sábado, 24 de febrero de 2024

“Éste es mi Hijo muy amado, escúchenlo”

 


(Domingo II - TC - Ciclo B – 2024)

         “Éste es mi Hijo muy amado, escúchenlo” (Mc 9, 2-10). Jesús se transfigura ante sus discípulos e inmediatamente se escucha la voz de Dios Padre que dice: “Éste es mi Hijo muy amado, escúchenlo”. Lo sucedido en el Monte Tabor se llama “teofanía”, es decir, “manifestación de la divinidad”: Dios se manifiesta en su Trinidad: Jesús como Dios Hijo, Dios Padre, y Dios Espíritu Santo, que es Quien une a los dos en el Divino Amor. Esta manifestación de la divinidad, si bien es sobrenatural, porque es divina, obviamente, es doblemente sensible: los discípulos “ven” a Cristo brillar con un resplandor más brillante que miles de millones de soles juntos y además “escuchan” la voz de Dios Padre, Quien les presenta a su Hijo y les pide que lo “escuchen”.

         Esto mismo nos lo dice Dios Padre a nosotros, que escuchemos a Cristo Jesús. Entonces, acudamos a las Escrituras, para que sepamos qué es lo que nos dice Jesús, para escuchar su palabra, que es Palabra de Dios y ponerla en práctica.

         “Ama a tus enemigos”: Jesús no nos dice: “Véngate de tus enemigos”, “Deséales el mal”, mucho menos nos llama a hacerles el mal: nos dice: “Ama a tus enemigos”, porque así lo imitamos a Él quien, siendo nosotros sus enemigos, nos amó y perdonó desde la cruz. El amor al enemigo es sobre todo para el enemigo personal, porque a los enemigos de Dios, de la Patria y de la Familia, se los debe combatir, si bien hay distintos niveles (resistencia legal pasiva, resistencia legal activa, resistencia armada).

         “Pon la otra mejilla”: está relacionado con el anterior: si alguien nos ofende, o si recibimos una injuria, incluso física, no debemos responder, al menos en primera instancia, con violencia; por el contrario, debemos poner la otra mejilla.

         “Da al que te pide prestado”: nuestro egoísmo, unido a nuestro materialismo, nos lleva a acumular cosas materiales, no solo dinero y el dar en nombre de Cristo y porque Cristo lo dice, nos ayuda a luchar contra este egoísmo y materialismo que ahoga al espíritu.

         “Un vaso de agua dado en Mi Nombre no quedará sin recompensa”: se puede dar un vaso de agua perteneciendo a una ONG o en nombre de Cristo: en el primer caso, la acción no tiene valor para ganar el Cielo; en el segundo, sí. Dar en nombre de Cristo, aunque sea un vaso de agua, abre las puertas del Cielo para el alma.

         “Perdona setenta veces siete”: los judíos pensaban que, siendo el número siete el número perfecto, se debía perdonar solo hasta siete veces; Cristo en cambio nos dice que perdonemos “setenta veces siete”, lo cual quiere decir “siempre”, sin límite de tiempo, porque así nos asemejamos a Él que desde la Cruz nos perdona sin límite de tiempo, con un amor eterno, el Amor de su Sagrado Corazón.

         “Sean misericordiosos”: el pecado original ha herido al corazón humano convirtiéndolo en un corazón frío, duro, insensible al dolor y al sufrimiento del prójimo; Cristo nos dice que obremos la misericordia con el prójimo, así lo imitamos a Él que desde la Cruz nos ama con su Divina Misericordia.

         “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”: Jesús nos ha amado hasta la muerte de cruz, con el Amor del Espíritu Santo y es así como debemos amar a nuestros prójimos, no con nuestro propio amor humano, limitado, que hace acepción de personas, que se deja llevar por las apariencias y que no es capaz de amar como ama Dios, espiritual e interiormente.

         “Sígueme”: es un llamado personal y a la vez universal, a una sola vocación, la vocación a la santidad. Jesucristo nos llama a ser santos, a seguirlo a Él por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis, porque por este camino se llega al Calvario, se crucifica al hombre viejo y renace el hombre nuevo, el hombre que vive la vida de la gracia, que así consigue llegar al Cielo.

         “Si quieres conseguir el Reino, da todo a los pobres y sígueme”: en el seguimiento de Jesucristo se debe llevar la Cruz y si se lleva la Cruz, no es posible cargar otros objetos materiales; el desprendimiento de lo material para darlo al más necesitado, además de ser una obra de misericordia que nos ayuda a ganar el Cielo, nos hace más fácil llevar la Cruz de cada día.

         “Si alguien quiere venir en pos de Mí, renuncie a sí mismo, cargue su cruz y me siga”: Para seguir a Cristo hay que querer seguirlo y para quererlo hay que amarlo y para amarlo hay que conocerlo, porque nadie ama lo que no conoce; de ahí la importancia de la oración, de la meditación, de la Adoración Eucarística, del rezo del Santo Rosario, porque así la gracia nos hace conocer a Cristo, nos hace amarlo, nos hace desear seguirlo y nos ayuda a negarnos a nosotros mismos, cargando la Cruz de cada día en pos de Jesús.

         “Coman mi Carne y beban mi Sangre para que tengan Vida eterna”: Luego de hacer una buena Confesión Sacramental -no podemos comulgar si no nos confesamos, al menos una vez al año, para Pascuas-, alimentémonos de la Sagrada Eucaristía, del Pan Vivo bajado del Cielo, del Verdadero Maná celestial, para tener en nosotros la Vida divina trinitaria, para dejar de vivir con nuestra sola vida humana y empezar a vivir, desde la tierra y en el tiempo, con la vida eterna, la divina del Hijo de Dios, Cristo Jesús en la Eucaristía.

         “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Jesús Eucaristía es el Camino al seno del Padre; Jesús Eucaristía es la Verdad de Dios, Uno y Trino, que se nos dona en la Persona del Hijo oculto en apariencia de pan; Jesús Eucaristía es la Vida Eterna, el Pan Vivo bajado del cielo, que nos concede la vida misma de la Trinidad. Él en la Eucaristía es el Camino que debemos recorrer, la Verdad que debemos conocer, la Vida que debemos vivir; Él, Jesucristo, el Hijo de Dios en la Eucaristía y no la Nueva Era, que es la religión del Anticristo; no el yoga, ni el reiki, ni la brujería Wicca, ni el ocultismo, ni el satanismo, ni la masonería, ni mucho menos las ideologías anticristianas como el liberalismo y el comunismo.

         “Éste es mi Hijo muy amado, escúchenlo”. Dejemos de escucharnos a nosotros mismos; dejemos de escuchar al mundo vacío de Dios; escuchemos a Cristo, la Palabra de Dios encarnada, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía; hagamos caso a Dios Padre y así conseguiremos llegar al Reino de los cielos.

jueves, 22 de febrero de 2024

“Vuestra justicia debe ser superior a la de los fariseos”

 


“Vuestra justicia debe ser superior a la de los fariseos” (Mc 5, 20-26). ¿Qué quiere decir Jesús con esta frase? Él mismo nos da una pista, cuando pone ejemplos de cómo debe ser la “justicia” de los cristianos: Jesús dice que antes bastaba con “no matar”, para ser justos ante Dios, pero ahora, el mero hecho de pensar o de sentir irritación o enojo contra el prójimo, ya es susceptible de condena divina. A partir de Cristo, la santidad ya no se mide solamente por los actos externos, sino también por los actos espirituales internos, los más profundos, los que surgen de la raíz del ser, de la profundidad del alma.

Esta nueva condición se basa en algo que los cristianos, a partir de Cristo, poseen y que no poseen los fariseos y es la gracia santificante concedida por los sacramentos: a través de la gracia, el alma participa de la vida trinitaria de Dios, lo cual quiere decir que ya no vive más con las solas fuerzas de la naturaleza humana, sino con la misma vida divina trinitaria; así, su amor no será el amor humano, contaminado por el pecado original, limitado, que se deja llevar por las apariencias: será un amor que participa del Amor Trinitario, el Espíritu Santo, lo cual lo llevará a santificarse en el amor y a hacer obras que lo santifiquen. Pero además hay otro aspecto que concede la gracia y es que coloca al alma en una situación de “presencia”, por así decirlo, delante de Dios, análoga a la presencia que los ángeles y santos poseen en la bienaventuranza del Reino de los cielos. En otras palabras, el alma en gracia vive en la Presencia de Dios Trino, de manera tal que no solo sus palabras, sino hasta el más mínimo pensamiento, sentimiento, movimiento del espíritu, son “vistos”, por así decirlo, por Dios, de una manera directa, real, viva, sobrenatural. Esto hace que un pequeño pensamiento, sea bueno o malo, sea pronunciado en alta voz delante de la presencia de Dios y esa es la razón por la cual la justicia del cristiano debe ser “mayor” que la de los fariseos, porque ya no basta con “no matar”, sino que ahora, un simple pensamiento de enojo, de rencor, de venganza, es pronunciado delante de la presencia de Dios, con las consecuencias que esto tiene.

“Vuestra justicia debe ser superior a la de los fariseos”. Tengamos en cuenta nuestra nueva condición de cristianos, dada por la gracia, que nos coloca en relación directa con Dios, de manera que ni el más mínimo pensamiento, sentimiento o afecto quedan fuera de la mirada de Dios y así caminemos en la Presencia de Dios en la tierra, para adorarlo en los cielos por la eternidad.

Fiesta de la Cátedra de San Pedro, Apóstol

 



         La Cátedra de San Pedro (en latínCathedra Petri, la sede de Pedro) es un trono de madera que, según la tradición medieval, perteneció a San Pedro como primer obispo de Roma y papa. La cátedra -o silla de San Pedro- que se conserva actualmente fue donada por Carlos el Calvo al papa Juan VIII en el siglo IX, con motivo de su viaje a Roma para su coronación como emperador romano de Occidente1.

Además de ser literalmente una silla, la cátedra de San Pedro es también el título de una fiesta litúrgica que celebra la Iglesia católica el 22 de febrero, en la que se recuerda el ministerio del Santo Padre[1]. Además, la Cátedra de San Pedro es símbolo de la doctrina católica sobre la sucesión y la autoridad del episcopado, fundamentada en el mandato de Cristo a San Pedro y a sus sucesores romanos. Entonces, la “silla” a la que se refiere esta fiesta es la cátedra u oficio del apóstol Pedro, dado personalmente por Cristo a San Pedro (Mt 16, 13-18), es el oficio pastoral supremo de Pedro que pasa a cada uno de sus sucesores como obispo de Roma, es decir, donde Pedro sirvió por última vez y donde murió mártir[2]. Es por esta razón que se celebra la Fiesta de la Cátedra de San Pedro.

La Cátedra de San Pedro representa entonces tanto a una silla real que se encuentra en Roma y que la Tradición sostiene que fue utilizada por San Pedro, como así también la Silla de San Pedro representa al papado, a la sucesión ininterrumpida de Papas a lo largo de los 2000 años de historia de la Iglesia. Dado por Cristo mismo a San Pedro en el Evangelio de Mateo, Capítulo 13, versículos 16-18[3], el oficio pastoral supremo de Pedro pasa a cada uno de sus sucesores como Obispo de Roma.

Además de que el propio Pedro utilizó la silla real, la silla tiene ante todo un profundo significado espiritual, relacionado con la misión única y especial de Pedro y sus sucesores, la de cuidar el rebaño de Cristo y así lo dice el Papa Emérito Benedicto XVI en su Audiencia General en la Fiesta de la Cátedra de San Pedro en 2006, en donde resaltó la importancia de la Cátedra y el papel fundamental que desempeña: “Celebrar la “Cátedra” de Pedro, por tanto, como lo hacemos hoy, significa atribuirle un fuerte significado espiritual y reconocerla como signo privilegiado del amor de Dios, eterno Buen Pastor, que ha querido reunir a toda su Iglesia y guíala por el camino de la salvación”. El oficio Petrino continúa el ministerio de Cristo en el mundo de manera visible para que la unidad de la Iglesia sea conocida en todas las épocas y lugares por la unidad de la fe, los sacramentos y el gobierno de los que creen en Cristo. Así, el Catecismo de la Iglesia Católica[4] enseña lo siguiente: “Cuando Cristo instituyó a los Doce, “los constituyó en forma de colegio o asamblea permanente, a la cabeza de la cual puso a Pedro, escogido de entre ellos”. ... El Señor hizo solo a Simón, a quien llamó Pedro, la “roca” de su Iglesia. Le dio las llaves de su Iglesia y lo instituyó pastor de toda la grey... Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece al fundamento mismo de la Iglesia y es continuado por los obispos bajo el primado del Papa... El Papa, obispo de Roma y sucesor de Pedro, “es la fuente y fundamento perpetuo y visible de la unidad tanto de los obispos como de toda la compañía de los fieles”. No puede haber otra fe que la fe del Credo de la Iglesia Católica; no pueden haber otros sacramentos que los sacramentos de la Iglesia Católica; no puede haber otro gobierno que no sea el gobierno del Papa de la Iglesia Católica.

Si bien San Pedro como apóstol fue capaz de una revelación inspirada en sus escritos y enseñanzas, la muerte del último apóstol, San Juan (c. 98 d. C.), puso fin a la Revelación que había comenzado con Moisés y los profetas y se perfeccionó en Cristo (Hb 1, 1-2). El papel de los sucesores de los apóstoles ha consistido desde entonces en custodiar ese Depósito Divino de la Fe, ya sea escrita o enseñada oralmente, es decir, la Sagrada Escritura o Tradición Apostólica (2 Tes 2, 15). Cristo proporcionó una garantía de asistencia divina, prometiendo que el Espíritu Santo los ayudaría en esta tarea (Juan 14:26), dando a Pedro el deber, y por lo tanto el carisma de “confirmar a sus hermanos” (Lc 22, 31). Esto también es inherente a la promesa anterior de Cristo a Pedro de que las puertas del infierno no prevalecerán contra el Reino de cuyas llaves Pedro es custodio (Mt 16, 18-19).

Aun así, el ejercicio supremo del carisma docente del Papa se circunscribe a un contexto particular, definido por el Concilio Vaticano I como, “en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina sobre la fe o las costumbres que ha de ser sostenida por toda la Iglesia, que posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia al definir la doctrina sobre la fe o la moral. Esto significa que la infalibilidad papal es tal en tanto y en cuanto no contradiga a la Palabra de Dios Encarnada, Nuestro Señor Jesucristo.

 



[1] https://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A1tedra_de_San_Pedro ; Este trono se conserva como una reliquia en la Basílica de San Pedro de Roma, en una magnífica composición barroca, obra de Gian Lorenzo Bernini construida entre 1656 y 1666.

[3] “Y yo te digo, tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia, y los poderes de la muerte no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”.

[4] CIC 880-882.


miércoles, 21 de febrero de 2024

“Aquí hay alguien que es más que Jonás”

 


“Aquí hay alguien que es más que Jonás” (Lc 11, 29-32). Jesús trae a la memoria al profeta Jonás, recordado por advertir a los ninivitas sobre un inminente castigo de Dios si no hacían penitencia y se arrepentían de sus pecados, advertencia a la cual los ninivitas hicieron caso, por lo cual Nínive no fue castigada.

El hecho de que Jesús traiga a colación al profeta Jonás y se dirija a Él en tercera persona, como “alguien que es más que Jonás”, se debe a que, como Jesús mismo lo dice, al momento de su prédica, la generación que lo escucha es “malvada”, es decir, repite los pecados, la malicia de Nínive. Y si la generación repite los pecados de Nínive y si Jesús es como Jonás y todavía más que Jonás, entonces es claro que los está llamando al arrepentimiento y a la conversión a aquellos que lo escuchan, ya que, si no lo hacen, recibirán el castigo de Dios merecido por sus pecados: “Esta generación es malvada”, dice Jesús y como es malvada merece castigo si no se arrepiente.

Pero lo que hay que tener en cuenta es que cuando Jesús dice: “Esta generación es malvada”, lo dice no refiriéndose solamente a la generación de hace veinte siglos, a sus contemporáneos, sino a la humanidad en su totalidad: la humanidad, apartada de Dios por el pecado original, ha caído en la malicia del pecado, se ha dejado arrastrar por sus pasiones depravadas y por lo tanto es susceptible de recibir el castigo divino a causa de sus pecados si no se arrepiente y se convierte, tal como hicieron los ninivitas.

Por lo tanto, esta misma llamada al arrepentimiento y a la penitencia que hace Jesús a quienes lo escuchaban en su tiempo, nos la hace también a nosotros, desde el momento en que somos tanto o más pecadores que los ninivitas y también pertenecemos a la “generación malvada”, en cuanto somos descendientes de Adán y Eva. Es aquí en donde la figura de los ninivitas nos ayuda a comprender y a vivir la Cuaresma: los ninivitas son un ejemplo para nosotros acerca de cómo vivir la Cuaresma porque ellos escucharon la voz de Dios, escucharon su advertencia de cambiar de vida, hicieron penitencia y así no solo evitaron el castigo divino, sino que recibieron tantas bendiciones del Cielo, que son y serán recordados hasta el fin de los tiempos por su arrepentimiento y su buen obrar. Aprovechemos el tiempo de Cuaresma para que, al igual que los ninivitas, también nosotros hagamos penitencia, nos arrepintamos de nuestros pecados y recibamos el más grande don que Dios puede hacer a la humanidad, Cristo Jesús en la Eucaristía.

martes, 20 de febrero de 2024

El Padrenuestro se vive en la Santa Misa

 



         El Padrenuestro no solo tiene la particularidad de ser la oración enseñada por Nuestro Señor Jesucristo en Persona, sino que además tiene la particularidad de ser la oración que se vive en la Santa Misa, es decir, es la oración cuyas peticiones y proposiciones se hacen realidad, en acto, en la Santa Misa y veamos las razones, meditando y reflexionando sobre cada una de las oraciones del Padrenuestro.

         “Padrenuestro que estás en el cielo”: en el Padrenuestro nos dirigimos a Dios que está en el Cielo; en la Santa Misa, por la liturgia eucarística, el altar deja de ser una construcción material, para ser una parte del Cielo, en donde está el mismo Dios, de manera que en la Santa Misa tenemos en la tierra a Dios, que vive en los cielos.

         “Santificado sea tu Nombre”: en el Padrenuestro pedimos que el Nombre de Dios sea santificado; en la Santa Misa se cumple esta petición, porque Quien santifica el Nombre Tres veces Santo de Dios es Jesucristo al ofrecerse como Víctima Inmaculada y Santa en la Sagrada Eucaristía.

         “Venga a nosotros tu Reino”: en la Santa Misa pedimos que el Reino santo de Dios venga a nosotros; en la Santa Misa esta petición se hace realidad porque como dijimos, el altar se convierte en el Cielo, donde está el Reino de Dios, con el agregado que no solo viene a nosotros el Reino de Dios, sino el Rey del Reino de Dios, Jesús Eucaristía.

         “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”: en el Padrenuestro pedimos que la voluntad de Dios se cumpla tanto en el cielo como en la tierra y en la Santa Misa esta petición se hace realidad, porque Quien la cumple es Jesucristo quien, sacrificándose en el altar de la cruz, cumple la voluntad de Dios en la tierra, salvando a quienes se unen a su Cruz y cumple la voluntad de Dios en el cielo, llevando a quienes se unen a Él por la Comunión, al seno del Padre, por el Espíritu, en el Reino de los cielos.

         “Danos hoy nuestro pan de cada día”: en el Padrenuestro pedimos a Dios que nos conceda el pan cotidiano; en la Santa Misa, Dios nos concede en acto esta petición, porque además de asistirnos con su Divina Providencia para que no nos falte el pan material, nos concede algo que ni siquiera nos imaginamos y es el Pan Vivo bajado del cielo, el Verdadero Maná celestial, la Sagrada Eucaristía.

         “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”: en el Padrenuestro pedimos perdón por nuestras ofensas y hacemos el propósito de perdonar a quienes nos han ofendido; en la Santa Misa, Jesucristo, con su Santo Sacrificio incruento y sacramental, pide perdón al Padre por nuestros pecados y al mismo tiempo derrama sobre nuestras almas su Sangre, perdonándonos nuestros pecados en el Nombre del Padre, por el Amor del Espíritu Santo.

         “No nos dejes caer en la tentación”: en el Padrenuestro pedimos la fortaleza para no caer en la tentación; en la Santa Misa, Dios nos concede esta petición, dándonos la misma fuerza de Jesucristo para no caer en tentación, pero además, por la Sagrada Eucaristía, nos concede la gracia más que suficiente para crece en la virtud opuesta al pecado sobre el cual somos tentados.

         “Y líbranos del mal”: en el Padrenuestro pedimos a Dios que nos libre del mal, tanto físico como espiritual; en la Santa Misa Jesucristo nos libra de todo mal, principalmente del mal espiritual, el pecado, el error, la herejía y además nos libra del mal en persona, el Diablo o Satanás, el Ángel caído, ya que lo derrota para siempre por medio de su Santo Sacrificio en la Cruz, renovado incruenta y sacramentalmente en la Santa Misa.

         Por todo esto, el Padrenuestro no solo se reza, sino que se vive, en acto, en la Santa Misa.

sábado, 17 de febrero de 2024

Jesús es llevado al desierto por el Espíritu para ayunar y orar, allí es tentado por el demonio por cuarenta días

 


(Domingo I - TC - Ciclo B – 2024)

         La Iglesia inicia el tiempo litúrgico de Cuaresma que comienza el Miércoles de Ceniza y finaliza antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo, y está caracterizado por el ayuno, la abstinencia, las obras de misericordia, y sobre todo el propósito de conversión al Hombre-Dios Jesucristo, conversión que significa dejar atrás las cosas del mundo para que en el corazón, colmado por la gracia santificante que nos concede el Sacramento de la Penitencia, se convierta en morada santa del Cordero de Dios, Jesucristo.

Como su nombre lo indica -Cuaresma viene de cuarenta-, los cuarenta días de Cuaresma recuerdan los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto antes de comenzar su ministerio público, eso explica por qué el Evangelio corresponde al momento en el que el Espíritu Santo lleva a Jesús al desierto para que haga ayuno y oración durante cuarenta días, además de ser tentado por el Demonio; secundariamente, en Cuaresma se recuerdan también los cuarenta años que los israelitas pasaron en el desierto mientras buscaban la Tierra Prometida, cuarenta años que son un símbolo de nuestro paso por la vida terrena, por el desierto de la vida, antes de llegar a la Jerusalén celestial. Entonces, en Cuaresma la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo recuerda principalmente su estadía en el desierto por cuarenta días, antes de comenzar su ministerio público y en los que Jesús no comió ni bebió nada, alimentándose solamente de la oración, debiendo además soportar y resistir las acechanzas del Demonio.

Ahora bien, para poder aprovechar el tiempo de gracia que supone la Cuaresma, se debe considerar que no es un simple “recuerdo” de lo que Jesús hizo en el desierto; no es una mera “conmemoración”, no es una simple función de la memoria que trae al presente un hecho pasado, aun cuando lo haga de forma piadosa y llena de fe. En la Cuaresma, la Iglesia Católica, en su conjunto, además de conmemorar, de recordar la estadía de Jesús en el desierto, “participa”, por el misterio de la liturgia, de la Cuaresma de Jesucristo, de manera que es como si la Iglesia fuese llevada, en el tiempo y en el espacio, al desierto, junto a Jesús, para participar, para hacer lo mismo que hizo Jesús -orar, ayunar, hacer penitencia- y para soportar los embates del Demonio, las tentaciones del Tentador, cuyo único fin es la perdición eterna de las almas en el Infierno. Entonces, “participar” es una acción mucho más profunda que simplemente “recordar”; podemos decir que, al igual que Jesucristo, que es “llevado por el Espíritu Santo al desierto”, también la Iglesia es llevada, real y místicamente, al desierto, por el mismo Espíritu Santo, para que contemple a Jesús y para que haga lo que Jesús, como Supremo Maestro de la humanidad, hace, es decir, orar, ayunar, hacer penitencia y resistir, con la misma oración y con el ayuno, a las tentaciones del Enemigo de Dios y de las almas. Esto quiere decir que todos y cada uno de nosotros somos llevados al desierto, para estar al lado de Jesús, para contemplarlo y para aprender de Él, para aprender a orar, a hacer ayuno, penitencia, obras de misericordia y también para aprender a resistir a las seducciones, trampas y tentaciones que el Demonio coloca en el camino de cada alma para lograr perderla. Es de sentido común que decir “ser llevados al desierto junto a Jesús”, no significa que nos debamos trasladar literalmente al desierto, eso es obvio; significa que cada uno, en su estado de vida que le corresponde, tiene la oportunidad, la gracia, de participar de la Cuaresma de Jesús; esto quiere decir que, cuanto más se contemple a Jesús, tanto más se aprenderá de Él el hacer oración, ayuno, penitencia, obras de caridad. Independientemente de la profesión, de la edad, del estado de vida de cada bautizado, ser llevados al desierto junto a Jesús para participar de su Cuaresma es un don del Cielo, un regalo inmenso e inmerecido, porque nos enseña a luchar contra nuestras pasiones depravadas, contra nuestros vicios y pecados y nos enseña a desear ser santos, a llevar a Jesús en el corazón con el alma en gracia, luego de hacer una buena confesión sacramental. Pero también es verdad lo opuesto: el católico que en Cuaresma sigue espiritualmente como si nada ocurriera, es decir, si continúa con su vida pagana, con sus inclinaciones a las bajas pasiones, con su materialismo, no aprovechará nada de la Cuaresma y así los cuarenta días serán cuarenta días perdidos para comenzar la conversión a Cristo y lo que es peor, el Demonio lo seguirá sosteniendo firmemente con sus garras, aprisionándolo sin que el alma ni siquiera se dé cuenta, porque como dice Santa Teresa de Ávila, “para quienes viven en pecado mortal, el Demonio les hace creer que esta vida terrena es para siempre” y así engañados, no buscan ni buscarán nunca la conversión a Cristo, permaneciendo tristemente aferrados al pecado y encadenados a Satanás. Quien viva la Cuaresma no solo sin hacer penitencia, sino escuchando música profana, alcoholizándose, buscando fiestas mundanas en la que Dios no está; o para quien no haga el sincero propósito de combatir su pecado dominante -en algunos es la ira, en otros la lujuria, en otros la pereza, y así sucesivamente-, para esos tales, la Cuaresma será una pérdida de tiempo y lo que es peor aún, perderá todas las gracias que Dios, a través de la Virgen, tenía pensado concederle para que ganara la vida eterna en el Cielo, dirigiendo su alma al Reino de las tinieblas y no al Reino de Dios.

Tomemos conciencia de lo que significa la Cuaresma, aprovechemos este tiempo de gracia para que verdaderamente comencemos el proceso de conversión que nos llevará a desear tener en el corazón a Jesús Eucaristía en esta vida y a adorar a Jesús Eucaristía, al Cordero de Dios, en la vida eterna.

miércoles, 14 de febrero de 2024

Jueves después de Cenizas

 



“El que quiera seguirme, cargue su cruz y me siga” (cfr. Lc 8, 22-25). Jesús da las condiciones para quien quiera ser discípulo suyo: “El que quiera venir detrás de Mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y me siga”.

Una primera condición para ser discípulo de Jesús es “querer” ser discípulo de Él, por eso Jesús dice: “El que quiera”. El seguimiento de Jesús es por amor, por elección libre del alma a la Persona de Jesús de Nazareth; nadie puede ser discípulo en contra de su voluntad; nadie puede ser discípulo a la fuerza, así como nadie entrará en el Reino de los cielos si no quiere entrar. En esta primera condición para ser discípulos de Él, Jesús nos demuestra no solo cuánto nos ama, sino también cuánto respeta nuestra libertad, nuestro libre albedrío, porque no nos obliga a seguirlo, sino que deja a la libre elección de la persona el seguirlo o no y esta libre elección, a su vez, debe estar basada en el amor sobrenatural a Jesús de Nazareth. Dios nos ama libremente, no a la fuerza; quien quiera seguir a Dios Encarnado, Jesús de Nazareth, también debe hacerlo libremente y no a la fuerza.

La segunda condición es la “renuncia a sí mismo” y esto quiere decir renunciar a nuestro hombre viejo, al hombre dominado por las pasiones sin control, al hombre que se deja arrastrar por las cosas bajas del mundo; al hombre que vive “de pecado en pecado”, como dice San Ignacio de Loyola. Seguir a Jesús implica negarnos en nuestros pecados, vicios, malicias; significa negarnos en la ira, en la pereza, en la gula, en la avaricia y así con todo lo malo. Pero para negarnos a nosotros mismos, debemos saber que somos lo opuesto a Jesús y que nuestro objetivo es asemejarnos a Jesús, para lo cual debemos negarnos en nuestra malicia y trabajar espiritualmente para asemejarnos a Cristo, modelo perfectísimo y fuente inagotable de vida sobrenatural cristiana.

La última condición, es la de “cargar la cruz de cada día y seguirlo” por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis. Con mucha frecuencia nos quejamos de la Cruz, cuando debemos hacer un pequeño esfuerzo, o un sacrificio, o una penitencia, o simplemente sobrellevar con paciencia y caridad aquello que humanamente nos sobrepasa, pero en vez de eso, renegamos de la Cruz y suplicamos a Dios que nos la quite cuanto antes, sin darnos cuenta de que Dios nunca da una Cruz más grande que la seamos capaces de llevar y que si nos da una Cruz, nos da al mismo tiempo la gracia más que necesaria para llevarla; también nos olvidamos que en realidad, quien lleva nuestra Cruz es Él mismo.

Al iniciar la Cuaresma, renovemos el propósito de seguir a Jesucristo por el Camino Real de la Cruz, negándonos a nosotros mismos y cargando la Cruz, que nos lleva al Calvario y del Calvario, al Cielo.