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miércoles, 19 de junio de 2024

El Padrenuestro se vive en la Santa Misa

 



         El Padrenuestro tiene dos características muy particulares: una, es una oración enseñada directamente por Nuestro Señor Jesucristo; la segunda, es que se vive, de manera real, substancial, ontológica, en la Santa Misa. En otras palabras, cada oración del Padrenuestro se actualiza, en el presente de cada Santa Misa, haciéndose realidad en el “hoy” y “ahora”, en su realidad substancial y ontológica, desde la eternidad y no en la mera psiquis del que reza. Es como si, al rezar el Padrenuestro en la Santa Misa, cada una de sus oraciones se hiciera presente, se actualizara, desde la eternidad, en el presente del momento en el que se celebra la Santa Misa. Veamos y contemplemos cada una de sus oraciones.

         “Padre nuestro que estás en el cielo”: en el Padrenuestro nos dirigimos a Dios, nuestro Padre del cielo; en la Santa Misa, Dios Padre se hace Presente, en Persona, porque en la Santa Misa el altar ya no es más fracción de piedra, de madera o de cemento, sino que es el Cielo mismo y el Cielo eterno es en donde mora Dios, nuestro Padre celestial, que se hace Presente en Persona en la Santa Misa.

         “Santificado sea Tu Nombre”: en la Santa Misa pedimos que el Nombre Tres veces Santo de Dios sea santificado y esa petición se hace realidad y se cumple por medio del Santo Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo, puesto que la Misa es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, Santo Sacrificio por el cual el Hombre-Dios Jesucristo glorifica y santifica el Nombre Santísimo de Dios.

         “Venga a nosotros Tu Reino”: en el Padrenuestro pedimos que el Reino de Dios venga a nosotros; en la Santa Misa ese pedido se hace realidad, porque el altar se convierte en el Cielo, que es el Reino de Dios, pero también hay algo infinitamente más grande que el Reino de Dios y es que por la Santa Misa viene a nosotros el Rey del Reino de Dios, Jesucristo, Rey de cielos y tierra, Rey de los ángeles y de los hombres.

         “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo”: en el Padrenuestro pedimos que la voluntad santísima de Dios se cumpla y este pedido se cumple en la Santa Misa, porque la voluntad de Dios es que todos los hombres se salven y como la Santa Misa es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, el Sacrificio del Cordero de Dios, por medio del cual los hombres se salvan, es Jesucristo Quien cumple a la perfección la voluntad de Dios, salvando a los hombres que aceptan ser salvados por su Sangre y por su gracia santificante.

         “Danos hoy el pan de cada día”: en el Padrenuestro pedimos que no nos falte el pan de cada día y ese pedido se hace realidad en la Santa Misa, porque Dios, en su Divina Providencia, nos asiste para que no nos falte el pan material, el pan de trigo, amasado y cocido y horneado en el fuego, pero también se cumple algo que ni siquiera imaginamos y que ni siquiera osamos pedir y que sin embargo el Divino Amor del Padre nos lo concede y es el Pan de Vida Eterna, el Pan hecho con el Trigo Santo que es el Cuerpo de Cristo, triturado en la Pasión y cocido y glorificado en la Resurrección, Pan que es el Manjar de los Ángeles, que es alimento celestial para el alma, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía.

         “Perdona nuestras ofensas”: en el Padrenuestro pedimos perdón y esto se cumple incluso antes de que formulemos el pedido de perdón, porque antes de pedir perdón, Dios Padre nos envía en la Santa Misa a su Hijo crucificado como signo de su perdón y de su Amor Misericordioso, ya que a través de su Corazón traspasado y a través de sus Llagas abiertas brota su Sangre Preciosísima y su Sangre sirve de vehículo, por así decirlo, del Espíritu Santo, del Divino Amor, con el cual Dios no solo nos perdona, sino que nos sumerge en lo más profundo de su Sagrado Corazón.

         “Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”: en el Padrenuestro hacemos a Dios el propósito de perdonar a los que nos ofenden y como Dios sabe que no tenemos fuerza para hacerlo porque somos débiles, nos concede, a través de Jesús Eucaristía, la fuerza del Divino Amor necesaria no solo para perdonar, como Dios nos perdona, sino para amar a nuestros enemigos, así como Dios nos amó, siendo nosotros sus enemigos, cuando crucificamos a su Hijo en la Cruz por el pecado.

         “No nos dejes caer en la tentación”: esta petición también se cumple en la Santa Misa, porque es verdad lo que dice Nuestro Señor en el Evangelio: “Sin Mí, nada podéis hacer”; es decir, sin la ayuda de Jesús, nada podemos hacer; sin la gracia de Jesucristo, no podemos resistir ni a la más mínima tentación, por eso Dios nos concede, en la Eucaristía, la fuerza misma del Hombre-Dios Jesucristo, no solo para no caer en la tentación, sino para incluso para adquirir toda clase de virtudes y dones.

         “Y líbranos del mal”: esta petición se cumple en la Santa Misa, porque siendo la renovación del Santo Sacrificio de la Cruz, es allí donde Jesús derrota para siempre al Príncipe de las tinieblas, al Ángel caído, a Satanás, al Diablo y a todo el Infierno junto, venciéndolo para siempre con su poder divino y con la fuerza de la Cruz, haciendo partícipes de su victoria a su Santa Madre, María Santísima y a todo hombre que por la gracia se asocie a la Santa Cruz.

         Por todas estas razones, el Padrenuestro se vive en la Santa Misa.


sábado, 29 de abril de 2023

La Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz

 


(Domingo IV - TP - Ciclo A – 2023)

         En estos tiempos en los que prevalece la confusión a todo nivel, es necesario que, al recordar a Cristo, Buen Pastor y Sumo y Eterno Sacerdote, recordemos también qué es la Santa Misa, qué oficio o función cumplen el sacerdote ministerial y qué oficio o función cumplen los fieles que asisten a la Santa Misa. Ante todo, debemos decir que, según el Magisterio y la Tradición de la Iglesia, la Santa Misa es la “renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz”, lo cual quiere decir que es como si, misteriosamente, en la Santa Misa, viajáramos en el tiempo hasta el Calvario o como si el Calvario viniera hasta nosotros; y también, porque es la renovación del Sacrificio de la Cruz, es que el Padre Pío de Pietralcina decía que debíamos estar en la Santa Misa con la misma actitud espiritual con la que estaban la Virgen y San Juan Evangelista al pie de la Cruz. Dicho esto, que la Santa Misa es un sacrificio, hay que agregar que, en la Santa Misa, el celebrante no es un mero “presidente de la asamblea”, sino el único sacerdote que ofrece el sacrificio in persona Christi. Para disipar cualquier duda, basta leer lo que enseña Pío XII en su encíclica “Mediator Dei”: “Sólo a los Apóstoles -varones, por eso no puede haber nunca mujeres sacerdotisas-, y en adelante a aquellos a quienes sus sucesores han impuesto las manos -solo los sacerdotes ministeriales, por eso los laicos no pueden celebrar/concelebrar la Santa Misa-, se concede la potestad del sacerdocio, en virtud de la cual representan la Persona de Jesucristo ante su pueblo, actuando al mismo tiempo como representantes de su pueblo ante Dios” (n. 40). Por tanto, en la Santa Misa, “el sacerdote actúa en favor del pueblo sólo porque representa a Jesucristo, que es Cabeza de todos sus miembros y se ofrece a sí mismo en lugar de ellos. De ahí que vaya al altar como ministro de Cristo, inferior a Cristo, pero superior al pueblo (San Roberto Belarmino, De missa II c.l.). El pueblo, por el contrario, puesto que no representa en ningún sentido al Divino Redentor y no es mediador entre él y Dios, no puede en modo alguno poseer la potestad sacerdotal” (n. 84).

Ahora bien, es indudable que los fieles presentes deben participar en el sacrificio del sacerdote en el altar con los mismos sentimientos que Jesucristo tuvo en la Cruz, y “junto con Él y por Él hagan su oblación, y en unión con Él ofrézcanse a sí mismos” (n. 80). Es decir, la participación de los fieles en la Santa Misa es unirse al Sacrificio de Jesús -que obra in Persona en el sacerdote ministerial-, a través del sacerdote ministerial, pero de ninguna manera poseen la potestad de realizar el Sacrificio por ellos mismos. Para evitar malentendidos, Pío XII reitera: “El hecho, sin embargo, de que los fieles participen en el sacrificio eucarístico no significa que también estén dotados de poder sacerdotal” (n. 82).

“Mediator Dei” enseña que “la inmolación incruenta en las palabras de la consagración, cuando Cristo se hace presente sobre el altar en estado de víctima, es realizada por el sacerdote y sólo por él, como representante de Cristo y no como representante de los fieles” (n. 92).

Por tanto, no se pueden condenar las misas privadas sin la participación del pueblo, ni la celebración simultánea de varias misas privadas en distintos altares, alegando erróneamente “el carácter social del sacrificio eucarístico” (n. 96).

Por un designio divino, Jesús instituyó simultáneamente el sacrificio eucarístico y el sacerdocio ministerial y concedió a sus ministros el privilegio exclusivo de renovarlo en los altares de forma incruenta hasta el fin de los tiempos. Si alguien pretendiera cambiar la Misa con el pretexto de “volver a un pasado más antiguo y original”, como el de los primeros cristianos, eso no sería un “enriquecimiento”[1], sino un empobrecimiento, ya que priva a la visión de la Iglesia sobre la Misa, de la luz procedente de las definiciones dogmáticas del Segundo Concilio de Nicea, del IV Concilio de Letrán, del Concilio de Florencia y sobre todo del importantísimo Concilio de Trento, así como de las intuiciones de muchos insignes gigantes de la teología y de la devoción eucarística, como Santo Tomás de Aquino, Roberto Belarmino, Leonardo de Port Maurice y Pedro Julián Eymard.

Es imprescindible recordar que en la Santa Misa, el fin principal es la adoración y glorificación de la Santísima Trinidad, Dios Uno y Trino, a Quien la Santa Iglesia le ofrece, por medio del sacerdote ministerial, el Santo Sacrificio del Altar, la Eucaristía, es decir, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, ya que esta es la verdadera y única ofrenda digna de la Trinidad y no el pan y el vino sin consagrar; el fin primario de la Santa Misa es entonces la adoración y glorificación de la Trinidad y nunca el fin subsidiario de santificar las almas, fin que es, precisamente, subsidiario y no principal.

En la Santa Misa, aunque está también presente su gloriosa Resurrección, puesto que en la Misa no comulgamos el Cuerpo muerto de Jesús el Viernes Santo, sino su Cuerpo glorificado, el centro del “misterio de la fe”, el centro del misterio de la Santa Misa se enfoca en la Pasión Redentora del Salvador, puesto que es, por definición, la “renovación incruenta y sacramental” del Santo Sacrificio de la cruz.

Otro elemento a tener en cuenta que, en la Santa Misa, según la teología católica, se hace hincapié y se enfatiza en el Sacrificio de Cristo en la cruz, sacrificio del cual la Santa Misa es su renovación incruenta y sacramental y en segundo lugar, solo en un segundo lugar, se hace mención al memorial, por lo que nunca se puede enfatizar el memorial en detrimento del sacrificio.

El Sacerdote ministerial no es “presidente de la asamblea”, sino aquel que, en carácter precisamente del sacerdote ministerial, ofrece el sacrificio in Persona Christi, es decir, es el único que representa a la Persona de Jesucristo ante el Nuevo Pueblo de Dios.

         La Santa Misa es un “sacrificio propiciatorio” y expiatorio por los pecados de los hombres, para salvar nuestras almas por medio de la Sangre de Cristo ofrecida al Padre y así evitar la eterna condenación en el Infierno; por lo tanto, la Santa Misa no es meramente la celebración jubilosa de la Alianza.

         Según los puntos esenciales de los dogmas definidos en el Concilio de Trento, la Santa Misa Una se deriva de la “lex orandi” de siempre, según la cual el catolicismo es la religión de un Dios infinitamente misericordioso que se apiada de los hombres destinados a la perdición eterna y para ello envía, por su Amor, el Espíritu Santo, a su Hijo, para que muriendo en la cruz aplacara la Ira divina, justamente encendida por los pecados de los hombres, pecados por los cuales los hombres deben hacer en esta vida un “mea culpa” perpetuo y reparar, ofreciendo principalmente el Santo Sacrificio del altar, la Santa Misa. Creer en otra cosa distinta es creer en otra fe, que no es la Santa Fe Católica; es pertenecer a otra iglesia, que no es la Santa Iglesia Católica.



[1] Como afirma erróneamente el cardenal Cantalamessa,

miércoles, 28 de septiembre de 2022

“Señor, auméntanos la Fe”

 


(Domingo XXVII - TO - Ciclo C - 2022)

“Señor, auméntanos la Fe” (Lc 17, 5-10). Los Apóstoles le piden a Jesús que “les aumente la Fe”. Esto nos lleva a considerar qué es la Fe y de qué Fe se trata. Según la Escritura, la Fe es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Heb 11). En nuestro caso, nuestra Fe católica se basa en las Palabras de Nuestro Señor Jesucristo, las cuales son el fundamento de nuestra fe; por ejemplo, que Él es Dios Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad; que Él se encarnó por obra del Espíritu Santo; que permanece con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Sagrada Eucaristía hasta el fin de los tiempos; que ha de venir a juzgar a vivos y muertos en el Día del Juicio Final, dando el Cielo a los que se esforzaron por vivir en gracia y cumplir sus Mandamientos y el Infierno a quienes no hicieron caso de sus palabras.

Nuestra Fe Católica, entonces, se basa en la Sagrada Escritura, en donde está contenida la Revelación de Dios a los hombres en Cristo Jesús, pero además nuestra Fe Católica se complementa con la Tradición de los Padres de la Iglesia y con el Magisterio, de manera que lo que no comprendemos o no está explícito en las Sagradas Escrituras, está contenido y explicitado en la Tradición y el Magisterio. Por eso es un error pretender que lo que no está en la Biblia no hay que tenerlo en cuenta, como hacen los protestantes: esto es un grave error, el criterio de la “sola Escritura”, porque como dijimos, para nosotros los católicos, la Fe no solo se basa en las Escrituras, sino en la Tradición y en el Magisterio.

         Ahora bien, para los católicos, otro elemento muy importante a tener en cuenta es que la Fe en la Sagrada Escritura no puede ser nunca de interpretación privada, como erróneamente sostienen los evangelistas o protestantes y otras sectas; es necesario que sea Cristo Dios quien, a través de su Espíritu, nos ilumine, para que seamos capaces de aprehender el verdadero sentido sobrenatural de las Escrituras. Dice así el Catecismo de la Iglesia Católica[1]: “Sin embargo, la fe cristiana no es una «religión del Libro». El cristianismo es la religión de la «Palabra» de Dios, «no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo» (San Bernardo de Claraval, Homilia super missus est, 4,11: PL 183, 86B). Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la inteligencia de las mismas (cf. Lc 24, 45)”. En otras palabras, para no caer en el error de interpretar las Sagradas Escrituras según el limitado límite de nuestra razón humana, debemos pedir siempre, antes de leer la Sagrada Escritura, la asistencia del Espíritu Santo, para que ilumine nuestras inteligencias y nos evite caer en el error del racionalismo, error que literalmente destruye el sentido sobrenatural de la Palabra de Dios e impide que la misma se aprehendida en su verdadero sentido por parte del alma humana.

         “Señor, auméntanos la Fe”. Jesús dice que si nuestra fe fuera del tamaño de un grano de mostaza, seríamos capaces de mover montañas. En la práctica, no sucede así, lo cual quiere decir que nuestra fe es verdaderamente pequeña. Sin embargo, la Fe de la Iglesia Católica es enormemente grande, porque por esta fe, el Hijo de Dios desciende de los cielos, obedeciendo a las palabras de la consagración que pronuncia el sacerdote ministerial, para quedarse en persona en la Eucaristía. Es por esto que, si nuestra fe personal es frágil, debemos unirnos a la Santa Fe de la Iglesia Católica, para que nuestra fe en la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía sea capaz de trasladar, mucho más que una montaña, al mismo Dios Hijo en Persona, desde el cielo al altar eucarístico. Por esto, también nosotros pidamos, como los Apóstoles, que el Señor, a través de la Virgen, nos aumente la Fe, la cual está codificada en el Credo de los Apóstoles, pero sobre todo le pidamos que aumente en nosotros la Santa Fe Católica en lo más preciado que tiene la Iglesia y que es la Santa Misa como renovación incruenta y sacrificial del Sacrificio del Calvario: “Señor, auméntanos la Fe en la Misa como renovación sacramental de tu Santo Sacrificio de la Cruz”.

 



[1] Cfr. Primera Parte, Capítulo II, Artículo 3, 108.

viernes, 30 de octubre de 2020

Conmemoración de todos los fieles difuntos


 

         La Iglesia nos invita a recordar a los seres queridos difuntos, pero no por una simple conmemoración; es decir, no se trata de un simple recuerdo, de un simple traer a la memoria y al afecto a los seres queridos que han fallecido. Además de esto, es decir, además de dedicar un día en el año para recordarlos con cariño y afecto, la Iglesia nos invita a que elevemos la mirada de la fe y recordemos las verdades de nuestra fe, para que vivamos este día no como un mero recuerdo afectivo de quienes ya no están, sino a la luz del misterio pascual de Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

         Es decir, la Iglesia quiere que recordemos a nuestros seres queridos difuntos, pero no solo para simplemente recordarlos y dedicarles un recuerdo cargado de afecto, sino para contemplar sus vidas y sus muertes a la luz de los misterios de la vida de Nuestro Señor Jesucristo. Cuando hacemos esto, nos damos cuenta de que ellos ya vivieron lo que nosotros aun creemos y todavía no hemos vivido, por estar, paradójicamente, vivos y no muertos. Es decir, nuestros seres queridos difuntos ya han vivido algo que nosotros también habremos de vivir en el momento de nuestra muerte y es lo que nos espera el día en el que muramos: han vivido ya el Juicio Particular; han vivido el encuentro personal con el Hombre-Dios Jesucristo; han comprobado, por propia experiencia, que todo lo que la Iglesia nos enseña acerca de las postrimerías –muerte, juicio, purgatorio, cielo, infierno-, es realidad y no invento de la mente humana. Ante todo, entonces, han atravesado el Juicio Particular, algo que todavía nosotros no hemos experimentado, pero hemos de experimentar el día en que muramos. Sabemos que luego del Juicio Particular viene el destino eterno, decidido por la Justicia Divina, que puede ser el Cielo –para muchos, previo paso por el Purgatorio- o el Infierno. Como confiamos en la infinita Misericordia Divina, esperamos que nuestros seres queridos estén ya en el Cielo o en el Purgatorio y es por eso que elevamos oraciones por ellos y ofrecemos misas por ellos; si pensáramos que se han condenado, de nada servirían nuestras oraciones por ellos. Pero como confiamos, como hemos dicho, en la Misericordia de Dios, que es infinita y eterna, esperamos que ya estén en el Cielo y si no lo están, esperamos que al menos estén en el camino al Cielo, en el Purgatorio. Después de todo, Nuestro Señor Jesucristo murió en la Cruz y resucitó al tercer día por todos los hombres, es decir, también por nuestros seres queridos, por eso, es ocasión de no solo recordar a nuestros seres queridos difuntos, sino también de dar gracias a Nuestro Señor Jesucristo, que los amó más que nosotros, al punto de dar la vida en la Cruz por su salvación.

         Entonces, es por esta razón que la Iglesia dedica un día especial en el año a los seres queridos difuntos: no solo para que los recordemos con afecto, que debemos hacerlo, sino para que recemos por ellos, por si se diera el caso de que estuvieran en el Purgatorio y todavía no en el Cielo, para que prontamente se purifiquen e ingresen en el Reino de Dios; también la Iglesia dedica este día como una ocasión para que glorifiquemos a la Divina Misericordia, porque por la Divina Misericordia es que esperamos que se hayan salvado, es decir, que hayan evitado la eterna condenación en el Infierno.

         Por estas razones, la Conmemoración de los Fieles Difuntos no debe quedar, para el cristiano, en un mero recuerdo afectivo: debe ser un día de ayuno y oración, pidiendo por el eterno descanso de nuestros seres queridos, además de ser un día dedicado a glorificar a la Divina Misericordia. Para ambos objetivos, lo más perfecto y agradable a Dios Trino es el ofrecimiento de la Santa Misa, la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, realizado por Cristo en el Calvario, para la salvación de nuestros amados difuntos.

domingo, 14 de junio de 2020

El Padrenuestro se vive en la Santa Misa



          La oración del Padrenuestro es especial no sólo por el hecho de haber sido enseñada por Nuestro Señor Jesucristo en Persona, sino también porque se vive en la Santa Misa. En efecto, cada petición del Padrenuestro se cumple en cada Santa Misa.
          Veamos:
          “Padre nuestro que estás en el Cielo”: en el Padrenuestro nos dirigimos a Dios, nuestro Padre, que está en el Cielo; en la Santa Misa, Dios Nuestro Padre está Presente en Persona porque el altar, por la liturgia eucarística, se convierte en el Cielo, donde está Dios Nuestro Padre.
          “Santificado sea Tu Nombre”: si en el Padrenuestro pedimos que el Nombre de Dios sea santificado, en la Santa Misa el Nombre Tres veces Santo de Dios es santificado y glorificado por Dios Hijo en Persona, al ofrecerse por la salvación de los hombres en su sacrificio en cruz, renovado incruentamente sobre el altar.
          “Venga a nosotros tu Reino”: en la Misa se cumple esta petición porque el altar se convierte en el Cielo, pero además, la petición está extra-colmada, porque además de convertirse el altar en el Cielo donde mora Dios, viene al altar eucarístico el Rey del Reino de los cielos, Jesús Eucaristía.
          “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo”: en la Santa Misa se cumple esta petición a la perfección, porque la voluntad de Dios es que todos los hombres se salven y por la Misa, Jesucristo renueva incruenta y sacramentalmente el Santo Sacrificio de la Cruz, sacrificio por el cual somos salvados, al ser derramada sobre nuestras almas la Sangre del Cordero.
          “Danos hoy nuestro pan de cada día”: por la Santa Misa esta petición se cumple doblemente, porque por un lado, pedimos a Dios el pan material, que Dios nos concede diariamente en su Providencia; por otro lado, Dios nos da otro pan, un Pan celestial, el Pan de Vida eterna, la Sagrada Eucaristía.
          “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”: en la Misa, esta petición se cumple anticipadamente, porque la razón de ser de la Misa es el perdón de nuestros pecados, los cuales quedan perdonados por la Sangre del Cordero derramada en la Cruz y recogida en el Cáliz; además, por la Eucaristía, recibimos al Sagrado Corazón de Jesús y al Amor de Dios que en Él inhabita, Amor que nos concede el amor necesario para perdonar a quienes nos ofenden.
“No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”: en la Santa Misa se cumple esta petición porque por un lado, recibimos a Cristo Dios en la Eucaristía, quien nos comunica de su Fuerza divina, más que suficiente para rechazar cualquier tentación; por otro lado, por el Santo Sacrificio de la Cruz, renovado incruenta y sacramentalmente sobre el altar, el pecado queda destruido, la muerte aniquilada y el mal en persona, el Ángel caído, queda vencido para siempre y así nos vemos libres de todo mal.
Por todas estas razones, el Padrenuestro se vive en la Santa Misa.

lunes, 6 de abril de 2020

Jueves Santo: La Última Cena


La última cena de Jesús fue un miércoles
(Ciclo A – 2020)

          En la Última Cena y sabiendo Jesús que “había llegado la Hora de partir de este mundo al Padre” (Jn 13, 1), movido por su amor misericordioso, deja para la Iglesia dos dones, dos instituciones, el sacerdocio ministerial y la Sagrada Eucaristía. La Sagrada Eucaristía, para que sirva de alimento exquisito y super-substancial, que alimente con la vida eterna de Dios Trino, a todas las generaciones de fieles discípulos suyos, que lo seguirán hasta el fin del mundo; el sacerdocio ministerial, para que la Iglesia pueda confeccionar la Sagrada Eucaristía y “hacerlo en memoria suya” hasta que Él vuelva. Tanto uno como otro sacramento, entonces, son de institución divina, es decir, no son invención del hombre: la Eucaristía no puede ser confeccionada sin el sacerdocio ministerial, y el sacerdocio ministerial no tiene sentido sin la Eucaristía.
          Eucaristía y Sacerdocio ministerial son, entonces, dones del Sagrado Corazón de Jesús, del amor de infinito de su divina misericordia, que prevé con anticipación que los hombres necesitarán el alimento eucarístico, el Pan del cielo, que concede la vida eterna a quien lo consume y, por otro lado, necesitarán del sacerdocio y de sacerdotes, que estén en grado de perpetuar el Santo Sacrificio del altar.
          En la Última Cena, Jesús lleva a cabo lo que podemos decir que es la Primera Santa Misa, porque convierte el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre, aunque sea todavía necesario que se consume el Santo Sacrificio de la Cruz. A partir de entonces, cada Santa Misa celebrada por un sacerdote ministerial, renovará, de forma incruenta y sacramental, al Santo Sacrificio del Calvario, constituyendo la Santa Misa -y por lo tanto la Eucaristía- una sola unidad y un solo sacrificio, el de la Santa Cruz. Quien asiste a la Santa Misa, asiste por lo tanto al Santo Sacrificio del Viernes Santo, llevado a cabo en la Cruz. Allí Jesús entrega su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad, por nuestra redención, por nuestra salvación; en la Santa Misa, de modo invisible, insensible, incruento y sacramental, Jesús realizará sobre el altar eucarístico -a través de la persona del sacerdote ministerial- el mismo y único Santo Sacrificio de la Cruz. De ahí que quien asista a la Santa Misa debe asistir como si asistiera al Sacrificio del Gólgota, realizado hace veintiún siglos.
          Al conmemorar el Jueves Santo de la Pasión del Señor, recordemos los dones del amor misericordioso del Sagrado Corazón de Jesús, la Eucaristía y el Sacerdocio ministerial; agradezcamos con toda el alma por ello y asistamos a la Santa Misa como si Jesús estuviera en el altar, en lugar del sacerdote ministerial y como si la Santa Misa fuera el Santo Sacrificio del Viernes Santo.

lunes, 26 de septiembre de 2016

“Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén”



“Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén” (Lc 9, 51-56). El Evangelio destaca la actitud decidida, firme, valiente, de Nuestro Señor Jesucristo: “Jesús se encaminó decididamente a Jerusalén”. Esta actitud de Jesús se valora en toda su dimensión cuando se considera la oración previa que revela la causa por la que se dirige “decididamente” a Jerusalén, y es el haber llegado la Hora de su Pasión: “Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo”, esto es, cuando debía ya, en el tiempo establecido por el Padre, llevar a cumplimiento su misterio pascual de Muerte y Redención, “Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén”. Es decir, Jesús, en cuanto Hombre-Dios, sabía perfectamente qué es lo que habría de sucederle; sabía que sería acusado injustamente y sentenciado a muerte; sabría que sería flagelado y coronado de espinas y luego ajusticiado en el patíbulo de la cruz; sabía que sería abandonado por sus discípulos –los mismos a los que habría de llamar “amigos” en la Última Cena-; sabía que sería traicionado por el “hijo de la perdición”, Judas Iscariote; sabía que sería abandonado por todos, menos por su Madre, la Virgen; sabía que habría de morir de una muerte cruenta y dolorosísima en la cruz, y sin embargo, se encamina “decididamente” hacia Jerusalén. Además de su valentía y fortaleza sobrehumanas, destaca en Jesús el Amor que arde en su Sagrado Corazón, por todos y cada uno de los hombres, porque es por ellos, por todos los hombres de todos los tiempos, por los que se encamina “decididamente” a Jerusalén, para redimirlos y santificarlos mediante su muerte en cruz. Esto quiere decir que Jesús, en su “caminar decidido” hacia Jerusalén, no sólo estaba pensando en cuánto habría Él de sufrir, sino que estaba pensando en todos y cada uno de nosotros, porque era por nosotros, por nuestra salvación individual y personal, de todos y cada uno de los hombres, por quienes decidía sufrir la Pasión. Esto nos hace ver que si la valentía y fortaleza de Jesús son enormes, pues no lo amedrenta el sacrificio de la cruz, inmensamente mayor es su Amor por nosotros, porque es por Amor a nosotros, a cada uno de los hombres, que se decide encaminarse a Jerusalén. Es decir, Jesús no sólo piensa en su Pasión, sino que nos tiene, a todos y cada uno de los hombres, en su Sagrado Corazón, cuando se encamina “decididamente” a Jerusalén. Entonces, esto nos lleva a la siguiente reflexión: si Jesús, pensando en mí y sólo en mí, movido por el Amor infinito y eterno que arde en su Sagrado Corazón, se encaminó “decididamente” a Jerusalén para sufrir su Pasión, Muerte y Resurrección, ¿por qué yo no me dirijo “decididamente” a la Santa Misa, en donde se renueva, en el altar y por el misterio de la liturgia eucarística, de modo incruento, el mismo y único Sacrificio de la Cruz? Jesús se encaminó “decididamente” hacia Jerusalén, para morir por mí en la cruz, ¿y qué hago yo? ¿Me encamino “decididamente” hacia la Santa Misa, renovación incruenta del sacrificio de la cruz, movido por amor a Jesús?  

martes, 5 de abril de 2016

“Como Moisés elevó la serpiente en el desierto así tiene que ser elevado el Hijo del hombre”



       “Como Moisés elevó la serpiente en el desierto así tiene que ser elevado el Hijo del hombre” (Jn 3, 7-15). Jesús compara la acción de elevar la serpiente de bronce en el desierto, por parte de Moisés, con la elevación en la cima del Monte Calvario, de la cual Él mismo será objeto, para que el alma que lo contemple reciba algo mucho más grande que la curación de una herida, para que “todo aquel que crea en Él, tenga vida eterna”. Para poder aprehender el sentido sobrenatural de la frase de Jesús y el porqué de su comparación, hay que traer a colación el episodio bíblico. En el desierto, mientras peregrinaba hacia la Tierra Prometida, el Pueblo Elegido sufrió un ataque por parte de numerosas serpientes venenosas, ante lo cual Dios le ordenó a Moisés que fabricara una serpiente de bronce y la elevara en lo alto, para que el que hubiera sufrido la mordedura de la serpiente, fuera milagrosamente curado ante la vista de la serpiente de bronce, lo cual así sucedió. En este episodio, estamos representados los bautizados, como miembros de la Iglesia Católica: los integrantes del Pueblo Elegido representan a los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica; la Jerusalén terrena representa a la Nueva Jerusalén, la Ciudad Santa que está en el cielo, no en este mundo; las serpientes representan a los demonios; el desierto es esta vida terrena, que se desarrolla en el tiempo y el espacio; las mordeduras de las serpientes y el veneno inoculado representan a los demonios que inoculan en el alma el veneno de la soberbia y de la rebelión contra Dios; la muerte en el desierto representa la muerte eterna; la serpiente de bronce representa a Jesús; los que miran a la serpiente, representan a quienes se arrodillan ante Jesús crucificado y contemplan sus llagas, su corona de espina, su Costado traspasado, sus manos y pies clavados, su Sangre; las curaciones milagrosas que reciben los que ven la serpiente, representan el don de la vida eterna que recibe aquel que contempla a Jesús crucificado con fe y con amor: la vida eterna.
“Como Moisés elevó la serpiente en el desierto así tiene que ser elevado el Hijo del hombre”. De manera análoga, y debido a que la Santa Misa es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, también el que contemple a Jesús elevado en la Eucaristía, recibe el don de la vida eterna, don mediante el cual “nace de nuevo por el Espíritu”, no para este mundo, sino para el Reino de los cielos.

martes, 16 de febrero de 2016

“Cuando ustedes oren, no hagan como los paganos (…) Oren así: ‘Padrenuestro que estás en los cielos…’”


         “Cuando ustedes oren, no hagan como los paganos (…) Oren así: ‘Padrenuestro que estás en los cielos…’” (Mc 6, 7-15). Jesús enseña a sus discípulos a orar y da dos indicaciones acerca de cómo debe orar un cristiano: por un lado, debe ser una oración que se diferencie de la “oración de los paganos”, quienes “creen que oran porque hablan mucho”, con lo cual Jesús quiere dar a entender la vacuidad en el orar a deidades demoníacas, como es propio del paganismo, y una oración así no es escuchada por Dios: “Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados”. Entonces, por exclusión y en el polo opuesto a las oraciones realizadas por los paganos –la oración mecánica, fría, sin amor por el Dios verdadero-, se encuentra la oración del cristiano, la cual, para ser auténtica –y para que sea escuchada por Dios-, debe nacer del corazón, lo que quiere decir que debe ser una oración hecha con amor y la razón de esto es que “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8) y, por lo tanto, sólo escucha las oraciones hechas con amor.
La otra indicación para orar es que los cristianos, desde ahora en adelante, pueden llamar a Dios “Padre”: “Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo”. Ahora bien, también los judíos llamaban a Dios “Padre”, pero la diferencia con la paternidad de Dios a partir de Jesucristo, es que ahora Dios es “verdaderamente” –ontológicamente, podríamos decir- Padre, porque la gracia santificante comunicada por Jesucristo hace al alma participar de la filiación divina del Hijo de Dios, de manera tal que el bautizado es hecho “verdaderamente” –ontológicamente- hijo de Dios por el bautismo debido a que precisamente recibe la participación en la filiación divina con la cual el mismo Jesucristo es Hijo de Dios desde la eternidad. En otras palabras, el llamar “Padre” a Dios no es, para el bautizado en la Iglesia Católica, una cuestión de sentimentalismo: a partir del momento en el que recibe el bautismo, el católico se convierte en verdadero hijo de Dios al recibir la participación en la filiación divina del Hijo Unigénito de Dios, Jesucristo. Los otros hombres –los no bautizados- sólo son “hijos de Dios” de modo genérico, en el sentido de que son creación de Dios, pero no son hijos de Dios en el mismo sentido y en el mismo grado que los católicos, que recibieron el bautismo sacramental.
         “Cuando ustedes oren…”. Dos indicaciones, entonces, de Jesús, para la oración verdaderamente cristiana: debe ser hecha con amor y no debe ser una mera repetición mecánica; debe ser dirigida a Dios con un sentimiento realmente filial porque, por Jesucristo, hemos sido adoptados como hijos verdaderamente suyos y por lo tanto es verdaderamente nuestro “Padre”.
Entonces, surge la pregunta: si así debe ser la oración de los cristianos -surgida desde lo más profundo del corazón y con sentimiento de hijos verdaderos-, ¿cuál es, de entre todas las oraciones, la oración más perfecta? La oración más perfecta, es decir, la que se realiza con amor infinito y eterno a Dios y con un sentido verdaderamente filial, es la Santa Misa, porque allí Jesucristo, el Hijo de Dios, ama al Padre con un amor infinito y eterno, el Amor que inhabita en su Sagrado Corazón y le da gracias por haber salvado a los hombres por medio del Santo Sacrificio de la Cruz, renovado en forma incruenta y sacramental sobre el altar, al entregar su Cuerpo en la Eucaristía y derramar su Sangre en el cáliz. Entonces, uniéndonos a Jesucristo en el Santo Sacrificio del Altar, damos a Dios la más perfecta oración cristiana, la oración de acción de gracias del Hijo de Dios, que nace de su Sagrado Corazón y se eleva al Padre por el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

         

viernes, 25 de septiembre de 2015

“Si tu mano, tu pie, tu ojo (…) te apartan de la Ley de Dios, córtatelos, porque más vale entrar sin ellos al Reino de los cielos, que ir con ellos al infierno”


(Domingo XXVI - TO - Ciclo B – 2015)

         “Si tu mano, tu pie, tu ojo (…) te apartan de la Ley de Dios, córtatelos, porque más vale entrar sin ellos al Reino de los cielos, que ir con ellos al infierno” (cfr. Mc 9, 38-43. 45. 47-49). Jesús utiliza imágenes muy gráficas y crudas –cortarse una mano, cortarse un pie, arrancarse el ojo- para que tomemos conciencia de la importancia de lo que está en juego, la vida eterna en el Reino de los cielos y la gravedad que significa perderlo, porque quien pierde el cielo no solo pierde el cielo, sino que gana el infierno, revelado por el mismo Jesús en su existencia, puesto que pronuncia explícitamente la palabra “infierno” y descripto por Él como “el fuego inextinguible (...) donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.
         Cuando Jesús dice: “Si tu mano, tu pie, tu ojo (…) te apartan de la Ley de Dios, córtatelos, porque más vale entrar sin ellos al Reino de los cielos, que ir con ellos al infierno”, lo que hace, por un lado, es revelar los dos destinos eternos que esperan al alma luego de esta vida: el cielo o el Infierno (en comparación con lo que es la realidad del infierno, las imágenes que utiliza Jesús no permiten ni siquiera darnos una idea), porque el Purgatorio es la antesala del cielo, la purificación en el Amor de quienes no murieron con el suficiente amor a Dios en el corazón como para entrar inmediatamente en la contemplación de la Divina Esencia trinitaria.
Con el ejemplo gráfico de auto-amputarse uno la mano o el pie, o de auto-arrancarse el ojo, Jesús no nos anima a hacer esto física y realmente, como es obvio; sin embargo, con la crudeza de esta afirmación, nos quiere despertar espiritualmente para que veamos la realidad del pecado y de la gracia y las consecuencias que se siguen de consentir el pecado y rechazar la gracia, que es la pérdida de la vida eterna: obrar cosas malas, dirigir los pasos hacia malos lugares, mirar con mala intención; todo esto es consentir al pecado y rechazar la gracia. Todo eso impide al hombre el acceso al Reino de los cielos y la eterna bienaventuranza y puesto que el Reino es algo tan maravilloso y dura por toda la eternidad, no vale la pena perdérselo por unos pocos e infames placeres mundanos, que son un parpadear de ojos en comparación con la eternidad.
         Por otro lado, Jesús revela, de modo indirecto, la importancia de cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios, porque es a través de los Mandamientos que el hombre obrará de tal manera, que ganará el Reino de los cielos. Por el contrario, si no tiene en la mente y en el corazón los Mandamientos de la Ley de Dios, conservará sus extremidades y su vista en esta tierra –“conservará su vida”-, pero obrará el mal y se apartará de Dios para siempre en el infierno –“perderá su alma” para siempre-. Así vemos que Dios no da los Mandamientos para hacer más difícil la vida del hombre, sino que los da para que sea feliz en esta vida y en la otra.
“Si tu mano, tu pie, tu ojo (…) te apartan de la Ley de Dios, córtatelos, porque más vale entrar sin ellos al Reino de los cielos, que ir con ellos al infierno”. Es obvio que Jesús no nos pide que hagamos esto de modo literal, sino figurado, porque no tenemos necesidad de hacerlo, gracias a su sacrificio en cruz. Ante la advertencia de Jesús de “cortarnos” una mano, un pie, o “arrancarnos” un ojo, para poder entrar en el Reino de los cielos, nos preguntamos: ¿tenemos que cortarnos una mano, para entrar en el Reino de los cielos? No, porque Jesús se dejó clavar sus manos con gruesos clavos de hierro, para que tuviéramos las manos libres para elevarlas en adoración a Dios y para extenderlas en ayuda a los hermanos más necesitados. ¿Tenemos que cortarnos un pie, para entrar en el Reino de los cielos? No, porque Jesús se dejó clavar sus pies por un grueso clavo de hierro, para que nosotros pudiéramos libremente dirigir nuestros pasos no en dirección al pecado, sino en dirección al Nuevo Calvario, la Santa Misa, en donde se renueva sacramental e incruentamente el Santo Sacrificio de la cruz, y para que pudiéramos dirigir nuestros pasos hacia donde se encuentran nuestros hermanos, que necesitan de nuestra misericordia. ¿Tenemos que arrancarnos un ojo para entrar en el Reino de los cielos? No, porque Jesús dejó que sus ojos quedaran cubiertos por la Sangre preciosísima que brotaba de su Cabeza coronada de espinas, para que nosotros viéramos el mundo y las creaturas así como Él las ve desde la cruz, para que las amemos como Él las ama desde la cruz.
“Si tu mano, tu pie, tu ojo (…) te apartan de la Ley de Dios, córtatelos, porque más vale entrar sin ellos al Reino de los cielos, que ir con ellos al infierno”. No necesitamos arrancarnos un ojo, ni cortarnos una mano, ni cortarnos un pie, para apartarnos del pecado y entrar en el Reino de los cielos: lo que necesitamos es querer ser crucificados junto a Jesús, para morir al hombre viejo, para nacer de lo alto, como hijos adoptivos de Dios; necesitamos querer unirnos, de todo corazón y por la gracia, a Jesús en la cruz, para comenzar a vivir, ya en anticipo, la alegría y el gozo del Reino de los cielos.

martes, 20 de enero de 2015

“El Hijo del hombre es señor también del sábado”


“El Hijo del hombre es señor también del sábado” (Mc 2, 23-28). Mientras atraviesan unos sembrados, algunos discípulos de Jesús, sintiendo hambre, arrancan espigas y comen; esta acción escandaliza a los fariseos, puesto que es claramente una acción manual, la cual estaba prohibida en el día sábado, constituyendo por lo tanto una infracción de la ley: “¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?”. Jesús les responde con otra infracción de la ley, cometida nada menos que por el rey David, y en una situación muy similar: David y sus hombres, sintiéndose con hambre, ingresan “en la casa de Dios” y comen de los panes de la proposición, que estaban reservados solo a los sacerdotes, y comió él y se lo dio a sus hombres: “¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros”. Con este ejemplo, Jesús quiere hacerles ver a los fariseos, que el precepto humano legal puede ser quebrantado, cuando hay una razón de fuerza mayor: así como ni David ni sus hombres cometieron falta comiendo de los panes de la proposición, así tampoco sus discípulos cometieron falta comiendo espigas, porque tanto en uno como en otro caso, la ley podía ser quebrantada para satisfacer una necesidad vital, en ambos casos, la alimentación corporal, y esto es lo que Jesús significa cuando dice: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”.
Pero luego Jesús finalizará diciendo algo que va más allá de la casuística legal en la que ha sido cuestionado por los fariseos, y es algo referido a la Nueva Economía de la salvación que Él viene a instaurar, en la que la Antigua Ley, precisamente, en la que se basan los fariseos, quedará derogada: “el Hijo del hombre es señor también del sábado”. Con esta frase, Jesús está anticipando su misterio pascual de muerte y resurrección, misterio por el cual el sábado, día sagrado del Antiguo Testamento, quedará suprimido, para dar lugar al Domingo, Dies Domini, el Nuevo Día del Señor de la Nueva Ley, la ley de la caridad, porque Él resucitará “al tercer día”, esto es, en el Día Domingo, quedando desde entonces, y para siempre, establecido el Domingo como día sagrado, y ya nunca más el sábado.

El motivo es que el Domingo, Día de Señor, Jesús resucita glorioso, lleno de la vida y de la gloria divina, la misma vida y la misma gloria que Él poseía en cuanto Dios Hijo desde la eternidad, y que se la comunica a su Humanidad Santísima que yacía muerta en el sepulcro, lo cual constituye, en unidad y junto con el Viernes Santo y el Santo Sacrificio de la Cruz, el inicio de la Nueva Economía de la salvación establecida por Él, Nueva Economía por la cual los hombres serán salvos, no ya por cumplir la Ley Antigua y observar el sábado, sino por cumplir la Ley Nueva de la caridad y observar el Domingo, y serán alimentados no con espigas de trigo o panes de la proposición, sino con el Pan Vivo bajado del cielo, el Verdadero Maná celestial, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, la Eucaristía. A nosotros, discípulos suyos que atravesamos el campo de la vida y del mundo en dirección a la Jerusalén celestial, Jesús no nos alimenta con espigas de trigo, sino con un trigo cocido en el Fuego del Espíritu Santo y convertido en Pan de Vida eterna; a nosotros, que como el rey David, ingresamos con hambre de Dios en el santuario, Jesús nos alimenta, por la Santa Misa, con el Nuevo Pan de la Proposición, su Carne y su Sangre gloriosos, la Eucaristía, que nos sacia con la substancia divina del Ser trinitario y nos nutre con el Amor celestial, eterno e infinito, de su Sagrado Corazón.

viernes, 5 de septiembre de 2014

“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”


(Domingo XXIII - TO - Ciclo A - 2014)
         “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 15-20). En este Evangelio, Jesús nos hace ver dos cosas: por un lado, la importancia de la oración, y por otro, la importancia de la oración en comunidad: “Donde hay dos o tres -comunidad- reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. Cuando hay oración y oración en comunidad –esto es lo que significa “dos o tres”, quiere decir “grupo” o “cantidad”, Jesús está “en medio de ellos”-, lo cual es un aliciente para que los miembros de la Iglesia se reúnan a orar en grupos. No es un alegato contra la oración individual, todo lo contrario, puesto que la oración individual también es encarecidamente recomendada por Jesús, cuando dice que el que quiera rezar debe “cerrar la puerta de su habitación y orar al Padre del cielo, y el Padre, que ve en lo oculto” escuchará esa oración; la oración individual es sumamente necesaria, porque nuestra relación con Dios es ante todo y en primer lugar, de tipo personal, individual, y es por eso que la “puerta cerrada de la habitación” y el orar en esa “habitación cerrada”, significa el orar a solas, de modo individual, íntimo y privado, con Dios Uno y Trino. Aún más, el cristiano está llamado a entablar una relación personal, de “tú a tú” con cada una de las Personas de la Santísima Trinidad, y esto no se puede hacer de manera grupal, colectiva, sino individual, personal, íntima, porque cada persona es un individuo único e irrepetible.
Hecha esta salvedad acerca de la oración personal, retornamos entonces a la oración grupal a la cual nos invita Jesús en este Evangelio: cuando Jesús dice: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”, esto sí nos conduce a la noción de una oración hecha ya no de modo individual, personal, íntimo, sino a una oración realizada entre personas reunidas en grupos de oración, es decir, es una oración que se realiza de modo grupal y no individual. Dentro de la Iglesia, hay distintos modos y niveles de hacer esta oración grupal, pero lo que hay que tener en cuenta, desde un principio, es que, tanto en la oración individual, como en la grupal, cuando se siente el impulso de rezar a Jesús en cuanto Hombre-Dios, ese deseo de orar proviene del Espíritu Santo; es decir, es una gracia y se debe secundar de inmediato, y no debe, de ninguna manera, dejársela de lado, porque como dice Sor Faustina Kowalska, esa gracia pasa y luego no vuelve más[1].
Ahora bien, podríamos decir que en la Iglesia hay dos niveles de oración grupal, inspiradas por el Espíritu Santo: la familia y la misma Iglesia.
El primer nivel de oración grupal, inspirado por el Espíritu Santo, es la familia, y es por esto que los Padres de la Iglesia la llamaban la “Iglesia doméstica”[2], porque la consideraban como una verdadera iglesia en pequeño, en donde los padres debían ser los primeros catequistas de los hijos y en donde los hijos debían amar y respetar a los padres, por representar estos a la voz de Dios.  Los padres, por lo tanto, tienen el deber de construir sus familias como verdaderas “Iglesias domésticas”, según la enseñanza de los Padres de la Iglesia.
Los padres de familia pueden -y deben- hacer gustar el Amor de Jesús a sus hijos: si se preocupan por dar de comer a sus hijos y porque sus hijos tengan la mejor educación, mucho más tienen que preocuparse porque sus hijos se alimenten de la Palabra de Dios encarnada, que es Jesús en la Eucaristía, que se dona a sí mismo en la Misa del Domingo, y deben preocuparse porque sean educados por la Sabiduría divina, que es Jesús en Persona, que se dona en la Palabra y en el Evangelio dominical. Los padres de familia pueden y deben transformar a sus respectivas familias en una 2Iglesia doméstica”, según el espíritu de los Padres de la Iglesia, convocados por el Espíritu Santo, para que todos gusten la Presencia de Jesucristo, y esto lo pueden lograr mediante el recurso de su autoridad paterna, convocando, de modo amoroso, pero firme, a los hijos, alrededor de un altar familiar, en donde estén las imágenes centrales de Jesús y de la Virgen y luego también las de San Miguel Arcángel y las de los santos a los cuales se les tenga más devoción, para así hacer oración en familia, dedicándole un tiempo durante la semana a la oración, recordando las palabras de Jesús en el Evangelio: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”, y donde está Jesús, está la Virgen, y donde están Jesús y la Virgen, están los ángeles de luz y los santos, y esa es la razón por la cual la familia que reza, se convierte en un faro de luz que irradia luz de salvación a los demás (lo que deben tener en cuenta los padres es que, si no se rezan con sus hijos, si Jesús y la Virgen no constituyen el centro de las familias, el centro familiar será ocupado por el televisor, por Internet, por el celular, por la Tablet, por la Play Station, lo cual quiere decir, el espíritu del mundo, que es el espíritu de las tinieblas, porque el espíritu de las tinieblas está pronto a ocupar el lugar que solo le corresponde a Dios, pero que por tibieza, indiferencia, negligencia o ignorancia, queda vacío).
La familia entonces se convierte en un lugar de oración cuando los padres, respondiendo al impulso del Espíritu, convocan a los hijos a orar, y esto constituye para los padres una obligación y un deber ante Dios, pero si los padres de familia tienen la obligación de convertir a sus hogares en Iglesias domésticas, los hijos, a su vez, tienen el deber de amor de escuchar a sus padres y de obedecerles, cuando estos les inviten a rezar, en virtud del Cuarto Mandamiento de la Ley de Dios: “Honrarás Padre y Madre”, porque la honra se demuestra con la obediencia y la obediencia se basa en el amor. Entonces, es el Espíritu Santo el que convoca a los padres de familia y a los hijos a formar grupos de oración en sus hogares, pero lo hace no para que lo sientan como un “deber obligatorio, pesado y aburrido, porque lo dijo el padre en el sermón”, sino que el Espíritu Santo sopla en los corazones invitando a la oración en familia, para que padres e hijos hagan de sus hogares la Iglesia doméstica, y así experimenten en sus corazones la dulce Presencia de Jesús, quien no dejará de hacerse sentir, con el Amor de su Sagrado Corazón, en lo más profundo de quienes lo invoquen con fe y con amor. Ése es entonces el primer nivel en donde actúa el Espíritu Santo, convocando a los miembros de la Iglesia a formar una comunidad viva y orante: en la familia, constituyéndola como “Iglesia doméstica”.
         El otro nivel de oración comunitaria en el que actúa el Espíritu Santo es el propiamente eclesial, en donde la Iglesia se encuentra organizada ya como institución y en donde el Espíritu de Dios opera insuflándole vida, porque lo que mueve a la Iglesia, lo que le da vida, es el Espíritu Santo, el cual por este motivo es llamado también “Alma de la Iglesia”. Y como Alma de la Iglesia, le da vida al Cuerpo Místico de la Iglesia, los bautizados y la vida para los bautizados consiste en la unión con el Ser trinitario de Dios y esa unión viene por la oración y de todas las oraciones de la Iglesia, la más perfecta de todas, es la Santa Misa, porque en ella es Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, quien reza y se ofrece como Víctima propiciatoria, en expiación por los pecados del mundo. 
           Entonces, si el impulso a rezar en la familia se debe a la acción del Espíritu Santo, mucho más intensa es la acción convocante del Espíritu para la Santa Misa, en donde Jesús se hace Presente en Persona, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad y el Amor de su Sagrado Corazón eucarístico y se hace presente en el altar eucarístico, en medio de la asamblea, para donarse a sí mismo, a todos y cada uno, para dar a todos la plenitud del Amor del Padre y del Hijo.
“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. El Espíritu Santo convoca a los hombres para hacer gustar el Amor de Dios por medio de la oración y por la Santa Misa, pero hoy los hombres, la inmensa mayoría, hacen oídos sordos a esta invitación, y prefieren en cambio reunirse por motivos muy distintos: por partidos de fútbol, de rugby, o por carreras de fórmula uno, o por eventos sociales de todo tipo, como casamientos, cumpleaños, graduaciones, etc. y en esos eventos, el espíritu mundano es el que los convoca, y ese espíritu mundano les propone todo tipo de vanidades y mundanidades -diversiones vanas, pasajeras, superfluas, peligrosas, que ponen en riesgo la salvación eterna-, y los hombres, sin embargo, acuden gustosos a esas reuniones mundanas; los hombres, de todo tipo de clase y condición social, y de cualquier edad, acuden gustosos a reunirse para festejar y celebrar el espíritu del mundo, pero cuando el Espíritu Santo les sugiere reunirse para orar y así gustar la Presencia del Señor Jesús –“Ved qué bueno es el Señor, hagan la prueba y véanlo, dichoso aquel que busca en Él refugio”, dice el Salmo[3]-, todos tienen excusas para no acudir a la cita, posponiendo e intercambiando al Rey de los cielos por pasatiempos vanos e inútiles que conducen, detrás de la sensualidad, las luces multicolores, la música estridente, las carcajadas, el alcohol y las substancias tóxicas sin freno, a las siniestras puertas del Abismo de donde no se sale y en donde no hay redención.
“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. Cuando se siente el deseo y el impulso de rezar a Jesucristo –sea de modo individual o en grupo-, hay que tener en cuenta que es el Espíritu Santo el que nos convoca a la oración, y que esto es una gracia, porque “nadie puede pronunciar el nombre de Jesús, sino es inspirado por el Espíritu”[4], por lo cual no se debe rechazar esa gracia, a riesgo de que no vuelva más. También hay que considerar que la convocatoria a la oración que hace el Espíritu, es una convocatoria de amor, porque el Espíritu que nos congrega a los bautizados es el mismo Espíritu que une al Padre y al Hijo en el Amor, y que procediendo de ambos en el cielo[5], convoca a la unidad y a la comunión en un solo Cuerpo Místico, la Iglesia, y por eso es una convocatoria a la comunión en el Amor y para el Amor Divino, porque el Espíritu Santo, dice San Agustín, nos reúne entre nosotros, formando un solo Cuerpo, que es la Iglesia, en el Amor, pero para que gocemos del Padre y del Hijo, en el Espíritu, que es Amor[6]; en otras palabras, cuando el Espíritu Santo nos convoca a orar, esa convocatoria es una convocatoria para gustar el Amor del Sagrado Corazón de Jesús, para que por su Amor nos unamos al Padre. 
Y si esta convocatoria del Espíritu sucede a nivel de familia -que es un grupo eclesial pequeño- es válido, con mucha mayor razón todavía es válido, cuando se trata de la Santa Misa: cuando el Espíritu Santo nos convoca para la Santa Misa, no nos convoca para un rito aburrido y tedioso; no nos convoca para un evento social; no nos convoca para cumplir con un precepto religioso de una determinada iglesia; cuando el Espíritu Santo nos convoca a la Santa Misa, lo hace porque se hará Presente el Rey de reyes y Señor de señores, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el Hombre-Dios Jesucristo, quien luego de bajar del cielo obedeciendo al sacerdote ministerial, después de las palabras de la transubstanciación, se ocultará y quedará escondido detrás de algo que parece pan pero que ya no lo será más, porque será su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, es decir, la Eucaristía, y todo lo hará para donar el Amor de su Sagrado Corazón. 
“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. Para que asistamos a la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa y para que recibamos la plenitud del Amor de Dios, contenido en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, es que el Espíritu Santo nos convoca el Domingo, Día del Señor.





[1] Esto quiere decir que debemos aprovechar absolutamente todo lo que nos sucede, en el día a día, aun lo que parece más monótono y “aburrido”, para ofrecerlo a Dios, a Jesús en la cruz. Dice así Sor Faustina: “¡Oh vida gris y monótona, cuantos tesoros encierras! Ninguna hora se parece a la otra, pues la tristeza y la monotonía desaparecen cuando miro todo con los ojos de la fe. La gracia que hay para mí en esta hora no se repetirá en la hora siguiente. Me será dada en la hora siguiente, pero no será ya la misma. El tiempo pasa y no vuelve nunca. Lo que contiene en sí, no cambiaría jamás; lo sella con el sello para la eternidad” (Diario 62).
[2] Además, entre otros muchos lugares del Magisterio, así la llama también el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 1666: “El hogar cristiano es el lugar en que los hijos de Dios reciben el primer anuncio  de la fe. Por eso la casa familiar es llamada justamente ‘Iglesia doméstica’, comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana”; el Concilio Vaticano II en su documento Lumen Gentium,  en el numero 11, llama a la familia Ecclesia domestica, y dice que los padres son los primeros anunciadores de la fe para los hijos; Juan Pablo II la llama “Iglesia doméstica” en el número 21 de la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio.
[3] 34, 8.
[4] Cfr. 1 Cor 12, 3.
[5] Cfr. Yves M.-J., Congar, El Espíritu Santo, Editorial Herder, Barcelona 1991, 222-223.
[6] Cfr. B. de Margerie, La doctrine de Saint Augustin sur l’Esprit Saint comme communion et source de communion, “Augustinianum”, 12 (1972) 107-119.

viernes, 14 de marzo de 2014

“Su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz”



(Domingo II - TC - Ciclo A – 2014)
         “Su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz” (Mt 17, 1-9). Jesús sube al Monte Tabor con sus discípulos y se transfigura delante de ellos. Se trata de algo natural para Él, puesto que es la gloria que posee desde toda la eternidad; es la gloria que Dios Padre le ha comunicado desde la eternidad, desde que lo engendró en su seno, y que ahora la manifiesta para que cuando aparezca todo cubierto de sangre en la Pasión, recuerden que Él es Dios Hijo en Persona y no desfallezcan ante la prueba. Pero si la manifestación de la gloria es un milagro, el esconder la gloria es un milagro aun mayor, y eso es lo que hace Jesús durante toda su vida, desde su Nacimiento virginal hasta su muerte. Solo en dos momentos manifiesta su gloria visiblemente: en la Epifanía y en el Monte Tabor; luego, oculta su gloria y el ocultar su gloria visiblemente, supone un milagro mayor que el manifestarla, porque el estado natural de Jesús es este, el del Monte Tabor, y el de la Epifanía, el de la manifestación visible de su gloria. Jesús debería aparecer siempre así, como en el Tabor: radiante, glorioso, luminoso, pero no lo hace, porque la naturaleza humana así glorificada, no puede sufrir, y entonces Jesús, así glorificado, no podría haber sufrido la Pasión. Por este motivo es que Jesús oculta su gloria y no la manifiesta sino por breves segundos en el Monte Tabor: para poder sufrir la Pasión, y así demostrarnos hasta qué grados de locura llega su Amor por nosotros.
         Si Jesús se hubiera mostrado con su naturaleza humana tal como lo exigía su condición de ser Hijo de Dios, debería haber aparecido, desde el primer momento, con su naturaleza humana glorificada, es decir, debería haberse manifestada desde el primer instante, como en el Monte Tabor, con resplandores de luz divina, y así debería haber vivido toda su infancia, toda su niñez, toda su juventud y toda su vida adulta, porque Él es Dios por naturaleza, y por el solo hecho de ser Dios, le corresponde tener una naturaleza glorificada, es decir, luminosa, con una luminosidad infinitamente más luminosa y brillante que miles de soles juntos. Pero si hubiera pasado esto, Jesús no habría podido sufrir la Pasión, porque una naturaleza humana glorificada no puede sufrir, y por este motivo, Jesús hizo un milagro, el milagro de ocultar su gloria desde el primer instante de su Encarnación en el seno de María Virgen, para aparecer ante los hombres como un Niño más, como un Joven más entre otros, como un Hombre más entre otros, para poder sufrir la Pasión y así redimir a los hombres con el Santo Sacrificio de la cruz.
“Su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz”. La escena de gloria del Monte Tabor no se entiende ni se debe contemplar si no es a la luz de la escena de ignominia del Monte Calvario: la luz de gloria con la cual Jesús se reviste en el Monte Tabor es obra de Dios Padre, porque es Dios Padre quien le comunica de su Ser divino desde toda la eternidad a Cristo, Ser divino trinitario que es luminoso y que ahora en el Tabor se transparenta y se muestra en todo su esplendor; en el Monte Calvario, en cambio, en vez de blanca luz, Cristo Jesús es revestido por nosotros con rojo carmesí, con el rojo de su propia Sangre, la Sangre que brota de sus heridas abiertas, las heridas provocadas por nuestros pecados y es por esto que si el Monte Tabor es obra del Padre, el Monte Calvario es obra nuestra, de los hombres, que con nuestra malicia, revestimos a Cristo con el rojo púrpura de su propia Sangre, que se derrama a borbotones sobre su Cuerpo para perdonar nuestras iniquidades.

“Su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz”. Si Dios Padre viste a Cristo de luz de gloria en el Tabor, nosotros lo vestimos con el rojo púrpura de su Preciosísima Sangre, porque golpeamos su rostro con nuestros pecados y cubrimos su Cuerpo con golpes y heridas en la Pasión, porque cada pecado es un golpe descargado con furia deicida sobre la Cabeza, el Rostro, los brazos, la espalda, las piernas, el cuerpo todo de Jesús. Con cada pecado, coronamos de espinas a Jesús, lo flagelamos y lo crucificamos, perpetuamos su agonía, le damos muerte de cruz y le atravesamos el costado. Con cada pecado, revestimos a Cristo, no de luz de gloria, como hace Dios Padre en el Tabor, sino de rojo púrpura, de su Sangre, en el Tabor. Es por esto que la Cuaresma es el tiempo para reflexionar acerca de la tremenda realidad del pecado que, si para nosotros es insensible, para Cristo constituye una misteriosa y dolorosísima realidad. Entonces, como dice Santa Teresa de Ávila, si no nos mueve, para dejar de pecar, ni el cielo que Dios nos tiene prometido, ni el infierno tan temido, que nos mueva, al menos, verlo, por nosotros en la cruz, tan de muerte herido.