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domingo, 26 de julio de 2020

“Tomó los cinco panes y los dos pescados”




(Domingo XVIII - TO - Ciclo A – 2020)

          “Tomó los cinco panes y los dos pescados” (Mt 14, 13-21). Jesús hace un milagro asombroso al multiplicar los panes y los peces para alimentar a la multitud. En este milagro, Jesús crea y multiplica, de la nada, todos los átomos y las moléculas que forman la materia de los panes y de los peces. Cuando se lo contempla en sí mismo, es un milagro que provoca asombro, porque se necesita una fuerza que supera las fuerzas creaturales, no sólo del hombre sino también del ángel, para crear no sólo un átomo, sino átomos y moléculas, las que componen los panes y los peces: la fuerza que se necesita para hacer este milagro es una fuerza que no tiene límites y eso significa una sola cosa: que la fuerza utilizada por Jesús para crear los átomos y las moléculas de las materias de los panes y peces, es una fuerza que proviene de Dios. Lo que demuestra el milagro de la multiplicación de panes y peces es que Jesús tiene una fuerza en Sí mismo que no le es dada, sino que proviene de Sí mismo, de su Acto de Ser divino y que por lo tanto, Jesús de Nazareth es Dios, ya que solo Dios puede hacer un milagro como este, el crear átomos y moléculas materiales de la nada.
          Ahora bien, cuando se considera que Jesús es el mismo Dios que creó el universo visible y el invisible -puesto que Jesús es Dios Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad-, vemos que el milagro asombroso de la multiplicación de panes y peces queda reducido casi a la nada, porque es mucho más asombrosa la creación del universo, no sólo del visible, sino también del invisible, es decir, los ángeles. En otras palabras, Jesús multiplica panes y peces y así demuestra que es Dios, creando la materia molecular de la nada, pero esto ya lo había demostrado al inicio del tiempo, con la creación del universo. Por eso, en realidad, aunque sea asombroso, no debe asombrarnos que Jesús haga un milagro de esta magnitud, puesto que Él hizo antes, al inicio del tiempo, como decíamos, un milagro inmensamente mayor, que requería mayor uso de la omnipotencia divina, al crear el mundo visible y el mundo invisible de los ángeles.
          Pero si estos milagros, la multiplicación de panes y peces y la creación del universo, nos asombran, hay un milagro que realiza la Iglesia y es un milagro infinitamente más grande que la multiplicación de panes y peces y la creación del universo y es un milagro que lo realiza la Iglesia a través del sacerdocio ministerial: se trata del milagro de la conversión de las substancias del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Por medio de este milagro, la Iglesia sacia, más que el hambre corporal con panes y peces, el hambre del espíritu, porque nos concede la substancia gloriosa del Cuerpo de Cristo Presente en la Eucaristía.
          “Tomó los cinco panes y los dos pescados”. En vez de alimentarnos con panes y peces para saciar nuestra hambre corporal, la Iglesia, al multiplicar la Presencia sacramental del Hijo de Dios en la Eucaristía por la transubstanciación, nos alimenta el espíritu con la Carne del Cordero y con el Pan de Vida Eterna, Jesús Eucaristía.


sábado, 30 de mayo de 2020

“Dios no es Dios de muertos, sino de vivos”




“Dios no es Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12, 18-27). Se acercan a Jesús unos saduceos, que no creen en la resurrección de los muertos y le presentan un caso a Jesús, para tenderle una trampa y corroborar su postura, es decir, que los muertos no resucitan. Le presentan un caso hipotético de una mujer que se casa siete veces, pues todos sus esposos, luego de casados, mueren; la pregunta de los saduceos es “de quién será esposa” esa mujer en el Cielo. Con esto, pretenden, según su pensar, demostrar que es algo absurdo porque una mujer no puede tener siete maridos y por lo tanto, la realidad es como ellos dicen, esto es, que no hay resurrección.
En la respuesta de Jesús se ponen de evidencia los errores de los saduceos: por un lado, un error de ellos es hacer una transposición de este mundo al mundo venidero, como si el mundo venidero fuera una mera continuación de este: así, si la mujer tuvo siete maridos en este mundo, también los tendrá en el otro mundo. Jesús les hace ver que la realidad del Reino celestial y de la vida eterna es distinta a esta: los hombres y las mujeres ya no se casarán, como sí lo hacen en la tierra, porque en el Cielo “serán como ángeles”. Es decir, tendrán un cuerpo glorioso y resucitado y por esto mismo, no habrá necesidad de matrimonio alguno. Por otro lado, Jesús les hace ver que sí existe la resurrección y para ello cita el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, cuando Dios dice a Moisés que Él es el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob, queriendo significar con esto que ellos están vivos en el Cielo y que por lo tanto Él “no es Dios de muertos, sino de vivos”.
“Dios no es Dios de muertos, sino de vivos”. No puede ser de otra manera, porque Dios es la Vida Increada en sí misma; Dios es Vida y Vida eterna, sobrenatural, celestial; la Vida de Dios brota de su Acto de Ser divino y perfectísimo, como de una Fuente inagotable y es el Autor y Creador de toda vida participada. Todo lo que tiene vida, la tiene porque es participación en la Vida de Dios; es participación de Dios, que es Vida en sí mismo. Por último, la resurrección existe -aunque puede ser para la eterna condenación o para la eterna salvación- y quienes continúan viviendo en el Reino de los cielos luego de morir a esta vida, lo hacen gracias a los méritos de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz. Cada vez que comulgamos, recibimos incoada la Vida eterna de Dios Uno y Trino, la misma vida gloriosa y resucitada que se desplegará en todo su esplendor si, por la Misericordia de Dios, nos hacemos dignos de ingresar, resucitados y gloriosos en el Reino de los cielos, al terminar nuestro peregrinar por la tierra.

domingo, 8 de febrero de 2015

“Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando y luego salió a predicar y a expulsar demonios"


(Domingo V - TO - Ciclo B – 2015)


“Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando (…) Luego Simón lo fue a buscar y salió a predicar y expulsar demonios” (cfr. Mc 1, 29-39). El Evangelio nos demuestra que la actividad misionera y apostólica de Jesús está precedida por la oración, con lo cual nos enseña cómo debe ser nuestra propia actividad misionera y apostólica: si Jesús, siendo Dios Hijo en Persona, reza, mucho más debemos rezar nosotros. La oración es al alma lo que la respiración al cuerpo: así como el cuerpo, sin la oración, sucumbe en pocos minutos por falta de oxígeno, así el alma, sin la oración, sucumbe casi de inmediato, porque le falta el oxígeno de la vida de Dios, ya que el alma obtiene, de Dios, todo lo que necesita para su vida sobrenatural: fuerza, sabiduría, luz, gracia, fortaleza, alegría, amor, paciencia, y todo lo que Dios es y tiene. Sin la oración, el alma no solo se privada de todo lo que Dios es y tiene, sino que sucumbe, ahogada en su propia nada, porque el hombre no solo no se explica sin Dios, su Creador, sino que necesita de Él para ser, puesto que su ser creatural, es una participación al Ser o Acto de Ser divino. Tanto para su vida natural como para su vida sobrenatural, el hombre necesita vitalmente de Dios y esta necesidad vital se satisface con la oración. De esta manera, Jesús nos muestra que la oración debe preceder nuestra actividad misionera y apostólica; sin la oración, nuestra actividad, misionera y apostólica, es solo activismo meramente humano, destinado a la nada; sólo con la oración, tendrá esta actividad no solo conformidad con la Voluntad divina, sino que poseerá la fuerza, la sabiduría, el amor y la santidad de Dios.

domingo, 30 de marzo de 2014

“Tu hijo vive”



          “Tu hijo vive” (Jn 4, 50-53). Un hombre acude, desesperado, a pedirle ayuda por su hijo pequeño, que se encuentra agonizando. Jesús se compadece del dolor de este padre de familia y en el acto le concede lo que le pide, ya que el niño se cura en ese mismo momento, tal como el hombre lo puede comprobar al otro día, por el testimonio de quienes cuidaban al niño, que afirman que el niño comenzó a sanarse a la misma hora en la que Jesús le dijo: “Tu hijo vive”.
         En el episodio se destacan, por un lado, la misericordia de Jesús, que se compadece del dolor humano; por otro lado, la fe del padre de familia, que acude a Jesús con la certeza de que podrá auxiliarlo en su dolor. Pero hay un tercer elemento que llama la atención, y es la expresión de Jesús: "Si no ven signos y prodigios, no creen". Es decir, Jesús cura al niño, y el padre de familia, de esta manera, reafirma su fe. Pero Jesús, implícitamente, está diciendo que no hace falta que Él cure al niño para que crean; Jesús está diciendo que Él podría no curar al niño, es decir, podría no hacer ningún “signo y prodigio”, podría dejar morir al niño -y Él lo recibiría en el Reino de los cielos-, y lo mismo deberíamos creer en Él, en su Palabra, en su condición de ser Él el Hombre-Dios. Pero en vez de simplemente creer en Él, en su Palabra, en su “Yo Soy”, estamos siempre exigiendo “signos y prodigios”, estamos siempre exigiendo, como Tomás el Apóstol, "ver para creer": “si no lo veo, no lo creo”; siempre estamos exigiendo pruebas a Dios de su existencia, y no nos bastan las innumerables pruebas que nos da a cada segundo de la existencia, pruebas que comienzan con el hecho mismo de nuestro propio acto de ser y de nuestra propia existencia, que no se explican si no es por una participación al Acto de Ser divino.

         “Si no ven signos y prodigios, no creen”. No pongamos a prueba a Dios para creer, no le exijamos “signos y prodigios” para tener fe, tanto más, cuanto que, delante de nuestros ojos, se desarrolla, día a día, el signo y el prodigio más asombroso que puedan contemplar los cielos y la tierra, la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Cordero.