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viernes, 12 de agosto de 2016

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”



(Domingo XX - TO - Ciclo C – 2016)

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49-53). ¿Qué clase de fuego es el que ha venido a traer Jesús? Ya en el Antiguo Testamento, Dios había mandado fuego sobre la tierra, como en la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra (cfr. Gn 19, 24), debido a los pecados de impureza de sus habitantes. ¿Es este fuego el que ha venido a traer Jesús? ¿Es el fuego destructor, material, que arrasa con los cuerpos, con las casas, con la vegetación, con los animales, con la naturaleza toda? Además, según las palabras de Jesús, es un fuego que “debe arder sobre toda la tierra”, es decir, es un fuego de alcance universal. Y si estamos, como se puede comprobar día a día, en una situación en la que se ha universalizado el pecado de Sodoma y Gomorra, ¿se trata acaso del deseo de destrucción del mundo por parte de Dios, teniendo en cuenta esta situación de corrupción moral generalizada, que abarca a todo el planeta? ¿Quiere Dios destruir el mundo, no ya por un Diluvio Universal, sino por un fuego de alcance universal?
La respuesta a estas preguntas es que el fuego que ha venido a traer Jesús no es un fuego conocido por el hombre; no es un fuego destructor; no es un fuego material; no es un fuego que provoca dolor; no es un fuego que consume la materia y la convierte en carbón y cenizas. El fuego que ha venido a traer Jesús y que “ya quiere verlo ardiendo”, es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo; es el Amor de Dios que une al Padre y al Hijo desde la eternidad y que Él quiere enviarlo sobre el mundo; es el Fuego que incendia las almas en el Amor de Dios; es el Fuego que convierte los corazones de los hombres, secos como la leña o como la hierba al sol, en carbones ardientes, en teas llameantes, que arden en el Amor Divino; es un Fuego celestial, sobrenatural, jamás visto y que no tiene las propiedades destructoras del fuego material, sino que se trata de un fuego que ilumina, vivifica con la vida de Dios y comunica el Amor de Dios a aquel que es alcanzado por sus llamas.
La otra pregunta a responder es: ¿dónde está ese Fuego que ha venido a traer Jesús? Está en su Sagrado Corazón, envolviéndolo con sus llamas, y es el Espíritu Santo. El Fuego que ha venido a traer Jesús es el Espíritu Santo, el Amor Divino, con el que el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre desde la eternidad. Es el Fuego de Pentecostés que incendia los corazones en el Amor de Dios y que, inhabitando en el Corazón de Jesús, es transportado, vehiculizado, por su Sangre Preciosísima. Es éste el Fuego que Jesús ha venido a traer al mundo y que “ya desea verlo ardiendo”: es un fuego espiritual, que ha de incendiar las almas y los corazones.
¿Y de qué manera enviará Jesús este Fuego al mundo, a las almas, a los corazones de los hombres? Él mismo lo dice, y es cuando, elevado en la Cruz –“Tengo que recibir un bautismo”, el bautismo de su Sangre-, su Sagrado Corazón sea traspasado y al ser traspasado, se produzca la efusión de su Sangre Preciosísima, Sangre que porta al Espíritu de Dios, Fuego de Amor Divino, que al caer en los corazones humanos secos como el leño, es decir, sedientos del Amor de Dios se conviertan, al contacto con la Sangre del Cordero, en brasas incandescentes que comienzan a arder, a brillar y a iluminar con la luz, el calor y el ardor del Divino Amor.
“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”. El Fuego que ha venido a traer Jesús es el Espíritu de Dios y está contenido en su Sagrado Corazón Eucarístico, y cada vez que comulgamos, Jesús quiere aplicar este fuego a nuestros corazones, y son nuestros corazones los que Jesús “quiere ya ver ardiendo”, y si estos no arden al contacto con la Eucaristía –o Carbón Ardiente o Ántrax, como lo llamaban los Padres, porque es la Humanidad de Cristo inhabitada por el Espíritu Santo-, es porque nuestros corazones son tibios, es decir, son corazones duros y fríos como la roca, en donde el fuego no puede aplicar. Que la Virgen convierta nuestros corazones en madera reseca, para que al contacto con la Eucaristía, se conviertan en brasas ardientes que irradien el Fuego del Amor de Dios, el Fuego que Jesús quiere ya ver ardiendo en nuestras almas.


viernes, 11 de diciembre de 2015

“Yo los bautizo con agua, pero el que viene detrás de mí, los bautizará con Espíritu Santo y fuego”



(Domingo III - TA - Ciclo C – 2015 – 16)

         “Yo los bautizo con agua, pero el que viene detrás de mí, los bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3, 2-3. 10-18). Juan el Bautista predica en el desierto, llamando a la conversión del corazón, y bautiza, como signo de la nueva condición de vida del alma: así como el agua limpia y purifica, al arrastrar la suciedad que se encuentra sobre un objeto, así la disposición nueva del corazón, decidido a no cometer pecados, es como el agua que arrastra lo que está manchado y sucio. Pero el mismo Bautista lo aclara: su bautismo es sólo de agua, es decir, es un bautismo que no llega a la raíz más profunda del ser; es un bautismo meramente de deseo, en el que la persona que se bautiza, recibe el agua solo como un mero símbolo de la disposición interior del corazón de vivir en la Ley de Dios y no bajo el pecado. Es un bautismo, pero meramente moral, porque no incide en la raíz profunda, metafísica, del ser; no incide en el acto de ser del hombre y tampoco lo hace partícipe de la naturaleza divina. En cambio, Jesús bautizará con un bautismo que llegará hasta la raíz más profunda del ser del hombre, el acto de ser, lo que hace que la esencia “hombre” se actualice, y cuando el bautismo de Jesús llegue a lo más profundo del ser, esto hará que el alma comience a participar de la vida misma de Dios, porque no se trata justamente de un mero bautismo moral, como el de Juan, sino un bautismo real, sobrenatural, en donde lo que será purificado no será el cuerpo, como cuando el agua cae sobre el cuerpo, sino el corazón, y lo que hará que el corazón quede purificado, no será el agua, sino el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, insuflado por Jesús, Espíritu que es Fuego de Amor Divino. Por acción del bautismo de Jesús con el Espíritu Santo, el corazón humano queda no solo purificado del pecado, sino que queda imbuido y penetrado por la gracia santificante, que es participación a la vida divina.
         Este hecho –que Jesús bautice con el Espíritu de Dios, que es Fuego Divino- tiene consecuencias profundas, porque la conversión del corazón es real, causada por la gracia, y no meramente moral, como dependiendo de la voluntad del hombre, como en el caso del bautismo de Juan; además, la fuerza para realizar las obras buenas, que son consecuencia del bautismo, ya no depende de la voluntad humana, sino que el deseo de obrar y el obrar mismo como converso, es llevado a cabo y realizado con la fuerza misma de Dios, porque la gracia hace participar en la vida divina. Dicho de otras maneras, quien recibía el bautismo de Juan y deseaba obrar el bien como consecuencia de ese bautismo, obtenía las fuerzas para realizar esas obras sólo de sí mismo, lo cual es una fuerza sumamente débil; por el contrario, quien recibe el bautismo de Jesús, por el cual recibe la gracia santificante, al ser hecho partícipe de la vida misma de Dios Trino, cuando quiere obrar obras de misericordia, que demuestran la conversión del corazón, lo hace con la fuerza misma de Dios y esto es lo que explica el origen sobrehumano de las obras de los santos, obras que no se deben a la sola voluntad del hombre, sino a la fuerza de Dios que actúa a través de ellos. Por ejemplo, cuando la Madre Teresa de Calcuta atendía a los agonizantes, abandonados a su suerte debido al sistema de castas hindú, no lo hacía por sí misma, sino asistida por el Espíritu Santo, de modo tal que puede decirse que en ese pobre atendido por la Madre Teresa, era el Espíritu Santo en Persona quien obraba la misericordia, a través de un instrumento humano, la Madre Teresa.

“Yo los bautizo con agua, pero el que viene detrás de mí, los bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Quien ha recibido el Bautismo Sacramental de la Iglesia de Jesús, la Iglesia Católica, no puede excusarse en su condición humana para no obrar la santidad; no puede decir: “yo soy un ser humano y por eso no puedo ser paciente y mucho menos paciente hasta el extremo”; “yo soy un ser humano y no puedo controlar mi carácter”; “yo soy un ser humano y no puedo controlar mis pasiones”, porque basta con que lo quiera, y la gracia de Dios lo ayudará, con la fuerza misma de Dios, a ser paciente hasta la muerte de Cruz, a ser humilde con la humildad misma de Jesús y María, a vivir las virtudes en un grado de santidad sublime, y esto porque es la gracia recibida “como Espíritu Santo y fuego” la que lo impulsará a obrar con la fuerza, el amor y la sabiduría misma del Hombre-Dios Jesucristo. El bautizado que no es santo, es porque no quiere serlo; como dice Santo Tomás de Aquino, "basta querer, para serlo".

jueves, 22 de octubre de 2015

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”


“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49-53). ¿De qué fuego habla Jesús? ¿Por qué desea incendiar la tierra? ¿Qué es lo que quiere hacer arder Jesús con ese fuego que ha venido a traer? Para responder a estas preguntas, debemos considerar quién es Jesús: no es un hombre más entre tantos; no es tampoco un hombre santo, ni siquiera el más santo entre los santos; Jesús es Dios Hijo encarnado, es el Hombre-Dios, Fuente de toda santidad. Como tal, Jesús espira al Espíritu Santo, tanto en cuanto Hombre como en cuanto Dios, junto a su Padre Dios. El Espíritu Santo, que arde en el Sagrado Corazón de Jesús, consumiéndolo de Amor, es el Fuego de Amor Divino que Jesús ha venido a encender en nuestros corazones. Es el Espíritu Santo, el Fuego del Amor de Dios, el que Jesús sopla sobre nuestras almas, en cada comunión eucarística. Este es el Fuego del que habla Jesús cuando dice: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra”. Sin embargo, a pesar de que Él lo ha traído, no arde todavía, porque Jesús dice: “¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”. Es un fuego que no arde. ¿Por qué? ¿Qué es lo que tiene que hacer arder este fuego, y que no arde hasta ahora? Si el fuego que ha venido a traer Jesús no arde, no es por el fuego en sí mismo, porque el Espíritu Santo es, en sí mismo, el Fuego del Divino Amor; es Amor de Dios, que es Fuego incandescente, celestial, sobrenatural. Si este fuego no arde, es porque no encuentra la materia apta para ser encendida: el fuego no enciende la roca. ¿Cuál es la materia para este Fuego de Amor que trae Jesús? La materia apta para ser encendida por este Fuego, es el corazón humano, pero el corazón humano, cuando es duro y frío como una piedra, no puede ser encendido por el Divino Amor. Cuando el corazón humano es despiadado, inmisericorde, duro y despectivo con su prójimo, no se puede encender en el Fuego de Amor que es el Espíritu Santo. Que por intercesión de María nuestros corazones sean, entonces, como madera seca o como hierba seca, para que al contacto con el Fuego de Amor que arde en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, combustionen al instante y comiencen a arder en el Fuego del Espíritu Santo, en el tiempo y en la eternidad.

lunes, 9 de junio de 2014

Solemnidad de Pentecostés


(Ciclo A – 2014)
         “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20, 19-23). Jesús resucitado se aparece a los discípulos y sopla sobre ellos el Espíritu Santo. El soplo del Espíritu Santo es el culmen de su misterio pascual de Pasión, Muerte y Resurrección. Jesús, el Verbo del Padre, ha venido a la tierra para esto: para donar el Espíritu Santo, el Don de dones, el Amor de Dios, la Persona-Amor de la Trinidad, el Amor substancial que une a las Personas del Padre y del Hijo en la eternidad, y ha venido para donarlo a los hombres, a todos y a cada uno de ellos, como don gratuito, libre, inmerecido, impensado, imposible de dimensionar en su increíble grandeza y majestad. Jesús es el Hombre-Dios, y en cuanto Hombre y en cuanto Dios, espira el Espíritu Santo, junto al Padre, en el tiempo y en la eternidad, y este soplo de Amor divino es un soplo de Amor, que es al mismo tiempo un soplo de Fuego que enciende las almas en las llamas del Amor trinitario, porque el Espíritu de Dios es un Espíritu que es Fuego y es un Fuego que es Amor Puro, Amor perfectísimo, Amor ardentísimo, Amor de caridad divina que convierte al alma, de carbón negro y tizón humeante, en brasa ardiente e incandescente, que ilumina todo a su alrededor con la luz de la gracia divina y todo lo ama con el Amor de Dios, en Dios, por Dios y para Dios.
         “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen y les serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. El don del Espíritu Santo actúa en el alma de los bautizados, convirtiéndolos en brasas ardientes de caridad divina, en el sacramento de la penitencia, en el momento en el que el penitente se acusa de sus pecados, porque el pecado es ausencia de amor, mientras que el Espíritu Santo es Amor en Acto Puro, que extra-colma de amor divino al alma, llenándola de aquello que le falta, el Amor. Al conferir el poder de perdonar los pecados, Jesús concede a la Iglesia la potestad de no solo borrar de las almas el efecto de la ausencia del amor, que es el pecado, sino que le concede algo que supera con creces esta deficiencia y que es inimaginable e inconcebible para la creatura: Jesús concede, por medio del sacerdocio ministerial, el don de colmar a las almas del Amor divino, porque al recibir el perdón de sus pecados, Dios colma al pecador de su Amor y Misericordia, lo cual excede el mero perdón. El sacramento de la confesión constituye, entonces, la gloriosa manifestación de la Misericordia Divina, que ejerce sobre el alma del pecador su más contundente triunfo, al llenarla de sí misma, es decir, colmando el vacío de amor, consecuencia del pecado, con el Amor divino concedido en el perdón sacramental.

         “Reciban el Espíritu Santo”. Sin embargo, existe aún otra manifestación del Don del Espíritu Santo, en donde se despliega también con plenitud el Amor trinitario obtenido por el sacrificio de Jesús en la cruz, y es en el altar eucarístico, porque allí el Espíritu es soplado por Jesús a través del sacerdote ministerial, para obrar el milagro de la transubstanciación y convertir, de esa manera, la substancia del pan y del vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Jesús sopla el Espíritu Santo sobre el pan y el vino en el altar eucarístico, para vaciarlos de sus substancias inertes y para llenarlos de sí mismo y del Espíritu Santo, de modo que los que se alimenten del Pan del Altar, sean alimentados con la substancia del Cordero, y beban, del Costado traspasado del Cordero, el Espíritu que mana a borbotones con la Sangre, Espíritu que es Sangre y que es Fuego de Amor divino a la vez, Espíritu que embriaga de Amor divino al que lo bebe con fe, con piedad, con temor sagrado y con amor. 

miércoles, 28 de mayo de 2014

“Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo”


“Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16, 16-20). En la Última Cena, Jesús les anuncia su despedida, puesto que está a punto de cumplir su misterio pascual, su paso de este mundo al Padre y al mismo tiempo les anticipa que esta partida suya les provocará tristeza, porque será una partida en medio del dolor de la Pasión, por eso les dice: “Dentro de poco no me verán (…) Yo me voy al Padre (…) Ustedes estarán tristes”. La tristeza de los discípulos se deberá a su muerte, a su dolorosa muerte en cruz y eso es lo que Jesús les anticipa, pero también les anticipa que su tristeza “se convertirá en gozo”, porque luego de la tribulación de la cruz y de la muerte, vendrá el gozo de la resurrección y la alegría por el envío del Espíritu Santo.
Esto es posible porque Jesús es el Hombre-Dios y en cuanto tal, “hace nuevas todas las cosas” (cfr. Ap 21, 5) y una de las cosas que hace nuevas es la cruz: si para los hombres la cruz es signo de muerte, para Dios es signo de vida, de perdón divino, de amor y de paz y es signo también de don del Espíritu Santo. Jesús, con su poder divino, cambia el signo de muerte en signo de vida y de vida eterna pero ese cambio viene solo para quien, con un corazón contrito y humillado, se arrodilla ante la cruz y ante Jesús crucificado y se deja bañar por la Sangre que se derrama de sus heridas abiertas, de su Costado traspasado y de su Cabeza coronada de espinas, porque solo así, al contacto con la Sangre de Cristo, que brota de sus heridas abiertas, recibe el alma al Espíritu Santo, que es vehiculizado por la Sangre del Cordero. La Sangre de Cristo es Sangre y Fuego y Fuego de Amor divino, porque contiene al Espíritu Santo, y esa es la razón por la cual el Sagrado Corazón está envuelto en Llamas, porque la Sangre que contiene en su interior contiene al Espíritu de Dios y el Espíritu de Dios es Fuego de Amor divino.  

“Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo”. Toda tribulación y toda cruz provocan tristeza, pero cuando se la unen a la tribulación y a la cruz de Cristo, se cambian en gozo, porque al contacto con la cruz, la Sangre que empapa la cruz comunica el Espíritu de Jesús y el Espíritu Santo es un Espíritu de Vida, de Amor y de Alegría divina, que da paz y alegría en medio de la tribulación y de la prueba. Jesús, desde la cruz y desde la Eucaristía, convierte la tristeza en gozo, soplando suavemente, sobre el alma que a Él se confía, su Espíritu de Amor, de paz y de serena y divina Alegría.

jueves, 13 de diciembre de 2012

“Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego”



(Domingo III - TA - Ciclo C – 2013)
         “Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Lc 3, 10-18). El Bautista da la clave de porqué en este tercer Domingo de Adviento la Iglesia cambia sus ornamentos y su espíritu, de morado, que significa penitencia, al rosado, que significa alegría: el Mesías traerá para los hombres un bautismo nuevo, un bautismo del cual el suyo, en agua, era solo una figura, porque bautizará con “Espíritu y fuego”. El Mesías habrá de bautizar al alma del hombre no con agua, como lo hacía el Bautista, sino con el mismo Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, que es fuego de Amor divino, por eso dice el Bautista que bautizará “en Espíritu Santo y fuego”.
         La diferencia entonces con el bautismo de Juan el Bautista es notoria: mientras Juan el Bautista bautiza con un bautismo de agua, para el que se predica la necesidad de la conversión –por eso los consejos del Bautista: “El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto (…) No exijan más de lo estipulado; no extorsionen; no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo”-, pero se trata de una conversión meramente moral, puesto que aún recibiendo el bautismo de Juan el hombre sigue igual en su interior, sin nada que lo haga partícipe de la bondad divina, el bautismo con el que habrá de bautizar el Mesías, bautismo “en Espíritu y fuego”, sí produce un cambio en el hombre, que no es meramente moral, porque infunde en el hombre la gracia divina, que es participación a la vida divina, lo cual quiere decir que lo hace partícipe de la misma bondad divina. En otras palabras, mientras que por el bautismo de Juan el Bautista si el hombre se convertía, esto era solo un cambio moral, un cambio de conducta, un cambio de estilo de vida –el hombre se vuelve más bueno, más honesto, para recibir al Mesías-, por el bautismo del Mesías, el hombre será hecho partícipe de la bondad misma de Dios, porque participará de su misma vida divina. Esto no quiere decir que, con el bautismo sacramental, el hombre adquiera automáticamente la bondad de Dios, ya que es un dato de la experiencia cotidiana que la inmensa mayoría de los bautizados no son buenos, en el sentido de vivir la bondad al extremo de la Cruz; el adquirir por participación la vida divina, no exime al hombre de tener que actuar libremente, eligiendo a cada momento de su obrar, entre su propia tendencia natural, inclinada a la concupiscencia y al mal, o la tendencia al Bien, en la Voluntad divina. El ejemplo de cómo el corazón humano ha sido cambiado por la gracia al punto tal de participar de la bondad misma de Dios, son los santos, en cuyas vidas, signadas por las obras de la misericordia, se ve que es Dios mismo, Ser de Bondad infinita, quien actúa a través de ellos. En los santos sí se puede ver la transformación que el Espíritu Santo produce en el corazón del hombre, porque como es fuego de Amor divino, enciende los corazones en ese fuego y ese fuego encendido los lleva a obrar las obras de misericordia al extremo de la caridad de la Cruz. Por el contrario, si ese fuego, que es donado como en germen en el bautismo, no es alimentado con obras buenas, el Espíritu Santo infundido por el Mesías nada puede hacer, y el alma así no se santifica en el bien.
         La diferencia entre el bautismo de Juan el Bautista, y el bautismo del Mesías, que es Jesús, que viene a este mundo como un Niño recién nacido, envuelto en pañales, consiste en que mientras el Bautista bautizaba con agua material, que lo único que hacía era correr desde la cabeza hacia abajo, por todo el cuerpo, pero no provocaba ningún cambio en lo profundo del hombre, el Mesías bautiza con el Espíritu Santo, que penetrando en lo más profundo del ser y del corazón del hombre a través del agua bautismal y de la fórmula de la consagración, provoca una conversión profunda y radical del corazón, orientándolo, desde la posición en dirección descendente en la que se encontraba, hacia una nueva posición, la posición ascendente, dejando así de mirar a las cosas bajas y terrenas, para comenzar a mirar al Sol de justicia, Jesucristo, Dios eterno, como hace el girasol cuando termina la noche y comienza el día.
“Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego”. El motivo de la alegría de la Iglesia en el tercer domingo de Adviento, alegría expresada por el cambio del color de los ornamentos litúrgicos, está en la frase de Juan el Bautista: “Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego”, porque esto significa que el hombre habrá de recibir no una mera regla externa de normas morales, los Mandamientos, para simplemente cambiar el comportamiento externo: con el Espíritu Santo que habrá de recibir en el bautismo del Mesías, el hombre recibirá la vida misma de Dios, vida que es absolutamente incomprensible e inabarcable en sus misterios sobrenaturales, en su alegría infinita, en su dicha sin fin, en su gozo eterno, en sus felicidades interminables, en sus bienaventuranzas eternas.
“Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego”. El Espíritu Santo con el que bautizará el Mesías, el mismo Espíritu que se derrama a través de los sacramentos, es fuego de Amor divino, fuego que es Amor celestial, que inflama los corazones en el Amor de Dios: así como el fuego hace arder al instante la hierba seca, así el Espíritu Santo incendia el alma, si esta está dispuesta, en el Amor divino; el Espíritu Santo es un río de Amor purísimo, que hace olvidar al hombre cualquier otro amor que no sea el de Dios, y hace que el hombre quede extasiado en la contemplación de la belleza inabarcable del Ser trinitario. El Espíritu Santo es fuego que abrasa, que quema, que purifica, y así como el fuego del herrero penetra en el hierro y lo vuelve incandescente, y lo transforma, de metal duro, negro y frío, en sí mismo, en algo nuevo, que se parece al fuego, porque el hierro se vuelve incandescente, maleable y transmite el calor que le transmitió el fuego, así el Espíritu Santo, penetrando el corazón del hombre, negro y frío como el hierro y duro como una roca, lo convierte en un nuevo corazón, en un corazón que se asemeja al Sagrado Corazón de Jesús, porque es un corazón que se vuelve incandescente al estar envuelto en las llamas del Amor divino, y de duro que era se ablanda ante las necesidades del prójimo, y de frío que era, comienza a irradiar el calor de la caridad de Cristo, que es Amor de Cruz, Amor más fuerte que la muerte.
         “Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego”. Si el vehículo del bautismo de Juan en el Jordán era el agua, el vehículo del Espíritu Santo, fuego de Amor divino, será la Sangre derramada del Mesías, la Sangre que se efunde desde su Corazón traspasado en la Cruz, y por eso quien se arrodilla ante Cristo crucificado es bañado con su Sangre y es regenerado en el fuego del Espíritu Santo. Quien se postra en adoración ante Cristo crucificado, recibe la gracia de la conversión, que le permite decir, con un corazón renovado: “Jesús en la Cruz, Jesús en la Eucaristía, es el Hijo de Dios, y no hay otro Dios que Cristo Jesús, el Dios de la Cruz, el Dios del sagrario”.
         “Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego”. Porque el Niño de Belén es el Mesías que ha venido a traer el Espíritu Santo, Espíritu que convertirá los corazones, de negros y fríos carbones en carbones encendidos en el Amor divino, Espíritu que infundirá la vida y la alegría divinas en las almas, Espíritu que comunicará al hombre el mismo Amor de la Trinidad, Espíritu que luego de la muerte arrebatará al cielo a las almas de los que amen a Cristo, para que se alegren con una alegría eterna, por todo esto, es que el tercer domingo de Adviento es Domingo de Alegría.

viernes, 2 de noviembre de 2012

“Amar a Dios y al prójimo es el mandamiento más grande”



(Domingo XXXI – TO – Ciclo B – 2012)
         “Amar a Dios y al prójimo es el mandamiento más grande” (cfr. Mc 12, 28-34). Los judíos ya conocían el primer mandamiento, por eso nos preguntamos si es que Jesús trae alguna novedad, porque si no lo hace, entonces quiere decir que no hay diferencias entre la religión judía y la cristiana. Todavía más, si esto fuera así, la religión judía tendría preeminencia moral sobre la cristiana, en razón de su antigüedad, y por el hecho de ser los judíos “hermanos mayores” de los cristianos, tal como lo sostiene el Beato pontífice Juan Pablo II.
         La respuesta es que Jesús sí trae una novedad con respecto a la religión judía, y la novedad es tan radical, que cambia por completo los paradigmas sobre los que se asentaban, hasta ese momento, las relaciones entre Dios y los hombres.
         Lo que hay que tener en cuenta, es que en el mandamiento de los judíos, se manda amar a Dios y al hombre, como a uno mismo, pero este amor es limitado, puesto que se trata de un amor meramente natural. De hecho, los judíos consideraban como “prójimo” sólo a los que formaban parte del Pueblo Elegido, mientras que los demás no lo eran y por lo tanto, no recibían el trato reservado a los integrantes del pueblo hebreo.
         Además, el amor que se exigía era un amor de ley natural, que no iba más allá de lo que la naturaleza y la razón humana dictaban. Esto se ve, por ejemplo, en el caso de la ley del Talión, cuyo mandamiento decía: “Ojo por ojo y diente por diente”. Es decir, no se exigía el perdón, sino que la justicia sea estricta, ya que la falta era cobrarse en exceso lo que el prójimo debía. Se cumplía la ley del Talión cuando la venganza contra la falta del prójimo era estricta y no se excedía de los límites impuestos por la ley.
           Eso, con respecto al prójimo; con respecto a Dios, también se remarca el aspecto humano del amor: "Amarás a Dios con todas tus fuerzas, con toda tu alma"; se pide el amor a Dios, pero es un amor de ley natural; es el amor que sale del corazón humano.
         Por el contrario, el mandamiento nuevo que trae Jesús es radicalmente nuevo, porque es de origen celestial, divino, sobrenatural, ya que brota no del corazón del hombre, sino del Corazón mismo de Dios Uno y Trino, y solo se parece en su formulación al mandamiento judío. La prueba es que al interlocutor de Jesús, a pesar de responder bien, Jesús le dice: “Estás cerca del Reino”; no le dice: “Estás en el Reino”, o algo parecido, sino que está “cerca”, con lo cual es evidente que el cumplimiento del mandato judío no es equivalente al cumplimiento del mandato suyo.
         La novedad radical del mandato de Jesús, que solo externamente se parece al mandato judío, está en el amor que se exige para cumplirlo, que es de origen celestial, porque emana del Ser trinitario. Mientras que en el mandato judío se exigía un amor puramente natural, tanto a Dios -al que se conocía como Uno pero no como Trino-, como al prójimo -con la salvedad de que “prójimo” era solo el que profesaba la religión judía-, en el caso del mandato de Jesús, el amor que se exige es mucho más profundo, mucho más grande, tan grande, que es infinito; se exige un amor que va más allá del tiempo, y mucho más allá del tiempo, porque es un amor eterno, porque el amor con el que Jesús pide amar al prójimo y a Dios, es el Amor divino, el amor suyo, el Amor del Espíritu Santo de Dios, que es fuego de Amor divino, y que es el que Él ha venido a traer: “He venido a traer fuego, ¡y cómo quisiera ya verlo ardiendo!”.
         El amor con el que se debe cumplir el primer mandamiento de la ley de Jesús, no el de la ley judía, es el Amor divino, infinito y eterno, que arde desde la eternidad en la Trinidad; es el mismo Amor que arde en el Corazón de Dios Hijo encarnado, y que se efunde desde su Corazón traspasado en la Cruz; es el Amor que se consigue sólo de rodillas ante la Cruz; es el Amor que se consigue en la unión y fusión de los corazones del hombre con el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, en la comunión sacramental; es el Amor que es Fuego de Amor divino, el Espíritu Santo, que es soplado por Dios Padre y por Dios Hijo en el altar, y es el que convierte el pan y el vino de las ofrendas en el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo.
         Es este Amor divino, traído por Jesús, y soplado en Pentecostés sobre la Iglesia, el Amor que es el Espíritu de Dios, el que permite vivir en plenitud el mandamiento más importante de la ley de Jesús, el mandamiento de la caridad.
         Y como este Amor se obtiene al pie de la Cruz, es un Amor que viene de la Cruz, del Sagrado Corazón traspasado de Jesús, y es un Amor que lleva a la Cruz, de nuevo al Sagrado Corazón; es un Amor que lleva a la muerte de Cruz en el trato con el prójimo, porque este Amor exige que el prójimo sea perdonado setenta veces siete cuando ofende setenta veces siete; este Amor exige que el prójimo sea auxiliado y socorrido en sus necesidades materiales y espirituales, y no con lo que nos sobra, sino con lo que nos es necesario; este Amor exige que el prójimo no sea tratado como una mercancía puesta a disposición para nuestro uso, sino como creatura y como hijo de Dios, por quien el Hombre-Dios dio su vida y derramó su Sangre; este Amor exige, para con Dios Trinidad, que no sea despreciado y ofendido en su majestad y en su bondad divinas, cuando el hombre lo pospone y prefiere sus diversiones antes que la Misa dominical; este Amor exige que la más hermosa creación de Dios, el mismo hombre, no sea aplastado, triturado, destrozado, quemado vivo, por el aborto y por las guerras genocidas.
         “El primer y más importante mandamiento es: “Amarás a Dios y al prójimo como a ti mismo””. No se puede vivir y cumplir este mandamiento con un amor puramente natural, como el que posee todo hombre; es necesario adquirir el Amor celestial y sobrenatural, que se derrama incontenible, como de una fuente inagotable, como de un dique roto, del Sagrado Corazón de Jesús. Para poder vivir y cumplir con el mandamiento más importante de la Ley Nueva, hay que acudir a la cima del Monte Calvario, y pedirlo con insistencia, de rodillas, besando los pies heridos de Jesús; hay que acudir al Nuevo Monte Calvario, el altar eucarístico, para recibir al Sagrado Corazón eucarístico de Jesús, horno ardiente de Amor eterno.

miércoles, 24 de octubre de 2012

“¡He venido a traer fuego sobre la tierra y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”



“¡He venido a traer fuego sobre la tierra y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49). Jesús no habla en un sentido figurado, ni sus palabras son metáfora semítica: el fuego que Él trae es Él mismo, puesto que uno de sus nombres, según los Padres de la Iglesia, es “carbón ardiente”: su humanidad es el carbón encendido al contacto con su divinidad, en el momento de la Encarnación en el seno de María Virgen.
El fuego que Jesús ha venido a traer es el Ser de Dios Trino, que es fuego de Amor divino, según la descripción de San Juan: “Dios es Amor”, y es ese Amor de Dios, que une al Padre y al Hijo, el que es manifestado por Cristo como fuego en Pentecostés.
El Ser divino no es otra cosa que Amor en Acto Puro, Amor Perfectísimo, eterno, que se representa en la tierra, para los hombres, como fuego, para dar a los hombres al menos una idea lejana de lo que es la naturaleza divina, que actúa con lo que ama como el fuego con lo que abrasa.
Así como el fuego abrasa la madera y la convierte, de madera seca, en leño ardiente; así como el fuego enciende el carbón y lo convierte, de piedra fría y negra en brasa ardiente y luminosa, así el Amor de Dios, al encender el corazón del hombre, frío por la falta de caridad y oscuro por la falta de luz divina en él, lo convierte en brasa ardiente de caridad, que ilumina con el resplandor de las llamas de la divina caridad.
Es a esto a lo que Jesús se refiere cuando dice que ha venido “a traer fuego sobre la tierra”: ha venido a traer el fuego de la divinidad, que busca materia apta para encenderse. Él ha venido a traer fuego, y ese fuego es el que arde en su Sagrado Corazón Eucarístico, que está envuelto en las llamas del Amor divino, llamas que desean propagarse al contacto con los corazones de los hombres.
 “¡He venido a traer fuego sobre la tierra y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”. Lo que Jesús desea es que su Amor, que late en la Eucaristía, se propague en los corazones como el fuego en el pasto seco.