viernes, 3 de febrero de 2023

“Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra”

 


(Domingo V - TO - Ciclo A – 2023)

         “Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra” (Mc 5, 13-16). Jesús nos dice a nosotros, los cristianos, que somos “luz del mundo” y “sal de la tierra”, dos características que se deben interpretar en un sentido espiritual y sobrenatural obviamente.

         Para comprender un poco mejor la enseñanza de Jesús, debemos considerar que este mundo en el que vivimos, está sumergido en tinieblas, pero no en las tinieblas cósmicas, las tinieblas que sobrevienen cuando se oculta el sol, sino unas tinieblas preternaturales, angélicas, las tinieblas que son los ángeles caídos, que son sombras vivientes que viven para difundir el odio y el mal en el corazón del hombre. Sin la luz de Dios, el mundo está sumergido por estas tinieblas vivientes, los demonios: imaginemos una noche oscura, sin luz artificial de ninguna clase, con nubes oscuras y densas que no permiten la luz de la luna, así y mucho más todavía, es este mundo sin Dios. El cristiano está llamado a iluminar a este mundo envuelto en las siniestras sombras vivientes, pero la forma de hacerlo es por medio de la gracia santificante, que en sí es participación a la luz divina, es recibida por el alma por los sacramentos -sobre todo la Confesión Sacramental y la Eucaristía- y es comunicada por el bautizado por medio de las obras de misericordia, obras que hay que saber qué es lo que son, ya que no se trata de meras obras buenas humanas, realizadas por movimientos sociales, gobiernos u Organizaciones No Gubernamentales, ya que todas estas obras no iluminan al mundo con la luz de Cristo.

         Las obras de misericordia son luz espiritual, sobrenatural, divina, siempre que se hagan en Nombre de Jesús, porque así lo dice Él: “Un vaso de agua que déis en Mi Nombre, no quedará sin recompensa”. Aquí hay que diferenciar la obra de misericordia, que ilumina espiritualmente al mundo y nos abre las puertas del Reino de los cielos, con la filantropía, las obras realizadas por motivos puramente humanos, con fines humanos y que no tienen valor para alcanzar el Reino de los cielos, como por ejemplo, las obras buenas realizadas por movimientos sociales, o por ONGs, o por gobiernos incluso nacionales: ninguna de estas obras tiene valor para alcanzar el Reino de Dios. La obra de misericordia, sea corporal o espiritual, debe ser realizada “en el Nombre de Jesús, por Jesús, para Jesús” y no por otro motivo; además, no debe ser pregonada, de modo que sea solo Dios quien la vea y sea Él quien nos recompense, ya que no debemos nunca buscar la recompensa de los hombres. Una obra de misericordia, por ejemplo, es “dar consejo al que lo necesita”: así le sucedió a un estudiante universitario que luego ingresó en el seminario: se le acercó una tarde un hombre, que le dijo que tuvo el impulso de entrar en la iglesia y de hablar específicamente con él; le hizo preguntas de orden espiritual, el joven le contestó hablándole de Jesús, de la Virgen, de la necesidad de la oración y de los sacramentos y hubo algo en la respuesta del joven que le hizo decir al hombre: “Yo tenía la intención de ir ahora a suicidarme, pero lo que me acaba de decir me ha hecho desistir y voy a emprender el camino de la conversión”. Eso es obra de misericordia espiritual, la obra buena que se realiza en el Nombre de Jesús, por Él y para Él. Los santos son ejemplos vivientes de obras de misericordia y esas obras son las que iluminan al mundo en tinieblas. Una obra de misericordia es luz espiritual, celestial, que ilumina al mundo en tinieblas con la luz de la gloria de Dios, como dice Jesús: “Alumbre vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”. La obra de misericordia es luz espiritual, que alumbra a las tinieblas del mundo con la gloria de Dios. A esto se refiere Jesús cuando dice: “Ustedes son la luz del mundo”. El cristiano es luz del mundo cuando obra la misericordia para con el prójimo en el Nombre de Jesús. Lo mismo se dice de la sal: si una comida no tiene sal, es insípida, no tiene sabor: así esta vida terrena, sin la fe en Cristo y sin su misericordia comunicada por obras, es una vida sin sentido, oscura, sin sabor, aun cuando abunden las riquezas materiales.

         “Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra”. Pidamos la gracia de iluminar al mundo sumergido en las tinieblas demoníacas, por medio de las obras de misericordia corporales y espirituales, pero para eso, nuestras obras deben cumplir los siguientes requisitos: ser hechas en Nombre de Jesús, por amor a Él, viendo a Él misteriosamente presente en los más necesitados y recibir a su vez nosotros, previamente, la luz del Ser divino trinitario de Cristo, que se nos comunica por medio de los Sacramentos, sobre todo la Confesión Sacramental y la Eucaristía. Sólo así podremos iluminar al mundo con la Luz Eterna de Nuestro Dios, Jesús Eucaristía.

miércoles, 1 de febrero de 2023

Fiesta de la Presentación del Señor

 



(Ciclo A – 2023)

         La Iglesia Católica celebra, el día 2 de febrero, la fiesta litúrgica de la “Presentación del Señor”, fiesta que también es llamada de la “Candelaria”, ya que se acostumbraba a asistir con velas encendidas[1].

         En esta fiesta se celebran dos acontecimientos relatados en el Evangelio, la Presentación de Jesús en el templo y la Purificación de María. La ley mosaica prescribía que, a los cuarenta días de dar a luz al primogénito, éste debía ser presentado en el templo, porque quedaba consagrado al Señor, al tiempo que la madre debía también presentarse para quedar purificada. La Virgen y San José, como eran observantes de la ley, llevan a Jesús, el Primogénito, para presentarlo al Señor. La ley prescribía también que debía presentarse como ofrenda a Dios un cordero, pero si el matrimonio era de escasos recursos, como el caso de María y José, se podían presentar dos tórtolas o pichones de palomas.

         Ahora bien, lo que debemos considerar, a la luz de la fe, es que ni Jesús tenía necesidad de ser presentado para ser consagrado, ni la Virgen tenía necesidad de ninguna purificación. Jesús no necesitaba ser consagrado, porque Él, siendo Hijo de Dios encarnado, estaba consagrado al Padre desde el primer instante de la Encarnación; a su vez, la Virgen no necesitaba ninguna purificación, porque Ella es la Pura e Inmaculada Concepción; sin embargo, como eran observantes de la ley, llevan a Jesús al templo.

         Otro aspecto a considerar es que, a esta fiesta litúrgica, se la llama también “Candelaria”, porque se asistía con velas encendidas y eso es para representar a Jesús, que es Luz Eterna y Luz del mundo, como dice el Credo: “Dios de Dios, Luz de Luz”; es decir, Jesús es la Luz Eterna que procede eternamente del seno del Padre, que es Luz Eterna e Increada. Y así como la luz disipa a las tinieblas, así Jesús, Luz Eterna, disipa las tinieblas del alma que lo contempla, concediéndole la gracia de contemplarlo como Dios Hijo encarnado y es esto lo que le sucede a San Simeón: al tomar al Niño Dios entre sus brazos, Jesús lo ilumina con la luz de su Ser divino trinitario y eso explica la frase de Simeón: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo partir en paz, porque mis ojos han contemplado a tu Salvador, luz de las naciones y gloria de Israel”[2]. Como resultado de la iluminación interior por el Espíritu Santo dado por el Niño Dios, Simeón profetiza reconociendo en Jesús al Salvador de los hombres, el “Mesías esperado”, pero también profetiza la dolorosa muerte de Jesús en la cruz, muerte que atravesará el Corazón Inmaculado de su Madre “como una espada de dolor”. Por último, María y José presentan, en realidad, un Cordero, como lo prescribía la ley, pero no un cordero cualquiera, sino al Cordero de Dios, a Jesús, el Dios que habría de ser sacrificado como Cordero Santo en el ara de la cruz para salvar a los hombres con su Sangre derramada en el Calvario.

         La fiesta litúrgica de la Presentación del Señor trasciende el tiempo y llega hasta nosotros: así como Simeón contempló a Jesús, el Cordero de Dios y lo reconoció como al Salvador, así nosotros, al contemplar al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía, también debemos reconocerlo como al Salvador, diciendo con Simeón: “Hemos contemplado al Salvador de los hombres y gloria del Nuevo Israel, Jesús Eucaristía, el Cordero de Dios”.



[2] Entre los ortodoxos se le conoce a esta fiesta como el Hypapante (“Encuentro” del Señor con Simeón).

"¿Acaso no es el hijo del carpintero?”

 


“¿Qué son esos milagros y esa sabiduría? ¿Acaso no es uno de los nuestros, el hijo del carpintero?” (cfr. Mc 6, 1-6). Los contemporáneos de Jesús, al comprobar que Jesús posee una sabiduría sobrenatural, es decir, una sabiduría que es superior no solo a la humana sino a la angélica y que por lo tanto solo puede provenir de Dios, y al comprobar que Jesús realiza milagros de todo tipo -curaciones de enfermedades, exorcizar demonios, dar la vista a los ciegos-, se sorprenden, ya que se dan cuenta de que ni la sabiduría de Jesús ni sus milagros, se explican por su condición humana. Sin embargo, tampoco alcanzan todavía a comprender que Jesús posee esta sabiduría divina y realiza milagros que sólo Dios puede hacer, porque Él es Dios Hijo encarnado.

Esto sucede porque los contemporáneos de Jesús ven solo la humanidad de Jesús, y así piensan que es un vecino más entre tantos y por eso exclaman: “¿Acaso no es uno de los nuestros, el hijo del carpintero?”. A pesar de ver milagros y escuchar la Palabra de Dios, los contemporáneos de Jesús solo ven en Jesús al “hijo del carpintero”, al “hijo de María”. Y Jesús sí es el “hijo del carpintero”, pero es el hijo adoptivo, porque San José no es el padre biológico de Jesús y sí es “el hijo de María”, pero de María Virgen y Madre de Dios, porque Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Solo la luz de la gracia santificante da la capacidad al alma de poder ver, en Jesús, al Hijo de Dios, a la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth.

En nuestros días, parecen repetirse las palabras de asombro e incredulidad, entre muchos cristianos, al ver la Eucaristía, porque dicen: “¿Acaso la Eucaristía no es solo un poco de pan bendecido? ¿Cómo podría la Eucaristía concederme la sabiduría divina y obrar el milagro de la conversión de mi corazón?”. Y esto lo dicen muchos cristianos porque no ven, con los ojos del alma iluminados por la luz de la fe, que la Eucaristía no es un poco de pan bendecido, sino el Sagrado Corazón de Jesús en Persona, que al ingresar por la Comunión, nos comunica la Sabiduría y el Amor de Dios.

lunes, 30 de enero de 2023

“Bienaventurados los que vivan unidos a mi sacrificio en la cruz”

 


(Domingo IV - TO - Ciclo A – 2023)

          “Bienaventurados los que vivan unidos a mi sacrificio en la cruz” (cfr. Mt 5, 1-12a). Jesús pronuncia el Sermón de la Montaña, en el que proclama las “bienaventuranzas”. Es decir, quienes cumplan esos requisitos, serán bienaventurados, felices, dichosos, no solo en esta vida, sino sobre todo en la vida eterna. Ahora bien, si nos preguntamos de qué manera podemos alcanzar las Bienaventuranzas de Jesús, lo único que debemos hacer es postrarnos ante Jesús crucificado y contemplarlo, pues en Él están todas las Bienaventuranzas en grado perfecto -como dice Santo Tomás de Aquino-, para luego imitarlo a Él en la cruz. Veamos de qué manera Jesús es Bienaventurado en la cruz.

          “Bienaventurados los pobres de espíritu”: el pobre de espíritu es quien se reconoce necesitado de Dios para todo, incluso para respirar y reconoce que sin Dios, sin Jesús, no puede hacer literalmente nada, como dice Jesús: “Sin Mí, nada podéis hacer”. El pobre de espíritu es quien sabe que necesita de la riqueza de la Gracia de Dios. Cristo, en la cruz, siendo Dios, concede a su Humanidad Santísima, desde su Encarnación, la riqueza inconmensurable de la Gracia de su Ser divino trinitario. Quien se reconoce pobre porque no tiene la gracia de Dios, debe recurrir a Jesucristo crucificado, Quien nos concede su gracia desde los Sacramentos, sobre todo en el Sacramento de la Penitencia.

          “Bienaventurados los sufridos, porque heredarán la tierra”: Cristo en la cruz sufre todos los dolores de todos los hombres de todos los tiempos y es por eso que quien une su dolor, del orden que sea -espiritual, moral, físico- al dolor redentor de Cristo en la cruz, se convierte en Cristo en corredentor y por eso merece, de parte de Dios, heredar la tierra, pero sobre todo, el Reino de los cielos.

          “Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados”: Cristo en la cruz llora y derrama lágrimas de sangre, no por el dolor que Él sufre, que sí sufre, sino por la salvación de los hombres y llora sobre todo por quienes, a pesar de su sacrificio en la cruz, se condenarán, porque no lo reconocerán como al Redentor. Quien se une al dolor de Cristo en la cruz por la salvación de las almas, será consolado por la Trinidad en el Reino de los cielos, al ver salvados a aquellos por quienes ha llorado unido a Cristo.

          “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”: Cristo en la cruz sufre hambre y sed de justicia, porque el Nombre Tres veces Santo de Dios no es honrado, glorificado, adorado ni amado por los hombres; quien se une a la honra y adoración de la Trinidad que realiza Cristo en la cruz, verá saciada su hambre de sed y justicia, porque por la Sangre de Cristo derramada en el Calvario y en el Cáliz de cada Santa Misa, ve satisfecha su hambre de ver el Nombre de Dios glorificado, honrado, adorado y amado por hombres y ángeles.

          “Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia”: en la Santa Cruz, Jesús realiza el supremo acto de misericordia, que es dar la vida por la salvación de la humanidad y no es que Él alcance misericordia, sino que Él es la Misericordia encarnada. Por este motivo, quien se una al sacrificio misericordioso de Cristo en la cruz, sacrificio por el cual salva a los hombres, recibe él mismo misericordia de parte de Cristo, sobre todo en el Juicio Final.

          “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”: la pureza de Corazón es indispensable, porque Dios Uno y Trino es la Pureza Increada en Sí misma; es por esto que nadie, por pequeño que sea su pecado, puede contemplar a Dios, hasta que no es purificado de ese pecado por la gracia santificante. Quien se arrodilla ante Cristo crucificado y ante el sacerdote ministerial en el Sacramento de la Penitencia, recibirá la gracia santificante que purifica y santifica el corazón y así puede ver, con los ojos de la fe, ya desde esta vida terrena, a la Santísima Trinidad.

          “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados Hijos de Dios”: Dios es un Dios de paz y Cristo en la cruz, al no exigir venganza por quienes le quitan la vida -nosotros, los hombres-, derrama con su Sangre la Paz de Dios, que quita el pecado del corazón del hombre. Quien recibe la Sangre de Cristo, recibe su Paz, la verdadera Paz de Dios y en consecuencia tiene la tarea ineludible de difundir la Paz de Cristo a sus hermanos.

          “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos”: Cristo en la cruz no muere porque es un revolucionario, puesto que Él NO ES un revolucionario; muere a causa del odio preternatural del ángel caído, que instiga las pasiones de los hombres, induciéndolos a crucificar al Salvador de los hombres. Quien se une al sacrificio redentor de Cristo, crucificado por el odio satánico y por el odio de los hombres, recibe como recompensa el Reino de los cielos.

          “Bienaventurados cuando os insulten, persigan y calumnien por mi causa. Alegraos entonces, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”. Cristo en la cruz es insultado, perseguido, calumniado y la recompensa que obtiene es la salvación de las almas de quienes se unen a Él en el dolor del Calvario. Quien se una a su Santo Sacrificio -que se renueva incruenta y sacramentalmente en la Santa Misa-, también será insultado, perseguido, calumniado e incluso hasta puede perder su vida, pero a cambio recibe la recompensa de la Santísima Trinidad, la vida eterna en el Reino de los cielos.

         

lunes, 23 de enero de 2023

“Sobre el pueblo que vivía en tinieblas brilló una gran luz”

 


(Domingo III - TO - Ciclo A – 2023)

          “Sobre el pueblo que vivía en tinieblas brilló una gran luz” (Mt 4, 16). En el Evangelio se describe el traslado físico -el traslado de su Humanidad Santísima- de Cristo hacia un lugar. Este simple hecho del traslado de su Humanidad, de un lugar a otro, significa, según el mismo Evangelio, el cumplimiento de una profecía, según la cual, “sobre el pueblo que habitaba en tinieblas, brilló una gran luz” (Is 9, 2). De acuerdo a esto, surge la pregunta: ¿qué relación hay entre el traslado físico de Jesús, con la aparición de una luz que ilumina a los pueblos que habitan en tinieblas? La respuesta es que la relación es directa, en este sentido: por un lado, el pueblo que habita en tinieblas, es la humanidad que, desde la caída a causa del pecado original, vive inmersa en tinieblas, pero no en las tinieblas cósmicas, sino en las tinieblas vivientes, los demonios, los ángeles caídos; en segundo lugar, la luz que ilumina a la humanidad caída en tinieblas es Cristo, porque Cristo es Dios y, en cuanto Dios, su naturaleza es luminosa, es esto lo que Él dice cuando declara: “Yo Soy la luz del mundo”. Cristo Dios es luz, pero no una luz creada, sino la Luz Eterna e Increada que brota del Ser divino trinitario y que se irradia a través de su Humanidad Santísima. Por esta razón, allí donde está Cristo, Dios Hijo encarnado, con su Humanidad, no hay tinieblas, sino luz, porque la Luz Eterna e Increada de la Trinidad vence a las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, los demonios.

          “Sobre el pueblo que vivía en tinieblas brilló una gran luz”. Allí donde está Cristo, está la Luz, porque Él es Dios y Dios es Luz, Eterna e Increada. Por esto mismo, lo que se dice en el Evangelio de los lugares adonde fue Cristo, eso mismo se dice de los lugares en donde Cristo está Presente, físicamente, con su Humanidad gloriosa y resucitada, unida a su Persona divina, es decir, en cada sagrario. En la siniestra tiniebla viviente de este mundo sin Dios, en el único lugar en donde encontraremos la Luz de nuestras almas es en el sagrario, pues allí se encuentra Jesús Eucaristía, Dios Eterno, Luz Eterna e Increada.

miércoles, 18 de enero de 2023

“Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”

 


(Domingo II - TO - Ciclo A – 2023)

          “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29-34). Mientras Jesús va caminando, Juan el Bautista, que lo ve pasar, lo señala y lo nombra con un nombre nuevo, jamás pronunciado hasta entonces: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. El Bautista llama a Jesús “Cordero”, pero no un cordero cualquiera, sino “el Cordero de Dios”, y esto no solo porque Jesús es manso y humilde como un cordero -la mansedumbre y la bondad es el aspecto característico del cordero-, sino porque Jesús es la Humildad, la Mansedumbre y la Bondad Increadas, desde el momento en que Él es la Segunda Persona de la Trinidad y, en cuanto tal, contiene en Sí mismo todas las perfecciones y virtudes posibles, en grado infinito y perfectísimo y la bondad, la mansedumbre y la humildad, son virtudes en sí mismas excelsas y perfectas.

          Al ser Dios Hijo encarnado, Jesús no podía no manifestarse como Cordero, por su humildad, su bondad y su mansedumbre, constituyendo así en su Persona divina encarnada, como la ofrenda perfectísima de sacrificio para honra y gloria de la Trinidad. Jesús es entonces “el Cordero de Dios”, en cuanto ofrenda perfectísima y agradabilísima para la Trinidad, pero también es “Dios hecho Cordero de sacrificio”, es Dios hecho Cordero místico, Cordero de sacrificio, de ofrenda por la salvación de los hombres; Jesús es Dios hecho Cordero, sin dejar de ser Dios, Cordero que derramará su Sangre Preciosísima en el ara del Calvario, el Viernes Santo, para concedernos, con su Sangre derramada, no solo el perdón de los pecados, sino también y ante todo, la vida divina de la Trinidad, la vida misma del Acto de Ser divino trinitario, para que purificados de nuestros pecados por medio de su Sangre Preciosísima, seamos convertidos en hijos adoptivos de Dios, en herederos del Reino de los cielos, en templos vivientes del Espíritu Santo, en altares de Jesús Eucaristía. Pero la Sangre del Cordero, al ser derramada sobre nuestras almas por el Sumo y Eterno Sacerdote, Cristo Jesús, nos asimila a Él y nos convierte en imágenes vivientes suyas, destinadas a ser, como Él, víctimas de oblación para el sacrificio perfecto para la Trinidad, es decir, somos convertidos, por la Sangre del Cordero, en víctimas en la Víctima por excelencia, el Cordero de Dios, Cristo Jesús.

          “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, dice el Bautista al ver pasar a Jesús. Como Iglesia, como miembros de la Iglesia, también nosotros, al contemplarlo en la Eucaristía, adoramos a Cristo Dios y le decimos: “Jesús, Tú en la Eucaristía eres el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Y luego de adorarlo, pedimos la gracia de unirnos a su Santo Sacrificio, para ser sacrificados, como Él, en el ara de la Cruz, por la salvación de los hombres, nuestros hermanos. Si somos fieles a la gracia recibida en el Bautismo sacramental, gracia por la cual fuimos incorporados al Cordero de Dios en su Cuerpo Místico, también de nosotros se podrá decir: “Éstos son los corderos de Dios que, purificados por la Sangre del Cordero, siguen al Cordero adonde Él va”. Y como el Cordero de Dios va a la Cruz, a ofrendar su vida en el Calvario, también nosotros, corderos en el Cordero, debemos seguirlo por el Via Crucis, el Camino Real de la Cruz, el Único Camino que conduce a algo infinitamente más hermoso que el Reino de los cielos, el seno eterno de Dios Padre.

miércoles, 11 de enero de 2023

Solemnidad del Bautismo del Señor

 



(Ciclo A – 2023)

          El Evangelio nos describe el bautismo de Jesús en el Jordán por parte de Juan el Bautista. Frente a este hecho, podemos preguntarnos la razón de este bautismo: Jesús es el Hombre-Dios y en cuanto tal, no tiene necesidad de ser bautizado, puesto que, obviamente, no tiene necesidad de conversión, desde el momento en que Él es la Santidad Increada, la Santidad en Acto de Ser y por esto mismo no tiene necesidad alguna de ninguna conversión. Por otra parte, Él es Quien viene a bautizar, como lo dice el mismo Juan, “con Espíritu Santo y fuego”, es decir, Jesús, en cuanto Dios Hijo, expira, junto con el Padre, desde la eternidad, al Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad por lo que, con más razón aún, no tiene necesidad alguna de ser bautizado. Es por esto que nos preguntamos nuevamente: ¿por qué Jesús deja que Juan el Bautista lo bautice?

          Por el significado sobrenatural que se encuentra en el hecho del bautismo de Jesús: al encarnarse el Verbo y al asumir hipostáticamente, esto es, a su Persona divina, a la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth, Jesús une a Sí, a su Persona divina encarnada, a todos los hombres que, por el bautismo sacramental, serán unidos a su Cuerpo Místico. De esta manera, los bautizados sacramentalmente en la Iglesia Católica -no los no bautizados, sino solo los bautizados-, serán hechos partícipes de los misterios salvíficos de Jesús, es decir, serán hechos partícipes de su Pasión, Muerte y Resurrección y esto está representado, simbólica y ontológicamente, en la inmersión propia del bautismo y luego en el emerger de Jesús de las aguas del Jordán. En efecto, en la inmersión, está representada la Pasión y Muerte del Hombre-Dios; por lo tanto, en esta Pasión y Muerte están asociados y son hechos partícipes todos los que forman parte de su Cuerpo Místico, esto es, los bautizados. En otras palabras, al morir la Cabeza en la cruz -es lo que representa la inmersión, la Muerte del Hombre-Dios en el Calvario-, los bautizados participan de su Pasión y Muerte; luego, al emerger Jesús de las aguas del Jordán, se representa su Resurrección gloriosa, su regreso a la vida después de la muerte, pero ya con su Cuerpo glorificado y a esta Resurrección es a la que son asociados y son hechos partícipes los bautizados en la Iglesia Católica. En síntesis, así como la inmersión de Jesús representa su Pasión y Muerte, así su emerger del Jordán representa su Resurrección y, con Él, todos los seres humanos que hayan sido unidos a su Cuerpo Místico por medio del bautismo sacramental son hechos partícipes de su Pasión, Muerte y Resurrección. Esto nos hace ver la importancia fundamental, esencial e imprescindible del bautismo sacramental porque, contrariamente a lo que afirma erróneamente Karl Rahner, la Encarnación del Verbo no asocia “automáticamente” a todo ser humano al misterio salvífico de Jesús: es necesario que el ser humano reciba el Sacramento del Bautismo, para quedar recién asociado al Hombre-Dios, ontológicamente, por la gracia santificante y para así ser partícipe de su Pasión Redentora. Quien afirme el error de Rahner, se opone frontalmente a las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “Quien crea y se bautice se salvará y quien no crea y no se bautice, se condenará”. La necesidad imperiosa del Bautismo Sacramental, para ser partícipes de la Pasión Redentora del Señor Jesús, elimina de raíz el garrafal error de Rahner, garrafal error que el heresiarca llama “cristiano anónimo”.