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martes, 18 de abril de 2023

“La luz vino al mundo, pero el perverso no vive en la luz, sino en la oscuridad”

 


“La luz vino al mundo, pero el perverso no vive en la luz, sino en la oscuridad” (Jn 3, 16-21). Al hacer esta declaración, Jesús está revelando la naturaleza luminosa de la Encarnación, por un lado, y el estado de tinieblas en las que se encuentra el hombre que, sin la gracia, vive en la más completa oscuridad espiritual.

Cuando Jesús habla de luz y de oscuridad, lo hace evidentemente en términos naturales, preternaturales y sobrenaturales: la oscuridad dela que habla Jesús es de orden natural y preternatural, porque la oscuridad en la que se encuentra inmersa la tierra, desde la caída de Adán y Eva por el pecado original, es la oscuridad de la razón humana, que con fatiga llega apenas, con mucho esfuerzo, al conocimiento de Dios Uno; oscuridad preternatural o angélica, porque también desde la caída de Adán y Eva la tierra toda y sobre todo las almas de los hombres, están envueltas en las siniestras tinieblas de los ángeles caídos, los demonios, con Satanás a la cabeza.

Ahora bien, cuando Jesús habla de luz, habla de luz en sentido sobrenatural, porque se trata de la luz divina y eterna que brota del Ser divino trinitario y es esa luz que, con la Encarnación, “vino al mundo”, para iluminar a los que viven “en tinieblas y en sombras de muerte”, para iluminar a los hombres que viven dominados por las tinieblas vivientes, los habitantes del Infierno, los ángeles caídos. Jesús, Dios Hijo encarnado, es la Luz Eterna que, proviniendo eternamente del seno del Padre, ilumina con la luz divina de su Ser divino trinitario a quien se le acerca con fe, devoción y amor, en la Sagrada Eucaristía y en la Santa Cruz.

Pero el acercarnos a Jesús y dejarnos iluminar por su divina luz, es algo que depende de nuestro libre albedrío, por eso, quien no quiere ser iluminado por Cristo, vive en la oscuridad satánica, obra las obras del Reino de las tinieblas, se goza en la oscuridad maligna y no se acerca a la Luz Eterna, no se acerca, ni a la Eucaristía, ni a la Santa Cruz. De nuestra libertad depende vivir, en el tiempo terreno que nos queda y luego en la eternidad, en la luminosa Luz Eterna de Cristo Dios o en la oscuridad siniestra de las tinieblas vivientes, el Reino de las sombras, donde no hay redención.

sábado, 27 de enero de 2018

“(…) Un espíritu impuro gritó: “Ya sé quién eres: el Santo de Dios””


(Domingo IV - TO - Ciclo B – 2018)

         “(…) Un espíritu impuro gritó: “Ya sé quién eres: el Santo de Dios”” (Mc 1, 21-28).  Los demonios, que pueblan la tierra desde que fueron expulsados del cielo a causa de rebeldía contra Dios y cuyo fin es el seducir y tentar a las almas para conducirlas por el camino de la eterna perdición, reconocen que Jesucristo es “el Santo de Dios”. Según Santo Tomás, los demonios conocen a Jesús por conjeturas –deducen que no es un hombre más entre tantos, debido a que se dan cuenta que sus milagros, prodigios y signos no los puede hacer un hombre común- y no porque tengan de Él un conocimiento en su esencia, como sí lo tienen los ángeles de luz. Ahora bien, podemos conjeturar que, puesto que los demonios, ante su Presencia, “se arrojan a sus pies” y exclaman, aterrorizados: “Tú eres el Santo de Dios”, los ángeles rebeldes tienen otro tipo de conocimiento de Jesús, además del conocimiento por conjeturas y una orientación nos la da el terror que los ángeles rebeldes experimentan ante Jesús. ¿Cuál es la razón del terror que experimentan los demonios ante Jesús? Los ángeles caídos se aterrorizan ante Jesús porque reconocen en Jesús -que ha venido “para destruir las obras del Demonio”-, en su voz, la omnipotencia del Dios que los creó, los puso a prueba en el Cielo y finalmente los expulsó, al convertirse ellos mismos, por propia decisión, en ángeles perversos y malignos. Es decir, al escuchar la voz humana de Jesús, reconocen que, a través de esta voz humana, habla la Palabra de Dios, el mismo Dios que los creó y que luego de fallar en la prueba de amor hacia Él, los precipitó en el Infierno para siempre. Esa es la razón por la cual, al escuchar a Jesús y ante la sola orden de su voz, huyen inmediatamente de los cuerpos humanos a los que habían poseído, llenos de terror. Si Jesús fuera solo un hombre, de ninguna manera experimentarían los demonios el terror que experimentan ante el Hombre-Dios Jesucristo.

                  “(…) Un espíritu impuro gritó: “Ya sé quién eres: el Santo de Dios””. Nada bueno enseñan los demonios, pero en este caso, hay algo que sí podemos aprender de ellos, y es el reconocer, en Jesús de Nazareth, a Dios Hijo encarnado. La diferencia es que a ellos se les manifestaba por medio de una naturaleza humana, mientras que a nosotros, ese mismo Hijo de Dios encarnado, se nos manifiesta por medio de las especies eucarísticas, en el Santísimo Sacramento del altar. Si los demonios se arrojaban a los pies de Jesús exclamando, llenos de terror, “Tú eres el Santo de Dios”, nosotros, iluminados por la Santa Fe católica, debemos postrarnos ante Jesús Eucaristía y exclamar, llenos de amor: “¡Jesús Eucaristía, Tú eres Dios, Tres veces Santo!”.

martes, 5 de septiembre de 2017

“Un hombre poseído le dijo: “Ya sé quién eres: el Santo de Dios”


“Un hombre poseído le dijo: “Ya sé quién eres: el Santo de Dios” (cfr. Lc 4, 31-37). Un demonio, que posee el cuerpo de un hombre, proclama que Jesús es “el Santo de Dios”. Ninguna creatura, ni un hombre, ni un ángel –un demonio, como en este caso-, puede saber que Jesús es el Hijo de Dios, si Dios no se lo revela. El demonio y los ángeles caídos, en cuanto ángeles poseen una inteligencia sumamente superior a la inteligencia humana, pero si el demonio que posee al hombre afirma que Jesús es el Hijo de Dios, no lo hace en virtud de su inteligencia, ni tampoco por la gracia, puesto que como demonio, ya no puede recibir más la gracia. Lo que hace el demonio es deducir y sacar conclusiones: “Este hombre, Jesús de Nazareth, se proclama Hijo de Dios, hace milagros que solo Dios puede hacer, y ahora me domina con su sola voz, entonces no hay dudas: es Dios Hijo encarnado; es Dios Hijo oculto en una naturaleza humana”. Esa es la razón por la cual el demonio, que posee el cuerpo de un hombre, reconoce a Jesús. Y este demonio ve confirmada su hipótesis cuando experimenta, en sí mismo, la poderosísima fuerza divina, que con una sola orden de su voz, lo expulsa fuera del cuerpo del hombre y lo hace callar a él, un espíritu rebelde.
“Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. El Evangelio nos revela diversas verdades sobrenaturales: la existencia del demonio y en consecuencia del Infierno, “creado para el Diablo y sus ángeles”; la capacidad de los ángeles caídos de poseer cuerpos humanos –posesos-, con lo que la posesión demoníaca se vuelve una realidad y se diferencia claramente de una enfermedad psicológica; por fin, la realidad de la divinidad de Jesucristo, el Hombre-Dios, que expulsa con su sola voz a un espíritu tan fuerte como es un ángel, en este caso, caído.

“Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Un demonio, haciendo razonamientos con su inteligencia angélica, llega a la misma conclusión que la verdad enseñada por el Catecismo de la Iglesia Católica, esto es, que Cristo es Dios Hijo encarnado,    que prolonga su encarnación en la Eucaristía. Si ese demonio estuviera delante de la Eucaristía, al experimentar en sí la poderosísima fuerza de Dios que, emanando de la Eucaristía, le impide hacer el mal que él querría hacer, diría lo mismo que dijo en el Evangelio: “Tú, en la Eucaristía, eres el Hijo de Dios”. ¿Por qué los demonios reconocen una verdad que es negada por la inmensa mayoría de los católicos?  

sábado, 21 de enero de 2017

“El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz”



(Domingo III - TO - Ciclo A – 2017)

“El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz” (Mt 4, 12-23). Con motivo del traslado de Jesús a…, el Evangelista Mateo cita una profecía de Isaías: “El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz” (9 1), afirmando que era de esta manera como esta profecía habría de cumplirse. Es decir, para el Evangelista, la profecía de Isaías, que afirmaba que “un pueblo que habitaba en tinieblas” habría de “ver una gran luz”, se cumple con el traslado físico de Jesús de una región a otra de Palestina: “Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí”. Muchos pueden pensar que el Evangelista habla en un sentido metafórico, pero no es así: iluminado por el Espíritu Santo, San Mateo ve lo que sucede en la realidad: Jesús, que es Dios y en cuanto Dios es “luz del mundo”, Luz de Luz y la “Lámpara de la Jerusalén celestial”, ilumina el lugar adonde va, y lo hace con una luz que no le viene desde afuera, impuesta por alguien, sino que surge de su propio Acto de Ser divino, trinitario: Jesús es luz divina, celestial, sobrenatural, porque la naturaleza divina es luminosa en sí misma. Es decir, la “gran luz” que ve “el pueblo que habitaba en tinieblas” – y “en sombras de muerte”-, no es otra cosa que Dios mismo que, en la Persona del Hijo de Dios, viene a esta tierra, para iluminar y dar de su vida eterna a quien ilumina. Y si “la gran luz” es Dios Hijo encarnado, Jesús de Nazareth, “el pueblo que habita en tinieblas y en sombras de muerte” no es otra cosa que la humanidad entera, caída en el pecado original cometido por los Primeros Padres, Adán y Eva. Por último, las “tinieblas y sombras de muerte” que envuelven a la humanidad, y que son derrotadas por la Luz Increada y Encarnada, Jesús de Nazareth, son los demonios, los ángeles caídos, verdaderas sombras vivientes que, surgidas desde lo más profundo del Infierno, envuelven a la humanidad entera desde la expulsión de Adán y Eva del Paraíso.

“El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz”. Esa misma Luz Increada, Dios Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, que hace veinte siglos se trasladó, por medio de la humanidad santísima de Jesús de Nazareth, a “Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí”, es la misma Luz Increada que, oculta bajo las especies sacramentales, habita en la Eucaristía, en el sagrario, para iluminarnos a nosotros, hombres del siglo XXI, que vivimos “en tinieblas y en sombras de muerte”, y para darnos, junto con la luz divina que brota de la Eucaristía, su vida y su Amor divinos.

viernes, 8 de julio de 2016

“Yo los envío como a ovejas en medio de lobos”


“Yo los envío como a ovejas en medio de lobos” (Mt 10, 16-23). Los discípulos de Jesús, en medio del mundo, son comparados, por el mismo Jesús, a “ovejas en medio de lobos”. ¿Por qué esta comparación? Una oveja es un animal manso, en tanto que el lobo es un animal agresivo y carnívoro y depredador, siendo la oveja uno de sus blancos preferidos y más fáciles de conseguir. La mansedumbre del cristiano-oveja se debe a que, por la gracia, se hace partícipe de la mansedumbre del Cordero de Dios, en tanto que la agresividad y hostilidad del mundo sin Dios, participan de la furia deicida del Ángel caído y de la malicia que brota del corazón del hombre en pecado. A primera vista, pareciera como si los cristianos en el mundo estuvieran inermes e indefensos y en grave peligro de muerte, así como un rebaño de ovejas está en peligro inminente de ser devorado por una manada de lobos que rodea al redil. Sin embargo, la indefensión de los cristianos es sólo aparente, porque mientras las ovejas sí están indefensas y nada pueden hacer contra las dentelladas de los lobos, si estos alcanzan a hundir sus dientes en sus tiernas carnes, los cristianos, por el contrario, están protegidos por la Sangre del Cordero de Dios, que ahuyenta a los lobos, los ángeles caídos, y los protege de la malicia de los hombres sin Dios. Si un pastor terreno dejara a su redil a merced de una manada de lobos, desentendiéndose de su suerte, se podría decir, con toda justicia, que ese pastor es desalmado y que no le importa nada el destino de sus ovejas, pues es inevitable que los lobos terminen desgarrando, con sus filosos dientes, los cuerpos indefensos de las ovejas, terminando con el rebaño entero en muy poco tiempo. Pero no es este el caso del Pastor Eterno, Cristo Jesús, porque aunque sus ovejas están en el mundo, rodeadas de lobos y de peligros para la eterna salvación, es Él mismo en Persona quien las asiste, las protege y las cuida para que nada malo les suceda, protegiéndolas con su Amor divino, de manera que ni todo el mal del mundo, ni todo el odio del infierno, puede siquiera tocar un cabello de un cristiano, si Jesús no lo permite (cfr. Mt 10, 29-30). Si Jesús nos envía a los cristianos a un mundo sin Dios, es para que, asistidos por su Sangre, por su Amor y por el Espíritu Santo, sea Él quien conquiste el mundo, por medio de nuestro testimonio, venciendo el odio con el Divino Amor y la violencia con la mansedumbre de su Sagrado Corazón.

viernes, 30 de enero de 2015

“Los espíritus impuros se arrojaban a sus pies diciendo: ‘Ya sé quién eres: el Santo de Dios’”


(Domingo IV - TO - Ciclo B – 2015)
         “Los espíritus impuros se arrojaban a sus pies diciendo: ‘Ya sé quién eres: el Santo de Dios’” (Mc 1, 21-28). Jesús realiza exorcismos, y cuando los demonios son expulsados, exclaman: “Tú eres el Santo de Dios”. El Evangelio nos plantea por lo tanto el grado de conocimiento que de Jesús tienen los ángeles caídos, los demonios; por extensión, nos plantea qué grado de conocimiento tienen de Jesús los ángeles de luz, y qué grado de conocimiento tenemos nosotros, los hombres. Con respecto a los demonios, hay que decir que este conocimiento es de tipo conjetural, porque lo ven hacer milagros que solo Dios puede hacer, y como Él se auto-proclama Dios, entonces deducen que es Dios; pero también deducen que es Dios porque ellos mismos experimentan, en los exorcismos que realiza Jesús, la omnipotencia divina, que se transmite a través de la voz humana de Jesús y que es la que los hace salir expulsados inmediatamente, de los cuerpos a los que poseen. Los demonios reconocen en Jesús a Dios, o al menos a su fuerza, que actúa a través de Jesús, y se postran delante de Jesús, no en adoración, porque la adoración implica amor a Dios y los ángeles caídos, por definición, no poseen amor y jamás lo podrán poseer, porque renunciaron libremente al Amor de Dios. A pesar de eso, lo reconocen y le dicen: “Tú eres el Santo de Dios”. Los demonios no pueden ver a la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en Jesús de Nazareth, porque no poseen la gracia y por lo mismo, han quedado como ciegos delante de Dios; además, ellos son oscuridad y Dios es Luz divina y eterna, y la luz nada tiene que ver con la oscuridad.
         De modo transitivo, el Evangelio nos plantea también el conocimiento que de Jesús tienen los ángeles de luz, y lo que nos enseña el Catecismo es que ellos lo conocen en cuanto Dios, porque contemplan su esencia, desde el momento en que poseen la gracia que los capacita para esa visión. Los ángeles de luz, que contemplan a Jesús en su esencia divina, saben que Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, encarnada en una naturaleza humana, y se postran ante su Presencia, en señal de adoración y de amor, exclamando, entre otras alabanzas, el triple Sanctus: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios Sébaoth”, como proclaman los ángeles ante el trono de Dios, en la visión de Isaías, y como lo proclaman los ángeles en el Apocalipsis, al adorar al Cordero en su trono. Los ángeles de luz pueden ver a Dios Hijo en Jesús de Nazareth, porque ellos participan de la luz de Dios, por la gracia; son luz en la luz y por la luz de Dios, y como la luz es afín a la luz, entonces, a diferencia de los demonios, que son oscuridad y tinieblas vivientes, los ángeles de luz pueden ver al Hijo de Dios en Jesús de Nazareth. Por eso es que, luego de la las tentaciones de Jesús en el desierto, los ángeles acompañan a Jesús y lo sirven, como dice el Evangelio, porque Jesús es el Rey de los ángeles.
         Por último, el Evangelio nos plantea también el conocimiento que nosotros tenemos de Jesús, y el conocimiento que tenemos, es el que nos da la fe, puesto que no lo contemplamos en su esencia, como los ángeles de luz. El hombre que puede contemplar a Dios, intuitivamente, en su esencia, es aquel que muere en estado de gracia, pues inmediatamente, antes de la resurrección de los cuerpos, y antes del Juicio Final, comienza a gozar de la visión beatífica. Esto es lo que nos enseña el Catecismo de la Iglesia, en su número 1023: “Quienes mueren en la gracia y amistad de Dios y están perfectamente purificados viven con Cristo para siempre. Ellos son como Dios, porque lo ven “como es Él” (1 Jn 3, 2 ), “cara a cara” (1 Cor 13, 12).  Éste es una de las verdades de fe reveladas por la Escritura y confirmada por al Tradición y es un dogma irreformable de la Iglesia Católica, y es uno de los más grandiosos y maravillosos misterios de la fe católica: la visión beatífica de las almas en el cielo, la cual consiste en la visión inmediata y en la contemplación intuitiva de Dios Trino, reservada para quienes han pasado a la otra vida en estado de gracia, completamente purificados de toda imperfección; es el regalo más preciado y el fruto más maravilloso de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, porque Él murió en cruz, precisamente, para que alcanzáramos el Reino de los cielos, la felicidad eterna en la contemplación de la Trinidad. Ahora bien, nosotros, que estamos en la tierra, no gozamos de esta visión intuitiva, inmediata, cara a cara, de Dios Uno y Trino, pero sí sabemos, por la fe de la Iglesia, que Jesús no es un hombre más entre tantos, sino Dios Hijo encarnado, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que prolonga su Encarnación gloriosa en la Eucaristía, y esto es una forma de “ver” a Jesús: no con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del alma, iluminados por la luz de la fe. Esta luz de la fe nos fue infundida, gratuitamente, como una semilla, con la gracia bautismal, pero depende de la libertad de cada uno, acrecentar esa fe, con actos concretos de fe, de piedad, de oración, de amor de caridad, o bien, apagar esa fe, viviendo en la vida cotidiana, como si Dios no existiera y como si Jesús fuera un “fantasma”, como le dicen los discípulos cuando lo ven caminar sobre el agua.
Y es aquí en donde se plantea la diferencia con los ángeles, tanto los caídos como los de luz, con nosotros: tanto los ángeles caídos, como los ángeles de luz, reconocen en Jesús a Dios y si bien los ángeles caídos no lo adoran, sí se postran ante su Presencia, en señal de sumisión, mientras que los ángeles de luz sí lo adoran, porque lo aman; nosotros, que sabemos que Jesús es Dios, muchas veces, lo negamos, como si no lo conociéramos, y al hacer esto, renegamos y negamos la fe de la Iglesia y nos volvemos como ciegos frente a su Presencia Eucarística. Por el contrario, si hemos recibido la luz de la fe, es decir, el conocimiento de que Jesús de Nazareth es Dios Hijo encarnado y que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, es para que demos fruto y fruto abundante, del treinta, sesenta o ciento por ciento.

“Los espíritus impuros se arrojaban a sus pies diciendo: ‘Ya sé quién eres: el Santo de Dios’”. Al contemplar a Jesús en la Eucaristía –ya sea en la Santa Misa, en la consagración, cuando por el milagro de la Transubstanciación el pan y el vino se convierten en las substancias gloriosas del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, o ya sea en la adoración eucarística-, todo cristiano, movido por el Amor de Dios e iluminado por la luz de la gracia y de la fe, debería decirle a Jesús: “Tú eres el Hijo de Dios”, y demostrar su amor y su adoración con el ejemplo y la santidad de vida. Es esto lo que enseña Santo Tomás de Aquino, cuando dice que “amar a Dios es más importante que conocerlo”, pero como nadie ama lo que no conoce, hay que conocer a Dios encarnado, Jesucristo, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, para amarlo y adorarlo, en el tiempo y en la eternidad. 

miércoles, 21 de enero de 2015

“Los espíritus impuros, apenas lo veían, se tiraban a sus pies, gritando: “¡Tú eres el Hijo de Dios!””


“Los espíritus impuros, apenas lo veían, se tiraban a sus pies, gritando: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”” (Mc 3, 7-12). Lo que llama la atención en este Evangelio es la expresión de los demonios al ser expulsados de los cuerpos de los posesos, luego de los exorcismos realizados por Jesús: si los ángeles caídos, por definición, no tienen más, porque la perdieron libre y voluntariamente, por propia perversa decisión, la visión beatífica, y por lo tanto no pueden ver a Jesús como Hombre-Dios, ¿por qué motivo, cuando son expulsados a causa de los exorcismos, dicen: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”, como si reconocieran a la Persona de Dios Hijo en Jesús de Nazareth? Dicho de otra forma: los ángeles apóstatas, a causa de rebelión, perdieron la gracia y por lo tanto, quedaron cegados a la visión intuitiva de la esencia divina; no tienen modo de conocer a Jesús como Hijo de Dios por el conocimiento que les da la gracia; entonces, ¿cómo es que sí reconocen –o al menos así parece- a Jesús como Hijo de Dios cuando son expulsados a causa de los exorcismos realizados por Jesús?
El conocimiento que tienen los demonios, de Jesús, es conjetural: ven a un hombre, Jesús de Nazareth, que se auto-proclama Dios y que hace milagros que sólo Dios puede hacer; por lo tanto, deducen que, o es Dios, o es un hombre a quien Dios acompaña con sus obras. Sin embargo, en el caso de las expulsiones sufridas en los exorcismos, a los demonios les sucede algo más: en la voz de Jesús de Nazareth, reconocen la poderosísima voz del Creador, porque saben que han sido creados por el Dios de infinita bondad, a Quien ellos traicionaron por pura maldad, y reconocen la voz del Creador, porque cuando Jesús les imparte la orden de salir, a través de su voz humana, emitida por sus cuerdas vocales, se vehiculiza la omnipotencia divina, que es la que los expulsa de los cuerpos a los que ellos han poseído. Es decir, cuando los demonios ven acercarse a Jesús, ven a un hombre más, como cualquier otro, pero cuando Jesús emite la orden de salir de los cuerpos que han poseído, los demonios se ven arrastrados por una fuerza poderosísima, abrumadora, que no pueden dejar de reconocer como perteneciente a Dios, que es su Creador y es por eso que, aunque no ven intuitivamente a la Persona de Dios Hijo en Jesús de Nazareth, deducen, con toda exactitud, que ese Hombre que los ha expulsado con su sola voz, es Dios en Persona, y por eso, llenos de furia y de rabia demoníaca, pero también llenos de terror, al experimentar la severidad de la Justicia Divina, al salir de los cuerpos a los que poseían, gritan: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”.
Ahora bien, si llama la atención que los demonios reconozcan a Jesús, aun cuando no lo pueden ver, pero sí cuando experimentan la poderosísima omnipotencia divina que se transmite a través de la voz humana de Jesús de Nazareth, llama todavía más la atención otro hecho: que una inmensa cantidad de hijos adoptivos de Dios, no reconozcan a Jesús, cuando en la Santa Misa, en el momento de la consagración, es el mismo Jesús quien pronuncia y emite, a través de la débil voz del sacerdote ministerial, las palabras de la consagración, que por la misma omnipotencia divina, producen el milagro de la Transubstanciación, que convierte las substancias inertes del pan y del vino en las substancias gloriosas del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús.

En otras palabras, así como los demonios reconocen, por la intensidad de la fuerza divina que se transmite por la voz humana de Jesús de Nazareth, a la Persona de Dios Hijo, y por eso le dicen: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”, así los cristianos deberían reconocer a Jesús, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que a través de la voz humana del sacerdote ministerial y por la omnipotencia del Amor Divino, produce la conversión de las materias inertes del pan y del vino en las substancias gloriosas del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, en la Santa Misa. Todos los cristianos, al escuchar las palabras de la Transubstanciación –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, deberían decir, no al sacerdote ministerial, sino a Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, que pronuncia estas palabras a través del sacerdote concediéndoles el poder divino de realizar la Transubstanciación: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”.

sábado, 8 de febrero de 2014

“Ustedes son la luz del mundo..."


(Domingo V - TO - Ciclo A – 2014)
         “Ustedes son la luz del mundo (…) una lámpara no se enciende para ocultarla, sino para que alumbre (…) los hombres deben ver brillar la luz que hay en ustedes, con sus buenas obras, para que glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 5, 13-16). Nuestro Señor plantea la lucha entre el Bien y el Mal en términos de luz y oscuridad: los cristianos forman parte de la luz, participan de la luz, porque Dios Padre les ha hecho partícipes de su luz al comunicarles la gracia divina de la filiación en el bautismo sacramental; es a esta luz a la que Jesús se refiere cuando dice que “no se enciende una lámpara para esconderla bajo un cajón”, porque es Dios Padre quien ha encendido al alma con la luz divina de la gracia en el momento del bautismo. Para graficar esta lucha, Jesús utiliza la figura de un hombre que enciende una luz en una lámpara: si la enciende, es obvio que no se la enciende para esconderla debajo de una mesa o para ponerla dentro de un cajón; si alguien enciende una lámpara, es porque la casa se encuentra en tinieblas y es necesaria la luz y esa luz debe colocarse en lo alto para que disipe las tinieblas, de otro modo, es inútil. Ese hombre que en la figura del Evangelio enciende la luz de la lámpara es en la realidad sobrenatural de la eternidad de los cielos, Dios Uno y Trino, porque Dios Trino es luz y luz eterna, indefectible, celestial, sobrenatural; Dios es luz que vence a las tinieblas, a los ángeles caídos, que son tinieblas vivientes, y Dios, que es luz eterna y viviente, comunica de esa luz por medio del bautismo sacramental, a las almas, convirtiéndolas de meras creaturas en hijos adoptivos suyos, reviviendo así en cada bautismo sacramental la escena del Jordán, dirigiendo a cada niño que se bautiza las mismas palabras que le dirigió a su Hijo Jesús: “Este es mi hijo muy amado”. Pero esta luz de gracia, la gracia de la filiación, que Dios Padre enciende en el bautismo sacramental, debe ser desplegada voluntaria y libremente porque el hombre es un ser libre ya que en esto consiste la “imagen y semejanza” con la que fue creado (cfr. Gn 1, 26), y este despliegue libre y voluntario de la gracia, se verifica por medio de las obras buenas, que son las que iluminan y disipan las tinieblas.
         La gracia del bautismo es luz, porque es participación de la Gracia Increada, es decir, es participación de Dios, que es Luz en sí mismo, pero si esa luz, esa gracia, no se pone por obra, no ilumina, y así las tinieblas no se disipan, permanecen como tinieblas. Cuando un católico no da testimonio de su catolicismo, el mundo, que “yace en tinieblas y en sombras de muerte” (cfr. Lc 2, 6-7) sigue yaciendo en tinieblas y en sombras de muerte”. Si un niño que asiste a un colegio católico miente y roba y maltrata a sus padres, sin propósito de enmienda, es una lámpara que se oculta bajo la mesa, no alumbra y no ilumina; si los novios católicos no conservan la castidad, no alumbran, no dan testimonio, no alumbran; si los padres católicos no rezan ni asisten a Misa, no alumbran a sus hijos y si no evitan la discordia entre sí, no alumbran; si un sacerdote católico está a favor de la anti-natura, no alumbra; si una universidad católica no predica el Magisterio eclesiástico, no alumbra; si un colegio católico se relaja en la moral católica, no alumbra; si un medio de información católico no transmite información católica, no alumbra, y así sucede con todo lo demás.

“Ustedes son la luz del mundo (…) una lámpara no se enciende para ocultarla, sino para que alumbre (…) los hombres deben ver brillar la luz que hay en ustedes, con sus buenas obras, para que glorifiquen al Padre que está en el cielo”. Si el mundo de hoy está inmerso en la más profunda de las tinieblas, es porque los cristianos no alumbramos como deberíamos. Es hora de que obremos las obras de misericordia, corporales y espirituales, las que nos prescribe la Iglesia, para que los hombres vean la luz que Dios ha puesto en nuestras almas el día de nuestro bautismo, y así glorifiquen al Padre que está en los cielos.

domingo, 19 de enero de 2014

“A vino nuevo, odres nuevos”


“A vino nuevo, odres nuevos” (Mc 2, 18-22). Para entender lo que Jesús nos quiere decir, hay que acudir al profeta Ezequiel, ya que allí se encuentra la clave para su comprensión. A través del profeta, Dios anuncia la renovación del corazón del hombre por medio del agua y de su Espíritu: “Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos” (Ez 36, 25-27). Por el pecado, el mal ha endurecido al corazón humano y le ha dado la consistencia de una piedra, y en vez de adorar y amar a Dios, que es su Creador, lo ha desplazado de su puesto natural y ha colocado en su lugar a ídolos inertes, ídolos mudos y sordos, ídolos que le exigen obrar inmundicias y es así como su corazón es como un templo de piedra, frío, oscuro, lleno de inmundicias y repleto de ídolos abominables, los cuales no son otra cosa que ángeles caídos, es decir, demonios, que han usurpado el corazón del hombre y lo han poseído indebida e ilegalmente. Dios no puede tolerar esta situación, porque Él ha creado el corazón humano y le pertenece, es su propiedad y no de los ídolos demoníacos, y es por eso que anuncia, a través del profeta, que ha de solucionar prontamente la situación a través de dos elementos que lavarán y regenerarán completamente el corazón del hombre, el agua y el Espíritu, prefiguración del sacramento del Bautismo. Por el Bautismo sacramental, el alma será sumergida místicamente con Cristo en las aguas del Jordán, y allí se cumplirá lo que dice el profeta Ezequiel: “derramaré sobre vosotros un agua que os purificará de todas vuestras inmundicias e idolatrías”, porque el templo de piedra que es el corazón del hombre, será inundado por el torrente impetuoso de la gracia de Cristo que lo sumergirá en la santidad divina y arrasará con los ídolos y lo lavará de toda podredumbre de pecado y de malicia y exorcizará toda presencia y posesión demoníaca, y el corazón de piedra se convertirá en un corazón humano, es decir, no solo dejará de obrar el mal, sino que obrará el bien y, más que el bien, obrará la santidad, guiado por la gracia divina; por el Bautismo sacramental, el alma recibirá el soplo del Espíritu Santo, que como Dulce Paloma aleteará sobre ella haciendo del alma una Nueva Creación, así como el Espíritu aleteó en la Creación, en el Génesis, cumpliéndose de esta manera lo anunciado por el profeta Ezequiel: “Os infundiré mi Espíritu”, y el que recibe el Espíritu de Dios obra los Mandamientos de Dios porque ama a Dios y es una sola cosa con Él por el Amor, cumpliéndose también esto otro anunciado por el profeta Ezequial: “y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos”.

Es así como se entiende lo que dice Jesús: “A vino nuevo, odres nuevos”, porque el vino nuevo es la gracia y el odre nuevo es el corazón del hombre, renovado por el agua y el Espíritu en el Bautismo sacramental. 

sábado, 13 de julio de 2013

“Si quieres ganar la vida eterna, si quieres salvar tu alma, ve y procede de la misma manera que el buen samaritano (…) ten compasión de tu hermano más necesitado”


(Domingo XV - TO - Ciclo C – 2013)
         “Ve y procede de la misma manera (…) ten compasión de tu hermano más necesitado” (Lc 10, 27-35). En la parábola del Buen Samaritano, Jesús no nos da un mero ejemplo de cómo ser solidarios con los demás: en la parábola está contenida toda la historia de la salvación: está contenido el misterio de iniquidad, la caída del hombre y su destierro del Paraíso a causa del pecado original; la tenebrosa y siniestra realidad de los ángeles caídos, que precedieron al hombre en su separación de Dios y, finalmente, el perdón, el rescate y la redención del Hombre-Dios Jesucristo. Además, en la parábola, dada por Jesucristo como respuesta a la pregunta de “qué hay que hacer para ganar la vida eterna”, está el programa de vida que conduce a la salvación eterna.
         Cada uno de los integrantes de la parábola, por lo tanto, representa una realidad sobrenatural:
         -La caída del hombre a causa del pecado está representada en el asalto y ataque de los ladrones del camino, que dejan al hombre de la parábola malherido y tendido en el suelo: es la imagen del hombre caído por el pecado, expulsado del Paraíso, privado de la visión de Dios porque ya no posee la gracia santificante.
         -Los asaltantes del camino representan a los demonios, que hacen presa fácil del caminante, son los demonios que, expulsados del Paraíso, dominan con facilidad al hombre, que por haber sido expulsado de la Presencia de Dios, está solo e indefenso. Los que pasan de largo representan a los hombres que, sin Dios, que es Amor, no tienen compasión ni amor por sus prójimos.
         -El hombre golpeado es la humanidad sin Dios, fácil presa de los demonios, del pecado y de las pasiones sin control.
         -El Buen Samaritano es figura de Cristo, quien con su misterio pascual de Muerte y Resurrección, rescata al hombre, le concede el perdón divino, lo sana con su gracia santificante y le concede una nueva vida, la vida de los hijos de Dios.
-La posada, a la cual acude el Buen Samaritano con el hombre herido a a cuestas, y en donde reposa para terminar de curar sus heridas, es figura de la Iglesia con sus sacramentos, que recibe en nombre de Cristo al hombre herido por el pecado original, atormentado por los demonios, y acosado por sus pasiones, para que sane de sus heridas y se sienta a salvo y en paz.
-El último elemento que se encuentra en la parábola, es la representación de lo que todo católico debe hacer si quiere salvar su alma: imitar a Jesús, el Buen Samaritano. Recordemos que la parábola es dada por Jesús como respuesta a la pregunta de un doctor de la ley acerca de qué es lo que debe hacerse para ganar la vida eterna: Jesús le dice que hay que cumplir el Primer Mandamiento, el que manda amar a Dios y al prójimo, y cuando el doctor de la ley pregunta quién es el prójimo, Jesús narra la parábola del Buen Samaritano.
Al responder con esta parábola, y al ser Jesús el Buen Samaritano, Jesús nos está diciendo que esta es la vía de la salvación, y que el que quiera salvarse, debe hacer lo que Él hizo: auxiliar a su prójimo más necesitado, incluido, y en primer lugar, aquel prójimo que es nuestro enemigo, porque los samaritanos eran enemigos con los judíos. Por este motivo, la Iglesia pide a sus hijos que practiquen las obras de misericordia espirituales y corporales, y esto sin reparar si el prójimo es amigo o enemigo: el Amor de Dios no hace acepción de personas. 
De esta manera, la respuesta a la pregunta, por parte de Jesús, se articula entonces en dos partes: en la primera parte, Jesús le dice al doctor de la ley que para entrar en la vida eterna, hay que cumplir el Primer Mandamiento, que manda amar a Dios y al prójimo; en la segunda parte de la respuesta, Jesús nos hace ver que el amor a Dios se materializa en el amor al prójimo, y que ese prójimo no es solo quien nos simpatiza, sino ante todo, el que por alguna circunstancia, es nuestro enemigo. 
Además, por medio de la parábola, Jesús nos hace ver que el verdadero prójimo es aquel que tiene compasión del que sufre, y luego le dice: “Ve tú y haz lo mismo”, y como lo que le dice al doctor de la ley nos lo dice a todos nosotros, también nosotros, si queremos salvar nuestras almas, si queremos ingresar en el Reino de los cielos, si queremos disfrutar de toda una eternidad de paz, alegría, amor y felicidad inimaginables, entonces “hagamos lo mismo”, es decir, imitemos a Jesús en su compasión por los más necesitados y auxiliemos, según nuestro estado de vida, a nuestros hermanos que sufren.
Ahora bien, si en esta parábola está contenido el programa de la salvación eterna, también está contenida la perdición de quienes no obren según Jesús: si alguien cierra su corazón a la compasión y a la misericordia –como lo hacen el levita y el sacerdote de la antigua alianza de la parábola-, entonces ese tal se cierra a sí mismo las posibilidades de su propia salvación.
¿Cómo obtenemos la salvación? Jesús nos responde, tal como le respondió al doctor de la ley: “Si quieres salvar tu alma, si quieres entrar en el Reino de los cielos, si quieres entrar en comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas, si quieres vivir en el Amor, en la paz, en la felicidad y la alegría para siempre, ve y procede de la misma manera, obra la misericordia y ten compasión de tu hermano más necesitado”. Lo que nos enseña la parábola, entonces, es que quien se compadece de su hermano que sufre, tiene el cielo asegurado, puesto que es el mismo Jesús quien lo dice: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7).

lunes, 8 de abril de 2013

“Así como Moisés levantó en alto la serpiente así el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto para que los que crean en Él tengan la vida eterna” (



“Así como Moisés levantó en alto la serpiente así el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto para que los que crean en Él tengan la vida eterna” (Jn 3, 7b-15). En su diálogo con Nicodemo, Jesús cita el episodio en el que Moisés fabrica una serpiente de bronce para curar a los que habían sido mordidos por las serpientes venenosas del desierto (cfr. Num 21, 4-9). Quienes miran a la serpiente, quedan milagrosamente curados de la ponzoña inoculada por la mordedura de estas serpientes venenosas.
Si bien en el desierto la presencia de serpientes venenosas, cuya mordedura resulta letal para el hombre, es algo frecuente ya que el desierto es su hábitat natural, en el episodio del Antiguo Testamento, en su conjunto, es figurativo de una realidad sobrenatural, invisible a los ojos del cuerpo, pero no menos real y visible a los ojos de la fe.
Las serpientes venenosas del desierto representan a los ángeles caídos o demonios, cuya maligna mordedura al corazón del hombre le inocula el mortal veneno espiritual del pecado: así como el veneno de una serpiente vuelve al tejido en el que es inoculado de color negro, debido a la profunda vasoconstricción que le provoca, así el pecado, inoculado en el corazón del hombre por el demonio, ennegrece el corazón, como signo de la muerte que le sobreviene por su causa. El demonio inocula, en el corazón del hombre, el pecado, quitándole toda vida, la vida de la gracia: inocula la rebelión, el orgullo, el indiferentismo, la agresión y la hostilidad hacia Dios y su Cristo; inocula la violencia, el rencor y el odio hacia el prójimo.
Si las serpientes venenosas representan a los demonios, los integrantes del Pueblo Elegido que son mordidos representan a los miembros del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, mientras que en el desierto está representado el mundo y la historia de los hombres. A su vez, Moisés levantando en alto a la serpiente de bronce es una representación tanto de Dios Padre como del sacerdocio ministerial, mientras que la serpiente en alto es figura de Cristo crucificado, elevado en alto en el Monte de la Cruz.
También la curación que reciben los que miran a la serpiente de bronce, es figura y representación de una realidad sobrenatural, la curación del alma por la fe y la gracia santificante: así como los israelitas se curaban con solo mirar la serpiente de bronce debido a la misteriosa fuerza que emanaba de ella, así todo el que contempla a Cristo crucificado es curado, debido a la misteriosa y poderosísima fuerza sobrenatural que brota de la Cruz.
El que contempla a Cristo crucificado, ve en las lesiones de Jesús, en sus heridas abiertas y sangrantes, las consecuencias directas de sus propios pecados, que finalizan en el Deicidio de la Cruz: comprende que ha sido él quien ha crucificado a Jesús con sus pecados y comprende también que Cristo lo ha perdonado en vez de condenarlo, y en esto consiste el inicio de la curación del alma o conversión interior.
La contemplación orante de Cristo crucificado cura al alma prodigiosamente, gracias a la poderosísima fuerza sobrenatural que brota de la Cruz, en un prodigio infinitamente más grande que el que recibieron los israelitas al mirar la serpiente de bronce, porque el que contempla a Cristo crucificado no solo recibe la gracia de la conversión, sino que al mismo tiempo le es concedida la Vida eterna, según las palabras de Jesús: “Así como Moisés levantó en alto la serpiente así el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto para que los que crean en Él tengan la vida eterna”.
Pero en la elevación de la serpiente de bronce por Moisés también está representada la elevación que el sacerdote ministerial hace de la Eucaristía en la Santa Misa y es el motivo por el cual, quien contempla y adora la Eucaristía, recibe la curación del alma y la Vida eterna.

miércoles, 2 de enero de 2013

La adoración de los pastores y la glorificación de los ángeles


         El Nacimiento del Niño Dios suscita diversas reacciones, tanto en el cielo como en la tierra: en el cielo, se conmueven los astros ante el Nacimiento en la tierra del Redentor, al punto que una estrella se desplaza sobre el firmamento, para señalar el lugar exacto del milagroso alumbramiento; también en el cielo se alegran por su Nacimiento los ángeles de luz, que entonan un cántico de alabanza y de adoración a su Rey, nacido en un humilde portal: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”; se alegran los pastores que, dejando sus rebaños, acuden ante el anuncio de los ángeles a adorar al Niño Dios, ofreciéndole el humilde homenaje de su adoración (cfr. Lc 2, 20); en la tierra, incluso los seres irracionales, representados en el buey y el asno, reconocen a su Creador, y se acercan para ofrecerle el calor de sus cuerpos animales. Ante el Nacimiento del Niño del Pesebre, el cielo y la tierra se unen en común alegría y festiva alabanza, porque ese Niño es Dios en Persona, que ha venido a este mundo para conceder a los hombres el perdón divino y para concederles, además del perdón, la gracia de la filiación divina, haciéndolos herederos del cielo y poseedores del Amor divino.
         Pero no solo entre los ángeles de luz, entre los hombres y la Creación, se suscitan reacciones, ante el Nacimiento del Niño: también los habitantes de la oscuridad, los ángeles caídos, reaccionan ante este Nacimiento, y como en su naturaleza pervertida por propia decisión, no cabe otra cosa que el odio, se valen de los hombres siniestros, asociados a ellos en el mal y en la perversión, como el rey Herodes, para desencadenar lo único que saben hacer: destrucción y muerte, y es así como los ángeles oscuros planean y dirigen la matanza de los inocentes, valiéndose de hombres enceguecidos por el mal, para tratar de dar muerte al Autor de toda vida y la Vida misma Increada.
         A dos mil años del Nacimiento, se continúan suscitando las mismas reacciones: por un lado, alegría y cantos de alabanza y adoración al Niño del Pesebre, por parte de los que se consideran a sí mismos indignos de estar ante su Presencia, y se postran ante Él con corazón contrito y humillado ante la vista de la propia miseria; por otro lado, desprecio, indiferencia, perversión, por quienes no creen que el Niño sea Dios en Persona, convirtiendo a la Navidad en un rito neo-pagano, sacrílego, mero justificativo para la diversión desenfrenada, el consumismo materialista y la rienda suelta a los placeres. Estos tales, asociados a los ángeles de la oscuridad, se comportan como el servidor malo y perezoso que, no sabiendo a qué hora regresa su amo, y pensando que va a demorar, se dedica a embriagarse y a golpear a los demás. Con su actitud, demuestran desprecio y burla sacrílega al Niño del Pesebre, al paganizar y pervertir la fiesta de su Nacimiento.
         No en vano nos advierte Jesús que debemos estar “alertas y vigilantes”, porque no sabemos “ni el día ni la hora” de su regreso. Cuando esto suceda, es decir, cuando sea el Día del Juicio Final, llamado “Día de la ira de Dios” en la Escritura, Jesús aparecerá, no como el Niño indefenso y frágil del Pesebre, sino como el Justo Juez de la humanidad, Juez para el cual ya no existirá la misericordia, sino sólo la Justicia. Y será su Justicia la que premie a quienes se alegraron por su Nacimiento, con la bienaventuranza eterna en el cielo; será su Justicia la que otorgará, a los que se pervirtieron con la adoración de los ídolos del placer, de la sensualidad, del materialismo, del hedonismo, de la violencia, lo que ellos mismos se buscaron, la ausencia de su Presencia para siempre, al decirles: “Fuera los perros, los hechiceros, los fornicadores, los homicidas” (Ap 22, 15).
         Al que se alegra por su Nacimiento, el Niño Dios lo recompensa con la vida eterna; a quien rechaza su Amor y su perdón, el Niño Dios, ya convertido en Juez Eterno, le da lo que el corazón perverso del hombre sin Dios desea.

martes, 1 de mayo de 2012

Yo Soy la luz


“Yo Soy la luz” (Jn 12, 44-50). Jesús se revela a los hombres como “luz”, puesto que su naturaleza divina es luminosa, es fuente de luz celestial, sobrenatural. Esta luz que es Jesús, que brota de las profundidades insondables de su Ser divino, se manifiestan, en el tiempo de su vida terrena, en dos momentos: en la Transfiguración, y en la Resurrección, y en los cielos, desde toda la eternidad, puesto que procede del Padre, que es luz como Él.
Jesús es luz, y con su luz celestial ilumina a los bienaventurados habitantes del cielo, los ángeles y los santos, según lo dice el Apocalipsis: “El Cordero es la lámpara de la Jerusalén celestial”.
Jesús es luz, y con su luz celestial ilumina a su Iglesia Peregrina, que camina en la tierra y en el mundo, en dirección a la eternidad, y esta luz de Cristo para su Iglesia, resplandece en la gracia de los sacramentos y en la Verdad Revelada, custodiada y enseñada por el Magisterio de la Iglesia, por el Papa y los obispos unidos a él, y resplandece de un modo particular en el Sacramento del altar, la Eucaristía.
“Yo Soy la luz”. Jesús es luz, una luz que es al mismo tiempo amor, vida, belleza. Una luz que es salvación, que se opone a las espantosas y horroríficas tinieblas del infierno, tinieblas que son al mismo tiempo odio, muerte, y espanto aterrador.
Quien no se deje iluminar por la luz de Cristo, que se irradia con toda su intensidad desde la Eucaristía, será irremediablemente cubierto y engullido por las pavorosas sombras de los ángeles caídos, los habitantes del infierno, que deambulan por toda la tierra.