos y herodianos lo acusarán de ser cómplice del Imperio Romano, la potencia ocupante en ese entonces; si Jesús contesta que no hay que pagar impuestos, la acusación será de intento de revolución y de sublevación, poniendo al pueblo en contra del gobernante, es decir, el César. Para los fariseos y herodianos se trata de una trampa perfecta; según su malicioso pensamiento y obrar, Jesús no tiene escapatoria y antes de que Jesús responda, se gozan maliciosamente de lo que piensan es un rotundo triunfo. Sin embargo, Jesús es Dios Hijo, es la Segunda Persona de la Trinidad, es la Sabiduría Increada y Eterna de Dios y por lo tanto es imposible que caiga en una trampa dialéctica inventada por los hombres. Además, como Jesús es Dios, se cumple lo que dice la Escritura: “de Dios nadie se burla”.

Ante la pregunta capciosa y maliciosa, Jesús no responde ni afirmativa ni negativamente. En vez de eso, Jesús pide que le enseñen la moneda -un denario- con la que se pagan los impuestos. El denario lleva impresa la imagen del César y por esto Jesús les pregunta de quién es esa imagen. Los fariseos y herodianos responden obviamente que es la imagen del César. Una vez que los fariseos y herodianos afirman que la imagen es del César, Jesús da la respuesta que demuestra que Él es la Sabiduría Divina en Persona, que sobrepasa infinitamente a la razón humana, no solo escapando de la trampa que le habían tendido, sino dejándolos a ellos a su vez entrampados en su misma dialéctica. Usando la respuesta que ellos le dieron, Jesús les hace ver que, si la moneda tiene la imagen del César, entonces la moneda es del César y en consecuencia, se debe dar al César lo que es del César; en otras palabras, hay que pagar impuestos. Pero además de esto, Jesús agrega algo más que supera las expectativas de sus enemigos, algo que está fuera del alcance de la trampa tendida por fariseos y herodianos y es que Jesús dice que si al César hay que darle lo que es del César, también corresponde darle “a Dios, lo que es de Dios”. En otras palabras, el cristiano debe pagar impuestos, siempre y cuando sean justos y esto es lo que significa “darle al César lo que es del César”, pero además, en justicia, debe “darle a Dios lo que es de Dios”. Esto último rompe el esquema de la trampa tendida por fariseos y herodianos y lleva el planteamiento inicial a un nivel totalmente inesperado por sus interlocutores, el nivel divino: ahora, el hombre no solo debe cumplir con el poder temporal, sino que debe, ante todo, cumplir con su Creador, dándole a Dios lo que le corresponde a Dios.

Con su respuesta Jesús nos deja una enseñanza válida para esta vida y para la vida eterna: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”. La moneda, el dinero, al llevar la efigie del César, indica que es del César y por lo tanto hay que dárselo a él, al poder temporal, al mundo, que es adonde pertenece el dinero. Al César, al poder mundano y terrenal, hay que darle lo que le pertenece, el dinero y todo lo que este conlleva: posesiones materiales, éxito mundano, poder, influencias terrenas. Esto es lo que le pertenece al “César”, al poder mundano, al mundo y por eso hay que “dárselo al mundo”, en el sentido de despojarnos de lo mundano. El católico está en el mundo, por eso hay que darle al mundo lo que es del mundo, el dinero, pero también el cristiano no es de este mundo y es esto lo que explica la segunda parte de la respuesta de Jesús: “a Dios, hay que darle lo que es de Dios”. Entonces, si al César hay que darle lo que es del César y eso es justo, también a Dios hay que darle lo que es de Dios y por eso debemos preguntarnos qué es lo que le pertenece a Dios, porque eso es todavía más justo: darle a Dios lo que es de Dios.

Nos preguntamos entonces, ¿qué es lo que tenemos y que es de Dios y por lo tanto debemos darle a Dios? Es de Dios y a Dios le pertenecen nuestro ser, nuestra vida, nuestra alma, nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestro corazón, nuestro cuerpo, porque Él es Nuestro Creador -Dios Padre nos creó y nos dio el ser, sacándonos de la nada-; Él es Nuestro Redentor -Dios Hijo nos redimió al precio de su Sangre en la cruz-; Él es Nuestro Santificador -Dios Espíritu Santo nos santifica con su Presencia en el alma en gracia-.

Entonces, a Dios Uno y Trino hay que darle lo que le pertenece y lo que le pertenece es todo nuestro ser, toda nuestra vida, todo el corazón, toda el alma, todo lo que somos y tenemos, porque Él es Nuestro Dios y Señor. Estaríamos quedándonos con algo que no nos pertenece, si decimos egoísta y erradamente: “Yo soy yo y no le pertenezco a nadie”, o si dijéramos: “Yo dispongo de mi vida como me parece, sin importarme ni Dios ni los planes que Dios tiene para mí”. Eso sería injusto y equivocado, porque a Dios le pertenece nuestro ser, nuestra vida, todo lo que somos y tenemos. Por esta razón, debemos darle a Él todo nuestro ser, para tomando en el tiempo Él lo que es de Él -nuestro ser, nuestra vida, nuestra existencia-, lo siga poseyendo por toda la eternidad. Somos propiedad y pertenencia de Dios, en el tiempo y en la eternidad y esto es lo que significa “dar a Dios lo que es de Dios”. Y debemos dar a Dios lo que le pertenece no de cualquier manera, sino por medio de las manos de la Virgen y su Inmaculado Corazón.

“Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Al César, al poder temporal, le corresponde el dinero y el católico debe pagar impuestos que sean justos para que el César, el poder temporal, guiado por la Ley de Dios y en cumplimiento de su voluntad, lo retorne en obras -hospitales, escuelas, carreteras, etc.- que sirvan para el Bien Común. Pero el católico debe dar a Dios lo que es de Dios: nuestro acto de ser, que es lo más profundo e íntimo de nosotros mismos, la perfección por la cual somos en acto en la realidad y dejamos de ser una mera idea, pero como del acto de ser se derivan la vida, la naturaleza, la existencia, a Dios le pertenecen nuestros pensamientos -de ahí que nuestros pensamientos deban ser purificados por la gracia y la penitencia, para ofrecer a Dios no nuestros pensamientos de pecado, sino los pensamientos santos y puros que tiene Jesús coronado de espinas- y le pertenecen también nuestras palabras, nuestros deseos y nuestras acciones. Ahora bien, puesto que Dios es Tres veces Santo, todo lo que le ofrezcamos debe ser santo, debe estar purificado por la gracia, por la penitencia y por la oración, porque Dios es nuestro santificador y la Santidad Increada en Sí misma y por esta razón, no podemos darle pensamientos, palabras y obras que no sean santos.

“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Demos el dinero al mundo, que es a quien le pertenece y demos a Dios lo que es Dios: todo lo que somos, lo que pensamos, deseamos y obramos, aunque como dijimos, puesto que Dios es Tres veces Santo, lo que le demos a Dios también debe ser santo.

 


“He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía verlo ya ardiendo!”

 


“He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía verlo ya ardiendo!” (Lc 12, 49-53). Jesús afirma que ha “venido a traer fuego”, por esa razón, debemos preguntarnos de qué clase de fuego está hablando Jesús. El fuego que conocemos es un fuego que provoca ardor, dolor, quemazón; por eso debemos preguntarnos si es este fuego o si se trata de otro fuego. También debemos preguntarnos qué es lo que Jesús desea quemar con el fuego que trae y porqué su apuro por verlo arder.

Para saber de qué fuego se trata, debemos tener presente que el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad, se representa con el fuego y de hecho, desciende “como lenguas de fuego” en Pentecostés sobre María Santísima y los Apóstoles reunidos en oración. Con esto en mente, tenemos una primera respuesta: Jesús ha venido a traer un fuego que no es terreno, sino celestial y ese fuego es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, el Fuego que Él expira junto al Padre. De esto se sigue que el Fuego que trae Jesús no tiene nada que ver con el fuego terreno, en el sentido de que es un fuego de origen celestial, divino, sobrenatural y por eso mismo no solo no provoca dolor, quemazón, ardor o destrucción, como el fuego terreno, sino que, por el contrario, es un Fuego que provoca en el alma del hombre alegría, paz, dicha, amor. El Fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra es entonces el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad.

¿Qué es lo que Jesús quiere quemar con este Fuego celestial? Jesús no quiere quemar las cosas del mundo, es decir, las cosas materiales: Jesús quiere encender, en el Fuego del Divino Amor, a las almas de los hombres, a los corazones de los hombres, para que estos ardan de Amor a Dios. Como este Fuego se encuentra en su Sagrado Corazón Eucarístico, debemos pedir la gracia de que nuestros corazones, al momento de comulgar, sean como la madera seca o como el pasto seco, para que al contacto con el Fuego que envuelve al Sagrado Corazón Eucarístico, nuestros corazones ardan y se enciendan en el Amor de Dios.

Una última consideración que debemos hacer es el preguntarnos el porqué del apuro de Jesús por ver arder el fuego que Él ha venido a traer y la razón es el mismo Amor de Dios: aquel que ama, desea ser amado, desea ser correspondido en el amor y Jesús, que es Dios y nos ama con su Amor, que es el Amor de Dios, quiere que lo amemos, pero no con nuestro pobre amor humano, limitado, pequeño, egoísta, contaminado con el pecado original; Jesús quiere que lo amemos con el Fuego del Divino Amor, el Amor que arde en su Sagrado Corazón Eucarístico. Para corresponder al pedido de Jesús, para que Él pueda ver ardiendo en nuestros corazones el Fuego del Divino Amor, el Fuego que Él ha venido a traer y quiere ver ardiendo, recibamos en gracia al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús y Él hará que nuestros corazones se enciendan en el Fuego del Amor Santo, el Fuego del Espíritu del Padre y del Hijo.