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sábado, 6 de julio de 2024

“¿Qué sabiduría le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María”


 


(Domingo XIV - TO - Ciclo B - 2024)

         “¿Qué sabiduría le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María” (Mc 6, 1-6). La multitud que escucha a Jesús y que también es testigo de sus milagros -resurrección de muertos, multiplicación de panes y peces, expulsión de demonios- es protagonista de una paradoja: son testigos de su sabiduría y de sus milagros, que hablan de la divinidad de Jesús pero, al mismo tiempo, no pueden establecer la conexión que hay entre esa sabiduría y esos milagros con Jesús, ya que si lo hicieran, no dudarían, ni por un instante, de que Jesús es Quien Él dice ser, el Hijo de Dios encarnado.

“¿No es acaso el carpintero, el hijo de María?” (Mc 6, 1-6). Las palabras de los vecinos de Jesús reflejan lo que constituye uno de los más grandes peligros para la fe: el acostumbramiento y la rutina ante lo maravilloso, lo grandioso, lo desconocido, lo que viene de Dios. Tienen delante suyo al Hombre-Dios, a Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, que obra milagros, signos y prodigiosos portentosos, jamás vistos entre los hombres, y desconfían de Jesús; tienen delante suyo a la Sabiduría encarnada, a la Palabra del Padre, al Verbo eterno de Dios, que ilumina las tinieblas del mundo con sus enseñanzas, y se preguntan de dónde le viene esta sabiduría, si no es otro que “Jesús el carpintero, el hijo de María”.

El problema del acostumbramiento y la rutina ante lo maravilloso, es que está ocasionado por la incredulidad, y la incredulidad, a su vez, no deja lugar para el asombro, que es la apertura de la mente y del alma al don divino: el incrédulo no aprecia lo que lo supera; el incrédulo desprecia lo que se eleva más allá de sus estrechísimos límites mentales, espirituales y humanos; el incrédulo, al ser deslumbrado por el brillante destello del Ser divino, se molesta por el destello en vez de asombrarse por la manifestación y en vez de agradecerla, trata de acomodar todo al rastrero horizonte de su espíritu mezquino.

“¿No es acaso el carpintero, el hijo de María?”. La pregunta refleja el colmo de la incredulidad, porque en vez de asombrarse no solo por la Sabiduría divina de las palabras de Jesús, sino por el hecho de que la Sabiduría se haya encarnado en Jesús, se preguntan retóricamente por el origen de Jesús, como diciendo: “Es imposible que un carpintero, ignorante, como es el hijo de María, pueda decir estas cosas”.

Lo mismo que sucedió con Jesús, hace dos mil años, sucede todos los días con la Eucaristía y la Santa Misa: la mayoría de los cristianos tiene delante suyo al mismo y único Santo Sacrificio del Altar, la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario, y continúan sus vidas como si nada hubiera pasado; asisten al Nuevo Monte Calvario, el Nuevo Gólgota, en donde el Hombre-Dios derrama su Sangre en el cáliz y entrega su Cuerpo en la Eucaristía, y siguen preocupados por los asuntos de la tierra; asisten al espectáculo más grandioso que jamás los cielos y la tierra podrían contemplar, el sacrificio del Cordero místico, la muerte y resurrección de Jesucristo en el altar, y continúan preocupados por el mundo; asisten, junto a ángeles y santos, a la obra más grandiosa que jamás Dios Trino pueda hacer, la Santa Misa, y están pensando en los afanes y trabajos cotidianos.

El acostumbramiento a la Santa Misa hace que se pierda de vista la majestuosa grandiosidad del Santo Sacramento del Altar, que esconde a Dios en la apariencia de pan, y es la razón por la cual los niños y los jóvenes, apenas terminada la instrucción catequética, abandonen para siempre la Santa Misa; es la razón por la que los adultos se cansen de un rito al que consideran vacío y rutinario, y lo abandonen, anteponiendo a la Misa los asuntos del mundo.

“¿No es acaso el carpintero, el hijo de María?”, preguntan incrédulamente -y neciamente- los contemporáneos de Jesús, dejando pasar de largo y haciendo oídos sordos a la Sabiduría divina encarnada. “¿No es acaso la Misa, la de todos los domingos, la que no sirve para nada?”. Se dicen incrédulamente -y neciamente- los cristianos, dejando a la Sabiduría encarnada en el altar, haciendo vano su descenso de los cielos a la Eucaristía.

Para no caer en la misma incredulidad y necedad, imploremos la gracia no solo de no cometer el mismo error, sino ante todo de recibir la gracia de asombrarnos ante la más grandiosa manifestación del Amor divino, la Sagrada Eucaristía, Cristo Jesús, el Señor.

 

 


sábado, 30 de marzo de 2024

“¿Quién pretendes ser?”

 


“¿Quién pretendes ser?” (cfr. Jn 8, 51-59). Llevados por su ceguera voluntaria, los judíos cometen el peor de los pecados, el pecado que no tiene perdón ni en esta vida ni en la otra y es el pecar contra el Espíritu Santo. Cometen este gravísimo pecado cuando, yendo contra toda la evidencia y contra todo el peso de la prueba de los milagros de Jesús, que atestiguan que Él es el Hijo de Dios encarnado, los judíos se obstinan en negar los milagros, se obstinan en negar su divinidad y, en el colmo de la malicia, atribuyen al demonio los milagros que hace Jesús, acusándolo de “estar endemoniado” y de “pretender hacerse pasar por Dios”: “Estás endemoniado, ¿quién pretendes ser?”.

Ahora bien, no debe sorprendernos la ceguera de los judíos, por cuanto pueda ser voluntaria. Puede ser que, con la distancia del tiempo, lleguemos a darnos cuenta de su ceguera y a reprocharles también nosotros la razón por la cual niegan los milagros que hace Jesús y que dan cuenta de su divinidad. En efecto, cuando leemos en el Evangelio los milagros que hace Jesús -resucitar muertos, curar todo tipo de enfermos, perdonar pecados, multiplicar panes y peces, expulsar demonios-, podemos decir que es relativamente fácil darnos cuenta de lo portentoso de sus milagros y de lo incomprensible que resulta la actitud negadora de los judíos. Sin embargo, también a nosotros nos sucede lo mismo que a ellos y todavía con un agravante y es que Jesús realiza, en cada Santa Misa, delante de nuestros ojos, por medio de la liturgia eucarística y a través del sacerdote ministerial, un milagro que es infinitamente más grandioso que cualquiera de los milagros realizados delante de los judíos y es la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y en su Sangre. Y nosotros, repitiendo y agravando la actitud negadora de los judíos, permanecemos impasibles y con total frialdad frente a este Milagro de los milagros, la Eucaristía, pasando a comulgar con una indiferencia y frialdad que asusta a los ángeles mismos de Dios y que hace regocijar a los demonios, quienes ven cómo consumimos la Divinidad del Señor Jesús, oculta en apariencia de pan y vino, como si se tratase de solo un poco de pan bendecido y nada más.

No repitamos el error de los judíos, no seamos impasibles frente al Amor de los amores, que se nos entrega con todo su Ser divino bajo la apariencia de pan y vino.

miércoles, 1 de marzo de 2023

“Así como Jonás fue un signo para los ninivitas así es el Hijo del hombre para esta generación”

 


“Así como Jonás fue un signo para los ninivitas así es el Hijo del hombre para esta generación” (Lc 11, 29-32). Muchos de los que escuchan a Jesús piden “un signo” para creer en sus palabras: “¿Qué signos haces para que te creamos?”. En su respuesta, Jesús es muy claro al advertirles que no habrá otros signos que los milagros que Él hace delante de todos: curaciones de todo tipo, expulsar demonios, multiplicar panes y peces, etc. Y para reafirmar sus palabras, trae a la memoria el ejemplo de Jonás, que fue un signo para los ninivitas: “Así como Jonás fue un signo para los ninivitas así es el Hijo del hombre para esta generación”.

Es decir, Jonás fue enviado a Nínive, una ciudad caracterizada por el pecado sobreabundante, para decirles de parte de Dios que debían hacer penitencia y ayuno para evitar el castigo divino que por sus pecados merecían; los ninivitas hicieron caso a lo que les dijo Jonás de parte de Dios, ayunaron, hicieron penitencia, se arrepintieron de sus pecados y así la Justicia Divina no llevó a cabo el castigo que ya estaba por caerles a los ninivitas.

Jesús trae a colación el ejemplo de Jonás y los ninivitas, porque  de manera análoga Él, Jesús, es el signo enviado por Dios para la humanidad y es por eso que no habrá más signos que Él mismo, Dios Hijo encarnado; por eso, es inútil pedir otros signos, porque no los habrá.

De una manera análoga, en nuestros días, el signo enviado por Dios sigue siendo Dios Hijo encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía y es por esto que no habrá otros signos más que la Eucaristía, que es Jesús, el Hijo de Dios encarnado.

Muchos buscan signos en donde jamás los encontrarán, o si los encuentran, son del Enemigo de Dios y de las almas: muchos buscan signos en los curanderos, en los chamanes, en los brujos, en las drogas, en los Ovnis, pero jamás encontrarán nada allí. Jesús Eucaristía es el Signo por excelencia porque es Dios Hijo en Persona; es inútil buscar signos del Cielo, que nos indiquen la salvación eterna, que no sea la Sagrada Eucaristía.

jueves, 22 de julio de 2021

“¿Acaso no es el hijo del carpintero?”

 


         “¿Acaso no es el hijo del carpintero?” (Mt 13, 54-58). Ante la sabiduría divina y los milagros propios de Dios que hace Jesús, los cuales demuestran que Él es quien dice ser, el Hijo de Dios encarnado, muchos, de entre los contemporáneos de Jesús se muestran incrédulos y en vez de reconocerlo como al Hombre-Dios, lo consideran sólo como a un hombre más, de ahí que se refieran a Jesús como al “hijo del carpintero”. Es decir, hay dos concepciones absolutamente contrapuestas acerca de Jesús: los incrédulos, quienes lo consideran como un hombre más entre tantos y aquellos que lo reconocen como Dios encarnado y se postran en adoración ante Él.

         ¿A qué se debe esta diferente concepción de Jesús? Se debe a una luz, que no proviene del hombre ni del ángel y es la luz de la gracia santificante. Es esta gracia la que ilumina la mente del hombre y del ángel y le permite a estas creaturas racionales saber que Jesús es Dios Hijo encarnado y no un hombre más entre tantos. Dios concede a todos la gracia que ilumina el intelecto, pero no todas las personas la aceptan y es aquí en donde radica la explicación del porqué algunos reconocen a Cristo como Dios encarnado y otros, como un simple hombre.

         “¿Acaso no es el hijo del carpintero?”. Jesús es el Hijo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Si lo consideramos sólo como a un hombre más, es decir, como al “hijo del carpintero”, entonces estamos profesando una fe distinta a la Fe de la Santa Iglesia Católica.

sábado, 10 de julio de 2021

“Vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco”

 


(Domingo XVI - TO - Ciclo B – 2021)

         “Vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco” (Mc 6, 30-34). Jesús y sus discípulos se encuentran en una situación que demanda mucha actividad física, mucha atención a la gente, la cual no para de “ir y venir” en gran cantidad: “eran tantos los que iban y venían, que no les daban tiempo ni para comer”. Con toda seguridad, la multitud ya había escuchado, visto, oído, acerca de la sabiduría divina de Jesús y sus milagros, propios de un Dios y puesto que la humanidad, desde la caída de Adán y Eva, se encuentra inmersa en la oscuridad del pecado, en las tinieblas del error y en el dolor de la enfermedad y la muerte, al anoticiarse de que hay un hombre santo, un profeta, un hombre a quien Dios acompaña con sus signos, un hombre que hace milagros asombrosos, que cura todo tipo de enfermedades, que expulsa a los demonios con el solo poder de su voz, que multiplica panes y peces, que resucita muertos, entonces la gente acude adonde se encuentra este hombre, que no es otro que el Hombre-Dios, Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado en la naturaleza humana de Jesús de Nazareth.

         Ahora bien, este ir y venir de la multitud, este incremento incesante de la cantidad de gente que acude a Jesús en busca de su sabiduría, de su palabra, de su poder, de sus milagros, es tal, que no les deja tiempo, ni a Jesús ni a sus discípulos, ni siquiera “para comer”. Es por esta razón que Jesús decide hacer una pausa en medio de tanto ir y venir y llama a sus discípulos para que estén con Él “en un lugar solitario”, a fin de que “puedan descansar”. Esto, que es naturalmente necesario –como también es naturalmente necesaria la sana recreación, llamada “eutrapelia” por Santo Tomás-, es algo además necesario desde el punto de vista espiritual, porque los discípulos no solo necesitan descansar, físicamente hablando, sino que también necesitan estar a solas con Jesús, para descansar de tanto hablar mundano con la gente, para entablar un diálogo íntimo, de amor y de comunión de vida, con Jesucristo, quien calmará sus corazones, quitándoles la agitación que produce el trato continuo y sin pausa con los seres humanos, para concederles la paz del corazón que sólo Dios puede dar, según sus palabras: “Mi paz os dejo, mi paz os doy, no como la da el mundo”.

 

         “Vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco”. También a nosotros nos llama Jesús, a nosotros que vivimos inmersos en el mundo, en las ocupaciones cotidianas, a las que se suman las tribulaciones y persecuciones propias de un mundo sin Dios, y nos llama esta vez desde el sagrario, desde la Eucaristía, para que estemos con Él “a solas”, en un lugar solitario, que más que un lugar físico, es el corazón del hombre, en donde Jesús quiere hacernos escuchar su voz y hacernos sentir el calor del Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico. Allí, en el silencio del sagrario, en el silencio interior y exterior propios de la oración, Jesús Eucaristía nos habla a lo más profundo de nuestro ser, no solo para apartarnos del palabrería vano y sin sentido del mundo pagano que nos rodea, sino para colmarnos de su sabiduría divina y para llenar nuestros corazones con la plenitud del Amor de Dios, el Espíritu Santo. De ahí la necesidad imperiosa de hacer un alto en las actividades cotidianas y de hacer un tiempo para hacer oración, para rezar el Rosario, para hacer Adoración Eucarística, para asistir a la Santa Misa, para detenerse un momento en los quehaceres diarios y elevar la mente y el corazón a los pies de Jesús crucificado.

 

domingo, 4 de octubre de 2020

“Éste expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios”

 


“Éste expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios” (Lc 11, 15-26). En el colmo de su malicia y mala intención, algunos -el Evangelio no especifica quién, pero es de suponer que sean los fariseos- acusan a Jesús de “expulsar demonios con el poder del príncipe de los demonios”. Es decir, saben qué es un poseso, saben qué es un demonio, saben qué es el exorcismo, y aun así, acusan a Jesús, con toda malicia, de expulsar demonios con el poder del Demonio. Para sacarlos de su malicia, es que Jesús utiliza el ejemplo de un reino que, si comienza con luchas internas, termina sucumbiendo por sí mismo. Con esto les quiere hacer ver que si Él tuviera el poder del Demonio, no expulsaría demonios, porque de esa forma lo único que estaría haciendo es debilitar al reino de las tinieblas; la conclusión es que, si Él expulsa demonios, es porque utiliza una fuerza que no es la del Demonio y que combate por un reino, el Reino de los cielos, que es distinto al reino de las tinieblas y si Él no utiliza el poder del Demonio para los exorcismos, entonces la única conclusión posible es que Él utiliza, a nombre propio, el poder divino que Él en cuanto Dios tiene, que por otra parte, es el único poder capaz de expulsar demonios del cuerpo de un poseso.

“Éste expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios”. El poder de expulsar demonios que ejerce Jesús a lo largo de todo el Evangelio, es una muestra más de su condición de Hijo de Dios encarnado, porque Jesús de Nazareth, si fuera un simple hombre, no podría jamás realizar un exorcismo, con las solas fuerzas humanas. La meditación de este Evangelio nos debe llevar a reflexionar acerca de la presencia y acción del reino de las tinieblas en medio de los hombres, pero también acerca del poder, infinitamente superior, que tiene Jesús en cuanto Dios, en relación al Demonio y al Infierno entero.

domingo, 26 de julio de 2020

“¿Acaso no es éste el hijo del carpintero?”





“¿Acaso no es éste el hijo del carpintero?” (Mt 13, 54-58). La pregunta acerca de Jesús es la pregunta típica de alguien que lo contempla a la luz, no de la fe de la Iglesia Católica, sino a la luz de su propia razón. Quien ve a Jesús, pero no con la fe de la Iglesia Católica, que es un don y una luz del Espíritu Santo, cae inevitablemente en el racionalismo, es decir, en el negar la condición divina, de Hijo de Dios encarnado, de Jesús de Nazareth, y de relegarlo, al mismo tiempo, al “hijo del carpintero”. Para quien no tiene la luz del Espíritu Santo, Jesús es sólo un profeta más, es sólo un hombre santo más entre tantos, tal vez uno de los más santos, al cual Dios acompaña con sus milagros. Sin embargo, esta no es la fe de la Iglesia Católica: según la Iglesia Católica, Jesús, más que “el hijo del carpintero”, es el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, que se ha encarnado en una naturaleza humana y se ha sacrificado a Sí mismo en el altar de la Cruz, para redimir a toda la humanidad. Esta visión de fe tiene consecuencias, porque si Cristo es Dios, entonces la Eucaristía es Dios, porque la Eucaristía es el mismo Cristo Dios que está en el Cielo, solo que en la Eucaristía está oculto por las especies del pan y del vino. La visión racionalista también tiene sus consecuencias, que son negativas: si Cristo no es Dios, es decir, si Cristo es sólo “el hijo del carpintero”, entonces la Eucaristía no es Dios, porque la Eucaristía no es Cristo Dios.
“¿Acaso no es éste el hijo del carpintero?”. La visión racionalista tiene dos peligros: por un lado, conduce a una fe que no es la fe católica, puesto que conduce a creer que Cristo no es Dios y en consecuencia, también la Eucaristía deja de ser Dios; por otro lado, la visión incrédula, racionalista y negacionista de la divinidad de Jesús de Nazareth tiene su precio ya que en un alma incrédula Cristo Dios no puede obrar o si lo hace, lo hace mínimamente, según lo dice el mismo Evangelio: “No hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos”. Esto quiere decir que muchas veces no ocurren milagros en nuestras vidas, no a causa de que Cristo Eucaristía no escucha nuestras peticiones, sino por causa de nuestra incredulidad.

lunes, 20 de abril de 2020

“El que cree en el Hijo tiene vida eterna”




“El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Jn 3, 16-21). Jesús afirma que quien cree en Él, no sólo “no perecerá”, sino que “tendrá vida eterna”. En esta afirmación debemos considerar varios aspectos. Primero, Jesús dice que quien cree en Él tiene vida eterna; ahora bien, ¿en qué Jesús creer? Porque a lo largo de la historia, incluso desde los inicios del cristianismo, ha habido diversas teorías -heréticas- acerca de quién es Jesús: desde el hereje Lutero, que afirmaba que Jesús era sólo un hombre, pasando por Arrio, que afirmaba que Jesús era un hombre perfecto, pero sólo hombre, hasta las teorías bizarras de la Nueva Era, según la cual Jesús es un jefe extra-terrestre que habita en lejanos planetas. El Jesús en el cual hay que creer, para tener vida eterna, es el Jesús del Magisterio y de la Tradición de la Iglesia: según la Iglesia Católica, que ostenta la Verdad Absoluta acerca de Jesús, Jesús es Dios Hijo en Persona, es decir, es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, encarnada, por obra del Espíritu Santo, en una naturaleza humana. En otras palabras, el Jesús en el que debemos creer es el Jesús de la Iglesia Católica: Dios Hijo encarnado, que es la Vida Eterna en sí misma y que por eso puede comunicar de esa vida eterna; si fuera sólo un hombre, de ninguna manera podría comunicar la vida eterna.
Otro aspecto que debemos considerar es acerca de lo que obtendrá aquel que crea en el Jesús Dios: la vida eterna. ¿Qué es la vida eterna? Por lo pronto, no es la vida terrena con la cual vivimos en el tiempo y en la historia; es la vida propia de Dios, porque “Dios es su misma eternidad”, como dice Santo Tomás; es una vida absolutamente perfecta, de la cual no tenemos idea de cómo es, porque no tenemos experiencia de vida eterna, aunque la recibimos incoada en la Eucaristía; es una vida de gloria, que se desplegará con toda su plenitud no en esta vida terrena, sino en el Reino de los cielos, una vez que hayamos muerto y, por la gracia de Dios, nos hayamos salvado.
“El que cree en el Hijo tiene vida eterna”. La frase de Jesús no sólo es verdadera, sino que no debemos esperar a morir para conseguir lo que Jesús promete en quien cree en Él: cada vez que comulgamos, recibimos al Hijo de Dios encarnado que nos comunica, desde la Eucaristía, la vida eterna, la vida misma de Dios Uno y Trino.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

“Si hubieras comprendido el mensaje de paz”



“Si hubieras comprendido el mensaje de paz” (Lc 19, 41-44). Jesús se lamenta y llora amargamente por el destino de Jerusalén, y profetiza su destrucción, lo cual efectivamente sucederá años después de su muerte, a manos del Imperio Romano. El motivo de la ruina de Jerusalén, que tal como lo profetizó Jesús, fue arrasada hasta el suelo, es que Jerusalén no ha reconocido “el mensaje de paz” que Dios, Yahvéh, le envía en Él, Jesús. Lejos de reconocer el mensaje de paz y, mucho menos, al Mensajero de la paz, Jesucristo, Hijo de Dios Encarnado, Jerusalén se decide por la guerra contra Dios, asesinando a su enviado, el Cristo, en la Cruz, y esto lo ve Jesús con anticipación, puesto que Él es Dios y conoce las cosas futuras como si fueran presentes.
Jerusalén no ha comprendido el mensaje de paz, porque ha negado voluntariamente la condición divina del Hijo de Dios; se ha negado a reconocer sus milagros, que acreditaban sus palabras; se ha negado a reconocer en Cristo el perdón divino concedido por el Padre al Pueblo Elegido y a la humanidad entera. Al mensaje de paz de Cristo, manifestado en sus curaciones milagrosas, en las expulsiones de demonios, en su Palabra que da vida eterna, en los innumerables prodigios de todo tipo, Jerusalén ha respondido con la traición de Judas Iscariote, el juicio inicuo orquestado por los sacerdotes del templo, el insulto, los golpes y las blasfemias del pueblo, y ha coronado su afrenta al Dios de la paz crucificando en un madero al Mensajero de la paz. Jerusalén no comprendió que Dios, en Cristo, le tendía la mano del perdón y de la paz, y alzó a su vez su mano para abofetear a Dios en su rostro, flagelarlo, coronarlo de espinas, y crucificarlo. Al mensaje de paz de Dios, Jerusalén respondió con la violencia criminal y asesina, que terminó quitando la vida al único que podía salvarla de sus enemigos, Jesucristo.
         Jesús llora amargamente porque rechazarlo a Él, el mensajero de la paz de Dios, tiene tremendas consecuencias en todos los órdenes: en el plano humano, los enemigos humanos se vuelven contra Jerusalén, y luego de un largo sitio, le prenden fuego y la arrasan hasta el suelo; en el plano espiritual, la tragedia es aún mayor, porque al rechazar al Dios de la paz, inevitablemente se cae en la esfera de Satanás, príncipe de la guerra, del odio y de la destrucción, quedando el alma a merced del ángel caído y de su odio sin fin.
         “Si hubieras comprendido el mensaje de paz”. El lamento y el llanto amargo de Jesús por Jerusalén tiene también otro destinatario, y son las almas que en el Día del Juicio se condenarán, pues ellas también estaban llamadas a recibir el mensaje de paz del Mesías, y no lo quisieron reconocer, porque libremente se decidieron por el odio y la adoración al demonio y a sus obras.
         “Si hubieras comprendido el mensaje de paz”. Cuando los condenados escuchen estas palabras, será ya muy tarde, porque sólo cuando estén en compañía para siempre del Ángel destructor, comprenderán que debieron haber aceptado la paz de Cristo y, más importante aún, debieron haber transmitido a los demás esa paz, y no lo quisieron hacer.