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miércoles, 20 de mayo de 2020

“El Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena”


Quién Es El Espíritu Santo? Cuál Es Su Función Y Manifestación

“El Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena” (Jn 16, 12-15). Jesús afirma que cuando Él envíe el Espíritu Santo, después de atravesar su misterio pascual de muerte y resurrección, el Espíritu Santo “los guiará a la Verdad plena”. Se trata de una acción esencial la del Espíritu Santo, en un mundo oscurecido por las tinieblas del error y del pecado, porque es un mundo regido por el Príncipe de las tinieblas y Padre de la mentira, Satanás, el Ángel caído, la Serpiente Antigua. En un mundo así, la oscuridad y el error son los que dominan las mentes y los corazones de los hombres y de no mediar la acción iluminadora y reveladora del Espíritu Santo, los hombres no tienen forma alguna de escapar de las tinieblas en las que están envueltos. Entonces, el envío del Espíritu Santo se muestra como algo esencial al misterio pascual de Jesús: mientras que Él, en cuanto  Hombre-Dios, derrota al Príncipe de las tinieblas en la Cruz, el Espíritu Santo ilumina las mentes de los hombres que hasta ese entonces estaban entenebrecidos y oscurecidos por el Padre de la mentira.
El Espíritu Santo, entonces, “los guiará hasta la verdad plena”. ¿De qué verdad se trata? Se trata de la Verdad Absoluta, de la Verdad católica, la Verdad plena acerca de la Verdad Increada, que es Cristo Jesús. Es éste un detalle no menor: el Espíritu Santo los guiará hacia la verdad, pero no se trata de una verdad abstracta, sino de una Persona de la Trinidad que es la Verdad Increada, Cristo Jesús, por cuanto Él es la Verdad y la Sabiduría del Padre. El hecho de que el Espíritu Santo guíe a la Iglesia a la Verdad plena significa que los guiará hacia la Persona de Jesús, que es la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en una naturaleza humana.
“El Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena”. Debemos implorar el don del Espíritu Santo, porque sólo Él es capaz de guiarnos hasta la Verdad Absoluta de Dios, Cristo Jesús. Mientras el alma no está iluminada por el Espíritu Santo, yace en la más completa tiniebla espiritual, compuesta de error, mentira y pecado. Sólo cuando el Espíritu Santo ilumina al alma, ésta es llevada a la Verdad plena de Dios, el Hombre-Dios Jesucristo.

lunes, 20 de enero de 2020

"A los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”



(Domingo IV - TO - Ciclo A – 2020)

“Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló” (Mt 4, 12-23). El Evangelio describe la ausencia y presencia de Jesús en términos de oscuridad y de luz, respectivamente: para el evangelista, la presencia de Jesús cumple una profecía en la que la tierra es descripta espiritualmente como cubierta de tinieblas y sombras de muerte, para luego ser visitada por una luz que viene desde la eternidad para iluminarla. Esto lo dice el mismo Evangelio, al relatar el traslado de Jesús desde Nazareth a Cafarnaúm: “Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”. Es decir, la Galilea de los gentiles, hacia donde se traslada Jesús, es la tierra que “habitaba en tinieblas”, cuyos habitantes vivían “en sombras de muerte”: la Galilea de los gentiles es la tierra y la humanidad sin Cristo, que por esto mismo viven envueltos en “tinieblas y sombras de muerte”; a estos tales, es decir, a la humanidad y a los hombres, los visita una luz que disipa las tinieblas: “una luz les brilló”. Entonces, cuando Jesús está ausente, la Galilea de los gentiles está en oscuridad, pero cuando Jesús la visita, es iluminada por una luz. Ahora bien, es necesario establecer la naturaleza de la luz que ilumina a la Galilea de los gentiles: no se trata de una luz creada; no se trata ni de la luz del sol, ni de la luz artificial: se trata de la luz eterna, Cristo Dios encarnado, que por ser Dios es al mismo tiempo Luz Eterna e Inaccesible y que con esta luz disipa las tinieblas en las que vive la humanidad.
“Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”. Lo que se dice de la humanidad, se puede decir de cada alma en particular: mientras no está Cristo Dios en esa alma, aunque el alma esté iluminada por la luz del sol, es un alma que está en “tinieblas y sombras de muerte”, es decir, está envuelta en las tinieblas del pecado, además de estar rodeada por las sombras de muerte que son los ángeles caídos o demonios. También la muerte la acecha, porque sin Cristo el alma no tiene la vida de la gracia. Por el contrario, cuando el alma está en gracia, inhabita en ella Cristo Dios, que es Luz Eterna y ya no vive por lo tanto “en sombras de muerte”, sino que vive iluminada y con la luz de Dios, porque Dios es luz y es además luz viva, que vivifica con la vida divina a quien ilumina. Entonces, cuando el alma está en pecado, es la Galilea de los gentiles, la tierra que habita en tinieblas y sombras de muerte; cuando el alma está en gracia, tiene en ella a Cristo que es Dios y es Luz eterna, que la ilumina y vivifica con la luz de su Ser divino trinitario.


lunes, 23 de diciembre de 2019

Octava de Navidad 20019 1


Resultado de imagen de la adoracion de los magos

            Cuando contemplamos el Pesebre de Belén y vemos, sobre todo al Niño Dios, debemos reflexionar y preguntarnos: la escena de Belén, ¿es sólo un cuadro cultural, propio de la época en la que nació Jesús y, por lo tanto, no tiene relación alguna con mi persona? ¿O, por el contrario, además de un recuerdo piadoso y devoto, la escena de Belén tiene relación con mi vida personal? En otras palabras, ¿hay relación alguna entre el Belén y cada bautizado? ¿Hay relación entre el Belén y mi existencia y vida personales?
          La respuesta es que es algo más, mucho más grande, que un mero cuadro de época y que sí hay una estrechísima relación personal, entre cada bautizado que contempla el Belén y el Belén.
          Contemplar el Belén no debe suscitar en nosotros sólo un recuerdo piadoso ni debe permanecer en la memoria como un hecho que no tiene relación con mi vida personal, pero para descubrir cuál es esa relación, debemos pedir la iluminación sobrenatural e interior que proviene del Espíritu Santo, porque de otra manera, por nosotros, mismos, no llegaremos a la respuesta. Sólo con la ayuda del Espíritu Santo, con su luz esclarecedora que disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestra mente, podremos llegar a dilucidar el misterio de Navidad, el misterio de la escena del Pesebre de Belén.
          Y cuando seamos iluminados por el Espíritu Santo, podremos llegar a la conclusión de que la Navidad y la escena del Pesebre son más que un mero cuadro de costumbre epocal, que despierta algo de piedad pero que no tiene nada que ver con mi existencia y mi ser personal. Por la iluminación del Espíritu Santo descubriremos que en la Navidad –y en el Pesebre de Belén- se encierra un misterio sobrenatural, oculto por los siglos y ahora revelado plenamente a los hombres; un misterio que va más allá de una simple historia religiosa nacida en Palestina, que tiene estrecha relación con mi vida personal, con la vida personal de cada bautizado, con toda la Iglesia y, por fin, con toda la humanidad, porque el Espíritu Santo nos hará descubrir que el Niño de Belén es el Salvador de toda la humanidad.
          Por la iluminación del Espíritu Santo descubriremos que el misterio de Navidad procede de la Trinidad y conduce a la Trinidad; nos eleva de las tinieblas de la vida presenta y nos conduce al luminoso Reino de los cielos, que es de donde proviene el Niño de Belén.
          El Niño que es sostenido en los brazos de la Virgen Madre, es un espejo en donde el alma en gracia debe verse reflejada: de la misma manera a como el Verbo de Dios se encarnó y nació de María Virgen para salvar a la humanidad por medio de su misterio pascual de muerte y resurrección, así el alma es engendrada por el Espíritu Santo y nace en brazos de la Iglesia por los méritos de Cristo, el Niño nacido en Belén, para luego unirse íntima y espiritualmente a Cristo por el Bautismo y la Eucaristía, participando de este modo del misterio pascual de muerte y resurrección del Niño de Belén en esta vida y, al término de esta vida, ascender con Cristo en la gloria del cielo.
          Por esta razón es que debemos permanecer unidos por la gracia al Niño de Belén: para que, como hijos de Dios, unidos a Él en el Pesebre y en la Cruz, vivamos luego unidos a Dios Trinidad por la eternidad. Por esta razón es que el Pesebre de Belén va mucho más allá de ser el mero reflejo de una costumbre epocal y por esta razón es que el Pesebre de Belén –y el Niño de Belén y la Madre del Niño- tienen una estrecha relación con nuestra vida personal.


domingo, 6 de enero de 2019

Epifanía del Señor



(Ciclo C – 2019)

          Para celebrar el Nacimiento y la Epifanía del Señor, la Iglesia, citando al Profeta Isaías; canta así: “Levántate y resplandece, Jerusalén, pues llega tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti. Mira: la oscuridad cubre la tierra y los pueblos están en tinieblas. Mas sobre ti amanece el Señor y su gloria sobre ti se manifiesta. Caminarán las naciones a tu luz y los reyes al esplendor de tu alborada” (60, 1-22). Es decir, el Profeta se dirige a la Iglesia –Jerusalén- en Epifanía y habla de una “luz” que resplandece sobre ella; al mismo tiempo, habla de “tinieblas” que cubren la tierra y los pueblos. Alguno podría pensar que el Profeta está hablando del amanecer y del día que siguen al Nacimiento del Niño, Nacimiento que fue a medianoche y por lo tanto, las tinieblas que envuelven la tierra y los hombres, serían las tinieblas cósmicas y naturales, las que se abaten sobre la tierra cuando el astro sol se esconde.
Sin embargo, no es así. Es por esto que, para entender qué es lo que dice el Profeta y cuál es la razón de su alegría por la luz, debemos considerar dos cosas previas a la Epifanía: por un lado, la oscuridad en la que vivían los hombres; por otro lado, la luz que brota del Niño de Belén y que es la que ilumina a la Iglesia y la colma de la gloria y la alegría de Dios. Es decir, no se tratan ni de la luz ni de la oscuridad que conocemos, sino de una luz que viene del cielo y de una oscuridad que brota del corazón humano y del Infierno.
El primer elemento que debemos tener en cuenta son las tinieblas a las que hace referencia el Profeta, tinieblas que por efecto de la luz que hoy brilla sobre la Iglesia, son derrotadas y vencidas para siempre, así como se disipan las tinieblas de la noche cuando alborea el día y la estrella de la mañana anuncia la pronta llegada del sol. Las tinieblas que cubren la tierra antes de la Epifanía, esto es, antes de la manifestación de la divinidad del Niño Dios, no son las tinieblas de la noche, que sobrevienen cuando el sol ya no está: son las tinieblas del error, de la ignorancia, del pecado, que se abatieron sobre la humanidad a causa del Pecado Original de Adán y Eva, pero son además las tinieblas vivientes, los demonios, que acechan al hombre por todas partes y no le dan descanso, porque las tinieblas vivientes buscan la eterna perdición del hombre expulsado del Paraíso. Estas tinieblas espirituales –las del error, la ignorancia, el pecado y también las tinieblas vivientes, los demonios-, son vencidos para siempre por el Niño Dios, que desde el Portal de Belén se manifiesta en todo el esplendor de su gloria, iluminando el mundo y las almas, disipando y derrotando para siempre las tinieblas que envuelven y acechan al hombre.
El otro elemento que debemos considerar es la luz que hoy, en Epifanía, deslumbra sobre la Iglesia, puesto que no se trata de la luz del astro sol ni de cualquier luz artificial, sino de una luz que viene de lo alto, del Ser trinitario divino del Niño de Belén. Cuando el Profeta dice: “llega tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti”, se refiere a que sobre la Iglesia resplandece hoy la luz divina, celestial, sobrenatural, que brota del Ser trinitario divino del Niño que yace en el Portal de Belén. El Profeta no dice: “Amanece el sol sobre ti y los rayos del sol te iluminan”; el Profeta dice: “Amanece el Señor y su gloria sobre ti se manifiesta”. Esto quiere decir que el Niño que yace acostado en el Pesebre de Belén es el Sol de justicia y que su luz, en forma de rayos de gracia y gloria, iluminan la Iglesia. El Niño que nace en Belén, hoy deja translucir la luz de su gloria y es esta gloria divina, que brota de Él como de su fuente inagotable -ya que no la recibe de nadie, sino que brota de su mismo Ser divino trinitario, que comparte con el Padre y el Espíritu Santo-, es esta luz la que ilumina toda la Iglesia, no solo disipando las tinieblas, sino haciéndola resplandecer con una luz más intensa que cientos de miles de millones de soles juntos, porque es la luz de la gloria de Dios.
Es esta luz divina, que brota del Niño de Belén, luz que es la gloria de Dios Uno y Trino, la que los Reyes Magos vieron en el Niño y por esa razón se postraron ante Él, ofreciéndole oro, incienso y mirra. Postrémonos también nosotros ante el Niño de Belén, que continúa y prolonga su Encarnación y Nacimiento en la Eucaristía y ofrezcámosle nuestros dones espirituales: el reconocimiento de su Divinidad, que está representado en el oro; el reconocimiento de su Humanidad Santísima, santificada por el contacto con la Divinidad desde la Encarnación, representado en la mirra; la adoración, por la cual nos postramos ante el Niño de Belén, que es el Dios que ilumina nuestras tinieblas con su luz divina, representado en el incienso.

sábado, 21 de enero de 2017

“El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz”



(Domingo III - TO - Ciclo A – 2017)

“El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz” (Mt 4, 12-23). Con motivo del traslado de Jesús a…, el Evangelista Mateo cita una profecía de Isaías: “El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz” (9 1), afirmando que era de esta manera como esta profecía habría de cumplirse. Es decir, para el Evangelista, la profecía de Isaías, que afirmaba que “un pueblo que habitaba en tinieblas” habría de “ver una gran luz”, se cumple con el traslado físico de Jesús de una región a otra de Palestina: “Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí”. Muchos pueden pensar que el Evangelista habla en un sentido metafórico, pero no es así: iluminado por el Espíritu Santo, San Mateo ve lo que sucede en la realidad: Jesús, que es Dios y en cuanto Dios es “luz del mundo”, Luz de Luz y la “Lámpara de la Jerusalén celestial”, ilumina el lugar adonde va, y lo hace con una luz que no le viene desde afuera, impuesta por alguien, sino que surge de su propio Acto de Ser divino, trinitario: Jesús es luz divina, celestial, sobrenatural, porque la naturaleza divina es luminosa en sí misma. Es decir, la “gran luz” que ve “el pueblo que habitaba en tinieblas” – y “en sombras de muerte”-, no es otra cosa que Dios mismo que, en la Persona del Hijo de Dios, viene a esta tierra, para iluminar y dar de su vida eterna a quien ilumina. Y si “la gran luz” es Dios Hijo encarnado, Jesús de Nazareth, “el pueblo que habita en tinieblas y en sombras de muerte” no es otra cosa que la humanidad entera, caída en el pecado original cometido por los Primeros Padres, Adán y Eva. Por último, las “tinieblas y sombras de muerte” que envuelven a la humanidad, y que son derrotadas por la Luz Increada y Encarnada, Jesús de Nazareth, son los demonios, los ángeles caídos, verdaderas sombras vivientes que, surgidas desde lo más profundo del Infierno, envuelven a la humanidad entera desde la expulsión de Adán y Eva del Paraíso.

“El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz”. Esa misma Luz Increada, Dios Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, que hace veinte siglos se trasladó, por medio de la humanidad santísima de Jesús de Nazareth, a “Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí”, es la misma Luz Increada que, oculta bajo las especies sacramentales, habita en la Eucaristía, en el sagrario, para iluminarnos a nosotros, hombres del siglo XXI, que vivimos “en tinieblas y en sombras de muerte”, y para darnos, junto con la luz divina que brota de la Eucaristía, su vida y su Amor divinos.

sábado, 26 de marzo de 2016

El significado del Lucernario y del Cirio Pascual





En la ceremonia de la Vigilia Pascual, la Iglesia celebra, con gozo y alegría celestiales, el triunfo de su Señor, Jesucristo, el Hombre-Dios, sobre la muerte, el pecado y el demonio y lo hace mediante la ceremonia del lucernario, encendiendo el cirio pascual luego de bendecir el fuego.
Para aprehender la ceremonia en su significado sobrenatural, debemos ubicarnos antes en el sentido espiritual del Viernes Santo y del Sábado Santo: como consecuencia de la muerte del Señor Jesús en la cruz el Viernes Santo, se abate sobre la tierra y sobre las almas la oscuridad, desde el momento en que Jesús es Dios y como tal, es “Luz eterna de Luz eterna”; al morir en la cruz Dios Hijo encarnado, “Sol de justicia”, se cierne sobre la humanidad toda la más densa y oscura tiniebla, en la que están contenidos los tres grandes enemigos de la humanidad: el demonio, la muerte y el pecado. La tarde del Viernes Santo y todo el Sábado Santo, están dominados por estas tinieblas, en las que el hombre parece estar desprotegido frente al mortal peligro de sus enemigos, porque ha muerto en cruz el Único que podía derrotarlos. El Eclipse de sol ocurrido luego de la muerte de Jesús en la cruz y relatado por el Evangelio, es solo una representación de las tinieblas espirituales que invaden al hombre y marca también el aparente triunfo de las tinieblas del infierno.
         Sin embargo, Jesús es Dios y, en cuanto tal, es la Vida divina en sí misma; Jesús es la Vida Increada, fuente de toda vida participada, y es por eso que no puede, jamás, ser vencido por las tinieblas. La Iglesia, que confía en su palabra, así como la Virgen confió en su palabra, de que resucitaría al tercer día, aún en medio de las tinieblas y el dolor de la muerte de su Señor, espera confiada, en la fe de María Santísima, la Resurrección del Señor, que acontece en la madrugada del “tercer día”, el Domingo de Resurrección.
         Con la ceremonia del Lucernario la Iglesia se hace partícipe de este misterio celestial de Jesús, por el cual Él, en cuanto Hombre-Dios, vence a las tinieblas, de una vez y para siempre.
         Las tinieblas cosmológicas –la noche- en la que se celebra el Lucernario, simbolizan a las tinieblas espirituales –las tinieblas vivas, los demonios y las tinieblas del pecado y de la muerte-; el fuego pascual, que se enciende en medio de la noche y es luego bendecido, representa y simboliza al Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, que es quien inhabita en la Humanidad Santísima de Jesús, haciéndola resplandecer con el brillo y el resplandor de la divinidad, una vez resucitado, tal como resplandeció en la Epifanía y en el Monte Tabor; el cirio, hecho con cera de abejas y representando así la pureza, simboliza la Humanidad de Jesús; el cirio ya encendido con el fuego bendecido, representa a Jesús, el Hombre-Dios, resucitado, glorioso, vivo con la vida divina que brota de su Ser divino trinitario, que ilumina victorioso a la humanidad, venciendo a las tinieblas del infierno, del pecado y de la muerte, para siempre; el cirio encendido representa también la gracia santificante que nos concede Jesucristo por su sacrificio en cruz: la llama simboliza el Fuego del Divino Amor, que calienta nuestros corazones, fríos y helados cuando no tienen el Amor de Dios; la luz de la llama del cirio pascual, simboliza la Luz eterna que es Cristo, Luz que además de iluminar, nos concede la Vida eterna, porque Jesús es Luz viva, que vivifica, con la vida misma de la Trinidad, a quien ilumina;; el fuego de la llama, simboliza el poder del Amor de Dios que, por la Sangre de Jesús derramada en la cruz, destruye nuestro pecado, quemándolo en el horno ardiente de Amor que es el Sagrado Corazón de Jesús; la cruz estampada en el cirio representa a nuestro Único Camino para llegar al Padre, Jesús crucificado; el año que se representa en el cirio, significa que Jesucristo, el Hombre-Dios, es el Dueño del tiempo y de la eternidad, pues Él, con su Ser trinitario divino, es “su misma eternidad”, según enseña Santo Tomás de Aquino, los cinco granos de incienso que se colocan en los cinco extremos de la Santa Cruz, representan las Sagradas Llagas de Nuestro Señor Jesucristo, sus Llagas benditas que manaron su Preciosísima Sangre en la cruz, pero que ahora, ya resucitado, emiten la luz divina de su Ser trinitario; por último, el Alfa y el Omega en el cirio, significan que Jesucristo, como dice el Apocalipsis (1, 8), es el “principio y el fin” de todas las cosas y que por lo tanto nuestras almas y nuestras vidas están en sus santas y benditas manos.

jueves, 7 de enero de 2016

“Sobre el pueblo que habitaba en tinieblas de sombra y muerte brilló una gran luz”


“Sobre el pueblo que habitaba en tinieblas de sombra y muerte brilló una gran luz” (Mt 4, 12-17. 23-25). Jesús se establece en Cafarnaúm y lo hace para que se cumpla la profecía de Isaías: “Sobre el pueblo que habitaba en tinieblas de sombra y muerte brilló una gran luz”. Ahora bien, Jesús se establece en un lugar determinado, según el Evangelio, “en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí”. Por lo tanto, se podría pensar que la profecía de Isaías se refiere a solo esta pequeña parte de la población de la tierra, la cual sería la única beneficiada por la “gran luz”. Sin embargo, es obvio que no es así, puesto que “el pueblo que habita en sombras de muerte”, no es ni el pueblo que habitaba en esa región de Cafarnaúm, ni el Pueblo Elegido, sino toda la humanidad. De la misma manera, las “sombras de muerte” en las que vive sumergida la humanidad, no son las sombras provocadas por la noche cosmológica, que sobreviene en la tierra cuando se oculta el sol: se trata de “sombras de muerte”, es decir, por un lado, es la sombra del pecado, esa mancha oscura que sumerge en las tinieblas a todo hombre que nace en esta tierra, ocultándolo de los rayos vivificantes de ese Sol de justicia que es Dios. Por otro lado, las “sombras de muerte” que envuelven en las tinieblas a los hombres, son también los ángeles caídos, sombras vivientes que habitan en el infierno y que salen de él para acechar a los hombres, tentarlos y procurar que caigan en el pecado mortal y que mueran en pecado mortal, para así lograr su condenación eterna. Y con relación a la “gran luz” que ilumina a toda la humanidad, no se trata de ninguna luz creada, puesto que es la luz de Cristo, el Hombre-Dios; es la luz que brota de su Ser divino trinitario y que por lo mismo, es una luz nueva, desconocida y distinta a toda luz conocida por la creatura: una luz viva, que vivifica con la vida misma de Dios Trino a todo aquel que ilumina. La “gran luz” que ilumina a los pueblos todos, a toda la humanidad, no es una luz de este mundo; no es una luz artificial, sino una luz Increada, porque se trata de la Luz Eterna de Dios, de Dios, que es Luz en sí mismo.

“Sobre el pueblo que habitaba en tinieblas de sombra y muerte brilló una gran luz”. La Luz de Cristo, que brota de su Ser divino trinitario, no solo disipa a las “sombras de muerte”, sino que, ante todo, ilumina y vivifica, con la vida misma de la Trinidad, a quien a Él se acerque, con fe y con amor. La misma luz eterna que brilló en el Pesebre de Belén y que manifestó la Presencia de “Dios entre nosotros”, es la misma luz eterna que brilla desde la Eucaristía, porque la Eucaristía es ese Emmanuel, ese “Dios con nosotros” (cfr. Is 7, 14), que vino a nuestro mundo como Niño en Belén, Casa de Pan, para permanecer entre nosotros como Eucaristía, como “Pan Vivo bajado del cielo” (cfr. Jn 6, 31-60).

sábado, 29 de marzo de 2014

“Jesús vio a un ciego de nacimiento (…) Le puso en los ojos (…) le dijo que se lavara en piscina de Siloé (…) cuando volvió, el ciego veía”


(Domingo IV - TC - Ciclo A - 2014)
         “Jesús vio a un ciego de nacimiento (…) Le puso barro en los ojos (…) le dijo que se lavara en piscina de Siloé (…) cuando volvió, el ciego veía” (Jn 9, 1-. 6-9 13-17. 34-38). Jesús concede la vista a un ciego de nacimiento, realizando de esta manera un milagro de omnipotencia y demostrando así su condición divina, pues solo Dios puede hacer un milagro de esta envergadura. El hecho de ser ciego de nacimiento, significa que no posee estructuras anatómicas adecuadas, porque están todas atrofiadas desde el nacimiento, y el hecho de que pueda volver a ver, quiere decir que todos los órganos anatómicos necesarios para la visión han sido creados en el momento y puestos en funcionamiento, y esto es algo que solo Dios Creador puede hacerlo (aunque hay un  caso, documentado científicamente, en el que una persona, nacida también con ceguera, le fue restablecida la vista milagrosamente por el Padre Pío, pero sin que le fuera restituida la anatomía ocular: cfr.: https://www.youtube.com/watch?v=xKj13aL2zEUhttp://www.padrepio.catholicwebservices.com/ESPANOL/Milagros.htm, la mujer vive actualmente y se llama Emma Di Giorgio, y yo, P. Álvaro Sánchez Rueda, la conocí personalmente), con lo cual Jesús está demostrando que Él es Dios en Persona.
         Sin embargo, el milagro central no es el físico, ya que este es simbólico o figurativo de otro milagro mayor, y es el de la iluminación, por parte de Cristo, Luz del mundo, al alma que se encuentra envuelta en las tinieblas del error, de la muerte, del pecado, y del infierno. Las tinieblas corporales, las que se derivan de la ausencia o déficit de los órganos corporales de la visión, no son ni mucho menos las únicas tinieblas del hombre; existen otras tinieblas, mucho peores que acechan al hombre, tinieblas de las cuales no puede escapar sin la ayuda divina, y de las cuales las corporales son figura y representación. Estas otras tinieblas son las tinieblas del error, de la muerte y del infierno, y son tinieblas mucho más densas, mucho más oscuras, mucho más difíciles de combatir para el hombre. Todavía más, llega un momento en que el hombre se encuentra tan inmerso en ellas, que no se da cuenta que está en ellas, y cree que esas tinieblas son parte suya, y es así que piensa que el error, la mentira, la muerte y el infierno, forman parte de su mundo. Eso es lo que le sucede al hombre carnal y pecador, que vive de pecado mortal en pecado mortal –ira, lujuria, pereza, gula, soberbia, avaricia, envidia-: vive en las tinieblas, vive en el pecado, vive en la mentira, vive en el error, y no se da cuenta de ello, o si se da cuenta, piensa que eso es lo natural para él. El hombre carnal, que se ha habituado al pecado, ha convertido a las tinieblas en una segunda naturaleza y es por eso que obrar el mal es para él algo connatural, algo fácil y espontáneo: puede mentir con facilidad, puede robar, calumniar, puede cometer toda clase de pecados, y su conciencia no le reprochará nada, porque ha sido oscurecida por las tinieblas del pecado. Esta clase de hombres, aunque puedan ver con los ojos del cuerpo, son ciegos del alma, porque no pueden ver a Cristo, Luz del mundo, Verdad de Dios, Sabiduría Encarnada, y esta clase de ceguera es infinitamente peor que la ceguera corporal, porque están inducidas y creadas por otras tinieblas, las tinieblas vivientes, los demonios. El hombre que vive en las tinieblas del pecado, es porque ha escuchado la voz de las tinieblas vivientes, los demonios, y los ha adoptado como a sus padres, dueños y señores, desplazando a Dios de su corazón; el hombre que vive en las tinieblas del pecado, es porque ha convertido a su corazón, de altar originario consagrado a Dios, en una siniestra y oscura cueva, en donde anidan los más oscuros y tenebrosos ángeles de la oscuridad, que son quienes le inspiran las más perversas y bajas pasiones que son las que precipitarán su vida al abismo del cual no se sale nunca jamás. No en vano Jesús nos advierte en el Evangelio: “Si tu ojo, tu mano, tu pie, te son ocasión de pecado, córtatelos, porque más vale entrar tuerto, manco, o cojo en el cielo, que entero en el infierno” (cfr. Mt 5, 29). No en vano Jesús nos advierte acerca de lo peligroso que significa vivir en las tinieblas del pecado y lo peligroso que significa, para la vida eterna del alma, escuchar la siniestra voz del Seductor de los hombres, el demonio, que con sus tentaciones, busca arrastrarnos hacia el abismo tenebroso de donde no sale jamás.
         “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8, 12), nos dice Jesús en el Evangelio, En el cielo, los santos y los ángeles son iluminados con la luz del Cordero: “el Cordero es la Lámpara de la Jerusalén celestial”, dice el Apocalipsis (21, 23), y Jesús en la Iglesia nos ilumina con la luz de la Fe, de la Verdad y de la gracia. Cada uno de nosotros puede elegir, si ser iluminados por Cristo, o ser entenebrecidos por las tinieblas, pero hemos sido creados para la luz, y por eso no somos felices si no somos iluminados por Cristo y por su gracia, y es por eso que, como el ciego del Evangelio, debemos pedir la gracia de que las tinieblas del error, de la muerte y del infierno, que nos acechan constantemente, no triunfen sobre nosotros, puesto que han sido vencidas ya definitivamente por Cristo en la cruz. Como el ciego del Evangelio, debemos pedir  ser iluminados por Cristo, ya desde la tierra, para continuar luego siendo iluminados por la eternidad en el cielo por la luminosidad resplandeciente de su Divino Rostro. Pero nosotros tenemos una ventaja que el ciego del Evangelio no tenía: el ciego del Evangelio pudo ver a Jesús en su naturaleza humana, pero no pudo consumir su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad: nosotros, no podemos ver su Rostro con los ojos del cuerpo, pero sí lo vemos con los ojos de la fe en la Eucaristía, y sí podemos unirnos, por la comunión eucarística, a su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y recibir su Luz, su Amor, su Gracia y su Misericordia. Como el ciego del Evangelio, que se postró en adoración lleno de alegría y de amor por haber recobrado la vista, también nosotros nos postremos delante de Jesús Eucaristía al comulgar, adorándolo con el corazón lleno de alegría y de amor, dándole gracias por concedernos la luz de la fe, la luz de la gracia, la luz de la Verdad y por habernos abierto las Puertas del cielo al precio de su vida en la cruz.


martes, 18 de febrero de 2014

“Jesús devuelve la vista a un ciego”


“Jesús devuelve la vista a un ciego” (Mc 8, 22-26). Un ciego es alguien que vive en tinieblas; ha perdido la capacidad de captar la luz; el mundo ha perdido para él el color, la forma, el atractivo; la oscuridad lo rodea y lo envuelve y no conoce otra cosa que no sea oscuridad y tinieblas. El ciego ha perdido la capacidad de captar la luz y en esto consiste su mayor pérdida, porque la luz es lo que permite apreciar la belleza del mundo y de las cosas. Jesús cura el órgano físico, devolviendo la capacidad orgánica de captar las ondas lumínicas y por lo tanto le devuelve al ciego la posibilidad de percibir la realidad física sensible con su amplia variedad cromática que impacta su retina primero y su alma después. De esta manera, tanto el cuerpo como el alma, se inundan de colores y de formas que reemplazan a las tinieblas que antes ocupaban al alma, con lo cual es evidente que el alma –e incluso el mismo cuerpo- experimenten una sensación de dicha y felicidad desconocidas hasta el ingreso de la luz.

Ahora bien, la sanación física concedida por Jesús, por cuanto parezca y sea algo grandioso, es algo ínfimo en relación al don de la gracia santificante, la cual realiza en el alma una obra análoga a la de la luz en la retina, porque la gracia es luz y el alma, sin la gracia, es tinieblas. Es por esto que mientras el alma sin la gracia es como el ciego, vive en la oscuridad, en cambio el alma en gracia, aunque corporalmente no pueda ver, es decir, sea un no-vidente, resplandece con un fulgor más brillante que el sol.