sábado, 15 de septiembre de 2018

“¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás!"



(Domingo XXIV - TO - Ciclo B – 2018)

“¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!” (Mc 8,27-35). Este Evangelio es el típico caso que San Ignacio de Loyola llama “discernimiento de espíritus” y tiene por protagonista al mismo Papa, San Pedro. Para entender el Evangelio, debemos tener en cuenta lo que dice San Ignacio de Loyola: que nuestros pensamientos tienen tres orígenes: nosotros mismos, Dios y el Demonio. Es decir, según San Ignacio de Loyola, un pensamiento cualquiera que se encuentra en nuestra mente puede originarse en tres fuentes distintas: nuestra propia mente, Dios, o el Diablo. De ahí la importancia de hacer lo que el santo llama “discernimiento de espíritus”, porque es sumamente importante, para nuestra vida espiritual, que sepamos de dónde provienen nuestros pensamientos, si de nosotros mismos, si de Dios o del Diablo, porque los fines de cada uno son absolutamente distintos.
Cuando Jesús pregunta a los discípulos quién dice la gente que es Él y cuando les pregunta quién dicen ellos que es Él, el primero que contesta es Pedro, diciendo la Verdad acerca de Jesús, esto es, reconociéndolo como al Hombre-Dios y como al Mesías que Dios ha enviado: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro respondió: “Tú eres el Mesías”. Aunque en este Evangelio no lo dice, en los paralelos Jesús felicita a Pedro diciéndole que eso que él ha dicho no ha provenido “ni de la carne ni de la sangre”[1], es decir, no ha sido un pensamiento suyo, sino que ha venido del Espíritu Santo, del Espíritu de su Padre, porque nadie puede afirmar que Jesús es Dios si no es iluminado por el Espíritu Santo. En esta primera respuesta de Pedro, es evidente entonces que ha sido el Espíritu Santo quien ha iluminado a Pedro. Es decir, si se hace un discernimiento de espíritus según San Ignacio, la respuesta de Pedro, de que Jesús es el Mesías y el Hombre-Dios, no proviene de él ni del Diablo, sino de Dios; o sea, de los tres posibles orígenes de su pensamiento, es claro que viene de Dios.
         Sin embargo, a renglón seguido, al continuar el diálogo de Jesús con Pedro y los Apóstoles, la respuesta de Pedro será diametralmente opuesta, indicando que está siendo inspirado por un espíritu que no es el de Dios. En efecto, al continuar el diálogo, Jesús les revela qué es lo que habrá de suceder con Él, es decir, que Él habrá de sufrir la Pasión –ser traicionado, flagelado, crucificado- para luego resucitar: “Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días”. Al oír estas palabras, el mismo Pedro que recién acababa de contestar inspirado por el Espíritu Santo, apenas Jesús le dice que para resucitar habrá de pasar primero por la muerte humillante en cruz, Pedro “reprende a Jesús”, dice el Evangelio: “Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo”. Es decir, Pedro reprende a Jesús porque rechaza la cruz; para Pedro, Jesús no tiene que sufrir la cruz; para Pedro, el Mesías no puede sufrir los dolores, la ignominia y la humillación de la cruz y por eso comienza a “reprenderlo”.
         La respuesta de Jesús, además de asombrarnos, nos demuestra que la respuesta de Pedro según la cual rechaza la cruz, no proviene de Dios y tampoco de sí mismo, sino del Demonio. En efecto, dice el Evangelio: “Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. Es decir, Jesús no le dice: ¡Retírate, ve detrás de Mí, Pedro!”, sino que le dice: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás!”. Esto quiere decir, claramente, que el pensamiento de rechazo de la cruz no viene de Dios ni de los hombres, sino de Satanás. Es realmente impresionante el hecho de que Jesús en Persona le diga “Satanás” a Pedro, el Primer Papa. Esto nos sirve para darnos cuenta de cómo debemos hacer discernimiento de nuestros pensamientos, para rechazar los pensamientos que vengan de nosotros y de Satanás y para aceptar sólo los que vengan de Dios. Además de la regla de discernimiento, el Evangelio nos enseña que cualquier pensamiento que sea de rechazo de la cruz viene de Satanás, aunque también puede venir de los hombres, siendo Satanás quien los agudiza.
         Una vez finalizada la reprensión a Pedro, Jesús enfatiza la necesidad de la cruz para la salvación eterna: “Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará”. Si no renunciamos a nosotros mismos y si no cargamos la cruz, no entraremos en el Reino de los cielos.
“¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!”. Debemos tener mucha precaución con nuestros pensamientos y aplicar la Regla de Discernimiento de San Ignacio de Loyola, de manera tal de no ser objeto de la reprensión de Jesús. Debemos prestar mucha atención a nuestros pensamientos y rechazar todo aquello que nos lleve a negar la Santa Cruz de Jesús, el Único Camino para llegar al Reino del cielo.


[1] Cfr. Mt 16, 17.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz



         Solo la Iglesia Católica tiene una fiesta litúrgica en la que se exalta la Santa Cruz. Cuando miramos la Cruz con nuestros ojos y nuestra razón humana, nos viene a la mente una pregunta: ¿acaso la Cruz no es un instrumento de muerte? El que está crucificado, ¿acaso no sufre no solo la humillación más grande que alguien pueda sufrir y esto en medio de los dolores más desgarradores que jamás nadie pueda soportar? Cuando miramos la Cruz con nuestra mirada humana, nos preguntamos: ¿por qué exaltamos la Cruz? ¿No es acaso exaltar y glorificar la muerte, la humillación, el dolor? ¿Se puede exaltar la Cruz? ¿No es un despropósito exaltar la Cruz? Si respondemos a estas preguntas con los solos razonamientos de nuestra mente, entonces de inmediato la respuesta es negativa: no, no podemos, de ninguna manera, exaltar la Cruz. Ahora bien, la Iglesia exalta la Santa Cruz, por lo que nosotros también debemos exaltarla, como buenos hijos de la Iglesia. Entonces, la pregunta es: ¿por qué la Iglesia exalta la Cruz, con lo cual estamos obligados a exaltarla, si representa a la humillación y el dolor en sí mismos? Puesto que la Santa Cruz es un misterio sobrenatural, la respuesta a las preguntas no puede nunca ser satisfecha con el uso de la sola razón natural. Tratándose de un misterio sobrenatural, debemos acudir a la razón sobrenatural, que proviene de la Sabiduría divina, para poder encontrar la respuesta a la pregunta de por qué exaltamos los católicos a la Santa Cruz.
         En otras palabras, la respuesta al por qué de nuestra Exaltación de la Santa Cruz, la encontramos solo con la iluminación del Espíritu Santo, porque tratándose de un misterio sobrenatural, solo se puede obtener una respuesta con la Sabiduría sobrenatural de Dios. No con nuestra razón, sino con la luz del Espíritu Santo, podemos saber la razón por la cual exaltamos a la Santa Cruz.
         Ante todo, la Sagrada Escritura nos dice que Aquel que cuelga en la Cruz –aunque aparente necedad y falta de fortaleza a los ojos de los hombres- es Sabiduría de Dios y Fuerza de Dios, porque el que cuelga de la Cruz es Dios Hijo encarnado y no un hombre más entre tantos: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados a Cristo -judíos o griegos-: fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1Co 1, 23-24). El que cuelga de la Cruz es nuestro Dios, que reina desde el madero: “Nuestro Dios reinará desde un madero”[1]. Ésa es la razón por la cual la Liturgia de las Horas afirma que Jesús “subió al árbol santo de la cruz, destruyó el poderío de la muerte, se revistió de poder, resucitó al tercer día”. Si no hubiera sido Dios Hijo encarnado, no podría haber destruido a la muerte con su poder divino y no podría haber resucitado al tercer día. Jesús, también como dice la liturgia, al morir, mató con su muerte a nuestra muerte, dándonos a cambio la vida divina, siempre según la liturgia divina: “la cruz en que la vida sufrió muerte y en que, sufriendo muerte, nos dio vida”. Y la vida que nos dio, no es la restitución de esta vida terrena, sino la Vida divina que brota de su Corazón traspasado, la Vida de Dios que brota de su Acto de Ser divino trinitario.
         Entonces, exaltamos la Santa Cruz porque al ser el Hijo de Dios encarnado, Jesús en la Cruz es la Fuerza y la Sabiduría de Dios, además de ser su Misericordia Encarnada, Misericordia que se derrama inagotable sobre nuestras almas con la Sangre y el Agua de su Corazón traspasado, lavando con la Sangre y el Agua nuestros pecados: “¡Cómo brilla la cruz santa! De ella colgó el cuerpo del Señor y desde ella derramó Cristo aquella sangre que ha sanado nuestras heridas”[2].
         Jamás encontraremos la respuesta a la pregunta de por qué exaltamos y adoramos la Cruz, si solo pretendemos responder con nuestra sola razón. Sólo el Espíritu Santo, que Dios Trino concede a quienes se postran de rodillas ante la Cruz con un corazón contrito y humillado, puede darnos la respuesta adecuada.


[1] Cfr. Liturgia de las Horas.
[2] Cfr. ibidem.

martes, 11 de septiembre de 2018

Dedicación o Consagración del templo



Homilía en ocasión de la consagración o dedicación del templo parroquial
de la Parroquia San José de la Ciudad de Alberdi, 
Diócesis de la Santísima Concepción,
Tucumán, Argentina.

         ¿Qué es o a qué se llama la “Dedicación” o “Consagración” de un templo? Como su palabra lo indica, es la destinación de un edificio al uso exclusivo del culto sagrado, o también la consagración, es decir, el convertir en sagrado o perteneciente a lo sagrado, algo que antes no  lo era. Antes de la dedicación o consagración, el edificio puede ser utilizado para fines mundanos; luego de la consagración, sólo puede ser utilizado para el culto de Dios, porque el edificio en sí se vuelve sagrado. Esto significa que en el templo consagrado no se pueden desarrollar tareas o actividades mundanas, porque no sólo sería desvirtuar el fin, que es el culto de Dios, sino que sería además ofender a la majestad de Dios, desarrollando en el templo una actividad que no es digna de esa majestad. Como dijimos, consagrar es hacer o volver sagrado algo que antes no lo era; el templo consagrado deja de pertenecer a los hombres, para pertenecer a Dios. Ésa es la razón por la cual todo lo que se desarrolla en el templo, debe ser dedicado a Dios. Las conversaciones, las posturas, la vestimenta, deben ser acordes a la dignidad del templo y a la majestad de Dios. Por eso no se puede hablar de temas mundanos, como la familia, el tiempo, la economía, etc., porque no solo son mundanos, sino porque se rompe el silencio, absolutamente necesario para que el alma pueda unirse a Dios y escuchar su voz. En el templo solo debe reinar el silencio o sino, las oraciones sagradas o las canciones sagradas. Con respecto a estas, existe una falsa concepción de que lo antiguo es pasado de moda y obsoleto, mientras que lo nuevo, por ser nuevo, es bueno. Es un grave error, porque Dios es eterno y lo que era bueno y santo en la Antigüedad, como el canto gregoriano, lo sigue siendo y lo seguirá siendo hasta el fin de los tiempos, porque Dios es Santo e Inmutable. Y puesto que Dios es santo, lo que se haga en el templo debe estar dirigido a la santidad de Dios, orientado a la santidad de Dios y causado por la santidad de Dios. Esta es la razón por la cual en el templo sólo se pueden desarrollar actividades litúrgicas, porque la liturgia es el modo por el cual la Iglesia, como Cuerpo Místico, se dirige a Dios. Si en el templo consagrado sólo se deben desarrollar actividades litúrgicas como misas, bautismos, matrimonios o sacramentos en general, quiere decir también que cualquier actividad mundana –comer, bailar, aplaudir, cantar canciones mundanas, etc.- implica una real profanación del templo, por cuanto el templo está consagrado para Dios y sólo para él. La actividad mundana puede ser de tal magnitud, que el templo puede ser declarado como des-consagrado, con lo cual en ese caso, el templo debería ser consagrado nuevamente. Es lo que sucedió y sucede en regímenes comunistas, por ejemplo, en los que los templos son confiscados a la fuerza para ser convertidos en caballerizas, almacenes, depósitos, etc. Es lo que está sucediendo en países socialdemócratas de Europa, en donde cientos de templos son abandonados por la apostasía del clero y de los fieles, para ser convertidos en restaurantes, bibliotecas, salones con pistas para practicar deportes como el skateboard, etc. Y en muchos otros casos, el colmo de la des-consagración es la demolición del templo sagrado para levantar en su lugar un emprendimiento comercial.
Ahora bien, lo que hay que considerar es que todo lo que se dice del edificio, se dice del alma, antes y después del bautismo antes del bautismo, el alma es sólo una creatura de Dios; después del bautismo, el alma es hija adoptiva de Dios porque ha recibido, de parte de Dios, su santidad y pasa a ser propiedad de Dos. Y esto a tal punto, que el alma y el cuerpo son convertidos en templo del Espíritu Santo, de manera que la Trinidad inhabita en ese cuerpo. De ahí que la profanación del cuerpo –con malos pensamientos, malos deseos, malas palabras-, o la introducción de substancias tóxicas en el cuerpo, o el uso del cuerpo para actividades pecaminosas, o el tatuarse la piel -en el Levítico se dice: "No te harás tatuajes", 19, 28-ofende gravemente a Dios, porque se está mancillando y profanando una propiedad de Dios. A partir del bautismo, el cuerpo deja de ser propiedad de la persona bautizada, para ser propiedad de Dios, de ahí que todo lo que no sea santo y se haga con el cuerpo, ofende a su divina majestad. Para darnos una idea de cómo el cuerpo es templo del Espíritu Santo, tomemos la siguiente situación: decir una mala palabra, aun cuando sea pensada, es el equivalente a que en el templo se reproduzcan, por los altavoces, esas mismas malas palabras; tener malos pensamientos o mirar cosas pecaminosas, es el equivalente a que en el templo se proyectaran, en las paredes, esas mismas imágenes o escenas pecaminosas; beber alcohol en exceso, equivale a que en el templo se derramaran litros y litros de bebidas alcohólicas a tal punto, que todo el templo quedaría impregnado con el olor a alcohol –es la razón por la cual los que se embriagan, junto a otros grupos de pecadores empedernidos, jamás entrarán en el Reino de los cielos, como lo dice la Escritura-; realizarse tatuajes, es como escribir cosas blasfemas en las paredes del templo.
Conmemorar la consagración o dedicación del templo no es sólo recordar que el templo material está destinado al culto divino: es ocasión para recordar nuestro propio bautismo, día en que nuestro cuerpo fue dedicado o consagrado a Dios y convertido en templo del Espíritu Santo y en morada de la Santísima Trinidad. Es ocasión entonces para renovar el uso exclusivamente sagrado del templo y de nuestro cuerpo.

sábado, 8 de septiembre de 2018

“Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”



(Domingo XXIII - TO - Ciclo B – 2018)

“Hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7, 31-37). Jesús hace un milagro de curación corporal, al curar a un sordomudo: le pone sus dedos en los oídos, toca la lengua con su saliva y dice: “Éfeta”, que significa “Ábrete”. El episodio de la curación del sordomudo nos lleva a reflexionar en dos direcciones: por un lado, nos habla de la condición y poderes divinos de Jesús en cuanto Hombre-Dios, ya que solo Dios puede curar con la sola palabra; por otro lado, nos lleva a considerar que el ser humano, al estar compuesto por alma y cuerpo, no solo sufre la enfermedad corporal, sino que sufre también la enfermedad espiritual, provocada por la pérdida de la gracia santificante a causa del pecado original y por lo tanto, necesita ser curado en ambos campos, el corporal y el espiritual.
En este caso, la curación es corporal solamente, a diferencia de la curación del paralítico, que es corporal y espiritual –al paralítico lo cura espiritualmente porque le perdona los pecados-. Como en otros casos de enfermedad y de modo especial en este, el sordomudo es figura del alma de todo ser humano que nace en estado de pecado original: nace ciego, sordo y mudo para conocer la Verdad Absoluta, desear el Bien infinito que es Dios y oír la voz de Dios, de ahí la dificultad del hombre para alcanzar la Verdad y obrar el Bien. Por el pecado original, el hombre no solo nace sordo para oír la voz de Dios, sino que nace también mudo para proclamar su palabra y nace también ciego para ver la Verdad de Dios. La situación de enfermedad y de invalidez corporal es entonces una figura y una representación del estado espiritual de desolación en la que nace el alma por causa del pecado original. Pero de la misma manera a como Jesús cura con el solo poder de su palabra, por cuanto Él es Dios y puede hacerlo por su omnipotencia, dando remedio en un instante a la invalidez corporal, de la misma manera, así también Jesús pone remedio a la ceguera, a la sordera y a la mudez espiritual por medio del Sacramento del Bautismo. Al recibir la gracia de la filiación divina, el alma no solo se ve curada en su afección espiritual, sino que comienza a participar de la vida divina y es por eso que ahora puede conocer y creer en la Verdad revelada de Jesucristo, puede desear y hacer el Bien de caridad, que es la misericordia y puede proclamar el Evangelio de Jesucristo. En un solo momento, en el momento del Bautismo, el alma no solo es curada, sino que es hecha partícipe de la vida sobrenatural.
“Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. En el Evangelio, Jesús cura al sordomudo y así le dona una nueva vida, la vida de la ausencia de la enfermedad y de la presencia de la salud y por eso podemos considerarlo afortunado. Sin embargo, nosotros somos todavía mucho más afortunados porque por el bautismo sacramental, Jesús nos dona algo infinitamente más valioso que la recuperación de la salud y es la vida de la gracia, por la cual no solo somos curados de nuestra ceguera, de nuestra mudez y de nuestra sordera espiritual, sino que nos hace participar de la vida de la gracia, vida por la cual conocemos la Verdad divina, la escuchamos por el Magisterio y la proclamamos al mundo.
A pesar de esto, muchos cristianos, habiendo recibido la gracia del Bautismo, de la Eucaristía y de la Confirmación, se comportan como ciegos, sordos y mudos porque voluntariamente no practican su religión. Estos cristianos oyen la voz de Satanás, no cumplen las obras de Dios, no proclaman el Evangelio del Reino y todo esto culpablemente, porque culpablemente eligen no oír, no ver, no hablar, comportándose como los “perros mudos” (cfr. Is 56, 10) y los “guías ciegos” (cfr. Mt 15, 14) de la Escritura.
Jesús nos ha sanado con su gracia desde el Bautismo y por lo tanto, tenemos la obligación de rendir el ciento por uno de los talentos recibidos. Sin embargo, no parece ser así, porque en nuestros días, como nunca antes en la historia de la humanidad, ha crecido el ocultismo, la magia, la wicca, la brujería, el satanismo y toda clase de prácticas de maldad como estas y si se han multiplicado y crecido de modo abismal, cubriendo de maldad al mundo, se debe en gran medida a la tibieza y frialdad de muchos cristianos que, voluntariamente, callan las Verdades de fe, hacen oídos sordos a la voz de Dios y no viven los Mandamientos, además de no rezar, no recibir los sacramentos y no vivir su religión, cuando no se alían directamente con el enemigo, porque muchos cristianos son tibios en su fe, pero fervientes devotos del ocultismo.
Debemos ser precavidos y estar vigilantes porque fácilmente podemos caer en la tentación de ser “perros mudos” y “guías ciegos” y de estas faltas tendremos que dar cuenta en el Juicio Particular.

sábado, 1 de septiembre de 2018

“Es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones"



(Domingo XXII - TO - Ciclo B – 2018)

“Es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino” (cfr. Mc 7, 1-8.14-15.21-23). Al observar los fariseos que los discípulos de Jesús no cumplen con la tradición de los antepasados, según la cual debían purificarse las manos antes de comer, los fariseos le reprochan a Jesús esta actitud de sus discípulos: “Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: “¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?”. En su respuesta, Jesús, lejos de darles la razón, contraataca, acusándolos de profesar una religión meramente externa, apegada a ritos de invención puramente humana, mientras descuidan la esencia de la religión, el amor, la caridad, la compasión, la justicia y la piedad: “Él les respondió: “¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres”[1].
         Jesús, que es Dios, conoce muy bien el interior del corazón de los fariseos y de los escribas, que pasaban por ser hombres religiosos y los desenmascara, revelando cuál es su error: piensan que por cumplir con ritos externos religiosos, ya cumplieron con Dios y Dios está satisfecho con ellos, pero no es así porque descuidan el interior, el corazón, que es “de donde salen toda clase de cosas malas”.
El problema con los escribas y fariseos es que ellos tienen una concepción de la religión totalmente extrincesista, formalista, que se detiene en la letra y en las formas, pero no va al espíritu. Guardan las formas, es decir, lo exterior, pero el interior lo descuidan totalmente. Son, como Jesús mismo les dice, como “sepulcros blanqueados”: por fuera aparentan ser hombres de bien, hombres religiosos, al igual que un sepulcro, que por fuera puede ser, desde el punto de vista arquitectónico, una maravilla, pero por dentro, también al igual que los sepulcros, que por dentro están llenos de huesos y de cuerpos en descomposición, así también interiormente las almas de los fariseos están en descomposición, porque sus corazones están en tinieblas y llenos de pasiones sin control: desenfreno, ira, gula, pereza, lujuria, etc. Esto se deriva de esta visión puramente externa de la religión: piensan que la religión es cumplir con ciertas normas exteriores, sin importar el estado del corazón. Jesús compara también al hombre y su religiosidad con una copa y un plato que deben ser limpiados, porque están con suciedad: si se limpia solo por fuera, queda sin limpiar el interior: esto es para significar a las personas que solo cumplen exteriormente la religión –rezan, hacen ayuno, asisten al templo, visten como religiosos- pero no se preocupan por lo interior, es decir, en el interior del corazón no hay amor a Dios ni al prójimo, solo hay amor al dinero y al propio yo, hay egoísmo, vanidad, superficialidad, gula, pereza, ira. De la misma manera a como un plato y una copa deben ser limpiados por dentro y por fuera, así el hombre, que está compuesto de cuerpo y alma, debe ser religioso por fuera –actos de culto, normas, etc.- pero también debe ser religioso en su interior –teniendo un corazón piadoso y misericordioso, siendo manso y humilde de corazón, a imitación de Cristo-, teniendo un corazón limpio y puro y lo que nos limpia por dentro es la gracia santificante. Jesucristo no elimina la necesidad de la religiosidad exterior: lo que hace es revelarnos que, para que esta religiosidad exterior sea agradable a los ojos de Dios, debe estar acompañada por una religiosidad interior; de lo contrario, la práctica de la religión es farisea, es decir, es hueca y superficial y no agrada a Dios.
Si la advertencia y el reproche de Jesús son válidos para los fariseos, que no tenían el régimen de la gracia, mucho más lo son para nosotros, cristianos, que vivimos en el régimen de la gracia. Por la gracia, el alma, en esta vida terrena, no solo está ante la Presencia de Dios, sino que Dios Uno y Trino mora, habita, inhabita, vive, en el alma, en el corazón del que está en gracia. Esto quiere decir que Dios no solo ve nuestros actos exteriores de religión, sino que, como estamos ante su Presencia –estar en gracia es el equivalente al estar cara a cara con Dios para los bienaventurados del cielo-, el más mínimo pensamiento resuena ante Dios, por eso debemos cuidar muchísimo nuestros pensamientos, del orden que sea, porque esos pensamientos los decimos delante de Dios. Un pensamiento o un deseo malo, resuenan ante la Santa Faz de Dios y mucho más si esos pensamientos o deseos malos van seguidos de una acción mala. Lo mismo sucede con los buenos pensamientos, deseos y acciones, todos resuenan ante el Rostro Tres veces Santo de Dios Trino. Entonces, Jesús quiere que seamos hombres religiosos perfectos, que profesemos nuestra religión no solo exterior, sino también interiormente.
“Es del corazón del hombre de donde provienen todas las cosas malas”. No estamos exentos de cometer el mismo error de fariseos y escribas, esto es, de pensar que la religión consiste en el cumplimiento meramente exterior de ritos y normas religiosas. Debemos siempre recordar las palabras de Jesús, para mantener en guardia los pensamientos y deseos que se presentan en nuestras mentes y corazones: “Es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino”. La verdadera religión consiste no solo en cumplir exteriormente con los preceptos y en rechazar la malicia del corazón, que es el pecado, sino además en tener el alma pura y en gracia por el sacramento de la confesión, porque lo que nos purifica por dentro es la gracia santificante; en adorar a Jesús Eucaristía, entronizado en el corazón por la comunión eucarística; y en obrar la misericordia con nuestros hermanos más necesitados. Ésa es la verdadera religión, la que cumple exteriormente con los ritos y normas y la que brilla en el interior con la gracia, la Presencia de Dios por la Eucaristía, y las obras de misericordia para con el prójimo.



[1] “Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús,y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce”.


sábado, 25 de agosto de 2018

“Señor, ¿a quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de Vida eterna”



(Domingo XXI - TO - Ciclo B – 2018)

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna” (Jn 6, 60-69). Después de que Jesús les revelara a sus discípulos que debían comer su Carne y beber su Sangre para tener vida eterna y que quien quisiera seguirlo, debía tomar su cruz de cada día e ir en pos de Él, muchos de los discípulos, que siguen todavía aferrados a la vida terrena y carnal, rechazan las palabras de Jesús, afirmando que lo que dice es “muy duro”: “Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”. Es decir, cuando Jesús no hace milagros que curan enfermedades incurables, o cuando no multiplica panes y peces para satisfacer el hambre corporal, sino que les revela que deben alimentarse de su Cuerpo y su Sangre para tener vida eterna y además cargar la cruz de cada día, es entonces cuando una gran mayoría de quienes decían ser sus discípulos, se apartan de Él, aduciendo que sus palabras son “muy duras”. Prefieren la molicie y la vida fácil, sin complicaciones, olvidando las palabras de la Escritura: “Lucha es la vida del hombre sobre la tierra” (cfr. Job 7, 1ss). Y esa lucha es para ganar el Cielo y el Cielo sólo se conquista por medio de la Cruz.
Luego Jesús continúa explicándoles el plan de salvación, revelando que quien no posee el Espíritu Santo, no puede entender la Palabra de Dios, que es Espíritu y Vida: “El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida”. Jesús les dice, indirectamente, que ellos están analizando sus palabras sin el Espíritu Santo, solo con la luz de la razón y es por eso que no pueden trascender la carnalidad, la horizontalidad de esta vida terrena: “la carne de nada sirve”. Quien analiza las palabras de Jesús sin la luz del Espíritu Santo, permanece en su carnalidad, permanece en sus razonamientos humanos y no puede, de ninguna manera, trascender su límite humano, quedándose en un análisis meramente racional de las palabras de Jesús.
Jesús les advierte que para poder comprender lo que Él les dice, esto es, para poder comprender su misterio pascual de Muerte y Resurrección que pasa por la cruz, deben ser atraídos por el Padre, por el Espíritu del Padre, que es el Espíritu Santo: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”. A los discípulos les sucede lo mismo que a los judíos: así como ellos no tienen el Espíritu Santo y por lo tanto no pueden comprender que para tener la vida eterna deben comer el Cuerpo y beber la Sangre glorificada de Jesús, de la misma manera los discípulos no pueden trascender las palabras de Jesús acerca de la necesidad de la negación de sí mismos y de cargar la cruz de cada día para llegar al Reino de los cielos y es la razón por la cual muchos de ellos lo abandonan: “Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo”. Los hombres carnales, que están aferrados a esta vida terrena, a las pasiones y a los bienes materiales, dejan la cruz y abandonan el seguimiento de Cristo.
En otras palabras, cuando Jesús les dice que deben dejar de lado al hombre carnal y comenzar a vivir la vida de la gracia, combatiendo contra las propias pasiones, cargando la cruz y yendo en pos de Él, alimentándose de la Eucaristía y viviendo los Diez Mandamientos, muchos de los discípulos, que no quieren abandonar la vida mundana, abandonan a Jesús y le dicen: “Son duras estas palabras”.
Sin embargo, aquellos que son verdaderos seguidores de Cristo y poseen el Espíritu Santo que les hace comprender que la Cruz es un “yugo suave” porque Jesús la lleva por nosotros y que es el único camino para llegar al Cielo no abandonan a Jesús, sino que lo reconocen como al Dios encarnado cuyas palabras son palabras de vida eterna: “Jesús preguntó entonces a los Doce: “¿También ustedes quieren irse?”. Simón Pedro le respondió: “Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”. Simón Pedro sí está iluminado por el Espíritu Santo y por lo tanto reconoce, en las palabras de Cristo, a la Sabiduría de Dios, que le revela que el único camino posible al Cielo es alimentar el alma con la Carne y la Sangre glorificados del Hijo de Dios y cargar la Cruz de cada día. De ahí su respuesta, exacta y precisa: “Sólo Tú tienes palabras de vida eterna”.
         También a nosotros Jesús nos dice que debemos dejar de pensar en esta vida terrena y pensar en la vida eterna, en la muerte, en el Juicio Particular, en el Cielo, el Purgatorio y el Infierno; también a nosotros nos dice Jesús que debemos alimentarnos, más que de los manjares terrenos, del manjar celestial, que es la Eucaristía; también a nosotros nos dice Jesús que si queremos entrar en el Reino de los cielos, debemos combatir contra el hombre carnal, cargar la cruz de cada día y seguir tras sus pasos. No seamos entonces como los discípulos que, ante la perspectiva de tener que abandonar la vida mundana para abrazar la vida de la gracia, dicen: “Son duras estas palabras”. Imitemos más bien a San Pedro que, movido por el Espíritu Santo, abraza la cruz y le dice a Jesús: “Sólo Tú tienes palabras de Vida eterna”.


viernes, 17 de agosto de 2018

La Eucaristía es verdadera comida y verdadera bebida



(Domingo XX - TO - Ciclo B – 2018)

“Mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida (…) Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente” (Jn 6, 51-58). Los judíos se escandalizan ante las palabras de Jesús según las cuales, si alguien quería tener vida eterna, debía comer su Cuerpo y su Sangre. Ellos creían erróneamente que el maná que sus ancestros habían comido en el desierto era el verdadero maná, pero Jesús les hace ver que ese maná era solo una figura y un anticipo del Verdadero Maná, que es su Cuerpo y su Sangre: “Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron”. Se escandalizan también porque Jesús les revela su origen divino: como ellos lo han visto crecer en el pueblo, piensan que es “el hijo del carpintero”, “el hijo de José y María”, cuyos primos viven también en el pueblo y por lo tanto, no ven de qué manera pueda Jesús haber venido del cielo: Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?".
Lo que sucede es que los judíos no tienen en sí al Espíritu Santo, que es el único capaz de iluminar las mentes y corazones de manera tal que quien contemple a Jesús, no contemple “al hijo del carpintero”, “al hijo de María”, sino al Hijo de Dios Padre, al Hijo de Dios encarnado, nacido de la Madre de Dios. Solo el Espíritu Santo puede hacer ver a un alma que cuando Jesús dice: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida”, no se está refiriendo a su Cuerpo y su Sangre antes del misterio pascual de muerte y resurrección, lo cual sería un acto de antropofagia: se está refiriendo, sí, a su Cuerpo y a su Sangre, pero ya glorificados y contenidos en el sacramento de la Eucaristía. Jesús les está hablando de la Eucaristía sin mencionarla, porque no es otra cosa la Eucaristía que el Cuerpo y la Sangre de Jesús, que son verdadero alimento del alma, ya que nutren al alma con la substancia misma de Dios y con la vida eterna de Dios Trino. Los judíos también rechazan el misterio de la Pasión y de la cruz del Señor, de ahí que se escandalicen y no puedan comprender sus palabras.
Al no tener en sí al Espíritu Santo, los judíos no pueden entender las palabras de Jesús acerca de que Él es “el Pan Vivo bajado del cielo, el Verdadero Maná que da la vida eterna y que el coma de Él, no morirá jamás: “Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. El Pan que no es pan, sino Carne del Cordero de Dios para la vida del mundo, no es otra cosa que la Eucaristía. La Eucaristía es Jesús, Pan Vivo bajado del cielo, que da la vida eterna al que lo consume en gracia, con fe, con amor y adoración.
Ante la incomprensión de los judíos, Jesús no solo no se retracta, sino que profundiza su auto-revelación como Pan de Vida eterna: “Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por Mí”.
Los judíos no comprenden las palabras de Jesús, pero no debemos creer que los judíos son los únicos que no entienden el misterio pascual y las palabras de Jesús. Muchos católicos tampoco las entienden, porque parafraseando a Jesús, Él nos dice a nosotros: “Les aseguro que si no comen la Eucaristía, que es la Carne glorificada del Hijo del hombre, no tendrán la vida de Dios en sus corazones. El que come la Eucaristía come mi Carne y bebe mi Sangre y tiene en sí la Vida eterna, porque en la Eucaristía está contenida la Vida eterna y vive ya en germen, en esta vida terrena, la resurrección final que Yo le daré. La Eucaristía es verdadera comida y verdadera bebida. El que come la Eucaristía permanece en Mí y Yo en Él. así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que come la Eucaristía vivirá por Mí”.
Nos preocupamos por la comida y la bebida de todos los días  y todavía más, pareciera como si el aumento del costo de la vida fuera el único y el más importante problema de nuestras vidas. Eso sucede porque pensamos con el vientre y para el vientre; no pensamos con el alma y para la vida eterna, porque si lo hiciéramos, nos ocuparíamos de alimentarnos de la Eucaristía todos los días –en estado de gracia- y todo lo demás vendría por añadidura.