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martes, 24 de octubre de 2023

“He venido a traer fuego al mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”

 


“He venido a traer fuego al mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!” (Lc 12, 49-53). Jesús expresa en voz alta el objetivo principal de su ingreso en el tiempo y en la historia de la humanidad, proviniendo eternamente del seno del Padre: el comunicar el Fuego del Padre y del Hijo a todos los hombres. Es obvio que el fuego que Él ha venido a traer al mundo no es el fuego material, el fuego terreno, el que todos conocemos, el fuego que existe desde que existe la humanidad, desde Adán y Eva. Es obvio que tampoco se trata del fuego del Infierno, el fuego reservado para los ángeles rebeldes y para los hombres impíos. Se trata de un fuego distinto, no conocido por los hombres, conocido por las Divinas Personas del Padre y del Hijo, porque es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, que une al Padre y al Hijo desde toda la eternidad. Es un fuego conocido también por los ángeles, pero solo por los ángeles buenos, los ángeles que, con San Miguel a la cabeza, se opusieron a la soberbia impía del Dragón infernal arrojándolos del cielo para siempre. Es un fuego celestial, divino, de origen divino, que se origina en el Acto de Ser divino trinitario de las Tres Divinas Personas; es el Fuego del Divino Amor con el que el Padre ama al Hijo en su seno desde la eternidad y es el Fuego del Divino Amor con el que el Hijo ama al Padre desde toda la eternidad. Es el Fuego del Amor Divino, el Fuego que Jesús ha venido a traer; es un fuego que enciende a las almas y a los corazones en el Divino Amor; es un fuego que, al contrario del fuego terreno y del fuego del Infierno, no solo no provoca dolor, sino que embriaga en el Divino Amor a todo aquel al que alcanza; es un fuego que no destruye, que abrasa pero no consume, es un fuego que dura para siempre, es el Fuego del Amor Divino, que Él donará a la Iglesia Universal en Pentecostés, pero es también el fuego que, al impregnar su Sagrado Corazón Eucarístico, Él lo comunica al alma en cada comunión eucarística, convirtiendo así a cada comunión sacramental en un pequeño Pentecostés para el alma que está dispuesta a dejarse incendiar por este Divino Amor.

“He venido a traer fuego al mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”. No solo en Pentecostés, sino en cada Comunión Eucarística, Jesús nos comunica el Fuego del Divino Amor. Que por intercesión de la Santísima Virgen, nuestros corazones sean como pasto seco o como madera reseca, para que al contacto con el Fuego de Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, nuestros corazones se enciendan en el Amor Divino.

martes, 3 de octubre de 2023

“Quien pide, recibe”

 


“Quien pide, recibe” (Mt 7, 7-11). Jesús nos anima a pedir, a buscar y a llamar y la razón es que, “a quien pide, se le da”, “el que busca, encontrará” y “al que llame, se le abrirá”. ¿A quién hay que pedir, en quién tenemos que buscar y a quien tenemos que llamar? Jesús mismo nos lo dice, cuando trae como ejemplo la acción de un padre humano: si un padre, que por el pecado original está inclinado al mal, sin embargo, si su hijo le pide pan, no le dará una piedra, sino pan y si le pide pescado, no le dará una serpiente, sino pescado, mucho más hará Dios por sus hijos adoptivos, ya que Dios es Bondad, Misericordia y Amor infinitos, eternos, increados.

En nuestra época, caracterizada por un materialismo opresivo, producto de ideologías anticristianas como el liberalismo y el comunismo; en nuestra época, caracterizada por el deseo de gozar del presente, sin preocupación alguna por el pasado o por el futuro, puesto que solo importa la diversión, en esta época nuestra, en la que el hombre satisface sus sentidos con placeres sensibles y terrenales, los cuales dejan como secuela dolor, tristeza, amargura y vacío del alma, es en esta época, en la que debemos plantearnos qué es lo que debemos pedir, qué debemos buscar y a quién debemos llamar.

“Quien pide, recibe”. Si esto es así, debemos preguntarnos qué debemos pedir, qué o a quién debemos buscar y adónde debemos llamar, para que se nos abra.

Como cristianos, como hijos de Dios, debemos pedir el alimento del alma, el Pan de Vida eterna, la Sagrada Eucaristía; debemos buscar el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero de Dios, Cristo Jesús; debemos llamar a las Puertas del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para que Jesús nos abra las Puertas de su Corazón y así ingresar en Él y ser bañados en su Sangre y ser purificados y santificados con el Amor que anida en el Corazón de Jesús, el Espíritu Santo. Si hacemos esto, tendremos el germen de la vida eterna aun viviendo en el tiempo y viviremos por anticipado la alegría del Reino de Dios.

martes, 9 de agosto de 2022

“He venido a encender fuego en el mundo, ¡y cómo querría que ya estuviera ardiendo!”

 


(Domingo XX - TO - Ciclo C – 2022)

         “He venido a encender fuego en el mundo, ¡y cómo querría que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12,49-53). Jesús dice que “ha venido a traer fuego” y que “ya quiere verlo ardiendo”. ¿A qué se refiere Jesús? ¿De qué fuego se trata? ¿Qué es lo que quiere que arda, con el fuego que Él ha venido a encender? Ante todo, hay que decir que, obviamente, no se trata del fuego material, del fuego terreno, el que todos conocemos; no se trata del fuego con el que el hombre cocina, trabaja, realiza sus tareas de todos los días. Se trata de otro fuego; tampoco aquello que Jesús quiere ver encendido, no es nada material, ni corporal; Jesús no quiere encender fuego en los bosques, en las casas ni en nada material que nos podamos imaginar.

         El fuego que Jesús ha venido a encender es el fuego que arde en su Sagrado Corazón y ese fuego no es un fuego material, sino un fuego espiritual, no terreno: es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo. Es con este fuego con el cual Jesús quiere encender y es el que quiere verlo ardiendo. Ahora surge la otra pregunta: ¿qué es lo que Jesús quiere encender, con el fuego del Espíritu Santo? Jesús quiere encender los corazones de los hombres; Jesús quiere comunicar del fuego de su Corazón, a los corazones de todos los hombres. Son los corazones de los hombres, fríos y sin calor, a los que Jesús los quiere encender con el Fuego que arde en su Sagrado Corazón, el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo.

         Ahora bien, ¿dónde se encuentra ese fuego? En el Sagrado Corazón de Jesús. ¿Y dónde está el Sagrado Corazón de Jesús, envuelto en el Fuego del Divino Amor? Está en el Cielo, en donde es adorado por ángeles y santos, pero también está aquí en la tierra, en la Sagrada Eucaristía, en donde es adorado por los adoradores eucarísticos, por los que adoran su Presencia real, verdadera y substancial en la Eucaristía. Por esta razón, quien recibe la Eucaristía, recibe al Sagrado Corazón envuelto en las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo. Sin embargo, para que nuestros corazones ardan en el Fuego del Divino Amor, es necesario que los corazones estén listos y aptos para que este Fuego prenda, de lo contrario, no podrá encender nuestros corazones. Lo que dispone a nuestros corazones para que ardan con el Fuego del Corazón de Jesús, es la gracia santificante: por la gracia, nuestros corazones, que son duros y fríos como el mármol, se convierten como leño seco y así, cuando entran en contacto con la Eucaristía, es como cuando el carbón, que en sí mismo es negro, frío y sin calor, al contacto con la llama de fuego se convierte en una brasa ardiente, es decir, se funde, por así decirlo, con el fuego y de carbón frío, negro y sin calor, se convierte en una brasa incandescente, que resplandece con la luz del fuego, que arde con el calor del fuego, que ilumina con la luz del fuego. Pidamos a la Santísima Virgen María que interceda para que nuestros corazones, fríos como el mármol y la piedra, se conviertan en leños secos para que, al contacto con el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, ardan en el Fuego del Divino Amor y así el deseo de Jesús, de ver ardiendo nuestros corazones con el Amor de Dios, se verá complacido.

sábado, 19 de febrero de 2022

“Amen a sus enemigos”

 


(Domingo VII - TO - Ciclo C – 2022)

          “Amen a sus enemigos” (Lc 6, 27-38). El mandato de Jesús de amar al enemigo es una prueba de que el amor en el que se funda la religión que Él crea, la religión católica, es de origen divino y no humano. Es verdad que, entre los humanos, al menos entre aquellos que más humanidad poseen, hay acciones concretas de sensibilidad y de trato justo hacia el enemigo, sobre todo al enemigo vencido, como por ejemplo, curar sus heridas, proporcionarle agua, alimentos, un lugar para reposar, etc. Es decir, entre los hombres, incluso entre aquellos hombres que se encuentran en guerra, existe un mínimo de sentido de humanidad que, en virtud de esta misma humanidad, proporcionan a sus enemigos un trato llamado precisamente “humanitario”, porque concede a su enemigo los auxilios mínimos necesarios que el enemigo vencido necesita.

          Ahora bien, el mandato de Jesús no se refiere a estas acciones humanitarias, puesto que es algo que supera infinitamente a una mera obra de humanidad, desde el momento en que el Amor con el cual Jesús pide “amar al enemigo”, no surge del corazón humano sino, podemos decir así, del mismo Corazón de Dios Trinidad. El Amor con el que se debe cumplir el mandato de Jesús de amar al enemigo no surge de nuestra humanidad, de nuestros corazones humanos, sino que proviene del mismo Dios Uno y Trino, porque es el Amor que es la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo. En otras palabras, el cristiano debe amar a su prójimo con el mismo Amor trinitario, con el mismo Amor con el cual el Padre ama al Hijo desde la eternidad y el Hijo al Padre, también desde la eternidad y ese Amor se llama “Espíritu Santo”.

          El amor a los enemigos se aplica plenamente al prójimo que, por algún motivo circunstancial, se considera como “enemigo personal”; por ejemplo, es nuestro enemigo quien nos calumnia, quien nos difama, quien nos insulta, maldice, persigue, hace el mal de cualquier forma, nos desea el mal, etc. A todos estos prójimos, considerados enemigos, el cristiano no debe responder jamás con el mal, sino devolviendo bien por mal; no debe jamás dejar crecer en sí mismo el sentimiento de enojo, rencor, venganza y mucho menos odio: el cristiano debe recordar y llevar siempre grabada a fuego, en su mente y en su corazón, la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, por la cual Él nos perdonó a nosotros, que éramos sus enemigos a causa del pecado, al precio de su Preciosísima Sangre derramada en la cruz y, teniendo en la mente y en el corazón el Santo Sacrificio de Nuestro Señor, que pidió perdón al Padre por nosotros –“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”-, así el cristiano debe imitar a Jesucristo y, en nombre de Cristo, jamás en nombre propio, perdonar al prójimo que es su enemigo y lo ofende de alguna manera. Sólo así el cristiano cumplirá el mandato de Jesús de perdonar al enemigo, porque no solo imitará a Jesús que nos perdonó desde la cruz, sino que participará de su propio perdón, que es el perdón del Padre a la humanidad. El cristiano que no perdona, no solo no es buen cristiano, sino que puede decirse que es un soberbio y un orgulloso y que con su pecado de rencor y venganza, de soberbia y orgullo, se hace partícipe del pecado de Satanás en el cielo, cuyo pecado capital, que le valió la expulsión del cielo, fue la soberbia y el orgullo.

          Ahora bien, hay que aclarar el hecho de que como cristianos debamos amar al enemigo, no significa que debamos permitir, a nuestros enemigos, en nombre del amor cristiano, que el enemigo profane el nombre de Dios o que agreda a la Patria o a la Familia: en estos casos, el mandato del amor al enemigo se mantiene, pero de modo personal, es decir, al enemigo considerado como prójimo y como ser humano, pero el mandato no exime, al cristiano, al católico, de defender el honor de Dios cuando es mancillado, o de defender a la Patria y a la Familia cuando estas son atacadas.

          “Amen a sus enemigos”. Si queremos cumplir el mandato de Cristo, de amar al enemigo, al prójimo que nos ha injuriado, insultado, agredido, difamado, no podemos nunca encontrar ese amor en nosotros mismos, porque no lo vamos a encontrar. Para poder cumplir el mandato de Jesús y amar a nuestros enemigos como Cristo nos amó, hasta la muerte de cruz, es necesario ir a buscar ese Amor, el Amor del Espíritu Santo, que se encuentra en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

domingo, 24 de octubre de 2021

“¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?”

 


(Domingo XXXI - TO - Ciclo B – 2021)

         “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” (Mc 12, 28-34). Le preguntan a Jesús cuál es el “primero de todos los mandamientos” y Jesús responde que es “amar a Dios con todas las fuerzas”. También le dice Jesús que el segundo mandamiento es “amar al prójimo  como a uno mismo”. A partir de Jesús, el cristianismo adoptará, igual que el judaísmo, a estos dos mandamientos como a uno solo, quedando formulados en la práctica de la misma manera: “Amarás a Dios y al prójimo como a uno mismo”. Podría entonces alguien decir que el cristianismo y el judaísmo, al tener el mismo mandamiento, son casi la misma religión; sin embargo, el mandamiento cristiano difiere radicalmente del mandamiento judío, al punto de constituir casi dos mandamientos distintos y veremos las razones.

         Ante todo, el mandamiento judío manda “amar a Dios y al prójimo” con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas y es evidente que hace referencia al corazón, al alma, a la mente y a las fuerzas del hombre: “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Se hace hincapié en que el cumplimiento de este mandamiento se basa sí en el amor, pero en el amor del hombre hacia Dios.

         Por el contrario, en el caso del cristianismo, la diferencia radica en que el amor con el que se manda amar a Dios y al prójimo –y también a uno mismo- es un amor distinto; no se trata del simple amor humano, sino de otro amor, el Amor del Sagrado Corazón de Jesús, un amor que es divino, celestial, sobrenatural, porque es el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, y porque se expresa en la donación de sí mismo, no de un modo cualquiera, sino expresamente y exclusivamente a través de la unión con Cristo en el Santo Sacrificio del altar. Es esto lo que Jesús dice: “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado” y Cristo nos ha amado con el Amor del Espíritu Santo y hasta la muerte de cruz. Entonces, si bien el cristianismo y el judaísmo tienen como primer y principal mandamiento al primer mandamiento, que manda amar a Dios y al prójimo como a uno mismo, difieren substancialmente en la cualidad del amor con el que se deben cumplir estos mandamientos: para el judaísmo, basta con el simple amor humano –un amor que, además de ser limitado, está contaminado con la mancha del pecado original-, mientras que en el cristianismo, este amor ya no es suficiente, sino que para cumplir el primer mandamiento, es necesario amar a Dios y al prójimo y a uno mismo con el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

         Por último, ¿dónde conseguimos este Divino Amor, para así cumplir a la perfección el primer mandamiento? Lo conseguimos allí donde se encuentra como en su Fuente, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Es en el Corazón Eucarístico de Jesús en donde arde este Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo y es por eso que debemos ir a buscar este Divino Amor en la Eucaristía.

viernes, 4 de junio de 2021

“Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos”

 


“Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos” (cfr. Mt 5, 20-26). Una condición que pone Jesús para entrar en el Reino de los cielos es “ser mejores” que los escribas y fariseos. Para saber de qué manera podemos ser mejores, debemos reflexionar en qué es aquello en lo que los fariseos “no eran mejores”. En otras palabras, ¿en qué fallaban los escribas y fariseos, si ellos eran hombres de religión y, en teoría, eran buenos? Ante todo, hay que considerar el hecho de que pertenecer a una religión y el practicar la religión, al menos exteriormente, no significa que la persona sea “buena”, ni mucho menos “santa”. Esto último, el que la persona que profesa una religión sea buena o santa, lo sabe sólo Dios, quien es el que lee los corazones y no se fija en las apariencias. Precisamente, con relación a los fariseos, Jesús no les reprocha su condición de religiosos, de ser hombres de religión: les reprocha el hecho de que no son coherentes, con sus acciones, con la religión que profesan. Es decir, ellos profesan una religión monoteísta, que cree en Dios Uno y cuyo Primer Mandamiento, el más importante de todos, manda “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”, pero no ponen en práctica ese mandamiento, porque sólo les interesa, de la religión, el poder y el ser reconocidos –les gusta ser saludados en las plazas y sentarse en los primeros lugares- y descuidan el amor hacia el prójimo, empezando por los padres –declaran sagrada la ayuda a los padres, para no tener que ayudarlos y así quedarse con el dinero del templo- y es esto lo que denuncia Jesús y les reprocha. Entonces, no aman a Dios, porque se aman a sí mismos y tampoco aman al prójimo, porque aman al dinero, lo cual les vale el ser calificados por Jesús como “sepulcros blanqueados”.

Al considerar los errores de los escribas y fariseos, nosotros, los cristianos, debemos estar muy atentos a no cometer los mismos errores, porque no por ser bautizados y asistir a Misa y comulgar, eso significa que somos buenos y santos, porque si no ponemos en práctica el Mandamiento Nuevo del Amor de Jesucristo –“Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”-, entonces somos sepulcros blanqueados, como los escribas y fariseos.

Que el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que se derrama en nuestros corazones en cada Comunión Eucarística, nos permita amar a Dios y al prójimo como nos amó Cristo, hasta la muerte de cruz y con el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

sábado, 24 de octubre de 2020

“Salía de Él una fuerza que sanaba a todos”

 


“Salía de Él una fuerza que sanaba a todos” (Lc 6, 12-19). Luego de pasar la noche en oración en el monte, Jesús baja al llano, en donde se encuentra una gran cantidad de gente, que había acudido a Él para ser sanada de sus enfermedades y para ser exorcizados, pues muchos de ellos estaban poseídos, según el Evangelio: “los que eran atormentados por espíritus inmundos quedaban curados”.

El mismo Evangelio resalta una situación particular que la gente que acude a Jesús para ser sanada y exorcizada percibe: “Salía de Él una fuerza que sanaba a todos”. Nos podemos preguntar qué es esta “fuerza” que emana del Cuerpo de Jesús y que produce sanación y expulsión de demonios. Muchos, erróneamente, pueden creer que se trata de una especie de “energía cósmica”, la cual sería canalizada a través de Jesús y sería esta energía universal, impersonal, la causa de la curación de las gentes. Sin embargo, la “fuerza” que emana del Cuerpo de Jesús no es una energía cósmica, impersonal: puesto que Jesús es Dios –es la Segunda Persona de la Trinidad encarnada en la humanidad de Jesús de Nazareth-, la fuerza que emana de Él es la Fuerza de Dios, es decir, es su propia fuerza divina, es la fuerza de la divinidad, que brota de su Ser divino trinitario como de su fuente increada. Es una fuerza divina que brota de su Ser trinitario y por lo tanto es una fuerza personal, una fuerza que pertenece a las Tres Divinas Personas pero que se “concentra”, por así decirlo, en el Cuerpo y la humanidad de Jesús de Nazareth y a través de Él se dirige a quienes se acercan a Jesús. Es esta divina fuerza la que produce tanto la sanación de todo tipo de enfermedad, como así también la expulsión de demonios, es decir, el exorcismo.

“Salía de Él una fuerza que sanaba a todos”. Si Jesús es Dios y de Él brota la fuerza divina trinitaria como de su fuente, entonces la Eucaristía, que es Cristo Dios oculto en apariencia de pan y vino, es también la Fuente Increada de la fuerza divina trinitaria, que produce la sanación del alma a quien la consume en gracia, con fe y con amor. Y todavía más: la Eucaristía no sólo produce sanación espiritual, sino que hace partícipe, al alma, de esa misma fuerza divina trinitaria, que inhabita en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús y que de Él se comunica a quien comulga.

jueves, 7 de mayo de 2020

“Creed que estoy en el Padre, al menos por las obras”




(Domingo V - TP - Ciclo A – 2020)

          “Creed que estoy en el Padre, al menos por las obras” (Jn 14, 1-12). Jesús hace una revelación que deja atónitos a sus discípulos: Él es Dios y en cuanto tal, está en el seno del Padre y a la vez, el Padre está en Él. De esta manera, Jesús amplía la revelación que de Dios Uno tenían los judíos, para revelar que Dios es Uno y Trino, pero no sólo eso, sino que Él es la Segunda Persona de la Trinidad, que está en el Padre y el Padre en Él. La auto-revelación de Jesús como Dios y como Dios Hijo, como Hijo del Eterno Padre, es asombrosa y no puede ser aceptada sino media la gracia santificante, que ilumina al alma y la hace partícipe de la divinidad y por lo tanto del conocimiento divino. Sólo por medio de la gracia se puede aceptar esta revelación asombrosa de Jesús: Dios es Uno y Trino y Él es el Hijo del Padre Eterno, que posee su misma naturaleza y su mismo Ser divino y es por esta razón que Él está en el Padre y el Padre en Él y es la razón también por la cual “nadie va al Padre sino es por el Hijo”, es decir Él, y nadie conoce al Padre, sino el Hijo.
          Ahora bien, esta auto-revelación de Jesús es lo que hace que su promesa de “ir al Padre para prepararles un lugar” en el Reino de los cielos, sea algo verdadero, real, substancial y no un mero deseo. Si Jesús fuera solo un hombre, santo, pero solo hombre y no Dios hecho hombre, de ninguna manera ni conocería al Padre, ni estaría en el Padre ni tampoco sería el Único Camino para ir al Padre. Pero como Jesús es el Hombre-Dios, es el Hijo del Eterno Padre y está en el seno del Padre desde la eternidad, es que Él, cuando consume su misterio pascual de muerte y resurrección, retornará al Padre, preparará las moradas para los que lo amen y reciban su gracia santificante y volverá para llevar a esas moradas eternas a todos aquellos que lo reconozcan como a su Dios y su Salvador. Esto último es muy importante, pues diferencia la Redención de la Justificación: con su muerte en Cruz, Jesús redimió a la humanidad, pagando con su Sangre la deuda contraída por el pecado original, pero sólo serán justificados, es decir, santificados, quienes voluntariamente reciban su gracia santificante. Y esto por fuerza es así, puesto que nadie entrará en el Reino de los cielos sin quererlo u obligado: quien quiera ir al Padre, debe primero reconocer al Hijo como Dios y como Mesías Salvador.
          “Creed que estoy en el Padre, al menos por las obras”. Puesto que Jesús está en el Padre y el Padre está en Jesús, cada vez que comulgamos, es decir, cada vez que nos unimos sacramentalmente al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, somos llevados por el Amor de Dios, el Espíritu Santo, al seno del Eterno Padre. Cada vez que comulgamos, tenemos de modo anticipado e incoado algo más grande que el Reino de los cielos y es el Sagrado Corazón de Jesús, en donde late el Amor del Padre, el Espíritu Santo.

jueves, 9 de marzo de 2017

“Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá”


“Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá” (Mt 7, 7-12). Jesús nos garantiza que, si pedimos, se nos dará; si buscamos, encontraremos; si llamamos, se nos abrirá. Es Palabra de Cristo, lo cual quiere decir “Palabra de Dios”, porque Cristo es Dios. Jesucristo nos anima a pedir, a buscar, a llamar, con la certeza total de que seremos escuchados y nuestras peticiones serán atendidas: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá”. Entonces, como es “Palabra de Dios”, estamos más que seguros de que lo que pidamos, se nos dará; lo que busquemos, encontraremos, y cuando llamemos, se nos abrirá. Pero entonces, se nos presenta un dilema: ¿qué pedir?, ¿qué buscar?, ¿adónde llamar?

Llevados de la mano de María, como un niño pequeño es llevado por su madre, amorosa, pidamos, busquemos y llamemos: pidamos participar de la Pasión de Jesús en cuerpo y alma; busquemos vivir en gracia y postrados ante la cruz, besando con amor y devoción sus pies ensangrentados; toquemos a las puertas del sagrario, llamemos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, le pidamos entrar en Él a través de su Costado traspasado, y quedémonos ahí, para siempre.

jueves, 18 de febrero de 2016

“Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá"


“Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá” (Mc 7, 7-12). Jesús nos anima a pedir a Dios, confiando en su bondad divina: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá”. Más adelante, insiste todavía en la bondad de Dios, animándonos aún más a pedir: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!”.
Ahora bien, es un hecho que “no sabemos pedir como conviene” (cfr. Rom 8, 26). Y no sabemos pedir porque cuando lo hacemos pedimos cosas del mundo –pedimos salud, trabajo, dinero, pasarla bien, que desaparezcan las tribulaciones-, lo cual significa pedir en contra de Dios y de nuestra salvación: “Piden y no reciben, porque piden con malos propósitos, para gastarlo en vuestros placeres” (Sant 4, 3). Si deseamos cosas del mundo, estamos pidiendo con “malos propósitos” y nos convertimos, según Santiago, en “almas adúlteras”, porque nos convertimos en amigos del mundo y en enemigos de Dios, ya que el que se hace amigo del mundo inmediatamente se vuelve enemigo de Dios: “¡Oh almas adúlteras! ¿No saben que la amistad del mundo es enemistad hacia Dios? Por tanto, el que quiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Sant 4, 4). Según lo que hemos visto hasta aquí, lo que tenemos es, por un lado, la promesa de Jesús de que lo que pidamos nos será dado, porque “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8) y bondad infinita y porque así nos lo prometió Jesús; por otro lado, tenemos nuestra ignorancia acerca de lo que debemos pedir para nuestra salvación.
¿Qué debemos entonces pedir? Debemos pedir tesoros, pero no terrenos, sino celestiales; debemos pedir la gracia de la conversión y de la salvación eterna, para nosotros, para nuestros seres queridos, para todo el mundo; debemos pedir participar de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo “en cuerpo y alma”[1]; debemos pedir amar a Jesús Dios por lo que Es, Dios de infinita bondad y misericordia, y no por lo que da; debemos pedir la gracia de morir, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado; debemos pedir que la Divina Misericordia descienda sobre los moribundos de este día, para que ninguno se condene y todos se salven; debemos pedir la gracia de amar a Jesús como lo ama la Virgen, con su mismo amor y con su mismo Inmaculado Corazón.
Son estos tesoros celestiales los que debemos pedir,  pero hay algo más, y es lo que Dios quiere para nosotros; qué cosa sea esto, nos lo dice el Apóstol Santiago: “¿O piensan que la Escritura dice en vano: Él celosamente anhela el Espíritu que ha hecho morar en nosotros?” (Sant 4, 2-3). El Apóstol Santiago nos dice que Dios “anhela para nosotros el Espíritu (Santo)”: aquí está entonces lo que debemos pedir, según la Voluntad de Dios y no según la nuestra: debemos pedir el Espíritu Santo. También nos lo dice Jesús, en el Evangelio paralelo a este pasaje: “Mi Padre dará el Espíritu Santo al que se lo pida” (Lc 11, 13).
“Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá”. A través de la oración –que es la que consigue los bienes que nos permiten responder a los deseos de Dios-, debemos –parafraseando a Jesús- “llamar” a las puertas del sagrario, debemos “buscar” en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, debemos “pedir” a Jesús Eucaristía el Espíritu Santo, que viene a nosotros en la Sangre del Corazón traspasado de Jesús y vertida en el cáliz eucarístico.



[1] Cfr. Liturgia de las Horas, I Semana del Tiempo de Adviento.

jueves, 22 de octubre de 2015

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”


“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49-53). ¿De qué fuego habla Jesús? ¿Por qué desea incendiar la tierra? ¿Qué es lo que quiere hacer arder Jesús con ese fuego que ha venido a traer? Para responder a estas preguntas, debemos considerar quién es Jesús: no es un hombre más entre tantos; no es tampoco un hombre santo, ni siquiera el más santo entre los santos; Jesús es Dios Hijo encarnado, es el Hombre-Dios, Fuente de toda santidad. Como tal, Jesús espira al Espíritu Santo, tanto en cuanto Hombre como en cuanto Dios, junto a su Padre Dios. El Espíritu Santo, que arde en el Sagrado Corazón de Jesús, consumiéndolo de Amor, es el Fuego de Amor Divino que Jesús ha venido a encender en nuestros corazones. Es el Espíritu Santo, el Fuego del Amor de Dios, el que Jesús sopla sobre nuestras almas, en cada comunión eucarística. Este es el Fuego del que habla Jesús cuando dice: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra”. Sin embargo, a pesar de que Él lo ha traído, no arde todavía, porque Jesús dice: “¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”. Es un fuego que no arde. ¿Por qué? ¿Qué es lo que tiene que hacer arder este fuego, y que no arde hasta ahora? Si el fuego que ha venido a traer Jesús no arde, no es por el fuego en sí mismo, porque el Espíritu Santo es, en sí mismo, el Fuego del Divino Amor; es Amor de Dios, que es Fuego incandescente, celestial, sobrenatural. Si este fuego no arde, es porque no encuentra la materia apta para ser encendida: el fuego no enciende la roca. ¿Cuál es la materia para este Fuego de Amor que trae Jesús? La materia apta para ser encendida por este Fuego, es el corazón humano, pero el corazón humano, cuando es duro y frío como una piedra, no puede ser encendido por el Divino Amor. Cuando el corazón humano es despiadado, inmisericorde, duro y despectivo con su prójimo, no se puede encender en el Fuego de Amor que es el Espíritu Santo. Que por intercesión de María nuestros corazones sean, entonces, como madera seca o como hierba seca, para que al contacto con el Fuego de Amor que arde en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, combustionen al instante y comiencen a arder en el Fuego del Espíritu Santo, en el tiempo y en la eternidad.

viernes, 19 de junio de 2015

“Acumulen tesoros en el cielo, porque donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón”


“Acumulen tesoros en el cielo, porque donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón” (cfr. Mt 6, 19-23). Jesús nos enseña a despreciar las riquezas terrenas y a apreciar, valorar y atesorar las riquezas celestiales: “atesoren tesoros en el cielo”, y el motivo es que, adonde estén nuestras riquezas, ahí estará nuestro corazón: si nuestras riquezas son riquezas terrenas, nuestro corazón estará en la tierra; si nuestras riquezas son riquezas celestiales, nuestro corazón estará en el cielo: “Acumulen tesoros en el cielo, porque donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón”. Es decir, Jesús no nos prohíbe acumular tesoros; al contrario, nos estimula a hacerlo, pero nos sí nos advierte qué clase de tesoros debemos acumular y qué clase de tesoros no: debemos acumular los tesoros del cielo, mientras que no debemos acumular los tesoros de la tierra, y la razón es que el corazón se queda apegado a los tesoros, cualesquiera estos sean. Es conocido uno de los milagros de San Antonio de Padua, en el que se reveló, precisamente, el contenido del corazón de un avaro[1]: se celebraba en Toscana, una región de Italia, las exequias de un hombre muy rico, de forma solemne. En el funeral se encontraba presente San Antonio, el cual, movido por una inspiración sobrenatural, les dijo a todos que el difunto no tenía que ser enterrado en un sitio consagrado, sino fuera de las murallas de la ciudad, es decir, no debía ser enterrado en un cementerio cristiano, sino fuera de él. La razón que aducía el santo era precisamente este pasaje evangélico: “Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón”, y como este hombre había sido avaro toda su vida y había muerto sin arrepentimiento de su avaricia, decía San Antonio, aquel cadáver no tenía corazón. Luego de deliberar un rato, todos hicieron caso al santo y, al abrir el pecho del difunto, constataron que, en vez del corazón, se encontraba la caja fuerte donde conservaba su dinero. Por ese motivo, no fue sepultado en el mausoleo que se le había preparado, sino llevado fuera de las murallas de la ciudad y allí fue sepultado[2].
“Acumulen tesoros en el cielo, porque donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón”. Si evitamos el mal, si vivimos en gracia, si obramos la misericordia, si acudimos a la Virgen en toda circunstancia, como a nuestra Madre del cielo, obtendremos muchos tesoros en el cielo. Y si adoramos a Jesús en la Eucaristía, nuestro corazón no solo no será reemplazado por el dinero, como le sucedió al avaro del milagro de San Antonio, sino que nuestro corazón será uno solo con el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.



[1] http://www.mailxmail.com/curso-san-antonio-padua-biografia-historia/san-antonio-padua-milagros-corazon-avaro-recien-nacido-que-habla
[2] Cfr. Sicco Polentone, Vita di Sant’Antonio, 35.

martes, 28 de octubre de 2014

“¿Está permitido sanar en sábado o no?”


“¿Está permitido sanar en sábado o no?” (Lc 14, 1-6). Un día sábado, mientras Jesús está comiendo en casa de uno de los principales jefes de los fariseos, se presenta un hombre, enfermo de hidropesía. El ambiente se pone tenso, porque los fariseos, que eran observadores escrupulosos de la Ley mosaica, sabían que Jesús haría el intento de curar al hombre enfermo de hidropesía. Si lo hacía, eso constituiría una grave violación a las prescripciones de la ley, que prohibía todo tipo de trabajos manuales, y la curación era considerada un trabajo manual.
El caso es muy similar al presentado en Lucas 13, 10-17, solo que esa ocasión, a la enfermedad de la mujer, que se encontraba encorvada, se le agregaba la posesión diabólica, que era la que le producía la enfermedad. En ambas oportunidades, las situaciones son prácticamente idénticas: son dos enfermos que necesitan curaciones –a la mujer se le agrega la posesión diabólica como causa próxima de la enfermedad-; los fariseos son testigos directos de los hechos, con intenciones acusadoras; el día en el que se desarrollan los hechos, es el día sábado, día en el que está prohibido el trabajo manual, es decir, la curación; la presunta falta legal cometida por Jesús, en ambos casos, es, precisamente, la curación, por realizarla en día sábado, porque al curar a los enfermos, está haciendo un trabajo manual.
Y al igual que como sucedió con la mujer posesa, Jesús curará también al hombre enfermo de hidropesía, sin hacer caso de los falsos escrúpulos legales de los fariseos, quienes se indignan cínica e hipócritamente porque Jesús cura a los enfermos en sábado, quebrantando la Ley, que prohibía los trabajos manuales. El argumento utilizado por Jesús, en ambos casos, es la superioridad del Amor Divino, encarnado y donado por Él, sobre la prescripción humana, que permite excepciones, cuando se trata del bien de la persona. Pero todavía más, la acción misericordiosa de Jesús, deja al descubierto la falsedad intrínseca de la religiosidad de los fariseos, que aparentando ser hombres de religión, porque estaban en el templo todo el día, estudiaban las Escrituras, vestían hábitos religiosos y a los ojos de los hombres pasaban por hombres de piedad e incluso santos, sin embargo son, a los ojos de Dios, cínicos e hipócritas, porque se oponen a la Misericordia Divina, encarnada y materializada en Jesús, que quiere liberar del peso de la enfermedad y de la opresión del Demonio a sus prójimos, con lo cual demuestran que la religión que profesan es radicalmente falsa y mentirosa, porque al no amar al prójimo, al cual ven, no aman a Dios, a quien no ven (cfr. 1 Jn 4, 20), porque el prójimo es la imagen viviente de Dios, y por eso merecen el duro reproche de Jesús, quien los llama por su nombre: “¡Hipócritas!”.

 “¿Está permitido sanar en sábado o no?”. El fariseísmo es el cáncer de la religión y su peor y principal enemigo, y nosotros, los cristianos, no estamos exentos de él; por el contrario, estamos expuestos a él y, si no vigilamos constantemente, nuestros corazones pueden verse prontamente invadidos y contaminados por este cáncer que, al igual que sucede con un tumor maligno en el cuerpo, que cuando crece sin control termina por dar la muerte al cuerpo en el que se aloja, así también el fariseísmo aniquila toda caridad y todo amor en el corazón, convirtiéndolo en una cáscara hueca, dura y fría, insensible al pedido de auxilio del prójimo más necesitado e indiferente al amor de Dios. El fariseo, por lo tanto, aun cuando por fuera parezca un hombre de religión –sea sacerdote o laico comprometido-, es sin embargo incapaz de vivir el Primer Mandamiento, porque ni ama a Dios, ni ama al prójimo, porque solo se ama egoístamente a sí mismo. El remedio para este cáncer de la religión, que es el fariseísmo, cáncer que endurece al corazón porque lo vacío del amor de Dios, es precisamente llenar del Amor de Dios al corazón, y esto se da por medio de la comunión eucarística, porque allí el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús nos dona la totalidad del Amor Divino que lo inhabita en forma de Lenguas de Fuego, que quieren abrasar e incendiar en las sus llamas al corazón que lo reciba con fe y con amor. 

jueves, 25 de septiembre de 2014

“Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”


(Domingo XXVI - TO - Ciclo A – 2014)
         “Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios” (Mt 21, 28-32). Esta durísima advertencia la dirige Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, es decir, a quienes se supone que tienen un gran conocimiento de la religión y que por lo tanto poseen un alto grado de santidad. La advertencia es tanto más dura, cuanto que aquellos a quienes va dirigida, son personas religiosas, los sacerdotes y los ancianos del pueblo, y equivale a decirles que, prácticamente, se encuentran a un paso de quedar fuera del Reino de los cielos. Para llegar a esta advertencia, Jesús utiliza la parábola de un padre con sus dos hijos: el padre les pide que vayan a trabajar a la viña; el primero le responde que no irá, pero luego se arrepiente y va; el segundo le dice que sí irá a trabajar, pero no lo hace. Jesús les pregunta a los mismos sacerdotes y ancianos cuál de los dos hijos hizo la voluntad del padre y ellos le responden que el primero, es decir, el que contestó que no iría a trabajar, pero luego se arrepintió y fue a trabajar. Tomando pie en su propia respuesta, les hace la durísima advertencia: “Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”, y luego da el fundamenta de la aseveración: “Juan vino por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él”. Es decir, Jesús les hace ver, a los sacerdotes y ancianos -los religiosos-, que no por aparentar religiosidad, se salvarán y que, por el contrario, aquellos que parecen excluidos de la religión, llegan antes al Reino de los cielos.
El motivo es que Dios no se deja engañar por las apariencias, y aquí radica la enseñanza central de la parábola del padre con los dos hijos: Jesús nos quiere decir que no nos salvaremos por frecuentar el templo y por aparentar religiosidad; nos quiere decir que no nos salvaremos por ocupar cargos dentro de la Iglesia; nos quiere decir que no nos salvaremos por ser sacerdotes, ni por ser dirigentes de movimientos parroquiales o diocesanos; nos quiere decir que no nos salvaremos por aparentar piedad y devoción ante los demás. La razón es que Él, en cuanto Dios, ve la profundidad de los corazones y por lo tanto, no se deja engañar, y sabe qué es lo que hay dentro: sabe si ese corazón es un corazón contrito y humillado, es decir, si es un corazón triturado por el dolor de los pecados y si es un corazón que se humilla ante su Presencia divina; Jesús, en cuanto Dios, sabe si el corazón del hombre es un corazón humilde, que se humilla interiormente ante Él, postrándose en silenciosa e íntima adoración; Jesús, en cuanto Dios sabe, cuando Él entra por la comunión eucarística, si el cuerpo del cristiano es “templo del Espíritu Santo”, como dice San Pablo (cfr. 1 Cor 6, 19), es decir, si está adornado, hermoseado e iluminado interiormente por la gracia y si el corazón ha sido convertido en un altar en donde se lo adore a Él en su Presencia sacramental eucarística o si, por el contrario, su Presencia eucarística pasa desapercibida, a pesar de haber sido recibido en la comunión, porque el cuerpo del cristiano ha sido convertido, de templo del Espíritu Santo, en lúgubre refugio de sombras vivientes, y el corazón, que estaba destinado a ser un altar viviente para la Eucaristía, ha sido convertido en cueva de alimañas y en altares de ídolos paganos. Jesús sabe, en cuanto Dios, más allá de las apariencias externas, si el hombre convierte su corazón en un altar en donde sólo se lo adora a Él y nada más que a Él, y por lo tanto, le son agradables las pobrísimas y humildes oraciones que pueda hacer un corazón como este, aún si este corazón pertenece a un pecador público o a una prostituta, como sería el caso de los ejemplos dados por Jesús.
         “Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”. Al hacer esta durísima advertencia, Jesús nos está advirtiendo a todos nosotros, sacerdotes incluidos, que Él, en cuanto Dios, ve la profundidad de todos los corazones, sin excepción y que escudriña con especial atención y cuidado los así llamados “religiosos” y que Él no presta atención a las apariencias externas, sino que Él ve en la profundidad del ser de cada uno. Él sabe cómo somos todos y cada uno de nosotros, porque Él es nuestro Creador, nuestro Redentor y nuestro Santificador, y no se deja engañar por las apariencias, y por eso es que examina nuestros corazones con muchísimo más rigor que los de aquellos que no son llamados “religiosos”, es decir, de aquellos que, por un motivo u otro, no tienen fe; esos son los “periféricos existenciales”, del Papa Francisco, y a los que nosotros, en nuestra soberbia, podemos marginar con el pensamiento, diciendo: “No tienen fe, llevan una mala vida, son pecadores, son malas personas, yo soy mejor que ellos, porque vengo a misa, yo me voy a salvar y ellos no se van a salvar”, y sin embargo, no es así a los ojos de Dios, porque con nosotros cumple a rajatabla lo que dijo en el Evangelio: “Al que mucho se le dio, mucho se le pedirá” (Lc 12, 48). A nosotros, se nos dio mucho: se nos dio el Bautismo; se nos dio el Catecismo, se nos dio la Comunión, se nos dio la Confirmación, se nos dio la posibilidad de la Misa diaria, o al menos, semanal; se nos dio la Madre de Dios, como Madre propia; en cada Domingo, Dios Padre nos dona todo lo que Él tiene, su Hijo Jesús en la Eucaristía, y muchísimas veces, los cristianos lo despreciamos y lo dejamos olvidado en el altar, porque preferimos al televisor antes que a Jesús en la Eucaristía. ¡Cuántos de estos, a quienes consideramos pecadores e indignos, si supieran lo que nosotros sabemos, y si hubieran recibido todo lo que nosotros hemos recibido, no serían mil veces más santos que nosotros! Y ésa es la razón por la cual Jesús nos advierte que ellos, que son pecadores, entrarán antes en el Reino que nosotros, que nos creemos buenos, pero que en el fondo, somos más pecadores que ellos, porque no somos santos, como deberíamos serlo: “Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”.
         Jesús, en cuanto Dios, ve en el fondo de los corazones de los cristianos, los escudriña a fondo y busca hasta la más mínima mota de polvo y ve si en esos corazones hay no ya odio, que no lo puede haber, ni tampoco rencor ni deseos de venganza, sino ni siquiera enojo, impaciencia; escudriña para ver si encuentra ira, lujuria, pereza, avaricia, soberbia, tristeza, calumnia, difamación, y todo género de maldad, y cuando los encuentra, repite: “Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”, y se retira de ese corazón, porque la santidad, la majestad, el Amor y la Sabiduría divinos, no soportan estar en un corazón lleno de esas cosas, y mientras se retira de ese corazón, continúa diciendo: “Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”.
         Jesús no soporta el mal; Jesús no soporta el pecado mortal; Jesús no soporta el pecado venial; Jesús no soporta la imperfección; Jesús quiere que seamos perfectos, como su Padre celestial: “Sed perfectos, como mi Padre es perfecto” (Mt 5, 48). Y podemos serlo, porque en cada comunión eucarística, recibimos la totalidad del Amor infinito y eterno del Sagrado Corazón de Jesús; esto quiere decir, que si nosotros no opusiéramos obstáculos a la acción transformadora del Amor Divino del Sagrado Corazón, derramado sin límites en cada comunión eucarística, una sola comunión bastaría para convertirnos en los más grandes santos que la tierra jamás haya conocido. Baste el ejemplo de Santa Imelda Lambertini, la niña que es Patrona de los niños que realizan la Primera Comunión, que murió de éxtasis de amor, precisamente, en su Primera Comunión: fue tanto el Amor que recibió en su Primera Comunión Eucarística, que murió de amor, literalmente (cfr. http://infantesyjovenesadoradores.blogspot.com.ar). Esto nos hace ver la manera en la que derrochamos la inmensidad de gracias y dones en las comuniones eucarísticas realizadas fríamente, indiferentemente –da terror pensar que algunos la realizan de modo sacrílego-, y que si no hay cambios en nuestra conducta exterior, es decir, si nuestros prójimos no reciben amor, pero no amor sentimental, humano, sino el Amor de Cristo, que es el Amor de caridad, el Amor propiamente divino, el Amor de su Sagrado Corazón, el que hemos recibido en la comunión eucarística, es porque hemos comulgado en vano, es porque el Amor que Jesús derramó en nuestros corazones, no pudo penetrar en ellos, porque nuestros corazones, en vez de ser como esponjas secas arrojadas en el mar –que así deberían ser, para ser impregnadas por el Amor Divino-, se comportaron como frías y duras rocas, impermeables al Amor de Dios.

         ¿Cómo es nuestro corazón, al momento de recibir la Sagrada Eucaristía? ¿Como una roca, fría y dura, impenetrable al Amor Divino, que permanece igual antes, durante y después de la comunión, y así queda al margen del Reino de los cielos? ¿O, por el contrario, nuestro corazón es como una esponja seca, que arrojada en el mar, se empapa del Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y que luego comunica de ese Amor a sus hermanos, haciéndose merecedor del Reino de Dios?

martes, 18 de junio de 2013

“Amen a sus enemigos”


“Amen a sus enemigos” (Mt 5, 43-48). El mandato de amar a los enemigos es la prueba más evidente de que la religión cristiana no es natural, sino sobrenatural. Desde un punto de vista meramente humano, es imposible “amar” al enemigo; a lo sumo, se podrá tener compasión o piedad de él, si es que está prisionero o a nuestra merced, pero nunca se lo podrá “amar”. Precisamente, porque se trata de un enemigo, la reacción natural es el enfrentamiento y el exigir, generalmente por la fuerza, el resarcimiento de la ofensa cometida, que es lo que lo ha convertido en enemigo. En este sentido, la Ley del Talión, “ojo por ojo y diente por diente”, miraba a esto, a no excederse en el exigir la compensación y buscaba evitar la venganza y el daño desproporcionado a quien había cometido un daño. La Ley del Talión, que buscaba equidad en el trato con el prójimo considerado enemigo, al tiempo que evitaba la venganza, es la expresión más alta del trato justo hacia el enemigo, pero en ningún momento manda “amar” al enemigo, porque al enemigo, desde el punto de vista humano, o se le tiene compasión, se lo perdona, o se lo aniquila, pero nunca, por definición, se lo ama.
Este es el motivo por el cual el mandato de Jesús de amar al enemigo demuestra que la religión cristiana es de origen celestial, porque humanamente, es un mandato imposible de cumplir. ¿Hay que decir, entonces, que Jesús manda algo imposible? De ninguna manera, porque la fuerza divina para cumplir este mandato divino, nos la concede Él desde la Cruz, porque no solo nos da ejemplo, al implorar perdón por quienes le quitan la vida –es decir, todos nosotros, con nuestros pecados-, sino que nos concede aquello que hace posible el cumplimiento, y es el Amor divino, infundido en las almas por medio de la Sangre que brota de su Corazón traspasado.   
“Amen a sus enemigos”, nos dice Jesús, y al mismo tiempo que nos da el mandato, nos da la Fuerza del Amor divino necesaria para cumplirla. Quien se descubra falto de esa Fuerza divina, debe acudir a beberla de su manantial, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.


lunes, 3 de diciembre de 2012

“Te alabo Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y las has revelado a los pequeños”



“Te alabo Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y las has revelado a los pequeños” (Lc 10, 21-24). Estremecido de gozo por el Espíritu Santo, Jesús alaba al Padre por haber “ocultado estas cosas a los sabios y prudentes” y por “haberlas revelado a los pequeños”.
¿Cuáles son las cosas que el Padre oculta a los sabios y revela a los pequeños? 
Las “cosas” que Dios Padre oculta a los sabios del mundo –no es equivalente a títulos académicos, ya que se puede ser un analfabeto pero al mismo tiempo ser soberbio, orgulloso, egoístas y auto-suficiente-, son las cosas suyas, las maravillas de Dios, que a los ojos de los “sabios y prudentes” mundanos, aparecen como insignificantes, como poca cosa, como algo despreciable: la gracia santificante, que como agua de manantial cristalina, pura y fresca, apaga la sed de Dios que toda alma tiene, y se derrama como de su fuente inagotable desde los sacramentos de la Iglesia, los cuales son vistos por los mundanos como algo sin valor, por lo cual no vale la pena perder el tiempo; la Eucaristía, en donde late el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, envuelto en las llamas del Amor divino, que se comunica sin reservas al alma que lo recibe con fe y con amor en la comunión eucarística, pero que para los mundanos, sabios y prudentes, es sólo un poco de pan bendecido, sin mayor valor que el de ser un símbolo de una religión atrasada, que no se adapta a los cambios modernos; la Santa Misa, que es en sí misma el mismo y único Santo Sacrificio del Calvario, renovado incruentamente bajo el velo sacramental, y que por lo tanto su asistencia equivale a asistir a la ejecución de Jesús en el Calvario, por lo que los pasos dados en dirección a la Misa son pasos dados en dirección al cielo, pero para los mundanos, es sólo un rito vacío, aburrido, penoso y fastidioso, que bien puede ser reemplazado por el fútbol, la política, las diversiones, los paseos; la confesión sacramental, tribunal de la Divina Misericordia, en el cual Dios Padre perdona todo tipo de ofensas cometidas contra su majestad, derramando sobre el penitente la Sangre de su Hijo Jesús crucificado, pero para los sabios y mundanos, se trata sólo de consejos de moral anticuada que de nada valen para los tiempos de hoy.
“Te alabo Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y las has revelado a los pequeños”. Sólo al alma pequeña, el alma que se humilla delante de su Dios, Presente en Persona en la Eucaristía, y que se humilla delante de su prójimo, imagen viva del Dios Viviente, sólo a estas almas, pequeñas e insignificantes para el mundo, le revela Dios Padre las maravillas admirables de sus secretos absolutamente sobrenaturales.