(Domingo III - TC - Ciclo A)
“Llega la hora en que los verdaderos adoradores
adorarán al Padre en espíritu y en verdad”
(Jn 4, 5-42). La samaritana tenía un concepto demasiado material en
relación a la adoración: pensaba que solo se podía hacer adoración en un lugar
físico, la montaña o Jerusalén, pero Jesús corrige este concepto erróneo de la
samaritana de que para adorar a Dios era necesario acudir a un lugar físico: ahora,
a partir de Jesús, la adoración al Dios verdadero no será ni en la montaña ni
en Jerusalén, sino en el interior del alma: “en espíritu y en verdad”.
Jesús plantea el acto de la adoración, el cual es
una acción interior, espiritual, que brota de lo más profundo del espíritu del
hombre y consiste en el surgimiento del asombro, el estupor, la admiración, en
lo más profundo de la creatura luego de contemplar la santidad, la majestad y
la grandeza infinita de Dios. El Ser divino es tan infinitamente grandioso y
majestuoso, que la irradiación de su inmensa hermosura y santidad deja a la
creatura como aniquilada frente a tanta grandeza. En la adoración se combinan
el estupor y la admiración frente a la inmensidad de la majestad del ser
divino, unidos a la percepción de la propia nada delante de semejante grandeza.
Para darnos una ligera idea de lo que es la
admiración y el asombro que el alma experimenta ante la majestad infinita de
Dios Trino, podemos hacer una comparación de lo que cualquiera de nosotros
experimentamos ante la majestuosa belleza de la naturaleza, como por ejemplo,
las estrellas, las montañas, el mar, o la naturaleza humana en sí misma: si la
hermosura de la naturaleza en general provoca asombro y estupor en quien es
capaz de asombro y estupor -Aristóteles decía que el asombro es el comienzo de la
filosofía y podemos decir que la capacidad de asombro ante la belleza es lo que
distingue al ser inteligente del ser bruto o no pensante-, es decir, si el
atractivo o hermosura de la naturaleza, que a su vez es una palidísima sombra
de la hermosura del Ser divino trinitario, deja al alma asombrada, cuánto
infinitamente más debe el alma quedar asombrada, anonada e impactada ante la sublime
e indescriptible hermosura del Acto de Ser divino Trinitario en la contemplación
experiencial de la sublime majestad y grandiosidad de Dios, cuando Dios, en un
acto de su infinita misericordia, permite ser contemplado visiblemente, como
por ejemplo en el Monte Tabor. Es lo que les sucede por ejemplo en la Epifanía,
en Belén; a Ezequiel (Ez 1, 28), o a
Saulo ante la aparición de Cristo resucitado (He 9, 4), a Pedro, Santiago y Juan, en el Monte Tabor: quedan como
aniquilados y extasiados, ante la presencia abrumadora majestuosidad de la
divina hermosura de la Trinidad Sacrosanta[1].
Ante esta Presencia Santísima de la Trinidad
Divina se produce en el alma un movimiento facilitado por la gracia
santificante que es el da la adoración, el cual es un movimiento interior,
espiritual, consistente en un movimiento de postración y anonadamiento interior
primero, acompañado inmediatamente de una postura exterior, corporal, como la
genuflexión o la postración, debido a que somos seres humanos, compuestos por
espíritu y cuerpo material, lo cual quiere decir que la adoración, para ser
genuina, debe tener dos movimientos, primero, la postración interior, la del
corazón, por así decirlo, y luego la del cuerpo, que puede ser la genuflexión o
la postración; en caso de faltar la primera, en cuya caso solo Dios puede
detectarlo, la adoración es falsa, inauténtica y carente de todo valor. Para
que la adoración ante la Santísima Trinidad y ante el Cordero de Dios, Cristo
Jesús, sea verdadera ante los ojos de Dios, debe tener los dos componentes, el
interior o del corazón y el exterior o corporal.
Tanto en la Sagrada Escritura, como en las
incontables apariciones de la Virgen, de santos y de ángeles a lo largo de la
historia de la Iglesia, los santos testigos de estas apariciones se han
postrado en adoración delante de Nuestro Señor Jesucristo, delante de Jesús
Eucaristía y los testimonios son incontables; Santa Bernardita Soubirous, en
las apariciones de la Inmaculada Concepción; los Beatos Pastorcitos de Fátima,
postrándose de rodillas y con la frente en tierra ante la Sagrada Eucaristía
traída por el Ángel de Portugal. Y en todos los casos, estos movimientos
exteriores de postración corporal, de genuflexión y de postración con la frente
en tierra, estuvieron siempre precedidos y acompañados por la iluminación de la
gracia interior del Espíritu Santo, que ilumina y sumerge al alma en la
divinidad y la conduce hacia la posición de adoración para que el ser humano
sea digno de la contemplación del Ser divino trinitario que se le manifiesta en
su divina majestad.
El asombro y el estupor, movimientos interiores y
espirituales, movilizados interiormente y desde lo alto por la gracia son los
que caracterizan, en esencia, a la adoración y son los que le conceden a esta
su esencia, que es el ser un acto de las potencias del alma iluminados por la
gracia, es decir, un acto de conocimiento y de amor sobrenaturales del Acto de
Ser Divino trinitario en su grandeza, en su majestuosidad, en su infinita
bondad, en su infinita perfección de perfecciones y en el conocimiento del Ser
de Dios Trino no solo en su omnipotencia -en lo que puede hacer y dar-, sino en
lo que Es en Sí mismo en la infinita perfección de su Ser divino trinitario.
Ahora bien, este conocimiento y este amor de Dios Trino, de origen
sobrenatural, solo lo puede conceder el mismo Dios, lo cual quiere decir que no
se origina en el ser humano; este conocimiento sobrenatural de la majestad de
la Trinidad y del Cordero de Dios, es decir, de Jesús en cuanto Hijo de Dios
encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, sólo puede ser
concedido por el Santo Espíritu de Dios, por la Persona Tercera de la Trinidad;
solo Dios Espíritu Santo, con su Luz Eterna puede iluminar al alma con la luz
de la sabiduría divina hasta las entrañas mismas, para hacerla comprender, con
el verdadero conocimiento y el verdadero amor de Dios que la Trinidad es el
Verdadero y Único Dios y que Jesucristo es Dios Hijo Encarnado que prolonga su
Encarnación en la Eucaristía por medio del misterio de la liturgia eucarística
de la Santa Misa. Solo de esta manera puede el alma, iluminada con la luz
eterna de Dios, volverse capaz de reconocer y amar a Dios Trino “en espíritu y
en verdad”, tal como lo dice Jesús.
Es esta adoración, “en espíritu y en verdad” es
la adoración a la cual hace referencia Jesús, ya que no se trata ni de
solamente acudir a un lugar físico -la montaña o Jerusalén-, como creía la
samaritana, ni de una mera postura externa -solo una genuflexión-, sino de un
movimiento ante todo espiritual que comienza con el don de lo alto, el don de
la gracia, que ilumina el intelecto y el corazón, para que el alma sea capaz de
comprender que se encuentra ante la Presencia del Dios verdadero, estando aún en
la tierra.
Es Dios mismo quien, por medio del don de la
gracia santificante, quien hace posible la verdadera adoración revelada por
Jesús a la samaritana, la adoración “en espíritu y en verdad”, la adoración
interior, espiritual, sobrenatural, en la que el espíritu del hombre se postra
interiormente ante la majestad de la Trinidad divina y luego esa postración
interior se acompaña de una postración o genuflexión corporal; es Dios quien
hace posible la adoración “en espíritu y en verdad”, porque por su Espíritu Santo
une las almas de los bautizados y los hace ser un mismo espíritu y un mismo
cuerpo: un mismo espíritu con Dios y un mismo cuerpo en Cristo[2].
La adoración surge entonces en el alma luego de contemplar la majestad de Dios;
la adoración surge en el Pueblo Elegido aun cuando Dios no se había revelado en
todo su esplendor; cuanto más entonces, los que formamos el Nuevo Pueblo de
Dios, los bautizados en la Iglesia Católica, a quienes Dios se nos revela en la
infinita majestad de su esplendor de su gloria eucarística en Cristo Jesús,
debemos adorar interiormente, “en espíritu y en verdad”, en el altar
eucarístico, al Dios encarnado, que prolonga su encarnación en la Eucaristía,
al Verbo de Dios, Jesús Eucaristía. Los integrantes del Nuevo Pueblo de Dios
deberían hacer de sus vidas un himno en honor de Dios, desde el momento en que
ese Dios de majestad infinita nos comunica su vida, su gloria, su majestad y su
Espíritu y por la Encarnación, su Cuerpo y su Sangre, para que, por así decir,
dejemos de ser creaturas y seamos Dios como Él.
“Es la hora de los adoradores de Dios, en
espíritu y en verdad”, le dice Jesús a la samaritana. Y en verdad debería ser
la hora de los verdaderos adoradores de Dios, y sin embargo, parecería ser que
a cambio de tanto amor demostrado por Jesús hacia los hombres, estos le
demuestran frialdad, ingratitud, desamor y hasta odio, de modo que a la hora de
la adoración a Dios la convierten en la hora de los adoradores de la Nueva Era,
la hora de los neo-paganos, que es la hora de los que adoran a los demonios y a
los poderes ocultos del infierno por medio del Tarot, del juego de la copa, de
la lectura de las cartas; hoy se ha convertido la hora de la adoración
eucarística en la hora de la adoración del dios poder, de la democracia liberal
y del racionalismo político; hoy es la hora de los adoradores de Satán, la hora
de los masones y de los ocultistas. Pocas veces en la historia el hombre se ha
desviado tanto del culto al verdadero, rindiendo adoración y homenaje a falsos
dioses. Hoy más que nunca se da una falsa adoración: la adoración idolátrica
del neo-paganismo de la Nueva Era, que coloca al hombre o al demonio en el
lugar de Dios, provocando la abominación de la desolación.
“...vosotros decís que hay que adorar en
Jerusalén...”. La samaritana pensaba que se debía acudir a un lugar físico para
adorar al Dios verdadero, pero Jesús le revela que no hace falta ir a Jerusalén
para adorar a Dios. Ahora hay otro templo en donde el Verdadero Dios debe ser
adorado y ese templo en donde habita Dios con su Espíritu y en donde Dios
merece ser adorado por su inmensa grandeza, es el cuerpo resucitado de
Jesucristo (Jn 2, 19-22), y el cuerpo
resucitado de Jesucristo está en la Eucaristía y la Eucaristía está en el
Sagrario. Quienes han nacido del Espíritu, cuando comulgan sacramentalmente la
Eucaristía, se asocian en Cristo a la verdadera y única adoración que Él en
Persona hace, en Espíritu y en verdad al Padre y en la que el Padre halla su
agrado y complacencia. Esta es la razón por la cual, cuando recibimos la
comunión eucarística, no basta cumplir una acción exterior[3],
privada del movimiento interior de adoración. Cuando comulgamos, en ese momento
se produce el encuentro personal con el Dios de majestad, Jesucristo, con el
Dios que provoca el asombro y el estupor y la alegría por su inmensa grandeza y
con Él y en Él adoramos al Padre “en espíritu y en verdad”. En la comunión
debemos buscar de entender cómo nos adentramos en el misterio de Cristo, cómo,
misteriosamente, el Espíritu de Dios hace que, más que comulgar nosotros a
Cristo, sea Él quien nos introduzca en su misterio[4].
Y de allí debe surgir la adoración “en Espíritu y en verdad”. La Comunión nunca
debe ser un mero acto exterior, debe ir siempre precedida por un acto de
adoración interior a Jesucristo.
La adoración eucarística, es la verdadera
adoración de Jesús, Dios verdadero, que se ha encarnado y prolonga su
encarnación en la Eucaristía para ser adorado por nosotros. La adoración en
espíritu y en verdad se da, por medios del Espíritu de Dios, en el encuentro
personal del alma con el Hombre-Dios Jesucristo en la Comunión eucarística. Si
le preguntáramos a Jesús, como la samaritana, quién es y dónde está el Mesías
Dios al que hay que adorar, Él nos diría: “Soy Yo, en la Eucaristía, el que
habla contigo”.
[1] Cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica,
Biblioteca Herder, 1980, voz “adoración”, 49.
[2] Cfr. Matthias Joseph Scheeben,
Naturaleza y gracia, Editorial
Herder, Barcelona 1959, 275.
[3] Cfr. Thomas Merton, Il Pane vivo, Ediciones Garzanti,
Florencia 1958, 123.
[4] Cfr. Merton, ibidem,. 123.






