sábado, 7 de febrero de 2026

“Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo”

 


(Domingo V - TO - Ciclo A – 2017)

         “Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5, 13-16). Jesús utiliza dos elementos sumamente útiles de la vida cotidiana, la sal y la luz, para describir a los cristianos. Por un lado la sal, permite dar sabor a todos los alimentos; pero además, evita la descomposición orgánica de la carne y la preservación de alimentos. El otro elemento que utiliza Jesús es la luz, cuya importancia es más que evidente para la vida cotidiana: permite ver y apreciar el mundo, con toda su realidad, con su colorido, con su profundidad: sin la luz, el hombre vive en tinieblas y en la oscuridad más absoluta.

         Los elementos materiales como la luz y el agua son utilizados por Jesús para representar y referirse a una realidad sobrenatural, la gracia santificante, la cual obra en el alma del cristiano así como la sal y la luz en la vida del hombre. La gracia es la que hace que la vida del cristiano tenga un nuevo sabor, el sabor de la eternidad y del Divino Amor; la gracia es la que evita la descomposición del alma por la putrefacción del pecado, así como la sal evita la putrefacción de la carne; la gracia permite que el alma pueda ver las realidades sobrenaturales y eternas de los misterios divinos: por la gracia el alma puede ver que esta vida es pasajera, que esta vida es una prueba para ganar la vida eterna, que la vida eterna se gana cumpliendo los Diez Mandamientos y atravesando los dos Juicios, el Particular y el del Día Final y que luego esperan o el Cielo o el Infierno por la eternidad, que esta vida no es para “disfrutar” o para “pasarla bien”, sino para “conquistar el Cielo” por medio de la Santa Cruz de Jesús con el auxilio de la Virgen, Medianera de todas las gracias ya que “lucha es la vida del hombre en la tierra” según el libro de Job. Nada de esto puede saber el hombre sino es por el auxilio de la luz de la gracia.

         La gracia santificante cambia radicalmente la orientación de la vida del cristiano, dirigiéndola y enderezándola, de una orientación horizontal, sin trascendencia, hacia la feliz eternidad, hacia el encuentro personal y definitivo con el Supremo Juez, Jesús Misericordioso. Pero este destino de eternidad en la otra vida y el hecho de tener la luz de la fe en esta vida terrena, que permite vislumbrar la vida futura en el Reino de los cielos, no depende de nosotros, ni tampoco surge de nuestra naturaleza, sino que es un don absolutamente gratuito, un don inmerecido, recibido en el Bautismo y el cual debe ser custodiado y acrecentado, por la fe, la oración y el amor a Dios y al prójimo manifestado en las obras de misericordia. Este don inmerecido y recibido en el Bautismo es el don de la gracia y es el que nos convierte en “sal de la tierra” y “luz del mundo”.

         Por este don recibido en el Bautismo, los cristianos estamos llamados, en Cristo, a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo” pero Jesús lo advierte bien claro: si la sal no sala y si la luz no alumbra, no sirven, ni la sal, ni la luz: “Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa”. ¿Qué significan la luz que no alumbra y la sal que no sala? Son figuras que representan realidades de este mundo: la sal que no sala y la luz que no alumbra, es el católico que, habiendo recibido la instrucción catequética; habiendo conocido las verdades fundamentales de nuestra fe; habiendo conocido los dogmas de nuestra Santa Religión Católica; habiendo recibido la Comunión y la Confirmación y sabiendo que sin practicar la fe no puede salvarse, vive como un pagano, vive como ciego, sordo y mudo ante los misterios de la Religión Católica, vive como si nunca se hubiera enterado de nada y así pasa por el mundo y por la vida como si fuera un pagano y no un católico; es el católico que no da testimonio de Jesucristo en la vida cotidiana, permaneciendo callado ante los atropellos cotidianos que sufre la Eucaristía, la Virgen, la Iglesia Católica, entre otras cosas, o también, por ejemplo, viviendo su vida ajeno a la vida de la Iglesia Católica. La luz que no alumbra y la sal que no sala es el católico que acude a los chamanes y brujos; es el católico que confía en el horóscopo y en la lectura de cartas y no en el Amor providente de Dios; es el católico que rinde culto a ídolos demoníacos, como San La Muerte; es el católico que se deja dominar por las pasiones, la avaricia, la envidia, la ira, el orgullo, la soberbia, la pereza, sea espiritual que corporal; es el católico que abandona la fe, la oración, la Santa Misa, por la acedia y por las atracciones del mundo o, peor aún, es el católico que, asistiendo a la Iglesia, se comporta como pagano. Una siniestra profundización de la pérdida de la capacidad de salar y de alumbrar es la conversión de numerosos cristianos en fuentes de luz negra y esto sucede cuando un católico participa voluntaria y activamente de sectas satánicas y anticristianas como el comunismo, el socialismo, el liberalismo, la masonería y todas las sectas que a su vez dependen de estas sectas que les dan origen.

         “Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo”. Entonces, nos preguntamos, ¿de qué manera dar sabor de eternidad a la vida, con la sal de la gracia, e iluminar el mundo, con la luz de la gracia? Con la observancia de los Mandamientos y de los preceptos de la Iglesia y con el testimonio de las obras de misericordia, que demuestran la fe, tal como lo dice Jesús: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”.


domingo, 1 de febrero de 2026

“Felices los que vivan las Bienaventuranzas, porque de ellos es el Reino de los cielos”

 


(Domingo IV - TO - Ciclo A - 2026)

“Felices los que vivan las Bienaventuranzas, porque de ellos es el Reino de los cielos” (cfr. Mt 5, 1-12). Jesús proclama lo que se conoce como “el Sermón de la Montaña” o “Sermón de las Bienaventuranzas”, en el que se contienen los secretos celestiales necesarios para poseer y heredar el Reino de los cielos. Las Bienaventuranzas no son ideales abstractos, sino estados de vida posibles de alcanzar con la gracia divina en esta tierra, pero temporarios, porque miran a conseguir un estado de vida definitivo y eterno, en la otra vida, en la vida eterna, en el Reino de los cielos. Las Bienaventuranzas se ubican en las antípodas de la sociedad pos-moderna, hedonista, materialista, relativista, ocultista y atea de nuestros días, en las que el hombre vive según su propia voluntad y no según la voluntad de Dios. Para el hombre de hoy, las Bienaventuranzas resultan extrañas, incomprensibles, puesto que su oído espiritual está cerrado a la voz de Dios pero está abierto a la voz sibilina de la Serpiente Antigua y por eso no es capaz de reconocer la voz de su Creador, que habla a través de la humanidad santísima de Jesús de Nazareth.

         Las Bienaventuranzas de Jesús están siempre en las antípodas, en el polo opuesto de las bienaventuranzas o felicidades del mundo; así, por ejemplo, Jesús afirma que son “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos” y sin embargo para el mundo, la felicidad está en poseer dinero y bienes materiales, porque el hombre de hoy idolatra y adora al dinero y es capaz de cometer los más horribles crímenes y con el fin de hacerse de ese dinero, sin importarle su origen ilícito, porque considera que en eso consiste su felicidad, cuando la felicidad, a los ojos de Dios, está en la pobreza, primero espiritual, y luego material.

         Jesús dice: “Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia”; el rechazo de la cruz conlleva, entre otras cosas, la pérdida de la virtud de la paciencia y por esta razón el hombre contemporáneo no soporta la tribulación, pretendiendo la solución rápida, mágica, para lo cual acude a los enemigos de Cristo y servidores del Demonio, los chamanes, los brujos, los magos, los hechiceros, con lo cual ofende a Dios al no confiar a Dios y su Amor providente, poniéndose voluntariamente en manos del Enemigo de las almas, el Demonio.

Otra Bienaventuranza de Jesús es la de la aflicción: “Felices los afligidos, porque serán consolados”, pero no es una aflicción cualquiera, es la aflicción de la Cruz, de la Pasión, del Huerto de Getsemaní, es la aflicción que se origina al participar espiritual y místicamente de la Pasión del Señor Jesús; la antítesis egoísta de esta aflicción mística es la aflicción centrada no en la Pasión, sino en sí mismo, en las propias tribulaciones e incertidumbres que son características de esta vida terrena pero ni aun así el hombre, en su egoísmo, ni recurre a Dios en su aflicción, ni lo acompaña en la aflicción al Hombre-Dios en la Pasión y el Calvario.

Otra Bienaventuranza es la de tener “hambre y sed de justicia, porque serán saciados”. En esta Bienaventuranza el alma es feliz porque sacia su “hambre y sed de justicia” y esto es opuesto al mundo, porque para el mundo la única felicidad es saciar el hambre y la sed del cuerpo y por eso solo persigue y desea los banquetes y manjares terrenos, despreciando sacrílegamente el Banquete del cielo, que sacia el hambre y la sed del hambre y ese Banquete es la Carne del Cordero, el Pan de Vida eterna y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Eucaristía.

Jesús dice: “Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia”, pero al olvidarse de Dios, que es la Misericordia en Sí misma y la Fuente de la Misericordia Increada, el hombre de hoy, no solo no es misericordioso con su prójimo, sino que lo utiliza a éste para su propio placer hedonista, convirtiendo a su prójimo en un objeto que debe ser utilizado y desechado cuando ya no sirva más.

Jesús dice: “Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios”, pero el hombre de hoy, lejos de la pureza que pide Jesús, inunda el mundo con una doble impureza: la del alma, postrándose en adoración ante los ídolos mundanos –la música anti-cristiana, el dinero, el poder, el placer hedonista-, y la impureza corporal, decretando en contra del designio divino, que la sexualidad es para el placer y no reservada única y exclusivamente para el matrimonio y la procreación.

Jesús dice: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”, pero el hombre de hoy, convertido en hijo de las tinieblas, considera a la guerra, la discordia, la revancha, la venganza y el odio, como los motores que deben regir las relaciones entre los hombres y las naciones, despreciando y rechazando la Paz de Dios ofrecida en la Cruz por Jesús, “Mi paz os dejo, la paz os doy”.

Jesús dice: “Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”, pero el hombre de hoy, al haberse alejado de Dios, Fuente de justicia y la Justicia Divina en sí misma, ni practica la justicia ni le interesa la justicia, volviéndose injusto ante Dios y ante los hombres.

Jesús dice: “Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí”, pero el hombre de hoy, al no seguir a Jesús, es alabado y glorificado por el mundo y su única meta es recibir los halagos y la gloria mundana, convirtiéndose así en perseguidor de Cristo y su Iglesia.

Jesús dice: “Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo”, pero el hombre de hoy se alegra y regocija por los placeres de la tierra, porque no piensa más ni en la eternidad ni en el Reino de los cielos.

“Felices los que vivan las Bienaventuranzas, porque de ellos es el Reino de los cielos”. ¿Cómo vivir las Bienaventuranzas, para así ser felices, en esta vida y en la otra? Arrodillados ante la Santa Cruz de Jesús, besando con amor y piedad sus pies ensangrentados y suplicando a Nuestra Señora de los Dolores, que está de pie al lado de la Cruz, que interceda por nosotros y nos refugie en su Inmaculado Corazón.


sábado, 20 de diciembre de 2025

Santa Misa de Navidad

 



(Ciclo A - 2025 – 2026)

La Iglesia se congrega para Navidad alrededor del Pesebre de Belén y lo hace en un clima de indecible gozo y alegría sobrenatural por el Nacimiento del Niño de Belén. La alegría de la Iglesia es sobrenatural, es decir, no se origina ni se explica con la razón humana; es verdad que la escena del Pesebre, la escena inmediatamente posterior a la Nochebuena, es la escena que, a primera vista, es similar a cualquier otra familia humana: en el Pesebre hay una madre primeriza, un niño recién nacido, un hombre que es su padre, y toda la escena se desarrolla en una gruta, la gruta de Belén, que en realidad es un refugio de dos animales, un buey y un burro, que con sus cuerpos dan calor al niño en medio del frío de la noche.

Esto es lo que ven los ojos y la razón humana; sin embargo, la Iglesia contempla esta escena no con ojos humanos, sino a la luz de la fe; la Iglesia contempla la escena del Pesebre con los ojos del alma iluminados con la luz del Espíritu Santo y como dice el libro de los Números, abre sus ojos espirituales y contempla en el Niño de Belén, con la luz del Espíritu Santo, a Dios omnipotente: “Habla el hombre al que se le abrieron los ojos. Así habla el que oye las palabras de Dios, el que ve el rostro del Omnipotente, y le es quitado el velo de sus ojos…” (24, 3ss).

De esta manera la Iglesia contempla en el Pesebre la santidad, la belleza, la majestuosidad y la gloria de Dios Hijo encarnado que se manifiesta en la fragilidad de un niño recién nacido que, como todo niño recién nacido, tiene necesidad de todo. Por medio de la realidad material, iluminada por el Espíritu Santo, la Iglesia ve la realidad sobrenatural, invisible a los ojos del cuerpo, pero visible a los ojos del alma iluminados por la luz de la fe, ve la realidad del espíritu, la realidad celestial que se le revela a sus ojos espirituales: la Iglesia ve al Emmanuel, al Dios con nosotros, en el Niño de Belén; la Iglesia ve al Hijo Eterno del Padre, al Cristo, al Mesías, que se le aparece como Niño, pero que es al mismo tiempo Dios omnipotente, que se manifiesta como Niño, pero sin dejar de ser Dios.

Por la acción iluminadora interior del Espíritu de Dios, en Navidad, la Iglesia no ve simplemente a un niño que acaba de nacer en un refugio de animales, acompañado de su madre y de un pobre leñador; la Iglesia ve en este Niño a la Gloria Increada de Dios, encarnada y manifestada como un Niño de pocas horas de vida; para la Iglesia, este Niño es el Kyrios, el Señor de la gloria, el Creador del universo, la Luz eterna que procede de la Luz eterna que es el Padre y es por eso que es para Ella el versículo del profeta Isaías: “La gloria del Señor brilla sobre ti” (60, 1ss).

Es en esto en lo que consiste precisamente la fiesta de la Navidad, en contemplar, con la luz de la fe, iluminados por el Espíritu Santo, el misterio sobrenatural que significa que Dios Eterno nazca como Niño en el tiempo en el Portal de Belén; la Navidad es contemplar el Nacimiento del Niño de Belén, no como un niño humano más, sino como Dios-Niño, como Niño Dios, como Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, como Dios vestido de majestad y gloria infinitas que, para donarnos su Amor, no duda en venir a nuestro mundo como Niño recién nacido, para que nadie tenga temor en acercársele y en abrazarlo, así como nadie tiene temor a un niño de pocas horas de nacido.

En nuestros días, la inmensa mayoría de los cristianos cometen el pecado de apostasía, que consiste en secularizar y mundanizar la Navidad, quitándole todo el misterio sobrenatural, viviendo la Nochebuena y Navidad como si fuera un evento mundano y neopagano, profanando así el Nacimiento del Niño Dios y provocándose a sí mismos un enorme daño espiritual, porque al convertir a la Navidad en una fiesta pagana y secular, le quitan su esencia, su verdadera alegría y su luz divina, transformándola en una fiesta sombría y siniestras, aun cuando abunden las luces, los banquetes y la música estridente. La alegría de la Navidad se deriva del encuentro personal con el Niño Dios nacido en el Portal de Belén, que prolonga y actualiza su Nacimiento en la Santa Misa, el Nuevo Portal de Belén. Esta es la única alegría posible en Navidad, la Alegría que nos comunica el Niño Dios.

 


jueves, 18 de diciembre de 2025

Santa Misa de Nochebuena

 


(Ciclo A – 2025 - 2026)

         En la Noche de Navidad, en la Noche Santa, la Nochebuena, se nos presenta a los ojos del espíritu una familia que a primera vista es similar en todo a cualquier otra familia humana: una madre que sostiene en su regazo a su hijo recién nacido; un hombre, que parece ser su esposo, contemplando a la madre y al hijo y el niño recostado en el pesebre. Sin embargo, para el catolicismo, esta Familia, que se ubica en Palestina, en el Portal de Belén, esta familia no es una familia más: esta Familia es el centro espiritual alrededor del cual gira toda su fe, toda su creencia, todos sus dogmas, toda su vida espiritual y aún más, toda su vida y todo su ser, de ahí la importancia de meditar y reflexionar acerca esta escena familiar de Nochebuena. Debido a la naturaleza sobrenatural de esta Familia de Nazareth, es imposible contemplar a esta Familia y, dentro de esta Familia, al Niño recién nacido, sin la luz de la fe de la Iglesia Católica, porque de lo contrario, nos perdemos en el horizonte de la intrascendencia de lo humano y de lo meramente temporal; sin la fe católica, el Niño que nace en Nochebuena es un niño más entre todos los niños humanos y la religión católica es una religión humana más sin ninguna pretensión de trascendencia salvífica. Sin la fe católica, convertimos a la Navidad en una fiesta neo-pagana, cuando la fe nos dice que la verdadera fiesta de Navidad es la Santa Misa de Nochebuena, porque en la Santa Misa Dios Padre nos convida con un manjar delicioso, exquisito, el Pan Vivo bajado del cielo, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna y la Carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo. También tenemos regalos, y el más grande y el mejor de todos, el Niño Dios, que nace en Belén, Casa de Pan, para donársenos como Pan de Vida eterna, la Sagrada Eucaristía.

         Es la santa fe católica la que nos revela que este Niño, nacido en Nochebuena, es Dios Hijo encarnado y aunque a nuestros ojos aparece como un débil Niño recién nacido, es el Hijo eterno del Padre, que procede eternamente del Padre y que viene a este mundo encarnándose en el seno de la Virgen Madre. Es por la fe que vemos en este Niño recién nacido al Rey de la gloria, a la luz de la divina sabiduría, al poder de Dios que vence al mundo[1], al infierno, al pecado y a la muerte, al tiempo que nos dona su vida divina trinitaria.

         Es la santa fe católica la que nos hace creer que el Niño de Belén es lo que Él dice de Sí mismo y lo que los demás dicen de Sí. Así, más adelante, cuando sea adulto, este Niño dirá de Sí mismo: “Quien Me ve, ve al Padre” (cfr. Jn 14, 9), afirmando con esto que Él es la Imagen de la gloria del Padre y por esto mismo quien ve desde ahora, en el Pesebre, al Niño de Belén ve, en el misterio, a la gloria del Eterno Padre; quien ve al Hijo ve, en el misterio, al Padre en el Hijo.

         También revelará este Niño su origen divino trinitario: “El Padre y Yo somos una sola cosa” y revelará también que la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, procede de Él y del Padre, indicando la unidad de naturaleza y de acción de las Tres Divinas Personas: “El Espíritu procede del Padre y de Mí”. De esta manera, el Niño de Belén es Dios Hijo, Dador del Espíritu Santo junto al Padre y esto lo puede hacer porque es Dios, como el Padre y como el Espíritu Santo, aunque lo nieguen los herejes y cismáticos. Por eso, este Niño no es un niño como cualquier otro. Y es esto lo que la Santa Iglesia proclama al mundo en el Credo Niceno-Constantinopolitano, como una verdad de fe divinamente revelada: “Creo en el Espíritu Santo (…) que procede del Padre y del Hijo”.

         Juan el Bautista le dará al Niño de Belén un Nombre Nuevo, un nombre jamás dado a nadie en el mundo: “Éste es el Cordero de Dios” y la razón es porque el Niño que nace en Nochebuena en el Portal de Belén es el Cordero de Dios Padre, que será inmolado en el ara de la cruz, en el Calvario, cruentamente y luego será inmolado incruentamente, sacramentalmente, por la salvación del mundo, cada vez, en el ara del altar eucarístico, donándose como Pan Vivo bajado del cielo.

         La Santa Madre Iglesia también dirá de este Niño, por medio del sacerdote ministerial, luego, cuando el Niño done su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad revestido como Pan de Vida eterna: “Éste es el Cordero de Dios”, usando la misma expresión profética y celestial de Juan el Bautista.

         Este Niño nacido en Belén en la Nochebuena dirá de Sí mismo más adelante: “Yo Soy la luz del mundo”, porque Él es la luz de Dios; aún más, porque Él es Dios y en cuanto Dios, Él es Luz porque la Luz es Gloria y Dios es su Gloria Increada; el Niño de Belén es Luz eterna que proviene de la Luz eterna que es Dios Padre -eso es lo que queremos significar cuando en el Credo decimos “Dios de Dios, Luz de Luz”-; es Luz divina, celestial, sobrenatural, que viene a este mundo en tinieblas envuelto en una naturaleza humana, como un niño, para iluminar las tinieblas del mundo y del hombre, para vencer para siempre a las tinieblas del infierno, para hacer partícipe al hombre de su luz divina por la gracia y para así conducir al hombre a la luz eterna de Dios Trino.

         Como católicos que somos, si celebramos la Nochebuena y la Navidad, no podemos quedarnos en una mera contemplación humana, horizontal, del Pesebre; no podemos quedarnos en simplemente considerar la simpatía de la escena, sino que debemos contemplar, por la fe, la maravillosa y asombrosa manifestación de Dios Hijo en este Niño de Belén[2], Quien desde la eternidad, desde el seno eterno del Padre, viene a nuestro tiempo, a nuestra historia, a través del seno virgen de la Madre de Dios, para conducirnos a su Reino por el misterio de la Santa Cruz, por el Misterio Pascual de Muerte y Resurrección.

         Sólo entonces, sólo por medio de la luz de la santa fe católica, se nos revelará el misterio sagrado de la Noche Santa de Nochebuena, sólo entonces comprenderemos porqué esta Noche es “Buena” con la Bondad de Dios y por eso es Noche Santa; sólo entonces comprenderemos la Nochebuena en su divino y sagrado esplendor, en su sentido y significado suprahistórico, que trasciende todo tiempo y espacio, porque es eterno; sólo entonces se nos revelará el rostro de Dios Padre en el rostro de Dios Hijo nacido como Niño.

         Sólo la luz de la santa fe católica puede hacer contemplar la realidad del Niño de Belén, inicio y fundamento de la Redención de la humanidad. El Pesebre no es la escena de un nacimiento más entre tantos: divide la historia humana en dos, en un antes y un después; por la Nochebuena, por medio de la Virgen Madre, viene a nuestro mundo, desde la eternidad, el Niño Dios, el Redentor, el Emmanuel, el Dios con nosotros; en la Nochebuena, el Dios que estaba en los cielos comienza a estar en medio de nosotros y por eso es el Emmanuel, el Dios con nosotros. Por esta razón la Nochebuena y la Navidad no pueden nunca reducirse al recuerdo de la memoria ni a la sola piedad, porque por el misterio de la liturgia, la Nochebuena, que aconteció hace veinte siglos, se actualiza y se nos hace realidad y se actualiza para nosotros, haciéndonos partícipes activos de su realidad mística, celestial y sobrenatural, realidad a la cual estamos llamados a participar por la gracia y por la fe; estamos llamados, como católicos, como hijos de Dios, a ser parte activa del misterio de Dios que viene a este mundo como Niño Dios.

         Ese mismo Niño, que nació en Belén hace dos mil años, que padeció en la cruz, que murió, fue sepultado y resucitó, que ascendió a los cielos glorioso, es el mismo que viene a nuestro encuentro en la Eucaristía, para convertir al alma en un Nuevo Portal de Belén.

         Así es como para nosotros, los católicos, la Nochebuena se convierte en lo que es, en un acontecimiento celestial, misterioso, trascendente, sobrenatural, porque no sólo recordamos con la memoria el Nacimiento del Niño Dios en Palestina; no sólo participamos, por la gracia y por la fe, del Nacimiento, sino que recibimos, en Persona, al Emmanuel, al Niño Dios, Jesús de Nazareth, en la Eucaristía, quien convierte, con su Presencia sacramental, al alma del cristiano en un Nuevo Portal de Belén.

         A este Niño Dios, que viene para nosotros, adorémoslo en el espíritu, adorémoslo en Nochebuena, adorémoslo en la Noche Santa y así como la Virgen Madre lo recostó en el Pesebre, así le pidamos a la Virgen que recueste al Niño Dios en nuestros corazones, convertidos por la gracia en otros tantos portales de Belén, cuando ingrese en ellos por la Sagrada Comunión.



[1] Cfr. Odo Casel, Presenza del mistero di Cristo, Editrice Queriniana, Brescia 1995, 64.

[2] Cfr. ibidem, 64.

El Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo no fue una obra humana, sino divina, trinitaria

 


(Domingo IV - TA - Ciclo A – 2025 - 2026)

         El Evangelio relata el nacimiento de Jesús. Dice textualmente: “El nacimiento de Jesús fue así: …”. Según lo que narran los Evangelios, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia Católica, el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo no fue una obra humana, sino divina, trinitaria, originada en la Santísima Trinidad, una obra de Dios Uno y Trino: Dios Padre envía a Dios Hijo, por medio de Dios Espíritu Santo, a encarnarse en el seno virgen de María Santísima.

         Ésta es la causa primera y última del festejo navideño de los cristianos, esta obra suprema de la Santísima Trinidad, el don que Dios Trino nos hace del Nacimiento de Dios Hijo encarnado en un Portal de Belén. Ésta es la única, principal y verdadera causa del festejo de Navidad para los cristianos.

         Sin embargo, visto como están las cosas, debemos preguntarnos si realmente es ésta la causa del festejo de Navidad, o si nosotros, los cristianos, hemos convertido a las fiestas navideñas en una fiesta vacía de contenido espiritual sobrenatural trinitario; debemos preguntarnos seriamente, porque según lo que se ve, los mismos cristianos hemos convertido a la Navidad en una ocasión de fiesta mundana sin Cristo. No se festeja el Nacimiento de Dios Hijo encarnado en el seno virgen de María; se ha reemplazado al Nacimiento del Hijo de Dios por un festejar por festejar, por un festejar vacío, en el que solo importan las reuniones familiares, las reuniones con los amigos, los balances de fin de año, las compras navideñas. Se ha reemplazado al Niño Dios por el festejo de sí mismo y por la fiebre del consumo. Cada año que pasa la descristianización es peor: casi no se escuchan villancicos navideños, no hay representaciones del Portal de Belén, no hay familias cristianas esperando la Llegada del Niño Dios: solo filas y filas en supermercados y tiendas de todo tipo, para saciar la sed de consumo materialista. Quienes sí piensan en el Pesebre, son los musulmanes y los sionistas, pero para pedir que se los quite de en medio, como sucede en los países en donde predominan el Islam y el sionismo. Pero en los países nominalmente cristianos católicos como el nuestro, la frialdad de los corazones hacia la Llegada del Niño Dios en Belén provoca escalofríos.

         Por esta razón, es imperativo que los católicos nos preguntemos: ¿en qué hemos convertido los cristianos el Nacimiento de Jesús?

         ¿Creemos que es una obra de la Trinidad, en la que Dios Padre envía a Dios Hijo, por obra de Dios Espíritu Santo, a nacer en el Portal de Belén, Casa de Pan, para entregarse como Pan de Vida eterna? ¿O acaso hemos convertido a la Navidad en una fiesta neo-pagana, en la que lo único que importa es festejar y celebrar por el sólo hecho de festejar y de celebrar, sin que haya ningún motivo sobrenatural salvífico para festejar y celebrar?

         Como cristianos, ¿consideramos que la Navidad, el nacimiento de Jesús, es la entrada del Dios eterno en el tiempo, revestido de Niño, para conducir a la humanidad a la felicidad eterna del Reino de los cielos por el camino de la cruz?

         ¿O tal vez, con nuestra actitud indiferente, fría, y hasta hostil, pensamos que el Nacimiento de Jesús es sólo una leyenda, un cuento fantástico, una fantasía elaborada a través de los siglos por un pueblo semita, que se transmitió por generaciones hasta llegar hasta nuestros días, pero que no es más que eso, una leyenda?

         Para Navidad, Dios no viene a nuestro mundo revestido de majestad y de gloria, de esplendor y de poder, sino que viene en pobreza extrema, ocultando su gloria divina bajo la naturaleza humana; viene como un niño débil, recién nacido, necesitado de todo, como todo recién nacido y lo hace para donarnos su Amor[1], el Espíritu Santo. Es ésta la realidad de la Natividad del Señor Jesús. Pero debemos preguntarnos seriamente si es esto en lo que creemos como católicos, o si pensamos que es una leyenda para hombres y mujeres piadosos, pero no la realidad. Dios viene a nuestro mundo como recién nacido en Navidad, en el Portal de Belén. ¿Creemos esto verdaderamente los católicos? ¿Es esto lo que celebramos los cristianos?

         Debemos reflexionar y meditar sobre esta verdad, porque es una triste realidad que los mismos católicos, no los enemigos de la Iglesia, sino los mismos católicos, nos hemos encargado de deformar y destruir a la Navidad a tal punto, que ya es imposible de reconocerla como una fiesta trinitaria, porque en vez de ser este rememorar y participar, por el misterio de la liturgia, del Nacimiento de Dios como un Niño, la hemos convertido en una ocasión para solamente comprar y gastar cuanto se pueda, de modo frenético, para luego consumir y así tener que seguir comprando y gastando, y si no podemos comprar y gastar, quejarnos porque no podemos comprar y gastar.

         ¿Qué celebramos los católicos de hoy en Navidad? ¿Celebramos verdaderamente que Dios Hijo vino a nuestro mundo como Niño en el Portal de Belén, para cumplir su Misterio Pascual de Muerte y Resurrección, perdonarnos nuestros pecados por su Sangre en la cruz y luego llevarnos al cielo como hijos adoptivos? ¿Celebramos esto? ¿O celebramos un sucedáneo de la Navidad, una fiesta neopagana, en la que el Niño Dios, si está, es una figurita decorativa y en la que en esta fiesta solo importa comer, beber y recibir y dar regalos?

         La verdadera fiesta del Nacimiento de Jesús es la Santa Misa de Nochebuena, y la verdadera fraternidad se la vive en Dios y con Dios, Presente en Persona en la Eucaristía.

         El verdadero banquete de Nochebuena es la Santa Misa, el Banquete Celestial preparado y servido por Dios Padre, en el que se sirve Carne de Cordero, la Carne del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo; en este Banquete se sirve el mejor vino, el Vino de la Alianza Nueva y definitiva, la Sangre de Jesús, derramada en la Cruz y recogida en el Cáliz del Altar Eucarístico; en este Banquete Celestial se sirve un Pan cocido en el Fuego del Divino Amor, el Pan Vivo bajado del cielo, la Sagrada Eucaristía y este Sagrado Banquete se sirve con toda majestad, reverencia, esplendor, piedad y amor en la Casa de Dios, la Santa Iglesia Católica.

         Si la Navidad se celebra sin esta celebración eucarística, o si se festeja la Navidad fuera del contexto del Sagrado Convite que es la Santa Misa, eso es celebrar y festejar una Navidad pagana, es celebrar en el vacío; es celebrar y festejar por celebrar y festejar, sin motivo, es celebrar y festejar sin razón y sin espíritu de Navidad, con espíritu mundano.

         Los ángeles de Dios anunciaron a los pastores el nacimiento virginal de Dios Niño y así glorificaron a Dios en los cielos al mismo tiempo que desearon la paz a los hombres de buena voluntad en la tierra: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”; de esta manera, nos mostraron cuál es el sentido de la Navidad: la gloria de Dios manifestada en el Niño de Belén y la paz entre los hombres que adoran al Niño Dios.

         Es éste el espíritu de la Navidad: glorificar a Dios por habernos revelado su rostro en el rostro del Niño de Belén; el espíritu de la Navidad es glorificar a Dios porque nos dona su Amor infinito, su Amor de Dios, un Amor desinteresado y sin límites, que es para lo que se ha encarnado; el espíritu de la Navidad es reconciliarse con Dios y con el prójimo por medio del sacramento de la confesión, para luego recibir a ese mismo Dios que se nos dona como Pan de Vida eterna en la Eucaristía y de esta manera sí se glorifica a Dios en los cielos y se tiene paz en la tierra.

         “El nacimiento de Jesús fue así: el ángel de Dios anunció a José que el Espíritu Santo había concebido al Hijo de Dios en el seno virginal de María”. Dios nace como Niño en Belén, sin dejar de ser Dios y su Nacimiento en Belén, Casa de Pan, se prolonga en cada Santa Misa, en cada altar eucarístico, que así se convierte en un Nuevo Portal de Belén y ese mismo Dios Niño que nació en Belén para donarse como Pan de Vida eterna se nos dona a Sí mismo como Pan de Vida eterna en la Comunión para ingresar en nuestros corazones y convertir nuestros corazones en otros tantos portales de Belén. Así como la Estrella de Belén ilumina el Portal adonde nace Dios hecho Niño, el Dios que se dona en el altar como Pan de Vida, así para Navidad la luz de la gracia debe iluminar al alma del cristiano para que sea como un Nuevo Portal de Belén, en donde nazca el Pan de Vida, Dios Niño.

        

 



[1] Cfr. O. Casel, Presenza del mistero di Cristo. Scelta di testi per l’anno liturgico, Ediciones Queriniana, Brescia 1995, 62.


jueves, 11 de diciembre de 2025

En las últimas dos semanas del tiempo de Adviento, esperamos al Mesías en su Primera Venida

 


(Domingo III – TA – Ciclo A – 2025-2026)

En las últimas dos semanas del tiempo de Adviento, esperamos al Mesías en su Primera Venida. Espiritualmente, tanto de modo personal, así como Cuerpo Místico de Cristo, como Iglesia, nos ubicamos en el mismo estado espiritual en el que se encontraban los justos del Antiguo Testamento que, conociendo las profecías, sabían que estas estaban a punto de cumplirse y que el Mesías habría de llegar de un momento a otro. Es verdad que Jesús ya cumplió su misterio pascual de muerte y resurrección, pero nosotros, en este último tramo del Adviento, espiritualmente lo esperamos como si todavía no hubiera nacido y lo esperamos con la alegría con la que lo esperaban los justos del Antiguo Testamento. En las dos últimas semanas del tiempo de Adviento, nos preparamos para el Nacimiento del Señor Jesús, para su Natividad en el Portal de Belén, de la misma manera a como los profetas y los justos antes de Jesús esperaban la Venida del Mesías.

Si esto es así, debemos preguntarnos entonces cómo era el mundo antes de la Venida de Jesús.

La respuesta es que el mundo, desde la caída de Adán y Eva, hasta la Venida de Jesús, estaba espiritualmente envuelto en tinieblas también espirituales; estaba envuelto en la oscuridad, una oscuridad no material, ya que sí había luz solar y luz artificial, pero faltaba la luz que viene de Dios. Esta oscuridad tiene un doble origen: el corazón del hombre sin Dios, envuelto en el pecado original, que es tinieblas, y la presencia en el mundo de los ángeles caídos, los demonios, quienes provenientes del Infierno, infectan la tierra y con su oscuridad demoníaca oscurecen todo a su alrededor. Dice así el Apocalipsis: “¡Ay de los habitantes de la tierra, porque el demonio ha caído en la tierra!” (cfr. Ap 12, 12). Los demonios, oscuros por la malicia de sus corazones angélicos sin Dios y sin luz divina, solo agregan más oscuridad, tinieblas y maldad a la oscuridad, tinieblas y maldad que reina en los corazones de los hombres sin Dios. Es decir, antes de la Venida de Jesús, el mundo estaba lleno de demonios y de oscuridad demoníaca. Por esta razón, aquellos que sabían que el Mesías habría de nacer, sabían que el Mesías, con su santidad, los iluminaría y disiparía la oscuridad de sus almas y del mundo, como dice el Profeta Isaías: “El Señor llega e iluminará los ojos de sus siervos” (19, 24). Los justos sabían que Jesús, Dios de Dios y Luz de Luz, iluminaría el mundo con la luz de Dios e iba a expulsar a los demonios y, lo más importante de todo, nos iba a conceder la filiación divina.

De entre todos aquellos justos que esperaban la Venida del Mesías, se destacan los Reyes Magos, quienes deseaban ver a Jesús con mucha esperanza y alegría en el corazón. Para eso, miraban ansiosos al cielo, esperando la aparición de la señal que les indicaría que el Mesías ya había nacido y dónde estaba y esa señal era la estrella de Belén, la estrella que indicaba que la Virgen había concebido por el Espíritu y había dado a luz al Mesías. Al ver a la estrella, se dijeron a sí mismos: “¡Ha nacido el Mesías, vamos a adorarlo!” y se pusieron en marcha.

Los Reyes Magos son así un ejemplo para nosotros, los bautizados, de cómo esperar al Mesías que viene para Navidad: tener muchos deseos de ver a Jesús en el Portal de Belén, estar alegres por su Venida, alegrarnos esperando la Navidad, la Natividad, el Día del Nacimiento de Jesús. Y esto es lo que significa el tiempo de Adviento: de la misma manera a como la aurora, la estrella de la mañana, anuncia la salida del sol, así el Adviento anuncia la Navidad, la llegada del Sol de justicia, Dios encarnado, Jesucristo.

Los Reyes Magos llevaron oro, incienso y mirra al Niño Dios, porque sabían que era Dios en Persona, revestido de Niño. Pero llevaban un regalo mucho más importante que estos regalos materiales y era el regalo de sus corazones: “…se llenaron de alegría y lo adoraron”, dice el Evangelio[1], y adorar quiere decir regalarle a Dios el corazón.

Nosotros no podemos ir a Belén –que quiere decir “Casa de Pan”-, pero sí podemos suponer que cada misa es como un Nuevo Portal de Belén, porque así como en Belén, por el Espíritu Santo, nació Jesús, Pan de Vida, así también en el altar, por el Espíritu Santo, nace Jesús Eucaristía, que es Pan de Vida. Imitando a los Reyes Magos, que esperaron al Mesías y se alegraron cuando llegó Jesús en Belén y le hicieron el regalo de sus corazones, así nosotros, en la misa, esperamos al Mesías que Viene en la consagración y nos alegramos por Jesús Eucaristía y le hacemos el regalo de nuestros corazones cuando comulgamos.

Ahora bien, esta comunión, tratándose específicamente del Tercer Domingo de Adviento, tiene características especiales, porque es el Domingo en el cual la Iglesia interrumpe, precisamente en vistas de la Venida del Mesías, lo que es propio del Adviento, la penitencia, para dar lugar a la alegría y por esta razón este Domingo Tercero de Adviento se llama “Gaudete” o “Alegría”.

En vistas de la Venida del Mesías, el Profeta Isaías llama a los justos a la alegría: “Contemplarán la gloria del Señor (…) alegría sin límite en sus rostros; los dominan el gozo y la alegría” y el Apóstol llama a “tomar como ejemplo a los profetas que hablaron en nombre del Señor”, es decir, ambos llaman a la alegría por el Mesías que Viene. La razón de esta alegría no es de origen humano o terrenal, sino celestial y divina, porque se origina en el mismo Mesías, en Jesucristo, que es Dios y, en cuanto Dios, es la “Alegría Increada”, es “Alegría Infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes. Jesucristo Dios es Causa de alegría para la Iglesia en Navidad, porque nace como Niño en Belén, Casa de Pan, para entregarse en la Última Cena como Pan de Vida eterna, para donar su Cuerpo y su Sangre de forma cruenta en la cruz y para luego continuar la donación de Sí mismo, de todo su Ser divino trinitario, en cada comunión eucarística.

La alegría que invade a la Iglesia en Navidad y que se expresa en el Domingo Tercero, en el “Gaudete”, se deriva del Ser trinitario del Niño Dios, del cual brota la Alegría como de su Fuente Increada y por eso la alegría de la Iglesia es una alegría que no solo no es mundana, humana, terrenal, sino que se trata de una alegría sobrenatural, celestial, divina, porque la alegría con la que se alegra la Iglesia es la alegría que le comunica el Niño de Belén, que es la Alegría Increada en sí misma.

Además de la alegría, a la Iglesia en Navidad le sucede algo más, proveniente del Mesías y es el ser iluminada con el resplandor de la luz divina que procede del Ser divino trinitario del Niño Jesús. Debido a que el Niño que nace en Belén es Dios, es también Luz Increada, Luz Eterna, Divina e Indeficiente y es por esto que la Iglesia no solo se alegra con alegría celestial para Navidad, sino que es resplandece con fulgor divino porque es iluminada con un resplandor de luz eterna y divina que proviene del Niño de Belén. Para Navidad, amanece para la Iglesia el glorioso y luminoso resplandor de la Alegría divina del Niño Dios, como lo dice el Profeta Isaías: “¡Levántate y resplandece, que tu luz ha llegado! La gloria del Señor brilla sobre ti! Mira, las tinieblas cubren la tierra, y una densa oscuridad se cierne sobre los pueblos. Pero la aurora del Señor brillará sobre ti” (cfr. Is 60, 1-2). La Iglesia es iluminada con divino resplandor porque sobre Ella resplandece con divino fulgor la luz de la gloria divina trinitaria, porque el Niño que nace en Belén es la Gloria Increada de Dios Trino y esa gloria es luz y luz eterna, que hace resplandecer a la Iglesia con el esplendor de la Trinidad.

Nosotros, que somos hijos de la Iglesia, podemos parafrasear al Profeta Isaías y decir, mientras contemplamos el Nacimiento del Niño Dios: “¡Levántate, resplandece, Esposa del Cordero, Iglesia de Dios, Iglesia Santa y Católica! ¡Revístete de la luz y de la gloria divina de la Trinidad, porque ha nacido Aquel que es la Majestad Increada, el Esplendor de la gloria del Padre, Dios Hijo revestido de Niño, sin dejar de ser Dios! ¡Levántate, Nueva Jerusalén, Iglesia Católica y alégrate, porque el Mesías te librará de todos tus enemigos y te colmará de su paz y de su alegría y te iluminará con la gloria de su Ser divino trinitario!”. Podemos decir, con toda razón, que en Tercer Domingo de Adviento, el Domingo de la Alegría, la Iglesia Católica vive, con anticipación, la alegría celestial que desde la gruta de Belén la inundará para Navidad.

Para Navidad, la Santa Iglesia Católica se alegra con alegría sobrenatural, celestial, divina, con el Nacimiento del Niño Dios en el Portal de Belén, porque este Niño es Dios y en cuanto Dios es la Alegría Increada; también para Navidad la Iglesia resplandece, pero no por las luces artificiales navideñas, sino porque sobre Ella resplandece la Luz Eterna e Increada que brota del seno virgen de la Madre de Dios en el Portal de Belén.

El Niño de Belén es Dios y en cuanto Dios es Alegría, Luz y Vida Divina Increadas y comunica la Alegría, la Luz y la Vida Divina a todo aquel a quien se acerque a adorarlo, en el Portal de Belén y en el Altar Eucarístico, Nuevo Portal de Belén. La Presencia real, verdadera y substancial del Niño Dios en la Eucaristía, que ilumina, alegra y da vida divina trinitaria a quien lo adora en la Eucaristía, es la razón de nuestra alegría como católicos en Navidad: porque ha nacido en Belén el Hijo de Dios encarnado, que es la Luz Eterna y la Alegría Increada en sí misma y que nos comunica de su Luz, de su Alegría y de su Vida divina en cada Comunión Eucarística.

 



[1] Cfr. …