(Domingo I - TC - Ciclo A -
2026)
“Jesús fue llevado por el Espíritu al
desierto, para ser tentado por el demonio” (Mt
4, 1-11). El Espíritu Santo lleva a Jesús al desierto para ser tentado por el
Demonio. Este intento del Demonio es algo imposible, desde el momento en el que
Jesús es Dios y en cuanto tal, es imposible que pueda caer en la tentación;
pero Jesús permite la tentación con un fin y es el de enseñarnos a nosotros a
vencer a la tentación.
Según las Escrituras, el Demonio tienta
a Jesús con tres diferentes tipos de tentaciones. En la primera, dice así: “El
tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas
piedras se conviertan en panes”. El Demonio sabía que Jesús, luego de cuarenta
días de ayuno, tenía mucha hambre y sabía también que podía hacer el milagro de
convertir a las piedras en pan para poder saciar el hambre y por eso lo tienta
diciéndole que convierta las piedras en pan. Sin embargo Jesús, citando las
Escrituras, rechaza la tentación, al tiempo que nos enseña que no los hombres
no solo nos alimentamos de alimento material, sino que el alimento principal es
el espiritual y es la Palabra de Dios -que para nosotros los católicos es la
Sagrada Escritura y la Palabra de Dios Encarnada, la Eucaristía-. Dice así
Jesús: “Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra
que sale de la boca de Dios””. Así Jesús nos enseña que, mucho antes que
preocuparnos del alimento corporal, debemos preocuparnos en primer lugar por el
alimento del alma –para nosotros y para nuestros prójimos, de ahí la necesidad
de la Evangelización y de la Misión-, y este alimento del alma es la Escritura
–la lectura, meditación y oración- y la Eucaristía –la adoración y la Comunión
Eucarística-, que sacia el apetito del alma con la substancia y el Amor Divino
contenido en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Solo después de haber
saciado el apetito espiritual, debemos saciar el apetito corporal con el
alimento corporal, ya que este de nada sirve, si no se provee antes al alimento
espiritual. Si en esta tentación Jesús hubiera respondido cediendo a la
tentación, convirtiendo efectivamente las piedras en pan, nos hubiera dado un
mensaje erróneo, nos hubiera dado el mensaje de que el alimento corporal,
material, prevalece sobre el alimento espiritual, la Escritura y la Eucaristía;
pero al no ceder a la tentación, nos revela que primero debemos procurar el
alimento del alma y recién después el alimento del cuerpo. También, al rechazar
esta primera tentación, Jesús nos enseña cómo resistir y vencer a la
concupiscencia de la carne, es decir, el apetito desordenado por “los placeres
de los sentidos y de los bienes terrenales”[1].
Después de ser vencido en la primera tentación, el Demonio
intenta una segunda tentación, para lo cual lleva a Jesús “a la parte más alta
del templo”: “Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la
parte más alta del Templo, diciéndole: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo,
porque está escrito: “Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en
sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”. Al igual que con la
primera, Jesús rechaza la tentación y responde con la Sagrada Escritura:
“También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. Con esta tentación, el
demonio pretende que Jesús cometa el pecado de presunción o temeridad, porque
en realidad, Dios sí puede hacer que la humanidad de Jesús no sufra ninguna
lesión, enviando a sus ángeles si Jesús se arrojara desde lo alto del templo,
pero si Jesús hiciera esto, cometería un pecado de presunción o temeridad,
porque no tiene ninguna necesidad de exponerse al peligro y, al mismo tiempo,
desafiar literalmente a Dios, para que lo salve. En el fondo, se trata de un
pecado de soberbia; al rechazar esta tentación, Jesús nos advierte que no
debemos ser presuntuosos en el sentido de pensar que, hagamos lo que hagamos,
Dios nos salvará por su misericordia, puesto que Dios no tiene obligación de
quitar los obstáculos que nosotros mismos ponemos a nuestra salvación, es
decir, el pecado. Si por un imposible, Jesús hubiera accedido, hubiera cometido
un pecado, y Dios no tendría obligación de salvarlo, porque sería por libre
decisión que se arrojaría desde lo más alto del templo. De esta manera Jesús
nos enseña a resistir la concupiscencia del espíritu que se origina en la
soberbia, en el orgullo del propio “yo” que se pone en el centro de sí mismo,
pretendiendo que todos, incluido hasta el mismo Dios, estén a su servicio, sin
permitir que nadie le indique qué es lo que debe hacer: ni Dios, con sus
Mandamientos y Preceptos de la Iglesia, ni el hombre, con sus consejos. La
soberbia, que es la raíz de todos los pecados, hace que el hombre se coloque en
el centro de sí mismo, y su única ley es su propia voluntad. El soberbio es el
que dice: “Yo hago lo que quiero y nadie me va a dar indicaciones, ni Dios ni
los hombres”. Pero sucede que el primer mandamiento de la Iglesia Satánica es
precisamente ése: “Haz lo que quieras”. Jesús nos enseña a no tentar vanamente
a Dios con nuestra soberbia y pedir la gracia de crecer día a día en la virtud
de la humildad, imitándolo a Él: “Aprendan de Mí, que soy manso y humilde
corazón”.
Vencido en la dos primeras tentaciones, el Demonio
intenta una tercera y última tentación, en la cual el Maligno pretende vanamente
que Jesús lo adore a cambio de riquezas y poderes terrenos: “El demonio lo
llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del
mundo con todo su esplendor, y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras para
adorarme”. Jesús le respondió: “Retírate, Satanás, porque está escrito:
Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto”. Entonces el demonio lo
dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo”. Aquí vemos cómo se profundiza
la caída del hombre en la tentación si no media la ayuda de Dios: luego de la
satisfacción de las pasiones –concupiscencia de la carne, la primera tentación-,
luego de la adoración de sí mismo –concupiscencia del espíritu, la segunda
tentación-, el hombre cae en el peor de los pecados, y es la adoración de
Satanás -la tercera tentación-, una simple creatura que, además de ser simple
creatura, no merece ni siquiera la admiración por su hermosura, como los
ángeles de Dios, sino el desprecio absoluto, por ser un rebelde y un insolente
contra Dios. Esto –la adoración al demonio- se da de diversas maneras: con las
prácticas ocultistas, con la magia, el esoterismo, la wicca –brujería moderna-,
el umbandismo, el culto a los servidores del demonio –Gauchito Gil, San La
Muerte, Difunta Correa-, aunque también se adora al demonio de modo indirecto
al menos, con la adoración del dinero, con el deseo de poseer, de modo avaro y
sin importar los medios ilícitos, la mayor cantidad de dinero posible y de
muchas otras formas más. También citando a la Sagrada Escritura, Jesús nos
enseña que “sólo a Dios se debe adorar”, y aunque Dios, que está en la cruz y
en la Eucaristía, no nos promete bienes, dinero, poder y fama en este mundo, y
aunque nos promete lo contrario, humillaciones, tribulaciones, padecimientos
por su Nombre y, con la Eucaristía, ninguna satisfacción sensible –porque no se
lo ve, ni se lo siente, ni se lo oye-, sí nos promete, en la otra vida, a quien
lo adore a Él en la cruz, besando sus pies ensangrentados y postrándose ante su
Presencia Eucarística en la adoración, la bienaventuranza eterna en el Reino de
los cielos.
“Jesús fue llevado por el Espíritu al
desierto, para ser tentado por el demonio”. Nosotros, en el desierto de la
vida, también somos tentados por el espíritu inmundo, pero Jesús, con su
ejemplo y con su gracia, nos da las armas para resistir toda tentación,
cualquier tentación, y el triunfo nuestro comienza cuando, movidos por el
Espíritu Santo y con el corazón contrito y humillado, nos postramos ante su
Cruz y besamos sus pies ensangrentados y cuando nos postramos ante su Presencia
Eucarística.
[1] http://www.religionenlibertad.com/que-es-la-concupiscencia-40636.htm. Este apetito concupiscible se
opone al “apetito racional o natural”, que es “la subordinación de la razón a
Dios” con el consecuente dominio de las pasiones por la razón, lo cual sin
embargo es posible, después del pecado original, solo por la acción de la
gracia santificante. En esta subordinación “gracia-razón-pasiones”, está todo
el bien de la naturaleza humana.






