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jueves, 28 de septiembre de 2023

“Ven a trabajar a mi viña”


 

(Domingo XXVI - TO - Ciclo A – 2023)

         “Ven a trabajar a mi viña” (cfr. Mt 21, 28-32). Con el fin de graficar ya sea el llamado de Dios a trabajar en su Iglesia, como también la respuesta de los elegidos, Jesús relata la parábola del dueño de una viña, que convoca a sus dos hijos para que vayan a trabajar en su viña. Al llamar al primero para que vaya a trabajar, éste le contesta que no va a ir, pero finalmente termina yendo. Acto seguido llama al segundo y lo invita también a que vaya a trabajar en su viña; le contesta que sí irá, pero luego no lo hace. Jesús pregunta a sus discípulos cuál de los dos cumplió el pedido del padre y estos le responden que el primero, es decir, el que había dicho que no, pero luego fue a trabajar. Como en estos dos hermanos están representados tanto los religiosos de vida consagrada como laicos, llamados desde el Bautismo para trabajar en la Iglesia, Jesús finaliza con una dura advertencia para quienes se niegan voluntariamente a ir a trabajar en su viña, que es la Iglesia: los publicanos y mujeres de mala fama entrarán antes que ellos al Reino de los cielos, porque estos escucharon la prédica de Juan el Bautista para la conversión del corazón al Mesías y realmente lo hicieron, mientras que aquellos que se tienen por religiosos, consagrados o laicos, entrarán mucho después. Jesús da el ejemplo de dos categorías de pecadores públicos porque, a pesar de no ser religiosos, se convirtieron por la prédica de Juan el Bautista, a diferencia de muchos que, sin ser pecadores públicos, no se convirtieron por la prédica del Bautista que anunciaba la llegada del Mesías.

La parábola se comprende y la podemos aplicar a nosotros, cristianos del siglo XXI, si reemplazamos sus elementos naturales por elementos sobrenaturales: así, el dueño de la vid es Él, Jesucristo, Dios; la viña es la Iglesia Católica; los hijos llamados a trabajar, somos los hijos adoptivos de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica; el trabajo es el que se entiende tanto en sentido material (mantenimiento estructural de los templos) cuanto al trabajo espiritual, que es deber de todo cristiano y que implica el trabajar espiritualmente en la salvación de su alma y en la cooperación para la salvación de sus hermanos.

         En esta parábola se reflejan dos tipos de bautizados: muchos que aparentemente han respondido afirmativamente al llamado del Señor pero que sin embargo, con sus comportamientos anticristianos, como la falta de perdón, la acepción de personas, los juicios malévolos sobre el prójimo, la codicia, el deseo de cargos eclesiásticos para obtener prestigio y poder, y tantos otros anti-ejemplos, demuestran que no están trabajando para el bien de las almas, sino para sí mismos. Es el caso del hijo de la parábola que dice “Sí, voy a trabajar”, pero no trabaja para la salvación de las almas, ya que sigue su propia voluntad y busca su propio interés. En cambio, el otro hijo de la parábola, el que dice “No”, pero sí va a trabajar, representa a muchos bautizados que no están en la Iglesia por diversas razones, pero sin embargo se muestran caritativos, compasivos, comprensivos con el prójimo, demostrando así un corazón noble, al que solo le falta el acceso a los sacramentos, por lo que, con su buen obrar, aunque pareciera que no, sin embargo, trabajan para Dios.

         Al comentar esta parábola, Santa Teresa Benedicta de la Cruz reflexiona acerca del pedido de Jesús acerca de la voluntad de Dios: “que se haga tu voluntad”, resaltando el hecho de que el Hijo de Dios vino a la tierra no solo para expiar la desobediencia del hombre, sino para reconducirlos al Reino de Dios por medio de la obediencia. Dice así: “¡Qué se haga tu voluntad!” (Mt 6, 10) En esto ha consistido, toda la vida del Salvador. Vino al mundo para cumplir la voluntad del Padre, no sólo con el fin de expiar el pecado de desobediencia por su obediencia (Rm 5,19), sino también para reconducir a los hombres hacia su vocación en el camino de la obediencia”[1]. Entonces, en la obediencia a Dios y a su llamada a la santidad, es en donde el alma demuestra que ama o no ama a Dios: esto quiere decir que si alguien está en la Iglesia, pero no cumple los Mandamientos de Dios y de Jesucristo, entonces ese alguien no está haciendo la voluntad de Dios, y es como el hijo de la parábola que dice: “Voy”, pero no va, porque no hace la voluntad de Dios, sino su propia voluntad.

         Al respecto, dice Santa Edith Stein que la libertad dada a los hombres, no es para “ser dueños de sí mismos”, sino para unirse a la voluntad de Dios: “No se da a la voluntad de los seres creados, ser libre por ser dueño de sí mismo. Está llamada a ponerse de acuerdo con la voluntad de Dios”. Si el hombre, libremente, une su voluntad a la de Dios, participa de la obra de Dios: “Si acepta por libre sumisión, entonces se le ofrece también participar libremente en la culminación de la creación”. Pero si el hombre, haciendo mal uso de la libertad, rehúsa unir su voluntad a la de Dios, entonces pierde la libertad, y la razón es que se vuelve esclavo del pecado: “Si se niega, la criatura libre pierde su libertad”. La clave para discernir si se cumple la Voluntad de Dios en la propia vida, es el cumplimiento de la Ley de Dios, de sus Divinos Mandamientos. Así, el hombre que cumple los Mandamientos de Dios y de Cristo, es verdaderamente libre –“la Verdad os hará libres”-, mientras que el que no lo hace, el que no cumple los Mandamientos de la Ley de Dios, aun cuando esté en la Iglesia todo el tiempo, es esclavo de sus propias pasiones, del pecado e incluso del Demonio.

Si el hombre se deja seducir por las cosas del mundo, se encadena al mundo, pierde su libertad y se vuelve vacilante e indeciso en el bien, además de endurecer su inteligencia en el error. El mal católico, el que no cumple la voluntad de Dios, haciendo oídos sordos a su Ley de la caridad, se vuelve esclavo del error y además, su corazón se endurece, al no tener en sí el Fuego del Divino Amor. La única opción posible para que el hombre sea plenamente libre, es seguir a Cristo, quien cumple la voluntad del Padre a la perfección: Dice Santa Edith Stein: “Frente a esto, no hay otro remedio que el camino de seguir a Cristo, el Hijo del hombre, que no sólo obedecía directamente al Padre del cielo, sino que se sometió también a los hombres que representaban la voluntad del Padre”. Quien sigue a Cristo, dice Santa Edith Stein, no solo se libera de la esclavitud del mundo, sino que se vuelve verdaderamente libre y se encamina a la pureza de corazón, porque se une a Cristo, el Cordero Inmaculado y la Pureza Increada en sí misma y por la gracia se hace partícipe de la Pureza Increada del Cordero de Dios, Cristo Jesús: “La obediencia tal como Dios quería, nos libera de la esclavitud que nos causan las cosas creadas y nos devuelve a la libertad. Así también el camino hacia la pureza de corazón”. El peor error que puede cometer el hombre –y es lo que está haciendo el hombre de hoy- es dejar de lado la voluntad y los Mandamientos de Dios, para hacer su propia voluntad, constituyéndose en rey de sí mismo y cayendo en el mismo pecado de soberbia del Ángel caído en los cielos.

“Ven a trabajar a mi viña”, “Ven a trabajar en mi Iglesia”, nos dice Jesús a todos, laicos y religiosos y el bautismo sacramental constituye ya ese llamado a trabajar por las almas; Jesús nos llama a trabajar en su Iglesia, cada uno en su estado de vida, para salvar el alma propia y para ayudar a salvar las almas de nuestros hermanos, de la eterna condenación en el Infierno. Esto es lo que Jesús quiere significar cuando dice “trabajo”, es el trabajo para salvar el alma de la eterna condenación en el Infierno, el cual es real y dura para siempre, y no está vacío, sino que está ocupado por innumerables ángeles rebeldes y almas de condenados, de bautizados que precisamente se negaron a trabajar por su salvación y la de los demás. Jesús nos llama a trabajar en su Iglesia, para que ayudemos al prójimo, no a que solucione sus problemas afectivos ni económicos, sino a que salve su alma y llegue al Reino de los cielos, y el que esto hace, salva su propia alma, como dice San Agustín: “El que salva el alma de su prójimo, salva la suya”.

“Ven a trabajar a mi viña”, nos dice Jesús, y la única forma de decir “Sí” e ir, verdaderamente, es tomando la Cruz de cada día, seguirlo a Él camino del Calvario, cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios y los Mandamientos de Cristo, evitar el pecado, vivir en gracia. Es la única forma en la que no defraudaremos el llamado de Dios a trabajar en su Iglesia, llamado que es para salvar almas y no para obtener puestos de poder.   



[1] Cfr. Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, Meditación para la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

 

viernes, 22 de septiembre de 2023

“¿Porqué tienes a mal que yo sea bueno?”

 


(Domingo XXV - TO - Ciclo A – 2023)

         “¿Porqué tienes a mal que yo sea bueno?” (Mt 20, 1-16). Jesús ejemplifica el Reino de los cielos con toda la situación en la que se ven envueltos tanto el dueño de la viña como los obreros de la viña[1]. El dueño de la viña va a la plaza, al amanecer, alrededor de las seis de la mañana, a buscar obreros que están esperando que alguien los contrate para trabajar. Conversa con ellos y conviene en que el jornal del día de trabajo será un denario. Luego el propietario regresa más tarde, a las nueve, al mediodía y a las tres de la tarde. En estas últimas contrataciones no se menciona ninguna suma concreta, sino solo “un jornal justo”. Esto, considerado en conformidad con los negocios humanos, supondría para cada obrero tres cuartos, la mitad y un cuarto de denario, respectivamente. Una hora antes de la puesta del sol, el propietario contrata a los últimos, que estaban sin hacer nada, para que también trabajen en su viña.

         Al finalizar la jornada de trabajo, el capataz, por orden del dueño de la viña, da la orden de que se pague a los obreros su jornal y que a todos se pague la misma cantidad: en este último hecho, reside lo esencial de la parábola. La segunda orden es la de comenzar por los “últimos”, es decir, los que acaban de llegar, ya al terminar el día. La finalidad de esto es que los primeros sean testigos -los cuales son murmuradores y hostiles y luego pondrán objeción al dueño de la viña- de la cantidad que se paga a cada uno, lo cual a su vez hará que el dueño de la viña responda a sus objeciones. En esta respuesta, la del dueño de la viña, se contiene la enseñanza de la parábola.

         Los que han llegado primero y reciben la misma paga que los que llegaron al último, se quejan de lo que ellos consideran una “injusticia”, esto es, que a todos se les pague con el mismo jornal, con la misma cantidad de dinero; además, se quejan de que sólo han trabajado una hora y con el fresco de la tarde, mientras que ellos, los primeros, han trabajado todo el día y con el peso del sol y de las altas temperaturas, por lo cual consideran que merecen una suma de dinero mayor.

         El amo se dirige al portavoz o jefe de los que están descontentos con la situación y lo hace con un tono suave, ya que lo trata de “amigo”; tampoco hay un tono de enojo o de irritación cuando dice: “toma lo que es tuyo y vete”. Le recuerda con mucha calma el acuerdo previo, observado de común acuerdo entre las dos partes. “Es mi deseo”, dice él, “dar al último lo que le he dado al primero”. Con esto quiere decir que, si hay un trato justo, nadie tiene derecho a quejarse de la bondad que él ejerce de su parte. El entendimiento no debe ver el mal dónde solo existe el bien y si lo hace, es decir, si ve el mal donde hay bien, entonces el entendimiento está “enfermo”.

         Jesús concluye diciendo: “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”. En esta parábola se insinúa que, por encima de las obras buenas en sí mismas, se encuentra la generosidad divina, que da más allá de la justicia estricta. La frase final implica simplemente que los “primeros” y los “últimos” (jornada de trabajo larga o corta) son todos unos ante Dios. Esto no quiere decir que Dios no haga distinciones, sino que su misericordia no tiene límites, es infinita.

Un elemento que nos permite apreciar el sentido sobrenatural de la parábola es que hacer una extrapolación o sustitución de los elementos naturales por los sobrenaturales: así, el dueño de la viña es Nuestro Señor Jesucristo; la viña es la Santa Iglesia Católica; los primeros en llegar somos nosotros, los que hemos sido bautizados en los primeros días de nuestra vida, además de haber recibido los Sacramentos como la Comunión, la Confirmación y el Sacramento de la Penitencia; el pago final es el Reino de los cielos; los “últimos en llegar”, son los gentiles o los paganos, es decir, aquellos que no pertenecen al Nuevo Pueblo Elegido, la Iglesia Católica y que, sin embargo, reciben el mismo premio, esto es, la gloria del Reino de los cielos, simbolizada en el denario con el que paga su trabajo el dueño de la viña y que, por su fe en el Mesías, Cristo Jesús, ingresarán antes que muchos católicos en el Reino de Dios.

Por último, la parábola va dirigida ante todo al Nuevo Pueblo Elegido, los que integramos la Iglesia Católica por medio del Bautismo, recibido desde los primeros días de nuestro nacimiento. Que los primeros serán los últimos y los últimos los primeros, significa que si no obramos la misericordia, si no seguimos a Nuestro Señor por el Camino de la Cruz, el Via Crucis, si no nos alimentamos del Pan de Vida eterna, si no lavamos nuestros pecados con la Sangre del Cordero en la Confesión Sacramental, nos pasará lo que a los primeros trabajadores de la parábola: primero entrarán los paganos recién conversos y recién al final, por la Divina Misericordia, entraremos nosotros, siendo ellos los primeros y nosotros los últimos.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1956, 432.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1956, 432.

viernes, 26 de febrero de 2021

“Un propietario plantó un viñedo”


 

“Un propietario plantó un viñedo” (Mt 21, 33-43. 45-46). Con la parábola de los viñadores homicidas, Jesús revela y profetiza su misterio pascual de Muerte y Resurrección. En efecto, lo que se debe hacer para interpretarla dentro del misterio de salvación, es reemplazar los elementos naturales por los sobrenaturales. Así, el propietario de la viña, que planta un viñedo, la alquila a unos viñadores y luego se va, es Dios Padre, quien crea el mundo, elige para sí un Pueblo, el Pueblo Elegido y luego se va, metafóricamente, en el sentido de que establece un período de tiempo hasta que llegue la plenitud de los tiempos, con la Encarnación del Verbo; los criados que el dueño envía, cada vez en mayor número y que son apedreados y hasta asesinados por los viñadores, son los santos, profetas y justos del Antiguo Testamento que, en diversos tiempos de la historia, anunciaron la Primera Venida del Mesías, pero no fueron escuchados; el hijo del propietario, a quien éste envía pensando que por ser su hijo le harán caso y le devolverán la viña, es la Segunda Persona de la Trinidad en su Encarnación: es el Verbo de Dios Encarnado; es la Persona de Dios Hijo, encarnada en la naturaleza humana de Jesús de Nazareth; los viñadores, usurpadores y asesinos, son los escribas y fariseos y la parte del Pueblo Elegido que rechaza, primero a Dios y sus profetas y luego al Hijo de Dios encarnado, Jesús de Nazareth; la muerte del hijo del propietario a mano de los viñadores homicidas es la Muerte en Cruz del Hijo de Dios, Jesús de Nazareth, a manos de los romanos y por instigación de los judíos; la viña que es plantada por el propietario es la Sinagoga primero y la Iglesia Católica después; por último, la muerte de los viñadores y el arrendamiento de la viña a otros viñadores que sí darán fruto, es el castigo sufrido por el Pueblo Elegido, que se quedó sin sacrifico desde Jesucristo, por un lado y por otro, es el surgimiento de la Iglesia Católica que da el Fruto de la Redención al ofrecer el Santo Sacrificio del altar, la renovación sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz en el Calvario.

Nosotros, los bautizados en la Iglesia Católica, somos el Nuevo Pueblo Elegido, los Nuevos Arrendatarios, que deben dar frutos de misericordia, de justicia, de amor a Dios y al prójimo. De lo contrario, si no damos frutos de santidad, correremos la misma suerte que los viñadores homicidas.

 

jueves, 13 de agosto de 2020

“Los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos”

 

“Los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos” (Mt 20, 1-16). Jesús enseña la parábola del dueño de la vid que contrata a obreros a distintas horas del día, pagándoles a todos por igual. Para comprender esta parábola, es necesario reemplazar los elementos naturales por los sobrenaturales. Así, la viña es la Iglesia Católica; el dueño de la viña es Jesucristo, el Hombre-Dios; los jornaleros contratados en las primeras horas del día son los bautizados que, convertidos por la gracia, trabajan en la Iglesia desde muy temprana edad; los jornaleros contratados al final del día son las almas que vivieron toda su vida en el paganismo y recién al final de sus días se convirtieron al cristianismo; el denario con el que el dueño de la viña paga a los jornaleros es el Reino de los Cielos. Entonces, el pago del salario es el Reino de los cielos y el grado de gloria que el alma tendrá en el mismo. El enojo de los obreros que fueron contratados en las primeras horas del día y cobraron lo mismo que cobraron los que trabajaron recién a última hora, es la incomprensión, por parte de algunos bautizados, de la misericordia de Dios, que recompensa con el Reino de los cielos a todo aquel que acepte su Amor Misericordioso y lo ame con intensidad, en respuesta a este Amor Divino.

La parábola refleja esta realidad: puede suceder que un bautizado haya trabajado toda su vida en la viña del Señor, es decir, en la Iglesia, pero sin embargo, en el Cielo, obtiene un grado de gloria menor que un pagano que se convirtió recién al final de sus días, luego de haber pasado toda su vida en el paganismo. La razón de esta diferencia está en el amor con la que el alma responde al Divino Amor: tendrá mayor grado de gloria en el Cielo no quien haya estado más tiempo trabajando en la Iglesia, sino quien haya amado más a Dios en intensidad; es decir, cuanto más intenso sea el amor con el que el alma ama a Dios, tanto mayor será el grado de gloria que obtendrá en el Cielo. Un ejemplo nos puede aclarar las cosas: puede suceder que un bautizado pertenezca, desde su infancia, a una cofradía, a un movimiento, a una institución y, perseverando en la gracia, muere dentro de la Iglesia, pero en la otra vida, tiene un grado de gloria inferior, debido a que su amor a Dios no fue tan intenso; a su vez, puede suceder que un pagano haya vivido la casi totalidad de su vida terrena en el paganismo y que recién al final de su vida terrena conozca a Cristo Dios como su Salvador y, conociéndolo, lo ame con más intensidad que aquel bautizado que estuvo toda su vida en la Iglesia, pero su amor, comparativamente hablando, fue menos intenso: este pagano, que era último, tendrá un grado de gloria más alto que el bautizado que integró un movimiento católico toda su vida y por eso, éste último, que en teoría era primera, será último, porque su grado de gloria será menor.

“Los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos”. Procuremos vivir en la gracia y en el Amor de Dios, para ser los últimos en esta vida y los primeros en la vida eterna.

sábado, 30 de mayo de 2020

“Un hombre plantó una viña”




“Un hombre plantó una viña” (Mc 12, 1-12). Jesús relata la parábola de los viñadores homicidas. Para comprenderla en su sentido celestial, debemos reemplazar los elementos naturales por elementos sobrenaturales. Así, el dueño de la viña es Dios Padre; su hijo es Jesús, Hijo de Dios; la viña es la Iglesia Católica; los viñadores homicidas son los fariseos y los escribas; los enviados por el dueño para intentar cobrar el arriendo y que luego son apaleados e incluso otros asesinados, son los profetas; la muerte del hijo del dueño de la viña es la Pasión y Muerte de Jesús en la Cruz; los nuevos arrendatarios de la viña, a los que les será dada la viña luego de quitársela a los actuales, son los bautizados en la Iglesia Católica. Es de esta manera que se comprende el sentido sobrenatural de la parábola: hace referencia al misterio pascual de Jesucristo por un lado y por otro, profetiza que quienes estarán detrás de la muerte de Jesús serán los fariseos y los escribas. Estos últimos, que son muy sagaces y astutos, se dan cuenta inmediatamente, al escuchar la parábola, que Jesús los está tratando a ellos de usurpadores de la viña y de asesinos de su Divina Persona y por eso es que comienzan a tramar un plan para matarlo.
“Un hombre plantó una viña”. No debemos pensar que los únicos viñadores homicidas son los fariseos y los escribas: cada vez que alguien comete un pecado, se convierte al mismo tiempo, más que en homicida, en deicida, porque Jesús, el Hombre-Dios, murió en la Cruz por nuestros pecados personales, por todos los pecados cometidos por todos los hombres de todos los tiempos, desde Adán hasta el último hombre que será concebido en el Último Día. Procuremos por lo tanto evitar el pecado y vivir en gracia, de manera que no solo no seamos deicidas, sino administradores fieles de la Viña de Dios, la Iglesia Católica, para recibir como premio, al fin de nuestra vida terrena el Reino de los cielos.


viernes, 2 de marzo de 2018

La parábola de los viñadores homicidas



"Los viñadores homicidas"
(Abel Grimmer)

         “Los arrendatarios mataron al heredero…” (cfr. Mt 21, 33-43.45-46). En la parábola de los viñadores homicidas, cada elemento natural representa una realidad sobrenatural. Así, por ejemplo: el Dueño de la Viña es Dios Padre; el Heredero es Dios Hijo; la Viña es la verdadera y única Iglesia de Dios, que antes de Cristo estaba formada por el Pueblo Elegido, los judíos, y después de Cristo, está formada por la Iglesia Católica; los viñadores arrendatarios y homicidas son los judíos; los enviados por el dueño para reclamar el pago del alquiler, son los santos y profetas del Antiguo Testamento; los nuevos arrendatarios, a los cuales el dueño entregará la viña luego de quitárselas a los antiguos, convertidos en homicidas, son los hijos adoptivos de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica.



"Los viñadores homicidas"
(Abel Grimmer)

         La parábola de los viñadores homicidas nos revela entonces cómo los judíos mataron a Jesús, la Palabra de Dios, crucificándolo, al elegir sus propias tradiciones antes que la gracia del Hijo de Dios.
         Ahora bien, los católicos también matamos la Palabra de Dios en nuestros corazones, toda vez que rechazamos la gracia santificante y elegimos el pecado.
         La Cuaresma es el tiempo propicio para la conversión, que consiste precisamente en preferir la gracia antes que el pecado y desear la muerte terrena antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado.


viernes, 29 de septiembre de 2017

“Ven a trabajar a mi viña”


(Domingo XXVI - TO - Ciclo A – 2017)

         “Ven a trabajar a mi viña” (cfr. Mt 21, 28-32). Para graficar tanto el llamado de Dios a trabajar en su Iglesia, como la respuesta de las almas frente a este llamado, Jesús utiliza la parábola del dueño de una viña, que llama a sus dos hijos para que vayan a trabajar en su viña. Llama al primero y le dice que vaya a trabajar, pero este le dice que no irá, aunque luego termina yendo: “Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. El respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue”. Luego, llama al segundo, al cual le hace también la misma invitación de ir a trabajar; éste le contesta que sí, pero luego no va: “Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: “Voy, Señor”, pero no fue”. Finalizando la parábola, Jesús les pregunta a sus discípulos cuál de los dos cumplió el pedido del padre y estos le responden que el primero, es decir, el que había dicho que no, pero luego fue a trabajar: “¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?”. “El primero”, le respondieron”. Finalmente, Jesús hace una dura advertencia a quienes escuchan el llamado para trabajar en su Iglesia –sea como religiosos o como laicos- y de la negativa a hacerlo: “Jesús les dijo: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”. Les da el ejemplo de “publicanos y prostitutas” –es decir, de quienes socialmente eran reprobables-, que a pesar de no ser religiosos, sin embargo escucharon la predicación de Juan el Bautista y creyeron en él y se convirtieron, a diferencia de muchos que, sin ser pecadores públicos, sin embargo no se convirtieron por la predicación de Juan el Bautista: “En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él”.
         La parábola se comprende y la podemos aplicar a nosotros, cristianos del siglo XXI, cuando reemplazamos sus elementos, por elementos sobrenaturales: así, el dueño de la vid es Él, Jesucristo, Dios; la viña es la Iglesia; los hijos llamados a trabajar, somos los hijos adoptivos de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica; el trabajo, es el trabajo entendido en dos sentidos: materialmente, el trabajo realizado para mantener las estructuras edilicias (limpieza, mantenimiento, etc.); espiritualmente, es el trabajo espiritual que todo cristiano debe realizar, para salvar su alma y ayudar a salvar el alma de sus prójimos.
         Esta parábola por lo tanto se podría aplicar a dos tipos de actitudes entre los bautizados: muchos bautizados, que están en la Iglesia, aparentemente han respondido afirmativamente al llamado del Señor; sin embargo, con sus comportamientos, como por ejemplo, falta de perdón, acepción de personas, juicios malévolos sobre el prójimo, codicia, deseo de cargos eclesiásticos para obtener prestigio y poder, y tantos otros anti-ejemplos más, claramente demuestran que no están trabajando para el bien de las almas. Sería el caso del hijo de la parábola que dice “Sí, voy a trabajar”, pero no trabaja para la salvación de las almas, ya que sigue su propia voluntad y busca su propio interés.
         El otro hijo de la parábola, el que dice “No”, pero sí va a trabajar, podría representar a muchos bautizados que no están en la Iglesia por diversas razones, pero sin embargo se muestran caritativos, compasivos, comprensivos con el prójimo, demostrando así un corazón noble, al que solo le falta el acceso a los sacramentos, por lo que, con su buen obrar, aunque pareciera que no, sin embargo, trabajan para Dios.
         Al comentar esta parábola, Santa Teresa Benedicta de la Cruz reflexiona acerca del pedido de Jesús acerca de la voluntad de Dios: “que se haga tu voluntad”, resaltando el hecho de que el Hijo de Dios vino a la tierra no solo para expiar la desobediencia del hombre, sino para reconducirlos al Reino de Dios por medio de la obediencia. Dice así: “¡Qué se haga tu voluntad!” (Mt 6, 10) En esto ha consistido, toda la vida del Salvador. Vino al mundo para cumplir la voluntad del Padre, no sólo con el fin de expiar el pecado de desobediencia por su obediencia (Rm 5,19), sino también para reconducir a los hombres hacia su vocación en el camino de la obediencia”[1]. Es en la obediencia a los Mandamientos de la Ley de Dios y a los Mandamientos propios de Jesucristo en el Evangelio –perdonar setenta veces siete, amar al enemigo, cargar la cruz de cada día, ser misericordiosos- en donde se juega la obediencia a Dios y a su llamado: si alguien está en la Iglesia, pero no cumple los Mandamientos de Dios y de Jesucristo, entonces ese alguien no está haciendo la voluntad de Dios, y es como el hijo de la parábola que dice: “Voy”, pero no va, porque no hace la voluntad de Dios, sino su propia voluntad.
         Dice Santa Edith Stein que la libertad dada a los hombres, no es para “ser dueños de sí mismos”, sino para unirse a la voluntad de Dios: “No se da a la voluntad de los seres creados, ser libre por ser dueño de sí mismo. Está llamada a ponerse de acuerdo con la voluntad de Dios”. Si el hombre, libremente, une su voluntad a la de Dios, participa de la obra de Dios: “Si acepta por libre sumisión, entonces se le ofrece también participar libremente en la culminación de la creación”. Pero si el hombre, haciendo mal uso de la libertad, rehúsa unir su voluntad a la de Dios, entonces pierde la libertad, y la razón es que se vuelve esclavo del pecado: “Si se niega, la criatura libre pierde su libertad”. El hombre que cumple los Mandamientos de Dios y de Cristo, es verdaderamente libre, mientras que el que no lo hace, aún cuando esté en la Iglesia todo el tiempo, es esclavo de sus propias pasiones, del pecado e incluso del Demonio.
Si el hombre se deja seducir por las cosas del mundo, se encadena al mundo, pierde su libertad y se vuelve vacilante e indeciso en el bien, además de endurecer su inteligencia en el error: “La voluntad del hombre todavía tiene libre albedrío, pero se deja seducir por las cosas de este mundo que le atraen y poseen en una dirección que la aleja de la plenitud de su naturaleza, como Dios manda y que han abolido la meta que se ha fijado en su libertad original. Además de la libertad original, pierde la seguridad de su resolución. Se vuelve cambiante e indecisa, desgarrada por las dudas y los escrúpulos, o endurecida en su error”. El mal católico, el que no cumple la voluntad de Dios, haciendo oídos sordos a su Ley de la caridad, se vuelve esclavo del error y además, su corazón se endurece, al no tener en sí el Fuego del Divino Amor.
La única opción posible para que el hombre sea plenamente libre, es seguir a Cristo, quien cumple la voluntad del Padre a la perfección: “Frente a esto, no hay otro remedio que el camino de seguir a Cristo, el Hijo del hombre, que no sólo obedecía directamente al Padre  del cielo, sino que se sometió también a los hombres que representaban la voluntad del Padre”. Quien sigue a Cristo, dice Santa Edith Stein, no solo se libera de la esclavitud del mundo, sino que se vuelve verdaderamente libre y se encamina a la pureza de corazón, porque se une a Cristo, el Cordero Inmaculado y la Pureza Increada en sí misma: “La obediencia tal como Dios quería, nos libera de la esclavitud  que nos causan las cosas creadas y nos devuelve a la libertad. Así también el camino hacia la pureza de corazón”. El peor error que puede cometer el hombre –y es lo que está haciendo el hombre de hoy- es dejar de lado la voluntad y los Mandamientos de Dios, para hacer su propia voluntad, constituyéndose en rey de sí mismo.
“Ven a trabajar a mi viña”, “Ven a trabajar en mi Iglesia”, nos dice Jesús a todos, laicos y religiosos y el bautismo sacramental constituye ya ese llamado a trabajar por las almas; Jesús nos llama a trabajar en su Iglesia, cada uno en su estado de vida, para salvar la propia alma y para ayudar a salvar las almas de nuestros hermanos, de la eterna condenación en el Infierno. Esto es lo que Jesús quiere significar cuando dice “trabajo”, es el trabajo para salvar el alma de la eterna condenación en el Infierno, el cual es real y dura para siempre, y no está vacío, sino que está ocupado por innumerables ángeles rebeldes y almas de condenados, de bautizados que precisamente se negaron a trabajar por su salvación y la de los demás. Jesús nos llama a trabajar en su Iglesia, para que ayudemos al prójimo, no a que solucione sus problemas afectivos ni económicos, sino a que salve su alma y llegue al Reino de los cielos, y el que esto hace, salva su propia alma, como dice San Agustín: “El que salva el alma de su prójimo, salva la suya”. “Ven a trabajar a mi viña”, nos dice Jesús, y la única forma de decir “Sí” e ir, verdaderamente, es tomando la Cruz de cada día, seguirlo a Él camino del Calvario, cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios y los Mandamientos de Cristo, evitar el pecado, vivir en gracia. Es la única forma en la que no defraudaremos el llamado de Dios a trabajar en su Iglesia, llamado que es para salvar almas y no para obtener puestos de poder.

        




[1] Cfr. Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, Meditación para la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

viernes, 17 de marzo de 2017

“Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña”


“Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña” (Mt 21, 33-43.45-46). Para poder apreciar el contenido sobrenatural de esta parábola, hay que tener en cuenta qué representa cada elemento de la misma: el dueño de la viña es Dios Padre; la viña es Jesús y también la Iglesia; los arrendatarios son el Pueblo Elegido; los enviados del dueño son los profetas; la muerte del hijo del dueño es la muerte de Jesús en su Pasión; aquellos a quienes el dueño le entregará la viña, luego de quitarles la viña a los primeros arrendatarios, somos los bautizados en la Iglesia Católica. Nosotros, los bautizados en la Iglesia Católica, somos el Nuevo Pueblo Elegido, a quienes Dios Padre ha encargado la administración de los misterios de su Iglesia; a quienes Dios Padre ha confiado lo más precioso que Él tiene, que es su Viña, Cristo Jesús en la Eucaristía, y la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, para que cuidemos de estos sus dos más preciados tesoros. No nos hagamos indignos de tan grande e inmerecido don.

viernes, 26 de febrero de 2016

“El Dueño de la Viña la entregará a quienes le den el fruto a su debido tiempo”


Parábola de los viñadores homicidas
(Diego de Quispe)

“El Dueño de la Viña la entregará a quienes le den el fruto a su debido tiempo” (Mt 21,33-43.45-46). En esta parábola, cada elemento tiene un significado sobrenatural: el dueño de la viña es Dios; la viña es el Pueblo Elegido y la Iglesia; los enviados por el dueño para reclamar la renta, son los profetas -muchos de los cuales son asesinados; los primeros arrendatarios de la viña -que quieren usurparla y apropiarse ilegalmente de ella- son los fariseos y los escribas, que pretenden apropiarse del Pueblo de Dios, gobernándolo no con la Ley de Dios, sino con sus propios mandamientos humanos; estos arrendatarios son también los homicidas de la viña que dan muerte primero a los profetas y luego al hijo de Dueño, que es Jesucristo; los nuevos arrendatarios de la viña son los bautizados en la Iglesia Católica, de quienes espera Dios que den frutos de santidad.

Por lo tanto, en esta parábola debemos vernos reflejados nosotros mismos, los bautizados en la Iglesia Católica, que somos al mismo tiempo la Viña del Señor, el Nuevo Pueblo de la Alianza, como también los nuevos arrendatarios, por lo que debemos ser conscientes de que Dios, el Dueño de la Viña, buscará en nosotros, en el Juicio Particular y en el Juicio Final, frutos de santidad: caridad, misericordia, compasión, justicia, sabiduría, humildad, y cualquier otra perfección hallada en Cristo, pues como cristianos tenemos el deber de imitarlo en sus virtudes, en sus perfecciones, en su vida de santidad. También debemos saber que si el Dueño de la Viña no encuentra en algún bautizado -que son los sarmientos injertados en la Vid Verdadera que es Jesucristo-, esos frutos de santidad, entonces “arrancará los sarmientos y los arrojará al fuego” (cfr. Jn 15, 1-8). 
“El Dueño de la Viña la entregará a quienes le den el fruto a su debido tiempo”. Con esta parábola Dios se asemeja a un viñador que, llegado el tiempo de la vendimia, prueba las uvas de su vid para quedarse con las uvas que rebosan de dulzura, mientras que a las uvas que no sirven, sea por agrias o por aguadas, las desecha: esas uvas son los corazones de los cristianos y la Vendimia es el Juicio Final; por eso debemos preguntarnos: ¿qué sabor encontrará el Viñador cuando llegue la Vendimia y pruebe nuestros corazones? ¿El dulce sabor de la santidad y de la gracia divina? ¿O encontrará el sabor amargo y agrio del pecado? 
De nuestra libertad depende si encuentra uno u otro sabor.

viernes, 3 de octubre de 2014

“Un hombre poseía una viña (…) la arrendó a unos viñadores (…) pero los viñadores mataron al heredero (…) el dueño acabará con esos miserables y dará la viña a otros, para que le den sus frutos a su tiempo”



(Domingo XXVII - TO - Ciclo A – 2014)
         (Domingo XXVII - TO - Ciclo A – 2014)
         “Un hombre poseía una viña (…) la arrendó a unos viñadores (…) pero los viñadores mataron al heredero (…) el dueño acabará con esos miserables y dará la viña a otros, para que le den sus frutos a su tiempo” (Mt 21, 33-46). En la parábola, Jesús usa la figura de una viña, la cual es claramente, la de Isaías 5, 1-2[1]: en esta viña, el dueño de la viña, luego de limpiar el lugar y quitarle las piedras, ha excavado el lagar en la roca para que el jugo de las uvas prensadas pase por medio de las de canales de piedra a un depósito de piedra más profundo; finalmente, le coloca una torre de vigilancia. Antes de viajar al extranjero, contrata a unos viñadores, para que le den el fruto de la viña.
En esta parábola de los viñadores homicidas, cada elemento tiene un significado sobrenatural: el dueño de la viña, es Dios Padre; el heredero, “el hijo del dueño de casa”, es Jesucristo, Dios Hijo; los enviados o criados, que van a buscar los frutos, son los profetas; los arrendatarios y homicidas, son el Pueblo Elegido; los frutos que pretende obtener el dueño de la viña, y que no obtiene, son la misericordia y la compasión; los frutos agrios, agraces, son la injusticia, la violencia, la impiedad, la pereza, la rapiña, la codicia; el lugar donde deberían estar estos frutos buenos, es el corazón del hombre; la viña, es Israel; el lugar en donde es asesinado el hijo del dueño, las afueras de la viña, es el Monte Calvario, las afueras de Jerusalén; los nuevos arrendatarios, son los gentiles, es decir, los llamados a integrar el Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, en reemplazo de los miembros del Pueblo Elegido.
La viña de la parábola es por lo tanto una clara reminiscencia a la de Isaías 5, 7, por lo que se sugiere que la viña de la que habla Jesús, se trata de Israel, la viña de Dios[2] (y luego, por extensión, se tratará de la Iglesia Católica, cuyo nombre también es el de “Viña de Dios”). En Isaías 5, 7, dice el profeta: “La viña de Yahvéh de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá son el plantío de su deleite. Esperaba de ellos rectitud, y no veo más que derramamiento de sangre; justicia, y he aquí que no hay más que gritos de dolor”. Dios es el viñador que prueba el grano de uva de su viña, los corazones de los hijos de Israel, pero en vez de probar un grano dulce, apetitoso, es decir, un corazón piadoso, compasivo, misericordioso, encuentra un grano de uva agrio, un fruto amargo de la viña, es decir, un corazón impiadoso, aunque por fuera aparente ser piadoso, devoto y religioso,  e inmisericordioso, voraz de bienes ajenos, iracundo, violento, despiadado, falto de caridad, de compasión, de misericordia, para con su prójimo. Ése es el motivo por el cual, en Isaías 5, 7, dice que “arrasará” con su viña, porque encontró “frutos agrios”; esperaba frutos dulces, y encontró “efusión de sangre, injusticia y gritos de angustia”[3].

El dueño de la viña es claramente Dios; los arrendatarios, que son la idea central de la parábola, son el Pueblo Elegido y no solo no han producido ningún fruto bueno –compasión, bondad, justicia- por negligencia, sino que solo han producido “frutos agrios”, es decir, frutos de injusticia, de codicia, de rapiña y de voracidad, y por eso ahora, Dios, arrasará con la viña, y la dará a los gentiles, para que ellos le den fruto a su tiempo. Sin embargo, movidos por la codicia, pues pretenden quedarse con la viña, que no les pertenece, los sacerdotes y fariseos continúan oponiéndose a los planes de Dios, y es sí que maltratan o matan a los criados –los profetas-, cuando el amo los envía para reclamar los frutos de la viña –que son la justicia, la bondad y la compasión-. Pero el amo, que tiene una paciencia sobrehumana, vuelve a enviar nuevos criados –profetas-, sin conseguir buenos resultados. Decide entonces enviar a su propio hijo, esperando conseguir un cambio de actitud en los viñadores, pero por el contrario, los viñadores se endurecen en su avaricia, y enceguecidos por la codicia, piensan que si matan al heredero, el dueño no tendrá fuerzas para reclamar la viña y así podrán quedarse con toda la tierra, con lo cual traman su muerte y la llevan a cabo. Los viñadores, efectivamente, se apoderan del hijo del dueño de la viña, “lo arrojan fuera de la viña y lo matan”. Esto es una clara alusión a la expulsión de Jesús de Jerusalén, y a su muerte de cruz fuera de Jerusalén, en el Monte Calvario.
La parábola finaliza cuando Jesús les pregunta a los mismos sumos sacerdotes y ancianos, acerca de qué es lo que hará el dueño de la viña, con “aquellos” viñadores homicidas, y ellos mismos, calificándolos como “miserables”, le contestan que “acabará con esos miserables y les arrendará la viña a otros, que le entregarán los frutos a su debido tiempo”, sin darse cuenta que de esa manera, se están calificando a sí mismos, porque Jesús utiliza la parábola para indicar que ellos, el Pueblo Elegido, serán quienes dejados de lado, en favor de los gentiles. Esto lo entienden muy bien los sumos sacerdotes y los ancianos, apenas termina la parábola, porque en ese momento se dan cuenta que ellos son esos viñadores homicidas: “comprendieron que se refería a ellos”, y por eso “buscaron el modo de detenerlo”, pero no podían hacerlo, a causa de la multitud.
         Con la parábola de los viñadores homicidas –que a su vez hace alusión a la viña de frutos malignos de Isaías-, Jesús está indicando que el Pueblo Elegido será dejado de lado, en favor de los gentiles, porque solo da frutos amargos: mata a los profetas primero, y luego al heredero, al Hijo de Dios, Jesucristo. Jesús está profetizando su Pasión, les está anunciando que ellos, al igual que sus antepasados, también rechazarán el mensaje de salvación, porque así como sus antepasados mataron a los profetas, así también ellos lo matarán a Él en la cruz, y por eso ellos quedarán excluidos del Reino de los cielos, y el Reino de los cielos le será dado a los gentiles, a quienes sí acepten el mensaje de salvación: “El dueño de la vida acabará con esos miserables y les arrendará la viña a otros, que le entregarán los frutos a su debido tiempo”.
         Atención a estas palabras, porque también van dirigidas a nosotros: “El dueño de la vida acabará con esos miserables y les arrendará la viña a otros, que le entregarán los frutos a su debido tiempo”. La Iglesia es una Viña que nos da Dios, para que le demos frutos de bondad, de caridad, de castidad, de paciencia, de misericordia, de justicia, de sacrificio, de oración, de virginidad, de oración, de ayuno, de abstinencia, de continencia. Puesto que el Evangelio se actualiza en la Santa Misa, la parábola se dirige también a nosotros, que somos el Nuevo Pueblo Elegido, por lo que también debemos interpretar las palabras como dichas a todos y cada uno de nosotros, ya que nosotros también somos los viñadores homicidas, toda vez que asesinamos a Jesús, el Heredero, crucificándolo con nuestros pecados, y pretendiendo adueñarnos de la Iglesia, para erigirnos en dueños de la Viña, en dueños de la Iglesia, para establecer nuestros propios mandamientos, colocándolos en el lugar de los Mandamientos de Dios. Nos convertimos en los viñadores asesinos, toda vez que crucificamos Jesús con nuestros pecados mortales o veniales deliberados, y toda vez que nos adueñamos de la Iglesia, excluyendo a nuestros hermanos de la Iglesia con nuestra falta de caridad y de ejemplo, y toda vez que manipulamos los Mandamientos de la Ley de Dios, acomodándolos a nuestros caprichos y a nuestra concupiscencia, dictaminando nosotros la medida de lo que está bien y de lo que está mal, y decidiendo nosotros si algo es pecado mortal y si es pecado mortal, decidimos que no tiene importancia, porque los que mandamos en la Iglesia somos nosotros, porque en el fondo, somos los viñadores homicidas, que hemos matado al Heredero, al Hijo de Dios, y nos hemos apoderado de la Viña, la Iglesia, y hemos establecida nuestras propias leyes, decidiendo qué es lo que está bien y qué es lo que está mal.
Por eso es que, en la actualidad, se consiente a prácticamente toda clase de pecado y es lo que explica que, aunque se produzca un falso escándalo farisaico en los medios de comunicación, cuando se producen hechos delictivos clamorosos, que atentan contra el pudor y contra el sentido común, sin embargo, en la práctica y en la vida cotidiana, no solo no se niega ningún vicio ni concupiscencia, sino que el libertinaje sexual y moral se ha convertido en la regla de vida aceptada por la sociedad, el cual ha sido difundido por los medios de comunicación masivos, y eso es lo que explica que individuos como Tinelli –nefastos si los hay-, sean declarados “Personajes destacados de la cultura”; eso es lo que explica otras inmoralidades de nuestra época, como el hecho de que, mientras por un lado existan niños que mueren de hambre, por otro lado, existan futbolistas y deportistas que se convierten en multimillonarios de la noche a la mañana; esto es lo que explica, también que la idea de ganar dinero sin trabajar, es decir, por medio del pecado de la pereza, prolifere como un virus entre enormes masas de cristianos, sin que nadie se lo cuestione o se oponga.
En otras palabras, porque los cristianos hemos matado al Heredero de la Viña, arrojándolo fuera de la Viña, crucificándolo con nuestros pecados, convirtiéndonos en los viñadores homicidas, es que el mundo ha caído en la oscuridad y se dirige, a toda velocidad, al abismo de perdición. Es hora, por lo tanto, de elevar los ojos, arrepentidos, a Jesús en la cruz, pidiendo perdón por nuestros pecados, para que demos los frutos de santidad que Dios Padre, el Dueño de la Viña, está esperando desde hace tiempo, antes de que sea demasiado tarde.


[1] Cfr. B. Orchard, et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Barcelona 1957, Editorial Herder, 439.
[2] Cfr. Orchard, ibidem.
[3] Ibídem.

viernes, 19 de septiembre de 2014

“Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”


"El Reino de los cielos es como un padre de familia que salió de mañana a contratar trabajadores para su viña..."

(Domingo XXV - TO - Ciclo A – 2014)
         “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos” (Mt 19, 30 -20, 16). En esta parábola, cada elemento tiene un significado sobrenatural: el padre de familia, propietario de la viña, es Dios; la viña, es la Iglesia; el trabajo, es la misión que cada uno desempeña en la vida y en la Iglesia; el día de trabajo, es la vida personal de cada uno y también la historia humana, desde el inicio hasta el Último Día, en el Día del Juicio Final; el capataz que reparte la paga, representa a San Miguel Arcángel, y también a los ángeles de Dios, que el Día del Juicio Final, separarán a los bienaventurados, de los condenados; el denario, la paga convenida por el trabajo, es el Reino de los cielos. Lo que llama la atención de la parábola es, precisamente, que todos reciban la misma paga, el mismo salario  -el Reino de los cielos-, siendo que unos trabajan más y otros menos. Lo que sucede es que el Reino de los cielos no puede dividirse y el hecho de que alguien ingrese en él es siempre un don de la infinita misericordia de Dios (Lc 8, 47; 15, 7).
         Jesús compara al Reino de los cielos con un “padre de familia” que es el propietario de una viña, que sale a contratar obreros, desde la madrugada hasta la tarde-noche, pero que a todos paga con el mismo salario. El padre va a la plaza al amanecer, a buscar hombres que estén esperando alguien que los contrate para trabajar y quedan de acuerdo en que el jornal del día será un denario. El padre de familia regresa a la plaza en busca de otros trabajadores a distintas horas: a las nueve, al mediodía y a las tres de la tarde. En estas otras contrataciones, no se menciona una suma concreta, sino sólo “un jornal justo”. Si lo trasladamos al modo de hacer negocios entre los seres humanos, el padre debería pagar a cada obrero tres cuartos, la mitad y un cuarto de denario respectivamente. Finalmente, y de un modo inesperado, una hora antes de la puesta del sol, el padre de familia contrata a los últimos de los que estaban ociosos, pero a estos los contrata más bien por compasión que por necesidad, puesto que ya no los necesitaba.
         Una vez que termina el día de trabajo, el capataz da órdenes de pagar a todos los trabajadores, y aquí es cuando sobreviene la sorpresa para muchos –y es lo que constituye, a su vez, lo esencial de la parábola[1]-, porque cuando la lógica humana esperaría que los primeros trabajadores, los que comenzaron a trabajar desde temprano por la mañana, recibirían más, o al menos un denario completo, mientras que los que llegaron sucesivamente más tarde, recibirían menos, sucede sin embargo lo inesperado: el padre de familia ordena al capataz que se pague a todos los jornaleros el mismo jornal, esto es, un denario.
La segunda orden que da el capataz, por indicación del patrón de la viña, es la de comenzar por los “últimos”, los recién llegados, y lo hace para que los primeros sean testigos de la paga generosa del patrón a los últimos. Los primeros trabajadores, observando cómo los últimos reciben la misma paga que ellos, habiendo trabajado solo una mínima parte del día y encima en las mejores horas, porque era ya hacia la noche, cuando no ya no hacía calor, se indignan y comienzan a protestar y a murmurar, aunque es uno solo el que protesta en nombre de todos, encabezando la protesta.  
El padre de familia, que ha dado la orden de que se pague en primer lugar a los últimos trabajadores, para que todos sean testigos de su generosidad, escucha la queja infundada e injusta de los primeros trabajadores, y se prepara a responder, y en esta respuesta está contenida la enseñanza de la parábola[2]. Entonces, resumiendo la situación, antes que el padre de familia responda, el estado de cosas es el siguiente: los que llegaron primero se quejan sólo de los “últimos”, no de los otros grupos, porque estos representan la –a su modo de ver- “injusticia” mayor: ¡han llegado últimos, han trabajado sólo una hora, con el fresco de la tarde, y reciben la misma paga que ellos, que fueron los primeros, que han estado trabajando desde la madrugada, y han estado expuestos a los rayos del sol todo el día! ¡Es demasiado injusto! 
         El representante de los obreros disconformes utiliza la expresión: “el peso del día”, la cual tiene una carga muy negativa en relación al patrón, al dueño de la viña, porque implica un prejuicio, un juicio negativo pre-formado; implica que ya, desde el inicio, se ha pensado mal del patrón; se ha pensado que los ha querido perjudicar desde el comienzo del trato laboral. En efecto, la expresión “el peso del día”, utilizada por el jornalero que se queja, argumentando injusticia por parte del padre de familia –son los que se quejan de Dios, acusándolo de injusto, por el motivo que sea; pueden ser también los cristianos "piadosos" pero que se escandalizan al saber que Dios puede salvar a un pecador que ha cometido pecados horrendos, aunque la condición para que lo perdone, en todo caso, es siempre el arrepentimiento de parte del pecador-, y de esta manera recuerda al que hablaba de igual modo en la parábola de las minas, que también pensaba mal de su Señor y que por eso no pudo servirlo bien, porque no lo amaba sino que “le tenía miedo” (cfr. Lc 19, 21-23)[3]. 
            Por el contrario, el obrero de la última hora pensó bien, puesto que esperó mucho de Él (cfr. Lc 7, 47) –esto quiere decir que lo amaba- y por eso recibió lo que esperaba, y así este obrero representa al cristiano que confía en Jesús –el que confía en Jesús es el que ama a Jesús- y lleva su yugo, que es “suave y ligero” (cfr. Mt 11, 29) y que obedece los  mandamientos del Padre que “no son pesados” (1 Jn 5, 3), sino dados para nuestra felicidad (Jer 7, 23) y como guías para nuestra seguridad (Sal 24, 8). 
              Por otra parte, en esto radica el acto elemental de la fe del cristiano, que es una relación filial de padre a hijo –es la relación del hombre como hijo de Dios, adoptado por el bautismo, con Dios Padre-, porque no puede construirse ningún vínculo de padre a hijo si éste no se considera como hijo, sino como un peón y cree que su padre lo quiere explotar como tal[4].
          De acuerdo con esto, una primera enseñanza entonces de la parábola, es que los primeros trabajadores, que piensan mal del padre de familia, representan a los cristianos que piensan mal de Dios –cometiendo pecado de injusticia contra Dios, porque Dios es infinitamente bueno e incapaz de hacer el mal- y por eso reciben –o creen recibir, mejor dicho- menos de lo que esperan, mientras que los últimos trabajadores, que piensan bien del padre de familia, representan a los cristianos que aman a Dios y que por lo tanto, establecen con Él la relación de Padre a hijo, recibiendo de Él todo lo que Él quiere darles, que es su Amor infinito, expresado en el Reino de los cielos, simbolizado en el denario.
Una vez escuchada la queja, y contrastando con el enfado y enojo de los que se quejan injustamente, el padre de familia se dirige al jefe de los descontentos con un tono suave y paternal, puesto que le dice: “amigo”, con lo que recuerda al padre del hijo pródigo dirigiéndose a su hijo mayor (cfr. Lc 15, 31); tampoco hay enojo en sus palabras cuando le dice: “Toma lo que es tuyo y vete”.
Le hace acordar, con mucha calma, el acuerdo que habían pactado al inicio de la jornada ambas partes y al cual ambas partes lo habían observado; es decir, le hace ver que nada de injusto hay en su proceder; luego de esto, le hace conocer su deseo: “Es mi deseo dar al último lo que he dado al primero”. En otras palabras, el padre de familia le hace ver, por un lado, que no ha hecho ninguna injusticia, por cuanto le ha pagado a los primeros, lo que había convenido en la paga y puesto que él es dueño de sus bienes, es dueño también de pagar lo que él quiera a los que quiera y con esto, no comete injusticia con nadie; sólo está demostrando la bondad de su corazón. Es decir, si alguien no solo no ha cometido ninguna injusticia de ninguna clase, y además ha sido justo en todo lo que ha hecho, ¿qué motivos tendría alguno para quejarse, si además de justo, esa persona se muestra también bondadosa? El que se queja –en este caso, el representante de los primeros trabajadores- de alguien que es justo y bondadoso –el padre de familia-, es, o porque no entiende la situación o, peor aún, porque, entendiendo, ve malicia en donde no la hay, con lo cual demuestra él poseer la malicia de la cual acusa al otro.
         Con esta parábola, Jesús explica entonces la generosidad del Amor de Dios, que quiere que todos los hombres nos salvemos y alcancemos el cielo, aun cuando no haya una justicia estricta[5], porque la parábola insinúa una cierta desconfianza en el valor de las obras en sí mismas, en ventaja de la generosidad de Dios. En otras palabras, para salvarnos, según esta parábola, Dios no miraría tanto a las obras, sino a su Misericordia Divina. Esto se deduce del hecho de que los primeros trabajadores trabajan más, obviamente –hacen más apostolado, rezan más, asisten más a misa-, y reciben lo mismo que los últimos –son los que, por diversas circunstancias, no llevan una vida cristiana por largos años de su vida-, pero tampoco es un desmedro de las obras, porque sí se tienen en cuenta las obras, aunque a la hora de la salvación de quienes están al borde de la condenación, Dios no escatima su Misericordia, donándola sin reservas, y eso es lo que significa esta parábola.
Además, otra consideración que se debe hacer, es que Dios mira también -a diferencia del hombre, que valora solo la duración del esfuerzo-, las disposiciones del corazón: de ahí que el pecador arrepentido encuentre siempre abierto el camino de la misericordia y el perdón en cualquier trance de su vida (Jn 5, 40). El trabajador último, que gana un denario –es decir, que gana el Reino de los cielos-, representa al que se salva en los últimos instantes de su vida, porque siendo un gran pecador toda su vida –setenta, ochenta, noventa años-, se arrepiente sin embargo, con una contrición perfectísima del corazón, mirando a la malicia del pecado y a la santidad y majestad divinas –que es en lo que consiste la contrición del corazón-, alcanzando, en los últimos segundos de su vida terrena, el ingreso al Reino de los cielos, haciendo realidad lo que Jesús le dice a Pedro, al contemplar el llanto compungido de María Magdalena, que baña sus pies con sus lágrimas y luego los unge con perfume: “Sus numerosos pecados le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor” (Lc 7, 36-50).
         “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”. Esta parábola de los obreros de la viña nos enseña, por lo tanto, no solo a pensar bien de Dios (Sab 1, 1) –por otra parte, es imposible pensar mal de Dios, y quien piense mal de Dios, o que Dios puede hacer algún mal, está cometiendo una grave injusticia contra Dios, desde el momento en que Dios es Amor y Bondad infinitas y es incapaz de cometer ni siquiera el más pequeñísimo acto de malicia-, sino a amarlo, por el solo hecho de ser Él quien es: Dios de infinita Bondad y de Amor infinito y Eterno, porque lo que enseña la parábola es que Dios quiere dar la misma paga, el Reino de los cielos, a todos sus hijos, es decir, Dios Uno y Trino quiere que todos sus hijos, todos los hombres, se salven, aun si esos hijos suyos son pecadores durante toda su vida. con tal de que se arrepientan, aunque sea en el último instante de su vida terrena.





[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 430ss.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. Mons. Dr. Juan Straubinger, La Santa Biblia. Traducción directa de textos primitivos, Universidad Católica de la Plata, 2007.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.