viernes, 20 de febrero de 2026

“Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio”

 



(Domingo I - TC - Ciclo A - 2026)

         “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio” (Mt 4, 1-11). El Espíritu Santo lleva a Jesús al desierto para ser tentado por el Demonio. Este intento del Demonio es algo imposible, desde el momento en el que Jesús es Dios y en cuanto tal, es imposible que pueda caer en la tentación; pero Jesús permite la tentación con un fin y es el de enseñarnos a nosotros a vencer a la tentación.

         Según las Escrituras, el Demonio tienta a Jesús con tres diferentes tipos de tentaciones. En la primera, dice así: “El tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. El Demonio sabía que Jesús, luego de cuarenta días de ayuno, tenía mucha hambre y sabía también que podía hacer el milagro de convertir a las piedras en pan para poder saciar el hambre y por eso lo tienta diciéndole que convierta las piedras en pan. Sin embargo Jesús, citando las Escrituras, rechaza la tentación, al tiempo que nos enseña que no los hombres no solo nos alimentamos de alimento material, sino que el alimento principal es el espiritual y es la Palabra de Dios -que para nosotros los católicos es la Sagrada Escritura y la Palabra de Dios Encarnada, la Eucaristía-. Dice así Jesús: “Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios””. Así Jesús nos enseña que, mucho antes que preocuparnos del alimento corporal, debemos preocuparnos en primer lugar por el alimento del alma –para nosotros y para nuestros prójimos, de ahí la necesidad de la Evangelización y de la Misión-, y este alimento del alma es la Escritura –la lectura, meditación y oración- y la Eucaristía –la adoración y la Comunión Eucarística-, que sacia el apetito del alma con la substancia y el Amor Divino contenido en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Solo después de haber saciado el apetito espiritual, debemos saciar el apetito corporal con el alimento corporal, ya que este de nada sirve, si no se provee antes al alimento espiritual. Si en esta tentación Jesús hubiera respondido cediendo a la tentación, convirtiendo efectivamente las piedras en pan, nos hubiera dado un mensaje erróneo, nos hubiera dado el mensaje de que el alimento corporal, material, prevalece sobre el alimento espiritual, la Escritura y la Eucaristía; pero al no ceder a la tentación, nos revela que primero debemos procurar el alimento del alma y recién después el alimento del cuerpo. También, al rechazar esta primera tentación, Jesús nos enseña cómo resistir y vencer a la concupiscencia de la carne, es decir, el apetito desordenado por “los placeres de los sentidos y de los bienes terrenales”[1].

Después de ser vencido en la primera tentación, el Demonio intenta una segunda tentación, para lo cual lleva a Jesús “a la parte más alta del templo”: “Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”. Al igual que con la primera, Jesús rechaza la tentación y responde con la Sagrada Escritura: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. Con esta tentación, el demonio pretende que Jesús cometa el pecado de presunción o temeridad, porque en realidad, Dios sí puede hacer que la humanidad de Jesús no sufra ninguna lesión, enviando a sus ángeles si Jesús se arrojara desde lo alto del templo, pero si Jesús hiciera esto, cometería un pecado de presunción o temeridad, porque no tiene ninguna necesidad de exponerse al peligro y, al mismo tiempo, desafiar literalmente a Dios, para que lo salve. En el fondo, se trata de un pecado de soberbia; al rechazar esta tentación, Jesús nos advierte que no debemos ser presuntuosos en el sentido de pensar que, hagamos lo que hagamos, Dios nos salvará por su misericordia, puesto que Dios no tiene obligación de quitar los obstáculos que nosotros mismos ponemos a nuestra salvación, es decir, el pecado. Si por un imposible, Jesús hubiera accedido, hubiera cometido un pecado, y Dios no tendría obligación de salvarlo, porque sería por libre decisión que se arrojaría desde lo más alto del templo. De esta manera Jesús nos enseña a resistir la concupiscencia del espíritu que se origina en la soberbia, en el orgullo del propio “yo” que se pone en el centro de sí mismo, pretendiendo que todos, incluido hasta el mismo Dios, estén a su servicio, sin permitir que nadie le indique qué es lo que debe hacer: ni Dios, con sus Mandamientos y Preceptos de la Iglesia, ni el hombre, con sus consejos. La soberbia, que es la raíz de todos los pecados, hace que el hombre se coloque en el centro de sí mismo, y su única ley es su propia voluntad. El soberbio es el que dice: “Yo hago lo que quiero y nadie me va a dar indicaciones, ni Dios ni los hombres”. Pero sucede que el primer mandamiento de la Iglesia Satánica es precisamente ése: “Haz lo que quieras”. Jesús nos enseña a no tentar vanamente a Dios con nuestra soberbia y pedir la gracia de crecer día a día en la virtud de la humildad, imitándolo a Él: “Aprendan de Mí, que soy manso y humilde corazón”.

Vencido en la dos primeras tentaciones, el Demonio intenta una tercera y última tentación, en la cual el Maligno pretende vanamente que Jesús lo adore a cambio de riquezas y poderes terrenos: “El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras para adorarme”. Jesús le respondió: “Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto”. Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo”. Aquí vemos cómo se profundiza la caída del hombre en la tentación si no media la ayuda de Dios: luego de la satisfacción de las pasiones –concupiscencia de la carne, la primera tentación-, luego de la adoración de sí mismo –concupiscencia del espíritu, la segunda tentación-, el hombre cae en el peor de los pecados, y es la adoración de Satanás -la tercera tentación-, una simple creatura que, además de ser simple creatura, no merece ni siquiera la admiración por su hermosura, como los ángeles de Dios, sino el desprecio absoluto, por ser un rebelde y un insolente contra Dios. Esto –la adoración al demonio- se da de diversas maneras: con las prácticas ocultistas, con la magia, el esoterismo, la wicca –brujería moderna-, el umbandismo, el culto a los servidores del demonio –Gauchito Gil, San La Muerte, Difunta Correa-, aunque también se adora al demonio de modo indirecto al menos, con la adoración del dinero, con el deseo de poseer, de modo avaro y sin importar los medios ilícitos, la mayor cantidad de dinero posible y de muchas otras formas más. También citando a la Sagrada Escritura, Jesús nos enseña que “sólo a Dios se debe adorar”, y aunque Dios, que está en la cruz y en la Eucaristía, no nos promete bienes, dinero, poder y fama en este mundo, y aunque nos promete lo contrario, humillaciones, tribulaciones, padecimientos por su Nombre y, con la Eucaristía, ninguna satisfacción sensible –porque no se lo ve, ni se lo siente, ni se lo oye-, sí nos promete, en la otra vida, a quien lo adore a Él en la cruz, besando sus pies ensangrentados y postrándose ante su Presencia Eucarística en la adoración, la bienaventuranza eterna en el Reino de los cielos.

         “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio”. Nosotros, en el desierto de la vida, también somos tentados por el espíritu inmundo, pero Jesús, con su ejemplo y con su gracia, nos da las armas para resistir toda tentación, cualquier tentación, y el triunfo nuestro comienza cuando, movidos por el Espíritu Santo y con el corazón contrito y humillado, nos postramos ante su Cruz y besamos sus pies ensangrentados y cuando nos postramos ante su Presencia Eucarística.

 



[1] http://www.religionenlibertad.com/que-es-la-concupiscencia-40636.htm. Este apetito concupiscible se opone al “apetito racional o natural”, que es “la subordinación de la razón a Dios” con el consecuente dominio de las pasiones por la razón, lo cual sin embargo es posible, después del pecado original, solo por la acción de la gracia santificante. En esta subordinación “gracia-razón-pasiones”, está todo el bien de la naturaleza humana.


Miércoles de Cenizas

 



(Ciclo A – 2026)

         Con el Miércoles de Cenizas la Iglesia inicia un camino espiritual que culmina con la Resurrección del Señor, pasando por su Pasión y Muerte en Cruz. Precisamente, porque se trata de un hecho espiritual, sobrenatural, celestial y no un simple recordatorio piadoso de la memoria, es que debemos profundizar en el aspecto espiritual y místico del significado del Miércoles de Cenizas, con el cual se inicia el tiempo litúrgico de la Cuaresma.

         Como dijimos, tenemos que tener presente que a pesar de ser un hecho que evoca el pasado, no se trata de un simple recuerdo piadoso de la memoria, ni personal ni colectivamente; tampoco la participación del católico se reduce a recibir exteriormente la imposición de las cenizas ni mucho menos a abstenerse de comer carne los viernes. La Cuaresma, que inicia el Miércoles de Cenizas, es algo infinitamente más profundo, más grandioso, más sobrenatural que esto. En la Cuaresma los católicos, que conforman la Iglesia Militante, participan misteriosamente del ayuno, la oración, la penitencia y la lucha contra el mal de Nuestro Señor Jesucristo llevados a cabo en el desierto hace veintiún siglos. Es decir, así como el Espíritu Santo llevó al Señor Jesús al desierto para que hiciera oración y ayuno, para que resistiera la tentación y venciera al mal con la Palabra de Dios, así el católico, en forma personal y como Cuerpo Místico de Jesús, es llevado misteriosamente, al comenzar el tiempo de Cuaresma, al mismo desierto, viajando en el tiempo y en el espacio, para hacer compañía y participar del ayuno, la oración y la penitencia de Nuestro Señor Jesucristo.

         En otras palabras, por un prodigio del Espíritu Santo, a veintiún siglos de distancia, la Iglesia participa e ingresa místicamente junto con Nuestro Señor en el desierto y lo acompaña en sus cuarenta días de oración, ayuno y penitencia. La Cabeza de la Iglesia, Cristo, ingresó en el desierto hace veintiún siglos; por obra del Espíritu Santo y en el tiempo litúrgico de la Cuaresma, que inicia el Miércoles de Cenizas, el Cuerpo Místico de Jesús, la Iglesia, ingresa espiritual y místicamente en el desierto para ayunar, orar y hacer penitencia con Él, en su lucha contra el mal personificado, Satanás y contra las pasiones y aquí está la diferencia: la Cabeza que es Cristo no debe expiar por Sí mismo ningún pecado, ya que Él es Dios Santo, Puro e Inmaculado, en cambio nosotros, los miembros de la Iglesia, sí debemos expiar por nuestros pecados y por los de nuestros hermanos, porque somos pecadores.

         Algo significativo y que debemos preguntarnos es el hecho de que Jesús elige el desierto para el ayuno, la oración y la penitencia. La razón es que el desierto posee mucha simbología desde el punto de vista espiritual: en el Antiguo Testamento, terrenalmente, era el lugar de paso y peregrinación hacia la Jerusalén Terrena, la Tierra Prometida, de ahí que tanto la vida como la historia humana están representadas simbólicamente en el desierto, porque esta vida es un peregrinar del Nuevo Pueblo Elegido no ya hacia la Jerusalén terrenal, sino hacia la Jerusalén celestial, la Jerusalén del cielo; el desierto es también el lugar en donde el alma experimenta con mayor intensidad la soledad, lo cual facilita el encuentro con Dios; pero también es un lugar de desolación, en el sentido de que no existe nada sensible que pueda atraer al alma –durante el día, se experimenta calor extremo y durante la noche, un frío glacial-, todo lo cual ayuda a la penitencia y a la mortificación de las concupiscencias, del cuerpo –sensualidad- y el espíritu –la soberbia-; el desierto es también símbolo del corazón humano luego del pecado original: antes era un Jardín en el que Dios se paseaba, pero después del pecado original, se convirtió en un desierto de arena, en el que arde las pasiones –el calor del día- y en donde falta el amor de Dios –la caridad-; finalmente, en el desierto el alma se encuentra con Dios pero también con el Demonio, porque así como Jesús fue tentado en el desierto, así también el alma es atacada por el Tentador en el desierto, toda vez que intenta emprender el camino de la conversión del corazón hacia Dios.

El desierto es símbolo de penitencia, al igual que las cenizas que se imponen el día Miércoles en el que inicia la Cuaresma, pero la Cabeza que es Cristo, no tiene necesidad de penitencia y si la hace, es de forma vicaria por los hombres pecadores. Quienes sí tenemos necesidad de penitencia somos los hombres, porque somos pecadores y esta penitencia está simbolizada en las cenizas y en el ingreso de Jesús al desierto, siendo del todo necesaria para nosotros, si es que queremos morir al hombre viejo, para nacer al hombre nuevo. Ahora bien, para que la penitencia adquiera todo su valor salvífico y redentor, debe ser unida a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. La penitencia sólo tiene valor cuando se la une al sacrificio redentor de Cristo en la cruz y es por esto que los cristianos, místicamente, con las cenizas impuestas en la frente al inicio de la Cuaresma, nos internamos con Jesús en el desierto, y huimos del mundo y sus falsos atractivos para así, en la oración, el ayuno y la penitencia, encontrar a Dios en ese “desierto nevado” (cfr. Liturgia de las Horas) que es nuestro corazón pecador. Nuestro corazón, arrasado por el pecado, es árido porque le falta la frescura del Divino Amor y arde en las pasiones, porque no tiene la gracia santificante que le permite dominarlas y subordinarlas a la razón, para así encaminarnos a la santidad.

Y al igual que Jesús, que al final de la estadía de cuarenta días en el desierto, experimentó la tentación por parte del Tentador, el Ángel caído, también nosotros, hombres pecadores, viadores, experimentamos la tentación en el desierto de la vida, en el camino que conduce a la Jerusalén celestial. Pero Jesús, que no cayó en pecado porque era imposible que lo hiciera, ya que era Dios Hijo en Persona, nos dejó ejemplo de cómo resistir y vencer a la tentación, ante todo, con la Palabra de Dios, con la oración, con el ayuno y la penitencia. Es por eso que el cristiano no puede excusarse ante la tentación porque, por fuerte que sea, no es más fuerte que la gracia que nos comunica Jesús, por lo que si caemos en la tentación, no es por falta de asistencia divina, sino porque así lo decidimos nosotros, rechazando el auxilio de la gracia. Jesús, que es la santidad divina en sí misma, porque es la Segunda Persona de la Trinidad, se interna en el desierto, al inicio de la Cuaresma, para orar y ayunar y hacer penitencia por nosotros. Nosotros, como Iglesia, por medio de la imposición de las Cenizas, recordamos que “somos polvo y al polvo hemos de volver”, es decir, recordamos que en el momento de la muerte este cuerpo iniciará su proceso natural de descomposición, que lo reducirá a cenizas, mientras que nuestra alma será llevada ante la Presencia de Dios Trino para recibir el Juicio Particular y es para estar preparados para ese momento, que participamos de los cuarenta días de Jesús en el desierto, haciendo penitencia con el cuerpo, dominando las pasiones y buscando la conversión del alma por medio de las prácticas cuaresmales.

Debemos meditar la frase de imposición de cenizas: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”: quiere decir que fuimos creados por Dios Trino para ser vivir en Él por la eternidad, pero por el pecado de rebelión nos convertimos en ese polvo que se nos impone en la frente; a la vez, esas cenizas se nos imponen con el signo victorioso de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, y así estas mismas cenizas que nos recuerdan que nos convertiremos en polvo, nos recuerdan que si bien hemos de morir a causa de la fuerza de muerte que anida en la carne de pecado, hemos de resucitar a causa de la fuerza vital de gracia injertada por Cristo en nuestras almas en el Bautismo, en la Eucaristía y en los sacramentos en general.

         “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”, nos dice la Iglesia en el Miércoles de Ceniza, al inicio de la Cuaresma, para que recordemos que por el pecado, nos encaminamos hacia la muerte; y Cristo nos dice: “Recuerda que por la gracia santificante participas de la divinidad y te convertirás en el mismo Dios”, para que recordemos que por la gracia, nos encaminamos hacia la feliz eternidad, en donde contemplaremos a Dios Trino cara a cara, en donde Dios será todo en todos, en donde viviremos la felicidad de una eterna Pascua.

 


“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”

 


(Domingo VI - TO - Ciclo A - 2026)

“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 17-37). Dice San Ireneo que el Pueblo Elegido tenía tanto la Ley natural y la Ley de Dios para manifestarse al mundo como justos; dice así el santo: “En la Ley hay preceptos naturales que nos dan ya la santidad; incluso antes de dar Dios la Ley a Moisés, había hombres que observaban estos preceptos y quedaron justificados por su fe y fueron agradables a Dios”[1]. Es decir, según San Ireneo, antes de recibir la ley de Dios, quien cumplía la ley natural, la ley impresa en la conciencia y que dice qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, se santificaba; luego vino la ayuda divina al dar al Pueblo Elegido la Ley de Dios. Ahora bien, lo que sucede es que Jesús, que es ese mismo Dios que dio la Ley Natural a todos los hombres y los Mandamientos al Pueblo Elegido, viene ahora a nosotros, que somos el Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, para traernos, no otra Ley distinta, sino la misma Ley Natural y los mismos Mandamientos, aunque ahora escritos no ya en tablas de piedra, sino en los corazones, y esa es la razón por la cual el cumplimiento de esa Ley es mucho más estricto: “El Señor no abolió estos preceptos sino que los extendió y les dio plenitud”[2]. Es por eso que Jesús dice: “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”. Luego da el ejemplo de cómo es ese cumplimiento: “Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda”. Lo que revela Jesús es que, antes de Él, para ser justos ante Dios, bastaba con “no matar”, para cumplir la Ley de Dios, y así se era justo, al menos en el cumplimiento de ese mandamiento; es decir, el justo era el que no mataba, el que no privaba de la vida a su prójimo, el que no cometía homicidio. Era justo quien no cometía homicidio exteriormente, porque estar ante la Presencia de Dios era estarlo exteriormente. De esto se sigue que se podía odiar al prójimo, pero si no se lo mataba, se cumplía con el precepto que decía “No matarás”. Sin embargo, ahora, a partir de Jesús y su gracia, el hombre comienza a estar en la Presencia de Dios ya en esta tierra, en el interior de su corazón, y por eso el cumplimiento de la Ley de Dios comienza en ese interior del hombre, en su corazón, y es por ese motivo que Jesús graba a fuego los Mandamientos de Dios en el corazón, al tiempo que hace que el alma esté ante la Presencia de Dios, desde el momento en que, por la gracia, ese Dios, que es Uno y Trino, inhabita en el corazón del hombre. Esto quiere decir que, cuando el alma está en estado de gracia santificante, el alma está ante la Presencia de Dios Trino porque por la gracia, Dios Uno y Trino viene a inhabitar en el alma del justo y así está ante la Presencia de la Trinidad de una manera análoga a como están las almas de los santos en el cielo, estando aún en la tierra. Esto significa que a partir de Jesús y su don de la gracia santificante Dios no solo está “más cerca” del justo, sino que está “dentro” del alma del justo, por así decirlo, porque la gracia convierte al alma del justo en morada viviente de Dios Uno y Trino; por eso es que quien está en gracia está delante de la Trinidad, así como quien está delante del sagrario o delante de la Eucaristía, está delante del Cordero. Es por este motivo por el cual ya no es suficiente el cumplimiento meramente exterior de los Mandamientos de la Ley: ahora deben ser cumplidos, primera y principalmente, en el corazón mismo del hombre, en su alma, en lo más profundo de su acto de ser, porque allí mora la Trinidad, cuando el alma está en gracia. Por esto no basta con no quitar la vida exteriormente al hermano: ahora Dios, que mora en el corazón del hombre, ve sus pensamientos, y cualquier pensamiento malo, por pequeño que sea, ofende a esta Presencia divina, en su infinita majestad y bondad y cualquier acto de malicia, aun cuando no sea formulado al exterior del hombre, cualquier pensamiento de malicia, aun el más pequeño, resuena en las paredes del Templo de Dios que es el corazón del hombre por la gracia, y lo ofende, porque está ante su Presencia por la gracia. Ahora, con la gracia santificante, ya no basta con “no matar”: quien interiormente se irrita, insulta y maldice a su hermano, está en falta ante Dios, porque está ante su Presencia; todavía más, quien no se reconcilia con su hermano, está en falta ante Dios y es indigno de acercarse al altar: “Si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda”.

“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”. El cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios, que hace justo al cristiano y la recepción de los sacramentos, que conceden la gracia santificante, no constituyen un mero legalismo: ambos están motivados por el Amor de Dios, porque el que está unido por la gracia al Sagrado Corazón de Jesús y lo ama con todas sus fuerzas, amará también a su hermano, porque su corazón y el Corazón de Jesús, “que es Amor” (cfr. 1 Jn 2, 4), serán una sola cosa y en esto consiste en ser “justos” ante Dios, en amar por amar, tanto a Dios como al prójimo.

 



[1] San Ireneo de Lyon, Contra las herejías IV, 13, 3.

[2] Cfr. ibidem.


sábado, 7 de febrero de 2026

“Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo”

 


(Domingo V - TO - Ciclo A – 2017)

         “Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5, 13-16). Jesús utiliza dos elementos sumamente útiles de la vida cotidiana, la sal y la luz, para describir a los cristianos. Por un lado la sal, permite dar sabor a todos los alimentos; pero además, evita la descomposición orgánica de la carne y la preservación de alimentos. El otro elemento que utiliza Jesús es la luz, cuya importancia es más que evidente para la vida cotidiana: permite ver y apreciar el mundo, con toda su realidad, con su colorido, con su profundidad: sin la luz, el hombre vive en tinieblas y en la oscuridad más absoluta.

         Los elementos materiales como la luz y el agua son utilizados por Jesús para representar y referirse a una realidad sobrenatural, la gracia santificante, la cual obra en el alma del cristiano así como la sal y la luz en la vida del hombre. La gracia es la que hace que la vida del cristiano tenga un nuevo sabor, el sabor de la eternidad y del Divino Amor; la gracia es la que evita la descomposición del alma por la putrefacción del pecado, así como la sal evita la putrefacción de la carne; la gracia permite que el alma pueda ver las realidades sobrenaturales y eternas de los misterios divinos: por la gracia el alma puede ver que esta vida es pasajera, que esta vida es una prueba para ganar la vida eterna, que la vida eterna se gana cumpliendo los Diez Mandamientos y atravesando los dos Juicios, el Particular y el del Día Final y que luego esperan o el Cielo o el Infierno por la eternidad, que esta vida no es para “disfrutar” o para “pasarla bien”, sino para “conquistar el Cielo” por medio de la Santa Cruz de Jesús con el auxilio de la Virgen, Medianera de todas las gracias ya que “lucha es la vida del hombre en la tierra” según el libro de Job. Nada de esto puede saber el hombre sino es por el auxilio de la luz de la gracia.

         La gracia santificante cambia radicalmente la orientación de la vida del cristiano, dirigiéndola y enderezándola, de una orientación horizontal, sin trascendencia, hacia la feliz eternidad, hacia el encuentro personal y definitivo con el Supremo Juez, Jesús Misericordioso. Pero este destino de eternidad en la otra vida y el hecho de tener la luz de la fe en esta vida terrena, que permite vislumbrar la vida futura en el Reino de los cielos, no depende de nosotros, ni tampoco surge de nuestra naturaleza, sino que es un don absolutamente gratuito, un don inmerecido, recibido en el Bautismo y el cual debe ser custodiado y acrecentado, por la fe, la oración y el amor a Dios y al prójimo manifestado en las obras de misericordia. Este don inmerecido y recibido en el Bautismo es el don de la gracia y es el que nos convierte en “sal de la tierra” y “luz del mundo”.

         Por este don recibido en el Bautismo, los cristianos estamos llamados, en Cristo, a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo” pero Jesús lo advierte bien claro: si la sal no sala y si la luz no alumbra, no sirven, ni la sal, ni la luz: “Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa”. ¿Qué significan la luz que no alumbra y la sal que no sala? Son figuras que representan realidades de este mundo: la sal que no sala y la luz que no alumbra, es el católico que, habiendo recibido la instrucción catequética; habiendo conocido las verdades fundamentales de nuestra fe; habiendo conocido los dogmas de nuestra Santa Religión Católica; habiendo recibido la Comunión y la Confirmación y sabiendo que sin practicar la fe no puede salvarse, vive como un pagano, vive como ciego, sordo y mudo ante los misterios de la Religión Católica, vive como si nunca se hubiera enterado de nada y así pasa por el mundo y por la vida como si fuera un pagano y no un católico; es el católico que no da testimonio de Jesucristo en la vida cotidiana, permaneciendo callado ante los atropellos cotidianos que sufre la Eucaristía, la Virgen, la Iglesia Católica, entre otras cosas, o también, por ejemplo, viviendo su vida ajeno a la vida de la Iglesia Católica. La luz que no alumbra y la sal que no sala es el católico que acude a los chamanes y brujos; es el católico que confía en el horóscopo y en la lectura de cartas y no en el Amor providente de Dios; es el católico que rinde culto a ídolos demoníacos, como San La Muerte; es el católico que se deja dominar por las pasiones, la avaricia, la envidia, la ira, el orgullo, la soberbia, la pereza, sea espiritual que corporal; es el católico que abandona la fe, la oración, la Santa Misa, por la acedia y por las atracciones del mundo o, peor aún, es el católico que, asistiendo a la Iglesia, se comporta como pagano. Una siniestra profundización de la pérdida de la capacidad de salar y de alumbrar es la conversión de numerosos cristianos en fuentes de luz negra y esto sucede cuando un católico participa voluntaria y activamente de sectas satánicas y anticristianas como el comunismo, el socialismo, el liberalismo, la masonería y todas las sectas que a su vez dependen de estas sectas que les dan origen.

         “Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo”. Entonces, nos preguntamos, ¿de qué manera dar sabor de eternidad a la vida, con la sal de la gracia, e iluminar el mundo, con la luz de la gracia? Con la observancia de los Mandamientos y de los preceptos de la Iglesia y con el testimonio de las obras de misericordia, que demuestran la fe, tal como lo dice Jesús: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”.


domingo, 1 de febrero de 2026

“Felices los que vivan las Bienaventuranzas, porque de ellos es el Reino de los cielos”

 


(Domingo IV - TO - Ciclo A - 2026)

“Felices los que vivan las Bienaventuranzas, porque de ellos es el Reino de los cielos” (cfr. Mt 5, 1-12). Jesús proclama lo que se conoce como “el Sermón de la Montaña” o “Sermón de las Bienaventuranzas”, en el que se contienen los secretos celestiales necesarios para poseer y heredar el Reino de los cielos. Las Bienaventuranzas no son ideales abstractos, sino estados de vida posibles de alcanzar con la gracia divina en esta tierra, pero temporarios, porque miran a conseguir un estado de vida definitivo y eterno, en la otra vida, en la vida eterna, en el Reino de los cielos. Las Bienaventuranzas se ubican en las antípodas de la sociedad pos-moderna, hedonista, materialista, relativista, ocultista y atea de nuestros días, en las que el hombre vive según su propia voluntad y no según la voluntad de Dios. Para el hombre de hoy, las Bienaventuranzas resultan extrañas, incomprensibles, puesto que su oído espiritual está cerrado a la voz de Dios pero está abierto a la voz sibilina de la Serpiente Antigua y por eso no es capaz de reconocer la voz de su Creador, que habla a través de la humanidad santísima de Jesús de Nazareth.

         Las Bienaventuranzas de Jesús están siempre en las antípodas, en el polo opuesto de las bienaventuranzas o felicidades del mundo; así, por ejemplo, Jesús afirma que son “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos” y sin embargo para el mundo, la felicidad está en poseer dinero y bienes materiales, porque el hombre de hoy idolatra y adora al dinero y es capaz de cometer los más horribles crímenes y con el fin de hacerse de ese dinero, sin importarle su origen ilícito, porque considera que en eso consiste su felicidad, cuando la felicidad, a los ojos de Dios, está en la pobreza, primero espiritual, y luego material.

         Jesús dice: “Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia”; el rechazo de la cruz conlleva, entre otras cosas, la pérdida de la virtud de la paciencia y por esta razón el hombre contemporáneo no soporta la tribulación, pretendiendo la solución rápida, mágica, para lo cual acude a los enemigos de Cristo y servidores del Demonio, los chamanes, los brujos, los magos, los hechiceros, con lo cual ofende a Dios al no confiar a Dios y su Amor providente, poniéndose voluntariamente en manos del Enemigo de las almas, el Demonio.

Otra Bienaventuranza de Jesús es la de la aflicción: “Felices los afligidos, porque serán consolados”, pero no es una aflicción cualquiera, es la aflicción de la Cruz, de la Pasión, del Huerto de Getsemaní, es la aflicción que se origina al participar espiritual y místicamente de la Pasión del Señor Jesús; la antítesis egoísta de esta aflicción mística es la aflicción centrada no en la Pasión, sino en sí mismo, en las propias tribulaciones e incertidumbres que son características de esta vida terrena pero ni aun así el hombre, en su egoísmo, ni recurre a Dios en su aflicción, ni lo acompaña en la aflicción al Hombre-Dios en la Pasión y el Calvario.

Otra Bienaventuranza es la de tener “hambre y sed de justicia, porque serán saciados”. En esta Bienaventuranza el alma es feliz porque sacia su “hambre y sed de justicia” y esto es opuesto al mundo, porque para el mundo la única felicidad es saciar el hambre y la sed del cuerpo y por eso solo persigue y desea los banquetes y manjares terrenos, despreciando sacrílegamente el Banquete del cielo, que sacia el hambre y la sed del hambre y ese Banquete es la Carne del Cordero, el Pan de Vida eterna y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Eucaristía.

Jesús dice: “Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia”, pero al olvidarse de Dios, que es la Misericordia en Sí misma y la Fuente de la Misericordia Increada, el hombre de hoy, no solo no es misericordioso con su prójimo, sino que lo utiliza a éste para su propio placer hedonista, convirtiendo a su prójimo en un objeto que debe ser utilizado y desechado cuando ya no sirva más.

Jesús dice: “Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios”, pero el hombre de hoy, lejos de la pureza que pide Jesús, inunda el mundo con una doble impureza: la del alma, postrándose en adoración ante los ídolos mundanos –la música anti-cristiana, el dinero, el poder, el placer hedonista-, y la impureza corporal, decretando en contra del designio divino, que la sexualidad es para el placer y no reservada única y exclusivamente para el matrimonio y la procreación.

Jesús dice: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”, pero el hombre de hoy, convertido en hijo de las tinieblas, considera a la guerra, la discordia, la revancha, la venganza y el odio, como los motores que deben regir las relaciones entre los hombres y las naciones, despreciando y rechazando la Paz de Dios ofrecida en la Cruz por Jesús, “Mi paz os dejo, la paz os doy”.

Jesús dice: “Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”, pero el hombre de hoy, al haberse alejado de Dios, Fuente de justicia y la Justicia Divina en sí misma, ni practica la justicia ni le interesa la justicia, volviéndose injusto ante Dios y ante los hombres.

Jesús dice: “Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí”, pero el hombre de hoy, al no seguir a Jesús, es alabado y glorificado por el mundo y su única meta es recibir los halagos y la gloria mundana, convirtiéndose así en perseguidor de Cristo y su Iglesia.

Jesús dice: “Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo”, pero el hombre de hoy se alegra y regocija por los placeres de la tierra, porque no piensa más ni en la eternidad ni en el Reino de los cielos.

“Felices los que vivan las Bienaventuranzas, porque de ellos es el Reino de los cielos”. ¿Cómo vivir las Bienaventuranzas, para así ser felices, en esta vida y en la otra? Arrodillados ante la Santa Cruz de Jesús, besando con amor y piedad sus pies ensangrentados y suplicando a Nuestra Señora de los Dolores, que está de pie al lado de la Cruz, que interceda por nosotros y nos refugie en su Inmaculado Corazón.


sábado, 20 de diciembre de 2025

Santa Misa de Navidad

 



(Ciclo A - 2025 – 2026)

La Iglesia se congrega para Navidad alrededor del Pesebre de Belén y lo hace en un clima de indecible gozo y alegría sobrenatural por el Nacimiento del Niño de Belén. La alegría de la Iglesia es sobrenatural, es decir, no se origina ni se explica con la razón humana; es verdad que la escena del Pesebre, la escena inmediatamente posterior a la Nochebuena, es la escena que, a primera vista, es similar a cualquier otra familia humana: en el Pesebre hay una madre primeriza, un niño recién nacido, un hombre que es su padre, y toda la escena se desarrolla en una gruta, la gruta de Belén, que en realidad es un refugio de dos animales, un buey y un burro, que con sus cuerpos dan calor al niño en medio del frío de la noche.

Esto es lo que ven los ojos y la razón humana; sin embargo, la Iglesia contempla esta escena no con ojos humanos, sino a la luz de la fe; la Iglesia contempla la escena del Pesebre con los ojos del alma iluminados con la luz del Espíritu Santo y como dice el libro de los Números, abre sus ojos espirituales y contempla en el Niño de Belén, con la luz del Espíritu Santo, a Dios omnipotente: “Habla el hombre al que se le abrieron los ojos. Así habla el que oye las palabras de Dios, el que ve el rostro del Omnipotente, y le es quitado el velo de sus ojos…” (24, 3ss).

De esta manera la Iglesia contempla en el Pesebre la santidad, la belleza, la majestuosidad y la gloria de Dios Hijo encarnado que se manifiesta en la fragilidad de un niño recién nacido que, como todo niño recién nacido, tiene necesidad de todo. Por medio de la realidad material, iluminada por el Espíritu Santo, la Iglesia ve la realidad sobrenatural, invisible a los ojos del cuerpo, pero visible a los ojos del alma iluminados por la luz de la fe, ve la realidad del espíritu, la realidad celestial que se le revela a sus ojos espirituales: la Iglesia ve al Emmanuel, al Dios con nosotros, en el Niño de Belén; la Iglesia ve al Hijo Eterno del Padre, al Cristo, al Mesías, que se le aparece como Niño, pero que es al mismo tiempo Dios omnipotente, que se manifiesta como Niño, pero sin dejar de ser Dios.

Por la acción iluminadora interior del Espíritu de Dios, en Navidad, la Iglesia no ve simplemente a un niño que acaba de nacer en un refugio de animales, acompañado de su madre y de un pobre leñador; la Iglesia ve en este Niño a la Gloria Increada de Dios, encarnada y manifestada como un Niño de pocas horas de vida; para la Iglesia, este Niño es el Kyrios, el Señor de la gloria, el Creador del universo, la Luz eterna que procede de la Luz eterna que es el Padre y es por eso que es para Ella el versículo del profeta Isaías: “La gloria del Señor brilla sobre ti” (60, 1ss).

Es en esto en lo que consiste precisamente la fiesta de la Navidad, en contemplar, con la luz de la fe, iluminados por el Espíritu Santo, el misterio sobrenatural que significa que Dios Eterno nazca como Niño en el tiempo en el Portal de Belén; la Navidad es contemplar el Nacimiento del Niño de Belén, no como un niño humano más, sino como Dios-Niño, como Niño Dios, como Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, como Dios vestido de majestad y gloria infinitas que, para donarnos su Amor, no duda en venir a nuestro mundo como Niño recién nacido, para que nadie tenga temor en acercársele y en abrazarlo, así como nadie tiene temor a un niño de pocas horas de nacido.

En nuestros días, la inmensa mayoría de los cristianos cometen el pecado de apostasía, que consiste en secularizar y mundanizar la Navidad, quitándole todo el misterio sobrenatural, viviendo la Nochebuena y Navidad como si fuera un evento mundano y neopagano, profanando así el Nacimiento del Niño Dios y provocándose a sí mismos un enorme daño espiritual, porque al convertir a la Navidad en una fiesta pagana y secular, le quitan su esencia, su verdadera alegría y su luz divina, transformándola en una fiesta sombría y siniestras, aun cuando abunden las luces, los banquetes y la música estridente. La alegría de la Navidad se deriva del encuentro personal con el Niño Dios nacido en el Portal de Belén, que prolonga y actualiza su Nacimiento en la Santa Misa, el Nuevo Portal de Belén. Esta es la única alegría posible en Navidad, la Alegría que nos comunica el Niño Dios.